domingo, 25 de enero de 2015

El cuento del domingo



Gabriel García Márquez
Rosas artificiales
Moviéndose a tientas en la penumbra del amanecer, Mina se puso el vestido sin mangas que la noche anterior había colgado junto a la cama, y revolvió el baúl en busca de las mangas postizas. Las buscó después en los clavos de las paredes y detrás de las puertas, procurando no hacer ruido para no despertar a la abuela ciega que dormía en el mismo cuarto. Pero cuando se acostumbró a la os­curidad, se dio cuenta de que la abuela se había levantado y fue a la cocina a pregun­tarle por las mangas.
         —Están en el baño —dijo la ciega—. Las lavé ayer tarde.
         Allí estaban, colgadas de un alambre con dos prendedores de madera. Todavía estaban húmedas. Mina volvió a la cocina y extendió las mangas sobre las piedras de la hornilla. Frente a ella, la ciega revolvía el café, fijas las pupilas muertas en el reborde de ladrillos del corredor, donde había una hilera de ties­tos con hierbas medicinales.
         —No vuelvas a coger mis cosas —dijo Mi­na—. En estos días no se puede contar con el sol.
         La ciega movió el rostro hacia la voz.
         —Se me había olvidado que era el primer viernes —dijo.
         Después de comprobar con una aspiración profunda que ya estaba el café, retiró la olla del fogón.
         —Pon un papel debajo, porque esas pie­dras están sucias —dijo.
         Mina restregó el índice contra las piedras de la hornilla. Estaban sucias, pero de una costra de hollín apelmazado que no ensucia­ría las mangas si no se frotaban contra las piedras.
         —Si se ensucian tú eres la responsable —dijo.
         La ciega se había servido una taza de café.
         —Tienes rabia —dijo, rodando un asiento hacia el corredor—. Es sacrilegio comulgar cuando se tiene rabia. —Se sentó a tomar el café frente a las rosas del patio. Cuando sonó el tercer toque para misa, Mina retiró las man­gas de la hornilla, y todavía estaban húmedas. Pero se las puso. El padre Ángel no le daría la comunión con un vestido de hombros des­cubiertos. No se lavó la cara. Se quitó con una toalla los restos del colorete, recogió en el cuarto el libro de oraciones y la mantilla, y salió a la calle. Un cuarto de hora después estaba de regreso.
         —Vas a llegar después del evangelio —dijo la ciega, sentada frente a las rosas del patio.
         Mina pasó directamente hacia el excusado.
         —No puedo ir a misa —dijo—. Las man­gas están mojadas y toda mi ropa sin plan­char. —Se sintió perseguida por una mirada clarividente.
         —Primer viernes y no vas a misa —dijo la ciega.
         De vuelta del excusado, Mina se sirvió una taza de café y se sentó contra el quicio de cal, junto a la ciega. Pero no pudo tomar el café.
         —Tú tienes la culpa —murmuró, con un rencor sordo, sintiendo que se ahogaba en lágrimas.
         —Estás llorando —exclamó la ciega.
         Puso el tarro de regar junto a las macetas de orégano y salió al patio, repitiendo:
         —Estás llorando.
         Mina puso la taza en el suelo antes de in­corporarse.
         —Lloro de rabia —dijo. Y agregó al pasar junto a la abuela—: Tienes que confesarte, porque me hiciste perder la comunión del. pri­mer viernes.
         La ciega permaneció inmóvil esperando que Mina cerrara la puerta del dormitorio. Luego caminó hasta el extremo del corredor. Se in­clinó, tanteando, hasta encontrar en el suelo la taza intacta. Mientras vertía el café en la olla de barro, siguió diciendo­:
         —Dios sabe que tengo la conciencia tran­quila.
         La madre de Mina salió del dormitorio.
         —¿Con quién hablas? —preguntó.
         —Con nadie —dijo la ciega—. Ya te he dicho que me estoy volviendo loca.
         Encerrada en su cuarto, Mina se desaboto­nó el corpiño y sacó tres llavecitas que llevaba prendidas con un alfiler de nodriza. Con una de las llaves abrió la gaveta inferior del ar­mario y extrajo un baúl de madera en miniatura. Lo abrió con la otra llave. Adentro había un paquete de cartas en papeles de co­lor, atadas con una cinta elástica. Se las guardó en el corpiño, puso el baulito en su puesto y volvió a cerrar la gaveta con llave. Después fue al excusado y echó las cartas en el fondo.
         —No pudo ir —intervino la ciega—. Se me olvidó que era primer viernes y lavé las mangas ayer tarde.
         —Todavía están húmedas —murmuró Mina.
         —Ha tenido que trabajar mucho en estos días —dijo la ciega.
         —Son ciento cincuenta docenas de rosas que tengo que entregar en la Pascua —dijo Mina.
         El sol calentó temprano. Antes de las siete, Mina instaló en la sala su taller de rosas ar­tificiales: una cesta llena de pétalos y alam­bres, un cajón de papel elástico, dos pares de tijeras, un rollo de hilo y un frasco de goma. Un momento después llegó Trinidad con su caja de cartón bajo el brazo, a preguntarle por qué no había ido a misa.
         —No tenía mangas —dijo Mina.
         —Cualquiera hubiera podido prestártelas —dijo Trinidad.
         Rodó una silla para sentarse junto al ca­nasto de pétalos.
         —Se me hizo tarde —dijo Mina.
         Terminó una rosa. Después acercó el ca­nasto para rizar pétalos con las tijeras. Tri­nidad puso la caja de cartón en el suelo e intervino en la labor.
         Mina observó la caja.
         —¿Compraste zapatos? —preguntó.
         —Son ratones muertos —dijo Trinidad.
         Como Trinidad era experta en el rizado de pétalos, Mina se dedicó a fabricar tallos de alambre forrados en papel verde. Trabajaron en silencio sin advertir el sol que avanzaba en la sala decorada con cuadros idílicos y foto­grafías familiares. Cuando terminó los tallos, Mina volvió hacia Trinidad un rostro que parecía acabado en algo inmaterial. Trinidad rizaba con admirable pulcritud, moviendo apenas la punta de los dedos, las piernas muy juntas. Mina observó sus zapatos masculinos. Trinidad eludió la mirada, sin levantar la cabeza, apenas arrastrando los pies hacia atrás e interrumpió el trabajo.
         —¿Qué pasó? —dijo.
         Mina se inclinó hacia ella.
         —Que se fue —dijo.
         Trinidad soltó las tijeras en el regazo.
         —No.
         —Se fue —repitió Mina.
         Trinidad la miró sin parpadear. Una arru­ga vertical dividió sus cejas encontradas.
         —¿Y ahora? —preguntó.
         Mina respondió sin temblor en la voz.
         —Ahora, nada.
         Trinidad se despidió antes de las diez.
         Liberada del peso de su intimidad, Mina la retuvo un momento, para echar los ratones muertos en el excusado. La ciega estaba po­dando el rosal.
         —A que no sabes qué llevo en esta caja —le dijo Mina al pasar.
         Hizo sonar los ratones.
         La ciega puso atención.
         —Muévela otra vez —dijo.
         Mina repitió el movimiento, pero la ciega no pudo identificar los objetos, después de escuchar por tercera vez con el índice apoyado en el lóbulo de la oreja.
         —Son los ratones que cayeron anoche en la trampa de la iglesia —dijo Mina.
         Al regreso pasó junto a la ciega sin hablar.Pero la ciega la siguió. Cuando llegó a la sala, Mina estaba sola junto a la ventana cerrada, terminando las rosas artificiales.
         —Mina —dijo la ciega—. Si quieres ser feliz, no te confieses con extraños.
         Mina la miró sin hablar. La ciega ocupó la silla frente a ella e intentó intervenir en el trabajo. Pero Mina se lo impidió.
         —Estás nerviosa —dijo la ciega.
         —Por tu culpa —dijo Mina.
         —¿Por qué no fuiste a misa?
         —Tú lo sabes mejor que nadie.
         —Si hubiera sido por las mangas no te hubieras tomado el trabajo de salir de la casa —dijo la ciega—. En el camino te esperaba alguien que te ocasionó una contrariedad.
         Mina pasó las manos frente a los ojos de la abuela, como limpiando un cristal invisible.
         —Eres adivina —dijo.
         —Has ido al excusado dos veces esta ma­ñana —dijo la ciega—. Nunca vas más de una vez.
         Mina siguió haciendo rosas.
         —¿Serías capaz de mostrarme lo que guar­das en la gaveta del armario? —preguntó la ciega.
         Sin apresurarse Mina clavó la rosa en el marco de la ventana, se sacó las tres llavecitas del corpiño y se las puso a la ciega en la mano. Ella misma le cerró los dedos.
         —Anda a verlo con tus propios ojos —dijo.
         La ciega examinó las llavecitas con las pun­tas de los dedos.
         —Mis ojos no pueden ver en el fondo del excusado.
         Mina levantó la cabeza y entonces experi­mentó una sensación diferente: sintió que la ciega sabía que la estaba mirando.
         —Tírate al fondo del excusado si te inte­resan tanto mis cosas —dijo.
         La ciega evadió la interrupción.
         —Siempre escribes en la cama hasta la ma­drugada —dijo.
         —Tú misma apagas la luz —dijo Mina.
         —Y en seguida tú enciendes la linterna de mano —dijo la ciega—. Por tu respiración podría decirte entonces lo que estás escribiendo.
         Mina hizo un esfuerzo para no alterarse.
         —Bueno —dijo sin levantar la cabeza—. Y suponiendo que así sea: ¿qué tiene eso de particular?
         —Nada —respondió la ciega—. Sólo que te hizo perder la comunión del primer viernes.
         Mina recogió con las dos manos el rollo de hilo, las tijeras, y un puñado de tallos y rosas sin terminar. Puso todo dentro de la canasta y encaró a la ciega.
         —¿Quieres entonces que te diga qué fui a hacer al excusado? —preguntó. Las dos per­manecieron en suspenso, hasta cuando Mina respondió a su propia pregunta—: Fui a cagar.
         La abuela tiró en el canasto las tres llave­citas.
         —Sería una buena excusa —murmuró, di­rigiéndose a la cocina—. Me habrías conven­cido si no fuera la primera vez en tu vida que te oigo decir una vulgaridad.
         La madre de Mina venía por el corredor en sentido contrario, cargada de ramos es­pinosos.
         —¿Qué es lo que pasa? —preguntó.
         —Que estoy loca —dijo la ciega—. Pero por lo visto no piensan mandarme para el ma­nicomio mientras no empiece a tirar piedras.

viernes, 23 de enero de 2015

Abierto el Primer Concurso de Cuento Caro y Cuervo 2015: El lenguaje en su laberinto

Como un homenaje a Gabriel García Márquez quien fuera miembro honorario del Instituto Caro y Cuervo desde 1993, la Asociación de Amigos del Instituto Caro y Cuervo lanza concurso literario e invita a jóvenes escritores a contar el Cuento

Afiche promocional del Primer Concurso de Cuento Caro y Cuervo: El lenguaje en su laberinto./caroycuervo.gov.vo

 No es que el cuento esté de moda o de regreso. Es más, es que el cuento nunca se ha ido. Julio Cortázar afirmaba que “el cuento como en el boxeo, gana por knock out, mientras que la novela gana por puntos”. Así de sencillo. Y es que como en los buenos combates, expertos en narración breve como los pesos pesados, Cortázar, García Márquez, Borges, Poe, Dickens y compañía, nunca escatimaron elogios para un género exigente como el que más. “En una novela el escritor puede ser más descuidado y dejar escoria y lo superfluo, que sería desechable. Pero en un cuento… casi todas las palabras deben estar en su ubicación exacta”, afirmaba William Faulkner, otro grande que le comía cuento al Cuento.
Suena la campana
Este año, por primera vez, la Asociación de Amigos del Instituto Caro y Cuervo (AAICC), lanza el Concurso de Cuento Caro y Cuervo 2015: El lenguaje es su laberinto,que cuenta con el apoyo del Ministerio de Cultura de Colombia y del Instituto Caro y Cuervo.
El PrimerConcurso de Cuento Caro y Cuervo 2015: El lenguaje en su laberinto premiará el cuento que mejor logre representar, ilustrar, indagar o variar en torno a la siguiente afirmación: La lectura es un espacio de reconocimiento del otro.
Podrán optar al premio todos los jóvenes escritores profesionales y aficionados entre los 18 y 25 años de edad, colombianos y extranjeros residentes en Colombia y colombianos residentes en el exterior. La obra presentada debe contar con un máximo de 12 páginas de extensión, ser original, inédita y que no haya sido premiada ni presentada anteriormente a ningún otro concurso.
En un sobre cerrado a nombre del  Primer Concurso de Cuento Caro y Cuervo 2015: El lenguaje en su laberinto y con el pseudónimo escrito en su anverso, se enviarán cuatro (4) originales impresos a la sede centro del Instituto Caro y Cuervo (Casa de Cuervo), Calle 10 No. 4-69, Bogotá, Colombia. Dentro de dicho sobre se incluirá además, un segundo sobre que contenga los datos con nombre y apellidos, dirección, teléfono de contacto y fotocopia autenticada del documento de identidad del concursante.
Desde el lunes 16 de febrero de 2015 se abrirá la recepción de los textos para todos los interesados y su fecha de cierre será el lunes 18 de mayo de 2015.
El premio, que no podrá ser declarado desierto, está dotado con diez millones de pesos colombianos ($10.000.000) para el cuento ganador y será publicado por el Sello Editorial del Instituto Caro y Cuervo. Al segundo y tercer puesto se les otorgará mención de honor y publicación a cargo también del Sello Editorial del Instituto Caro y Cuervo.
Y en esta esquina…
El jurado lo conforman Camilo Hoyos, Subdirector Académico del Instituto Caro y Cuervo, Sarah González, Magíster en Literatura Comparada de la Universidad de Harvard, el escritor y Director del Grupo de Literatura y Libro del Ministerio de Cultura, Nahum Montt y la narradora y Premio Internacional de Cuentos Juan Rulfo de Radio Francia Internacional en 1999, Lina María Pérez Gaviria con su cuento “Silencio de Neón”.
El premio se entregará el viernes 11 de septiembre de 2015, al cierre del IV Festival de La Palabra Caro y Cuervo: El lenguaje en su laberinto, en las instalaciones de la Casa de Cuervo en horario por definir.
Mayores informes y bases del concurso en www.caroycuervo.gov.co/amigos

La obra de García Márquez ha ejercido una influencia notable en escritores de todo el mundo

Gabo que estás en los cielos

Lea pasajes de Italo Calvino, Peter Gay, Salman Rushdie y Natalia Ginzburg sobre la obra del Nobel colombiano

Gabriel García Márquez influyó en notables escritores del mundo entero/revistaarcadia.com
“Aquí estoy pues recorriendo esta superficie vacía que es el mundo. Hay un viento a ras de tierra que arrastra con ráfagas de cellisca los últimos residuos del mundo desaparecido: un racimo de uvas maduras que parece recién cogido del sarmiento, un calcetín de lana, una articulación cardán bien aceitada, una página que se diría arrancada de una novela en lengua española con un nombre de mujer: Amaranta”.
Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero,
Barcelona: Siruela, 1992 
“Se trata de ficción, aunque relatada serenamente como una serie de hechos encadenados por un narrador omnisciente, al estilo patentado –no puedo dejar de repetirlo– por Kafka. El resultado alcanzó una popularidad inmensa, y no sólo entre la élite literaria. De modo muy semejante a Charles Dickens un siglo antes, García Márquez satisfacía diversos registros diferentes del gusto a la vez; incluso los lectores incapaces de apreciar los recursos más sutiles de su narrativa encontraban en la obra algo que les entusiasmaba. En un capítulo dedicado a los éxitos de la vanguardia, Cien años de soledad ocuparía un lugar prominente”.
Peter Gay, Modernidad,
Barcelona: Paidós, 2007 
“En Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, la compañía bananera –encabezada por Mr. Brown, nombre que bien podría salir en una película de Tarantino– masacró a tres mil huelguistas en la plaza mayor de Macondo. Después de la matanza se llevó a cabo una limpieza tan perfecta que el incidente pudo negarse rotundamente. Nunca ocurrió, salvo en la memoria de José Arcadio Segundo, que lo vio todo. Contra la brutalidad, recordar es la única defensa”.
Salman Rushdie, Joseph Anton,
Bogotá: Random House Mondadori, 2012 
“Hace tiempo un periódico me pidió que respondiera a la pregunta de si creía que la novela estaba en crisis, pero no respondí, porque las palabras “crisis de la novela” me parecían detestables y su sonido me sugería solamente malas novelas, ya muertas y bien muertas, cuyo destino me resultaba indiferente. Creo que pensé que no tenía sentido reflexionar tanto sobre la novela y que, si éramos o habíamos sido novelistas, tal vez lo mejor era intentar escribir algunas novelas, aunque fuese para enterrarlas en un cajón en el caso de que no estuvieran vivas. Más tarde leí Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, colombiano que vive en España. (Su editor en Italia es Feltrinelli.) Desde hacía tiempo no leía nada que me impresionara tan profundamente. Si es verdad, como dicen, que la novela está muerta o a punto de morir, saludemos entonces a las últimas novelas que han venido a alegrar la Tierra.
“Sobre Cien años de soledad se ha escrito y hablado mucho, en Italia y fuera, pero a mí me gusta tanto que me da miedo que no se hable lo suficiente, que la gente la lea poco y que se pierda entre las miles de novelas que aparecen y nos llegan de todas partes. (…)
“Leer Cien años de soledad ha sido para mí como oír un toque de trompeta que me despertara del sueño. La empecé sin ganas y esperando que me expulsara. Algo atrapó mi atención y me hizo avanzar con la sensación de hacerlo por un bosque denso y verde, lleno de pájaros, serpientes e insectos. Después de leerlo me dio la sensación de haber seguido el vuelo rapidísimo e inacabable de un pájaro, en un cielo de inacabables distancias donde no había consuelo, donde no había sino la amarga y la vivificante conciencia de lo verdadero. Es la historia de una familia de un pueblo de Sudamérica. Con una estructura intrincadísima, vertiginosa y detallada se descubre el destino de los individuos, misterioso y límpido, trastornado por guerras y por hundimientos y arrastrado por la gloria y por la miseria, pero siempre igualmente libre, secreto y solitario, hasta un punto inmóvil del horizonte en el que un cielo luminoso e inmóvil acoge memorias y ruinas. Pero no voy a hablar de esta novela y no voy a intentar resumirla, pues me gusta demasiado como para comentarla en apenas unas líneas. Solo querría rogar a los que no la hayan leído que la lean sin demora. Yo he pasado dos días sin apartar realmente mi pensamiento de sus páginas, metiendo de vez en cuando la cabeza para ver los lugares y las caras de los que vivían allí, como contemplamos en silencio las huellas y escuchamos en nuestro corazón las voces de las personas a las que queremos”. (…)
Abril de 1969
Natalia Ginzburg, Ensayos,
Barcelona: Lumen, 2009

miércoles, 21 de enero de 2015

Silvana Paternostro: la reportera que incomodó a García Márquez

Silvana Paternostro apostó por investigar sobre el Nobel colombiano hasta encontrar nuevas pistas sobre su obra y su personalidad. El resultado es Soledad & Compañía, biografía oral que recoge decenas de testimonios sobre el padre de Macondo

Silvana Paternostro, periodista barranquillera./Marcela García /elpais.com.co

En 2001, Tina Brown, por entonces editora de la revista Talk, le encargó a la reportera Silvana Paternostro escribir una ‘historia oral’ sobre Gabriel García Márquez. Se trataba de un género periodístico creado por George Plimpton, célebre periodista neuyorquino, que había escrito un libro sobre Truman Capote a partir de distintas voces de quienes habían seguido de cerca su obra literaria y su vida misma.
Con la misión bien clara, la barranquillera pasó varios meses entre Colombia y México recogiendo de manera acuciosa los aportes que le iban entregando personas que habían conocido a Gabo antes de que se convirtiera en uno de los autores más leídos del planeta.
Pero el proyecto se quedó sin combustible. Talk cerró prematuramente y Silvana se quedó con 24 cintas grabadas. Eran oro en polvo. Tiempo después, el propio Plimpton se encargó de publicar una parte de este material en el Paris Review.
Sin embargo, la reportera sabía que tenía material suficiente para algo más ambicioso: un libro. Y fue hasta 2010, después de divisar a García Márquez en una tarima durante la inauguración del Museo Soumaya, del D.F. que había llegado el momento de comenzar.
Cuatro años más tarde vio la luz ‘Soledad & Compañía: Un retrato compartido de Gabriel García Márquez’ en el que aparecen voces como las de Ramón Illán Bacca, Margot García Márquez, Eduardo Márceles Daconte, Quique Scopell, Héctor Rojas Herazo, Nereo López, Heriberto Fiorillo, Carmen Balcells y José Salgar. Hoy su autora piensa si acaso estas páginas fueron una manera de pedir perdón: después de haber sido su alumna en un taller con Gabo en 1995, el hijo del telegrafista cortó toda comunicación con ella.
Silvana nunca supo las razones. Y ya es muy tarde: Gabo murió y con él se llevó el único testimonio que, quizás, le falta a este libro.

Silvana, después de tantos libros sobre García Márquez, entre ellos las extensas biografías de Gerald Martin y Dasso Saldívar), en qué momento sintió que había que aventurarse con un nuevo libro sobre el Nobel...

Fue una cosa paulatina y totalmente desprendida del número de libros que se han escrito. En mi caso descubrí, cuando fui su alumna en 1995, que el maestro se me había convertido en un personaje que debía contar. Y en 2010, cuando lo volví a ver por casualidad montado en una tarima en Ciudad de México, sentí que era la hora de sentarme a escribir esa historia.

Cómo fue eso de entregarse durante más de 15 años a seguirle los pasos a Gabo. ¿Cómo aparecieron en el camino todas esas voces de las que da cuenta este libro?

Fueron dos etapas de entrevistas. Las primeras las hice cuando la revista Talk me pidió un artículo sobre Gabo y les dije que como barranquillera me dedicaría a recoger las voces de los que estuvieron cerca de él antes de ‘Cien años de soledad’. Llegué a Barranquilla primero y un tío me presentó con Juancho Jinete, que había hecho parte del grupo La Cueva. Jinete me presentó a otro de los integrantes y desde ahí empezó una cadena de generosidad. La gente me llamaba a presentarme a los que habían tenido contacto con Gabo, con sus parientes. En la Costa Caribe esas conversaciones duraban horas. Y así también pasó en Bogotá y luego en México. Cuando en 2010 empecé a montar el libro fui buscando más voces e invitados a mi ‘fiesta’. Porque ‘Soledad & Compañía’ es una fiesta donde el lector entra a escuchar a muchos invitados a hablar sobre García Márquez. En estas páginas también aparece su biógrafo inglés, Gerald Martin, y su agente española, Carmen Balcells. Es una fiesta internacional y muy divertida.

¿Cómo lograr buenos testimonios cuando Gabo mismo les tenía prohibido a sus amigos hablar sobre él?

Sabía eso por Tomás Eloy Martínez, uno de sus amigos, y por la experiencia misma de Plinio Apuleyo, que sí habló mucho sobre el Nobel, y por lo mismo fue trasladado a lo que García Márquez llamaba el departamento de rencores. Entonces no intenté hablar con los que sabía no iban a hacerlo. A esos no los invité. No quería aburridos ni censurados en la fiesta.

Este libro implicó también releer la obra de Gabo. ¿Cómo fue eso de reemprender ese camino?

Es algo que recomiendo. Entendiendo su vida, después te diviertes más con sus maravillosos libros, cualquiera que escojas. Por ejemplo, si es ‘El amor en el tiempo del cólera’ después de leer ‘Soledad & Compañía’, aprendes por qué aparece el apellido Daconte en uno de los personajes o que Gabo le robó a Juancho Jinete un dicho del abuelo y lo usó en un libro. O que Gabo les mandaba cuestionarios a sus amigos para que lo ayudaran en sus obras. Por ejemplo, para entender mejor cómo eran las peleas de gallo en ‘El coronel no tiene quien le escriba’ le mandó preguntas a Quique Scopell, amigo gallero.

Pasa también con ‘Vivir para contarla’, sus memorias...

Sí. Es muy divertido leer ‘Vivir para contarla’ y ‘Soledad & Compañía’ de la mano pues aparecen muchos de los personajes que Gabo menciona. Esto fue una gran sorpresa para mí pues mientras yo hacía entrevistas, Gabo escribía sus memorias; estaba en sintonía con él. Es divertido y es la otra cara de la historia. En sus memorias Gabo cuenta su historia y en ‘Soledad y Compañía’ quienes le conocieron dan su versión. Te puedes divertir mucho y aprendes a ver cómo cada historia tiene muchas versiones.

En el transcurso de su investigación se fijó en detalles que parecerían triviales, pero que sin duda permiten conocer más sobre una persona: como la manía de García Márquez por lucir siempre bien combinado y la forma en cuidaba de su bigote...

Sí, con una investigación en la que entrevistas a tanta gente uno descubre cosas como que a Gabo le encantaban los sacos a cuadros. Me fijé en todos los detalles que podían sobretodo humanizar al ídolo. Quería retratar a un García Márquez de carne y hueso. Al García Márquez que vieron los otros. No el Nobel oficial o el Gabo que se volvió carnada política.

En este libro usted rescata lo que ha denominado ‘historia oral’, en la que los testimonios de personajes son los que van tejiendo cada página. ¿Cómo surge la idea de apostar por este género?

Es que escribir quiere decir innovar, buscar la mejor manera de contar la historia. Y este género de ‘historia oral’ era el que necesitaba mi personaje, el Gabriel García Márquez que a mí me interesaba narrar. Me topé con este género en Nueva York mientras era colaboradora de la revista literaria The Paris Review. Su fundador, George Plimpton, es el padre del este género y escribió un par de libros sobre Edie Sedgwick y Truman Capote en los que se interponen las voces de los entrevistados y se les deja hablar como si estuvieran conversando sobre alguien en una fiesta.

Silvana usted manifestó su ‘temor’, si acaso cabe la expresión, de no saber si a García Márquez le iba a gustar su libro. ¿Por qué pensar que no?

Porque no sé si a alguien le gustaría leer un libro sobre lo que piensan los otros de uno mismo. Por eso la gente calla cuando están hablando de alguien y esa persona entra al recinto. Imagínese que usted fuera invisible y pudiera asistir a una fiesta donde más de 50 personas están hablando sin tapujos de lo que piensan de usted.

Gabo murió y usted se quedó sin saber qué fue lo que lo molestó realmente. ¿Serían acaso lo que escribió en The Paris Review o el World Policy Journal? ¿Intentó alguna vez averiguarlo?

Nunca con él, pero sí me pasé horas y horas analizando el tema. Que si fue porque dije que usaba zapatos blancos o porque mencioné a Fidel Castro o porque lo dejé mal ante un amigo comentando que no quería saludarlo.

Lo curioso es que la única oportunidad en que usted compartió con Gabo fue cuando tuvo el privilegio, en 1995, de participar durante tres días en uno de los talleres dictados por él en la naciente Fnpi...

Sí, pero tres días con Gabo me costaron 19 años sin él. Más curioso aún es que no fui la única alumna de ese taller que después escribió sobre esa experiencia, pero sí la única que parece que escribió algo que lo molestó. Exactamente qué, nunca lo supe. Si Gabo, el profesor, me pidió que me sentara junto a él durante todo el taller, me alejó luego como periodista independiente.

En algún momento usted confiesa con mucha valentía que siendo joven no se sintió atraída por la obra de García Márquez, que le producía algo de desdén. ¿En qué momento cambió su percepción?

Seguramente cuando salí del extraño entorno donde crecí, en una Barranquilla donde solo nos gustaba lo que fuera de Miami. Cuando maduré como lectora me hipnotizaba con cada uno de sus libros. Una noche, leyendo un pasaje de ‘Noticia de un secuestro’ me caí de la cama del susto. Pero, sí, no siempre amé los libros de García Márquez, pese a que él dijo alguna vez que Barranquilla era Macondo hecha ciudad. Pero en mi mundo de adolescente barranquillera de finales de los años 70 vivía más en Miami que en los pueblos llenos de abuelos, soldados y gitanos. En nuestras fiestas bailábamos el ‘hustle’, no vallenato. Lo que llaman realismo mágico para nosotras, princesitas que nos creíamos gringas, era corroncho

Usted dice preguntarse a veces si ‘Soledad & Compañía’ lo escribió con la intención de pedir perdón... ¿ya encontró la respuesta?

Bueno, hoy solo me queda pensar que escribí ‘Soledad & Compañía’ porque no quería apartarme de Gabo.

Cercanía y lejanías con García Márquez

Gabo que estás en los cielos



Un hombre que vivió para crear belleza


Gabriel García Márquez fue arrollador y definitivo para Padura Fuentes./ipscuba.net



Treinta y siete años después todavía soy capaz de evocar aquella rutilante tarde dominical en que, con la persistencia de un corredor de fondo, devoré las 150 páginas finales de Cien años de soledad para llegar a entender por qué en el mundo existen estirpes condenadas a tal destino. Mi primer encuentro con la literatura de Gabriel García Márquez fue arrollador y definitivo, como la llegada del apocalipsis que borra a Macondo de la faz de la tierra, y me impulsó en la lectura deslumbrada de toda su obra hasta entonces existente y hallable en Cuba. Con su literatura García Márquez hizo una muesca indeleble en mis gustos estéticos y, como sabría varios años después, en mi propia búsqueda de un estilo literario y periodístico en el cual el rey de la lengua es el adjetivo, esa capacidad de calificación que nadie como él dominó en el arte mayor que es la escritura en castellano.

De la muerte de Gabo, recién acaecida, no voy a hablar. No del vacío que deja. Más bien del espacio que llenó para siempre y de la relación que, sin él saberlo, en la lejanía, tuve con su obra y con su persona –similar a la que tuvimos la mayoría de sus lectores.

Porque solo en una ocasión hablé con él y apenas fueron unas palabras. El encuentro ocurrió en el año 1982 o principios de 1983, durante una de sus muchas visitas a Cuba. Por ese entonces Gabo compartía una animada amistad con el poeta Eliseo Diego –uno de los pocos escritores cubanos que pasó del saludo afectuoso a la relación personal con el Premio Nobel colombiano-. De esa relación se benefició Eliseo Alberto, Lichi, el hijo de Eliseo, que fue el propiciador de ese único encuentro con García Márquez. Por algún motivo que no recuerdo, Gabo le había pedido a Lichi que quería conocer a algunas jóvenes “promesas” de la narrativa cubana, y Lichi preparó una conversación en la que participaríamos Senel Paz, Luis Manuel García, el propio Lichi y yo. El lugar fijado fue el hotel Riviera, donde se alojaba el maestro, y el encuentro ocurriría durante un almuerzo. Para desesperación de nuestros jóvenes estómagos de entonces, Gabo llegó dos casi dos horas de retraso a la cita, dijo estar apurado, y le pidió al camarero “una sopita”, con lo que nos cortó la posibilidad de lanzarnos sobre el menú. Media hora después, terminada su sopa, también había concluido el encuentro de García Márquez con las jóvenes “promesas” de la literatura cubana… por cuya literatura no preguntó una sola vez.

Quizás sin que Gabo nunca lo supiera, por esos mismos tiempos una crónica periodística suya había sido causa de un debate que terminó con la censura del texto escrito por el Premio Nobel. La crónica en cuestión fue la que el colombiano redactó a raíz del asesinato de John Lennon, y que había publicado en México, creo que en la revista Proceso, con la cual colaboraba por ese entonces. Sé que en alguno de mis archivos está guardada esa crónica, en la que Gabo rendía homenaje al sentido ético y civil de Lennon y a su grandeza artística y capacidad para crear belleza… Y el problema surgió cuando a los que por entonces trabajábamos como redactores de El Caimán Barbudo se nos ocurrió que reproducir aquel texto sería, por supuesto, el mejor modo de rendir homenaje al ex Beatle asesinado por un fanático enloquecido. Pero una cosa pensábamos las jóvenes “promesas” del periodismo cubano y otra quienes nos dirigían, que no sé por qué motivo (es intrincado a veces entender los motivos de los censores), consideraron inapropiada la crónica y, de paso, una muestra de nuestros problemas ideológicos el hecho de proponer su publicación en el mensuario cultural.

Unos pocos años después, ya expulsado de El Caimán por mis patentes problemas ideológicos, tuve la fortuna de compartir varias veces una página dominical de Juventud Rebelde con García Márquez. Fue la época dorada del diario, cuando se preparaban esmeradas ediciones dominicales y uno de los platos fuertes era la reproducción de una crónica de Gabo en la página 3 del periódico, acompañada por la de un autor cubano, que me tocó ser a mí en varias ocasiones. Aquella competencia terrible, fue sin embargo un acicate, creo que el más apropiado para que me esforzara por esos años en escribir un periodismo diferente, en el que la literatura, el uso de técnicas narrativas y el cuidado del lenguaje tuvieran el mismo protagonismo que la historia escogida como tema periodístico.

Creo que por fortuna mi relación literaria con Gabo terminó con esas influencias controlables y benéficas. A muchos otros escritores la literatura de García Márquez los marcó de un modo tal que con mucha dificultad o nunca, supieron o pudieron superar el estadio avasallante de la imitación, al que con tanta facilidad arrastraban el estilo, la estética y los delirantes universos garciamarquianos. Pienso, en cambio, que mucho me habría gustado establecer una relación de cercanía personal con él, de quien tantas agudezas y chistes se contaban, nacidos del carácter caribeño que siempre lo acompañó. Pero, quizás por preservar su privacidad o tal vez por otros motivos, García Márquez no fue especialmente abierto a establecer nexos personales con los escritores cubanos, a pesar de sus frecuentes estancias en Cuba. Su círculo de amistades fue cerrado y selecto.

    La última vez que lo vi en público sentí también de modo avasallante la certeza de las crueldades de la vida. Fue hace quizás dos o tres años, durante un concierto de Ernán López-Nussa en La Habana, al que el novelista asistió con su esposa Mercedes y la escritora Wendy Guerra, que insistió en que me acercara y lo saludara. Vi entonces ante mí a un anciano con una sonrisa vacía y una mirada sin brillo, que mantenía un aletargado contacto con la realidad, como casi todos los Aurelianos de su gran novela. Tuve la certeza de que García Márquez ya no solo era el creador de Macondo, sino un habitante vivo del pueblo perdido, sin memoria ni posibilidades de retorno a la realidad de este mundo, del que el escritor ahora se ha ido, provocando una conmoción similar a la que él alabó en John Lennon: porque García Márquez vivió para crear belleza, y eso es lo importante, lo trascendente, lo respetable, más allá de cercanías o lejanías personales, de encuentros cercanos o distancias invencibles.

lunes, 19 de enero de 2015

¿Cuáles eran las películas favoritas de García Márquez?

El Festival Internacional de Cine de Cartagena presentará las películas que marcaron la vida y obra de Gabriel García Márquez

 Gabriel García Márquez."El cine y yo somos como un matrimonio mal llevado; no puedo vivir ni con él ni sin él "./fnpi.org
Junto al periodismo y la literatura, la otra gran pasión de Gabriel García Márquez fue el cine. Estudió cine en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma, escribió varios guiones y críticas, fue el principal gestor de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños en Cuba e incluso participó como actor en algunos filmes. Todo esto sin contar las decenas de adaptaciones cinematográficas que se han hecho de sus obras literarias.
García Márquez también fue uno de los principales impulsores del Festival Internacional de Cine de Cartagena y asiduo espectador de sus proyecciones, por eso, el FICCI 55 le rinde homenaje con la retrospectiva “Gabo: Las películas de mi vida”, que incluye 10 filmes que lo marcaron entre 1948 y 1981. Estas películas influyeron en su obra narrativa, a partir de conceptos estéticos que aparecen citados en sus biografías, entrevistas, columnas y artículos periodísticos.
Toda la vida de Gabo estuvo marcada por el cine, como él mismo lo dijo en alguna ocasión: “El cine y yo somos como un matrimonio mal llevado, no puedo vivir con él ni si él”.
La muestra de las películas favoritas de Gabo que ha organizado el FICCI 55 la conforman:
-  El ladrón de bicicletas de Vittorio De Sica (Italia, 1948)
- Rashomon de Akira Kurosawa (Japón, 1950)
- 2001, Odisea del espacio de Stanley Kubrick (EE.UU., Reino Unido, 1968)
- El General de La Rovere de Roberto Rossellini (Italia, Francia, 1959)
- Manos peligrosas de Samuel Fuller (EE.UU., 1953)
- Una historia inmortal de Orson Welles (Francia, 1968)
- El hombre en la Torre Eiffel de Burgess Meredith (EE.UU., Francia, 1949)
- Jules et Jim de Francois Truffaut (Francia, 1962)
- Barbarroja de Akira Kurosawa (Japón, 1965)
- Jennie de William Dieterle (EE.UU., 1948)
El 55 Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias tendrá lugar del 11 al 17 de marzo de 2015. Toda la programación de películas y demás actividades del Festival está disponible aquí.

.¿Por qué los niños no saben nada de Gabo?

Gabo que estás en los cielos

Un profesor destapa la mala enseñanza del español

Institución Educativa Distrital Gabriel García Márquez./las2orillas.co

A todos nos tocó de alguna forma la muerte del escritor Gabriel García Márquez. Desde los literatos acérrimos, pasando por sus no pocos detractores, hasta los indiferentes a su obra. No cabe duda tampoco que los medios han sabido aprovechar esta exquisita gama de reacciones a su favor, y no es reprochable, están haciendo lo que les toca. De cuando en cuando surge una polémica, una reacción encontrada, una opinión poco usual o previsible, a partir de la cual la masa se pronuncia, el pueblo reclama, los medios facturan. Caso es el de la representante María Fernanda Cabal, y su deseo de ver a nuestro Nobel en el infierno, caso en el que no ahondaré porque usted, como buen usuario de las redes sociales, ya debe conocerlo de cabo a rabo.
Lo que sí es una infamia, una cobardía, una vileza de la más baja calaña, es esta nota que se muestra en el video relacionado al inicio de esta carta y realizada por el canal RCN, quienes como chacales hambrientos se acercaron a la Institución Educativa Gabriel García Márquez en la localidad de Usme, y atacaron con preguntas, en manada y sin previo aviso a los estudiantes, a sabiendas de lo que encontrarían: total ignorancia con respecto a Gabo, a su vida y por supuesto a su obra.
¿Cómo es esto posible? Se preguntará usted, asiduo lector del realismo mágico desde que aprendió a leer. ¿Dónde está el profesor de español de estos jóvenes? ¿A dónde vamos a parar? Y es probable que tenga razón, es en algún modo reprochable que estos niños no sepan nada de uno de nuestros mayores orgullos literarios; no obstante, ¿no van precisamente a eso al colegio? ¿Acaso usted llegó a primero de bachillerato con Vargas Llosa en una Mano y Camilo José Cela en la otra? ¿Ha leído usted toda la obra de García Márquez, y de ser así, esto lo justifica para juzgar a aquél que no ha leído ninguna? No amigos, no. La sociedad juzga a un joven que no sabe nada, pero que está en un colegio precisamente con ese fin, con el fin de aprender, pero no para ser deslegitimados, violentados y sometidos al escarnio público por un medio que no se caracteriza precisamente por su promoción de productos literarios.
Y los muy queridos tuiteros, como de esperarse, se abalanzaron como buitres sobre la presa, ellos tan entendidos de la literatura. ¡Cómo si ellos hubieran logrado su bachillerato con maestría en literatura! ¡Cómo si nunca hubieran dicho una burrada monumental, frente a todos sus compañeros, solo que sin un canal de cobertura nacional allí para documentarlo¡ ¡CÓMO SI LEER A GARCÍA MÁRQUEZ LOS HICIERA CONOCEDORES DE LA LITERATURA UNIVERSAL!
Y es que yo, educador de castellano, debo confesar que no leí a Gabo en el colegio. Leí los Cien Años de Soledad hasta la universidad. No me interesaba, siempre creí que era el libro favorito de los que no leen libros. Descubrí lo maravilloso de su obra casi que por accidente, y así fue mucho mejor leerlo, mejor que obligado por mi maestra de castellano. Estos jóvenes estudiantes, hoy repudiados por el sorprendentemente alto número de eruditos y literatos de Colombia, tienen derecho a encontrarse con la lectura sin grilletes, sin cadenas, sin ataduras. Desconocerlo no es un crimen, es la oportunidad de encontrar algo hermoso y que nos pertenece. Pero con este reproche nacional, ¿tendrá esta niña, la que confundió a Gabo con Pombo, algún deseo de acercarse por iniciativa propia a la lectura? No creo que tenga deseos ni de ir al colegio, a ser insultada y humillada por desconocer algo, como si aquellos que la señalan lo supieran todo.
La negligencia del profesor de castellano de la I.E.D. García Márquez no fue sólo no enseñar a apreciar a nuestro adorado escritor; más que eso fue permitir que se sometiera a este castigo público a sus estudiantes (y por consiguiente a él) y permanecer incólume ante la injusticia y la infamia. Hasta la representante Cabal, con todo y sus títulos y cargos, necesitó y tuvo quién le defendiera. ¿Quién aboga por estos estudiantes y por su proceso? Claramente no su institución, no su ministerio. Escribo esto para abogar por ellos, para defenderlos y decirles que no están solos, que aún hay educadores en Colombia que creemos en ellos y que sabemos lo injusta que es esta malversación de los medios con el indefenso. ¡Fuerza muchachos! No han cometido ningún crimen. A la escuela se asiste para aprender.
Ignacio Garnica Laverde Licenciado en Lengua Castellana y educador indignado.
fuente:las2orillas.co

domingo, 18 de enero de 2015

El cuento del domingo



Gabriel García Márquez

La siesta del martes


         El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, en intempestivos espacios sin sembrar, había oficinas con ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y todavía no había empezado el calor.
         —Es mejor que subas el vidrio —dijo la mujer—. El pelo se te va a llenar de carbón.
         La niña trató de hacerlo pero la ventana estaba bloqueada por el óxido.
         Eran los únicos pasajeros en el escueto vagón de tercera clase. Como el humo de la locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bolsa de material plástico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel de periódicos. Se sentó en el asiento opuesto, alejada de la ventanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riguroso y pobre.
         La niña tenía doce años y era la primera vez que viajaba. La mujer parecía demasiado vieja para ser su madre, a causa de las venas azules en los párpados y del cuerpo pequeño, blando y sin formas, en un traje cortado como una sotana. Viajaba con la columna vertebral firmemente apoyada contra el espaldar del asiento, sosteniendo en el regazo con ambas manos una cartera de charol desconchado. Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza.
         A las doce había empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin pueblo para abastecerse de agua. Afuera, en el misterioso silencio de las plantaciones, la sombra tenía un aspecto limpio. Pero el aire estancado dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren no volvió a acelerar. Se detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclinó la cabeza y se hundió en el sopor. La niña se quitó los zapatos. Después fue a los servicios sanitarios a poner en agua el ramo de flores muertas.
         Cuando volvió al asiento la madre le esperaba para comer. Le dio un pedazo de queso, medio bollo de maíz y una galleta dulce, y sacó para ella de la bolsa de material plástico una ración igual. Mientras comían, el tren atravesó muy despacio un puente de hierro y pasó de largo por un pueblo igual a los anteriores, sólo que en éste había una multitud en la plaza. Una banda de músicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo en una llanura cuarteada por la aridez, terminaban las plantaciones.
         La mujer dejó de comer.
         —Ponte los zapatos—dijo.
         La niña miró hacia el exterior. No vio nada más que la llanura desierta por donde el tren empezaba a correr de nuevo, pero metió en la bolsa el último pedazo de galleta y se puso rápidamente los zapatos. La mujer le dio la peineta.
         —Péinate —dijo.
         El tren empezó a pitar mientras la niña se peinaba. La mujer se secó el sudor del cuello y se limpió la grasa de la cara con los dedos. Cuando la niña acabó de peinarse el tren pasó frente a las primeras casas de un pueblo más grande pero más triste que los anteriores.
         —Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora —dijo la mujer—. Después, aunque te estés muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.
         La niña aprobó con la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el pito de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones. La mujer enrolló la bolsa con el resto de los alimentos y la metió en la cartera. Por un instante, la imagen total del pueblo, en el luminoso martes de agosto, resplandeció en la ventanilla. La niña envolvió las flores en los periódicos empapados, se apartó un poco más de la ventanilla y miró fijamente a su madre. Ella le devolvió una expresión apacible. El tren acabó de pitar y disminuyó la marcha. Un momento después se detuvo.
         No había nadie en la estación. Del otro lado de la calle, en la acera sombreada por los almendros, sólo estaba abierto el salón de billar. El pueblo flotaba en calor. La mujer e y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra.
         Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta. Los almacenes, las oficinas públicas, la escuela municipal, se cerraban desde las once y no volvían a abrirse hasta un poco antes de las cuatro, cuando pasaba el tren de regreso. Sólo permanecían abiertos el hotel frente a la estación, su cantina y su salón de billar, y la oficina del telégrafo al lado de la plaza. Las casas, en su mayoría construidas sobre el modelo de la compañía bananera, tenían las puertas cerradas por dentro y las persianas bajas. En algunas hacía tanto calor que sus habitantes almorzaban en el patio. Otros recostaban un asiento a la sombra de los almendros y hacían la siesta sentados en plena calle.
         Buscando siempre la protección de los almendros, la mujer y la niña penetraron en el pueblo sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural. La mujer raspó con la uña la red metálica de la puerta, esperó un instante y volvió a llamar.
         —Necesito al padre —dijo.
         —Ahora está durmiendo.
         —Es urgente —insistió la mujer.
         —Sigan —dijo, y acabó de abrir la puerta.
         La mujer de la casa las condujo hasta un escaño de madera y les hizo señas de que se sentaran. La puerta del fondo se abrió y esta vez apareció el sacerdote limpiando los lentes con un pañuelo.
         —¿Qué se les ofrece? —preguntó.
         —Las llaves del cementerio —dijo la mujer.
         —Con este calor —dijo—. Han podido esperar a que bajara el sol. La mujer movió la cabeza en silencio. El sacerdote pasó del otro lado de la baranda, extrajo del armario un cuaderno forrado de hule, un plumero de palo y un tintero, y se sentó a la mesa. El pelo que le faltaba en la cabeza le sobraba en las manos.
         —¿Qué tumba van a visitar? —preguntó.
         —La de Carlos Centeno —dijo la mujer.
         —¿Quién?
         —Carlos Centeno —repitió la mujer.
         El padre siguió sin entender.
         —Es el ladrón que mataron aquí la semana pasada —dijo la mujer en el mismo tono—. Yo soy su madre.
         —De manera que se llamaba Carlos Centeno —murmuró el padre cuando acabó de escribir.
         —Centeno Ayala —dijo la mujer—. Era el único varón.
         —Firme aquí.
         La mujer garabateó su nombre, sosteniendo la cartera bajo la axila. La niña recogió las flores, se dirigió a la baranda arrastrando los zapatos y observó atentamente a su madre.
         El párroco suspiró.
         —¿Nunca trató de hacerlo entrar por el buen camino?
         La mujer contestó cuando acabó de firmar.
         —Era un hombre muy bueno.
         El sacerdote miró alternativamente a la mujer y a la niña y comprobó con una especie de piadoso estupor que no estaban a punto de llorar.
         La mujer continuó inalterable:
         —Yo le decía que nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para comer, y él me hacía caso. En cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba tres días en la cama postrado por los golpes.
         —Se tuvo que sacar todos los dientes —intervino la niña.
         —Así es—confirmó la mujer—. Cada bocado que comía en ese tiempo me sabía a los porrazos que le daban a mi hijo los sábados  a la noche.
         —La voluntad de Dios es inescrutable —dijo el padre.
         Desde antes de abrir la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que había alguien mirando hacia adentro, las narices aplastadas contra la red metálica. Era un grupo de niños. Cuando la puerta se abrió por completo los niños se dispersaron. Suavemente volvió a cerrar la puerta.
         —Esperen un minuto —dijo, sin mirar a la mujer.
         Su hermana apareció en la puerta del fondo, con una chaqueta negra sobre la camisa de dormir y el cabello suelto en los hombros. Miró al padre en silencio.
         —¿Qué fue? —preguntó el.
         —La gente se ha dado cuenta —murmuró su hermana.
         —Es mejor que salgan por la puerta del patio —dijo el padre.
         —Es lo mismo —dijo su hermana—. Todo el mundo está en las ventanas.
         La mujer parecía no haber comprendido hasta entonces. Trató de ver la calle a través de la red metálica. Luego le quitó el ramo de flores a la niña y empezó a moverse hacia la puerta. La niña siguió.
         —Esperen a que baje el sol —dijo el padre.
         —Se van a derretir —dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala—. Espérense y les presto una sombrilla.
         —Gracias —replicó la mujer—. Así vamos bien.
         Tomó a la niña de la mano y salió a la calle.