jueves, 15 de enero de 2015

Gabriel García Márquez: una vida

Gabo que estás en los cielos




Reproducimos apartes de Una vida la biografía autorizada de Gerald Martin

Gabriel García Márquez durante la creación de El otoño del patriarca, en Barcelona, en los años 70, fotografiado por su hijo RodrigoFoto Tomadas del libro. Una vida/jornada.unam.mx

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El 10 de diciembre de 1982, Gabo se preparaba para la entrega del Premio Nobel de Literatura enfundado en ropa interior térmica y rodeado de amigos ya listos para la ocasiónFoto Tomadas del libro
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Minutos después, García Márquez apareció en la ceremonia de premiación vestido con el tradicional liquiliqui, tal como anunció desde que se supo galardonado, y horror, botas negras, relata Gerald MartinFoto Tomadas del libro
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Mercedes y Gabo, con Gonzalo y Rodrigo, sus hijos, en Barcelona, a finales de los años 70. Imagen de la familia García MárquezFoto Tomadas del libro.
 
En unos días llegará a las librerías de México la biografía Gabriel García Márquez: una vida, libro de 768 páginas fruto de la investigación que realizó durante 17 años el académico británico y experto en literatura hispanoamericana Gerald Martin.
El pasado 23 de septiembre La Jornada publicó una entrevista exclusiva con el autor, quien ofreció algunos pormenores del volumen que será presentado el próximo 26 de octubre en la sala Manuel M. Ponce y en la que participarán, además de Martin, Elena Poniatowska, José Agustín y Gonzalo Celorio, como se informó también en estas páginas. Otras actividades paralelas son la exposición Gabriel García Márquez: una vida, que se inaugura el jueves; la mesa de análisis El otoño del patriarca. Conversaciones sobre García Márquez, y el sábado 17 y el 24 un maratón de lectura.
La biografía se publicó primero en Gran Bretaña, Holanda y Estados Unidos, y su lanzamiento también se hará en octubre en América Latina, mientras en Europa saldrán a la venta las ediciones en italiano y francés. El tiraje para México es de 15 mil ejemplares editados por el sello Debate de Random House-Mondadori.
En esta investigación, como se adelantó aquí el lunes pasado, Gerald Martin parte del árbol genealógico del Nobel de Literatura y lo acompaña hasta 2007 con el homenaje en Cartagena; da cuenta no sólo del proceso de creación de sus libros, su entorno familiar, sus amores y desamores, sus amistades y enemistades, sino también de su acción política, su compromiso con los otros, con Cuba, con Chile frente a la dictadura de Pinochet, con el periodismo. Por ello ofrecemos, con autorización del sello Random House-Mondadori, dos fragmentos de la biografía que dejan ver la figura política de García Márquez y su pensamiento social y humanista más allá de la literatura.
19 Chile y Cuba: García Márquez opta por la Revolución 1973–1979
El 11 septiembre de 1973, al igual que millones de personas progresistas del mundo entero, García Márquez, sentado frente a un televisor en Colombia, contemplaba horrorizado cómo los bombarderos de las fuerzas aéreas chilenas atacaban el palacio de gobierno en Santiago. Horas después se confirmaba la muerte del presidente Salvador Allende, que había sido elegido democráticamente, aunque si lo habían asesinado o se había suicidado nadie lo sabía. Una junta asumió el poder e inició una redada de más de treinta mil supuestos activistas de izquierdas en el curso de las semanas siguientes, muchos de los cuales jamás salieron vivos de la detención. Pablo Neruda agonizaba víctima del cáncer en su casa de Isla Negra, en la costa chilena del Pacífico. La muerte de Allende y la destrucción de sus sueños políticos mientras Chile caía en manos de un régimen fascista ocuparon los últimos días de Neruda en este mundo, antes de que sucumbiera a la enfermedad que lo aquejaba desde hacía varios años.
El gobierno de Unidad Popular de Allende había estado en el punto de mira de comentaristas políticos y activistas de todo el mundo como un experimento con el que comprobar si podía alcanzarse una sociedad socialista por los cauces democráticos. Allende había nacionalizado el cobre, el acero, el carbón, la mayoría de los bancos privados y otros sectores clave de la economía, y sin embargo, a pesar de la propaganda y la subversión constantes por parte de la derecha, su gobierno aumentó el porcentaje de votos y alcanzó el 44 por ciento en las elecciones que se celebraron a mediados del mandato, en marzo de 1973. Esto no hizo más que alentar a la derecha a redoblar sus esfuerzos para minar el régimen. La CIA había estado trabajando contra Allende aun antes de su elección: Estados Unidos, asediado en el atolladero vietnamita y obsesionado ya con Cuba, trataba por todos los medios de que no proliferaran otros regímenes anticapitalistas en el hemisferio occidental. La destrucción salvaje del experimento chileno, ante los ojos del mundo entero, causaría en la izquierda un efecto parecido al revés de la derrota de los republicanos en la guerra civil española, casi cuarenta años atrás.
Aquella tarde, a las ocho, García Márquez dirigió un telegrama a los miembros de la nueva junta chilena:
Bogotá, 11 de septiembre de 1973.
Generales Augusto Pinochet, Gustavo Leigh, César Méndez Danyau y Almirante José Toribio Merino, miembros de la junta militar:
Ustedes son autores materiales de la muerte del presidente Salvador Allende y el pueblo chileno no permitirá nunca que lo gobierne una cuadrilla de criminales a sueldo del imperialismo norteamericano.
En el momento en que redactó estas líneas todavía se desconocía la suerte que había corrido Allende, pero García Márquez dirigía posteriormente que conocía a Allende lo suficiente para saber con toda seguridad que nunca saldría vivo del palacio de gobierno; y los militares también debieron de saberlo. Aunque algunos dijeron que este telegrama fue un gesto más propio de un estudiante universitario que de un gran escritor, resultó ser la primera acción política que llevaba a cabo un nuevo García Márquez, alguien que trataba de desempeñar un papel distinto pero cuya línea política acababa de concentrarse y endurecerse radicalmente con el violento zarpazo que puso fin al experimento histórico de Allende. Tiempo después diría en una entrevista: El golpe en Chile fue una catástrofe personal para mí.
El caso Padilla, como era de prever, había marcado la división de las aguas de la historia latinoamericana durante la Guerra Fría, y no tan sólo en el ámbito de los intelectuales, los artistas y los escritores. García Márquez, a pesar de las críticas de sus amigos –que iban desde acusaciones de oportunismo hasta entenderlo como una ingenuidad–, había sido el más coherente desde el punto de vista político de los autores latinoamericanos de primera fila. La Unión Soviética no ofrecía la clase de socialismo que él quería, pero, desde el punto de vista latinoamericano, consideraba que era esencial como baluarte contra la hegemonía y el imperialismo estadounidenses. Esto no era, en su opinión, ”partidismo”, sino una apreciación racional de la realidad. Cuba, aunque planteaba un caso problemático, era más progresista que la Unión Soviética, y había de recibir el apoyo de todos los latinoamericanos antiimperialistas que se preciaran de serlo, quienes en cualquier caso debían hacer todo lo posible por moderar cualquier aspecto represivo, no democrático o dictatorial del régimen. Personalmente optó por lo que le parecía la senda de la paz y la justicia para los pueblos del mundo: el socialismo internacional, en un sentido amplio del término.
Aunque sin lugar a dudas había deseado que el experimento chileno saliera adelante, lo cierto es que nunca creyó que se lo fueran a permitir. En respuesta a la pregunta de un periodista neoyorquino en 1971, había dicho:
Yo ambiciono que toda la América Latina sea socialista, pero ahora la gente está muy ilusionada con un socialismo pacífico, dentro de la constitución. Todo eso me parece muy bonito electoralmente, pero creo que es totalmente utópico. Chile está abocado a un proceso violento muy dramático. Si bien el Frente Popular va avanzando –con inteligencia y mucho tacto, a pasos bastante rápidos y firmes– llegará un momento en que encontrará un muro que se le opone seriamente. Los Estados Unidos por ahora no están interfiriendo, pero no van a cruzarse de brazos. No van a aceptar de verdad que sea un país socialista. No lo van a permitir, no nos hagamos ilusiones... No es que yo vea (la violencia) como una solución, pero creo que ese muro, en un momento, sólo se podrá franquear con violencia. Desgraciadamente creo que es inevitable, que será así. Pienso que lo que está sucediendo en Chile es muy bueno como reforma, pero no como revolución.
Pocos observadores habían visto el futuro con tanta nitidez. García Márquez se dio cuenta de que en aquel momento estaba viviendo una coyuntura crítica de la historia mundial. En el curso de los años inmediatamente posteriores, a pesar de su arraigado pesimismo político, llevaría a cabo una serie de declaraciones a propósito del compromiso que tal vez alcanzan su mejor expresión en una entrevista de 1978: El sentido de la solidaridad, que es lo mismo que los católicos llaman la comunión de los Santos, tiene para mí una significación muy clara. Quiere decir que en cada uno de nuestros actos, cada uno de nosotros e responsable por toda la Humanidad. Cuando uno descubre eso, es por que su conciencia política ha llegado a su nivel más alto. Modestamente, ése es mi caso. Para mí no hay un solo acto de mi vida que no sea un acto político.
Buscó un modo de actuar. Estaba más convencido que nunca de que la senda cubana era el único camino viable para que América Latina alcanzara la independencia política y económica; esto es, la dignidad. Sin embargo, una vez más, estaba distanciado de Cuba. Dadas las circunstancias, decidió que para volver allí había de pasar, en primer lugar, por Colombia. Llevaba un tiempo intercambiando impresiones con intelectuales colombianos jóvenes, en particular con Enrique Santos Calderón (de la dinastía de El Tiempo, a quien conocía desde hacía poco), Daniel Samper (con quien tenía relación desde hacía una década) y, más tarde, Antonio Caballero (hijo del novelista liberal de clase alta Eduardo Caballero Calderón), con la idea de cultivar en Colombia una nueva forma de periodismo, más concretamente con la fundación de una revista de izquierdas. García Márquez había llegado a la conclusión de que la única manera de reformar su país, profundamente conservador, era a través de la seducción y la perversión, como diría en tono de chanza, de la joven generación de las viejas familias dirigentes. Otros de los implicados fundamentales en el proyecto fueron el cronista más reputado de la Violencia, Orlando Fals Borda, sociólogo de talla internacional, y el empresario progresista José Vicente Kataraín, que posteriormente se convertiría en el editor de García Márquez en Colombia. La nueva revista se llamaría Alternativa, partía de la necesidad que imponía “el creciente monopolio de la información que padecía –y padece– la sociedad colombiana por parte de los mismos intereses que controlan la política y la economía nacional”, y su propósito era mostrar esa otra Colombia que nunca aparece en las páginas de la gran prensa ni en las pantallas de una televisión cada día más subordinada al control oficial.

miércoles, 14 de enero de 2015

Cien años de soledad: portadas por el mundo

Gabo que estás en los cielos

La novela más famosa de Gabriel García Márquez ha sido vestida de forma muy diferente en distintas partes del mundo y a lo largo de los años


Concentrar en una imagen una novela no es fácil, aunque dice el refrán que nunca hay que juzgar un libro por la portada. La primera que tuvo Cien años de soledad, novela con uno de los comienzos más famosos de la historia de la literatura, tiene el dibujo de un barco en la selva. Fue así comola lanzó la novela la Editorial Sudamericana de Buenos Aires en 1967. De los colores chillones a los diseños conceptuales, del chino al esperanto, en esta galería repasamos portadas de Cien años de soledad.
La primera Edición argentina de Editorial Suramericana.
La segunda Edición argentina de Editorial Suramericana.
Edición de El Círculo de Lectores de España. 1970.
Edición en España de 1983.

Edición en España de 2003.





Edición en Españ de 2004.
Edición conmemorativa RAE. 2007.
Edción en España 2002.
Edición en España de 1990.
Edición en España 1970.
Edición en España 2010.
Edición en España  2011.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en polaco.
Edición en polaco.
Edición en polaco.
Edición en polaco.

Edición en francés.
Edición en francés.
Edición en francés.
Edición en alemán.
Edición en alemán.
Edición en italiano.

Edición en italiano.
Edición en esloveno.

Edición en chino.
Edición  en esperanto.
Edición en danés.
fuente:huffingtonpost.es

martes, 13 de enero de 2015

El tiempo se detuvo en un duelo íntimo sin ceremonias

 Gabo que estás en los cielos

Se me ocurre que Gabo era tan discreto, que se murió en jueves santo porque los periódicos no salen ese viernes

Un hombre brinda con flores ante un retrato de García Márquez, en Ciudad de México. /elpais.com
Este jueves santo 17 de marzo comenzó mal. A la madrugada había muerto el cantante puertorriqueño Cheo Feliciano. Pero el mazazo en la cabeza llegó como a las tres de la tarde, cuando se regó la noticia de la muerte de García Márquez. Me enteré por un periodista que me llamó a preguntarme por don Gabriel. Se me quebró la voz al hablar. Es el colombiano más importante de todos los tiempos y el más querido, creo que eso fue lo único que atiné a decir. Después, en los cuatro días siguientes, muchos han repetido esa frase que nadie se copió de nadie: cada uno la decía auscultando su propio corazón.
Se murió en jueves santo. El mismo día en que Úrsula Iguarán. Ahora se me ocurre que era tan discreto, había maldecido tanto la notoriedad y la fama que trataron de apoderarse de él desde 1967, que se murió en jueves santo porque los periódicos no salen el viernes santo. Así, desde el jueves, el tiempo se detuvo en un duelo sin ceremonias, íntimo, de cada uno, y en una asombrosa invasión de su imagen en todos los periódicos, en la red entera.
Hubo que esperar hasta la pascua para que la solemnidad pública hiciera su papel. Para ese momento, el mago de Aracataca ya se había adelantado a convertirse en cenizas. En la tarde del lunes fue en Bellas Artes, en Ciudad de México. Los de a pie esperaron hasta seis horas para entrar de treinta en treinta a decirle adiós a Gabo durante diez segundos. Llovieron mariposas amarillas, el recinto se adornó con flores amarillas. Tocó un cuarteto de cuerdas y, nadie es perfecto, también hubo vallenatos. Habló Rafael Tovar y de Teresa. Hablaron Peña Nieto y Santos. En Bogotá lo vimos porque lo trasmitieron no uno ni dos canales, sino seis. Y la radio emitía boletines de sus enviados especiales. En el centro cultural García Márquez se veía en directo; allí mismo, desde mediodía, durante siete horas, se leían fragmentos de sus libros. Esta lectura ponía eufórica a la gente, a la gente que estaba triste.
El martes a mediodía el presidente Santos celebró en la Catedral de Bogotá. Un magnífico coro cantó el Réquiem de Mozart. y habló el presidente. Se dirigió a los expresidentes, a los ministros, a los generales, a las altas cortes (yo me acordé del final de la Mama Grande pero no dije nada). Santos fue breve y dijo lo esencial. Se nos fue el más alto representante del alma colombiana, dijo. El mejor homenaje es volver a leer sus libros, dijo. Terminó pidiendo un aplauso para García Márquez. Cuando iban 46 segundo de aplauso, la orquesta sinfónica interrumpió la salva con un toque sabroso y se oyeron las notas de La casa en el aire; Te voy a hacer una casa en aire pa’ que no te moleste nadie. Pero seguimos tristes porque se fue.

lunes, 12 de enero de 2015

La carpintería secreta de García Márquez: ¿cuál era su técnica literaria?

Gabo que estás en los cielos

 Se inventaba términos, escogía adjetivos raros, empleaba analogías sorprendentes. Tenía una profunda formación poética: por eso sus textos parecen musicales. Se sometía a una dura disciplina: a veces, no escribía sino pocas líneas al día

Manuscrito de  El otoño del patriarca.  / lainformacion.com
La voz, el estilo, los párrafos, los adjetivos, las oraciones… Muchos expertos han tratado de encontrar la fórmula de García Márquez, y muchos otros han tratado de imitarle.
Habría sido más fácil comprobar cuáles eran sus anotaciones en los originales que escribió. Pero el escritor colombiano destruyó las pruebas mecanografiadas y las anotaciones de Cien Años de Soledad, su ‘carpintería secreta’, como la llamaba.
Pero, ¿podemos conocer aun así en qué se basaba su técnica? En parte sí, pues García Márquez fue dejando pistas en sus memorias y en algunas entrevistas que concedió, así como en biografías como la de Dagmar Ploetz, la traductora al alemán de sus obras (García Márquez, editorial Edaf).
La voz. García Márquez afirmó a The Paris Review que para escribir Cien años de soledad escogió la voz de su abuela. El autor afirmaba que cuando su abuela contaba cuentos, eran fábulas irreales pero ponía ‘cara de palo’ para hacerlas creíbles. De ahí nace el realismo mágico, donde lo verosímil se funde con lo mágico, lo irreal. Pero es una voz que no se encariña con los personajes: es distante, como su abuela cuando narraba cuentos.
Las metáforas. Fue uno de los recursos mejor empleados por el autor. La metáfora sustituye una cosa por otra para acrecentar su sentido. Por ejemplo, “lloró con lágrimas de aceite ardiente que le abrasaron las entrañas”; “Tuvo que remontar los afluentes de la memoria”; "la medalla de fuego permanecía en su retina" (un eclipse).
Las analogías y símiles. Sabía retratar imágenes con comparaciones seductoras (usando el 'parece', o 'como'). “Los alcatraces inmóviles en el aire con las alas abiertas parecían muertos en pleno vuelo”. “Piedras enormes como huevos prehistóricos”.
Los adverbios. Había que rehuir de todos los adverbios terminados en ‘mente’. “Porque me parecen feos, largos y fáciles, y casi siempre que se eluden se encuentran formas bellas y originales”, dijo en una entrevista para Ciudad Seva.
Los adjetivos. Dedicaba mucho esfuerzo a sustituir los adjetivos tópicos por otros que producían un efecto inesperado en la imaginación del lector. Por ejemplo: ojos fosforescentes, respiración pedregosa, fiemo empedernido, mosquitos carniceros…
Términos inventados. En El General en su laberinto usó ‘condoliente’. Dijo más tarde: “Existen el verbo condoler y el sustantivo doliente, que es el que recibe las condolencias. Pero los que las dan no tienen nombre”. (Ciudad Seva)
Términos poco comunes. “Una hamaca colgada de dos horcones con cabrestantes de barco”.  "La laboriosa enumeración tronchó su último vahaje". Y hasta escogía las flores por sus nombres más eufónicos como “caléndulas y astromelias”.
La musicalidad. Sus cuentos y sus novelas son muy eufónicos. Se podrían leer en voz alta y reconocer su hermosa musicalidad. Se debe a la profunda formación poética del colombiano, quien aplicaba a sus oraciones una métrica calculada (pie latino o griego). “Por propia iniciativa [de adolescente] comencé entonces a leer mucho, poesía y obras literarias en general, pero sobre todo poesía. Por eso creo que mi estructura cultural es esencialmente poética...” (Entrevista para Vogue).
La abuela de García Márquez, Tranquilina Iguarán gran inspiradora. lainformacion.com
Los párrafos esculpidos. Afirmaba que le encantaba trabajar mucho los párrafos y reescribirlos. Algunos, como en Cien años de soledad, contienen párrafos largos con oraciones muy largas. También usaba mucho una técnica llamada inversión por la cual se pone el final al principio, comenzando por un verbo o por los complementos, para evitar que todas las frases sonaran igual. Esa parte de la estructura era posiblemente lo más trabajado. García Márquez lo llamaba en sus memorias 'romper párrafos'. "Ahogándose en la mare magnum de fórmulas abstractas que durante dos siglos constituyeron la justificación moral del poderío de su familia, la Mamá Grande emitió un sonoro eructo, y expiró". (Funerales de Mamá Grande)
Los diálogos fantasmales. No eran el punto fuerte de García Márquez, como reconocería siempre. No se parecen mucho a los excelentes diálogos de la novela americana del siglo XX, pero por eso mismo, los diálogos de sus personajes tienen siempre un aire fantasmal, poco natural, que aumenta el efecto mágico de sus relatos.
La disciplina. Confesaba que como periodista, era muy indisciplinado y tuvo que imponérsela. ”Me vi obligado a establecer una pauta de trabajo que iba de las nueve de la mañana a las dos de la tarde, cuando mis hijos volvían de la escuela. En ese tiempo tenía cuarenta años...Después me sentí culpable de escribir sólo por la mañana, intenté continuar por la tarde, pero caí en cuenta de que en la segunda parte del día nada me resultaba bien y debía rehacer todo a la mañana siguiente”. (Vogue). “No creo que puedas escribir un libro que valga la pena sin una extraordinaria disciplina”. (The Paris Review)
Media cuartilla al día. “He tenido que someterme a una disciplina atroz para terminar media página en ocho horas; peleo a trompadas con cada palabra y casi siempre es ella quien sale ganando”. (Vogue)
Sitios de inspiración. “Logro escribir sólo en un ambiente familiar que ya esté identificado con mi trabajo. Una pieza de hotel, una habitación puesta a mi disposición por otra persona, una máquina de escribir prestada, me bloquean, y esto es una lástima porque cuando viajo no puedo trabajar...  (Vogue).
El estado de gracia. Confesaba que no podía acometer ningún escrito sin inspiración. “Debo estar también en un estado de gracia, con el tema preciso y el tono exacto para desarrollarlo”. (Vogue). “Estoy convencido de que no es un estado de ánimo especial en el que se puede escribir con gran facilidad y las cosas fluyan… Ese momento y ese estado de ánimo parecen venir cuando has encontrado el tema adecuado y la forma correcta de tratarlo. Y tiene que ser algo que realmente te gusta también, porque no hay peor trabajo que hacer algo que no te gusta”. (The Paris Review).
El primer párrafo. “Una de las primeras dificultades es la de escribir el primer párrafo. He llegado a pasar meses para 'tomar la onda': apenas superado este escollo, el resto ha salido facilísimo. Creo que con el primer párrafo logrado se supera la mayor parte de los problemas que plantea escribir un libro; allí queda definido todo: el tema, el tono, el estilo.. (Vogue).
La exageración. Aguaceros que duran años, esponjas y cangrejos que caminan por las casas, pelos de niñas muertas que sigue creciendo, hombres con alas, mujeres con cuerpos de araña… Según el autor: “Si tú escribes que has visto volar un elefante, nadie lo creerá; pero si afirmas haber visto volar cuatrocientos veinticinco, es probable que el público lo crea". (Vogue)
Técnica cinematográfica. Algunas novelas como El coronel no tiene quien le escriba las escribió García Márquez con recursos de cine. “Cuando vuelvo a leer ahora el libro, veo la cámara”, confesó. (Dagmar Ploetz, en García Márquez) Se refiere a que las escenas son muy visuales, que hay más diálogos y que parece en algunos aspectos un guion de cine.
Las pequeñas acciones. El autor emplea el recurso (tomado de Hemingway en El Viejo y el mar), de describir un personaje por sus pequeñas acciones, como lo hace en El coronel no tiene quien le escriba. Este coronel que espera que le den una pensión, vive pobre con su mujer enferma: para ella reúne restos de café en una lata, revuelve en un arcón hasta encontrar un vestido de boda que será su mortaja, y hasta alimenta con granos de café a un gallo que es lo que le ha heredado de su hijo fallecido… (Dagmar Ploetz, García Márquez).
La atmósfera. En sus narraciones suelen repetirse palabras que envuelven la acción en una agobiante atmósfera. Abuela, sol, polvo, aguacero, fritanga, pestilencia, pájaros, gallos, mastines, patio, podrido, calor sofocante, funeral, misa, viento, siglos, bananas, cataclismo, amor víboras, sudor, criatura, selva, vapores, muerto, hamaca, arsénico…

domingo, 11 de enero de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez

En este pueblo no hay ladrones

Dámaso regresó al cuarto con los primeros gallos. Ana, su mujer, encinta de seis meses, lo esperaba sentada en la cama, vestida y con zapatos. La lámpara de petróleo empezaba a extinguirse. Dámaso comprendió que su mujer no había dejado de esperarlo un segundo en toda la noche, y que aún en ese momento, viéndolo frente a ella, continuaba esperando. Le hizo un gesto tranquilizador que ella no respondió. Fijó los ojos asustados en el bulto de tela roja que él llevaba en la mano, apretó los labios y se puso a temblar. Dámaso la asió por el corpiño con una violencia silenciosa. Exhalaba un tufo agrio.

Ana se dejó levantar casi en vilo. Luego descargó todo el peso del cuerpo hacia adelante, llorando contra la franela a rayas coloradas de su marido, y lo tuvo abrazado por los riñones hasta cuando logró dominar la crisis.

-Me dormí sentada -dijo-, de pronto abrieron la puerta y te empujaron dentro del cuarto, bañado en sangre.

Dámaso la separó sin decir nada. La volvió a sentar en la cama. Después le puso el envoltorio en el regazo y salió a orinar al patio. Entonces ella soltó los nudos y vio: eran tres bolas de billar, dos blancas y una roja, sin brillo, estropeadas por los golpes.

Cuando volvió al cuarto, Dámaso la encontró en una contemplación intrigada.

-¿Y esto para qué sirve? -preguntó Ana.

Él se encogió de hombros.

-Para jugar billar.

Volvió a hacer los nudos y guardó el envoltorio con la ganzúa improvisada, la linterna de pilas  y el cuchillo, en el fondo del baúl. Ana se acostó de cara a la pared sin quitarse la ropa. Dámaso se quitó sólo los pantalones. Estirado en la cama, fumando en la oscuridad, trató de identificar algún rastro de su aventura en los susurros dispersos de la madrugada, hasta que se dio cuenta de que su mujer estaba despierta.

-¿En qué piensas?

-En nada -dijo ella.

La voz, de ordinario matizada de registros baritonales, parecía más densa por el rencor.

Dámaso dio una última chupada al cigarrillo y aplastó la colilla en el piso de tierra.

-No había nada más -suspiró-. Estuve adentro como una hora.

-Han debido pegarte un tiro -dijo ella.

Dámaso se estremeció.

-Maldita sea -dijo, golpeando con los nudillos el marco de madera de la cama. Buscó a tientas, en el suelo, los cigarrillos y los fósforos.

-Tienes entrañas de burro -dijo Ana

-. Has debido tener en cuenta que yo estaba aquí sin poder dormir, creyendo que te traían muerto cada vez que había un ruido en la calle.

-Y agregó con un suspiro

-: Y todo eso para salir con tres bolas de billar.

-En la gaveta no había sino veinticinco centavos.

-Entonces no has debido traer nada.

-El problema era entrar -dijo Dámaso-. No podía venirme con las manos vacías.

-Hubieras cogido cualquier otra cosa.

-No había nada más -dijo Dámaso.

-En ninguna parte hay tantas cosas como en el salón de billar.

-Así parece -dijo Dámaso-. Pero después, cuando uno está allá adentro, se pone a mirar las cosas y a registrar por todos lados y se da cuenta de que no hay nada que sirva.

Ella hizo un largo silencio. Dámaso la imaginó con los ojos abiertos, tratando de encontrar algún objeto de valor en la oscuridad de la memoria.

-Tal vez -dijo.

Dámaso volvió a fumar. El alcohol lo abandonaba en ondas concéntricas y él asumía de nuevo el peso, el volumen y la responsabilidad de su cuerpo.

-Había un gato allá adentro -dijo-. Un enorme gato blanco.

Ana se volteó, apoyó el vientre abultado contra el vientre de su marido, y le metió la pierna entre las rodillas. Olía a cebolla.

-¿Estabas muy asustado?

-¿Yo?

-Tú -dijo Ana-. Dicen que los hombres también se asustan. Él la sintió sonreír, y sonrió.

-Un poco -dijo-. No podía aguantar las ganas de orinar.

Se dejó besar sin corresponder. Luego, consciente de los riesgos pero sin arrepentimiento, como evocando los recuerdos de un viaje, le contó los pormenores de su aventura.

Ella habló después de un largo silencio.

-Fue una locura.

-Todo es cuestión de empezar -dijo Dámaso, cerrando los ojos-. Además, para ser la primera vez la cosa no salió tan mal.


El sol calentó tarde. Cuando Dámaso despertó, hacía rato que su mujer estaba levantada. Metió la cabeza en el chorro del patio y la tuvo allí varios minutos, hasta que acabó de despertar. El cuarto formaba parte de una galería de habitaciones iguales e independientes, con un patio común atravesado por alambres de secar ropa. Contra la pared posterior, separados del patio por un tabique de lata, Ana había instalado un anafe para cocinar y calentar las planchas, y una mesita para comer y planchar. Cuando vio acercarse a su marido puso a un lado la ropa planchada y quitó las planchas de hierro del anafe para calentar el café. Era mayor que él, de piel muy pálida, y sus movimientos tenían esa suave eficacia de la gente acostumbrada a la realidad. Desde la niebla de su dolor de cabeza, Dámaso comprendió que su mujer quería decirle algo con la mirada. Hasta entonces no había puesto atención a las voces del patio.

-No han hablado de otra cosa en toda la mañana -murmuró Ana, sirviéndose el café-. Los hombres se fueron para allá desde hace rato. Dámaso comprobó que los hombres y los niños habían desaparecido del patio. Mientras tomaba el café, siguió en silencio la conversación de las mujeres que colgaban la ropa al sol. Al final encendió un cigarrillo y salió de la cocina.

-Teresa -llamó.

Una muchacha con la ropa mojada, adherida al cuerpo, respondió al llamado.

-Ten cuidado -dijo Ana. La muchacha se acercó.

-¿Qué es lo que pasa? -preguntó Dámaso.

-Que se metieron en el salón de billar y cargaron con todo -dijo la muchacha.

Parecía minuciosamente informada. Explicó cómo desmantelaron el establecimiento,

Pieza por pieza, hasta llevarse la mesa de billar. Hablaba con tanta convicción que Dámaso no pudo

creer que no fuera cierto.

-Mierda -dijo, de regreso a la cocina.

Ana se puso a cantar entre dientes. Dámaso recostó un asiento contra la pared del patio, procurando reprimir la ansiedad. Tres meses antes, cuando cumplió 20 años, el bigote lineal, cultivado no sólo con un secreto espíritu de sacrificio sino también con cierta ternura, puso un toque de madurez en su rostro petrificado por la viruela. Desde entonces se sintió adulto. Pero aquella mañana, con los recuerdos de la noche anterior flotando en la ciénaga de su dolor de cabeza, no encontraba por dónde empezar a

vivir. Cuando acabó de planchar, Ana repartió la ropa limpia en dos bultos iguales y se dispuso a

salir a la calle.

-No te demores -dijo Dámaso.

-Como siempre.

La siguió hasta el cuarto.

-Ahí te dejo la camisa de cuadros -dijo Ana-. Es mejor que no te vuelvas a poner la franela.

-Se enfrentó a los diáfanos ojos de gato de su marido-. No sabemos si alguien te vio.

Dámaso se secó en el pantalón el sudor de las manos.

-No me vio nadie.

-No sabemos -repitió Ana. Cargaba un bulto de ropa en cada brazo-. Además, es mejor que no salgas. Espera primero que yo dé una vueltecita por allá, como quien no quiere la cosa.

No se hablaba de nada distinto en el pueblo. Ana tuvo que escuchar varias veces, en versiones diferentes y contradictorias, los pormenores del mismo episodio. Cuando acabó de repartir la ropa, en vez

de ir al mercado como todos los sábados, fue directamente a la plaza.

No encontró frente al salón de billar tanta gente como imaginaba. Algunos hombres conversaban a la sombra de los almendros. Los sirios habían guardado sus trapos de colores para almorzar, y los almacenes parecían cabecear bajo los toldos de lona. Un hombre dormía desparramado en un mecedor, con la boca y las piernas y los brazos abiertos, en la sala del hotel.

Todo estaba paralizado en el calor de las doce.

Ana siguió de largo por el salón de billar, y al pasar por el solar baldío situado frente al puerto se encontró con la multitud. Entonces recordó algo que Dámaso le había contado, que todo el mundo sabía pero que sólo los clientes del establecimiento podían tener presente: la puerta posterior del salón de billar daba al solar baldío. Un momento después, protegiéndose el vientre con los brazos, se encontró confundida con la multitud, los ojos fijos en la puerta violada. El candado estaba intacto, pero una de las argollas había sido arrancada como una muela. Ana contempló por un momento los estragos de aquel trabajo solitario y modesto, y pensó en su marido con un sentimiento de piedad.

-¿Quién fue?

No se atrevió a mirar en torno suyo.

-No se sabe -le respondieron-. Dicen que fue un forastero.

-Tuvo que ser -dijo una mujer a sus espaldas-. En este pueblo no hay ladrones. Todo el mundo conoce a todo el mundo.

Ana volvió la cabeza.

-Así es -dijo sonriendo. Estaba empapada en sudor. A su lado había un hombre muy viejo con arrugas profundas en la nuca.

-¿Cargaron con todo? -preguntó ella.-Doscientos pesos y las bolas de billar -dijo el viejo. La examinó con una atención fuera de lugar-. Dentro de poco habrá que dormir con los ojos abiertos.

Ana apartó la mirada.

-Así es -volvió a decir. Se puso un trapo en la cabeza, alejándose, sin poder sortear la  impresión de que el viejo la seguía mirando. Durante un cuarto de hora, la multitud bloqueada en el solar observó una conducta respetuosa, como si hubiera un muerto detrás de la puerta violada. Después se agitó, giró sobre sí misma, y desembocó en la plaza.

El propietario del salón de billar estaba en la puerta, con el alcalde y dos agentes de la policía. Bajo y redondo, los pantalones sostenidos por la sola presión del estómago y con unos anteojos como los que hacen los niños, parecía investido de una dignidad extenuante.

La multitud lo rodeó. Apoyada contra la pared, Ana escuchó sus informaciones hasta que la multitud empezó a dispersarse. Después regresó al cuarto, congestionada por la sofocación, en medio de una bulliciosa manifestación de vecinos.

Estirado en la cama, Dámaso se había preguntado muchas veces cómo hizo Ana la noche anterior para esperarlo sin fumar. Cuando la vio entrar, sonriente, quitándose de la cabeza el trapo empapado en sudor,

aplastó el cigarrillo casi entero en el piso de tierra, en medio de un reguero de colillas, y esperó con mayor ansiedad.

-¿Entonces?

Ana se arrodilló frente a la cama.

-Que además de ladrón eres embustero -dijo.

-¿Por qué?

-Porque me dijiste que no había nada en la gaveta.

Dámaso frunció las cejas.

-No había nada.

-Había doscientos pesos -dijo Ana.

-Es mentira -replicó él, levantando la voz. Sentado en la cama recobró el tono confidencial-. Sólo había veinticinco centavos.

La convenció.

-Es un viejo bandido -dijo Dámaso, apretando los puños-. Se está buscando que le desbarate la cara.

Ana rió con franqueza.

-No seas bruto.

También él acabó por reír. Mientras se afeitaba, su mujer lo informó de lo que había logrado averiguar. La policía buscaba a un forastero.

-Dicen que llegó el jueves y que anoche lo vieron dando vueltas por el puerto -dijo-. Dicen que no han podido encontrarlo por ninguna parte. -Dámaso pensó en el forastero que no había visto nunca y por un instante sospechó de él con una convicción sincera.

-Puede ser que se haya ido -dijo Ana.

Como siempre, Dámaso necesitó tres horas para arreglarse. Primero fue la talla milimétrica del bigote. Después el baño en el chorro del patio. Ana siguió paso a paso, con un fervor que nada había quebrantado desde la noche en que lo vio por primera vez, el laborioso proceso de su peinado. Cuando lo vio mirándose al espejo para salir, con la camisa de cuadros rojos, Ana se encontró madura y desarreglada. Dámaso ejecutó frente a ella un paso de boxeo con la elasticidad de un profesional. Ella lo agarró por las muñecas.

-¿Tienes moneda?

-Soy rico -contestó Dámaso de buen humor-. Tengo los doscientos pesos.

Ana se volteó hacia la pared, sacó del seno un rollo de billetes, y le dio un peso a su

marido, diciendo:

-Toma, Jorge Negrete.

Aquella noche, Dámaso estuvo en la plaza con el grupo de sus amigos. La gente que llegaba del campo con productos para vender en el mercado del domingo, colgaba toldos en medio de los puestos de frituras y las mesas de lotería, y desde la prima noche se les oía roncar. Los amigos de Dámaso no parecían más interesados por el robo del salón de billar que por la transmisión radial del campeonato de béisbol, que

no podrían escuchar esa noche por estar cerrado el establecimiento. Hablando de béisbol, sin ponerse de acuerdo ni enterarse previamente del programa, entraron al cine.

Daban una película de Cantinflas. En la primera fila de la galería, Dámaso rió sin remordimientos. Se sentía convaleciente de sus emociones. Era una buena noche de junio, y en los instantes vacíos en que sólo se percibía la llovizna del proyector, pesaba sobre el cine sin techo el silencio de las estrellas.

De pronto, las imágenes de la pantalla palidecieron y hubo un estrépito en el fondo de la platea. En la claridad repentina, Dámaso se sintió descubierto y señalado, y trató de correr. Pero en seguida vio al público de la platea, paralizado, y a un agente de la policía, el cinturón enrollado en la mano, que golpeaba rabiosamente a un hombre con la pesada hebilla de cobre. Era un negro monumental. Las mujeres empezaron a gritar, y el agente que golpeaba al negro empezó a gritar por encima de los gritos de las

mujeres: “¡Ratero! ¡Ratero!” El negro se rodó por entre el reguero de sillas, perseguido por dos agentes que lo golpearon en los riñones hasta que pudieron trabarlo por la espalda. Luego el que lo había azotado le amarró los codos por detrás con la correa y los tres lo empujaron hacia la puerta. Las cosas sucedieron con tanta rapidez, que Dámaso sólo comprendió lo ocurrido cuando el negro pasó junto a él, con la camisa

rota y la cara embadurnada de un amasijo de polvo, sudor y sangre, sollozando: “Asesinos, asesinos.” Después encendieron las luces y se reanudó la película. Dámaso no volvió a reír. Vio retazos de una historia descosida, fumando sin pausas hasta que se encendió la luz y los espectadores se miraron entre sí, como asustados de la realidad.“Qué buena”, exclamó alguien a su lado. Dámaso no lo miró.

-Cantinflas es muy bueno -dijo.

La corriente lo llevó hasta la puerta. Las vendedoras de comida, cargadas de trastos, regresaban a casa. Eran más de las once, pero había mucha gente en la calle esperando a que salieran del cine para informarse de la captura del negro.

Aquella noche Dámaso entró al cuarto con tanta cautela que cuando Ana lo advirtió entre sueños fumaba el segundo cigarrillo, estirado en la cama.

-La comida está en el rescoldo -dijo ella.

-No tengo hambre -dijo Dámaso.

Ana suspiró.

-Soñé que Nora estaba haciendo muñecos de mantequilla -dijo, todavía sin despertar.

De pronto cayó en la cuenta de que había dormido sin quererlo y se volvió hacia

Dámaso, ofuscada, frotándose los ojos.

-Cogieron al forastero -dijo.

Dámaso se demoró para hablar.

-¿Quién dijo?

-Lo cogieron en el cine -dijo Ana-. Todo el mundo está por aquellos lados.

Contó una versión desfigurada de la captura. Dámaso no la rectificó.

-Pobre hombre -suspiró Ana.

-Pobre por qué -protestó Dámaso, excitado-. ¿Quisieras entonces que fuera yo el que estuviera en el cepo?

Ella lo conocía demasiado para replicar. Lo sintió fumar, respirando como un asmático, hasta que cantaron los primeros gallos. Después lo sintió levantado, trasegando por el cuarto en un trabajo oscuro que parecía más del tacto que de la vista. Después lo sintió raspar el suelo debajo de la cama por más de un cuarto de hora, y después lo sintió desvestirse en la oscuridad, tratando de no hacer ruido, sin saber que ella no había dejado de ayudarlo un instante al hacerle creer que estaba dormida. Algo se movió en

lo más primitivo de sus instintos. Ana supo entonces que Dámaso había estado en el cine, y comprendió por qué acababa de enterrar las bolas de billar debajo de la cama. El salón se abrió el lunes y fue invadido por una clientela exaltada. La mesa de billar había sido cubierta con un paño morado que le imprimió al establecimiento un carácter funerario. Pusieron un letrero en la pared: “No hay servicio por falta de

bolas.” La gente entraba a leer el letrero como si fuera una novedad. Algunos permanecían frente a él, releyéndolo con una devoción indescifrable.

Dámaso estuvo entre los primeros clientes. Había pasado una parte de su vida en los escaños destinados a los espectadores del billar y allí estuvo desde que volvieron a abrirse las puertas. Fue algo tan difícil pero tan momentáneocomo un pésame. Le dio una palmadita en el hombro al propietario por encima del mostrador, y le dijo:

-Qué vaina, don Roque.

El propietario sacudió la cabeza con una sonrisita de aflicción, suspirando: “Ya ves.” Y siguió atendiendo a la clientela, mientras Dámaso, instalado en uno de los taburetes del mostrador, contemplaba la mesa espectral bajo el sudario morado.

-Qué raro -dijo.

-Es verdad

-confirmó un hombre en el taburete vecino-. Parece que estuviéramos en semana santa.

Cuando la mayoría de los clientes se fue a almorzar, Dámaso metió una moneda en el tocadiscos automático y seleccionó un corrido mexicano cuya colocación en el tablero conocía de memoria. Don Roque trasladaba mesitas y silletas al fondo del salón.

-¿Qué hace? -le preguntó Dámaso.

-Voy a poner barajas -contestó don Roque-. Hay que hacer algo mientras llegan las

bolas.

Moviéndose casi a tientas, con una silla en cada brazo, parecía un viudo reciente.

-¿Cuándo llegan? -preguntó Dámaso.

-Antes de un mes, espero.

-Para entonces habrán aparecido las otras -dijo Dámaso.

Don Roque observó satisfecho la hilera de mesitas.

-No aparecerán -dijo, secándose la frente con la manga-. Tienen al negro sin comer desde el sábado y no ha querido decir dónde están. -Midió a Dámaso a través de los cristales empañados por el sudor.

-Estoy seguro de que las echó al río.

Dámaso se mordisqueó los labios.

-¿Y los doscientos pesos?

-Tampoco -dijo don Roque-. Sólo le encontraron treinta.

Se miraron a los ojos. Dámaso no habría podido explicar su impresión de que aquella mirada establecía entre él y don Roque una relación de complicidad. Esa tarde, desde el lavadero, Ana lo vio llegar dando saltitos de boxeador. Lo siguió hasta el cuarto.

-Listo -dijo Dámaso-. El viejo está tan resignado que encargó bolas nuevas. Ahora

Es cuestión de esperar que nadie se acuerde.

-¿Y el negro?

-No es nada -dijo Dámaso, alzándose de hombros-. Si no le encuentran las bolas tienen que soltarlo.

Después de la comida, se sentaron a la puerta de la calle y estuvieron conversando con los

vecinos hasta que se apagó el parlante del cine. A la hora de acostarse Dámaso estaba excitado.

-Se me ha ocurrido el mejor negocio del mundo -dijo.

Ana comprendió que él había molido un mismo pensamiento desde el atardecer.

-Me voy de pueblo en pueblo -continuó Dámaso-. Me robo las bolas de billar en uno y

lasvendo en el otro. En todos los pueblos hay un salón de billar.

-Hasta que te peguen un tiro.

-Qué tiro ni qué tiro -dijo él-. Eso no se ve sino en las películas. -Plantado en la mitad del

cuarto se ahogaba en su propio entusiasmo. Ana empezó a desvestirse, en apariencia indiferente,

pero en realidad oyéndolo con una atención compasiva.

-Me voy a comprar una hilera de vestidos -dijo Dámaso, y señaló con el índice un ropero imaginario del tamaño de la pared-. Desde aquí hasta allí. Y además cincuenta pares de zapatos.

-Dios te oiga -dijo Ana.

Dámaso fijó en ella una mirada seria.

-No te interesan mis cosas -dijo.

-Están muy lejos para mí -dijo Ana. Apagó la lámpara, se acostó contra la pared, y agregó

con una amargura cierta-: Cuando tú tengas treinta años yo tendré cuarenta y siete.

-No seas boba -dijo Dámaso.

Se palpó los bolsillos en busca de los fósforos.

-Tú tampoco tendrás que aporrear más ropa -dijo, un poco desconcertado. Ana le dio

fuego. Miró la llama hasta que el fósforo se extinguió, y tiró la ceniza. Estirado en la cama,

Dámaso siguió hablando.

-¿Sabes de qué hacen las bolas de billar?

Ana no respondió.

-De colmillos de elefantes -prosiguió él-. Son tan difíciles de encontrar que se necesita

un mes para que vengan. ¿Te das cuenta?

-Duérmete -lo interrumpió Ana-. Tengo que levantarme a las cinco.

Dámaso había vuelto a su estado natural. Pasaba la mañana en la cama, fumando, y después de la siesta empezaba a arreglarse para salir. Por la noche escuchaba en el salón de billar la transmisión radial del campeonato de béisbol. Tenía la virtud de olvidar sus proyectos con tanto entusiasmo como necesitaba para concebirlos.

-¿Tienes plata? -preguntó el sábado a su mujer.

-Once pesos -respondió ella. Y agregó suavemente-: Es la plata del cuarto.

-Te propongo un negocio.

-¿Qué?

-Préstamelos.

-Hay que pagar el cuarto.

-Se paga después.

Ana sacudió la cabeza. Dámaso la agarró por la muñeca y le impidió que se levantara de la

mesa, donde acababan de desayunar.

-Es por pocos días -dijo acariciándole el brazo con una ternura distraída-. Cuando venda

las bolas tendremos plata para todo.

Ana no cedió. Esa noche, en el cine, Dámaso no le quitó la mano del hombro ni siquiera cuando conversó con sus amigos en el intermedio. Vieron la película a retazos. Al final, Dámaso estaba impaciente.

-Entonces tendré que robarme la plata -dijo.

Ana se encogió de hombros.

-Le daré un garrotazo al primero que encuentre -dijo Dámaso empujándola por entre lamultitud que abandonaba el cine-. Así me llevarán a la cárcel por asesino.

Ana sonrió en su interior. Pero continuó inflexible. A la mañana siguiente, después de  una noche tormentosa, Dámaso se vistió con una urgencia ostensible y amenazante. Pasó junto a su mujer, gruñendo:

-No vuelvo más nunca.

Ana no pudo reprimir un ligero temblor.

-Feliz viaje -gritó.

Después del portazo empezó para Dámaso un domingo vacío e interminable. La vistosa cacharrería del mercado público y las mujeres vestidas de colores brillantes que salían con sus niños de la misa de ocho, ponían toques alegres en la plaza, pero el aire empezaba a endurecerse de calor. Pasó el día en el salón de billar. Un grupo de hombres jugó a las cartas en la mañana y antes del almuerzo hubo una afluencia momentánea. Pero era evidente que el establecimiento había perdido su atractivo. Sólo al anochecer, cuando empezaba la transmisión del béisbol, recobraba un poco de su antigua animación.

Después de que cerraron el salón, Dámaso se encontró sin rumbo en una plaza que parecía desangrar

se. Descendió por la calle paralela al puerto, siguiendo el rastro de una música alegre y remota. Al final de la calle había una sala de baile enorme y escueta, adornada con guirnaldas de papel descolorido y al fondo de la sala una banda de músicos sobre una tarima de madera. Adentro flotaba un sofocante olor a carmín

de labios. Dámaso se instaló en el mostrador. Cuando terminó la pieza, el muchacho que tocaba

los platillos en la banda recogió monedas entre los hombres que habían bailado. Una muchacha abandonó su pareja en el centro del salón y se acercó a Dámaso.

-Qué hubo, Jorge Negrete.

Dámaso la sentó a su lado. El cantinero, empolvado y con un clavel en la oreja, preguntó en falsete:

-¿Qué toman?

La muchacha se dirigió a Dámaso.

-¿Qué tomamos?

-Nada.

-Es por cuenta mía.

-No es eso -dijo Dámaso-. Tengo hambre.

-Lástima -suspiró el cantinero-. Con esos ojos.

Pasaron al comedor en el fondo de la sala. Por la forma del cuerpo la muchacha parecía excesivamente joven, pero la costra de polvo y colorete y el barniz de los labios impedían conocer su verdadera edad. Después de comer, Dámaso la siguió al cuarto, al fondo de un patio oscuro donde se sentía la respiración de los animales dormidos. La cama estaba ocupada por un niño de pocos meses envuelto en trapos de colores. La muchacha puso los trapos en una caja de madera, acostó al niño dentro, y luego puso la caja en el suelo.

-Se lo van a comer los ratones -dijo Dámaso.

-No se lo comen -dijo ella.

Se cambió el traje rojo por otro más descotado con grandes flores amarillas.

-¿Quién es el papá? -preguntó Dámaso.

-No tengo la menor idea -dijo ella. Y después, desde la puerta-: Vuelvo en seguida.

La oyó cerrar el candado. Fumó varios cigarrillos, tendido boca arriba y con la ropa puesta. El lienzo de la cama vibraba al compás del mambo. No supo en qué momento se durmió. Al despertar, el cuarto parecía más grande en el vacío de la música.

La muchacha se estaba desvistiendo frente a la cama.

-¿Qué hora es?

-Como las cuatro -dijo ella-. ¿No ha llorado el niño?

-Creo que no -dijo Dámaso.

La muchacha se acostó muy cerca de él, escrutándolo con los ojos ligeramente desviados mientras le desabotonaba la camisa. Dámaso comprendió que ella había estado bebiendo enserio. Trató de apagar la lámpara.

-Déjala así -dijo ella-. Me encanta mirarte los ojos.

El cuarto se llenó de ruidos rurales desde el amanecer. El niño lloró. La muchacha lo llevó a la cama y le dio de mamar, cantando entre dientes una canción de tres notas, hasta que todos se durmieron. Dámaso no se dio cuenta de que la muchacha despertó hacia las siete, salió del cuarto y regresó sin el niño.

-Todo el mundo se va para el puerto -dijo.

Dámaso tuvo la sensación de no haber dormido más de una hora en toda la noche.

-¿A qué?

-A ver al negro que se robó las bolas -dijo ella-. Hoy se lo llevan.

Dámaso encendió un cigarrillo.

-Pobre hombre -suspiró la muchacha.

-Pobre por qué -dijo Dámaso-. Nadie lo obligó a ser ratero.

La muchacha pensó un momento con la cabeza apoyada en su pecho. Dijo en voz muy

baja:

-No fue él.

-Quién dijo.

-Yo lo sé -dijo ella-. La noche que se metieron en el salón de billar el negro estaba con Gloria, y pasó todo el día siguiente en su cuarto hasta por la noche. Después vinieron diciendo que lo habían cogido en el cine.

-Gloria se lo puede decir a la policía.

-El negro se lo dijo -dijo ella-. El alcalde vino donde Gloria, volteó el cuarto al derecho y al revés, y dijo que la iba a llevar a la cárcel por cómplice. Al fin se arregló por veinte pesos.

Dámaso se levantó antes de las ocho.

-Quédate -le dijo la muchacha-. Voy a matar una gallina para el almuerzo.

Dámaso sacudió la peinilla en la palma de la mano antes de guardársela en el bolsillo posterior del pantalón.

-No puedo -dijo, atrayendo a la muchacha por las muñecas. Ella se había lavado la cara, y era en verdad muy joven, con unos ojos grandes y negros que le daban un aire desamparado. Lo abrazó por la cintura.

-Quédate -insistió.

-¿Para siempre?

Ella se ruborizó ligeramente, y lo separó.

-Embustero -dijo.

Ana se sentía agotada aquella mañana. Pero se contagió de la excitación del pueblo. Recogió más a prisa que de costumbre la ropa para lavar esa semana, y se fue al puerto a presenciar el embarque del negro. Una multitud impaciente esperaba frente a las lanchas listas para zarpar. Allí estaba Dámaso.

Ana lo hurgó con los índices por los riñones.

-¿Qué haces aquí? -preguntó Dámaso dando un salto.

-Vine a despedirte -dijo Ana.

Dámaso golpeó con los nudillos un poste del alumbrado público.

-Maldita sea - dijo.

Después de encender el cigarrillo arrojó al río la cajetilla vacía. Ana sacó otra del corpiño y

se la metió en el bolsillo de la camisa. Dámaso sonrió por primera vez.

-Eres burra -dijo.

-Ja, ja -hizo Ana.

Poco después embarcaron al negro. Lo llevaron por el medio de la plaza, las muñecas amarrada

s a la espalda con una soga tirada por un agente de la policía. Otros dos agentes armados de fusiles caminaban a su lado. Estaba sin camisa, el labio inferior partido y una ceja hinchada, como un boxeador. Esquivaba las miradas de la multitud con una dignidad pasiva. En la puerta del salón de billar, donde se había concentrado la mayor cantidad de público para participar de los dos extremos del espectáculo, el

propietario lo vio pasar moviendo la cabeza. El resto de la gente lo observó con una especie de fervor.

La lancha zarpó en seguida. El negro iba en el techo, amarrado de pies y manos a un tambor de petróleo. Cuando la lancha dio la vuelta en la mitad del río y pitó por última vez, la espalda del negro lanzó un destello.

-Pobre hombre -murmuró Ana.

-Criminales -dijo alguien cerca de ella-. Un ser humano no puede aguantar tanto sol.

Dámaso localizó la voz en una mujer extraordinariamente gorda, y empezó a moverse hacia la plaza.

-Hablas mucho -susurró al oído de Ana-. Lo único que falta es que te pongas a gritar el cuento.

Ella lo acompañó hasta la puerta del billar.

-Por lo menos anda a cambiarte -le dijo al abandonarlo-. Pareces un pordiosero.

La novedad había llevado al salón una clientela alborotada. Tratando de atender a todos, don Roque servía a varias mesas al mismo tiempo. Dámaso esperó a que pasara junto a él.

-¿Quiere que lo ayude?

Don Roque le puso enfrente media docena de botellas de cerveza con los vasos embocados en el cuello.

-Gracias, hijo.

Dámaso llevó las botellas a la mesa. Tomó varios pedidos, y siguió trayendo y llevando

botellas, hasta que la clientela se fue a almorzar. Por la madrugada, cuando volvió al cuarto, Ana comprendió que había estado bebiendo. Le cogió la mano y se la puso en el vientre de ella.

-Tienta aquí -le dijo-. ¿No sientes?

Dámaso no dio ninguna muestra de entusiasmo.

-Ya está vivo -dijo Ana-. Se pasa la noche dándome pataditas por dentro.

Pero él no reaccionó. Concentrado en sí mismo, salió al día siguiente muy temprano y no volvió hasta la medianoche. Así transcurrió la semana. En los escasos momentos que pasaba en la casa, fumando acostado, esquivaba la conversación. Ana extremó su solicitud. En cierta ocasión, al principio de su vida en común, él se había comportado de igual modo, y entonces ella no lo conocía tanto como para no intervenir. Acaballado sobre ella en la cama, Dámaso la había golpeado hasta hacerla sangrar.

Esta vez esperó. Por la noche ponía junto a la lámpara una cajetilla de cigarrillos, sabiendo que él era capaz de soportar el hambre y la sed, pero no la necesidad de fumar. Por fin, a mediados de julio, Dámaso regresó al cuarto al atardecer. Ana se inquietó, pensando que él debía estar muy aturdido cuando venía a buscarla a esa hora. Comieron sin hablar. Pero antes de acostarse, Dámaso estaba ofuscado y blando, y dijo espontáneamente:

-Me quiero ir.

-¿Para dónde?

-Para cualquier parte.

Ana examinó el cuarto. Las carátulas de revistas que ella misma había recortado y pegadoen las paredes hasta empapelarlas por completo con litografías de actores de cine, estaban gastadas y sin color. Había perdido la cuenta de los hombres que paulatinamente, de tanto mirarlos desde la cama, se habían ido llevando esos colores.

-Estás aburrido conmigo -dijo.

-No es eso -dijo Dámaso-. Es este pueblo.

-Es un pueblo como todos.

-No se pueden vender las bolas.

-Deja esas bolas tranquilas -dijo Ana-. Mientras Dios me dé fuerzas para aporrear ropa

no tendrás que andar aventurando. -Y agregó suavemente después de una pausa-: No sé cómo se te ocurrió meterte en eso.

Dámaso terminó el cigarrillo antes de hablar.

-Era tan fácil que no me explico cómo no se le ocurrió a nadie -dijo.

-Por la plata -admitió Ana-. Pero nadie hubiera sido tan bruto de traerse las bolas.

-Fue sin pensarlo -dijo Dámaso-. Ya me venía cuando las vi detrás d

el mostrador, metidas en su cajita, y pensé que era mucho trabajo para venirme con las manos vacías.

-La mala hora -dijo Ana.

Dámaso experimentaba una sensación de alivio.

-Y mientras tanto no llegan las nuevas -dijo-. Mandaron decir que ahora son más caras

y don Roque dice que así no es negocio. -Encendió otro cigarrillo, y mientras hablaba

sentía que su corazón se iba desocupando de una materia oscura.

Contó que el propietario había decidido vender la mesa de billar. No valía mucho. El paño roto por las audacias de los aprendices había sido remendado con cuadros de diferentes colores y era necesario cambiarlo por completo. Mientras tanto, los clientes del salón, que habían envejecido en torno al billar, no tenían ahora más diversión que las transmisiones del campeonato de béisbol.

-Total -concluyó Dámaso-, que sin quererlo nos tiramos al pueblo.

-Sin ninguna gracia -dijo Ana.

-La semana entrante se acaba el campeonato -dijo Dámaso.

-Y eso no es lo peor. Lo peor es el negro.

Acostada en su hombro, como en los primeros tiempos, sabía en qué estaba pensando su marido. Esperó a que terminara el cigarrillo. Después, con voz cautelosa, dijo:

-Dámaso.

-¿Qué pasa?

-Devuélvelas.

Él encendió otro cigarrillo.

-Eso es lo que estoy pensando hace días -dijo-. Pero la vaina es que no encuentro cómo.

Así que decidieron abandonar las bolas en un lugar público. Ana pensó luego que eso resolvía el problema del salón de billar, pero dejaba pendiente el del negro. La policía habría podido interpretar el hallazgo de muchos modos sin absolverlo. No descartaba tampoco el riesgo de que las bolas fueran encontradas por alguien que en vez de devolverlas se quedara con ellas para negociarlas.

-Ya que se van a hacer las cosas -concluyó Ana-, es mejor hacerlas bien hechas.

Desenterraron las bolas. Ana las envolvió en periódicos, cuidando de que el envoltorio no revelara la forma del contenido, y las guardó en el baúl.

-Es cosa de esperar una ocasión -dijo.

Pero en espera de la ocasión transcurrieron dos semanas. La noche del 20 de agosto –dos meses después del asalto-Dámaso encontró a don Roque sentado detrás del mostrador, sacudiéndose los zancudos con un abanico de palma. Su soledad parecía más intensa con la radio apagada.

-Te lo dije -exclamó don Roque con un cierto alborozo por el pronóstico cumplido-. Esto se fue al carajo.

Dámaso puso una moneda en el tocadiscos automático. El volumen de la música y el sistema de colores del aparato le parecieron una ruidosa prueba de su lealtad. Pero tuvo la impresión de que don Roque no lo advirtió. Entonces acercó un asiento y trató de consolarlo con argumentos ofuscados que el propietario trituraba sin emoción, al compás negligente de su abanico.

-No hay nada que hacer -decía-. El campeonato de béisbol no podía durar toda la vida.

-Pero pueden aparecer las bolas.

-No aparecerán.

-El negro no pudo habérselas comido.

-La policía buscó por todas partes -dijo don Roque con una certidumbre desesperante-. Las echó al río.

-Puede suceder un milagro.

-Déjate de ilusiones, hijo -replicó don Roque-. Las desgracias son como un caracol. ¿Tú

crees en los milagros?

-A veces -dijo Dámaso.

Cuando abandonó el establecimiento aún no habían salido del cine. Los diálogos enormes

y rotos del parlante resonaban en el pueblo apagado, y en las pocas casas que permanecían abiertas había algo de provisional. Dámaso erró un momento por los lados del cine. Después fue al salón de baile.La banda tocaba por un solo cliente que bailaba con dos mujeres al tiempo. Las otras, juiciosamente sentadas contra la pared, parecían a la espera de una carta. Dámaso ocupó una mesa, hizo señal al cantinero de que le sirviera una cerveza, y la bebió en la botella con breves pausas para respirar, observando como a través de un vidrio al hombre que bailaba con las dos mujeres. Era más pequeño que ellas.

A la medianoche llegaron las mujeres que estaban en el cine, perseguidas por un grupo De hombres. La amiga de Dámaso, que hacía parte del grupo, abandonó a los otros y se sentó a su mesa.Dámaso no la miró. Se había tomado media docena de cervezas y continuaba con la vista fija en el hombre que ahora bailaba con tres mujeres, pero sin ocuparse de ellas, divertido con las filigranas de sus propios pies. Parecía feliz, y era evidente que habría sido aún más feliz si además de las piernas y los brazos hubiera tenido una cola.

-No me gusta ese tipo -dijo Dámaso.

-Entonces no lo mires -dijo la muchacha.

Pidió un trago al cantinero. La pista empezó a llenarse de parejas, pero el hombre de las tres mujeres siguió sintiéndose solo en el salón. En una vuelta se encontró con la mirada de Dámaso, imprimió mayor dinamismo a su baile, y le mostró en una sonrisa sus dientecillos de conejo. Dámaso sostuvo la mirada sin parpadear, hasta que el hombre se puso serio y le volvió la espalda.

-Se cree muy alegre -dijo Dámaso.

-Es muy alegre -dijo la muchacha-. Siempre que viene al pueblo coge la música por su cuenta, como todos los agentes viajeros.

Dámaso volvió hacia ella los ojos desviados.

-Entonces vete con él -dijo-. Donde comen tres comen cuatro.

Sin replicar, ella apartó la cara hacia la pista de baile, tomando el trago a sorbos lentos. Eltraje amarillo pálido acentuaba su timidez. Bailaron la tanda siguiente. Al final, Dámaso estaba denso.

-Me estoy muriendo de hambre -dijo la muchacha, llevándolo por el brazo hacia el mostrador-. Tú también tienes que comer. -El hombre alegre venía con las tres mujeres en sentido contrario.

-Oiga -le dijo Dámaso.

El hombre le sonrió sin detenerse. Dámaso se soltó del brazo de su compañera y le cerró elpaso.

-No me gustan sus dientes.

El hombre palideció, pero seguía sonriendo.

-A mí tampoco -dijo.

Antes de que la muchacha pudiera impedirlo, Dámaso le descargó un puñetazo en la cara y

el hombre cayó sentado en el centro de la pista. Ningún cliente intervino. Las tres mujeres abrazaron a Dámaso por la cintura, gritando, mientras su compañera lo empujaba hacia el fondo del salón. El hombre se incorporaba con la cara descompuesta por la impresión. Saltó como un mono en el centro de la pista y gritó:

-¡Que siga la música!

Hacia las dos, el salón estaba casi vacío, y las mujeres sin clientes empezaron a comer. Hacía calor. La muchacha llevó a la mesa un plato de arroz con frijoles y carne frita, y comió todo con una cuchara. Dámaso la miraba con una especie de estupor. Ella tendió hacia él una cucharada de arroz.

-Abre la boca.

Dámaso apoyó el mentón en el pecho y sacudió la cabeza.

-Eso es para las mujeres -dijo-. Los machos no comemos.

Tuvo que apoyar las manos en la mesa para levantarse. Cuando recobró el equilibrio, el cantinero estaba cruzado de brazos frente a él.

-Son nueve con ochenta -dijo-. Este convento no es del gobierno.

Dámaso lo apartó.

-No me gustan los maricas -dijo.

El cantinero lo agarró por la manga, pero a una señal de la muchacha lo dejó pasar,

diciendo:

-Pues no sabes lo que te pierdes.

Dámaso salió dando tumbos. El brillo misterioso del río bajo la luna abrió una hendija  de lucidez en su cerebro. Pero se cerró en seguida. Cuando vio la puerta de su cuarto, al otro lado del pueblo, Dámaso tuvo la certidumbre de haber dormido caminando. Sacudió la cabeza. De un modo confuso pero urgente se dio cuenta de que a partir de ese instante tenía que vigilar cada uno de sus movimientos. Empujó la puerta con cuidado para impedir que crujieran los goznes.

Ana lo sintió registrando el baúl. Se volteó contra la pared para evitar la luz de la lámpara, pero luego se dio cuenta de que su marido no se estaba desvistiendo. Un golpe de clarividencia la sentó en la cama. Dámaso estaba junto al baúl, con el envoltorio de las bolas y la linterna en la mano.

Se puso el índice en los labios.

Ana saltó de la cama.

-Estás loco -susurró corriendo hacia la puerta. Rápidamente pasó la tranca. Dámaso se guardó la linterna en el bolsillo del pantalón junto con el cuchillito y la lima afilada, y avanzó hacia ella con el envoltorio apretado bajo el brazo. Ana apoyó la espalda contrala puerta.

-De aquí no sales mientras yo esté viva -murmuró.

Dámaso trató de apartarla.

-Quítate -dijo.

Ana se agarró con las dos manos al marco de la puerta. Se miraron a los ojos sin parpadear.

-Eres un burro -murmuró Ana-. Lo que Dios te dio en ojos te lo quitó en sesos.

Dámaso la agarró por el cabello, torció la muñeca y le hizo bajar la cabeza, diciendo con los dientes apretados:

-Te dije que te quitaras.

Ana lo miró de lado con el ojo torcido como el de un buey bajo el yugo. Por un momento se sintió invulnerable al dolor, y más fuerte que su marido, pero él siguió torciéndole el cabello hasta que se le atragantaron las lágrimas.

-Me vas a matar el muchacho en la barriga –dijo.

Dámaso la llevó casi en vilo hasta la cama. Al sentirse libre, ella le saltó por la espalda, lo trabó con las piernas y los brazos, y ambos cayeron en la cama. Habían empezado a perder fuerzas por la sofocación.

-Grito -susurró Ana contra su oído-. Si temueves me pongo a gritar.

Dámaso bufó en una cólera sorda, golpeándole las rodillas con el envoltorio de las bolas. Ana lanzó un quejido y aflojó las piernas pero volvió a abrazarse a su cintura para impedirle que llegara a la puerta. Entonces empezó a suplicar.

-Te prometo que yo misma las llevo mañana -decía-. Las pondré sin que nadie se dé cuenta.

Cada vez más cerca de la puerta, Dámaso le golpeaba las manos con las bolas. Ella lo soltaba por momentos mientras pasaba el dolor. Después lo abrazaba de nuevo y seguía suplicando.

-Puedo decir que fui yo -decía-. Así como estoy no pueden meterme en el cepo.

Dámaso se liberó.

-Te va a ver todo el pueblo -dijo Ana

- Eres tan bruto que no te das cuenta de que hay luna clara. -Volvió a abrazarlo antes de que acabara de quitar la tranca. Entonces, con los ojos cerrados, lo golpeó en el cuello y en la cara, casi gritando

-: Animal, animal. -Dámaso trató de protegerse, y ella se abrazó a la tranca y se la arrebató de las manos.

Le lanzó un golpe a la cabeza. Dámaso lo esquivó, y la tranca sonó en el hueso de su hombro como un cristal.

-Puta -gritó.

En ese momento no se preocupaba por no hacer ruido. La golpeó en la oreja con el

revés del puño, y sintió el quejido profundo y el denso impacto del cuerpo contra la

pared, pero no miró. Salió del cuarto sin cerrar la puerta. Ana permaneció en el suelo, aturdida por el dolor, y esperó que algo ocurriera en su vientre. Del otro lado de la pared la llamaron con una voz que parecía de una persona enterrada. Se mordió los labios para no llorar. Después se puso en pie y se vistió. No pensó -como no lo había pensado la primera vez-que Dámaso estaba aún frente al cuarto, diciéndole que el plan había fracasado, y en espera de que ella saliera dando gritos. Pero Ana cometió el mismo error por segunda vez: en lugar de perseguir a su marido, se puso los zapatos, ajustó la puerta y se sentó en la cama a esperar. Sólo cuando se ajustó la puerta comprendió Dámaso que no podía retroceder. Un alboroto de perros lo persiguió hasta el final de la calle, pero después hubo un silencio espectral. Eludió los andenes, tratando de escapar a sus propios pasos, que sonaban grandes y ajenos en el pueblo dormido. No tuvo ninguna precaución mientras no estuvo en el solar baldío, frente a la puerta falsa del salón de billar. Esta vez no tuvo que servirse de la linterna. La puerta sólo había sido reforzada en el sitio de la argolla violada. Habían sacado un pedazo de madera del tamaño y la forma de un ladrillo, lo habían reemplazado por madera nueva, y habían vuelto a poner la misma argolla. El resto eraigual. Dámaso tiró del candado con la mano izquierda, metió el cabo de la lima en la raíz de la argolla que no había sido reforzada, y movió la lima varias veces como una barra de automóvil, con fuerza pero sin violencia, hasta

cuando la madera cedió en una quejumbrosa explosión de migajas podridas. Antes de empujar la puerta levantó la hoja desnivelada para amortiguar el rozamiento en los ladrillos del piso. La entreabrió apenas. Por último se quitó los zapatos, los deslizó en el interior junto con el paquete de las bolas, y entró santiguándose en el salón anegado de luna.

En primer término había un callejón oscuro atiborrado de botellas y cajones vacíos. Más allá, bajo el chorro de luna de la claraboya vidriada, estaba la mesa de billar, y luego el revés de los armarios, y al final las mesitas y las sillas parapetadas contra el revés de la puerta principal.

Todo era igual a la primera vez, salvo el chorro de luna y la nitidez del silencio. Dámaso, que

hasta ese momento había tenido que sobreponerse a la tensión de los nervios, experimentó una

rara fascinación.

Esta vez no se cuidó de los ladrillos sueltos. Ajustó la puerta con los zapatos y después de atravesar el chorro de luna encendió la linterna para buscar  la cajita de las bolas  detrás  del mostrador. Actuaba sin prevención. Moviendo la linterna de izquierda a derecha vio un montón de frascos polvorientos, un par de estribos con espuelas, una camisa enrollada y sucia de aceite de motor, y luego la cajita de las bolas en el mismo lugar en que la había dejado. Pero no detuvo el haz de luz hasta el final. Allí estaba el

gato.

El animal lo miró sin misterio a través de la luz. Dámaso lo siguió enfocando hasta querecordó con ligero escalofrío que nunca lo había visto en el salón durante el día. Movió la linterna hacia adelante, diciendo: “Zape”, pero el animal permaneció impasible. Entonces hubo una especie de detonación silenciosa dentro de su cabeza y el gato desapareció por completo de su memoria. Cuando comprendió lo que estaba pasando, ya había soltado la linterna y apretaba el paquete de las bolas contra el pecho. El salón estaba iluminado.

-¡Epa!

Reconoció la voz de don Roque. Se enderezó lentamente, sintiendo un cansancio terrible en los riñones. Don Roque avanzaba desde el fondo del salón, en calzoncillos y con una barra de hierro en la mano, todavía ofuscado por la claridad. Había una hamaca colgada detrás de las botellas y los cajones vacíos, muy cerca de donde había pasado Dámaso al entrar. También eso era distinto a la primera vez. Cuando estuvo a menos de diez metros, don Roque dio un saltito y se puso en guardia. Dámaso escondió la mano con el paquete. Don Roque frunció la nariz, avanzando la cabeza, para reconocerlo sin los anteojos.

-Muchacho -exclamó.

Dámaso sintió como si algo infinito hubiera por fin terminado. Don Roque bajó la barra  y

se acercó con la boca abierta. Sin lentes y sin la dentadura postiza parecía una mujer.

-¿Qué haces aquí?

 -Nada -dijo Dámaso.

Cambió de posición con un imperceptible movimiento del cuerpo.

-¿Qué llevas ahí? -preguntó don Roque.

Dámaso retrocedió.

-Nada -dijo.

Don Roque se puso rojo y empezó a temblar.

-Qué llevas ahí -gritó, dando un paso hacia adelante con la barra levantada. Dámaso le dio el paquete. Don Roque lo recibió con la mano izquierda, sin descuidar la guardia, y lo examinócon los dedos. Sólo entonces comprendió.

-No puede ser -dijo.

Estaba tan perplejo, que puso la barra sobre el mostrador y pareció olvidarse de Dámaso mientras abría el paquete. Contempló las bolas en silencio.

-Venía a ponerlas otra vez -dijo Dámaso.

-Por supuesto -dijo don Roque.

Dámaso estaba lívido. El alcohol lo había abandonado por completo, y sólo le quedaba un sedimento terroso en la lengua y una confusa sensación de soledad.

-Así que éste era el milagro -dijo don Roque, cerrando el paquete-. No puedo creer que

seas tan bruto. -Cuando levantó la cabeza había cambiado de expresión-. ¿Y los doscientos

pesos?

-No había nada en la gaveta -dijo Dámaso.

Don Roque lo miró pensativo, masticando en el vacío, y después sonrió.

-No había nada -repitió varias veces-. De manera que no había nada. -Volvió a agarrar labarra, diciendo:

-Pues ahora mismo le vamos a echar ese cuento al alcalde.

Dámaso se secó en los pantalones el sudor de las manos.

-Usted sabe que no había nada.

Don Roque siguió sonriendo.

-Había doscientos pesos -dijo-. Y ahora te los van a sacar del pellejo, no tanto por ratero como por bruto.