domingo, 31 de mayo de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
El último viaje del buque fantasma
Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después de que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces v sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el transatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tanteos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto, hasta que algo debió fallar en sus agujas de orientación, porque derivó hacia los escollos, tropezó, saltó en pedazos y se hundió sin un solo ruido, aunque semejante encontronazo con los arrecifes era para producir un fragor de hierros y una explosión de máquinas que helaran de pavor a los dragones más dormidos en la selva prehistórica que empezaba en las últimas calles de la ciudad y terminaba en el otro lado del mundo, así que él mismo creyó que era un sueño, sobre todo al día siguiente, cuando vio el acuario radiante de la bahía, el desorden de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, las goletas de los contrabandistas de las Guayanas recibiendo su cargamento de loros inocentes con el buche lleno de diamantes, pensó, me dormí contando las estrellas y soñé con ese barco enorme, claro, quedó tan convencido que no se lo contó a nadie ni volvió a acordarse de la visión hasta la misma noche del marzo siguiente, cuando andaba buscando celajes de delfines en el mar y lo que encontró fue el trasatlántico ilusorio, sombrío, intermitente, con el mismo destino equivocado de la primera vez, sólo que él estaba entonces tan seguro de estar despierto que corrió a contárselo a su madre, y ella pasó tres semanas gimiendo de desilusión, porque se te está pudriendo el seso de tanto andar al revés, durmiendo de día y aventurando de noche como la gente de mala vida, y como tuvo que ir a la ciudad por esos días en busca de algo cómodo en que sentarse a pensar en el marido muerto, pues a su mecedor se le habían gastado las balanzas en once años de viudez, aprovechó la ocasión para pedirle al hombre del bote que se fuera por los arrecifes de modo que el hijo pudiera ver lo que en efecto vio en la vidriera del mar, los amores de las mantarayas en primaveras de esponjas, los pargos rosados y las corvinas azules zambulléndose en los pozos de aguas más tiernas que había dentro de las aguas, y hasta las cabelleras errantes de los ahogados de algún naufragio colonial, pero ni rastros de trasatlánticos hundidos ni qué niño muerto, y sin embargo, él siguió tan emperrado que su madre prometió acompañarlo en la vigilia del marzo próximo, seguro, sin saber que ya lo único seguro que había en su porvenir era una poltrona de los tiempos de Francis Drake que compró en un remate de turcos, en la cual se sentó a descansar aquella misma noche, suspirando, mi pobre Holofernes, si vieras lo bien que se piensa en ti sobre estos forros de terciopelo y con estos brocados de catafalco de reina, pero mientras más evocaba al marido muerto más le borboritaba y se le volvía de chocolate la sangre en el corazón, como si en vez de estar sentada estuviera corriendo, empapada de escalofríos y con la respiración llena de tierra, hasta que él volvió en la madrugada y la encontró muerta en la poltrona, todavía caliente pero ya medio podrida como los picados de culebra, lo mismo que les ocurrió después a otras cuatro señoras, antes de que tiraran en el mar la poltrona asesina, muy lejos, donde no le hicieran mal a nadie, pues la habían usado tanto a través de los siglos que se le había gastado la facultad de producir descanso, de modo que él tuvo que acostumbrarse a su miserable rutina de huérfano, señalado por todos como el hijo de la viuda que llevó al pueblo el trono de la desgracia, viviendo no tanto de la caridad pública como del pescado que se robaba en los botes, mientras la voz se le iba volviendo de bramante y sin acordarse más de sus visiones de antaño hasta otra noche de marzo en que miró por casualidad hacia el mar, y de pronto, madre mía, ahí está, la descomunal ballena de amianto, la bestia berraca, vengan a verlo, gritaba enloquecido, vengan a verlo, promoviendo tal alboroto de ladridos de perros y pánicos de mujer, que hasta los hombres más viejos se acordaron de los espantos de sus bisabuelos y se metieron debajo de la cama creyendo que había vuelto William Dampier, pero los que se echaron a la calle no se tomaron el trabajo de ver el aparato inverosímil que en aquel instante volvía a perder el oriente y se desbarataba en el desastre anual, sino que lo contramataron a golpes y lo dejaron tan mal torcido que entonces fue cuando él se dijo, babeando de rabia, ahora van a ver quién soy yo, pero se cuidó de no compartir con nadie su determinación sino que pasó el año entero con la idea fija, ahora van a ver quién soy yo, esperando que fuera otra vez la víspera de las apariciones para hacer lo que hizo, ya está, se robó un bote, atravesó la bahía y pasó la tarde esperando su hora grande en los vericuetos del puerto negrero, entre la salsamuera humana del Caribe, pero tan absorto en su aventura que no se detuvo como siempre frente a las tiendas de los hindúes a ver los mandarines de marfil tallados en el colmillo entero del elefante, ni se burló de los negros holandeses en sus velocípedos ortopédicos, ni se asustó como otras veces con los malayos de piel de cobra que le habían dado la vuelta al mundo cautivados por la quimera de una fonda secreta donde vendían filetes de brasileras al carbón, porque no se dio cuenta de nada mientras la noche no se le vino encima con todo el peso de las estrellas y la selva exhaló una fragancia dulce de gardenias y salamandras podridas, y ya estaba él remando en el bote robado hacia la entrada de la bahía, con la lámpara apagada para no alborotar a los policías del resguardo, idealizado cada quince segundos por el aletazo verde del faro y otra vez vuelto humano por la oscuridad, sabiendo que andaba cerca de las boyas que señalaban el canal del puerto no sólo porque viera cada vez más intenso su fulgor opresivo sino porque la respiración del agua se iba volviendo triste, y así remaba tan ensimismado que no supo de dónde le llegó de pronto un pavoroso aliento de tiburón ni por qué la noche se hizo densa como si las estrellas se hubieran muerto de repente, y era que el trasatlántico estaba allí con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón pasando tan cerca del bote que él podía ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos Ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados, y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo del faro y por un instante volvió a ser el Caribe diáfano, la noche de marzo, el aire cotidiano de los pelícanos, de modo que él se quedó solo entre las boyas, sin saber qué hacer, preguntándose asombrado si de veras no estaría soñando despierto, no sólo ahora sino también las otras veces, pero apenas acababa de preguntárselo cuando un soplo de misterio fue apagando las boyas desde la primera hasta la última, así que cuando pasó la claridad del faro el trasatlántico volvió a aparecer v ya tenía las brújulas extraviadas, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la mar océana se encontraba, buscando a tientas el canal invisible pero en realidad derivando hacia los escollos, hasta que él tuvo la revelación abrumadora de que aquel percance de las boyas era la última clave del encantamiento, v encendió la lámpara del bote, una mínima lucecita roja que no tenía por qué alarmar a nadie en los minaretes del resguardo, pero que debió ser para el piloto como un sol oriental, porque gracias a ella el trasatlántico corrigió su horizonte y entró por la puerta grande del canal en una maniobra de resurrección feliz, y entonces todas sus luces se encendieron al mismo tiempo, las calderas volvieron a resollar, se prendieron las estrellas en su cielo y los cadáveres de los animales se fueron al fondo, y había un estrépito de platos y una fragancia de salsa de laurel en las cocinas, y se oía el bombardino de la orquesta en las cubiertas de luna y el tumtum de las arterias de los enamorados de altamar en la penumbra de los camarotes, pero él llevaba todavía tanta rabia atrasada que no se dejó aturdir por la emoción ni amedrentar por el prodigio, sino que se dijo con más decisión que nunca que ahora van a ver quién soy yo, carajo, ahora lo van a ver, y en vez de hacerse a un lado para que no lo embistiera aquella máquina colosal empezó a remar delante de ella, porque ahora sí van a saber quién soy yo, v siguió orientando el buque con la lámpara hasta que estuvo tan seguro de su obediencia que lo obligó a descorregir de nuevo el rumbo de los muelles, lo sacó del canal invisible y se lo llevó de cabestro como si fuera un cordero de mar hacia las luces del pueblo dormido, un barco vivo e invulnerable a los haces del faro que ahora no lo invisibilizaban sino que lo volvían de aluminio cada quince segundos, y allá empezaban a definirse las cruces de la iglesia, la miseria de las casas, la Ilusión, y todavía el trasatlántico iba detrás de él, siguiéndolo con todo lo que llevaba dentro su capitán dormido del lado del corazón, los toros de lidia en la nieve de sus despensas, el enfermo solitario en su hospital, el agua huérfana de sus cisternas, el piloto irredento que debió confundir los farallones con los muelles porque en aquel instante reventó el bramido descomunal de la sirena, una vez, y él quedó ensopado por el aguacero de vapor que le cayó encima, otra vez, y el bote ajeno estuvo a punto de zozobrar, y otra vez, pero ya era demasiado tarde, porque ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, v él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes de que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, v entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada d e marzo sino el medio día de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro encallado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, balalcsillag, y todavía chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas de los mares de la muerte.

viernes, 29 de mayo de 2015

Finalistas Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez

Se anuncian los cinco finalistas del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez

 
Las obras finalistas al Premio Hispanoamericano Gabriel García Márquez./mincultura.gov.co


Cinco escritores de Argentina, Chile, España y México son los finalistas de la primera edición del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, creado en memoria de nuestro Nobel de Literatura. El ganador recibirá un estímulo de cien mil dólares, en una ceremonia que se realizará el próximo 21 de noviembre, en la capital colombiana.

Bogotá D.C, 31 de octubre de 2014. La primera edición del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, creado por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia, con el apoyo del Instituto Cervantes, como un importante estímulo al género literario en el que Gabriel García Márquez fue maestro de maestros, seleccionó a sus cinco finalistas.

Después de cuatro días de deliberación, el jurado del Premio, conformado por Antonio Caballero, de Colombia; Horacio Castellanos Moya, de El Salvador; Cristina Fernández Cubas, de España; Mempo Giardinelli, de Argentina e Ignacio Padilla, de México, seleccionó a los siguientes cinco escritores y sus libros, como finalistas del Premio de cuento más importante en el idioma español.

Los finalistas son:

*Carolina Bruck, con su libro Las otras.

Adriana Hidalgo Editora (Argentina)

*Héctor Manjarréz, con Anoche dormí en la montaña.

Ediciones Era (México) 

*Guillermo Martínez, con Una felicidad repulsiva.

Editorial Planeta. (Argentina) 

*Óscar Sipán, con Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas.

Editorial Base (España) 

*Alejandro Zambra con Mis documentos.

Editorial Anagrama (Chile) 

En esta primera edición del Premio, que pretende constituirse en referente para el campo literario de la creación y el universo editorial en lengua española, así como un invaluable esfuerzo en prolongar el legado de cuentistas tan importantes y destacados en el dominio del género, como lo fueron Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Julio Cortázar y el propio Gabriel García Márquez, participaron en total 123 libros de cuentos publicados en 2013.

El ganador del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, quien recibirá una estímulo de cien mil dólares, se conocerá el viernes 21 de noviembre, en el marco de una semana de actividades que reunirá a los jurados, finalistas y a escritores colombianos, en la ciudad de Bogotá.

Finalistas:

Carolina Bruck (La Plata, 1971) Es profesora de Letras (UNLP) y magíster en Creación Literaria por la UPF (Barcelona), donde escribió su tesis dirigida por Juan Villoro. En 2008 recibió el primer premio en el V Concurso Nacional Macedonio Fernández por su primer libro de relatos, Fast Food. Sus textos integran, entre otras, las antologías Emergencias (Barcelona, Candaya, 2013) y ¡Basta! Cien mujeres contra la violencia de género, edición Argentina (en prensa).

Héctor Manjarrez (Ciudad de México, 1945) es narrador, poeta, dramaturgo, ensayista, autor entre otros libros de los volúmenes de cuentos No todos los hombres son románticos y Ya casi no tengo rostro. Ha obtenido los premios Diana Moreno Toscano, Xavier Villaurrutia, José Fuentes Mares, Internacional de Novela de la Diversidad y Nacional de Narrativa Colima.

Guillermo Martínez (Bahía Blanca, 1962) En 2003 obtuvo el Premio Planeta de Argentina con la novela Crímenes imperceptibles. Traducida a 35 idiomas, fue llevada al cine por Álex de la Iglesia. Colabora habitualmente con artículos y reseñas en distintos medios. Es uno de los autores argentinos más traducidos en el mundo.

Oscar Sipán (Huesca, 1974). Galardonado en numerosos certámenes literarios y autor de los libros Rompiendo corazones con los dientes (Premio de Novela, Odaluna, 1998), Pólvora mojada (XVII Premio de Narrativas Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal 2003, Diputación de Zaragoza), Leyendario. Monstruos de agua (2004, March Editor), Escupir sobre París (2005, March Editor).

Alejandro Zambra (Santiago, 1975). Es autor de Bahía Inútil (1998), Mudanza (2003), Bonsái (2006), La vida privada de los árboles (2007), No leer (2010), Formas de volver a casa (2011) y Mis documentos (2013). Sus novelas han sido traducidas a más de diez idiomas. Estudió literatura en la Universidad de Chile y es profesor en la Universidad Diego Portales.

Sobre el Premio

El Premio se otorgará anualmente a un libro de cuentos de un escritor, con la condición de que su obra haya sido originalmente escrita en español y editada por primera vez el año inmediatamente anterior al de la convocatoria.

Gabriel García Márquez, quien falleció el pasado 17 de abril, escribió alrededor de cuarenta cuentos, entre los que se destacan: "El ahogado más hermoso del mundo", "Ojos de perro azul", "La mujer que llegaba a las seis", "En este pueblo no hay ladrones", "Un señor muy viejo con unas alas enormes" y "La luz es como el agua", relatos que ocupan un destacado lugar en la historia de la literatura universal.

Esta primera edición del Premio se convierte además en motivo de conmemoración del aniversario número 67 de la publicación del primer cuento del Premio Nobel colombiano, escrito en respuesta a Eduardo Zalamea, el entonces editor cultural de el diario El Espectador, quien sostenía que no había un escritor en Colombia que fuera capaz a medírsele a escribir una obra literaria con el rigor y la precisión que exige el género. El resultado quedó plasmado en el cuento "La tercera resignación" (1947).

La iniciativa, a cargo del Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia, con el apoyo del Instituto Cervantes, se constituye de esta manera en un importante estímulo a este género literario en el que Gabriel García Márquez ha sido maestro de maestros.


jueves, 28 de mayo de 2015

"El otoño del patriarca", la novela más compleja de Gabo

Hace 40 años García Márquez sorprendió con la novela de mayor riesgo literario

El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez./eltiempo.com

El otoño del patriarca es la novela de mayor riesgo formal y temático de la narrativa de García Márquez.
Es como si el escritor colombiano, inspirado en una avalancha creativa y en la imagen poética, hubiera experimentado con lo más excelso de su conocimiento literario.
El libro soñado, el libro total, aunque ya en Cien años de soledad había creado un mundo exuberante y autónomo, que resumía la historia de América Latina; aquí se lanzó a romper la tradición y las estructuras moderadas y a sustentar este arrollador relato solo en el lenguaje.
La palabra, el ritmo, el sonido, como fuente del idioma, y darle su propia tonalidad castellana y caribeña. Por eso, tal vez fue su libro más querido y la menos leída de sus novelas más conocidas.
Cuenta Gerald Martin que la primera vez que conversó con Gabo pensó que iban “a ser amigos del alma”. La segunda vez notó que algo había cambiado y se dio cuenta de que este había hojeado su libro Journeys through the Labyrinth (1989), donde afirmaba que El otoño era una novela “demagógica y políticamente escapista”. Gabo, en tono vehemente, le dijo que “el dictador de la novela era su retrato íntimo autobiográfico y que si no había intuido una cosa tan obvia no veía cómo podía pretender convertirme en biógrafo suyo”.
Fue un momento embarazoso. Martin sintió que no sería su biógrafo y balbuceó que la novela le encantaba a su esposa y “que al volver a casa le pediría una tutoría. Fue la cosa más patética y ridícula que había dicho en toda mi vida, pero algo hizo para suavizar el impacto de su lectura y logramos seguir con la conversación”.
Cien años apareció en 1967 y El otoño, ocho años después, 1975. Es decir que luego de la épica macondiana emprendió esta difícil cruzada a la sombra de su obra maestra, como echando al viento y los mares su talento y probándose a sí mismo que todavía podía hacer algo grande y diferente.
José Vicente Kataraín, quien publicó el libro en Colombia, tres años después de la edición de Plaza & Janés en España, dice que “es un culto al idioma, a la palabra, un desafío a la Academia Española de la Lengua, sin la puntuación convencional, una retahíla de plaza pública, descomunal. No es un libro para leer sino para ser oído, es un libro musical. Y también un aporte a la literatura sobre los dictadores en la América Latina”.

La estructura

Gabo utiliza un narrador omnisciente, que no es uno solo, somos todos, los que asistimos al derrumbe del dictador y de una patria que semeja un círculo dantesco de la Divina comedia, en parodia tropical, y es precisamente un lunes en la madrugada cuando “la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y podrida grandeza… No tuvimos que forzar la entrada, pues la puerta central pareció abrirse al solo impulso de la voz”.
Vamos del pasado al presente y los tiempos fluyen como las aguas briosas de un río que desemboca en el océano infinito de la imaginación. Es el realismo mágico llevado al extremo, sustentado en el lenguaje. Dentro de ese maremágnum de palabras, de hipérboles, aparecen algunos personajes entre las brumas con arrobador magnetismo, inolvidables, tallados con plumazos vibrantes, fragmentados, pero movidos por una corriente subterránea en una delirante narración.
La manera de involucrar los personajes es magistral, pues siempre giran alrededor del patriarca, para bien o para mal. Son satélites que viven bajo el dominio o la sombra del ungido, del que manejaba esa república de la infamia como el patio de su casa.
Es el caso de Patricio Aragonés, un doble perfecto del tirano, un bandido honorable que se hacía pasar por él y cobraba impuestos en su nombre. Al tenerlo al frente padeció “la humillación de verse a sí mismo en semejante estado de igualdad, carajo, si este hombre soy yo”. Entonces lo contrató para apaciguar sus temores y paranoias, y no lo hizo fusilar en el acto, no solo por el interés de tener un suplantador oficial, sino porque lo “inquietó la ilusión de que las cifras de su propio destino estuvieran escritas en la mano del impostor”.
El doble sobrevivió a seis atentados, compartió las amantes del patriarca, tuvo hijos que no se sabían si eran del verdadero o del impostor, y todos, paradójicamente, nacieron sietemesinos.
“Aquella confusión de identidades alcanzó su tono mayor una noche de vientos largos en que él encontró a Patricio Aragonés suspirando hacia el mar y pensó que era un mal aire y era que había bailado con una reina de carnaval y no encontraba la puerta para salir de aquel recuerdo”.
Aragonés se convirtió en el ser más respetado y más temido. El poder detrás del poder. La máscara que ocultaba otra máscara. El pobre Aragonés, a diferencia del original, solo quería que lo quisieran, no pedía más. Y un dardo envenenado lo mandó a la muerte, pero antes le dijo: “yo soy el hombre que más lástima le tiene en este mundo porque soy el único que me parezco a usted”.
No sé si es más grande que Cien años de soledad, pero sí, con seguridad, la aventura más avezada y conmovedora del hijo de Aracataca. El mar apagado, encendido del Caribe, su historia, las mujeres henchidas de placer y tedio, vaporosas, letales, un mundo en ruinas, apocalíptico, detenido en sus miserias y felicidades efímeras, “leopardos dormidos sobre los rieles”, “y era un coro de voces tan numerosas y distantes que él se hubiera dormido con la ilusión de que estaban cantando las estrellas”.
Son trescientas páginas avasallantes, totalitarias, allanamientos a la imaginación, al lugar común, al lugar inventado, que mantienen el pulso, la tensión, la pausa, lo que ya sabemos, lo que está por venir, un lenguaje que devora al lector, un mundo caótico, de contornos que recuerdan a Gargantúa y Pantagruel, y un intento por revitalizar al poeta fallido o tímido que había sido, pues Gabo en su adolescencia ensayó algunos poemas, y fue un gran lector del siglo de oro español y de Rubén Darío, pero se decidió por la prosa, escribiendo primero cuentos y después novelas.
En esa patria bobalicona y salvaje, el nuncio apostólico invitaba al patriarca a convertirse a la fe de Cristo, mientras tomaban chocolate con galleticas, y con burla le respondía: “Que si Dios es tan macho como usted dice, dígale que me saque este cucarrón que me zumba en el oído… y le mostraba la potra descomunal, dígale que me desinfle esa criatura”, y antes de irse le reiteraba: “no gaste pólvora en gallinazo, padre, para qué me quiere convertido si de todas maneras hago lo que ustedes quieren, qué carajo”.

Las mujeres

Bendición Alvarado, su madre, una pajarera, supersticiosa, “decrépita pero con el alma entera”, rodeada de jaulas de pájaros inverosímiles, que fue canonizada por decreto luego de morir, era la que sabía de la miseria en que nació, la que intuía sus sueños y acciones más espantosas, que le contó cómo echaron su placenta de alimento a los cerdos y un día memorable que vio a su hijo con el uniforme de etiquetas con las medallas de oro y los guantes de raso se le salió la imprudencia de decir que si ella hubiera sabido que su hijo iba a ser Presidente de la República lo hubiera mandado a la escuela y entonces de la vergüenza pública la desterraron a la mansión de los suburbios, un palacio de once cuartos que él había ganado en una noche de dados.
Leticia Nazareno, la primera dama, el amor sublime, a tal punto que de los cinco mil hijos, todos sietemesinos que tuvo el tirano, solo uno llevó su nombre y apellido y fue el que tuvo con Leticia. La mujer que “se desangró de llanto en el jardín de la lluvia”, cuando lo creyó muerto en una de sus tantas muertes y que cuando lo atacó la peste del olvido por las grietas de su memoria su imagen permaneció en una tira de papel donde escribió: “Leticia Nazareno de mi alma mira en lo que he quedado sin ti”.
Un personaje femenino entrañable y misterioso es Manuela Sánchez, la reina de belleza de los pobres, que vivía en el barrio de las peleas de perro, donde algunos “burros perdidos entraban caminando por un extremo de la calle y salían al otro lado convertidos en un costal de huesos”.
Es el amor platónico, el imposible, la más bella entre las bellas, la de glúteos redondos como “culos de ángeles”, la de una rosa magnífica y secreta entre las piernas y una mirada inocente que a la vez invitaba a la lascivia y a la perdición, la maldita que lo dejó viendo un chispero, a la que le dijo: “Por qué te tengo que encontrar si no te me has perdido”.
Y a veces García Márquez apela a la primera persona de sus personajes y Manuela exclama: “Dios mío, qué hombre tan triste, pensé asustada”, para luego retornar a la tercera persona: “y preguntó sin compasión en qué puedo servirle excelencia, y él contestó con un aire solemne que solo vengo a pedirle un favor, majestad, que me reciba esta visita”.

El fin

André Breton y sus compinches del surrealismo habrían gozado leyendo este genial exabrupto. Un banquete al paladar de la imaginación y al oído, igual a una sinfonía de vientos y percusiones que recrean un mundo decadente y moribundo, que nos recuerda en ocasiones a “La carroña” de Baudelaire, en el que lo putrefacto también posee un sentido de la belleza. O las “Ruinas circulares”, de Borges, en el cual lo onírico y lo real se funden, perdiéndose el nombre de las cosas en un universo degradante y cíclico. Es el tiempo aniquilado por el vértigo, un cometa que pasa cada cien años de soledad, una metáfora de la tiranía y la desmesura.
En cuanto a lo que le sentenció a Martin, de ser un relato autobiográfico, ignoramos qué de su contorno es real o de su propia naturaleza, y no importa, pero sí podemos especular cómo al final de la vida del escritor la peste del olvido lo emparenta con el personaje de su creación: “Él estaba a merced de sus sueños de ahogado solitario hasta el amanecer, pero se despertaba a saltos imprevistos, pastoreaba el insomnio, arrastraba sus grandes patas de aparecido por la inmensa casa en tinieblas… oía vientos de lunas en la oscuridad” y se perdía en sus recuerdos de grandeza sin saber quién había sido, solo algunas epifanías le devolvían la lucidez y a tientas se fue de este mundo soñando con una o dos mujeres que vibraban ya pálidamente en su memoria y a orillas de un mar gigantesco y viscoso su muerte le anunció al mundo “la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado”.

García Márquez, el gran conspirador

Álvarez ha querido hablar de Gabo como un hijo, con esa mirada bipolar que todos los hijos tienen sobre sus padres, con ese respeto: "Gabo nos allanó el camino a todos los escritores colombianos", subraya casi antes de empezar

Sergio Álvarez (izquierda) y Juan Cruz |Getafe Negro./elpais.com
 
En un programa tan amplio como el de Getafe Negro, tienen cabida temas dispares y apasionantes. Los escritores Juan Cruz y  Sergio Álvarez han hablado esta tarde en la localidad del sur de Madrid de la vertiente negra de Gabriel García Márquez, de su capacidad para acercarse al lado más oscuro de la realidad a través del mejor periodismo de sucesos y de toda su obra.

Cruz y Álvarez, distinta generación, distinto origen, distintos recorridos, han coincidido en su fascinación por la figura del ganador del Premio Nobel de Literatura, su vida al lado del poder, en la sombra de las conspiraciones del siglo XX, junto a todos los grandes acontecimientos de las últimas décadas. Una vida de conspirador para un narrador genial que tuvo en el periodismo una de sus grandes labores, influencias y pasiones. Una vida de novela negra.

Seguimos así con la cobertura de Getafe Negro que iniciamos con las recomendaciones sobre el programa, varias de ellas todavía vigentes, las lecturas de las estrellas del festival, la entrevista a modo de tercer grado con Lorenzo Silva o mi conversación con Lee Child en el Museo del Prado. Lean y disfruten.
“El periodismo y el tono de su abuela son los dos grandes instrumentos de García Márquez para contar historias” ha atacado Juan Cruz nada más empezar. El periodista, gran conocedor de la obra del escritor colombiano y admirador de su trabajo periodístico habla de Gabo como un gran fabulador, un mentiroso que contaba grandes verdades y que vivía por y para las historias.“Los materiales que usó Gabo como periodismo puro cuando ya era famoso, por ejemplo en Noticia de un secuestro, son esos que había aprendido en su periódico, como encargado de sucesos, y los establece como paradigma del reportaje más importante que se ha hecho sobre terrorismo en la prensa española en todo el siglo XX. Sus materiales fueron siempre periodísticos” ¿Fabulación? “Hacía falta para la ficción, la hacía más creíble, no para los reportajes, que nunca tuvieron desmentidos”, asegura.

El colombiano Sergio Álvarez ha querido hablar de Gabo como un hijo, con esa mirada bipolar que todos los hijos tienen sobre sus padres, con ese respeto: “Gabo nos allanó el camino a todos los escritores colombianos", subraya casi antes de empezar.  

“Uno podría construir un gran imaginario relacionado con la novela policíaca a partir de sus novelas, pero es a partir de sus vidas donde se engrandece esa figura. Su vida es la de un inmenso conspirador. De hecho yo creo que escribía en los ratos libres que le dejaba la conspiración, el intento de hacerse amigo de un presidente, de trabajar en las sombras del espionaje. Tiene un inmenso timing como ser humano y como narrador y eso es la novela negra, lo que le hace tan importante y esencial: grandes personajes, gran uso del tiempo, una relación con los lectores que nosotros llamamos suspense y que al final tiene una solución. Y en todo esto García Márquez es un mago”.

¿Es o no es un mentiroso? ¿Realmente eso importa? “No nos mentía”, asegura el autor de La lectora,  “construía verdad a través de ciertas mentiras. Si conseguía emocionarnos con ciertas mentiras ese hecho se convertía en importante”, añade algo emocionado, como el hijo que se fascina ante la figura del padre.  “La cercanía de García Márquez con lo policíaco viene de los tiempos que le tocaron vivir: Allende, la Guerra Fría, etc. Y lo supo vivir y contarlo y ser partícipe de ello”. ¿Y cómo se ve eso en sus libros? “Si uno lo analiza con cuidado,los libros de Gabo son todos grandes investigaciones con los que él juega. Por ejemplo en Cien años de Soledad con el manuscrito de Melquíades”.

 Alvarez 2Crónica de  una muerte anunciada es fascinante como narración y si uno se pone a leer las entrevistas, las personas a las que investigó, cómo se convirtió en un inmenso detective”, asegura Álvarez, antes de entrar de lleno en Noticia de un secuestro, el libro clave del Gabo periodista. “Pablo Escobar secuestraba a los ricos y  eso tiene mucho de thriller, nadie pensaba que no tuvieran que ser secuestrados”, afirma entrando de lleno en una polémica que García Márquez supo incendiar con una narración milimétrica de una investigación. “Nos cuenta un inmenso thriller y a través de él consigue que nos entendamos un poco más”, añade arrojando cierta luz de esperanza. “Aprendí una cosa de Gabo y es que incluso en la crónica oscura, con los muertos y los secuestros, lo importante es poder contar las cosas humanas y contarlas a partir de ese punto de vista mucho más enriquecedor”.

“Me ha emocionado lo que has dicho”, salta Cruz casi encima de las palabras de su compañero de tertulia. “Es inevitable que uno haya vivido situaciones en las que la tragedia humana cobra nombres propios”, relata en su torrente casi infinito de palabras. “Todas las historias en el periodismo y en la vida adquieren otra dimensión cuando ves el latido humano de la tragedia”.

Más enseñanzas. Álvarez entra a analizar: "La novela negra nórdica es racional, lógica. En América Latina nadie se creería eso. Que alguien es decente y honrado y tan inteligente y sutil, no se lo creería nadie”, ataca Álvarez. “Y García Márquez en Crónica de una muerte anunciada nos enseña que el azar también crea grandes historias”.

El día que Pablo Escobar prohibió las drogas

En Medellín, el mayor capo de la droga de la historia de Colombia, Pablo Escobar, prohibía la droga cuando la situación se ponía fea y la violencia se desbordaba. Esta maravillosa paradoja, contada por Álvarez con el ritmo de un buen narrador, inmersa en una investigación periodística, en una aventura por conseguir un reportaje, muestra la enorme capacidad de narración de los colombianos y oculta una enseñanza. “Uno por rastrear una historia termina encontrándose un montón de cosas absurdas que nadie creería”, concluye para demostrar los extraños límites de la realidad, tan bien manejados por Gabo.

Y si hablamos de historias y fábulas, Juan Cruz no tiene tantas como García Márquez, pero se le acerca. Eso ya lo dejamos para otro día.

NOTA: Todo este papel en el mundo diplomático, en conversaciones más o menos secretas, siempre de intermediario, de agente de Cuba ante Estados Unidos, ha sido narrado en Back Channel to Cuba, de los investigadores William M. Leogrande y Peter Kornbluh.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Una crónica del lugar donde Gabriel García Márquez conoció el hielo

Una nota imperdible de Aracataca, el Macondo donde nació García Márquez

"Traían mulas cargadas con cosas de comer, carretas de bueyes con muebles y utensilios domésticos, puros y simples accesorios terrestres puestos en venta sin aspavientos por los mercachifles de la realidad cotidiana." Cien años de soledad

"José Arcadio Buendía enterró la lanza en el patio y degolló uno tras otro sus magníficos gallos de pelea".Cien años de soledad.

"Don Apolinar Moscote tuvo dificultad para identificar aquel conspirador de botas altas y fusil terciado a la espalda con quien había jugado dominó hasta las nueve de la noche.Esto es un disparate, Aurelito,exclamó. Ningún disparate, dijo Aureliano. Es la guerra. Y no me vuelva a decir Aurelito, que ya soy el coronel Aureliano Buendía". Cien años de soledad

"Un patio con un castaño gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían en comunidad pacífica los chivo, los cerdos y las gallinas". Cien años de soledad

"No vio las doncellas que saltaban cómo sábalos en los ríos transparentes para dejarles a los pasajeros del tren la amargura de sus senos espléndidos" Cien años de soledad.

Toda la obra de Gabriel García Márquez./lanacion.com

A cien kilómetros de Santa Marta, en la costa Caribe colombiana, existe un Caribe interior. Allí está Aracataca, el pueblo donde nació Gabriel García Márquez, en 1927. Desde entonces, el pueblo que dio origen a su imaginario Macondo, poco ha cambiado: la acequia, construida por una empresa norteamericana en aquellos tiempos para desviar el curso del agua hacia sus plantaciones de banano sigue allí. Y ahora es peor, porque los niños se bañan en el agua contaminada. Hoy Aracataca no tiene servicio de agua potable y sufre, con temperaturas que superan los 40° C, cortes de luz de más de seis horas diarias.
Al olvido de Aracataca se suma otra peste: el tren. Cada tres minutos veinte segundos el pueblo queda dividido en dos: eso tarda en pasar el tren de carbón que tiene 120 vagones que rajan los cimientos de las casas. Los lugareños la saben una batalla perdida: Colombia es el primer productor de carbón de América latina. Los cataqueros sueñan con que, al menos, regrese el tren de pasajeros y así su estación abandonada vuelva a vivir.
Salvo en las tres cuadras de la calle principal, donde motociclistas, conductores de bicitaxis y motocarros -allí los autos son excepcionales- son los dueños del ruido, en las calles interiores, a sólo unos metros, a cualquier hora se escuchan los propios pasos. No hay música. Hay gente en la puerta de sus casas, jugando al póquer, al dominó o simplemente mirando vacío. Soportando. A la espera.
Este domingo, en La Nación Revista, no te pierdas la crónica de nuestros enviados especiales Daniel Pessah y Emilse Pizarro a Aracataca, el Macondo de Gabriel García Márquez.

Puertorriqueño reúne en libro anécdotas de encuentros con García Márquez

Cuando se cumplen seis meses de la muerte de Gabriel García Márquez, Josean Ramos publica Así habló el Gabo, un libro en el que relata anécdotas de sus encuentros con el escritor 

Gabriel García Márquez en grafiti para el homenaje del Parlamento Europeo/Embajada de Colombia en Bruselas, Bélgica./wradio.com.co

Ramos contó  que la primera vez que se encontró cara a cara con el Premio Nobel de Literatura de 1982 fue a mediados de 1985 cuando viajó de Puerto Rico a México para visitar la residencia del escritor colombiano en El Pedregal de San Ángel, en Ciudad de México, y pedirle que le concediera una entrevista.
'Mi mayor dificultad y miedo era qué le iba a preguntar, porque yo sabía ya muchísimo de su vida', dijo Ramos sobre el autor de Crónica de una muerte anunciada y El coronel no tiene quien le escriba.
El comunicador boricua, quien en aquel entonces tenía 30 años, relata que cuando llegó a la residencia de García Márquez, fijó en la entrada un aviso que decía: 'Te lo juro, Gabo, no me doy por vencido'.
Un rato más tarde y escondido entre los arbustos fuera de la vivienda, avistó un vehículo que llegaba, conducido por García Márquez, quien iba acompañado de su esposa, Mercedes Barcha.
Ramos se acercó al auto y le pidió al escritor que bajara el cristal. El entonces joven periodista pidió al novelista que le concediera una entrevista e incluso aprovechó para tomarle algunas fotos.
García Márquez le dijo a Ramos que no podía concederle la entrevista en ese momento pero le preguntó cúanto tiempo iba a estar en México, a lo que éste contestó que se quedaría hasta que tuviera la entrevista.
Varias semanas después, concretamente el 26 de agosto de 1985, a las dos de la tarde ambos se encontraron, recuerda Ramos, quien reconoce entre risas que llegó tres horas antes de la cita pautada para hacer la esperada entrevista.
Cuando llegó la hora, una empleada abrió la puerta a Ramos. García Márquez, luciendo un mahón y una chaqueta de este mismo tipo de tela, le invitó a su rincón de escritura, lleno de libros, discos de música y una flor amarilla, sobre la que luego explicaría que era su color predilecto y le daba suerte.
Aunque al autor colombiano de  Cien años de soledad  no le gustaba que lo entrevistaran con grabadora de casete, sí se lo permitió al boricua, pero con la condición de que él también lo hiciera.
'Yo, que vivo de las palabras, que trabajo con las palabras, tengo que andar con un gran cuidado porque mi peor enemigo también son las palabras', explicó entonces García Márquez a Ramos.
Ambos hablaron de diversos temas, desde el por qué de los títulos de las obras de García Márquez, hasta sus 'indirectos viajes' a Puerto Rico, pasando por su afán por la música caribeña, que incluía canciones de los boricuas Daniel Santos, Héctor Lavoe y Ruth Fernández.
También conversaron sobre  El amor en los tiempos del cólera, ya que 'en ese momento, el Gabo le estaba dando la primera lectura a su nueva obra. Vi los manuscritos, tenía una letra bien bonita, ondulada y bien nítida', relató Ramos.
García Márquez también le contó que en varias ocasiones había viajado a San Juan, pero que en todas ellas solo se puedo quedar en un cuartito del aeropuerto de la capital puertorriqueña, bajo vigilancia de las autoridades, debido a que no poseía visa para entrar a EEUU, país del que Puerto Rico es un Estado Libre Asociado.
Al terminar la entrevista, García Márquez le entregó a Ramos el casete donde había grabado la conversación por si a éste no le había funcionado el suyo.
'Esa gentileza me dejó reconocer quién era Gabriel García Márquez', puntualizó el periodista puertorriqueño, que coincidió por tercera vez con el escritor en el Festival del Caribe de 1994 en Cartagena de Indias cuando le otorgaron la Medalla de la Hermandad del Caribe.
'Cuando nos vimos, le dice a su esposa: 'mira, éste fue el que nos asaltó en México'', recordó hoy con nostalgia.

martes, 26 de mayo de 2015

Por ley emitirán billetes con imagen de Gabriel García Márquez

La iniciativa que va para su último debate crea además un programa de becas para futuros periodistas y cineastas

Gabriel García Márquez, irá en los nuevos billetes, si prospera el proyecto de ley./elespectador.com

En el Congreso de la República fue aprobado en tercer debate por la comisión segunda de la Cámara el proyecto de ley que busca honrar la memoria del premio nobel de literatura Gabriel García Márquez.
El proyecto establece que la próxima emisión de uno de los billetes o monedas del Banco de la República tendrá en una de sus caras la figura del escritor colombiano, quien falleció en Ciudad México el pasado 17 de abril.
El ponente del proyecto, el representante Antenor Durán Carrillo, dijo que los ministerios de Educación, Cultura y Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, y Coldeportes coordinarán la creación de una política de Estado, la cual se materializará a través de un documento Conpes, (Consejo Nacional de Política Social y Económica) dentro de los 12 meses siguientes a la promulgación de la ley.
Esto con el fin de promover vocaciones tempranas y talentos de niños, y jóvenes en artes, deportes, ciencia y tecnología”, explicó.
Manifestó que defiende este proyecto “porque además de exaltar la memoria de un colombiano grande, honra una de las profesiones más difíciles y hermosas del mundo como lo es el periodismo”.
Ordena, igualmente, que se adelante un programa de conservación de bienes y espacios de interés cultural con valor simbólico para la geografía vital de Gabriel García Márquez.

lunes, 25 de mayo de 2015

Los problemas de dinero de Gabriel García Márquez

Al cumplir un año en mi primer trabajo y con apenas 20 de edad, el audaz editor Jorge Álvarez, para quien yo trabajaba, me envió de viaje para vender libros por ahí, y de paso contratar algunos escritores latinoamericanos para la editorial

Portada Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez./elblogdeguillermoschavelzon.blogspot.com

Siguiendo los consejos de Ángel Rama, crítico del influyente semanario Marcha del Uruguay, salí de Buenos Aires con los datos de dos escritores jóvenes que, según Rama, serían los mejores de los siguientes años: un peruano llamado Mario Vargas Llosa, y Gabriel García Márquez, un periodista colombiano que vivía en México. Rama acababa de publicar, en su editorial Arca, en Uruguay, la primera novela del colombiano, La Hojarasca, de la que apenas vendió 500 ejemplares.

Años después, en julio de 2001 García Márquez publicó un texto sobre Cien años de soledad (“La odisea literaria de un manuscrito”, El País, 15.7.2001), que dio un nuevo sentido para mí a lo que había sucedido en aquella visita a García Márquez, cuando me propuso “cedernos todos los derechos” de un libro, a cambio de 500 dólares.
Visitando libreros de Lima y Bogotá para venderles libros de la editorial, llegué a México en enero de 1966. Dos o tres días fueron suficientes para levantar pedidos en las librerías más importantes de la ciudad. Alojado en el hotel Gilow del centro de la ciudad de México, que todavía sigue allí aunque espantosamente modernizado, llamé al tal García Márquez a su casa, diciéndole que era un editor argentino que lo quería publicar. De inmediaro me invitó a desayunar a la mañana siguiente en su casa. No era habitual para él recibir propuestas, ya que –me contó al día siguiente—, le costaba publicar y había tenido que pagar de su bolsillo las primeras ediciones de sus libros.
Llegar desde el centro de México a la dirección indicada fue una aventura que consumió más de una hora arriba de un destartalado taxi. No recuerdo el nombre de la calle, pero sí que la única referencia que tenía era el distrito postal México 21 DF, dato que me daba mucha seguridad, pero al taxista no le decía nada, ya que sólo el correo utilizaba esos códigos para de todos modos no entregar la correspondencia. Cuando llegamos después de veinte vueltas, el taxista me reclamó: “híjole ¡me hubiera dicho que era en San Ángel Inn!”.
Recuerdo un portón metálico tipo garaje, probablemente verde oscuro, adentro un jardín y en el centro una sencilla casa de piedra con ventanas de hierro, y una cara sonriente cubierta por un gran bigote negro, que me abrió la puerta. A mí me pareció un hombre mayor, aunque ahora sé que apenas tenía treinta y algo. Yo era un chico de 20, que encima aparentaba mucho menos, lo que provocó caras de desconcierto al verme llegar.
García Márquez vivía de escribir guiones para cine, y había encontrado en México un caudal regular de trabajo. “Los tiempos libres entre un guion y otro, son para mí literatura”, dicho lo cual pasamos directamente al tema de la visita: la editorial Jorge Alvarez quería publicarlo en Argentina. No la conocía, pero si sabía quién era Ángel Rama.
Me dijo que estaba trabajando en un proyecto de largo aliento (del que no contó nada), pero que podría darme una recopilación de cuentos, Los funerales de la mama grande, recién publicada en México por la Universidad Veracruzana. Me contó que durante más de un año había recorrido todas las editoriales de México sin éxito, hasta que finalmente la veracruzana lo aceptó, con la condición de que no cobrara derechos. No tenía ningún ejemplar, por lo que me propuso que fuéramos a una librería a comprar uno. Se había hecho casi el mediodía, habíamos terminado el desayuno, y ante la mirada firme de Mercedes llegó el momento de hablar de dinero. Él tomó la iniciativa, y me hizo una propuesta insólita: me ofrecía los derechos de edición “para siempre”, a cambio de un pago de 500 dólares, pero con una condición: tenía que recibir el dinero antes de dos semanas.
Si bien hoy parece una cifra menor, entonces era una cantidad respetable de dinero, mucho más de lo que un viajero llevaba encima. En esa época no existían tarjetas de crédito, ni posibilidades de enviar dinero rápido de un país a otro. En un acto de arrojo que excedía mis atribuciones acepté las condiciones, y allí mismo me escribió una autorización para publicarlo.
Cuando unos días después regresé a Buenos Aires, a Jorge Alvarez no le pareció demasiado importante que yo trajera un libro de ese escritor colombiano, aunque no me reprochó por haber aceptado pagar los 500 dólares. Tampoco se sorprendió de que unos días antes, en Lima, “el chico peruano” me hubiera entregado Los jefes para publicar. No hay reproches en este comentario, nadie sabia entonces quiénes eran estos dos.
mario-vargas-llosa-los-jefes-j-alva
Luego sucedió lo previsible en el caos en que vivía esa editorial: no se le envió el dinero, aunque el libro ya se había comenzado a trabajar. Un par de meses después, estando Los funerales de la mamá grande en pruebas de galera y con la tapa ya diseñada por Jorge Sarudiansky, llegó un telegrama del autor pidiendo que suspendiéramos la publicación del libro, con un intrigante “va carta”, algo usual en esa época, en que una llamada internacional era impensable por el costo y por las horas de demora para conseguirla.
Cuando la carta llegó, García Márquez pedía que canceláramos el acuerdo porque había recibido una propuesta de Paco Porrúa, el editor de Sudamericana, “tan importante que podría cambiar mi vida de escritor”. Jorge Alvarez canceló la edición sin insistir ni responder la carta, probablemente por no complicarse la vida con otro de esos escritores que apenas vendían 500 ejemplares.
Un año y medio después, en Junio de 1967, aparecía en las librerías la primera edición de Cien años de soledad, y García Márquez era nota de portada del semanario Primera Plana, donde el jefe de redacción, un joven Tomás Eloy Martínez, lo señalaba como la gran revelación de la literatura latinoamericana.
Primera Plana, esta
No es necesario contar lo que siguió después. Cuando leí el artículo de García Márquez contando que en aquella época en que escribía Cien años de soledad debía varios meses de alquiler y estaba por perder la casa, entendí de golpe porqué me pidió aquellos 500 dólares. Cuenta en su artículo de 2001, que Mercedes tuvo que empeñar los anillos de oro del compromiso para resolver la deuda, cuando ya debían nueve meses de alquiler.
Escribí una primera versión de esta misma historia en 2001, apenas leí el artículo de García Márquez, y se la envié por fax preguntándole si no le molestaba que la publicara. Una secretaria me respondió diciendo que él no lo recordaba, pero que le gustaba. Por eso aquí está, aunque muchos años después.

domingo, 24 de mayo de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
Un señor muy viejo con unas alas enormes

Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas.
Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él les contestó en un dialecto incomprensible pero con una buena voz de navegante. Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.
— Es un ángel –les dijo—. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la lluvia.
Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde la cocina, armado con un garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alumbrado. A media noche, cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda seguían matando cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer. Entonces se sintieron magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y provisiones para tres días, y abandonarlo a su suerte en altamar. Pero cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo.
El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo. Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la tierra una estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó un instante su catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca de aquel varón de lástima que más parecía una enorme gallina decrépita entre las gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras de fruta y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. Entonces abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos.
Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada para ver al ángel.
Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó zumbando varias veces por encima de la muchedumbre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de ángel sino de murciélago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de peregrinos que esperaban su turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.
El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba buscando acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las alambradas. Al principio trataron de que comiera cristales de alcanfor, que, de acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. Pero él los despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por ángel o por viejo que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. Su única virtud sobrenatural parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando le picoteaban las gallinas en busca de los parásitos estelares que proliferaban en sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando de que se levantara para verlo de cuerpo entero. La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto. Despertó sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo. Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en reposo.
El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma había perdido la noción de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto tenía algo que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no sería simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas de parsimonia habrían ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco.
Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no sólo costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés, de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la convirtió en araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas quisieran echarle en la boca. Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un ángel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. Además los escasos milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y el del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolación que más bien parecían entretenimientos de burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la mujer convertida en araña terminó de aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los dormitorios.
Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo estableció además un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo único que no mereció atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron de que no estuviera cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y antes de que el niño mudara los dientes se había metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. El ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que atendió al niño no resistió la tentación de auscultar al ángel, y encontró tantos soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no podía entender por qué no las tenían también los otros hombres.
Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el gallinero. El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin dueño. Lo sacaban a escobazos de un dormitorio y un momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles. Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con los horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas. Pelayo le echó encima una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y sólo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas delirantes en trabalenguas de noruego viejo. Fue esa una de las pocas veces en que se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia había podido decirles qué se hacía con los ángeles muertos.
Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor con los primeros soles. Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de estos cambios, porque se cuidaba muy bien de que nadie los notara, y de que nadie oyera las canciones de navegantes que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó por la ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas del vuelo. Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.