lunes, 17 de noviembre de 2014

Punto final a un incidente ingrato

 Gabo que estás en los cielos



El Tiempo abre su página web con un gigantesco ¡Gabo, inmortal!, lo proclama "genio de la literatura" y anuncia para este fin de semana una apoteósica edición sobre nuestro Nobel


La portada hipócrita de El Tiempo.



Gabriel García Márquez es protegido por la Fuerza Disponible/cromos.com.co

Gabriel García Márquez firma autógrafos de sus fans colombianas/cromos.com.co


La vispera de su salida intempestiva hacia México./cromos.com.co

Cuando se refugió en la embajada de México en Bogotá, en 1981, por acusarlo de que estaba envuelto con el grupo guerrillero M19./cromos.com.co

La salida intempestiva hacia México, después del incidente donde El Tiempo tuvo TODO que ver./cromos.com.co

Me pregunto si será parte del homenaje pedirle excusas extemporáneas a Gabriel García Márquez. En 1981, en sus páginas editoriales y con seudónimo (ni siquiera tuvieron la hombría de usar el nombre propio), el periódico le hizo unas acusaciones tan graves que unas horas después García Márquez y su esposa tuvieron que pedir asilo político en la Embajada de México. No tienen que creerme porque yo lo diga; lean aquí abajo la columna que García Márquez publicó en El País de Madrid el miércoles 8 de abril de 1981 y verán que no exagero. La pieza no sólo es un soberbio trozo de gran literatura; también pudiera darle algunas ideas a tantos periodistas que desde ayer no han hecho más que repetir pendejadas.

Punto final a un incidente ingrato

Por Gabriel García Márquez

Nunca, desde que tengo memoria, he dado las gracias por un elogio escrito ni me he contrariado por una injuria de prensa. Es justo, cuando uno se expone a la contemplación pública a través de sus libros y sus actos, como yo lo he hecho, que los lectores puedan disfrutar del privilegio de decir lo que piensan, aunque sean pensamientos infames. Por eso renuncié hace mucho tiempo al derecho de réplica y rectificación --que debía considerarse como uno de los derechos humanos-- y, desde entonces, en ningún caso y ni una sola vez en ninguna parte del mundo he respondido a ninguno de los tantos agravios que se me han hecho, y de un modo especial en Colombia. Me veo obligado a permitirme ahora una sola excepción, para comentar los dos argumentos únicos con que el Gobierno ha querido explicar mi intempestiva salida de Colombia la semana pasada. Distintos funcionarios, en todos los tonos y en todas las formas, han coincidido en dos cargos concretos. El primero es que me fui de Colombia para darle una mayor resonancia publicitaria a mi próximo libro. El segundo es que lo hice en apoyo de una campaña internacional para desprestigiar al país. Ambas acusaciones son tan frívolas, además de contradictorias, que uno se pregunta escandalizado si de veras habrá alguien con dos dedos de frente en el timón de nuestros destinos.
La única desdicha grande que he conocido en mi vida es el asedio de la publicidad. Esto, al contrario de lo que creo merecer, me ha condenado a vivir como un fugitivo. No asisto nunca a actos públicos ni a reuniones multitudinarias, no he dictado nunca una conferencia, no he participado ni pienso participar jamás en el lanzamiento de un libro, les tengo tanto miedo a los micrófonos y a las cámaras de televisión como a los aviones, y a los periodistas les consta que cuando concedo una entrevista es porque respeto tanto su oficio que no tengo corazón para decirles que no.

Esta determinación de no convertirme en un espectáculo público me ha permitido conquistar la única gloria que no tiene precio: la preservación de mi vida privada. A toda hora, en cualquier parte del mundo, mientras la fantasía pública me atribuye compromisos fabulosos, estoy siempre en el único ambiente en que me siento ser yo mismo: con un grupo de amigos. Mi mérito mayor no es haber escrito mis libros, sino haber defendido mi tiempo para ayudar a Mercedes a criar bien a nuestros hijos. Mi mayor satisfacción no es haber ganado tantos y tan maravillosos amigos nuevos, sino haber conservado, contra los vientos más bravos, el afecto de los más antiguos. Nunca he faltado a un compromiso, ni he revelado un secreto que me fuera confiado para guardar, ni me he ganado un centavo que no sea con la máquina de escribir. Tengo convicciones políticas claras y firmes, sustentadas, por encima de todo, en mi propio sentido de la realidad, y siempre las he dicho en público para que pueda oírlas el que las quiera oír. He pasado por casi todo en el mundo. Desde ser arrestado y escupido por la policía francesa, que me confundió con un rebelde argelino, hasta quedarme encerrado con el papa Juan Pablo II en su biblioteca privada, porque él mismo no lograba girar la llave en la cerradura. Desde haber comido las sobras de un cajón de basuras en París, hasta dormir en la cama romana donde murió el rey don Alfonso XIII. Pero nunca, ni en las verdes ni en las maduras, me he permitido la soberbia de olvidar que no soy nadie más que uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca. De esa lealtad a mi origen se deriva todo lo demás: mi condición humana, mi suerte literaria y mi honradez política.

He dicho alguna vez que todo honor se paga, que toda subvención compromete y que toda invitación se queda debiendo. Por eso he sido siempre tan cuidadoso en mi vida social. Nunca he aceptado más almuerzos que los de mis amigos probados. Hace muchos años, cuando era crítico de cine y estaba sometido a la presión de los exhibidores, conservaba siempre el pase de favor para demostrar que no había sido usado, y pagaba la entrada. No acepto invitaciones de viajes con gastos pagados.

El boleto de nuestro vuelo a México de la semana pasada --a pesar de la gentil resistencia de la embajadora de aquel país en Colombia-- lo compramos con nuestro dinero. Pocos días antes, sin consultarlo conmigo, un amigo servicial le había pedido al alcalde de Bogotá que hiciera cambiar el horario del racionamiento eléctrico en mi casa, pues coincidía con mi tiempo de trabajo, y tengo un estudio sin luz natural y una máquina de escribir eléctrica. El alcalde le contestó, con toda la razón, que Balzac era mejor escritor que yo y, sin embargo, escribía con velas. Al amigo que me lo contó indignado le repliqué que el señor alcalde cumplió con su deber, y que contestó lo que debía contestar.

La gente que me conoce sabe que esta es mi personalidad real, más allá de la leyenda y la perfidia, y que si quedé mal hecho de fábrica ya es demasiado tarde para volverme a hacer nuevo. De modo que no, ilustres oligarcas de pacotilla: nadie se construye una vida así, con las puras uñas, y con tanto rigor minuto a minuto, para salir de pronto con el chorro de babas de asilarse y exiliarse sólo para vender un millón de libros, que además ya estaban vendidos.

El segundo cargo, que me fui de Colombia con el único propósito de desprestigiar al país, es todavía menos consistente. Pero tiene el mérito de ser una creación personal del presidente de la República, aturdido por la imagen cada vez más deplorable de su Gobierno en el exterior. Lo malo es que me lo haya atribuido a mí, pues tengo la buena suerte de disponer de dos argumentos para sacarlo de su error.

El primero es muy simple, pero quiero suplicar que lo lean con la mayor atención, porque puede resultar sorprendente. Es este: en ninguna de mis ya incontables entrevistas a través del mundo entero --hasta ahora-- no había hecho nunca ninguna declaración sobre la situación interna de Colombia, ni había escrito una palabra que pudiera ser utilizada contra ella. Era una norma moral que me había impuesto desde que tuve conciencia del poder indeseable que tenía entre manos, y logré mantenerla, contra viento y marea, durante casi treinta años de vida errante. Cada vez que quise hacer un comentario sobre la situación interna de Colombia lo vine a hacer dentro de ella o a través de nuestra prensa. El que tenga una evidencia contra esta afirmación le suplico que la haga conocer de inmediato, de un modo serio e inequívoco y con pruebas terminantes. Pues también suplico a mis lectores que si esas pruebas no aparecen, o no son convincentes, lo consideren y proclamen desde ahora y para siempre como un reconocimiento público de mi razón.

El segundo argumento es todavía más simple, y no ha dependido tanto de mí como de la fatalidad. Es este: tengo el inmenso honor de haberle dado más prestigio a mi país en el mundo entero que ningún otro colombiano en toda su historia, aun los más ilustres, y sin excluir, uno por uno, a todos los presidentes sucesivos de la República. De modo que cualquier daño que le pueda hacer mi forzosa decisión lo habría derrotado yo mismo de antemano, y también a mucha honra.

En realidad, el Gobierno se ha atrincherado en esas dos acusaciones pueriles, porque en el fondo sabe que mi sentido de la responsabilidad me impedirá revelar los nombres de quienes me previnieron a tiempo. Sé que la trampa estaba puesta y que mi condición de escritor no me iba a servir de nada, porque se trataba precisamente de demostrar que para las fuerzas de represión de Colombia no hay valores intocables. O como dijo el general Camacho cuando apresaron a Luis Vidales: «Aquí no hay poeta que valga». Mauro Huertas Rengifo, presidente de la Asamblea del Tolima, declaró a los periodistas y se publicó en el mundo entero que el Ejército me buscaba desde hacía diez días para interrogarme sobre supuestos vínculos con el M-19. El único comentario que conozco sobre esa declaración lo hizo un alto funcionario en privado: «Es un loquito». En cambio, el primer guerrillero que se declaró entrenado en Cuba provocó, de inmediato, la ruptura de relaciones con ese país. Pero hay algo no menos inquietante: a la medianoche del miércoles pasado, cuando mi esposa y yo teníamos más de seis horas de estar en la Embajada de México en Bogotá, el Gobierno colombiano fue informado de nuestra decisión, y de un modo oficial, a través del secretario general de la cancillería colombiana, el coronel Julio Londoño. A la mañana siguiente, cuando la noticia se divulgó contra nuestra voluntad, los periodistas de radio entrevistaron por teléfono al canciller Lemos Simonds y éste no sabía nada. Es decir: casi ocho horas después aún no había sido informado por su subalterno. El ministro de Gobierno, aún más despalomado, llegó hasta el extremo de desmentir la noticia. La verdad es que las voces de que me iban a arrestar eran de dominio público en Bogotá desde hacía varios días y --al contrario de los esposos cornudos-- no fui el último en conocerlas. Alguien me dijo: «No hay mejor servicio de inteligencia que la amistad». Pero lo que me convenció por fin de que no era un simple rumor de altiplano fue que el martes 24 de marzo, en la noche, después de una cena en el palacio presidencial, un alto oficial del Ejército la comentó con más detalles. Entre otras cosas dijo: «El general Forero Delgadillo tendrá el gusto de ver a García Márquez en su oficina, pues tiene algunas preguntas que hacerle en relación con el M-19». En otra reunión diferente, esa misma noche, se comentó como una evidencia comprometedora un viaje que Mercedes y yo hicimos de Bogotá a La Habana, con escala en Panamá, del 28 de enero al 11 de febrero. El viaje fue cierto y público, como los tres o cuatro que hacemos todos los años a Cuba, y el motivo fue una reunión de escritores en la Casa de las Américas, a la cual asistieron también otros colombianos. Aunque sólo hubiera sido por la suposición escandalosa de que ese viaje tuvo alguna relación con el posterior desembarco de guerrilleros, habría tomado precauciones para no dejarme manosear por los militares. Pero hay más, y estoy seguro de que el tiempo lo irá sacando a flote.

La forma en que la prensa oficial ha tratado el incidente está ya sacando algunas, y más de lo que parece.

Ha habido de todo para escoger. Jaime Soto --a quien siempre tuve como un buen periodista y un viejo amigo a quien no veo hace muchos años-- explicó mi viaje en la forma más boba: «El que la debe la teme». Sin embargo, el comentario más revelador se publicó en la página editorial de El Tiempo, el domingo pasado firmado con el seudónimo de Ayatolá. No sé a ciencia cierta quién es, pero el estilo y la concepción de su nota lo delatan como un retrasado mental que carece por completo del sentido de las palabras, que deshonra el oficio más noble del mundo con su lógica de oligofrénico, que revela una absoluta falta de compasión por el pellejo ajeno y razona como alguien que no tiene ni la menor idea de cuán arduo y comprometedor es el trabajo de hacerse hombre.

A pesar de su propósito criminal, es una nota importante, pues en ella aparece por primera vez, en una tribuna respetable de la prensa oficial, la pretensión de establecer una relación precisa, incluso cronológica, entre mi reciente viaje a La Habana y el desembarco guerrillero en el sur de Colombia. Es el mismo cargo que los militares pretendían hacerme, el mismo que me dio la mayoría de mis informantes, y del cual yo no había hablado hasta entonces en mis numerosas declaraciones de estos días. Es una acusación formal. La que el propio Gobierno trató de ocultar, y que echa por tierra, de una vez por todas, la patraña de la publicidad de mis libros y la campaña de desprestigio internacional. Ahora se sabe por qué me buscaban, por qué tuve que irme y por qué tendré que seguir viviendo fuera de Colombia, quién sabe hasta cuándo, contra mi voluntad.

No puedo terminar sin hacer una precisión de honestidad. Desde hace muchos años, El Tiempo ha hecho constantes esfuerzos por dividir mi personalidad: de un lado, el escritor que ellos no vacilan en calificar de genial, y del otro lado, el comunista feroz que está dispuesto a destruir a su patria. Cometen un error de principio: soy un hombre indivisible, y mi posición política obedece a la misma ideología con que escribo mis libros. Sin embargo, El Tiempo me ha consagrado con todos los elogios como escritor, inclusive exagerados, y al mismo tiempo me ha hecho víctima de todas las diatribas, aun las más infames, como animal político.

En ambos extremos, El Tiempo ha hecho su oficio sin que yo haya intentado nunca ninguna réplica de ninguna clase, ni para dar las gracias ni para protestar. Desde hace más de treinta años, cuando todos éramos jóvenes y creíamos --como yo lo sigo creyendo-- que nada hay más hermoso que vivir, he mantenido una amistad fiel y afectuosa con Hernando y Enrique Santos Castillo --a quienes quiero bien a pesar de nuestra distancia, porque he aprendido entenderlos bien-- y con Roberto García Peña, a quien tengo por uno de los hombres más decentes de nuestro tiempo. Quiero suplicarles que digan a sus lectores si alguna vez les he hecho un reclamo por las injurias de su periódico, si alguna vez he rectificado en público o en privado cualquiera de sus excesos, o si éstos han alterado de algún modo mi sentido de la amistad. No; he tenido la buena salud mental de tratarlos como si ellos no tuvieran nada que ver con un periódico que siempre he visto como un engendro sin control que se envenena con sus propios hígados. Sin embargo, está vez el engendro ha ido más allá de todo límite permisible y ha entrado en el ámbito sombrío de la delincuencia. Me pregunto, al cabo de tantos años, si yo también no me equivoqué al tratar de dividir la personalidad de sus domadores.

De modo que todo este ingrato incidente queda planteado, en definitiva, como una confrontación de credibilidades. De un lado está un Gobierno arrogante, resquebrajado y sin rumbo, respaldado por un periódico demente cuyo raro destino, desde hace muchos años, es jugárselas todas por presidentes que detesta. Del otro lado estoy yo, con mis amigos incontables, preparándome para iniciar una vejez inmerecida, pero meritoria. La opinión pública, no tiene más que una alternativa: ¿A quién creer? Yo, con mi paciencia sin término, no tengo ninguna prisa por su decisión. Espero.


Viaje gratis a México

 En 1981, 21 de marzo, El Tiempo publicó una columna firmada por Ayatollah (Rafael Santos Calderón) que calificaba de “cantinflesco y ridículo” el asilo que pidió el Nobel colombiano a la embajada mexicana por supuestos vínculos con el M-19.
La forma como se produjo el cantinflesco y ridículo «asilo» del famoso escritor Gabriel García Márquez fácilmente hubiera podido presentarse ampliamente en las páginas sociales con un titular como este: «Conocido escritor viaja gratis a México». Eso sí, debe admitirse que el montaje del señor García Márquez y su grupillo de amigos quedó muy bien y que si el objetivo era el de que la prensa y la radio registraran el hecho con espectacular bombo, definitivamente lo lograron.
Así como el respetadísimo escritor es una de las más importantes figuras literarias que en su historia ha producido el país, también hay que abonarle su enorme capacidad para explotar el nombre que tiene y convertirse en uno de los tantos enemigos que tiene Colombia, en uno de los detractores internacionalizados que aprovechan, cuando están en el exterior, para asumir una posición moralizadora, la más cómoda, y despotricar de nuestra nación.
Dejando a un lado los exquisitos productos de su magistral pluma, creo que la gente ya está cansada de que el señor García Márquez predique desde fuera la revolución. ¿Por qué no viene al país, se instala en él y nos dice cuál es la revolución que quiere? Creo que el pueblo tiene derecho a que se le presenten varias alternativas políticas, que obviamente serán poco efectivas si se lanzan en el exterior desde sofisticados semanarios franceses o diarios mexicanos o dentro de exclusivísimos círculos sociales en el país.
La desconcertante actitud de Gabriel García Márquez sólo tiene un calificativo: se quiso burlar de Colombia y lo logró. De eso se ocupa el novelista cuando no está escribiendo. Invierte su tiempo urdiendo la próxima maniobra para desprestigiar a su patria. Sé muy bien que el país está para barrer pero no tiene sentido que uno forme parte de la basura. Afortunadamente los colombianos, que no son brutos, entendieron los oscuros fines que perseguía García Márquez y no se demoraron en calificarlos de farsa y engaño.
Vale la pena que reconstruyamos rápidamente cómo se montó el ridículo «asilo» que estoy seguro hoy lamenta Gabito.
Primer episodio. Llega hace un mes al país el escritor Gabriel García Márquez y se dedica a concurrir a elegantísimas reuniones sociales en los más exclusivos círculos a los que asistieron en algunas ocasiones militares, políticos de todo tipo e intelectuales. En una de esas ocasiones pareció, riendo a carcajadas, en las páginas de la revista Cromos, que registra los actos sociales más oligárquicos. Durante todo ese tiempo anduvo tranquilamente por todas partes. Nadie lo molestó.
Segundo episodio. Desembarca en la costa pacífica un contingente guerrillero de más de 100 hombres, completamente entrenado en Cuba y armado hasta los dientes.
Tercer episodio. Colombia suspende relaciones con la isla de Fidel Castro y asesta uno de los más duros golpes al movimiento M-19, acogido fraternalmente por el gobierno cubano.
Cuarto episodio. Un grupillo de amigos de García Márquez, socios de la editora que publicará su última obra, Crónica de una muerte anunciada, se van a decirle al escritor que es mejor hacer planes pues al parecer el Ejército quiere llevárselo a conocer las caballerizas de Usaquén. En el país se va a lanzar un millón de ejemplares de su obra.
 Quinto episodio. Gabo hace maletas y se asila en la embajada de México. Sin embargo, la figura de asilo no se configurará porque el señor García Márquez no lo requiere, ni la justicia, ni nadie. Como dijo el canciller Lemos Simmons, el novelista hubiera podido salir del país tan tranquilamente como lo hace la reina de belleza Nini Johanna.
Sexto episodio. El escritor viaja a México, donde con seguridad manipula la prensa nacional e internacional, y dice que esto es Uruguay o Chile. El mundo entero, obviamente, le cree y comienzan a llegar cartas en inglés, francés y alemán, escritas por las mismas personas, en las que piden que se respeten los derechos humanos y se deje volver a García Márquez a su tierra. Epílogo. El que nada debe, nada teme.
Si las intenciones de García Márquez eran montar un lanzamiento de película para su último libro, hay que admitir que nadie se quedará sin leerlo. Pero si lo que pretendía era desprestigiar al país y al Gobierno, también lo logró. Nadie le dijo al señor García Márquez que se fuera. ¿Sería el olor a la guayaba el que lo ahuyentó?
Por Ayatollah

viernes, 14 de noviembre de 2014

Títulares de los periódicos del mundo

Gabo que estás en los cielos

Asi registró el periodismo del mundo, la muerte de Gabriel García Márquez portada a portada

El País de España.
Correio Braziliense de Brasil.
A B C de Madri, España.
Gazeta de Serbia.
Pagina 12 de Buenos Aires, Argentina.
El Público de Lisboa, Portugal.
Corrieri del Ticino  de Italia.
La Razón de México.
La Gasceta de Israel.
El Telégrafo de Guayaquil, Ecuador.
La Vanguardia de Barcelona, España.
The Independent de Inglaterra.
The New York Times de Estados Unidos.
fuente:elpais.com

jueves, 13 de noviembre de 2014

En la Barcelona de las Indias

Gabo que estás en los cielos

 Los recuerdos del  sabio catalán  y la presencia de su agente llevaron a Gabo a vivir siete años en la ciudad

Plaza Cataluña, 1970. Un joven y aún no tan exitoso García Márquez en sus años barceloneses. /elpais.com
“¿Sabe de alguien a quien puedan interesarle dos pieles de caimán?”. Al entonces responsable de las páginas literarias de la seria revista Destino, Joaquim Marco, le pareció una pregunta de realismo mágico, como entresacada de ese Cien años de soledad, cuya primerísima reseña acababa de publicar Pere Gimferrer en 1967 en el semanario. La agente Carmen Balcells les había dejado leer en un mecanoscrito “con un centenar de correcciones del propio autor; nada trascendente”, recordaba ayer el ya retirado catedrático de literatura de la Universidad de Barcelona.
Marco fue de los primeros en España en hablar de las novelas de García Márquez y ello explica que el escritor, un poco perdido, le convocara apenas llegó el 4 de noviembre de 1967 con su mujer y sus dos hijos pequeños. “Era un piso provisional, de alquiler, por la zona de la plaza Lesseps, en el barrio de Gràcia, con muebles tronados”, recuerda Marco. Sería algún otro más así: Gabo llegó sin blanca porque no había podido sacar dinero de su país y sus Cien años de soledad, publicado hacía poco más de cinco meses en Argentina, si bien había vendido en 15 días los 8.000 ejemplares de su primera edición y se había iniciado una reimpresión de 10.000 más, aún no había estallado.
A Barcelona lo había dirigido un cóctel extraño de circunstancias, como todo en la vida del niño marcado de historias de Aracataca: por un lado, el recuerdo del escritor Ramón Vinyes, el famoso “sabio catalán” de su novela, que le llenó de lecturas y de la imagen de una ciudad cargada de una burguesía supuestamente culta que apoyaba a genios como Gaudí mientras los anarquistas lideraban el movimiento obrero. También estaba la idea de intentar arrancar una nueva novela sobre un viejo dictador sudamericano y qué mejor que vivir de cerca el espectáculo de un sátrapa, al parecer, al final de su vida y de su poder como Franco. La tercera razón era la más poderosa: Balcells, que había olido el talento de Gabo, quería dar a su pupilo el caldo de cultivo material idóneo para que el colombiano hiciera lo que tenía y sabía hacer: escribir.
Le acabó encontrando acomodo en uno de los mejores barrios de Barcelona, el tranquilo Sarrià, en un espacioso piso de la calle Caponata, 6. Casi en la esquina, en Osi, 50, aterrizarían los Vargas Llosa. Los dos hijos de Gabo, que estudiarán en el inglés Kensington School, se harán muy amigos de los dos de Vargas Llosa y, cuando también bajan desde más arriba de la ciudad, con Pilarcita Donoso, fiel reflejo de la gran amistad de las tres familias, que con cualquier pretexto quedan a comer o a cenar.
Cuando no está encerrado escribiendo enfundado en un terrible mono azul de mecánico, Gabo suele dar paseos eternos por la ciudad con Vargas Llosa y hasta comentan juntos las noticias de Le Monde, muchas veces en la cercana de casa y famosísima Pastelería Foix, regentada por el ínclito poeta catalán.
Barcelona parece un imán de autores sudamericanos: si no vienen solos es el mismo Gabo, quien convoca a los “primos de París”: Julio Cortázar y Carlos Fuentes, que suele llegar con su hija Cecilia. El anfitrión primero, Gabo, les lleva al cercano bar Tomás, especialista en tapas, pero a la que puede se va al centro, a la Barcelona un poco más canallesca de los locales de Los caracoles o Los tarantos.
Vinculados a esa Barcelona más abierta y cosmopolita de la burguesía de la Gauche Divine vía el editor Carlos Barral se dejará caer, aunque menos, en locales como la discoteca Boccaccio y la tortillería Flash Flash, ambientes que les darán para cruzarse con, entre otros, Juan Marsé, dos bellas “musas”, como las define, como Rosa Regás y Beatriz de Moura y los hermanos Goytisolo. En casa de uno de estos, de Luis, pasarán la Nochevieja de 1970, con los Vargas Llosa obsequiando con un valsecito peruano y los García Márquez correspondiendo con un merengue tropical.
De Cien años de soledad se han vendido ya 600.000 ejemplares, gracias a las gestiones de Balcells, que en 34 meses había colocado la obra de aquel semidesconocido en 20 países. También ella se encargará de lo más prosaico: desde pagar cuentas a encargarse de facturas domésticas a organizar las vacaciones familiares de todos, pasando por “asistir a los partos o tapar y censurar amoríos, consolar a cónyuges e indemnizar amantes”, como escribiría Vargas Llosa.
Se notaba ya en el estatus de Gabo y su familia la eclosión internacional del escritor, que se permitían el lujo de encargar la redecoración de su piso al reputado arquitecto Alfonso Milà; la mujer de Donoso recibía trato preferencial en la clínica Dexeus por ser la esposa del autor de Coronación pero también por ir acompañada de la mujer del autor de Cien años de soledad, libros ambos leídos por el reputadísimo ginecólogo Santiago Dexeus. Los niños, Rodrigo y Gonzalo, lucen jerséis de buena lana inglesa y como sea que les quedan pequeños y hay buen rollo, va a parar muchas veces a la hija de Donoso. García Márquez adquiere un notable aparato de alta fidelidad con el que el escritor se relaja escuchando a Béla Bartók y corre a las cuatro de la tarde las cortinas de la sala “porque es demasiado temprano para tomar güisquis y a mí me gusta tomarlo cuando comienza a estar oscuro”, como recordaría José Donoso. Gabo y su familia estaban bien en Barcelona. “Siempre nos decía que cogiéramos un avión y nos plantáramos en Barcelona, que la ciudad era lo más parecida a nuestra Cartagena y la gente, de lo más amable”, reveló su padre cuando Gabo ganó el premio Nobel en 1982.
Si la vida cotidiana le era placentera, no lo fue tanto la literaria. El futuro El otoño del patriarca se le resistía y temía haberse secado tras escribir la gran novela. “Mi nuevo libro es una mierda... y tampoco logro que haga calor en él”, decía agobiado también por los golondrinos que le provocaban la humedad veraniega de la ciudad. Pero, trabajador infatigable, la acabó, justo para la fiesta de despedida a los Vargas Llosa que acogió Balcells el 12 de junio de 1974. No tardarían mucho en marchar ellos, solo para volver para algún libro, visitar de incógnito su agente y, en 2005 para una reunión del Foro Iberoamericano.
Barcelona hizo mella: ahí dejó de fumar los 40 cigarrillos diarios y, con los años, se compraría un piso en el exclusivo paseo de Gràcia, cerca de la maravilla gaudiniana de La Pedrera. Quizá como homenaje a las historias (siempre los recuerdos), del sabio catalán.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Nuestro Apolo y nuestro Dioniso

Gabo que estás en los cielos

Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez. Los dos escritores más influyentes y poderosos de nuestra región y nuestra lengua

Foto tomada por Rodrigo García a sus padres: Gabriel y Mercedes./elpais.com

Una vez que se extingan las ceremonias fúnebres y se adormezca el duelo, que se agoten los homenajes y las exequias, y se desdoren las figuras públicas y se olviden las antipatías abruptas o las declaraciones estertóreas, se volverá una convicción natural lo que algunos han vaticinado desde hace décadas: que los dos colosos surgidos de esa brillantísima Edad de Oro de la narrativa latinoamericana que se prolongó durante la segunda mitad del siglo XX fueron Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez. Los dos escritores más influyentes y poderosos de nuestra región y nuestra lengua. Los dos más admirados e imitados en el orbe. En ese juego de dualidades que tanto nos gusta, nuestro Platón y nuestro Aristóteles. O, mejor, nuestro Apolo y nuestro Dioniso.
Sin duda fueron acompañados por una asombrosa cohorte de titanes, con poéticas al gusto de cada uno, de Rulfo a Vargas Llosa, de Donoso a Fuentes, de Sábato a Ibargüengoitia, de Ribeyro a Cortázar, pero las voces más oídas, más singulares, más originales —si entendemos por originalidad una mutación insólita entre las enseñanzas del pasado y la serena rivalidad con sus contemporáneos— fueron las del poeta y cuentista argentino y las del cuentista y novelista colombiano, suma de todos los esfuerzos que los precedieron, de Machado de Assis y Jorge Isaacs a Macedonio Fernández y Alfonso Reyes, y umbrales de todos aquellos que los han seguido, de Roberto Bolaño a quienes hoy publican, a su sombra, sus primeros libros.
Los dos colosos de esa Edad de Oro fueron Borges y García Márquez
A la distancia no podrían parecer más contrarios, más distantes. De un lado, el escritor ciego y puntilloso, tan acerado como melancólico, hierático hasta casi fungir como profeta, dueño de un sutilísimo humor aún malentendido, el hombre cercano —a su pesar— a la derecha, el vate unánimemente venerado que jamás recibiría el Nobel. Del otro, el escritor jacarandoso y bullanguero, tan dotado para desenrollar la sintaxis como para reconducir los mitos, sonriente hasta convertirse en amigo de todas las familias —esas que sin conocerlo hoy sin pudor lo llaman Gabo—, el hombre cercano a la izquierda y a Fidel Castro, el bardo unánimemente adorado que recibió el Nobel más joven que ningún otro en América Latina.
Sí: en lontananza encarnan vías antagónicas. Borges es, evidentemente, el apolíneo. El escultor que pule cada arista y cada ángulo. El prestidigitador que obsesivamente trastoca cada adjetivo y cada adverbio. El criminal que siempre esconde la mano. El modesto anciano que odia los espejos y la cópula y sin embargo multiplica los Borges a puñados. El detective que en su búsqueda esconde que al mismo tiempo es el criminal. El filósofo nominalista y el físico cuántico que se pierde en la Enciclopedia. El autor de las paradojas y bucles más aventajado desde Zenón. García Márquez es, en cambio, el dionisíaco. El torrencial demiurgo de genealogías y prodigios. El audaz dispensador de metáforas y laberintos de palabras. El cartógrafo de la jungla y el cronista de nuestra circular cadena de infortunios. El ídolo sonriente que trasforma la Historia —y en especial la sórdida trama colombiana— en mil historias entrecruzadas, tan tiernas y atroces como inolvidables. El bailarín que, al conducirnos a la pista, nos obliga a seguir su hipnótico ritmo a rajatabla. El sagaz escriba que se burla de los tiranuelos con los que tanto ha convivido. El desmadrado cuentero que finge no seguir regla alguna fuera de su imaginación, excepto que las que él mismo se —y nos— impone.
Él fue el torrencial demiurgo de genealogíasy prodigios
Apolo y Dioniso. Y sin embargo estas dos vías, como ya apuntaba Nietzsche, no son excluyentes sino complementarias. Las dos mitades del mundo. De nuestro mundo. Para empezar, García Márquez no hubiese escrito como García Márquez sin aprender de Borges, su predecesor y su maestro. Y Borges no habría encontrado mejor continuador que este discípulo rejego, dispuesto no a copiar sus trucos o su doctrina sino a usarlos en su provecho para huir de la Academia y fundar una nueva, exitosísima escuela, el realismo mágico. Ninguno tiene la culpa, por supuesto, de su ingente legión de copistas: sus invenciones resultaban demasiado deslumbrantes como para que cientos de salteadores de caminos no quisieran agenciárselas.
Los dos han sido justamente elevados a los altares. O, mejor aún, a los altares privados que cada uno erige en su hogar: son nuestros penates. Imposible no adorarlos y no querer, a la vez, descabezarlos. Imposible no aspirar a reiterar —Vargas Llosa dixit— su deicidio.
Jorge Volpi es escritor mexicano.

martes, 11 de noviembre de 2014

El abecedario de Gabriel García Márquez

Gabo que estás en los cielos

Gabriel García Márquez supo llevar la carga de Cien años de soledad./elmundo.es

REALISMO MÁGICO

Formulada por primera vez por el crítico de arte alemán Franz Roh, esta expresión hizo fortuna cuando Úslar Pietri la aplicó al fenómeno literario: "Lo que vino a predominar en el cuento y a marcar su huella de una manera perdurable fue la consideración del hombre como misterio en medio de datos realistas. Una adivinación poética o una negación poética de la realidad". Si la corriente del realismo mágico o de "lo real maravilloso", noción muy similar, arranca con 'El reino de este mundo', de Carpentier, alcanza su cima en 'Cien años de soledad', novela que cuenta con un narrador en tercera persona, pasivo, externo a la historia y omnisciente; conoce todos los detalles del relato pero los cuenta sin formular juicio alguno, de manera imperturbable aun cuando los hechos sean de la máxima crudeza, y además no hace distinción entre lo real y lo fantástico, como si ambos mundos compartieran carta de naturaleza.

SU INFANCIA


García Márquez quedó al cuidado de sus abuelos maternos, en Aracataca, cuando sus padres se mudaron a Barranquilla. La abuela Tranquilina Iguarán daría nombre al personaje de Úrsula Iguarán en 'Cien años de soledad' e influiría en el imaginario del escritor con sus historias repletas de sucesos extraordinarios relatados como verdades sin discusión. Su abuelo, el coronel Márquez, un liberal veterano de la Guerra de los Mil Días, le invitaba a consultar el diccionario y le descubrió el milagro del hielo -de nuevo como en 'Cien años...'-. Su prestigio se agrandó al negarse a callar sobre la masacre de las bananeras, episodio que igualmente reflejaría Gabo en su novela.

MACONDO

El territorio imaginario donde transcurren 'La hojarasca' y 'Cien años de soledad', creación de García Márquez equivalente a la Ítaca de Homero o la Yoknapatawpha de Faulkner, el escritor a quien más debe el colombiano según su propio testimonio. Macondo aparece por primera vez en el cuento 'Un día después del sábado', publicado en 1954. En 'Cien años de soledad', José Arcadio Buendía sueña con un pueblo en el que se le aparecen construcciones con paredes de espejo y, en plena selva, decide fundar un poblado donde todo es posible, desde seres más que centenarios que mueren varias veces a lluvias que se prolongan cuatro años.
Al principio Macondo es un "Mundo ideal", una aldea construida "a la orilla de un río de aguas diáfanas", la "más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus 300 habitantes". "Una aldea feliz donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto".
Luego llegan la actividad comercial, la construcción y una extraña plaga, la de la pérdida de la memoria; después la guerra civil, el tren -y con él el telégrafo, el gramófono y el cine- y la plantación de banano, que termina con la huelga de los trabajadores y su masacre a manos del ejército, a la que suceden las lluvias interminables que conducen a la novela hacia su fin. Gabo describió su fascinación por la palabra 'Macondo' al relatar un viaje con su madre a Aracataca en el que pasaron en tren junto a una plantación de banano que tenía ese nombre. "Esta palabra ha atraído mi atención desde los primeros viajes que había hecho con mi abuelo [...]. Me gustaba su resonancia poética (...). Ni siquiera me pregunto lo que significa...".

Cien años de soledad


Pablo Neruda afirmaba, de forma quizá algo hiperbólica, que la novela publicada por la editorial Sudamericana en 1967 era "la mayor revelación en lengua castellana" desde el Quijote. Su comienzo se ha hecho ya casi tan célebre como el de Cervantes: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo", que -como el imán- habían introducido en Macondo los gitanos capitaneados por Melquíades. Este personaje es tan fundamental en el libro como la saga de los Buendía, a la que dio lugar un matrimonio nacido bajo negros presagios: al ser primos José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, la creencia general dictaba que sus descendientes podían nacer con cola de cerdo. José Arcadio funda Macondo en una huida hacia la sierra que ha emprendido atormentado por el fantasma de Prudencio Aguilar, a quien ha matado en duelo por mofarse de su falta de relaciones íntimas con Úrsula. Siete generaciones y mil vicisitudes reales o imaginarias después, Macondo es un pueblo abandonado y azotado por el viento en el que Aureliano intenta descifrar los pergaminos de Melquíades y descubre que "las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra".

MÉXICO

Tras el triunfo de la revolución cubana, el Gabo periodista es nombrado director de la agencia de noticias Prensa Latina, recién creada por el Gobierno de Fidel Castro. Vive seis meses en la isla durante 1960 y, al año siguiente, se traslada como corresponsal a Nueva York, pero diversos enfrentamientos y controversias con los exiliados cubanos le aconsejan abandonar. Después de recorrer el sur de Estados Unidos, se establece en México D. F., donde ha vivido durante cinco décadas, hasta su fallecimiento, aunque poseía residencias en París, Bogotá y Cartagena de Indias. En la capital mexicana nació su segundo hijo, Gonzalo, diseñador gráfico que reside en esta misma ciudad; tres años antes, García Márquez y Mercedes Barcha tuvieron a Rodrigo, que es ahora un reconocido director de cine.

Memorias (...y sus putas tristes)


En 1999, cuando se le diagnosticó el cáncer linfático que finalmente y por intrincados caminos ha terminado con su vida, el novelista temía sobre todo no poder terminar los tres tomos de sus memorias y dos libros de cuentos que tenía por entonces a medias. Desconectó el teléfono, canceló todos sus compromisos, redujo al máximo el contacto con amigos y se encerró a escribir todos los días de ocho de la mañana a dos de la tarde. En 2002 vio la luz, con un millón de ejemplares de tirada inicial, 'Vivir para contarla', la primera entrega de esa autobiografía, y dos años más tarde se publicó un volumen metamorfoseado en novela, 'Memoria de mis putas tristes'. Según explicó el propio Gabo en una entrevista, el tercero iba a tener "un formato distinto": "Serán los recuerdos de mis relaciones personales con seis o siete presidentes de distintos países".

VARGAS LLOSA Y EL 'BOOM'

Hasta entonces buenos amigos, la relación de García Márquez y Vargas Llosa se rompió el 12 de febrero de 1976 cuando el peruano asestó a su correligionario del boom un puñetazo a la entrada de un cine en Ciudad de México. Pese a la reticencia de ambos a explicar el incidente, con los años se ha sabido que el motivo de la disputa tuvo que ver con los consejos que Gabo había dado supuestamente a la esposa de Vargas Llosa, Patricia, con motivo de sus discrepancias matrimoniales. A pesar de que durante mucho tiempo se creyó que no existía evidencia gráfica del altercado, hace seis años el fotógrafo Rodrigo Moya publicó en México dos imágenes en las que se aprecia al colombiano con un ojo a la funerala.
Disputas conyugales aparte, muchos creen que aquel incidente no eran ajenas las discrepancias ideológicas de ambos escritores, Vargas cada vez más implicado en la defensa del liberalismo y García Márquez negándose a abjurar de su apoyo al régimen castrista. Hay quien añade los celos literarios entre dos gigantes como ingrediente extra del cóctel.

Nobel


El 21 de octubre de 1982 se conoció que García Márquez había obtenido el Nobel de Literatura en disputa con Günter Grass y Graham Greene. Recogió el galardón el 8 de diciembre. Iba ataviado con un clásico liquiliqui de lino blanco, el traje que usó su abuelo y que empleaban los coroneles en las guerras civiles. Su discurso, 'La soledad de América Latina', toda una joya literaria, fue una lúcida denuncia de la desatención de las grandes potencias por el subcontinente americano; Gabo desmontó la posición habitual de los europeos frente a América Latina, asociada únicamente a una carga de magia y maravilla absolutamente interesada, y terminó su alocución con una hermosa declaración de fe en los destinos de los pueblos sudamericanos. Con la concesión del Nobel, su ascendiente en materia cultural no hizo sino crecer en todo el mundo.

FIDEL CASTRO

García Márquez afirmó en varias ocasiones que ni era comunista ni había militado en ningún partido político. Sin embargo, nunca ocultó que mantenía una relación de amistad con Fidel Castro, con quien tuvo varios encuentros cuando residió en La Habana. Cabe afirmar que el novelista tenía una concepción genérica del socialismo entendido como un sistema de progreso, libertad e igualdad, loable de por sí, que se había desvirtuado en la Unión Soviética, Polonia, Checoslovaquia, Alemania del Este y Hungría, países que le habían "desencantado", según escribió él mismo.
Diversos especialistas le atribuyen una fascinación por el poder que explicaría su convicción de que Castro era diferente de otros caudillos y dictadores y de que la entonces incipiente revolución cubana podía constituir un ejemplo para otros países americanos. El novelista y ensayista cubano César Leante estima que "el apoyo incondicional de García Márquez a Fidel Castro cae en buena parte dentro del campo psicoanalítico". La admiración de Gabo por los caudillos latinoamericanos se encarna, en su opinión, en el coronel Aureliano Buendía y en "el innominado dictador caribeño que como Fidel Castro envejece en el poder", escribe Leante en alusión al protagonista de 'El otoño del patriarca'...

Periodismo


Cuando estudiaba Derecho en Bogotá, García Márquez descubrió, o más bien constató, que las leyes le interesaban menos que la literatura y el periodismo, disciplinas hermanas que ha cultivado durante toda su vida. Hizo sus primeras armas en el entonces recién fundado diario 'El Universal de Cartagena', de donde pasó a 'El Heraldo de Barranquilla'. Con el llamado Grupo de Barranquilla fundó el fugaz periódico 'Crónica', donde Gabo ejercía de jefe de redacción. En 1954, Álvaro Mutis le convence para que vuelva a Bogotá para trabajar como reportero y crítico de cine en 'El Espectador', donde al año siguiente publica un conjunto de 14 crónicas que constituirían 'Relato de un náufrago'. En 1974 fundó la revista 'Alternativa', un hito en el periodismo de oposición en Colombia, y en 1994, la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

EL CINE

Interesado desde siempre en el arte cinematográfico y la televisión, García Márquez hizo sus primeros pinitos al respecto en 1954, cuando firmó con otros autores el cortometraje surrealista 'La langosta azul'. Estudió la carrera de cine en Cinecittà y en los años 60 escribió bajo seudónimo varias películas mexicanas como 'Tiempo de morir', de Arturo Ripstein. Ya con su nombre trabajó como guionista para cintas de Luis Alcoriza, Miguel Littín y el propio Ripstein. En 1986 fundó la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (Cuba), donde impartió durante años el taller 'Cómo se cuenta un cuento'. Gabo no ha tenido problemas para apoyar la adaptación al cine o a la televisión de novelas suyas como 'La mala hora', 'El amor en los tiempos del cólera' y 'El coronel no tiene quien le escriba'. Akira Kurosawa intentó filmar 'El otoño del patriarca' a comienzos de los 90, pero la falta de financiación dio al traste con el proyecto.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Momentos tras Gabo

Gabo que estás en los cielos
Gabriel García Marquez, el hijo del telegrafista.

Desde que supe leer,  Gabriel García Márquez siempre apareció en los renglones literarios de lo que leía entonces en mi formación de lector. Debo ir atrás cuando trabajé de mandadero siendo niño en una casa de huéspedes de provincia de doña Rosalba Castro de Herrera, que fungía como regenta de esa residencia de estudiantes y gentes de provincia que llegaban a residir allí en Bogotá. Había un pasajero gringo que cargaba de un lado a otro la novela Cien años de soledad. Y recordé que de esa novela ya la había visto publicada un capítulo en sus páginas centrales del Magazín Dominical cuando en Ipiales vendía los periódicos nacionales como voceador.
Muchos años después, frente a la fachada de la  iglesia de la Compañia de Jesús, había de recordar toda la obra de Gabriel García Márquez, que cronológicamente ya había leído, pues, por esas fechas se había establecido en Colombia, y dirigía la revista Alternativa. Él empezaba su  época de periodismo militante  y  publicó El otoño del patriarca. Y  yo esperaba al lado de una librería de viejo en Quito la cita que alguien me había puesto  allí que decidió dejarme plantado, y para pasar el tiempo muerto de la espera entré y pregunté si tenía Cien años de soledad. Lo compré en sesenta sucres.
Leí  la novela de un tirón durante quince días intensos en una lectura sin parar en las breves vacaciones de mitad de año. Transcurría 1975. Desde entonces lo he leído treinta y un veces. Puedo describir puntualmente episodios completos de esta novela que me transformó, pues, no habido en esta vida libro con un verbo tan embrujador y fascinante.
Y llamé una mañana a la revista Alternativa para preguntar por el maestro Gabriel García Márquez. Saludé diciendo buenos días, por favor el maestro Gabriel está. No. No ha llegado. Me respondió una voz de hombre muy tranquila. A qué horas llega. Es que quiero preguntarle cómo se escribe un cuento. Miré,  llámelo por la tarde, qué él está y le pregunta personalmente. Gracias y colgué. Después nunca volví a llamarlo.
Pero yo si seguí leyéndolo hasta agotar su obra.  Y puedo decir que sus novelas me deslumbraron con notables excepciones. Por ejemplo, considero La mala hora, una novela menor como  Noticia de un secuestro. En este texto hay mucho afán de hacer reporteria. En definitiva es un reportaje a las volandas. Y considero que hasta la novela negra Crónica de una muerte anunciada es una obra magistral porque rompe con la estructura del esquema policiaco previsible. La novela se convierte en la investigación social de un asesinato que nadie hace nada por detenerlo. Su obra posterior ya tiene la impronta y la fórmula garciamarquiana pero igual lo leí por ese verbo de embrujo que posée toda su obra.
Vivía en Caracas, en 1984 cuando me enteré que Gabriel García Márquez era invitado  del gobierno colombiano por su amigo político y poeta presidente Belisario Betancur, al homenaje que el gobierno venezolano le hacía al Libertador Simón Bolívar, donde Venezuela botó literalmente la casa por la ventana del derroche y fasto para la celebración al Padre de la Patria de cinco naciones.
Hice un detectivismo particular con Gabo, ya me había encariñado y guardaba el ejemplar de Cien años de soledad leído y releído tantas veces para que me lo autografiara. Llegué a la recepción del lujoso hotel Hilton donde se hospedaba toda la comitiva colombiana que asistía al homenaje bolivariano. Pregunté con total desenfado por si habían visto a Gabriel García Márquez, y una linda recepcionista caraqueña me respondió que ya había salido.
En los días siguientes leí una crónica publicada en El Nacional de Caracas, cómo Gabriel García Márquez estuvo en Bello Monte en una arepera comiendo arepas rellenas y hablando de todo un poco con un periodista amigo de nombre Manuel Pulido. Y ya no estaba en Caracas, se había ido junto con la comitiva presidencial colombiana.
Quedé mordido de la frustración y espere tranquilo varios años. Estando otra vez en Bogotá. Además, que yo estrenaba paternidad, le comenté a la madre de mi hija Irene Marcela, que Gabriel García Márquez asistiría al homenaje que la Casa de Poesía Silva, que dirigía la poeta María Mercedes Carranza le hacía al expresidente poeta Belisario Betancur en su  cumpleaños. Transcurría el año de 1993.
Salimos con la mamá que cargaba aún de brazos a Irene Marcela en el mismo taxi desde donde yo pude distinguir el viejo Mercedes negro de Carlos Lleras Restrepo mientras avanzaba en la Carrera Tercera que asistió también a la velada de poesía.
La mamá de mi hija Irene Marcela siguió hacia la casa de una amiga que entonces residía en el viejo e histórico barrio colonial de La Candelaria. Yo me bajé en las inmediaciones de La Casa de Poesía Silva, donde habían sacado unos altavoces y en los alrededores de la calle estaba atestado de curiosos y lagartos a montón entre los cuales me integraba yo. Eran les seis de la tarde. El tiempo pasaba. Releía páginas de Cien años de soledad para entretenerme por la espera. La madre de mi hija Irene Marcela llegó  a las horas con la niña que dormía. Y vimos llegar el Mercedes negro de Carlos Lleras Restrepo. Lo cual no me equivocaba que asistía también al homenaje del poeta y colega expresidente Belisario Betancur. El frio hacía estragos por la espera en la calle llena de curiosos y nada. Pero hacia las diez de la noche dos motorizados asomaron sus luces de escolta y apareció detrás un Mercedes blindado color café de donde bajó Gabriel García Márquez junto con Mercedes, su esposas que fueron recibidos por María Marcedes Carranza. La madre de mi hija Irene Marcela se puso a un lado de la puerta de entrada, y Gabriel García Márquez al verla dijo es una niña. Mientras tanto yo me acerqué a doña María Mercedes Carranza con el libro Cien años de soledad en la mano y le pedí el favor de ser posible decirle al maestro García Márquez de un autógrafo. La poeta captó rápidamente que nosotros dos éramos los padres de la criatura y  escoltados por dos guardias corpulentos a los que les hizo señas de dejarnos seguir entramos al patio de la casa. Irene Marcela, la bebé se despertó, y había una joven bastante gomela que al ver a la bebé despertarse,  empezó a  decir una y otra vez, es que es perfecta, es perfecta. María Mercedes Carranza buscó a Gabriel García Márquez. Yo miré que los asistentes era la crema y nata de la mentada oligarquía colombiana, poetas de la alcurnia, renombrados políticos y gente del montón como mi mujer y yo pero Irene Marcela, la bebé, causaba cierta curiosidad entre tantos adultos. Entonces Gabriel García Márquez llevado por María Mercedes  Carranza me pidió el libro, al abrirlo vio que le había pegado una estampilla que le sacó Adpostal en Homenaje al Premio Nobel de 1982.  Yo nunca pude tener una de estas estampillas, dijo  al ver pegada la estampilla. Yo pensé en mis adentros que yo no iba a despegar la estampilla para dañar el libro para darle gusto al Nobel. Preguntó que cómo se llamaba la niña, Irene Marcela, le dijo la mamá. Entonces escribió “Para Irene(la paz) Marcela de sus padres felices” Gabo. Le recibí el libro y pude verlo que estaba algo ebrio. Mercedes, su esposa, se acercó y se lo llevó hacia otro grupo. María Mercedes Carranza, nos dio a entender que ya habíamos obtenido el autógrafo, así que abandonáramos. Salimos contentos con el autógrafo. La madre de la niña, decía una y una vez cómo supo él que era una niña. Cómo lo supo.
Por esa misma época la embajada de México montó un local de librería, restaurante y almacén de artesanías en la denominada Zona Rosa que se llamó Casa de México, en Bogotá.. De tanto en tanto iba allí a curiosear. Por esos días sabía que Carlos Fuentes, amigote y compadre de Gabriel García Márquez acababa de publicar uno de sus tantos libros y andaba de gira internacional promocionándolo. Un par de periodistas del diario El Espectador le hacían una entrevista. Prevenido busqué entre los libros de mi personal biblioteca y busqué Aura, una novela breve magistral de Fuentes para el consabido autógrafo. En una mesa el novelista mexicano daba su opiniones de esto y lo otro, que yo recuerdo que decía una y otra vez que el tiempo es cabrón. Cuando los periodistas terminaron la entrevista, le pedí que me regalara el autógrafo, se sorprendió de hallar una edición tan vieja de editorial Era, y de cariño me regaló dos libros de sus discursos. Yo me quedé contento y seguí allí en la librería viendo libros de sicología infantil. De pronto sentí al lado  una sombra, al regresar a ver, observé que era el maestro Gabriel García Márquez, y al descubrirlo le dije, Usté por aquí Maestro. El dijo, No ve que estamos en Macondo. Yo le iba a decir que si, por supuesto que estamos en Macondo. Y un chaperón  sapo con la cabeza totalmente rapada se acercó y se lo llevo del  brazo hacia el interior de la casa. Esos fueron mis momentos tras Gabo. El libro de Cien años de soledad, alguien se lo alzó entre tanta trashumancia de desarraigo urbano metido en esta ciudad de los espejismos: Bogotá, el páramo alucinante.

jueves, 6 de noviembre de 2014

La novela y la procreación

Gabo que estás en los cielos

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez



El escritor colombiano con la primera edición de Cien años de soledad.

Por Milan Kundera
Mientras releía Cien años de soledad, se me ocurrió una extraña idea: los protagonistas de las grandes novelas no tienen hijos. Apenas un uno por ciento de la población no tiene hijos, pero al menos un cincuenta por ciento de los grandes personajes  novelescos salen  de la novela sin haberse reproducido. Ni Pantagruel, ni Panurgo, ni Don Quijote tuvieron descendencia. Ni Valmont, ni la marquesa de Merteuil, ni la virtuosa Presidenta de Las amistades peligrosas.Ni Tom Jones, el más célebre personaje de Fielding. Ni Werther. Todos los protagonistas de Stendhal carecen de hijos; al igual que muchos de los de Balzac; y de Dostoiesvski; y en el siglo que acaba de terminar, Marcel, el narrador de En busca del tiempo perdido, y, por supuesto, todos los grandes personajes de Musil, Ulrich, su hermana Agata, Walter, su mujer Clarisa y Diotima; y Svejk; y los protagonistas de Kafka, con la excepción del joven Karl Rossman, que le hizo un hijo a la sirvienta, aunque precisamente por eso, para borrar el niño de su vida, huye a América y puede nacer la novela. Esta infertilidad no se debe a una intención consciente de los novelistas; a la procreación le repugna el espíritu del arte de la novela(o el subconsciente de este arte).
La novela nació en los Tiempos modernos, que hicieron del hombre, por citar a Heidegger, el “único verdadero subjetum”, el “fundamento de todo”. En gran parte es gracias a la novela por lo que se instala el hombre, como individuo,  en el escenario europeo. Lejos de la novela, en nuestravida real, poco sabemos de nuestros padres tal como eran antes  de que naciéramos; apenas conocemos fragmentariamente a nuestros parientes cercanos; les vemos llegar y partir; en cuento desaparecen son reemplazados por otros: conforman un largo desfile de seres reemplazables. Sólo la novela aísla a un individuo, ilumina toda su biografía, sus ideas, sus sentimientos, lo vuelve irremplazable: lo convirte en el centro de todo.
Don Quijote muere y termina la novela, este final sólo es tan perfectamente definitivo porque no tiene hijos; con hijos, su vida se prolongaría, sería imitada o cuestionada, defendida  o traicionada; la muerte de un padre  deja la puerta abierta; por otra parte, es lo que oímos desde nuestro nacimiento: tu vida continuará en tus hijos; tus hijos son tu inmortalidad. Pero si historia puede seguir más allá de mi propia vida, quiere decir que mi vida no es una entidad independiente; quiere decir que  está inacabada; quiere decir  que algo hay muy concreto y terrenal en lo que el individuo se funde, consiente en fundirse, consiente en ser olvidado: familia, descendencia, tribu, nación. Quiere decir que el individuo, como “fundamento de todo”, es una ilusión, una apuesta, el sueño de algunos siglos europeos.
Con Cien añosde soledad, el arte de la novela parece salir de ese sueño; el centro de atención ya no es un individuo sino un desfile de individuos; son todos  originales, inimitables, y no obstante cada uno de ellos no es más que la luz fugaz  de un rayo de sol en las aguas de un río; cada uno de ellos lleva  en sí su olvido futuro, y todos y cada uno son conscientes de ello; ninguno permanece en la escena de la novela de principio a fin; la madre de toda esta tribu, la vieja Úrsula, tiene ciento veinte años cuando muere, y eso ocurre mucho antes de que la novela termine; y todos llevan nombres parecidos, José Arcadio Buendía, José Arcadio,  Aureliano Buendía, José Arcadio Segundo, Aureliano Segundo, con el fin de ir borrando las pinceladas que los distinguen y de que el lector acabe confundiéndolos. Al parecer, el tiempo del individualismo europeo ha dejado de ser su tiempo. Pero ¿cuál es, pues,  su tiempo? ¿Un tiempo que se remonta al pasado indio de América? ¿O un tiempo futuro en el que el individuo humano se fundirá en el hormiguero humano? Tengo la impresión de que esta novela, que es una apoteosis del arte de la novela, es a la vez un adiós dirigido a la era de la novela. Tomado de Un Encuentro, Milan Kundera. Barcelona : Tusquets Editores, 2009.Traducción del francés de Beatriz de Moura.