miércoles, 12 de noviembre de 2014

Nuestro Apolo y nuestro Dioniso

Gabo que estás en los cielos

Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez. Los dos escritores más influyentes y poderosos de nuestra región y nuestra lengua

Foto tomada por Rodrigo García a sus padres: Gabriel y Mercedes./elpais.com

Una vez que se extingan las ceremonias fúnebres y se adormezca el duelo, que se agoten los homenajes y las exequias, y se desdoren las figuras públicas y se olviden las antipatías abruptas o las declaraciones estertóreas, se volverá una convicción natural lo que algunos han vaticinado desde hace décadas: que los dos colosos surgidos de esa brillantísima Edad de Oro de la narrativa latinoamericana que se prolongó durante la segunda mitad del siglo XX fueron Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez. Los dos escritores más influyentes y poderosos de nuestra región y nuestra lengua. Los dos más admirados e imitados en el orbe. En ese juego de dualidades que tanto nos gusta, nuestro Platón y nuestro Aristóteles. O, mejor, nuestro Apolo y nuestro Dioniso.
Sin duda fueron acompañados por una asombrosa cohorte de titanes, con poéticas al gusto de cada uno, de Rulfo a Vargas Llosa, de Donoso a Fuentes, de Sábato a Ibargüengoitia, de Ribeyro a Cortázar, pero las voces más oídas, más singulares, más originales —si entendemos por originalidad una mutación insólita entre las enseñanzas del pasado y la serena rivalidad con sus contemporáneos— fueron las del poeta y cuentista argentino y las del cuentista y novelista colombiano, suma de todos los esfuerzos que los precedieron, de Machado de Assis y Jorge Isaacs a Macedonio Fernández y Alfonso Reyes, y umbrales de todos aquellos que los han seguido, de Roberto Bolaño a quienes hoy publican, a su sombra, sus primeros libros.
Los dos colosos de esa Edad de Oro fueron Borges y García Márquez
A la distancia no podrían parecer más contrarios, más distantes. De un lado, el escritor ciego y puntilloso, tan acerado como melancólico, hierático hasta casi fungir como profeta, dueño de un sutilísimo humor aún malentendido, el hombre cercano —a su pesar— a la derecha, el vate unánimemente venerado que jamás recibiría el Nobel. Del otro, el escritor jacarandoso y bullanguero, tan dotado para desenrollar la sintaxis como para reconducir los mitos, sonriente hasta convertirse en amigo de todas las familias —esas que sin conocerlo hoy sin pudor lo llaman Gabo—, el hombre cercano a la izquierda y a Fidel Castro, el bardo unánimemente adorado que recibió el Nobel más joven que ningún otro en América Latina.
Sí: en lontananza encarnan vías antagónicas. Borges es, evidentemente, el apolíneo. El escultor que pule cada arista y cada ángulo. El prestidigitador que obsesivamente trastoca cada adjetivo y cada adverbio. El criminal que siempre esconde la mano. El modesto anciano que odia los espejos y la cópula y sin embargo multiplica los Borges a puñados. El detective que en su búsqueda esconde que al mismo tiempo es el criminal. El filósofo nominalista y el físico cuántico que se pierde en la Enciclopedia. El autor de las paradojas y bucles más aventajado desde Zenón. García Márquez es, en cambio, el dionisíaco. El torrencial demiurgo de genealogías y prodigios. El audaz dispensador de metáforas y laberintos de palabras. El cartógrafo de la jungla y el cronista de nuestra circular cadena de infortunios. El ídolo sonriente que trasforma la Historia —y en especial la sórdida trama colombiana— en mil historias entrecruzadas, tan tiernas y atroces como inolvidables. El bailarín que, al conducirnos a la pista, nos obliga a seguir su hipnótico ritmo a rajatabla. El sagaz escriba que se burla de los tiranuelos con los que tanto ha convivido. El desmadrado cuentero que finge no seguir regla alguna fuera de su imaginación, excepto que las que él mismo se —y nos— impone.
Él fue el torrencial demiurgo de genealogíasy prodigios
Apolo y Dioniso. Y sin embargo estas dos vías, como ya apuntaba Nietzsche, no son excluyentes sino complementarias. Las dos mitades del mundo. De nuestro mundo. Para empezar, García Márquez no hubiese escrito como García Márquez sin aprender de Borges, su predecesor y su maestro. Y Borges no habría encontrado mejor continuador que este discípulo rejego, dispuesto no a copiar sus trucos o su doctrina sino a usarlos en su provecho para huir de la Academia y fundar una nueva, exitosísima escuela, el realismo mágico. Ninguno tiene la culpa, por supuesto, de su ingente legión de copistas: sus invenciones resultaban demasiado deslumbrantes como para que cientos de salteadores de caminos no quisieran agenciárselas.
Los dos han sido justamente elevados a los altares. O, mejor aún, a los altares privados que cada uno erige en su hogar: son nuestros penates. Imposible no adorarlos y no querer, a la vez, descabezarlos. Imposible no aspirar a reiterar —Vargas Llosa dixit— su deicidio.
Jorge Volpi es escritor mexicano.

martes, 11 de noviembre de 2014

El abecedario de Gabriel García Márquez

Gabo que estás en los cielos

Gabriel García Márquez supo llevar la carga de Cien años de soledad./elmundo.es

REALISMO MÁGICO

Formulada por primera vez por el crítico de arte alemán Franz Roh, esta expresión hizo fortuna cuando Úslar Pietri la aplicó al fenómeno literario: "Lo que vino a predominar en el cuento y a marcar su huella de una manera perdurable fue la consideración del hombre como misterio en medio de datos realistas. Una adivinación poética o una negación poética de la realidad". Si la corriente del realismo mágico o de "lo real maravilloso", noción muy similar, arranca con 'El reino de este mundo', de Carpentier, alcanza su cima en 'Cien años de soledad', novela que cuenta con un narrador en tercera persona, pasivo, externo a la historia y omnisciente; conoce todos los detalles del relato pero los cuenta sin formular juicio alguno, de manera imperturbable aun cuando los hechos sean de la máxima crudeza, y además no hace distinción entre lo real y lo fantástico, como si ambos mundos compartieran carta de naturaleza.

SU INFANCIA


García Márquez quedó al cuidado de sus abuelos maternos, en Aracataca, cuando sus padres se mudaron a Barranquilla. La abuela Tranquilina Iguarán daría nombre al personaje de Úrsula Iguarán en 'Cien años de soledad' e influiría en el imaginario del escritor con sus historias repletas de sucesos extraordinarios relatados como verdades sin discusión. Su abuelo, el coronel Márquez, un liberal veterano de la Guerra de los Mil Días, le invitaba a consultar el diccionario y le descubrió el milagro del hielo -de nuevo como en 'Cien años...'-. Su prestigio se agrandó al negarse a callar sobre la masacre de las bananeras, episodio que igualmente reflejaría Gabo en su novela.

MACONDO

El territorio imaginario donde transcurren 'La hojarasca' y 'Cien años de soledad', creación de García Márquez equivalente a la Ítaca de Homero o la Yoknapatawpha de Faulkner, el escritor a quien más debe el colombiano según su propio testimonio. Macondo aparece por primera vez en el cuento 'Un día después del sábado', publicado en 1954. En 'Cien años de soledad', José Arcadio Buendía sueña con un pueblo en el que se le aparecen construcciones con paredes de espejo y, en plena selva, decide fundar un poblado donde todo es posible, desde seres más que centenarios que mueren varias veces a lluvias que se prolongan cuatro años.
Al principio Macondo es un "Mundo ideal", una aldea construida "a la orilla de un río de aguas diáfanas", la "más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus 300 habitantes". "Una aldea feliz donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto".
Luego llegan la actividad comercial, la construcción y una extraña plaga, la de la pérdida de la memoria; después la guerra civil, el tren -y con él el telégrafo, el gramófono y el cine- y la plantación de banano, que termina con la huelga de los trabajadores y su masacre a manos del ejército, a la que suceden las lluvias interminables que conducen a la novela hacia su fin. Gabo describió su fascinación por la palabra 'Macondo' al relatar un viaje con su madre a Aracataca en el que pasaron en tren junto a una plantación de banano que tenía ese nombre. "Esta palabra ha atraído mi atención desde los primeros viajes que había hecho con mi abuelo [...]. Me gustaba su resonancia poética (...). Ni siquiera me pregunto lo que significa...".

Cien años de soledad


Pablo Neruda afirmaba, de forma quizá algo hiperbólica, que la novela publicada por la editorial Sudamericana en 1967 era "la mayor revelación en lengua castellana" desde el Quijote. Su comienzo se ha hecho ya casi tan célebre como el de Cervantes: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo", que -como el imán- habían introducido en Macondo los gitanos capitaneados por Melquíades. Este personaje es tan fundamental en el libro como la saga de los Buendía, a la que dio lugar un matrimonio nacido bajo negros presagios: al ser primos José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, la creencia general dictaba que sus descendientes podían nacer con cola de cerdo. José Arcadio funda Macondo en una huida hacia la sierra que ha emprendido atormentado por el fantasma de Prudencio Aguilar, a quien ha matado en duelo por mofarse de su falta de relaciones íntimas con Úrsula. Siete generaciones y mil vicisitudes reales o imaginarias después, Macondo es un pueblo abandonado y azotado por el viento en el que Aureliano intenta descifrar los pergaminos de Melquíades y descubre que "las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra".

MÉXICO

Tras el triunfo de la revolución cubana, el Gabo periodista es nombrado director de la agencia de noticias Prensa Latina, recién creada por el Gobierno de Fidel Castro. Vive seis meses en la isla durante 1960 y, al año siguiente, se traslada como corresponsal a Nueva York, pero diversos enfrentamientos y controversias con los exiliados cubanos le aconsejan abandonar. Después de recorrer el sur de Estados Unidos, se establece en México D. F., donde ha vivido durante cinco décadas, hasta su fallecimiento, aunque poseía residencias en París, Bogotá y Cartagena de Indias. En la capital mexicana nació su segundo hijo, Gonzalo, diseñador gráfico que reside en esta misma ciudad; tres años antes, García Márquez y Mercedes Barcha tuvieron a Rodrigo, que es ahora un reconocido director de cine.

Memorias (...y sus putas tristes)


En 1999, cuando se le diagnosticó el cáncer linfático que finalmente y por intrincados caminos ha terminado con su vida, el novelista temía sobre todo no poder terminar los tres tomos de sus memorias y dos libros de cuentos que tenía por entonces a medias. Desconectó el teléfono, canceló todos sus compromisos, redujo al máximo el contacto con amigos y se encerró a escribir todos los días de ocho de la mañana a dos de la tarde. En 2002 vio la luz, con un millón de ejemplares de tirada inicial, 'Vivir para contarla', la primera entrega de esa autobiografía, y dos años más tarde se publicó un volumen metamorfoseado en novela, 'Memoria de mis putas tristes'. Según explicó el propio Gabo en una entrevista, el tercero iba a tener "un formato distinto": "Serán los recuerdos de mis relaciones personales con seis o siete presidentes de distintos países".

VARGAS LLOSA Y EL 'BOOM'

Hasta entonces buenos amigos, la relación de García Márquez y Vargas Llosa se rompió el 12 de febrero de 1976 cuando el peruano asestó a su correligionario del boom un puñetazo a la entrada de un cine en Ciudad de México. Pese a la reticencia de ambos a explicar el incidente, con los años se ha sabido que el motivo de la disputa tuvo que ver con los consejos que Gabo había dado supuestamente a la esposa de Vargas Llosa, Patricia, con motivo de sus discrepancias matrimoniales. A pesar de que durante mucho tiempo se creyó que no existía evidencia gráfica del altercado, hace seis años el fotógrafo Rodrigo Moya publicó en México dos imágenes en las que se aprecia al colombiano con un ojo a la funerala.
Disputas conyugales aparte, muchos creen que aquel incidente no eran ajenas las discrepancias ideológicas de ambos escritores, Vargas cada vez más implicado en la defensa del liberalismo y García Márquez negándose a abjurar de su apoyo al régimen castrista. Hay quien añade los celos literarios entre dos gigantes como ingrediente extra del cóctel.

Nobel


El 21 de octubre de 1982 se conoció que García Márquez había obtenido el Nobel de Literatura en disputa con Günter Grass y Graham Greene. Recogió el galardón el 8 de diciembre. Iba ataviado con un clásico liquiliqui de lino blanco, el traje que usó su abuelo y que empleaban los coroneles en las guerras civiles. Su discurso, 'La soledad de América Latina', toda una joya literaria, fue una lúcida denuncia de la desatención de las grandes potencias por el subcontinente americano; Gabo desmontó la posición habitual de los europeos frente a América Latina, asociada únicamente a una carga de magia y maravilla absolutamente interesada, y terminó su alocución con una hermosa declaración de fe en los destinos de los pueblos sudamericanos. Con la concesión del Nobel, su ascendiente en materia cultural no hizo sino crecer en todo el mundo.

FIDEL CASTRO

García Márquez afirmó en varias ocasiones que ni era comunista ni había militado en ningún partido político. Sin embargo, nunca ocultó que mantenía una relación de amistad con Fidel Castro, con quien tuvo varios encuentros cuando residió en La Habana. Cabe afirmar que el novelista tenía una concepción genérica del socialismo entendido como un sistema de progreso, libertad e igualdad, loable de por sí, que se había desvirtuado en la Unión Soviética, Polonia, Checoslovaquia, Alemania del Este y Hungría, países que le habían "desencantado", según escribió él mismo.
Diversos especialistas le atribuyen una fascinación por el poder que explicaría su convicción de que Castro era diferente de otros caudillos y dictadores y de que la entonces incipiente revolución cubana podía constituir un ejemplo para otros países americanos. El novelista y ensayista cubano César Leante estima que "el apoyo incondicional de García Márquez a Fidel Castro cae en buena parte dentro del campo psicoanalítico". La admiración de Gabo por los caudillos latinoamericanos se encarna, en su opinión, en el coronel Aureliano Buendía y en "el innominado dictador caribeño que como Fidel Castro envejece en el poder", escribe Leante en alusión al protagonista de 'El otoño del patriarca'...

Periodismo


Cuando estudiaba Derecho en Bogotá, García Márquez descubrió, o más bien constató, que las leyes le interesaban menos que la literatura y el periodismo, disciplinas hermanas que ha cultivado durante toda su vida. Hizo sus primeras armas en el entonces recién fundado diario 'El Universal de Cartagena', de donde pasó a 'El Heraldo de Barranquilla'. Con el llamado Grupo de Barranquilla fundó el fugaz periódico 'Crónica', donde Gabo ejercía de jefe de redacción. En 1954, Álvaro Mutis le convence para que vuelva a Bogotá para trabajar como reportero y crítico de cine en 'El Espectador', donde al año siguiente publica un conjunto de 14 crónicas que constituirían 'Relato de un náufrago'. En 1974 fundó la revista 'Alternativa', un hito en el periodismo de oposición en Colombia, y en 1994, la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

EL CINE

Interesado desde siempre en el arte cinematográfico y la televisión, García Márquez hizo sus primeros pinitos al respecto en 1954, cuando firmó con otros autores el cortometraje surrealista 'La langosta azul'. Estudió la carrera de cine en Cinecittà y en los años 60 escribió bajo seudónimo varias películas mexicanas como 'Tiempo de morir', de Arturo Ripstein. Ya con su nombre trabajó como guionista para cintas de Luis Alcoriza, Miguel Littín y el propio Ripstein. En 1986 fundó la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (Cuba), donde impartió durante años el taller 'Cómo se cuenta un cuento'. Gabo no ha tenido problemas para apoyar la adaptación al cine o a la televisión de novelas suyas como 'La mala hora', 'El amor en los tiempos del cólera' y 'El coronel no tiene quien le escriba'. Akira Kurosawa intentó filmar 'El otoño del patriarca' a comienzos de los 90, pero la falta de financiación dio al traste con el proyecto.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Momentos tras Gabo

Gabo que estás en los cielos
Gabriel García Marquez, el hijo del telegrafista.

Desde que supe leer,  Gabriel García Márquez siempre apareció en los renglones literarios de lo que leía entonces en mi formación de lector. Debo ir atrás cuando trabajé de mandadero siendo niño en una casa de huéspedes de provincia de doña Rosalba Castro de Herrera, que fungía como regenta de esa residencia de estudiantes y gentes de provincia que llegaban a residir allí en Bogotá. Había un pasajero gringo que cargaba de un lado a otro la novela Cien años de soledad. Y recordé que de esa novela ya la había visto publicada un capítulo en sus páginas centrales del Magazín Dominical cuando en Ipiales vendía los periódicos nacionales como voceador.
Muchos años después, frente a la fachada de la  iglesia de la Compañia de Jesús, había de recordar toda la obra de Gabriel García Márquez, que cronológicamente ya había leído, pues, por esas fechas se había establecido en Colombia, y dirigía la revista Alternativa. Él empezaba su  época de periodismo militante  y  publicó El otoño del patriarca. Y  yo esperaba al lado de una librería de viejo en Quito la cita que alguien me había puesto  allí que decidió dejarme plantado, y para pasar el tiempo muerto de la espera entré y pregunté si tenía Cien años de soledad. Lo compré en sesenta sucres.
Leí  la novela de un tirón durante quince días intensos en una lectura sin parar en las breves vacaciones de mitad de año. Transcurría 1975. Desde entonces lo he leído treinta y un veces. Puedo describir puntualmente episodios completos de esta novela que me transformó, pues, no habido en esta vida libro con un verbo tan embrujador y fascinante.
Y llamé una mañana a la revista Alternativa para preguntar por el maestro Gabriel García Márquez. Saludé diciendo buenos días, por favor el maestro Gabriel está. No. No ha llegado. Me respondió una voz de hombre muy tranquila. A qué horas llega. Es que quiero preguntarle cómo se escribe un cuento. Miré,  llámelo por la tarde, qué él está y le pregunta personalmente. Gracias y colgué. Después nunca volví a llamarlo.
Pero yo si seguí leyéndolo hasta agotar su obra.  Y puedo decir que sus novelas me deslumbraron con notables excepciones. Por ejemplo, considero La mala hora, una novela menor como  Noticia de un secuestro. En este texto hay mucho afán de hacer reporteria. En definitiva es un reportaje a las volandas. Y considero que hasta la novela negra Crónica de una muerte anunciada es una obra magistral porque rompe con la estructura del esquema policiaco previsible. La novela se convierte en la investigación social de un asesinato que nadie hace nada por detenerlo. Su obra posterior ya tiene la impronta y la fórmula garciamarquiana pero igual lo leí por ese verbo de embrujo que posée toda su obra.
Vivía en Caracas, en 1984 cuando me enteré que Gabriel García Márquez era invitado  del gobierno colombiano por su amigo político y poeta presidente Belisario Betancur, al homenaje que el gobierno venezolano le hacía al Libertador Simón Bolívar, donde Venezuela botó literalmente la casa por la ventana del derroche y fasto para la celebración al Padre de la Patria de cinco naciones.
Hice un detectivismo particular con Gabo, ya me había encariñado y guardaba el ejemplar de Cien años de soledad leído y releído tantas veces para que me lo autografiara. Llegué a la recepción del lujoso hotel Hilton donde se hospedaba toda la comitiva colombiana que asistía al homenaje bolivariano. Pregunté con total desenfado por si habían visto a Gabriel García Márquez, y una linda recepcionista caraqueña me respondió que ya había salido.
En los días siguientes leí una crónica publicada en El Nacional de Caracas, cómo Gabriel García Márquez estuvo en Bello Monte en una arepera comiendo arepas rellenas y hablando de todo un poco con un periodista amigo de nombre Manuel Pulido. Y ya no estaba en Caracas, se había ido junto con la comitiva presidencial colombiana.
Quedé mordido de la frustración y espere tranquilo varios años. Estando otra vez en Bogotá. Además, que yo estrenaba paternidad, le comenté a la madre de mi hija Irene Marcela, que Gabriel García Márquez asistiría al homenaje que la Casa de Poesía Silva, que dirigía la poeta María Mercedes Carranza le hacía al expresidente poeta Belisario Betancur en su  cumpleaños. Transcurría el año de 1993.
Salimos con la mamá que cargaba aún de brazos a Irene Marcela en el mismo taxi desde donde yo pude distinguir el viejo Mercedes negro de Carlos Lleras Restrepo mientras avanzaba en la Carrera Tercera que asistió también a la velada de poesía.
La mamá de mi hija Irene Marcela siguió hacia la casa de una amiga que entonces residía en el viejo e histórico barrio colonial de La Candelaria. Yo me bajé en las inmediaciones de La Casa de Poesía Silva, donde habían sacado unos altavoces y en los alrededores de la calle estaba atestado de curiosos y lagartos a montón entre los cuales me integraba yo. Eran les seis de la tarde. El tiempo pasaba. Releía páginas de Cien años de soledad para entretenerme por la espera. La madre de mi hija Irene Marcela llegó  a las horas con la niña que dormía. Y vimos llegar el Mercedes negro de Carlos Lleras Restrepo. Lo cual no me equivocaba que asistía también al homenaje del poeta y colega expresidente Belisario Betancur. El frio hacía estragos por la espera en la calle llena de curiosos y nada. Pero hacia las diez de la noche dos motorizados asomaron sus luces de escolta y apareció detrás un Mercedes blindado color café de donde bajó Gabriel García Márquez junto con Mercedes, su esposas que fueron recibidos por María Marcedes Carranza. La madre de mi hija Irene Marcela se puso a un lado de la puerta de entrada, y Gabriel García Márquez al verla dijo es una niña. Mientras tanto yo me acerqué a doña María Mercedes Carranza con el libro Cien años de soledad en la mano y le pedí el favor de ser posible decirle al maestro García Márquez de un autógrafo. La poeta captó rápidamente que nosotros dos éramos los padres de la criatura y  escoltados por dos guardias corpulentos a los que les hizo señas de dejarnos seguir entramos al patio de la casa. Irene Marcela, la bebé se despertó, y había una joven bastante gomela que al ver a la bebé despertarse,  empezó a  decir una y otra vez, es que es perfecta, es perfecta. María Mercedes Carranza buscó a Gabriel García Márquez. Yo miré que los asistentes era la crema y nata de la mentada oligarquía colombiana, poetas de la alcurnia, renombrados políticos y gente del montón como mi mujer y yo pero Irene Marcela, la bebé, causaba cierta curiosidad entre tantos adultos. Entonces Gabriel García Márquez llevado por María Mercedes  Carranza me pidió el libro, al abrirlo vio que le había pegado una estampilla que le sacó Adpostal en Homenaje al Premio Nobel de 1982.  Yo nunca pude tener una de estas estampillas, dijo  al ver pegada la estampilla. Yo pensé en mis adentros que yo no iba a despegar la estampilla para dañar el libro para darle gusto al Nobel. Preguntó que cómo se llamaba la niña, Irene Marcela, le dijo la mamá. Entonces escribió “Para Irene(la paz) Marcela de sus padres felices” Gabo. Le recibí el libro y pude verlo que estaba algo ebrio. Mercedes, su esposa, se acercó y se lo llevó hacia otro grupo. María Mercedes Carranza, nos dio a entender que ya habíamos obtenido el autógrafo, así que abandonáramos. Salimos contentos con el autógrafo. La madre de la niña, decía una y una vez cómo supo él que era una niña. Cómo lo supo.
Por esa misma época la embajada de México montó un local de librería, restaurante y almacén de artesanías en la denominada Zona Rosa que se llamó Casa de México, en Bogotá.. De tanto en tanto iba allí a curiosear. Por esos días sabía que Carlos Fuentes, amigote y compadre de Gabriel García Márquez acababa de publicar uno de sus tantos libros y andaba de gira internacional promocionándolo. Un par de periodistas del diario El Espectador le hacían una entrevista. Prevenido busqué entre los libros de mi personal biblioteca y busqué Aura, una novela breve magistral de Fuentes para el consabido autógrafo. En una mesa el novelista mexicano daba su opiniones de esto y lo otro, que yo recuerdo que decía una y otra vez que el tiempo es cabrón. Cuando los periodistas terminaron la entrevista, le pedí que me regalara el autógrafo, se sorprendió de hallar una edición tan vieja de editorial Era, y de cariño me regaló dos libros de sus discursos. Yo me quedé contento y seguí allí en la librería viendo libros de sicología infantil. De pronto sentí al lado  una sombra, al regresar a ver, observé que era el maestro Gabriel García Márquez, y al descubrirlo le dije, Usté por aquí Maestro. El dijo, No ve que estamos en Macondo. Yo le iba a decir que si, por supuesto que estamos en Macondo. Y un chaperón  sapo con la cabeza totalmente rapada se acercó y se lo llevo del  brazo hacia el interior de la casa. Esos fueron mis momentos tras Gabo. El libro de Cien años de soledad, alguien se lo alzó entre tanta trashumancia de desarraigo urbano metido en esta ciudad de los espejismos: Bogotá, el páramo alucinante.

jueves, 6 de noviembre de 2014

La novela y la procreación

Gabo que estás en los cielos

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez



El escritor colombiano con la primera edición de Cien años de soledad.

Por Milan Kundera
Mientras releía Cien años de soledad, se me ocurrió una extraña idea: los protagonistas de las grandes novelas no tienen hijos. Apenas un uno por ciento de la población no tiene hijos, pero al menos un cincuenta por ciento de los grandes personajes  novelescos salen  de la novela sin haberse reproducido. Ni Pantagruel, ni Panurgo, ni Don Quijote tuvieron descendencia. Ni Valmont, ni la marquesa de Merteuil, ni la virtuosa Presidenta de Las amistades peligrosas.Ni Tom Jones, el más célebre personaje de Fielding. Ni Werther. Todos los protagonistas de Stendhal carecen de hijos; al igual que muchos de los de Balzac; y de Dostoiesvski; y en el siglo que acaba de terminar, Marcel, el narrador de En busca del tiempo perdido, y, por supuesto, todos los grandes personajes de Musil, Ulrich, su hermana Agata, Walter, su mujer Clarisa y Diotima; y Svejk; y los protagonistas de Kafka, con la excepción del joven Karl Rossman, que le hizo un hijo a la sirvienta, aunque precisamente por eso, para borrar el niño de su vida, huye a América y puede nacer la novela. Esta infertilidad no se debe a una intención consciente de los novelistas; a la procreación le repugna el espíritu del arte de la novela(o el subconsciente de este arte).
La novela nació en los Tiempos modernos, que hicieron del hombre, por citar a Heidegger, el “único verdadero subjetum”, el “fundamento de todo”. En gran parte es gracias a la novela por lo que se instala el hombre, como individuo,  en el escenario europeo. Lejos de la novela, en nuestravida real, poco sabemos de nuestros padres tal como eran antes  de que naciéramos; apenas conocemos fragmentariamente a nuestros parientes cercanos; les vemos llegar y partir; en cuento desaparecen son reemplazados por otros: conforman un largo desfile de seres reemplazables. Sólo la novela aísla a un individuo, ilumina toda su biografía, sus ideas, sus sentimientos, lo vuelve irremplazable: lo convirte en el centro de todo.
Don Quijote muere y termina la novela, este final sólo es tan perfectamente definitivo porque no tiene hijos; con hijos, su vida se prolongaría, sería imitada o cuestionada, defendida  o traicionada; la muerte de un padre  deja la puerta abierta; por otra parte, es lo que oímos desde nuestro nacimiento: tu vida continuará en tus hijos; tus hijos son tu inmortalidad. Pero si historia puede seguir más allá de mi propia vida, quiere decir que mi vida no es una entidad independiente; quiere decir que  está inacabada; quiere decir  que algo hay muy concreto y terrenal en lo que el individuo se funde, consiente en fundirse, consiente en ser olvidado: familia, descendencia, tribu, nación. Quiere decir que el individuo, como “fundamento de todo”, es una ilusión, una apuesta, el sueño de algunos siglos europeos.
Con Cien añosde soledad, el arte de la novela parece salir de ese sueño; el centro de atención ya no es un individuo sino un desfile de individuos; son todos  originales, inimitables, y no obstante cada uno de ellos no es más que la luz fugaz  de un rayo de sol en las aguas de un río; cada uno de ellos lleva  en sí su olvido futuro, y todos y cada uno son conscientes de ello; ninguno permanece en la escena de la novela de principio a fin; la madre de toda esta tribu, la vieja Úrsula, tiene ciento veinte años cuando muere, y eso ocurre mucho antes de que la novela termine; y todos llevan nombres parecidos, José Arcadio Buendía, José Arcadio,  Aureliano Buendía, José Arcadio Segundo, Aureliano Segundo, con el fin de ir borrando las pinceladas que los distinguen y de que el lector acabe confundiéndolos. Al parecer, el tiempo del individualismo europeo ha dejado de ser su tiempo. Pero ¿cuál es, pues,  su tiempo? ¿Un tiempo que se remonta al pasado indio de América? ¿O un tiempo futuro en el que el individuo humano se fundirá en el hormiguero humano? Tengo la impresión de que esta novela, que es una apoteosis del arte de la novela, es a la vez un adiós dirigido a la era de la novela. Tomado de Un Encuentro, Milan Kundera. Barcelona : Tusquets Editores, 2009.Traducción del francés de Beatriz de Moura.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Gabriel García Márquez: adiós al hombre que sólo quería ser amado por sus amigos

Gabo que estás en los cielos

En su larga y prolija vida, el escritor colombiano Gabriel García Márquez -quien falleció este jueves 17 de abril en Ciudad de México- consiguió lo que siempre había deseado

Gabriel García Márquez escribió siempre para que sus amigos lo quieran más/BBCMundo
No eran los honores, ni el premio Nobel de Literatura. Ni siquiera escribir una de las más grandes novelas de todos los tiempos.Su ambición al escribir era, según lo dijo en varias ocasiones, que sus amigos lo quisieran más.Y vaya si lo hicieron.

Infancia corta y feliz

Gabriel García Márquez nació en Aracataca, el 6 de marzo de 1927, aunque le gustaba decir que había nacido en 1928, para que coincidiera con la Masacre de las Bananeras, un evento que marcó a su generación en Colombia y que recrea en "Cien años de soledad".
Su infancia transcurrió al cuidado de sus abuelos maternos, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía -veterano de la guerra de los Mil Días en Colombia- y Tranquilina Iguarán.
El escritor siempre diría que la semilla de su estilo y de su imaginación desaforada está allí, en esa casona que los relatos de su abuela poblaba de fantasmas y presencias. Relatos que Tranquilina Iguarán contaba con cara de palo, como si fueran lo más normal del mundo.
Esa manera de contar, diría García Márquez muchos años después, es la misma que usaría en libros como "Cien Años de Soledad".
El coronel Nicolás Ricardo falleció cuando "Gabito" -como le decían sus amigos- tenía ocho años. El niño fue enviado a vivir con sus padres, que eran prácticamente unos desconocidos para él, en el municipio de Sucre, al lado de sus demás hermanos.
Finalizaba su infancia corta y feliz. "Después, todo me resultó bastante plano: crecer, estudiar, viajar... Nada de eso me llamó la atención. Desde entonces no me ha pasado nada interesante", recordó alguna vez.

En Zipaquirá

García Márquez y su esposa Mercedes
García Marquez contrajo matrimonio con Mercedes Barcha en marzo de 1958.
A los doce años de edad, García Márquez ganó una beca para estudiar en un internado de Zipaquirá, municipio situado cerca de Bogotá, la capital colombiana.
Muchos de sus allegados reconocerían después a Zipaquirá en las descripciones del lúgubre y remoto pueblo al cual Aureliano Segundo va a buscar a Fernanda del Carpio en "Cien Años de Soledad".
Los años de internado también serían claves para forjar al escritor. Allí, en las solitarias tardes de sábado y domingo, el joven devoraría las obras de Julio Verne, Emilio Salgari y Alejandro Dumas.
En 1947 empezó a estudiar derecho en la Universidad Nacional de Bogotá, pero nunca finalizaría dicha carrera. Ese mismo año publicó, en el periódico El Espectador, su primer cuento, "La tercera resignación".
En 1948 ingresó como reportero al recién fundado periódico El Universal de Cartagena, pero ello no detuvo la escritura de cuentos para El Espectador. En ese diario -que todavía circula- conoció a Clemente Manuel Zabala, jefe de redacción, a quien recuerda como una persona que empezó a afinar tempranamente su estilo.
En 1950 conoció en Barranquilla a un grupo de jóvenes intelectuales: Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas. Ellos, a su vez, le presentarían a Ramón Vinyes, llamado "el sabio catalán".
Todos ellos aparecerían en "clave" en los últimos capítulos de Cien Años de Soledad.
La influencia de estas personas sería portentosa, pues no sólo se convirtieron en sus mejores amigos -y le consiguieron trabajo en el periódico El Heraldo de Barranquilla-, sino que lo introdujeron a lo mejor de la literatura moderna. Autores como Faulkner, Hemingway, Joyce, Kafka y Virginia Woolf.
Para 1951, García Márquez ya había escrito su primera novela, La Hojarasca, aunque sólo la publicaría años más tarde.

El periodista famoso

García Márquez, periodista
En la época que ejerció como periodista, trabajó en diarios como El Espectador y El Heraldo de Barranquilla.
En 1954, convencido por otro amigo, Álvaro Mutis, García Márquez regresó a Bogotá a trabajar de tiempo completo en El Espectador, donde escribió extraordinarios reportajes que lo convirtieron en uno de los periodistas más famosos de Colombia.
Al año siguiente viajaría a Ginebra, como enviado de El Espectador a la Conferencia de los Cuatro Grandes. Iba a ser un viaje corto, pero duró cuatro años.
La dictadura de Gustavo Rojas Pinilla cerró el periódico y García Márquez, que se encontraba en París, decidió invertir el dinero del billete de regreso en finalizar en Europa la novela que estaba escribiendo, "El coronel no tiene quién le escriba".
En Europa, García Márquez también escribiría "La mala hora" y varios de los cuentos que luego aparecerían en "Los funerales de la mamá grande".
En uno de sus regresos a Colombia, en 1958, se casó con Mercedes Barcha -el "Cocodrilo Sagrado", como la llama en su dedicatoria de "Los funerales de la mamá grande"- a quien, según relata en uno de sus libros, le propuso matrimonio ebrio, en una fiesta, cuando ella tenía trece años.
Su periplo como periodista llevó a Gabriel García Márquez a distintos lugares de América.
Uno de ellos fue La Habana, en 1960, en donde trabajó en la agencia de prensa creada por el gobierno cubano (Prensa Latina) tras la Revolución. Allí empezó su interés por la isla, el cual mantendría inalterable a través de los años, cimentado en una estrecha amistad con Fidel Castro.
También laboró en Caracas y Nueva York, casi siempre obedeciendo al ofrecimiento de trabajo de algún amigo.
Finalmente llegó a Ciudad de México -exactamente el día en que murió Ernest Hemingway, otro de sus maestros- en lo que sería un destino crucial en su carrera como escritor y donde se reencontró con su gran amigo Álvaro Mutis.
En la capital mexicana trabajó como guionista de cine, editor, publicista y periodista y fue en esta ciudad donde escribió la que para muchos es su obra cumbre: "Cien Años de Soledad".

Impulso literario

La manera como García Márquez escribió su más famosa novela ya forma parte de la mitología literaria latinoamericana. Así la describió él mismo:
"Desde hacía tiempo me atormentaba la idea de una novela desmesurada, no sólo distinta de cuanto había escrito hasta entonces, sino de cuanto había leído. Era una especie de terror sin origen.
"De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma, tan intenso y arrasador, que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de felicidad:
"-¡Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera!
"No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: 'Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo'.
"Desde hacía tiempo me atormentaba la idea de una novela desmesurada, no sólo distinta de cuanto había escrito hasta entonces, sino de cuanto había leído. Era una especie de terror sin origen."
Gabriel García Márquez
"Desde entonces no me interrumpí un solo día en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo llevó el carajo".
"Cien Años de Soledad" cambió la vida de García Márquez. El estilo avasallador y luminoso con que estaba escrito el libro (estilo del que sólo había dado unas puntadas en el cuento "Los funerales de la mamá grande"), así como sus historias delirantes, deslumbraron a lectores en todo el mundo .
Y lo sigue haciendo. Se calcula que la novela ha vendido más de cincuenta millones de ejemplares en todo el mundo desde que fue publicada, en mayo de 1967.

El otoño

Boyante e instalado en Barcelona, García Márquez empezó a escribir la novela en la que dejaría salir todo el caudal de su idioma: "El otoño del patriarca", el relato de un dictador latinoamericano.
La novela -según Gabo- del hombre en el que se habría convertido el coronel Aureliano Buendía si hubiera llegado al poder.
Pero antes publicó varios cuentos errantes y un relato largo bajo el título de "La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada".
García Márquez
En 1982 le tocó la consagración máxima: el Premio Nobel de Literatura.
En este período también se presentó la mayor fractura política entre los integrantes del "Boom" de la literatura latinoamericana, quienes le cambiaron la faz a la narrativa del continente. Fue en 1971, con la detención y posterior auto inculpación pública en Cuba del poeta Heberto Padilla, en un hecho que recordó a muchos los juicios estalinistas de décadas atrás.
Mientras escritores como Mario Vargas Llosa -pública y furiosamente- y Carlos Fuentes -de manera más discreta- se distanciaron del régimen cubano, García Márquez lo continuó apoyando, al lado de Julio Cortázar.
"El otoño del patriarca", publicada en 1975, confirmó el calibre literario del escritor colombiano.
Luego vino su período más activo políticamente. Anunció que no volvería a publicar ficción hasta que Augusto Pinochet no dejara el poder en Chile y se dedicó a recorrer el mundo escribiendo artículos periodísticos, los cuales fueron recopilados años después en el libro "Por la libre".
Por fortuna para sus lectores, rompió esta promesa en 1981, cuando se publicó la corta, densa y magnífica "Crónica de una muerte anunciada".
Al año siguiente le tocaría la consagración máxima, con el Premio Nobel de Literatura.

La etapa final

Luego del Nobel, García Márquez escribió cuatro novelas más: "El amor en los tiempos del cólera" -una obra especialmente admirada en el mundo anglosajón-, "El general en su laberinto" (sobre los últimos días de Simón Bolívar), "Del amor y otros demonios" y "Memorias de mis putas tristes" (2004), que se convertiría en su última obra de ficción.
También publicó el libro de relatos, "Doce cuentos peregrinos"; un gran reportaje, "Noticia de un secuestro", y sus memorias: "Vivir para contarla" (2002).
En 1999 se le descubrió un cáncer linfático, por el que, aunque recibió tratamiento con éxito, redujo mucho sus apariciones públicas. Sin embargo, en esos esporádicos momentos, siempre fue recibido con cariño por el público.
Sin embargo, en los últimos años de su vida sus apariciones frente a ese público se hicieron más escasas. También se habló mucho sobre su pérdida de memoria, algo que confirmó uno de sus hermanos.
Pero cada 6 de marzo -día de su cumpleaños- salía a la puerta de su casa en el Distrito Federal a saludar a los periodistas que se apiñaban en el lugar y le cantaban "Las mañanitas", tema con el que se celebran los onomásticos en México. Lo hizo hace poco más de un mes, en su cumpleaños 87.
Ahora, Gabriel García Márquez pertenece a la Historia.
Sin embargo, él mismo lo dijo, -y también lo dijeron sus amigos-: en el fondo de su alma nunca había dejado de ser el hijo del telegrafista de Aracataca.
Quienes tuvieron la oportunidad de tratarlo personalmente se dieron cuenta de que detrás de la fragorosa imagen del hombre público, amigo de estadistas y allegado al poder, se escondía un hombre tierno y casi tímido.
Por eso, pero sobre todo por sus libros, no sólo sus amigos lo quisieron. Millones de personas alrededor del mundo lo amaron.
Y muchos años después lo seguimos haciendo. Fallece Gabriel García Márquez
Diarismo mágico, las licencias de García Márquez como periodista García Márquez y su fascinación por el poder
 La vida de García Márquez, en imágenes

lunes, 3 de noviembre de 2014

Principios que son finales

Gabo que estás en los cielos

Nadie en la historia de la literatura ha llegado tan lejos al dinamitar las normas del arte de contar historias

Retrato del escritor Gabriel García Márquez tomado en Guadalajara ,México./ Gtresonline./lavanguardia.com
En esos momentos no se me ocurre un mejor homenaje a la memoria de Gabo que evocar en este apunte una cualidad que estimo admirable sin reservas. Algunos narradores creemos en el efecto determinante de la primera frase de una novela. El ideal sería que aquellas pocas palabras iniciales condensaran el sentido del relato que viene a continuación. Difícil reto íntimo que a veces retrasa el comienzo de la escritura y no siempre uno consigue resolver satisfactoriamente.
Pues bien, García Márquez tiene un par de esos principios únicos, ejemplares, que como mínimo ponen de relieve la tremenda capacidad expresiva de su poética, y el absoluto dominio de los registros narrativos. Señalo ambas condiciones porque los asombrosos principios de García Márquez –al menos en los dos más significativos– llevan implícito y por tanto anuncian nada menos que el desenlace de la historia que va a contar. Uno de ellos es el archifamoso arranque de 'Cien años de soledad'. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar…” Es decir: se nos hace saber que el pilar de la novela mágica que nos tendría atrapados durante el resto de nuestros días, el inolvidable coronel Aureliano Buendía moría frente a los fusiles de un pelotón de milicos. Eso no me impidió devorar la novela en el curso de un fin de semana de aquella movida primavera de 1968.
Años después, en 1981, el mago de Aracataca repitió la hazaña en una novela mucho más breve, más concisa y poética, para mí magistral: 'Crónica de una muerte anunciada', de 193 páginas en la primera edición de la vieja Bruguera.
Despega con estas palabras que resuenan contundentes como los tambores en la salvaje naturaleza colombiana: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Esa primera frase parecía contener la novela entera y, una vez más, el final. Sin embargo, una vez leída uno se sumergía en las aguas turbulentas de las ciento noventa restantes y no sacaba la cabeza para respirar hasta que lo rescataba el último punto y aparte. Imagino que eso mismo les sigue ocurriendo a los lectores de ahora, casi cuarenta años más tarde.
Entonces hubo quien se obstinó en no entender que sólo el talento creador de Gabo podía hacer algo tan hermoso como arriesgado. Nadie en la historia de la literatura ha llegado tan lejos al dinamitar las normas más elementales del arte de contar historias. Lo admiro por ello. Es como decir que sigo rendido al hechizo de su escritura.

viernes, 31 de octubre de 2014

Gracias, Maestro Gabo

Gabo que estás en los cielos 

Gabo vivió una vida plena e incomparable. Lo recordaremos como un creador genial, un ser humano lleno de sabiduría, humor y ternura, un trabajador incansable, que supo mostrarnos que la mejor manera de aprovechar un trayecto vital es siguiendo la vocación personal, con la terquedad y disciplina que dan cimiento al talento y la pasión



Gabriel García Márquez dejó implementada la FNPI para apoyar a los nuevos periodistas./fnpi

Declaración de Jaime Abello Banfi, Director General de la Fundación Gabriel García Márquez para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI)
Ciudad de México, 17 de abril de 2014

Nuestro querido Gabriel García Márquez se ha ido físicamente, pero permanecerá vivo entre nosotros a través de sus ideas, sus textos, su memoria en millones de personas que lo amamos en todo el mundo y el legado representado en el trabajo de sus fundaciones y escuelas de periodismo y cine. En su fundación en Cartagena, la FNPI, nos sentimos orgullosos de haber disfrutado la guía, acompañamiento y amistad del Gabo periodista y educador, comprometido a fondo con el periodismo como una pasión de toda la vida y como una forma de ejercer ciudadanía activa.

Gabo vivió una vida plena e incomparable. Lo recordaremos como un creador genial, un ser humano lleno de sabiduría, humor y ternura, un trabajador incansable, que supo mostrarnos que la mejor manera de aprovechar un trayecto vital es siguiendo la vocación personal, con la terquedad y disciplina que dan cimiento al talento y la pasión.

Gabo nos deja su fuerza. Asumimos con seriedad y entusiasmo, de la mano de nuestros maestros y aliados, la responsabilidad de que cada día más periodistas de Iberoamérica puedan conocer sus ideas, estudiarlas, aplicarlas e incluso cuestionarlas, pero siempre con la convicción de que este es un oficio de carpinteros, que se aprende y se perfecciona con la práctica, escuchando a la gente y despertando los sentidos para ver lo que nadie más ve, para que las sociedades se informen mejor.

Gracias, Gabo. Gracias, maestro de maestros. Cumpliremos tu mandato; seguiremos adelante con tus talleres, tu Premio, trabajando de muchas formas por una nueva y creativa época para el mejor oficio del mundo.

Los invitamos a visitar www.fnpi.org donde hemos preparado un sitio especial para homenajear al Maestro.

Jaime Abello Banfi
Director General de la FNPI

martes, 28 de octubre de 2014

Gabo: Piedra y Cielo me hizo escritor

Gabo que estás en los cielos

Esta fue la entrevista que Juan Gustavo Cobo Borda le hizo a Gabriel García Márquez, publicada el 28 de abril de 1981, donde el Nobel recuerda sus inicios como escritor

"Todavía pensaba en Mauricio Babilonia, en su olor de aceite y su ámbito de mariposas amarillas" Cien años de soledad./cromos.com.co
El lunes 23 de marzo almorcé con Gabriel García Márquez en su blanco apartamento enclavado en los cerros, desde los cuales se divisa todo Bogotá. Comimos pollo con verduras, pepinos y un bizcocho. Esa noche el presidente hablaría por televisión y anunciaría la ruptura de relaciones con Cuba.
Luego, en la sala, tomó café, leyó poemas inéditos de su amigo Álvaro Mutis y lanzó, una vez más, delirantes declaraciones de entusiasmo ante al autorretrato, previamente abaleado, que le había regalado el maestro Alejandro Obregón. Sólo entonces fuimos capaces ambos de sacar fuerzas de flaqueza y meternos en su estudio, "a trabajar".
Se trataba de un viejo proyecto sobre el cual siempre hacíamos chistes –"la entrevista del cachaco sapo al costeño corroncho"– y que consistía, simplemente, en que Gabo ya estaba harto de tantas entrevistas como le hacían, y en las cuales sólo le preguntaban de política, casi nunca de literatura y menos aún de poesía. Así que ahora, hundidos en confortables sillones de cuero, él, maniático de los aparatos –su verdadera pasión es la música–, desenfundó su diminuta grabadora japonesa –"no tanto para que no me adultere, sino porque esta charla me va a servir para mis memorias"– y yo la mía, un voluminoso armatoste que al parecer me habían enseñado a manejar el día anterior, y nos lanzamos a un comadreo literario de cuatro horas. Él atento a todo, se preocupaba de si mi grabadora grababa y, al final, extenuado, me rogaba que por amor a Dios desgrabara esa vaina en compañía de alguien que supiera, porque de otro modo iba a borrar todo. Yo, atortolado ante los misterios de la técnica, apenas si alcanzaba a introducir preguntas superfluas ante ese cuento perfecto que él iba deshilvanando delante de mí, y que no era otro que el de su formación literaria. Ya que esta, ustedes perdonen, era la primera entrevista con grabadora que yo hacía en mi vida.
_DMS5084 Foto: Archivo Cromos "Costeño corroncho", a veces se encorbataba como todo un "cachaco sapo"
Con el brazo caliente
¿Cuál era el cuento de Dickens que el doctor Galindo y su mujer leen en La mala hora?
El cuento de Navidad. Las referencias literarias que hay en mis libros, y que son muchas, son siempre de las cosas que estoy leyendo en el momento en que escribo.
La hojarasca parte de la imagen de un niño sentado en una silla; El coronel, de un hombre que espera, en un muelle de Barranquilla; El otoño del patriarca, de un anciano que deambula por un palacio lleno de vacas. Tu nueva novela, Crónica de una muerte anunciada, ¿de dónde proviene?
De un hecho real. De la muerte de un amigo. Es, sencillamente, un reportaje sobre un crimen, no presenciado directamente por mí, pero sobre el cual estaba recibiendo una avalancha de información permanente. El episodio que sirvió de base –una noticia de periódico– ya está muy lejos. No sólo han pasado 28 años, sino que se ha transformado por el tratamiento literario a que lo sometí.
¿Cómo hiciste, entonces, para desarmar toda esa compleja arquitectura literaria de El otoño y llegar a la aparente sencillez de esa crónica?
Entre cada una de mis novelas siempre hay un libro de cuentos. Cuando escribía, en París, La mala hora, esta se trabó y no salía nada. El coronel estaba adentro, estorbando. Después de La mala hora, igual me pasó con Los funerales. La cándida Eréndira es el libro de cuentos de después del Otoño y antes de embarcarme en mis falsas memorias. Yo ya llevó 5 años haciendo periodismo político, como una forma de no perder contacto con la realidad. Reportajes sobre Cuba, Angola, Viet Nam, y por ello mismo, cuando terminé esta Crónica, como quedé con el brazo caliente, seguí con mi columna periodística. Allí uso, si te fijas bien, el mismo estilo de la novela: testimonios de la gente, recuerdos míos.
_DMS5080 Foto: Archivo Cromos
Los cachacos también ven bien.
Siempre me he preguntado qué significó para ti la lectura de Cuatro años a bordo de mí mismo, la novela de Eduardo Zalamea; una novela cuyo tema –La Guajira– es un tema tan tuyo.
Mira, yo conocí a Eduardo antes de leer Cuatro años, que era, alrededor del 50, una gran referencia literaria en Colombia, pero que resultaba inconseguible. Luego, cuando lo conseguí, descubrir La Guajira allí fue una maravilla.
Pero es una Guajira vista por un cachaco.
Pero si los cachacos también ven bien. Yo tengo la impresión de que Eduardo tenía una Guajira imaginaria cuando se fue; llegó y contrastó dicha imagen con La Guajira real, y sacó un promedio: una Guajira a la vez muy lírica y muy cruda. Pero ya antes de mí, La Guajira había entrado en la literatura colombiana: acuérdate de Luna de arena, de Arturo Camacho. Lo que sí creo es que esta experiencia de La Guajira cambió totalmente a Eduardo: el Eduardo que regresó de allí traía una noción de la vida completamente diferente. Dejó atrás una bohemia desatada y tormentosa –tú sabes que en su viaje a La Guajira se pegó un tiro en el Café Roma, de Barranquilla, el café de los refugiados españoles, queriendo suicidarse, y falló– y cuando trabajaba en El Espectador era un hombre con un sentido de la puntualidad y de la responsabilidad tan estricto, que no se necesitaba reloj: uno podía saber la hora por el momento que Eduardo subía las escaleras del periódico. Además, era un mecanógrafo de primera. Escribía con diez dedos, a gran velocidad, y el texto salía como si fuera un tercer o cuarto borrador. De una perfección absoluta. Yo pienso, también, que Eduardo estuvo tanteando, y buscando, una novela que nunca pudo encontrar. Esa que él llamaba la 4ª batería, y que quizá su asombrosa capacidad para estar al día en materia literaria frustró, creándole perplejidades y desconciertos en el proyecto que llevaba adelante, y que a juzgar por los capítulos aparecidos nunca se concretó.
_DMS5089
Foto: Archivo Cromos
De sonrisa tan alegre como su camisa, mamó literatura desde la cuna. Su abuela no decía llorar sino requebrar.
El escándalo descomunal
Creo que nos estamos adelantando. Tratemos de reconstruir tu formación literaria desde el comienzo. ¿Cómo empezó?
Yo llagué a Bogotá en 1943, cuando tenía 13 años. Bogotá era entonces una ciudad remota y lúgubre, donde estaba cayendo una llovizna inclemente desde comienzos del siglo XVI. Estudiaba bachillerato en el colegio oficial de Zipaquirá. Para mí, la literatura es la poesía, y ya entonces, cuando llegué al colegio, me sabía de memoria todos los poetas clásicos españoles. No sólo me los sabía y recitaba, sino que los cantaba eternamente. También me sabía toda la poesía colombiana anterior a "Piedra y Cielo". Yo debía estar en tercer año cuando me llegó la noticia: el escándalo descomunal de unos tipos que estaban haciendo una poesía que no se entendía. El alboroto se armó en este país por alguien que se atrevía a levantar la mano contra su padre. Contra Guillermo Valencia. ¿Y quién era el promotor de este desorden, el introductor de la subversión poética? Nada menos que Pablo Neruda.
Para mí esa fue una revelación. Me di golpes de pecho y caí en cuenta de que con los románticos, parnasianos y neoclásicos me habían engañado por completo. Me puse a seguir entonces, con mucho interés, las presentaciones líricas que Eduardo Carranza, en el suplemento de Sábado, hacía de otros poetas. Allí recalcaba que el gran faro de ellos era Juan Ramón Jiménez, pero la impresión que yo siempre tuve (quizá porque nunca leí los libros de Juan Ramón que tocaba leer) fue la de que estos muchachos de "Piedra y Cielo", Carranza, Jorge Rojas, Camacho Ramírez, a mediados de los años cuarenta, eran mejores que él. En medio de la emoción de ese descubrimiento, un día, imagínate eso, me llegó la noticia de que uno de los miembros del grupo, Carlos Martín, iba de rector a Zipaquirá. Dio varias conferencias y me prestó dos libros fundamentales: La vida maravillosa de los libros, de Jorge Zalamea, y La experiencia literaria, de Alfonso Reyes.
¿Pero tú ya escribías?
Claro, hacía pastiches piedracielistas. Pero como tarea de clase. La verdad es que si no hubiera sido por "Piedra y Cielo", no estoy muy seguro de haberme convertido en escritor. Gracias a esta herejía pude dejar atrás una retórica acartonada, tan típicamente colombiana. Al releer, años después, a Guillermo Valencia, comprendí que era una figura completamente inflada, una vergüenza pública de la cual no se salva ni un solo verso.
¿Así que gracias a "Piedra y Cielo" descubriste la verdadera poesía, es decir, el lenguaje?
Cierto, porque fíjate, más tarde, cuando yo empecé a estudiar literatura en serio, comprendí el valor de ese viejo modo de hablar de mis abuelos, también típicamente colombiano, porque lo corregían a uno todo el tiempo. Pero había allí, en su anacronismo, una carga poética muy válida. Mi abuela, por ejemplo, no decía llorar sino requebrar; y cantaba una canción en la cual aparecían dos amantes dándose quejas. Yo creo que uno respira, naturalmente, en alejandrinos y endecasílabos, y por eso los dejo así en mis libros. Igualmente, si la época literaria en que transcurre El otoño del patriarca exige una presencia como la de Rubén Darío, éste aparece citado miles de veces. Además, Rubén Darío fue simplemente exaltado por "Piedra y Cielo" como su gran capitán. Así no es raro que cuando corrijo las pruebas de cualquier novela mía, el primer repaso esté dedicado a decapitar metáforas piedracielistas: todavía quedan.
Creo que la importancia histórica de "Piedra y Cielo" es muy grande y no suficientemente reconocida. Para mí fue fundamental. Allí no sólo aprendí un sistema de metaforizar, sino lo que es más decisivo, un entusiasmo y una novelería por la poesía que añoro cada día más y que me produce una inmensa nostalgia. Piensa tú en un país revuelto por unos loquitos que hacían versos. Unos orates contagiosos. En ese entonces la agitación que había con la poesía es la misma que hay hoy con el M-19.
Las lecturas del internado
¿Y Aurelio Arturo?
Yo conocí a Aurelio a través de "Piedra y Cielo", pero nunca lo consideré como del grupo: siempre lo tuve como alguien que venía de antes y cuya ruptura, ya entonces, era mucho más decantada que la de "Piedra y Cielo". Eso era lo lindo de Arturo: traía un refinamiento, una filtración de poesía a la cual no habían llegado los piedracielistas. Él ya había dado el salto que los piedracielistas no dieron nunca. Mientras ellos se quedaban de piedracielistas, Aurelio continuaba volando, aparentemente más bajo, pero para llegar más lejos.
¿Y Álvaro Mutis?
Soy amigo suyo hace treinta años y nunca he hablado de su poesía. Pero yo también recuerdo esas experiencias de Mutis como si yo las hubiese vivido. Yo también he pasado vacaciones en Coello; también he sentido el estruendo del río sobre las piedras, he oído esos pájaros extraños y sufrido idéntica desolación. Creo que el tono suyo es el tono de la poesía. Gracias a él yo también he vivido lo mismo.
Así que con "Piedra y Cielo" se da en cierto modo tu ingreso a la poesía, y a la vez al límite: te topas contra una pared. ¿Cómo pasas de ahí al cuento?
En ese mismo internado, en Zipaquirá, se tenía la costumbre de leer un libro en voz alta antes de dormirnos. Como a mí ya me gustaban los libros, y eso se sabía, casi que por fuerza de gravedad me fui apoderando de la función de sugerir qué libros deberían leerse, con lo cual el profesor se desentendía de escogerlos y yo oía los que no alcanzaba a leer por mi cuenta, en clase. Allí se leyó, íntegra, La montaña mágica. Nosotros pedíamos que no se interrumpiese la lectura hasta que acabáramos el capítulo y había luego unas discusiones eternas para saber si Hans Castorp se acostaba con Claudia Chauchat o no. Y, claro está, también leímos Los tres mosqueteros (El conde de Montecristo lo había leído antes) y El jorobado de Nuestra Señora, Nostradamus, Cruz diablo: un montón de cosas.
Pero yo seguía con la obsesión de la poesía. Por eso, cuando terminé mi bachillerato y me fui para Bogotá, a la universidad, mi diversión más salaz era meterme en los tranvías de vidrios azules que por cinco centavos giraban sin cesar desde la Plaza de Bolívar hasta la Avenida Chile, y pasar en ellos esas tardes de desolación que parecían arrastrar una cola interminable de muchos otros domingos vacíos. Lo único que hacía durante los viajes de círculos viciosos era leer libros de versos y versos y versos, a razón quizá de una cuadra de versos por cada cuadra de la ciudad, hasta que se encendían las primeras luces en la lluvia eterna y entonces recorría los cafés taciturnos de la ciudad vieja en busca de alguien que me hiciera la caridad de conversar conmigo sobre los versos y versos y versos que acababa de leer. A veces encontraba alguien, que era casi siempre un hombre, y nos quedábamos hasta pasada la medianoche tomando café y fumando las colillas de los cigarrillos que nosotros mismos habíamos consumido y hablando de versos y versos y versos mientras el resto del mundo la humanidad entera hacía el amor.
_DMS5091 Foto: Archivo Cromos
Los costeños: la gente mas triste del mundo
Parece un poco triste, ¿no?
Sí, pero no te olvides que los costeños somos la gente más triste del mundo. Había, además, unos bailes de costeños del carajo en aquella época, y yo recuerdo que en medio de la rumba abandonábamos a la novia y nos sentábamos en un rincón a soltarle a un tipo cualquiera el rollo infinito de la literatura, para acabar, taca-taca-taca-taca, recitando poesía. Eso no se cura nunca, es un vicio.


Como ahora, ¿no?
Ahí seguimos. Además, tú sabes: se luce uno mucho en las visitas. Pero en serio: lo que yo quería entonces hacer en poesía es lo que he hecho en novela. Encontrar una solución poética.
¿Y cómo seguiste manteniendo el vicio?
Yo nunca tenía plata para comprar libros, pero siempre aparecían amigos que me los prestaban. Uno de ellos, Jorge Álvaro Espinosa, rosarista, hoy asesor económico de grandes empresas, y que no tenía nada que ver con el mundo intelectual, poseía una de las culturas literarias más grandes que yo conozco. El me prestó La metamorfosis, de Kafka. Yo llegué a la pensión de estudiante en que entonces vivía, me quité el saco, los zapatos, me acosté en la cama, abrí el libro, así, y comencé: "Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto". Cerré el libro y dije: Ahhh carajo, yo no sabía que eso se podía. Si la vaina es así, yo también puedo. Al día siguiente escribí mi primer cuento. Esas cosas que están en Ojos de perro azul y que son kafkianas.
No hacer quedar mal a Zalamea
¿Los que aparecieron en el suplemento Fin de semana de El Espectador?
Sí, porque fíjate cómo son las cosas: en esos mismos días Eduardo Zalamea Borda, quien dirigía ese suplemento, quien hablaba allí de Faulkner, de Hemingway, de Caldwell, quien era la persona mejor formada del mundo –el libro que por la mañana aparecía reseñado en Time, por la tarde ya estaba sobre su escritorio– y quien años más tarde cuando volví a Bogotá y entré a trabajar en El Espectador, sería mi jefe y uno de mis mejores amigos, en verdad un excelente compañero de tragos, había escrito la eterna nota de respuesta a la eterna nota de protesta a nuestro joven de entonces que mandaba la eterna queja de siempre: que a los jóvenes no los publicaban. Entonces Eduardo dijo que la joven generación literaria no parecía muy convincente pero que de todos modos las puertas estaban abiertas. Yo, por solidaridad generacional. mandé mi cuento y al domingo siguiente apareció nada menos que con una nota de Eduardo rectificando su anterior juicio pesimista y diciendo que sí había promesas valiosas, como este García Márquez. Cuando leí esto, me dije: Ahora sí me jodí. No me queda más remedio que volverme un buen escritor, para no hacer quedar mal a Eduardo Zalamea.
_DMS5093 Foto: Archivo Cromos
Griegos y latines
Luego del 9 de abril del 48, en que se te quemaron los pocos libros que tenías y, según dicen, algún manuscrito, ¿qué pasó?
Me fui para Cartagena a trabajar en el periódico El Universal. Yo llegaba, escribía mi nota, cerraban el periódico a la una de la tarde y nos íbamos otra vez, a hablar mierda y a recitar poesía con Héctor Rojas Herazo, Donaldo Bossa y Gustavo Ibarra Merlano. Este último un ser adorable y hoy gran abogado de aduanas, llegó un día y me dijo: "Todas esas cosas que lees están muy bien, pero no tienen piso. Te hace falta una base", y durante dos años me dio una mano de griegos y de latines por la cual le estaré agradecido toda la vida. No es que me prestara a Sófocles; es que me obligaba a estudiarlo, punto por punto, y luego me hacía examen. Y como él era un filósofo católico, me hizo leer a Kierkegaard y el teatro de Paul Claudel… Es que a mí siempre me tocó ir de monstruo en monstruo.
Y los amigos de Barranquilla, los que aparecen al final de Cien años de soledad: Álvaro (Cepeda Samudio), Germán (Vargas) y Alfonso (Fuenmayor), ¿cuándo los conociste?
Estando en Cartagena supe, a través de los periódicos, que en Barranquilla la cosa estaba más movida literariamente, más sabrosona. Y ahora, cuando te digo esto y cuento por primera vez todas estas cosas, soy consciente que lo que yo andaba era detrás del desorden literario. Ellos ya habían escrito sobre mis cuentos; esa cosa mafiosa de meterlo a uno en un grupo: costeños versus cachacos. Y allá me fui y empezaron las grandes borracheras y, dele, a hablar de literatura. Alguno de ellos donde las putas hacía una cita de un libro que yo no conocía y al día siguiente me lo prestaba, y yo lo leía, todavía borracho, y por la tarde ya podía hablar de él: era el cuento de nunca acabar. Con Gustavo había estudiado tres tipos claves: Hawthorne, Melville y Poe, pero Álvaro Cepeda, que se conocía muy bien sus clásicos, me dijo: "Todo eso es una mierda. Lo que tienes es que leer a los ingleses y a los norteamericanos". Jorge Rondón, de la librería Mundo en Barranquilla, nos pedía que le ayudáramos a marcar los catálogos y, claro, pedíamos lo que a nosotros nos interesaba. Así, cada vez que llegaba una caja, hacíamos fiesta. Eran los libros de Sudamericana, de Lozada, de SUR, aquellas cosas magníficas que traducía el grupo de Borges. Y estaban también esos libros que traducía Lino Novas Calvo –Contrapunto, Faulkner–, que era jefe de redacción de Bohemia, en La Habana, y que aparecían editados en la Argentina. Pero estando en Cartagena me dio pulmonía y los médicos me aconsejaron que me fuera para la casa de mis padres, en Sucre. Tenía que quedarme tres meses y entonces yo le mandé un papelito a la gente de Barranquilla pidiéndoles algo que leer. Llegaron tres cajas. Allí estaba todo. Faulkner, Virginia Woolf, Sherwood Anderson, Dos Passos, Teodoro Dreisser. A los tres meses, cuando les devolví los libros, tenía el problema de la novela resuelto.
Historia de La hojarasca
Pero no habías escrito ninguna todavía.
Ahhh, esa es otra historia: la historia de cuando mi madre volvió a Aracataca desde Barranquilla a vender la vieja casa de los abuelos, ya en ruinas, y yo la acompañé. Yo había salido de Aracataca a la edad de 8 años y no había vuelto nunca. Cuando llegamos a ese pueblo acabado, con un calor terrible, lo primero que hicimos fue entrar en una botica. Allí una señora estaba cosiendo a máquina; mi madre le dijo: "Comadre", ella hizo un gesto así, se levantó, la abrazó, le dijo: "Comadre" y estuvieron llorando media hora, abrazadas, sin decirse nada. Al regresar en el tren, esa misma tarde, empecé a preguntarle a mi madre por la historia de mi abuelo, de la familia de donde habían venido, y sentí que todo eso era un material literario que yo tenía allí dentro y que no sabía muy bien por dónde iba a reventar. Así que regresé de ese viaje y me puse a escribir, muy rápidamente, en Barranquilla, La hojarasca, con un método completamente woolfiano: su técnica es la de la Señora Dalloway, aunque los críticos, que son tan brutos, no se hayan dado cuenta.
Y a Hemingway, ¿cuándo lo leíste?
Cuando salí del periódico El Heraldo, de Barranquilla, me fui por La Guajira un tiempo, con maletín, a vender libros de medicina y la enciclopedia UTEHA. Así andaba por los pueblos, Aracataca, Fundación, El Copey, Valledupar, La Paz, Villanueva, San Juan del Cesar, Fonseca, Barranca, Riohacha, La Guajira adentro, no vendiendo nada y leyendo de noche la enciclopedia. Estando un día en Valledupar, con un calor espantoso, en un hotel, me llegó la revista Life, enviada por esos locos de Barranquilla. Allí estaba El viejo y el mar, que fue como un taco de dinamita. Porque lo que pasa, Cobo, es que los novelistas son unos lectores diferentes al resto de los humanos. Sólo leen para saber cómo están hechos los libros. Se trata de una lectura puramente técnica, para desarmar el libro y ver cómo está cosido por dentro. Yo siempre he pensado que Hemingway, al cual le debo varias de las recetas técnicas para escribir, no tenía suficiente aliento para la novela. Su aliento le alcanzaba apenas para el cuento. El viejo y el mar está alargado y se le nota el relleno: todas esas reflexiones sobre Di Maggio y la pelota. Pero lo curioso es que lo más bello de Hemingway es esa novela frustrada, Al otro lado del río y entre los árboles, donde tú, que ya lo sabes leer, saltas por encima de esos diálogos artificiales, donde dice cosas extraordinarias y captas lo que el viejo te quiere contar. Pero esta también es un cuento alargado.
El mejor cuento de Hemingway es La corta y feliz vida de Francis Macomber, y es quizás uno de los mejores cuentos del mundo, pero es un cuento que tiene un error imperdonable en un principiante: Hemingway nos dice qué piensa Macomber, qué piensa Wilson, qué piensa la mujer, qué piensa el león, qué piensa el búfalo, y al final nos hace una trampa: dice que no sabe si la mujer lo mató deliberadamente o por accidente. La literatura es un tablero de ajedrez en que uno le explica al lector, desde el comienzo, cómo va a mover las fichas. Una vez que empieza el juego, no se pueden cambiar las reglas que uno mismo impuso.
_DMS5099 Foto: Archivo Cromos Su casa de México, donde no puede disfrutar el olor a guayaba o la llovizna bogotana.
Estrellas de la muerte, en húngaro
¿Fue en Bogotá, o en Barranquilla, donde conociste a Hernando Téllez?
Lo conocí en Barranquilla, y lo leía, siempre, todos los domingos, en su columna. Pero donde más lo disfruté, porque era un ser entrañable, fue luego en Bogotá. Aquí nos pasábamos domingos enteros recitando versitos pendejos, hasta cuando la mujer de Téllez se encabronaba y se iba diciendo: ya no soporto más versitos pendejos. Versos como aquel de los fieros caballos.
¿Cuál?
"Había una vez un rey muy ducho
Que maltrataba a sus vasallos,
Los hacía montar fieros caballos
Y los caballos los tumbaban mucho".
Y después de Barranquilla, ¿qué pasó?
Que llegó Álvaro Mutis a vaciarme, y a decirme que me estaba oxidando en la provincia. Entonces me vine a trabajar a El Espectador en Bogotá, y a leer a Conrad, ambas vainas por culpa de Mutis. Yo creo que Conrad es el autor que leo con más placer: hay unas ganas de irse para esos libros, y de vivir en esas páginas, que no siento ningún otro autor. Así que ya están dados los elementos de mi formación literaria. Lo que importaba, de ahí en adelante, era mantener el motor caliente, y andando. Pero creo que nunca, como entonces, se leía con tanto fervor y se vivía, tan furiosamente, lo que era la verdad; es decir: la literatura.
Una última pregunta: ¿qué significa Halacsillag, el nombre que le das al buque fantasma, en uno de los cuentos de La cándida Eréndira?
Estrella de la muerte, en húngaro. Yo quería ponerle a ese barco el nombre en un idioma que no tuviese mar. Estaba en Barcelona, pensando en eso, cuando llegó mi traductor al húngaro, y se lo pregunté.
Nunca había visto a García Márquez tan sereno, tan cálido; tan centrado en su mundo; tan feliz de volver a vivir en Colombia; incluso, lo cual ya era el colmo, disfrutando la llovizna gris de Bogotá. Ahora, desgrabando los malditos casetes, pienso que el resumen de esta charla ya lo había hecho Faulkner, años antes, en su entrevista de Paris Review: "yo soy un poeta fallido", decía Faulkner. "Tal vez todo novelista quiere escribir poesía primero, descubre que no puede y a continuación intenta el cuento, que es el género más exigente después de la poesía. Y, al fracasar también en el cuento, y sólo entonces, se pone a escribir novelas". Lo grave de García Márquez es que fundió los tres, y acertó.