viernes, 14 de noviembre de 2014

Títulares de los periódicos del mundo

Gabo que estás en los cielos

Asi registró el periodismo del mundo, la muerte de Gabriel García Márquez portada a portada

El País de España.
Correio Braziliense de Brasil.
A B C de Madri, España.
Gazeta de Serbia.
Pagina 12 de Buenos Aires, Argentina.
El Público de Lisboa, Portugal.
Corrieri del Ticino  de Italia.
La Razón de México.
La Gasceta de Israel.
El Telégrafo de Guayaquil, Ecuador.
La Vanguardia de Barcelona, España.
The Independent de Inglaterra.
The New York Times de Estados Unidos.
fuente:elpais.com

jueves, 13 de noviembre de 2014

En la Barcelona de las Indias

Gabo que estás en los cielos

 Los recuerdos del  sabio catalán  y la presencia de su agente llevaron a Gabo a vivir siete años en la ciudad

Plaza Cataluña, 1970. Un joven y aún no tan exitoso García Márquez en sus años barceloneses. /elpais.com
“¿Sabe de alguien a quien puedan interesarle dos pieles de caimán?”. Al entonces responsable de las páginas literarias de la seria revista Destino, Joaquim Marco, le pareció una pregunta de realismo mágico, como entresacada de ese Cien años de soledad, cuya primerísima reseña acababa de publicar Pere Gimferrer en 1967 en el semanario. La agente Carmen Balcells les había dejado leer en un mecanoscrito “con un centenar de correcciones del propio autor; nada trascendente”, recordaba ayer el ya retirado catedrático de literatura de la Universidad de Barcelona.
Marco fue de los primeros en España en hablar de las novelas de García Márquez y ello explica que el escritor, un poco perdido, le convocara apenas llegó el 4 de noviembre de 1967 con su mujer y sus dos hijos pequeños. “Era un piso provisional, de alquiler, por la zona de la plaza Lesseps, en el barrio de Gràcia, con muebles tronados”, recuerda Marco. Sería algún otro más así: Gabo llegó sin blanca porque no había podido sacar dinero de su país y sus Cien años de soledad, publicado hacía poco más de cinco meses en Argentina, si bien había vendido en 15 días los 8.000 ejemplares de su primera edición y se había iniciado una reimpresión de 10.000 más, aún no había estallado.
A Barcelona lo había dirigido un cóctel extraño de circunstancias, como todo en la vida del niño marcado de historias de Aracataca: por un lado, el recuerdo del escritor Ramón Vinyes, el famoso “sabio catalán” de su novela, que le llenó de lecturas y de la imagen de una ciudad cargada de una burguesía supuestamente culta que apoyaba a genios como Gaudí mientras los anarquistas lideraban el movimiento obrero. También estaba la idea de intentar arrancar una nueva novela sobre un viejo dictador sudamericano y qué mejor que vivir de cerca el espectáculo de un sátrapa, al parecer, al final de su vida y de su poder como Franco. La tercera razón era la más poderosa: Balcells, que había olido el talento de Gabo, quería dar a su pupilo el caldo de cultivo material idóneo para que el colombiano hiciera lo que tenía y sabía hacer: escribir.
Le acabó encontrando acomodo en uno de los mejores barrios de Barcelona, el tranquilo Sarrià, en un espacioso piso de la calle Caponata, 6. Casi en la esquina, en Osi, 50, aterrizarían los Vargas Llosa. Los dos hijos de Gabo, que estudiarán en el inglés Kensington School, se harán muy amigos de los dos de Vargas Llosa y, cuando también bajan desde más arriba de la ciudad, con Pilarcita Donoso, fiel reflejo de la gran amistad de las tres familias, que con cualquier pretexto quedan a comer o a cenar.
Cuando no está encerrado escribiendo enfundado en un terrible mono azul de mecánico, Gabo suele dar paseos eternos por la ciudad con Vargas Llosa y hasta comentan juntos las noticias de Le Monde, muchas veces en la cercana de casa y famosísima Pastelería Foix, regentada por el ínclito poeta catalán.
Barcelona parece un imán de autores sudamericanos: si no vienen solos es el mismo Gabo, quien convoca a los “primos de París”: Julio Cortázar y Carlos Fuentes, que suele llegar con su hija Cecilia. El anfitrión primero, Gabo, les lleva al cercano bar Tomás, especialista en tapas, pero a la que puede se va al centro, a la Barcelona un poco más canallesca de los locales de Los caracoles o Los tarantos.
Vinculados a esa Barcelona más abierta y cosmopolita de la burguesía de la Gauche Divine vía el editor Carlos Barral se dejará caer, aunque menos, en locales como la discoteca Boccaccio y la tortillería Flash Flash, ambientes que les darán para cruzarse con, entre otros, Juan Marsé, dos bellas “musas”, como las define, como Rosa Regás y Beatriz de Moura y los hermanos Goytisolo. En casa de uno de estos, de Luis, pasarán la Nochevieja de 1970, con los Vargas Llosa obsequiando con un valsecito peruano y los García Márquez correspondiendo con un merengue tropical.
De Cien años de soledad se han vendido ya 600.000 ejemplares, gracias a las gestiones de Balcells, que en 34 meses había colocado la obra de aquel semidesconocido en 20 países. También ella se encargará de lo más prosaico: desde pagar cuentas a encargarse de facturas domésticas a organizar las vacaciones familiares de todos, pasando por “asistir a los partos o tapar y censurar amoríos, consolar a cónyuges e indemnizar amantes”, como escribiría Vargas Llosa.
Se notaba ya en el estatus de Gabo y su familia la eclosión internacional del escritor, que se permitían el lujo de encargar la redecoración de su piso al reputado arquitecto Alfonso Milà; la mujer de Donoso recibía trato preferencial en la clínica Dexeus por ser la esposa del autor de Coronación pero también por ir acompañada de la mujer del autor de Cien años de soledad, libros ambos leídos por el reputadísimo ginecólogo Santiago Dexeus. Los niños, Rodrigo y Gonzalo, lucen jerséis de buena lana inglesa y como sea que les quedan pequeños y hay buen rollo, va a parar muchas veces a la hija de Donoso. García Márquez adquiere un notable aparato de alta fidelidad con el que el escritor se relaja escuchando a Béla Bartók y corre a las cuatro de la tarde las cortinas de la sala “porque es demasiado temprano para tomar güisquis y a mí me gusta tomarlo cuando comienza a estar oscuro”, como recordaría José Donoso. Gabo y su familia estaban bien en Barcelona. “Siempre nos decía que cogiéramos un avión y nos plantáramos en Barcelona, que la ciudad era lo más parecida a nuestra Cartagena y la gente, de lo más amable”, reveló su padre cuando Gabo ganó el premio Nobel en 1982.
Si la vida cotidiana le era placentera, no lo fue tanto la literaria. El futuro El otoño del patriarca se le resistía y temía haberse secado tras escribir la gran novela. “Mi nuevo libro es una mierda... y tampoco logro que haga calor en él”, decía agobiado también por los golondrinos que le provocaban la humedad veraniega de la ciudad. Pero, trabajador infatigable, la acabó, justo para la fiesta de despedida a los Vargas Llosa que acogió Balcells el 12 de junio de 1974. No tardarían mucho en marchar ellos, solo para volver para algún libro, visitar de incógnito su agente y, en 2005 para una reunión del Foro Iberoamericano.
Barcelona hizo mella: ahí dejó de fumar los 40 cigarrillos diarios y, con los años, se compraría un piso en el exclusivo paseo de Gràcia, cerca de la maravilla gaudiniana de La Pedrera. Quizá como homenaje a las historias (siempre los recuerdos), del sabio catalán.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Nuestro Apolo y nuestro Dioniso

Gabo que estás en los cielos

Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez. Los dos escritores más influyentes y poderosos de nuestra región y nuestra lengua

Foto tomada por Rodrigo García a sus padres: Gabriel y Mercedes./elpais.com

Una vez que se extingan las ceremonias fúnebres y se adormezca el duelo, que se agoten los homenajes y las exequias, y se desdoren las figuras públicas y se olviden las antipatías abruptas o las declaraciones estertóreas, se volverá una convicción natural lo que algunos han vaticinado desde hace décadas: que los dos colosos surgidos de esa brillantísima Edad de Oro de la narrativa latinoamericana que se prolongó durante la segunda mitad del siglo XX fueron Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez. Los dos escritores más influyentes y poderosos de nuestra región y nuestra lengua. Los dos más admirados e imitados en el orbe. En ese juego de dualidades que tanto nos gusta, nuestro Platón y nuestro Aristóteles. O, mejor, nuestro Apolo y nuestro Dioniso.
Sin duda fueron acompañados por una asombrosa cohorte de titanes, con poéticas al gusto de cada uno, de Rulfo a Vargas Llosa, de Donoso a Fuentes, de Sábato a Ibargüengoitia, de Ribeyro a Cortázar, pero las voces más oídas, más singulares, más originales —si entendemos por originalidad una mutación insólita entre las enseñanzas del pasado y la serena rivalidad con sus contemporáneos— fueron las del poeta y cuentista argentino y las del cuentista y novelista colombiano, suma de todos los esfuerzos que los precedieron, de Machado de Assis y Jorge Isaacs a Macedonio Fernández y Alfonso Reyes, y umbrales de todos aquellos que los han seguido, de Roberto Bolaño a quienes hoy publican, a su sombra, sus primeros libros.
Los dos colosos de esa Edad de Oro fueron Borges y García Márquez
A la distancia no podrían parecer más contrarios, más distantes. De un lado, el escritor ciego y puntilloso, tan acerado como melancólico, hierático hasta casi fungir como profeta, dueño de un sutilísimo humor aún malentendido, el hombre cercano —a su pesar— a la derecha, el vate unánimemente venerado que jamás recibiría el Nobel. Del otro, el escritor jacarandoso y bullanguero, tan dotado para desenrollar la sintaxis como para reconducir los mitos, sonriente hasta convertirse en amigo de todas las familias —esas que sin conocerlo hoy sin pudor lo llaman Gabo—, el hombre cercano a la izquierda y a Fidel Castro, el bardo unánimemente adorado que recibió el Nobel más joven que ningún otro en América Latina.
Sí: en lontananza encarnan vías antagónicas. Borges es, evidentemente, el apolíneo. El escultor que pule cada arista y cada ángulo. El prestidigitador que obsesivamente trastoca cada adjetivo y cada adverbio. El criminal que siempre esconde la mano. El modesto anciano que odia los espejos y la cópula y sin embargo multiplica los Borges a puñados. El detective que en su búsqueda esconde que al mismo tiempo es el criminal. El filósofo nominalista y el físico cuántico que se pierde en la Enciclopedia. El autor de las paradojas y bucles más aventajado desde Zenón. García Márquez es, en cambio, el dionisíaco. El torrencial demiurgo de genealogías y prodigios. El audaz dispensador de metáforas y laberintos de palabras. El cartógrafo de la jungla y el cronista de nuestra circular cadena de infortunios. El ídolo sonriente que trasforma la Historia —y en especial la sórdida trama colombiana— en mil historias entrecruzadas, tan tiernas y atroces como inolvidables. El bailarín que, al conducirnos a la pista, nos obliga a seguir su hipnótico ritmo a rajatabla. El sagaz escriba que se burla de los tiranuelos con los que tanto ha convivido. El desmadrado cuentero que finge no seguir regla alguna fuera de su imaginación, excepto que las que él mismo se —y nos— impone.
Él fue el torrencial demiurgo de genealogíasy prodigios
Apolo y Dioniso. Y sin embargo estas dos vías, como ya apuntaba Nietzsche, no son excluyentes sino complementarias. Las dos mitades del mundo. De nuestro mundo. Para empezar, García Márquez no hubiese escrito como García Márquez sin aprender de Borges, su predecesor y su maestro. Y Borges no habría encontrado mejor continuador que este discípulo rejego, dispuesto no a copiar sus trucos o su doctrina sino a usarlos en su provecho para huir de la Academia y fundar una nueva, exitosísima escuela, el realismo mágico. Ninguno tiene la culpa, por supuesto, de su ingente legión de copistas: sus invenciones resultaban demasiado deslumbrantes como para que cientos de salteadores de caminos no quisieran agenciárselas.
Los dos han sido justamente elevados a los altares. O, mejor aún, a los altares privados que cada uno erige en su hogar: son nuestros penates. Imposible no adorarlos y no querer, a la vez, descabezarlos. Imposible no aspirar a reiterar —Vargas Llosa dixit— su deicidio.
Jorge Volpi es escritor mexicano.

martes, 11 de noviembre de 2014

El abecedario de Gabriel García Márquez

Gabo que estás en los cielos

Gabriel García Márquez supo llevar la carga de Cien años de soledad./elmundo.es

REALISMO MÁGICO

Formulada por primera vez por el crítico de arte alemán Franz Roh, esta expresión hizo fortuna cuando Úslar Pietri la aplicó al fenómeno literario: "Lo que vino a predominar en el cuento y a marcar su huella de una manera perdurable fue la consideración del hombre como misterio en medio de datos realistas. Una adivinación poética o una negación poética de la realidad". Si la corriente del realismo mágico o de "lo real maravilloso", noción muy similar, arranca con 'El reino de este mundo', de Carpentier, alcanza su cima en 'Cien años de soledad', novela que cuenta con un narrador en tercera persona, pasivo, externo a la historia y omnisciente; conoce todos los detalles del relato pero los cuenta sin formular juicio alguno, de manera imperturbable aun cuando los hechos sean de la máxima crudeza, y además no hace distinción entre lo real y lo fantástico, como si ambos mundos compartieran carta de naturaleza.

SU INFANCIA


García Márquez quedó al cuidado de sus abuelos maternos, en Aracataca, cuando sus padres se mudaron a Barranquilla. La abuela Tranquilina Iguarán daría nombre al personaje de Úrsula Iguarán en 'Cien años de soledad' e influiría en el imaginario del escritor con sus historias repletas de sucesos extraordinarios relatados como verdades sin discusión. Su abuelo, el coronel Márquez, un liberal veterano de la Guerra de los Mil Días, le invitaba a consultar el diccionario y le descubrió el milagro del hielo -de nuevo como en 'Cien años...'-. Su prestigio se agrandó al negarse a callar sobre la masacre de las bananeras, episodio que igualmente reflejaría Gabo en su novela.

MACONDO

El territorio imaginario donde transcurren 'La hojarasca' y 'Cien años de soledad', creación de García Márquez equivalente a la Ítaca de Homero o la Yoknapatawpha de Faulkner, el escritor a quien más debe el colombiano según su propio testimonio. Macondo aparece por primera vez en el cuento 'Un día después del sábado', publicado en 1954. En 'Cien años de soledad', José Arcadio Buendía sueña con un pueblo en el que se le aparecen construcciones con paredes de espejo y, en plena selva, decide fundar un poblado donde todo es posible, desde seres más que centenarios que mueren varias veces a lluvias que se prolongan cuatro años.
Al principio Macondo es un "Mundo ideal", una aldea construida "a la orilla de un río de aguas diáfanas", la "más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus 300 habitantes". "Una aldea feliz donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto".
Luego llegan la actividad comercial, la construcción y una extraña plaga, la de la pérdida de la memoria; después la guerra civil, el tren -y con él el telégrafo, el gramófono y el cine- y la plantación de banano, que termina con la huelga de los trabajadores y su masacre a manos del ejército, a la que suceden las lluvias interminables que conducen a la novela hacia su fin. Gabo describió su fascinación por la palabra 'Macondo' al relatar un viaje con su madre a Aracataca en el que pasaron en tren junto a una plantación de banano que tenía ese nombre. "Esta palabra ha atraído mi atención desde los primeros viajes que había hecho con mi abuelo [...]. Me gustaba su resonancia poética (...). Ni siquiera me pregunto lo que significa...".

Cien años de soledad


Pablo Neruda afirmaba, de forma quizá algo hiperbólica, que la novela publicada por la editorial Sudamericana en 1967 era "la mayor revelación en lengua castellana" desde el Quijote. Su comienzo se ha hecho ya casi tan célebre como el de Cervantes: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo", que -como el imán- habían introducido en Macondo los gitanos capitaneados por Melquíades. Este personaje es tan fundamental en el libro como la saga de los Buendía, a la que dio lugar un matrimonio nacido bajo negros presagios: al ser primos José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, la creencia general dictaba que sus descendientes podían nacer con cola de cerdo. José Arcadio funda Macondo en una huida hacia la sierra que ha emprendido atormentado por el fantasma de Prudencio Aguilar, a quien ha matado en duelo por mofarse de su falta de relaciones íntimas con Úrsula. Siete generaciones y mil vicisitudes reales o imaginarias después, Macondo es un pueblo abandonado y azotado por el viento en el que Aureliano intenta descifrar los pergaminos de Melquíades y descubre que "las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra".

MÉXICO

Tras el triunfo de la revolución cubana, el Gabo periodista es nombrado director de la agencia de noticias Prensa Latina, recién creada por el Gobierno de Fidel Castro. Vive seis meses en la isla durante 1960 y, al año siguiente, se traslada como corresponsal a Nueva York, pero diversos enfrentamientos y controversias con los exiliados cubanos le aconsejan abandonar. Después de recorrer el sur de Estados Unidos, se establece en México D. F., donde ha vivido durante cinco décadas, hasta su fallecimiento, aunque poseía residencias en París, Bogotá y Cartagena de Indias. En la capital mexicana nació su segundo hijo, Gonzalo, diseñador gráfico que reside en esta misma ciudad; tres años antes, García Márquez y Mercedes Barcha tuvieron a Rodrigo, que es ahora un reconocido director de cine.

Memorias (...y sus putas tristes)


En 1999, cuando se le diagnosticó el cáncer linfático que finalmente y por intrincados caminos ha terminado con su vida, el novelista temía sobre todo no poder terminar los tres tomos de sus memorias y dos libros de cuentos que tenía por entonces a medias. Desconectó el teléfono, canceló todos sus compromisos, redujo al máximo el contacto con amigos y se encerró a escribir todos los días de ocho de la mañana a dos de la tarde. En 2002 vio la luz, con un millón de ejemplares de tirada inicial, 'Vivir para contarla', la primera entrega de esa autobiografía, y dos años más tarde se publicó un volumen metamorfoseado en novela, 'Memoria de mis putas tristes'. Según explicó el propio Gabo en una entrevista, el tercero iba a tener "un formato distinto": "Serán los recuerdos de mis relaciones personales con seis o siete presidentes de distintos países".

VARGAS LLOSA Y EL 'BOOM'

Hasta entonces buenos amigos, la relación de García Márquez y Vargas Llosa se rompió el 12 de febrero de 1976 cuando el peruano asestó a su correligionario del boom un puñetazo a la entrada de un cine en Ciudad de México. Pese a la reticencia de ambos a explicar el incidente, con los años se ha sabido que el motivo de la disputa tuvo que ver con los consejos que Gabo había dado supuestamente a la esposa de Vargas Llosa, Patricia, con motivo de sus discrepancias matrimoniales. A pesar de que durante mucho tiempo se creyó que no existía evidencia gráfica del altercado, hace seis años el fotógrafo Rodrigo Moya publicó en México dos imágenes en las que se aprecia al colombiano con un ojo a la funerala.
Disputas conyugales aparte, muchos creen que aquel incidente no eran ajenas las discrepancias ideológicas de ambos escritores, Vargas cada vez más implicado en la defensa del liberalismo y García Márquez negándose a abjurar de su apoyo al régimen castrista. Hay quien añade los celos literarios entre dos gigantes como ingrediente extra del cóctel.

Nobel


El 21 de octubre de 1982 se conoció que García Márquez había obtenido el Nobel de Literatura en disputa con Günter Grass y Graham Greene. Recogió el galardón el 8 de diciembre. Iba ataviado con un clásico liquiliqui de lino blanco, el traje que usó su abuelo y que empleaban los coroneles en las guerras civiles. Su discurso, 'La soledad de América Latina', toda una joya literaria, fue una lúcida denuncia de la desatención de las grandes potencias por el subcontinente americano; Gabo desmontó la posición habitual de los europeos frente a América Latina, asociada únicamente a una carga de magia y maravilla absolutamente interesada, y terminó su alocución con una hermosa declaración de fe en los destinos de los pueblos sudamericanos. Con la concesión del Nobel, su ascendiente en materia cultural no hizo sino crecer en todo el mundo.

FIDEL CASTRO

García Márquez afirmó en varias ocasiones que ni era comunista ni había militado en ningún partido político. Sin embargo, nunca ocultó que mantenía una relación de amistad con Fidel Castro, con quien tuvo varios encuentros cuando residió en La Habana. Cabe afirmar que el novelista tenía una concepción genérica del socialismo entendido como un sistema de progreso, libertad e igualdad, loable de por sí, que se había desvirtuado en la Unión Soviética, Polonia, Checoslovaquia, Alemania del Este y Hungría, países que le habían "desencantado", según escribió él mismo.
Diversos especialistas le atribuyen una fascinación por el poder que explicaría su convicción de que Castro era diferente de otros caudillos y dictadores y de que la entonces incipiente revolución cubana podía constituir un ejemplo para otros países americanos. El novelista y ensayista cubano César Leante estima que "el apoyo incondicional de García Márquez a Fidel Castro cae en buena parte dentro del campo psicoanalítico". La admiración de Gabo por los caudillos latinoamericanos se encarna, en su opinión, en el coronel Aureliano Buendía y en "el innominado dictador caribeño que como Fidel Castro envejece en el poder", escribe Leante en alusión al protagonista de 'El otoño del patriarca'...

Periodismo


Cuando estudiaba Derecho en Bogotá, García Márquez descubrió, o más bien constató, que las leyes le interesaban menos que la literatura y el periodismo, disciplinas hermanas que ha cultivado durante toda su vida. Hizo sus primeras armas en el entonces recién fundado diario 'El Universal de Cartagena', de donde pasó a 'El Heraldo de Barranquilla'. Con el llamado Grupo de Barranquilla fundó el fugaz periódico 'Crónica', donde Gabo ejercía de jefe de redacción. En 1954, Álvaro Mutis le convence para que vuelva a Bogotá para trabajar como reportero y crítico de cine en 'El Espectador', donde al año siguiente publica un conjunto de 14 crónicas que constituirían 'Relato de un náufrago'. En 1974 fundó la revista 'Alternativa', un hito en el periodismo de oposición en Colombia, y en 1994, la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

EL CINE

Interesado desde siempre en el arte cinematográfico y la televisión, García Márquez hizo sus primeros pinitos al respecto en 1954, cuando firmó con otros autores el cortometraje surrealista 'La langosta azul'. Estudió la carrera de cine en Cinecittà y en los años 60 escribió bajo seudónimo varias películas mexicanas como 'Tiempo de morir', de Arturo Ripstein. Ya con su nombre trabajó como guionista para cintas de Luis Alcoriza, Miguel Littín y el propio Ripstein. En 1986 fundó la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (Cuba), donde impartió durante años el taller 'Cómo se cuenta un cuento'. Gabo no ha tenido problemas para apoyar la adaptación al cine o a la televisión de novelas suyas como 'La mala hora', 'El amor en los tiempos del cólera' y 'El coronel no tiene quien le escriba'. Akira Kurosawa intentó filmar 'El otoño del patriarca' a comienzos de los 90, pero la falta de financiación dio al traste con el proyecto.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Momentos tras Gabo

Gabo que estás en los cielos
Gabriel García Marquez, el hijo del telegrafista.

Desde que supe leer,  Gabriel García Márquez siempre apareció en los renglones literarios de lo que leía entonces en mi formación de lector. Debo ir atrás cuando trabajé de mandadero siendo niño en una casa de huéspedes de provincia de doña Rosalba Castro de Herrera, que fungía como regenta de esa residencia de estudiantes y gentes de provincia que llegaban a residir allí en Bogotá. Había un pasajero gringo que cargaba de un lado a otro la novela Cien años de soledad. Y recordé que de esa novela ya la había visto publicada un capítulo en sus páginas centrales del Magazín Dominical cuando en Ipiales vendía los periódicos nacionales como voceador.
Muchos años después, frente a la fachada de la  iglesia de la Compañia de Jesús, había de recordar toda la obra de Gabriel García Márquez, que cronológicamente ya había leído, pues, por esas fechas se había establecido en Colombia, y dirigía la revista Alternativa. Él empezaba su  época de periodismo militante  y  publicó El otoño del patriarca. Y  yo esperaba al lado de una librería de viejo en Quito la cita que alguien me había puesto  allí que decidió dejarme plantado, y para pasar el tiempo muerto de la espera entré y pregunté si tenía Cien años de soledad. Lo compré en sesenta sucres.
Leí  la novela de un tirón durante quince días intensos en una lectura sin parar en las breves vacaciones de mitad de año. Transcurría 1975. Desde entonces lo he leído treinta y un veces. Puedo describir puntualmente episodios completos de esta novela que me transformó, pues, no habido en esta vida libro con un verbo tan embrujador y fascinante.
Y llamé una mañana a la revista Alternativa para preguntar por el maestro Gabriel García Márquez. Saludé diciendo buenos días, por favor el maestro Gabriel está. No. No ha llegado. Me respondió una voz de hombre muy tranquila. A qué horas llega. Es que quiero preguntarle cómo se escribe un cuento. Miré,  llámelo por la tarde, qué él está y le pregunta personalmente. Gracias y colgué. Después nunca volví a llamarlo.
Pero yo si seguí leyéndolo hasta agotar su obra.  Y puedo decir que sus novelas me deslumbraron con notables excepciones. Por ejemplo, considero La mala hora, una novela menor como  Noticia de un secuestro. En este texto hay mucho afán de hacer reporteria. En definitiva es un reportaje a las volandas. Y considero que hasta la novela negra Crónica de una muerte anunciada es una obra magistral porque rompe con la estructura del esquema policiaco previsible. La novela se convierte en la investigación social de un asesinato que nadie hace nada por detenerlo. Su obra posterior ya tiene la impronta y la fórmula garciamarquiana pero igual lo leí por ese verbo de embrujo que posée toda su obra.
Vivía en Caracas, en 1984 cuando me enteré que Gabriel García Márquez era invitado  del gobierno colombiano por su amigo político y poeta presidente Belisario Betancur, al homenaje que el gobierno venezolano le hacía al Libertador Simón Bolívar, donde Venezuela botó literalmente la casa por la ventana del derroche y fasto para la celebración al Padre de la Patria de cinco naciones.
Hice un detectivismo particular con Gabo, ya me había encariñado y guardaba el ejemplar de Cien años de soledad leído y releído tantas veces para que me lo autografiara. Llegué a la recepción del lujoso hotel Hilton donde se hospedaba toda la comitiva colombiana que asistía al homenaje bolivariano. Pregunté con total desenfado por si habían visto a Gabriel García Márquez, y una linda recepcionista caraqueña me respondió que ya había salido.
En los días siguientes leí una crónica publicada en El Nacional de Caracas, cómo Gabriel García Márquez estuvo en Bello Monte en una arepera comiendo arepas rellenas y hablando de todo un poco con un periodista amigo de nombre Manuel Pulido. Y ya no estaba en Caracas, se había ido junto con la comitiva presidencial colombiana.
Quedé mordido de la frustración y espere tranquilo varios años. Estando otra vez en Bogotá. Además, que yo estrenaba paternidad, le comenté a la madre de mi hija Irene Marcela, que Gabriel García Márquez asistiría al homenaje que la Casa de Poesía Silva, que dirigía la poeta María Mercedes Carranza le hacía al expresidente poeta Belisario Betancur en su  cumpleaños. Transcurría el año de 1993.
Salimos con la mamá que cargaba aún de brazos a Irene Marcela en el mismo taxi desde donde yo pude distinguir el viejo Mercedes negro de Carlos Lleras Restrepo mientras avanzaba en la Carrera Tercera que asistió también a la velada de poesía.
La mamá de mi hija Irene Marcela siguió hacia la casa de una amiga que entonces residía en el viejo e histórico barrio colonial de La Candelaria. Yo me bajé en las inmediaciones de La Casa de Poesía Silva, donde habían sacado unos altavoces y en los alrededores de la calle estaba atestado de curiosos y lagartos a montón entre los cuales me integraba yo. Eran les seis de la tarde. El tiempo pasaba. Releía páginas de Cien años de soledad para entretenerme por la espera. La madre de mi hija Irene Marcela llegó  a las horas con la niña que dormía. Y vimos llegar el Mercedes negro de Carlos Lleras Restrepo. Lo cual no me equivocaba que asistía también al homenaje del poeta y colega expresidente Belisario Betancur. El frio hacía estragos por la espera en la calle llena de curiosos y nada. Pero hacia las diez de la noche dos motorizados asomaron sus luces de escolta y apareció detrás un Mercedes blindado color café de donde bajó Gabriel García Márquez junto con Mercedes, su esposas que fueron recibidos por María Marcedes Carranza. La madre de mi hija Irene Marcela se puso a un lado de la puerta de entrada, y Gabriel García Márquez al verla dijo es una niña. Mientras tanto yo me acerqué a doña María Mercedes Carranza con el libro Cien años de soledad en la mano y le pedí el favor de ser posible decirle al maestro García Márquez de un autógrafo. La poeta captó rápidamente que nosotros dos éramos los padres de la criatura y  escoltados por dos guardias corpulentos a los que les hizo señas de dejarnos seguir entramos al patio de la casa. Irene Marcela, la bebé se despertó, y había una joven bastante gomela que al ver a la bebé despertarse,  empezó a  decir una y otra vez, es que es perfecta, es perfecta. María Mercedes Carranza buscó a Gabriel García Márquez. Yo miré que los asistentes era la crema y nata de la mentada oligarquía colombiana, poetas de la alcurnia, renombrados políticos y gente del montón como mi mujer y yo pero Irene Marcela, la bebé, causaba cierta curiosidad entre tantos adultos. Entonces Gabriel García Márquez llevado por María Mercedes  Carranza me pidió el libro, al abrirlo vio que le había pegado una estampilla que le sacó Adpostal en Homenaje al Premio Nobel de 1982.  Yo nunca pude tener una de estas estampillas, dijo  al ver pegada la estampilla. Yo pensé en mis adentros que yo no iba a despegar la estampilla para dañar el libro para darle gusto al Nobel. Preguntó que cómo se llamaba la niña, Irene Marcela, le dijo la mamá. Entonces escribió “Para Irene(la paz) Marcela de sus padres felices” Gabo. Le recibí el libro y pude verlo que estaba algo ebrio. Mercedes, su esposa, se acercó y se lo llevó hacia otro grupo. María Mercedes Carranza, nos dio a entender que ya habíamos obtenido el autógrafo, así que abandonáramos. Salimos contentos con el autógrafo. La madre de la niña, decía una y una vez cómo supo él que era una niña. Cómo lo supo.
Por esa misma época la embajada de México montó un local de librería, restaurante y almacén de artesanías en la denominada Zona Rosa que se llamó Casa de México, en Bogotá.. De tanto en tanto iba allí a curiosear. Por esos días sabía que Carlos Fuentes, amigote y compadre de Gabriel García Márquez acababa de publicar uno de sus tantos libros y andaba de gira internacional promocionándolo. Un par de periodistas del diario El Espectador le hacían una entrevista. Prevenido busqué entre los libros de mi personal biblioteca y busqué Aura, una novela breve magistral de Fuentes para el consabido autógrafo. En una mesa el novelista mexicano daba su opiniones de esto y lo otro, que yo recuerdo que decía una y otra vez que el tiempo es cabrón. Cuando los periodistas terminaron la entrevista, le pedí que me regalara el autógrafo, se sorprendió de hallar una edición tan vieja de editorial Era, y de cariño me regaló dos libros de sus discursos. Yo me quedé contento y seguí allí en la librería viendo libros de sicología infantil. De pronto sentí al lado  una sombra, al regresar a ver, observé que era el maestro Gabriel García Márquez, y al descubrirlo le dije, Usté por aquí Maestro. El dijo, No ve que estamos en Macondo. Yo le iba a decir que si, por supuesto que estamos en Macondo. Y un chaperón  sapo con la cabeza totalmente rapada se acercó y se lo llevo del  brazo hacia el interior de la casa. Esos fueron mis momentos tras Gabo. El libro de Cien años de soledad, alguien se lo alzó entre tanta trashumancia de desarraigo urbano metido en esta ciudad de los espejismos: Bogotá, el páramo alucinante.

jueves, 6 de noviembre de 2014

La novela y la procreación

Gabo que estás en los cielos

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez



El escritor colombiano con la primera edición de Cien años de soledad.

Por Milan Kundera
Mientras releía Cien años de soledad, se me ocurrió una extraña idea: los protagonistas de las grandes novelas no tienen hijos. Apenas un uno por ciento de la población no tiene hijos, pero al menos un cincuenta por ciento de los grandes personajes  novelescos salen  de la novela sin haberse reproducido. Ni Pantagruel, ni Panurgo, ni Don Quijote tuvieron descendencia. Ni Valmont, ni la marquesa de Merteuil, ni la virtuosa Presidenta de Las amistades peligrosas.Ni Tom Jones, el más célebre personaje de Fielding. Ni Werther. Todos los protagonistas de Stendhal carecen de hijos; al igual que muchos de los de Balzac; y de Dostoiesvski; y en el siglo que acaba de terminar, Marcel, el narrador de En busca del tiempo perdido, y, por supuesto, todos los grandes personajes de Musil, Ulrich, su hermana Agata, Walter, su mujer Clarisa y Diotima; y Svejk; y los protagonistas de Kafka, con la excepción del joven Karl Rossman, que le hizo un hijo a la sirvienta, aunque precisamente por eso, para borrar el niño de su vida, huye a América y puede nacer la novela. Esta infertilidad no se debe a una intención consciente de los novelistas; a la procreación le repugna el espíritu del arte de la novela(o el subconsciente de este arte).
La novela nació en los Tiempos modernos, que hicieron del hombre, por citar a Heidegger, el “único verdadero subjetum”, el “fundamento de todo”. En gran parte es gracias a la novela por lo que se instala el hombre, como individuo,  en el escenario europeo. Lejos de la novela, en nuestravida real, poco sabemos de nuestros padres tal como eran antes  de que naciéramos; apenas conocemos fragmentariamente a nuestros parientes cercanos; les vemos llegar y partir; en cuento desaparecen son reemplazados por otros: conforman un largo desfile de seres reemplazables. Sólo la novela aísla a un individuo, ilumina toda su biografía, sus ideas, sus sentimientos, lo vuelve irremplazable: lo convirte en el centro de todo.
Don Quijote muere y termina la novela, este final sólo es tan perfectamente definitivo porque no tiene hijos; con hijos, su vida se prolongaría, sería imitada o cuestionada, defendida  o traicionada; la muerte de un padre  deja la puerta abierta; por otra parte, es lo que oímos desde nuestro nacimiento: tu vida continuará en tus hijos; tus hijos son tu inmortalidad. Pero si historia puede seguir más allá de mi propia vida, quiere decir que mi vida no es una entidad independiente; quiere decir que  está inacabada; quiere decir  que algo hay muy concreto y terrenal en lo que el individuo se funde, consiente en fundirse, consiente en ser olvidado: familia, descendencia, tribu, nación. Quiere decir que el individuo, como “fundamento de todo”, es una ilusión, una apuesta, el sueño de algunos siglos europeos.
Con Cien añosde soledad, el arte de la novela parece salir de ese sueño; el centro de atención ya no es un individuo sino un desfile de individuos; son todos  originales, inimitables, y no obstante cada uno de ellos no es más que la luz fugaz  de un rayo de sol en las aguas de un río; cada uno de ellos lleva  en sí su olvido futuro, y todos y cada uno son conscientes de ello; ninguno permanece en la escena de la novela de principio a fin; la madre de toda esta tribu, la vieja Úrsula, tiene ciento veinte años cuando muere, y eso ocurre mucho antes de que la novela termine; y todos llevan nombres parecidos, José Arcadio Buendía, José Arcadio,  Aureliano Buendía, José Arcadio Segundo, Aureliano Segundo, con el fin de ir borrando las pinceladas que los distinguen y de que el lector acabe confundiéndolos. Al parecer, el tiempo del individualismo europeo ha dejado de ser su tiempo. Pero ¿cuál es, pues,  su tiempo? ¿Un tiempo que se remonta al pasado indio de América? ¿O un tiempo futuro en el que el individuo humano se fundirá en el hormiguero humano? Tengo la impresión de que esta novela, que es una apoteosis del arte de la novela, es a la vez un adiós dirigido a la era de la novela. Tomado de Un Encuentro, Milan Kundera. Barcelona : Tusquets Editores, 2009.Traducción del francés de Beatriz de Moura.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Gabriel García Márquez: adiós al hombre que sólo quería ser amado por sus amigos

Gabo que estás en los cielos

En su larga y prolija vida, el escritor colombiano Gabriel García Márquez -quien falleció este jueves 17 de abril en Ciudad de México- consiguió lo que siempre había deseado

Gabriel García Márquez escribió siempre para que sus amigos lo quieran más/BBCMundo
No eran los honores, ni el premio Nobel de Literatura. Ni siquiera escribir una de las más grandes novelas de todos los tiempos.Su ambición al escribir era, según lo dijo en varias ocasiones, que sus amigos lo quisieran más.Y vaya si lo hicieron.

Infancia corta y feliz

Gabriel García Márquez nació en Aracataca, el 6 de marzo de 1927, aunque le gustaba decir que había nacido en 1928, para que coincidiera con la Masacre de las Bananeras, un evento que marcó a su generación en Colombia y que recrea en "Cien años de soledad".
Su infancia transcurrió al cuidado de sus abuelos maternos, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía -veterano de la guerra de los Mil Días en Colombia- y Tranquilina Iguarán.
El escritor siempre diría que la semilla de su estilo y de su imaginación desaforada está allí, en esa casona que los relatos de su abuela poblaba de fantasmas y presencias. Relatos que Tranquilina Iguarán contaba con cara de palo, como si fueran lo más normal del mundo.
Esa manera de contar, diría García Márquez muchos años después, es la misma que usaría en libros como "Cien Años de Soledad".
El coronel Nicolás Ricardo falleció cuando "Gabito" -como le decían sus amigos- tenía ocho años. El niño fue enviado a vivir con sus padres, que eran prácticamente unos desconocidos para él, en el municipio de Sucre, al lado de sus demás hermanos.
Finalizaba su infancia corta y feliz. "Después, todo me resultó bastante plano: crecer, estudiar, viajar... Nada de eso me llamó la atención. Desde entonces no me ha pasado nada interesante", recordó alguna vez.

En Zipaquirá

García Márquez y su esposa Mercedes
García Marquez contrajo matrimonio con Mercedes Barcha en marzo de 1958.
A los doce años de edad, García Márquez ganó una beca para estudiar en un internado de Zipaquirá, municipio situado cerca de Bogotá, la capital colombiana.
Muchos de sus allegados reconocerían después a Zipaquirá en las descripciones del lúgubre y remoto pueblo al cual Aureliano Segundo va a buscar a Fernanda del Carpio en "Cien Años de Soledad".
Los años de internado también serían claves para forjar al escritor. Allí, en las solitarias tardes de sábado y domingo, el joven devoraría las obras de Julio Verne, Emilio Salgari y Alejandro Dumas.
En 1947 empezó a estudiar derecho en la Universidad Nacional de Bogotá, pero nunca finalizaría dicha carrera. Ese mismo año publicó, en el periódico El Espectador, su primer cuento, "La tercera resignación".
En 1948 ingresó como reportero al recién fundado periódico El Universal de Cartagena, pero ello no detuvo la escritura de cuentos para El Espectador. En ese diario -que todavía circula- conoció a Clemente Manuel Zabala, jefe de redacción, a quien recuerda como una persona que empezó a afinar tempranamente su estilo.
En 1950 conoció en Barranquilla a un grupo de jóvenes intelectuales: Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas. Ellos, a su vez, le presentarían a Ramón Vinyes, llamado "el sabio catalán".
Todos ellos aparecerían en "clave" en los últimos capítulos de Cien Años de Soledad.
La influencia de estas personas sería portentosa, pues no sólo se convirtieron en sus mejores amigos -y le consiguieron trabajo en el periódico El Heraldo de Barranquilla-, sino que lo introdujeron a lo mejor de la literatura moderna. Autores como Faulkner, Hemingway, Joyce, Kafka y Virginia Woolf.
Para 1951, García Márquez ya había escrito su primera novela, La Hojarasca, aunque sólo la publicaría años más tarde.

El periodista famoso

García Márquez, periodista
En la época que ejerció como periodista, trabajó en diarios como El Espectador y El Heraldo de Barranquilla.
En 1954, convencido por otro amigo, Álvaro Mutis, García Márquez regresó a Bogotá a trabajar de tiempo completo en El Espectador, donde escribió extraordinarios reportajes que lo convirtieron en uno de los periodistas más famosos de Colombia.
Al año siguiente viajaría a Ginebra, como enviado de El Espectador a la Conferencia de los Cuatro Grandes. Iba a ser un viaje corto, pero duró cuatro años.
La dictadura de Gustavo Rojas Pinilla cerró el periódico y García Márquez, que se encontraba en París, decidió invertir el dinero del billete de regreso en finalizar en Europa la novela que estaba escribiendo, "El coronel no tiene quién le escriba".
En Europa, García Márquez también escribiría "La mala hora" y varios de los cuentos que luego aparecerían en "Los funerales de la mamá grande".
En uno de sus regresos a Colombia, en 1958, se casó con Mercedes Barcha -el "Cocodrilo Sagrado", como la llama en su dedicatoria de "Los funerales de la mamá grande"- a quien, según relata en uno de sus libros, le propuso matrimonio ebrio, en una fiesta, cuando ella tenía trece años.
Su periplo como periodista llevó a Gabriel García Márquez a distintos lugares de América.
Uno de ellos fue La Habana, en 1960, en donde trabajó en la agencia de prensa creada por el gobierno cubano (Prensa Latina) tras la Revolución. Allí empezó su interés por la isla, el cual mantendría inalterable a través de los años, cimentado en una estrecha amistad con Fidel Castro.
También laboró en Caracas y Nueva York, casi siempre obedeciendo al ofrecimiento de trabajo de algún amigo.
Finalmente llegó a Ciudad de México -exactamente el día en que murió Ernest Hemingway, otro de sus maestros- en lo que sería un destino crucial en su carrera como escritor y donde se reencontró con su gran amigo Álvaro Mutis.
En la capital mexicana trabajó como guionista de cine, editor, publicista y periodista y fue en esta ciudad donde escribió la que para muchos es su obra cumbre: "Cien Años de Soledad".

Impulso literario

La manera como García Márquez escribió su más famosa novela ya forma parte de la mitología literaria latinoamericana. Así la describió él mismo:
"Desde hacía tiempo me atormentaba la idea de una novela desmesurada, no sólo distinta de cuanto había escrito hasta entonces, sino de cuanto había leído. Era una especie de terror sin origen.
"De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma, tan intenso y arrasador, que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de felicidad:
"-¡Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera!
"No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: 'Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo'.
"Desde hacía tiempo me atormentaba la idea de una novela desmesurada, no sólo distinta de cuanto había escrito hasta entonces, sino de cuanto había leído. Era una especie de terror sin origen."
Gabriel García Márquez
"Desde entonces no me interrumpí un solo día en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo llevó el carajo".
"Cien Años de Soledad" cambió la vida de García Márquez. El estilo avasallador y luminoso con que estaba escrito el libro (estilo del que sólo había dado unas puntadas en el cuento "Los funerales de la mamá grande"), así como sus historias delirantes, deslumbraron a lectores en todo el mundo .
Y lo sigue haciendo. Se calcula que la novela ha vendido más de cincuenta millones de ejemplares en todo el mundo desde que fue publicada, en mayo de 1967.

El otoño

Boyante e instalado en Barcelona, García Márquez empezó a escribir la novela en la que dejaría salir todo el caudal de su idioma: "El otoño del patriarca", el relato de un dictador latinoamericano.
La novela -según Gabo- del hombre en el que se habría convertido el coronel Aureliano Buendía si hubiera llegado al poder.
Pero antes publicó varios cuentos errantes y un relato largo bajo el título de "La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada".
García Márquez
En 1982 le tocó la consagración máxima: el Premio Nobel de Literatura.
En este período también se presentó la mayor fractura política entre los integrantes del "Boom" de la literatura latinoamericana, quienes le cambiaron la faz a la narrativa del continente. Fue en 1971, con la detención y posterior auto inculpación pública en Cuba del poeta Heberto Padilla, en un hecho que recordó a muchos los juicios estalinistas de décadas atrás.
Mientras escritores como Mario Vargas Llosa -pública y furiosamente- y Carlos Fuentes -de manera más discreta- se distanciaron del régimen cubano, García Márquez lo continuó apoyando, al lado de Julio Cortázar.
"El otoño del patriarca", publicada en 1975, confirmó el calibre literario del escritor colombiano.
Luego vino su período más activo políticamente. Anunció que no volvería a publicar ficción hasta que Augusto Pinochet no dejara el poder en Chile y se dedicó a recorrer el mundo escribiendo artículos periodísticos, los cuales fueron recopilados años después en el libro "Por la libre".
Por fortuna para sus lectores, rompió esta promesa en 1981, cuando se publicó la corta, densa y magnífica "Crónica de una muerte anunciada".
Al año siguiente le tocaría la consagración máxima, con el Premio Nobel de Literatura.

La etapa final

Luego del Nobel, García Márquez escribió cuatro novelas más: "El amor en los tiempos del cólera" -una obra especialmente admirada en el mundo anglosajón-, "El general en su laberinto" (sobre los últimos días de Simón Bolívar), "Del amor y otros demonios" y "Memorias de mis putas tristes" (2004), que se convertiría en su última obra de ficción.
También publicó el libro de relatos, "Doce cuentos peregrinos"; un gran reportaje, "Noticia de un secuestro", y sus memorias: "Vivir para contarla" (2002).
En 1999 se le descubrió un cáncer linfático, por el que, aunque recibió tratamiento con éxito, redujo mucho sus apariciones públicas. Sin embargo, en esos esporádicos momentos, siempre fue recibido con cariño por el público.
Sin embargo, en los últimos años de su vida sus apariciones frente a ese público se hicieron más escasas. También se habló mucho sobre su pérdida de memoria, algo que confirmó uno de sus hermanos.
Pero cada 6 de marzo -día de su cumpleaños- salía a la puerta de su casa en el Distrito Federal a saludar a los periodistas que se apiñaban en el lugar y le cantaban "Las mañanitas", tema con el que se celebran los onomásticos en México. Lo hizo hace poco más de un mes, en su cumpleaños 87.
Ahora, Gabriel García Márquez pertenece a la Historia.
Sin embargo, él mismo lo dijo, -y también lo dijeron sus amigos-: en el fondo de su alma nunca había dejado de ser el hijo del telegrafista de Aracataca.
Quienes tuvieron la oportunidad de tratarlo personalmente se dieron cuenta de que detrás de la fragorosa imagen del hombre público, amigo de estadistas y allegado al poder, se escondía un hombre tierno y casi tímido.
Por eso, pero sobre todo por sus libros, no sólo sus amigos lo quisieron. Millones de personas alrededor del mundo lo amaron.
Y muchos años después lo seguimos haciendo. Fallece Gabriel García Márquez
Diarismo mágico, las licencias de García Márquez como periodista García Márquez y su fascinación por el poder
 La vida de García Márquez, en imágenes

lunes, 3 de noviembre de 2014

Principios que son finales

Gabo que estás en los cielos

Nadie en la historia de la literatura ha llegado tan lejos al dinamitar las normas del arte de contar historias

Retrato del escritor Gabriel García Márquez tomado en Guadalajara ,México./ Gtresonline./lavanguardia.com
En esos momentos no se me ocurre un mejor homenaje a la memoria de Gabo que evocar en este apunte una cualidad que estimo admirable sin reservas. Algunos narradores creemos en el efecto determinante de la primera frase de una novela. El ideal sería que aquellas pocas palabras iniciales condensaran el sentido del relato que viene a continuación. Difícil reto íntimo que a veces retrasa el comienzo de la escritura y no siempre uno consigue resolver satisfactoriamente.
Pues bien, García Márquez tiene un par de esos principios únicos, ejemplares, que como mínimo ponen de relieve la tremenda capacidad expresiva de su poética, y el absoluto dominio de los registros narrativos. Señalo ambas condiciones porque los asombrosos principios de García Márquez –al menos en los dos más significativos– llevan implícito y por tanto anuncian nada menos que el desenlace de la historia que va a contar. Uno de ellos es el archifamoso arranque de 'Cien años de soledad'. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar…” Es decir: se nos hace saber que el pilar de la novela mágica que nos tendría atrapados durante el resto de nuestros días, el inolvidable coronel Aureliano Buendía moría frente a los fusiles de un pelotón de milicos. Eso no me impidió devorar la novela en el curso de un fin de semana de aquella movida primavera de 1968.
Años después, en 1981, el mago de Aracataca repitió la hazaña en una novela mucho más breve, más concisa y poética, para mí magistral: 'Crónica de una muerte anunciada', de 193 páginas en la primera edición de la vieja Bruguera.
Despega con estas palabras que resuenan contundentes como los tambores en la salvaje naturaleza colombiana: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Esa primera frase parecía contener la novela entera y, una vez más, el final. Sin embargo, una vez leída uno se sumergía en las aguas turbulentas de las ciento noventa restantes y no sacaba la cabeza para respirar hasta que lo rescataba el último punto y aparte. Imagino que eso mismo les sigue ocurriendo a los lectores de ahora, casi cuarenta años más tarde.
Entonces hubo quien se obstinó en no entender que sólo el talento creador de Gabo podía hacer algo tan hermoso como arriesgado. Nadie en la historia de la literatura ha llegado tan lejos al dinamitar las normas más elementales del arte de contar historias. Lo admiro por ello. Es como decir que sigo rendido al hechizo de su escritura.

viernes, 31 de octubre de 2014

Gracias, Maestro Gabo

Gabo que estás en los cielos 

Gabo vivió una vida plena e incomparable. Lo recordaremos como un creador genial, un ser humano lleno de sabiduría, humor y ternura, un trabajador incansable, que supo mostrarnos que la mejor manera de aprovechar un trayecto vital es siguiendo la vocación personal, con la terquedad y disciplina que dan cimiento al talento y la pasión



Gabriel García Márquez dejó implementada la FNPI para apoyar a los nuevos periodistas./fnpi

Declaración de Jaime Abello Banfi, Director General de la Fundación Gabriel García Márquez para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI)
Ciudad de México, 17 de abril de 2014

Nuestro querido Gabriel García Márquez se ha ido físicamente, pero permanecerá vivo entre nosotros a través de sus ideas, sus textos, su memoria en millones de personas que lo amamos en todo el mundo y el legado representado en el trabajo de sus fundaciones y escuelas de periodismo y cine. En su fundación en Cartagena, la FNPI, nos sentimos orgullosos de haber disfrutado la guía, acompañamiento y amistad del Gabo periodista y educador, comprometido a fondo con el periodismo como una pasión de toda la vida y como una forma de ejercer ciudadanía activa.

Gabo vivió una vida plena e incomparable. Lo recordaremos como un creador genial, un ser humano lleno de sabiduría, humor y ternura, un trabajador incansable, que supo mostrarnos que la mejor manera de aprovechar un trayecto vital es siguiendo la vocación personal, con la terquedad y disciplina que dan cimiento al talento y la pasión.

Gabo nos deja su fuerza. Asumimos con seriedad y entusiasmo, de la mano de nuestros maestros y aliados, la responsabilidad de que cada día más periodistas de Iberoamérica puedan conocer sus ideas, estudiarlas, aplicarlas e incluso cuestionarlas, pero siempre con la convicción de que este es un oficio de carpinteros, que se aprende y se perfecciona con la práctica, escuchando a la gente y despertando los sentidos para ver lo que nadie más ve, para que las sociedades se informen mejor.

Gracias, Gabo. Gracias, maestro de maestros. Cumpliremos tu mandato; seguiremos adelante con tus talleres, tu Premio, trabajando de muchas formas por una nueva y creativa época para el mejor oficio del mundo.

Los invitamos a visitar www.fnpi.org donde hemos preparado un sitio especial para homenajear al Maestro.

Jaime Abello Banfi
Director General de la FNPI