viernes, 13 de marzo de 2015

Madrid pondrá el nombre de Gabriel García Márquez a una biblioteca municipal

El Ayuntamiento de Madrid dará el nombre del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, fallecido el pasado 17 de abril, a una de sus bibliotecas municipales y un homenaje en la Feria del Libro que se inicia hoy

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad, sera homenajeado durante la Feria del Libro de Madrid./lainformacion.com
El Pleno del Ayuntamiento ha acordado hoy por unanimidad dar el nombre del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, fallecido el pasado 17 de abril, a una vía, espacio urbano o edificio de titularidad municipal de la ciudad.
En una intervención previa a la votación, el delegado madrileño de Las Artes, Deportes y Turismo, Pedro Corral, ha anunciado que el espacio elegido finalmente es la biblioteca municipal de Orcasur, en el distrito de Usera, al sur de la ciudad, que actualmente está en obras para multiplicar por cinco su superficie y será reabierta a final de año.
Corral ha recordado que Madrid, "capital cultural de una comunidad de 500 millones de hispanohablantes y puente entre Europa y América", quiere "perpetuar" así su "gratitud" a García Márquez por su obra y por "su admiración hacia Madrid".
La concejala socialista Ana García D'Atri, que se ha referido a García Márquez como "el mejor escritor en español del siglo XX" y un "constructor de mundos mágicos", ha opinado que el premio Nobel "merece un lugar en Madrid igual que lo tiene en el corazón de los madrileños. Lo contrario -ha apuntado- seria condenar a Madrid a cien años de soledad".
Por Izquierda Unida, Milagros Hernández ha intervenido para destacar que su obra es hoy "vida, alegría y gozo" y valorar su "marcado compromiso con la revolución cubana", a la que "nunca retiró su apoyo" y "nunca escatimó apoyos a Fidel Castro".
La edil de UPyD Patricia García ha dicho que Madrid rinde así un "justo homenaje" a "un grande entre los grandes", al que ha dicho que personalmente le debe "el inmenso placer de la lectura". 

La Feria del Libro regresa con un homenaje a García Márquez y recuperando 'El Micro'

La 73 edición de la Feria del Libro regresa al Paseo de Coches del parque del Retiro del 30 de mayo al 15 de junio con un homenaje a Gabriel García Márquez con una lectura continuada de 'Cien años de soledad', un homenaje a Quino, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, al cumplirse el 50 aniversario de 'Mafalda', encuentros en torno al centenario de la Primera Guerra Mundial y con la recuperación de 'El Micro'.
Situado frente a la iglesia de San Pascual, en el Paseo de Recoletos, recogió en 1933 las palabras del presidente del Gobierno, Manuel Azaña. Ahora hasta 16 novelistas, poetas, libreros y periodistas contarán con un minuto desde el 31 de mayo y a las 12 horas para escuchar sus palabras, por medio de la megafonía del Paseo de Coches.
El homenaje a García Márquez tendrá lugar el domingo 8 de junio en la caseta 0. Organizado por Penguin Random House, en la lectura participarán personalidades del mundo cultural y todo aquel lector que se quiera sumar. También se habilitará un libro de condolencias, que después se hará llegar a la familia del escritor.
El espacio dedicado a la inmortal Mafalda se centrará en 'Los viernes de Quino', que tendrán lugar en la caseta 0, desde donde distintos dibujantes trasladarán a los asistentes al universo de esta inconformista inmortal. Y también habrá hueco para los 20 aniversario. Es el caso de 'Tranvía a la Malvarrosa', libro en torno al cual conversarán Manuel Vicent, José Luis García Sánchez, Manuel Gutiérrez Aragón y Ángel S. Hanguindet, y de 'Manolito Gafotas'.
La reflexión llegarán, entre otros, de la mano de la literatura social de Javier Díez Moro, autor de 'La asesina que gritó justicia'. Estará acompañado por Rosa María Calaf, Lolo Rico y representantes de PAH-Madrid. Quien tampoco faltará a su cita en el Retiro será la novela negra. A destacar la mesa redonda sobre el 'boom' de los escritores nórdicos.
La feria será el evento también elegido para presentar el libro 'La Real Academia Española. Vida e historia', del académico y director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha, dedicado al tricentenario de la RAE.
El programa incluye dos lecturas de poesía: 'Palabras que son flores que son frutos que son actos', que reunirá a autores mexicanos y españoles en torno a la figura de Octavio Paz, y 'Dos universos poéticos a los 30 años de su muerte', dedicado a Vicente Aleixandre y Jorge Guillén. Además, el primer día de la feria es el elegido para entregar el XVII Premio Alfagura de Novela, que este año ha recaído en Jorge Franco por 'El mundo de afuera'.

Menos casetas, más expositores

En esta edición habrá 364 casetas, "algunas menos que el año pasado", según el director, Teodoro Sacristán, aunque con más expositores, hasta 508, entre los que se encuentran 20 organismos oficiales, 10 distribuidores, 60 libreros especializados, otros tantos generales, 218 editores de Madrid y 134 de fuera de la ciudad.
Por segundo año consecutivo, las bibliotecas municipales colaborarán mano a mano con la Feria del Libro. Así, la Eugenio Trías, en la Casa de Fieras del Retiro, acogerá debates, mesas redondas, y presentación de novedades. En Casa de Vacas, también en el Retiro, el Ayuntamiento ha programado tres lecturas dramatizadas. Una se dedicará a Antonio Machado, la segunda al ambiente de los cafetines madrileños del siglo XIX y la última a Luis Alberto de Cuenca.
Todo ello sin olvidar las tradicionales propuestas para los más pequeños, con talleres y cuentacuentos. Otra opción es el concurso de fotoletras, que propone a los niños dar con letras inesperadas en el parque, como la 'J' en el perfil de una farola o la 'O' en las nubes.
La Feria está patrocinada por el Ayuntamiento, la Comunidad, la Real Casa de Correos y Banco Sabadell. El presupuesto es similar al del año pasado, algo más de un millón de euros, y se presenta este año bajo el lema 'Deletrear el mundo'. El cartel de esta edición es obra del sevillano Santiago Miranda, premio Nacional de Diseño en 1989. Plasma el momento en el que un lector despliega un mapa para orientarse en el viaje de los libros.

La muerte del patriarca

Homenaje. Con García Márquez se ha ido también el boom  narrativo latinoamericano

Gabriel García Márquez, Gabo que estás en los cielos./elpais.com
"Ni siquiera entonces nos atrevimos a creer en su muerte porque era la segunda vez que lo encontraban en aquella oficina, solo y vestido, y muerto al parecer de muerte natural durante el sueño, como estaba anunciado desde hacía muchos años en las aguas premonitorias de los lebrillos de las pitonisas" (El otoño del patriarca, Gabriel García Márquez).

Así fallece el patriarca otoñal de esa novela. Y así —como si se muriera en uno de sus libros— falleció García Márquez: tras varias falsas alarmas, poderoso y remoto, y anunciado su deceso por presagios funestos. La noche del 15 de abril pasado, dos días antes de su muerte, ocurrió un eclipse de luna roja, voceado con alardes de Apocalipsis. Aquella luna sangrienta imitó a sus ficciones, donde los desastres siempre vienen precedidos de malos augurios (¿y qué mayor desastre que la muerte propia, ese apocalipsis personal?).

Quedamos aquí sus lectores. Tal como les ocurre a los asombrados ciudadanos de aquella novela, que entran al palacio vacío y ruinoso para encontrar al patriarca muerto, nosotros, ni siquiera viendo su catafalco escoltado de presidentes, nos atrevimos a creerlo. ¿Se habrá muerto, realmente, García Márquez?

La respuesta es sí y no. Por la negativa se pronuncian sus obras. Pocos escritores recientes, en nuestro idioma, han dejado una obra más viva. Cien años de soledad, releído casi medio siglo después, no envejece. Y la razón es sencilla: ya era viejo ese libro cuando su autor lo escribió. Anacrónico su lenguaje, extemporáneos sus personajes, eternos sus mitos. Sacando bien las cuentas, Cien años de soledad tiene la edad del tiempo, o sea, es atemporal.

Posteriormente, varias generaciones de escritores más jóvenes que nuevos, apurados por matar al patriarca, han querido enterrar ese libro (con su autor, en lo posible). Confieso que yo también lo deseé, ocasionalmente, cuando en aulas o cafés europeos o estadounidenses, algún latinoamericanista experto me salía con la monserga de esta “realidad mágica” que explicaría, sin razonarlos, nuestro atraso y sus utopías. Pero ocurre cada vez menos. Y, en todo caso, ese estereotipo no fue culpa de García Márquez; más bien al contrario, fue consecuencia de su genio. Si sus tres o cuatro novelas magistrales engañan a incautos, que las toman por espejos en lugar de espejismos, es porque él creó con ellas un universo paralelo, donde el tiempo circula en vez de pasar. En ese tiempo viven sus obras, sin recibir lesión apreciable con los años. Y él vive en ellas.

En las calles de nuestra literatura hay hoy más libertad… y también más caos

Pero otras cosas sí han muerto con el patriarca. Con García Márquez ha fallecido, finalmente, el boom narrativo latinoamericano. Una revolución literaria cuya muerte anunciada venía dilatándose tanto, que ya parecía una de esas eternas transiciones a la democracia de nuestros países. Es cierto, quedan Mario Vargas Llosa y Jorge Edwards, plenamente vigentes. Pero ambos evolucionaron, alejándose de las estéticas y las políticas que mantuvieron en los sesenta del siglo pasado. Mientras, García Márquez no evolucionó. Parió su cosmos realista mágico y lo habitó durante el resto de su vida creativa (con pocas excepciones). Igualmente se domicilió en sus ideas: detenido en la arcadia de la revolución cubana, fue fiel a Fidel hasta el ataúd. Cultivó esa anacronía como si fuera otro arcaísmo de su lenguaje. Por esta política y por aquella poética, García Márquez representó como nadie lo que fue el boom. Y por eso este muere con su patriarca.

Comparar la larga agonía del boom con una transición a la democracia, quizás no sea una licencia poética. Bendición para la narrativa latinoamericana, que de pronto apareció en el mapa literario mundial, la revolución del boom acabó —como tantas— prohijando una oligarquía. Lo que ha venido después se parece más a una democracia de masas, donde no hay un puñado de escritores excelsos, sino miles, revueltos. Y cada uno tiene un solo voto, y nadie tiene veto. Y predomina una estética populista, donde pesan menos los méritos literarios de las obras que los pesos —o los euros, o los dólares— de sus ventas. Es una democracia del gusto, además, sin jerarquías claras, sin cánones indudables (como ese que constituyó el boom). Lo dicho: con el patriarca murió un sistema de poder literario. Ahora, en los palacios arruinados de su estética, sus seguidores rutinarios mercadean una demagogia novelesca que ofrece oropeles de color local, en vez del oro real que José Arcadio Buendía buscó en Macondo.

Pero no todo es demagogia en esta narrativa democrática. También escriben quienes aprendieron la lección del patriarca para superarla. Ante la facundia del estilo garcíamarquiano (que voy parodiando, indudablemente sin éxito, en este artículo), algunos autores reaccionaron como Beckett lo hiciera ante el desafío de Joyce: optando por una lengua parca y por una mirada comprimida. Y otros guardaron sus novelas bajo las siete llaves de la pura literatura. Y otros las dejaron correr por pistas globales, que ya no pueden llamarse latinoamericanas. Y otros… En fin, que reina una algarabía narrativa. El patriarca ha muerto y con él su régimen. En las calles de nuestra literatura hay más libertad… y también más caos.

García Márquez conoció esa cumbre y abismo de los grandes artistas: fue mayor que él mismo. Y así se le habrá venido encima la muerte, como al patriarca de su invención: “Que estaba condenado a no conocer la vida sino por el revés, condenado a descifrar las costuras y a corregir los hilos de la trama y los nudos de la urdimbre del gobelino de ilusiones de la realidad”.

Carlos Franz es escritor chileno.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Gabo: sus 88 años sin él

La semana pasada, el 6 de marzo, se celebró el primer cumpleaños de García Márquez sin estar él presente


Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982./elpais.com.co
En Ciudad de México un grupo de personas se reunió en la calle Fuego 144, frente a su casa, y cantaron a todo pulmón las mañanitas. Es la suerte de los mexicanos: tener un lugar donde recordarlo y homenajearlo, donde recogerse un momento en silencio, para pensar en él y en sus libros. Lo que tenemos acá en Colombia, su casa de Cartagena e incluso un apartamento en Bogotá, en el Parque de las Flores, no tiene ese halo de casa habitada y vivida por él que sí se respira en la del DF. La casa de Bogotá, desde que la abandonó a principios de los años ochenta, cuando se exilió para evitar un peligroso arresto en épocas de Turbay Ayala, fue después una residencia muy ocasional, casi de paso. Y la de Cartagena es muy posterior. Nos queda la de Aracataca, claro, pero aún estando en el origen de su obra el propio García Márquez la fue dejando atrás y, salvo en un par de ocasiones especiales, todos dicen que no iba nunca. Yo lo comprendo. Debía de ser difícil enfrentarse con la realidad de su más poderoso fantasma literario. Tampoco Bolaño quiso nunca regresar a México, a pesar de que fue invitado una y otra vez. Siempre decía: “El día que vuelva a México ya no tendré de qué escribir”.
Es raro un mundo sin García Márquez. A pesar de que fue fundamental para mí y de que me ayudó en muchas ocasiones (por un empeño suyo fui diplomático) no podría considerarme su amigo del modo en que lo fueron otros. Pero lo quise mucho y la verdad es que no me acostumbro a su ausencia. Ya sé que llevaba varios años retirado, pero al estar vivo, aún sumergido en la desmemoria, seguía diciendo cosas extraordinarias. Se hará famoso eso que le dijo a Roberto Pombo: “Sé que te quiero mucho, pero no sé por qué”. O lo que le dijo a Héctor Abad, refiriéndose a su casa cartagenera: “No sé de quién sea, pero nosotros sembramos árboles y nos quedamos”.
Uno de los momentos que más me intriga de su vida es su periodo de formación. El enorme carisma que debía tener. Increíble que siendo tan pobre y de un pueblo insignificante como Aracataca haya seducido nada menos que a un aristócrata como Álvaro Cepeda Samudio y a un joven rico y del jet set como Julio Mario Santo Domingo. ¡La crema de la burguesía barranquillera rendida ante un pobre y descamisado de Aracataca que aún no era García Márquez! Algo parecido le pasó en México una década más tarde. Al poco de llegar se hizo amigo íntimo nada menos que de Carlos Fuentes, el novelista más famoso de México, rico, elegante y guapo, políglota, casado con la actriz Rita Macedo, cosmopolita, en fin. Yo que he sido inmigrante y que viví las dificultades de esa situación, he pensado siempre en la irresistible atracción que debía emanar de García Márquez para que las puertas se le abrieran de ese modo, teniendo en principio tanto en contra. Esa fuerza estaba en su pluma, claro. Estas personas tan selectas lo aceptaban y admiraban porque lo habían leído, y sabían que era sólo cuestión de tiempo antes de que ese joven flaco y humilde pasara al comando del pelotón. La suya es una historia humana emocionante y por eso lo sigo extrañando. Ahora todo concluyó y nos queda el mundo sin él pero con sus libros. Un mundo que, por ellos, es mejor del que él encontró al llegar.

La Asamblea General de la ONU rendirá mañana homenaje a Gabriel García Márquez

Homenaje.La Asamblea General de la ONU celebrará mañana, jueves, una sesión en la que rendirá homenaje al Premio Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez, fallecido el pasado mes de abril

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad./lainformacion.com
La conmemoración se realizará a solicitud del Grupo de Amigos del Español en las Naciones Unidas (GAE), constituido el 16 de septiembre de 2013, cuando todos los Estados miembros de habla hispana suscribieron su carta constitutiva.
El español es el idioma oficial de 20 países del mundo, 19 de los cuales son Estados miembros de la ONU. El Instituto Cervantes calcula que más de 495 millones de personas lo hablan y que para 2030 solo el chino superará al español como idioma nativo

La historia detrás de la última foto de Gabo

Hace un año fue tomada una de las fotos más representativas del Nobel. Su autor cuenta cómo la logró

Gabo y su última foto de estudio/Mauricio Ángel./eltiempo.com



Hace un año fue tomada una de las fotos más representativas del Nobel. Su autor cuenta cómo la logró

martes, 10 de marzo de 2015

Una sola obra

Gabriel García Márquez es autor de una sola obra de teatro, un monólogo que es en definitiva la forma primaria de la escena: Diatriba de amor contra un hombre sentado

Gabriel García Márquez en el estreno de El coronel no tiene quien le escriba, del grupo venezolano Rajatabla, en 1989./elcultural.es
No se le recordará a García Márquez por su teatro, sino por su narrativa de dimensiones colosales; pero como a todos los grandes escritores le tentó la escena, aunque no con la intensidad y ambición de Vargas Llosa recientemente rescatado por el Español. Todo gran escritor aspira a algo que escapa del ámbito que le es propio, del don por el que fue agraciado por la naturaleza. Cervantes, desposeído de la hegemonía teatral por el genio de Lope, quería ser poeta y lamentaba estar privado de los dones que no quiso darle el cielo; la reverberación poética también al fondo. De no haber escrito el Quijote, Cervantes sería la gran víctima de Lope, el sacrificado histórico en lo que más amaba: el teatro y la poesía.
Gabriel García Márquez es autor de una sola obra de teatro, un monólogo que es en definitiva la forma primaria de la escena: Diatriba de amor contra un hombre sentado. Se han hecho adaptaciones, más o menos afortunadas, de Cien años de soledad y de Crónica de una muerte anunciada. Pero a cualquiera que conozca el lenguaje de la narrativa de García Márquez y la esencia del lenguaje teatral, se le ocurre que meter Macondo en un escenario es misión casi imposible; aunque pueda parecer que Macondo es un escenario, una invención teatral. Ocurre algo parecido con el Quijote que, independiente del amor explícito al teatro, que en él manifiesta Cervantes, tiene una estructura teatral: el mundo como gran escenario de las peripecias de la vida, una especie de metateatralidad que a veces, en menor grado, pueden detectarse en Macondo: los personajes manifestándose mediante nebulosas referencias de estirpe escénica. Pero así como en las ocho obras de Vargas Llosa hay una idea concreta de teatro, totalmente ajena a sus grandes novelas, en García Márquez no hay una vocación tan definida de dramaturgo, de autor específicamente teatral. Su monólogo Diatriba de amor contra un hombre sentado no presenta complejidades escenográficas: una mujer habla y un hombre escucha. Nada más, pero suficiente para definir el hecho teatral, la simplicidad con la que siempre hemos definido el teatro, el más puro, sin el aparataje escénico que tantas veces lo desvirtúa.

En ocasiones he definido el teatro de Vajtangov y la escuela rusa por él representada como precedente o como afinidad con el realismo mágico. Y en esta tendencia estilística, en esa poética de su narrativa García Máquez es un maestro indiscutible. Macondo como la palabra Rosebud, de Ciudano Kane, es el enigma y, a la vez, la solución de todos los enigmas. De Cien años se hizo Memoria y olvido de Ursula Iguarán, muy celebrada en Hispanoamérica y no vista aquí; un mero apunte de las posibilidades infinitas e imposibles de Macondo. De Crónica de una muerte anunciada, Jorge Alí Triana hizo en 2000 una adaptación que no trascendió demasiado. Posteriormente La Cuadra, de Salvador Távora, le imprimió su carácter ritual, su peso andaluz e iconográfico en un espectáculo que sí trascendió, al menos en España. Si alguien puede conectar con ese realismo mágico, base de casi todo el boom narrativo hispanoamericano, es el realismo mágico andaluz.

La narrativa de García Márquez es la transcripción de la realidad hispanoamericana; lo mágico es la normalidad, su teatralidad. De ahí que García Márquez se defina como un escritor absolutamente realista, un realismo basado en el acto fundacional de la palabra que, sobre la realidad fundante, crea una suprarrealidad mágica.

Los problemas teatrales de los novelistas en general y de García Márquez en particular son la tendencia a la narratividad y a confundir el lenguaje literario con el lenguaje teatral. Los personajes tienden a moverse por impulsos explicativos más que por impulsos dramáticos y dialécticos: la dialéctica escénica. En el libro la palabra les pertenece, pero en el escenario la palabra pertenece a los intérpretes y al director. Yo creo que este es un temor insuperable, incluso del dramaturgo avezado; cuanto más en aquellos que llegan al teatro como expresión colateral. En Diatriba de amor contra un hombre sentado, Gabriel García Márquez halló en 1988 a la colombiana Laura García, médium ideal y soñado para esa mujer que increpa, acusa, recuerda, desvela las zonas oscuras de un marido en apariencia irreprochable.

Años más tarde Gabo, en España, halló otra intérprete ideal para su personaje: una espléndida Ana Belen llena de amor, dolor, cinismo y rencores. Un torrente de agravios y de insultos. Todo cambia y se resquebraja desde el primer momento del amor; todo se convierte en cenizas. No es una rebeldía, sino una relación de hechos; es un quejido y, a veces, un regüeldo. Agravios. Y amor. Dice al final la mujer en su Diatriba: “a pesar de todo esto que te he dicho, cabrón, quiero decirte que te amo”.

Literatura que alimenta en la librería Casa Tomada

En este lugar hacen realidad las recetas de los libros. El próximo sábado: Gabo

El encuentro de literatura y gastronomía se realiza los últimos sábados de cada mes./eltiempo.com
Es casi la 1 p. m. y el ruidoso timbre de la librería Casa Tomada comienza a sonar con más frecuencia. Es el último sábado del mes y el lugar se prepara para brindar un almuerzo inspirado en una obra literaria.
El olor dulce de lo que parece un postre recién hecho se cuela por entre los estantes repletos de libros y despierta el apetito de los asistentes, que degustarán unas torrejas en almíbar perfumano con anís y limón, como las que Leonardo Padura consignó en las páginas de La neblina del ayer. En otra sesión, fue el Champán rosado y aceitunas en romero, el aperitivo en La cena, de Herman Koch.
Algunos llegaron allí gracias a otro arte, la música:“Soy cantante lírico y venía haciendo charlas sobre ópera y comida; de ahí nació la idea”, cuenta Leandro Carvajal, el ‘chef lector’ de la librería y encargado de preparar el almuerzo cada mes.
La frecuencia del evento responde a la idea de darles a los visitantes el tiempo de leer los textos. “Creemos que un mes es suficiente para que lean los libros. Además, es una nueva forma de leer, porque se busca la gastronomía en el texto”, comenta Ana María Aragón, dueña de la librería.
“La primera vez que lo hicimos fue muy experimental; el tema fue Marcel Proust, no un libro, sino toda su obra”, recuerda Carvajal, quien además confiesa que nunca hace una prueba de los menús, sino que arriesga todo en la versión final.
En esa ocasión se sentaron a la mesa con un banquete francés frente a ellos, pero, una vez allí, se dieron cuenta de que no tenían a nadie que hablara de Proust, así que el siguiente paso fue tener siempre a un personaje que hilara el encuentro alrededor de la literatura.
Para el segundo encuentro escogieron la novela mexicana Como agua para chocolate, de Laura Esquivel, y aunque estaban listo, se ‘enfrentaron’ a dos expertas inesperadas. “Vinieron dos mexicanas, que, para mi sorpresa, eran de la zona de donde hice el mole. Estaba nervioso y ellas bromeaban con evaluarme; afortunadamente salieron encantadas”, cuenta Carvajal.
El encuentro ha mejorado tanto con cada edición que ahora también realizan una charla netamente literaria en el ático de la casa.
“El invitado no tiene que ser especialista en el tema; a veces son personas aficionadas que terminan hablando de la obra con tanta pasión que parecen expertas”, confiesa Aragón.
Sin embargo, cuando la actividad se hace con expertos, es difícil decidir si se asiste por la obra, por la comida o por el invitado. Por ejemplo, el próximo sábado 31 de mayo, el encuentro se hará alrededor de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y a la mesa se sentará Conrado Zuluaga, uno de los principales biógrafos del Nobel colombiano.
“El filtro de este evento no es que las novelas hablen de comida, sino que sean muy buenas obras literarias”, aclara Aragón, quien además diseña la programación de todo el año desde el mes de enero.
Próximas fechas
31 de mayo: Cien años de soledad, Gabriel García Marquez.
28 de junio: El festín de Babette, Isak Dinesen.
26 de julio: El gourmet solitario, Jiro Taniguchi.
30 de agosto: La cena de los infieles, Beryl Bainbriedge
27 de septiembre: La espuma de los días, de Boris Viam.
25 de octubre: Diario de invierno, Paul Auster.
29 de noviembre: El patio de los vientos perdidos, Roberto Burgos Cantor.
20 de diciembre: Doña flor y sus dos maridos, Jorge Amado.
¿Dónde Y cuándo?
Librería Casa Tomada. Transversal 19 bis n.° 45D-23, Bogotá. Teléfono: 245– 1655. Valor: 50.000 pesos.

lunes, 9 de marzo de 2015

La Luna sobre Macondo

Lunada Literaria

Los invitamos a participar de la Lunada Literaria, homenaje a nuestro Nobel Gabriel García Márquez 

Viernes 23 de mayo
5:00 p.m.
Aula Múltiple

García Márquez: torneos entre el cuento fantástico y la magia

Homenaje. A un mes de la muerte del Nobel colombiano, Gabriel García Márquez, Pablo De Santis analiza su impacto en la literatura argentina

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad./revista Ñ.
El impacto de Cien años de soledad sobre los lectores argentinos ha sido contundente y prolongado; el de la obra de García Márquez sobre nuestra literatura fue débil y breve.
Dos rasgos de la literatura argentina sirvieron de muralla frente al realismo mágico. El primero: nuestra literatura siempre fue urbana. Los ejemplos de narraciones ambientadas fuera de las grandes ciudades son excepciones y desvíos. El segundo es el dominio que la literatura fantástica ha ejercido sobre nuestra tradición literaria. En el realismo mágico los prodigios se suceden y nadie se sorprende. Lo sobrenatural no es único, sino plural.
En la literatura fantástica (como ocurre en los cuentos de Borges, de Bioy Casares o de Cortázar) hay un mundo real cuyas reglas son interrumpidas por un hecho imposible (un aleph, ese punto donde están todos los puntos del universo, un libro de páginas infinitas, un viaje en el tiempo, un fantasma). Y ese hecho es único, y se convierte para los personajes en interrogante y obsesión. En el realismo mágico, los personajes conviven con la maravilla. El lector de García Márquez conoce la sorpresa; los habitantes de Macondo, no. El cuento fantástico, en cambio, es terreno del asombro. Por otra parte el realismo mágico, al presentar una “fantasía de izquierda” (digamos: “mariposas amarillas más revolución”) chocaba con la tradición argentina, donde la izquierda defendió siempre el realismo, mientras que los escritores de literatura fantástica rechazaban el marxismo (aunque no tanto como al peronismo). Julio Cortázar es la excepción, pero sólo a primera vista: en los años sesenta su compromiso político creció en la medida en que disminuyó su amor por lo fantástico.
Ha habido escritores que en algún momento de su obra se han acercado a García Márquez, pero son casos singulares y esporádicos. En 1974 Eduardo Belgrano Rawson publicó No se turbe vuestro corazón , su primera novela. (Aparecía en la portada la foto de un militar con recios bigotes: el modelo era Alberto Laiseca). Era una epopeya en la que se mezclaban la historia y la aventura; y lo que se contaba era menos un destino individual que la suerte de una región. Ya en su siguiente libro, El náufrago de las estrellas (1979), Belgrano Rawson se alejó por completo de esta influencia y encontró una voz absolutamente personal y un territorio, la Patagonia, al que luego dedicaría otra gran novela: Fuegia .
Una obra mucho más afín con el mundo de García Marquez es la de María Granata, en cuyas páginas abundan los fantasmas y los prodigios. En el pueblo donde transcurre Los viernes de la eternidad se cruzan vivos y muertos. Esta novela ganó el premio Emecé en 1970 y fue llevada al cine por Héctor Olivera en 1981.
Daniel Moyano toma el lado más político del realismo mágico en tres de sus novelas: El trino del diablo (1974), El vuelo del tigre (1981) y Tres golpes de timbal (1989). Lo fantástico ya se convierte en absurdo, y por ese camino se llega a la alegoría. La tradición de la literatura fantástica siempre exigió un héroe individual; Moyano se aleja de este rasgo de lo fantástico para poner en el centro de la escena a un pueblo entero en busca de supervivencia. Sus novelas, sin embargo, no llegan a la excelencia de sus cuentos (como Los mil días , Una partida de tenis o a rtista de variedades ), que son un tesoro escondido de la literatura argentina. En muchos de ellos Moyano evoca su infancia, los largos años en los que fue enviado de la casa de un tío a la casa de otro. En algunos relatos estas familias provisorias aparecen como un refugio; en otros como una maldición. Siempre está en el centro la figura de un tío o abuelo de perfil legendario.
La obra de García Márquez ha tenido mayor efecto en las formas de leer que en las formas de escribir. Ha servido para que descubramos que puede existir una gran literatura fuera del ámbito urbano. En la literatura argentina el campo apareció casi siempre desde la óptica de la ciudad: tanto el narrador de Don Segundo Sombra , de Ricardo Güiraldes, como el de Los galgos, los galgos , de Sara Gallardo, son hombres de la ciudad, que buscan lejos de su casa el paraíso perdido. El boom de la literatura latinoamericana preparó a los lectores para la obra de Héctor Tizón –que evocó en sus novelas y cuentos el norte argentino– o Haroldo Conti, que llevó su literatura hacia el Delta en su primera novela, Sudeste .
La obra de García Márquez pesó sobre todo en la última novela de Conti, Mascaró, el cazador americano (1975), cuyos protagonistas son los integrantes de un circo. Como en la obra de Moyano, en la de Conti los elementos fantásticos o al menos insólitos toman el camino de la alegoría política. Tampoco encontramos aquí un protagonista individual sino que son los artistas de un circo, ese pueblo errante, el héroe colectivo de la historia.
En una reciente columna en The New York Times en la cual reconoce su profunda deuda con Gabriel García Márquez, Salman Rushdie escribe: “El problema con el término ‘realismo mágico’ es que cuando las personas lo dicen o lo escuchan, solamente están escuchando o diciendo mitad de la frase: ‘mágico’ sin prestar atención a ‘realismo’. Si el realismo mágico sólo fuera mágico no sería importante. Sería una escritura caprichosa donde cualquier cosa puede pasar porque no tiene efecto. Es porque tiene raíces en lo real, porque crece de lo real y lo ilumina de maneras bellas e inesperadas, que funciona”.
Lo que encontró Rushdie en Macondo es un reflejo de su realidad cotidiana en India y Pakistán. “Su mundo era el mío, traducido al castellano”, escribe Rushdie; su gran novela de 1980 –“Hijos de la medianoche”– abraza los métodos de García Márquez abiertamente: eventos fantásticos (todos los niños nacidos precisamente a la medianoche del 15 de agosto de 1947 –la fecha de independencia de la India– tienen poderes telepáticos entre ellos) sirven como base de una narrativa histórica que reflexiona sobre las profundas realidades de su país. Rushdie seguiría utilizando el realismo mágico en todas sus novelas, incluyendo “Los versos satánicos”, la cual le valió una condena de muerte, por blasfemia, del Ayatollah Khomeini. Hoy Rushdie reconoce a Gabo como “el más grandioso de todos nosotros” pero en 1989 intentaba, como el apóstol Pedro, negar a su maestro. En una entrevista en BOMB Magazine dijo entonces: “No veo muchas similitudes entre mi obra y la de García Márquez. Cuando escribí mi primera novela, ni siquiera lo había leído... Yo me considero un escritor urbano”.
Los años, sin embargo, parecen haberle apaciguado la angustia de las influencias y hoy puede decir las cosas como son.

domingo, 8 de marzo de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
Monólogo de Isabel viendo llover sobre Macondo
El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar un broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: “Es viento de agua”. Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas. Durante el resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al pasamano, alegre de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora de almuerzo: “Cuando llueve en mayo es señal de que habrá buenas aguas”. Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva estación, mi madrastra me dijo: “Eso lo oíste en el sermón”. Y mi padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin dormir, como para creer que soñaba despierto.
Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una substancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. “Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra”, dijo mi madrastra. Y yo noté que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. “Creo que sí —dije—. Será mejor que los guajiros las pongan en e corredor mientras escampa”. Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como árbol inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: “Debe ser que anoche dormí mal, porque me he amanecido doliendo el espinazo”. Y estuvo allí, sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia el jardín vacío. Solo al atardecer, después que se negó a almorzar dijo: “Es como si no fuera a escampar nunca”. Y yo me acordé de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me acordé de las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una agobiadora tristeza.
Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: “Es aburridora esta lluvia”. Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la lluvia. “Aburridora no —dije. Lo que me parece es demasiado triste es el jardín vacío y esos pobre árboles que no pueden quitarse del patio”. Entonces me volvía mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una voz que me decía: “Por lo visto no piensa escampar nunca”, y cuando miré hacia la voz, sólo encontré la silla vacía.
El martes amaneció una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con palos y ladrillos, Pero la vaca permaneció imperturbable en el jardín, dura, inviolables, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acostaron hasta cuando la paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: “Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como vino”.
Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortajada en el corazón. El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de los zapatos, No se sabía qué era más desagradable, si la piel al descubierto o el contacto con la ropa en la piel. En la casa había cesado toda actividad. Nos sentamos en el corredor, pero ya no contemplábamos la lluvia como el primer día. Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida. Yo sabía que era martes y me acordaba de las mellizas de San Jerónimo, de las niñas ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces. Por encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de las mellizas ciega y las imaginaba en su casa, acuclilladas, aguardando a que cesara la lluvia para salir a cantar. Aquel día no llegarían las mellizas de San Jerónimo, pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el corredor después de la siesta, pidiendo como todos los martes, la eterna ramita de toronjil.
Ese día perdimos el orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar. Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Solo la vaca se movió en la tarde- De pronto, un profundo rumor sacudió sus entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y digna ceremonia de total derrumbamiento. “Hasta ahí llegó”, dijo alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la ramita de toronjil. Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese ambiente sobrecogedor si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La casa estaba en desorden; los guajiros, sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecunda por la repugnante flora de la humedad y de las tinieblas. Yo estaba en la sala contemplando el desierto espectáculo de los mueble amontonados cuando oí la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una pulmonía. Solo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba en los tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa superficie de agua viscosa y muerta.
Al mediodía del miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes, rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente llegaba, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos. Hechos ocurridos el domingo, cuando todavía la lluvia era el anuncio de una estación providencial, tardaron dos días en conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron las noticias, como empujadas por el propio dinamismo interior de la tormenta. Se supo entonces que la iglesia estaba inundada y se esperaba su derrumbamiento. Alguien que no tenía por qué saberlo, dijo esa noche: “El tren no puede pasar el puente desde el lunes. Parece que el río se llevó los rieles”. Y se supo que una mujer enferma había desaparecido de su lecho y había sido encontrada esa tarde flotando en el patio.
Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios pensamientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor. “Ahora tenemos que rezar”, dijo. Y yo vi su rostros seco y agrietado, como si acabara de abandonar una sepultura o como si estuviera fabricada en una substancia distinta de la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: “Ahora tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio”. Tal vez había dormido un poco esa noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el de los cuerpos en descomposición. Sacudía con fuerza a Martín, que roncaba a mi lado. “¿No lo sientes?”, le dije. Y él dijo “¿Qué?” Y yo dije: “El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles”. Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: “Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones”.
Al amanecer del jueves cesaron los olores, se perdió el sentido de las distancias. La noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desapareció por completo. Entonces no hubo jueves. Lo que debía ser lo fue una cosa física y gelatinosa que había podido apartarse con las manos para asomarse al viernes. Allí no había hombres ni mujeres. Mi madrastra, mi padre, los guajiros eran cuerpos adiposos e improbables que se movían en el tremedal del invierno. Mi padre me dijo: “No se mueva de aquí hasta cuando no le diga lo qué se hace”, y su voz era lejana e indirecta y no parecía percibirse con los oídos sino con el tacto, que era el único sentido que permanecía en actividad.
Pero mi padre no volvió: se extravió en el tiempo. Así que cuando llegó la noche llamé a mi madrastra para decirle que me acompañara al dormitorio. Tuve un sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche- Al día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi consciencia no había despertado por completo. Entonces oí el pito del tren. El pito prolongado y triste del tren fugándose de la tormenta. “Debe haber escampado en alguna parte”, pensé, y una voz a mis espaldas pareció responder a mi pensamiento: “Dónde...”, dijo. “¿quién esta ahí?”, dije yo, mirando. Y vi a mi madrastra con un brazo largo y escuálido extendido hacia la pared. “Soy yo”, dijo Y yo le dije: “¿Los oyes?” Y ella dijo que sí, que tal vez habría escampado en los alrededores y habían reparado las líneas. Luego me entregó una bandeja con el desayuno humeante. Aquello olía a salsa de ajo y manteca hervida. Era un plato de sopa. Desconcertada le pregunté a mi madrastra por la hora. Y ella, calmadamente, con una voz que sabía a postrada resignación, dijo: “Deben ser las dos y media, más o menos. El tren no lleva retraso después de todo”. Yo dije: “¡Las dos y media! ¡Cómo hice para dormir tanto!” Y ella dijo: “No has dormido mucho. A lo sumo serían las tres”. Y yo, temblando, sintiendo resbalar el plato entre mis manos: “Las dos y media del viernes...”, dije. Y ella, monstruosamente tranquila: “Las dos y media del jueves, hija. Todavía las dos y media del jueves”.
No sé cuanto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Solo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: “Ahora puedes rodar la cama para ese lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí el ruido de los ladrillos en el agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso, Sentí el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas. Y súbitamente sentí el corazón convertido en una piedra helada. “estoy muerta —pensé—. Dios. Estoy muerta”. Di un salto de la cama. Grite: “¡Ada, Ada!” La voz desabrida de martín me respondió desde el otro lado: “No pueden oírte porque ya están fuera”. Solo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte. Después se oyeron pisadas en el corredor. Se oyó una voz clara y completamente viva. Luego un vientecito fresco sacudió la hoja de la puerta, hizo crujir la cerradura, y un cuerpo sólido y momentáneo, como una fruta madura, cayó profundamente en la alberca del patio. Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad.
“Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado”.

viernes, 6 de marzo de 2015

Con una ‘Máquina de la memoria’ se celebra el cumpleaños de Gabriel García Márquez

El proyecto invita a conmemorar el aniversario del Nobel, enviando mensajes con la etiqueta #MáquinadelaMemoria en los que se redefina la utilidad de objetos, conceptos y sentimientos

Gabriel García Marquez que estás en los cielos: 1927-2014./elespectador.com,lavanguardia.com

El 6 de marzo de 1927, hace 88 años, en Aracataca, Magdalena, nació el que sería el autor de Cien años de Soledad. Colombia recuerda este viernes al Nobel Gabriel García Márquez (1927-2014), el día en que se cumple otro año de su nacimiento, con una "máquina de la memoria" que exalta el valor de la palabra escrita que se inspira en la peste del insomnio que asoló Macondo en la obra cumbre del escritor colombiano.
El proyecto, impulsado por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia, el Ministerio de Educación, la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá, la Cámara Colombiana del Libro y Corferias, invita todos los colombianos a unirse a la conmemoración con motivo del aniversario del Nobel (en el año que cuenta con Macondo como invitado de honor a la FILBo 2015, que irá del 21 de abril al 4 de mayo), para que envíen mensajes a través de Twitter con la etiqueta #MáquinadelaMemoria en los que redefinan la utilidad de los objetos, conceptos y sentimientos cotidianos.
Amor, literatura, perdón, ficción, justicia, sexo, memoria, poder, escritura, paz, amigo, educación, historia, soledad, libro, política, actor, equidad, Internet, biblioteca, reconciliación, guerra, inteligencia, política, lector, entre otras, serán algunas de las palabras que definirán los colombianos a través de las redes sociales, según informó la Biblioteca Nacional.
Todos los mensajes formarán parte de una exposición que comenzará el próximo 17 de abril, cuando se cumple un año del fallecimiento del escritor que nació en Aracataca, un pueblo del departamento caribeño del Magdalena. (Ver galería Cien Años de Soledad en 30 frases).
Para iniciar la rueda de mensajes, tanto el Ministerio de Cultura como la Biblioteca Nacional abrieron el llamado con una redefinición de paz: "estado de cosas para no morir en el intento".
Con ello no solo recordarán al premio nobel de Literatura de 1982, sino que además se servirán de las palabras que talló en su obra cumbre, Cien Años de Soledad, en la que describe como los habitantes del pueblo imaginario de Macondo sufrieron una "peste del insomnio" que causaba el olvido.
"Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad", narró García Márquez en "Cien años de soledad".
Entonces, José Arcadio Buendía, uno de los fundadores de Macondo, colgó letreros para que los habitantes del pueblo lucharan contra el olvido.
"Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche", narra en la novela.
Según el relato, "así continuaron viviendo, en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita".

Estampas de García Márquez 

Nos asomamos a los 'cuadros vivos', de origen religioso, que recrean en Colombia el mundo literario de su premio Nobel. Una fiesta del realismo mágico 

Santo subito. Eso es Gabriel García Márquez en Colombia, alguien ascendido a los altares nada más morir, hasta el punto de que, aún no transcurrido un año desde su desaparición, su vida y su obra han sido adoptadas por una comunidad, digamos, parateatral especializada en estampas religiosas, los Cuadros Vivos de la localidad de Galeras, en el departamento de Sucre. Así, se acaban de mostrar en Cartagena de Indias, durante el Hay Festival, más de veinte estampas basadas en episodios vividos o imaginados por el Nobel. Una iniciativa a caballo entre el teatro y la performance que va a itinerar por diversos lugares de Latinoamérica.

Remedios la Bella ascendiendo a los cielos, un patriarca-zombi saliendo de la tumba, el cadáver ensangrentado de Santiago Nasar... e incluso una puta triste yaciendo en un lecho junto al escritor, quien, sentado, la coge respetuosamente de la mano mientras lee una novela. Desde la calle Don Sancho hasta la plaza de la Merced, en el recinto amurallado de Cartagena de Indias -la zona turística de esta ciudad efervescente-, el visitante no encuentra un rincón sin referente macondiano y comprende por qué se le llama a esto "la puesta en escena más grande de Colombia".

¿Cómo definirlo? Para el crítico Eduardo Serrano, los cuadros vivos "son pinturas, esculturas, fotografías o simplemente ideas encarnadas, literalmente, por personajes del pueblo que posan inmóviles durante largos lapsos en cumplimiento de la posición asignada".

Se trata de una tradición que los galeranos llevan más de cien años realizando y que ha sido declarada patrimonio inmaterial de la nación -se ha iniciado el proceso para que la Unesco también la reconozca-. Todos sus actores y creadores provienen de ese pueblecito de Sucre, de apenas 12.000 habitantes. "Este año, quisimos homenajear a Gabo", afirma Samuel Jaraba, secretario de los Cuadros Vivos, quien destaca la raíz espontánea y popular de estas representaciones estáticas y efímeras, que organizan los propios estudiantes y vecinos. "El pueblo entero se moviliza, trabajando durante meses, ofreciendo muebles, tejiendo ropa...". Por eso, dondequiera que uno pregunte quién hace los cuadros, se recibe una respuesta a lo Fuenteovejuna: "¡Todo el pueblo de Galeras, señor!".

La antropóloga Gloria Triana nos explica, entre el bullicio, que "a esto que ustedes ven aquí se le llama vestir calles, invadir un barrio entero con estas estampas, cuyo origen es religioso, vinculado a la festividad de los Reyes Magos. Con la evangelización de las colonias, se intentó arraigar la tradición española de los autos sacramentales, así que, al toparse con los ritos indígenas y africanos, adoptaron algunos de sus temas, integrándolos en el cristianismo. Como los españoles no tenían a santos para sus procesiones, pusieron a la gente a hacer de estatuas".

Sorprende el alto conocimiento de la obra de García Márquez que exhibe la gente del pueblo, desde los niños hasta los abuelos. "¡Mira, mamá, el farmacéutico!", exclama Ámbar, de 12 años, sabiendo perfectamente que se trata de Gabriel Eligio, el padre del escritor, especialista en homeopatía (en Europa se sigue creyendo que fue telegrafista, una ocupación que ejerció pero durante poco tiempo).

Jaraba explica que "hacer volar a Remedios no fue un problema, porque llevamos décadas haciendo volar ángeles. Aparte de Gabo, tenemos infinidad de temas, en 1989 empezamos a escenificar cuestiones no religiosas y hemos hecho desde la muerte de Sócrates hasta protestas contra la guerra. Las puestas en escena suelen durar unas dos horas porque es necesario descansar de la inmovilidad".

Además de las escenas que aparecen en estas páginas, hay varias protagonizadas por Remedios la Bella -volando, tocando de pies en el suelo-, La Candelaria (patrona de Cartagena), Florentino Ariza y Fermina Daza (la pareja de El amor en los tiempos del cólera), otras tituladas El cataclismo de Damocles (un discurso social de Gabo en 1986), La soledad del patriarca (alusión a su otoñal dictador de ficción) o una referencia a la senilidad que acompañó al autor durante sus últimos años, en Alzheimer en Macondo, en una línea más cercana a las visiones críticas o irónicas de las comparsas de los carnavales. Lo fúnebre, lo sensual y lo épico se entremezclan aquí en un todo lúdico, festivo y vital.

García Márquez tendrá su calle o plaza en Madrid

Gabriel García Márquez será recordado en Madrid dando nombre a una calle, plaza o espacio público, tal y como se ha aprobado por unanimidad en la comisión de Las Artes, Deporte y Turismo

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad, tendra su calle en Madrid. España./lainformacion.com
El escritor  colombiano, fallecido el pasado 17 de abril, recibió el 1982 el Premio Nobel de Literatura. Impulsor del realismo mágico con  Cien años de soledad  publicada en 1967, consiguió vender en dos semanas un total de 8.000 ejemplares.
Los grupos políticos se reservan para el Pleno de la semana que viene las intervenciones sobre la decisión adoptada. Por otro lado, el presidente del Pleno, Ángel Garrido, ha iniciado la comisión felicitando al Atlético de Madrid por su triunfo el pasado sábado conquistando la Liga. Garrido, un reconocido colchonero, ha alabado la "mericidísima victoria" y el trabajo del cuerpo técnico y de la plantilla.

jueves, 5 de marzo de 2015

El García Márquez que amamos

Aniversario. Al cumplirse un mes del deceso del escritor, Germán Santamaría destaca la universalidad de Gabo

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad que se vendieron en vida de Gabo cuarenta millones de ejemplares./Claudio Rubio./eltiempo.com
Lisboa. Aquel jueves Santo no falleció un gran escritor, o un notable artista, o simplemente un personaje muy famoso.


La noticia recorrió como un fantasma el mundo y la opinión de la gran prensa internacional fue unánime: murió Gabriel García Márquez, el genio de la literatura universal. Y los genios no nacen ni mueren todos los días.


No fue su éxito global lo que lo consagró, así asombre que haya hasta ahora vendido más de 40 millones de ejemplares de su obra esencial, Cien años de soledad, vertida a 42 lenguas de la Tierra, desde el mongol hasta el wayuunaiki, pasando por supuesto y hermosamente por el portugués.


Es un genio porque llevó a su idioma, a su lengua nativa, el castellano, al máximo nivel de exigencia estética y dimensión poética, y su novela cumbre se colocó de un solo golpe como el libro más importante escrito en este idioma desde cuando don Miguel de Cervantes escribió el Quijote.


Es decir, fue un salto de cinco siglos, entre el padre del idioma castellano y el creador de Macondo, un mundo mágico que totaliza la saga de grandeza, tragedia, amor y magia que constituyen la fuerza profunda y misteriosa de la vida en Colombia y Latinoamérica.


García Márquez al crear Macondo alcanzó algo que solo logran los artistas tocados por esa fuerza desconocida que ilumina a muy raros seres humanos.


Como la Biblia, como la Divina comedia, como la música de Mozart o Beethoven, como la suma mítica de los heterónimos de Pessoa, como el sureño territorio de Faulkner, como Picasso, este colombiano hijo de un telegrafista y una muchacha de pueblo, forjó en Macondo un universo en donde millones de habitantes de la Tierra suspiran y sueñan y donde, como lo han demostrado muchas encuestas, también muchos millones quisieran levitar después de muertos, porque es una auténtica dimensión del paraíso, el verdadero territorio de la utopía, el horizonte donde se juntan y se cumplen todas las profecías.


Gabriel García Márquez logró el milagro de habitar con su obra en la mente de todos los seres sensibles de la Tierra. Lo viven desde un portero huraño de un rascacielos de Nueva York o un granjero de Australia, hasta un riguroso profesor de Harvard y un exigente académico de Coimbra.


Sus novelas y cuentos, y aún toda su vasta obra periodística, tienen una belleza natural y sencilla, pero está siempre tocada por la fuerza inescrutable y arrasadora de lo desconocido.


Es una magia misteriosa que afecta de tal manera que hoy por hoy sea el escritor que más influye en la literatura árabe, simiente del realismo mágico, o en culturas tan distintas como la China, donde el reciente premio nobel Mo Yan afirmó que había descubierto y había decidido narrar lo que había vivido en su aldea al leer lo que García Márquez narraba en ese lugar remoto llamado Macondo.


García Márquez nació en un pueblo bananero de la costa Caribe colombiana, y donde hace tanto calor que los pájaros caen abrasados por el sol del mediodía.


Se crío con sus abuelos maternos, en una casa inmensa, y mientras la abuela evocaba la historia de los muertos familiares que aún deambulaban por los cuartos clausurados de esa casa infinita, el abuelo le narraba la historia de los muertos que se habían muerto de verdad a lo largo de las 32 guerras civiles que habían asolado al país.


De esta memoria, sacó todos sus personajes, mujeres y hombres como seres que solo caben en el tamaño de sus sueños, y creó una obra que retrató de cuerpo entero a su pueblo, Aracataca, convertido en Macondo, y a su país, Colombia, porque no hay un libro de García Márquez que no transcurra en Colombia.


Ciudadano del mundo, reconocido y admirado en Portugal, donde vino por dos semanas en junio de 1975 para escribir tres grandes crónicas sobre la Revolución de los Claveles, García Márquez se alimentó de toda la fuerza vital de Latinoamérica, desde su nativa Colombia, que le otorgó su única nacionalidad, hasta el México tumultuoso y hermoso que le dio generoso cobijó durante cinco décadas.


Los dos presidentes, Juan Manuel Santos y Enrique Peña Nieto, le hicieron la guardia de honor en el imponente Palacio de Bellas Artes, con las banderas tricolor y del águila azteca, y ojalá sus cenizas se conserven como reliquias en partes iguales en la tierra de estos dos pueblos hermanos, tan parecidos pero tan distintos como Aureliano y José Arcadio Buendía en Cien años de soledad.


Millones de lectores quedaron huérfanos pero felices en el mundo, porque su obra entró a la inmortalidad.


En lo personal, como antiguo periodista en Colombia, además de haberlo entrevistado en siete ocasiones, me queda un recuerdo que revivo con prepotente humildad.


Fue en Nueva York, un domingo de otoño, donde me llamó desde el hotel Plaza para decir que si lo podía acompañar a cine, porque su esposa Mercedes se había ido de compras. Entonces caminamos por la Quinta Avenida, que es donde realmente se sabe quién es conocido e importante en el mundo.


Mucha gente lo saludaba con asombro, al comprobar que García Márquez realmente existía.


En la penumbra del cine, después de pagar con emoción los boletos porque el Nobel había dejado la cartera en el hotel, allí en la tenue oscuridad, los dos solos en cine, no me pude concentrar en aquella película de Akira Kurosawa, porque éramos yo, el hijo de mi mamá, y el más grande colombiano de toda la historia, a mi lado el genio de literatura universal, y ahí fue cuando sentí la irresistible necesidad de cogerle la mano, como a aquella deseada novia de pueblo, para decirle que gracias por existir, que lo amábamos, porque era demasiado lo que había influido en nuestras vidas…


Acerca del autor



.Germán Santamaría. Periodista y novelista (1950), cinco veces ganador del Premio Simón Bolívar. Algunos de sus libros son: ‘Los días del calor’ (1970), ‘Marilyn’ (1974), ‘Morir último’ (1978), ’Crónicas’ (1981), ‘Colombia y otras sangres: diez años de  periodismo’ (1987), ‘No morirás’ (1992).


Desde 2011  se desempeña como embajador de Colombia en Portugal.