domingo, 11 de enero de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez

En este pueblo no hay ladrones

Dámaso regresó al cuarto con los primeros gallos. Ana, su mujer, encinta de seis meses, lo esperaba sentada en la cama, vestida y con zapatos. La lámpara de petróleo empezaba a extinguirse. Dámaso comprendió que su mujer no había dejado de esperarlo un segundo en toda la noche, y que aún en ese momento, viéndolo frente a ella, continuaba esperando. Le hizo un gesto tranquilizador que ella no respondió. Fijó los ojos asustados en el bulto de tela roja que él llevaba en la mano, apretó los labios y se puso a temblar. Dámaso la asió por el corpiño con una violencia silenciosa. Exhalaba un tufo agrio.

Ana se dejó levantar casi en vilo. Luego descargó todo el peso del cuerpo hacia adelante, llorando contra la franela a rayas coloradas de su marido, y lo tuvo abrazado por los riñones hasta cuando logró dominar la crisis.

-Me dormí sentada -dijo-, de pronto abrieron la puerta y te empujaron dentro del cuarto, bañado en sangre.

Dámaso la separó sin decir nada. La volvió a sentar en la cama. Después le puso el envoltorio en el regazo y salió a orinar al patio. Entonces ella soltó los nudos y vio: eran tres bolas de billar, dos blancas y una roja, sin brillo, estropeadas por los golpes.

Cuando volvió al cuarto, Dámaso la encontró en una contemplación intrigada.

-¿Y esto para qué sirve? -preguntó Ana.

Él se encogió de hombros.

-Para jugar billar.

Volvió a hacer los nudos y guardó el envoltorio con la ganzúa improvisada, la linterna de pilas  y el cuchillo, en el fondo del baúl. Ana se acostó de cara a la pared sin quitarse la ropa. Dámaso se quitó sólo los pantalones. Estirado en la cama, fumando en la oscuridad, trató de identificar algún rastro de su aventura en los susurros dispersos de la madrugada, hasta que se dio cuenta de que su mujer estaba despierta.

-¿En qué piensas?

-En nada -dijo ella.

La voz, de ordinario matizada de registros baritonales, parecía más densa por el rencor.

Dámaso dio una última chupada al cigarrillo y aplastó la colilla en el piso de tierra.

-No había nada más -suspiró-. Estuve adentro como una hora.

-Han debido pegarte un tiro -dijo ella.

Dámaso se estremeció.

-Maldita sea -dijo, golpeando con los nudillos el marco de madera de la cama. Buscó a tientas, en el suelo, los cigarrillos y los fósforos.

-Tienes entrañas de burro -dijo Ana

-. Has debido tener en cuenta que yo estaba aquí sin poder dormir, creyendo que te traían muerto cada vez que había un ruido en la calle.

-Y agregó con un suspiro

-: Y todo eso para salir con tres bolas de billar.

-En la gaveta no había sino veinticinco centavos.

-Entonces no has debido traer nada.

-El problema era entrar -dijo Dámaso-. No podía venirme con las manos vacías.

-Hubieras cogido cualquier otra cosa.

-No había nada más -dijo Dámaso.

-En ninguna parte hay tantas cosas como en el salón de billar.

-Así parece -dijo Dámaso-. Pero después, cuando uno está allá adentro, se pone a mirar las cosas y a registrar por todos lados y se da cuenta de que no hay nada que sirva.

Ella hizo un largo silencio. Dámaso la imaginó con los ojos abiertos, tratando de encontrar algún objeto de valor en la oscuridad de la memoria.

-Tal vez -dijo.

Dámaso volvió a fumar. El alcohol lo abandonaba en ondas concéntricas y él asumía de nuevo el peso, el volumen y la responsabilidad de su cuerpo.

-Había un gato allá adentro -dijo-. Un enorme gato blanco.

Ana se volteó, apoyó el vientre abultado contra el vientre de su marido, y le metió la pierna entre las rodillas. Olía a cebolla.

-¿Estabas muy asustado?

-¿Yo?

-Tú -dijo Ana-. Dicen que los hombres también se asustan. Él la sintió sonreír, y sonrió.

-Un poco -dijo-. No podía aguantar las ganas de orinar.

Se dejó besar sin corresponder. Luego, consciente de los riesgos pero sin arrepentimiento, como evocando los recuerdos de un viaje, le contó los pormenores de su aventura.

Ella habló después de un largo silencio.

-Fue una locura.

-Todo es cuestión de empezar -dijo Dámaso, cerrando los ojos-. Además, para ser la primera vez la cosa no salió tan mal.


El sol calentó tarde. Cuando Dámaso despertó, hacía rato que su mujer estaba levantada. Metió la cabeza en el chorro del patio y la tuvo allí varios minutos, hasta que acabó de despertar. El cuarto formaba parte de una galería de habitaciones iguales e independientes, con un patio común atravesado por alambres de secar ropa. Contra la pared posterior, separados del patio por un tabique de lata, Ana había instalado un anafe para cocinar y calentar las planchas, y una mesita para comer y planchar. Cuando vio acercarse a su marido puso a un lado la ropa planchada y quitó las planchas de hierro del anafe para calentar el café. Era mayor que él, de piel muy pálida, y sus movimientos tenían esa suave eficacia de la gente acostumbrada a la realidad. Desde la niebla de su dolor de cabeza, Dámaso comprendió que su mujer quería decirle algo con la mirada. Hasta entonces no había puesto atención a las voces del patio.

-No han hablado de otra cosa en toda la mañana -murmuró Ana, sirviéndose el café-. Los hombres se fueron para allá desde hace rato. Dámaso comprobó que los hombres y los niños habían desaparecido del patio. Mientras tomaba el café, siguió en silencio la conversación de las mujeres que colgaban la ropa al sol. Al final encendió un cigarrillo y salió de la cocina.

-Teresa -llamó.

Una muchacha con la ropa mojada, adherida al cuerpo, respondió al llamado.

-Ten cuidado -dijo Ana. La muchacha se acercó.

-¿Qué es lo que pasa? -preguntó Dámaso.

-Que se metieron en el salón de billar y cargaron con todo -dijo la muchacha.

Parecía minuciosamente informada. Explicó cómo desmantelaron el establecimiento,

Pieza por pieza, hasta llevarse la mesa de billar. Hablaba con tanta convicción que Dámaso no pudo

creer que no fuera cierto.

-Mierda -dijo, de regreso a la cocina.

Ana se puso a cantar entre dientes. Dámaso recostó un asiento contra la pared del patio, procurando reprimir la ansiedad. Tres meses antes, cuando cumplió 20 años, el bigote lineal, cultivado no sólo con un secreto espíritu de sacrificio sino también con cierta ternura, puso un toque de madurez en su rostro petrificado por la viruela. Desde entonces se sintió adulto. Pero aquella mañana, con los recuerdos de la noche anterior flotando en la ciénaga de su dolor de cabeza, no encontraba por dónde empezar a

vivir. Cuando acabó de planchar, Ana repartió la ropa limpia en dos bultos iguales y se dispuso a

salir a la calle.

-No te demores -dijo Dámaso.

-Como siempre.

La siguió hasta el cuarto.

-Ahí te dejo la camisa de cuadros -dijo Ana-. Es mejor que no te vuelvas a poner la franela.

-Se enfrentó a los diáfanos ojos de gato de su marido-. No sabemos si alguien te vio.

Dámaso se secó en el pantalón el sudor de las manos.

-No me vio nadie.

-No sabemos -repitió Ana. Cargaba un bulto de ropa en cada brazo-. Además, es mejor que no salgas. Espera primero que yo dé una vueltecita por allá, como quien no quiere la cosa.

No se hablaba de nada distinto en el pueblo. Ana tuvo que escuchar varias veces, en versiones diferentes y contradictorias, los pormenores del mismo episodio. Cuando acabó de repartir la ropa, en vez

de ir al mercado como todos los sábados, fue directamente a la plaza.

No encontró frente al salón de billar tanta gente como imaginaba. Algunos hombres conversaban a la sombra de los almendros. Los sirios habían guardado sus trapos de colores para almorzar, y los almacenes parecían cabecear bajo los toldos de lona. Un hombre dormía desparramado en un mecedor, con la boca y las piernas y los brazos abiertos, en la sala del hotel.

Todo estaba paralizado en el calor de las doce.

Ana siguió de largo por el salón de billar, y al pasar por el solar baldío situado frente al puerto se encontró con la multitud. Entonces recordó algo que Dámaso le había contado, que todo el mundo sabía pero que sólo los clientes del establecimiento podían tener presente: la puerta posterior del salón de billar daba al solar baldío. Un momento después, protegiéndose el vientre con los brazos, se encontró confundida con la multitud, los ojos fijos en la puerta violada. El candado estaba intacto, pero una de las argollas había sido arrancada como una muela. Ana contempló por un momento los estragos de aquel trabajo solitario y modesto, y pensó en su marido con un sentimiento de piedad.

-¿Quién fue?

No se atrevió a mirar en torno suyo.

-No se sabe -le respondieron-. Dicen que fue un forastero.

-Tuvo que ser -dijo una mujer a sus espaldas-. En este pueblo no hay ladrones. Todo el mundo conoce a todo el mundo.

Ana volvió la cabeza.

-Así es -dijo sonriendo. Estaba empapada en sudor. A su lado había un hombre muy viejo con arrugas profundas en la nuca.

-¿Cargaron con todo? -preguntó ella.-Doscientos pesos y las bolas de billar -dijo el viejo. La examinó con una atención fuera de lugar-. Dentro de poco habrá que dormir con los ojos abiertos.

Ana apartó la mirada.

-Así es -volvió a decir. Se puso un trapo en la cabeza, alejándose, sin poder sortear la  impresión de que el viejo la seguía mirando. Durante un cuarto de hora, la multitud bloqueada en el solar observó una conducta respetuosa, como si hubiera un muerto detrás de la puerta violada. Después se agitó, giró sobre sí misma, y desembocó en la plaza.

El propietario del salón de billar estaba en la puerta, con el alcalde y dos agentes de la policía. Bajo y redondo, los pantalones sostenidos por la sola presión del estómago y con unos anteojos como los que hacen los niños, parecía investido de una dignidad extenuante.

La multitud lo rodeó. Apoyada contra la pared, Ana escuchó sus informaciones hasta que la multitud empezó a dispersarse. Después regresó al cuarto, congestionada por la sofocación, en medio de una bulliciosa manifestación de vecinos.

Estirado en la cama, Dámaso se había preguntado muchas veces cómo hizo Ana la noche anterior para esperarlo sin fumar. Cuando la vio entrar, sonriente, quitándose de la cabeza el trapo empapado en sudor,

aplastó el cigarrillo casi entero en el piso de tierra, en medio de un reguero de colillas, y esperó con mayor ansiedad.

-¿Entonces?

Ana se arrodilló frente a la cama.

-Que además de ladrón eres embustero -dijo.

-¿Por qué?

-Porque me dijiste que no había nada en la gaveta.

Dámaso frunció las cejas.

-No había nada.

-Había doscientos pesos -dijo Ana.

-Es mentira -replicó él, levantando la voz. Sentado en la cama recobró el tono confidencial-. Sólo había veinticinco centavos.

La convenció.

-Es un viejo bandido -dijo Dámaso, apretando los puños-. Se está buscando que le desbarate la cara.

Ana rió con franqueza.

-No seas bruto.

También él acabó por reír. Mientras se afeitaba, su mujer lo informó de lo que había logrado averiguar. La policía buscaba a un forastero.

-Dicen que llegó el jueves y que anoche lo vieron dando vueltas por el puerto -dijo-. Dicen que no han podido encontrarlo por ninguna parte. -Dámaso pensó en el forastero que no había visto nunca y por un instante sospechó de él con una convicción sincera.

-Puede ser que se haya ido -dijo Ana.

Como siempre, Dámaso necesitó tres horas para arreglarse. Primero fue la talla milimétrica del bigote. Después el baño en el chorro del patio. Ana siguió paso a paso, con un fervor que nada había quebrantado desde la noche en que lo vio por primera vez, el laborioso proceso de su peinado. Cuando lo vio mirándose al espejo para salir, con la camisa de cuadros rojos, Ana se encontró madura y desarreglada. Dámaso ejecutó frente a ella un paso de boxeo con la elasticidad de un profesional. Ella lo agarró por las muñecas.

-¿Tienes moneda?

-Soy rico -contestó Dámaso de buen humor-. Tengo los doscientos pesos.

Ana se volteó hacia la pared, sacó del seno un rollo de billetes, y le dio un peso a su

marido, diciendo:

-Toma, Jorge Negrete.

Aquella noche, Dámaso estuvo en la plaza con el grupo de sus amigos. La gente que llegaba del campo con productos para vender en el mercado del domingo, colgaba toldos en medio de los puestos de frituras y las mesas de lotería, y desde la prima noche se les oía roncar. Los amigos de Dámaso no parecían más interesados por el robo del salón de billar que por la transmisión radial del campeonato de béisbol, que

no podrían escuchar esa noche por estar cerrado el establecimiento. Hablando de béisbol, sin ponerse de acuerdo ni enterarse previamente del programa, entraron al cine.

Daban una película de Cantinflas. En la primera fila de la galería, Dámaso rió sin remordimientos. Se sentía convaleciente de sus emociones. Era una buena noche de junio, y en los instantes vacíos en que sólo se percibía la llovizna del proyector, pesaba sobre el cine sin techo el silencio de las estrellas.

De pronto, las imágenes de la pantalla palidecieron y hubo un estrépito en el fondo de la platea. En la claridad repentina, Dámaso se sintió descubierto y señalado, y trató de correr. Pero en seguida vio al público de la platea, paralizado, y a un agente de la policía, el cinturón enrollado en la mano, que golpeaba rabiosamente a un hombre con la pesada hebilla de cobre. Era un negro monumental. Las mujeres empezaron a gritar, y el agente que golpeaba al negro empezó a gritar por encima de los gritos de las

mujeres: “¡Ratero! ¡Ratero!” El negro se rodó por entre el reguero de sillas, perseguido por dos agentes que lo golpearon en los riñones hasta que pudieron trabarlo por la espalda. Luego el que lo había azotado le amarró los codos por detrás con la correa y los tres lo empujaron hacia la puerta. Las cosas sucedieron con tanta rapidez, que Dámaso sólo comprendió lo ocurrido cuando el negro pasó junto a él, con la camisa

rota y la cara embadurnada de un amasijo de polvo, sudor y sangre, sollozando: “Asesinos, asesinos.” Después encendieron las luces y se reanudó la película. Dámaso no volvió a reír. Vio retazos de una historia descosida, fumando sin pausas hasta que se encendió la luz y los espectadores se miraron entre sí, como asustados de la realidad.“Qué buena”, exclamó alguien a su lado. Dámaso no lo miró.

-Cantinflas es muy bueno -dijo.

La corriente lo llevó hasta la puerta. Las vendedoras de comida, cargadas de trastos, regresaban a casa. Eran más de las once, pero había mucha gente en la calle esperando a que salieran del cine para informarse de la captura del negro.

Aquella noche Dámaso entró al cuarto con tanta cautela que cuando Ana lo advirtió entre sueños fumaba el segundo cigarrillo, estirado en la cama.

-La comida está en el rescoldo -dijo ella.

-No tengo hambre -dijo Dámaso.

Ana suspiró.

-Soñé que Nora estaba haciendo muñecos de mantequilla -dijo, todavía sin despertar.

De pronto cayó en la cuenta de que había dormido sin quererlo y se volvió hacia

Dámaso, ofuscada, frotándose los ojos.

-Cogieron al forastero -dijo.

Dámaso se demoró para hablar.

-¿Quién dijo?

-Lo cogieron en el cine -dijo Ana-. Todo el mundo está por aquellos lados.

Contó una versión desfigurada de la captura. Dámaso no la rectificó.

-Pobre hombre -suspiró Ana.

-Pobre por qué -protestó Dámaso, excitado-. ¿Quisieras entonces que fuera yo el que estuviera en el cepo?

Ella lo conocía demasiado para replicar. Lo sintió fumar, respirando como un asmático, hasta que cantaron los primeros gallos. Después lo sintió levantado, trasegando por el cuarto en un trabajo oscuro que parecía más del tacto que de la vista. Después lo sintió raspar el suelo debajo de la cama por más de un cuarto de hora, y después lo sintió desvestirse en la oscuridad, tratando de no hacer ruido, sin saber que ella no había dejado de ayudarlo un instante al hacerle creer que estaba dormida. Algo se movió en

lo más primitivo de sus instintos. Ana supo entonces que Dámaso había estado en el cine, y comprendió por qué acababa de enterrar las bolas de billar debajo de la cama. El salón se abrió el lunes y fue invadido por una clientela exaltada. La mesa de billar había sido cubierta con un paño morado que le imprimió al establecimiento un carácter funerario. Pusieron un letrero en la pared: “No hay servicio por falta de

bolas.” La gente entraba a leer el letrero como si fuera una novedad. Algunos permanecían frente a él, releyéndolo con una devoción indescifrable.

Dámaso estuvo entre los primeros clientes. Había pasado una parte de su vida en los escaños destinados a los espectadores del billar y allí estuvo desde que volvieron a abrirse las puertas. Fue algo tan difícil pero tan momentáneocomo un pésame. Le dio una palmadita en el hombro al propietario por encima del mostrador, y le dijo:

-Qué vaina, don Roque.

El propietario sacudió la cabeza con una sonrisita de aflicción, suspirando: “Ya ves.” Y siguió atendiendo a la clientela, mientras Dámaso, instalado en uno de los taburetes del mostrador, contemplaba la mesa espectral bajo el sudario morado.

-Qué raro -dijo.

-Es verdad

-confirmó un hombre en el taburete vecino-. Parece que estuviéramos en semana santa.

Cuando la mayoría de los clientes se fue a almorzar, Dámaso metió una moneda en el tocadiscos automático y seleccionó un corrido mexicano cuya colocación en el tablero conocía de memoria. Don Roque trasladaba mesitas y silletas al fondo del salón.

-¿Qué hace? -le preguntó Dámaso.

-Voy a poner barajas -contestó don Roque-. Hay que hacer algo mientras llegan las

bolas.

Moviéndose casi a tientas, con una silla en cada brazo, parecía un viudo reciente.

-¿Cuándo llegan? -preguntó Dámaso.

-Antes de un mes, espero.

-Para entonces habrán aparecido las otras -dijo Dámaso.

Don Roque observó satisfecho la hilera de mesitas.

-No aparecerán -dijo, secándose la frente con la manga-. Tienen al negro sin comer desde el sábado y no ha querido decir dónde están. -Midió a Dámaso a través de los cristales empañados por el sudor.

-Estoy seguro de que las echó al río.

Dámaso se mordisqueó los labios.

-¿Y los doscientos pesos?

-Tampoco -dijo don Roque-. Sólo le encontraron treinta.

Se miraron a los ojos. Dámaso no habría podido explicar su impresión de que aquella mirada establecía entre él y don Roque una relación de complicidad. Esa tarde, desde el lavadero, Ana lo vio llegar dando saltitos de boxeador. Lo siguió hasta el cuarto.

-Listo -dijo Dámaso-. El viejo está tan resignado que encargó bolas nuevas. Ahora

Es cuestión de esperar que nadie se acuerde.

-¿Y el negro?

-No es nada -dijo Dámaso, alzándose de hombros-. Si no le encuentran las bolas tienen que soltarlo.

Después de la comida, se sentaron a la puerta de la calle y estuvieron conversando con los

vecinos hasta que se apagó el parlante del cine. A la hora de acostarse Dámaso estaba excitado.

-Se me ha ocurrido el mejor negocio del mundo -dijo.

Ana comprendió que él había molido un mismo pensamiento desde el atardecer.

-Me voy de pueblo en pueblo -continuó Dámaso-. Me robo las bolas de billar en uno y

lasvendo en el otro. En todos los pueblos hay un salón de billar.

-Hasta que te peguen un tiro.

-Qué tiro ni qué tiro -dijo él-. Eso no se ve sino en las películas. -Plantado en la mitad del

cuarto se ahogaba en su propio entusiasmo. Ana empezó a desvestirse, en apariencia indiferente,

pero en realidad oyéndolo con una atención compasiva.

-Me voy a comprar una hilera de vestidos -dijo Dámaso, y señaló con el índice un ropero imaginario del tamaño de la pared-. Desde aquí hasta allí. Y además cincuenta pares de zapatos.

-Dios te oiga -dijo Ana.

Dámaso fijó en ella una mirada seria.

-No te interesan mis cosas -dijo.

-Están muy lejos para mí -dijo Ana. Apagó la lámpara, se acostó contra la pared, y agregó

con una amargura cierta-: Cuando tú tengas treinta años yo tendré cuarenta y siete.

-No seas boba -dijo Dámaso.

Se palpó los bolsillos en busca de los fósforos.

-Tú tampoco tendrás que aporrear más ropa -dijo, un poco desconcertado. Ana le dio

fuego. Miró la llama hasta que el fósforo se extinguió, y tiró la ceniza. Estirado en la cama,

Dámaso siguió hablando.

-¿Sabes de qué hacen las bolas de billar?

Ana no respondió.

-De colmillos de elefantes -prosiguió él-. Son tan difíciles de encontrar que se necesita

un mes para que vengan. ¿Te das cuenta?

-Duérmete -lo interrumpió Ana-. Tengo que levantarme a las cinco.

Dámaso había vuelto a su estado natural. Pasaba la mañana en la cama, fumando, y después de la siesta empezaba a arreglarse para salir. Por la noche escuchaba en el salón de billar la transmisión radial del campeonato de béisbol. Tenía la virtud de olvidar sus proyectos con tanto entusiasmo como necesitaba para concebirlos.

-¿Tienes plata? -preguntó el sábado a su mujer.

-Once pesos -respondió ella. Y agregó suavemente-: Es la plata del cuarto.

-Te propongo un negocio.

-¿Qué?

-Préstamelos.

-Hay que pagar el cuarto.

-Se paga después.

Ana sacudió la cabeza. Dámaso la agarró por la muñeca y le impidió que se levantara de la

mesa, donde acababan de desayunar.

-Es por pocos días -dijo acariciándole el brazo con una ternura distraída-. Cuando venda

las bolas tendremos plata para todo.

Ana no cedió. Esa noche, en el cine, Dámaso no le quitó la mano del hombro ni siquiera cuando conversó con sus amigos en el intermedio. Vieron la película a retazos. Al final, Dámaso estaba impaciente.

-Entonces tendré que robarme la plata -dijo.

Ana se encogió de hombros.

-Le daré un garrotazo al primero que encuentre -dijo Dámaso empujándola por entre lamultitud que abandonaba el cine-. Así me llevarán a la cárcel por asesino.

Ana sonrió en su interior. Pero continuó inflexible. A la mañana siguiente, después de  una noche tormentosa, Dámaso se vistió con una urgencia ostensible y amenazante. Pasó junto a su mujer, gruñendo:

-No vuelvo más nunca.

Ana no pudo reprimir un ligero temblor.

-Feliz viaje -gritó.

Después del portazo empezó para Dámaso un domingo vacío e interminable. La vistosa cacharrería del mercado público y las mujeres vestidas de colores brillantes que salían con sus niños de la misa de ocho, ponían toques alegres en la plaza, pero el aire empezaba a endurecerse de calor. Pasó el día en el salón de billar. Un grupo de hombres jugó a las cartas en la mañana y antes del almuerzo hubo una afluencia momentánea. Pero era evidente que el establecimiento había perdido su atractivo. Sólo al anochecer, cuando empezaba la transmisión del béisbol, recobraba un poco de su antigua animación.

Después de que cerraron el salón, Dámaso se encontró sin rumbo en una plaza que parecía desangrar

se. Descendió por la calle paralela al puerto, siguiendo el rastro de una música alegre y remota. Al final de la calle había una sala de baile enorme y escueta, adornada con guirnaldas de papel descolorido y al fondo de la sala una banda de músicos sobre una tarima de madera. Adentro flotaba un sofocante olor a carmín

de labios. Dámaso se instaló en el mostrador. Cuando terminó la pieza, el muchacho que tocaba

los platillos en la banda recogió monedas entre los hombres que habían bailado. Una muchacha abandonó su pareja en el centro del salón y se acercó a Dámaso.

-Qué hubo, Jorge Negrete.

Dámaso la sentó a su lado. El cantinero, empolvado y con un clavel en la oreja, preguntó en falsete:

-¿Qué toman?

La muchacha se dirigió a Dámaso.

-¿Qué tomamos?

-Nada.

-Es por cuenta mía.

-No es eso -dijo Dámaso-. Tengo hambre.

-Lástima -suspiró el cantinero-. Con esos ojos.

Pasaron al comedor en el fondo de la sala. Por la forma del cuerpo la muchacha parecía excesivamente joven, pero la costra de polvo y colorete y el barniz de los labios impedían conocer su verdadera edad. Después de comer, Dámaso la siguió al cuarto, al fondo de un patio oscuro donde se sentía la respiración de los animales dormidos. La cama estaba ocupada por un niño de pocos meses envuelto en trapos de colores. La muchacha puso los trapos en una caja de madera, acostó al niño dentro, y luego puso la caja en el suelo.

-Se lo van a comer los ratones -dijo Dámaso.

-No se lo comen -dijo ella.

Se cambió el traje rojo por otro más descotado con grandes flores amarillas.

-¿Quién es el papá? -preguntó Dámaso.

-No tengo la menor idea -dijo ella. Y después, desde la puerta-: Vuelvo en seguida.

La oyó cerrar el candado. Fumó varios cigarrillos, tendido boca arriba y con la ropa puesta. El lienzo de la cama vibraba al compás del mambo. No supo en qué momento se durmió. Al despertar, el cuarto parecía más grande en el vacío de la música.

La muchacha se estaba desvistiendo frente a la cama.

-¿Qué hora es?

-Como las cuatro -dijo ella-. ¿No ha llorado el niño?

-Creo que no -dijo Dámaso.

La muchacha se acostó muy cerca de él, escrutándolo con los ojos ligeramente desviados mientras le desabotonaba la camisa. Dámaso comprendió que ella había estado bebiendo enserio. Trató de apagar la lámpara.

-Déjala así -dijo ella-. Me encanta mirarte los ojos.

El cuarto se llenó de ruidos rurales desde el amanecer. El niño lloró. La muchacha lo llevó a la cama y le dio de mamar, cantando entre dientes una canción de tres notas, hasta que todos se durmieron. Dámaso no se dio cuenta de que la muchacha despertó hacia las siete, salió del cuarto y regresó sin el niño.

-Todo el mundo se va para el puerto -dijo.

Dámaso tuvo la sensación de no haber dormido más de una hora en toda la noche.

-¿A qué?

-A ver al negro que se robó las bolas -dijo ella-. Hoy se lo llevan.

Dámaso encendió un cigarrillo.

-Pobre hombre -suspiró la muchacha.

-Pobre por qué -dijo Dámaso-. Nadie lo obligó a ser ratero.

La muchacha pensó un momento con la cabeza apoyada en su pecho. Dijo en voz muy

baja:

-No fue él.

-Quién dijo.

-Yo lo sé -dijo ella-. La noche que se metieron en el salón de billar el negro estaba con Gloria, y pasó todo el día siguiente en su cuarto hasta por la noche. Después vinieron diciendo que lo habían cogido en el cine.

-Gloria se lo puede decir a la policía.

-El negro se lo dijo -dijo ella-. El alcalde vino donde Gloria, volteó el cuarto al derecho y al revés, y dijo que la iba a llevar a la cárcel por cómplice. Al fin se arregló por veinte pesos.

Dámaso se levantó antes de las ocho.

-Quédate -le dijo la muchacha-. Voy a matar una gallina para el almuerzo.

Dámaso sacudió la peinilla en la palma de la mano antes de guardársela en el bolsillo posterior del pantalón.

-No puedo -dijo, atrayendo a la muchacha por las muñecas. Ella se había lavado la cara, y era en verdad muy joven, con unos ojos grandes y negros que le daban un aire desamparado. Lo abrazó por la cintura.

-Quédate -insistió.

-¿Para siempre?

Ella se ruborizó ligeramente, y lo separó.

-Embustero -dijo.

Ana se sentía agotada aquella mañana. Pero se contagió de la excitación del pueblo. Recogió más a prisa que de costumbre la ropa para lavar esa semana, y se fue al puerto a presenciar el embarque del negro. Una multitud impaciente esperaba frente a las lanchas listas para zarpar. Allí estaba Dámaso.

Ana lo hurgó con los índices por los riñones.

-¿Qué haces aquí? -preguntó Dámaso dando un salto.

-Vine a despedirte -dijo Ana.

Dámaso golpeó con los nudillos un poste del alumbrado público.

-Maldita sea - dijo.

Después de encender el cigarrillo arrojó al río la cajetilla vacía. Ana sacó otra del corpiño y

se la metió en el bolsillo de la camisa. Dámaso sonrió por primera vez.

-Eres burra -dijo.

-Ja, ja -hizo Ana.

Poco después embarcaron al negro. Lo llevaron por el medio de la plaza, las muñecas amarrada

s a la espalda con una soga tirada por un agente de la policía. Otros dos agentes armados de fusiles caminaban a su lado. Estaba sin camisa, el labio inferior partido y una ceja hinchada, como un boxeador. Esquivaba las miradas de la multitud con una dignidad pasiva. En la puerta del salón de billar, donde se había concentrado la mayor cantidad de público para participar de los dos extremos del espectáculo, el

propietario lo vio pasar moviendo la cabeza. El resto de la gente lo observó con una especie de fervor.

La lancha zarpó en seguida. El negro iba en el techo, amarrado de pies y manos a un tambor de petróleo. Cuando la lancha dio la vuelta en la mitad del río y pitó por última vez, la espalda del negro lanzó un destello.

-Pobre hombre -murmuró Ana.

-Criminales -dijo alguien cerca de ella-. Un ser humano no puede aguantar tanto sol.

Dámaso localizó la voz en una mujer extraordinariamente gorda, y empezó a moverse hacia la plaza.

-Hablas mucho -susurró al oído de Ana-. Lo único que falta es que te pongas a gritar el cuento.

Ella lo acompañó hasta la puerta del billar.

-Por lo menos anda a cambiarte -le dijo al abandonarlo-. Pareces un pordiosero.

La novedad había llevado al salón una clientela alborotada. Tratando de atender a todos, don Roque servía a varias mesas al mismo tiempo. Dámaso esperó a que pasara junto a él.

-¿Quiere que lo ayude?

Don Roque le puso enfrente media docena de botellas de cerveza con los vasos embocados en el cuello.

-Gracias, hijo.

Dámaso llevó las botellas a la mesa. Tomó varios pedidos, y siguió trayendo y llevando

botellas, hasta que la clientela se fue a almorzar. Por la madrugada, cuando volvió al cuarto, Ana comprendió que había estado bebiendo. Le cogió la mano y se la puso en el vientre de ella.

-Tienta aquí -le dijo-. ¿No sientes?

Dámaso no dio ninguna muestra de entusiasmo.

-Ya está vivo -dijo Ana-. Se pasa la noche dándome pataditas por dentro.

Pero él no reaccionó. Concentrado en sí mismo, salió al día siguiente muy temprano y no volvió hasta la medianoche. Así transcurrió la semana. En los escasos momentos que pasaba en la casa, fumando acostado, esquivaba la conversación. Ana extremó su solicitud. En cierta ocasión, al principio de su vida en común, él se había comportado de igual modo, y entonces ella no lo conocía tanto como para no intervenir. Acaballado sobre ella en la cama, Dámaso la había golpeado hasta hacerla sangrar.

Esta vez esperó. Por la noche ponía junto a la lámpara una cajetilla de cigarrillos, sabiendo que él era capaz de soportar el hambre y la sed, pero no la necesidad de fumar. Por fin, a mediados de julio, Dámaso regresó al cuarto al atardecer. Ana se inquietó, pensando que él debía estar muy aturdido cuando venía a buscarla a esa hora. Comieron sin hablar. Pero antes de acostarse, Dámaso estaba ofuscado y blando, y dijo espontáneamente:

-Me quiero ir.

-¿Para dónde?

-Para cualquier parte.

Ana examinó el cuarto. Las carátulas de revistas que ella misma había recortado y pegadoen las paredes hasta empapelarlas por completo con litografías de actores de cine, estaban gastadas y sin color. Había perdido la cuenta de los hombres que paulatinamente, de tanto mirarlos desde la cama, se habían ido llevando esos colores.

-Estás aburrido conmigo -dijo.

-No es eso -dijo Dámaso-. Es este pueblo.

-Es un pueblo como todos.

-No se pueden vender las bolas.

-Deja esas bolas tranquilas -dijo Ana-. Mientras Dios me dé fuerzas para aporrear ropa

no tendrás que andar aventurando. -Y agregó suavemente después de una pausa-: No sé cómo se te ocurrió meterte en eso.

Dámaso terminó el cigarrillo antes de hablar.

-Era tan fácil que no me explico cómo no se le ocurrió a nadie -dijo.

-Por la plata -admitió Ana-. Pero nadie hubiera sido tan bruto de traerse las bolas.

-Fue sin pensarlo -dijo Dámaso-. Ya me venía cuando las vi detrás d

el mostrador, metidas en su cajita, y pensé que era mucho trabajo para venirme con las manos vacías.

-La mala hora -dijo Ana.

Dámaso experimentaba una sensación de alivio.

-Y mientras tanto no llegan las nuevas -dijo-. Mandaron decir que ahora son más caras

y don Roque dice que así no es negocio. -Encendió otro cigarrillo, y mientras hablaba

sentía que su corazón se iba desocupando de una materia oscura.

Contó que el propietario había decidido vender la mesa de billar. No valía mucho. El paño roto por las audacias de los aprendices había sido remendado con cuadros de diferentes colores y era necesario cambiarlo por completo. Mientras tanto, los clientes del salón, que habían envejecido en torno al billar, no tenían ahora más diversión que las transmisiones del campeonato de béisbol.

-Total -concluyó Dámaso-, que sin quererlo nos tiramos al pueblo.

-Sin ninguna gracia -dijo Ana.

-La semana entrante se acaba el campeonato -dijo Dámaso.

-Y eso no es lo peor. Lo peor es el negro.

Acostada en su hombro, como en los primeros tiempos, sabía en qué estaba pensando su marido. Esperó a que terminara el cigarrillo. Después, con voz cautelosa, dijo:

-Dámaso.

-¿Qué pasa?

-Devuélvelas.

Él encendió otro cigarrillo.

-Eso es lo que estoy pensando hace días -dijo-. Pero la vaina es que no encuentro cómo.

Así que decidieron abandonar las bolas en un lugar público. Ana pensó luego que eso resolvía el problema del salón de billar, pero dejaba pendiente el del negro. La policía habría podido interpretar el hallazgo de muchos modos sin absolverlo. No descartaba tampoco el riesgo de que las bolas fueran encontradas por alguien que en vez de devolverlas se quedara con ellas para negociarlas.

-Ya que se van a hacer las cosas -concluyó Ana-, es mejor hacerlas bien hechas.

Desenterraron las bolas. Ana las envolvió en periódicos, cuidando de que el envoltorio no revelara la forma del contenido, y las guardó en el baúl.

-Es cosa de esperar una ocasión -dijo.

Pero en espera de la ocasión transcurrieron dos semanas. La noche del 20 de agosto –dos meses después del asalto-Dámaso encontró a don Roque sentado detrás del mostrador, sacudiéndose los zancudos con un abanico de palma. Su soledad parecía más intensa con la radio apagada.

-Te lo dije -exclamó don Roque con un cierto alborozo por el pronóstico cumplido-. Esto se fue al carajo.

Dámaso puso una moneda en el tocadiscos automático. El volumen de la música y el sistema de colores del aparato le parecieron una ruidosa prueba de su lealtad. Pero tuvo la impresión de que don Roque no lo advirtió. Entonces acercó un asiento y trató de consolarlo con argumentos ofuscados que el propietario trituraba sin emoción, al compás negligente de su abanico.

-No hay nada que hacer -decía-. El campeonato de béisbol no podía durar toda la vida.

-Pero pueden aparecer las bolas.

-No aparecerán.

-El negro no pudo habérselas comido.

-La policía buscó por todas partes -dijo don Roque con una certidumbre desesperante-. Las echó al río.

-Puede suceder un milagro.

-Déjate de ilusiones, hijo -replicó don Roque-. Las desgracias son como un caracol. ¿Tú

crees en los milagros?

-A veces -dijo Dámaso.

Cuando abandonó el establecimiento aún no habían salido del cine. Los diálogos enormes

y rotos del parlante resonaban en el pueblo apagado, y en las pocas casas que permanecían abiertas había algo de provisional. Dámaso erró un momento por los lados del cine. Después fue al salón de baile.La banda tocaba por un solo cliente que bailaba con dos mujeres al tiempo. Las otras, juiciosamente sentadas contra la pared, parecían a la espera de una carta. Dámaso ocupó una mesa, hizo señal al cantinero de que le sirviera una cerveza, y la bebió en la botella con breves pausas para respirar, observando como a través de un vidrio al hombre que bailaba con las dos mujeres. Era más pequeño que ellas.

A la medianoche llegaron las mujeres que estaban en el cine, perseguidas por un grupo De hombres. La amiga de Dámaso, que hacía parte del grupo, abandonó a los otros y se sentó a su mesa.Dámaso no la miró. Se había tomado media docena de cervezas y continuaba con la vista fija en el hombre que ahora bailaba con tres mujeres, pero sin ocuparse de ellas, divertido con las filigranas de sus propios pies. Parecía feliz, y era evidente que habría sido aún más feliz si además de las piernas y los brazos hubiera tenido una cola.

-No me gusta ese tipo -dijo Dámaso.

-Entonces no lo mires -dijo la muchacha.

Pidió un trago al cantinero. La pista empezó a llenarse de parejas, pero el hombre de las tres mujeres siguió sintiéndose solo en el salón. En una vuelta se encontró con la mirada de Dámaso, imprimió mayor dinamismo a su baile, y le mostró en una sonrisa sus dientecillos de conejo. Dámaso sostuvo la mirada sin parpadear, hasta que el hombre se puso serio y le volvió la espalda.

-Se cree muy alegre -dijo Dámaso.

-Es muy alegre -dijo la muchacha-. Siempre que viene al pueblo coge la música por su cuenta, como todos los agentes viajeros.

Dámaso volvió hacia ella los ojos desviados.

-Entonces vete con él -dijo-. Donde comen tres comen cuatro.

Sin replicar, ella apartó la cara hacia la pista de baile, tomando el trago a sorbos lentos. Eltraje amarillo pálido acentuaba su timidez. Bailaron la tanda siguiente. Al final, Dámaso estaba denso.

-Me estoy muriendo de hambre -dijo la muchacha, llevándolo por el brazo hacia el mostrador-. Tú también tienes que comer. -El hombre alegre venía con las tres mujeres en sentido contrario.

-Oiga -le dijo Dámaso.

El hombre le sonrió sin detenerse. Dámaso se soltó del brazo de su compañera y le cerró elpaso.

-No me gustan sus dientes.

El hombre palideció, pero seguía sonriendo.

-A mí tampoco -dijo.

Antes de que la muchacha pudiera impedirlo, Dámaso le descargó un puñetazo en la cara y

el hombre cayó sentado en el centro de la pista. Ningún cliente intervino. Las tres mujeres abrazaron a Dámaso por la cintura, gritando, mientras su compañera lo empujaba hacia el fondo del salón. El hombre se incorporaba con la cara descompuesta por la impresión. Saltó como un mono en el centro de la pista y gritó:

-¡Que siga la música!

Hacia las dos, el salón estaba casi vacío, y las mujeres sin clientes empezaron a comer. Hacía calor. La muchacha llevó a la mesa un plato de arroz con frijoles y carne frita, y comió todo con una cuchara. Dámaso la miraba con una especie de estupor. Ella tendió hacia él una cucharada de arroz.

-Abre la boca.

Dámaso apoyó el mentón en el pecho y sacudió la cabeza.

-Eso es para las mujeres -dijo-. Los machos no comemos.

Tuvo que apoyar las manos en la mesa para levantarse. Cuando recobró el equilibrio, el cantinero estaba cruzado de brazos frente a él.

-Son nueve con ochenta -dijo-. Este convento no es del gobierno.

Dámaso lo apartó.

-No me gustan los maricas -dijo.

El cantinero lo agarró por la manga, pero a una señal de la muchacha lo dejó pasar,

diciendo:

-Pues no sabes lo que te pierdes.

Dámaso salió dando tumbos. El brillo misterioso del río bajo la luna abrió una hendija  de lucidez en su cerebro. Pero se cerró en seguida. Cuando vio la puerta de su cuarto, al otro lado del pueblo, Dámaso tuvo la certidumbre de haber dormido caminando. Sacudió la cabeza. De un modo confuso pero urgente se dio cuenta de que a partir de ese instante tenía que vigilar cada uno de sus movimientos. Empujó la puerta con cuidado para impedir que crujieran los goznes.

Ana lo sintió registrando el baúl. Se volteó contra la pared para evitar la luz de la lámpara, pero luego se dio cuenta de que su marido no se estaba desvistiendo. Un golpe de clarividencia la sentó en la cama. Dámaso estaba junto al baúl, con el envoltorio de las bolas y la linterna en la mano.

Se puso el índice en los labios.

Ana saltó de la cama.

-Estás loco -susurró corriendo hacia la puerta. Rápidamente pasó la tranca. Dámaso se guardó la linterna en el bolsillo del pantalón junto con el cuchillito y la lima afilada, y avanzó hacia ella con el envoltorio apretado bajo el brazo. Ana apoyó la espalda contrala puerta.

-De aquí no sales mientras yo esté viva -murmuró.

Dámaso trató de apartarla.

-Quítate -dijo.

Ana se agarró con las dos manos al marco de la puerta. Se miraron a los ojos sin parpadear.

-Eres un burro -murmuró Ana-. Lo que Dios te dio en ojos te lo quitó en sesos.

Dámaso la agarró por el cabello, torció la muñeca y le hizo bajar la cabeza, diciendo con los dientes apretados:

-Te dije que te quitaras.

Ana lo miró de lado con el ojo torcido como el de un buey bajo el yugo. Por un momento se sintió invulnerable al dolor, y más fuerte que su marido, pero él siguió torciéndole el cabello hasta que se le atragantaron las lágrimas.

-Me vas a matar el muchacho en la barriga –dijo.

Dámaso la llevó casi en vilo hasta la cama. Al sentirse libre, ella le saltó por la espalda, lo trabó con las piernas y los brazos, y ambos cayeron en la cama. Habían empezado a perder fuerzas por la sofocación.

-Grito -susurró Ana contra su oído-. Si temueves me pongo a gritar.

Dámaso bufó en una cólera sorda, golpeándole las rodillas con el envoltorio de las bolas. Ana lanzó un quejido y aflojó las piernas pero volvió a abrazarse a su cintura para impedirle que llegara a la puerta. Entonces empezó a suplicar.

-Te prometo que yo misma las llevo mañana -decía-. Las pondré sin que nadie se dé cuenta.

Cada vez más cerca de la puerta, Dámaso le golpeaba las manos con las bolas. Ella lo soltaba por momentos mientras pasaba el dolor. Después lo abrazaba de nuevo y seguía suplicando.

-Puedo decir que fui yo -decía-. Así como estoy no pueden meterme en el cepo.

Dámaso se liberó.

-Te va a ver todo el pueblo -dijo Ana

- Eres tan bruto que no te das cuenta de que hay luna clara. -Volvió a abrazarlo antes de que acabara de quitar la tranca. Entonces, con los ojos cerrados, lo golpeó en el cuello y en la cara, casi gritando

-: Animal, animal. -Dámaso trató de protegerse, y ella se abrazó a la tranca y se la arrebató de las manos.

Le lanzó un golpe a la cabeza. Dámaso lo esquivó, y la tranca sonó en el hueso de su hombro como un cristal.

-Puta -gritó.

En ese momento no se preocupaba por no hacer ruido. La golpeó en la oreja con el

revés del puño, y sintió el quejido profundo y el denso impacto del cuerpo contra la

pared, pero no miró. Salió del cuarto sin cerrar la puerta. Ana permaneció en el suelo, aturdida por el dolor, y esperó que algo ocurriera en su vientre. Del otro lado de la pared la llamaron con una voz que parecía de una persona enterrada. Se mordió los labios para no llorar. Después se puso en pie y se vistió. No pensó -como no lo había pensado la primera vez-que Dámaso estaba aún frente al cuarto, diciéndole que el plan había fracasado, y en espera de que ella saliera dando gritos. Pero Ana cometió el mismo error por segunda vez: en lugar de perseguir a su marido, se puso los zapatos, ajustó la puerta y se sentó en la cama a esperar. Sólo cuando se ajustó la puerta comprendió Dámaso que no podía retroceder. Un alboroto de perros lo persiguió hasta el final de la calle, pero después hubo un silencio espectral. Eludió los andenes, tratando de escapar a sus propios pasos, que sonaban grandes y ajenos en el pueblo dormido. No tuvo ninguna precaución mientras no estuvo en el solar baldío, frente a la puerta falsa del salón de billar. Esta vez no tuvo que servirse de la linterna. La puerta sólo había sido reforzada en el sitio de la argolla violada. Habían sacado un pedazo de madera del tamaño y la forma de un ladrillo, lo habían reemplazado por madera nueva, y habían vuelto a poner la misma argolla. El resto eraigual. Dámaso tiró del candado con la mano izquierda, metió el cabo de la lima en la raíz de la argolla que no había sido reforzada, y movió la lima varias veces como una barra de automóvil, con fuerza pero sin violencia, hasta

cuando la madera cedió en una quejumbrosa explosión de migajas podridas. Antes de empujar la puerta levantó la hoja desnivelada para amortiguar el rozamiento en los ladrillos del piso. La entreabrió apenas. Por último se quitó los zapatos, los deslizó en el interior junto con el paquete de las bolas, y entró santiguándose en el salón anegado de luna.

En primer término había un callejón oscuro atiborrado de botellas y cajones vacíos. Más allá, bajo el chorro de luna de la claraboya vidriada, estaba la mesa de billar, y luego el revés de los armarios, y al final las mesitas y las sillas parapetadas contra el revés de la puerta principal.

Todo era igual a la primera vez, salvo el chorro de luna y la nitidez del silencio. Dámaso, que

hasta ese momento había tenido que sobreponerse a la tensión de los nervios, experimentó una

rara fascinación.

Esta vez no se cuidó de los ladrillos sueltos. Ajustó la puerta con los zapatos y después de atravesar el chorro de luna encendió la linterna para buscar  la cajita de las bolas  detrás  del mostrador. Actuaba sin prevención. Moviendo la linterna de izquierda a derecha vio un montón de frascos polvorientos, un par de estribos con espuelas, una camisa enrollada y sucia de aceite de motor, y luego la cajita de las bolas en el mismo lugar en que la había dejado. Pero no detuvo el haz de luz hasta el final. Allí estaba el

gato.

El animal lo miró sin misterio a través de la luz. Dámaso lo siguió enfocando hasta querecordó con ligero escalofrío que nunca lo había visto en el salón durante el día. Movió la linterna hacia adelante, diciendo: “Zape”, pero el animal permaneció impasible. Entonces hubo una especie de detonación silenciosa dentro de su cabeza y el gato desapareció por completo de su memoria. Cuando comprendió lo que estaba pasando, ya había soltado la linterna y apretaba el paquete de las bolas contra el pecho. El salón estaba iluminado.

-¡Epa!

Reconoció la voz de don Roque. Se enderezó lentamente, sintiendo un cansancio terrible en los riñones. Don Roque avanzaba desde el fondo del salón, en calzoncillos y con una barra de hierro en la mano, todavía ofuscado por la claridad. Había una hamaca colgada detrás de las botellas y los cajones vacíos, muy cerca de donde había pasado Dámaso al entrar. También eso era distinto a la primera vez. Cuando estuvo a menos de diez metros, don Roque dio un saltito y se puso en guardia. Dámaso escondió la mano con el paquete. Don Roque frunció la nariz, avanzando la cabeza, para reconocerlo sin los anteojos.

-Muchacho -exclamó.

Dámaso sintió como si algo infinito hubiera por fin terminado. Don Roque bajó la barra  y

se acercó con la boca abierta. Sin lentes y sin la dentadura postiza parecía una mujer.

-¿Qué haces aquí?

 -Nada -dijo Dámaso.

Cambió de posición con un imperceptible movimiento del cuerpo.

-¿Qué llevas ahí? -preguntó don Roque.

Dámaso retrocedió.

-Nada -dijo.

Don Roque se puso rojo y empezó a temblar.

-Qué llevas ahí -gritó, dando un paso hacia adelante con la barra levantada. Dámaso le dio el paquete. Don Roque lo recibió con la mano izquierda, sin descuidar la guardia, y lo examinócon los dedos. Sólo entonces comprendió.

-No puede ser -dijo.

Estaba tan perplejo, que puso la barra sobre el mostrador y pareció olvidarse de Dámaso mientras abría el paquete. Contempló las bolas en silencio.

-Venía a ponerlas otra vez -dijo Dámaso.

-Por supuesto -dijo don Roque.

Dámaso estaba lívido. El alcohol lo había abandonado por completo, y sólo le quedaba un sedimento terroso en la lengua y una confusa sensación de soledad.

-Así que éste era el milagro -dijo don Roque, cerrando el paquete-. No puedo creer que

seas tan bruto. -Cuando levantó la cabeza había cambiado de expresión-. ¿Y los doscientos

pesos?

-No había nada en la gaveta -dijo Dámaso.

Don Roque lo miró pensativo, masticando en el vacío, y después sonrió.

-No había nada -repitió varias veces-. De manera que no había nada. -Volvió a agarrar labarra, diciendo:

-Pues ahora mismo le vamos a echar ese cuento al alcalde.

Dámaso se secó en los pantalones el sudor de las manos.

-Usted sabe que no había nada.

Don Roque siguió sonriendo.

-Había doscientos pesos -dijo-. Y ahora te los van a sacar del pellejo, no tanto por ratero como por bruto.

viernes, 9 de enero de 2015

El problema con Cuba del señor García

Gabo que estás en los cielos

En 1999 el periodista Jon Lee Anderson escribió para la revista New Yorker un perfil titulado El poder de García Márquez donde daba cuenta del origen del problema, la posición  del escritor ante Cuba y su amistad con el dictador Fidel Castro

Portada de el artículo en The New Yorker./lasillavacia.com
“García Márquez ha tenido un “Problema con Cuba” desde 1971, cuando el  poeta cubano Heberto Padilla fue arrestado por ‘actividad contrarevolucionaria’. Un grupo reconocido de intelectuales, que incluyó a Plinio Apuleyo Mendoza, escribió una carta a Fidel Castro en protesta por el arresto. En vista de que García Márquez estaba de viaje y fuera de contacto, Plinio se tomó la libertad de sumar su nombre a la petición. Padilla fue liberado de su detención pero fue forzado a pasar por una grotesca confesión pública al estilo soviético y el espectáculo llevó a que muchos de los que habían apoyado el régimen de Castro rompieran con él. Una segunda carta de protesta fue firmada por todos los que habían firmado la primera misiva, excepto por Julio Cortázar y García Márquez. Luego, en 1975, García Márquez fue a Cuba, con la intención de escribir ‘el libro’ de la revolución. Nunca publicó el libro, pero escribió una serie de artículos y conoció e hizo amistad con Castro”.
García fue fiel a su “problema con Cuba” y por más de cuatro décadas recibió críticas negativas de otros escritores. Mario Vargas Llosa llamó a García el “cortesano de Castro”, Guillermo Cabrera le recordó los nombres de todos sus colegas cubanos que no gozaban de los mismos privilegios que tenía García en Cuba y que vivían en el exilio a riesgo de regresar a la isla y ser arrestados, Fernando Vallejo le dedicó una diatriba per angostam viam en El Malpensante. Enrique Krauze, en 2009, luego de publicada la biografía de García concertada con Gerald Martín, le hizo un análisis detallado al libro, a tono de crítica literaria y pronto pasó de lo formal a lo moral, dos fragmentos concluyentes:
“Gabriel García Márquez no es un escritor de torre de marfil: ha declarado estar orgulloso de su oficio de periodista, promueve el periodismo en una academia en Colombia y ha dicho que el reportaje es un género literario que “puede ser no sólo igual a la vida sino más aún: mejor que la vida. Puede ser igual a un cuento o una novela con la única diferencia —sagrada e inviolable— de que la novela y el cuento admiten la fantasía sin límites pero el reportaje tiene que ser verdad hasta la última coma”. ¿Cómo conciliar esta declaración de la moral periodística con su propio ocultamiento de la verdad en Cuba, a pesar de tener acceso privilegiado a la información interna?”
“Por lo que hace al juicio de la posteridad, es un tanto prematuro afirmar que García Márquez es el “nuevo Cervantes”. Pero en términos morales no hay comparación. Héroe de guerra contra los turcos, herido y mutilado en batalla, náufrago y preso en Argel por cinco años, Cervantes vivió sus ideales, dificultades y pobreza con una moralidad quijotesca, y la suprema libertad de tomar sus derrotas con humor. Esa grandeza de espíritu no se ha visto en las complicidades de García Márquez con la opresión y la dictadura. No es Cervantes.”
El “problema con Cuba” persigue a García y a la sesuda crítica se sumó un balbuceo cerril de la representante de una casta política colombiana, emitido a pocas horas de conocerse la muerte del celebrado escritor colombiano. La recién elegida representante para el congreso en representación de un partido de derecha trinó por Twitter: “Pronto estarán juntos en el infierno” y acompañó el mensaje con una foto de Fidel Castro y García muy acomodados en un plácido sofá.
El escupitajo de moralina celestial de la congresista fue un eco lacónico de lo que piensan muchos de sus votantes y seguidores del partido político al que ella pertenece. Gracias a este microrelato más oportunista que oportuno se dibujó un pensamiento tan políticamente incorrecto como esclarecedor, el de una parroquia mental de politiqueros que le exige a las mentes tolerantes, antes que una cómoda indignación, tolerancia ante esa intolerancia a riesgo de cercenar la libertad de expresión. La libertad que se tomó la futura congresista para opinar es la misma que cobija a los que en Venezuela, por ejemplo, le han hecho monumentos a los líderes de la guerrilla en Colombia, a no ser que ella y sus copartidarios quieran negarle a sus contrincantes los mismos derechos que los cobijan a ellos (o que cobijan a los que por estos días han criticado a la congresista y también la han mandado al averno).
Pero volviendo al señor García y a su “problema con Cuba”, el problema del escritor no parece haber sido insular sino continental: su patología se extiende a la personificación del poder en general. Al respecto escribía Anderson en su perfil de 1999:
“García Márquez niega que tenga una obsesión con el poder. ‘No es mi fascinación con el poder’, me dijo, ‘es la fascinación que tienen todos los que tienen poder conmigo. Son ellos los que me buscan, y confían en mi.’ Cuando le repito esto a uno de los amigos más cercanos a García Márquez en Bogotá, este se ríe y cierra los ojos, ‘Bueno, él puede decir eso, también es verdad. Todos los presidentes latinoaméricanos quieren ser sus amigos, pero él también quiere ser amigo de ellos. Hasta donde lo conozco, él siempre ha tenido ese deseo con el poder. Gabo ama los presidentes. A mi esposa le gusta molestarlo y le dice que hasta un vice-ministro le causa una erección.’”
Y claro, García no solo ha usado su poder para medir su hombría con la de los poderosos, sino que usó el poder para erigir, el poder para poder hacer y se pueden recordar sus conspiraciones por la paz (entre 1997 y 2000) y por la educación (Comisión de sabios en 1994). Pero tal vez la empresa en la que García se vio más comprometido con el poder a nivel de Colombia y que le granjeo más problemas fue la revista Alternativa (y no el proyecto más calculado de la Revista Cambio de años posteriores en el que García fue accionista mayoritario).
Alternativa publicó 275 números desde 1974 hasta 1980. García actuó en un comienzo como reticente fundador y decidido financiador pero terminó metido de cabeza y participó en su enfoque editorial, investigativo, gráfico y como columnista. Alternativa en sus seis años de vida sufrió por problemas externos —decomisos, atentados, bloqueos en su financiación, circulación restringida— y por problemas internos —sectarismo, sindicalismo, separaciones—. Es diciente de este país que la acción política de más largo aliento en la que García invirtió tanto tiempo y recursos sea la más ninguneada y que ahora que se rememoran los episodios de su vida en Colombia, su etapa más politizada a nivel nacional sea la más ignorada.
A pesar de que la muerte de García estaba cantada desde hace meses y que los obituarios y “presentaciones multimedia” ya estaban preparadas casi con años de antelación, la omisión de lo que representó Alternativa en la “gabolatría” patriotera de estos días muestra que al periodismo no le gusta hacer periodismo sobre el periodismo. Además, ocuparse de una publicación como Alternativa implica volver sobre un contrapunto escrito y gráfico que hace ver al periodismo actual deslucido, apocado, aburrido. Incluso, se puede decir que el exilio de García del año 1981 es un efecto claro de la labor de contrapeso al poder establecido que él, junto a tantos otros, hicieron en Alternativa. Su exilio fue una retaliación por parte del cuerpo político y militar y por parte de un sector del periodismo, encabezado por el periódico El Tiempo que colaboró con la fabricación de una carta anónima difundida en sus páginas que señalaba a García como colaborador de la guerrilla y lo ponía en lista de espera para el próximo allanamiento y detención por parte del aparato parajudicial del Gobierno de Julio Cesar Turbay. Al menos así lo denunció García en su época, y así lo ignoró El Tiempo en estos días, y en vez de pedir disculpas o de aclarar ese bochornoso incidente del pasado, prefirió pasar de agache, camuflar su error con un bufet variado de hagiografía multimedial y no explicar por qué colaboró en esta campaña de odio que obligó al escritor a decirle adiós a su país.
El “problema con Cuba” continuará persiguiendo al señor García y servirá para nuevas diatribas de más gramaje una vez desaparezcan los Castro de Cuba, cuando salga a la luz la dimensión real de su gobierno y se pueda hacer un balance de la corruptela del poder revolucionario cotejándola con las perversiones del embargo económico, cuando se pueda saber qué se hizo bien y qué se hizo mal. Las críticas a García, desde el aspecto ideológico, siempre tendrán que teñirse de moral, serán una planicie fértil para el cazador de inconsistencias y contradicciones que gusta de sumarle estampitas a la biblia que todo moralista pretende escribir e ilustrar. Pero a nivel del arte, el mismo terreno pantanoso de lo mundano es el lugar propicio para comprender en su complejidad la experiencia paradójica de vivir. El tiempo que García se compró para poder trabajar exclusivamente en Cien Años de Soledad vino de lo que pudo ahorrar por trabajar durante varios años al servicio de franquicias norteamericanas de publicidad o haciendo guiones, y claro, toda esa experiencia laboral de tinte mercantil en vez de depreciar su obra, la alimentó, le dio al artista una educación práctica y sentimental, un arsenal de trucos narrativos que jamás le habría dado la literatura “pura” (aunque nunca dejó de ser un lector insaciable de todo lo escrito por una tropa mundial de literatos vivos y muertos).
El artista, a riesgo de hundirse lentamente en las arenas movedizas de la inmoralidad, gracias a esas experiencias mundanas ganó una comprensión que le permitió hablar con propiedad de la vida y de sí mismo:
"Descubrí que no soy disciplinado por virtud, sino como reacción contra mi negligencia; que parezco generoso por encubrir mi mezquindad, que me paso de prudente por mal pensado, que soy conciliador para no sucumbir a mis cóleras reprimidas, que sólo soy puntual para que no se sepa cuan poco me importa el tiempo ajeno." (Memoria de mis Putas Tristes)
Más que andar haciendo discursitos empalagosos sobre García plagados de mariposas amarillas o de andar engolosinados con la categoría de “realismo mágico” que parece salida de la misma encuesta que dictamina que los colombianos son los seres más felices del planeta, habría que ver que lo escrito por García nunca estuvo tan cargado del didactismo aleccionador con que ahora se lo pretende inmunizar, al menos en sus obras iniciales, antes de que pasara de la metralleta rítmica de la máquina de escribir a la cajita de música ambiental de un computador Mac.
El poder de García se mide, al menos como artista, en esos momentos en que supo capturar al mundo, hacerlo suyo y de todo el que se arrime a interpretarlas. Todas esas obras o fragmentos de obras en que logró darle concreción formal a ese estado inmanente entre la tragedia y la comedia donde se define lo humano. El poder de García puede verse reflejado en la casa llena de lujos que tenía en Cuba junto al desnucadero secreto de Castro, o en jugar tenis con los expresidentes de Colombia y departir con el Rey de España en el islote presidencial cerca a la siempre colonial Cartagena, pero el poder revolucionario del artista está en el lenguaje, en esa quimera que supo servir, alimentar, nutrir incluso con inmoralidad, con infamias efímeras que se transformaron luego en pasajes hipnóticos que le dieron una brizna de inmortalidad:
“La verdad es que yo no gano nada con ser santo después de muerto, yo lo que soy es un artista, y lo único que quiero es estar vivo para seguir a pura de flor de burro con este carricoche convertible de seis cilindros que le compré al cónsul de los infantes, con este chofer trinitario que era barítono de la ópera de los piratas en Nueva Orleans, con mis camisas de gusano legítimo, mis lociones de oriente, mis dientes de topacio, mi sombrero de tartarita y mis botines de dos colores, durmiendo sin despertador, bailando con las reinas de la belleza y dejándolas como alucinadas con mi retórica de diccionario, y sin que me tiemble la pajarilla si un miércoles de ceniza se me marchitan las facultades, que para seguir con esta vida de ministro me basta con mi cara de bobo y me sobra con el tropel de tiendas que tengo desde aquí hasta más allá del crepúsculo, donde los mismos turistas que nos andaban cobrando al almirante trastabillan ahora por los retratos con mi rúbrica, los almanaques con mis versos de amor, mis medallas de perfil, mis pulgadas de ropa, y todo eso sin la gloriosa conduerma de estar todo el día y toda la noche esculpido en mármol ecuestre y cagado de golondrinas como los padres de la patria.” (Blacamán el bueno vendedor de milagros)

miércoles, 7 de enero de 2015

Gabo que estás en los cielos


  • Gabo que estás en los cielos






    Gabriel García Márquez
    1927-2014
    Novelista, cuentista, guionista y periodista colombiano nacido en Aracataca en 1927. Es uno de los máximos exponentes del llamado realismo mágico y su obra más conocida, la novela Cien años de soledad, es considerada una de las más representativas de esta corriente literaria. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura "por sus novelas e historias cortas, en las que lo fantástico  y lo real  son combinados en un tranquilo mundo de imaginación rica, reflejando la vida y los conflictos de un continente", según la Academia Sueca.
    García Márquez comenzó su carrera como periodista escribiendo para el diario El Universal de Cartagena de Indias, para el Heraldo de Barranquilla y luego para El Espectador de Bogotá. Fu
    e
    uno de los integrantes del Grupo de Barranquilla, formado por destacadas figuras de la cultura en los años cuarenta y cincuenta. En 1974 fundó con varios intelectuales de izquierda la revista Alternativa. En 1994 creó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

    Gabriel García Márquez, 1927-2014, sudario./Rodrigo García Barcha
    Macondo está de luto. La tierra está en duelo porque un demiurgo ha muerto. Pero tenemos el consuelo que su obra perdurará, y cuando todos seamos polvo de olvido, su nombre y sus novelas seguirán vigentes porque Él escribió para el tiempo y la memoria, y no para el olvido.
    Nosotros tenemos el orgullo que sin las coyunturas de su desaparición, le hicimos en vida el Homenaje 85 años de Gloria; 45 años de la publicación de Cien años de soledad ; y 30 años de la entrega del Premio Nobel de Literatura 1982 durante el segundo semestre de 2012.
    Como he repetido siempre, el mejor homenaje a un escritor, y por supuesto, Gabriel José de la Concordia García Márquez era un escritor para la memoria y el tiempo, es leerlo, reeleerlo...
    Gabo que estás en los cielos hasta siempre...
    Marcelo Del Castillo

martes, 6 de enero de 2015

Gabo en casa

Una amiga de García Márquez recorre sus recuerdos del Nobel en la intimidad del hogar
García Márquez, Zheger Hay Harb y Mercedes Barcha en la casa de Gabo, 2009 • © archivo personal de Zheger Hay./elmalpensante.com
 
No fue una muerte sorpresiva: desde hacía días sabíamos que el fin se acercaba, pero aun así resultaba difícil acostumbrarse. También había sido difícil, a lo largo del último año, aceptar que ya no era el mismo. La vida se le extraviaba y los años le cayeron de pronto todos juntos. Pero también se había liberado de las obligaciones que se había autoimpuesto para ayudar a mejorar el mundo, se hacía cada día más dulce, más alegre, y quería estar siempre con amigos, salir adonde hubiera música, fiesta.
Lo conocí poco después del Nobel, cuando yo estaba asilada en México. Al día siguiente de haber conversado telefónicamente por primera vez, me recogió en mi apartamento y me llevó a su casa. Desde ese día me pregunto por qué merecí la suerte de esa amistad. Fui habitual en la intimidad de almuerzos casi cotidianos, solo Mercedes, él y yo en la mesita de la cocina. También fui asidua invitada los fines de semana a su casa de Cuernavaca, sin que nadie más alterara esos momentos de conversaciones íntimas. Siempre nos reuníamos después del mediodía, porque Gabo pasaba toda la mañana pegado al computador trabajando sin parar.
Algunas veces salíamos a librerías o a restaurantes. Recuerdo una vez que fuimos los tres a Garibaldi, ya desde entonces una zona realmente peligrosa, para oír y cantar rancheras. Pero, a pesar de que le gustaba la fiesta, las salidas eran más bien escasas. Muchas veces yo cocinaba, porque le gustaba la comida árabe, pero en la noche siempre era Mercedes la que preparaba algo sencillo y delicioso.
Muchas veces me pidió que le hablara sobre mis años en la guerrilla, pero yo estaba todavía en la etapa en que no era capaz de recordar con tranquilidad y además estaba feliz disfrutando de la vida sin zozobras, así que le conté solo pequeños trozos.
En esa intimidad presencié el noviazgo y luego el matrimonio de su hijo Gonzalo; el nacimiento de Mateo, su primer nieto, a quien yo me llevaba de la casa de sus padres a la de sus abuelos cuando era apenas un bebé; el nacimiento de Emilia, la escritura de El general en su laberinto, la preparación de El cataclismo de Damocles, su asistencia a las cumbres presidenciales... También fue mi acompañante al momento de comprar un apartamento en Coyoacán, y le dio todo su afecto a mi hijo, con quien tuvo tantas muestras de abuelo cariñoso.
Una vez le conté que mi hijo me había pedido un saxofón y mi respuesta había sido que mejor aprendiera a tocar maracas, porque ese aparato era muy caro y seguramente en poco tiempo lo iba a dejar por ahí botado. Gabo me dijo que eso podía ocurrir, pero que si no se lo compraba, cuando estuviera grande iba a decir que si lo hubiese tenido habría llegado a ser Sonny Rollins. Entonces el mismo Gabo se lo regaló. Después y hasta el fin de sus días tuvo a mi hijo a su lado, no solo en la organización razonada de su biblioteca, sino en la discusión de libros que ambos leían.
Tenía gestos de humor travieso, como cuando me autografió un libro: “Para Sejer [porque nunca aprendió a escribir mi nombre como lo puso el cura que me bautizó] con la condición de que no se lo dé a nadie”. Lo escribió muerto de la risa porque ese día había en la casa varios mexicanos que no entendían el sentido de la dedicatoria y preguntaban si yo lo daba, refiriéndose al libro; entonces él hacía chistes que aumentaban la confusión.
Cuando regresé a Colombia, Mercedes y Gabo visitaban mi casa cada vez que venían. Eran reuniones estrictamente familiares, sin flashes ni prensa.
De Gabo llamaba la atención su discreción, no solo la que era obligada respecto a los temas de Estado en que tantas veces se metió, sino también para referirse a la gente, a los amigos y a los pocos que con los años dejaron de serlo. Nunca hablaba mal de nadie, ni siquiera de aquellos que, con aparente inocencia, bromeaban siempre sobre su supuesto mal vestir, cuando recién llegado a Bogotá todavía usaba ropa de tierra caliente, todo un camaján chévere, un caribeño “liso”, como decimos en la costa a los confianzudos. Nunca dijo, por ejemplo, si esos amigos del altiplano llegaban a la costa calzando sandalias con medias blancas y vistiendo pantalón de paño. Tal vez cuando retrató la casa de Fernanda del Carpio estaba pensando en ellos, pero eso no habría hecho que dejara de quererlos; apenas resultaba suficiente para alguna broma silenciosa sobre lo distintos que eran los cachacos, pero nada más. Así fue, hasta que ellos, con su envidia, quebraron esa amistad. En una ocasión en que yo reaccioné con rabia ante la publicación de alguna infidencia de su vida privada, me dijo entre risas que no fuera boba poniéndome a darle importancia a quien no la tenía.
No creo que los amigos que acabaron alejándose de Gabo lo hayan hecho por diferencias políticas. De Álvaro Mutis, todo en política lo alejaba, y se quisieron hasta cuando la muerte decidió que siguieran la amistad en otra parte. Decía que Mutis y él estaban de acuerdo porque ambos detestaban a la burguesía y con eso se zanjaban las di-ferencias.
La fascinación por el poder y su aguda capacidad de observación le permitieron ir dibujando el retrato del tirano de El otoño del patriarca. Esa misma cercanía con los poderosos, si bien sirvió para que los políticos se las tiraran de cultos sin leer sus obras, también le dio la oportunidad de hacer gestiones secretas para buscar la paz. Quizá ahora que él no está para mantenerlas en silencio, algún día alguien no se aguantará el sigilo y dará a conocer esas acciones que iban mucho más allá de solo hablar con los presidentes. Más conocida fue su propuesta de trabajar por la educación, a la que dedicó bastantes esfuerzos, a pesar de que el presidente de la época no fue capaz de aprovecharla.
Su relación con el poder hizo que nuestra amistad no fuera siempre tan apacible. Yo me enfurecía muchas veces porque consideraba que se dejaba utilizar, me rebelaba ante su amistad con los presidentes y políticos colombianos, y el inconformismo no me salía precisamente de manera tranquila. Yo quería que él fuera con todos ellos como había sido con Turbay, que siguiera siendo como cuando estaba en Alternativa, que a todos los tratara con la misma lejana displicencia que se merecían, que no permitiera la lambonería de tanta gente “bien”, sobre todo de Bogotá, que en privado lo despreciaba. En algunas ocasiones se molestaba, pero la mayoría de las veces me hacía burlas amistosas sobre mi rebeldía, diciéndome que era como una potranca cerrera, y ahí quedaba todo.
Así de particulares eran sus formas de responder a los ataques de cualquier tipo. Por ejemplo, como un triunfo de la justicia poética, en la pasada Feria del Libro de Bogotá, Vargas Llosa, quien presidió la comitiva de Perú, vio opacado su estrellato por los homenajes a Gabo, una forma de devolverle aquel famoso puñetazo

La ONU rendirá un homenaje a Gabriel García Márquez el próximo 29 de mayo

Gabo que estás en los cielos


La Asamblea General de Naciones Unidas celebrará el próximo 29 de mayo una sesión especial para rendir homenaje al Premio Nobel de Literatura 1982, Gabriel García Márquez, a petición del Grupo de Amigos del Español en la ONU (GAE), de acuerdo con un comunicado

La Organización de Naciones Unidas rinde un tributo a Gabo./lainformacion.com
Según ha explicado la presidenta del GAE, la embajadora argentina en la organización internacional, María Cristina Perceval, el objetivo es "que los representantes de todas las naciones puedan aunar su respeto, rememorando la palabra sabia y la riqueza de su obra".
'Gabo', como se le conocía popularmente en América Latina, murió hace una semana a los 87 años de edad en México DF, donde vivía desde hacía años, después de pasar las últimas semanas aquejado por una neumonía.
El pasado 31 de marzo, fue ingresado de urgencia en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas Salvador Zubirán, en México DF, "por un cuadro de deshidratación y un proceso infeccioso pulmonar y de vías urinarias".
Una semana después recibió el alta hospitalaria pero continuó con su tratamiento médico en su casa de la capital mexicana. El mismo día que murió su médico personal reconoció que estaba "en un estado delicado propio de su edad".

domingo, 4 de enero de 2015

El cuento del domingo



Gabriel García Márquez
Algo muy grave va a suceder en este pueblo
Cuento contado por García Márquez en un congreso de escritores para mostrar cómo se cuenta un cuento y cómo se lo escribe.
Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.

Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.
Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
-Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.