martes, 14 de julio de 2015

Sierra

Un día de junio de éste año me llamó Julio Cesar Londoño y me pidió que le repitiera la anécdota de Orlando Sierra con García Márquez y así la narró en su columna de El Espectador. Al referirse al segundo capítulo de Cien años de soledad, –haciendo uso de su real voluntad– lo escribió como lo recordaba, a pesar de que le habría quedado más fácil levantarse del computador, tomar el libro de la biblioteca y trascribir el capítulo tal cual.
Asi empieza la columna:
Gabriel García Márquez de perfil./Daniel Mordzinski./memorabiliaggm.blogspot.com

EL ESPECTADOR                                                    
Bogotá – Colombia
26 de junio de 2015

“La coja” alcanzó a Ferney Tapasco

Por Julio César Londoño

Cuenta Fernando Jaramillo (blog Memorabilia) que una noche Orlando Sierra se coló en el reservado del restaurante donde cenaba García Márquez y le disparó a quemarropa: “Yo me sé de memoria el segundo capítulo de Cien años de soledad”.

Y por qué el segundo, preguntó Gabo, perito en lunáticos. “Porque el primero se lo sabe todo el mundo”, contestó Sierra y recitó sin una sola vacilación el episodio en que la bisabuela de Úrsula Iguarán cae de culo sobre un fogón encendido, espantada por el estruendo de los cañonazos del asalto a Cartagena del pirata Francis Drake, y queda convertida en una esposa inútil para toda la vida.

La literatura era uno de los tres “rayones” de Sierra. Los otros dos fueron el periodismo y el coraje. “Cogito, ergo, ¡pum! A callar, chitón, a lo tuyo capullo, a otra cosa mariposa. ¡Pum! ¿Dios mío, por qué no me hiciste un poco más cobarde y resignado? Yo también, lo confieso, ¡le temo al Pum!”

Y el pum llegó a la 1:49 pm del 30 de enero de 2002, cuando un sicario de la galería de Manizales le pegó dos tiros en la cabeza, en la puerta del diario La Patria y delante de su hija. Venían de almorzar.

´(…)

Entonces en la sección de comentarios de la misma columna el señor Sebastián Felipe niega que la anécdota sea cierta y me acusa de estar ansioso de celebridad y me confronta a contar como supe de la anécdota de Orlando a riesgo de rayar de cínico.
Así lo escribió

Sebastián Felipe Sab, 06/27/2015 - 09:28 (El Espectador)
1. Es falsa la anécdota de Orlando Sierra Hernández y Gabriel García Márquez, por varias razones: Orlando no tenía tanta retentiva ni disciplina como para aprenderse de memoria las veinte páginas que tiene el segundo capítulo de Cien Años de Soledad en la edición que tengo (edición conmemorativa de los 80 años del autor, Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, Printer Colombiana S.A. 2007); Orlando sabía de memoria mucha poesía y principalmente muchos versos, que, después de la Filosofía, eran de su predilección más que las novelas y los cuentos, pero tampoco sabía de memoria poemas largos, aunque le gustaran mucho, como Hora de Tinieblas, de Rafael Pombo, que le di a conocer; Cien Años de Soledad no era la novela preferida de Orlando, pues gustaba más de novelas cortas y cuentos de temas filosóficos o sicológicos o intriga, tipo Kafka o Sherlock Holmes (Conan Doyle), que también le di a conocer (y hasta un incidente maluco tuvimos por un libro ajeno de Las Aventuras de Sherlock Holmes que le presté y…), y de estos no se sabía de memoria ningún capítulo, máxime cuando la profesión universitaria de Orlando fue Filosofía y Letras, que estudio en la Universidad de Caldas, de Manizales; Orlando nunca me contó esa anécdota con Gabriel García Márquez, y fueron muchas, centenas las tertulias que tuvimos desde los años de universidad hasta la noche anterior al atentado criminal de que fue víctima fatal. Seguramente Fernando Jaramillo quiere dárselas de célebre con esa anécdota, pero hay que confrontarlo: ojalá no la haya contado después del óbito de Orlando y del fallecimiento de Gabriel, pues rayaría en el cinismo. 2. Las principales aficiones de Orlando fueron la Filosofía y la Poesía, en este orden, que no mencionó. 3 y 4. Tampoco es cierto que “la bisabuela de Úrsula Iguarán cae de culo sobre un fogón encendido, espantada por el estruendo de los cañonazos del asalto a Cartagena del pirata Francis Drake”, conque lo que Gabriel García Márquez dijo fue que “la bisabuela de Úrsula Iguarán se asustó tanto con el toque de rebato y el estampido de los cañones, que perdió el control de los nervios y se sentó en un fogón encendido”; averigüe qué es el “toque de rebato”. 5... Y marros más, a tutiplén (palabra frecuentada por Orlando en las tertulias), de fondo y forma.

** ** **

El problema es que solo soy referente de las narraciones de otros. Asi, celebridad y cinismo no me tocan en este caso. La anécdota la conocí de dos columnistas de prensa que la narraron casi idéntica y tal como Orlando la narraba a todo el que se cruzaba por el camino. Veo, si, que nunca se la narró a su gran amigo Sebastián Felipe.
Debo anotar que Carlos Arboleda y José Vicente Arizmendi  no se conocen entre sí. A Arizmendi si lo conozco y doy fe de que si escribió esa columna es porque la anécdota de su vuelo a Chile con Orlando es auténtica. Hago esta aclaración para que no se crea que su columna salió de la de Arboleda.
Estas son las dos columnas que lo narran:

** ** **

El Tiempo
Bogotá – Colombia
24 de febrero de 2002

La memoria feliz de Orlando Sierra

Por: CARLOS ARBOLEDA GONZALEZ            
-Secretario de Cultura de Caldas.

Muchos atributos engalanaban la personalidad de Orlando Sierra Hernández. Fue un hombre culto, actualizado, crítico, cáustico, excelente escritor, gran poeta, buen conversador, frentero, independiente, honesto, valiente, humano, anecdótico, botacorriente , con el humor a flor de piel, amigo de sus amigos, apasionado lector, solidario, noble, sencillo, leal, vehemente, padre ejemplar, devoto hijo. Sólo tuvo una falencia: era nulo para la música. No distinguía un bolero de una ranchera, ni un vallenato de una balada. Tampoco conocía la música clásica. Es más, nunca en su vida compró un disco.

Uno de sus mayores tesoros fue su prodigiosa memoria, de elefante. En medio del dolor que nos embarga, y para recordarlo con alegría, quiero contar la siguiente anécdota: En el Festival de Cine de Cartagena de 1993, asistió, con otros periodistas, a un encuentro con el Banco Mundial. El tenía un gran sueño: conocer, algún día, a García Márquez y haciendo gala de su excelente memoria, se había aprendido trozos enteros de Cien años de soledad. Estando, entonces, Orlando en El Bar-Restaurante La Quemada, con estos colegas, se enteró de que en ese sitio se encontraba, en un reservado, García Márquez con Carlos Fuentes. Inmediatamente tomó una servilleta de papel y se fue en busca del Nobel. Primero entró al baño y estando allí vio a García Márquez. Orlando, del susto, solo acató decirle:

-Maestro, qué bueno encontrarme con usted! Qué rico sería poderle regalar una mariposa amarilla!.
-Todavía estás a tiempo, le contestó García Márquez.

Orlando salió del baño y se quedó esperándolo afuera, con la servilleta en la mano, pero el escritor no apareció. Buscó a un mesero para contarle.

-No se preocupe, señor; lo que pasa es que el baño tiene otra puerta que da directamente al reservado y Gabo salió por allí. Ya está en su mesa-.

Orlando se quedó entonces con los crespos hechos, pero sabía que no podía perder esa oportunidad y se dirigió al sitio que el mesero le había indicado. Ese lugar tenía dos entradas. Una puerta estaba situada directamente frente a la mesa donde departían sus colegas periodistas con sus respectivas señoras, y había otra entrada lateral. Ingresó por esta y, tímidamente, por detrás de la mesa, con la servilleta en la mano, se les acercó, a los afamados escritores, que estaban con sus respectivas señoras, diciendo: Maestro. García Márquez le preguntó que si él era el mesero.

-No señor, no soy el mesero. Vengo es a pedirle un autógrafo, pero como a mi no me gusta nada regalado, quisiera ganármelo. Por lo que me permito decirle: Maestro, siempre pensé en descrestarlo.

-Y a estas alturas de la vida ¿con qué me pueden descrestar?, le contestó García Márquez.
-Qué tal si empiezo por decirle Cien años de memoria.

- ¿Serio?

-Serio.

Y Orlando comenzó: Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo...
El Nobel se quedó mirándolo y le dijo: Bueno, eso es fácil porque es el primer capítulo. ¿Y el segundo?

Orlando arrancó: Cuando el pirata Francis Drake asaltó a Riohacha...
García Márquez se levantó, muy aterrado, y se dirigió hasta donde estaba el resto de periodistas amigos de Orlando, y les dijo: Este tipo está loco, absolutamente loco, de remate. García Márquez regresó hasta la mesa y le dijo: no le voy a firmar esa servilleta, quiero hacerlo en algo más durable. Y de la mesa, tomó una de tela, estampó una frase muy lírica y la firmó. Orlando, muy emocionado, luego de agradecerle, tomó la servilleta y dirigiéndose a Carlos Fuentes le dijo:

-Maestro, también tengo la cuota para usted.

La cuota de Fuentes.

- ¿Si? Y ¿cuál será?

Orlando le dijo: Mire, maestro, usted, en 1982, escribió junto con Susan Sontag, un artículo en el que señalaba que una novela titulada: Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, había sido la novela perfecta que usted hubiera deseado escribir en su vida. No tengo en mi memoria ningún párrafo de una obra suya, pero sí me sé un fragmento de esa novela. Y principió: Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo enseguida, a los demás: No, no quiero ver la televisión...

Fuentes, muy emocionado, le dijo: Bueno, muy bien, estos son los lectores que uno necesita en la vida. Y tomó otra servilleta de tela y escribió: Para Orlando Sierra, sereno, serrano, cerró, orló, de su amigo Carlos Fuentes, si una noche de mar un viajero.

Hoy, estas dos servilletas, –bellamente enmarcadas con vidrio antirreflectivo–, engalanan su estudio, como sus dos bienes más preciados, y todos sus amigos las veíamos y sentíamos envidia de la buena. La memoria, y así lo recordamos de Orlando, no es sólo entonces el ejercicio del recuerdo. ¿Será que el espejo es el alma en el que intentamos ver de nuevo las imágenes de lo que ha pasado? Y tampoco es esto, porque existe una memoria sin imágenes, la del sentimiento, la del dolor, la de la pena, la de la rabia, la de la tristeza, la del adiós. ¡Que el paso del recuerdo de Orlando no empiece desde ahora hacia el olvido! Como un homenaje a su feliz memoria comencé por recordar una parte de su corta pero abigarrada y fructífera vida. Orlando, amigo, ¡te extrañamos!

** ** **

EL PAIS
Cali – Colombia
Noviembre 10 de 2010 

Sierra

Por José Vicente Arizmendi C*.

En un restaurante de Cartagena, hace más de quince años, estaba comiendo Gabriel García Márquez con un colega suyo, extranjero y famoso. De una mesa cercana se aproximó un hombre joven, de ojos pequeños y brillantes y gafas, que abordó al Nobel y le dijo: “Maestro, perdone que lo interrumpa, pero yo no vengo a pedirle un autógrafo, sino a ganármelo”.

Como es lógico, el de Aracataca, intrigado, le preguntó que cómo era eso, a lo que el extraño le aseguró que se sabía de memoria ‘Cien años de soledad’. Ante semejante declaración, García Márquez le advirtió, primero, que no le creía y, segundo, que no le aceptaría los dos párrafos iniciales, conocidos por mucha gente. Así que escogió al azar alguno de los capítulos intermedios y se quedó mirando a su interlocutor.

Casi sin pensarlo, el extraño empezó a recitar el fragmento señalado de la saga de los José Arcadios y las Úrsulas de Macondo, ante las risas incrédulas de los dos escritores. Siguiendo el juego, García Márquez le pidió otros pasajes del texto y en todos los casos aquel extraño de memoria prodigiosa arrancaba inmediatamente a referir la historia, como si la estuviera leyendo.

“¡Te lo ganaste!”, le dijo finalmente el Nobel, tomó una de las servilletas de tela de una mesa vecina y le escribió una dedicatoria. Mientras lo hacía, escuchó a aquel insólito personaje dirigirse al otro escritor, que quizás era Carlos Fuentes, ofreciéndole excusas por no haber memorizado ninguno de sus libros.

“No importa, también te ganaste mi autógrafo”, le dijo el otro. Es probable que en la casa de Orlando Sierra, el genial protagonista de esta historia, todavía estén, enmarcadas, las dos telas con las dedicatorias de dos célebres escritores de renombre internacional, ganadas no a pulso

Orlando Sierra.

A Orlando, periodista de ‘La Patria’ de Manizales asesinado el 30 de enero del 2002, le escuché personalmente esta anécdota, cuando fuimos vecinos de asiento en un vuelo hacia Chile, por allá a mediados de los 90. Todo en él era insólito e interesante. Su afición al haikú, esas poesías japonesas de tres versos, o su conocimiento de autores en su momento casi desconocidos en Colombia, como Roberto Bolaño o Arturo Pérez-Reverte.

Orlando hablaba a toda velocidad, sabía de muchas cosas, pero también quería entender sobre todos los temas. El último martes de enero del 2002, Luis Fernando Soto Zapata lo mató a tiros, a la salida del periódico donde trabajaba. Capturado prácticamente en flagrancia, recibió una pena de 29 años de prisión, de los cuales pagó menos de seis meses, porque los jueces tuvieron en cuenta la confesión de delitos y su buena conducta en la cárcel.

Como a hierro muere quien a hierro mata, vino a morir en Cali en julio de 2008, en un enfrentamiento a tiros con la Policía. Hace pocos días, la Fiscalía ordenó la detención preventiva contra otro de los presuntos autores materiales de la muerte de Orlando, Henry Calle Obando. Y a los posibles autores intelectuales, los políticos caldenses Dixon Ferney Tapasco y su padre, Francisco, les abrieron investigación en septiembre pasado. Ambos tienen varios procesos penales por paramilitarismo y el hijo recibió una condena de siete años y medio por ese delito.

Orlando Sierra había denunciado sus maniobras indecentes varias veces en su columna ‘Punto de encuentro’.

* Directivo de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá

domingo, 12 de julio de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
Sólo vine a hablar por teléfono
Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.
-No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.
Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina del asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que le quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia o el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.
-Están dormidas -murmuró.
María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud de alerta.
-¿Dónde estamos? -le preguntó María.
-Hemos llegado -contestó la mujer.
El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras, alumbradas a penas por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, y que les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.
-¿Habrá un teléfono? -le preguntó María.
-Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.
Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado. “En el camino se secan”, le dijo. La mujer le hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó “Buena suerte”. El autobús arrancó sin darle tiempo de más.
María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: “¡Alto he dicho!”. María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:
-Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.
María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su identificación.
-Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -le dijo María.
Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle de que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención.
-¿Cómo te llamas? -le preguntó.
María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.
-Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -dijo María.
-De acuerdo, maja -le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real-, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.
Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror.
-Por el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muerta que sólo vine a hablar por teléfono.
Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España.
Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Antes de amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.
No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.
Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.
-Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras -le dijo el médico, con voz adormecedora-. No hay mejor remedio que las lágrimas.
María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.
El médico se incorporo con toda la majestad de su rango. “Todavía no, reina”, le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. “Todo se hará a su tiempo”. Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció para siempre.
-Confía en mi -le dijo.
Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del director: agitada.
Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto apartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.
En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María le contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo había ocurrido.
De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podía ser la ciudad sin María. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato.
Sólo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba en realidad, porque en Barcelona sólo lo conocíamos con su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así que esa noche se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella.
Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometio mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. “Hay amores cortos y hay amores largos”, le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: “Este fue corto”. Él se rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes.
María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado vestida y esperando en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.
No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin condiciones. “¿Y ahora hasta cuando?”, le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: “El amor es eterno mientras dura”. Dos años después, seguía siendo eterno.
María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A finales del año anterior habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del jueves, todavía no había dado señales de vida.
El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó por teléfono a casa para preguntar por María. “No sé nada”, dijo Saturno. “Búsquenla en Zaragoza”. Colgó. Una semana después un policía civil fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar donde María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miro para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.
El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por Pascua Florida en Cadaqués, adonde Rosa Regás los habían invitado a navegar a vela. Estábamos en el Marítim, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con sillas de hierro donde sólo cabíamos seis a duras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quién, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de piyama callejero de algodón crudo, y unas albarcas de labrador.
No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de La Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en vez de la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después encontró por casualidad un nombre nuevo y un numero de teléfono escritos por María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló de quién eran. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo: veintidós años, hijo único de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestara aumentaba su martirio.
Al cuarto día le contestó una andaluza que sólo iba a hacer la limpieza. “El señorito se ha ido”, le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí la señorita María.
-Aquí no vive ninguna María -le dijo la mujer-. El señorito es soltero.
-Ya lo sé -le dijo él -. No vive, pero a veces va. ¿O no?
La mujer se encabritó.
-¿Pero quién coño habla ahí?
Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los trasnochadores impenitentes de la gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo hiciera sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María.
A los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad.
La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.
Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que le oyera su vecina de cama:
-¿Dónde estamos?
La voz grave y lúcida de la vecina le contestó:
-En los profundos infiernos.
-Dicen que esta es tierra de moros -dijo otra voz distante que resonó en el ámbito del dormitorio-. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna, se oye a los perros ladrándole a la mar.
Se oyó la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y sólo ella sabía por qué.
Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. “Tendrás todo”, le decía, trémula. “Serás la reina”. Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio.
Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir mas lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.
-Hija de puta -gritó-. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.
El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica. María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora:
-Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos
-¡Maricón! -dijo María.
Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.
-¿Bueno?
Tuvo que esperar a que se le pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la garganta.
-Conejo, vida mía -suspiró.
Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de espanto, y una voz enardecida por los celos escupió la palabra:
-¡Puta! Y colgó en seco.
Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó de puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.
El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.
-Si alguna vez se sabe, te mueres.
Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era en el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación iniciada ese mismo día no había concluido nada. En todo caso, lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.
-Me lo informó la compañía de seguros del coche -dijo.
El director asintió complacido. “No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo”, dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó:
-Lo único cierto es la gravedad de su estado.
Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en uno de sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos.
-Es raro -dijo Saturno-. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.
El medico hizo un ademán de sabio. “Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan”, dijo. “Con todo, es una suerte que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura”. Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.
-Sígale la corriente -dijo.
-Tranquilo, doctor -dijo Saturno con un aire alegre-. Es mi especialidad.
La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina.
-¿Cómo te sientes? -le preguntó él.
-Feliz de que al fin hayas venido, conejo -dijo ella-. Esto ha sido la muerte.
No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.
-Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro -dijo, y suspiró con el alma-: Creo que nunca volveré a ser la misma.
-Ahora todo eso pasó -dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara-. Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más si el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien.
Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los propósitos del médico. “En síntesis”, concluyó, “aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo”. María entendió la verdad.
-¡Por Dios, conejo! -dijo atónita-. No me digas que tú también crees que estoy loca!
-¡Cómo se te ocurre! -dijo él, tratando de reír-. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.
-¡Pero si ya te dije que sólo vine a hablar por teléfono! -dijo María.
Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello de su marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el Mago:
-¡Váyase!
Saturno huyo despavorido.
Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para volar. Entró en la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no sólo se negó a recibir a su marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.
-Es una reacción típica -lo consoló el director-. Ya pasará.
Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.
Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba haberla visto en el Corte Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandrán anaranjado de alguna secta oriental, y en cinta a más no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, hasta un día en que sólo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevó el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer.

viernes, 10 de julio de 2015

Y todo es recuerdo

Crónicas sobre el grupo de Barranquilla’ recoge los episodios inéditos de un conjunto de entrañables amigos entre los que figuraban artistas, periodistas, intelectuales, y escritores
Gabriel García Márquez, en su época de reportero estrella de El Espectador./archivo

Era una especie de club libre con tres principios básicos: amistad, literatura y tertulia. Primero fue una tienda de barrio, de esas donde vendían dentífricos, peinillas, lociones para el pelo y cordones para los zapatos. Se llamaba El Vaivén y la regentaba Eduardo Vilá. Con la rapidez con que evolucionan las cosas en el Caribe colombiano, la tienda dejó de vender menos leche y menos pan, para vender más licor. Se convirtió en un bar, se transformó en La Cueva. Sus habitantes llegaban al caer la noche. Artistas, intelectuales, escritores, periodistas, una casta que se buscó sin buscarse. Leían a William Faulkner, Ernest Hemingway, Albert Camus, Franz Kafka o Virginia Woolf. Algunos de sus miembros: Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor, Orlando Rivera, Alejandro Obregón, Gabriel García Márquez, Julio Mario Santodomingo. Muchos más.

Alfonso Fuenmayor (1915-1994) organizó sus recuerdos y en 1977 publicó un libro al que llamó Crónicas sobre el grupo de Barranquilla. Lo encontré en la pasada feria del libro de Bogotá, en el pabellón Macondo, estaba justamente en la misma vitrina de donde se robaron una de las primeras ediciones de Cien años de soledad. Fuenmayor, escritor, periodista, traductor, intelectual, en 13 crónicas narra los episodios de una época dorada que contribuyó a la obra de grandes hombres. Dedica un buen número de páginas a un maestro, Ramón Vinyes, el viejo catalán que había leído todos los libros, y que de acuerdo con Fuenmayor, llegó a Barranquilla, Colombia, epicentro de La Cueva, huyéndole a la literatura. “El sabio catalán”, nunca pudo escapar de su destino y terminó poniendo una librería en la calurosa ciudad tropical. Allí se adquirían las novedades que lanzaban las editoriales de España, Francia, Italia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos. Fue el fundador de Voces, que de acuerdo con Fuenmayor, era una “revista literaria no superada en Colombia”. Allí por ejemplo, se publicaron los primeros textos en castellano de Apollinaire, de Claudel, etc., y los primeros versos de León de Greiff, que por esa época firmaba como Leo Le Gris. El sabio catalán fue el insumo de los integrantes de La Cueva. García Márquez lo conoció en 1948. Con él hablaba de política, de literatura, y el viejo le aconsejaba qué leer, qué escuchar. Un día Gabito, enfrascado en la lectura de Faulkner empezó a cuestionar al poeta. —¿Y si, después de todo, resulta que el viejo Faulkner no es más que un malditísimo retórico que nos tiene embrujados a todos (...) me gustaría tenerlo en frente para hacerle un montón de preguntas?, dijo el hombre que varias décadas después obtendría el Nobel de Literatura.
Vinyes le respondió: —Descuide usted, Gabito, si Faulkner estuviera en Barranquilla, estaría sentado en esta mesa”. En la parte titulada “Gabito lee a Julio Mario”, Fuenmayor relata el día en que el magnate colombiano Julio Mario Santodomingo, publicó un cuento en la revista Crónica, de la que García Márquez era el jefe de redacción. Con la mirada de un hombre que da a entender que cuando uno va, él ya viene, Julio Mario le entregó las tres cuartillas a Fuenmayor y le dijo: “están en inglés, tienes que traducirlo”. Traducido el texto, Gabito lo lee, volvió a leerlo, y al final dijo: “esto está muy bien”. Y es que Fuenmayor cuestiona el prejuicio ese de que “la afición por la literatura son especímenes de una flora o fauna que únicamente nace y prospera en los modestos estamentos económicos”. De esos que solo creen en “los poetas melenudos y piojosos”.

Hay un capítulo que cuenta sobre la vez que el Papa intentó comprar un cuadro de otro miembro de la cueva: Alejandro Obregón. Ya para entonces, dice Fuenmayor, Obregón había hecho “un aprendizaje fundamental: sabía cobrar”. El sacerdote enviado por el Vaticano pidió una rebaja, y a cambio se ofrecerían 15 mil misas por el alma del artista. Esta fue la respuesta del pintor: “Vea padre, con respecto a la plata no rebajo un centavo. En cuanto a las misas, rebajo las que usted quiera”.

jueves, 9 de julio de 2015

Los demonios de Gabo

Otro privilegio que le debo a la publicidad, más valioso que el oro y el moro de las conquistas: el acceso al conocimiento de los originales inéditos de la última obra de García Márquez, Del amor y otros demonios
Del amor y otros demonios, de Gabriel García Márquez./elpais.com.co

La editorial Caza de Libros, que dirige en Ibagué Pablo Pardo, entre su numerosa cochada de libros para la Feria que se avecina, lanzará El Excelentísimo Gabo y los burros costeños, volumen segundo de la saga o poema-río Los días contados, que él suscrito viene trabajando en 12 volúmenes. El presente tomo de 140 páginas reúne anécdotas relativas a encuentros con el nobel o a escritos sobre su vida y sus obras, a más de picarescos escritos acerca de Cuba y de la costa caribe. Con la venia del periódico presento uno de los textos, que yo llamo Naditaciones, género transgenerista propuesto desde principios del nadaísmo por Gonzalo Arango y Amílcar U:

Otro privilegio que le debo a la publicidad, más valioso que el oro y el moro de las conquistas: el acceso al conocimiento de los originales inéditos de la última obra de García Márquez, Del amor y otros demonios, que con tanto bombo como platillos anuncia el Grupo Editorial Norma a todo el orbe por donde el idioma español se entienda.

Hacerle publicidad al autor más famoso del mundo, y a una de las obras más bellas que se han escrito con teclas sobre la tierra, es misión que si no excede mis fuerzas sí por lo menos me deja muy debilitado. Desde el temblor en las manos al acoger las tiras digitalizadas con el portento, la inmersión sin gafas en su lectura penumbrosa las mismas horas que se requieren para abarcar los cuatro evangelios, el encuentro con ese personaje cenital que es Sierva María de Todos Los Ángeles, doncella mártir de 12 años como Ana Frank, la Lolita de Nabokov y mi veneranda María de las Estrellas, hasta encontrar el concepto de presentación a los cuatro vientos de esta obra de los mil demonios, es haber sido presa de la emoción más trémula que pueda vivir un poeta sin salvavidas en el mar de las comunicaciones.

Con un lenguaje que daría más lustre al Siglo de Oro, palabras de la época de la Santa Inquisición en Cartagena de Indias para dar la impresión de que la obra pudo ser escrita por un testigo atormentado de los sucesos calientes, apoyado en Garcilaso de la Vega para solventar la endecha amorosa, García Márquez ha escrito un libro digno de figurar en el Índice, si esta doliente página de la historia, de las letras y de la Iglesia no hubiera sido doblada.

Un perro muerde con rabia a una niña en una plaza de mercado, la niña es hija de un marqués pero dejada de la mano de Dios al cuidado de los esclavos; en la confusión de la búsqueda de la cura se la considera poseída por el demonio; la Iglesia despliega sus exorcismos; el sacerdote encargado de sacarle del cuerpo al enemigo malo se enciende en una pasión nefanda por la criatura; se filtra por las noches en la prisión del convento para perpetrar con todo lirismo su obsesión enfermiza; es sospechoso de herejía y condenado por el Santo Oficio, pero por gracia especial cumple su castigo como enfermero en el Hospital del Amor de Dios donde se revuelca con los leprosos en un inútil afán expiatorio por contraer el mal, y la niña muere de amor ad portas de la sexta sesión de exorcismos mientras de su cabeza rapada comienzan a crecer los cabellos, que cuando 300 años después el reportero García Márquez es testigo de la apertura de las criptas en el Convento de Santa Clara, es ya una espléndida cabellera de 22 metros con 11 centímetros.
De amor, sería de la única enfermedad que debiera morir la gente. Así sea de un amor tormentoso o de un amor imposible. Ya sabemos por el poeta que no hay ningún amor feliz.

La conclusión de la obra podría ser que, si existe el demonio, lo ha creado la Iglesia, y si existen los endemoniados es porque la Iglesia, a golpes de torturante exorcismo, lo insufla en el alma de los presuntos

lunes, 6 de julio de 2015

45 libros colombianos que hay que tener en la biblioteca (según colombianos)

Hace unas semanas mi jefe, español en sus cincuentas, me pidió que le recomendara los mejores libros de autores colombianos, ojalá descontando a García Márquez, Mutis y Abad Faciolince. A ellos los leen hace muchos años aquí en España y sus ejemplares se consiguen con relativa facilidad
 
Cien años de soledad de Gabriel García Márquez./palabraseca.com
Venía armando una lista preliminar y se me ocurrió, para terminarla, preguntarle a la gente por Facebook y Twitter “cuál es su libro colombiano favorito”. Respondieron cientos –gracias-, coincidí con varios, con uno que otro no tanto y, como era lógico, vine a recordar y a descubrir una buena cantidad de títulos. Entonces pensé que al final la lista le será útil a mi jefe, a mí, a los que participaron y a cualquier desprevenido que pase por este post. Yo seguramente la consultaré la próxima vez que entre a una librería:

Cien años de Soledad  Gabriel García Márquez
Sin Remedio  Antonio Caballero
El Amor en los tiempos del cólera Gabriel García Márquez
Delirio  Laura Restrepo
El olvido que seremos  Héctor Abad Faciolince
La Luz difícil  Tomás González
Los Ejércitos  Evelio Rosero
El desbarrancadero  Fernando Vallejo
Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero  Álvaro Mutis
La Casa Grande  Álvaro Cepeda Samudio
El ruido de las cosas al caer   Juan Gabriel Vásquez
Los días azules  Fernando Vallejo
La Carroza de Bolívar  Evelio Rosero
La ceiba de la memoria   Roberto Burgos
El Karina  Germán Castro Caycedo
El país de la canela  William Ospina
El Flecha icon-play
David Sánchez Juliao
Satanás  Mario Mendoza
Cóndores no entierran todos los días  Gustavo Álvarez Gardeazábal
La tejedora de coronas  Germán Espinosa
La Vorágine  José Eustasio Rivera
La María Jorge Isaacs
Que viva la música! Andrés Caicedo
Flor del fango
  Jose María Vargas Vila
El Alcaraván   German Castro Caycedo
Después empezará la madrugada Fernando Soto Aparicio
Memoria por correspondencia  Emma Reyes
Guerras recicladas  Maria Teresa Ronderos
Donde no te conozcan   Enrique Serrano
Angelitos empantanados Andrés Caicedo
Lo que no tiene nombre Piedad Bonett
Los parientes de Ester Luis Fayad
Un beso de Dick   Fernando Molano Vargas
Desterrados: Crónicas del desarraigo Alfredo Molano
Ancha es Castilla  Eduardo Caballero Calderón
Hijos del tiempo  Raúl Gómez Jattin
Amanecer en el Valle del Sinú  Raúl Gómez Jattin
Ahí les dejo esos fierros  Alfredo Molano
La balada del pajarillo  Germán Espinosa
Tres ataúdes blancos  Antonio Ungar
Espuma y nada más  Hernando Téllez
Chambacú, corral de negros  Manuel Zapata Olivella
El cadáver insepulto  Arturo Alape
Cartas cruzadas  Darío Jaramillo
Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada Juan Rodríguez Freyle
Los impostores  Santiago Gamboa
El Rey Honka Monka Tomás González
Antología Nocturna  Julio Paredes
La otra raya del tigre Pedro Gómez Valderrama
Zoro  Jairo Aníbal Niño
Abraham al humor David Sánchez Juliao
(Ordenada por número de recomendaciones)