lunes, 24 de noviembre de 2014

Regreso a Macondo

Gabo que estás en los cielos 

Fui el primer periodista colombiano que pudo entrevistar a García Márquez, con detenimiento y a pierna suelta, cuando él regresó triunfalmente al país, a su país, como un boxeador que acabara de coronarse campeón mundial, después del estropicio causado por Cien años de soledad

Gabriel García Márquez dijo a Juan Gossaín: “ni yo mismo sé quién soy”, en la entrevista que le concedió en 1971 al regresar a Colombia. /elespectador.com
 Recuerdo los pormenores de aquel episodio, y sucedieron tantas cosas insólitas y extravagantes que vale la pena dejarlas por escrito. Estábamos en el aeropuerto de Barranquilla, bajo un sol implacable, esperando que aterrizara la rutilante estrella literaria. En los muelles de bienvenida se amontonaban periodistas, viejos amigos suyos, curiosos y secretarias en busca de autógrafos del novelista para después cambiarlos por los del centro delantero del Júnior. Pero también estaban, y eso es lo importante, los grandes camaradas que Gabito había dejado en esta ciudad donde vivió tanto tiempo, donde escribió La hojarasca, donde disfrutó los mejores años de su vida, donde conoció a Mercedes Barcha —la hija del boticario de Magangué que luego sería su esposa—, donde fue feliz escribiendo para El Heraldo una columna de comentarios que se llamaba “La Jirafa” y bebiendo ron en los sardineles del Paseo Bolívar y en las mesas metálicas del Café Roma.
Allí estaban ellos, endomingados, con los zapatos nuevos y el vestido de lino irlandés que permanecía en el fondo del escaparate desde la época en que los buques de rueda remontaban el río Magdalena: los choferes de taxi, los mamadores de gallo de La Cueva, los vendedores de periódicos, los fotógrafos callejeros. Entre aquella multitud prevalecía el temor de que Gabito, el muchacho flaco y cabezón que ellos habían conocido, volviera ahora estirado por el éxito, estirado y espantajopos.
Pero se abre la puerta del avión y lo primero que se asoma es una estruendosa guayabera panameña, de todos los colores que Dios echó al mundo, que parecía un disfraz carnavalero del Congo grande. (Un taxista recordó, entonces, que veinte años atrás, y por esas mismas excentricidades, a García Márquez le decían Trapo Loco en Barranquilla).
Bajó por la escalinata. Vio los rostros de los viejos compañeros, los espejuelos de Fuenmayor, la barriga descomunal de Quipe Scopell, el diente de oro de Racedo, la cámara fotográfica del Mono Manjarrés, los señaló con un dedo —en la otra mano traía una caja de cartón que habría de perderse— y gritó a bocallena: —¡Mierda, otra vez los mismos camajanes!
Su carcajada de cataclismo ahogó las últimas palabras. Los del pintoresco comité de recepción se miraron satisfechos unos a otros: no cabía duda, ese era Gabito, aunque ya no estuviera tan flaco, y aunque ahora los críticos fascinados del New York Times Book Review insistieran en llamarlo “Mr. Márquez”. ¡Tan pendejos como siempre, los gringos!
Macondo es Macondo, para qué negarlo: García Márquez había ido a Barranquilla, más que todo, para visitar a ese amigo entrañable e inolvidable que era Álvaro Cepeda Samudio. Pero Cepeda estaba en Nueva York. De modo que el novelista tuvo que regresar por la tarde al aeropuerto a esperar al amigo que debía haberlo estado esperando a él por la mañana. ¿Hay acaso motivo para extrañarse después de que el coronel Aureliano Buendía encabezó treinta y seis guerras civiles, las perdió todas, y se sentó en la puerta de su casa a esperar que pasaran con su propio entierro?
La casa grande de voces y de imágenes.
Cuatro botellas de cerveza, un grupo de amigos, un patio de sol y de viento, el olor de las flores en el corredor, el rumor de una anciana que deambula por los pasillos: todo vuelve a ser igual.
El gitano ha regresado. Trajo su baúl de sortilegios y su carga de recuerdos y la instaló aquí, en el patio donde la luz reverbera sobre los tejados y en los muros de ladrillo.
La tarde se refresca a medida que se acercan las seis. García Márquez canta un vallenato: “Allá en La Guajira, arriba, donde nace el contrabando...”. Fuenmayor, Escopel y Angulo hacen coro y tamborilean con los dedos en la mesa o en los brazos de los taburetes. Los perros se espantan otra vez.
“No soy lo que quiero ser...”
“¿Sabes qué he aprendido en cuarenta años? Que todo es exactamente la misma vaina. Volvemos al punto de partida, reiniciamos, empezamos otra vez. Cuando yo escribía en los periódicos, el sueño de mi vida era ser un novelista célebre, afamado en todo el mundo, con libros que se conocieran en los confines del universo, traducidos a todos los idiomas, expuestos en las vitrinas de cuanta librería existiera en Europa, en Asia, en América, en todas partes. Y sobre todo, no tener nada más que hacer: sentarme a escribir novelas, buenas novelas, mis novelas. Ahora que lo he conseguido, que he realizado mis sueños uno a uno, me doy cuenta de lo que verdaderamente quiero ser: un gran reportero, un incansable buscador de noticias. Siempre quise ser lo que hora no soy...”.
“Me he vuelto rutinario”
¿Es una frustración?
Es más que eso: es un anhelo.
Acabo de comprender que yo —veinte años partiéndome el alma para llegar a la cumbre, a la que yo creía que era la cumbre— estoy empantuflado, rutinario, y lo peor es que esa rutina se la transmite uno a lo que escribe. En Barcelona escribí un día que mi última novela —El otoño del patriarca— es una novela de gabinete. Su esqueleto puede ser muy bueno, pero le falta algo... algo le falta a eso que te dije ayer: el olor de la guayaba, la sensación verídica de lo que estás diciendo, la seguridad de lo que estás pensando.
La búsqueda del mundo
¿Esa búsqueda es la razón de este viaje a América?
Eso, ni más ni menos. Al principio creí que sí, que yo podría trabajar como si fuera el empleado de un banco: horario, oficina, teléfono, máquina, portafolio. Se me estaba volviendo una obsesión, una angustia de todas las mañanas, hasta que un día agarré a mi mujer y a mis hijos y me agarré a mí mismo por dentro y dije: me voy a recorrer el mundo. Cuando salimos de Lisboa estaba lloviendo, y llovía también cuando llegamos a Paramaribo. Desde el momento en que saqué la cabeza por la portezuela del avión, sentí que estaba encontrando lo que buscaba: la lluvia de Paramaribo no era igual a la lluvia de Lisboa, y era la lluvia que yo necesitaba para mi novela, lo necesitaba para mi novela, lo que había estado buscando por todos los cuartos de mi casa sin encontrarla. No sé si era más fuerte o más húmeda o más cálida, no sé explicar qué tenía esa lluvia de Paramaribo, pero descubrí que era la mía, la que estaba necesitando para la lluvia de mi libro. Me sentí un poco feliz porque el viaje estaba produciendo los resultados que yo tanto anhelaba; encontrar, probar y comprobar mis elementos y mis seres... Después entramos en un bar del aeropuerto, con aire acondicionado y muchas comodidades, y yo me salí por una puertecita que comunicaba con un salón lleno de olores, de secreciones, de cosas extrañas. En un rincón había una negra gorda con una bayeta roja en la frente, vendiendo jengibre. Miré al techo y sentí ganas de llorar: allí estaban, yo los había olvidado ya en mi rutina de escritor profesional: los ventiladores de aspas... en ese momento supe que era capaz de regresar inmediatamente a Barcelona y escribir la novela que quiero, como yo la quiero escribir.
Entonces ‘El otoño del patriarca’...
“Es una novela sumamente difícil, porque yo mismo me la puse muy dura. Creo que más que una novela estoy haciendo un experimento poético. Si después de todo no ocurre así, la rompo tranquila y dulcemente. Pero de todas maneras me parece que saldrá. Es la novela que desde hace tanto tiempo quería escribir, pero no era posible sin haber resuelto antes todos mis problemas. Por eso digo que mi novela está lista y que sólo falta una cosa: escribirla. Mi vida está concentrada por completo en la novela.
“No leo novelas de actualidad”
Volviendo a sus lecturas, ¿cuáles son las favoritas?
Hace tiempo dejé de estar al día en asuntos literarios. Detesto los libros de moda, y si yo no hubiera escrito Cien años de soledad, tampoco la hubiera leído. Sigo leyendo los libros que me impresionan desde los primeros tiempos: selecciones de Joseph Conrad, algo de Faulkner —cada vez lo soporto menos— y mucho de Graham Greene, un verdadero maestro en cuanto enseña el oficio de escribir. Leo muchos libros que no se distinguen por su importancia literaria sino documental: memorias de secretarias y secretarios de personajes célebres, aunque sean mentiras, y, excepcionalmente, Papillon, un libro apasionante sin ningún valor literario. Debió ser reescrito por alguien que es muy buen escritor, según se observa por los trucos que emplea, pero a quien le interesaba crear la sensación de que el libro es de un principiante.
“Tengo una duda en el alma...”
La soledad es el elemento predominante en sus novelas. ¿Se siente usted solo?
Me siento infinitamente solo, pero creo que todos los hombres también. Además de que se sienten solos, todos los seres están realmente solos. Si aceptamos que yo he tenido éxito, que esto es el éxito, no se lo recomiendo a nadie. Le sucede a uno como a los alpinistas, que se matan por llegar a la cumbre, y después que llegan, ¿qué hacen? Bajarse, tratar de descender con la mayor dignidad posible. Yo no creo en amigos posteriores a Cien años de soledad.
Los negocios: libros y dinero 
¿Cuál es su horario de trabajo?
Me he impuesto un horario: levantarme a las siete de la mañana con mis hijos —hemos hecho un trato: el que se despierte primero llama enseguida a los demás—, nos metemos juntos a la ducha, desayunamos en compañía, ellos se van para el colegio y yo me siento a escribir hasta las dos y media de la tarde. Rodrigo y Gonzalo regresan a esa hora de la escuela y nos reunimos todos a almorzar con Meche (su esposa, Mercedes Barcha). Como generalmente me he acostado tarde la noche anterior, hago una pequeña siesta, después leo oyendo música, y por la noche veo siempre a mis amigos. Creo que es el horario ideal de todo escritor.
¿Y los negocios?
No me preocupo por el dinero. De eso se encarga un agente literario que tengo en Barcelona y que en este momento atiende las diecisiete cuentas de las diecisiete editoriales del mundo que tienen mis libros. Todos los días me veo con él: en la calle, en actos sociales en cualquier parte, pero hemos hecho un pacto inviolable de no hablar de negocios sino una vez al mes. Ese día nos reunimos cuatro o cinco horas en su oficina, miramos lo que haya que mirar y firmar y discutir y comentar. Y hasta el mes entrante. Esa es la única ocasión en que pienso en mis libros y el dinero que me producen.
Más literatura 
¿Alguno de sus personajes es autobiográfico?
No puedo explicar claramente por qué, pero todos mis personajes son autobiográficos en el sentido de que los hago con mis propias experiencias, con un pedazo mío a todos, absolutamente a todos. En cada uno de ellos, por lo menos el elemento fundamental es autobiográfico. 
¿Por qué, entonces, el extravagante médico francés de ‘La hojarasca’ comía yerba común y corriente, de la que comen los burros?
Ese no es el elemento fundamental de su personalidad, el que hemos calificado de autobiográfico. Es otro, que no puedo revelar. Pero fíjate en qué forma la soledad agobia y rodea a ese personaje, el más solo de todos los míos. Lo que pasa es que está tratado por un escritor todavía inexperto.
¿Y Blacamán el mago y Melquíades el gitano? ¿Usted, como ellos, también vende milagros?
De cuantos personajes he inventado, esos dos son los que menos se parecen a mí. No vendo milagros, como ellos, sino que los regalo. Si es que los míos pueden considerarse milagros. En todo caso, no tengo pecados de simonía...
¿Quién es, entonces, Gabriel García Márquez? ¿Cómo es?
He escrito cinco libros tratando de averiguarlo, de saberlo, de descifrar cómo soy yo, quién soy. Y todavía no lo tengo claro. Pero hay algo que sí sé: soy el mejor amigo de sus amigos, y ese primer puesto no me lo dejo quitar de nadie.
El olor de la guayaba
En la casa de otro escritor —el barranquillero Álvaro Cepeda Samudio— García Márquez aceptó que “en compañía de Mario Vargas Llosa firmamos en Barcelona un telegrama de respaldo a los intelectuales y artistas que se refugiaron en el convento de Monserrat, cerca de Barcelona, para protestar contra el juicio contra los nacionalistas vascos”. “Mi viaje a Colombia —agregó luego— estaba decidido desde hace mucho tiempo. Es que quiero recordar a qué huele una guayaba...”.
Respondiendo las llamadas telefónicas que le hicieron en Bogotá y Cartagena, el escritor recordó los viejos tiempos de la bohemia barranquillera, cuando surgió aquí el principal grupo literario y artístico de Colombia.
“Una noche —dijo— cuando volví la última vez del exterior, salimos con Alfonso (Fuenmayor) a recorrer la ‘Calle del Crimen’, donde tantas noches amanecimos de parranda, y al ver unas mujeres en la acera, comenté al oído de Alfonso: ‘Qué vaina, parecen cachacas...’, y una alcanzó a oírme, me gritó: ‘Cachaca será tu madre, desgraciado’. Es un recuerdo inolvidable de Barranquilla. Como el que tengo, también, del bar Happy, donde se congregaba nuestro grupo antes de que existiera La Cueva. Al Happy lo inauguramos nosotros, y lo quebramos. Cuando nos dijeron que la pila de vales era superior a las existencias de ron que quedaba, emigramos a La Cueva. Después fundamos una revista literaria en la cual publicábamos todo lo que se nos ocurría...”.
“Tengo en Pekín...”
Alguien le pregunta por teléfono a García Márquez en qué proporción económica le han ayudado sus novelas.
“Sí, claro —responde—. Tengo un apartamento de propiedad horizontal en Pekín, acciones en la bolsa de Nueva York, haciendas en Rusia, una casa de campo en los Urales...”.
En ese momento aparece un viejo pariente del escritor: Nicolás Márquez Gómez. Tiene veinte hijos, de los cuales conoce sólo a doce. “El vivo retrato del coronel Buendía. Ojalá un día de estos no te los marquen en la frente con una cruz de ceniza”, le dice García Márquez. Su primo segundo, por línea materna, recuerda las batallas de Fonseca y Carazúa, de la guerra civil colombiana, en las que participó el más reciente héroe nacional: el coronel Aureliano Buendía, promotor de treinta y seis alzamientos militares y derrotado en todos.
Aunque no quiso decir cuáles son sus planes inmediatos. García Márquez permanecerá por lo menos seis meses más en Colombia. Vivirá durante ese tiempo en Barranquilla. ¿Se queda? No desea revelarlo por lo pronto. Se limita a repetir: “Quiero recordar a qué huele una guayaba...”.
Hablemos de política
¿Cree usted que ocurre algo al sistema norteamericano?
Sí: los Estados Unidos, en cambio, van para atrás. Hace algún tiempo Nixon dijo que debe pensar un poco menos en Chile y un poco más en Chicago. Eso es más que una frase bonita: es la realidad. Los Estados Unidos han entrado en un proceso de descomposición social, profundo e irreversible, que los obligará a tener gobiernos cada vez más reaccionarios y brutales. La libertad de expresión, la tolerancia de la crítica, que han sido mantenidas hasta ahora por un régimen que se sentía muy seguro de sí mismo, se verán cada vez más restringidas.
¿Qué habrá de ocurrir en definitiva?
¿No lo notas, no lo sientes, no te das cuenta? El Vietnam está llegando a Manhattan...
¿No es usted de los que piensan que todo cuanto sucede en los Estados Unidos tiene que repercutir en Latinoamérica?
Los Estados Unidos reconocieron que 1970 fue para ellos el peor año en la América Latina. Los próximos serán peores. Es decir, mejores para la América Latina. En la actualidad, los Estados Unidos tienen aquí los problemas de Cuba, Chile y Perú, tres incordios, tres dolores de estómago, tres cólicos miserere sin yerbabuena a la mano. Y todos al mismo tiempo. No le demos más vueltas, no doremos más la píldora, no nos llamemos a engaño: la América Latina ha entrado en un proceso de cambios profundos. Y eso, viejo, no lo puede parar ya nadie.
Colombia
García Márquez se alista esta mañana de domingo para viajar a Puerto Colombia, un balneario próximo a Barranquilla. Mientras busca afanosamente entre las maletas que trajo de Barcelona su pantalón de baño, seguimos dialogando por toda la casa, uno detrás del otro.
¿Y Colombia, qué dice usted de Colombia?
Alguien me decía recientemente en Europa que Colombia será el único país que se quedará como está, para que el papa tenga donde refugiarse cuando el universo entero sea socialista. El chiste es bueno, pero tú sabes que la historia no tiene tanto sentido del humor...
¿Usted cree que todavía existe la persecución a la cultura en Colombia de la que habló hace tres años en El Espectador?
Colcultura fue un organismo creado para guardar ciertas apariencias. Nombraron director a mi querido amigo Jorge Rojas, que es uno de los grandes poetas de la lengua castellana, pero no creo que nadie haya sido tan ingenuo como para creer que con eso se iban a resolver los problemas de la cultura en Colombia, que son mucho más profundos, pues empiezan en las raíces mismas de nuestro sistema decrépito.
La Casa de las Américas. Borges
¿No le parece a usted que en concursos literarios como los de la Casa de las Américas, de La Habana, todo escritor no revolucionario o derechista, por muy bueno que sea, está eliminado de antemano?
No, en lo absoluto. En esos concursos los jurados son escogidos con un criterio muy amplio y actúan con completa independencia. Lo que ocurre, por factores extraliterarios, es que se nota una tendencia de izquierda en los libros premiados porque los autores de derecha generalmente no participan. Esto me hace pensar en un fenómeno curioso, una casualidad, si se quiere, pero, salvo las excepciones conocidas, es innegable que los buenos escritores son de izquierda. La excepción más grande es inmensa: Jorge Luis Borges.
Si a usted le otorgaran el Premio Nobel, ¿lo recibiría?
Me gustaría que me lo concedieran cuando ya mi trabajo me haya producido suficiente dinero como para rechazarlo sin remordimientos económicos. El Nobel se ha convertido en una monumental lagartería internacional.
Afuera, la mujer y los amigos estaban apurando. Gabriel García Márquez se marcha a Puerto Colombia, a reencontrarse con el mar del Caribe, único motivo de su viaje a América

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