miércoles, 26 de noviembre de 2014

La obra inacabada de Gabo, "En agosto nos vemos"

Gabo que estás en los cielos

La Vanguardia ofrece el primer capítulo de la novela inédita del recientemente desaparecido Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez anunció de una novela que escribía. Aquí se muestra esa primicia mundial/lavanguardia.com
 
Volvió a la isla el viernes 16 de agosto en el transbordador de las dos de la tarde. Llevaba una camisa de cuadros escoceses, pantalones de vaquero, zapatos sencillos de tacón bajo y sin medias, una sombrilla de raso y, como único equipaje, un maletín de playa. En la fila de taxis del muelle fue directo a un modelo antiguo carcomido por el salitre. El chófer la recibió con un saludo de antiguo conocido y la llevó dando tumbos a través del pueblo indigente, con casas de bahareque y techos de palma, y calles de arenas blancas frente a un mar ardiente. Tuvo que hacer cabriolas para sortear los cerdos impávidos y a los niños desnudos, que lo burlaban con pases de toreros. Al final del pueblo se enfiló por una avenida de palmeras reales, donde estaban las playas y los hoteles de turismo, entre el mar abierto y una laguna interior poblada de garzas azules. Por fin se detuvo en el hotel más viejo y desmerecido.
El conserje la esperaba con las llaves de la única habitación del segundo piso que daba a la laguna. Subió las escaleras con cuatro zancadas y entró en el cuarto pobre con un fuerte olor de insecticida y casi ocupado por completo con la enorme cama matrimonial. Sacó del maletín un neceser de cabritilla y un libro intenso que puso en la mesa de noche con una página marcada por el cortapapeles de marfil. Sacó una camisola de dormir de seda rosada y la puso debajo de la almohada. Sacó una pañoleta de seda con estampados de pájaros ecuatoriales, una camisa blanca de manga corta y unos zapatos de tenis muy usados, y los llevó al baño con el neceser.
Antes de arreglarse se quitó la camisa escocesa, el anillo de casada y el reloj de hombre que usaba en el brazo derecho, y se hizo abluciones rápidas en la cara para lavarse el polvo del viaje y espantar el sueño de la siesta. Cuando acabó de secarse sopesó en el espejo sus senos redondos y altivos a pesar de sus dos partos, y ya en las vísperas de la tercera edad. Se estiró las mejillas hacia atrás con los cantos de las manos para verse como había sido de joven, y vio su propia máscara con los ojos chinos, la nariz aplastada, los labios intensos. Pasó por alto las primeras arrugas del cuello, que no tenían remedio, y se mostró los dientes perfectos y bien cepillados después del almuerzo en el transbordador. Se frotó con el pomo del desodorante las axilas recién afeitadas y se puso la camisa de algodón fresco con las iniciales AMB bordadas a mano en el bolsillo. Se desenredó con el cepillo el cabello indio, largo hasta los hombros, y se hizo la cola de caballo con la pañoleta de pájaros. Para terminar, se suavizó los labios con el lápiz labial de vaselina simple, se humedeció los índices en la lengua para alisarse las cejas lineales, se dio un toque de su perfume amargo detrás de cada oreja y se enfrentó por fin al espejo con su rostro de madre otoñal. La piel, sin un rastro de cosméticos, se defendía con su color original, y los ojos de topacio no tenían edad en los oscuros párpados portugueses. Se trituró a fondo, se juzgó sin piedad y se encontró casi tan bien como se sentía. Sólo cuando se puso el anillo y el reloj se dio cuenta de su retraso: faltaban seis para las cinco. Pero se concedió un minuto de nostalgia para contemplar las garzas que planeaban inmóviles en el vapor ardiente de la laguna. Los nubarrones negros del lado del mar le aconsejaron la prudencia de llevar la sombrilla.
El taxi la esperaba bajo los platanales del portal. Se alejó por la avenida de palmeras hasta un claro de los hoteles donde había un mercado popular al aire libre, y se detuvo en un puesto de flores. Una negra grande que hacía la siesta en una silla de playa despertó sobresaltada, reconoció a la mujer en el asiento posterior del automóvil y le dio, entre risas y chácharas, el ramo de gladiolos que había encargado para ella desde la mañana. Unas cuadras más adelante el taxi torció por un sendero apenas transitable que subía por una cornisa de piedras afiladas. A través del aire enrarecido por el calor se veían los yates de placer alineados en la dársena del turismo, el trasbordador que se iba, el perfil remoto de la ciudad en la bruma del horizonte, el Caribe abierto.
En la cumbre de la colina estaba el cementerio triste de los pobres. Empujó sin esfuerzo el portón oxidado, y entró con el ramo de flores en el sendero de túmulos tragados por la maleza, con escombros de ataúdes y saldos de huesos calcinados por el sol. Las tumbas parecían iguales en el cementerio desamparado con una ceiba de grandes ramas en el centro. Las piedras afiladas hacían daño aun a través de las suelas de caucho recalentado, y el sol duro se filtraba por el raso de la sombrilla. Una iguana surgió de los matorrales, se detuvo en seco frente a ella, la miró un instante y escapó en estampida.
Había acabado de limpiar tres tumbas, y estaba exhausta y empapada de sudor cuando logró reconocer la lápida de mármol amarillento con el nombre de la madre y la fecha de su muerte, veintinueve años antes. Solía darle las noticias de la casa, la había informado con datos confidenciales para que la ayudara a decidir si se casaba, y a los pocos días creyó recibir su respuesta en un sueño que le pareció inequívoco y sabio. Algo semejante le había ocurrido cuando el hijo estuvo dos semanas entre la vida y la muerte por un accidente de tránsito, sólo que la respuesta no le llegó en sueños, sino por la conversación casual con una mujer que se le acercó en el mercado sin ningún motivo. No era supersticiosa, pero tenía la certeza racional de que la identificación perfecta con su madre continuaba después de su muerte. Así que le hizo las preguntas del año, puso las flores en la tumba, y se fue convencida de recibir las respuestas el día menos pensado.
Misión cumplida: había repetido aquel viaje por veintiocho años consecutivos cada 16 de agosto a la misma hora, en el mismo cuarto del mismo hotel, con el mismo taxi y la misma florista bajo el sol de fuego del mismo cementerio indigente, para poner un ramo de gladiolos frescos en la tumba de su madre. A partir de ese momento no tenía nada que hacer hasta las nueve de la mañana del día siguiente, cuando salía el transbordador de regreso.
Se llamaba Ana Magdalena Bach, había cumplido cincuenta y dos años de nacida y veintitrés de un matrimonio bien avenido con un hombre que la amaba, y con el cual se casó sin terminar la carrera de letras, todavía virgen y sin noviazgos anteriores. Su padre fue un maestro de música que seguía siendo director del Conservatorio Provincial a los ochenta y dos años, y su madre había sido una célebre maestra de primaria montesoriana que, a pesar de sus méritos, no quiso ser nada más hasta su último aliento.
Ana Magdalena heredó de ella la esbeltez de los ojos amarillos, la virtud de las pocas palabras y la inteligencia para disimular el temple de su carácter. La voluntad de ser enterrada en la isla la había expresado tres días antes de morir. Ana Magdalena quiso acompañarla, desde el primer viaje, pero a nadie le pareció prudente, porque ella misma no creyó que pudiera sobrevivir a su congoja. Al primer aniversario, sin embargo, su padre la llevó a la isla para poner la lápida de mármol que estaban debiéndole a la tumba. La asustó la travesía en una canoa con motor fuera de borda que demoró casi cuatro horas sin un instante de buena mar. Admiró las playas de harina dorada al borde mismo de la selva virgen, el alboroto atronador de los pájaros y el vuelo fantasmal de las garzas en el remanso de la laguna interior. Pero la deprimió la miseria de la aldea, donde tuvieron que dormir a la intemperie en una hamaca colgada entre dos cocoteros, y la cantidad de pescadores negros con el brazo mutilado por la explosión prematura de los tacos de dinamita. Por encima de todo, sin embargo, entendió la voluntad de su madre cuando vio el esplendor del mundo desde la cumbre del cementerio. Fue entonces cuando se impuso el deber de llevarle un ramo de flores todos los años mientras tuviera vida.
Agosto era el mes más caluroso del año y la estación de los aguaceros grandes, pero ella lo entendió como una obligación de su vida privada que debía cumplir sin falta y siempre sola. Fue la única condición que le impuso a su hombre antes de casarse, y él tuvo la inteligencia de admitir que era algo ajeno a su poder.
Así que Ana Magdalena había visto crecer año tras año los acantilados de cristal de los hoteles de turismo, había pasado de las canoas de indios a las lanchas de motor, y de éstas al transbordador, y creía tener motivos para sentirse como el nativo más antiguo de la aldea.
Aquella tarde, cuando volvió al hotel, se tendió en la cama sin más ropas que las bragas de encajes y reanudó la lectura del libro que había empezado durante el viaje. Era el Drácula original de Bram Stoker. Siempre fue una buena lectora. Había leído con rigor lo que más le gustaba, que eran las novelas cortas de cualquier género, como el Lazarillo de Tormes, El viejo y el mar, El extranjero. En los últimos años, al borde de los cincuenta, se había sumergido a fondo en las novelas sobrenaturales.
Drácula le había fascinado desde el principio, pero aquella tarde sucumbió al trueno continuo del ventilador colgado del cielo raso, y se quedó dormida con el libro en el pecho. Despertó dos horas después en las tinieblas, sudando a mares, de mal humor y sorda de hambre.
No era una excepción en su rutina de años. El bar del hotel estaba abierto hasta las diez de la noche, y varias veces había bajado a comer cualquier cosa antes de dormir. Notó que había más clientes que de costumbre a esa hora, y el mesero no le pareció el mismo de antes. Ordenó para no equivocarse un sándwich de jamón y queso con pan tostado, y café con leche. Mientras se lo llevaban se dio cuenta de que estaba rodeada por los mismos clientes mayores de cuando el hotel era el único, o de escasos recursos, como ella. Una niña mulata cantaba boleros de moda, y el mismo Agustín Romero, ya viejo y ciego, la acompañaba bien y con amor en el mismo piano de media cola de la fiesta inaugural.
Terminó deprisa, abrumada por la humillación de comer sola, pero se sintió bien con la música, que era suave y tierna, y la niña sabía cantar. Cuando volvió en sí sólo quedaban tres parejas en mesas dispersas, y justo frente a ella, un hombre distinto que no había visto entrar. Vestía de lino blanco, como en los tiempos de su padre, con el cabello metálico y el bigote de mosquetero terminado en puntas. Tenía en la mesa una botella de aguardiente y una copa a la mitad, y parecía estar solo en el mundo.
El piano inició el Claro de luna de Debussy en un buen arreglo para bolero, y la niña mulata la cantó con amor. Conmovida, Ana Magdalena pidió una ginebra con hielo y soda, el único alcohol que se permitía de vez en cuando, y lo sobrellevaba bien. Había aprendido a disfrutarlo a solas con su esposo, un alegre bebedor social que la trataba con la cortesía y la complicidad de un amante secreto.
El mundo cambió desde el primer sorbo. Se sintió bien, pícara, alegre, capaz de todo, y embellecida por la mezcla sagrada de la música con el alcohol. Pensaba que el hombre de la mesa de enfrente no la había mirado, pero cuando ella lo miró por segunda vez después del primer sorbo de ginebra, lo sorprendió mirándola. Él se ruborizó. Ella, en cambio, le sostuvo la mirada mientras él miró el reloj de leontina, lo guardó impaciente, miró hacia la puerta, se sirvió otro vaso, ofuscado, porque ya era consciente de que ella lo miraba sin clemencia. Entonces la miró de frente. Ella le sonrió sin reservas, y él la saludó con una leve inclinación de cabeza. Entonces ella se levantó, fue hasta su mesa y lo asaltó con una estocada de hombre.
–¿Puedo invitarlo a un trago?
El hombre se resquebrajó.
–Sería un honor –dijo.
–Me bastaría con que fuera un placer –dijo ella.
No había terminado cuando ya estaba sentada a la mesa, y sirvió un trago en la copa de él, y otro para ella. Lo hizo con tanta habilidad, y tan buen estilo, que él no acertó a quitarle la botella para impedir que se sirviera ella misma. Salud, dijo ella. Él se puso a tono, y ambos se tomaron la copa de un golpe. Él se atragantó, tosió con sobresaltos de todo el cuerpo y quedó bañado en lágrimas. Sacó el pañuelo intachable con un vaho de agua de lavanda, y la miró a través del llanto. Ambos guardaron un largo silencio hasta que él se secó con el pañuelo y recobró la voz. Ella se atrevió a sentar plaza con una pregunta:
–¿Está seguro que no vendrá nadie?
–No –dijo él sin ninguna lógica–. Era un asunto de negocios, pero ya no llegará.
Ella preguntó con una expresión de incredulidad calculada: ¿Negocios? Él le respondió como hombre para que no le creyera: Ya no estoy para nada más. Y ella, con una vulgaridad que no era suya, pero bien calculada, lo remató:
–Será en su casa.
Siguió pastoreándolo con su tacto fino. Jugó a adivinarle la edad, y se equivocó por un año de más: cuarenta y seis. Jugó a descubrir su país de origen por el acento, pero no acertó en tres tentativas. Probó a adivinar la profesión, pero él se apresuró a decirle que era ingeniero civil, y ella sospechó que era una artimaña para impedir que llegara a la verdad.
Hablaron sobre la audacia de convertir en bolero una pieza sagrada de Debussy, pero él no lo había advertido. Sin duda, se dio cuenta de que ella sabía de música y él no había pasado del Danubio azul. Ella le contó que estaba leyendo Drácula. Él sólo lo había leído de niño en una versión infantil, y seguía impresionado con la idea de que el conde desembarcara en Londres transformado en perro. En el segundo trago ella sintió que el aguardiente se había encontrado con la ginebra en alguna parte de su corazón, y tuvo que concentrarse para no perder la cabeza. La música se acabó a las once, y sólo esperaban que ellos se fueran para cerrar.
A esa hora ella lo conocía ya como si hubiera vivido con él desde siempre. Sabía que era aseado, impecable en el vestir, con unas manos mudas agravadas por el esmalte natural de las uñas. Se dio cuenta de que estaba cohibido por los grandes ojos amarillos que ella no apartó de los suyos, y que era un hombre bueno y cobarde. Se sintió con el dominio suficiente para dar el paso que no se le había ocurrido ni en sueños en toda su vida, y lo dio sin misterios:
–¿Subimos?
Él dijo con una humildad ambigua:
–No vivo aquí.
Pero ella no esperó siquiera que terminara de decirlo. Se levantó, sacudió apenas la cabeza para dominar el alcohol, y sus ojos radiantes resplandecieron.
–Yo subo primero mientras usted paga, le dijo. Segundo piso, número 203, a la derecha de la escalera. No toque, empuje nada más.
Subió a la habitación arrastrada por un dulce desasosiego que no había vuelto a sentir desde su última noche de virgen. Encendió el ventilador del techo, pero no la luz; se desnudó en la oscuridad sin detenerse, y dejó el reguero de ropa en el suelo desde la puerta hasta el baño. Cuando encendió la lámpara del tocador tuvo que cerrar los ojos y aspirar hondo con un esfuerzo para regular la respiración y controlar el temblor de las manos. Se lavó a toda prisa: el sexo, las axilas, los dedos de los pies macerados por el caucho de los zapatos, pues, a pesar de los terribles sudores de la tarde, no había pensado bañarse hasta la hora de dormir. Sin tiempo de cepillarse los dientes, se puso en la lengua una pizca de pasta dentífrica, y volvió al cuarto, iluminado apenas por la luz oblicua del tocador.
No esperó a que su invitado empujara la puerta, sino que la abrió desde dentro cuando lo sintió llegar. Él se asustó: ¡Ay, mi madre! Pero ella no le dio tiempo de más en la oscuridad. Le quitó la chaqueta a zarpazos enérgicos, le quitó la corbata, la camisa, y fue tirando todo en el suelo por encima de  su hombro. A medida que lo hacía, el aire se iba impregnando de un fuerte olor de agua de lavanda. Él trató de ayudarla al principio, pero ella se lo impidió con su audacia y su autoridad. Cuando lo tuvo desnudo hasta la cintura, lo sentó en la cama y se arrodilló para quitarle los zapatos y las medias. Él se soltó al mismo tiempo la hebilla del cinturón de modo que a ella le bastó con jalar los pantalones para quitárselos, sin que ninguno de los dos se preocupara por el reguero de llaves y el puñado de billetes y monedas que cayeron en el suelo. Por último, lo ayudó a sacarse el calzoncillo a lo largo de las piernas, y se dio cuenta de que no era tan bien servido como su esposo, que era el único que ella conocía, pero estaba sereno y enarbolado.
No le dejó ninguna iniciativa. Se acaballó sobre él hasta el alma y lo devoró para ella y sin pensar en él, hasta que ambos quedaron exhaustos en un caldo de sudor. Permaneció encima, luchando a solas contra las primeras dudas de su conciencia bajo el chorro caliente y el ruido sofocante del ventilador, hasta que se dio cuenta de que él no respiraba bien, abierto en cruz bajo el peso de su cuerpo. Entonces descabalgó y se tendió bocarriba a su lado. Él permaneció inmóvil hasta que pudo preguntar con el primer aliento:
–¿Por qué yo?
–Me pareció muy hombre –dijo ella.
–Viniendo de una mujer como usted –dijo él– es un honor.
–Ah –bromeó ella–. ¿No fue un placer?
Él no contestó y ambos yacieron pendientes de los ruidos de la noche. El cuarto era sedante en la penumbra de la laguna. Se oyó un aleteo cercano.
Él preguntó: ¿Qué es eso? Ella le habló de los hábitos de las garzas en la noche. Al cabo de una hora larga de susurros banales, ella empezó a explorar con los dedos, muy despacio, desde el pecho hasta el bajo vientre.
Lo exploró después con el tacto de sus pies a lo largo de las piernas, y comprobó que todo él estaba cubierto por un vello rizado y tierno que le recordó la hierba en abril. Luego empezó a provocarlo con besos tiernos en las orejas y en el cuello, y se besaron por primera vez en los labios.
Entonces él se le reveló como un amante exquisito que la elevó sin prisa hasta el más alto grado de ebullición. Ella se sorprendió de que unas manos tan primarias fueran capaces de tanta ternura. Pero cuando él trató de inducirla al modo convencional del misionero, ella se resistió, temerosa de que se estropeara el prodigio de la primera vez. Sin embargo, él se le impuso con firmeza, la manejó a su gusto y manera, y la hizo feliz.
Habían dado las dos cuando la despertó un trueno que sacudió los estribos de la casa, y el viento forzó el pestillo de la ventana. Se apresuró a cerrarla, y en el mediodía instantáneo de otro relámpago vio la laguna encrespada, y a través de la lluvia vio la luna inmensa en el horizonte y las garzas azules aleteando sin aire en la borrasca.
De regreso a la cama se le enredaron los pies en la ropa de ambos. Dejó la suya en el suelo para recogerla después, y colgó la chaqueta de él en la silla, colgó encima la camisa y la corbata, dobló los pantalones con cuidado para no arrugarles la línea, y le puso encima las llaves, la navaja y el dinero que se le habían caído de los bolsillos. El aire del cuarto se refrescaba por la tormenta, así que se puso el camisón rosado de una seda tan pura que le erizó la piel. El hombre, dormido de costado y con las piernas encogidas, le pareció un huérfano enorme, y no pudo resistir una ráfaga de compasión. Se acostó a sus espaldas, lo abrazó por la cintura, y el vaho amoniacal de su cuerpo ensopado de sudor le llegó al alma. Él soltó un resuello áspero y empezó a roncar. Ella se adurmió apenas, y despertó en el vacío del ventilador eléctrico cuando se fue la luz y el cuarto quedó en la fosforescencia verde de la laguna. Él roncaba entonces con un silbido continuo. Ella empezó a teclear en sus espaldas con la punta de los dedos por simple travesura. Él dejó de roncar con un sobresalto abrupto y su animal exhausto empezó a revivir. Ella lo abandonó por un instante y se quitó de un tirón la camisa de noche. Pero cuando volvió a él fueron inútiles sus artes, pues se dio cuenta de que se hacía el dormido para no arriesgarse por tercera vez. Así que se apartó hasta el otro lado de la cama, volvió a ponerse la camisa y se durmió a fondo de espaldas al mundo.
Su horario natural la despertó al amanecer. Yació un instante divagando con los ojos cerrados, sin atreverse a admitir el latido de dolor de sus sienes ni el mal sabor de cobre en la boca, por el desasosiego de que algo ignoto la esperaba en la vida real. Por el ruido del ventilador se dio cuenta de que había vuelto la luz y la alcoba era ya visible por el alba de la laguna.
De pronto, como el rayo de la muerte, la fulminó la conciencia brutal de que había fornicado y dormido por la primera vez en su vida con un hombre que no era el suyo. Se volvió a mirarlo asustada por encima del hombro, y no estaba. Tampoco estaba en el baño. Encendió las luces generales y vio que no estaba la ropa de él, y en cambio la suya, que había tirado por el suelo, estaba doblada y puesta casi con amor en la silla. Hasta entonces no se había dado cuenta de que no sabía nada de él, ni siquiera el nombre, y lo único que le quedaba de su noche loca era un tenue olor de lavanda en el aire purificado por la borrasca. Sólo cuando cogió el libro de la mesa de noche para guardarlo en el maletín se dio cuenta de que él le había dejado entre sus páginas de horror un billete de a veinte dólares.

martes, 25 de noviembre de 2014

En busca del Gabo perdido

Gabo que estás en los cielos

En 1982, el Instituto Colombiano de Cultura publicó un libro documental titulado Aracataca Estocolomo, hoy objeto de culto y casi imposible de encontrar. A él pertenece esta crónica, que ha sido corregida y actualizada levemente por el propio autor
Gabriel García Márquez en el otoño de su jardín./Guillermo Angulo./elmalpensante.com
 
Gabriel García Márquez en su plácida vejez en la fotografía de su amigo, Guillermo Angulo./elmalpensante.com
1. De México a París
Por los años cincuenta residía yo en México y llevaba la vida trashumante del fotógrafo de prensa. Un día tomé una serie de fotos sobre uno de mis temas preferidos: las creencias religiosas populares. Se trataba de un ensayo fotográfico de una Semana Santa en vivo, en Ixtapalapa, entonces un pueblito cercano a la capital mexicana.
Mi amigo Rodrigo Arenas Betancourt –quien era, además de escultor, muy buen escritor y excelente fotógrafo– vio mis fotos y me dijo: “Se las voy a mandar a mi cuate, Gabriel García Márquez, reportero de El Espectador”. Salieron publicadas ocupando toda una página bajo un engañoso titular: “Fotógrafo colombiano hace cine neorrealista en México”, y yo le escribí al para mí desconocido periodista dándole las gracias. Él me respondió diciendo que a mi regreso a Colombia me esperaba en El Espectador, y así se inició una persecución, que terminó en una sólida amistad que duró hasta el pasado 24 de abril.
En 1956 regresé al país y una de las primeras cosas que hice fue preguntar por Gabito. (García Márquez ha explicado muchas veces que “Gabito” es como se les dice a los Gabrieles en la costa, y que el “Gabo” –del que se derivó el nombre de “Gaba” para Mercedes Barcha– lo inventaron los cachacos por pensar que el diminutivo era demasiado confianzudo. Y así se extendió el error. Pero los amigos de antes seguimos diciéndole Gabito.) Nancy y Luis Vicens, en medio de una ruidosa fiesta con Alejandro Obregón, Enrique Grau y Germán Vargas, me dijeron que a mi lejano y desconocido amigo lo había mandado El Espectador a Europa, y que luego se quedaría en Roma, estudiando cine en el Centro Sperimentale di Cinematografia, que queda en Cinecittà. Precisamente al mismo centro al que yo pensaba ir a estudiar dirección de cine. De nuevo nos escribimos y él mismo me mandó estas precisas instrucciones para que averiguara por dónde andaba: 
Como tú llegas en verano –y probablemente yo no esté–, vas al número 2 de la Piazza Italia; subes al segundo piso, tocas el timbre y saldrá a abrirte una señora gorda, con una toalla en la cabeza, cantando ópera. Le preguntas por Fernando Birri, y Birri sabrá dónde encontrarme. 
Siguiendo al pie de la letra las instrucciones llegué a la dirección indicada y, después de tocar el timbre, salió la señora gorda, de toalla en la cabeza, cantando La donna è mobile. Y yo solté una carcajada que le molestó. Le pregunté por Fernando Birri y ella me dijo con sequedad:
–Ese sí era un latinoamericano bien educado; desgraciadamente se regresó a su país.
Dejando pasar la no velada insinuación sobre mi mala educación, discretamente insistí:
 –¿Y Gabriel García Márquez?
Y me respondió en italiano:
–Ma quello lì, chi lo conosce?
Fernando Birri es el hoy director argentino de cine, con más de 18 películas. Una, filmada en 1988, está basada en un cuento de García Márquez; allí Birri participa además como actor y, tal como lo presagiaba el título, aparece como “un señor muy viejo con unas alas enormes”. Años después, cuando él era director de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, en Cuba, lo vine a conocer y se rió mucho cuando le conté la anécdota italiana.
Luego de mi fracaso inicial con la señora que cantaba ópera, me consolé pensando: “Dentro de un mes se abre el Centro Sperimentale y allí me encontraré finalmente con Gabito”. Pero empezaron las clases y resultó que nadie conocía al estudiante sudamericano. Hasta que alguien, precisamente Néstor Almendros, quien al lado de Manuel Puig empezaba a estudiar cine conmigo, me dijo que la profesora de montaje (edición) se acordaba de él porque lo apreciaba mucho. Y fui a ver a la dottoressa Rosado, quien con una cierta entonación de película napolitana se lamentó:
–¡Ah!, García Márquez. El mejor alumno que yo haya tenido. Lástima que se fuera a París. Tenía gran talento y hubiera hecho carrera como montajista.
Lo que no pensó la dottoressa Rosado es que García Márquez era buen alumno de montaje porque lo había practicado, literariamente, en todo lo que escribía.
Y de nuevo volvimos a hacer, Gabito y yo, contacto epistolar. En su carta me invitaba a ir a un Festival de las Juventudes, en Moscú. Nos debíamos encontrar antes en Berlín. Para reunirme con él hice un largo viaje en tren, pero los guardias fronterizos me impidieron atravesar Alemania Oriental para llegar a la cita en el occidente de Berlín.
Regresé furioso a Roma y allí recibí un recado donde me decía que me esperaba en el Hôtel de Flandre, situado en el número 16 de la rue Cujas. (Había tanto latino viviendo en esa calle, incluido el poeta Nicolás Guillén, escampando dictadura batistiana en el hotel de enfrente, que los amigos empezaron a llamarlos la Tribu de los Cujas.) La invitación venía acompañada de una copia en papel amarillo –que aún conservo– de El coronel no tiene quien le escriba, enviada a las manos de una bella costarricense llamada “la Pupa” (“la Muñeca”), más tarde conocida como la cantante principal de un grupo de música popular famoso en los años sesenta, Los Machucambos, que interpretaba canciones divertidas como esta: 
El otorrinolaringólogo
conoce también al geólogo
y luego con el odontólogo
tomaron una decisión.
Llamaron a Pepe el radiólogo,
y a su compadre el entomólogo,
y, acompañados del cardiólogo,
se fueron a bailar el son. 
Cuando llegué a París, luego de terminar estudios en Roma, me fui derecho al hotel a buscar a mi inencontrable amigo. Y la administradora, madame Lacroix –que le había fiado durante seis meses el hospedaje a García Márquez mientras escribía esperando, como el coronel, un cheque de El Espectador que nunca llegaba–, me dijo que nuestro escritor se demoraba (acababa de recibir una tarjeta postal de su cliente, moroso pero querido), porque después del festival había decidido dar una vuelta por los países de la Cortina de Hierro, viaje que más tarde registró en una serie de reportajes publicados en Colombia por la revista Cromos.
Ante esta nueva decepción, le pedí a madame Lacroix que me alquilara la habitación más barata que tuviera.
–¿Cuánto se va a quedar?
–Dos o tres meses –le respondí.
Y entonces me llevó a un estrecho cuarto en la buhardilla del hotel, con las paredes inclinadas que correspondían al calco interior del techo, en cuyas salientes, invariablemente, me golpeaba la cabeza al levantarme de la cama.
Una tarde de invierno de repente tocaron a mi puerta y se apareció un joven con cara de costeño, sumergido en un grueso suéter azul, tipo Hemingway, envuelto en una bufanda de lana, y además herméticamente metido en un montgomery completamente abotonado. Y me dijo con abierta sonrisa caribe:
–Ajá, maestrico: ¿qué carajos anda haciendo usted en mi cuarto?
–¡Gabito! –le grité, antes de abrazarlo.
Al fin me había encontrado con mi amigo. 

2. De Bogotá a Nueva York
Gabriel García Márquez odia los títulos académicos y, en alguno de los múltiples reportajes que ha dado, dijo que no se había graduado en leyes para que no lo fueran a llamar “doctor”. Sin embargo yo asistí a su graduación de doctor honoris causa en literatura, invitado por él. Fue la primera gran premiación que tuvo: la prestigiosa Universidad de Columbia de Nueva York (donde había estudiado periodismo quien era tal vez su mejor amigo, Álvaro “el Nene” Cepeda) lo había escogido entre doce personas, para darle un kudos, palabra griega que significa algo así como gloria, reconocimiento, premio, y que en realidad era un doctorado en literatura. Para mí el premio fue que Gabriel me invitara a estar alojado en el Hotel Plaza (que había visto en tantas películas), en una habitación con vista al Central Park.
Íbamos volando rumbo a Nueva York y, justo al pasar sobre Cuba, el capitán del avión salió a saludar a García Márquez, que iba acompañado de Mercedes, y le preguntó en qué podía servirle. Gabo le contestó:
–Aterricemos en la isla, nos tomamos un cubalibre, y seguimos el viaje.
A lo que el capitán, con un gran sentido del humor, y sacando del bolsillo un estilógrafo, le dijo:
–Maestro, amenáceme con este estilógrafo. Nuestras instrucciones son de que a la menor amenaza obedezcamos las peticiones del secuestrador.
Y Gabito lo inrrumpió para preguntarle:
–Perdone. ¿Usted es de Duitama?
La sorpresa se reflejó inmediatamente en la cara del piloto.
–Sí –respondió–. ¿Cómo lo supo?
–Porque yo tenía un compañero de estudios en Zipaquirá y hablaba igualito a usted.
Estas observaciones sorpresivan son muy comunes en el escritor, ya que él dice: “Mi oficio es ver y anotar”.
Pero volvamos a Nueva York, precisamente al aeropuerto. Al llegar, en la escalera del avión nos esperaba un agente del Servicio Secreto. Al retirarse para ir a vivir a México, luego de haber sido representante de Prensa Latina, le fue suspendida su Green Card y le quitaron la visa. Gabo quedó sin poder ingresar a Estados Unidos, hasta que un día Henry Kissinger dijo: “No es posible que se le niegue la entrada a los Estados Unidos al autor de Cien años de soledad”.
La Universidad de Columbia sabía que en ese momento no tenía visa, y había conseguido un waver, es decir, un permiso para saltarse la ley, según el cual Gabriel García Márquez podría entrar por una sola vez, para la ceremonia a la que estaba invitado y permanecer en el país solo una semana, pero sin salir de la isla de Manhattan. El agente secreto nos explicó que los funcionarios de inmigración tenían un poder tal que si uno estaba en el terrible libro negro (estábamos en la era precomputador) podrían impedirle el ingreso al país, contra el parecer de cualquier autoridad. Así que nosotros entramos como espaldas mojadas (como corresponde a nuestra condición de casi mexicanos), por la puerta falsa, a pesar de que yo sí tenía visa. El agente secreto llevaba un ejemplar de In Evil Hour (La mala hora), acabado de comprar en el aeropuerto, a juzgar por su intacta envoltura de celofán, para que el autor que estaba entrando en forma clandestina a los Estados Unidos, y que él sospechaba famoso, se lo firmara.
Al día siguiente de instalarnos en el Plaza, Gabito se mostraba nerviosísimo; entonces fuimos a la farmacia del hotel (no se me olvida el nombre por el particular tocayo: Hitchcock Drugstore) y pedimos una caja de Valium. El farmaceuta tomó una, nos la mostró y sacó el frasco del empaque, que arrojó a la basura mientras nos decía:
–Esta es una medicina de venta prohibida en Estados Unidos sin fórmula médica. Pero ustedes la compraron en Panamá. Son quince dólares.
La ceremonia de los kudos, en la que uno de los invitados era el compositor norteamericano Aaron Copland, no tuvo ninguna gracia. Más parecía un acto público de un colegio departamental de Boyacá. Yo la filmé para el Nene Cepeda, y debe reposar en los archivos de Tita, su viuda. Al regresar al hotel, en el lobby nos encontramos con Copland, y Gabo le dijo en español:
–Me dio mucho gusto haber tenido de compañero en la ceremonia al maestro Copland.
Y él, sonriendo, le preguntó:
–¿Y usted cómo sabe que yo hablo español?
–Alguien que ha escrito esa estupenda pieza llamada El Salón México tiene que saber español.
Le dio la mano a Gabito, y se alejó sonriendo.
Antes de abandonar el hotel, Gabriel pasó a la recepción a pagar mi estadía, ya que yo era su invitado personal, no de Columbia. Y el empleado, elegantemente vestido y de finas maneras, le dijo:
–El señor García Márquez no figura en la contabilidad de este hotel, y menos entre sus deudores. 

3. De Barcelona a París, en otoño
Años después, cuando García Márquez vivía en Barcelona, nos fuimos en su automóvil hasta la frontera francesa, y luego en tren hasta París.
En el trayecto no hicimos otra cosa que hablar y hablar desordenadamente, de todo. Yo le puse el tema del cine, diciéndole que nadie había logrado hacer una buena película de sus obras. Le contaba que un amigo colombiano en común, a quien llamamos “el Ruso” por haber estudiado cine en la Unión Soviética, me había dicho que iba a hacer una película basada en “La prodigiosa tarde de Baltazar”. Yo le había respondido:
–No la hagas; prácticamente la protagonista es una jaula, la más hermosa del mundo.
Y en verdad, el cuento empieza así: 
La jaula estaba terminada. Baltazar la colgó en el alero, por la fuerza de la costumbre, y cuando acabó de almorzar ya se decía por todos lados que era la jaula más bella del mundo.
–Pero cuando exhibas la película –continué diciéndole al Ruso–, no faltará alguien que diga: “¿La más bella del mundo? Mi tía trajo una de Miami mucho más bonita, hecha en Japón, y le costó treinta dólares”. Y el problema es que la jaula del escritor puede ser la más bella del mundo porque no se ve. Al lector le toca imaginársela y, esa sí, puede ser la más bella del mundo.
Gabito no estuvo de acuerdo y me recordó que Hitchcock había hecho en 1940 una famosa película, Rebecca, en la que la protagonista nunca se ve en persona. Y en ella agregó que él había estado pensando mucho en el cine:
–Fíjate que lo único que yo he estudiado es cine. Y mi querido amigo Fernando Gómez Agudelo, que vive oyendo música a toda hora, ha dicho por ahí que yo no tengo oído ni para el cine ni para la televisión. Puede que tenga razón. Pero él no conoce las razones y yo sí. El aparataje industrial del cine es demasiado pesado e inmanejable, y prácticamente impide, limita y estorba la creación. Los que hacen buen cine, que los hay –como Fellini y Bergman–, han aprendido a vender sus historias, a conseguir dinero para producirlas, a lidiar con actores insoportables y a mover ese monstruoso aparataje técnico. Y a aceptar que no tienen el control total de su creación. A Welles nunca lo han dejado terminar sus montajes.
Mi posible manera de hacer cine yo la veo diferente, como novelista, y es así: por ejemplo, me voy contigo, tu con una cámara, y nos estamos tres años haciendo una película, sin que nadie nos chingue. A los tres años me siento a montarla, y veo que no sirve. Y, sin dudarlo un minuto, la boto a la basura y empiezo a pensar en otra distinta o a tratar de hacer la misma, pero bien, o de una manera diferente. Porque ya supe por qué no funciona. Así es como uno hace las novelas. Yo de muchacho empecé una y me quedó grande. Me di cuenta, por ahí la tuve, guardada en el recuerdo, y más tarde, cuando me sentí capaz, la escribí. Es que para hacer una novela no se necesitan sino dos resmas de papel, una docena de lápices número tres y un sacapuntas. Es una inversión que cualquier novelista, por pobre que sea, puede pagar. Uno escribe su novela, la lee, y si no le gusta la bota a la basura; compra otras dos resmas de papel, una nueva docena de lápices (el sacapuntas todavía le sirve) y empieza otra vez. A reescribir la misma o a construir una distinta. Escribir es un oficio solitario, uno contra el papel.
Anguleto: ¿conoces el poema “La página en blanco”, de mi amigo cubano Eliseo Diego? Me lo sé de memoria: 
Me da terror este papel en blanco
tendido frente a mí como el vacío
por el que iré bajando línea a línea
descolgándome a pulso pozo adentro
sin saber dónde voy ni cómo subo
trepando atrás palabra tras palabra
que apenas sé qué son si no son solo
fragmentos de mí mismo mal atados
para bajar a tientas por la sima
que es el papel en blanco de aquí afuera
poco a poco tornándose otra cosa
mientras más crece la presencia oscura
de estas líneas si frágiles tan mías
que robándole el ser en mí lo vuelven
y la transformación en acabándose
no es ya el papel ni yo el que he sido.      
Al terminar de recitarlo me dijo:
–Bueno, déjame oír música.
Gabo estaba escribiendo El otoño del patriarca, y vivía tan imbuido en la música que esta a menudo se reflejaba en sus novelas, tanto que un grupo de músicos catalanes hizo un estudio de esta obra como quien analiza un concierto. Gabo contó así, en Semana, el episodio: 
La mayor sorpresa me la llevé en Barcelona cuando dos jóvenes músicos me visitaron después de leer El otoño del patriarca, cuya estructura les parecía inspirada en la muy compleja del Concierto para piano número 3 de Béla Bartók. Llevaron gráficos demostrativos que a ellos les parecían terminantes. No los entendí, por supuesto, pero me sorprendió la coincidencia de que en los casi cuatro años en que escribí el libro estaba muy interesado en aquellos conciertos, y sobre todo en el tercero, que sigue siendo mi favorito. 
En El otoño, por ejemplo, uno de sus personajes –pre-cisamente el jefe de la policía–, para acallar los gritos de sus torturados pone a todo volumen las sinfonías de Anton Bruckner, a quien Gabito odiaba (y Mutis amaba) por haberle dedicado condescendientemente su Novena Sinfonía “al buen dios” y por el tamaño “mastodóntico” de sus sinfonías. Pero el policía, además de torturador, era un hombre de refinadas maneras, culto, sensible, conocedor y amante de la música clásica. Para entenderlo mejor bastaría saber el nombre de su perro: Köchel, en recuerdo del compositor y botánico Ludwig von Köchel –escondido modestamente tras la letra K–, el primero en catalogar de una manera coherente la obra de Mozart.
De sopetón, y sin venir al caso, Gabo me preguntó:
–¿Sabes a quién saqué de la cárcel? A don Evangelista Quintana.
Yo sabía de muchos presos que García Márquez había ayudado a liberar en Cuba, pero no recordaba haber leído nada de ese tipo. Viendo mi asombro, me dijo:
–Maestrico, ¿cuál fue su primer libro de lectura?
–La alegría de leer –le contesté–. Claro, de Evangelista Quintana. Pero no entiendo un carajo. En lugar de estar preso debería estar muerto.
–Lo saqué literariamente de la cárcel. Al principio de El otoño del patriarca, el propio patriarca lo había mandado poner preso porque en la primera edición de La alegría de leer había escrito: “El general se queda solo”. Y el patriarca dijo:
–Eso no más lo puede decir Bendición Alvarado, mi santa madre.
En sus viajes largos en tren (él odiaba el avión porque le daba miedo, y de mí decía: “Cómo será de bruto Angulo que no le tiene miedo ni a montar en avión ni a hablar por televisión”), para estar con sus músicos preferidos llevaba siempre una enorme grabadora de pilas y unos audífonos, y se aislaba con Mozart, Bartók,Vivaldi, Beethoven o con Brassens, cuyas canciones se sabía de memoria. De pronto se quitó los audífonos y me dijo:
–Maestro, ¿no conoces a los Beatles?
Le dije que no.
–Son estupendos. Pero hay que sentarse a escucharlos con el mismo fervor y seriedad con que se oye a Mozart.
Se volvió a poner los audífonos y yo pensé que, así como hoy creo que Stalin fue el inventor del Photoshop al suprimir –a veces literalmente– a todos aquellos enemigos (antes amigos) que aparecían junto a él en la fotografía (o en la pintura) y reemplazarlos con sus nuevos amigos cuando los huecos eran muy visibles –todo con una técnica impecable–, igualmente Gabriel, con su grabadora grande y sus discretos audífonos que le permitían oír música sin perturbar a los vecinos, fue el precursor del walkman. Me hacía recordar a aquellos negros que en Nueva York llevan la música consigo y van por las calles cargando sus pesadas grabadoras, con música a todo volumen.
Ya en París, caminando por el Boul’ Mich’ de nuestra juventud parisiense, cuando íbamos llegando a los Jardines de Luxemburgo, Gabito se detuvo y me dijo:
–¿Te acuerdas, Anguleto, de cuando vivíamos aquí? No podíamos comer porque no teníamos con qué; ahora no comemos porque nos engordamos.
Y los dos reímos.



‘Cien años de soledad’: la génesis

 Gabo que estás en los cielos

Un recorrido por la trastienda, la carpintería y los momentos reveladores de la concepción y escritura de la obra cumbre de Gabriel García Márquez


Manuscrito de Cien años de soledad./elpais.com


Él, que durante 67 años, seis meses y cuatro días, sembró de sus recuerdos los recuerdos de medio mundo, murió olvidando los suyos. Pero su fallecimiento el 17 de abril desató, al contrario de la peste del olvido que asoló Macondo, la peste de los recuerdos. Sobre él, Gabriel García Márquez, sobre sus libros y, en sus lectores, sobre su obra más famosa, Cien años de soledad:que si Macondo, que si Aureliano, que si Úrsula, que si Remedios la Bella; que si ¿mejor los aurelianos que los arcadios?, y qué decir de Amaranta, Petra Cotes, y, claro, Melquiades, y, y, y… Pero pocos saben la intrahistoria de la génesis y escritura de una de las novelas más universales y leídas por más de 60 o 70 millones de personas.
Los Buendía estarán riéndose por el boroló que se ha creado al no ser esta una peste como la vivida por ellos, sino una cuya mutación sentimental hace querer recordar más y averiguar más para recordar más aún. Una prueba es que usted vaya en esta línea y quiera saber lo que sigue sobre algunos de los secretos de gestación de la obra prometidos palabras arriba. Y será así por cortesía de dos de los principales memoriosos: Dasso Saldívar y Gerald Martin gracias a sus biografías, Viaje a la semilla (Alfaguara) y Una vida (Debate), además del propio libro de García Márquez Vivir para contarla (Literatura Random House), cuyo asomo a ellas permite un paseo con las siguientes estaciones en su universo, muchos años después de su creación:

Génesis

La vida en Aracataca durante sus primeros diez años en la casa de sus abuelos maternos, el coronel Nicolás Ricardo Márquez y Tranquilina Iguarán Cotes. Es su Edén literario: la travesía por la Guerra de los Mil Días en palabras de su abuelo, el duelo de este, la explotación americana de las bananeras y las perpetuas procesiones de historias de difuntos y ánimas de su abuela, y la manera como contaba ella las cosas con cara de palo que hacía verosímil cualquier cosa. Los esquemas económico, social y cultural de la aristocracia cataquera en que se movían los Márquez Iguarán serán llevados a la obra.

Hielo

Un día, cuando tenía cinco años, el niño llegó a casa asombrado diciendo que había visto unos pargos durísimos como piedras. El abuelo Nicolás le explicó que eran así porque estaban congelados. El niño le preguntó qué era eso y el abuelo respondió que metidos en hielo. “¿Qué es hielo?”. Entonces lo tomó de la mano y lo llevó donde estaban los pargos para enseñarle el hielo.

Falofabulaciones

De niño escucha con sus otros amiguitos las historias, o mejor, los cuentos, de un fabricante de camas donde el protagonista siempre era su falo o tenían que ver con él. Estas falofabulaciones son la primera gran influencia rabelesiana de García Márquez, mucho antes de que leyera Gargantúa y Pantagruel, que lo influiría también en la concepción de la exuberancia fálica de los Buendía, recuerda Saldívar.

Salida

En 1947 logra publicar su primer cuento en El Espectador, de Bogotá: La tercera resignación. Desde los 20 años empezó a buscar una salida literaria al mundo de miedos de su infancia en los cuentos de Ojos de perro azul, en un proyecto novelístico titulado La casa y en varias versiones de La hojarasca.

Cambio

A su vuelta a Cartagena, a mediados de 1948, empezó la que pretendía ser su primera novela: La casa. Su acercamiento había sido de temas kafkianos, pero el descubrimiento de los escritores anglosajones lo reorientó (Faulkner, Woolf, Dos Passos, Steinbeck...). Supo que lo vivido con sus abuelos merecía ser contado. Así es que no paraba de escribir esa novela.

Esbozo

A finales de 1949 había publicado en El Espectador media docena de cuentos y terminado la segunda versión de La hojarasca. Allí ya se filtran las primeras luces de Macondo.

Advenimiento

Su primer reportaje novelado lo escribió a finales de los cuarenta en El Espectador: Un país en la Costa Atlántica, basado en la leyenda de La Marquesita de La Sierpe. Dejaría ver su veta narrativa que lo llevaría a Los funerales de la Mama Grande, a la perspectiva mítico-legendaria del incipiente Macondo de La hojarasca y a anunciar el advenimiento de Cien años de soledad.

Borrador

Para entonces ya manejaba diversas fuentes e inspiraciones, además de sus abuelos: las figuras casi míticas de los generales Uribe Uribe y Benjamín Herrera, las leyendas de los coroneles Aureliano Naudín, Francisco Buendía y Ramón Buendía. Empezó a reencontrarse con su infancia y su cultura caribe. Ahora el problema no era sobre qué escribir, sino cómo hacerlo, y, como él mismo reconocería, iba a necesitar 15 años para descubrirlo.

Semilla

El 18 de febrero de 1950 completó su trabajo de campo de manera inesperada. Fue cuando viajó con su madre, Luisa Santiaga, a Aracataca a vender la casa de sus abuelos. Pasado y futuro casi cristalizados. Ese viaje, diría el Nobel en Vivir para contarlo, sería la experiencia más decisiva en su vida literaria. Tanto que con ese pasaje empieza sus memorias.

Macondo

El nombre inmortal de su espacio literario se le reveló en aquel mismo viaje a Aracataca. Era el nombre de una finca bananera en letras blancas sobre un fondo azul. El que debió ver muchas veces de niño cuando pasaba por allí en ese diablo al que llamaban tren.

Vallenato-novela

Los ritmos vallenatos interpretados por acordeoneros y cantado por juglares costeños eran la música de su entorno. En 1953 terminó de recorrer con uno de ellos, su amigo Rafael Escalona, la región caribe. Su interés surgió en 1948 al descubrir que esta música, además de ritmo pegadizo guardaba sabiduría en sus historias y contaba pasajes de la vida, sobre todo amorosos. No era solo un repertorio artístico sino cultural y moral de las regiones de Valledupar y la Guajira, las mismas de sus abuelos y sus padres. Ritmo y baile esenciales para concebir sus libros, sobre todo Cien años de soledad, que debía ser, como lo confesaría, un vallenato en versión novela.

Voz

La manera como su abuela Tranquilina y su Tía Mamá, Francisca, para arrostrar las historias y las situaciones más insólitas es lo que García Márquez llamaría “cara de palo” se convertirá en su recurso literario más prodigioso, una de sus claves esenciales de su arte de narrar, de hechizar a los lectores.

Periodismo

Tras su paso por los diarios El Universal de Cartagena de Indias y El Heraldo de Barranquilla, llegó en 1954 a El Espectador. Allí, en febreró de 1955 empezó a publicar la serie de reportajes que lo haría popular, Relato de un náufrago. La experiencia del periodismo le calienta la mano y despierta aún más su olfato para los titulares y los primeros y ultimos párrafos. Un arte que le serviría para dar a sus libros comienzos memorables y titulares repetidos e imitados hasta el infinito por sus colegas periodistas de medio mundo. Mientras, él sigue escribiendo y escribiendo su proyecto de La casa.

Comienzo

La publicación de La hojarasca en mayo de 1955 fue el verdadero comienzo de la primera opción estética que a través de Un día después del sábado y Los funerales de la Mamá Grande, lo conducirían a Cien años de soledad.

Promesa

En 1958, a los 31 años, poco después de la luna de miel con su esposa Mercedes Barcha, mientras volaban de Caracas a Barranquilla le dijo, que escribiría una novela llamada La casa.

México

Tras su vida como corresponsal por Europa y ayudar en la formación de la agencia de información cubana Prensa Latina, el lunes 26 de junio de 1961 llegó con su familia a Ciudad de México, donde escribiría cuatro años más tarde su más reconocida obra. Lo esperaba su amigo Álvaro Mutis.

Rulfo

Cuando Gabo le preguntó a Mutis qué obras mexicanas debía leer, este le trajo dos libros y le dijo: “Léase esa vaina, y no joda, para que aprenda cómo se escribe”. Eran Pedro Páramo y El llano en llamas. El hechizo de su más alto grado de seducción volvía a repetirse desde el día en que a los nueve años leyera Las mil y una noches, a los 20 en Bogotá La metamorfosis y a los 22 en Cartagena la obra de Sófocles.

Preludio

En 1965 mientras conducía su Opel blanco con su familia desde Ciudad de México hacia Acapulco, vio claro cómo debía escribir La casa, embrión de su obra más famosa. Un día se sentó "frente a la máquina de escribir, como todos los días, pero esta vez no volví a levantarme sino al cabo de 18 meses”.

Escritura

Vivía en Ciudad de México, en el barrio San Ángel Inn, en arriendo en una casa de dos plantas, en la calle de la Loma 19, bordeando la campiña. Al fondo del salón había tapiado con madera su estudio: La Cueva de la Mafia. Era un espacio mínimo pero bien iluminado, de unos tres metros de largo por dos y medio de ancho, con un bañito, una puerta y una ventana al patio, un diván, una estantería con libros y una mesa de madera con una máquina Olivetti.

Inicio

Sería entre julio y septiembre de 1965. Se refugió en La Cueva de la Mafía con la enciclopedia británica, libros de toda índole, papel y una máquina Olivetti, que añadía su frenético tac-tac a los Preludios de Debussy y Qué noche la de aquel día de los Beatles que sonaban todo el tiempo. Cuando logró redondear la primera frase: “Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, se preguntó “qué carajo vendría después”. Solo hasta el hallazgo del galeón en la selva (al final del primer capítulo) no creyó “de verdad que aquel libro pudiera llevar a ninguna parte. Pero a partir de allí todo fue una especie de frenesí, por lo demás, muy divertido”.

Horario

A las ocho y media de la mañana, después de dejar a sus dos hijos en el colegio, se encerraba en La Cueva de la Mafia hasta las dos y media de la tarde, cuando llegaban para almorzar. Luego una siesta, un paseo por el barrio y volvía a escribir hasta las ocho y media cuando llegaban sus amigos.

Apuros

5.000 dólares le entregó a su esposa para el sostenimiento del hogar y así poder encerrarse tranquilo a escribir la novela “durante seis meses”. Ella se las ingenió para alargarlos en ese periodo pero cuando se acabaron, y vio que la novela apenas iba por la mitad, le dijo que no había nada que hacer. Gabo tomó su Opel blanco, comprado con el premio de La mala hora, se fue al Monte de Piedad y lo empeñó. Ese dinero tampoco duró. Después, Mercedes empezó a empeñar algunas joyas, el televisor, la radio, hasta quedarse solo con las “tres últimas posiciones militares”: su secador de pelo, la batidora con la que le preparaba el alimento a los niños y el calentador que le servía a su marido para escribir en las frías mañanas y noches de la ciudad.

Testigos

Mercedes, su esposa, Carmen Miracle y Álvaro Mutis y María Luisa Elío y Jomí García Ascot solían visitarlo después de las ocho de la noche. La conversación solía girar alrededor de la novela. Otro testigo fue el crítico Emmanuel Carballo, a quien Gabo le entregaba cada capítulo terminado.

Augurio

“Estoy loco de felicidad. Después de cinco años de esterilidad absoluta, este libro está saliendo como un chorro, sin problemas de palabras”, le escribió García Márquez en noviembre de 1965 a Luis Harss, que lo había entrevistado para el libro Los nuestros, junto a otros grandes de América Latina como Borges, Rulfo, Asturias, Cortázar…

Muerte

Había aplazado la muerte del coronel Aureliano Buendía, hasta que optó por la más sencilla: orinando al pie del castaño. Puso el punto y aparte, subió al dormitorio de su esposa, se lo contó, se acostó a su lado y se puso a llorar. Era el personaje inspirado en su abuelo Nicolás Ricardo Márquez.

Avances

El primero de mayo de 1966 los lectores de El Espectador leyeron el primer capítulo del libro. Carlos Fuentes leyó los tres primeros en junio y escribió un comentario muy elogioso. Después le pasó esas 80 cuartillas a Julio Cortázar.

Título

Al parecer se le ocurrió a mediados de 1966, cuando terminaba la novela, porque los capítulos que le pasaba al crítico Carballo estaban sin título.

Editorial

También a mediados de 1966 recibió la carta de Francisco Porrúa, editor de Sudamericana de Buenos Aires, que quería editar sus libros. Lo contactó por intermedio de Luis Harss, el del libro Los nuestros. Porrúa leyó lo publicado por García Márquez hasta entonces, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y La hojarasca, y le gustó. En vista del interés de Porrúa por editar un libro suyo Gabo le ofreció la obra que estaba terminando. Le envió unas páginas del comienzo. “Desde el principio de la lectura comprendí que era una cosa nueva y admirable. No había duda. Entonces, como adelanto, Sudamericana le envió un sobre con 500 dólares”. Y en septiembre de 1966 firmó el contrato que le habían enviado.

Claves

La guerra civil de los mil días, el duelo de su abuelo Nicolás, la casa da Aracataca donde vivió su infancia, su viaje a los 16 años a Zipaquirá a continuar el bachillerato, donde se afiebró por la lectura y 1948, cuando leyó La metamorfosis, de Kafka, porque le ayuda a encontrar el hilo narrativo de su abuela Tranquilina.

Inspiración

La lectura de un párrafo del principio de Mrs. Dalloway le “transformó por completo” su “sentido del tiempo y le permitió vislumbrar en un instante todo el proceso de descomposición de Macondo y su destino final”, recuerda Saldívar. Pero es solo una verdad parcial, porque en realidad fue la relectura del párrafo unida a la experiencia de los viajes por Valledupar y la Guajira, más el regreso a Aracataca, lo que desencadenó en él una visión dinámica y corrosiva del tiempo estancado que venía manejando en La casa.

Fin

Según Dasso Saldívar, el momento de mayor desconcierto lo padeció cuando la novela tocó a su fin. Un día de septiembre de 1966 sintió que la historia de Macondo y los Buendía llegaba a su fin. “Las cosas se precipitaron a las 11 de la mañana. Estaba solo en la casa, no encontró a ninguno de sus cómplices para contárselo y no supo qué hacer con el tiempo libre. Después diría que tras la escritura del libro se había sentido vacío ‘como si hubieran muerto mis amigos”.

“¿Será mala?”

Fue con su esposa a la oficina de correos a enviar el libro a Buenos Aires. El agente de correos les dijo que el envío del paquete valía 82 pesos mexicanos. Solo tenían 50. Dividieron las 590 folios de 28 líneas cada uno y cada línea de 60 matrices o golpes por la mitad y enviaron los 10 primeros capítulos. Regresaron a la casa, cogieron aquellas “tres últimas posiciones militares” y volvieron al Monte de Piedad. Las empeñaron por unos 50 pesos. Al salir de la oficina de correos (recuerda Saldívar), Mercedes, que no había leído el libro le soltó: “Oye, Gabo, ahora lo único que falta es que esta novela sea mala”.

Lanzamiento

El 5 de junio de 1967 llegó a las librerías de Buenos Aires la primera edición de Cien años de soledad. Ocho mil ejemplares que volaron. Se publicó con una portada improvisada de su editor Francisco Porrúa, la de un galeón en medio de la selva, porque la encargada al artista mexicano Vicente Rojo no llegó a tiempo. En la segunda edición, la novela se publicó con la portada de Rojo. La de un mosaico de sellos que resumen elementos de la historia. Según el editor: “Ha sido una carátula insuperable”.
46 años, diez meses y 12 días después de aquel lanzamiento murió Gabriel García Márquez. Tres días después apenas empieza la peste feliz de sus recuerdos. Así es que ni imaginar si un día a Santa Sofía de la Piedad, única sobreviviente de Cien años de soledad, se le ocurre aparecer y empieza a hablar como un perdido, porque “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”.

lunes, 24 de noviembre de 2014

El viaje a la semilla

Gabo que estás en los cielos
En 1977, poco después de la publicaciòn de El otoño del patriarca, tres jóvenes periodistas conversaron con el principal escritor colombiano. Gabo habló ampliamente sobre su literatura, dejando una sabrosa mezcla de profundidad, desparpajo y humor costeño
 
Gabriel García Márquez cuenta aquí parte de su oficio de escritor y sus manias./elmalpensante.com
El Manifiesto difundía el pensamiento de lo que entonces llamábamos la Unión Revolucionaria. Lo editábamos en Bogotá y circulaba principalmente en sectores sindicales. Recuerdo que hicimos la entrevista con Gabo en la sede de la revista, en la calle 24 con carrera quinta, frente a la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Todos se enteraron de que García Márquez estaría en la sala de redacción esa tarde y la conmoción fue grande. Se formó un tumulto en la calle y la gente siguió cruzando desde la universidad hasta verlo llegar con su saco inglés a cuadros y su pantalón oscuro. También en la sala de redacción hubo curiosos: a Carlos Jiménez, que era el director, a Humberto Molina, que se ocupaba de política, y a mí, encargada de la sección cultural, nos rodeó un grupo de silenciosos fanáticos, apeñuscados pero felices. La entrevista se extendió desde el mediodía hasta bien entrada la tarde. Éramos jóvenes y periodistas, lo que en aquella época era sinónimo de ser fumadores compulsivos. Gabo había dejado el cigarrillo dos años atrás: lo único que pidió a cambio de sus generosas respuestas fue que no hubiera humo en la sala durante las cuatro horas de esta conversación.
—M. E. R
Es una versión generalizada, entre críticos sin formación literaria, que escribes únicamente sobre la base de tus experiencias personales, de tu imaginación. ¿Qué nos puedes decir al respecto?
Sí. Tal vez he contribuido, con mi mamadera de gallo, a crear la idea de que no tengo formación literaria, que escribo únicamente sobre la base de mis experiencias, que mis fuentes son Faulkner, Hemingway y otros escritores extranjeros. Poco se sabe sobre mi conocimiento de la literatura colombiana. Sin lugar a dudas, creo que mis influencias, sobre todo en Colombia, son extraliterarias. Creo que más que cualquier otro libro, lo que me abrió los ojos fue la música, los cantos vallenatos. Te estoy hablando de hace muchos años, de hace por lo menos treinta años, cuando el vallenato apenas era conocido en un rincón del Magdalena. Me llamaba la atención, sobre todo, la forma como ellos contaban, como se relataba un hecho, una historia con mucha naturalidad. Después, cuando el vallenato se comercializó, importó más el aire, el ritmo... Esos vallenatos narraban como mi abuela, todavía lo recuerdo. Después, cuando comencé a estudiar el romancero, encontré que era la misma estética. Todo eso lo volví a encontrar en el romancero.
¿Por qué no hablamos de música?
Sí, pero después, y no para publicar... No, no es que no se pueda hablar de la música. Es que me meto en un rollo que no acaba nunca. Es... algo muy íntimo, todavía más secreto cuando la gente con que uno habla sabe de música... Para mí, música es todo lo que suena. Y cambio mucho... Bartók, por ejemplo, que es un músico que me gusta mucho, en la mañana es jodido de oír. Se entra más fácilmente por Mozart en la mañana. Pero después, tranquilamente. Tengo todo lo que tú quieras… Tengo todo Daniel Santos, Miguelito Valdés, Julio Jaramillo y todos los cantantes que están tan desprestigiados entre los intelectuales. Es decir, yo no hago distinciones. Digo, sí hago distinciones pero reconozco que todo tiene su valor. En lo único que soy omnímodo es en materia musical. De alguna manera oigo no menos de dos horas diarias de música. Es lo único que me relaja. Lo único que me pone en mi tono... Y paso por etapas de toda clase.
Dicen que uno vive donde tiene sus libros, pero yo vivo donde tengo mis discos. Tengo más de cinco mil.
¿Quién de ustedes oye música? Así, como un hábito. ¿Tú? ¿Pero desde cuándo? ¿Hasta dónde puedes llegar? Por ejemplo, ¿tú llegas a la Orquesta Casino de la Playa? ¿Sí?... ¿Miguelito Valdés y la Casino de la Playa es una referencia para ti?...
Sí, claro.
¿Y a partir de ahí los boleros?
Sí. Daniel Santos del año cuarenta.
¿Con el Cuarteto Flores?
¡Sí!... La “Despedida”, “Canción de la serranía”...
Ese es el origen de la salsa, la Casino de la Playa. El pianista era Sacasas, famosísimo por sus solos llamados “montunos”. Este pleito lo he tenido con los cubanos. Es un pleito muy viejo, sobre todo con Armando Hart... ¡Oye!... ¿Eso no está andando?
Sí... Está andando.
¡Apágalo!
Mi formación literaria fue básicamente poética, pero de mala poesía, ya que solo a través de la mala poesía se puede llegar a la buena poesía. Comencé por eso que se llama poesía popular, la que se publicaba en almanaques y en hojas sueltas: algunas de ellas tenían influencia de Julio Flórez. Cuando llegué al bachillerato, empecé por la poesía que venía en los textos de gramática. Me di cuenta que lo que más me gustaba era la poesía y lo que más detestaba era la clase de castellano, de gramática. Lo que me gustaba eran los ejemplos, había sobre todo ejemplos de los románticos españoles, que era lo que estaba probablemente más cerca de Julio Flórez; Núñez de Arce, Espronceda. Después, los clásicos españoles. Pero la revelación es cuando uno se mete de verdad en la poesía colombiana: Domínguez Camargo. En ese tiempo se estudiaba primero literatura universal. ¡Eso era horroroso! No había acceso a los libros, el profesor decía que eran buenos por esto o aquello. Mucho tiempo después los leí y me parecieron formidables. Me refiero a los clásicos. Pero eran formidables no por lo que decía el profesor, sino por lo que pasaba: Ulises amarrado al mástil para no sucumbir ante el canto de las sirenas... Todo eso que pasa. Después, se estudiaba literatura española y solamente en sexto de bachillerato literatura colombiana. De manera que cuando llegué a esta clase sabía más que el profesor. Fue en Zipaquirá. No tenía nada que hacer y para no aburrirme me metía en la biblioteca del colegio, allí estaba la Biblioteca Aldeana. Me la leí toda... Desde el primero hasta el último tomo. Leí El carnero, las Memorias, las Reminiscencias... ¡Lo leí todo! Por supuesto, cuando llegué a sexto de bachillerato sabía más que el profesor. Allí me di cuenta de que Rafael Núñez fue el peor poeta del país... ¡El himno nacional!... ¿Te imaginas que la letra del himno nacional fue escogida porque era una gran poesía de Núñez? Que hubiera sido primero himno, la cosa se podría pasar, pero lo que produce horror es que fue escogida para himno porque era poesía. En cuanto a la literatura, la costa no existía. Cuando la literatura se separa de la vida y se encierra en las tertulias, entonces aparece un bache que entra a ser llenado por los paisas... Los paisas salvan la literatura, la salvan cuando esta se volvió retórica.
A los veinte años ya tenía una formación literaria que me bastaba para haber escrito todo lo que he escrito... No sé cómo descubrí la novela. Creía que lo que me interesaba era la poesía. No recuerdo cuándo me di cuenta que era la novela lo que necesitaba para expresarme... Tal vez La metamorfosis de Kafka fue una revelación: fue en 1947, yo tenía 19 años, estaba haciendo primer año de derecho... Recuerdo la primera frase, dice exactamente así: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontrose en su cama transformado en un monstruoso insecto...”. ¡Coño! Cuando leí eso me dije: ¡pero así no vale!... ¡Nadie me había dicho que eso se podía hacer!... Porque si esto se puede hacer, ¡entonces yo puedo! ¡Coño...! Así narraba mi abuela... Las cosas más insólitas, con la mayor naturalidad.
Y al día siguiente empecé, pero así, a las ocho de la mañana, a tratar de saber qué carajo se había hecho en novela desde el principio de la humanidad hasta mí. Entonces agarré la novela en un orden riguroso, digamos desde la Biblia hasta lo que se estaba escribiendo en ese momento. A partir de entonces, durante seis años, yo solo hice literatura, dejé de estudiar y dejé todo. Empecé a escribir una serie de cuentos que eran totalmente intelectuales: son los primeros cuentos publicados en El Espectador. El principal problema que tenía cuando empecé a escribir esos cuentos era el de los demás: sobre qué escribir. Pero después del 9 de abril, cuando me quedé sin nada, con lo que tenía puesto, me fui para la costa y empecé a trabajar allá, en un periódico. Entonces los temas comenzaron a atropellarme. Empecé a encontrarme con toda una realidad que había dejado atrás, en la costa, que no la podía interpretar por falta de formación literaria. Esa fue la primera atropellada, de tal forma que escribía como con fiebre.
Le tengo un gran cariño a La hojarasca. Inclusive una gran compasión a ese tipo que la escribió. Lo veo perfectamente: es un muchacho de 22, 23 años, que cree que no va a escribir nada más en la vida, que es su única oportunidad, y trata de meterlo todo, todo lo que recuerda, todo lo que ha aprendido de técnica y de malicia literarias en todos los autores que ha visto. En ese momento ya estaba poniéndome al día, estaba en los novelistas ingleses y en los norteamericanos. Y cuando los críticos empiezan a encontrar mis influencias en Faulkner y Hemingway, lo que encuentran –no les falta razón, pero en otra forma– es que cuando estoy enfrentado a toda esa realidad, en la costa, y empiezo a vincular mis experiencias literariamente, me encuentro que la mejor forma de contarlo no es la de Kafka, me encuentro que el método es exactamente el de los novelistas norteamericanos... Lo que encuentro en Faulkner es que él está interpretando y expresando una realidad que se parece mucho a la de Aracataca, a la de la zona bananera. Lo que ellos me dan es el instrumento. Releyendo La hojarasca, encuentro exactamente las lecturas que tenía esa obra. ¡Pero así, así!... Se ven con la mano... Es cuando dejo todos esos cuentos intelectuales, cuando me doy cuenta de que era en las manos, era en todos los días, era en los burdeles, era volviendo a los pueblos, en las canciones. Justamente, vuelvo a encontrar los cantos vallenatos. Entonces conocí a Escalona, fíjate: empezamos a trabajar. Escalona y yo trabajamos un poco juntos, hacíamos unos viajes del carajo por La Guajira, donde había experiencias que me vuelvo a encontrar ahora con una absoluta naturalidad. Hay un viaje de la Eréndira que es un viaje que hice por La Guajira con Escalona... No hay una sola línea, en ninguno de mis libros, que no pueda decirte a qué experiencia de la realidad corresponde. Siempre hay una referencia a la realidad concreta. ¡Pero no hay un solo libro! Y eso, un día, con más tiempo, lo podemos comprobar, podemos ponernos a jugar a esto, a decir: esto corresponde a tal cosa, esto a tal otra, y recuerdo el día y todo, exactamente.
 ería interesante hacer eso con El otoño del patriarca.
Con El otoño es con el que más lo puedo hacer, porque es un libro totalmente cifrado.
Volviendo a tus influencias, dentro de tu formación literaria, ¿qué significó el Grupo de Barranquilla?
Fue lo más importante. Lo más importante porque cuando estaba acá en Bogotá, estaba estudiando la literatura de manera digamos abstracta a través de los libros, no había ninguna correspondencia entre lo que estaba leyendo y lo que había en la calle. En el momento en que bajaba a la esquina a tomarme un café, encontraba un mundo totalmente distinto. Cuando me fui para la costa forzado por las circunstancias del 9 de abril, fue un descubrimiento total; que podía haber una correspondencia entre lo que estaba leyendo y lo que estaba viviendo y lo que había vivido siempre. Para mí, lo más importante del Grupo de Barranquilla es que yo tenía todos los libros. Porque allí estaban Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda, Germán Vargas, que eran unos lectores desaforados. Ellos tenían todos los libros. Nosotros nos emborrachábamos, nos emborrachábamos hasta el amanecer hablando de literatura, y esa noche estaban diez libros que yo no conocía, pero al día siguiente los tenía. Germán me llevaba dos, Alfonso tres; el viejo Ramón Vinyes nos dejaba meter en toda clase de aventuras en materia de lectura, pero no nos dejaba soltar el ancla clásica que tenía. Nos decía: “Muy bien, ustedes podrán leer a Faulkner, a los ingleses, a los novelistas rusos, a los franceses, pero siempre, siempre en relación con esto”. Y no te dejaba soltarte de Homero, no te dejaba soltarte de los latinos. El viejo no nos dejaba desbocar. Lo que era formidable es que esas borracheras que nos estábamos metiendo correspondían exactamente a lo que yo estaba leyendo, ahí no había ninguna grieta; entonces empecé a vivir y me daba cuenta exactamente de lo que estaba viviendo, qué tenía valor literario y cómo había que expresarlo. Por eso es que tú encuentras en La hojarasca la impresión de que no iba a tener tiempo, que había que meterlo todo, y es una novela barroca y toda complicada y toda jodida... tratando de hacer una cosa que luego hago con mucha más tranquilidad en El otoño del patriarca. Si pones atención, la estructura de El otoño es exactamente la misma de La hojarasca: son puntos de vista alrededor de un muerto. En La hojarasca está más sistematizada porque tengo 22 o 23 años y no me atrevo a volar solo. Entonces adopto un poco el método de Mientras agonizo de Faulkner. Faulkner es más, por supuesto, él le pone un nombre al monólogo; entonces yo, por no hacer lo mismo, lo hago desde tres puntos de vista que son fácilmente identificables, porque son un viejo, un niño, una mujer. En El otoño del patriarca, ya cagado de risa, puedo hacer lo que me da la gana; ya no me importa quién habla y quién no habla, me importa que se exprese la realidad, esa que está ahí. Pero no es gratuito, digo. No es casual que en el fondo siga tratando de escribir el mismo primer libro: se ve muy claro en El otoño cómo se regresa a la estructura, y no solo a la estructura sino al mismo drama. Y era eso. Fue formidable porque estaba viviendo la misma literatura que estaba tratando de hacer. Fueron unos años formidables porque fíjate... hay una cosa que sobre todo los europeos me reprochan: que no logro teorizar nada de lo que he escrito, porque cada vez que hacen una pregunta tengo que contestarles con una anécdota o con un hecho que corresponde a la realidad. Es lo único que me permite sustentar lo que está escrito y sobre lo que me están preguntando... Recuerdo que trabajaba en El Heraldo. Escribía una nota por la cual me pagaban tres pesos y, probablemente, un editorial por el cual me pagaban otros tres. El hecho es que no vivía en ninguna parte, pero había muy cerca del periódico unos hoteles de paso. Había putas alrededor. Ellas iban a unos hotelitos que estaban arriba de las notarías. Abajo estaban las notarías, arriba estaban los hoteles. Por 1,50 la puta lo llevaba a uno y eso daba el derecho de entrada hasta por 24 horas. Entonces comencé a hacer los más grandes descubrimientos: ¡hoteles de 1,50, que no se encontraban!... Eso era imposible. Lo único que tenía que hacer era cuidar los originales en desarrollo de La hojarasca. Los llevaba en una funda de cuero, los llevaba siempre, siempre debajo del brazo... Llegaba todas las noches, pagaba 1,50, el tipo me daba la llave –te advierto que era un portero que sé dónde está ahora, es un viejito–. Llegaba todas las tardes, todas las noches, le pagaba los 1,50...
¡Claro! Al cabo de quince días ya se había vuelto una cosa mecánica: el tipo agarraba la llave, siempre en el mismo cuarto, yo le daba los 1,50... Una noche no tuve los 1,50... Llegué y le dije: “¡Mire! ¿Usted ve esto que está aquí? Son unos papeles, eso para mí es lo más importante y vale mucho más de 1,50, se los dejo y mañana le pago”. Se estableció casi como una norma, cuando tenía los 1,50 pagaba, cuando no los tenía, entraba... “¡Hola! ¡Buenas noches!...”, y... ¡Phahhh!... le ponía el fólder encima y él me daba la llave. Más de un año estuve en esas. Lo que sorprendía a ese tipo era que de pronto me iba a buscar el chofer del gobernador, porque como era periodista me mandaba el carro. ¡Y ese tipo no entendía nada de lo que estaba pasando!
Yo vivía ahí, y por supuesto, al levantarme al día siguiente, la única gente que permanecía ahí eran las putas. Éramos amiguísimos, y hacíamos unos desayunos que nunca en mi vida olvidaré. Recuerdo que siempre me quedaba sin jabón y ellas me lo prestaban... Y ahí terminé La hojarasca.
El problema con todo eso del Grupo de Barranquilla es que lo he contado mucho. ¡Y siempre me sale mal porque no alcanzo! Para mí es como una época de deslumbramiento total, no de la literatura, sino de la literatura aplicada a la vida real, que al fin y al cabo es el gran problema de la literatura. De una literatura que realmente valga.
Era tan consciente de lo que estaba haciendo que caí en cuenta de que tenía que irme a viajar por el Magdalena hasta La Guajira. Era exactamente el camino contrario al recorrido por mi familia, porque ellos eran guajiros, de Riohacha, y de allí se vinieron a la zona bananera. Era como el viaje de regreso, como el viaje a la semilla. Lo que tenía metido en la cabeza era hacer ese camino de regreso porque en él iba encontrando todos los puntos de referencia, todas las cosas que me hablaban de mis abuelos; era todo un mundo que tenía muy nebuloso y que cuando iba llegando a los pueblos iba encontrando. Esto es lo que me decían... mi abuelo había matado a un hombre, y recuerdo que sucedió la cosa más jodida: estaba en Valledupar, y de pronto se me presentó un tipo altísimo, altísimo, con un sombrero de vaquero, y me dijo: “¿Tú eres Márquez?”. Y  yo le dije: “¡Sí!”. Entonces él se quedó viéndome y me dijo: “Tu abuelo mató a mi abuelo”. ¡Y yo me cagué! No supe qué decir. Entonces él se sentó, yo estaba como petrificado contra la pared, y empezó a contarme: “Él se llamaba José Prudencio Aguilar…”, ¡y no te digo nada más!
Todo era así. ¿Sabes cómo hice para financiarme todo ese viaje que duró mucho más de un año, cuando estuve vagando de un lado para otro por toda la región, el viaje donde encontré las raíces de Cien años de soledad y de todo? Vendiendo enciclopedias. Vendía la Enciclopedia Utea.
Cuando salí de ahí me vine para El Espectador. Lo que te quiero decir es que cuando llegué a Bogotá, en 1953, no necesitaba haber leído más, ni haber hecho nada más para escribir todo lo que he escrito. Ya la formación está completa. Después he tenido otro tipo de desarrollo. De tipo ideológico si tú quieres; es otra cosa, es profundizar en la interpretación de todo eso. Pero ya estaba completamente formado. Y llegué a París, y llegué a Europa, y estaba en Europa. ¡Coño! Y yo escribía El coronel no tiene quien le escriba encerrado en un hotel de París, y esa vaina tiene todos los olores y tiene los sabores, tiene la temperatura, tiene el calor, tiene todo, y fue escrito en invierno, con una nieve del carajo afuera y con un frío del carajo en el cuarto, y yo con el abrigo puesto, y esa vaina tiene todo el calor de Aracataca. Porque si no lograba que hiciera calor en el libro no sentía que estaba bien. Cuesta trabajo.
¿Y de la experiencia como periodista, en cuanto a tu formación literaria, qué nos puedes contar? Por ejemplo, llama la atención “La marquesita de La Sierpe”, pues a pesar de ser la crónica de una región, parece completamente irreal.
Es que es irreal. En el sentido de que no está comprobado, es decir, no son acontecimientos comprobados, sino contados como si fueran comprobados. Son cosas que se contaban con absoluta naturalidad. No sé si me explico. Es decir, conozco La Sierpe, estuve ahí, pero por supuesto no vi el “totumo de oro” ni el “cocodrilo blanco”, ni nada de esas cosas. Pero era una realidad que vivía dentro de la conciencia de la gente; por lo que te contaban, no te cabía ninguna duda de que eso era así. En cierta manera es un poco el método de Cien años de soledad. Y después, no se puede ser escritor sin trucos. Lo importante es la legitimidad de esos trucos, hasta qué punto se utilizan y en qué medida. Recuerdo perfectamente que estaba en México escribiendo, describiendo la subida al cielo de Remedios la Bella. Yo era consciente, primero, de que sin poesía no subía. Decía: “Esto hay que hacerlo subir a poesía”, pero inclusive con poesía tampoco subía. Ya estaba desesperado: no podía prescindir de eso porque dentro del libro era una realidad, estaba dentro de las normas que me había impuesto. Porque la arbitrariedad tiene unas leyes rígidas. Y una vez que me las impongo no las puedo violar. No puedo decir ahora que el alfil camina así y después, cuando me conviene, ponerlo a caminar así. Me jodí, porque haga lo que haga tiene que seguir así. Si no, eso se te vuelve un caos del carajo. Recuerdo un día en que estaba atorado en esa vaina, salí al patio y había una negra muy grande y bella que trabajaba en la casa; ella estaba tratando de colgar las sábanas en los ganchos esos, y había viento... entonces si las colgaba de aquí, el viento las soltaba de acá... estaba completamente loca con aquellas sábanas... hasta que no aguantó más y “¡Ahhhh! ¡Ahhhh!”, gritó desesperada, envuelta en las sábanas... ¡Y subió! Eso sucedió con todo. 

Sobre Cien años de soledad 
“...entonces fue al castaño pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo. Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño...”.
Estaba previsto desde siempre, desde antes que tuviera en la cabeza Cien años de soledad. Siempre supe que había un personaje, un viejo general de la guerra civil, que moría orinando debajo de un palo. Eso era lo que sabía. No sabía por dónde iba a reventar, por dónde iba a salir. Así la personalidad del coronel Buendía se fue formando.
Hubo un momento en Cien años de soledad en que pensé que el coronel Aureliano Buendía se tomaba el poder... Y ese hubiera sido el dictador de El otoño del patriarca. Pero hubiera desbaratado por completo la estructura del libro. Se hubiera vuelto otra cosa. Además, dentro de la trayectoria del personaje, dentro de la realidad del libro, lo que me importaba realmente era que vendiera la guerra, desde un punto de vista ideológico, si tú quieres. El tipo no se atreve a seguir peleando por el poder sino por una serie de vainas, liberales, que se cagaron en todas las guerras civiles del siglo pasado en este país.
Y seguía escribiendo el libro, y de pronto me acordaba de que en medio de todas esas cosas tenía un problema guardado. Era el coronel Aureliano Buendía haciendo pescaditos de oro: y no sabía en qué momento tenía que matarlo. Le tenía miedo a ese momento. Probablemente uno de los más duros que he tenido en la vida lo tuve cuando escribí la muerte del coronel Aureliano Buendía. Recuerdo perfectamente... Un día dije: “¡Hoy se jode!”. Siempre he querido escribir un cuento que describa, minuciosamente, cada momento de una persona en un día común y corriente, hasta que se muere. Traté de darle esa solución literaria a la muerte del coronel Aureliano Buendía, pero me encontré con que si seguía por ese camino se me volvía también otro libro. Por lo tanto descarté esa posibilidad, y seguí dándole vueltas a la muerte del coronel, hasta que... [Golpea la mesa. Guarda silencio. Se mira las manos y lentamente, muy lentamente, empieza a decir...] Me subí a uno de los cuartos. Mercedes estaba haciendo la siesta, me acosté a su lado y le dije: “Ya se murió”, y estuve llorando dos horas.
Pero hay una cosa más curiosa. Durante cinco años tuve golondrinos. ¿Tú sabes lo que son los golondrinos? No me los pudieron quitar con nada. Me hicieron toda clase de tratamientos. Fui a Nueva York, me los extirparon, me sacaron sangre de un lado y me la inyectaron en otro; así me hicieron vacunas, toda clase de vainas. Y nunca durante cinco años hubo nada que hacer. Se me quitaban y me volvían a dar. Cuando estaba escribiendo Cien años de soledad, y pensé en el coronel Aureliano Buendía, que era un personaje al que yo detestaba y he detestado siempre, porque el cabrón, si hubiera querido, hubiera podido tomarse el poder y no lo hizo por soberbia, dije: “¿Bueno, qué enfermedad le pongo a este cabrón para que lo joda sin matarlo?”. Entonces le puse los golondrinos. Desde el momento en que el coronel Aureliano Buendía quedó con los golondrinos, a mí se me quitaron. Y de esto hace diez años, y nunca más me volvieron a dar.
El otro caso es el de Úrsula. En el proyecto original, ella tenía que morir antes de la guerra civil. Además, dentro de una cronología estricta, ya en ese momento estaba llegando a los cien años. Sin embargo, si se moría, ahí el libro se venía abajo. Entonces me di cuenta de que tenía que seguirla hasta un momento en que el libro se viniera abajo, pero ya no importaba porque la inercia lo llevaba hasta el fin. Por eso tuvo que irse hasta allá, hasta el carajo. Fíjate que a Úrsula no me atreví a sacarla, más aún, tuve que barajarla, hacer de todo para poderla llevar hasta donde fuera.
Hiciste con los golondrinos lo mismo que Dostoievski hizo con la epilepsia.
Sí. Pero a él no se le curó. ¿No es cierto que uno de los episodios inolvidables de la literatura universal es cuando Smerdiakov se cae por la escalera? Además, nunca se sabe si fue verdad o mentira, o si fue un ataque real o fingido. Es inolvidable eso.
Ya que estamos hablando de personajes, hay algo que me inquieta. En general tus obras se caracterizan por la presencia de personajes claramente definidos, que parecen llenarlas totalmente, mientras el pueblo aparece como diluido, llenando también la obra, pero en un plano secundario, como masa de maniobra. ¿Por qué?
Sí. Es que la masa tendría que tener su escritor, un escritor que le escribiera sus personajes. Yo soy un escritor pequeño burgués, y mi punto de vista ha sido siempre pequeño burgués. Esa es mi perspectiva, mi nivel, aunque mi actitud de solidaridad sea otra. Pero no conozco ese punto de vista, escribo desde el mío, desde la ventana donde estoy, no sé más del pueblo de lo que he dicho, de lo que he escrito. Probablemente sé más, pero es totalmente teórico. Este es un punto de vista absolutamente sincero. Y en ningún momento he forzado la cosa. Hay una frase que he dicho y que incluso a mi papá lo jodió mucho, le pareció peyorativa. He dicho: “¿Al fin y al cabo quién soy yo?... Soy el hijo del telegrafista de Aracataca”. Y eso, que a mi papá le parece tan peyorativo, a mí me parece, al contrario, que dentro de esa sociedad es casi elitista, porque el telegrafista creyó que era el primer intelectual del pueblo. Generalmente eran estudiantes fracasados, tipos que no pudieron seguir estudiando y se fueron por allí, a lo que era eso, a Aracataca, que era un pueblecito de peones. 

 Sobre El otoño del patriarca 
...pero tú sí eres insaciable. Te he hablado de literatura como no hablaba... no sé, desde hace varios años. Porque además, tengo un gran pudor de hablar de literatura.
Todavía queda pendiente El otoño del patriarca. A veces se habla de que con él estás cancelando cuentas con toda tu obra anterior.
Sí, es lo que he dicho.
También decías en un reportaje que era tu autobiografía cifrada, en clave. En ese sentido parece entonces que la escritura se hace más compleja, menos accesible para la masa de los lectores.
Pero ya llegará a la gran masa de los lectores. El otoño del patriarca lo que hace es sentarse a esperar que se le alcance. Fíjate, creo que los lectores desprevenidos, sin información literaria, leen El otoño del patriarca con bastante más facilidad que los lectores con formación literaria. Lo he visto en Cuba, donde el libro anda así, por la calle. Los lectores sin información literaria no se asustan, se asustan menos. El otoño del patriarca es una novela totalmente lineal, absolutamente elemental, donde lo único que se ha hecho es violar ciertas leyes gramaticales en beneficio de la brevedad y la concisión, es decir, para poder trabajar el tiempo. En cierto modo, para que no se vuelva novela infinita. No veo que tenga nada de raro. Además, se han hecho muchas así en la historia de la literatura. No veo dónde está la dificultad.
Pero la impresión que uno se lleva es la de una mayor complejidad. Parece que se trata de algo para iniciados.
En la estructura sí. Pero en el lenguaje es la más popular de mis novelas. Es más cifrado en el sentido de que es más restringido. Es más popular, más de los choferes de Barranquilla. Está, sí, más cerca del habla que de la lengua literaria, está llena de frasecitas de canciones, de toda clase de refranes, de airecillos del Caribe.
Entonces la dificultad nace de que la mayoría de los lectores no han vivido esa experiencia, carecen de las mismas referencias.
No. Si es así, está mal, porque el libro debe ser accesible aunque el lector no tenga esa información. Si necesita esa información previa, entonces está mal. No creo que tengan más acceso a él quienes conocen las claves. Probablemente se divierten más. Creo que el libro es legible sin la cantidad de versos de Rubén Darío que tiene metidos por dentro, por todas partes, porque todo el libro está escrito en Rubén Darío. Si se necesita toda la información para leer el libro, entonces está mal. Ahora, yo no creo que se necesite.
Creo que es más un poema que una novela. Está más trabajado como poema que como novela. Hubiera podido escribirlo, ese sí, sin leer un solo libro, pero no sin haber oído toda la música que he oído. Eso hizo que la curva crítica de la música fuera así mientras estuve escribiéndolo. Por una razón absolutamente elemental: por primera vez en mi vida, después de Cien años de soledad, puedo comprarme todos los discos que me dé la gana. Antes tenía que oír música prestada. Lo que es más complejo de El otoño del  patriarca es la estética. No es que sea una estética nueva. Es bastante más complejo. Lo he trabajado más que un poema. Es casi un lujo que se da un escritor que ha escrito Cien años de soledad y dice: “Bueno, ahora voy a escribir el libro que quiero”. Jugar con eso, confesarse de muchas cosas. Mira, la soledad del poder se parece mucho a la soledad del escritor.
No es que el libro esté cifrado, están cifrados los acontecimientos que le sirven de base, así como están cifrados algunos en Cien años de soledad; lo demás son experiencias que tuve. Mi madre leyendo un libro es una maravilla, porque ella va diciendo: “Esto es tal cosa, esta es la otra, aquel es mi compadre, ese que decían que era marica pero no era marica”.
Creo que el problema que hay leyendo El otoño del patriarca es principalmente intelectual. Son ustedes los críticos los que no entienden, porque están buscando qué es lo que hay, y es que no hay nada. Es el más costeño de todos, el más restringido al Caribe, el más sectariamente caribe, el que más está diciendo: “¡Coño! ¿Por qué nos tienen jodidos?”. Esto es un país completamente distinto, es otra cultura, es otra cosa. Es un deseo de sacar tal cantidad de cosas, que da la impresión de que no te entienden. Es por eso, por ese burdel donde yo vivía, que está cargado de cosas del Caribe; por esa cantina del puerto donde íbamos a comer a la salida del periódico a las cuatro de la mañana, donde se armaban unas peloteras, unas cuchilladas del carajo; por las goletas que se iban con contrabando y cargadas de putas para Aruba, para Curazao; por la Cartagena de los sábados en la tarde, de los estudiantes, todo eso. Sabes que conozco el Caribe, isla por isla, así, isla-por-isla-por-isla, perfectamente, y se puede sintetizar en una sola calle, como la que aparece en El otoño del patriarca, que es la calle principal de Panamá, La Guaira. Pero sobre todo es la calle del comercio de Panamá, llena de chinas, de vendedores ambulantes. Hay una especie de esfuerzo por tratar de agarrar todo eso y sistematizarlo de alguna manera.
Probablemente no salió. El otoño del patriarca son los doce cabos que te da un paseo por la calle central de Panamá, o una tarde en Cartagena, o todo ese mierdero del Caribe, porque es un mierdero del carajo, inclusive Cuba hoy, lo que es, lo que fue La Habana. Creo que hay un esfuerzo poético grande por tratar de salir al otro lado. Yo hubiera podido seguir escribiendo Cien años de soledad bis, dos, tres, cuatro, como El Padrino. Pero eso no podía ser. Si quería seguir escribiendo tenía que ver qué carajo hacía; lo que ya no me preocupa tanto después de El otoño del patriarca. Si vuelvo a escribir cuentos, ahora el modelo es W. S. Maugham. Son cuentos reposados, otoñales, de una persona que está contando una serie de cosas que vio, que vivió, de una forma no muy... no digamos muy clásica porque las definiciones joden todo, parece otra cosa, digamos que muy académico, muy formal. Porque Maugham escribió muy buenos cuentos, probablemente los mejores que conozco, tienen tono, no hacen ningún ruido, es un buen modelo para escribir cuentos. A ver, ¿de qué otra cosa hablamos...?
De Rubén Darío, por ejemplo.
Sí. Bueno, Rubén Darío es el poeta de la época; es de cir, de la época del libro... ¿Sabes? Hay una cosa muy triste, es la dificultad que han tenido todos los traductores con él. No ha podido ser traducido, así, como poeta grande. No lo conocen en ninguna parte. Y hay otros problemas que meten a los traductores en unos líos del carajo; los traductores de El otoño del patriarca están totalmente enloquecidos. Por ejemplo, preguntan: “¿Qué significa la ‘manta de bandera’?”. Y en la costa, no sé acá, la “manta” es el papel del cigarrillo que venden para enrollar la marihuana, pero durante una época venía con la bandera de los Estados Unidos. En la costa es muy sencillo, todo el que vea “manta de bandera” ya sabe qué es: el papel ese que venía con la bandera de los Estados Unidos para fumar marihuana. Imagínate la nota que tiene que poner el traductor para explicar qué es la “manta de bandera”. Lo que tiene que hacer es olvidarse de la connotación del antecedente y buscar una fórmula. Hay otra cosa preciosa: es el “salchichón de hoyito”. Eso es totalmente de los choferes de Barranquilla.
¿Y qué es?
El “salchichón de hoyito” es un salchichón que tiene un hoyito en la punta. Otros le dicen “la polla”, “la pinga”... Pero lo que dice el chofer de Barranquilla es “el salchichón de hoyito”. Entonces todo traductor pregunta: “¿Qué significa ‘salchichón de hoyito’?”. Por eso, lo hermético no sería el libro, sino todo eso, ¿no?, lo del Caribe. Por ejemplo, en Cuba no saben lo que es el “salchichón de hoyito”, pero cuando un cubano lo lee, cuando un dominicano o un puertorriqueño lo leen, inmediatamente saben qué es, se enteran porque conocen los mecanismos, los contextos, saben cómo se llega a eso.