Gabriel García Márquez
Eva está dentro de su gato
De pronto notó que se le había derrumbado su belleza que llegó a dolerle
físicamente como un tumor o como un cáncer. Todavía recordaba el peso
de ese privilegio que llevó sobre su cuerpo durante la adolescencia y
que ahora había dejado caer —¡quién sabe dónde!— con un cansancio
resignado, con un último gesto de animal decadente. Era imposible seguir
soportando esa carga por más tiempo. Había que dejar en cualquier parte
ese inútil adjetivo de su personalidad; ese pedazo de su propio nombre
que a la fuerza de acentuarse había llegado a sobrar. Sí; había que
abandonar la belleza en cualquier parte; a la vuelta de una esquina, en
un rincón suburbano. O dejarla olvidada en el ropero de un restaurante
de segunda clase como un viejo abrigo inservible. Estaba cansada de ser
el centro de todas las atenciones, de vivir asediada por los ojos largos
de los hombres. En la noche, cuando clavaba en sus párpados los
alfileres del insomnio, hubiera deseado ser mujer ordinaria, sin
atractivos. Dentro de las cuatro paredes de su habitación todo le era
hostil. Desesperada, sentía prolongarse la vigilia por debajo de su
piel, por su cabeza, empujando la fiebre hacia arriba, hacia la raíz de
su cabello. Era como si sus arterias se hubieran poblado de unos
insectos diminutos y calientes que con la cercanía de la madrugada,
diariamente, se despertaban y recorrían con sus patas movedizas, en una
desgarradora aventura subcutánea, ese pedazo de barro frutecido donde se
había localizado su belleza anatómica. En vano luchaba por ahuyentar
aquellos animales terribles. No podía. Eran parte de su propio
organismo. Habían estado allí, vivos, desde mucho antes de su existencia
física. Venían desde el corazón de su padre que los había alimentado
dolorosamente en sus noches de soledad desesperada.
O tal vez habían desembocado a sus arterias por el cordón que la
llevó atada a su madre desde el principio del mundo. Era indudable que
esos insectos no habían nacido espontáneamente dentro de su cuerpo. Ella
sabía que venían de atrás, que todos los que llevaron su apellido
tuvieron que soportarlos, que tuvieron que sufrirlos como ella cuando el
insomnio se hacía invencible hasta la madrugada. Eran esos insectos los
mismos que pintaban ese gesto amargo, esa tristeza inconsolable en el
rostro de sus antepasados. Ella los había visto mirar desde su apagada
existencia, desde su retrato, antiguo, víctimas de esa misma angustia.
Todavía recordaba el rostro inquietante de la bisabuela que desde su
lienzo envejecido pedía un minuto de descanso, un segundo de paz a esos
insectos que allá, en los canales de su sangre, seguían martirizándola y
embelleciéndola despiadadamente. No; esos insectos no eran suyos.
Venían transmitiéndose de generación a generación sosteniendo con su
diminuta armadura todo el prestigio de una casta selecta; dolorosamente
selecta. Esos insectos habían nacido en el vientre de la primera madre
que tuvo una hija bella. Pero era necesario, urgente, detener esa
herencia. Alguien tenía que renunciar a seguir transmitiendo esa belleza
artificial. De nada valía a las mujeres de su estirpe admirarse de sí
mismas al regresar del espejo, si durante las noches esos animales
hacían su labor lenta y eficaz, sin descanso, con una constancia de
siglos. Ya no era una belleza, era una enfermedad que había que detener,
que había que cortar en forma enérgica y radical.
Todavía recordaba las horas interminables en aquel lecho sembrado de
agujas calientes. Aquellas noches en que ella trataba de empujar el
tiempo para que con la llegada del día esas bestias dejaran de doler.
¿De qué servía una belleza así? Noche a noche, hundida en su
desesperación, pensaba que más le hubiera valido ser una mujer vulgar, o
ser hombre; pero no tener esa virtud inútil, alimentada por insectos de
remotos orígenes que le estaban precipitando la llegada irrevocable de
la muerte. Tal vez sería feliz si tuviera el mismo desgarbo, esa misma
fealdad desolada de su amiga checoslovaca que tenía nombre de perro. Más
le hubiera valido ser fea, para tener un sueño apacible como el de
cualquier cristiano.
Maldijo a sus antepasados. Ellos tenían la culpa de su vigilia.
Ellos, que habían transmitido esa belleza invariable, exacta, como si
después de muertas las madres sacudieran y renovaran las cabezas para
injertarlas en los troncos de las hijas. Era como si la misma cabeza,
una cabeza sola, hubiera venido transmitiéndose, con unas mismas orejas,
con igual nariz, con idéntica boca, con su pesada inteligencia, en
todas las mujeres, quienes tenían que recibirla irremediablemente como
un doloroso patrimonio de belleza. Era allí, en la transmisión de la
cabeza, donde venía ese microbio eterno que a través de las generaciones
se había acentuado, había tomado personalidad, fuerza, hasta
convertirse en un ser invencible, en una enfermedad incurable que al
llegar a ella, después de haber pasado por un complicado proceso de
censuración, ya ni podía soportarse y era amarga y dolorosa...
Exactamente como un tumor o como un cáncer.
En esas horas de desvelo era cuando se acordaba de las cosas
desagradables a su fina sensibilidad. Recordaba esos objetos que
constituían el universo sentimental donde se habían cultivado, como en
un caldo químico, aquellos microbios desesperantes. En esas noches, con
los redondos ojos abiertos y asombrados, soportaba el peso de la
oscuridad que caía sobre sus sienes como un plomo derretido. En derredor
suyo dormían todas las cosas. Y desde su rincón, ella trataba de
repasar, para distraer su sueño, sus recuerdos infantiles.
Pero siempre esa recordación terminaba con un terror por lo
desconocido. Siempre su pensamiento, después de vagar por los oscuros
rincones de la casa, se encontraba frente a frente con el miedo.
Entonces empezaba la lucha. La verdadera lucha contra tres enemigos
inconmovibles. No podría —no, no podría jamás— sacudir el miedo de su
cabeza. Tenía que soportarlo apretado a su garganta. Y todo por vivir en
ese caserón antiguo, por dormir sola en aquel rincón, apartada del
resto del mundo.
Siempre su pensamiento se iba por los húmedos pasadizos oscuros
sacudiendo de los retratos el polvo seco cubierto de telarañas. Ese
polvo inquietante y tremendo que caía de arriba, desde ese sitio en que
se estaban deshaciendo los huesos de sus antepasados. Invariablemente se
acordaba de “el niño”. Allá lo imaginaba, sonámbulo, debajo de la
hierba, en el patio, junto al naranjo con un puñado de tierra mojada
dentro de la boca. Le parecía verlo en su fondo arcilloso, cavando
hacia arriba con las uñas, con los dientes, huyéndole al frío que le
mordía la espalda; buscando la salida al patio por ese pequeño túnel
donde lo habían metido con los caracoles. En el invierno lo oía llorar
con su llanto chiquito, sucio de barro, traspasado por la lluvia. Lo
imaginaba completo. Tal como lo habían dejado cinco años atrás, en aquel
hueco lleno de agua. No podía pensar que se hubiera descompuesto. Al
contrario, debía de ser bellísimo navegando en esa agua espesa como en
un viaje sin salida. O lo veía vivo pero asustado, miedoso de sentirse
solo, enterrado en un patio tan sombrío. Ella misma se había opuesto a
que lo dejaran allí, debajo del naranjo, tan cercano a la casa. Le tenía
miedo. Sabía que en las noches en que la persiguiera la vigilia él lo
adivinaría. Regresaría por los anchos corredores a pedirle que lo
acompañara, a pedirle que lo defendiera de esos otros insectos que se
estaban comiendo la raíz de sus violetas. Volvería a que lo dejara
dormir a su lado como cuando era vivo. Ella tenía miedo de sentirlo de
nuevo a su lado después de haber saltado el muro de la muerte. Tenía
miedo de robar esas manos que “el niño” traería siempre cerradas para
calentar su pedacito de hielo. Ella quería, después de que lo vio
convertido en cemento como la estatua del miedo tumbada sobre el lino,
quería que se lo llevaran lejos para no recordarlo en la noche. Y sin
embargo lo habían dejado allí donde ahora estaba imperturbable, astroso,
alimentando su sangre con el barro de las lombrices. Y ella tenía que
resignarse a verlo regresar desde su fondo de tinieblas. Porque siempre
invariablemente, cuando se desvelaba se ponía a pensar en “el niño” que
debía estar llamándola desde su pedazo de tierra para que lo ayudara a
fugarse de esa muerte absurda.
Pero ahora, en su nueva vida intemporal, inespacial, estaba más
tranquila. Sabía que allá, fuera de su mundo, todo seguía marchando con
el mismo ritmo de antes; que su habitación debía de estar aún sumida en
la madrugada y que sus cosas, sus muebles, sus trece libros favoritos,
permanecían en su puesto. Y que en su lecho, desocupado, apenas empezaba
a desvanecerse el aroma corpóreo que ocupaba ahora su vacío de mujer
entera. Pero, ¿cómo pudo suceder “eso”? ¿Cómo ella, después de ser una
mujer bella, con la sangre poblada de insectos, perseguida por el miedo
en la noche total, había dejado la pesadilla inmensa, insomne, para
ingresar ahora a un mundo extraño,desconocido, en donde habían sido
eliminadas todas las dimensiones? Recordó. Aquella noche —la de su
tránsito— hacía más frío que de costumbre y ella estaba sola en la casa,
martirizada por el insomnio. Nadie perturbaba el silencio, y el olor
que subía del jardín, era un olor a miedo. El sudor brotaba de su cuerpo
como si la sangre de sus arterias se estuviera derramando con su carga
de insectos. Deseaba que alguien pasara por la calle, alguien que
gritara, que rompiera aquella atmósfera detenida. Que se moviera algo en
la naturaleza, que volviera la tierra a girar alrededor del sol. Pero
fue inútil. Ni siquiera despertarían esos hombres imbéciles que se
habían quedado dormidos debajo de su oreja, dentro de la almohada. Ella
también estaba inmóvil. Las paredes manaban un fuerte olor a pintura
fresca, ese olor espeso, grande, que no se siente con el olfato sino con
el estómago. Y sobre la mesa el reloj único, golpeando el silencio con
su máquina mortal. “¡El tiempo... oh, el tiempo...!”, suspiró ella
recordando a la muerte. Y allá, en el patio, debajo del naranjo, seguía
llorando “el niño” con su llanto chiquito desde el otro mundo.
Acudió a todas sus creencias. ¿Por qué no amanecía en aquel momento o
se moría de una vez? Nunca creyó que la belleza fuera a costarle tantos
sacrificios. En aquel momento —como de costumbre— seguía doliéndole por
encima del miedo. Y por debajo del miedo seguían martirizándola esos
implacables insectos. La muerte se le había apretado a la vida como una
araña que la mordía rabiosamente, dispuesta a hacerla sucumbir. Pero
estaba de-morando el último instante. Sus manos, esas manos que los
hombres apretaban imbécilmente, con manifiesta nerviosidad animal,
estaban inmóviles, paralizadas por el miedo, por ese terror irracional
que venía de adentro, sin ningún motivo, sólo por saberse abandonada en
aquella casa antigua. Trató de reaccionar y no pudo. El miedo la había
absorbido totalmente y continuaba allí, fijo, tenaz, casi corpóreo; como
si fuera una persona invisible que se había propuesto no salir de su
habitación. Y lo que más la intranquilizaba era que ese miedo no tuviera
justificación alguna, que fuera un miedo único, sin razón; un miedo
porque sí.
La saliva se había vuelto espesa en su lengua. Era mortificante
entre sus dientes esa goma dura que se le pegaba al paladar y fluía sin
que ella pudiera contenerla. Era un deseo distinto a la sed. Un deseo
superior que estaba experimentando por primera vez en su vida. Por un
momento se olvidó de su belleza, de su insomnio y de su miedo
irracional. Se desconoció a sí misma. Por un instante creyó que habían
salido los microbios de su cuerpo. Sentía que se habían venido pegados a
su saliva. Sí; todo eso estaba muy bien. Bien que los insectos la
hubieran despoblado y que ahora pudiera dormir. Pero era necesario
encontrar un medio para disolver aquella resina que le embotaba la
lengua. Si pudiera llegar hasta la despensa y... ¿Pero en qué estaba
pensando? Tuvo un golpe de sorpresa. Nunca había sentido “ese deseo”. La
urgencia de la acidez la había debilitado, volviendo inútil la
disciplina que había seguido fielmente durante tantos años, desde el día
en que sepultaron a “el niño”. Era una tontería, pero sentía asco de
comerse una naranja. Sabía que “el niño” había subido hasta los azahares
y que las frutas del próximo otoño estarían hinchadas de su carne,
refrescadas con la tremenda frescura de su muerte. No. No podía
comerlas. Sabía que debajo de cada naranjo, en todo el mundo, había un
niño enterrado que endulzaba las frutas con la cal de sus huesos. Sin
embargo ahora tenía que comerse una naranja. Era el único remedio para
esa goma que la estaba ahogando. Era una tontería pensar que “el niño”
estaba dentro de una fruta. Aprovecharía ese momento en que la belleza
había dejado de dolerle para llegar hasta la despensa. Pero... ¿no era
raro aquello? Era la primera vez en su vida que sentía verdaderos deseos
de comerse una naranja. Se puso alegre, alegre. ¡Ah, qué placer!
¡Comerse una naranja! No sabía por qué, pero nunca tuvo un deseo más
imperativo. Se levantaría. feliz de ser otra vez una mujer normal;
cantando alegremente llegaría hasta la despensa; cantando alegremente,
como una mujer nueva, recién nacida. Llegaría inclusive hasta el patio
y...
Su recuerdo se tronchaba de pronto. Recordaba que había tratado de
levantarse y que ya no estaba en su cama, que había desaparecido su
cuerpo, que no estaban allí sus trece libros favoritos y que ella no era
ya ella. Ahora estaba incorpórea, flotando, vagando sobre una nada
absoluta, convertida en un punto amorfo, pequeñísimo, sin dirección. No
podía precisar lo sucedido. Estaba confundida. Sólo tenía la sensación
de que alguien la había empujado al vacío desde lo alto de un
precipicio. Y nada más. Pero ahora no sentía ninguna reacción. Se sentía
convertida en un ser abstracto, imaginario. Se sentía convertida en una
mujer incorpórea; algo como si de pronto hubiera ingresado en ese alto y
desconocido mundo de los espíritus puros.
Volvió a tener miedo. Pero era un miedo distinto al del momento
anterior. Ya no era el miedo al llanto de “el niño”. Era un terror por
lo extraño, por lo misterioso y desconocido de su nuevo mundo. ¡Y pensar
que después todo eso había sucedido tan inocentemente, con tanta
ingenuidad de su parte! ¿Qué iba a decir a su madre cuando al llegar a
la casa se iba a enterar de lo acontecido? Empezó a pensar en la alarma
que se produciría en los vecinos cuando abrieran la puerta de su
habitación y descubrieran que el lecho estaba vacío, que las cerraduras
no habían sido tocadas, que nadie había podido entrar o salir y que sin
embargo ella no estaba allí. Imaginó el gesto desesperado de su madre
buscándola por toda la habitación, haciendo conjeturas, preguntándose a
sí misma “qué habría sido de esa niña”. La escena se le presentaba
clara. Acudirían los vecinos y empezarían a tejer comentarios —algunos
maliciosos— sobre su desaparición. Cada cual pensaría según su propio y
particular modo de pensar. Cada cual trataría de dar la explicación más
lógica, la más aceptable al menos, en tanto que su madre correría por
los pasadizos del caserón, desesperada, llamándola por su nombre.
Y ella estaría allí. Contemplaría el momento detalle a detalle desde
su rincón, desde el techo, desde las hendiduras del muro, desde
cualquier parte; desde el ángulo más propicio, escudada en su estado
incorpóreo, en su inespacialidad. La intranquilizaba pensarlo. Ahora se
daba cuenta de su error. No podría dar ninguna explicación, aclarar
nada, consolar a nadie. Ningún ser vivo podría ser informado de su
transformación. Ahora —quizás la única vez que los necesitaba— no
tendría una boca, unos brazos, para que todos supieran que ella estaba
allí, en su rincón, separada del mundo tridimensional por una distancia
insalvable. En su nueva vida estaba aislada, totalmente impedida de
captar sensaciones. Pero a cada momento algo vibraba en ella, un
estremecimiento que la recorría, inundándola, la hacía saber de ese otro
universo físico que se movía fuera de su mundo. No oía, no veía, pero
sabía de ese sonido y de esa visión. Y allá, en la altura de su mundo
superior, empezó a saber que un ambiente de angustia la rodeaba.
Hacía apenas un segundo —de acuerdo con nuestro mundo temporal— que
se había realizado el tránsito, de manera que sólo ahora empezaba ella a
conocer las modalidades, las características de su nuevo mundo. En
torno suyo giraba una oscuridad absoluta, radical. ¿Hasta cuándo
durarían esas tinieblas? ¿Tendría que acostumbrarse a ellas eternamente?
Su angustia aumentó de concentración al saberse hundida en esa niebla
espesa, impenetrable: ¿estaría en el limbo? Se estremeció. Recordó todo
lo que había oído decir alguna vez sobre el limbo. Si en verdad estaba
allí, a su lado flotaban otros espíritus puros de niños que murieron sin
bautismo, que habían estado muriendo durante mil años. Trató de buscar
en la sombra la vecindad de esos seres que debían de ser mucho más
puros, mucho más simples que ella. Aislados por completo del mundo
físico, condenados a una vida sonámbula y eterna. Tal vez estaba “el
niño” persiguiendo una salida para llegar hasta su cuerpo.
Pero no. ¿Por qué tendría que estar en el limbo? ¿Acaso había
muerto? No. Simplemente fue un cambio de estado, un tránsito normal del
mundo físico a un mundo más fácil, descomplicado, en el que habían sido
eliminadas todas las dimensiones.
Ahora no tenía que sufrir esos insectos subcutáneos. Su belleza se
había derrumbado. Ahora, en esa situación elemental, podía ser feliz.
Aunque... —¡oh!— no completamente feliz porque ahora su más grande
deseo, el deseo de comerse una naranja, se había hecho irrealizable. Era
por lo único que hubiera querido estar todavía en su primera vida. Para
poder satisfacer la urgencia de la acidez que persistía aún después del
tránsito. Trató de orientarse a fin de llegar hasta la despensa y
sentir, siquiera, la fresca y agria compañía de las naranjas. Fue
entonces cuando descubrió una nueva modalidad de su mundo: estaba en
todas partes de la casa, en el patio, en el techo, hasta en el propio
naranjo de “el niño”. Estaba en todo el mundo físico más allá. ¡Y sin
embargo no estaba en ninguna parte! De nuevo se intranquilizó. Había
perdido el control sobre sí misma. Ahora estaba sometida a una voluntad
superior, era un ser inútil, absurdo, inservible. Sin saber por qué
empezó a ponerse triste. Casi comenzó a sentir nostalgia por su belleza:
por esa belleza que ella había desperdiciado tontamente.
Pero una idea suprema la reanimó. ¿No había oído decir acaso que los
espíritus puros pueden penetrar a voluntad en cualquier cuerpo? Después
de todo, ¿qué perdía con intentarlo? Trató de recordar cuál de los
habitantes de la casa podría ser sometido a la prueba. Si lograba
realizar su propósito quedaría satisfecha: podría comerse la naranja.
Recordó. A esa hora la gente del servicio no acostumbraba estar allí. Su
madre no había llegado todavía. Pero la necesidad de comerse una
naranja unida ahora a la curiosidad de verse encarnada en un cuerpo
distinto al suyo, la obligaba a actuar cuanto antes. Pero no había allí
nadie en quien encarnarse. Era una razón desoladora: no había nadie en
la casa. Tendría que vivir eternamente aislada del mundo exterior, en su
mundo adimensional, sin poder comerse la primera naranja. Y todo por
una tontería. Hubiera sido mejor seguir soportando unos años más esa
belleza hostil y no anularse para siempre, inutilizarse como una bestia
vencida. Pero ya era demasiado tarde.
Iba a retirarse, decepcionada, a una región distante del universo, a
una comarca donde pudiera olvidarse de todos sus pasados deseos
terrenos. Pero algo la hizo desistir bruscamente. En su comarca
desconocida se abrió la promesa de un futuro mejor. Sí: había alguien en
la casa en quien podría reencarnarse: ¡en el gato! Vaciló luego. Era
difícil resignarse a vivir dentro de un animal. Tendría una piel suave,
blanca, y habría en sus músculos concentrada una gran energía para el
salto. En la noche sentiría brillar sus ojos en la sombra como dos
brasas verdes. Y tendría unos dientes blancos, agudos, para sonreírle a
su madre desde su corazón felino con una ancha y buena sonrisa animal.
¡Pero no...! No podía ser. Se imaginó de pronto metida dentro del cuerpo
del gato, recorriendo otra vez los pasadizos de la casa, manejando
cuatro patas incómodas y aquella cola se movería suelta, sin ritmo,
ajena a su voluntad. ¿Cómo sería la vida desde esos ojos verdes y
luminosos? En la noche se iría a maullarle al cielo para que no
derramara su cemento enlunado sobre el rostro de “el niño” que estaría
bocarriba bebiéndose el rocío. Tal vez en su situación de gato también
sienta miedo. Y tal vez, al fin de todo no podría comerse la naranja con
esa boca carnívora. Un frío venido de allí mismo, nacido en la propia
raíz de su espíritu tembló en su recuerdo. No. No era posible encarnarse
en el gato. Tenía miedo de sentir un día en su paladar, en su garganta,
en todo su organismo cuadrúpedo, el deseo irrevocable de comerse un
ratón. Probablemente cuando su espíritu empiece a poblar el cuerpo del
gato ya no sentiría deseos de comerse una naranja sino el repugnante y
vivo deseo de comerse un ratón. Se estremeció al imaginarlo preso entre
sus dientes después de la cacería. Lo sintió debatirse en sus últimos
intentos de fuga, tratando de liberarse para llegar otra vez hasta su
cueva. No. Todo menos eso. Era preferible seguir allí eternamente, en
ese mundo lejano y misterioso de los espíritus puros.
Pero era difícil resignarse a vivir olvidada para siempre. ¿Por qué
tenía que sentir deseos de comerse un ratón? ¿Quién primaría en esa
síntesis de mujer y gato? ¿Primaría el instinto animal, primitivo, del
cuerpo, o la voluntad pura de mujer? La respuesta fue clara, cristalina.
Nada había que temer. Se encarnaría en el gato y se comería su deseada
naranja. Además sería un ser extraño, un gato con inteligencia de mujer
bella. Volvería a ser el centro de todas las atenciones... Fue entonces,
por primera vez, cuando comprendió que por sobre todas sus virtudes
estaba imperando su vanidad de mujer metafísica.
Como un insecto cuando pone en guardia sus antenas así orientó ella
su energía por toda la casa en busca del gato. A esa hora debía de estar
aún sobre la estufa soñando que despertará con un tallo de valeriana
entre los dientes. Pero no estaba allí. Volvió a buscarlo, pero ya no
encontró la estufa. La cocina no era la misma. Los rincones de la casa
le eran extraños; ya no eran aquellos oscuros rincones llenos de
telaraña. El gato no estaba en ninguna parte. Buscó por los tejados, en
los árboles, en los canales, debajo de la cama, en la despensa. Todo lo
encontró confundido. Donde creyó encontrar, otra vez, los retratos de
sus antepasados, no encontró sino un frasco con arsénico. De allí en
adelante encontró arsénico en toda la casa, pero el gato había
desaparecido. La casa no era ya la misma de antes. ¿Qué había sido de
sus cosas? ¿Por qué sus trece libros favoritos estaban cubiertos ahora
de una espesa capa de arsénico? Recordó el naranjo del patio. Lo buscó y
trató de encontrar otra vez “el niño’’ en su hueco de agua. Pero no
estaba el naranjo en su sitio y “el niño” no era ya sino un puño de
arsénico con ceniza bajo una pesada plataforma de concreto. Ahora sí
dormía definitivamente. Todo era distinto. Y la casa tenía un fuerte
olor arsenical que golpeaba el olfato como desde el fondo de una
droguería.
Sólo entonces comprendió ella que habían pasado ya tres mil años desde el día en que tuvo deseos de comerse la primer naranja.