jueves, 11 de diciembre de 2014

Gabo

Gabo que estás en los cielos

Su existencia fue el testimonio de un ser humano en búsqueda de creación que, a base de cuidado, compromiso y conciencia crítica, se insertó en la historia literaria del mundo para invitarnos a leer, escribir y ser

 
Gabriel García Márquez, un escritor para leer y releer./elespectador.com
Qué buen complemento del leer y el escribir, ocuparnos hoy de esta espléndida personalidad Caribe y del mejor novelista colombiano, en toda su historia. Tracemos entonces, a grandes zancadas, unas reflexiones sobre su vida ejemplar. Mi acercamiento a él fue paulatino, y por supuesto que, a raíz del Nobel, aumentó mi interés por leer y disfrutar su obra, hasta su final tranquilo de 2014 en México.
Al revisar su labor, conocimos su progresivo éxito, con base en el trabajo tesonero; el compromiso con la causa socialista y democrática; su contribución a la búsqueda de la paz y su defensa de la vida. Todo esto, nos indica la evolución magnífica de un colombiano, de un hijo de la América Latina, de un ciudadano del mundo que se hizo acreedor al amor y respeto de sus lectores por lo que fue, y por haberse convertido en un artista del idioma y de la imaginación creadora.
¿Cómo olvidar la magnífica experiencia periodística plasmada en El Universal, El Heraldo y, sobre todo, en El Espectador? ¿Cómo no reconocer la vitalidad de García Márquez aún en sus últimos años de existencia? El cuidado de su vocación; la conciencia de su importancia como escritor latinoamericano excepcional, apoyadas por su merecida liberación económica, le permitieron seguir incrementando su producción literaria con textos de calidad que aumentaron su prestigio. Y para hacerlo, siguió leyendo y escribiendo acompañado por su música: Mozart, Chopin, Bach, Frank, Schumann, Wagner, Debussy, Brukner, Brahms, Satie, Beethoven… los vallenatos y los boleros.
Si recorremos su transcurrir vital, a partir del otorgamiento del Nobel, vamos a encontrar que no bajó la guardia frente al peso inmenso del prestigio, sino que -metódica y plácidamente- ejercitó su cerebro y “calentó el brazo”, para compartir con los millones de lectores lo mejor de su fecunda existencia. Cuán grato, como colombiano y latinoamericano, es ver sus obras en las mejores librerías y bibliotecas del mundo. Y: ¿cómo no tener en cuenta la creación en Cuba de la Fundación para el Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL), y de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) en Cartagena?
Los personajes que se ocuparon de él han sido jefes de Estado, literatos de prestigio mundial, profesores universitarios, periodistas y personalidades quienes, habiéndolo conocido y/o estudiado en distintos momentos, han dado a conocer percepciones sobre su desarrollo histórico y el impacto de sus obras. El trasegar en torno a las realizaciones de GABO, es una invitación a conocer su lucha, limitaciones, búsquedas y dedicación, hasta su triunfo internacional. No olvidemos: su lectura es uno de los pasos posibles para aprender a escribir.
Una de las grandes satisfacciones que tuvo Gabo, fue poder contar con un serio biógrafo inglés. Pienso que el libro Gabriel García Márquez. Una vida, ayudará eficazmente a la perdurabilidad de su obra. El texto está estructurado en tres partes, con ocho capítulos cada una, que permiten comprender contextualmente su evolución: 1- Colombia, su punto de referencia sustantivo. 2- Europa y América Latina, que le facilitaron enriquecer su personalidad y su visión de la existencia humana. 3- El hombre de mundo, que disfruta de su fama y participación en política, estando cerca del poder. De la revisión de esta obra, puede inferirse una gran compenetración del autor con los diversos contextos, el estilo, la evolución, la calidad de sus contenidos y la personalidad del biografiado.
Es el descubrimiento más significativo que encuentra Gerald Martin en la lengua castellana del siglo XX, y está de acuerdo en designarlo “el Cervantes de nuestro tiempo”. El libro es la narración de la vida de un joven perteneciente a los espectros medios de la población que, gracias al desarrollo de su vocación, asciende a la cúspide del prestigio mundial por la calidad del trabajo literario y la magia de sus escritos. ¿Por qué leerlo? Porque aún es tiempo para potenciar vocaciones literarias que se acerquen creativamente a la comprensión de nuestra compleja realidad y a sus procesos de fortalecimiento democrático. Y también: porque la vida de García Márquez es un paradigma de trabajo responsable y superación. En pleno siglo XXI la juventud, latinoamericana y mundial, necesita ejemplos vivos que le enseñen a insertarse en la transformación de la realidad y a ser significantes en medio de las globalizaciones. Para los estudiosos universitarios, esta biografía es indispensable para comprender la evolución de un latinoamericano ejemplar por su sensibilidad con los más importantes valores libertarios occidentales.
La entrega de la segunda edición especial de “Cien años de soledad” y el Acto Solemne de Cartagena en 2007, fueron hechos político–literarios de alcance iberoamericano, que nos enalteció como colombianos y permitió mostrar que -en medio de un grave desajuste político–institucional, que puso en peligro la supervivencia de nuestra democracia- el reconocimiento a García Márquez nos exaltó ante el mundo y recordó ostensiblemente que Colombia no era, ni es, solo corrupción, pseudogerrilla, paramilitarismo, narcotráfico y todas sus nefastas combinaciones, que hay que enfrentar con más democracia y no solo con represión.
Ante las deficiencias permanentes que existen sobre el dominio de nuestro idioma -a lo largo de todo el sistema educativo- ¿no habrá llegado el momento de estudiar la institucionalización de la Cátedra García Márquez y organizar talleres regionales, dirigidos especialmente a profesores universitarios, para facilitar el surgimiento de nuevas vocaciones con amor por las artes y los oficios de leer y escribir?
Para la juventud universitaria, tan necesitada de ejemplos vivos de consagración y de triunfo, la vida de Gabo está abierta a su consideración, deseando no olvidar que, en medio de la gran desolación producida por las violencias, los actuales impactos de las conductas desviadas (anomias) y las faltas de cohesión social (atonías), existen caminos que invitan a seguir impulsando la construcción de una sociedad justa (con estructuras que institucionalicen la equidad ante el poder); pacífica (con ausencia de violencia abierta y estructural); libre (relacionada con todos los países y sin sometimiento a potencia alguna); y en búsqueda de un proceso de desarrollo sostenido y democrático.
Conocedores de la obra de Gabo, afirmemos nuestro amor al universo, la Tierra, la vida y lo humano. ¡Leámoslo y releámoslo!

García Lupo: "El trabajo de Gabo en Prensa Latina fue destruido, bajo sospecha ideológica"

Gabo que estás en los cielos

Rogelio García Lupo. Periodista argentino y compañero de García Márquez

Rogelio García Lupo fue compañero de García Márquez en Prensa Latina./revista Ñ
“El trabajo de Gabo, nuestro trabajo, todo el periodismo de los años 59 y 60 fue destruido cuando salimos de Prensa Latina, bajo sospecha ideológica. Quienes pasaron a dirigir la agencia eran del más cerrado stalinismo. Muchos años después, Gabo reunió sus escritos de prensa y no hay entre ellos un solo despacho de la agencia. Fueron destruidos”.
–¿No eran suficientemente comunistas?
–¡No éramos nada comunistas! Estábamos estancados ideológicamente, según decían los comunistas...
Entre las fotos que adornan la casa de Rogelio García Lupo –esas en las que uno mira todos los días su vida, los amores, los chicos que crecen, los muertos queridos, una trayectoria—hay una en la que está con Gabriel García Márquez. Son ya dos tipos grandes y el colombiano le está dando un premio. Falta –“en esa época no nos sacábamos tantas fotos como ahora”— alguna en la que sean jóvenes, que tengan sus máquinas de escribir al servicio de la agencia de noticias de la Revolución Cubana, que tengan la vida por delante y un mundo mejor ahí nomás, para hacerlo a mano. Porque así fue: este hombre de 82 años que hoy saca cartas de Gabo de una carpetita, fue a finales de los 50 uno de los periodistas convocados para contar la Revolución sin intermediarios, para ser su voz. Prensa Latina era una iniciativa de otros dos argentinos: Jorge Ricardo Masetti –que la dirigiría– y el Che Guevara. Y en el equipo, además de García Márquez y García Lupo, estaba Rodolfo Walsh.
García Lupo se vinculó a Prensa Latina en junio de 1959, seis meses después del triunfo de Castro, y llegó a La Habana en agosto. Las calles hervían: con la revolución –que todavía no se había declarado comunista— Cuba se había sacado de encima al dictador Fulgencio Batista y una larga historia de dependencia de los Estados Unidos. “Era fantástica, inolvidable, irrepetible”, dice García Lupo. Con esos ojos había que contarlo todo, para eso estaba la agencia. Gabriel García Márquez fue su corresponsal en Bogotá primero, en Nueva York después.
-¿Los miembros de la redacción tenían contacto con los revolucionarios desde antes?
–Sí, claro, porque Masetti había estado en Sierra Maestra en el 58 –le había hecho la primera gran entevista a Fidel Castro ahí– y había traído una serie de certezas. Decía: “No son comunistas, quieren hacer una cosa democrática, son nacionalistas, antiimperialistas”. Ideológicamente no éramos más que eso.
-¿Y García Márquez?
–García Márquez venía de un período de periodismo muy intenso, había hecho un viaje para una revista a los países del Este, no había vuelto muy convencido de que le gustara ese modelo de socialismo. Decía: “¿Sabes una cosa? Lo que no puedo olvidar del mundo socialista es el dentífrico” ¿Dentífrico? “Duro como el cemento”. Nos divertíamos con sus relatos, siempre fue un gran narrador oral.
García Lupo estuvo en Cuba hasta 1960, aunque colaboró con Prensa Latina algunos años más. “Me fui porque había una enorme presión para que el grupo de argentinos perdiera poder. Estaban serruchando el piso del Che, lo llamaban trotskista, palabras que en esa época eran estigmas… Y el Che era difícil de serruchar, pero Masetti era más fácil. Y si lo serruchaban a él, caía yo, caía Walsh, caía Heberto Padilla…”
-En 1961 la Revolución se declara socialista. ¿Los sorprendió?
–No, ya teníamos la explicación geopolítica. La Revolución necesitaba un respaldo consolidado y se pagaba un precio. Los comunistas cubanos ocuparon posiciones. Se presentó como una cosa inevitable, eso era. O eso o nada, era muy frágil la Revolución, el mundo dividido en dos bloques tremendos, no se podía estar bailando en el medio
-¿García Márquez está ligado al comunismo cubano?
–No, a Fidel Castro.
–Cuando Heberto Padilla es encarcelado, en 1971, García Márquez no da su firma a la campaña por su liberación.
(Se trata del poeta que en 1968 ganó el Premio Julián del Casal, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que lo publicó con una advertencia por considerarlo “contrario a la revolución”).
-Fue un sacrificio por la unidad ideológica de la Revolución dice García Lupo, en su sillón.
Dice que pasó tanto tiempo, tanto tiempo, que está tirando de los recuerdos. Pero los años de La Habana están en la casa. De ahí, del estante de las fotos, su mujer, Gabriela, saca otra foto: es ella, jovencísima, de uniforme: “Miliciana alfabetizadora en Cuba”, explica.
Y hay cosas que no se olvidan: “Cuando la agencia cumplió 40 o 50 años nos invitaron a una fiesta de conmemoración. Gabo me dijo: ‘No voy a esa fiesta mientras no me den una explicación de por qué destruyeron mis crónicas’. Ese material no está en ningún lado. Fue destruido.”

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Cursillo de orientación ideológica para García Márquez

Gabo que estás en los cielos
En sus visitas a la Cuba castrista, el conocido anarquista antioqueño encontró una versión de la isla muy  diferente a la que propagan amigos y devotos del régimen. El recuento de los hechos es también una confrontación con las ideas políticas de García Márquez
 
Gabriel García Márquez de la mano de Fidel Castro, según  ilustración de Fernando Vicente./elmalpensante.com
Hombre Gabo: te voy a contar historias de Cuba porque aunque no me creás yo también he estado ahí: dos veces. Dos vececitas nomás, y separadas por diez años, pero que me dan el derecho a decir, a opinar, a pontificar, que es lo que me gusta a mí, aunque por lo pronto solo te voy a hablar ex cátedra, no como persona infalible que es lo que suelo ser. Así que podés hacerme caso o no, creerme o no, verme o no. Si bien el águila, como su nombre lo indica, tiene ojo de águila, cuando vuela alto se traiciona y no ve los gusanos de la tierra. Eso sí lo tengo yo muy claro.
Llegué a Cuba la primera vez con inmunidad diplomática, en gira oficial arrimado a una compañía de cómicos mexicanos que protegía el presidente de México, protector a su vez de Cuba, Luis Echeverría. No sé si lo conocés. Con él nunca te he visto retratado. Retratado en el periódico te he visto con Fidelito Castro, Felipito González, Cesarito Gaviria, Miguelito de la Madrid, Carlitos Andrés Pérez, Carlitos Salinas de G., Ernestico Samper. Caballeros todos a carta cabal, sin cuentas en Suiza ni con la ley, por encima de toda duda. ¿Con el Papa también? Eso sí no sé, ya no me acuerdo, me está entrando el mal de Alzheimer. Sé que le tenías puesto el ojo, tu ojo de águila, a Luis Donaldo Colosio, pero te lo mataron. Me acuerdo muy bien de que cuando lo destaparon (cuando lo destapó tu pequeño amigo Carlitos Salinas de G. para que lo sucediera en su puesto, la presidencia de México, supremo bien) madrugaste a felicitarlo. Le diste, como quien dice (como se dice en México) “un madrugón”.
–¿Y qué hace usted, Gabo, en casa del licenciado Colosio tan temprano? ¿Es que es amigo de él? –te preguntaban los reporteros curiosos.
–No –les contestaste–. Pero voy a ser. Tenemos muchas afinidades los dos.
–¿Como cuáles?
–Como el gusto por las rancheras. Nos encantan a los dos. Por eso madrugué hoy a cantarle “Las mañanitas”.
Gabo: estuviste genial. Me sentí en México tan orgulloso de vos y de ser colombiano...
Donde sí no te vi fue en el entierro de Colosio cuando lo mataron (cuando lo mató el que lo destapó, vos ya sabés quién porque era tu amigacho). E hiciste bien. No hay que perder el tiempo con muertos. Que los muertos entierren a sus muertos, y que se los coman los gusanos, y que les canten “Las mañanitas” sus putas madres.
¿Pero por qué te estoy contando a vos esto, tu propia vida, que vos conocés tan bien? ¿Narrándole yo, un pobre autor de primera persona, a un narrador omnisciente de tercera persona su propia vida? ¿Eso no es el colmo de los colmos? No, Gabito: es que yo soy biógrafo de vocación, escarbador de vidas ajenas, y te vengo siguiendo la pista de periódico en periódico, de país en país y de foto en foto en el curso de todos estos largos años por devoción y admiración. Tu vida me la sé al dedillo, pero ay, desde fuera, no desde dentro porque no soy narrador de tercera persona y no leo, como vos, los pensamientos. Vos me llevás a mí en esto mucha ventaja desde que descubriste a Faulkner, la tercera persona, el hielo y el imán.
Y a propósito de hielo. Ahora me acuerdo de que te vi también en el periódico con Clinton en una fiesta en palacio, en México, “rompiendo el hielo”, como les explicaste a los periodistas cuando te preguntaron y les contestaste con esa expresión genial. Vos de hielo sí sabés más que nadie y tenés autoridad para hablar. ¿En qué idioma hablaste con Clinton, Gabito? ¿En inglés? ¿O le hablaste en español cubano? Ese Clinton en mexicano es un verdadero “mamón”, que se traduce al colombiano como una persona “inmamable”. Ay, esta América Latina nuestra es una colcha de retazos lingüísticos. Por eso estamos como estamos. Por eso el imperialismo yanqui nos tiene puesta la bota encima, por nuestra desunión. Si vos vas de palacio en palacio –del de Nariño al de Miraflores, del de Miraflores a Los Pinos, de Los Pinos a La Moncloa–, lo que estás haciendo es unirnos. Vos en el fondo no sos más que un sueño bolivariano. Gracias, Gabo, te las doy muy efusivas en nombre de este continente y muy en especial de Colombia. Sé que ahora andás muy oficioso entre Pastrana y la guerrilla rompiendo el hielo. Vas a ver que lo vas a romper.
Bueno, te decía que he estado dos veces en Cuba y que me fue muy bien. En la primera me conseguí un muchacho esplendoroso, y te paso a detallar enseguida una de las más grandes hazañas de mi vida: cómo lo metí al hotel. Pero te lo presento primero en la calle vestido para que le quitemos después la ropa prenda a prenda en la intimidad del cuarto: de dieciséis tiernos añitos, de ojos verdes, morenito, con una sexualidad que no le cabía en los pantalones, lo que se dice una alucinación. Sus ojos verdes deslumbrantes se fijaron en los pobres ojos míos apagados, y la chispa de sus ojos viéndome incendió el aire. ¡Uy, Gabo, qué incendio, qué inmenso incendio en Cuba, el incendio del amor! Menos mal que medio lo apagamos después en el cuarto, porque si no, les quemamos los cañaverales y listo, se acabó la zafra.
–¿Cómo te llamas, niño? –le pregunté.
–Jesús –me contestó.
Se llamaba como el Redentor.
–¿Y qué podemos hacer a estas alturas de mi vida y a estas horas de la noche? –le pregunté.
–Hacemos lo que tú quieras –me contestó.
–Entonces vamos a mi hotel.
–Aquí los cubanos no podemos ir a ninguna playa ni entrar a ningún hotel –me explicó–. Pero caminemos que esos que vienen ahí son de la Seguridad del Estado, y además nos están viendo desde aquel Comité de Defensa de la Revolución.
–¿Y de quién la están defendiendo?
–No sé.
La estarán defendiendo, Gabo, de los pájaros. Vos me entendés porque vos sos un águila.
Los dos pájaros o maricas seguimos caminando, y caminando, caminando, llegamos a los prados del Hotel Nacional. Era el único sitio solitario en toda La Habana. A mi hotel, el Habana Libre, ex Hotel Hilton (que construyó Batista pues la revolución no ha construido nada), era imposible entrar con Jesús: el hall era un hervidero de ojos y oídos espiándonos. El estalinismo, ya sabés Gabito, que es lo que procede montar en estos casos: si al pueblo se le deja libre acaba hasta con el nido de la perra y de paso con la revolución.
Ese Hotel Nacional de esa noche era irreal, alucinante, palpitaba como un espejismo del pasado. Ardiendo sus luces como debieron de haber ardido las luces de la mansión de El Cabrero, la que tenía Núñez en Cartagena, hace cien años, con su esposa doña Soledad. Pensé en Casablanca, la de Marruecos, y en el ladrón de Bagdad. Y entonces, de súbito, como si un relámpago en la inmensa noche oceánica me iluminara el alma, entendí que Castro, el tirano, había logrado lo que nadie, el milagro: había detenido el tiempo. En los marchitos barrios de Miramar y de El Vedado, en los ruinosos portales, en el malecón, el monstruo había detenido a Cuba en un instante exacto de la eternidad. Entonces pude volver a los años cincuenta y a ser un niño. Nos sentamos en un altico de los prados, cerca de unas luces fantasmagóricas y un matorral. El mar rugía abajo y las olas se rompían contra el malecón. Tomé la cara de Jesús en mis manos y él tomo la mía en las suyas y lo fui acercando y él me fue acercando y sus labios se juntaron con los míos y sentí sus dientes contra los míos y su saliva y la mía no alcanzaban a apagar el incendio que nos estaba quemando. Entonces surgió de detrás del matorral un soldadito apuntándonos con un fusil.
–¿Qué hacés, niño, con ese juguete? –le increpé–. Apuntá para otro lado, no se te vaya a soltar una bala y acabés de un solo tiro con la literatura colombiana.
Fijate, Gabo, que no le dije: “Qué haces, niño” o “Apunta para otro lado” sino “Qué hacés” y “Apuntá”, con el acento agudo del vos antioqueño que es el que me sale cuando yo soy más yo, cuando no miento, cuando soy absolutamente verdadero. ¡El susto que se pegó el soldadito oyéndome hablar antioqueño! Hacé de cuenta que hubiera visto a la Muerte en pelota. O que hubiera visto en pelota al hermano de Fidel, a Raúl, el maricón.
–No te preocupes, que anotó mal mi apellido –me dijo Jesús.
Y en efecto, el apellido de Jesús es más bien raro, y Jesús vio que el soldadito lo escribió equivocado.
¿Y cuál es el apellido de Jesús? Hombre Gabo, eso sí no te lo digo a vos porque estando como estamos en este artículo en Cuba desconfío de tu carácter. No te vaya a dar por ir a denunciar a mi muchachito ante la Seguridad del Estado o ante algún Comité de Defensa de la Revolución.
Anotado que hubo el nombre de Jesús en la libretica con su arrevesada y sensual letra, como había aparecido, por la magia de Aladino, desapareció. ¿Pero sabés también qué pensé cuando el soldadito nos estaba apuntando? Pensé: ¿y si la misa de dos padres la concelebráramos los tres? Un ménage à trois, une messe à trois pour la plus grande gloire du Créateur? Pero no, no se pudo, no pudo ser.
Se fue pues el soldadito, se nos bajó la erección, y echó a correr otra vez el tiempo, la tibia noche habanera.
–Jesús, esto no se queda así. Si no me acuesto contigo esta noche me puedo morir.
–Yo también me puedo morir –me contestó.
Estando pues como estábamos en grave riesgo de muerte los dos, determinamos irnos a mi hotel, al Habana Libre, a ver qué pasaba. Yo tenía una camisa rojita de cuadros y él una gris descolorida, hacé de cuenta como de la China de Mao. En el baño del hall del Habana Libre las intercambiamos: yo me puse la suya vieja, gastada, comunista; y él la mía nueva, reluciente, capitalista. Mi gafete del hotel se lo puse a Jesús en lo más visible, en el bolsillo de la camisa, y yo me quedé sin nada. Cruzamos el hall de los espías y entramos al ascensor de los esbirros. Dos esbirros del tirano operaban el ascensor y nos escrutaron con sus fríos ojos. Jesús con mi camisa reluciente de prestigios extranjeros y mi gafete no despertaba sospechas. Yo con mi camisa cubana y sin gafete era el que las despertaba. ¿Pues sabés, Gabito, qué me puse a hacer mientras subía el ascensor para despistarlos? ¡A cantar el himno nacional! El mío, el tuyo, el de Colombia, en Cuba. ¿Te imaginás? “Oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal, en surcos de dolores el bien germina ya”. ¡Gloria y júbilo los míos, carajo, me volvió la erección! ¡Nos volvió la erección! Y así, impedidos, caminando a tropezones, recorrimos un pasillo atestado de visitantes rusos y de cancerberos cubanos. Los rusos cocinaban en unas hornillas de carbón, con las que habían vuelto al viejo Hilton un chiquero, un muladar. ¡Qué alfombras tan manchadas, tan quemadas, tan desastrosas! Ni las del Congreso de Colombia. ¡Y las cortinas, Gabo, las cortinas! La guía nuestra, una muchacha bonita, se había hecho un vestido de noche con un par de ellas. Pero para qué te cuento lo que ya sabés, vos que habés vivido allá tantos años y con tantas penurias.
Con la erección formidable y al borde de la eyaculación entramos Jesús y yo a mi cuarto. Las cárceles a mí, y por lo visto también a Jesús, me despiertan los bajos instintos, y me desencadenan una libido jesuítica, frenética, salesiana. Pero pasá, Gabito, pasá con nosotros al cuarto que vos sos novelista omnisciente de tercera persona y podés entrar donde querás y ver lo que querás y saber lo que querás, vos sos como Dios Padre o la KGB. Pasá, pasá.
Pasamos al cuarto, y sin alcanzar a llegar a la cama rodamos por el suelo, por la raída alfombra, como animales. ¡Uy, Gabito, qué frenesí! ¡Qué espectáculo para el Todopoderoso, qué porquerías no hicimos! Por la quinta eyaculación paramos el asunto y entramos en un delirio de amor. Salimos al balconcito, y con el mar abajo rompiéndose enfurecido contra el malecón, y con la noche enfrente ardiendo de cocuyos, y con el tiempo otra vez detenido por dondequiera, atascado, empantanado, nos pusimos a reírnos de los esbirros del tirano, y del tirano, y de sus putas barbas, y de su puta voz de energúmeno y de loco, y de todos los lambeculos aduladores suyos como vos, y riéndonos, riéndonos de él, de vos, empezamos a llorar de dicha y luego a llorar de rabia y ahora que vuelvo a recordar a Jesús después de tantísimos años me vuelve a rebotar el corazón en el pecho dándome tumbos rabiosos como los que daban esa noche las olas rompiéndose contra el malecón.
Pero te evito, Gabo, mi segundo viaje a La Habana, mi regreso por fin al cabo de diez años en los que no dejé nunca de soñar con él, con Jesús, mi niño, mi muchachito, y el desenlace: cómo la revolución lo había convertido en una ruina humana. Ya no te cuento más, no tiene caso, vos sos novelista omnisciente y de la Seguridad del Estado y todo lo sabés y lo ves, como veía la Santa Inquisición a los amantes copulando per angostam viam en la cama: los veía la susodicha en el lecho desde el techo por un huequito. 
Este texto fue publicado originalmente en la edición 13 de El Malpensante, noviembre-diciembre de 1988.

Poniatowska: "García Márquez le dio alas a América Latina"

Elena Poniatowska agradeció hoy el Premio Cervantes con un discurso de marcado carácter social en el que ha tenido muy presente a los perdedores de América Latina y ha recordado al gran escritor colombiano Gabriel García Márquez, fallecido el pasado jueves

Elena Poniatowska recibe el Premio Cervantes./lainformacion.com
"García Márquez, con 'Cien años de soledad', le dio alas a América Latina, y es ese gran vuelo el que hoy nos envuelve, nos levanta y hace que nos crezcan flores en la cabeza", afirmó Poniatowska al principio de su discurso.
La escritora y periodista citó también en su discurso a otro excelente escritor fallecido recientemente, el mexicano José Emilio Pacheco, ese amigo que le hablaba de "la inmensa vida de México", y al premio nobel Octavio Paz.
Rodeada de sus tres hijos y de siete de sus nietos y vestida con el traje "rojo chillón y amarillo" que le regalaron las mujeres de Juchitán (Oaxaca, México) para que se lo pusiera en ocasiones solemnes como la de hoy, la escritora recordó al principio de su intervención a las otras tres escritoras que han ganado el Cervantes.
La española María Zambrano fue la primera en recibirlo y es muy querida en México, porque vivió allí tras la Guerra Civil española. El exilio fue para ella "una herida sin cura, pero ella fue una exiliada de todo menos de su escritura".
La segunda fue la cubana Dulce María Loynaz, amiga de García Lorca y que hospedó en su finca de La Habana a Gabriela Mistral y Juan Ramón Jiménez. Y la tercera, la novelista española Ana María Matute, "hermosa y descreída" y con la que Poniatowska sintió "afinidad con su obsesión por la infancia y su imaginario riquísimo y feroz".
Estas escritoras, "zarandeadas por sus circunstancias -dijo-, no tuvieron santo a quien encomendarse y, sin embargo, hoy por hoy, son las mujeres de Cervantes, al igual que Dulcinea del Toboso, Luscinda, Zoraida y Constanza. A diferencia de ellas, muchos dioses me han protegido, porque en México hay un dios bajo cada piedra, un dios para la lluvia, otro para la fertilidad, otro para la muerte".
Nacida en París en 1932, sus referencias a México, el país en el que vive desde los diez años y al que ha dedicado su extensa obra, fueron constantes en el discurso, en el que quedó patente la gran humanidad de esta mujer menuda y de cara expresiva y agradable, que siempre se ha sentido muy cerca de los más desfavorecidos.
El idioma fue "la llave" para entrar en ese "enorme país temible y secreto llamado México", y en el mundo indio. "¿Cómo iba yo a transitar de la palabra París a la palabra Parangaricutirimicuaro? Me gustó poder pronunciar Xochitlquetzal, Nezahualcoyótl o Cuauhtémoc y me pregunté si los conquistadores se habían dado cuenta de quiénes eran sus conquistados".
Y la llave para "abrir a México" se la dieron "los mexicanos que andan en la calle", personajes de los años cincuenta como el cartero, el afilador de cuchillos o el vendedor de camotes, "semejantes a los que don Quijote y su fiel escudero encuentran en su camino".

martes, 9 de diciembre de 2014

El pistolero viejo

Gabo que estás en los cielos
Un amor no correspondido por el cine llevó a García Márquez a fundar en Cuba la Escuela de San Antonio de los Baños. Allí lo conoció un joven escritor colombiano, testigo de su faceta de narrador repentista y héroe de westerns imaginarios camino hacia el ocaso
 
Gabriel García Márquez en una imagen de Guillermo Angulo./elmalpensante.com
Bueno ¿Qué han hecho ustedes para merecer estar acá? –preguntó García Márquez.
La verdad yo no había hecho nada. La invitación al taller que él dicta de forma ocasional en la Escuela Internacional de Cine, en Cuba, me había tomado totalmente desprevenido. Por esos días me encontraba en una crisis de vocación después de que mi primera novela tocara las puertas de varias editoriales y no recibiera otra respuesta que el silencio. ¿En qué momento se me había metido en la cabeza la idea de que yo podía ser escritor? De modo que el llamado a pasar unos días con García Márquez inventando historias me había venido de maravilla como excusa para dejar de cuestionarme. Eso sí, no tenía cómo responder a la pregunta que nos hizo tratando de romper el hielo en el encuentro inicial. ¿Merecimientos? Para mí no se trataba más que de una casualidad. Seguramente alguien me había confundido con otro en la lista de los ex alumnos que conformarían la nómina del taller.
El tipo no me caía bien, he de confesarlo. Tenía varias razones para ello. Quizá la principal era la dimensión extraliteraria abrumadora que tiene su nombre en Colombia y que lo hace una figura intocable, una especie de papa cuya sola presencia provoca la alabanza por reflejo o el arrodillamiento colectivo inmediato. Si Gabo dijo esto o aquello, es palabra de Dios. Porque además el hecho de llamarlo Gabo se transforma en un símbolo de estatus, un guiño de familiaridad que implica en alguna medida que se tiene contacto personal con él en el grupo de los elegidos. Me propuse firmemente no llamarlo Gabo. Pero ello me originó problemas cuando tuve que elegir un modo de dirigirme a él. ¿García Márquez? ¿Gabriel? ¿Don Gabriel? Nada sonaba coherente, así que decidí evitar el sujeto en las oraciones en el momento en que necesitara llamar su atención.
Otro de los motivos de animadversión era su continua presencia en los círculos de poder, lo que me hacía difícil separar la admiración hacia el gran narrador de la antipatía que me producía el tipo que aparecía en las fotos históricas al lado de los históricos. Y, bueno... era amigo de Plinio Apuleyo Mendoza. Pero esto último superaba la dosis de prejuicio razonable de mi parte y decidí abandonar su potencial como argumento sensato.
Era el momento de ser agradecido y prestar atención pues, preconcepciones aparte, resultaba obvio que el hombre tenía un cuento que valía la pena escuchar. Además, se trataba de una oportunidad única para ser testigo de la parte terrenal de un personaje que a los colombianos promedio siempre nos ha llegado filtrado por un aura mítica.
De entrada, lo más sorprendente fue comprobar lo mucho que se le notaba el paso de los años. No recordaba haber visto una foto reciente suya. En mi imaginario su nombre siempre estuvo relacionado con la impresión intemporal y en alto contraste de su rostro que aparecía en las ediciones de la Oveja Negra. Allí nunca predominaron las canas.
 –¡Son 76 años compadre! –me dijo uno de mis compañeros de taller, como pidiéndome comprensión, a pesar de que él había sufrido el mismo impacto.
Estaba también eso de la enfermedad. Se había pasado los últimos años luchando con un cáncer que lo puso de moda en los mentideros de internet, en donde terminaron dándole el castigo que le hubiera asignado en el infierno un demonio perverso. Se le achacó la autoría de un poema cuasi póstumo, cursi a más no poder, muy similar al que miles de farmacias colombianas ostentan fotocopiado en sus mostradores y en el cual un clon de Borges confiesa que si volviera a vivir comería más chocolate.
 –Hace tres años creímos que no iba a resistir –dicen que dijo uno de sus amigos personales que alguna vez fue profesor nuestro.
Ahora se veía bien. Sano, por lo menos en apariencia, y de muy buen humor. Es verdad que al caminar se desplazaban con parsimonia sus mocasines –que en combinación con los pantalones y la camisa de colores claros formaban un conjunto caribeño a más no poder–, pero no era nada que se saliera de lo normal. Además, cuando empezó a hablar durante las presentaciones quedó claro que en lo referente a la lucidez todo estaba en su lugar. Hizo un par de apuntes agudos burlándose de sí mismo y de nosotros mientras ignoró las alabanzas serviles que le espetó una de las integrantes del taller (“¡qué maravilla estar acá, Gabo, qué maravilla como hablas, qué maravilla como respiras, qué maravilla como parpadeas, qué maravilla!”).
 –¿Por cuántas editoriales ha pasado tu novela? –me preguntó GGM después de que yo me flagelara públicamente con la velada intención de que se le ablandara el corazón y me dijera algo así como que le entregara la mierda esa de manuscrito, que él se la haría llegar a su agente.
 –Tres.
 –La primera mía pasó por once –dijo para enseguida embarcarse en una anécdota en la que explicaba las peripecias de La hojarasca antes de que alguien se hiciera cargo de ella.
Después, sin que los presentes nos diéramos cuenta cuándo ni cómo, la conversación aterrizó en el cine, que era de lo que habíamos ido a hablar. Ahí fue que evocó el Ladrón de bicicletas. Nada varió en el tono opaco ni en la cadencia lenta de su voz, pero sus ojos nos abandonaron mientras él rememoraba la escena final y confesaba que quedaba sumido en la admiración cada vez que veía esa película.
 –La película perfecta –dijo.
A partir de entonces decidí bajar la guardia, porque comprendí de qué trataba el asunto. García Márquez, que seguramente para estar allí tendría que apretar su agenda, restar tiempo a los encuentros con sus amigos importantes y robar jornadas de trabajo a unas memorias en las que trabajaba contra el reloj, simplemente quería eso, sentarse ahí a contar historias. Y así lo hizo, durante una semana, desbordando en su trato con nosotros una calidez que no me esperaba.
 –Cada vez que quiero explicar algo, termino contando una historia. Y cuando no hay nadie que la escuche, me la cuento yo mismo –dijo un día cualquiera.
Inclusive nuestros relatos terminaba contándolos él mismo. Aquellos que proponíamos y captaban su atención sufrían en sus manos transformaciones que defendía con una terquedad sorda a cualquier otra propuesta.
 –No hay nada mejor que agarrar un buen hilo y seguir con la historia. Mejor que el amor –expresó a modo de celebración cuando encontramos un final que lo satisfizo para uno de nuestros filmes hipotéticos.
La mención de una película vieja –no había visto o no recordaba haber visto muchas de nuestras referencias recientes– lo arrojaba a una anécdota, que a su vez lo catapultaba a un cuento que alguna vez se le había ocurrido, el cual por su parte lo remitía a una historia en la que ya era difícil diferenciar si la había creado él o la había leído, escuchado o visto en alguna parte. El García Márquez verbal no tenía mucho que envidiarle al escrito y se columpiaba entre el drama y la comedia sin realizar ningún esfuerzo.
Saltaba entre argumentos, estructuras y personajes con un vértigo que contrastaba con su posición pasiva al sentarse, una especie de acomodo natural que remitía siempre a una silla mecedora, más allá del tipo de recipiente que acogía a su cuerpo. Daba la impresión de estar buscando siempre el dato faltante para atar el cabo suelto que lo obsesionaba. Es decir, no paraba de trabajar.
 –Cada vez que escribo algo nuevo corro el riesgo de perder todo lo que he construido con anterioridad, pero ni modo, lo hago porque es un vicio –sentenció en algún momento ante una pregunta que no recuerdo.
Sumido en ese vicio de andar contando, nos relató que una vez se hartó de que Mercedes, su mujer, le sacara en cara las inconsistencias que él había consignado en las cartas que le enviaba desde Europa durante el noviazgo. Ella las había guardado celosamente y las esgrimía como documento incontrastable en sus discusiones. De modo que él decidió comprárselas. Después de pagar un precio exorbitante por ellas, procedió a destruirlas y, muchos años después frente al pelotón de fusilamiento de la página en blanco, habría de lamentar dicha acción cuando el recuerdo empezara a hacerse ambiguo a la hora de redactar sus memorias.
No solo entonces lo traicionarían los recuerdos. En una ocasión aseguró que la anécdota que estaba contando se hallaba escrita en el primer tomo de Vivir para contarla. Dos o tres buenos alumnos, que habían leído las memorias y a la sazón se habían tomado confianza, lo negaron. Él se mostró confundido, pidió un ejemplar y durante la siguiente media hora lo perdimos porque se dedicó a buscar una referencia inexistente entre sus páginas mientras nosotros nos ocupábamos de otro tema.
Solo una vez más su atención viajó lejos del salón de clases. Fue durante los días finales del taller. En medio de una discusión sobre el rumbo que debía tomar la vida de la protagonista de una de nuestras historias, él se quitó sus gafas y, con gesto acalorado, se soltó los dos botones superiores de la camisa guayabera. Se notaba mareado. Pensé que le había llegado el momento y, como testigo de excepción, me vi enredado tratando de decidir qué hacer. No le iba a ofrecer una ayuda que no había pedido, pues quizá no se trataba de nada grave y esos sofocos eran frecuentes en él. Así que lo único que se me ocurrió, con toda la sutileza que me resultó posible, fue no perderme detalle del suceso. Era probable que estuviera
frente a un hecho histórico, cuya crónica en primera persona me lanzaría a la fama. Yo tampoco paraba de trabajar.
Por supuesto, nada sucedió. ggm se puso de pie por única vez durante el taller y, mientras nuestra protagonista alcanzaba un final feliz, él llegaba a la mesa de los refrigerios y se servía una Coca-Cola. Poco después su paso cansino lo tenía de nuevo en su silla y la vida continuó como si nada.
Más tarde, gracias a los chismes, me enteré de que había dormido poco y seguramente tenía resaca. Se comentaba que la noche anterior había estado conversando con Fidel Castro hasta el amanecer. “La charla debió haber sido importantísima”, aventuró alguien en el círculo de chismosos. Era probable. Pero resultaba posible también que se hubieran dedicado a hablar de cosas intrascendentes, como suelen hacer los amigos entre tragos, o a repetirse las mismas historias que han intercambiado a lo largo de décadas, o a establecer un ciclo en el que García Márquez le contó un cuento a Fidel y, una vez terminado, este le dijo que se había acordado de una anécdota y le repitió exactamente la misma historia –no resultaba tan descabellado si se sumaban el don de la palabra, el paso de los años y la mezcla etílica–. Vaya uno a saber. La última palabra sobre esa clase de conversaciones está en manos de quienes lo llaman Gabo.
Después de no morirse, García Márquez continuó con su invocación de películas. Hizo entonces su aparición un western que había visto hacía muchos años y del que habló con una devoción similar a la que había mostrado por Ladrón de bicicletas. El largometraje narraba la historia de un pistolero legendario, quien ya viejo y cansado emprendía el camino de regreso a su pueblo natal en una suerte de jubilación. El problema era que su fama lo precedía en los lugares intermedios por los que debía transitar. De modo que montones de pistoleros jóvenes, ansiosos de reconocimiento, salían a retarlo. El tipo intentaba convencerlos de que lo dejaran tranquilo, que él no quería verse involucrado en ningún otro duelo. Ninguno le hacía caso y, en contra de su voluntad, el viejo se veía obligado a enfrentarlos y dejar a su paso un reguero de cadáveres.
El retrato cobró forma completa allí. Él era el pistolero que recorría el sendero de vuelta. Todas sus cartas estaban jugadas y era prácticamente imposible que a esas alturas hiciera algún cambio inesperado. Para él sí existía una forma de evitar esa distracción que era batirse en duelo y seguramente no iba rectificar sus posturas frente a Cuba, como se lo pidió Susan Sontag, ni buscaría un entendimiento con sus rivales, ni se fijaría en los pistoleros jóvenes que nos le atravesáramos en el camino, ni nada. Si se le antojaba, perdería el tiempo con guionistas sin renombre creando películas poco probables, bebería whisky con sus amigos poderosos, moldearía su vida en el papel a la medida de sus recuerdos y continuaría siendo y haciendo lo que había sido y había hecho para cautivar a sus fieles e irritar a sus detractores (ambas facciones
reclamaban, no sin razón, estar en lo cierto). Respaldado por la tozudez de sus años y logros, actuaría como se le viniera en gana mientras deshacía sus pasos a su modo, frente al teclado, en el ejercicio de sus memorias. Asumir su escritura dictaba ya una posición contundente al respecto.
El escritor y el personaje público. Ambos habían estado dibujados desde el principio en una dimensión bastante completa y el encuentro con él no los hizo variar de forma considerable. A mí me sigue gustando más el narrador, cuyo compromiso con la escritura resulta abrumador. Pero no puedo negar que en el trato personal descubrí aspectos que me impiden lanzar con la misma ligereza juicios acerca del personaje. Eso sí, sigo pensando que tiene mucho de patológico el culto monárquico que se rinde a su figura.
Fuimos a despedirnos de él a su casa en La Habana en una jornada que parecía una visita formal a un abuelo respetado y admirado pero distante. Era una tarde de sábado en la que un aguacero fugaz había redoblado el calor, la humedad y cierto vaho a descomposición del verano cubano. Nos tomamos el café que nos ofreció Mercedes mientras desarrollábamos una conversación intrascendente. Yo le había entregado a García Márquez hacía un par de días el manuscrito con mi novela. Sabía que nunca lo leería ni se lo recomendaría a ningún editor influyente, pero jamás me habría perdonado a mí mismo si no hubiera tenido la audacia de intentarlo. Sabía que los pistoleros principiantes no tenemos otra salida que apostar por una victoria improbable y por eso tuve la sensación del deber cumplido mientras llegaba a su fin la que seguramente sería la última vez que lo iba a ver en mi vida. Comprendí que debíamos despedirnos cuando, en un lapso en el cual la charla giró lejos de su participación, la cabeza se le descolgó sobre el pecho, bajo el peso del sueño, durante unos breves segundos. Ya había empezado a contarse, de algún modo, historias a sí mismo.
Este texto fue publicado originalmente por la edición 48 de El Malpensante, agosto-septiembre de 2003.

Gabo ya no es de este mundo

Gabo que estás en los cielos

México y Colombia se juntan en una despedida multitudinaria al autor de Cien años de soledad


 
Los presidentes de Colombia y México junto a la urna con las cenizas de García Márquez en su despedida. / Atlas /elpais.com
Prepararon la despedida de Gabriel García Márquez como para que el hombre que ya no está, quizá el escritor de lengua española más importante del siglo XX, se sintiera un jefe de Estado o un héroe antiguo. Su mujer, Mercedes Barcha, llegó con sus cenizas pasadas las cuatro de la tarde al Palacio de Bellas Artes, el centro de la cultura tradicional mexicana. Los familiares y amigos allí presentes, con flores amarillas en la solapa, aplaudieron a lo largo de más de cuatro minutos. Un grupo de vallenato entonó después la música que hacía vibrar a Gabo y fueron sus hijos quienes la siguieron batiendo palmas y bailando desde sus asientos. En la puerta, donde más de 10.000 devotos y lectores llevaban horas haciendo cola para decirle adiós, se escuchaba un grito: "¡Viva Gabo!".
Este colombiano universal que jamás se quiso hacer de otro país, también rompió tradiciones después de muerto, y se hizo un hueco en la historia del protocolo mexicano. Fue despedido como uno de los grandes, a la manera de Cantinflas o Diego Rivera. Las cenizas del colombiano, guardadas en una urna de madera de cerezo, fueron el elemento central y solemne de la ceremonia laica.
Gabo hizo después de muerto, también, algo que había intentado en la tierra: poner en el mismo sitio a mandatarios de países distintos, y a veces distantes, para que se pusieran de acuerdo. En este caso no hay diferencias entre Colombia, su país natal, y México, donde ha vivido medio siglo y donde escribió la novela más colombiana de todas sus novelas colombianas, Cien años de soledad. En su honor, viajó a México su presidente, Juan Manuel Santos, para presidir la parte más solemne de la ceremonia de adiós junto con su colega Enrique Peña Nieto. Ambos observaron una tardanza de más de una hora sobre lo previsto que seguramente Gabo en vida no hubiera tolerado.

Ningún hombre fue guayabera o todo de blanco, como él hizo cuando recogió el Nobel de Literatura en 1982
Las primeras guardia de honor ante las cenizas las protagonizaron los hijos, la viuda, los nietos, el hermano Jaime, el chófer Genovevo Quiróz, la asistente Mónica Alonso y así sucesivamente se fue agrandando el círculo hasta que pasaron por allí amigos íntimos como Ángeles Mastretta, Héctor Aguilar Camín, Jorge F. Hérnandez, y Jacobo Zabludovsky, entre otros. Sonaba de fondo un cuarteto de cuerdas de Mozart. Entre los asistentes prevaleció el negro. También Mercedes Barcha, que por la mañana había estado hablando con el expresidente español Felipe González, fue del color del luto, aunque Gabo se lo había prohibido expresamente. Una amiga le preguntó horas antes cómo iba a ir y ella contestó sin dudar: "De negro".
Ningún hombre fue guayabera o todo de blanco, como él hizo cuando recogió el Nobel de Literatura en 1982. Solo iba de ese color, y se entiende que por profesionalidad, el enfermero que acompañaba al político mexicano Porfirio Muñoz Ledo.
El presidente Santos se sentó a la derecha de Barcha, la viuda, y Peña Nieto a la izquierda. Santos, en su discurso, tildó a Gabo como el colombiano "más grande de todos los tiempos" y le alabó por recoger en su obra "la esencia del ser latinoamericano". "Qué privilegio llamarle compatriota", incidió Santos. Y recalcó que se trata "del más colombiano de los colombianos". "Gloria eterna a quien más gloria nos ha dado", remató.
Había mucha expectación por lo que iba a decir el presidente mexicano sobre el escritor. En anteriores ocasiones había tropezado hablando de literatura, como cuando en la FIL de Guadalajara no pudo citar con fluidez tres libros que hubiera leído. Peña Nieto no se metió en problemas. Su discurso estuvo trufado de anécdotas y datos que son de sobra conocidos por el público. Llamó al colombiano "el más grande novelista latinoamericano de todos los tiempos". Recordó que el comienzo de Cien años de soledad se gestó en un viaje a la playa y destacó su profunda admiración por Juan Rulfo. Y recalcó que Gabo murió el mismo día que la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, un 17 de abril.
Gabriel García Márquez murió a los 87 años el pasado Jueves Santos a las 12.08 de la mañana en su casa de siempre, en la calle Fuego 144, rodeado de Mercedes Barcha, y sus hijos Gonzalo y Rodrigo, así como de sus cinco nietos. Sus últimos días fueron apacibles, sometido a cuidados paliativos que habían sido aconsejados por sus médicos cuando ya se comprobó que una medicina más invasiva no iba a resolver los graves problemas que deterioran la salud del escritor. La preparación de la ceremonia de ayer tarde ha sido tan sigilosa (y tan rápida) como la propia discreción con que la familia de Gabo ha mantenido las circunstancias en que se halló en todo momento el enfermo.

Sus dos patrias lo estaban despidiendo anoche. La gente se había aglomerado con la ansiedad tranquila, la ansiedad mexicana
Murió en México, donde soñó, y adonde transportó los sueños de Aracataca. Colombia vivió con él; muchas veces le declaró sus desavenencias, pero esa fue siempre su patria; se exilió alguna vez (viniendo a México), la cambió por Barcelona o por París, viajó por todo el mundo solo o con su mujer inseparable; fue pobre de solemnidad en Colombia y en México, y rico (después de Cien años de soledad y del Nobel) en los mismos sitios.
Esas vicisitudes vitales, los peores tiempos y los mejores tiempos, los vivieron en México. La gratitud de los García Márquez que representaba el extraordinario creador que acaba de morir recibió ayer la respuesta popular y la consideración de gran hombre que México reserva para sus personajes ilustres. Peña Nieto y Santos prepararon protocolos, hicieron las guardias correspondientes: rindieron pleitesía a la creación literaria, compartieron el asombro de la multitud mexicana por la literatura del fabulador.
Una de las invitadas al homenaje recordaba la primera vez que vio a Gabo. Fue en el velatorio de un buen amigo del escritor, el pintor Abel Quezada. García Márquez, exhausto de preguntas y conversaciones que versaban sobre él, se derrumbó en una silla a su lado. El colombiano empezó a charlar con ella de las cosas más nimias, como si fueran dos vecinos en un ascensor. ¿Recuerda algo concreto? "Sí, me dijo que podría haberse pasado la vida hablando de mariposas". Cuando todo el mundo se iba, tras la ceremonia, un cañón lanzó al cielo miles de mariposas amarillas de papel, que volando inundaron las calles del centro de la Ciudad de México.
La gente había comenzado a rondar el Palacio de Bellas Artes desde primera hora de la mañana. Los operarios descargaban de camionetas sillas y vallas que iban colocando en el interior de la construcción de mármol de Carrara. A los lados de la puerta principal colgaban dos carteles con la imagen de un Gabo sonriente en blanco y negro, y bajo su rostro: 1927-2014. Liliana Aguilar, ella sí vestida de blanco, estudiante de ingeniería química e industrial, fue de las primeras en llegar. Llevaba consigo una pancarta en la que se leía lo que dijo Carlos Fuentes algún día de García Márquez: “Con él fantasía y realidad perdieron sus fronteras”. Aguilar estaba triste y en medio de esa pena recordó que el escritor es uno de los que mejor ha sabido captar “esa tristeza tan latinoamericana”. Eleoní Rivera también se presentó desde muy temprano con una guayabera de motivos floreados y su mujer, Flor Cabrera, con otra de bordados de cadenilla. Era una forma de honrar al colombiano, vistiéndose como él. El matrimonio recuerda que se topó con el escritor el 1 de enero de 2009 en La Habana, cuando se cumplían 50 años del triunfo de la revolución en Cuba. Se encontraron en la apertura de la temporada de ballet. Eleoní fue a saludar a un Gabo rodeado de periodistas y fotógrafos. ¿Qué le dijo? “No gran cosa”, contestaba, “pero con sus libros mantuve un gran diálogo”. Todos los lectores que se acercaron para ver las cenizas de Gabo pudieron también saludar a la viuda, de pie ante la urna en todo momento.
El grupo vallenato, Guatapurí de Valledupar, puso el toque caribeño en la ceremonia. Rompieron la solemnidad grave del evento que alegró durante un rato el semblante de la familia: "Eres Gabriel García Márquez, pero te decimos Gabo, de todos el más grande. El olor de la guayaba, el vivió para contarlo".
Sus dos patrias lo estaban despidiendo anoche. La gente se había aglomerado con la ansiedad tranquila, la ansiedad mexicana, probablemente, con que en los propios libros de Gabriel García Márquez se juntan los ciudadanos para ser testigos de milagros insólitos, como en Cien años de soledad, o de peregrinaciones fracasadas, como la que desemboca en la palabra “¡Mierda!” en uno de sus libros favoritos, El coronel no tiene quien le escriba.
Pues la gente se agolpó con la devoción por su literatura y con la ansiedad por ver si algo más pasa después de la muerte. Él lo dejo dicho, no esperen nada, es el final, es para siempre. Como en la vieja canción de Gardel, que él también le escuchó al cubano Eliades Ochoa, “sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando…”. Detrás de las compungidas palabras de despedida, esta ciudad de millones de sueños seguía en el bullicio como si estuviera en curso, en esta carcasa de oro de Bellas Artes, la despedida al que fue fabulador total de los sueños de su tierra, que acopió allí y que se trajo desde que era un joven pobre como las ratas a confundirlos con los sueños de México.

lunes, 8 de diciembre de 2014

La familia agradece los gestos de admiración y afecto por Gabriel García Márquez

Gabo que estás en los cielos







La viuda de Gabriel García Márquez, Mercedes Barcha, y sus hijos Gonzalo y Rodrigo agradecieron los gestos de admiración y cariño hacia el escritor colombiano, fallecido el jueves pasado en Ciudad de México



Uno de sus millones de lectores mexicanos le agradece y en un cartelito le dice: Gabo, Te veré en el cielo./lainformacion.com


"Ante todo queremos agradecer los innumerables y cariñosísimos gestos de admiración y afecto por Gabo, en particular en Colombia y en México, su patria y su casa", indicaron en un comunicado difundido anoche por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) de México.

Asimismo, expresaron agradecimiento al presidente de México, Enrique Peña Nieto, y al de Colombia, Juan Manuel Santos, por encabezar el homenaje al autor efectuado hoy en el Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana, "y por sus entrañables palabras".

También agradecieron a otros personajes "por su apoyo, solidaridad y amistad", entre ellos el presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Rafael Tovar y de Teresa, y María Cristina García Cepeda, directora del INBA.

Los familiares señalaron que "Gabo" recibió "excelentes cuidados" en el hospital del Instituto Nacional de Nutrición donde el ganador del Premio Nobel de Literatura 1982 estuvo internado del 31 de marzo al 8 de abril pasado, y manifestaron su gratitud "con esa entidad y con todos sus médicos, enfermeras y trabajadores no sólo por sus esfuerzos, sino también por su discreción".

"Los buenos amigos y familiares que nos han acompañado en estos días son demasiados para nombrar personalmente, pero sin ellos hubiera sido todo muy doloroso. Muchos vinieron del extranjero para estar con nosotros. Mil gracias", dijeron.

Reconocieron, que si bien, "ha sido difícil este proceso a la luz de las cámaras", en general "ha habido moderación y respeto por parte de los medios, así como una franca expresión de afecto por Gabo como persona, escritor y periodista".

"Pero lo más conmovedor, por supuesto, ha sido la infinidad de gestos, comentarios y mensajes de admiradores y lectores del mundo entero. Gente de todas las edades, extracciones y culturas ha expresado su amor por Gabo, más allá de la tristeza de perderlo. Nos han hecho sentir que no lo han perdido sino ganado para siempre, y que les pertenece a ellos. Gracias", puntualizaron.
Homenaje a Gabriel García Márquez 
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domingo, 7 de diciembre de 2014

El cuento del domingo


Gabriel García Márquez


Estas manos escribieron leyendas literarias...

Un día de estos

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.

Después de la ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.

- Papá.

- Qué

- Dice el alcalde que si le sacas una muela.

- Dile que no estoy aquí.

Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.

- Dice que sí estás porque te está oyendo.

El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:

- Mejor.

Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.

- Papá.

- Qué.

Aún no había cambiado de expresión.

- Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.

Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.

- Bueno -dijo-. Dile que venga a pegármelo.

Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:

- Siéntese.

- Buenos días -dijo el alcalde.

- Buenos -dijo el dentista.

Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.

Don Aurelio Escovar le movió la cabeza hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una presión cautelosa de los dedos.

- Tiene que ser sin anestesia -dijo.

- ¿Por qué?

- Porque tiene un absceso.

El alcalde lo miró en los ojos.

- Esta bien -dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.

Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:

- Aquí nos paga veinte muertos, teniente.

El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.

- Séquese las lágrimas -dijo.

El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose. "Acuéstese --dijo-- y haga buches de agua de sal." El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.

- Me pasa la cuenta -dijo.

- ¿A usted o al municipio?

El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica:

- Es la misma vaina.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Un vallenato de 300 páginas

Gabo que estás en los cielos
Cien Años de Soledad  tuvo un inmenso y profundo influjo del vallenato que García Márquez desentrañó a comienzos de los 50, acompañado de Rafael Escalona
Gabriel García Márquez y Leandro Díaz en un Festival de la Leyenda Vallenata. / elespectador.com

La tarde era una de aquellas tardes de sol y de humedad, de cerveza, de fiestas por llegar. Gabriel García Márquez acababa de comprender que su obra, su gran obra, tendría que surgir del pasado, de sus raíces, e incluso, de las raíces de sus ancestros. Y aquella tarde, en La Paz, conoció a Lisandro Pacheco, el nieto de Medardo Pacheco Romero, aquel muchacho que combatió con su abuelo Nicolás Márquez en la Guerra de los Mil Días, y a quien el abuelo mató en un duelo, pues por aquellos tiempos las afrentas contra el honor se dilucidaban en un duelo, a bala. El 19 de octubre de 1908, el coronel Márquez Iguarán citó a su retador en un oscuro callejón y le pegó un tiro. La muerte lo persiguió por años y años. “Tú no sabes lo que pesa un muerto”, le diría a su nieto años más tarde, mientras lo llevaba de la mano por las calles de Aracataca para referirle sus historias y las historias del pueblo y las del país.
Las historias que esa tarde de 1952 García Márquez buscaba por La Guajira y el Magdalena, llevado por Rafael Escalona y sus cantos vallenatos. “De tal manera que el interés de García Márquez por la música vallenata iba a estar ligado a la concepción y a las fuentes de sus libros, lo que a su vez estaría ligado de modo especial a su amistad con el compositor Rafael Escalona, pues con éste continuó las discusiones en profundidad sobre estos cantos y empezaron los viajes hacia abril de 1950, para terminar hacia mediados de 1953”, escribiría 50 años más tarde Dasso Saldívar en su libro El viaje a la semilla. El viaje a la semilla fue ese, y comenzó en marzo del 52, cuando García Márquez acompañó a su madre, Luisa Santiaga, a vender la vieja casa de Aracataca, donde él había vivido su infancia, donde había visto llegar todos los días a las once en punto el tren amarillo que pasaba por la finca de Macondo, y donde había conversado con los muertos.
Mientras recorría las calles de antes, que de niño le habían parecido infinitas, y veía las casas y la iglesia y la escuela Montessori, donde aprendió a leer y se sumergió en Las mil y una noches y se enamoró de su maestra, Rosa Elena Fergusson, García Márquez comprendió que para escribir su gran obra debía recorrer, ya como adulto, la tierra de antes. La recorrió con una maleta repleta de libros y enciclopedias que debía vender para sobrevivir. Y la recorrió con Escalona y sus cantos, con el espíritu y el mito de Francisco el hombre y sus cuentos, con las rimas de Leandro Díaz y sus versos. Fue hasta Barrancas, donde nació su abuelo, y a Riohacha, y allá, cantando sin cantar, relató cerveza tras cerveza que en esa ciudad se habían casado sus padres, que su madre había llegado tarde a la cita en la catedral pues se había quedado dormida, y que se prendó de Gabriel Eligio García cuando él le dijo que sólo muerto no se casaba con ella.
Con Escalona, García Márquez se aprendió El hambre del liceo, La vieja Sara, La patillalera y demás, y con él las cantó una y mil veces, como había cantado otros sones en sus épocas de bachiller en Zipaquirá con sus compañeros del Liceo Nacional, acompañado de una improvisada guitarra y una dulzaina. García Márquez había comenzado a interesarse por el vallenato a finales de los 40, “con un fervor no sólo artístico sino casi científico —como escribiría Saldívar—, bajo la influencia de Clemente Manuel Zabala y Manuel Zapata Olivella (…). Al estudiar sus textos, el entonces novel escritor constató que no sólo contenían una gran sabiduría y poesía, sino que narraban anécdotas e historias con naturalidad, con la misma ‘cara de palo’ de su abuela, de Las mil y una noches y del Romancero.
“Profundizando más, vio que estas historias tenían sus fuentes reales en el entorno personal, familiar y social de los mismos juglares, que eran un repertorio no sólo artístico, sino cultural y moral de las regiones de Valledupar y La Guajira, las mismas de sus abuelos. Esto le dio una de las claves fundamentales para concebir sus libros, sobre todo Cien años de soledad; este debía ser, como lo confesaría treinta años después, un vallenato en versión novela, es decir, una larga, poética y fluida historia construida sobre la infancia, los abuelos y la casa natal, Aracataca, la zona bananera y el Caribe en general”. Cien años de soledad fue un vallenato de 300 páginas, como diría García Márquez. Un vallenato que llevó bajo el brazo desde los 20 años y que construyó y destruyó día tras día, desde sus tiempos de periodista en El Universal de Cartagena, pasando por sus épocas en El Heraldo de Barranquilla, por sus años en El Espectador de Bogotá y por sus viajes por Europa, Venezuela, Cuba y México.
Para escribirlo pasó hambre, trabajó en revistas de farándula, vendió libros, sufrió el síndrome de la hoja en blanco y el dolor de la vanidad herida cuando le devolvieron de varias editoriales sus primeras obras, como La hojarasca. Sus angustias, sus vivencias, los personajes que fue conociendo, sus lecturas de Faulkner, Hemingway, Virginia Woolf y Juan Rulfo, sus esporádicas amantes, y las canciones que escuchaba por ahí, fueron formando sus Cien años de soledad, o la historia de Cien años de soledad. La escritura, el tono, fueron otro cuento del cuento, como él mismo decía, porque García Márquez necesitaba que las ánimas de Macondo, la levitación de los curas, la ascensión de Remedios, el aguacero de mil años y demás, fueran creíbles, tan creíbles como los vallenatos de Escalona, como los fantasmas de Pedro Páramo. Y para ello necesitaba encerrarse, como se encerró, 14 meses con sus días y sus noches.
Se aisló del mundo para enclaustrarse con su máquina Olivetti, y desde ahí surgieron el tono, las imágenes, la trama y los personajes de su obra más importante, aquella que comenzó titulando La casa, y que era y fue La casa, el pueblo, el pasado, el país, la magia, el dolor y, entre líneas, los legendarios cantos de los juglares vallenatos. Cuando la terminó, le regaló un ejemplar a Escalona. “A Rafael Escalona, la persona que más admiro en el mundo”.