domingo, 14 de diciembre de 2014

El cuento del domingo




Gabriel García Márquez
Un día después del sábado
La inquietud empezó en julio, cuando la señora Rebeca, una viuda amargada que vivía en una inmensa casa de dos corredores y nueve alcobas, descubrió que sus alambreras estaban rotas como si hubieran sido apedreadas desde la calle. El primer descubrimiento lo hizo en su dormitorio y pensó que debía hablar de eso con Argénida, su sirviente y confidente desde que murió su esposo. Después, removiendo cachivaches (pues desde hacía tiempo la señora Rebeca no hacía nada distinto que remover cachivaches) advirtió que no sólo las alambreras de su dormitorio, sino todas las de la casa estaban deterioradas. La viuda tenía un sentido académico de la autoridad, heredado tal vez de su bisabuelo paterno, un criollo que en la guerra de Independencia peleó al lado de los realistas e hizo después un penoso viaje a España con el propósito exclusivo de visitar el palacio que construyó Carlos III en San Ildefonso. De manera que cuando descubrió el estado de las otras alambreras, no pensó ya en hablar con Argénida sino que se puso el sombrero de paja con minúsculas flores de terciopelo y se dirigió a la alcaldía a dar cuenta del atentado. Pero al llegar allí, vio que el mismo alcalde, sin camisa, peludo y con una solidez que a ella le pareció bestial, se ocupaba de reparar las alambradas municipales, deterioradas como las suyas.
La señora Rebeca irrumpió en la sórdida y revuelta oficina y lo primero que vio fue un montón de pájaros muertos sobre el escritorio. Pero estaba ofuscada, en parte por el calor y en parte por la indignación que le produjo la ruina de sus alambreras. De manera que no tuvo tiempo de estremecerse ante el inusitado espectáculo de los pájaros muertos sobre el escritorio. Ni siquiera le escandalizó la evidencia de la autoridad degradada a lo alto de una escalera, reparando las redes metálicas de la ventana con un rollo de alambre y un destornillador. Ella no pensaba ahora en otra dignidad que en la suya propia, escarnecida en sus alambreras, y su ofuscación le impidió incluso relacionar las ventanas de su casa con las de la alcaldía. Se plantó con discreta solemnidad a dos pasos de la puerta, en el interior de la oficina, y apoyada en el largo y guarnecido mango de su sombrilla, dijo:
—Necesito poner una queja.
Desde el tope de la escalera, el alcalde volvió el rostro congestionado por el calor. No manifestó emoción alguna ante la presencia insólita de la viuda en su despacho. Con sombría negligencia siguió desprendiendo la red estropeada y preguntó desde arriba:
—¿Qué es la cosa?
—Que los muchachos del vecindario rompieron las alambreras.
Entonces el alcalde volvió a mirarla. La examinó laboriosamente desde las primorosas florecillas de terciopelo hasta los zapatos color de plata antigua, y fue como si la hubiera visto por primera vez en su vida. Descendió parsimoniosamente, sin dejar de mirarla, y cuando pisó tierra firme apoyó una mano en la cintura y movió el destornillador hasta el escritorio. Dijo:
—No son los muchachos, señora. Son los pájaros.
Y entonces fue cuando ella relacionó los pájaros muertos sobre el escritorio con el hombre subido a la escalera y con las estropeadas redes de sus alcobas. Se estremeció, al imaginar que todos los dormitorios de su casa estaban llenos de pájaros muertos.
—Los pájaros —exclamó.
—Los pájaros —confirmó el alcalde—. Es extraño que no se haya dado cuenta si hace tres días que estamos con este problema de los pájaros rompiendo ventanas para morirse dentro de las casas.
Cuando abandonó la alcaldía, la señora Rebeca se sentía avergonzada. Y un poco resentida con Argénida que arrastraba hasta su casa todos los rumores del pueblo y que sin embargo no le había hablado de los pájaros. Desplegó la sombrilla, deslumbrada por el brillo de un agosto inminente, y mientras caminaba por la calle abrasante y desierta tuvo la impresión de que las alcobas de todas las casas exhalaban un fuerte y penetrante tufo de pájaros muertos.
Esto era en los últimos días de julio, y nunca en la vida del pueblo había hecho tanto calor. Pero sus habitantes no se dieron cuenta de eso, impresionados por la mortandad de los pájaros. Aunque el extraño fenómeno no había influido seriamente en las actividades del pueblo, la mayoría estaba pendiente de él a principios de agosto. Una mayoría en la que no se contaba su reverencia, Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar Castañeda y Montero, el manso pastor de la parroquia que a los noventa y cuatro años de edad aseguraba haber visto al diablo en tres ocasiones, y que sin embargo sólo había visto dos pájaros muertos sin atribuirles la menor importancia. El primero lo encontró un martes en la sacristía, después de la misa, y pensó que había llegado hasta ese lugar arrastrado por algún gato del vecindario. El otro lo encontró el miércoles en el corredor de la casa cural y lo empujó con la punta de la bota hasta la calle, pensando: No debían existir los gatos.
Pero el viernes, al llegar a la estación del ferrocarril, encontró un tercer pájaro muerto en el escaño que eligió para sentarse. Fue como un relámpago en su interior, cuando agarró el cadáver por las patitas, lo alzó hasta el nivel de sus ojos, lo volteó, lo examinó, y pensó sobresaltado: Caramba, es el tercero que encuentro en esta semana. Desde ese instante empezó a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo en el pueblo, pero de una manera muy imprecisa, pues el padre Antonio Isabel, en parte por la edad y en parte también porque aseguraba haber visto al diablo en tres ocasiones (cosa que al pueblo le parecía un tanto dislocada), era considerado por sus feligreses como un buen hombre, pacífico y servicial, pero que andaba habitualmente por las nebulosas. Pues se dio cuenta de que algo ocurría a los pájaros, pero incluso entonces no creyó que aquello fuera tan importante como para que mereciera un sermón. Él fue el primero que sintió el olor. Lo sintió en la noche del viernes, cuando despertó alarmado, interrumpido su liviano sueño por una tufarada nauseabunda, pero no supo si atribuirlo a una pesadilla o a un nuevo y original recurso satánico para perturbar su sueño. Olfateó a su alrededor y se dio vuelta en la cama, pensando que aquella experiencia podría servirle para un sermón. Podría ser, pensó, un dramático sermón sobre la habilidad de Satán para filtrarse en el corazón humano por cualquiera de los cinco sentidos.
Cuando se paseaba por el atrio al día siguiente antes de la misa, oyó hablar por primera vez de los pájaros muertos. Estaba pensando en el sermón, en Satanás y en los pecados que pueden cometerse por el sentido del olfato, cuando oyó decir que el mal olor nocturno era de los pájaros recolectados durante la semana; y se le formó en la cabeza un confuso revoltijo de prevenciones evangélicas, de malos olores y de pájaros muertos. De manera que el domingo tuvo que improvisar sobre la caridad una parrafada que él mismo no entendió muy a las claras, y se olvidó para siempre de las relaciones entre el diablo y los cinco sentidos.
Sin embargo, en algún sitio muy remoto de su pensamiento debieron de quedar agazapadas aquellas experiencias. Eso le ocurría siempre, no sólo en el seminario hacía ya más de 70 años, sino de manera muy particular después de que cumplió los 90. En el seminario, una tarde muy clara en que caía un fuerte aguacero sin tormenta, él leía un trozo de Sófocles en su idioma original. Cuando acabó de llover miró a través de la ventana el campo fatigado, la tarde lavada y nueva, y se olvidó enteramente del teatro griego y de los clásicos que él no diferenciaba sino que llamaba, de manera general, “los ancianitos de antes”. Una tarde sin lluvia, acaso treinta, cuarenta años después, atravesaba la plaza empedrada de un pueblo, al que había ido de visita, y sin proponérselo recitó la estrofa de Sófocles que leía en el seminario. Esa misma semana, conversó largamente sobre “los ancianitos de antes” con el vicario apostólico, un anciano locuaz e impresionable, aficionado a unos complejos acertijos para eruditos que él decía haber inventado y que se popularizaron años después con el nombre de crucigramas.
Aquella entrevista le permitió recoger de un golpe todo su viejo y entrañable amor por los clásicos griegos. En la Navidad de ese año recibió una carta. Y de no haber sido porque ya para esa época había adquirido el sólido prestigio de ser exageradamente imaginativo, intrépido para la interpretación y un poco disparatado en sus sermones, en esa ocasión lo habrían hecho obispo.
Pero se enterró en el pueblo, desde mucho antes de la guerra del 85, y en la época en que los pájaros venían a morir en los dormitorios, hacía años que habían pedido su reemplazo por un sacerdote más joven, especialmente cuando dijo haber visto al diablo. Desde entonces comenzaron a no tenerlo en cuenta, cosa que él no advirtió de una manera muy clara a pesar de que todavía podía descifrar los menudos caracteres de su breviario sin necesidad de anteojos.
Siempre había sido un hombre de costumbres regulares. Pequeño, insignificante, de huesos pronunciados y sólidos y ademanes reposados y una voz sedante para la conversación pero demasiado sedante para el púlpito. Permanecía hasta la hora del almuerzo echando globos en su alcoba, tirado a la bartola en una silla de lona y sin otras prendas de vestir que unos largos pantaloncillos de sarga con las bocapiernas amarradas a los tobillos.
No hacía nada, salvo decir la misa. Dos veces a la semana se sentaba en el confesionario, pero hacía años que no se confesaba nadie. Él creía sencillamente que sus feligreses estaban perdiendo la fe a causa de las costumbres modernas, de ahí que hubiera considerado como un acontecimiento muy oportuno haber visto al diablo en tres ocasiones, aunque sabía que la gente daba muy poco crédito a sus palabras a pesar de que tenía conciencia de no ser muy convincente cuando hablaba de esas experiencias. Para él mismo no habría sido una sorpresa descubrir que estaba muerto, no sólo a lo largo de los últimos cinco años, sino también en esos momentos extraordinarios en que encontró los dos primeros pájaros. Cuando encontró el tercero, sin embargo, se asomó un poco a la vida, de manera que en los últimos días estuvo pensando con apreciable frecuencia en el pájaro muerto sobre el escaño de la estación.
Vivía a diez pasos del templo, en una casa pequeña, sin alambreras, con un corredor hacia la calle y dos cuartos que le servían de despacho y dormitorio. Consideraba, tal vez en sus momentos de menor lucidez, que es posible lograr la felicidad en la tierra cuando no hace mucho calor, y esa idea le producía un poco de desconcierto. Le gustaba extraviarse por vericuetos metafísicos. Era eso lo que hacía cuando se sentaba en el corredor todas las mañanas, con la puerta entreabierta, cerrados los ojos y los músculos distendidos. Sin embargo, él mismo no cayó en la cuenta de que se había vuelto tan sutil en sus pensamientos, que hacía por lo menos tres años que en sus momentos de meditación ya no pensaba en nada.
A las doce en punto, un muchacho atravesaba el corredor con un portacomidas de cuatro secciones que contenía lo mismo todos los días: sopa de hueso con un pedazo de yuca, arroz blanco, carne guisada sin cebolla, plátano frito o bollo de maíz y un poco de lentejas que el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar no había probado jamás.
El muchacho ponía el portacomidas junto a la silla donde yacía el sacerdote, pero éste no abría los ojos mientras no escuchaba otra vez las pisadas en el corredor. Por eso en el pueblo creían que el padre dormía la siesta antes del almuerzo (cosa que parecía igualmente dislocada) cuando la verdad era que ni siquiera de noche dormía normalmente. Para esa época sus hábitos se habían descomplicado hasta el primitivismo. Almorzaba sin moverse de su silla de lona, sin sacar los alimentos del portacomidas, sin usar los platos ni el tenedor ni el cuchillo, sino apenas la misma cuchara con que tomaba la sopa. Después se levantaba, se echaba un poco de agua en la cabeza, se ponía la sotana blanca y averaguada con grandes remiendos cuadrados, y se dirigía a la estación del ferrocarril, precisamente a la hora en que el resto del pueblo se acostaba a dormir la siesta. Desde hacía varios meses recorría ese trayecto murmurando la oración que él mismo inventó la última vez que se le apareció el diablo.
Un sábado —nueve días después de que empezaron a caer pájaros muertos— el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar se dirigía a la estación cuando cayó un pájaro agonizante a sus pies, precisamente frente a la casa de la señora Rebeca. Un resplandor de lucidez estalló en su cabeza y se dio cuenta de que aquel pájaro, a diferencia de los otros, podía ser salvado. Lo tomó en sus manos y llamó a la puerta de la señora Rebeca, en el instante en que ella se desabrochaba el corpiño para dormir la siesta.
En su alcoba, la viuda oyó los golpes e instintivamente desvió la vista hacia las alambreras. No había penetrado ningún pájaro a esa alcoba desde hacía dos días. Pero la red continuaba desflecada. Había considerado un gasto inútil hacerla reparar mientras no cesara aquella invasión de pájaros que la mantenía con los nervios irritados. Por encima del zumbido del ventilador eléctrico, oyó los golpes a la puerta y recordó con impaciencia que Argénida hacía la siesta en la última al-coba del corredor. Ni siquiera se le ocurrió preguntarse quién podía importunarla a esas horas. Volvió a abotonarse el corpiño, traspuso la puerta alambrada, caminó derecho y afectada a lo largo del corredor, atravesó la sala recargada de muebles y objetos decorativos, y antes de abrir la puerta vio a través de la red metálica que allí estaba el padre Antonio Isabel, taciturno, con los ojos apagados y un pájaro en las manos (antes de que ella abriera la puerta) diciendo: “Si le echamos un poco de agua y después lo metemos debajo de una totuma, estoy seguro de que se pondrá bien”. Y al abrir la puerta, la señora Rebeca sintió que desfallecía de terror.
No permaneció allí más de cinco minutos. La señora Rebeca creía que era ella quien había abreviado el incidente. Pero en realidad había sido el padre. Si la viuda hubiera reflexionado en ese instante, se habría dado cuenta de que el sacerdote, en los treinta años que llevaba de vivir en el pueblo, no había permanecido nunca más de cinco minutos en su casa. Le parecía que en la profusa utilería de la sala se manifestaba claramente el espíritu concupiscente de la dueña, a pesar de su parentesco con el Obispo, muy remoto, pero reconocido. Además, había una leyenda (o una historia) sobre la familia de la señora Rebeca, que seguramente, pensaba el padre, no había llegado hasta el palacio episcopal, con todo y que el coronel Aureliano Buendía, primo hermano de la viuda a quien ella consideraba un descastado, aseguró alguna vez que el Obispo no había visitado el pueblo en el nuevo siglo por eludir la visita a su parienta. De cualquier modo, fuera aquello historia o leyenda, la verdad era que el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar no se sentía bien en esa casa, cuyo único habitante no había dado nunca muestras de piedad y sólo se confesaba una vez al año, pero respondiendo con evasivas cuando él trataba de concretarla acerca de la oscura muerte de su esposo. Si ahora había estado allí, aguardando a que ella trajera un vaso de agua para bañar un pájaro agonizante, era por determinación de una circunstancia que él no hubiera provocado jamás.
Mientras regresaba la viuda, el sacerdote, sentado en un suntuoso mecedor de madera labrada, sentía la extraña humedad de esa casa que no había vuelto a sosegarse desde cuando sonó un pistoletazo, hacía más de cuarenta años, y José Arcadio Buen-día, hermano del coronel, cayó de bruces entre un ruido de hebillas y espuelas sobre las polainas aún calientes que se acababa de quitar.
Cuando la señora Rebeca irrumpió de nuevo en la sala, vio al padre Antonio Isabel sentado en el mecedor y con ese aire de nebulosidad que a ella le producía terror.
—La vida de un animal —dijo el padre— es tan grata a Nuestro Señor como la de un hombre.
Al decirlo, no se acordó de José Arcadio Buendía. Tampoco lo recordó la viuda. Pero ella estaba acostumbrada a no dar crédito a las palabras del padre, desde cuando habló en el púlpito de las tres veces en que se le apareció el diablo. Sin prestarle atención tomó el pájaro entre las manos, lo sumergió en el vaso y lo sacudió después. El padre observó que había impiedad y negligencia en su manera de actuar, una absoluta falta de consideración por la vida del animal.
—No le gustan los pájaros —dijo, de manera suave pero afirmativa.
La viuda levantó los párpados en un gesto de impaciencia y hostilidad.
—Aunque me hubieran gustado alguna vez —dijo— los aborrecería ahora que les ha dado por morirse dentro de las casas.
—Han muerto muchos —dijo él, implacable. Habría podido pensarse que había mucho de astucia en la uniformidad de su voz.
—Todos —dijo la viuda. Y agregó, mientras exprimía el animal con repugnancia y lo colocaba debajo de una totuma—: Y eso no me importaría, si no me hubieran roto las alambreras.
Y a él le pareció que nunca había conocido tanta dureza de corazón. Un instante después, teniéndole en su propia mano, el sacerdote se dio cuenta de que aquel cuerpo minúsculo e indefenso había dejado de latir. Entonces se olvidó de todo: de la humedad de la casa, de la concupiscencia, del insoportable olor a pólvora en el cadáver de José Arcadio Buendía, y se dio cuenta de la prodigiosa verdad que lo rodeaba desde el principio de la semana. Allí mismo, mientras la viuda lo veía abandonar la casa con el pájaro muerto entre las manos y una expresión amenazante, él asistió a la maravillosa revelación de que sobre el pueblo estaba cayendo una lluvia de pájaros muertos y de que él, el ministro de Dios, el predestinado que había conocido la felicidad cuando no hacía calor, había olvidado enteramente el Apocalipsis.
Ese día fue a la estación, como siempre, pero no se dio cuenta cabal de sus actos. Sabía confusamente que algo estaba ocurriendo en el mundo, pero se sentía embotado, bruto, indigno del instante. Sentado en el escaño de la estación trataba de recordar si había lluvia de pájaros muertos en el Apocalipsis, pero lo había olvidado por completo. De pronto pensó que el retraso en casa de la señora Rebeca le había hecho perder el tren y estiró la cabeza por encima de los vidrios polvorientos y rotos y vio en el reloj de la administración que aún faltaban doce minutos para la una. Cuando regresó al escaño sintió que se asfixiaba. En ese momento se acordó de que era sábado. Movió por un instante su abanico de palma trenzada, perdido en sus oscuras nebulosas interiores. Y después se desesperó de los botones de su sotana y de los botones de sus botas y de sus largos y ajustados pantaloncillos de sarga y se dio cuenta, alarmado, de que nunca en su vida había sentido tanto calor.
Sin moverse del escaño se desabotonó el cuello de la sotana, extrajo de la manga el pañuelo y se enjugó el rostro congestionado, pensando en un instante de iluminado patetismo que tal vez estaba asistiendo a la elaboración de un terremoto. Había leído eso en alguna parte. Sin embargo, el cielo estaba despejado; un cielo transparente y azul del que misteriosamente habían desaparecido todos los pájaros. Él se dio cuenta del color y de la transparencia, pero momentáneamente se olvidó de los pájaros muertos. Ahora pensaba en otra cosa, en la posibilidad de que se desatara una tormenta. Sin embargo, el cielo estaba diáfano y tranquilo, como si fuera el cielo de otro pueblo remoto y diferente, donde nunca había sentido calor, y como si no fueran los suyos sino otros los ojos que estuvieran contemplándolo. Después miró hacia el norte, por encima de los techos de palma y cinc oxidado, y vio la lenta, la silenciosa, la equilibrada mancha de gallinazos sobre el muladar.
Por alguna razón misteriosa sintió que en ese instante revivían en él las emociones que experimentó un domingo en el seminario, poco antes de recibir las órdenes menores. El rector lo había autorizado para hacer uso de su biblioteca particular y él permanecía durante horas y horas (especialmente los do-mingos) sumergido en la lectura de unos libros amarillos, olorosos a madera envejecida, y con anotaciones en latín hechas con los garabatos minúsculos y erizados del rector. Un domingo, después de que había leído durante todo el día, entró el rector a la habitación y se apresuró, azorado, a recoger una tarjeta que evidentemente se había caído de entre las páginas del libro que él leía. Presenció la ofuscación de su superior con discreta indiferencia, pero alcanzó a leer la tarjeta. Sólo había una frase, escrita a tinta morada con letra nítida y recta: Madame Ivette est morte cette nuit. Más de medio siglo después, viendo una mancha de gallinazos sobre un pueblo olvidado, se acordó de la expresión taciturna del rector, sentado frente a él, malva al crepúsculo y con la respiración imperceptiblemente alterada.
Impresionado por aquella asociación, no sintió entonces calor sino precisamente todo lo contrario, un mordisco de hielo en las ingles y la planta de los pies. Sintió pavor, sin saber cuál era la causa precisa de ese pavor, enredado en una maraña de ideas confusas, entre las que era imposible diferenciar una sensación nauseabunda y la pezuña de Satanás atascada en el barro y un tropel de pájaros muertos cayendo sobre el mundo mientras él, Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar, permanecía indiferente a ese acontecimiento. Entonces se irguió, levantó una mano asombrada como para iniciar un saludo que se perdió en el vacío, y exclamó aterrorizado: “El Judío Errante”.
En ese momento pitó el tren. Por primera vez en muchos años él no lo oyó. Lo vio entrar en la estación, envuelto en una densa humareda, y oyó la granizada de cisco contra las láminas de cinc oxidado. Pero eso fue como un sueño remoto e indescifrable, del cual no despertó por completo hasta esa tarde, un poco después de las cuatro, cuando dio los últimos toques al formidable sermón que pronunciaría el domingo. Ocho horas después, fueron a buscarlo para que administrara la extremaunción a una mujer.
De manera que el padre no supo quién llegó esa tarde en el tren. Durante mucho tiempo había visto pasar los cuatro vagones desvencijados y descoloridos, y no recordaba que alguien hubiera descendido de ellos para quedarse, al menos en los últimos años. Antes era distinto, cuando podía estar una tarde entera viendo pasar un tren cargado de banano; ciento cuarenta vagones cargados de frutas, pasando sin pasar, hasta cuando pasaba, ya entrada la noche, el último vagón con un hombre colgando una lámpara verde. Entonces veía el pueblo al otro lado de la línea —ya encendidas las luces— y le parecía que, con sólo verlo pasar, el tren lo había llevado a otro pueblo. Tal vez de ahí vino su costumbre de asistir todos los días a la estación, incluso después de que ametrallaron a los trabajadores y se acabaron las plantaciones de bananos y con ellas los trenes de ciento cuarenta vagones, y quedó apenas ese tren amarillo y polvoriento que no traía ni se llevaba a nadie.
Pero ese sábado llegó alguien. Cuando el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar se alejó de la estación, un muchacho apacible, con nada de particular aparte de su hambre, lo vio desde la ventana del último vagón en el preciso instante en que se acordó de que no comía desde el día anterior. Pensó: Si hay un cura debe haber un hotel. Y descendió del vagón y atravesó la calle abrasada por el metálico sol de agosto y penetró en la fresca penumbra de una casa situada frente a la estación donde sonaba el disco gastado de un gramófono. El olfato agudizado por el hambre de dos días le indicó que ése era el hotel. Y ahí penetró, sin ver la tablilla: Hotel Macondo, un letrero que él no había de leer en su vida.
La propietaria estaba encinta con más de cinco meses. Tenía color de mostaza y la apariencia de ser idéntica a su madre cuando su madre estaba encinta de ella. Él pidió “un almuerzo lo más rápido que pueda” y ella, sin tratar de apresurarse, le sirvió un plato de sopa con un hueso pelado y picadillo de plátano verde. En ese instante pitó el tren. Envuelto en el vapor cálido y saludable de la sopa, él calculó la distancia que lo separaba de la estación e inmediatamente después se sintió invadido por esa confusa sensación de pánico que produce la pérdida de un tren.
Trató de correr. Llegó hasta la puerta, angustiado, pero aún no había dado un paso fuera del umbral cuando se dio cuenta de que no tenía tiempo de alcanzar el tren. Cuando volvió a la mesa se había olvidado de su hambre; vio, junto al gramófono, a una muchacha que lo miraba sin piedad, con una horrible expresión de perro meneando la cola. Por primera vez en todo el día se quitó entonces el sombrero que le había regalado su madre dos meses antes, y lo aprisionó entre las rodillas mientras acababa de comer. Cuando se levantó de la mesa no parecía preocupado por la pérdida del tren ni por la perspectiva de pasar un fin de semana en un pueblo cuyo nombre no se ocuparía de averiguar. Se sentó en un rincón de la sala, con los huesos de la espalda apoyados en una silla dura y recta, y permaneció allí largo rato sin escuchar los discos, hasta que la muchacha que los seleccionaba dijo:
—En el corredor hay más fresco.
Él se sintió mal. Le costaba trabajo iniciarse con los desconocidos. Le angustiaba mirar a la gente a la cara y cuando no le quedaba otro recurso que hablar, las palabras le salían diferentes a como las pensaba. “Sí”, respondió. Y sintió un ligero escalofrío. Trató de mecerse, olvidado de que no estaba en una mecedora.
—Los que vienen aquí ruedan una silla para el corredor que es más fresco —dijo la muchacha. Y él, oyéndola, se dio cuenta con angustia de que ella tenía deseos de conversar. Se arriesgó a mirarla, en el instante en que le daba cuerda al gramófono. Parecía estar sentada allí desde hacía meses, años quizás, y no manifestaba el menor interés en moverse de ese lugar. Le daba cuerda al gramófono, pero su vida estaba fija en él. Estaba sonriendo.
—Gracias —dijo él, tratando de levantarse, de dar espontaneidad a sus movimientos.
La muchacha no dejó de mirarlo; dijo: —También dejan el sombrero en el percherito.
Esta vez sintió una brasa en las orejas. Se estremeció pensando en aquella manera de sugerir las cosas. Se sentía incómodo, acorralado, y otra vez sintió el pánico por la pérdida del tren. Pero en ese instante penetró a la sala la propietaria.
—¿Qué hace? —preguntó.
—Está rodando la silla para el corredor, como lo hacen todos —dijo la muchacha.
Él creyó advertir un acento de burla en sus palabras.
—No se preocupe —dijo la propietaria—. Yo le traeré un taburete.
La muchacha se rió y él se sintió desconcertado. Hacía calor, un calor seco y plano. Y estaba sudando. La propietaria rodó hasta el corredor un taburete de madera con fondos de cuero. Se disponía a seguirla cuando la muchacha volvió a hablar.
—Lo malo es que lo van a asustar los pájaros —dijo.
Él alcanzó a ver la mirada dura cuando la propietaria volvió los ojos hacia la muchacha. Fue una mirada rápida pero intensa.
—Lo que debes hacer es callarte —dijo, y se volvió sonriente hacia él. Entonces se sintió menos solo y tuvo deseos de hablar.
—¿Qué es lo que dice? —preguntó.
—Que a esta hora caen pájaros muertos en el corredor —dijo la muchacha.
—Son cosas de ella —dijo la propietaria. Se inclinó a arreglar un ramo de flores artificiales en la mesita de centro. Había un temblor nervioso en sus dedos.
—Cosas mías, no —dijo la muchacha—. Tú misma barriste dos antier.
La propietaria la miró exasperada. Tenía una expresión lastimosa y evidentes deseos de explicarlo todo, hasta cuando no quedara el menor rastro de duda.
—Lo que ocurre, señor, es que antier los muchachos dejaron dos pájaros muertos en el corredor para molestarla, y después le dijeron que estaban cayendo pájaros muertos del cielo. Ella se traga todo lo que le dicen.
Él sonrió. Le parecía muy divertida aquella explicación: se frotó las manos y se volvió a mirar a la muchacha que lo contemplaba angustiada. El gramófono había dejado de sonar. La propietaria se retiró a la otra pieza y cuando él se dirigía al corredor la muchacha insistió en voz baja:
—Yo los he visto caer. Créamelo. Todo el mundo los ha visto.
Y él creyó comprender entonces su apego al gramófono y la exasperación de la propietaria.
—Sí —dijo compasivamente. Y después, moviéndose hacia el corredor—: Yo también los he visto.
Hacía menos calor afuera, a la sombra de los almendros. Recostó el taburete contra el marco de la puerta, echó la cabeza hacia atrás y pensó en su madre; su madre postrada en el mecedor, espantando las gallinas con un largo palo de escoba, mientras sentía que por primera vez él no estaba en la casa.
La semana anterior habría podido pensar que su vida era una cuerda lisa y recta, tendida desde la lluviosa madrugada de la última guerra civil en que vino al mundo entre las cuatro paredes de barro y cañabrava de una escuela rural, hasta esa mañana de junio en que cumplió 22 años y su madre llegó hasta su chinchorro para regalarle un sombrero con una tarjeta: “A mi querido hijo, en su día”. En ocasiones se sacudía la herrumbre de la ociosidad y sentía nostalgia de la escuela, del pizarrón y del mapa de un país superpoblado por los excrementos de las moscas, y de la larga fila de jarros colgados en la pared debajo del nombre de cada niño. Allí no hacía calor. Era un pueblo verde y plácido, con unas gallinas de largas patas cenicientas que atravesaban el salón de clases para echarse a poner debajo del tinajero. Su madre era entonces una mujer triste y hermética. Se sentaba al atardecer a recibir el viento acabado de filtrar en los cafetales, y decía: “Manaure es el pueblo más bello del mundo”; y luego, volviéndose hacia él, viéndolo crecer sordamente en el chinchorro: “Cuando estés grande te darás cuenta de eso”. Pero no se dio cuenta de nada. No se dio cuenta a los 15 años, siendo ya demasiado grande para su edad, rebosante de esa salud insolente y atolondrada que da la ociosidad. Hasta cuando cumplió los 20 años su vida no fue nada esencialmente distinta de unos cambios de posición en el chinchorro. Pero para esa época su madre, obligada por el reumatismo, abandonó la escuela que había atendido durante 18 años, de manera que se fueron a vivir a una casa de dos cuartos con un patio enorme, donde criaron gallinas de patas cenicientas como las que atravesaban el salón de clases.
El cuidado de las gallinas fue su primer contacto con la realidad. Y había sido el único hasta el mes de julio, en que su madre pensó en la jubilación y consideró que ya el hijo tenía suficiente sagacidad para gestionarla. Él colaboró de manera eficaz en la preparación de los documentos, y hasta tuvo el tacto necesario para convencer al párroco de que alterara en seis años la partida de bautismo de su madre, que aún no tenía edad para la jubilación. El jueves recibió las últimas instrucciones escrupulosa-mente pormenorizadas por la experiencia pedagógica de su madre, e inició el viaje hacia la ciudad con doce pesos, una muda de ropa, el legajo de documentos y una idea enteramente rudimentaria de la palabra “jubilación”, que él interpretaba en bruto como una determinada cantidad de dinero que debía entregarle el gobierno para poner una cría de cerdos.
Adormilado en el corredor del hotel, entorpecido por el bochorno, no se había detenido a pensar en la gravedad de su situación. Suponía que el percance quedaría resuelto al día siguiente con el regreso del tren, de suerte que ahora su única preocupación era esperar el domingo para reanudar el viaje y no acordarse jamás de ese pueblo donde hacía un calor insoportable. Un poco antes de las cuatro cayó en un sueño incómodo y pegajoso, pensando, mientras dormía, que era una lástima no haber traído el chinchorro. Entonces fue cuando se dio cuenta de que había olvidado en el tren el envoltorio de la ropa y los documentos de la jubilación. Despertó abruptamente, sobresaltado, pensando en su madre y otra vez acorralado por el pánico.
Cuando rodó el asiento hasta la sala se habían encendido las luces del pueblo. No conocía el alumbrado eléctrico, de manera que experimentó una fuerte impresión al ver las bombillas pobres y manchadas del hotel. Luego recordó que su madre le había hablado de eso y siguió rodando el asiento hasta el comedor tratando de evitar los moscardones que estrellaban como proyectiles en los espejos. Comió sin apetito, ofuscado por la clara evidencia de su situación, por el calor intenso, por la amargura de aquella soledad que padecía por primera vez en su vida. Después de las nueve fue conducido al fondo de la casa, a un cuarto de madera empapelado con periódicos y revistas. A la medianoche se hallaba sumergido en un sueño pantanoso y febril, mientras a cinco cuadras de allí el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar, tendido boca arriba en su catre, pensaba que las experiencias de esa noche reforzaban el sermón que tenía preparado para las siete de la mañana. El padre reposaba con sus largos y ajustados pantaloncillos de sarga, entre el denso rumor de los zancudos. Un poco antes de las doce había atravesado el pueblo para administrar la extremaunción a una mujer y se sentía exaltado y nervioso, de manera que puso los elementos sacramentales junto al catre y se acostó a repasar el sermón. Permaneció así varias horas, tendido boca arriba en el catre hasta cuando oyó el horario remoto de un alcaraván en la madrugada. Entonces trató de levantarse, se incorporó penosamente y pisó la campanilla y se fue de bruces contra el suelo áspero y sólido de la habitación.
Apenas se dio cuenta de sí mismo cuando experimentó la sensación terebrante que le subió por el costado. En ese momento tuvo conciencia de su peso total: juntos el peso de su cuerpo, de sus culpas y de su edad. Sintió contra la mejilla la solidez del suelo pedregoso que tantas veces, al preparar sus sermones, le había servido para formarse una idea precisa del camino que conduce al infierno. “Cristo”, murmuró asustado, pensando: “Seguro que nunca más podré ponerme en pie.”
No supo cuánto tiempo permaneció postrado en el suelo, sin pensar en nada, sin acordarse siquiera de implorar una buena muerte. Fue como si, en realidad, hubiera estado muerto por un instante. Pero cuando recobró el conocimiento ya no sentía dolor ni espanto. Vio la raya lívida debajo de la puerta; oyó, remoto y triste, el clamor de los gallos, y se dio cuenta de que estaba vivo y de que recordaba perfectamente las palabras del sermón.
Cuando descorrió la tranca de la puerta estaba amaneciendo. Había dejado de sentir dolor y hasta le parecía que el golpe lo había descargado de su ancianidad. Toda la bondad, los extravíos y los padecimientos del pueblo penetraron hasta su corazón cuando tragó la primera bocanada de aquel aire que era una humedad azul llena de gallos. Luego miró en torno suyo como para reconciliarse con la soledad, y vio a la tranquila penumbra del amanecer, uno, dos, tres pájaros muertos en el corredor.
Durante nueve minutos contempló los tres cadáveres, pensando, de acuerdo con el sermón previsto, que aquella muerte colectiva de los pájaros necesitaba una expiación. Luego caminó hasta el otro extremo del corredor, recogió los tres pájaros muertos y regresó a la tinaja y la destapó y uno tras otro echó los pájaros en el agua verde y dormida sin conocer exactamente el objetivo de aquella acción. Tres y tres hacen media docena en una semana, pensó, y un prodigioso relámpago de lucidez le indicó que había empezado a padecer el gran día de su vida.
A las siete había empezado el calor. En el hotel, el único comensal aguardaba el desayuno. La muchacha del gramófono no se había levantado aún. La propietaria se acercó y en ese instante parecía como si estuvieran sonando dentro de su vientre abultado las siete campanadas del reloj.
—Siempre fue que lo dejó el tren —dijo con un acento de tardía conmiseración. Y luego trajo el desayuno: café con leche, un huevo frito y tajadas de plátano verde.
Él trató de comer, pero no sentía hambre. Se sentía alarmado de que hubiera empezado el calor. Sudaba a chorros. Se asfixiaba. Había dormido mal, con la ropa puesta, y ahora tenía un poco de fiebre. Sentía otra vez el pánico y se acordaba de su madre, en el instante en que la propietaria se acercó a recoger los platos, radiante dentro de su traje nuevo de grandes flores verdes. El traje de la propietaria le hizo recordar que era domingo.
—¿Hay misa? —preguntó.         
—Sí hay —dijo la mujer—. Pero es como si no hubiera porque no va casi nadie. Es que no han querido mandar un padre nuevo.
—¿Y qué pasa con el de ahora?
—Que tiene como cien años y está medio chiflado —dijo la mujer, y permaneció inmóvil, pensativa, con todos los platos en una mano. Luego dijo:
—El otro día juró en el púlpito que había visto al diablo y desde entonces casi nadie volvió a la misa.
De manera que fue a la iglesia, en parte por su desesperación y en parte por la curiosidad de conocer a una persona de cien años. Advirtió que era un pueblo muerto, con calles interminables y polvorientas y sombrías casas de madera con techos de cinc, que parecían deshabitadas. Eso era el pueblo en domingo: calles sin hierba, casas con alambreras y un cielo profundo y maravilloso sobre un calor asfixiante. Pensó que no había ahí ninguna señal que permitiera distinguir el domingo de otro día cualquiera, y mientras caminaba por la calle desierta se acordó de su madre: “Todas las calles de todos los pueblos conducen inexorablemente a la iglesia o al cementerio.” En este instante desembocó en una pequeña plaza empedrada con un edificio de cal con una torre y un gallo de madera en la cúspide y un reloj parado en las cuatro y diez.
Sin apresurarse atravesó la plaza, subió por los tres escalones del atrio e inmediatamente sintió el olor del envejecido sudor humano revuelto con el olor del incienso, y penetró en la tibia penumbra de la iglesia casi vacía.
El padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar acababa de subir al púlpito. Iba a iniciar el sermón cuando vio entrar a un muchacho con el sombrero puesto. Lo vio examinar con sus grandes ojos serenos y transparentes el templo casi vacío. Lo vio sentarse en el último escaño, la cabeza ladeada y las manos sobre las rodillas. Se dio cuenta de que era un forastero. Tenía más de 20 años de estar en el pueblo y habría podido reconocer a cualquiera de sus habitantes hasta por el olor. Por eso sabía que el muchacho que acababa de llegar era un forastero. En una mirada breve e intensa observó que era un ser taciturno y un poco triste y que tenía la ropa sucia y arrugada. Es como si tuviera mucho tiempo de estar durmiendo con ella, pensó, con un sentimiento que era una mezcolanza de repugnancia y piedad. Pero después, viéndolo en el escaño, sintió que su alma desbordaba gratitud y se dispuso a pronunciar para él el gran sermón de su vida. Cristo —pensaba mientras tanto—, permite que recuerde el sombrero para que no tenga que echarlo del templo.
Y comenzó el sermón.
Al principio habló sin darse cuenta de sus palabras. Ni siquiera se escuchaba a sí mismo. Oía apenas la melodía definida y suelta que fluía de un manantial dormido en su alma desde el principio del mundo. Tenía la confusa certidumbre de que las palabras estaban brotando precisas, oportunas, exactas, en el orden y la ocasión previstos. Sentía que un vapor caliente le presionaba las entrañas. Pero sabía también que su espíritu estaba limpio de vanidad y que la sensación de placer que le embargaba los sentidos no era soberbia, ni rebeldía, ni vanidad, sino el puro regocijo de su espíritu en Nuestro Señor.
En su alcoba, la señora Rebeca se sentía desfallecer, comprendiendo que dentro de un momento el calor se volvería imposible. Si no se hubiera sentido arraigada al pueblo por un oscuro temor a la novedad, habría metido sus cachivaches en un baúl con naftalina y se hubiera ido a rodar por el mundo, como lo hizo su bisabuelo, según le habían contado. Pero íntimamente sabía que estaba destinada a morir en el pueblo, entre aquellos interminables corredores y las nueve alcobas cuyas alambreras, pensaba, haría reemplazar por vidrios erizados, cuando cesara el calor. De manera que se quedaría allí, decidió (y ésa era una decisión que tomaba siempre que ordenaba la ropa en el armario), y decidió también escribirle a “mi ilustrísimo primo” para que mandara un padre joven y poder asistir de nuevo a la iglesia con su sombrero de minúsculas flores de terciopelo y oír otra vez una misa ordenada y sermones sensatos y edificantes.
Mañana es lunes, pensó, empezando a pensar de una vez en el encabezamiento de la carta para el Obispo (encabezamiento que el coronel Buendía había calificado de frívolo e irrespetuoso), cuando Argénida abrió bruscamente la puerta alambrada y exclamó:
—Señora, dicen que el padre se volvió loco en el púlpito.
La viuda volvió hacia la puerta un rostro otoñal y amargo, enteramente suyo.
—Hace por lo menos cinco años que está loco —dijo. Y siguió aplicada a la clasificación de su ropa, diciendo—: Debe ser que volvió a ver al diablo.
—Ahora no fue el diablo —dijo Argénida.
—¿Y entonces a quién? —preguntó la señora Rebeca, estirada, indiferente.
—Ahora dice que vio al Judío Errante.
La viuda sintió que se le crispaba la piel. Un tropel de revueltas ideas entre las cuales no podía diferenciar sus alambreras rotas, el calor, los pájaros muertos y la peste, pasó por su cabeza al escuchar esas palabras que no recordaba desde las tardes de su infancia remota: “El Judío Errante.” Y entonces comenzó a moverse, lívida, helada, hacia donde Argénida la contemplaba con la boca abierta.
—Es verdad —dijo, con una voz que se le subió de las entrañas—. Ahora me explico por qué se están muriendo los pájaros.
Impulsada por el terror, se tocó con una negra mantilla bordada y atravesó como una exhalación el largo corredor y la sala recargada de objetos decorativos y la puerta de la calle y las dos cuadras que la separaban de  la iglesia, en donde el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar, transfigurado, decía: “…Os juro que lo vi. Os juro que se atravesó en mi camino esta madrugada, cuando regresaba de administrar los santos óleos a la mujer de Jonás, el carpintero. Os juro que tenía el rostro embetunado con la maldición del Señor y que dejaba a su paso una huella de ceniza ardiente.”
La palabra quedó trunca, flotando en el aire. Se dio cuenta de que no podía contener el temblor de las manos, de que todo su cuerpo temblaba y de que por su columna vertebral descendía lentamente un hilo de sudor helado. Se sentía mal, sintiendo el temblor y sintiendo la sed y una fuerte torcedura en las tripas y un rumor que resonó como la profunda nota de un órgano en         sus entrañas. Entonces se dio cuenta de la verdad.
Vio que había gente en la iglesia y que por la nave central avanzaba la señora Rebeca, patética, espectacular, con los brazos abiertos y el rostro amargo y frío vuelto hacia las alturas. Confusamente comprendió lo que estaba ocurriendo y hasta tuvo la lucidez suficiente para comprender que habría sido vanidad creer que estaba patrocinando un milagro. Humildemente apoyó las manos temblorosas en el borde de madera y reanudó el discurso.
—Entonces caminó hacia mí —dijo. Y esta vez escuchó su propia voz convincente, apasionada—. Caminó hacia mí y tenía los ojos de esmeralda y la áspera pelambre y el olor de un macho cabrío. Y yo levanté la mano para recriminarlo en el nombre de Nuestro Señor, y le dije: “Deténte. Nunca ha sido el domingo buen día para sacrificar un cordero.”
Cuando terminó había empezado el calor. Ese calor intenso, sólido y abrasante de aquel agosto inolvidable. Pero el padre Antonio Isabel ya no se daba cuenta del calor. Sabía que ahí, a sus espaldas, estaba el pueblo otra vez postrado, sobrecogido por el sermón, pero ni siquiera se alegraba de eso. Ni siquiera se alegraba con la perspectiva inmediata de que el vino le aliviara la garganta estragada. Se sentía incómodo y desadaptado. Se sentía aturdido y no pudo concentrarse en el momento supremo del sacrificio. Desde hacía algún tiempo le ocurría lo mismo, pero ahora fue una distracción diferente porque su pensamiento estaba colmado por una inquietud definida. Por primera vez en su vida conoció entonces la soberbia. Y tal como lo había imaginado y definido en sus sermones, sintió que la soberbia era un apremio igual a la sed. Cerró con energía el tabernáculo, y dijo:
—Pitágoras.
El acólito, un niño de cabeza rapada y lustrosa, ahijado del padre Antonio Isabel y a quien éste había puesto nombre, se acercó al altar.
—Recoge la limosna —dijo el sacerdote.
El niño pestañeó, dio una vuelta completa y luego dijo con una voz casi imperceptible:
—No sé dónde está el platillo.
Era cierto. Hacía meses que no se recogía la limosna.
—Entonces busca una bolsa grande en la sacristía y recoge lo más que puedas —dijo el padre.
—¿Y qué digo? —dijo el muchacho.
El padre contempló pensativo el cráneo pelado y azul, las articulaciones pronunciadas. Ahora fue él quien pestañeó:
—Di que es para desterrar al Judío Errante —dijo y sintió que al decirlo soportaba un gran peso en su corazón. Por un instante no escuchó nada más que el chisporroteo de los cirios en el templo silencioso, y su propia respiración excitada y difícil. Luego, poniendo la mano en el hombro del acólito que lo miraba con los redondos ojos espantados, dijo:
—Después coges la plata y se la llevas al muchacho que estaba solo al principio y le dices que ahí le manda el padre para que se compre un sombrero nuevo.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Llevan obra de García Márquez a presos puertorriqueños para su rehabilitación

La obra del Nobel colombiano Gabriel García Márquez se utilizará como herramienta para ayudar a presos puertorriqueños en su proceso de rehabilitación, informó el secretario de Estado, David Bernier

 
Gabriel García Márquez con su obra ayuda a la rehabilitación de internos puertorriqueños./lainformacion.com
Según detalló, esta iniciativa se dio gracias a una colaboración entre el consulado de Colombia en Puerto Rico "para reforzar los programas de literatura" del Departamento de Corrección y Rehabilitación (DCR) en la isla.
Bernier señaló que el laureado escritor puertorriqueño Juan López Bauzá realizará también talleres combinados de lectura en escuelas y penitenciarías de la isla con el mismo fin de rehabilitar a los presos.
En un comunicado, agregó que luego de que los confinados lean los libros de García Márquez se formarán clubes de lectura con otros presos en las cárceles de la isla para trabajar sobre sus textos.
Resaltó además que otro de los propósitos del proyecto es que los presos participantes puedan asistir "a escuelas del país para motivar a los estudiantes con el enriquecimiento de la literatura".
Como parte de esta iniciativa se donarán dos colecciones de libros, una a la University Gardens High School, en San Juan, y la otra al Colegio San Carlos de Aguadilla, localidad en el noroeste de la isla. También recibirán libros una cárcel de mujeres y otra de hombres.
"La lectura es un elemento enriquecedor de crecimiento como ser humano", destacó el secretario del DCR, José Negrón Fernández, quien agregó que las destrezas en la redacción y lectura que han desarrollado algunos confinados las podrán impartir después a las escuelas para que los estudiantes se motiven "a cultivar la dedicación a la lectura".
Añadió que estos confinados, quienes están en el nivel avanzado de literatura en las prisiones en Puerto Rico, actualmente participan de un certamen de cuentos entre cárceles dirigido por Milagros Rivera Waterson.
Gabriel García Márquez falleció el pasado 17 de abril en México a sus 87 años.  Premio Nobel de Literatura en 1982 y publicó conocidos libros como Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba, Noticia de un secuestro  y El amor en los tiempos del cólera.

Barcelona dedicará un espacio público a Gabo

Gabo que estás en los cielos

El Ayuntamiento concederá a García Márquez la Medalla d'Or de la ciudad 

Gabriel García Márquez residió en Barcelona donde escribió El otoño del patriarca/lavanguardia.com
Probablemente no habrá que esperar todo un lustro para que Barcelona dedique un espacio público al premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, fallecido el pasado Jueves Santo. A la vuelta de las minivacaciones de Semana Santa, el alcalde Xavier Trias, tras consultar con sus tenientes de alcalde y, especialmente, con el responsable del área de Cultura y de la ponencia del nomenclátor, Jaume Ciurana, decidió iniciar los trámites para que el pleno municipal conceda al escritor colombiano la Medalla d'Or de la ciudad. Esta distinción abre la puerta a que Gabo, un autor estrechamente vinculado a una ciudad en la que residió durante varios años y en la que escribió parte de su obra, dé nombre a una calle, plaza o jardín de Barcelona sin necesidad de que tengan que pasar los cinco años desde su muerte que establece la normativa municipal.

Trias anunció ayer su decisión durante la lectura del pregón de Sant Jordi en el Saló de Cent, que este año corrió a cargo de la escritora Donna Leon. La concesión de la Medalla d'Or -un galardón que sorprendentemente no le fue concedido a García Márquez en vida- agiliza los trámites para que el autor de Cien años de soledad sea homenajeado también con un espacio público. Sin embargo, como ya ha sucedido con personajes tan ilustres como el pintor Salvador Dalí, encontrar un lugar adecuado donde honrar su memoria no resulta nada fácil. Barcelona, a diferencia de Madrid -veinticuatro horas antes el Ayuntamiento de la capital de España ya había anunciado que dedicará una calle a García Márquez-, es una ciudad con poca urbanización nueva, que no fabrica calles fácilmente. Además, la lista de espera del nomenclátor -los nombres aprobados por la ponencia a partir de las propuestas llegadas por diferentes vías son elevados después al alcalde- es amplísima. Al citado ejemplo ejemplo de Salvador Dalí, fallecido ya hace 25 años -en el 2003 se dijo que se le dedicaría una plaza sobre la estación del AVE de la Sagrera-, hay que sumar otros tan diversos como el del papa Juan Pablo II o el que fue dirigente de ERC Heribert Barrera.

Fuentes municipales señalaron ayer que lo más idóneo sería dedicar un espacio al escritor en Sarrià, dada su vinculación con este barrio. Sin embargo, se descarta una opción, la del cambio de la denominación de la calle Caponata -donde vivió Gabriel García Márquez-, que suele causar muchas complicaciones administrativas y, muchas veces. el rechazo de los propios vecinos, que de un día para el otro pasan de residir en un domicilio a tener otra dirección postal sin haberse movido de casa.

Otra opción que se plantea es la de poner el nombre de Gabriel García Márquez a alguna biblioteca de la red pública, tal y como solicitó ayer el grupo municipal socialista, que ha presentado un ruego en la comisión de Cultura. El gobierno de la ciudad también ha pensado en esta solución, aunque tampoco en este caso los buenos deseos son fácilmente realizables. Habría que esperar al próximo mandato y a la construcción de una nueva biblioteca de barrio que amplíe un sistema que ya cuenta en la actualidad con 40 equipamientos de muy buen nivel.

Una medida que sí podría adoptarse en un periodo más breve de tiempo es el de la señalización de los escenarios de Barcelona vinculados con la biografía de García Márquez. Por ejemplo, el edificio de la calle Caponata o el de República Argentina.

Hoy en día, ni una triste placa ni una lápida deja constancia de que en esas casas vivió uno de los grandes escritores del siglo XX. El teniente de alcalde de Cultura, Jaume Ciurana, precisó a La Vanguardia que las propuestas en este sentido deberán ser aprobadas por la comisión de la Memoria Histórica de Barcelona, aunque dio por hecho que no habrá inconveniente en colocar las correspondientes placas.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Gabo

Gabo que estás en los cielos

Su existencia fue el testimonio de un ser humano en búsqueda de creación que, a base de cuidado, compromiso y conciencia crítica, se insertó en la historia literaria del mundo para invitarnos a leer, escribir y ser

 
Gabriel García Márquez, un escritor para leer y releer./elespectador.com
Qué buen complemento del leer y el escribir, ocuparnos hoy de esta espléndida personalidad Caribe y del mejor novelista colombiano, en toda su historia. Tracemos entonces, a grandes zancadas, unas reflexiones sobre su vida ejemplar. Mi acercamiento a él fue paulatino, y por supuesto que, a raíz del Nobel, aumentó mi interés por leer y disfrutar su obra, hasta su final tranquilo de 2014 en México.
Al revisar su labor, conocimos su progresivo éxito, con base en el trabajo tesonero; el compromiso con la causa socialista y democrática; su contribución a la búsqueda de la paz y su defensa de la vida. Todo esto, nos indica la evolución magnífica de un colombiano, de un hijo de la América Latina, de un ciudadano del mundo que se hizo acreedor al amor y respeto de sus lectores por lo que fue, y por haberse convertido en un artista del idioma y de la imaginación creadora.
¿Cómo olvidar la magnífica experiencia periodística plasmada en El Universal, El Heraldo y, sobre todo, en El Espectador? ¿Cómo no reconocer la vitalidad de García Márquez aún en sus últimos años de existencia? El cuidado de su vocación; la conciencia de su importancia como escritor latinoamericano excepcional, apoyadas por su merecida liberación económica, le permitieron seguir incrementando su producción literaria con textos de calidad que aumentaron su prestigio. Y para hacerlo, siguió leyendo y escribiendo acompañado por su música: Mozart, Chopin, Bach, Frank, Schumann, Wagner, Debussy, Brukner, Brahms, Satie, Beethoven… los vallenatos y los boleros.
Si recorremos su transcurrir vital, a partir del otorgamiento del Nobel, vamos a encontrar que no bajó la guardia frente al peso inmenso del prestigio, sino que -metódica y plácidamente- ejercitó su cerebro y “calentó el brazo”, para compartir con los millones de lectores lo mejor de su fecunda existencia. Cuán grato, como colombiano y latinoamericano, es ver sus obras en las mejores librerías y bibliotecas del mundo. Y: ¿cómo no tener en cuenta la creación en Cuba de la Fundación para el Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL), y de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) en Cartagena?
Los personajes que se ocuparon de él han sido jefes de Estado, literatos de prestigio mundial, profesores universitarios, periodistas y personalidades quienes, habiéndolo conocido y/o estudiado en distintos momentos, han dado a conocer percepciones sobre su desarrollo histórico y el impacto de sus obras. El trasegar en torno a las realizaciones de GABO, es una invitación a conocer su lucha, limitaciones, búsquedas y dedicación, hasta su triunfo internacional. No olvidemos: su lectura es uno de los pasos posibles para aprender a escribir.
Una de las grandes satisfacciones que tuvo Gabo, fue poder contar con un serio biógrafo inglés. Pienso que el libro Gabriel García Márquez. Una vida, ayudará eficazmente a la perdurabilidad de su obra. El texto está estructurado en tres partes, con ocho capítulos cada una, que permiten comprender contextualmente su evolución: 1- Colombia, su punto de referencia sustantivo. 2- Europa y América Latina, que le facilitaron enriquecer su personalidad y su visión de la existencia humana. 3- El hombre de mundo, que disfruta de su fama y participación en política, estando cerca del poder. De la revisión de esta obra, puede inferirse una gran compenetración del autor con los diversos contextos, el estilo, la evolución, la calidad de sus contenidos y la personalidad del biografiado.
Es el descubrimiento más significativo que encuentra Gerald Martin en la lengua castellana del siglo XX, y está de acuerdo en designarlo “el Cervantes de nuestro tiempo”. El libro es la narración de la vida de un joven perteneciente a los espectros medios de la población que, gracias al desarrollo de su vocación, asciende a la cúspide del prestigio mundial por la calidad del trabajo literario y la magia de sus escritos. ¿Por qué leerlo? Porque aún es tiempo para potenciar vocaciones literarias que se acerquen creativamente a la comprensión de nuestra compleja realidad y a sus procesos de fortalecimiento democrático. Y también: porque la vida de García Márquez es un paradigma de trabajo responsable y superación. En pleno siglo XXI la juventud, latinoamericana y mundial, necesita ejemplos vivos que le enseñen a insertarse en la transformación de la realidad y a ser significantes en medio de las globalizaciones. Para los estudiosos universitarios, esta biografía es indispensable para comprender la evolución de un latinoamericano ejemplar por su sensibilidad con los más importantes valores libertarios occidentales.
La entrega de la segunda edición especial de “Cien años de soledad” y el Acto Solemne de Cartagena en 2007, fueron hechos político–literarios de alcance iberoamericano, que nos enalteció como colombianos y permitió mostrar que -en medio de un grave desajuste político–institucional, que puso en peligro la supervivencia de nuestra democracia- el reconocimiento a García Márquez nos exaltó ante el mundo y recordó ostensiblemente que Colombia no era, ni es, solo corrupción, pseudogerrilla, paramilitarismo, narcotráfico y todas sus nefastas combinaciones, que hay que enfrentar con más democracia y no solo con represión.
Ante las deficiencias permanentes que existen sobre el dominio de nuestro idioma -a lo largo de todo el sistema educativo- ¿no habrá llegado el momento de estudiar la institucionalización de la Cátedra García Márquez y organizar talleres regionales, dirigidos especialmente a profesores universitarios, para facilitar el surgimiento de nuevas vocaciones con amor por las artes y los oficios de leer y escribir?
Para la juventud universitaria, tan necesitada de ejemplos vivos de consagración y de triunfo, la vida de Gabo está abierta a su consideración, deseando no olvidar que, en medio de la gran desolación producida por las violencias, los actuales impactos de las conductas desviadas (anomias) y las faltas de cohesión social (atonías), existen caminos que invitan a seguir impulsando la construcción de una sociedad justa (con estructuras que institucionalicen la equidad ante el poder); pacífica (con ausencia de violencia abierta y estructural); libre (relacionada con todos los países y sin sometimiento a potencia alguna); y en búsqueda de un proceso de desarrollo sostenido y democrático.
Conocedores de la obra de Gabo, afirmemos nuestro amor al universo, la Tierra, la vida y lo humano. ¡Leámoslo y releámoslo!

García Lupo: "El trabajo de Gabo en Prensa Latina fue destruido, bajo sospecha ideológica"

Gabo que estás en los cielos

Rogelio García Lupo. Periodista argentino y compañero de García Márquez

Rogelio García Lupo fue compañero de García Márquez en Prensa Latina./revista Ñ
“El trabajo de Gabo, nuestro trabajo, todo el periodismo de los años 59 y 60 fue destruido cuando salimos de Prensa Latina, bajo sospecha ideológica. Quienes pasaron a dirigir la agencia eran del más cerrado stalinismo. Muchos años después, Gabo reunió sus escritos de prensa y no hay entre ellos un solo despacho de la agencia. Fueron destruidos”.
–¿No eran suficientemente comunistas?
–¡No éramos nada comunistas! Estábamos estancados ideológicamente, según decían los comunistas...
Entre las fotos que adornan la casa de Rogelio García Lupo –esas en las que uno mira todos los días su vida, los amores, los chicos que crecen, los muertos queridos, una trayectoria—hay una en la que está con Gabriel García Márquez. Son ya dos tipos grandes y el colombiano le está dando un premio. Falta –“en esa época no nos sacábamos tantas fotos como ahora”— alguna en la que sean jóvenes, que tengan sus máquinas de escribir al servicio de la agencia de noticias de la Revolución Cubana, que tengan la vida por delante y un mundo mejor ahí nomás, para hacerlo a mano. Porque así fue: este hombre de 82 años que hoy saca cartas de Gabo de una carpetita, fue a finales de los 50 uno de los periodistas convocados para contar la Revolución sin intermediarios, para ser su voz. Prensa Latina era una iniciativa de otros dos argentinos: Jorge Ricardo Masetti –que la dirigiría– y el Che Guevara. Y en el equipo, además de García Márquez y García Lupo, estaba Rodolfo Walsh.
García Lupo se vinculó a Prensa Latina en junio de 1959, seis meses después del triunfo de Castro, y llegó a La Habana en agosto. Las calles hervían: con la revolución –que todavía no se había declarado comunista— Cuba se había sacado de encima al dictador Fulgencio Batista y una larga historia de dependencia de los Estados Unidos. “Era fantástica, inolvidable, irrepetible”, dice García Lupo. Con esos ojos había que contarlo todo, para eso estaba la agencia. Gabriel García Márquez fue su corresponsal en Bogotá primero, en Nueva York después.
-¿Los miembros de la redacción tenían contacto con los revolucionarios desde antes?
–Sí, claro, porque Masetti había estado en Sierra Maestra en el 58 –le había hecho la primera gran entevista a Fidel Castro ahí– y había traído una serie de certezas. Decía: “No son comunistas, quieren hacer una cosa democrática, son nacionalistas, antiimperialistas”. Ideológicamente no éramos más que eso.
-¿Y García Márquez?
–García Márquez venía de un período de periodismo muy intenso, había hecho un viaje para una revista a los países del Este, no había vuelto muy convencido de que le gustara ese modelo de socialismo. Decía: “¿Sabes una cosa? Lo que no puedo olvidar del mundo socialista es el dentífrico” ¿Dentífrico? “Duro como el cemento”. Nos divertíamos con sus relatos, siempre fue un gran narrador oral.
García Lupo estuvo en Cuba hasta 1960, aunque colaboró con Prensa Latina algunos años más. “Me fui porque había una enorme presión para que el grupo de argentinos perdiera poder. Estaban serruchando el piso del Che, lo llamaban trotskista, palabras que en esa época eran estigmas… Y el Che era difícil de serruchar, pero Masetti era más fácil. Y si lo serruchaban a él, caía yo, caía Walsh, caía Heberto Padilla…”
-En 1961 la Revolución se declara socialista. ¿Los sorprendió?
–No, ya teníamos la explicación geopolítica. La Revolución necesitaba un respaldo consolidado y se pagaba un precio. Los comunistas cubanos ocuparon posiciones. Se presentó como una cosa inevitable, eso era. O eso o nada, era muy frágil la Revolución, el mundo dividido en dos bloques tremendos, no se podía estar bailando en el medio
-¿García Márquez está ligado al comunismo cubano?
–No, a Fidel Castro.
–Cuando Heberto Padilla es encarcelado, en 1971, García Márquez no da su firma a la campaña por su liberación.
(Se trata del poeta que en 1968 ganó el Premio Julián del Casal, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que lo publicó con una advertencia por considerarlo “contrario a la revolución”).
-Fue un sacrificio por la unidad ideológica de la Revolución dice García Lupo, en su sillón.
Dice que pasó tanto tiempo, tanto tiempo, que está tirando de los recuerdos. Pero los años de La Habana están en la casa. De ahí, del estante de las fotos, su mujer, Gabriela, saca otra foto: es ella, jovencísima, de uniforme: “Miliciana alfabetizadora en Cuba”, explica.
Y hay cosas que no se olvidan: “Cuando la agencia cumplió 40 o 50 años nos invitaron a una fiesta de conmemoración. Gabo me dijo: ‘No voy a esa fiesta mientras no me den una explicación de por qué destruyeron mis crónicas’. Ese material no está en ningún lado. Fue destruido.”

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Cursillo de orientación ideológica para García Márquez

Gabo que estás en los cielos
En sus visitas a la Cuba castrista, el conocido anarquista antioqueño encontró una versión de la isla muy  diferente a la que propagan amigos y devotos del régimen. El recuento de los hechos es también una confrontación con las ideas políticas de García Márquez
 
Gabriel García Márquez de la mano de Fidel Castro, según  ilustración de Fernando Vicente./elmalpensante.com
Hombre Gabo: te voy a contar historias de Cuba porque aunque no me creás yo también he estado ahí: dos veces. Dos vececitas nomás, y separadas por diez años, pero que me dan el derecho a decir, a opinar, a pontificar, que es lo que me gusta a mí, aunque por lo pronto solo te voy a hablar ex cátedra, no como persona infalible que es lo que suelo ser. Así que podés hacerme caso o no, creerme o no, verme o no. Si bien el águila, como su nombre lo indica, tiene ojo de águila, cuando vuela alto se traiciona y no ve los gusanos de la tierra. Eso sí lo tengo yo muy claro.
Llegué a Cuba la primera vez con inmunidad diplomática, en gira oficial arrimado a una compañía de cómicos mexicanos que protegía el presidente de México, protector a su vez de Cuba, Luis Echeverría. No sé si lo conocés. Con él nunca te he visto retratado. Retratado en el periódico te he visto con Fidelito Castro, Felipito González, Cesarito Gaviria, Miguelito de la Madrid, Carlitos Andrés Pérez, Carlitos Salinas de G., Ernestico Samper. Caballeros todos a carta cabal, sin cuentas en Suiza ni con la ley, por encima de toda duda. ¿Con el Papa también? Eso sí no sé, ya no me acuerdo, me está entrando el mal de Alzheimer. Sé que le tenías puesto el ojo, tu ojo de águila, a Luis Donaldo Colosio, pero te lo mataron. Me acuerdo muy bien de que cuando lo destaparon (cuando lo destapó tu pequeño amigo Carlitos Salinas de G. para que lo sucediera en su puesto, la presidencia de México, supremo bien) madrugaste a felicitarlo. Le diste, como quien dice (como se dice en México) “un madrugón”.
–¿Y qué hace usted, Gabo, en casa del licenciado Colosio tan temprano? ¿Es que es amigo de él? –te preguntaban los reporteros curiosos.
–No –les contestaste–. Pero voy a ser. Tenemos muchas afinidades los dos.
–¿Como cuáles?
–Como el gusto por las rancheras. Nos encantan a los dos. Por eso madrugué hoy a cantarle “Las mañanitas”.
Gabo: estuviste genial. Me sentí en México tan orgulloso de vos y de ser colombiano...
Donde sí no te vi fue en el entierro de Colosio cuando lo mataron (cuando lo mató el que lo destapó, vos ya sabés quién porque era tu amigacho). E hiciste bien. No hay que perder el tiempo con muertos. Que los muertos entierren a sus muertos, y que se los coman los gusanos, y que les canten “Las mañanitas” sus putas madres.
¿Pero por qué te estoy contando a vos esto, tu propia vida, que vos conocés tan bien? ¿Narrándole yo, un pobre autor de primera persona, a un narrador omnisciente de tercera persona su propia vida? ¿Eso no es el colmo de los colmos? No, Gabito: es que yo soy biógrafo de vocación, escarbador de vidas ajenas, y te vengo siguiendo la pista de periódico en periódico, de país en país y de foto en foto en el curso de todos estos largos años por devoción y admiración. Tu vida me la sé al dedillo, pero ay, desde fuera, no desde dentro porque no soy narrador de tercera persona y no leo, como vos, los pensamientos. Vos me llevás a mí en esto mucha ventaja desde que descubriste a Faulkner, la tercera persona, el hielo y el imán.
Y a propósito de hielo. Ahora me acuerdo de que te vi también en el periódico con Clinton en una fiesta en palacio, en México, “rompiendo el hielo”, como les explicaste a los periodistas cuando te preguntaron y les contestaste con esa expresión genial. Vos de hielo sí sabés más que nadie y tenés autoridad para hablar. ¿En qué idioma hablaste con Clinton, Gabito? ¿En inglés? ¿O le hablaste en español cubano? Ese Clinton en mexicano es un verdadero “mamón”, que se traduce al colombiano como una persona “inmamable”. Ay, esta América Latina nuestra es una colcha de retazos lingüísticos. Por eso estamos como estamos. Por eso el imperialismo yanqui nos tiene puesta la bota encima, por nuestra desunión. Si vos vas de palacio en palacio –del de Nariño al de Miraflores, del de Miraflores a Los Pinos, de Los Pinos a La Moncloa–, lo que estás haciendo es unirnos. Vos en el fondo no sos más que un sueño bolivariano. Gracias, Gabo, te las doy muy efusivas en nombre de este continente y muy en especial de Colombia. Sé que ahora andás muy oficioso entre Pastrana y la guerrilla rompiendo el hielo. Vas a ver que lo vas a romper.
Bueno, te decía que he estado dos veces en Cuba y que me fue muy bien. En la primera me conseguí un muchacho esplendoroso, y te paso a detallar enseguida una de las más grandes hazañas de mi vida: cómo lo metí al hotel. Pero te lo presento primero en la calle vestido para que le quitemos después la ropa prenda a prenda en la intimidad del cuarto: de dieciséis tiernos añitos, de ojos verdes, morenito, con una sexualidad que no le cabía en los pantalones, lo que se dice una alucinación. Sus ojos verdes deslumbrantes se fijaron en los pobres ojos míos apagados, y la chispa de sus ojos viéndome incendió el aire. ¡Uy, Gabo, qué incendio, qué inmenso incendio en Cuba, el incendio del amor! Menos mal que medio lo apagamos después en el cuarto, porque si no, les quemamos los cañaverales y listo, se acabó la zafra.
–¿Cómo te llamas, niño? –le pregunté.
–Jesús –me contestó.
Se llamaba como el Redentor.
–¿Y qué podemos hacer a estas alturas de mi vida y a estas horas de la noche? –le pregunté.
–Hacemos lo que tú quieras –me contestó.
–Entonces vamos a mi hotel.
–Aquí los cubanos no podemos ir a ninguna playa ni entrar a ningún hotel –me explicó–. Pero caminemos que esos que vienen ahí son de la Seguridad del Estado, y además nos están viendo desde aquel Comité de Defensa de la Revolución.
–¿Y de quién la están defendiendo?
–No sé.
La estarán defendiendo, Gabo, de los pájaros. Vos me entendés porque vos sos un águila.
Los dos pájaros o maricas seguimos caminando, y caminando, caminando, llegamos a los prados del Hotel Nacional. Era el único sitio solitario en toda La Habana. A mi hotel, el Habana Libre, ex Hotel Hilton (que construyó Batista pues la revolución no ha construido nada), era imposible entrar con Jesús: el hall era un hervidero de ojos y oídos espiándonos. El estalinismo, ya sabés Gabito, que es lo que procede montar en estos casos: si al pueblo se le deja libre acaba hasta con el nido de la perra y de paso con la revolución.
Ese Hotel Nacional de esa noche era irreal, alucinante, palpitaba como un espejismo del pasado. Ardiendo sus luces como debieron de haber ardido las luces de la mansión de El Cabrero, la que tenía Núñez en Cartagena, hace cien años, con su esposa doña Soledad. Pensé en Casablanca, la de Marruecos, y en el ladrón de Bagdad. Y entonces, de súbito, como si un relámpago en la inmensa noche oceánica me iluminara el alma, entendí que Castro, el tirano, había logrado lo que nadie, el milagro: había detenido el tiempo. En los marchitos barrios de Miramar y de El Vedado, en los ruinosos portales, en el malecón, el monstruo había detenido a Cuba en un instante exacto de la eternidad. Entonces pude volver a los años cincuenta y a ser un niño. Nos sentamos en un altico de los prados, cerca de unas luces fantasmagóricas y un matorral. El mar rugía abajo y las olas se rompían contra el malecón. Tomé la cara de Jesús en mis manos y él tomo la mía en las suyas y lo fui acercando y él me fue acercando y sus labios se juntaron con los míos y sentí sus dientes contra los míos y su saliva y la mía no alcanzaban a apagar el incendio que nos estaba quemando. Entonces surgió de detrás del matorral un soldadito apuntándonos con un fusil.
–¿Qué hacés, niño, con ese juguete? –le increpé–. Apuntá para otro lado, no se te vaya a soltar una bala y acabés de un solo tiro con la literatura colombiana.
Fijate, Gabo, que no le dije: “Qué haces, niño” o “Apunta para otro lado” sino “Qué hacés” y “Apuntá”, con el acento agudo del vos antioqueño que es el que me sale cuando yo soy más yo, cuando no miento, cuando soy absolutamente verdadero. ¡El susto que se pegó el soldadito oyéndome hablar antioqueño! Hacé de cuenta que hubiera visto a la Muerte en pelota. O que hubiera visto en pelota al hermano de Fidel, a Raúl, el maricón.
–No te preocupes, que anotó mal mi apellido –me dijo Jesús.
Y en efecto, el apellido de Jesús es más bien raro, y Jesús vio que el soldadito lo escribió equivocado.
¿Y cuál es el apellido de Jesús? Hombre Gabo, eso sí no te lo digo a vos porque estando como estamos en este artículo en Cuba desconfío de tu carácter. No te vaya a dar por ir a denunciar a mi muchachito ante la Seguridad del Estado o ante algún Comité de Defensa de la Revolución.
Anotado que hubo el nombre de Jesús en la libretica con su arrevesada y sensual letra, como había aparecido, por la magia de Aladino, desapareció. ¿Pero sabés también qué pensé cuando el soldadito nos estaba apuntando? Pensé: ¿y si la misa de dos padres la concelebráramos los tres? Un ménage à trois, une messe à trois pour la plus grande gloire du Créateur? Pero no, no se pudo, no pudo ser.
Se fue pues el soldadito, se nos bajó la erección, y echó a correr otra vez el tiempo, la tibia noche habanera.
–Jesús, esto no se queda así. Si no me acuesto contigo esta noche me puedo morir.
–Yo también me puedo morir –me contestó.
Estando pues como estábamos en grave riesgo de muerte los dos, determinamos irnos a mi hotel, al Habana Libre, a ver qué pasaba. Yo tenía una camisa rojita de cuadros y él una gris descolorida, hacé de cuenta como de la China de Mao. En el baño del hall del Habana Libre las intercambiamos: yo me puse la suya vieja, gastada, comunista; y él la mía nueva, reluciente, capitalista. Mi gafete del hotel se lo puse a Jesús en lo más visible, en el bolsillo de la camisa, y yo me quedé sin nada. Cruzamos el hall de los espías y entramos al ascensor de los esbirros. Dos esbirros del tirano operaban el ascensor y nos escrutaron con sus fríos ojos. Jesús con mi camisa reluciente de prestigios extranjeros y mi gafete no despertaba sospechas. Yo con mi camisa cubana y sin gafete era el que las despertaba. ¿Pues sabés, Gabito, qué me puse a hacer mientras subía el ascensor para despistarlos? ¡A cantar el himno nacional! El mío, el tuyo, el de Colombia, en Cuba. ¿Te imaginás? “Oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal, en surcos de dolores el bien germina ya”. ¡Gloria y júbilo los míos, carajo, me volvió la erección! ¡Nos volvió la erección! Y así, impedidos, caminando a tropezones, recorrimos un pasillo atestado de visitantes rusos y de cancerberos cubanos. Los rusos cocinaban en unas hornillas de carbón, con las que habían vuelto al viejo Hilton un chiquero, un muladar. ¡Qué alfombras tan manchadas, tan quemadas, tan desastrosas! Ni las del Congreso de Colombia. ¡Y las cortinas, Gabo, las cortinas! La guía nuestra, una muchacha bonita, se había hecho un vestido de noche con un par de ellas. Pero para qué te cuento lo que ya sabés, vos que habés vivido allá tantos años y con tantas penurias.
Con la erección formidable y al borde de la eyaculación entramos Jesús y yo a mi cuarto. Las cárceles a mí, y por lo visto también a Jesús, me despiertan los bajos instintos, y me desencadenan una libido jesuítica, frenética, salesiana. Pero pasá, Gabito, pasá con nosotros al cuarto que vos sos novelista omnisciente de tercera persona y podés entrar donde querás y ver lo que querás y saber lo que querás, vos sos como Dios Padre o la KGB. Pasá, pasá.
Pasamos al cuarto, y sin alcanzar a llegar a la cama rodamos por el suelo, por la raída alfombra, como animales. ¡Uy, Gabito, qué frenesí! ¡Qué espectáculo para el Todopoderoso, qué porquerías no hicimos! Por la quinta eyaculación paramos el asunto y entramos en un delirio de amor. Salimos al balconcito, y con el mar abajo rompiéndose enfurecido contra el malecón, y con la noche enfrente ardiendo de cocuyos, y con el tiempo otra vez detenido por dondequiera, atascado, empantanado, nos pusimos a reírnos de los esbirros del tirano, y del tirano, y de sus putas barbas, y de su puta voz de energúmeno y de loco, y de todos los lambeculos aduladores suyos como vos, y riéndonos, riéndonos de él, de vos, empezamos a llorar de dicha y luego a llorar de rabia y ahora que vuelvo a recordar a Jesús después de tantísimos años me vuelve a rebotar el corazón en el pecho dándome tumbos rabiosos como los que daban esa noche las olas rompiéndose contra el malecón.
Pero te evito, Gabo, mi segundo viaje a La Habana, mi regreso por fin al cabo de diez años en los que no dejé nunca de soñar con él, con Jesús, mi niño, mi muchachito, y el desenlace: cómo la revolución lo había convertido en una ruina humana. Ya no te cuento más, no tiene caso, vos sos novelista omnisciente y de la Seguridad del Estado y todo lo sabés y lo ves, como veía la Santa Inquisición a los amantes copulando per angostam viam en la cama: los veía la susodicha en el lecho desde el techo por un huequito. 
Este texto fue publicado originalmente en la edición 13 de El Malpensante, noviembre-diciembre de 1988.

Poniatowska: "García Márquez le dio alas a América Latina"

Elena Poniatowska agradeció hoy el Premio Cervantes con un discurso de marcado carácter social en el que ha tenido muy presente a los perdedores de América Latina y ha recordado al gran escritor colombiano Gabriel García Márquez, fallecido el pasado jueves

Elena Poniatowska recibe el Premio Cervantes./lainformacion.com
"García Márquez, con 'Cien años de soledad', le dio alas a América Latina, y es ese gran vuelo el que hoy nos envuelve, nos levanta y hace que nos crezcan flores en la cabeza", afirmó Poniatowska al principio de su discurso.
La escritora y periodista citó también en su discurso a otro excelente escritor fallecido recientemente, el mexicano José Emilio Pacheco, ese amigo que le hablaba de "la inmensa vida de México", y al premio nobel Octavio Paz.
Rodeada de sus tres hijos y de siete de sus nietos y vestida con el traje "rojo chillón y amarillo" que le regalaron las mujeres de Juchitán (Oaxaca, México) para que se lo pusiera en ocasiones solemnes como la de hoy, la escritora recordó al principio de su intervención a las otras tres escritoras que han ganado el Cervantes.
La española María Zambrano fue la primera en recibirlo y es muy querida en México, porque vivió allí tras la Guerra Civil española. El exilio fue para ella "una herida sin cura, pero ella fue una exiliada de todo menos de su escritura".
La segunda fue la cubana Dulce María Loynaz, amiga de García Lorca y que hospedó en su finca de La Habana a Gabriela Mistral y Juan Ramón Jiménez. Y la tercera, la novelista española Ana María Matute, "hermosa y descreída" y con la que Poniatowska sintió "afinidad con su obsesión por la infancia y su imaginario riquísimo y feroz".
Estas escritoras, "zarandeadas por sus circunstancias -dijo-, no tuvieron santo a quien encomendarse y, sin embargo, hoy por hoy, son las mujeres de Cervantes, al igual que Dulcinea del Toboso, Luscinda, Zoraida y Constanza. A diferencia de ellas, muchos dioses me han protegido, porque en México hay un dios bajo cada piedra, un dios para la lluvia, otro para la fertilidad, otro para la muerte".
Nacida en París en 1932, sus referencias a México, el país en el que vive desde los diez años y al que ha dedicado su extensa obra, fueron constantes en el discurso, en el que quedó patente la gran humanidad de esta mujer menuda y de cara expresiva y agradable, que siempre se ha sentido muy cerca de los más desfavorecidos.
El idioma fue "la llave" para entrar en ese "enorme país temible y secreto llamado México", y en el mundo indio. "¿Cómo iba yo a transitar de la palabra París a la palabra Parangaricutirimicuaro? Me gustó poder pronunciar Xochitlquetzal, Nezahualcoyótl o Cuauhtémoc y me pregunté si los conquistadores se habían dado cuenta de quiénes eran sus conquistados".
Y la llave para "abrir a México" se la dieron "los mexicanos que andan en la calle", personajes de los años cincuenta como el cartero, el afilador de cuchillos o el vendedor de camotes, "semejantes a los que don Quijote y su fiel escudero encuentran en su camino".

martes, 9 de diciembre de 2014

El pistolero viejo

Gabo que estás en los cielos
Un amor no correspondido por el cine llevó a García Márquez a fundar en Cuba la Escuela de San Antonio de los Baños. Allí lo conoció un joven escritor colombiano, testigo de su faceta de narrador repentista y héroe de westerns imaginarios camino hacia el ocaso
 
Gabriel García Márquez en una imagen de Guillermo Angulo./elmalpensante.com
Bueno ¿Qué han hecho ustedes para merecer estar acá? –preguntó García Márquez.
La verdad yo no había hecho nada. La invitación al taller que él dicta de forma ocasional en la Escuela Internacional de Cine, en Cuba, me había tomado totalmente desprevenido. Por esos días me encontraba en una crisis de vocación después de que mi primera novela tocara las puertas de varias editoriales y no recibiera otra respuesta que el silencio. ¿En qué momento se me había metido en la cabeza la idea de que yo podía ser escritor? De modo que el llamado a pasar unos días con García Márquez inventando historias me había venido de maravilla como excusa para dejar de cuestionarme. Eso sí, no tenía cómo responder a la pregunta que nos hizo tratando de romper el hielo en el encuentro inicial. ¿Merecimientos? Para mí no se trataba más que de una casualidad. Seguramente alguien me había confundido con otro en la lista de los ex alumnos que conformarían la nómina del taller.
El tipo no me caía bien, he de confesarlo. Tenía varias razones para ello. Quizá la principal era la dimensión extraliteraria abrumadora que tiene su nombre en Colombia y que lo hace una figura intocable, una especie de papa cuya sola presencia provoca la alabanza por reflejo o el arrodillamiento colectivo inmediato. Si Gabo dijo esto o aquello, es palabra de Dios. Porque además el hecho de llamarlo Gabo se transforma en un símbolo de estatus, un guiño de familiaridad que implica en alguna medida que se tiene contacto personal con él en el grupo de los elegidos. Me propuse firmemente no llamarlo Gabo. Pero ello me originó problemas cuando tuve que elegir un modo de dirigirme a él. ¿García Márquez? ¿Gabriel? ¿Don Gabriel? Nada sonaba coherente, así que decidí evitar el sujeto en las oraciones en el momento en que necesitara llamar su atención.
Otro de los motivos de animadversión era su continua presencia en los círculos de poder, lo que me hacía difícil separar la admiración hacia el gran narrador de la antipatía que me producía el tipo que aparecía en las fotos históricas al lado de los históricos. Y, bueno... era amigo de Plinio Apuleyo Mendoza. Pero esto último superaba la dosis de prejuicio razonable de mi parte y decidí abandonar su potencial como argumento sensato.
Era el momento de ser agradecido y prestar atención pues, preconcepciones aparte, resultaba obvio que el hombre tenía un cuento que valía la pena escuchar. Además, se trataba de una oportunidad única para ser testigo de la parte terrenal de un personaje que a los colombianos promedio siempre nos ha llegado filtrado por un aura mítica.
De entrada, lo más sorprendente fue comprobar lo mucho que se le notaba el paso de los años. No recordaba haber visto una foto reciente suya. En mi imaginario su nombre siempre estuvo relacionado con la impresión intemporal y en alto contraste de su rostro que aparecía en las ediciones de la Oveja Negra. Allí nunca predominaron las canas.
 –¡Son 76 años compadre! –me dijo uno de mis compañeros de taller, como pidiéndome comprensión, a pesar de que él había sufrido el mismo impacto.
Estaba también eso de la enfermedad. Se había pasado los últimos años luchando con un cáncer que lo puso de moda en los mentideros de internet, en donde terminaron dándole el castigo que le hubiera asignado en el infierno un demonio perverso. Se le achacó la autoría de un poema cuasi póstumo, cursi a más no poder, muy similar al que miles de farmacias colombianas ostentan fotocopiado en sus mostradores y en el cual un clon de Borges confiesa que si volviera a vivir comería más chocolate.
 –Hace tres años creímos que no iba a resistir –dicen que dijo uno de sus amigos personales que alguna vez fue profesor nuestro.
Ahora se veía bien. Sano, por lo menos en apariencia, y de muy buen humor. Es verdad que al caminar se desplazaban con parsimonia sus mocasines –que en combinación con los pantalones y la camisa de colores claros formaban un conjunto caribeño a más no poder–, pero no era nada que se saliera de lo normal. Además, cuando empezó a hablar durante las presentaciones quedó claro que en lo referente a la lucidez todo estaba en su lugar. Hizo un par de apuntes agudos burlándose de sí mismo y de nosotros mientras ignoró las alabanzas serviles que le espetó una de las integrantes del taller (“¡qué maravilla estar acá, Gabo, qué maravilla como hablas, qué maravilla como respiras, qué maravilla como parpadeas, qué maravilla!”).
 –¿Por cuántas editoriales ha pasado tu novela? –me preguntó GGM después de que yo me flagelara públicamente con la velada intención de que se le ablandara el corazón y me dijera algo así como que le entregara la mierda esa de manuscrito, que él se la haría llegar a su agente.
 –Tres.
 –La primera mía pasó por once –dijo para enseguida embarcarse en una anécdota en la que explicaba las peripecias de La hojarasca antes de que alguien se hiciera cargo de ella.
Después, sin que los presentes nos diéramos cuenta cuándo ni cómo, la conversación aterrizó en el cine, que era de lo que habíamos ido a hablar. Ahí fue que evocó el Ladrón de bicicletas. Nada varió en el tono opaco ni en la cadencia lenta de su voz, pero sus ojos nos abandonaron mientras él rememoraba la escena final y confesaba que quedaba sumido en la admiración cada vez que veía esa película.
 –La película perfecta –dijo.
A partir de entonces decidí bajar la guardia, porque comprendí de qué trataba el asunto. García Márquez, que seguramente para estar allí tendría que apretar su agenda, restar tiempo a los encuentros con sus amigos importantes y robar jornadas de trabajo a unas memorias en las que trabajaba contra el reloj, simplemente quería eso, sentarse ahí a contar historias. Y así lo hizo, durante una semana, desbordando en su trato con nosotros una calidez que no me esperaba.
 –Cada vez que quiero explicar algo, termino contando una historia. Y cuando no hay nadie que la escuche, me la cuento yo mismo –dijo un día cualquiera.
Inclusive nuestros relatos terminaba contándolos él mismo. Aquellos que proponíamos y captaban su atención sufrían en sus manos transformaciones que defendía con una terquedad sorda a cualquier otra propuesta.
 –No hay nada mejor que agarrar un buen hilo y seguir con la historia. Mejor que el amor –expresó a modo de celebración cuando encontramos un final que lo satisfizo para uno de nuestros filmes hipotéticos.
La mención de una película vieja –no había visto o no recordaba haber visto muchas de nuestras referencias recientes– lo arrojaba a una anécdota, que a su vez lo catapultaba a un cuento que alguna vez se le había ocurrido, el cual por su parte lo remitía a una historia en la que ya era difícil diferenciar si la había creado él o la había leído, escuchado o visto en alguna parte. El García Márquez verbal no tenía mucho que envidiarle al escrito y se columpiaba entre el drama y la comedia sin realizar ningún esfuerzo.
Saltaba entre argumentos, estructuras y personajes con un vértigo que contrastaba con su posición pasiva al sentarse, una especie de acomodo natural que remitía siempre a una silla mecedora, más allá del tipo de recipiente que acogía a su cuerpo. Daba la impresión de estar buscando siempre el dato faltante para atar el cabo suelto que lo obsesionaba. Es decir, no paraba de trabajar.
 –Cada vez que escribo algo nuevo corro el riesgo de perder todo lo que he construido con anterioridad, pero ni modo, lo hago porque es un vicio –sentenció en algún momento ante una pregunta que no recuerdo.
Sumido en ese vicio de andar contando, nos relató que una vez se hartó de que Mercedes, su mujer, le sacara en cara las inconsistencias que él había consignado en las cartas que le enviaba desde Europa durante el noviazgo. Ella las había guardado celosamente y las esgrimía como documento incontrastable en sus discusiones. De modo que él decidió comprárselas. Después de pagar un precio exorbitante por ellas, procedió a destruirlas y, muchos años después frente al pelotón de fusilamiento de la página en blanco, habría de lamentar dicha acción cuando el recuerdo empezara a hacerse ambiguo a la hora de redactar sus memorias.
No solo entonces lo traicionarían los recuerdos. En una ocasión aseguró que la anécdota que estaba contando se hallaba escrita en el primer tomo de Vivir para contarla. Dos o tres buenos alumnos, que habían leído las memorias y a la sazón se habían tomado confianza, lo negaron. Él se mostró confundido, pidió un ejemplar y durante la siguiente media hora lo perdimos porque se dedicó a buscar una referencia inexistente entre sus páginas mientras nosotros nos ocupábamos de otro tema.
Solo una vez más su atención viajó lejos del salón de clases. Fue durante los días finales del taller. En medio de una discusión sobre el rumbo que debía tomar la vida de la protagonista de una de nuestras historias, él se quitó sus gafas y, con gesto acalorado, se soltó los dos botones superiores de la camisa guayabera. Se notaba mareado. Pensé que le había llegado el momento y, como testigo de excepción, me vi enredado tratando de decidir qué hacer. No le iba a ofrecer una ayuda que no había pedido, pues quizá no se trataba de nada grave y esos sofocos eran frecuentes en él. Así que lo único que se me ocurrió, con toda la sutileza que me resultó posible, fue no perderme detalle del suceso. Era probable que estuviera
frente a un hecho histórico, cuya crónica en primera persona me lanzaría a la fama. Yo tampoco paraba de trabajar.
Por supuesto, nada sucedió. ggm se puso de pie por única vez durante el taller y, mientras nuestra protagonista alcanzaba un final feliz, él llegaba a la mesa de los refrigerios y se servía una Coca-Cola. Poco después su paso cansino lo tenía de nuevo en su silla y la vida continuó como si nada.
Más tarde, gracias a los chismes, me enteré de que había dormido poco y seguramente tenía resaca. Se comentaba que la noche anterior había estado conversando con Fidel Castro hasta el amanecer. “La charla debió haber sido importantísima”, aventuró alguien en el círculo de chismosos. Era probable. Pero resultaba posible también que se hubieran dedicado a hablar de cosas intrascendentes, como suelen hacer los amigos entre tragos, o a repetirse las mismas historias que han intercambiado a lo largo de décadas, o a establecer un ciclo en el que García Márquez le contó un cuento a Fidel y, una vez terminado, este le dijo que se había acordado de una anécdota y le repitió exactamente la misma historia –no resultaba tan descabellado si se sumaban el don de la palabra, el paso de los años y la mezcla etílica–. Vaya uno a saber. La última palabra sobre esa clase de conversaciones está en manos de quienes lo llaman Gabo.
Después de no morirse, García Márquez continuó con su invocación de películas. Hizo entonces su aparición un western que había visto hacía muchos años y del que habló con una devoción similar a la que había mostrado por Ladrón de bicicletas. El largometraje narraba la historia de un pistolero legendario, quien ya viejo y cansado emprendía el camino de regreso a su pueblo natal en una suerte de jubilación. El problema era que su fama lo precedía en los lugares intermedios por los que debía transitar. De modo que montones de pistoleros jóvenes, ansiosos de reconocimiento, salían a retarlo. El tipo intentaba convencerlos de que lo dejaran tranquilo, que él no quería verse involucrado en ningún otro duelo. Ninguno le hacía caso y, en contra de su voluntad, el viejo se veía obligado a enfrentarlos y dejar a su paso un reguero de cadáveres.
El retrato cobró forma completa allí. Él era el pistolero que recorría el sendero de vuelta. Todas sus cartas estaban jugadas y era prácticamente imposible que a esas alturas hiciera algún cambio inesperado. Para él sí existía una forma de evitar esa distracción que era batirse en duelo y seguramente no iba rectificar sus posturas frente a Cuba, como se lo pidió Susan Sontag, ni buscaría un entendimiento con sus rivales, ni se fijaría en los pistoleros jóvenes que nos le atravesáramos en el camino, ni nada. Si se le antojaba, perdería el tiempo con guionistas sin renombre creando películas poco probables, bebería whisky con sus amigos poderosos, moldearía su vida en el papel a la medida de sus recuerdos y continuaría siendo y haciendo lo que había sido y había hecho para cautivar a sus fieles e irritar a sus detractores (ambas facciones
reclamaban, no sin razón, estar en lo cierto). Respaldado por la tozudez de sus años y logros, actuaría como se le viniera en gana mientras deshacía sus pasos a su modo, frente al teclado, en el ejercicio de sus memorias. Asumir su escritura dictaba ya una posición contundente al respecto.
El escritor y el personaje público. Ambos habían estado dibujados desde el principio en una dimensión bastante completa y el encuentro con él no los hizo variar de forma considerable. A mí me sigue gustando más el narrador, cuyo compromiso con la escritura resulta abrumador. Pero no puedo negar que en el trato personal descubrí aspectos que me impiden lanzar con la misma ligereza juicios acerca del personaje. Eso sí, sigo pensando que tiene mucho de patológico el culto monárquico que se rinde a su figura.
Fuimos a despedirnos de él a su casa en La Habana en una jornada que parecía una visita formal a un abuelo respetado y admirado pero distante. Era una tarde de sábado en la que un aguacero fugaz había redoblado el calor, la humedad y cierto vaho a descomposición del verano cubano. Nos tomamos el café que nos ofreció Mercedes mientras desarrollábamos una conversación intrascendente. Yo le había entregado a García Márquez hacía un par de días el manuscrito con mi novela. Sabía que nunca lo leería ni se lo recomendaría a ningún editor influyente, pero jamás me habría perdonado a mí mismo si no hubiera tenido la audacia de intentarlo. Sabía que los pistoleros principiantes no tenemos otra salida que apostar por una victoria improbable y por eso tuve la sensación del deber cumplido mientras llegaba a su fin la que seguramente sería la última vez que lo iba a ver en mi vida. Comprendí que debíamos despedirnos cuando, en un lapso en el cual la charla giró lejos de su participación, la cabeza se le descolgó sobre el pecho, bajo el peso del sueño, durante unos breves segundos. Ya había empezado a contarse, de algún modo, historias a sí mismo.
Este texto fue publicado originalmente por la edición 48 de El Malpensante, agosto-septiembre de 2003.

Gabo ya no es de este mundo

Gabo que estás en los cielos

México y Colombia se juntan en una despedida multitudinaria al autor de Cien años de soledad


 
Los presidentes de Colombia y México junto a la urna con las cenizas de García Márquez en su despedida. / Atlas /elpais.com
Prepararon la despedida de Gabriel García Márquez como para que el hombre que ya no está, quizá el escritor de lengua española más importante del siglo XX, se sintiera un jefe de Estado o un héroe antiguo. Su mujer, Mercedes Barcha, llegó con sus cenizas pasadas las cuatro de la tarde al Palacio de Bellas Artes, el centro de la cultura tradicional mexicana. Los familiares y amigos allí presentes, con flores amarillas en la solapa, aplaudieron a lo largo de más de cuatro minutos. Un grupo de vallenato entonó después la música que hacía vibrar a Gabo y fueron sus hijos quienes la siguieron batiendo palmas y bailando desde sus asientos. En la puerta, donde más de 10.000 devotos y lectores llevaban horas haciendo cola para decirle adiós, se escuchaba un grito: "¡Viva Gabo!".
Este colombiano universal que jamás se quiso hacer de otro país, también rompió tradiciones después de muerto, y se hizo un hueco en la historia del protocolo mexicano. Fue despedido como uno de los grandes, a la manera de Cantinflas o Diego Rivera. Las cenizas del colombiano, guardadas en una urna de madera de cerezo, fueron el elemento central y solemne de la ceremonia laica.
Gabo hizo después de muerto, también, algo que había intentado en la tierra: poner en el mismo sitio a mandatarios de países distintos, y a veces distantes, para que se pusieran de acuerdo. En este caso no hay diferencias entre Colombia, su país natal, y México, donde ha vivido medio siglo y donde escribió la novela más colombiana de todas sus novelas colombianas, Cien años de soledad. En su honor, viajó a México su presidente, Juan Manuel Santos, para presidir la parte más solemne de la ceremonia de adiós junto con su colega Enrique Peña Nieto. Ambos observaron una tardanza de más de una hora sobre lo previsto que seguramente Gabo en vida no hubiera tolerado.

Ningún hombre fue guayabera o todo de blanco, como él hizo cuando recogió el Nobel de Literatura en 1982
Las primeras guardia de honor ante las cenizas las protagonizaron los hijos, la viuda, los nietos, el hermano Jaime, el chófer Genovevo Quiróz, la asistente Mónica Alonso y así sucesivamente se fue agrandando el círculo hasta que pasaron por allí amigos íntimos como Ángeles Mastretta, Héctor Aguilar Camín, Jorge F. Hérnandez, y Jacobo Zabludovsky, entre otros. Sonaba de fondo un cuarteto de cuerdas de Mozart. Entre los asistentes prevaleció el negro. También Mercedes Barcha, que por la mañana había estado hablando con el expresidente español Felipe González, fue del color del luto, aunque Gabo se lo había prohibido expresamente. Una amiga le preguntó horas antes cómo iba a ir y ella contestó sin dudar: "De negro".
Ningún hombre fue guayabera o todo de blanco, como él hizo cuando recogió el Nobel de Literatura en 1982. Solo iba de ese color, y se entiende que por profesionalidad, el enfermero que acompañaba al político mexicano Porfirio Muñoz Ledo.
El presidente Santos se sentó a la derecha de Barcha, la viuda, y Peña Nieto a la izquierda. Santos, en su discurso, tildó a Gabo como el colombiano "más grande de todos los tiempos" y le alabó por recoger en su obra "la esencia del ser latinoamericano". "Qué privilegio llamarle compatriota", incidió Santos. Y recalcó que se trata "del más colombiano de los colombianos". "Gloria eterna a quien más gloria nos ha dado", remató.
Había mucha expectación por lo que iba a decir el presidente mexicano sobre el escritor. En anteriores ocasiones había tropezado hablando de literatura, como cuando en la FIL de Guadalajara no pudo citar con fluidez tres libros que hubiera leído. Peña Nieto no se metió en problemas. Su discurso estuvo trufado de anécdotas y datos que son de sobra conocidos por el público. Llamó al colombiano "el más grande novelista latinoamericano de todos los tiempos". Recordó que el comienzo de Cien años de soledad se gestó en un viaje a la playa y destacó su profunda admiración por Juan Rulfo. Y recalcó que Gabo murió el mismo día que la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, un 17 de abril.
Gabriel García Márquez murió a los 87 años el pasado Jueves Santos a las 12.08 de la mañana en su casa de siempre, en la calle Fuego 144, rodeado de Mercedes Barcha, y sus hijos Gonzalo y Rodrigo, así como de sus cinco nietos. Sus últimos días fueron apacibles, sometido a cuidados paliativos que habían sido aconsejados por sus médicos cuando ya se comprobó que una medicina más invasiva no iba a resolver los graves problemas que deterioran la salud del escritor. La preparación de la ceremonia de ayer tarde ha sido tan sigilosa (y tan rápida) como la propia discreción con que la familia de Gabo ha mantenido las circunstancias en que se halló en todo momento el enfermo.

Sus dos patrias lo estaban despidiendo anoche. La gente se había aglomerado con la ansiedad tranquila, la ansiedad mexicana
Murió en México, donde soñó, y adonde transportó los sueños de Aracataca. Colombia vivió con él; muchas veces le declaró sus desavenencias, pero esa fue siempre su patria; se exilió alguna vez (viniendo a México), la cambió por Barcelona o por París, viajó por todo el mundo solo o con su mujer inseparable; fue pobre de solemnidad en Colombia y en México, y rico (después de Cien años de soledad y del Nobel) en los mismos sitios.
Esas vicisitudes vitales, los peores tiempos y los mejores tiempos, los vivieron en México. La gratitud de los García Márquez que representaba el extraordinario creador que acaba de morir recibió ayer la respuesta popular y la consideración de gran hombre que México reserva para sus personajes ilustres. Peña Nieto y Santos prepararon protocolos, hicieron las guardias correspondientes: rindieron pleitesía a la creación literaria, compartieron el asombro de la multitud mexicana por la literatura del fabulador.
Una de las invitadas al homenaje recordaba la primera vez que vio a Gabo. Fue en el velatorio de un buen amigo del escritor, el pintor Abel Quezada. García Márquez, exhausto de preguntas y conversaciones que versaban sobre él, se derrumbó en una silla a su lado. El colombiano empezó a charlar con ella de las cosas más nimias, como si fueran dos vecinos en un ascensor. ¿Recuerda algo concreto? "Sí, me dijo que podría haberse pasado la vida hablando de mariposas". Cuando todo el mundo se iba, tras la ceremonia, un cañón lanzó al cielo miles de mariposas amarillas de papel, que volando inundaron las calles del centro de la Ciudad de México.
La gente había comenzado a rondar el Palacio de Bellas Artes desde primera hora de la mañana. Los operarios descargaban de camionetas sillas y vallas que iban colocando en el interior de la construcción de mármol de Carrara. A los lados de la puerta principal colgaban dos carteles con la imagen de un Gabo sonriente en blanco y negro, y bajo su rostro: 1927-2014. Liliana Aguilar, ella sí vestida de blanco, estudiante de ingeniería química e industrial, fue de las primeras en llegar. Llevaba consigo una pancarta en la que se leía lo que dijo Carlos Fuentes algún día de García Márquez: “Con él fantasía y realidad perdieron sus fronteras”. Aguilar estaba triste y en medio de esa pena recordó que el escritor es uno de los que mejor ha sabido captar “esa tristeza tan latinoamericana”. Eleoní Rivera también se presentó desde muy temprano con una guayabera de motivos floreados y su mujer, Flor Cabrera, con otra de bordados de cadenilla. Era una forma de honrar al colombiano, vistiéndose como él. El matrimonio recuerda que se topó con el escritor el 1 de enero de 2009 en La Habana, cuando se cumplían 50 años del triunfo de la revolución en Cuba. Se encontraron en la apertura de la temporada de ballet. Eleoní fue a saludar a un Gabo rodeado de periodistas y fotógrafos. ¿Qué le dijo? “No gran cosa”, contestaba, “pero con sus libros mantuve un gran diálogo”. Todos los lectores que se acercaron para ver las cenizas de Gabo pudieron también saludar a la viuda, de pie ante la urna en todo momento.
El grupo vallenato, Guatapurí de Valledupar, puso el toque caribeño en la ceremonia. Rompieron la solemnidad grave del evento que alegró durante un rato el semblante de la familia: "Eres Gabriel García Márquez, pero te decimos Gabo, de todos el más grande. El olor de la guayaba, el vivió para contarlo".
Sus dos patrias lo estaban despidiendo anoche. La gente se había aglomerado con la ansiedad tranquila, la ansiedad mexicana, probablemente, con que en los propios libros de Gabriel García Márquez se juntan los ciudadanos para ser testigos de milagros insólitos, como en Cien años de soledad, o de peregrinaciones fracasadas, como la que desemboca en la palabra “¡Mierda!” en uno de sus libros favoritos, El coronel no tiene quien le escriba.
Pues la gente se agolpó con la devoción por su literatura y con la ansiedad por ver si algo más pasa después de la muerte. Él lo dejo dicho, no esperen nada, es el final, es para siempre. Como en la vieja canción de Gardel, que él también le escuchó al cubano Eliades Ochoa, “sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando…”. Detrás de las compungidas palabras de despedida, esta ciudad de millones de sueños seguía en el bullicio como si estuviera en curso, en esta carcasa de oro de Bellas Artes, la despedida al que fue fabulador total de los sueños de su tierra, que acopió allí y que se trajo desde que era un joven pobre como las ratas a confundirlos con los sueños de México.

lunes, 8 de diciembre de 2014

La familia agradece los gestos de admiración y afecto por Gabriel García Márquez

Gabo que estás en los cielos







La viuda de Gabriel García Márquez, Mercedes Barcha, y sus hijos Gonzalo y Rodrigo agradecieron los gestos de admiración y cariño hacia el escritor colombiano, fallecido el jueves pasado en Ciudad de México



Uno de sus millones de lectores mexicanos le agradece y en un cartelito le dice: Gabo, Te veré en el cielo./lainformacion.com


"Ante todo queremos agradecer los innumerables y cariñosísimos gestos de admiración y afecto por Gabo, en particular en Colombia y en México, su patria y su casa", indicaron en un comunicado difundido anoche por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) de México.

Asimismo, expresaron agradecimiento al presidente de México, Enrique Peña Nieto, y al de Colombia, Juan Manuel Santos, por encabezar el homenaje al autor efectuado hoy en el Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana, "y por sus entrañables palabras".

También agradecieron a otros personajes "por su apoyo, solidaridad y amistad", entre ellos el presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Rafael Tovar y de Teresa, y María Cristina García Cepeda, directora del INBA.

Los familiares señalaron que "Gabo" recibió "excelentes cuidados" en el hospital del Instituto Nacional de Nutrición donde el ganador del Premio Nobel de Literatura 1982 estuvo internado del 31 de marzo al 8 de abril pasado, y manifestaron su gratitud "con esa entidad y con todos sus médicos, enfermeras y trabajadores no sólo por sus esfuerzos, sino también por su discreción".

"Los buenos amigos y familiares que nos han acompañado en estos días son demasiados para nombrar personalmente, pero sin ellos hubiera sido todo muy doloroso. Muchos vinieron del extranjero para estar con nosotros. Mil gracias", dijeron.

Reconocieron, que si bien, "ha sido difícil este proceso a la luz de las cámaras", en general "ha habido moderación y respeto por parte de los medios, así como una franca expresión de afecto por Gabo como persona, escritor y periodista".

"Pero lo más conmovedor, por supuesto, ha sido la infinidad de gestos, comentarios y mensajes de admiradores y lectores del mundo entero. Gente de todas las edades, extracciones y culturas ha expresado su amor por Gabo, más allá de la tristeza de perderlo. Nos han hecho sentir que no lo han perdido sino ganado para siempre, y que les pertenece a ellos. Gracias", puntualizaron.
Homenaje a Gabriel García Márquez 
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