lunes, 3 de noviembre de 2014

Principios que son finales

Gabo que estás en los cielos

Nadie en la historia de la literatura ha llegado tan lejos al dinamitar las normas del arte de contar historias

Retrato del escritor Gabriel García Márquez tomado en Guadalajara ,México./ Gtresonline./lavanguardia.com
En esos momentos no se me ocurre un mejor homenaje a la memoria de Gabo que evocar en este apunte una cualidad que estimo admirable sin reservas. Algunos narradores creemos en el efecto determinante de la primera frase de una novela. El ideal sería que aquellas pocas palabras iniciales condensaran el sentido del relato que viene a continuación. Difícil reto íntimo que a veces retrasa el comienzo de la escritura y no siempre uno consigue resolver satisfactoriamente.
Pues bien, García Márquez tiene un par de esos principios únicos, ejemplares, que como mínimo ponen de relieve la tremenda capacidad expresiva de su poética, y el absoluto dominio de los registros narrativos. Señalo ambas condiciones porque los asombrosos principios de García Márquez –al menos en los dos más significativos– llevan implícito y por tanto anuncian nada menos que el desenlace de la historia que va a contar. Uno de ellos es el archifamoso arranque de 'Cien años de soledad'. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar…” Es decir: se nos hace saber que el pilar de la novela mágica que nos tendría atrapados durante el resto de nuestros días, el inolvidable coronel Aureliano Buendía moría frente a los fusiles de un pelotón de milicos. Eso no me impidió devorar la novela en el curso de un fin de semana de aquella movida primavera de 1968.
Años después, en 1981, el mago de Aracataca repitió la hazaña en una novela mucho más breve, más concisa y poética, para mí magistral: 'Crónica de una muerte anunciada', de 193 páginas en la primera edición de la vieja Bruguera.
Despega con estas palabras que resuenan contundentes como los tambores en la salvaje naturaleza colombiana: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Esa primera frase parecía contener la novela entera y, una vez más, el final. Sin embargo, una vez leída uno se sumergía en las aguas turbulentas de las ciento noventa restantes y no sacaba la cabeza para respirar hasta que lo rescataba el último punto y aparte. Imagino que eso mismo les sigue ocurriendo a los lectores de ahora, casi cuarenta años más tarde.
Entonces hubo quien se obstinó en no entender que sólo el talento creador de Gabo podía hacer algo tan hermoso como arriesgado. Nadie en la historia de la literatura ha llegado tan lejos al dinamitar las normas más elementales del arte de contar historias. Lo admiro por ello. Es como decir que sigo rendido al hechizo de su escritura.

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