lunes, 9 de marzo de 2015

García Márquez: torneos entre el cuento fantástico y la magia

Homenaje. A un mes de la muerte del Nobel colombiano, Gabriel García Márquez, Pablo De Santis analiza su impacto en la literatura argentina

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad./revista Ñ.
El impacto de Cien años de soledad sobre los lectores argentinos ha sido contundente y prolongado; el de la obra de García Márquez sobre nuestra literatura fue débil y breve.
Dos rasgos de la literatura argentina sirvieron de muralla frente al realismo mágico. El primero: nuestra literatura siempre fue urbana. Los ejemplos de narraciones ambientadas fuera de las grandes ciudades son excepciones y desvíos. El segundo es el dominio que la literatura fantástica ha ejercido sobre nuestra tradición literaria. En el realismo mágico los prodigios se suceden y nadie se sorprende. Lo sobrenatural no es único, sino plural.
En la literatura fantástica (como ocurre en los cuentos de Borges, de Bioy Casares o de Cortázar) hay un mundo real cuyas reglas son interrumpidas por un hecho imposible (un aleph, ese punto donde están todos los puntos del universo, un libro de páginas infinitas, un viaje en el tiempo, un fantasma). Y ese hecho es único, y se convierte para los personajes en interrogante y obsesión. En el realismo mágico, los personajes conviven con la maravilla. El lector de García Márquez conoce la sorpresa; los habitantes de Macondo, no. El cuento fantástico, en cambio, es terreno del asombro. Por otra parte el realismo mágico, al presentar una “fantasía de izquierda” (digamos: “mariposas amarillas más revolución”) chocaba con la tradición argentina, donde la izquierda defendió siempre el realismo, mientras que los escritores de literatura fantástica rechazaban el marxismo (aunque no tanto como al peronismo). Julio Cortázar es la excepción, pero sólo a primera vista: en los años sesenta su compromiso político creció en la medida en que disminuyó su amor por lo fantástico.
Ha habido escritores que en algún momento de su obra se han acercado a García Márquez, pero son casos singulares y esporádicos. En 1974 Eduardo Belgrano Rawson publicó No se turbe vuestro corazón , su primera novela. (Aparecía en la portada la foto de un militar con recios bigotes: el modelo era Alberto Laiseca). Era una epopeya en la que se mezclaban la historia y la aventura; y lo que se contaba era menos un destino individual que la suerte de una región. Ya en su siguiente libro, El náufrago de las estrellas (1979), Belgrano Rawson se alejó por completo de esta influencia y encontró una voz absolutamente personal y un territorio, la Patagonia, al que luego dedicaría otra gran novela: Fuegia .
Una obra mucho más afín con el mundo de García Marquez es la de María Granata, en cuyas páginas abundan los fantasmas y los prodigios. En el pueblo donde transcurre Los viernes de la eternidad se cruzan vivos y muertos. Esta novela ganó el premio Emecé en 1970 y fue llevada al cine por Héctor Olivera en 1981.
Daniel Moyano toma el lado más político del realismo mágico en tres de sus novelas: El trino del diablo (1974), El vuelo del tigre (1981) y Tres golpes de timbal (1989). Lo fantástico ya se convierte en absurdo, y por ese camino se llega a la alegoría. La tradición de la literatura fantástica siempre exigió un héroe individual; Moyano se aleja de este rasgo de lo fantástico para poner en el centro de la escena a un pueblo entero en busca de supervivencia. Sus novelas, sin embargo, no llegan a la excelencia de sus cuentos (como Los mil días , Una partida de tenis o a rtista de variedades ), que son un tesoro escondido de la literatura argentina. En muchos de ellos Moyano evoca su infancia, los largos años en los que fue enviado de la casa de un tío a la casa de otro. En algunos relatos estas familias provisorias aparecen como un refugio; en otros como una maldición. Siempre está en el centro la figura de un tío o abuelo de perfil legendario.
La obra de García Márquez ha tenido mayor efecto en las formas de leer que en las formas de escribir. Ha servido para que descubramos que puede existir una gran literatura fuera del ámbito urbano. En la literatura argentina el campo apareció casi siempre desde la óptica de la ciudad: tanto el narrador de Don Segundo Sombra , de Ricardo Güiraldes, como el de Los galgos, los galgos , de Sara Gallardo, son hombres de la ciudad, que buscan lejos de su casa el paraíso perdido. El boom de la literatura latinoamericana preparó a los lectores para la obra de Héctor Tizón –que evocó en sus novelas y cuentos el norte argentino– o Haroldo Conti, que llevó su literatura hacia el Delta en su primera novela, Sudeste .
La obra de García Márquez pesó sobre todo en la última novela de Conti, Mascaró, el cazador americano (1975), cuyos protagonistas son los integrantes de un circo. Como en la obra de Moyano, en la de Conti los elementos fantásticos o al menos insólitos toman el camino de la alegoría política. Tampoco encontramos aquí un protagonista individual sino que son los artistas de un circo, ese pueblo errante, el héroe colectivo de la historia.
En una reciente columna en The New York Times en la cual reconoce su profunda deuda con Gabriel García Márquez, Salman Rushdie escribe: “El problema con el término ‘realismo mágico’ es que cuando las personas lo dicen o lo escuchan, solamente están escuchando o diciendo mitad de la frase: ‘mágico’ sin prestar atención a ‘realismo’. Si el realismo mágico sólo fuera mágico no sería importante. Sería una escritura caprichosa donde cualquier cosa puede pasar porque no tiene efecto. Es porque tiene raíces en lo real, porque crece de lo real y lo ilumina de maneras bellas e inesperadas, que funciona”.
Lo que encontró Rushdie en Macondo es un reflejo de su realidad cotidiana en India y Pakistán. “Su mundo era el mío, traducido al castellano”, escribe Rushdie; su gran novela de 1980 –“Hijos de la medianoche”– abraza los métodos de García Márquez abiertamente: eventos fantásticos (todos los niños nacidos precisamente a la medianoche del 15 de agosto de 1947 –la fecha de independencia de la India– tienen poderes telepáticos entre ellos) sirven como base de una narrativa histórica que reflexiona sobre las profundas realidades de su país. Rushdie seguiría utilizando el realismo mágico en todas sus novelas, incluyendo “Los versos satánicos”, la cual le valió una condena de muerte, por blasfemia, del Ayatollah Khomeini. Hoy Rushdie reconoce a Gabo como “el más grandioso de todos nosotros” pero en 1989 intentaba, como el apóstol Pedro, negar a su maestro. En una entrevista en BOMB Magazine dijo entonces: “No veo muchas similitudes entre mi obra y la de García Márquez. Cuando escribí mi primera novela, ni siquiera lo había leído... Yo me considero un escritor urbano”.
Los años, sin embargo, parecen haberle apaciguado la angustia de las influencias y hoy puede decir las cosas como son.

domingo, 8 de marzo de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
Monólogo de Isabel viendo llover sobre Macondo
El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar un broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: “Es viento de agua”. Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas. Durante el resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al pasamano, alegre de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora de almuerzo: “Cuando llueve en mayo es señal de que habrá buenas aguas”. Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva estación, mi madrastra me dijo: “Eso lo oíste en el sermón”. Y mi padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin dormir, como para creer que soñaba despierto.
Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una substancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. “Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra”, dijo mi madrastra. Y yo noté que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. “Creo que sí —dije—. Será mejor que los guajiros las pongan en e corredor mientras escampa”. Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como árbol inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: “Debe ser que anoche dormí mal, porque me he amanecido doliendo el espinazo”. Y estuvo allí, sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia el jardín vacío. Solo al atardecer, después que se negó a almorzar dijo: “Es como si no fuera a escampar nunca”. Y yo me acordé de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me acordé de las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una agobiadora tristeza.
Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: “Es aburridora esta lluvia”. Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la lluvia. “Aburridora no —dije. Lo que me parece es demasiado triste es el jardín vacío y esos pobre árboles que no pueden quitarse del patio”. Entonces me volvía mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una voz que me decía: “Por lo visto no piensa escampar nunca”, y cuando miré hacia la voz, sólo encontré la silla vacía.
El martes amaneció una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con palos y ladrillos, Pero la vaca permaneció imperturbable en el jardín, dura, inviolables, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acostaron hasta cuando la paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: “Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como vino”.
Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortajada en el corazón. El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de los zapatos, No se sabía qué era más desagradable, si la piel al descubierto o el contacto con la ropa en la piel. En la casa había cesado toda actividad. Nos sentamos en el corredor, pero ya no contemplábamos la lluvia como el primer día. Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida. Yo sabía que era martes y me acordaba de las mellizas de San Jerónimo, de las niñas ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces. Por encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de las mellizas ciega y las imaginaba en su casa, acuclilladas, aguardando a que cesara la lluvia para salir a cantar. Aquel día no llegarían las mellizas de San Jerónimo, pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el corredor después de la siesta, pidiendo como todos los martes, la eterna ramita de toronjil.
Ese día perdimos el orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar. Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Solo la vaca se movió en la tarde- De pronto, un profundo rumor sacudió sus entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y digna ceremonia de total derrumbamiento. “Hasta ahí llegó”, dijo alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la ramita de toronjil. Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese ambiente sobrecogedor si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La casa estaba en desorden; los guajiros, sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecunda por la repugnante flora de la humedad y de las tinieblas. Yo estaba en la sala contemplando el desierto espectáculo de los mueble amontonados cuando oí la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una pulmonía. Solo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba en los tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa superficie de agua viscosa y muerta.
Al mediodía del miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes, rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente llegaba, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos. Hechos ocurridos el domingo, cuando todavía la lluvia era el anuncio de una estación providencial, tardaron dos días en conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron las noticias, como empujadas por el propio dinamismo interior de la tormenta. Se supo entonces que la iglesia estaba inundada y se esperaba su derrumbamiento. Alguien que no tenía por qué saberlo, dijo esa noche: “El tren no puede pasar el puente desde el lunes. Parece que el río se llevó los rieles”. Y se supo que una mujer enferma había desaparecido de su lecho y había sido encontrada esa tarde flotando en el patio.
Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios pensamientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor. “Ahora tenemos que rezar”, dijo. Y yo vi su rostros seco y agrietado, como si acabara de abandonar una sepultura o como si estuviera fabricada en una substancia distinta de la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: “Ahora tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio”. Tal vez había dormido un poco esa noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el de los cuerpos en descomposición. Sacudía con fuerza a Martín, que roncaba a mi lado. “¿No lo sientes?”, le dije. Y él dijo “¿Qué?” Y yo dije: “El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles”. Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: “Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones”.
Al amanecer del jueves cesaron los olores, se perdió el sentido de las distancias. La noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desapareció por completo. Entonces no hubo jueves. Lo que debía ser lo fue una cosa física y gelatinosa que había podido apartarse con las manos para asomarse al viernes. Allí no había hombres ni mujeres. Mi madrastra, mi padre, los guajiros eran cuerpos adiposos e improbables que se movían en el tremedal del invierno. Mi padre me dijo: “No se mueva de aquí hasta cuando no le diga lo qué se hace”, y su voz era lejana e indirecta y no parecía percibirse con los oídos sino con el tacto, que era el único sentido que permanecía en actividad.
Pero mi padre no volvió: se extravió en el tiempo. Así que cuando llegó la noche llamé a mi madrastra para decirle que me acompañara al dormitorio. Tuve un sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche- Al día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi consciencia no había despertado por completo. Entonces oí el pito del tren. El pito prolongado y triste del tren fugándose de la tormenta. “Debe haber escampado en alguna parte”, pensé, y una voz a mis espaldas pareció responder a mi pensamiento: “Dónde...”, dijo. “¿quién esta ahí?”, dije yo, mirando. Y vi a mi madrastra con un brazo largo y escuálido extendido hacia la pared. “Soy yo”, dijo Y yo le dije: “¿Los oyes?” Y ella dijo que sí, que tal vez habría escampado en los alrededores y habían reparado las líneas. Luego me entregó una bandeja con el desayuno humeante. Aquello olía a salsa de ajo y manteca hervida. Era un plato de sopa. Desconcertada le pregunté a mi madrastra por la hora. Y ella, calmadamente, con una voz que sabía a postrada resignación, dijo: “Deben ser las dos y media, más o menos. El tren no lleva retraso después de todo”. Yo dije: “¡Las dos y media! ¡Cómo hice para dormir tanto!” Y ella dijo: “No has dormido mucho. A lo sumo serían las tres”. Y yo, temblando, sintiendo resbalar el plato entre mis manos: “Las dos y media del viernes...”, dije. Y ella, monstruosamente tranquila: “Las dos y media del jueves, hija. Todavía las dos y media del jueves”.
No sé cuanto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Solo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: “Ahora puedes rodar la cama para ese lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí el ruido de los ladrillos en el agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso, Sentí el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas. Y súbitamente sentí el corazón convertido en una piedra helada. “estoy muerta —pensé—. Dios. Estoy muerta”. Di un salto de la cama. Grite: “¡Ada, Ada!” La voz desabrida de martín me respondió desde el otro lado: “No pueden oírte porque ya están fuera”. Solo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte. Después se oyeron pisadas en el corredor. Se oyó una voz clara y completamente viva. Luego un vientecito fresco sacudió la hoja de la puerta, hizo crujir la cerradura, y un cuerpo sólido y momentáneo, como una fruta madura, cayó profundamente en la alberca del patio. Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad.
“Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado”.

viernes, 6 de marzo de 2015

Con una ‘Máquina de la memoria’ se celebra el cumpleaños de Gabriel García Márquez

El proyecto invita a conmemorar el aniversario del Nobel, enviando mensajes con la etiqueta #MáquinadelaMemoria en los que se redefina la utilidad de objetos, conceptos y sentimientos

Gabriel García Marquez que estás en los cielos: 1927-2014./elespectador.com,lavanguardia.com

El 6 de marzo de 1927, hace 88 años, en Aracataca, Magdalena, nació el que sería el autor de Cien años de Soledad. Colombia recuerda este viernes al Nobel Gabriel García Márquez (1927-2014), el día en que se cumple otro año de su nacimiento, con una "máquina de la memoria" que exalta el valor de la palabra escrita que se inspira en la peste del insomnio que asoló Macondo en la obra cumbre del escritor colombiano.
El proyecto, impulsado por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia, el Ministerio de Educación, la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá, la Cámara Colombiana del Libro y Corferias, invita todos los colombianos a unirse a la conmemoración con motivo del aniversario del Nobel (en el año que cuenta con Macondo como invitado de honor a la FILBo 2015, que irá del 21 de abril al 4 de mayo), para que envíen mensajes a través de Twitter con la etiqueta #MáquinadelaMemoria en los que redefinan la utilidad de los objetos, conceptos y sentimientos cotidianos.
Amor, literatura, perdón, ficción, justicia, sexo, memoria, poder, escritura, paz, amigo, educación, historia, soledad, libro, política, actor, equidad, Internet, biblioteca, reconciliación, guerra, inteligencia, política, lector, entre otras, serán algunas de las palabras que definirán los colombianos a través de las redes sociales, según informó la Biblioteca Nacional.
Todos los mensajes formarán parte de una exposición que comenzará el próximo 17 de abril, cuando se cumple un año del fallecimiento del escritor que nació en Aracataca, un pueblo del departamento caribeño del Magdalena. (Ver galería Cien Años de Soledad en 30 frases).
Para iniciar la rueda de mensajes, tanto el Ministerio de Cultura como la Biblioteca Nacional abrieron el llamado con una redefinición de paz: "estado de cosas para no morir en el intento".
Con ello no solo recordarán al premio nobel de Literatura de 1982, sino que además se servirán de las palabras que talló en su obra cumbre, Cien Años de Soledad, en la que describe como los habitantes del pueblo imaginario de Macondo sufrieron una "peste del insomnio" que causaba el olvido.
"Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad", narró García Márquez en "Cien años de soledad".
Entonces, José Arcadio Buendía, uno de los fundadores de Macondo, colgó letreros para que los habitantes del pueblo lucharan contra el olvido.
"Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche", narra en la novela.
Según el relato, "así continuaron viviendo, en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita".

Estampas de García Márquez 

Nos asomamos a los 'cuadros vivos', de origen religioso, que recrean en Colombia el mundo literario de su premio Nobel. Una fiesta del realismo mágico 

Santo subito. Eso es Gabriel García Márquez en Colombia, alguien ascendido a los altares nada más morir, hasta el punto de que, aún no transcurrido un año desde su desaparición, su vida y su obra han sido adoptadas por una comunidad, digamos, parateatral especializada en estampas religiosas, los Cuadros Vivos de la localidad de Galeras, en el departamento de Sucre. Así, se acaban de mostrar en Cartagena de Indias, durante el Hay Festival, más de veinte estampas basadas en episodios vividos o imaginados por el Nobel. Una iniciativa a caballo entre el teatro y la performance que va a itinerar por diversos lugares de Latinoamérica.

Remedios la Bella ascendiendo a los cielos, un patriarca-zombi saliendo de la tumba, el cadáver ensangrentado de Santiago Nasar... e incluso una puta triste yaciendo en un lecho junto al escritor, quien, sentado, la coge respetuosamente de la mano mientras lee una novela. Desde la calle Don Sancho hasta la plaza de la Merced, en el recinto amurallado de Cartagena de Indias -la zona turística de esta ciudad efervescente-, el visitante no encuentra un rincón sin referente macondiano y comprende por qué se le llama a esto "la puesta en escena más grande de Colombia".

¿Cómo definirlo? Para el crítico Eduardo Serrano, los cuadros vivos "son pinturas, esculturas, fotografías o simplemente ideas encarnadas, literalmente, por personajes del pueblo que posan inmóviles durante largos lapsos en cumplimiento de la posición asignada".

Se trata de una tradición que los galeranos llevan más de cien años realizando y que ha sido declarada patrimonio inmaterial de la nación -se ha iniciado el proceso para que la Unesco también la reconozca-. Todos sus actores y creadores provienen de ese pueblecito de Sucre, de apenas 12.000 habitantes. "Este año, quisimos homenajear a Gabo", afirma Samuel Jaraba, secretario de los Cuadros Vivos, quien destaca la raíz espontánea y popular de estas representaciones estáticas y efímeras, que organizan los propios estudiantes y vecinos. "El pueblo entero se moviliza, trabajando durante meses, ofreciendo muebles, tejiendo ropa...". Por eso, dondequiera que uno pregunte quién hace los cuadros, se recibe una respuesta a lo Fuenteovejuna: "¡Todo el pueblo de Galeras, señor!".

La antropóloga Gloria Triana nos explica, entre el bullicio, que "a esto que ustedes ven aquí se le llama vestir calles, invadir un barrio entero con estas estampas, cuyo origen es religioso, vinculado a la festividad de los Reyes Magos. Con la evangelización de las colonias, se intentó arraigar la tradición española de los autos sacramentales, así que, al toparse con los ritos indígenas y africanos, adoptaron algunos de sus temas, integrándolos en el cristianismo. Como los españoles no tenían a santos para sus procesiones, pusieron a la gente a hacer de estatuas".

Sorprende el alto conocimiento de la obra de García Márquez que exhibe la gente del pueblo, desde los niños hasta los abuelos. "¡Mira, mamá, el farmacéutico!", exclama Ámbar, de 12 años, sabiendo perfectamente que se trata de Gabriel Eligio, el padre del escritor, especialista en homeopatía (en Europa se sigue creyendo que fue telegrafista, una ocupación que ejerció pero durante poco tiempo).

Jaraba explica que "hacer volar a Remedios no fue un problema, porque llevamos décadas haciendo volar ángeles. Aparte de Gabo, tenemos infinidad de temas, en 1989 empezamos a escenificar cuestiones no religiosas y hemos hecho desde la muerte de Sócrates hasta protestas contra la guerra. Las puestas en escena suelen durar unas dos horas porque es necesario descansar de la inmovilidad".

Además de las escenas que aparecen en estas páginas, hay varias protagonizadas por Remedios la Bella -volando, tocando de pies en el suelo-, La Candelaria (patrona de Cartagena), Florentino Ariza y Fermina Daza (la pareja de El amor en los tiempos del cólera), otras tituladas El cataclismo de Damocles (un discurso social de Gabo en 1986), La soledad del patriarca (alusión a su otoñal dictador de ficción) o una referencia a la senilidad que acompañó al autor durante sus últimos años, en Alzheimer en Macondo, en una línea más cercana a las visiones críticas o irónicas de las comparsas de los carnavales. Lo fúnebre, lo sensual y lo épico se entremezclan aquí en un todo lúdico, festivo y vital.

García Márquez tendrá su calle o plaza en Madrid

Gabriel García Márquez será recordado en Madrid dando nombre a una calle, plaza o espacio público, tal y como se ha aprobado por unanimidad en la comisión de Las Artes, Deporte y Turismo

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad, tendra su calle en Madrid. España./lainformacion.com
El escritor  colombiano, fallecido el pasado 17 de abril, recibió el 1982 el Premio Nobel de Literatura. Impulsor del realismo mágico con  Cien años de soledad  publicada en 1967, consiguió vender en dos semanas un total de 8.000 ejemplares.
Los grupos políticos se reservan para el Pleno de la semana que viene las intervenciones sobre la decisión adoptada. Por otro lado, el presidente del Pleno, Ángel Garrido, ha iniciado la comisión felicitando al Atlético de Madrid por su triunfo el pasado sábado conquistando la Liga. Garrido, un reconocido colchonero, ha alabado la "mericidísima victoria" y el trabajo del cuerpo técnico y de la plantilla.

jueves, 5 de marzo de 2015

El García Márquez que amamos

Aniversario. Al cumplirse un mes del deceso del escritor, Germán Santamaría destaca la universalidad de Gabo

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad que se vendieron en vida de Gabo cuarenta millones de ejemplares./Claudio Rubio./eltiempo.com
Lisboa. Aquel jueves Santo no falleció un gran escritor, o un notable artista, o simplemente un personaje muy famoso.


La noticia recorrió como un fantasma el mundo y la opinión de la gran prensa internacional fue unánime: murió Gabriel García Márquez, el genio de la literatura universal. Y los genios no nacen ni mueren todos los días.


No fue su éxito global lo que lo consagró, así asombre que haya hasta ahora vendido más de 40 millones de ejemplares de su obra esencial, Cien años de soledad, vertida a 42 lenguas de la Tierra, desde el mongol hasta el wayuunaiki, pasando por supuesto y hermosamente por el portugués.


Es un genio porque llevó a su idioma, a su lengua nativa, el castellano, al máximo nivel de exigencia estética y dimensión poética, y su novela cumbre se colocó de un solo golpe como el libro más importante escrito en este idioma desde cuando don Miguel de Cervantes escribió el Quijote.


Es decir, fue un salto de cinco siglos, entre el padre del idioma castellano y el creador de Macondo, un mundo mágico que totaliza la saga de grandeza, tragedia, amor y magia que constituyen la fuerza profunda y misteriosa de la vida en Colombia y Latinoamérica.


García Márquez al crear Macondo alcanzó algo que solo logran los artistas tocados por esa fuerza desconocida que ilumina a muy raros seres humanos.


Como la Biblia, como la Divina comedia, como la música de Mozart o Beethoven, como la suma mítica de los heterónimos de Pessoa, como el sureño territorio de Faulkner, como Picasso, este colombiano hijo de un telegrafista y una muchacha de pueblo, forjó en Macondo un universo en donde millones de habitantes de la Tierra suspiran y sueñan y donde, como lo han demostrado muchas encuestas, también muchos millones quisieran levitar después de muertos, porque es una auténtica dimensión del paraíso, el verdadero territorio de la utopía, el horizonte donde se juntan y se cumplen todas las profecías.


Gabriel García Márquez logró el milagro de habitar con su obra en la mente de todos los seres sensibles de la Tierra. Lo viven desde un portero huraño de un rascacielos de Nueva York o un granjero de Australia, hasta un riguroso profesor de Harvard y un exigente académico de Coimbra.


Sus novelas y cuentos, y aún toda su vasta obra periodística, tienen una belleza natural y sencilla, pero está siempre tocada por la fuerza inescrutable y arrasadora de lo desconocido.


Es una magia misteriosa que afecta de tal manera que hoy por hoy sea el escritor que más influye en la literatura árabe, simiente del realismo mágico, o en culturas tan distintas como la China, donde el reciente premio nobel Mo Yan afirmó que había descubierto y había decidido narrar lo que había vivido en su aldea al leer lo que García Márquez narraba en ese lugar remoto llamado Macondo.


García Márquez nació en un pueblo bananero de la costa Caribe colombiana, y donde hace tanto calor que los pájaros caen abrasados por el sol del mediodía.


Se crío con sus abuelos maternos, en una casa inmensa, y mientras la abuela evocaba la historia de los muertos familiares que aún deambulaban por los cuartos clausurados de esa casa infinita, el abuelo le narraba la historia de los muertos que se habían muerto de verdad a lo largo de las 32 guerras civiles que habían asolado al país.


De esta memoria, sacó todos sus personajes, mujeres y hombres como seres que solo caben en el tamaño de sus sueños, y creó una obra que retrató de cuerpo entero a su pueblo, Aracataca, convertido en Macondo, y a su país, Colombia, porque no hay un libro de García Márquez que no transcurra en Colombia.


Ciudadano del mundo, reconocido y admirado en Portugal, donde vino por dos semanas en junio de 1975 para escribir tres grandes crónicas sobre la Revolución de los Claveles, García Márquez se alimentó de toda la fuerza vital de Latinoamérica, desde su nativa Colombia, que le otorgó su única nacionalidad, hasta el México tumultuoso y hermoso que le dio generoso cobijó durante cinco décadas.


Los dos presidentes, Juan Manuel Santos y Enrique Peña Nieto, le hicieron la guardia de honor en el imponente Palacio de Bellas Artes, con las banderas tricolor y del águila azteca, y ojalá sus cenizas se conserven como reliquias en partes iguales en la tierra de estos dos pueblos hermanos, tan parecidos pero tan distintos como Aureliano y José Arcadio Buendía en Cien años de soledad.


Millones de lectores quedaron huérfanos pero felices en el mundo, porque su obra entró a la inmortalidad.


En lo personal, como antiguo periodista en Colombia, además de haberlo entrevistado en siete ocasiones, me queda un recuerdo que revivo con prepotente humildad.


Fue en Nueva York, un domingo de otoño, donde me llamó desde el hotel Plaza para decir que si lo podía acompañar a cine, porque su esposa Mercedes se había ido de compras. Entonces caminamos por la Quinta Avenida, que es donde realmente se sabe quién es conocido e importante en el mundo.


Mucha gente lo saludaba con asombro, al comprobar que García Márquez realmente existía.


En la penumbra del cine, después de pagar con emoción los boletos porque el Nobel había dejado la cartera en el hotel, allí en la tenue oscuridad, los dos solos en cine, no me pude concentrar en aquella película de Akira Kurosawa, porque éramos yo, el hijo de mi mamá, y el más grande colombiano de toda la historia, a mi lado el genio de literatura universal, y ahí fue cuando sentí la irresistible necesidad de cogerle la mano, como a aquella deseada novia de pueblo, para decirle que gracias por existir, que lo amábamos, porque era demasiado lo que había influido en nuestras vidas…


Acerca del autor



.Germán Santamaría. Periodista y novelista (1950), cinco veces ganador del Premio Simón Bolívar. Algunos de sus libros son: ‘Los días del calor’ (1970), ‘Marilyn’ (1974), ‘Morir último’ (1978), ’Crónicas’ (1981), ‘Colombia y otras sangres: diez años de  periodismo’ (1987), ‘No morirás’ (1992).


Desde 2011  se desempeña como embajador de Colombia en Portugal.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Las cartas de Fuentes a Paz, Cortázar y García Márquez

La Universidad de Princeton abrió la correspondencia del mexicano

Carlos Fuentes, autor mexicano de La región más transparente.

Octavio Paz, autor mexicano de Laberinto de la soledad.

Julio Cortázar, autor argentino de Rayuela.

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad./revista Ñ

Como todo el mundo, los grandes escritores quieren a sus amigos y les escriben ahora, mails, y, antes, cartas. Eso es lo que se está leyendo ahora, las cartas del mexicano Carlos Fuentes y sus amigos y colegas, Julio Cortázar, el premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez, y el Nobel mexicano Octavio Paz.
Semejante correspondencia es, claro, noticia: las cartas están guardadas en la Universidad de Princeton y se abrieron a la consulta el jueves pasado, luego de 19 años de permanecer cerradas. La universidad compró las cartas en 1995 y, por pedido del escritor, selló algunas cajas de correspondencia. A dos años de su muerte, las abrió.
De Cortázar, se pudieron consultar unos 60 sobres. Allí se aprecia el estrecho lazo que los unía. La relación empezó cuando el mexicano le escribió al argentino para invitarlo a colaborar a la Revista Mexicana. En su correspondencia, ambos elogian los libros del otro; Fuentes le dedica largos encomios a Rayuela, Cortázar a La región más transparente. También se contaban los viajes que hacían o comentaban su afecto por Octavio Paz. Conmueve, según cuentan quienes la vieron, la letra temblorosa del argentino en la última carta que le mandó a Fuentes: le dice que su enfermedad no le permite escribir mucho. Y agrega que lo extraña.
García Márquez, el otro destinatario de las cartas de Fuentes, le mandaba textos llenos de bromas, además de comentar los temas que preocupaban a los escritores de la época: la Revolución cubana, los movimientos estudiantiles, la literatura de la región.
Con Octavio Paz lo unió una relación de mutua admiración y de necesidad de conocer la opinión del otro: hablaban de los sucesos políticos, de sus familias. Y, por supuesto, de sus obras, el tema favorito de todos los escritores de todos los tiempos.

Sobre el Gabo comunista y apátrida que dejó morir a Aracataca

Se supone que no hay muerto malo, pero al parecer, para el único Nobel colombiano no aplica tal premisa 

 
Gabriel García Márquez, en su último cumpleaños./revistaaarcadia.com
Es un antipatriota por haberse ido del país, es un indolente sin raíces que no solucionó todos los problemas de Aracataca y de seguro tenía un verdugo reprimido que lo hacía tan afín a Fidel Castro. Como creo en el karma, los chacras y toda esa brujería, me aterra hablar mal de los muertos y más aún de los muertos que admiro. Me lavo las manos ante tales acusaciones y en un intento por protegerme de los castigos del universo, procedo a defender a quién me enseñó que enamorarse y contraer cólera es igual de infeccioso.

De su exilio en México ya han hablado todos los medios colombianos, incluso han publicado una y otra vez un texto que él mismo escribió para El País de España al momento de asilarse en México. En resumen, no fue culpa de Gabo, fue culpa de Turbay Ayala que relacionaba los intelectuales con el M-19, los perseguía, judicializaba y torturaba. Quien no quería correr con la suerte de Feliza Bursztyn o Teresita Gómez, debía irse.

Su amistad con Castro es un tema más complicado. Sí, García Márquez  fue amigo de Fidel, trabajó para la agencia de noticias Prensa Latina durante su gobierno y ayudó a fundar la escuela de cine San Antonio de los Baños. Sin embargo no hay que perder de vista que Gabo llega a Cuba durante la revolución, cuando Castro es todavía un caudillo liderando el derrocamiento de una dictadura, el partido comunista y todos sus peros, aparecen varios años después. Lo que atraía a Gabo no era exactamente el dictador, era el caudillo carismático que aparece reiterativamente en sus novelas, que se convierte en Aureliano Buendía, en el dictador del Otoño del Patriarca, en Simón Bolívar o en el coronel que no tiene quién le escriba. Si García Márquez hubiera estado interesado en la dictadura, la represión y la burocracia, hubiera apoyado también el régimen soviético que le fue tan distante, no lo digo yo, lo dice Plinio Apuleyo Mendoza que vivió con él las épocas de Presa Latina, la revolución y Fidel.

García Márquez cumplió una importante labor como denunciante de la violencia y el narcotráfico en Colombia, e hizo siempre un llamado a la paz y a la identidad cultural, que al fin de cuentas, pesa mucho más que sus supuestas filiaciones políticas. Hugo Boss diseñó los uniformes de las SS del partido nazi y aún así, el 80% de los hombres huelen a Hugo Red. Entonces, ¿Por qué ha de importar que un escritor mantenga amistad con un dictador, si toda la vida repudió las armas y defendió los derechos humanos?


Antes de llegar al drama de Aracataca y el nobel aprovechado que la usó como recurso creativo y nunca le dio un peso, me voy a permitir dos ejemplos. Manuel Elkin Patarroyo nació en Ataco, un municipio del Tolima, pobre y famoso por la explotación infantil en minas ilegales de oro. Patarroyo, en lugar de hacer la tarea del Bienestar Familiar y encargarse de la explotación de menores; o la de la Secretaría de Educación y encargarse de la desescolarización, o incluso, la del Ministerio de Salud y llenar de recursos el hospital de Ataco para que atendiera los niños lesionados por el oro, decidió hacer su tarea de científico e intentar crear una vacuna contra la malaria que evitara 1.2 millones de muertes al año.

Pablo Escobar, construyó más de 50 canchas de fútbol, el barrio Medellín sin Tugurios y hasta tuvo un silla en el senado por el movimiento Alternativa Liberal. Escobar fue un narco, y cumpliendo su tarea de narco lideró el Cartel de Medellín, fue responsable de atentados con explosivos, magnicidios y cientos de asesinatos. Libró una guerra de carteles, tumbó un avión y dejó más de 10 mil víctimas. Pero eso sí, muchos pobres jugaron fútbol gracias a él.

Acusar a Gabriel García Márquez de no haber construido un acueducto para Aracataca es como acusar a Patarroyo de no acabar con la explotación infantil en Ataco, o como beatificar a Escobar por regalarle canchas y barrios a los pobres de Medellín. Simplemente, es ridículo. Si bien es cierto que todos tenemos la responsabilidad moral de contribuir a la sociedad y que al tener un talento especial la responsabilidad es mayor, es evidente que cada quien debe hacerlo desde su quehacer individual: el administrador público lo hará administrando obras públicas, el educador lo hará educando, el gobernante lo hará gobernando y el escritor lo hará escribiendo.
Aunque Gabo sostuvo que “… la literatura positiva, el arte comprometido, la novela como fusil para tumbar gobiernos, es una especie de aplanadora de tractor que no levanta una pluma a un centímetro del suelo”, siempre se valió de la escritura y de su propia voz para cumplir su cuota con la sociedad. No le faltaron agallas para condenar las armas, denunciar el narcotráfico, la violencia y la corrupción. Tampoco desaprovechó ocasión alguna para proponer alianzas ecológicas, reformas a la educación, uniones latinoamericanas o repetir hasta el cansancio que América Latina es el principal productor mundial de imaginación creadora, y que es está la materia prima que dará solución a los millones de problemas que nos aquejan: “La virtud que nos salva es que no nos dejamos morir de hambre por obra y gracia de la imaginación creadora, porque hemos sabido ser faquires en la India, maestros de inglés en Nueva York o camelleros en el Sáhara”.  -La patria amada aunque distante, mayo de 2003-

martes, 3 de marzo de 2015

Wayuu, los indios de García Márquez

Un viaje a la semilla  de la obra del colombiano, que se inspiró en la tribu de su bisabuela. "Usted es el más grande de los nuestros", le dijeron a García Márquez al darle el bastón de palabrero. El palabrero es la gran autoridad mediadora, soluciona desde asesinatos a disputas conyugales

Rafael Arpushana, palabrero, pone paz entre los clanes./ Kim Manresa./lavanguardia.com
Los indios de García Márquez - Viaje a la comunidad wayuu que inspiró el realismo mágico del escritor colombiano
Rafael Arpushana se mueve por las tierras planas de la Guajira colombiana con la seguridad de los sheriffs del Lejano Oeste y una antigua majestad de la que nuestros políticos de hoy carecen. Lleva agarrado un guararo, el bastón que le confiere su poder. Rafael Arpushana es un palabrero. Y eso no es cualquier cosa. Se trata de la máxima autoridad wayuu, la que pone paz en los conflictos.

Los wayuu son unos 700.000 indios, que habitan en la península de la Guajira, en una zona que se extiende entre Colombia y Venezuela. Hace diez años, en el 2004, sufrieron una masacre por parte de paramilitares cercanos al gobierno de Uribe en Bahía Portete, con decenas de muertos y más de 600 desplazados. Gabriel García Márquez, en sus memorias (Vivir para contarla, 2002) reconoció la enorme influencia que esta cultura había tenido "en la esencia de mi modo de ser y de pensar". De ahí que, en el 2005, le fuera entregado, en el Hay Festival de Cartagena de Indias -cuya décima edición se clausuró a principios de mes- el bastón que lo acreditaba como palabrero. "Usted es el más grande de los nuestros", le dijeron los wayuu al emocionado Nobel.

Toda la zona de la Guajira colombiana contiene ecos de Macondo: el muelle desde el que parte la goleta de Riohacha en Cien años de soledad; la casa donde fue engendrado por sus padres -su madre abandonó la ciudad para irse a Aracataca embarazada de 8 meses-; los muchos Iguarán que circulan por aquí (y que no son primos de Úrsula, claro, sino del propio Gabo); la devoción local a la Virgen de los Remedios, el único icono religioso que aparece en Macondo; el lugar donde el pirata Drake mataba caimanes a cañonazos para enviárselos a la reina de Inglaterra; las tormentas, los manglares; el cura que levita, Pedro Espejo, que existió y los riohacheros consideraron siempre un santo en vida; o el contrabandista Prudencio Aguilar, cuyo nieto se pasea aún por la ciudad orgulloso de que su linaje haya entroncado con la ficción... En fin, baste contar que García Márquez, para ponerles nombres a sus personajes, le pedía a su hermano Jaime la guía telefónica de Riohacha... aunque, en algún caso, se olvidó de utilizarla. "Cuando me dijo que a la chica de El amor en los tiempos del cólera le iba a poner Josefa Cárcamo, le grité: '¡Con ese nombre no puede ser guajira, Gabo!' y se enfadó conmigo... pero al final lo cambió por el de Fermina Daza", comenta hoy, divertido, Jaime García Márquez.

Pero, de todos los referentes garciamarquianos de la zona, son los wayuu los más singulares. Formaban parte de la "soldadesca" o servidumbre del coronel Nicolás Márquez, su abuelo, "y ejercían un papel no tanto de criados sino también de subrayar con su presencia la autoridad del personaje, eran un añadido de respeto, su respaldo", explica el antropólogo Weildler Guerra, en su despacho de gerente del Banco de la República. García Márquez quedó fascinado de niño por la sonoridad de la lengua que hablaban entre ellos, el wayuunaiki. Aquel niño asombrado escribió, muchos años después: "Yo vivía al nivel de los indios, y ellos me contaban historias y me metían supersticiones". Y fue Mario Vargas Llosa el primero en darse cuenta de la importancia de estos "personajes silenciosos", los wayuu, en la obra del autor. Lo señaló en su ensayo Historia de un deicidio (1971). "Él lo detectó entonces, pero es un aspecto que fue obviado por el resto de la crítica mundial, que no dieron bola al asunto", se lamenta Guerra, que es uno de los wayuu mejor situados en el mundo aríjuna, que es como ellos llaman a sus payos, la gente de otras culturas. Este estudioso sonríe al referirse a la enorme cantidad de trabajos que han analizado a García Márquez "desde la perspectiva de la Biblia, la mitología griega y romana... ¡Y eran mitos wayuus! Nosotros ya lo sabíamos, no veíamos otra cosa". El escritor Víctor Bravo cita la ascensión al cielo de Remedios la Bella: "Coincide con la expresión guajira 'se voló', que se utiliza cuando una chica se fuga con su novio".

García Márquez fue criado por sus abuelos, y sobre todo por ella, Tranquilina Iguarán, que le transmitió algunos conceptos wayuu pues su madre había sido una. En especial, le calaron "sus ideas sobre la territorialidad y la muerte, y el sueño (arapi) visto como un elemento de naturaleza prescriptiva, pues un sueño es lo único que hasta Dios obedece, es la manera en que los espíritus nos hablan", explica Guerra.

Las rancherías son los lugares en que vive, dispersa, esta comunidad ganadera, que se agrupa en familias en casas que se extienden a lo largo de 15.300 kilómetros cuadrados de tierras protegidas por la Constitución colombiana y de otros 12.000 en Venezuela. En la ranchería de Dibi Dibi encontramos a Rafael Arpushana, que tiene 65 años y lleva 40 ejerciendo su magisterio como pütchipü'u o palabrero. No tiene días de fiesta y resuelve todo tipo de problemas. "los más sencillos son los derivados del matrimonio: separaciones, maridos borrachos y esas cosas. Los más difíciles, los que implican muertos". Su padre también era palabrero, "es algo con lo que se nace" aunque aprenden observando a los mayores. Guerra anota que "son un pueblo guerrero, fueron los primeros en rebelarse contra la corona española".

Los palabreros están considerados por la Unesco patrimonio inmaterial de la humanidad y actúan bajo las enramadas, el lugar de recepción de las visitas, una estructura con techo y sin paredes, que hace las veces de salón, donde se cuelgan las hamacas o chinchorros y que, junto al cuarto (dormitorio), la cocina y el corral, componen el rancho. Estos cuatro palos con cubierta precaria son su palacio de justicia.

Estos jueces no trabajan con huellas dactilares ni firmas de testigos ni nada parecido. Solo cuenta la palabra. "Hay que vigilar lo que uno dice -advierte Guerra- porque la palabra tiene valor legal, es como un documento". Y el palabrero, sentado en un banco, nos habla de sus dificultades: "Cuando se ponen a matarse, mala cosa, mala cosa. Se matan por mujeres, por tierras, por robos... Pero si llaman al palabrero se puede arreglar. Cuando los muertos son desparejos, tres en una familia y uno en otra, es muy difícil. Lo arreglamos más fácilmente cuando son tres y tres muertos". Una de sus labores más complejas es cuantificar, porque la mayoría de males se compensa con un pago: una violación, por ejemplo, son 120 chivos, veinte reses y dos collares. Si el agresor es pobre, "la familia agredida se espera a cobrar". No tienen cárceles, pero sí condenan al destierro. La compañía minera Cerrejón trata a menudo con Rafael y otros palabreros, pues es propietaria de la vía férrea que cruza las tierras wayuu así como de la mina de carbón a cielo abierto más grande del mundo, que se instaló aquí hace unas décadas, "sacando a abuelitas llorando de sus tierras", cuentan algunos indígenas. Cuando un tren atropella ganado, deben pagar con diez animales por cada uno muerto, porque se tiene en cuenta la descendencia que habría generado.

Los palabreros son intermediarios, "llevan la palabra y las peticiones de la parte ofendida a los agresores -explica Guerra- pero si el acuerdo se hace difícil, adoptan un papel de mediador, despliegan sus recursos retóricos para encontrar una salida pacífica". En pago por sus servicios, pueden recibir la mejor res o algunas ovejas o cabras, aunque su sueldo depende de la magnitud del conflicto. Oírlos bajo la enramada es un placer para Guerra: "Usan analogías de las disputas humanas con las de otros seres de la naturaleza, citan normas morales, encomian la vida, la libertad y la paz".
En según qué ocasiones, Rafael –que muestra su carnet plastificado con la categoría máxima del gremio, expedido por el Consejo Superior de Palabreros– ha trabajado "escoltado por la policía, por ejemplo si llevo mucha plata encima". Las autoridades les ayudan, pues ahorran mucho trabajo a jueces y policías. Arpushana también acude a veces a resolver casos a Venezuela y cruza la frontera sin problemas. "Para mí no hay frontera", proclama.
En la ranchería Saa'ain wayua (corazón wayuu), la abuela María se disculpa: "No, no pueden entrar hoy en la vivienda, hay un encierro", término que no se refiere a ninguna tradición taurina sino a un rito de paso. Cuando una chica tiene su primera menstruación se encierra durante un tiempo que puede ir de unos pocos meses hasta varios años "para que su madre, su abuela y otras mujeres le enseñen todo lo que tiene que aprender" del mundo adulto, incluidos conocimientos de cocina, técnicas para tejer hamacas... Durante ese tiempo no puede entrar ningún hombre a verla, ni siquiera su padre "ni mujeres impuras", nos añadirá, más tarde, con cierta sorna, Belinda, una empleada del Hay Festival en Riohacha, demostrando que esta tradición es una de las que más cuesta entender a los aríjunas. Aldina Pimicua Apüshana, wayuu y guía turística, admite que las cosas están cambiando y que hay una cierta laxitud en la aplicación de los encierros. "Mi mamá sí me encerró y me impuso la dieta de solo comer líquidos. Me daba mucha hambre y tuve vómitos y fiebre. Ella me respondió que debía de estar vomitando malos comportamientos. A mi hija le hice un encierro de solo 21 días, la pobrecita, me dio mucho pesar porque estaba muy débil, temblando y acabé antes de tiempo, no estuvo bien pero...".
Daniela, la nieta de María, que ha cumplido 18 años, estudia porque, de mayor, quiere ser neuróloga e irse de Colombia. Vive en la ciudad y cuenta que algunos de sus paisanos wayuu "tienen nombre de cigarrillo o de coche" u otros tan curiosos como Prisionero, Ballena o Bestfriend. "Casi todos cumplen años el 31 de diciembre, porque la regiduría los apunta el último día del año en que nacieron, al no saberse el día exacto. Y, de la gente mayor, no se sabe ni eso, sus edades son aproximadas". Los wayuu no celebran cumpleaños ni nacimientos ni año nuevo. Sus fiestas no tienen fecha fija y están dictadas por los auspicios de las adivinas o los sueños de su gente. "Para nosotros el sueño es sagrado", admite Daniela, a quien no le extraña nada que el personaje macondiano de la cándida Eréndira, tras hablar con Ulises, aclare el significado de un sueño de su abuela: "...tuvo un aviso de la muerte. Soñó con un pavorreal en una hamaca blanca". "Si tienes un sueño –explica Daniela– hay que ir a ver a una piache para que lo interprete y te diga cómo actuar".
Las piache, una especie de curanderas o chamanas, viven solas y, observando la luz del sol, pueden saber si alguien se va a morir o no, según la tradición. En el caso de que la respuesta sea negativa, en señal de agradecimiento, ordenan bailar la yonna, la danza tradicional, por ejemplo durante tres días. Daniela vive en la ciudad, pero no deja de visitar el rancho familiar. Ahí vive, por ejemplo, su hermana Liseth, que tiene a su hija Kashi, de 4 años, en brazos. Guerra apunta que "ciudad y rancho se complementan, y acuden cada vez más a la escuela y al médico" aunque a los mayores les cuesta entender conceptos como pedir cita. "Si vengo desde aquí para ver a un doctor, ¿por qué no me recibe?", se lamenta María que, por supuesto, no tiene agenda. También se dan matrimonios mixtos con aríjunas. Las familias valoran, sobre todo, la conducta del pretendiente: "Que no sea alcohólico ni grosero. No queremos machos con plata que traen problemas", dice Aldina.
La principal reivindicación que hacen a las autoridades es la del agua potable. "Que salga un chorro de todos los grifos", sintetiza Aldina. María muestra los estragos causados por la crecida del río Ranchería, hace unos años: arrasó una de sus casas, construidas con barro, piedras, madera y otros precarios elementos, como palma o cactus. Para paliar los daños, aún espera ayudas de la administración que nunca llegan pero se niega a bailar para los turistas. "Se baila cuando un sueño nos lo pide, o para celebrar una curación, esto no es un juego, y como pienso así por aquí ya no pasan muchos tour operadores. Para mí, no es un espectáculo, sino algo serio, privado, que no puedes fingir, no debemos fallarle a nuestros antepasados".
Pero, al día siguiente, en la ranchería Dibi Dibi, no tienen inconveniente en permitir que los periodistas asistan a una yonna, animada por el tambor wayuu, la caja, que también se usa para insuflar ánimo en carreras de caballos, peleas de gallos y parrandas varias. Un baile que dura usualmente 24 horas, de sol a sol.
Daniela, como al día siguiente veremos hacer a Yussandi, en otra ranchería, se pinta la cara con los pigmentos tradicionales de su pueblo, amuleto contra los enemigos, dibujando unos símbolos que forman parte de un complejo sistema de representación.
Se cocina y lava en el suelo –o en el río– y vemos, en alguna casa televisores. El coche, en cambio, es omnipresente aunque a sus ranchos se llega por caminos de tierra. No les gustan las carreteras, ya que algunas han dividido traumáticamente a las familias.
Se ha dicho erróneamente que la sociedad wayuu es un matriarcado. Aunque el apellido que se transmite es el de la madre, los jefes son hombres. Lo curioso es que el cabeza de familia no es el padre sino el tío materno, es decir, se heredan los bienes de este. El padre tampoco tiene ninguna responsabilidad hacia sus hijos en caso de divorcio. "En la ciudad, hay hombres que nos dicen: ¡qué suerte tenéis!", comenta uno de ellos, antes de contestar una llamada en su móvil. Otra característica es la del segundo entierro. Las personas son enterradas al morir y, luego, 8 o 10 años después, cuando sus huesos son exhumados y conducidos al cementerio definitivo, en una ceremonia en la que no falta ningún alimento. Son episodios que vemos en varias escenas de Macondo, con personajes que acarrean los huesos de sus antepasados. Los wayuu tienen un solo dios, Mareiwa, que los creó.
Sería un error ver a esta comunidad como atrasada a causa de los aspectos de violencia o injusticia que puedan observarse en ella. Si se mira a la sociedad de al lado, la aríjuna, la que ha alumbrado a los narcos y que presenta índices de criminalidad y pobreza vergonzantes, no puede decirse que los wayuu resulten perdedores. El premio Nobel J.M.G. Le Clézio, desde Cartagena de Indias, opina: "No son perfectos, padecen las maldiciones del mundo moderno pero ofrecen una cierta resistencia a ese mundo y son respetuosos con su entorno. Esa resistencia es el optimismo y la esperanza de los jóvenes".

La familia indígena de Gabo


Veintiuna fueron las personas que fundaron Macondo y lo hicieron saliendo de la Guajira, viajando en el sentido contrario a Riohacha. De ahí que todo el universo del realismo mágico provenga, en realidad, de esta zona. "En mi pensamiento, mi mayor metáfora es la Guajira", dijo García Márquez, quien siempre se mostró orgulloso de sus orígenes en la cultura indígena, vinculados al apellido Iguarán, el de su abuela materna, así como de muchas otras influencias de la zona.
Esa abuela, Tranquilina –hija de una wayuu– es, según el escritor colombiano Víctor Bravo Mendoza, "su primera surtidora de supersticiones, fábulas y leyendas", nutriéndole de "fantasías, presagios y evocaciones". La otra influencia wayuu es la de los criados de su abuelo, el coronel Márquez, en especial la de las indígenas Remedios –que aparece como Meme en La hojarasca–, Visitación (la Chon de Cien años de soledad) y Lucía.
El mismo concepto de realismo mágico –sucesos extraordinarios o paranormales que suceden insertados en un contexto realista– es algo intrínseco a la cultura de los wayuu, para quienes los espíritus actúan en nuestra realidad y se comunican con nosotros a través de los sueños.
La influencia de toda la música de estos lugares es también importante, especialmente la del vallenato, muy presente en sus libros y que él consideraba "un género narrativo más". En Cien años de soledad y El otoño del patriarca aparece Francisco el Hombre, un mítico acordeonista que iba musicando las noticias por los pueblos (una especie de La Vanguardia cantada). Otro músico real que encontramos en sus obras es el compositor Rafael Escalona.

Manrique: "Soy el último periodista en haber entrevistado a Gabo"

Afectado por el momento, pero dispuesto a compartir los recuerdos de su encuentro con el maestro, el joven periodista Carlos Eduardo Manrique presenció el funeral simbólico de Gabriel García Márquez en Aracataca –el 21 de abril del 2014– con una gran inquietud

Carlos Eduardo Manrique, periodista colombiano, el útimo que entrevistó a Gabo./panoramacultural.com.co
En sus manos, una fotografía servía de prueba irrefutable: él había sido uno de los últimos periodistas en entrevistar al premio Nobel. Y en sus palabras relucía una indecible mezcla de orgullo y congoja.
Con esta entrevista, divulgamos la experiencia de un joven periodista colombiano que, en su empeño por aproximarse a una leyenda universal de las Letras, descubrió a un gran ser humano.
Refiriéndonos a la fotografía que nos muestra, es usted uno de los últimos en haber entrevistado al maestro Gabriel García Márquez…
Aclaro un detalle: no soy uno de los últimos periodistas, soy el último periodista en haber entrevistado a Gabo en el hemisferio, en el planeta tierra. Después de eso, el maestro fue a inaugurar un centro comercial en ciudad de México y le tomaban fotos. ¿Qué hacía la gente? Tomaban fotos y luego escribían un reportaje, pero el último que estuvo dentro de su casa, que estuvo dos horas sentado con él, con su esposa, con su familia, conversando y compartiendo, fui yo.
Conociendo la intimidad de Gabo, puedo decir que no era famoso. De casa para dentro, Gabo no era famoso. Sería una desgracia para un ser humano ser famoso dentro de su propia casa. Conocí al Gabo lleno de paz y tranquilidad en su hogar y, después de esto, permanecí en contacto con sus asistentes, gente de su familia. Una o dos veces por semana llamaba. Ese reportaje que escribí para un diario colombiano –que inicialmente no iba a escribir–, jamás iba a pensar que se iba a convertir en el último reportaje que un estudiante iba a hacer al maestro de las Letras.
¿En qué periódico se publicó esa entrevista?
En el diario El Espectador. Gabo fue mi tercera entrevista. Mi  primera entrevista fue con el maestro Plácido Domingo. Ya la publiqué. Con Mario Vargas Llosa conversé en algún momento también, con Johny Pacheco, pero quien me abrió las puertas en El Espectador es Gabo. Cuando me preguntan quién te abrió las puertas y contesto García Márquez, me responden: “ay pero con esa palanca quién dice”. Pero no se vaya a creer lo que no es, yo simplemente hice un reportaje y ellos, entendiendo la dificultad –porque saben que Gabo no da entrevistas–, me lo aceptaron.
¿Cuándo fue esa entrevista y cómo fue ese primer contacto con Gabo?
La historia del primer contacto es de muchos años antes. Esa entrevista fue el 6 de junio del 2013, Cartagena, en su casa. Yo había conocido a Gabo en mayo del 2007, había viajado con él de Santa Marta en el tren amarillo. Después lo vi en Cartagena, me firmó Cien años de soledad, me puso “cien años de felicidad para Carlos Eduardo Manrique, con un abrazo”.
El día de la entrevista, llegué, timbré. Inicialmente me dijeron cinco minutos, nada más, sólo la foto y ya, pero fueron dos horas sentado con él, y Gabo amable, sonreía, molestaba, me contó la vida en España, en Barcelona. El maestro preguntó por Aracataca, era una persona excepcional, de gran corazón. Siguió mamando gallo.
¿Se quedó con alguna de sus bromas?
Muchísimas. Después de hora y media de conversación, yo le dije: Maestro, tenemos que tomarnos una foto, hay que dejar un recuerdo de esto. Él me miró con una mirada solemne y diplomática, y yo dije “Ay Dios mío ¿Qué dije?”. Él me dijo: no se preocupe, mijito, en esta casa hacemos todo este tipo de sinvergüenzuras (risa). ¡Ése era Gabo!
¿Llegó con una entrevista preparada? ¿Cuál era la pregunta que quería hacerle especialmente?
Pensé durante mucho tiempo en el encuentro porque en mi casa leía los libros del maestro. Tenía muchas preguntas en la cabeza, pero tenía claro algo: si yo llegaba a su casa para preguntarle sobre libros y literatura, no me iba a dejar pasar. Hay más de 20.000 personas que le preguntan la misma vaina. Yo quería conocer el Gabo humano, del que nadie ha escrito. Todo el mundo habla del hombre influyente, del hombre grande y famoso, pero yo quería conocer al Gabo no famoso. Y salí ganando.
¿Con qué pregunta sintió que Gabo estaba a gusto con su presencia?
Lo sentí muy emotivo cuando habló de Aracataca, cuando habló de su pueblo natal. Tanto que yo le hablaba de su abuelo, del coronel, y doña Mercedes me miraba a mí como diciendo: que este muchacho no vaya a cometer una imprudencia y lo vaya a poner emotivo. Cuando le hablamos de los niños de Santa Marta para los cuales estaba haciendo una labor con una fundación, se le notaba también mucha emotividad y afinidad.
La despedida para mí fue algo inolvidable. Después de dos horas, le di un abrazo y me dijo, como si me conociera de toda la vida: ¿Por qué te vas? Yo le dije: maestro, me debo ir a Bogotá. Entonces Gabo dijo en broma: Mercedes compra un avión y acompáñalos.
Ahora que usted puede decir que ha sido el último en entrevistar a Gabo, ¿cómo se siente?
Como ser humano, triste por su partida. Y como periodista también: Gabo fue un maestro. Un grande. Yo aclaro que soy aprendiz de periodismo, yo soy estudiante, todavía no me he graduado. Pero conocí al Gabo humano.
Confieso también que es un privilegio triste, porque la vida vale más que cualquier exclusiva. Ahora me tocará seguir trabajando y recordar eso. Sobre todo, tuve el gran privilegio de conocer a ese gran hombre que se llamaba Gabriel García Márquez.