viernes, 6 de marzo de 2015

Con una ‘Máquina de la memoria’ se celebra el cumpleaños de Gabriel García Márquez

El proyecto invita a conmemorar el aniversario del Nobel, enviando mensajes con la etiqueta #MáquinadelaMemoria en los que se redefina la utilidad de objetos, conceptos y sentimientos

Gabriel García Marquez que estás en los cielos: 1927-2014./elespectador.com,lavanguardia.com

El 6 de marzo de 1927, hace 88 años, en Aracataca, Magdalena, nació el que sería el autor de Cien años de Soledad. Colombia recuerda este viernes al Nobel Gabriel García Márquez (1927-2014), el día en que se cumple otro año de su nacimiento, con una "máquina de la memoria" que exalta el valor de la palabra escrita que se inspira en la peste del insomnio que asoló Macondo en la obra cumbre del escritor colombiano.
El proyecto, impulsado por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia, el Ministerio de Educación, la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá, la Cámara Colombiana del Libro y Corferias, invita todos los colombianos a unirse a la conmemoración con motivo del aniversario del Nobel (en el año que cuenta con Macondo como invitado de honor a la FILBo 2015, que irá del 21 de abril al 4 de mayo), para que envíen mensajes a través de Twitter con la etiqueta #MáquinadelaMemoria en los que redefinan la utilidad de los objetos, conceptos y sentimientos cotidianos.
Amor, literatura, perdón, ficción, justicia, sexo, memoria, poder, escritura, paz, amigo, educación, historia, soledad, libro, política, actor, equidad, Internet, biblioteca, reconciliación, guerra, inteligencia, política, lector, entre otras, serán algunas de las palabras que definirán los colombianos a través de las redes sociales, según informó la Biblioteca Nacional.
Todos los mensajes formarán parte de una exposición que comenzará el próximo 17 de abril, cuando se cumple un año del fallecimiento del escritor que nació en Aracataca, un pueblo del departamento caribeño del Magdalena. (Ver galería Cien Años de Soledad en 30 frases).
Para iniciar la rueda de mensajes, tanto el Ministerio de Cultura como la Biblioteca Nacional abrieron el llamado con una redefinición de paz: "estado de cosas para no morir en el intento".
Con ello no solo recordarán al premio nobel de Literatura de 1982, sino que además se servirán de las palabras que talló en su obra cumbre, Cien Años de Soledad, en la que describe como los habitantes del pueblo imaginario de Macondo sufrieron una "peste del insomnio" que causaba el olvido.
"Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad", narró García Márquez en "Cien años de soledad".
Entonces, José Arcadio Buendía, uno de los fundadores de Macondo, colgó letreros para que los habitantes del pueblo lucharan contra el olvido.
"Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche", narra en la novela.
Según el relato, "así continuaron viviendo, en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita".

Estampas de García Márquez 

Nos asomamos a los 'cuadros vivos', de origen religioso, que recrean en Colombia el mundo literario de su premio Nobel. Una fiesta del realismo mágico 

Santo subito. Eso es Gabriel García Márquez en Colombia, alguien ascendido a los altares nada más morir, hasta el punto de que, aún no transcurrido un año desde su desaparición, su vida y su obra han sido adoptadas por una comunidad, digamos, parateatral especializada en estampas religiosas, los Cuadros Vivos de la localidad de Galeras, en el departamento de Sucre. Así, se acaban de mostrar en Cartagena de Indias, durante el Hay Festival, más de veinte estampas basadas en episodios vividos o imaginados por el Nobel. Una iniciativa a caballo entre el teatro y la performance que va a itinerar por diversos lugares de Latinoamérica.

Remedios la Bella ascendiendo a los cielos, un patriarca-zombi saliendo de la tumba, el cadáver ensangrentado de Santiago Nasar... e incluso una puta triste yaciendo en un lecho junto al escritor, quien, sentado, la coge respetuosamente de la mano mientras lee una novela. Desde la calle Don Sancho hasta la plaza de la Merced, en el recinto amurallado de Cartagena de Indias -la zona turística de esta ciudad efervescente-, el visitante no encuentra un rincón sin referente macondiano y comprende por qué se le llama a esto "la puesta en escena más grande de Colombia".

¿Cómo definirlo? Para el crítico Eduardo Serrano, los cuadros vivos "son pinturas, esculturas, fotografías o simplemente ideas encarnadas, literalmente, por personajes del pueblo que posan inmóviles durante largos lapsos en cumplimiento de la posición asignada".

Se trata de una tradición que los galeranos llevan más de cien años realizando y que ha sido declarada patrimonio inmaterial de la nación -se ha iniciado el proceso para que la Unesco también la reconozca-. Todos sus actores y creadores provienen de ese pueblecito de Sucre, de apenas 12.000 habitantes. "Este año, quisimos homenajear a Gabo", afirma Samuel Jaraba, secretario de los Cuadros Vivos, quien destaca la raíz espontánea y popular de estas representaciones estáticas y efímeras, que organizan los propios estudiantes y vecinos. "El pueblo entero se moviliza, trabajando durante meses, ofreciendo muebles, tejiendo ropa...". Por eso, dondequiera que uno pregunte quién hace los cuadros, se recibe una respuesta a lo Fuenteovejuna: "¡Todo el pueblo de Galeras, señor!".

La antropóloga Gloria Triana nos explica, entre el bullicio, que "a esto que ustedes ven aquí se le llama vestir calles, invadir un barrio entero con estas estampas, cuyo origen es religioso, vinculado a la festividad de los Reyes Magos. Con la evangelización de las colonias, se intentó arraigar la tradición española de los autos sacramentales, así que, al toparse con los ritos indígenas y africanos, adoptaron algunos de sus temas, integrándolos en el cristianismo. Como los españoles no tenían a santos para sus procesiones, pusieron a la gente a hacer de estatuas".

Sorprende el alto conocimiento de la obra de García Márquez que exhibe la gente del pueblo, desde los niños hasta los abuelos. "¡Mira, mamá, el farmacéutico!", exclama Ámbar, de 12 años, sabiendo perfectamente que se trata de Gabriel Eligio, el padre del escritor, especialista en homeopatía (en Europa se sigue creyendo que fue telegrafista, una ocupación que ejerció pero durante poco tiempo).

Jaraba explica que "hacer volar a Remedios no fue un problema, porque llevamos décadas haciendo volar ángeles. Aparte de Gabo, tenemos infinidad de temas, en 1989 empezamos a escenificar cuestiones no religiosas y hemos hecho desde la muerte de Sócrates hasta protestas contra la guerra. Las puestas en escena suelen durar unas dos horas porque es necesario descansar de la inmovilidad".

Además de las escenas que aparecen en estas páginas, hay varias protagonizadas por Remedios la Bella -volando, tocando de pies en el suelo-, La Candelaria (patrona de Cartagena), Florentino Ariza y Fermina Daza (la pareja de El amor en los tiempos del cólera), otras tituladas El cataclismo de Damocles (un discurso social de Gabo en 1986), La soledad del patriarca (alusión a su otoñal dictador de ficción) o una referencia a la senilidad que acompañó al autor durante sus últimos años, en Alzheimer en Macondo, en una línea más cercana a las visiones críticas o irónicas de las comparsas de los carnavales. Lo fúnebre, lo sensual y lo épico se entremezclan aquí en un todo lúdico, festivo y vital.

García Márquez tendrá su calle o plaza en Madrid

Gabriel García Márquez será recordado en Madrid dando nombre a una calle, plaza o espacio público, tal y como se ha aprobado por unanimidad en la comisión de Las Artes, Deporte y Turismo

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad, tendra su calle en Madrid. España./lainformacion.com
El escritor  colombiano, fallecido el pasado 17 de abril, recibió el 1982 el Premio Nobel de Literatura. Impulsor del realismo mágico con  Cien años de soledad  publicada en 1967, consiguió vender en dos semanas un total de 8.000 ejemplares.
Los grupos políticos se reservan para el Pleno de la semana que viene las intervenciones sobre la decisión adoptada. Por otro lado, el presidente del Pleno, Ángel Garrido, ha iniciado la comisión felicitando al Atlético de Madrid por su triunfo el pasado sábado conquistando la Liga. Garrido, un reconocido colchonero, ha alabado la "mericidísima victoria" y el trabajo del cuerpo técnico y de la plantilla.

jueves, 5 de marzo de 2015

El García Márquez que amamos

Aniversario. Al cumplirse un mes del deceso del escritor, Germán Santamaría destaca la universalidad de Gabo

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad que se vendieron en vida de Gabo cuarenta millones de ejemplares./Claudio Rubio./eltiempo.com
Lisboa. Aquel jueves Santo no falleció un gran escritor, o un notable artista, o simplemente un personaje muy famoso.


La noticia recorrió como un fantasma el mundo y la opinión de la gran prensa internacional fue unánime: murió Gabriel García Márquez, el genio de la literatura universal. Y los genios no nacen ni mueren todos los días.


No fue su éxito global lo que lo consagró, así asombre que haya hasta ahora vendido más de 40 millones de ejemplares de su obra esencial, Cien años de soledad, vertida a 42 lenguas de la Tierra, desde el mongol hasta el wayuunaiki, pasando por supuesto y hermosamente por el portugués.


Es un genio porque llevó a su idioma, a su lengua nativa, el castellano, al máximo nivel de exigencia estética y dimensión poética, y su novela cumbre se colocó de un solo golpe como el libro más importante escrito en este idioma desde cuando don Miguel de Cervantes escribió el Quijote.


Es decir, fue un salto de cinco siglos, entre el padre del idioma castellano y el creador de Macondo, un mundo mágico que totaliza la saga de grandeza, tragedia, amor y magia que constituyen la fuerza profunda y misteriosa de la vida en Colombia y Latinoamérica.


García Márquez al crear Macondo alcanzó algo que solo logran los artistas tocados por esa fuerza desconocida que ilumina a muy raros seres humanos.


Como la Biblia, como la Divina comedia, como la música de Mozart o Beethoven, como la suma mítica de los heterónimos de Pessoa, como el sureño territorio de Faulkner, como Picasso, este colombiano hijo de un telegrafista y una muchacha de pueblo, forjó en Macondo un universo en donde millones de habitantes de la Tierra suspiran y sueñan y donde, como lo han demostrado muchas encuestas, también muchos millones quisieran levitar después de muertos, porque es una auténtica dimensión del paraíso, el verdadero territorio de la utopía, el horizonte donde se juntan y se cumplen todas las profecías.


Gabriel García Márquez logró el milagro de habitar con su obra en la mente de todos los seres sensibles de la Tierra. Lo viven desde un portero huraño de un rascacielos de Nueva York o un granjero de Australia, hasta un riguroso profesor de Harvard y un exigente académico de Coimbra.


Sus novelas y cuentos, y aún toda su vasta obra periodística, tienen una belleza natural y sencilla, pero está siempre tocada por la fuerza inescrutable y arrasadora de lo desconocido.


Es una magia misteriosa que afecta de tal manera que hoy por hoy sea el escritor que más influye en la literatura árabe, simiente del realismo mágico, o en culturas tan distintas como la China, donde el reciente premio nobel Mo Yan afirmó que había descubierto y había decidido narrar lo que había vivido en su aldea al leer lo que García Márquez narraba en ese lugar remoto llamado Macondo.


García Márquez nació en un pueblo bananero de la costa Caribe colombiana, y donde hace tanto calor que los pájaros caen abrasados por el sol del mediodía.


Se crío con sus abuelos maternos, en una casa inmensa, y mientras la abuela evocaba la historia de los muertos familiares que aún deambulaban por los cuartos clausurados de esa casa infinita, el abuelo le narraba la historia de los muertos que se habían muerto de verdad a lo largo de las 32 guerras civiles que habían asolado al país.


De esta memoria, sacó todos sus personajes, mujeres y hombres como seres que solo caben en el tamaño de sus sueños, y creó una obra que retrató de cuerpo entero a su pueblo, Aracataca, convertido en Macondo, y a su país, Colombia, porque no hay un libro de García Márquez que no transcurra en Colombia.


Ciudadano del mundo, reconocido y admirado en Portugal, donde vino por dos semanas en junio de 1975 para escribir tres grandes crónicas sobre la Revolución de los Claveles, García Márquez se alimentó de toda la fuerza vital de Latinoamérica, desde su nativa Colombia, que le otorgó su única nacionalidad, hasta el México tumultuoso y hermoso que le dio generoso cobijó durante cinco décadas.


Los dos presidentes, Juan Manuel Santos y Enrique Peña Nieto, le hicieron la guardia de honor en el imponente Palacio de Bellas Artes, con las banderas tricolor y del águila azteca, y ojalá sus cenizas se conserven como reliquias en partes iguales en la tierra de estos dos pueblos hermanos, tan parecidos pero tan distintos como Aureliano y José Arcadio Buendía en Cien años de soledad.


Millones de lectores quedaron huérfanos pero felices en el mundo, porque su obra entró a la inmortalidad.


En lo personal, como antiguo periodista en Colombia, además de haberlo entrevistado en siete ocasiones, me queda un recuerdo que revivo con prepotente humildad.


Fue en Nueva York, un domingo de otoño, donde me llamó desde el hotel Plaza para decir que si lo podía acompañar a cine, porque su esposa Mercedes se había ido de compras. Entonces caminamos por la Quinta Avenida, que es donde realmente se sabe quién es conocido e importante en el mundo.


Mucha gente lo saludaba con asombro, al comprobar que García Márquez realmente existía.


En la penumbra del cine, después de pagar con emoción los boletos porque el Nobel había dejado la cartera en el hotel, allí en la tenue oscuridad, los dos solos en cine, no me pude concentrar en aquella película de Akira Kurosawa, porque éramos yo, el hijo de mi mamá, y el más grande colombiano de toda la historia, a mi lado el genio de literatura universal, y ahí fue cuando sentí la irresistible necesidad de cogerle la mano, como a aquella deseada novia de pueblo, para decirle que gracias por existir, que lo amábamos, porque era demasiado lo que había influido en nuestras vidas…


Acerca del autor



.Germán Santamaría. Periodista y novelista (1950), cinco veces ganador del Premio Simón Bolívar. Algunos de sus libros son: ‘Los días del calor’ (1970), ‘Marilyn’ (1974), ‘Morir último’ (1978), ’Crónicas’ (1981), ‘Colombia y otras sangres: diez años de  periodismo’ (1987), ‘No morirás’ (1992).


Desde 2011  se desempeña como embajador de Colombia en Portugal.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Las cartas de Fuentes a Paz, Cortázar y García Márquez

La Universidad de Princeton abrió la correspondencia del mexicano

Carlos Fuentes, autor mexicano de La región más transparente.

Octavio Paz, autor mexicano de Laberinto de la soledad.

Julio Cortázar, autor argentino de Rayuela.

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad./revista Ñ

Como todo el mundo, los grandes escritores quieren a sus amigos y les escriben ahora, mails, y, antes, cartas. Eso es lo que se está leyendo ahora, las cartas del mexicano Carlos Fuentes y sus amigos y colegas, Julio Cortázar, el premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez, y el Nobel mexicano Octavio Paz.
Semejante correspondencia es, claro, noticia: las cartas están guardadas en la Universidad de Princeton y se abrieron a la consulta el jueves pasado, luego de 19 años de permanecer cerradas. La universidad compró las cartas en 1995 y, por pedido del escritor, selló algunas cajas de correspondencia. A dos años de su muerte, las abrió.
De Cortázar, se pudieron consultar unos 60 sobres. Allí se aprecia el estrecho lazo que los unía. La relación empezó cuando el mexicano le escribió al argentino para invitarlo a colaborar a la Revista Mexicana. En su correspondencia, ambos elogian los libros del otro; Fuentes le dedica largos encomios a Rayuela, Cortázar a La región más transparente. También se contaban los viajes que hacían o comentaban su afecto por Octavio Paz. Conmueve, según cuentan quienes la vieron, la letra temblorosa del argentino en la última carta que le mandó a Fuentes: le dice que su enfermedad no le permite escribir mucho. Y agrega que lo extraña.
García Márquez, el otro destinatario de las cartas de Fuentes, le mandaba textos llenos de bromas, además de comentar los temas que preocupaban a los escritores de la época: la Revolución cubana, los movimientos estudiantiles, la literatura de la región.
Con Octavio Paz lo unió una relación de mutua admiración y de necesidad de conocer la opinión del otro: hablaban de los sucesos políticos, de sus familias. Y, por supuesto, de sus obras, el tema favorito de todos los escritores de todos los tiempos.

Sobre el Gabo comunista y apátrida que dejó morir a Aracataca

Se supone que no hay muerto malo, pero al parecer, para el único Nobel colombiano no aplica tal premisa 

 
Gabriel García Márquez, en su último cumpleaños./revistaaarcadia.com
Es un antipatriota por haberse ido del país, es un indolente sin raíces que no solucionó todos los problemas de Aracataca y de seguro tenía un verdugo reprimido que lo hacía tan afín a Fidel Castro. Como creo en el karma, los chacras y toda esa brujería, me aterra hablar mal de los muertos y más aún de los muertos que admiro. Me lavo las manos ante tales acusaciones y en un intento por protegerme de los castigos del universo, procedo a defender a quién me enseñó que enamorarse y contraer cólera es igual de infeccioso.

De su exilio en México ya han hablado todos los medios colombianos, incluso han publicado una y otra vez un texto que él mismo escribió para El País de España al momento de asilarse en México. En resumen, no fue culpa de Gabo, fue culpa de Turbay Ayala que relacionaba los intelectuales con el M-19, los perseguía, judicializaba y torturaba. Quien no quería correr con la suerte de Feliza Bursztyn o Teresita Gómez, debía irse.

Su amistad con Castro es un tema más complicado. Sí, García Márquez  fue amigo de Fidel, trabajó para la agencia de noticias Prensa Latina durante su gobierno y ayudó a fundar la escuela de cine San Antonio de los Baños. Sin embargo no hay que perder de vista que Gabo llega a Cuba durante la revolución, cuando Castro es todavía un caudillo liderando el derrocamiento de una dictadura, el partido comunista y todos sus peros, aparecen varios años después. Lo que atraía a Gabo no era exactamente el dictador, era el caudillo carismático que aparece reiterativamente en sus novelas, que se convierte en Aureliano Buendía, en el dictador del Otoño del Patriarca, en Simón Bolívar o en el coronel que no tiene quién le escriba. Si García Márquez hubiera estado interesado en la dictadura, la represión y la burocracia, hubiera apoyado también el régimen soviético que le fue tan distante, no lo digo yo, lo dice Plinio Apuleyo Mendoza que vivió con él las épocas de Presa Latina, la revolución y Fidel.

García Márquez cumplió una importante labor como denunciante de la violencia y el narcotráfico en Colombia, e hizo siempre un llamado a la paz y a la identidad cultural, que al fin de cuentas, pesa mucho más que sus supuestas filiaciones políticas. Hugo Boss diseñó los uniformes de las SS del partido nazi y aún así, el 80% de los hombres huelen a Hugo Red. Entonces, ¿Por qué ha de importar que un escritor mantenga amistad con un dictador, si toda la vida repudió las armas y defendió los derechos humanos?


Antes de llegar al drama de Aracataca y el nobel aprovechado que la usó como recurso creativo y nunca le dio un peso, me voy a permitir dos ejemplos. Manuel Elkin Patarroyo nació en Ataco, un municipio del Tolima, pobre y famoso por la explotación infantil en minas ilegales de oro. Patarroyo, en lugar de hacer la tarea del Bienestar Familiar y encargarse de la explotación de menores; o la de la Secretaría de Educación y encargarse de la desescolarización, o incluso, la del Ministerio de Salud y llenar de recursos el hospital de Ataco para que atendiera los niños lesionados por el oro, decidió hacer su tarea de científico e intentar crear una vacuna contra la malaria que evitara 1.2 millones de muertes al año.

Pablo Escobar, construyó más de 50 canchas de fútbol, el barrio Medellín sin Tugurios y hasta tuvo un silla en el senado por el movimiento Alternativa Liberal. Escobar fue un narco, y cumpliendo su tarea de narco lideró el Cartel de Medellín, fue responsable de atentados con explosivos, magnicidios y cientos de asesinatos. Libró una guerra de carteles, tumbó un avión y dejó más de 10 mil víctimas. Pero eso sí, muchos pobres jugaron fútbol gracias a él.

Acusar a Gabriel García Márquez de no haber construido un acueducto para Aracataca es como acusar a Patarroyo de no acabar con la explotación infantil en Ataco, o como beatificar a Escobar por regalarle canchas y barrios a los pobres de Medellín. Simplemente, es ridículo. Si bien es cierto que todos tenemos la responsabilidad moral de contribuir a la sociedad y que al tener un talento especial la responsabilidad es mayor, es evidente que cada quien debe hacerlo desde su quehacer individual: el administrador público lo hará administrando obras públicas, el educador lo hará educando, el gobernante lo hará gobernando y el escritor lo hará escribiendo.
Aunque Gabo sostuvo que “… la literatura positiva, el arte comprometido, la novela como fusil para tumbar gobiernos, es una especie de aplanadora de tractor que no levanta una pluma a un centímetro del suelo”, siempre se valió de la escritura y de su propia voz para cumplir su cuota con la sociedad. No le faltaron agallas para condenar las armas, denunciar el narcotráfico, la violencia y la corrupción. Tampoco desaprovechó ocasión alguna para proponer alianzas ecológicas, reformas a la educación, uniones latinoamericanas o repetir hasta el cansancio que América Latina es el principal productor mundial de imaginación creadora, y que es está la materia prima que dará solución a los millones de problemas que nos aquejan: “La virtud que nos salva es que no nos dejamos morir de hambre por obra y gracia de la imaginación creadora, porque hemos sabido ser faquires en la India, maestros de inglés en Nueva York o camelleros en el Sáhara”.  -La patria amada aunque distante, mayo de 2003-

martes, 3 de marzo de 2015

Wayuu, los indios de García Márquez

Un viaje a la semilla  de la obra del colombiano, que se inspiró en la tribu de su bisabuela. "Usted es el más grande de los nuestros", le dijeron a García Márquez al darle el bastón de palabrero. El palabrero es la gran autoridad mediadora, soluciona desde asesinatos a disputas conyugales

Rafael Arpushana, palabrero, pone paz entre los clanes./ Kim Manresa./lavanguardia.com
Los indios de García Márquez - Viaje a la comunidad wayuu que inspiró el realismo mágico del escritor colombiano
Rafael Arpushana se mueve por las tierras planas de la Guajira colombiana con la seguridad de los sheriffs del Lejano Oeste y una antigua majestad de la que nuestros políticos de hoy carecen. Lleva agarrado un guararo, el bastón que le confiere su poder. Rafael Arpushana es un palabrero. Y eso no es cualquier cosa. Se trata de la máxima autoridad wayuu, la que pone paz en los conflictos.

Los wayuu son unos 700.000 indios, que habitan en la península de la Guajira, en una zona que se extiende entre Colombia y Venezuela. Hace diez años, en el 2004, sufrieron una masacre por parte de paramilitares cercanos al gobierno de Uribe en Bahía Portete, con decenas de muertos y más de 600 desplazados. Gabriel García Márquez, en sus memorias (Vivir para contarla, 2002) reconoció la enorme influencia que esta cultura había tenido "en la esencia de mi modo de ser y de pensar". De ahí que, en el 2005, le fuera entregado, en el Hay Festival de Cartagena de Indias -cuya décima edición se clausuró a principios de mes- el bastón que lo acreditaba como palabrero. "Usted es el más grande de los nuestros", le dijeron los wayuu al emocionado Nobel.

Toda la zona de la Guajira colombiana contiene ecos de Macondo: el muelle desde el que parte la goleta de Riohacha en Cien años de soledad; la casa donde fue engendrado por sus padres -su madre abandonó la ciudad para irse a Aracataca embarazada de 8 meses-; los muchos Iguarán que circulan por aquí (y que no son primos de Úrsula, claro, sino del propio Gabo); la devoción local a la Virgen de los Remedios, el único icono religioso que aparece en Macondo; el lugar donde el pirata Drake mataba caimanes a cañonazos para enviárselos a la reina de Inglaterra; las tormentas, los manglares; el cura que levita, Pedro Espejo, que existió y los riohacheros consideraron siempre un santo en vida; o el contrabandista Prudencio Aguilar, cuyo nieto se pasea aún por la ciudad orgulloso de que su linaje haya entroncado con la ficción... En fin, baste contar que García Márquez, para ponerles nombres a sus personajes, le pedía a su hermano Jaime la guía telefónica de Riohacha... aunque, en algún caso, se olvidó de utilizarla. "Cuando me dijo que a la chica de El amor en los tiempos del cólera le iba a poner Josefa Cárcamo, le grité: '¡Con ese nombre no puede ser guajira, Gabo!' y se enfadó conmigo... pero al final lo cambió por el de Fermina Daza", comenta hoy, divertido, Jaime García Márquez.

Pero, de todos los referentes garciamarquianos de la zona, son los wayuu los más singulares. Formaban parte de la "soldadesca" o servidumbre del coronel Nicolás Márquez, su abuelo, "y ejercían un papel no tanto de criados sino también de subrayar con su presencia la autoridad del personaje, eran un añadido de respeto, su respaldo", explica el antropólogo Weildler Guerra, en su despacho de gerente del Banco de la República. García Márquez quedó fascinado de niño por la sonoridad de la lengua que hablaban entre ellos, el wayuunaiki. Aquel niño asombrado escribió, muchos años después: "Yo vivía al nivel de los indios, y ellos me contaban historias y me metían supersticiones". Y fue Mario Vargas Llosa el primero en darse cuenta de la importancia de estos "personajes silenciosos", los wayuu, en la obra del autor. Lo señaló en su ensayo Historia de un deicidio (1971). "Él lo detectó entonces, pero es un aspecto que fue obviado por el resto de la crítica mundial, que no dieron bola al asunto", se lamenta Guerra, que es uno de los wayuu mejor situados en el mundo aríjuna, que es como ellos llaman a sus payos, la gente de otras culturas. Este estudioso sonríe al referirse a la enorme cantidad de trabajos que han analizado a García Márquez "desde la perspectiva de la Biblia, la mitología griega y romana... ¡Y eran mitos wayuus! Nosotros ya lo sabíamos, no veíamos otra cosa". El escritor Víctor Bravo cita la ascensión al cielo de Remedios la Bella: "Coincide con la expresión guajira 'se voló', que se utiliza cuando una chica se fuga con su novio".

García Márquez fue criado por sus abuelos, y sobre todo por ella, Tranquilina Iguarán, que le transmitió algunos conceptos wayuu pues su madre había sido una. En especial, le calaron "sus ideas sobre la territorialidad y la muerte, y el sueño (arapi) visto como un elemento de naturaleza prescriptiva, pues un sueño es lo único que hasta Dios obedece, es la manera en que los espíritus nos hablan", explica Guerra.

Las rancherías son los lugares en que vive, dispersa, esta comunidad ganadera, que se agrupa en familias en casas que se extienden a lo largo de 15.300 kilómetros cuadrados de tierras protegidas por la Constitución colombiana y de otros 12.000 en Venezuela. En la ranchería de Dibi Dibi encontramos a Rafael Arpushana, que tiene 65 años y lleva 40 ejerciendo su magisterio como pütchipü'u o palabrero. No tiene días de fiesta y resuelve todo tipo de problemas. "los más sencillos son los derivados del matrimonio: separaciones, maridos borrachos y esas cosas. Los más difíciles, los que implican muertos". Su padre también era palabrero, "es algo con lo que se nace" aunque aprenden observando a los mayores. Guerra anota que "son un pueblo guerrero, fueron los primeros en rebelarse contra la corona española".

Los palabreros están considerados por la Unesco patrimonio inmaterial de la humanidad y actúan bajo las enramadas, el lugar de recepción de las visitas, una estructura con techo y sin paredes, que hace las veces de salón, donde se cuelgan las hamacas o chinchorros y que, junto al cuarto (dormitorio), la cocina y el corral, componen el rancho. Estos cuatro palos con cubierta precaria son su palacio de justicia.

Estos jueces no trabajan con huellas dactilares ni firmas de testigos ni nada parecido. Solo cuenta la palabra. "Hay que vigilar lo que uno dice -advierte Guerra- porque la palabra tiene valor legal, es como un documento". Y el palabrero, sentado en un banco, nos habla de sus dificultades: "Cuando se ponen a matarse, mala cosa, mala cosa. Se matan por mujeres, por tierras, por robos... Pero si llaman al palabrero se puede arreglar. Cuando los muertos son desparejos, tres en una familia y uno en otra, es muy difícil. Lo arreglamos más fácilmente cuando son tres y tres muertos". Una de sus labores más complejas es cuantificar, porque la mayoría de males se compensa con un pago: una violación, por ejemplo, son 120 chivos, veinte reses y dos collares. Si el agresor es pobre, "la familia agredida se espera a cobrar". No tienen cárceles, pero sí condenan al destierro. La compañía minera Cerrejón trata a menudo con Rafael y otros palabreros, pues es propietaria de la vía férrea que cruza las tierras wayuu así como de la mina de carbón a cielo abierto más grande del mundo, que se instaló aquí hace unas décadas, "sacando a abuelitas llorando de sus tierras", cuentan algunos indígenas. Cuando un tren atropella ganado, deben pagar con diez animales por cada uno muerto, porque se tiene en cuenta la descendencia que habría generado.

Los palabreros son intermediarios, "llevan la palabra y las peticiones de la parte ofendida a los agresores -explica Guerra- pero si el acuerdo se hace difícil, adoptan un papel de mediador, despliegan sus recursos retóricos para encontrar una salida pacífica". En pago por sus servicios, pueden recibir la mejor res o algunas ovejas o cabras, aunque su sueldo depende de la magnitud del conflicto. Oírlos bajo la enramada es un placer para Guerra: "Usan analogías de las disputas humanas con las de otros seres de la naturaleza, citan normas morales, encomian la vida, la libertad y la paz".
En según qué ocasiones, Rafael –que muestra su carnet plastificado con la categoría máxima del gremio, expedido por el Consejo Superior de Palabreros– ha trabajado "escoltado por la policía, por ejemplo si llevo mucha plata encima". Las autoridades les ayudan, pues ahorran mucho trabajo a jueces y policías. Arpushana también acude a veces a resolver casos a Venezuela y cruza la frontera sin problemas. "Para mí no hay frontera", proclama.
En la ranchería Saa'ain wayua (corazón wayuu), la abuela María se disculpa: "No, no pueden entrar hoy en la vivienda, hay un encierro", término que no se refiere a ninguna tradición taurina sino a un rito de paso. Cuando una chica tiene su primera menstruación se encierra durante un tiempo que puede ir de unos pocos meses hasta varios años "para que su madre, su abuela y otras mujeres le enseñen todo lo que tiene que aprender" del mundo adulto, incluidos conocimientos de cocina, técnicas para tejer hamacas... Durante ese tiempo no puede entrar ningún hombre a verla, ni siquiera su padre "ni mujeres impuras", nos añadirá, más tarde, con cierta sorna, Belinda, una empleada del Hay Festival en Riohacha, demostrando que esta tradición es una de las que más cuesta entender a los aríjunas. Aldina Pimicua Apüshana, wayuu y guía turística, admite que las cosas están cambiando y que hay una cierta laxitud en la aplicación de los encierros. "Mi mamá sí me encerró y me impuso la dieta de solo comer líquidos. Me daba mucha hambre y tuve vómitos y fiebre. Ella me respondió que debía de estar vomitando malos comportamientos. A mi hija le hice un encierro de solo 21 días, la pobrecita, me dio mucho pesar porque estaba muy débil, temblando y acabé antes de tiempo, no estuvo bien pero...".
Daniela, la nieta de María, que ha cumplido 18 años, estudia porque, de mayor, quiere ser neuróloga e irse de Colombia. Vive en la ciudad y cuenta que algunos de sus paisanos wayuu "tienen nombre de cigarrillo o de coche" u otros tan curiosos como Prisionero, Ballena o Bestfriend. "Casi todos cumplen años el 31 de diciembre, porque la regiduría los apunta el último día del año en que nacieron, al no saberse el día exacto. Y, de la gente mayor, no se sabe ni eso, sus edades son aproximadas". Los wayuu no celebran cumpleaños ni nacimientos ni año nuevo. Sus fiestas no tienen fecha fija y están dictadas por los auspicios de las adivinas o los sueños de su gente. "Para nosotros el sueño es sagrado", admite Daniela, a quien no le extraña nada que el personaje macondiano de la cándida Eréndira, tras hablar con Ulises, aclare el significado de un sueño de su abuela: "...tuvo un aviso de la muerte. Soñó con un pavorreal en una hamaca blanca". "Si tienes un sueño –explica Daniela– hay que ir a ver a una piache para que lo interprete y te diga cómo actuar".
Las piache, una especie de curanderas o chamanas, viven solas y, observando la luz del sol, pueden saber si alguien se va a morir o no, según la tradición. En el caso de que la respuesta sea negativa, en señal de agradecimiento, ordenan bailar la yonna, la danza tradicional, por ejemplo durante tres días. Daniela vive en la ciudad, pero no deja de visitar el rancho familiar. Ahí vive, por ejemplo, su hermana Liseth, que tiene a su hija Kashi, de 4 años, en brazos. Guerra apunta que "ciudad y rancho se complementan, y acuden cada vez más a la escuela y al médico" aunque a los mayores les cuesta entender conceptos como pedir cita. "Si vengo desde aquí para ver a un doctor, ¿por qué no me recibe?", se lamenta María que, por supuesto, no tiene agenda. También se dan matrimonios mixtos con aríjunas. Las familias valoran, sobre todo, la conducta del pretendiente: "Que no sea alcohólico ni grosero. No queremos machos con plata que traen problemas", dice Aldina.
La principal reivindicación que hacen a las autoridades es la del agua potable. "Que salga un chorro de todos los grifos", sintetiza Aldina. María muestra los estragos causados por la crecida del río Ranchería, hace unos años: arrasó una de sus casas, construidas con barro, piedras, madera y otros precarios elementos, como palma o cactus. Para paliar los daños, aún espera ayudas de la administración que nunca llegan pero se niega a bailar para los turistas. "Se baila cuando un sueño nos lo pide, o para celebrar una curación, esto no es un juego, y como pienso así por aquí ya no pasan muchos tour operadores. Para mí, no es un espectáculo, sino algo serio, privado, que no puedes fingir, no debemos fallarle a nuestros antepasados".
Pero, al día siguiente, en la ranchería Dibi Dibi, no tienen inconveniente en permitir que los periodistas asistan a una yonna, animada por el tambor wayuu, la caja, que también se usa para insuflar ánimo en carreras de caballos, peleas de gallos y parrandas varias. Un baile que dura usualmente 24 horas, de sol a sol.
Daniela, como al día siguiente veremos hacer a Yussandi, en otra ranchería, se pinta la cara con los pigmentos tradicionales de su pueblo, amuleto contra los enemigos, dibujando unos símbolos que forman parte de un complejo sistema de representación.
Se cocina y lava en el suelo –o en el río– y vemos, en alguna casa televisores. El coche, en cambio, es omnipresente aunque a sus ranchos se llega por caminos de tierra. No les gustan las carreteras, ya que algunas han dividido traumáticamente a las familias.
Se ha dicho erróneamente que la sociedad wayuu es un matriarcado. Aunque el apellido que se transmite es el de la madre, los jefes son hombres. Lo curioso es que el cabeza de familia no es el padre sino el tío materno, es decir, se heredan los bienes de este. El padre tampoco tiene ninguna responsabilidad hacia sus hijos en caso de divorcio. "En la ciudad, hay hombres que nos dicen: ¡qué suerte tenéis!", comenta uno de ellos, antes de contestar una llamada en su móvil. Otra característica es la del segundo entierro. Las personas son enterradas al morir y, luego, 8 o 10 años después, cuando sus huesos son exhumados y conducidos al cementerio definitivo, en una ceremonia en la que no falta ningún alimento. Son episodios que vemos en varias escenas de Macondo, con personajes que acarrean los huesos de sus antepasados. Los wayuu tienen un solo dios, Mareiwa, que los creó.
Sería un error ver a esta comunidad como atrasada a causa de los aspectos de violencia o injusticia que puedan observarse en ella. Si se mira a la sociedad de al lado, la aríjuna, la que ha alumbrado a los narcos y que presenta índices de criminalidad y pobreza vergonzantes, no puede decirse que los wayuu resulten perdedores. El premio Nobel J.M.G. Le Clézio, desde Cartagena de Indias, opina: "No son perfectos, padecen las maldiciones del mundo moderno pero ofrecen una cierta resistencia a ese mundo y son respetuosos con su entorno. Esa resistencia es el optimismo y la esperanza de los jóvenes".

La familia indígena de Gabo


Veintiuna fueron las personas que fundaron Macondo y lo hicieron saliendo de la Guajira, viajando en el sentido contrario a Riohacha. De ahí que todo el universo del realismo mágico provenga, en realidad, de esta zona. "En mi pensamiento, mi mayor metáfora es la Guajira", dijo García Márquez, quien siempre se mostró orgulloso de sus orígenes en la cultura indígena, vinculados al apellido Iguarán, el de su abuela materna, así como de muchas otras influencias de la zona.
Esa abuela, Tranquilina –hija de una wayuu– es, según el escritor colombiano Víctor Bravo Mendoza, "su primera surtidora de supersticiones, fábulas y leyendas", nutriéndole de "fantasías, presagios y evocaciones". La otra influencia wayuu es la de los criados de su abuelo, el coronel Márquez, en especial la de las indígenas Remedios –que aparece como Meme en La hojarasca–, Visitación (la Chon de Cien años de soledad) y Lucía.
El mismo concepto de realismo mágico –sucesos extraordinarios o paranormales que suceden insertados en un contexto realista– es algo intrínseco a la cultura de los wayuu, para quienes los espíritus actúan en nuestra realidad y se comunican con nosotros a través de los sueños.
La influencia de toda la música de estos lugares es también importante, especialmente la del vallenato, muy presente en sus libros y que él consideraba "un género narrativo más". En Cien años de soledad y El otoño del patriarca aparece Francisco el Hombre, un mítico acordeonista que iba musicando las noticias por los pueblos (una especie de La Vanguardia cantada). Otro músico real que encontramos en sus obras es el compositor Rafael Escalona.

Manrique: "Soy el último periodista en haber entrevistado a Gabo"

Afectado por el momento, pero dispuesto a compartir los recuerdos de su encuentro con el maestro, el joven periodista Carlos Eduardo Manrique presenció el funeral simbólico de Gabriel García Márquez en Aracataca –el 21 de abril del 2014– con una gran inquietud

Carlos Eduardo Manrique, periodista colombiano, el útimo que entrevistó a Gabo./panoramacultural.com.co
En sus manos, una fotografía servía de prueba irrefutable: él había sido uno de los últimos periodistas en entrevistar al premio Nobel. Y en sus palabras relucía una indecible mezcla de orgullo y congoja.
Con esta entrevista, divulgamos la experiencia de un joven periodista colombiano que, en su empeño por aproximarse a una leyenda universal de las Letras, descubrió a un gran ser humano.
Refiriéndonos a la fotografía que nos muestra, es usted uno de los últimos en haber entrevistado al maestro Gabriel García Márquez…
Aclaro un detalle: no soy uno de los últimos periodistas, soy el último periodista en haber entrevistado a Gabo en el hemisferio, en el planeta tierra. Después de eso, el maestro fue a inaugurar un centro comercial en ciudad de México y le tomaban fotos. ¿Qué hacía la gente? Tomaban fotos y luego escribían un reportaje, pero el último que estuvo dentro de su casa, que estuvo dos horas sentado con él, con su esposa, con su familia, conversando y compartiendo, fui yo.
Conociendo la intimidad de Gabo, puedo decir que no era famoso. De casa para dentro, Gabo no era famoso. Sería una desgracia para un ser humano ser famoso dentro de su propia casa. Conocí al Gabo lleno de paz y tranquilidad en su hogar y, después de esto, permanecí en contacto con sus asistentes, gente de su familia. Una o dos veces por semana llamaba. Ese reportaje que escribí para un diario colombiano –que inicialmente no iba a escribir–, jamás iba a pensar que se iba a convertir en el último reportaje que un estudiante iba a hacer al maestro de las Letras.
¿En qué periódico se publicó esa entrevista?
En el diario El Espectador. Gabo fue mi tercera entrevista. Mi  primera entrevista fue con el maestro Plácido Domingo. Ya la publiqué. Con Mario Vargas Llosa conversé en algún momento también, con Johny Pacheco, pero quien me abrió las puertas en El Espectador es Gabo. Cuando me preguntan quién te abrió las puertas y contesto García Márquez, me responden: “ay pero con esa palanca quién dice”. Pero no se vaya a creer lo que no es, yo simplemente hice un reportaje y ellos, entendiendo la dificultad –porque saben que Gabo no da entrevistas–, me lo aceptaron.
¿Cuándo fue esa entrevista y cómo fue ese primer contacto con Gabo?
La historia del primer contacto es de muchos años antes. Esa entrevista fue el 6 de junio del 2013, Cartagena, en su casa. Yo había conocido a Gabo en mayo del 2007, había viajado con él de Santa Marta en el tren amarillo. Después lo vi en Cartagena, me firmó Cien años de soledad, me puso “cien años de felicidad para Carlos Eduardo Manrique, con un abrazo”.
El día de la entrevista, llegué, timbré. Inicialmente me dijeron cinco minutos, nada más, sólo la foto y ya, pero fueron dos horas sentado con él, y Gabo amable, sonreía, molestaba, me contó la vida en España, en Barcelona. El maestro preguntó por Aracataca, era una persona excepcional, de gran corazón. Siguió mamando gallo.
¿Se quedó con alguna de sus bromas?
Muchísimas. Después de hora y media de conversación, yo le dije: Maestro, tenemos que tomarnos una foto, hay que dejar un recuerdo de esto. Él me miró con una mirada solemne y diplomática, y yo dije “Ay Dios mío ¿Qué dije?”. Él me dijo: no se preocupe, mijito, en esta casa hacemos todo este tipo de sinvergüenzuras (risa). ¡Ése era Gabo!
¿Llegó con una entrevista preparada? ¿Cuál era la pregunta que quería hacerle especialmente?
Pensé durante mucho tiempo en el encuentro porque en mi casa leía los libros del maestro. Tenía muchas preguntas en la cabeza, pero tenía claro algo: si yo llegaba a su casa para preguntarle sobre libros y literatura, no me iba a dejar pasar. Hay más de 20.000 personas que le preguntan la misma vaina. Yo quería conocer el Gabo humano, del que nadie ha escrito. Todo el mundo habla del hombre influyente, del hombre grande y famoso, pero yo quería conocer al Gabo no famoso. Y salí ganando.
¿Con qué pregunta sintió que Gabo estaba a gusto con su presencia?
Lo sentí muy emotivo cuando habló de Aracataca, cuando habló de su pueblo natal. Tanto que yo le hablaba de su abuelo, del coronel, y doña Mercedes me miraba a mí como diciendo: que este muchacho no vaya a cometer una imprudencia y lo vaya a poner emotivo. Cuando le hablamos de los niños de Santa Marta para los cuales estaba haciendo una labor con una fundación, se le notaba también mucha emotividad y afinidad.
La despedida para mí fue algo inolvidable. Después de dos horas, le di un abrazo y me dijo, como si me conociera de toda la vida: ¿Por qué te vas? Yo le dije: maestro, me debo ir a Bogotá. Entonces Gabo dijo en broma: Mercedes compra un avión y acompáñalos.
Ahora que usted puede decir que ha sido el último en entrevistar a Gabo, ¿cómo se siente?
Como ser humano, triste por su partida. Y como periodista también: Gabo fue un maestro. Un grande. Yo aclaro que soy aprendiz de periodismo, yo soy estudiante, todavía no me he graduado. Pero conocí al Gabo humano.
Confieso también que es un privilegio triste, porque la vida vale más que cualquier exclusiva. Ahora me tocará seguir trabajando y recordar eso. Sobre todo, tuve el gran privilegio de conocer a ese gran hombre que se llamaba Gabriel García Márquez.

lunes, 2 de marzo de 2015

Gabo periodista

En aquella época, los periodistas se hacían escribiendo en los periódicos. Quienes tenían vocación de escritores empleaban el tiempo libre a la escritura de poemas, cuentos o novelas


 
García Márquez en una visita a la RAE, entre Juan Luis Cebrián y Víctor García de la Concha./elcultural.es
La “carrera” periodística de García Márquez empezó el día en que, expulsado de Bogotá por la violencia que siguió al asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, decidió probar suerte en Cartagena de Indias. Gabito -como le llamaban sus íntimos y familiares- había publicado en El Espectador, en 1947, el primero de sus cuentos: “La tercera resignación”.

Ésta fue su tarjeta de presentación ante el editor jefe de El Universal, de Cartagena, Clemente Manuel Zabala. Las oficinas del periódico se encontraban en la calle San Juan de Dios del centro amurallado, donde hoy tiene su sede la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, fundada por García Márquez en 1994. En aquella época, los periodistas se hacían escribiendo en los periódicos. Quienes tenían vocación de escritores empleaban el tiempo libre a la escritura de poemas, cuentos o novelas.

Aquel día, Zabala le dio al joven García Márquez su primera oportunidad en un periódico. Había leído sus cuentos de El Espectador y eso le bastó para pedirle que se sentara donde encontrara una máquina de escribir libre y redactara una nota. “Ese día me volví periodista”, diría Gabo mucho después. Se convirtió entonces en un explorador de hechos extraordinarios, abundantes en el Caribe colombiano. El trabajo periodístico no devoró al devorador de libros escritor de cuentos que, ataba los cabos sueltos de una primera novela.

Las columnas de opinión y reseña de hechos insólitos pulieron su estilo, influenciado por las “greguerías” de Gómez de la Serna y las viñetas del colombiano Luis Tejada, un gran cronista muerto a la edad de 26 años. Gaboles imprimió un sello de ironía e hipérbole a sus columnas de El Universal y a sus colaboraciones de El Heraldo de Barranquilla, donde empezaría a escribir en 1950 con el seudónimo de Septimus, un personaje de Mrs Dalloway, la novela de Virginia Woolf.

García Márquez hizo su aprendizaje de periodista y narrador entre 1948 y1953. Es probable que la censura, impuesta por el régimen conservador de esa época, en lugar de hacer aprisionar la visión de la realidad, adiestró al periodista en el uso del eufemismo y la salida ingeniosa. De esta actividad da cuenta cuenta el primer volumen de su Obra Periodística: Textos costeños, recopilado por el crítico francés Jacques Gilard. En enero de 1954, Gabo regresó a Bogotá con los originales de La hojarasca, su primera novela. A finales de ese mes, El Espectador le ofreció trabajo de planta.

García Márquez probó que la realidad no era una camisa de fuerza impuesta al periodismo sino un punto de partida para buscar las corrientes ocultas de los hechos y sus protagonistas. Una de sus crónicas más celebradas fue publicada por entregas en 1955. Fue el resultado de una larga entrevista con el marino Luis Alejandro Velasco, recogida años después en un libro: Relato de un náufrago. Velasco había sobrevivido durante 10 días en el mar Caribe, después de un temporal que arrojó al mar a ocho tripulantes de un barco de la armada nacional de Colombia cargado de contrabando.

Si Relato de un náufrago vincula a García Márquez con el cronista de la vida cotidiana, Noticia de un secuestro (1996), da cuenta del analista político que dirige la mirada hacia la guerra de los cárteles de la droga contra la sociedad y el Estado colombiano. Sus Notas de prensa 1980-1984, recogidas en 1991, suman 668 páginas. Combinan lo mejor del periodismo garciamarqueano: la experiencia vivida, el análisis político de los hechos y esa indeclinable predilección por el humor y las paradojas.

Por la libre (1999) es, en cambio, lo más polémico y más políticamente comprometido de su obra. Recoge sus escritos de 1974 y 1993. Es el militante de izquierdas que no renuncia a la fabulación cuando, por ejemplo, describe el bloqueo económico a Cuba o la participación de los cubanos en la guerra deAngola. De 1948 a 1996, alumbra y declina su obra periodística, aunque parece no existir una demarcación clara entre el lenguaje de sus novelas más “desnudas”(El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Crónica de una muerte anunciada) y el uso metafórico del lenguaje periodístico.

Calle 13 revela que la literatura de García Márquez es su fuente de inspiración

El cantante puertorriqueño René Pérez, más conocido como  Residente  y líder de Calle 13, confesó hoy que la literatura del recién fallecido Nobel colombiano Gabriel García Márquez es una de sus fuentes de inspiración, por lo que le rendirán homenaje durante su concierto del 14 de mayo en Bogotá
Réne Pérez conocido más como Residente se inspira en Gabo./lainformacion.com
"El realismo mágico a mí me encanta, dentro de la canción lo utilizo un montón, Macondo es Puerto Rico, además de muchos lugares", dijo "Residente" en una entrevista a Canal Capital, la televisión pública de Bogotá, en referencia al lugar que inventó García Márquez en "Cien años de soledad".
René Pérez y su hermano, Eduardo Cabrera, actuarán en la Plaza de Bolívar de la capital colombiana en el llamado "Concierto de la Esperanza", organizado por ese canal de televisión.
"Brindaremos por él y por todos sus escritos", adelantó el artista sobre el Nobel, al detallar que lo harán cuando interpreten el tema "El aguante", perteneciente a su último trabajo, "Multiviral".
García Márquez, junto al escritor uruguayo Eduardo Galeano y el compositor panameño Rubén Blades, han sido y son una de las principales influencias en las letras de Calle 13, según confesó "Residente".

domingo, 1 de marzo de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
La prodigiosa tarde de Baltazar
La jaula estaba terminada. Baltazar la colgó en el alero, por la fuerza de la costumbre, y cuando acabó de almorzar ya se decía por todos lados que era la jaula más bella del mundo. Tanta gente vino a verla, que se for­mó un tumulto frente a la casa, y Baltazar tuvo que descolgarla y cerrar la carpintería.
—Tienes que afeitarte —le dijo Úrsula, su mujer—. Pareces un capuchino.
—Es malo afeitarse después del almuerzo —dijo Baltazar.
Tenía una barba de dos semanas, un ca­bello corto, duro y parado como las crines de un mulo, y una expresión general de mucha­cho Pero era una expresión falsa. En febrero había cumplido 30 años, vivía con Úrsula desde hacía cuatro, sin casarse y sin tener hijos, y la vida le había dado muchos motivos para estar alerta, pero ninguno para estar asustado. Ni siquiera sabía que para al­gunas personas, la jaula que acababa de hacer era la más bella del mundo. Para él, acostum­brado a hacer jaulas desde niño, aquél había sido apenas un trabajo más arduo que los otros.
—Entonces repósate un rato —dijo la mu­jer—. Con esa barba no puedes presentarte en ninguna parte.
Mientras reposaba tuvo que abandonar la hamaca varías veces para mostrar la jaula a los vecinos. Úrsula no le había prestado aten­ción hasta entonces. Estaba disgustada por­que su marido había descuidado el trabajo de la carpintería para dedicarse por entero a la jaula, y durante dos semanas había dormido mal, dando tumbos y hablando disparates, y no había vuelto a pensar en afeitarse. Pero el disgusto se disipó ante la jaula terminada. Cuando Baltazar despertó de la siesta, ella le había planchado los pantalones y una camisa, los había puesto en un asiento junto a la ha­maca, y había llevado la jaula a la mesa del comedor. La contemplaba en silencio.
—¿Cuánto vas a cobrar? —preguntó.
—No sé —contestó Baltazar—. Voy a pedir treinta pesos para ver sí me dan veinte.
—Pide cincuenta —dijo Úrsula—. Te has trasnochado mucho en estos quince días. Ade­más, es bien grande. Creo que es la jaula más grande que he visto en mi vida.
Baltazar empezó a afeitarse.
—¿Crees que me darán los cincuenta pe­sos?
—Eso no es nada para don Chepe Mon­tíel, y la jaula los vale —dijo Úrsula—. De­bías pedir sesenta.
La casa yacía en una penumbra sofocante. Era la primera semana de abril y el calor pa­recía menos soportable por el pito de las chi­charras. Cuando acabó de vestirse, Baltazar abrió la puerta del patio para refrescar la casa, y un grupo de niños entró en el co­medor.
La noticia se había extendido. El doctor Octavio Gíraldo, un médico viejo, contento de la vida pero cansado de la profesión, pen­saba en la jaula de Baltazar mientras almor­zaba con su esposa inválida. En la terraza interior donde ponían la mesa en los días de calor, había muchas macetas con flores y dos jaulas con canarios. A su esposa le gus­taban los pájaros, y le gustaban tanto que odíaba a los gatos porque eran capaces de corriérselos. Pensando en ella, el doctor Gi­raldo fue esa tarde a visitar a un enfermo, y al regreso pasó por la casa de Baltazar a co­nocer la jaula.
Había mucha gente en el comedor. Puesta en exhibición sobre la mesa, la enorme cú­pula de alambre con tres pisos interiores, con pasadizos y compartimientos especiales para comer y dormir, y trapecios en el espacio re­servado al recreo de los pájaros, parecía el modelo reducido de una gigantesca fábrica de hielo. El médico la examinó cuidadosa­mente, sin tocarla, pensando que en efecto aquella jaula era superior a su propio pres­tigio, y mucho más bella de lo que había so­ñado jamás para su mujer.
—Esto es una aventura de la imaginación —dijo. Buscó a Baltazar en el grupo, y agre­gó, fijos en él sus ojos maternales—: Hubie­ras sido un extraordinario arquitecto.
Baltazar se ruborizó.
—Gracias —dijo.
—Es verdad —dijo el médico. Tenía una gordura lisa y tierna como la de una mujer que fue hermosa en su juventud, y unas ma­nos delicadas. Su voz parecía la de un cura hablando en latín—. Ni siquiera será nece­sario ponerle pájaros —dijo, haciendo girar la jaula frente a los ojos del público, como si la estuviera vendiendo—. Bastará con col­garla entre los árboles para que cante sola. —Volvió a ponerla en la mesa, pensó un mo­mento, mirando la jaula, y dijo:— Bueno, pues me la llevo.
—Está vendida —dijo Úrsula.
—Es del hijo de don Chopo Montiel —dijo Baltazar—. La mandó a hacer expresamente.
El médico asumió una actitud respetable.
—¿Te dio el modelo?
—No —dijo Baltazar—. Dijo que quería una jaula grande, como ésa, para una pareja de turpiales.
El médico miró la jaula.
—Pero ésta no es para turpiales.
—Claro que sí, doctor —dijo Baltazar, acercándose a la mesa. Los niños lo rodea­ron—. Las medidas están bien calculadas —dijo, señalando con el índice los diferen­tes compartimientos. Luego golpeó la cúpula con los nudillos, y la jaula se llenó de acor­des profundos—. Es el alambre más resistente que se puede encontrar, y cada juntura está soldada por dentro y por fuera —dijo.
—Sirve hasta para un loro —intervino uno de los niños.
—Así es —dijo Baltazar.
El médico movió la cabeza.
—Bueno, pero no te dio el modelo —dijo—. No te hizo ningún encargo preciso, aparte de que fuera una jaula grande para turpiales. ¿No es así?
—Así es —dijo Baltazar.
—Entonces no hay problema —dijo el mé­dico—. Una cosa es una jaula grande para turpiales y otra cosa es esta jaula. No hay pruebas de que sea ésta la que te mandaron hacer.
—Es esta misma —dijo Baltazar, ofusca­do—. Por eso la hice.
El médico hizo un gesto de impaciencia.
—Podrías hacer otra —dijo Úrsula, mirando a su marido. Y después, hacia el médico—: Usted no tiene apuro.
—Se la prometí a mi mujer para esta tarde —dijo el médico.
—Lo siento mucho, doctor —dijo Balta­zar—, pero no se puede vender una cosa que ya está vendida.
El médico se encogió de hombros. Secán­dose el sudor del cuello con un pañuelo, con­templó la jaula en silencio, sin mover la mi­rada de un mismo punto indefinido, como se mira un barco que se va.
—¿Cuánto te dieron por ella?
Baltazar buscó a Úrsula sin responder.
—Sesenta pesos —dijo ella.
El médico siguió mirando la jaula.
—Es muy bonita —suspiró—. Sumamen­te bonita. —Luego, moviéndose hacia la puer­ta, empezó a abanicarse con energía, sonrien­te, y el recuerdo de aquel episodio desapa­reció para siempre de su memoria.
—Montiel es muy rico —dijo.
En verdad, José Montiel no era tan rico co­mo parecía, pero había sido capaz de todo por llegar a serlo. A pocas cuadras de allí, en una casa atiborrada de arneses donde nunca se había sentido un olor que no se pudiera vender, permanecía indiferente a la novedad de la jaula. Su esposa, torturada por la obse­sión de la muerte, cerró puertas. y ventanas después del almuerzo y yació dos horas con los ojos abiertos en la penumbra del cuarto, mientras José Montiel hacía la siesta. Así la sorprendió un alboroto de muchas voces. En­tonces abrió la puerta de la sala y vio un tu­multo frente a la casa, y a Baltazar con la jaula en medio del tumulto, vestido de blan­co y acabado de afeitar, con esa expresión de decoroso candor con que los pobres llegan a la casa de los ricos.
—Qué cosa tan maravillosa —exclamó la esposa de José Montiel, con una expresión radiante, conduciendo a Baltazar hacia el interior—. No había visto nada igual en mi vida —dijo, y agregó, indignada con la multitud que se agolpaba en la puerta—: Pero llévesela para adentro que nos van a convertir la sala en una gallera.
Baltazar no era un extraño en la casa de José Montiel. En distintas ocasiones, por su eficacia y buen cumplimiento, había sido lla­mado para hacer trabajos de carpintería me­nor. Pero nunca se sintió bien entre los ricos. Solía pensar en ellos, en sus mujeres feas y conflictivas, en sus tremendas operaciones qui­rúrgicas, y experimentaba siempre un senti­miento de piedad. Cuando entraba en sus ca­sas no podía moverse sin arrastrar los pies.
—¿Está Pepe? —preguntó.
Había puesto la jaula en la mesa del co­medir.
—Está en la escuela —dijo la mujer de José Montiel—. Pero ya no debe demorar. —Y agregó:— Montiel se está bañando.
En realidad José Montiel no había tenido tiempo de bañarse. Se estaba dando una ur­gente fricción de alcohol alcanforado para sa­lir a ver lo que pasaba. Era un hombre tan prevenido, que dormía sin ventilador eléctrico para vigilar durante el sueño los rumores de la casa.
—Adelaida —gritó—. ¿Qué es lo que pasa?
—Ven a ver qué cosa maravillosa —gritó su mujer.
José Montiel —corpulento y peludo, la toalla colgada en la nuca— se asomó por la ventana del dormitorio.
—¿Qué es eso?
—La jaula de Pepe —dijo Baltazar.
La mujer lo miró perpleja.
—¿De quién?
—De Pepe —confirmó Baltazar. Y después dirigiéndose a José Montiel—: Pepe me la mandó a hacer.
Nada ocurrió en aquel instante, pero Bal­tazar se sintió como si le hubieran abierto la puerta del baño. José Montiel salió en cal­zoncillos del dormitorio.
—Pepe —gritó.
—No ha llegado —murmuró su esposa, inmóvil.
Pepe apareció en el vano de la puerta. Te­nía unos doce años y las mismas pestañas rizadas y el quieto patetismo de su madre.
—Ven acá —le dijo José Montiel—. ¿Tú mandaste a hacer esto?
El niño bajó la cabeza. Agarrándolo por el cabello, José Montiel lo obligó a mirarlo a los ojos.
—Contesta.
El niño se mordió los labios sin responder.
—Montiel —susurró la esposa.
José Montiel soltó al niño y se volvió hacia Baltazar con una expresión exaltada.
—Lo siento mucho, Baltazar —dijo—. Pe­ro has debido consultarlo conmigo antes de proceder. Sólo a ti se te ocurre contratar con un menor. —A medida que hablaba, su ros­tro fue recobrando la serenidad. Levantó la jaula sin mirarla y se la dio a Baltazar—. ­Llévatela en seguida y trata de vendérsela a quien puedas —dijo—. Sobre todo, te ruego que no me discutas. —Le dio una palmadita en la espalda, y explicó:— El médico me ha prohibido coger rabia.
El niño había permanecido inmóvil, sin parpadear, hasta que Baltazar lo miró perple­jo con la jaula en la mano. Entonces emitió un sonido gutural, como el ronquido de un perro, y se lanzó al suelo dando gritos.
José Montiel lo miraba impasible, mientras la madre trataba de apaciguarlo.
—No lo levantes —dijo—. Déjalo que se rompa la cabeza contra el suelo y después le echas sal y limón para que rabie con gusto.
El niño chillaba sin lágrimas, mientras su madre lo sostenía por las muñecas.
—Déjalo —insistió José Montiel.
Baltazar observó al niño como hubiera ob­servado la agonía de un animal contagioso. Eran casi las cuatro. A esa hora, en su casa, Úrsula cantaba una canción muy antigua, mientras cortaba rebanadas de cebolla.
—Pepe —dijo Baltazar.
Se acercó al niño, sonriendo, y le tendió la jaula. El niño se incorporó de un salto, abra­zó la jaula, que era casi tan grande como él, y se quedó mirando a Baltazar a través del tejido metálico, sin saber qué decir. No había derramado una lágrima.
—Baltazar —dijo Montiel, suavemente—. Ya te dije que te la lleves.
—Devuélvela —ordenó la mujer al niño.
—Quédate con ella —dijo Baltazar. Y lue­go, a José Montiel—: Al fin y al cabo, para eso la hice.
José Montiel lo persiguió hasta la sala.
—No seas tonto, Baltazar —decía, cerrán­dole el paso—. Llévate tu trasto para la casa y no hagas más tonterías. No pienso pagarte ni un centavo.
—No importa —dijo Baltazar—. La hice expresamente para regalársela a Pepe. No pen­saba cobrar nada.
Cuando Baltazar se abrió paso a través de los curiosos que bloqueaban la puerta, José Montiel daba gritos en el centro de la sala. Estaba muy pálido y sus ojos empezaban a enrojecer.
—Estúpido —gritaba—. Llévate tu ca­charro. Lo último que faltaba es que un cual­quiera venga a dar órdenes en mi casa. ¡Ca­rajo!
En el salón de billar recibieron a Baltazar con una ovación. Hasta ese momento, pen­saba que había hecho una jaula mejor que las otras, que había tenido que regalársela al hijo de José Montiel para que no siguiera llorando, y que ninguna de esas cosas tenía nada de particular. Pero luego se dio cuenta de que todo eso tenía una cierta importancia para muchas personas, y se sintió un poco excitado.
—De manera que te dieron cincuenta pe­sos por la jaula.
—Sesenta —dijo Baltazar.
—Hay que hacer una raya en el cielo —di­jo alguien—. Eres el único que ha logrado sacarle ese montón de plata a don Chepe Mon­tiel. Esto hay que celebrarlo.
Le ofrecieron una cerveza, y Baltazar co­rrespondió con una tanda para todos. Como era la primera vez que bebía, al anochecer es­ taba completamente borracho, y hablaba de un fabuloso proyecto de mil jaulas de a se­senta pesos, y después de un millón de jaulas hasta completar sesenta millones de pesos.
—Hay que hacer muchas cosas para ven­dérselas a los ricos antes que se mueran —de­cía, ciego de la borrachera—. Todos están enfermos y se van a morir. Cómo estarán de jodidos que ya ni siquiera pueden coger bien.
Durante dos horas el tocadiscos automático estuvo por su cuenta tocando sin parar. To­dos brindaron por la salud de Baltazar, por su suerte y su fortuna, y por la muerte de los ricos, pero a la hora de la comida lo de­jaron solo en el salón.
Úrsula lo había esperado hasta las ocho, con un plato de carne frita cubierto de re­banadas de cebolla. Alguien le dijo que su marido estaba en el salón de billar, loco de felicidad, brindando cerveza a todo el mundo, pero no lo creyó porque Baltazar no se había emborrachado jamás. Cuando se acostó, casi a la medianoche, Baltazar estaba en un salón iluminado, donde había mesitas de cuatro puestos con sillas alrededor, y una pista de baile al aire libre, por donde se paseaban los alcaravanes. Tenía la cara embadurnada de colorete, y como no podía dar un paso más, pensaba que quería acostarse con dos mujeres en la misma cama. Había gastado tanto, que tuvo que dejar el reloj como garantía, con el compromiso de pagar al día siguiente. Un mo­mento después, despatarrado por la calle, se dio cuenta de que le estaban quitando los za­patos, pero no quiso abandonar el sueño más feliz de su vida. Las mujeres que pasaron para la misa de cinco no se atrevieron a mirarlo, creyendo que estaba muerto.