domingo, 15 de marzo de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
La otra costilla de la muerte
Sin saber por qué, despertó sobresaltado. Un acre olor a violeta y a formaldehído venía, robusto y ancho, desde la otra habitación a confundirse con el aroma de flores recién abiertas que mandaba el jardín amaneciente. Trató de serenarse, de recobrar ese ánimo que bruscamente había perdido en el sueño. Debía de ser ya la madrugada porque afuera, en el huerto, había empezado a cantar el chorro entre las legumbres y el cielo era azul por la ventana abierta. Repasó la sombría habitación tratando de explicarse aquel despertar brusco, inesperado. Tenía la impresión, la certidumbre física de que alguien había entrado mientras él dormía. Sin embargo estaba solo, y la puerta, cerrada por dentro, no daba muestra alguna de violencia. Sobre el aire de la ventana despertaba un lucero. Quedó quieto un momento como tratando de aflojar la tensión nerviosa que  lo había empujado hacia la superficie del sueño, y cerrando los ojos, bocarriba, empezó a buscar nuevamente el hilo de la serenidad. La sangre, arracimada, se le desgajó en la garganta en tanto que más allá, en el pecho, se le desesperaba el corazón robustamente marcando, marcando un ritmo acentuado y ligero como si viniera de una carrera desbocada. Repasó mentalmente los minutos anteriores. Tal vez tuvo un sueño extraño. Pudo ser una pesadilla. No. No había nada de particular, ningún motivo de sobresalto en “eso”.
Iba en un tren (ahora puedo recordarlo) a través de un paisaje (este sueño lo he tenido frecuentemente) de naturalezas muertas, sembrado de árboles artificiales, falsos, frutecidos de navajas, tijeras y otros diversos (ahora recuerdo que debo hacerme arreglar el cabello) instrumentos de barbería. Este sueño lo había tenido frecuentemente pero nunca le produjo ese sobresalto. Detrás de un árbol estaba su hermano, el otro, su gemelo, el que había sido enterrado aquella tarde, gesticulando (esto me ha sucedido alguna vez en la vida real) para que hiciera detener el tren. Convencido de la inutilidad de su mensaje comenzó a correr detrás del vagón hasta cuando se derrumbó, jadeante, con la boca llena de espuma. Ciertamente era su sueño absurdo, irracional, pero que no motivaba en modo alguno ese despertar desasosegado. Cerró los ojos nuevamente con las sienes golpeadas aún por la corriente de sangre que le subía firme como un puño cerrado. El tren penetró a una geografía árida, estéril, aburrida, y un dolor que sintió en la pierna izquierda le hizo desviar la atención del paisaje. Observó que tenía (no debo seguir usando estos zapatos apretados) un tumor en el dedo central del pie. De manera natural, y como si estuviera acostumbrado a ello, sacó del bolsillo un destornillador con el que extrajo la cabeza del tumor. La depositó cuidadosamente en una cajita azul (¿se ven los colores en el sueño?) y por la cicatriz vio asomarse el extremo de un cordón grasiento y amarillo. Sin alterarse, como si hubiera esperado la presencia de ese cordón, tiró de él lentamente, con cuidadosa exactitud. Fue una cinta larga, larguísima, que surgía espontáneamente, sin molestias ni dolor. Un segundo después levantó la vista y vio que el vagón había sido desocupado y que solo, en otro compartimiento del tren, estaba su hermano vestido de mujer frente a un espejo, tratando de extraerse el ojo izquierdo con unas tijeras.
En efecto, le disgustaba aquel sueño, pero no podía explicarse por qué le alteraba la circulación si las veces anteriores, cuando las pesadillas eran horripilantes, había logrado mantener la serenidad. Sintió las manos frías. El olor a violetas y formaldehído persistía y se tornaba desagradable, casi agresivo. Con los ojos cerrados, tratando de quebrar el tono alzado de la respiración, intentó buscar un tema trivial para hundirse otra vez en el sueño que se había interrumpido minutos antes. Podía pensar, por ejemplo, que dentro de tres horas tengo que ir a la agencia funeraria a cancelar los gastos. En el rincón un grillo trasnochado levantó su cascabel y llenó la habitación con su garganta aguda, cortante. La tensión nerviosa empezó a ceder lenta pero eficazmente y advirtió, otra vez, la flojedad, la laxitud de los músculos; se sintió tumbado sobre la colcha blanda y espesa mientras el cuerpo, liviano, ingrávido, traspasado por una dulce sensación de beatitud y cansancio iba perdiendo conciencia de su propia estructura material, de esa sustancia terrena, pesada, que lo definía, que lo situaba en una zona inconfundible y exacta de la escala zoológica, y soportaba en su difícil arquitectura toda una suma de sistemas, de órganos definidos geométricamente que le elevaban a la arbitraria jerarquía de los animales racionales. Los párpados, dóciles ahora, caían sobre la córnea con la          misma naturalidad con que los brazos y las piernas se confundían en un conjunto de miembros que, lentamente, fueron perdiendo independencia; como si todo el organismo se hubiera revuelto en un solo órgano grande, total, y él -el hombre- hubiera dejado sus raíces mortales para penetrar en otras raíces más hondas y firmes, en las raíces eternas de un sueño integral y definitivo. Oyó que afuera, del otro lado del mundo, el canto del grillo se iba debilitando hasta desaparecer de sus sentidos que se habían vuelto hacia adentro, sumergiéndolo a él en una nueva y descomplicada noción de tiempo y espacio; borrando la presencia de ese mundo material; físico y doloroso, lleno de insectos y de acres olores de violetas y formaldehídos.
Apaciblemente, envuelto en el tibio clima de serenidad codiciada sintió la liviandad de su muerte artificial y diaria. Se hundió en una amable geografía, en un mundo fácil, ideal; un mundo como diseñado por un niño, sin ecuaciones algebraicas, sin despedidas amorosas y sin fuerzas de gravedad.
No podía precisar cuánto tiempo estuvo así, entre esa noble superficie de sueños y realidades; pero sí recordaba que bruscamente, como si le hubiera sido cortada la garganta por una cuchillada, dio un salto en el lecho y sintió que su hermano gemelo, su hermano muerto, estaba sentado al borde de la cama.
Otra vez, como antes, el corazón fue un puño que le vino a la boca y lo empujó a saltar. La luz naciente, el grillo que seguía moliendo la soledad con su organillo destemplado, el aire fresco que subía del universo del jardín, todo contribuyó a hacerlo volver nuevamente al mundo real; pero esta vez podía comprender a qué se debía su sobresalto. Durante los breves minutos de somnolencia y (ahora me doy cuenta), durante toda la noche en que creyó tener un sueño apacible, sencillo, sin pensamientos, su memoria había estado fija en una sola imagen, constante, invariable; en una imagen autónoma que se imponía a su pensamiento a pesar de la voluntad y de la resistencia del pensamiento mismo. Sí. Casi sin que él lo advirtiera “ese” pensamiento se había ido apoderando de él, llenándolo, habitándolo entero, convirtiéndose en un telón de fondo que permanecía fijo detrás de los otros pensamientos, constituyendo el soporte, la vértebra definitiva en el drama mental de su día y de su noche. La idea del cadáver de su hermano gemelo se le había clavado en todo el centro de la vida. Y ahora, cuando ya lo había dejado allá, en su parcela de tierra, con los párpados estremecidos de lluvia, ahora tenía miedo de él.
Nunca creyó que el golpe sería tan fuerte. Por la ventana entreabierta volvió a entrar el olor confundido ya con otro olor a tierra húmeda, a huesos sumergidos, y su olfato le salió al encuentro regocijado, con una tre­menda alegría de hombre bestial. Habían pa­sado ya muchas horas desde el momento en que lo vio retorcerse como un perro malheri­do debajo de las sábanas, aullando, mordiendo ese grito último que le llenaba la garganta de sal; tratando de romper con las uñas el dolor que se le trepaba por la espalda hasta las raíces del tumor. No podía olvidar sus maceteros de animal agonizante, rebelde ante la verdad que se le había parado enfrente, que se había amarrado a su cuerpo con tenacidad, con una constancia imperturbable, definitivamente como la muerte misma. Él lo vio como en los últimos momentos de su ago­nía bárbara. Cuando se rompió las uñas con­tra las paredes, rasguñando ese último peda­zo de vida que se le iba por entre los dedos, que se le desangraba, mientras la gangrena se le metía por el costado como una mujer implacable. Después lo vio tumbarse sobre el lecho revuelto, con un mínimo de cansancio resignado, sudoroso, cuando los dientes llenos de espuma le tiraron al mundo una sonrisa horrible, monstruosa, y la muerte empezó a correrle por los huesos como un río de cenizas.
Fue entonces cuando pensé en el tumor que había dejado de dolerle en el vientre. Lo imaginé redondo (ahora sintió él la misma sensación), hinchado como un sol interior, insoportable como un insecto amarillo que alargaba sus filamentos viciosos hacia el fondo de los intestinos. (Sintió que las vísceras se le desajustaron como ante la inminencia de una necesidad fisiológica.) Tal vez yo tenga alguna vez un tumor como el suyo. Al principio será una esfera pequeña pero creciente que se irá ramificando, agrandándose dentro de mi vientre como un feto. Probablemente lo sienta cuando empiece a moverse, a desplazarse hacia adentro con una furia de niño sonámbulo, transitando por mis intestinos, ciego (se llevó las manos al estómago para contener el dolor agudo), con las manos ansiosas tendidas hacia la sombra, buscando la matriz tibia, el útero hospitalario que no ha de encontrar nunca; en tanto que sus cien patas de animal fantástico se irán enredando en un largo y amarillo cordón umbilical. Sí. Quizás yo (¡el estómago!), como este hermano que acaba de morir, tenga un tumor en la raíz de las vísceras. El olor que había mandado el jardín regresaba ahora fuerte, repugnante, envuelto en una tufarada nauseabunda. El tiempo parecía haberse detenido al borde de la madrugada. Contra el cristal el lucero estaba cuajado, en tanto que la pieza vecina, en donde toda la noche anterior estuvo el cadáver, seguía empujando su fuerte mensaje de formaldehído. Era, ciertamente, un olor distinto al del jardín. Éste era un olor más angustioso, más específico que ese confundido olor de las flores desiguales. Un olor que siempre, después de conocido, relacionó con los cadáveres. Era el olor glacial y exuberante  que le dejó el aldehído fórmico de los anfiteatros. Pensó en el laboratorio. Recordó las vísceras conservadas en alcohol absoluto; en las aves disecadas. A un conejo saturado de formol se le vuelve dura la carne, se deshidrata y pierde su dócil elasticidad hasta convertirse en un conejo perpetuo, eternizado. For­maldehído. ¿De dónde saldrá ese olor? La única manera de contener la podredumbre. Si los hombres tuviéramos formol entre las venas seríamos como las piezas anatómicas sumergidas en alcohol absoluto.
Oyó, allá afuera, el golpeteo de la lluvia creciente que se venía martillando los cristales de la ventana entreabierta. Un aire fresco, regocijado y nuevo entró cargado de humedad. El frío de las manos se intensificó haciéndole sentir la presencia del formol en las arterias; como si la humedad del patio hubiese entrado hasta sus huesos. Humedad. “Allá” hay mucha humedad. Pensó con cierto disgusto en las noches de invierno en que la lluvia traspasará la hierba y la humedad irá a dormir sobre el costado de su hermano, a circularle por el cuerpo como una corriente concreta. Le parecía que los muertos tuvieran necesidad de otro sistema circulatorio que los fuera precipitando hacia otra muerte irremediable y última. En ese momento deseaba que no lloviera más, que el verano fuera una estación eterna y dominante. Por lo que estaba pensando le disgustaba la persistencia de ese tableteo húmedo sobre los cristales. Quería que la arcilla de los cementerios fuera seca, siempre seca, porque lo inquietaba pensar que pasados quince días, cuando la humedad empiece a correrle por el tuétano, ya no habrá otro hombre igual, exactamente igual a él debajo de la tierra.
Sí. Ellos eran dos hermanos gemelos, exactos, que a primera vista nadie podía diferenciar. Antes, cuando estuvieron los dos viviendo sus vidas separadas no eran sino dos hermanos gemelos, simples y apartados como dos hombres diferentes. Espiritualmente no había ningún factor común entre ellos. Pero ahora, cuando la rigidez, la terrible rea­lidad que se le trepaba por la espalda como un animal invertebrado: algo se había disuelto en su atmósfera integral, algo que se pronunciaba como un vacío, como si a su costado se hubiera abierto un precipicio, o como si, bruscamente, le hubiera sido cercenada de un hachazo la mitad de su cuerpo; no de ese cuerpo exacto, anatómico, sometido a una perfecta definición geométrica; no de ese cuerpo físico que ahora sentía miedo, sino de otro cuerpo que venía más allá del suyo, que había estado con él hundido en la noche líquida del vientre materno y se remontaba con él por las ramas de una genealogía antigua; que estuvo con él en la sangre de sus cuatro pares de bisabuelos y vino desde el atrás, desde el principio del mundo, sosteniendo con su peso, con su misteriosa presencia, todo el equilibrio universal. Podía ser que él estuviera con la sangre de Isaac y Rebeca, que fuera su otro hermano el que nació trabado en su calcañal y que vino dando tumbos de generación en generación, noche a noche, de beso en beso, de amor en amor, descendiendo por arterias y testículos hasta llegar, como en un viaje nocturno, a la matriz de su madre reciente. El misterioso itinerario ancestral se le presentaba ahora doloroso y verdadero, ahora que había sido roto el equilibrio y la ecuación resuelta definitivamente. Sabía que algo faltaba a su armonía personal, a su integridad formal y cotidiana: ¡Jacob se había libertado irremediablemente de sus tobillos!
Durante los días en que su hermano estuvo enfermo no tuvo esta sensación porque el rostro demacrado, transfigurado por la fiebre y el dolor, con la barba crecida, se había diferenciado altamente del suyo.
Pero una vez que estuvo inmóvil, tendido sobre su muerte total se llamó a un barbero para que “arreglara” el cadáver. Él estuvo presente, pegado contra el muro, cuando llegó el hombre vestido de blanco y armado con el limpio instrumental de su profesión… Con la precisión de un maestro cubrió de espuma la barba del muerto (la boca espumosa. Así lo vi antes de morir) y, lentamente, como quien va revelando un secreto tremendo, em­pezó a rasurarlo. Fue entonces cuando lo asal­tó “esa” idea horrible. A medida que, al paso de la navaja, iba surgiendo el rostro pálido y terroso del hermano gemelo, él iba sintiendo que aquel cadáver no era una cosa extraña a él, sino que estaba fabricado de su misma sustancia terrena, que era su propia repetición… Sentía la extraña sensación de que sus parientes habían extraído del espejo la imagen suya, la que él veía reflejada en el cristal cuando se afeitaba. Ahora que esa imagen respondía a cada uno de sus movimientos había tomado independencia. Él la había vis­to afeitarse otras veces, todas las mañanas. Pero asistía a la dramática experiencia de que otro hombre estuviera quitándole la barba a la imagen de su espejo, prescindiendo de su propia presencia física. Tuvo la certeza, la seguridad de que si en aquel momento se hu­biera acercado a un cristal lo habría encon­trado en blanco aunque la física no tuviera una explicación exacta para aquel fenómeno. ¡Era la conciencia del desdoblamiento! ¡Su doble era un cadáver! Desesperado, tratando de reaccionar, palpó el muro firme que le subió por el tacto como una corriente de seguridad. El barbero terminó su labor y con la punta de las tijeras cerró los párpados del cadáver. La noche le quedó temblando adentro, en la irrevocable soledad del cuerpo desgajado. Así eran exactos. Dos hermanos idénticos, inquietamente repetidos.
Fue entonces, al observar lo íntimamente ligadas que estaban esas dos naturalezas, cuando se le ocurrió que algo extraordinario, inesperado, iba a acontecer. Imaginó que la separación de los dos cuerpos en el espacio no era más que aparente cuando, en realidad, ambos tenían una naturaleza única, total. Tal vez cuando llegue hasta el muerto la descomposición orgánica, él, el vivo, empiece a podrirse también dentro del mundo animado.
Oyó que la lluvia empezó a gotear con mayor fuerza sobre los cristales y que el grillo reventó su cuerda de repente. Sus manos estaban ahora intensamente frías con una larga frialdad deshumanizada. El olor a formaldehído, acentuado, le hizo pensar en la posibilidad de traerse a la podredumbre que le estaba comunicando su hermano gemelo desde allá, desde su helado hueco de tierra. ¡Eso es absurdo! Tal vez el fenómeno sea inverso: la influencia debía ejercerla él que permanecía con vida, con su energía, con su célula vital. Quizás -en este plano- tanto él como su hermano permanezcan intactos, sosteniendo un equilibrio entre la vida y la muerte para defenderse de la putrefacción. ¿Pero quién podía asegurarlo? ¿No era posible asimismo que el hermano sepultado continuara incorruptible en tanto que la podredumbre invadía al vivo con sus pulpos azules?
Pensó que la última hipótesis era la más probable y se resignó a esperar la llegada de su hora tremenda. La carne se le había puesto suave, adiposa, y creyó sentir que una sustancia azul lo cubría por entero. Olfateó hacia abajo la llegada de sus propios olores corporales, pero sólo el formol de la pieza vecina le agitó las membranas olfativas con un estremecimiento helado, inconfundible. Nada le preocupó después. En su rincón el grillo trató de reiniciar la cantilena mientras una gota gruesa y exacta empezó a colarse por el cielo raso en todo el centro de la habitación. La oyó caer sin sorpresa porque sabía que en ese sitio la madera estaba envejecida, pero se imaginó aquella gota formada por una agua fresca, buena y amiga que venía del cielo, de una vida mejor, más ancha y menos llena de fenómenos idiotas como el amor o como la digestión y la gemelidad. Tal vez esa gota iba a llenar la habitación dentro de una hora o dentro de mil años y a disolver esa armadura mortal, esa sustancia vana que tal vez -¿por qué no?- dentro de breves instantes no sería ya sino una pastosa mezcla de albúmina y de suero. Ahora todo era igual. Entre él y su tumba sólo se interponía su propia muerte. Resignado, oyó la gota, gruesa, pesada, exacta, que golpeaba en el otro mundo, en el mundo equivocado y absurdo de los animales racionales.

viernes, 13 de marzo de 2015

Informe de censura de Cien años de soledad

La obra es AUTORIZABLE. Como novela, muy buena

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad./elmalpensante.com
En 1969, cuando se publicó por primera vez Cien años de soledad en España, todos los libros debían pasar por una oficina de censura. Si hoy en día uno va al Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares, y pide que le dejen ver la caja 66/2529, puede leer en el expediente 1184-69 lo que escribió el (arrebatado) censor franquista sobre la obra máxima de nuestro Nobel.

[…] el autor trata de proporcionar una idea lo más exacta posible de la baja y media sociedad hispanoamericana, concretamente de la sociedad colombiana, con sus infidelidades matrimoniales, sus rencores familiares, sus trapicheos, sus aspiraciones, sus pequeños y ruinosos negocios, su elevada natalidad y mortandad infantil, su hacinamiento doméstico, etc, etc. / Políticamente, la obra no presenta problema ninguno. Ideológicamente, tampoco, porque no defiende tesis sino que describe situaciones. Moralmente, presenta un ambiente en el que predomina la inmoralidad como cosa de todos los días y sin ulteriores preocupaciones éticas, aunque no falten personajes que se planteen problemas de conciencia. Sin embargo, no se incurre en descripciones escabrosas ni inmorales: simplemente se describen situaciones inconvenientes sin aprobarlas ni condenarlas pero produciendo una impresión desfavorable hacia tales situaciones. La obra es AUTORIZABLE. Como novela, muy buena. 

Madrid pondrá el nombre de Gabriel García Márquez a una biblioteca municipal

El Ayuntamiento de Madrid dará el nombre del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, fallecido el pasado 17 de abril, a una de sus bibliotecas municipales y un homenaje en la Feria del Libro que se inicia hoy

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad, sera homenajeado durante la Feria del Libro de Madrid./lainformacion.com
El Pleno del Ayuntamiento ha acordado hoy por unanimidad dar el nombre del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, fallecido el pasado 17 de abril, a una vía, espacio urbano o edificio de titularidad municipal de la ciudad.
En una intervención previa a la votación, el delegado madrileño de Las Artes, Deportes y Turismo, Pedro Corral, ha anunciado que el espacio elegido finalmente es la biblioteca municipal de Orcasur, en el distrito de Usera, al sur de la ciudad, que actualmente está en obras para multiplicar por cinco su superficie y será reabierta a final de año.
Corral ha recordado que Madrid, "capital cultural de una comunidad de 500 millones de hispanohablantes y puente entre Europa y América", quiere "perpetuar" así su "gratitud" a García Márquez por su obra y por "su admiración hacia Madrid".
La concejala socialista Ana García D'Atri, que se ha referido a García Márquez como "el mejor escritor en español del siglo XX" y un "constructor de mundos mágicos", ha opinado que el premio Nobel "merece un lugar en Madrid igual que lo tiene en el corazón de los madrileños. Lo contrario -ha apuntado- seria condenar a Madrid a cien años de soledad".
Por Izquierda Unida, Milagros Hernández ha intervenido para destacar que su obra es hoy "vida, alegría y gozo" y valorar su "marcado compromiso con la revolución cubana", a la que "nunca retiró su apoyo" y "nunca escatimó apoyos a Fidel Castro".
La edil de UPyD Patricia García ha dicho que Madrid rinde así un "justo homenaje" a "un grande entre los grandes", al que ha dicho que personalmente le debe "el inmenso placer de la lectura". 

La Feria del Libro regresa con un homenaje a García Márquez y recuperando 'El Micro'

La 73 edición de la Feria del Libro regresa al Paseo de Coches del parque del Retiro del 30 de mayo al 15 de junio con un homenaje a Gabriel García Márquez con una lectura continuada de 'Cien años de soledad', un homenaje a Quino, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, al cumplirse el 50 aniversario de 'Mafalda', encuentros en torno al centenario de la Primera Guerra Mundial y con la recuperación de 'El Micro'.
Situado frente a la iglesia de San Pascual, en el Paseo de Recoletos, recogió en 1933 las palabras del presidente del Gobierno, Manuel Azaña. Ahora hasta 16 novelistas, poetas, libreros y periodistas contarán con un minuto desde el 31 de mayo y a las 12 horas para escuchar sus palabras, por medio de la megafonía del Paseo de Coches.
El homenaje a García Márquez tendrá lugar el domingo 8 de junio en la caseta 0. Organizado por Penguin Random House, en la lectura participarán personalidades del mundo cultural y todo aquel lector que se quiera sumar. También se habilitará un libro de condolencias, que después se hará llegar a la familia del escritor.
El espacio dedicado a la inmortal Mafalda se centrará en 'Los viernes de Quino', que tendrán lugar en la caseta 0, desde donde distintos dibujantes trasladarán a los asistentes al universo de esta inconformista inmortal. Y también habrá hueco para los 20 aniversario. Es el caso de 'Tranvía a la Malvarrosa', libro en torno al cual conversarán Manuel Vicent, José Luis García Sánchez, Manuel Gutiérrez Aragón y Ángel S. Hanguindet, y de 'Manolito Gafotas'.
La reflexión llegarán, entre otros, de la mano de la literatura social de Javier Díez Moro, autor de 'La asesina que gritó justicia'. Estará acompañado por Rosa María Calaf, Lolo Rico y representantes de PAH-Madrid. Quien tampoco faltará a su cita en el Retiro será la novela negra. A destacar la mesa redonda sobre el 'boom' de los escritores nórdicos.
La feria será el evento también elegido para presentar el libro 'La Real Academia Española. Vida e historia', del académico y director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha, dedicado al tricentenario de la RAE.
El programa incluye dos lecturas de poesía: 'Palabras que son flores que son frutos que son actos', que reunirá a autores mexicanos y españoles en torno a la figura de Octavio Paz, y 'Dos universos poéticos a los 30 años de su muerte', dedicado a Vicente Aleixandre y Jorge Guillén. Además, el primer día de la feria es el elegido para entregar el XVII Premio Alfagura de Novela, que este año ha recaído en Jorge Franco por 'El mundo de afuera'.

Menos casetas, más expositores

En esta edición habrá 364 casetas, "algunas menos que el año pasado", según el director, Teodoro Sacristán, aunque con más expositores, hasta 508, entre los que se encuentran 20 organismos oficiales, 10 distribuidores, 60 libreros especializados, otros tantos generales, 218 editores de Madrid y 134 de fuera de la ciudad.
Por segundo año consecutivo, las bibliotecas municipales colaborarán mano a mano con la Feria del Libro. Así, la Eugenio Trías, en la Casa de Fieras del Retiro, acogerá debates, mesas redondas, y presentación de novedades. En Casa de Vacas, también en el Retiro, el Ayuntamiento ha programado tres lecturas dramatizadas. Una se dedicará a Antonio Machado, la segunda al ambiente de los cafetines madrileños del siglo XIX y la última a Luis Alberto de Cuenca.
Todo ello sin olvidar las tradicionales propuestas para los más pequeños, con talleres y cuentacuentos. Otra opción es el concurso de fotoletras, que propone a los niños dar con letras inesperadas en el parque, como la 'J' en el perfil de una farola o la 'O' en las nubes.
La Feria está patrocinada por el Ayuntamiento, la Comunidad, la Real Casa de Correos y Banco Sabadell. El presupuesto es similar al del año pasado, algo más de un millón de euros, y se presenta este año bajo el lema 'Deletrear el mundo'. El cartel de esta edición es obra del sevillano Santiago Miranda, premio Nacional de Diseño en 1989. Plasma el momento en el que un lector despliega un mapa para orientarse en el viaje de los libros.

La muerte del patriarca

Homenaje. Con García Márquez se ha ido también el boom  narrativo latinoamericano

Gabriel García Márquez, Gabo que estás en los cielos./elpais.com
"Ni siquiera entonces nos atrevimos a creer en su muerte porque era la segunda vez que lo encontraban en aquella oficina, solo y vestido, y muerto al parecer de muerte natural durante el sueño, como estaba anunciado desde hacía muchos años en las aguas premonitorias de los lebrillos de las pitonisas" (El otoño del patriarca, Gabriel García Márquez).

Así fallece el patriarca otoñal de esa novela. Y así —como si se muriera en uno de sus libros— falleció García Márquez: tras varias falsas alarmas, poderoso y remoto, y anunciado su deceso por presagios funestos. La noche del 15 de abril pasado, dos días antes de su muerte, ocurrió un eclipse de luna roja, voceado con alardes de Apocalipsis. Aquella luna sangrienta imitó a sus ficciones, donde los desastres siempre vienen precedidos de malos augurios (¿y qué mayor desastre que la muerte propia, ese apocalipsis personal?).

Quedamos aquí sus lectores. Tal como les ocurre a los asombrados ciudadanos de aquella novela, que entran al palacio vacío y ruinoso para encontrar al patriarca muerto, nosotros, ni siquiera viendo su catafalco escoltado de presidentes, nos atrevimos a creerlo. ¿Se habrá muerto, realmente, García Márquez?

La respuesta es sí y no. Por la negativa se pronuncian sus obras. Pocos escritores recientes, en nuestro idioma, han dejado una obra más viva. Cien años de soledad, releído casi medio siglo después, no envejece. Y la razón es sencilla: ya era viejo ese libro cuando su autor lo escribió. Anacrónico su lenguaje, extemporáneos sus personajes, eternos sus mitos. Sacando bien las cuentas, Cien años de soledad tiene la edad del tiempo, o sea, es atemporal.

Posteriormente, varias generaciones de escritores más jóvenes que nuevos, apurados por matar al patriarca, han querido enterrar ese libro (con su autor, en lo posible). Confieso que yo también lo deseé, ocasionalmente, cuando en aulas o cafés europeos o estadounidenses, algún latinoamericanista experto me salía con la monserga de esta “realidad mágica” que explicaría, sin razonarlos, nuestro atraso y sus utopías. Pero ocurre cada vez menos. Y, en todo caso, ese estereotipo no fue culpa de García Márquez; más bien al contrario, fue consecuencia de su genio. Si sus tres o cuatro novelas magistrales engañan a incautos, que las toman por espejos en lugar de espejismos, es porque él creó con ellas un universo paralelo, donde el tiempo circula en vez de pasar. En ese tiempo viven sus obras, sin recibir lesión apreciable con los años. Y él vive en ellas.

En las calles de nuestra literatura hay hoy más libertad… y también más caos

Pero otras cosas sí han muerto con el patriarca. Con García Márquez ha fallecido, finalmente, el boom narrativo latinoamericano. Una revolución literaria cuya muerte anunciada venía dilatándose tanto, que ya parecía una de esas eternas transiciones a la democracia de nuestros países. Es cierto, quedan Mario Vargas Llosa y Jorge Edwards, plenamente vigentes. Pero ambos evolucionaron, alejándose de las estéticas y las políticas que mantuvieron en los sesenta del siglo pasado. Mientras, García Márquez no evolucionó. Parió su cosmos realista mágico y lo habitó durante el resto de su vida creativa (con pocas excepciones). Igualmente se domicilió en sus ideas: detenido en la arcadia de la revolución cubana, fue fiel a Fidel hasta el ataúd. Cultivó esa anacronía como si fuera otro arcaísmo de su lenguaje. Por esta política y por aquella poética, García Márquez representó como nadie lo que fue el boom. Y por eso este muere con su patriarca.

Comparar la larga agonía del boom con una transición a la democracia, quizás no sea una licencia poética. Bendición para la narrativa latinoamericana, que de pronto apareció en el mapa literario mundial, la revolución del boom acabó —como tantas— prohijando una oligarquía. Lo que ha venido después se parece más a una democracia de masas, donde no hay un puñado de escritores excelsos, sino miles, revueltos. Y cada uno tiene un solo voto, y nadie tiene veto. Y predomina una estética populista, donde pesan menos los méritos literarios de las obras que los pesos —o los euros, o los dólares— de sus ventas. Es una democracia del gusto, además, sin jerarquías claras, sin cánones indudables (como ese que constituyó el boom). Lo dicho: con el patriarca murió un sistema de poder literario. Ahora, en los palacios arruinados de su estética, sus seguidores rutinarios mercadean una demagogia novelesca que ofrece oropeles de color local, en vez del oro real que José Arcadio Buendía buscó en Macondo.

Pero no todo es demagogia en esta narrativa democrática. También escriben quienes aprendieron la lección del patriarca para superarla. Ante la facundia del estilo garcíamarquiano (que voy parodiando, indudablemente sin éxito, en este artículo), algunos autores reaccionaron como Beckett lo hiciera ante el desafío de Joyce: optando por una lengua parca y por una mirada comprimida. Y otros guardaron sus novelas bajo las siete llaves de la pura literatura. Y otros las dejaron correr por pistas globales, que ya no pueden llamarse latinoamericanas. Y otros… En fin, que reina una algarabía narrativa. El patriarca ha muerto y con él su régimen. En las calles de nuestra literatura hay más libertad… y también más caos.

García Márquez conoció esa cumbre y abismo de los grandes artistas: fue mayor que él mismo. Y así se le habrá venido encima la muerte, como al patriarca de su invención: “Que estaba condenado a no conocer la vida sino por el revés, condenado a descifrar las costuras y a corregir los hilos de la trama y los nudos de la urdimbre del gobelino de ilusiones de la realidad”.

Carlos Franz es escritor chileno.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Gabo: sus 88 años sin él

La semana pasada, el 6 de marzo, se celebró el primer cumpleaños de García Márquez sin estar él presente


Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982./elpais.com.co
En Ciudad de México un grupo de personas se reunió en la calle Fuego 144, frente a su casa, y cantaron a todo pulmón las mañanitas. Es la suerte de los mexicanos: tener un lugar donde recordarlo y homenajearlo, donde recogerse un momento en silencio, para pensar en él y en sus libros. Lo que tenemos acá en Colombia, su casa de Cartagena e incluso un apartamento en Bogotá, en el Parque de las Flores, no tiene ese halo de casa habitada y vivida por él que sí se respira en la del DF. La casa de Bogotá, desde que la abandonó a principios de los años ochenta, cuando se exilió para evitar un peligroso arresto en épocas de Turbay Ayala, fue después una residencia muy ocasional, casi de paso. Y la de Cartagena es muy posterior. Nos queda la de Aracataca, claro, pero aún estando en el origen de su obra el propio García Márquez la fue dejando atrás y, salvo en un par de ocasiones especiales, todos dicen que no iba nunca. Yo lo comprendo. Debía de ser difícil enfrentarse con la realidad de su más poderoso fantasma literario. Tampoco Bolaño quiso nunca regresar a México, a pesar de que fue invitado una y otra vez. Siempre decía: “El día que vuelva a México ya no tendré de qué escribir”.
Es raro un mundo sin García Márquez. A pesar de que fue fundamental para mí y de que me ayudó en muchas ocasiones (por un empeño suyo fui diplomático) no podría considerarme su amigo del modo en que lo fueron otros. Pero lo quise mucho y la verdad es que no me acostumbro a su ausencia. Ya sé que llevaba varios años retirado, pero al estar vivo, aún sumergido en la desmemoria, seguía diciendo cosas extraordinarias. Se hará famoso eso que le dijo a Roberto Pombo: “Sé que te quiero mucho, pero no sé por qué”. O lo que le dijo a Héctor Abad, refiriéndose a su casa cartagenera: “No sé de quién sea, pero nosotros sembramos árboles y nos quedamos”.
Uno de los momentos que más me intriga de su vida es su periodo de formación. El enorme carisma que debía tener. Increíble que siendo tan pobre y de un pueblo insignificante como Aracataca haya seducido nada menos que a un aristócrata como Álvaro Cepeda Samudio y a un joven rico y del jet set como Julio Mario Santo Domingo. ¡La crema de la burguesía barranquillera rendida ante un pobre y descamisado de Aracataca que aún no era García Márquez! Algo parecido le pasó en México una década más tarde. Al poco de llegar se hizo amigo íntimo nada menos que de Carlos Fuentes, el novelista más famoso de México, rico, elegante y guapo, políglota, casado con la actriz Rita Macedo, cosmopolita, en fin. Yo que he sido inmigrante y que viví las dificultades de esa situación, he pensado siempre en la irresistible atracción que debía emanar de García Márquez para que las puertas se le abrieran de ese modo, teniendo en principio tanto en contra. Esa fuerza estaba en su pluma, claro. Estas personas tan selectas lo aceptaban y admiraban porque lo habían leído, y sabían que era sólo cuestión de tiempo antes de que ese joven flaco y humilde pasara al comando del pelotón. La suya es una historia humana emocionante y por eso lo sigo extrañando. Ahora todo concluyó y nos queda el mundo sin él pero con sus libros. Un mundo que, por ellos, es mejor del que él encontró al llegar.

La Asamblea General de la ONU rendirá mañana homenaje a Gabriel García Márquez

Homenaje.La Asamblea General de la ONU celebrará mañana, jueves, una sesión en la que rendirá homenaje al Premio Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez, fallecido el pasado mes de abril

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad./lainformacion.com
La conmemoración se realizará a solicitud del Grupo de Amigos del Español en las Naciones Unidas (GAE), constituido el 16 de septiembre de 2013, cuando todos los Estados miembros de habla hispana suscribieron su carta constitutiva.
El español es el idioma oficial de 20 países del mundo, 19 de los cuales son Estados miembros de la ONU. El Instituto Cervantes calcula que más de 495 millones de personas lo hablan y que para 2030 solo el chino superará al español como idioma nativo

La historia detrás de la última foto de Gabo

Hace un año fue tomada una de las fotos más representativas del Nobel. Su autor cuenta cómo la logró

Gabo y su última foto de estudio/Mauricio Ángel./eltiempo.com



Hace un año fue tomada una de las fotos más representativas del Nobel. Su autor cuenta cómo la logró

martes, 10 de marzo de 2015

Una sola obra

Gabriel García Márquez es autor de una sola obra de teatro, un monólogo que es en definitiva la forma primaria de la escena: Diatriba de amor contra un hombre sentado

Gabriel García Márquez en el estreno de El coronel no tiene quien le escriba, del grupo venezolano Rajatabla, en 1989./elcultural.es
No se le recordará a García Márquez por su teatro, sino por su narrativa de dimensiones colosales; pero como a todos los grandes escritores le tentó la escena, aunque no con la intensidad y ambición de Vargas Llosa recientemente rescatado por el Español. Todo gran escritor aspira a algo que escapa del ámbito que le es propio, del don por el que fue agraciado por la naturaleza. Cervantes, desposeído de la hegemonía teatral por el genio de Lope, quería ser poeta y lamentaba estar privado de los dones que no quiso darle el cielo; la reverberación poética también al fondo. De no haber escrito el Quijote, Cervantes sería la gran víctima de Lope, el sacrificado histórico en lo que más amaba: el teatro y la poesía.
Gabriel García Márquez es autor de una sola obra de teatro, un monólogo que es en definitiva la forma primaria de la escena: Diatriba de amor contra un hombre sentado. Se han hecho adaptaciones, más o menos afortunadas, de Cien años de soledad y de Crónica de una muerte anunciada. Pero a cualquiera que conozca el lenguaje de la narrativa de García Márquez y la esencia del lenguaje teatral, se le ocurre que meter Macondo en un escenario es misión casi imposible; aunque pueda parecer que Macondo es un escenario, una invención teatral. Ocurre algo parecido con el Quijote que, independiente del amor explícito al teatro, que en él manifiesta Cervantes, tiene una estructura teatral: el mundo como gran escenario de las peripecias de la vida, una especie de metateatralidad que a veces, en menor grado, pueden detectarse en Macondo: los personajes manifestándose mediante nebulosas referencias de estirpe escénica. Pero así como en las ocho obras de Vargas Llosa hay una idea concreta de teatro, totalmente ajena a sus grandes novelas, en García Márquez no hay una vocación tan definida de dramaturgo, de autor específicamente teatral. Su monólogo Diatriba de amor contra un hombre sentado no presenta complejidades escenográficas: una mujer habla y un hombre escucha. Nada más, pero suficiente para definir el hecho teatral, la simplicidad con la que siempre hemos definido el teatro, el más puro, sin el aparataje escénico que tantas veces lo desvirtúa.

En ocasiones he definido el teatro de Vajtangov y la escuela rusa por él representada como precedente o como afinidad con el realismo mágico. Y en esta tendencia estilística, en esa poética de su narrativa García Máquez es un maestro indiscutible. Macondo como la palabra Rosebud, de Ciudano Kane, es el enigma y, a la vez, la solución de todos los enigmas. De Cien años se hizo Memoria y olvido de Ursula Iguarán, muy celebrada en Hispanoamérica y no vista aquí; un mero apunte de las posibilidades infinitas e imposibles de Macondo. De Crónica de una muerte anunciada, Jorge Alí Triana hizo en 2000 una adaptación que no trascendió demasiado. Posteriormente La Cuadra, de Salvador Távora, le imprimió su carácter ritual, su peso andaluz e iconográfico en un espectáculo que sí trascendió, al menos en España. Si alguien puede conectar con ese realismo mágico, base de casi todo el boom narrativo hispanoamericano, es el realismo mágico andaluz.

La narrativa de García Márquez es la transcripción de la realidad hispanoamericana; lo mágico es la normalidad, su teatralidad. De ahí que García Márquez se defina como un escritor absolutamente realista, un realismo basado en el acto fundacional de la palabra que, sobre la realidad fundante, crea una suprarrealidad mágica.

Los problemas teatrales de los novelistas en general y de García Márquez en particular son la tendencia a la narratividad y a confundir el lenguaje literario con el lenguaje teatral. Los personajes tienden a moverse por impulsos explicativos más que por impulsos dramáticos y dialécticos: la dialéctica escénica. En el libro la palabra les pertenece, pero en el escenario la palabra pertenece a los intérpretes y al director. Yo creo que este es un temor insuperable, incluso del dramaturgo avezado; cuanto más en aquellos que llegan al teatro como expresión colateral. En Diatriba de amor contra un hombre sentado, Gabriel García Márquez halló en 1988 a la colombiana Laura García, médium ideal y soñado para esa mujer que increpa, acusa, recuerda, desvela las zonas oscuras de un marido en apariencia irreprochable.

Años más tarde Gabo, en España, halló otra intérprete ideal para su personaje: una espléndida Ana Belen llena de amor, dolor, cinismo y rencores. Un torrente de agravios y de insultos. Todo cambia y se resquebraja desde el primer momento del amor; todo se convierte en cenizas. No es una rebeldía, sino una relación de hechos; es un quejido y, a veces, un regüeldo. Agravios. Y amor. Dice al final la mujer en su Diatriba: “a pesar de todo esto que te he dicho, cabrón, quiero decirte que te amo”.

Literatura que alimenta en la librería Casa Tomada

En este lugar hacen realidad las recetas de los libros. El próximo sábado: Gabo

El encuentro de literatura y gastronomía se realiza los últimos sábados de cada mes./eltiempo.com
Es casi la 1 p. m. y el ruidoso timbre de la librería Casa Tomada comienza a sonar con más frecuencia. Es el último sábado del mes y el lugar se prepara para brindar un almuerzo inspirado en una obra literaria.
El olor dulce de lo que parece un postre recién hecho se cuela por entre los estantes repletos de libros y despierta el apetito de los asistentes, que degustarán unas torrejas en almíbar perfumano con anís y limón, como las que Leonardo Padura consignó en las páginas de La neblina del ayer. En otra sesión, fue el Champán rosado y aceitunas en romero, el aperitivo en La cena, de Herman Koch.
Algunos llegaron allí gracias a otro arte, la música:“Soy cantante lírico y venía haciendo charlas sobre ópera y comida; de ahí nació la idea”, cuenta Leandro Carvajal, el ‘chef lector’ de la librería y encargado de preparar el almuerzo cada mes.
La frecuencia del evento responde a la idea de darles a los visitantes el tiempo de leer los textos. “Creemos que un mes es suficiente para que lean los libros. Además, es una nueva forma de leer, porque se busca la gastronomía en el texto”, comenta Ana María Aragón, dueña de la librería.
“La primera vez que lo hicimos fue muy experimental; el tema fue Marcel Proust, no un libro, sino toda su obra”, recuerda Carvajal, quien además confiesa que nunca hace una prueba de los menús, sino que arriesga todo en la versión final.
En esa ocasión se sentaron a la mesa con un banquete francés frente a ellos, pero, una vez allí, se dieron cuenta de que no tenían a nadie que hablara de Proust, así que el siguiente paso fue tener siempre a un personaje que hilara el encuentro alrededor de la literatura.
Para el segundo encuentro escogieron la novela mexicana Como agua para chocolate, de Laura Esquivel, y aunque estaban listo, se ‘enfrentaron’ a dos expertas inesperadas. “Vinieron dos mexicanas, que, para mi sorpresa, eran de la zona de donde hice el mole. Estaba nervioso y ellas bromeaban con evaluarme; afortunadamente salieron encantadas”, cuenta Carvajal.
El encuentro ha mejorado tanto con cada edición que ahora también realizan una charla netamente literaria en el ático de la casa.
“El invitado no tiene que ser especialista en el tema; a veces son personas aficionadas que terminan hablando de la obra con tanta pasión que parecen expertas”, confiesa Aragón.
Sin embargo, cuando la actividad se hace con expertos, es difícil decidir si se asiste por la obra, por la comida o por el invitado. Por ejemplo, el próximo sábado 31 de mayo, el encuentro se hará alrededor de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y a la mesa se sentará Conrado Zuluaga, uno de los principales biógrafos del Nobel colombiano.
“El filtro de este evento no es que las novelas hablen de comida, sino que sean muy buenas obras literarias”, aclara Aragón, quien además diseña la programación de todo el año desde el mes de enero.
Próximas fechas
31 de mayo: Cien años de soledad, Gabriel García Marquez.
28 de junio: El festín de Babette, Isak Dinesen.
26 de julio: El gourmet solitario, Jiro Taniguchi.
30 de agosto: La cena de los infieles, Beryl Bainbriedge
27 de septiembre: La espuma de los días, de Boris Viam.
25 de octubre: Diario de invierno, Paul Auster.
29 de noviembre: El patio de los vientos perdidos, Roberto Burgos Cantor.
20 de diciembre: Doña flor y sus dos maridos, Jorge Amado.
¿Dónde Y cuándo?
Librería Casa Tomada. Transversal 19 bis n.° 45D-23, Bogotá. Teléfono: 245– 1655. Valor: 50.000 pesos.

lunes, 9 de marzo de 2015

La Luna sobre Macondo

Lunada Literaria

Los invitamos a participar de la Lunada Literaria, homenaje a nuestro Nobel Gabriel García Márquez 

Viernes 23 de mayo
5:00 p.m.
Aula Múltiple

García Márquez: torneos entre el cuento fantástico y la magia

Homenaje. A un mes de la muerte del Nobel colombiano, Gabriel García Márquez, Pablo De Santis analiza su impacto en la literatura argentina

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad./revista Ñ.
El impacto de Cien años de soledad sobre los lectores argentinos ha sido contundente y prolongado; el de la obra de García Márquez sobre nuestra literatura fue débil y breve.
Dos rasgos de la literatura argentina sirvieron de muralla frente al realismo mágico. El primero: nuestra literatura siempre fue urbana. Los ejemplos de narraciones ambientadas fuera de las grandes ciudades son excepciones y desvíos. El segundo es el dominio que la literatura fantástica ha ejercido sobre nuestra tradición literaria. En el realismo mágico los prodigios se suceden y nadie se sorprende. Lo sobrenatural no es único, sino plural.
En la literatura fantástica (como ocurre en los cuentos de Borges, de Bioy Casares o de Cortázar) hay un mundo real cuyas reglas son interrumpidas por un hecho imposible (un aleph, ese punto donde están todos los puntos del universo, un libro de páginas infinitas, un viaje en el tiempo, un fantasma). Y ese hecho es único, y se convierte para los personajes en interrogante y obsesión. En el realismo mágico, los personajes conviven con la maravilla. El lector de García Márquez conoce la sorpresa; los habitantes de Macondo, no. El cuento fantástico, en cambio, es terreno del asombro. Por otra parte el realismo mágico, al presentar una “fantasía de izquierda” (digamos: “mariposas amarillas más revolución”) chocaba con la tradición argentina, donde la izquierda defendió siempre el realismo, mientras que los escritores de literatura fantástica rechazaban el marxismo (aunque no tanto como al peronismo). Julio Cortázar es la excepción, pero sólo a primera vista: en los años sesenta su compromiso político creció en la medida en que disminuyó su amor por lo fantástico.
Ha habido escritores que en algún momento de su obra se han acercado a García Márquez, pero son casos singulares y esporádicos. En 1974 Eduardo Belgrano Rawson publicó No se turbe vuestro corazón , su primera novela. (Aparecía en la portada la foto de un militar con recios bigotes: el modelo era Alberto Laiseca). Era una epopeya en la que se mezclaban la historia y la aventura; y lo que se contaba era menos un destino individual que la suerte de una región. Ya en su siguiente libro, El náufrago de las estrellas (1979), Belgrano Rawson se alejó por completo de esta influencia y encontró una voz absolutamente personal y un territorio, la Patagonia, al que luego dedicaría otra gran novela: Fuegia .
Una obra mucho más afín con el mundo de García Marquez es la de María Granata, en cuyas páginas abundan los fantasmas y los prodigios. En el pueblo donde transcurre Los viernes de la eternidad se cruzan vivos y muertos. Esta novela ganó el premio Emecé en 1970 y fue llevada al cine por Héctor Olivera en 1981.
Daniel Moyano toma el lado más político del realismo mágico en tres de sus novelas: El trino del diablo (1974), El vuelo del tigre (1981) y Tres golpes de timbal (1989). Lo fantástico ya se convierte en absurdo, y por ese camino se llega a la alegoría. La tradición de la literatura fantástica siempre exigió un héroe individual; Moyano se aleja de este rasgo de lo fantástico para poner en el centro de la escena a un pueblo entero en busca de supervivencia. Sus novelas, sin embargo, no llegan a la excelencia de sus cuentos (como Los mil días , Una partida de tenis o a rtista de variedades ), que son un tesoro escondido de la literatura argentina. En muchos de ellos Moyano evoca su infancia, los largos años en los que fue enviado de la casa de un tío a la casa de otro. En algunos relatos estas familias provisorias aparecen como un refugio; en otros como una maldición. Siempre está en el centro la figura de un tío o abuelo de perfil legendario.
La obra de García Márquez ha tenido mayor efecto en las formas de leer que en las formas de escribir. Ha servido para que descubramos que puede existir una gran literatura fuera del ámbito urbano. En la literatura argentina el campo apareció casi siempre desde la óptica de la ciudad: tanto el narrador de Don Segundo Sombra , de Ricardo Güiraldes, como el de Los galgos, los galgos , de Sara Gallardo, son hombres de la ciudad, que buscan lejos de su casa el paraíso perdido. El boom de la literatura latinoamericana preparó a los lectores para la obra de Héctor Tizón –que evocó en sus novelas y cuentos el norte argentino– o Haroldo Conti, que llevó su literatura hacia el Delta en su primera novela, Sudeste .
La obra de García Márquez pesó sobre todo en la última novela de Conti, Mascaró, el cazador americano (1975), cuyos protagonistas son los integrantes de un circo. Como en la obra de Moyano, en la de Conti los elementos fantásticos o al menos insólitos toman el camino de la alegoría política. Tampoco encontramos aquí un protagonista individual sino que son los artistas de un circo, ese pueblo errante, el héroe colectivo de la historia.
En una reciente columna en The New York Times en la cual reconoce su profunda deuda con Gabriel García Márquez, Salman Rushdie escribe: “El problema con el término ‘realismo mágico’ es que cuando las personas lo dicen o lo escuchan, solamente están escuchando o diciendo mitad de la frase: ‘mágico’ sin prestar atención a ‘realismo’. Si el realismo mágico sólo fuera mágico no sería importante. Sería una escritura caprichosa donde cualquier cosa puede pasar porque no tiene efecto. Es porque tiene raíces en lo real, porque crece de lo real y lo ilumina de maneras bellas e inesperadas, que funciona”.
Lo que encontró Rushdie en Macondo es un reflejo de su realidad cotidiana en India y Pakistán. “Su mundo era el mío, traducido al castellano”, escribe Rushdie; su gran novela de 1980 –“Hijos de la medianoche”– abraza los métodos de García Márquez abiertamente: eventos fantásticos (todos los niños nacidos precisamente a la medianoche del 15 de agosto de 1947 –la fecha de independencia de la India– tienen poderes telepáticos entre ellos) sirven como base de una narrativa histórica que reflexiona sobre las profundas realidades de su país. Rushdie seguiría utilizando el realismo mágico en todas sus novelas, incluyendo “Los versos satánicos”, la cual le valió una condena de muerte, por blasfemia, del Ayatollah Khomeini. Hoy Rushdie reconoce a Gabo como “el más grandioso de todos nosotros” pero en 1989 intentaba, como el apóstol Pedro, negar a su maestro. En una entrevista en BOMB Magazine dijo entonces: “No veo muchas similitudes entre mi obra y la de García Márquez. Cuando escribí mi primera novela, ni siquiera lo había leído... Yo me considero un escritor urbano”.
Los años, sin embargo, parecen haberle apaciguado la angustia de las influencias y hoy puede decir las cosas como son.

domingo, 8 de marzo de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
Monólogo de Isabel viendo llover sobre Macondo
El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar un broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: “Es viento de agua”. Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas. Durante el resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al pasamano, alegre de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora de almuerzo: “Cuando llueve en mayo es señal de que habrá buenas aguas”. Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva estación, mi madrastra me dijo: “Eso lo oíste en el sermón”. Y mi padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin dormir, como para creer que soñaba despierto.
Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una substancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. “Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra”, dijo mi madrastra. Y yo noté que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. “Creo que sí —dije—. Será mejor que los guajiros las pongan en e corredor mientras escampa”. Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como árbol inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: “Debe ser que anoche dormí mal, porque me he amanecido doliendo el espinazo”. Y estuvo allí, sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia el jardín vacío. Solo al atardecer, después que se negó a almorzar dijo: “Es como si no fuera a escampar nunca”. Y yo me acordé de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me acordé de las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una agobiadora tristeza.
Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: “Es aburridora esta lluvia”. Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la lluvia. “Aburridora no —dije. Lo que me parece es demasiado triste es el jardín vacío y esos pobre árboles que no pueden quitarse del patio”. Entonces me volvía mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una voz que me decía: “Por lo visto no piensa escampar nunca”, y cuando miré hacia la voz, sólo encontré la silla vacía.
El martes amaneció una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con palos y ladrillos, Pero la vaca permaneció imperturbable en el jardín, dura, inviolables, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acostaron hasta cuando la paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: “Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como vino”.
Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortajada en el corazón. El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de los zapatos, No se sabía qué era más desagradable, si la piel al descubierto o el contacto con la ropa en la piel. En la casa había cesado toda actividad. Nos sentamos en el corredor, pero ya no contemplábamos la lluvia como el primer día. Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida. Yo sabía que era martes y me acordaba de las mellizas de San Jerónimo, de las niñas ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces. Por encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de las mellizas ciega y las imaginaba en su casa, acuclilladas, aguardando a que cesara la lluvia para salir a cantar. Aquel día no llegarían las mellizas de San Jerónimo, pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el corredor después de la siesta, pidiendo como todos los martes, la eterna ramita de toronjil.
Ese día perdimos el orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar. Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Solo la vaca se movió en la tarde- De pronto, un profundo rumor sacudió sus entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y digna ceremonia de total derrumbamiento. “Hasta ahí llegó”, dijo alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la ramita de toronjil. Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese ambiente sobrecogedor si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La casa estaba en desorden; los guajiros, sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecunda por la repugnante flora de la humedad y de las tinieblas. Yo estaba en la sala contemplando el desierto espectáculo de los mueble amontonados cuando oí la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una pulmonía. Solo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba en los tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa superficie de agua viscosa y muerta.
Al mediodía del miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes, rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente llegaba, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos. Hechos ocurridos el domingo, cuando todavía la lluvia era el anuncio de una estación providencial, tardaron dos días en conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron las noticias, como empujadas por el propio dinamismo interior de la tormenta. Se supo entonces que la iglesia estaba inundada y se esperaba su derrumbamiento. Alguien que no tenía por qué saberlo, dijo esa noche: “El tren no puede pasar el puente desde el lunes. Parece que el río se llevó los rieles”. Y se supo que una mujer enferma había desaparecido de su lecho y había sido encontrada esa tarde flotando en el patio.
Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios pensamientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor. “Ahora tenemos que rezar”, dijo. Y yo vi su rostros seco y agrietado, como si acabara de abandonar una sepultura o como si estuviera fabricada en una substancia distinta de la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: “Ahora tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio”. Tal vez había dormido un poco esa noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el de los cuerpos en descomposición. Sacudía con fuerza a Martín, que roncaba a mi lado. “¿No lo sientes?”, le dije. Y él dijo “¿Qué?” Y yo dije: “El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles”. Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: “Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones”.
Al amanecer del jueves cesaron los olores, se perdió el sentido de las distancias. La noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desapareció por completo. Entonces no hubo jueves. Lo que debía ser lo fue una cosa física y gelatinosa que había podido apartarse con las manos para asomarse al viernes. Allí no había hombres ni mujeres. Mi madrastra, mi padre, los guajiros eran cuerpos adiposos e improbables que se movían en el tremedal del invierno. Mi padre me dijo: “No se mueva de aquí hasta cuando no le diga lo qué se hace”, y su voz era lejana e indirecta y no parecía percibirse con los oídos sino con el tacto, que era el único sentido que permanecía en actividad.
Pero mi padre no volvió: se extravió en el tiempo. Así que cuando llegó la noche llamé a mi madrastra para decirle que me acompañara al dormitorio. Tuve un sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche- Al día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi consciencia no había despertado por completo. Entonces oí el pito del tren. El pito prolongado y triste del tren fugándose de la tormenta. “Debe haber escampado en alguna parte”, pensé, y una voz a mis espaldas pareció responder a mi pensamiento: “Dónde...”, dijo. “¿quién esta ahí?”, dije yo, mirando. Y vi a mi madrastra con un brazo largo y escuálido extendido hacia la pared. “Soy yo”, dijo Y yo le dije: “¿Los oyes?” Y ella dijo que sí, que tal vez habría escampado en los alrededores y habían reparado las líneas. Luego me entregó una bandeja con el desayuno humeante. Aquello olía a salsa de ajo y manteca hervida. Era un plato de sopa. Desconcertada le pregunté a mi madrastra por la hora. Y ella, calmadamente, con una voz que sabía a postrada resignación, dijo: “Deben ser las dos y media, más o menos. El tren no lleva retraso después de todo”. Yo dije: “¡Las dos y media! ¡Cómo hice para dormir tanto!” Y ella dijo: “No has dormido mucho. A lo sumo serían las tres”. Y yo, temblando, sintiendo resbalar el plato entre mis manos: “Las dos y media del viernes...”, dije. Y ella, monstruosamente tranquila: “Las dos y media del jueves, hija. Todavía las dos y media del jueves”.
No sé cuanto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Solo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: “Ahora puedes rodar la cama para ese lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí el ruido de los ladrillos en el agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso, Sentí el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas. Y súbitamente sentí el corazón convertido en una piedra helada. “estoy muerta —pensé—. Dios. Estoy muerta”. Di un salto de la cama. Grite: “¡Ada, Ada!” La voz desabrida de martín me respondió desde el otro lado: “No pueden oírte porque ya están fuera”. Solo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte. Después se oyeron pisadas en el corredor. Se oyó una voz clara y completamente viva. Luego un vientecito fresco sacudió la hoja de la puerta, hizo crujir la cerradura, y un cuerpo sólido y momentáneo, como una fruta madura, cayó profundamente en la alberca del patio. Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad.
“Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado”.