jueves, 4 de diciembre de 2014

El arte de la distorsión

Gabo que estás en los cielos
El realismo mágico ha sido la fórmula habitual para acercarse a la obra de Gabriel García Márquez. Un joven escritor bogotano propone una aproximación inédita: releerla como si fuese una novela histórica
Cazando mariposas amarillas./Face 4 Estudio./elmalpensante.com

Hace unos meses di por terminada una novela que me planteó problemas inéditos, y es con esta breve nota autobiográfica que quiero comenzar estas palabras. Su título es Historia secreta de Costaguana. Costaguana, como recordarán algunos, es el país sudamericano y ficticio donde ocurre la acción de Nostromo, una de las grandes novelas de Joseph Conrad. Mi novela parte de una especulación: la posibilidad, sugerida en muchas partes, de que Conrad haya pisado tierra colombiana a la edad de 19 años, y de que mucho después haya escrito Nostromo basándose, en buena parte, en la historia política colombiana del siglo XIX.

Pues bien, el narrador de mi novela es un hombre más bien raro que dice haber sido la principal fuente de información de Conrad. A lo largo de trescientas páginas, nos cuenta lo que le contó a Conrad, que resulta ser la historia de su vida, por supuesto, pero también, y simultáneamente, la historia de Colombia desde las primeras guerras civiles del siglo XIX hasta la separación de Panamá en 1903. Así que por primera vez desde que empecé a publicar libros me encontré ocupándome, si bien lateral y brevemente, de algunos de los temas que reciben la atención de esa gran Némesis de los escritores colombianos: Cien años de soledad. Y enseguida me encontré haciendo lo que nunca había hecho: leyendo Cien años de soledad como novelista. En efecto, mis lecturas siempre habían tenido la actitud desapegada y un poco irónica con que se escuchan pacientemente los cuentos de un abuelo, siempre admirando su carácter incontrovertible de obra maestra, pero consciente de que esa obra maestra no me servía para nada. Ahora, en cambio, me encontré haciéndome la siguiente pregunta: ¿hay otra manera de leer Cien años de soledad? Me encontré dedicando un cierto tiempo a ese empeño: malinterpretar la novela, transformarla en algo distinto de lo que hemos leído durante casi cuarenta años.

Lo primero que debía hacer era desprenderme de las ideas recibidas, y, entre ellas, de la etiqueta más nociva de la novela: la del realismo mágico. Pero no lo hice recordando, como se hace con tanta frecuencia, que el realismo mágico ni siquiera es un concepto latinoamericano, sino alemán; no lo hice recordando que uno de sus primeros manipuladores fue el crítico de arte Franz Roh, que no lo usó para hablar de literatura, sino de la nueva escuela de pintura que estaba surgiendo por oposición al expresionismo. No eché mano de estos argumentos porque la discusión sobre la nacionalidad de los términos me parece vacía y, lo que es peor, poco interesante. Más interesante, en cambio, era remitirme al trajinadísimo Alejo Carpentier y su trajinadísimo ensayo, “De lo real maravilloso americano”. Se suele decir que este ensayo es una especie de programa o sistema que prefigura o anticipa las reglas de juego del realismo mágico; apareció por primera vez, en forma de prólogo reducido, en las primeras ediciones de El reino de este mundo, de 1949, y por lo general los lectores hemos asumido sin chistar que el prólogo de Carpentier es lo que permite el surgimiento de los grandes libros de esa tradición, y en particular de Cien años de soledad (Emir Rodríguez Monegal lo llamó “prólogo a la nueva novela latinoamericana”, nada menos). Pero últimamente se me ha ocurrido que hay en ello una inconsistencia bastante curiosa.

“De lo real maravilloso americano” es, digámoslo de una vez por todas, un acto de contrición. En 1927, Alejo Carpentier es encarcelado por manifestarse contra el dictador Gerardo Machado; allí, en la cárcel, y en nueve días, escribe su primera novela: Ecue-Yamba-O. Tan pronto como sale de la cárcel, Carpentier viaja a París, y sospechamos que lo hace huyendo no de Machado, sino de Ecue-Yamba-O. La novela, desde el primer momento, le pareció un error, un ejemplo más de la cansada retórica del realismo latinoamericano. En París, Carpentier conoce a los surrealistas, y queda deslumbrado por su búsqueda de una realidad que no desdeñe el mundo de los sueños sino que se deje enriquecer por él, una realidad que admita todo lo que el realismo decimonónico rechazó de plano. Comienza a pensar que el surrealismo contiene herramientas valiosas para interpretar la realidad americana, que también es una realidad más rica de lo que se ve a simple vista. Y años después, en 1943, durante un viaje a Haití, sufre una revelación contundente, una especie de camino de Damasco: en contacto con la realidad desbordante de la isla caribe, Carpentier descubre que en América lo maravilloso tiene un origen distinto. No está en las estrategias del surrealismo: ni en la escritura automática, ni en “la vieja y embustera historia del encuentro fortuito del paraguas y la máquina de coser sobre la mesa de disección”. En América, lo maravilloso forma parte de la realidad cotidiana. Nace, ya no del descreimiento de los europeos frente al realismo decimonónico, sino de la fe: la fe de los hombres en el milagro. Hasta aquí, todo funciona bastante bien: después de todo, Carpentier ha desechado a los estafadores surrealistas, y en eso no podíamos estar más de acuerdo. Pero entonces se pone en la tarea de definir lo real maravilloso. Y es ahora que la cosa se pone problemática.

Escribe Carpentier: 

Lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de “estado límite”. 

Pasemos por alto el inesperado golpe de retórica que utiliza cuatro fórmulas distintas para expresar la misma idea. Fijémonos, en cambio, en tres palabritas que me molestan infinitamente: “exaltación del espíritu”. Yo les confieso que siempre me han irritado los espíritus exaltados, pero ahora no se trata de eso. Esta idea de Carpentier, me parece, choca de frente y con muchos muertos con la idea vertebral del ensayo, la presencia de lo maravilloso en la cotidianidad de América. En efecto, si la realidad de América contiene lo maravilloso de manera espontánea, ninguna “exaltación del espíritu”, mucho menos un “estado límite” –otras dos palabras molestas–, son necesarios para percibirla; o, para decirlo de otra forma, los espíritus exaltados forman parte del mundo de lo excepcional, de la magia y del vudú, no de la materia de todos los días que Carpentier dice haber experimentado.

¿En dónde radica el malentendido? La respuesta, me parece, no es difícil: Carpentier ha utilizado, para escribir su tesis, los ojos de un europeo. Para mí, bucear en este párrafo es descubrir que su fondo no es distinto del de una crónica de Indias, que la sorpresa de Carpentier ante lo real maravilloso americano no se separa demasiado de la que sintió Cristóbal Colón al ver una sirena en los mares caribeños. La retórica de América como continente mágico, la retórica de sus gentes como depositarias de la magia de las tierras vírgenes, la retórica, en suma, del buen salvaje: esas inocencias contaminan la noción de lo real maravilloso que propone Carpentier. De hecho, en estas líneas, Carpentier, de tanto pensar a América Latina, ha dejado de ser latinoamericano para volverse latinoamericanista. Vuelvo a leer “exaltación del espíritu”; vuelvo a leer “estado límite”, y aquí llego a sostener frente a ustedes algo que, previsiblemente, les parecerá una barbaridad: al contrario de lo que nos han venido enseñando durante décadas, lo real maravilloso no tiene absolutamente nada que ver con Cien años de soledad, novela en la que lo maravilloso, lejos de llevar a nadie a ningún estado límite, lejos de exaltar de ninguna manera a ningún espíritu, no sorprende a nadie. Y eso por una razón que, bien mirada, es bastante obvia: en Cien años de soledad, lo maravilloso nada tiene de maravilloso.

En Historia de un deicidio, que permanece insuperado como interpretación de Cien años de soledad, Vargas Llosa dedica unas cinco páginas a examinar el que es, para mí, el recurso definitorio de lo que hemos dado en llamar realismo mágico. Todos ustedes recuerdan la remota tarde en que José Arcadio Buendía lleva a sus hijos a conocer el hielo. Poco antes de esa escena, él ha estado vagando por el campamento de los gitanos, preguntando por Melquíades. 

Encontró un armenio taciturno que anunciaba en castellano un jarabe para hacerse invisible. Se había tomado de golpe una copa de la sustancia ambarina, cuando José Arcadio Buendía se abrió paso a empujones por entre el grupo absorto que presenciaba el espectáculo, y alcanzó a hacer la pregunta. El gitano lo envolvió en el clima atónito de su mirada, antes de convertirse en un charco de alquitrán pestilente y humeante sobre el cual quedó flotando la resonancia de su respuesta: “Melquíades murió”. Aturdido por la noticia, José Arcadio Buendía permaneció inmóvil, tratando de sobreponerse a la aflicción, hasta que el grupo se dispersó reclamado por otros artificios y el charco del armenio taciturno se evaporó por completo. 

Tras este episodio, José Arcadio sigue su camino hacia la carpa que guarda la “portentosa novedad de los sabios de Memphis”, que no es otra cosa que un cubo de hielo. El gigante que protege el cofre le pide cinco reales por tocar el portento. “José Arcadio Buendía los pagó, y entonces puso la mano sobre el hielo y la mantuvo puesta por varios minutos, mientras el corazón se le hinchaba de temor y de júbilo al contacto del misterio”.

Ya lo ven ustedes: ante el armenio taciturno que se convierte en un charco de alquitrán, José Arcadio Buendía reacciona con aturdimiento, pero no por la metamorfosis del gitano, sino por la noticia que el gitano acaba de darle. En cambio, al tocar esa suprema banalidad que es un cubo de hielo el corazón se le hincha “de temor y de júbilo al contacto del misterio”. En el primer episodio, ningún adjetivo, ninguna metáfora nos sugiere que la conversión de un hombre en brea tenga algo de extraordinario; en el segundo, lo más ordinario del mundo es presentado como algo sobrenatural. Esta inversión, me parece, define Cien años de soledad; este trueque, repetido mil veces, es lo que crea la particular visión que tiene esta novela sobre lo maravilloso, visión que no solo es opuesta a los “espíritus exaltados” de don Alejo Carpentier, sino radicalmente incompatible con ellos. En otras palabras: esta lectura echa por tierra cualquier relación de Cien años de soledad con la estirpe que –nos dicen– nace del ensayo de Carpentier. En estas condiciones, ¿no es imposible seguir leyendo Cien años de soledad en la tradición de lo real maravilloso americano? A mí, novelista colombiano, esta lectura me obliga bajo pena de muerte a buscar otras lecturas. Y así llego a proponerles una arbitrariedad casi insostenible, un capricho un poco vergonzante cuya única justificación es que así leemos los novelistas: de modo caprichoso, de modo arbitrario. Les propongo leer Cien años de soledad como novela histórica.

Ante semejante declaración, que a muchos les parecerá una boutade, supongo que debo empezar por explicar un poco de qué hablo cuando hablo de novela histórica. A. S.  Byatt, que no solo es autora de grandísimas novelas históricas sino que ha reflexionado con inteligencia y fortuna sobre el género, resume las preocupaciones de muchos de los novelistas que se han dado a la tarea de escribir sobre el pasado. “Durante mi vida de escritora”, dice, “la novela histórica ha sido mirada con reprobación o rechazada tanto por los críticos académicos como por los reseñistas. En los años cincuenta, la palabra ‘escapismo’ era suficiente para desdeñarla, y la idea evocaba capas y espadas, damas vestidas de crinolina, corpiños arrancados, barcos de vela en batallas sangrientas”. Como ustedes se imaginarán, yo vengo a hablar de algo muy distinto. Nuevamente recurro a las palabras de otro. “No hay que confundir dos cosas”, nos dice Kundera en El arte de la novela. “De un lado está la novela que examina la dimensión histórica de la existencia humana, y del otro está la novela que es la ilustración de una situación histórica, la descripción de una sociedad en un momento dado, una historiografía novelada”. La palabra “historiografía”, con sus connotaciones de biblioteca, de búsquedas en enciclopedias y ficheros, es la clave de esta idea. Uno se imagina al escritor investigando el orden de los faraones, o qué se desayunaba en la corte de los Médicis, y luego incorporando esos datos a la novela, contentísimo por la verosimilitud que ha logrado. Este tipo de novela me interesa más bien poco, por una razón muy sencilla: la historiografía escribe la historia de la sociedad, no del hombre. Para decirlo de otra forma: a estas novelas no les interesan los individuos, sino el telón de fondo; no les interesa explorar aquello que Kundera llama la dimensión histórica del ser humano, sino vulgarizar los hechos que todos conocemos; son novelas que desnaturalizan el arte de la novela, por lo menos si creemos, como cree Kundera y creo yo, que la única razón de ser de la novela es decir lo que solo la novela puede decir. Pero hay otras novelas y otros autores, hay otras voces y otros ámbitos, que se han enfrentado a los complejos procesos de la historia de maneras que a la historiografía le parecerán reprobables, pero que la historia misma (además de los lectores) agradece. Estos novelistas han descubierto que su patrimonio está en la libertad, la suprema libertad del creador de ficciones, que le da derecho para modificar las cronologías, cambiar los escenarios, destruir las causalidades. Sin formar escuelas, sin firmar manifiestos, varios novelistas de distintas lenguas se han dado cuenta de la posibilidad de otra novela histórica cuya fortaleza se concentra toda en algo que llamaré el arte de la distorsión. Una de esas novelas es, por supuesto, Cien años de soledad.
 





Y para ilustrar, aunque sea someramente, la manera descarada y hermosa en que se enfrenta este tipo de novela al monstruo de la historia, no hay mejor episodio de la historia colombiana que el de la masacre de las bananeras, ocurrida el 6 de diciembre de 1928.

Quizás ustedes conozcan los rasgos generales de ese día: la United Fruit Company, empresa norteamericana que se dedicaba desde principios de siglo a explotar las plantaciones de banano de la Costa Caribe, lo hacía con total desprecio por las leyes laborales colombianas, y había recibido repetidas amenazas de huelga de parte de sus miles de trabajadores. El 5 de diciembre corrió entre ellos el rumor de que el gobernador del departamento del Magdalena llegaría al pueblo al día siguiente para escuchar las quejas; una multitud ansiosa se congregó en la estación de trenes, y se negó a dispersarse a pesar de que el jefe militar de la zona, general Cortés Vargas, había decretado que toda reunión de más de tres personas debía ser disuelta, si era necesario, disparando sobre la multitud. Los militares leyeron los decretos, dieron a la multitud cinco minutos para dispersarse, y enseguida dispararon indiscriminadamente. El general Cortés Vargas reconoció los hechos, los justificó por razones de orden público, y lamentó la muerte de nueve de los manifestantes. Poco después, el embajador norteamericano habló de cien muertos, luego de quinientos o seiscientos, y en un informe para el Departamento de Estado terminó por hablar de más de mil. Nunca se ha sabido la cifra exacta de muertos, pero los hechos de ese día, y sobre todo la imposibilidad de confirmar la verdad histórica, han quedado fijos en la memoria cultural colombiana después de que el caricaturista Ricardo Rendón los inmortalizara en las páginas de la prensa nacional, después de que un gran novelista, Álvaro Cepeda Samudio, les dedicara una novela entera, La casa grande, y después de que García Márquez los explorara en uno de los mejores capítulos de Cien años de soledad.

Veamos cómo opera el incidente al ser transpuesto a la ficción o, lo que es lo mismo, al ser distorsionado por ella. En medio de los vuelos mágicos del libro, García Márquez realiza un aterrizaje forzoso en la realidad histórica al contar el momento en que José Arcadio Segundo llegó a la estación para esperar el tren de las doce. Se trata, para mí, de la escena más vívida y más intensa de un libro en el que no faltan las escenas vívidas e intensas; puedo decir que no hay otras páginas de la ficción colombiana que haya leído más veces, siempre sintiendo ese hormigueo en la nuca que es para Nabokov la señal de que estamos leyendo algo grande. Hacia las tres de la tarde se sabe que el tren del gobernador no llegará. Escribe García Márquez: 

Un teniente del ejército se subió entonces en el techo de la estación, donde había cuatro nidos de ametralladoras enfiladas hacia la multitud, y se dio un toque de silencio. Al lado de José Arcadio Segundo estaba una mujer descalza, muy gorda, con dos niños de unos cuatro y siete años. Cargó al menor, y le pidió a José Arcadio Segundo, sin conocerlo, que levantara al otro para que oyera mejor lo que iban a decir. José Arcadio Segundo se acaballó al niño en la nuca. Muchos años después, ese niño había de seguir contando, sin que nadie se lo creyera, que había visto al teniente leyendo con una bocina de gramófono el decreto número 4 del jefe civil y militar de la provincia. Estaba firmado por el general Carlos Cortés Vargas, y por su secretario, el mayor Enrique García Isaza, y en tres artículos de ochenta palabras declaraba a los huelguistas cuadrilla de malhechores y facultaba al ejército para matarlos a bala. 

Entonces, tras mancharse los pies con los datos históricos del episodio, con el nombre real del general asesino y con los términos reales del decreto, Cien años de soledad decide que ya es momento de ceder el paso a los poderes de la novela. Un capitán da cinco minutos a la multitud para retirarse; cumplidos los cinco minutos, advierte que en un minuto más se hará fuego. En ese momento José Arcadio Segundo grita su grito famoso: “¡Cabrones! Les regalamos el minuto que falta”. Y lo que sigue son los disparos, que parecían una farsa, pues “era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de pirotecnia”, porque disparaban “pero no se percibía la más leve reacción” de la muchedumbre. De repente alguien cae herido; alguien grita: “¡Tírense al suelo!”. Y la estación se va llenando de muertos, esos muertos que serán recogidos por trenes y tirados al mar. José Arcadio Segundo iba en uno de esos trenes, pero nadie le creería después lo que había visto. “Eran como tres mil”, repetiría, pero todo el mundo le diría lo mismo: “Aquí no ha habido muertos”.

Ahora no tengo tiempo ni espacio para detallar todas las formas sutiles en que las páginas de la novela modifican la verdad histórica tal como es contada en los manuales, pero lo más interesante, para mí, son las formas en que no lo hace, las líneas en que los datos históricos son reproducidos con fidelidad de documentalista por García Márquez. Transpuesta en un contexto distinto del que le es propio, rodeada de ciertas ficciones bien escogidas por el narrador, la historia nos revela sus secretos con más generosidad que la historiografía más exhaustiva. Aún más: la manipulación de la verdad histórica por parte del novelista conduce a la revelación de verdades más densas o más ricas que las unívocas y monolíticas verdades de la historia. En el episodio de la masacre de las bananeras, Cien años de soledad da cuerpo, tal vez involuntariamente, a uno de los debates más recurrentes de las últimas décadas: la imposibilidad de conocer la historia o, más bien, la idea de que toda historia, puesto que nos es contada, es apenas una versión. La historia como ficción: esta propuesta, que a finales de los años sesenta sumió a los historiadores en una crisis de la cual no han salido, ha tenido el efecto curioso de liberar por fin las posibilidades de la novela. Pues, como dice Byatt, “la idea de que toda historia es ficción condujo a un nuevo interés en la ficción como historia”. Yo voy incluso más allá: la idea de que toda historia es ficción ha permitido a la ficción ganar una libertad inédita: la libertad de distorsionar la historia. En Una historia del mundo en diez capítulos y medio, Julian Barnes escribe: “Inventamos historias para tapar los hechos que no conocemos; conservamos unos cuantos hechos verdaderos y alrededor de ellos tejemos un nuevo relato. Solo la fabulación puede aliviar nuestro pánico y nuestro dolor; la llamamos historia”. ¿No es el mismo procedimiento de Cien años de soledad? Y la lectura de la novela según estas claves, ¿no la recupera para nosotros, los novelistas?

La proliferación de curas que levitan tomando tazas de chocolate, de mujeres tan hermosas que suben al cielo entre sábanas, ese inventario de frívolas magias parciales, ha oscurecido las verdaderas posibilidades de la novela. Lo que quiero decir es esto: si es cierto que hay novelistas fértiles (los que abren caminos para otros) y novelistas estériles (los que cierran caminos, o los dejan abiertos solo para los imitadores perezosos), la lectura de Cien años de soledad en clave de realismo mágico ha demostrado ya su carácter estéril, generando infinidad de cansados pastiches en todas partes del globo o, lo que es peor, provocando la impotencia de sus deslumbrados lectores. En cambio, leerla según las claves de la distorsión histórica le devuelve su fertilidad, y nos abre nuevos caminos en la lectura de algunos de los grandes novelistas contemporáneos. Leer Hijos de la medianoche de Salman Rushdie como exponente indio del realismo mágico es un ejercicio inconducente y banal, casi una mera constatación de la novedad que Cien años de soledad implicó en su momento. Pero leer Hijos de la medianoche como heredera de Cien años de soledad en el asunto de la distorsión histórica es comprender desde un nuevo ángulo los mejores hallazgos de la novela. Cuando el narrador Saleem Sinai se equivoca en la fecha de la muerte de Gandhi, pero deja la equivocación como está, hace algo mucho más interesante que cuando es capaz de comunicarse telepáticamente con algún amigo, lo cual no dista mucho de ser una prestidigitación de cocina. Y quien dice Salman Rushdie puede decir Peter Carey, australiano, u Orhan Pamuk, turco. Se trata de autores que leí casi hipnotizado mientras escribía mi novela sobre Conrad y el siglo XIX colombiano, y que tienen en común la desfachatez con que desbaratan la historia de sus países para reconstruirla transformada. Reconstruirla, como diría Vargas Llosa, con un “elemento añadido”.

Para un novelista, los autores más importantes son los que le permiten hacer cosas que hasta ese momento hubiera creído prohibidas. Yo puedo decir que la redacción de mi novela fue menos difícil a partir del momento en que leí cierta declaración de Pamuk: “El reto de la novela histórica no es producir una imitación perfecta del pasado, sino relatar la historia con algo nuevo, enriquecerla y cambiarla con la imaginación y la sensualidad de la experiencia personal”. Ya lo ven ustedes: en cuestión de cuatro líneas, Pamuk se ha cargado el afán de verosimilitud de la historiografía novelada y ha pronunciado un verbo maldito: cambiar. Cambiar la historia: ¿no se habrá pasado de la raya? No lo creo: si se nos dice que toda historia es ficción, los novelistas entendemos que la única forma de revelar el pasado es tratarlo como un producto narrativo, susceptible por lo tanto de ser recontado de cualquier forma. Mi Historia secreta de Costaguana cuenta la historia colombiana en clave de parodia o de farsa, y eso solo pude hacerlo después de leer novelas como Illywhacker, de Carey, y Me llamo Rojo, de Pamuk. Lo que quiero decir, en el fondo y ya despegándonos por un instante de Cien años de soledad, es que allá fuera hay otras novelas históricas, novelas que son históricas de otra manera. “Un nuevo tipo de novela histórica es posible”, dice A. S. Byatt. Estas notas son una invitación a su búsqueda. 

Este texto fue publicado originalmente en la edición 76 de El Malpensante, febrero-marzo de 2007.

Dos o tres cosas sobre “La novela de la violencia”

Gabo que estás en los cielos

 En 1959, García Márquez publicó este ensayo sobre la novela de la violencia en Colombia

Un análisis literario que arroja luz sobre los problemas de la narrativa sobre la violencia./revistaarcadia.com

Las personas de temperamento político, y tanto más cuanto más a la izquierda se sientan situadas, consideran como un deber doctrinario presionar a los amigos escritores en el sentido de que escriban libros políticos. Algunos, tal vez no más sectarios pero si menos comprensivos, se sienten obligados a descalificar, más en privado que en público, a los escritores amigos cuyos trabajos no parecen políticamente comprometidos de manera evidente. Tal vez ninguna circunstancia de la vida colombiana ha dado más motivo a ese género de presiones, que la violencia política de los últimos años. Una pregunta oyen con frecuencia los escritores: “¿Cuándo escribe algo sobre la violencia?” O también un reproche directo: “No es justo que cuando en Colombia ha habido 300.000 muertes atroces en 10 años, los novelistas sean indiferentes a ese drama.” La literatura, suponen sin matices preguntantes y reprochadores, es un arma poderosa que no debe permanecer neutral en la contienda política.

Conozco a algunos escritores que están de acuerdo en principio con ese punto de vista. Pero en la práctica —para utilizar los mismos términos que suelen movilizarse en las tertulias sobre el tema— acaso no hayan podido resolver su más aguda contradicción: la que existe entre sus experiencias vitales y su formación teórica. Conozco escritores que envidian la facilidad con que algunos amigos se empeñan en resolver literariamente sus preocupaciones políticas, pero sé que no envidian los resultados. Acaso sea más valioso contar honestamente lo que uno se cree capaz de contar por haberlo vivido, que contar con la misma honestidad lo que nuestra posición política nos indica que debe ser contado, aunque tengamos que inventarlo.

He oído decir a algunos escritores y es preciso creerles a los escritores cuando revelan secretos de su profesión, que la invención tiene que ver muy poco con las cosas que escriben. Consideran que ninguna aventura de la imaginación tiene más valor literario que el más insignificante episodio de la vida cotidiana. Y no lo creen por principio, sino porque la práctica diaria, el esfuerzo de varios años, el haberse trasnochado frente a la máquina de escribir y haber roto mucho y publicado poco, y el haber tenido por eso mismo oportunidad de saber que escribir cuesta trabajo, los ha arrastrado —digamos por la fuerza— a ese convencimiento.

El caso de las novelas equivocadas

Cuando se les exige que aprovechen la violencia con todas sus posibilidades literarias, y también con todas sus implicaciones políticas, los escritores que no vivieron la violencia tienen derecho a preguntar por qué no se les hace la misma exigencia en su oficio a los reporteros. Y los reporteros tienen derecho a defenderse con el contragolpe de que no es honesto escribir reportajes inventados. Me atrevo a creer que un escritor consciente tiene derecho a soltar el mismo contragolpe.

Quienes han leído todas las novelas de violencia que se escribieron en Colombia, parecen de acuerdo en que todas son malas, y hay que confiar en que estén secretamente de acuerdo con ellos algunos de sus propios autores. No es asombroso que el material literario y político más desgarrador del presente siglo en Colombia, no haya producido ni un escritor ni un caudillo. Por lo menos en lo que corresponde a la literatura, la cosa parece tener sus explicaciones. En primer término, ninguno de los señores que escribieron novelas de violencia por haberla visto, tenía según parece suficiente experiencia literaria para componer su testimonio con una cierta validez, después de reponerse del atolondramiento que con razón le produjo el impacto. Otros, al parecer, se sintieron más escritores de lo que eran, y sus terribles experiencias sucumbieron en la retórica de la máquina de escribir. Otros, también, al parecer, despilfarraron sus testimonios tratando de acomodarlos a la fuerza dentro de sus fórmulas políticas. Otros, sencillamente, leyeron la violencia en los periódicos, o la oyeron contar, o se la imaginaron leyendo a Malaparte. Había que esperar que los mejores narradores de la violencia fueran sus testigos. Pero el caso parece ser que estos no se dieron cuenta de que estaban en presencia de una gran novela, y no tuvieron la serenidad ni la paciencia, pero ni siquiera la astucia de tomarse el tiempo que necesitaban para aprender a escribirla. No teniendo en Colombia una tradición que continuar, tenían que empezar por el principio, y no se empieza una tradición literaria en 24 horas. Desgraciadamente, hasta este momento, no parece que algún escritor profesional, técnicamente equipado para la vida, haya sido testigo de la violencia.

No todos los caminos conducen a la novela

Probablemente, el mayor desacierto que cometieron, quienes trataron de contar la violencia, fue el de haber agarrado —por inexperiencia o por voracidad— el rábano por las hojas. Apabullados por el material de que disponía, se los tragó la tierra en la descripción de la masacre, sin permitirse una pausa que les habría servido para preguntarse si lo más importante, humana y por tanto literariamente, eran los muertos o los vivos. El exhaustivo inventario de los decapitados, los castrados, las mujeres violadas, los sexos esparcidos y las tripas sacadas, y la descripción minuciosa de la crueldad con que se cometieron esos crímenes, no era probablemente el camino que llevaba a la novela. El drama era el ambiente de terror que provocaron esos crímenes. La novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del corazón corrían el riesgo de que les sacaran las tripas. Así, quienes vieron la violencia y tuvieron vida para contarla, no se dieron cuenta en la carrera de que la novela no quedaba atrás, en la placita arrasada, sino que la llevaban dentro de ellos mismos. El resto —los pobrecitos muertos que ya no servían sino para ser enterrados— no eran más que la justificación documental.

El arte de no poner los pelos de punta

Una novela sirve para ilustrar estas parrafadas: La peste, de Albert Camus. Quienes hayan leído las crónicas de las pestes medievales, comprenderán el rigor que debió imponerse Camus para no desbordarse en descripciones alucinantes. Basta recordar los saturnales de los pestíferos en Génova, que cavaban sus propias sepulturas y se entregaban al borde de ellas a toda clase de excesos, hasta cuando sucumbían a la peste y otros pestíferos de última hora los empujaban con un palo a las sepulturas. Hay que recordar las luchas encarnizadas en que los agonizantes se disputaban un hueco en la tierra, para darse cuenta de que Camus tenía suficiente documentación para ponernos los pelos de punta durante dos noches. Pero acaso la misión del escritor en la tierra no sea ponerles los pelos de punta a sus semejantes.

En cada página de La peste se descubre que Camus sabía todo lo que se puede saber sobre las pestes medievales, y que se había informado a fondo de sus características, de la forma y las costumbres de su microbio, y hasta de los tratamientos empleados en todos los tiempos. Casi como al descuido, esos conocimientos están aprovechados a todo lo largo del libro, inclusive con estadísticas y fechas, pero estrictamente calibrados en su función de soporte documental. Otro grande escritor de nuestro tiempo —Ernest Hemingway— explicó su método a un periodista, tratando de contarle cómo escribió El viejo y el mar. Para llegar a ese pescador temerario, el escritor había vivido media vida entre pescadores; para lograr que pescara un pez titánico, había tenido él mismo que pescar muchos peces, y había tenido que aprender mucho, durante muchos años, para escribir el cuento más sencillo de su vida. “La obra literaria —decía Hemingway— es como el ‘iceberg’: la gigantesca mole de hielo que vemos flotar, logra ser invulnerable porque debajo del agua la sostienen los siete octavos de su volumen.”

Algo semejante ocurre en La peste. Apenas estalla el dramatismo cuando salen las ratas a morir en la calle, o en el vómito negro y los ganglios supurados de un portero, mientras la invisible población de Orán está siendo exterminada por la peste, Camus —al contrario de nuestros novelistas de la violencia— no se equivocó de novela. Comprendió que el drama no eran los viejos tranvías que pasaban abarrotados de cadáveres al anochecer, sino los vivos que les lanzaban flores, desde las azoteas, sabiendo que ellos mismos podían tener un puesto reservado en el tranvía de mañana. El drama no eran los que escapaban por la puerta falsa del cementerio —y para quienes la amenaza de la peste había por fin terminado— sino los vivos que sudaban hielo en sus dormitorios sofocantes sin poder escapar de la ciudad sitiada. Sin duda, Camus no vio la peste. Pero debió sudar hielo en las terribles noches de la ocupación, escribiendo editoriales clandestinos en su escondite de París, mientras sonaban en el horizonte los disparos de los nazis cazando resistentes.

La alternativa del escritor, en ese momento, era la misma de los habitantes de Orán en las interminables noches de la peste, y era la misma de los campesinos colombianos en la pesadilla de la violencia.

Hay otro drama detrás del fusil

Como modelo de la terrible novela que aún no se ha escrito en Colombia, tal vez ninguno sea mejor que la apacible novela de Camus. Un breve episodio del género humano en el cual ni siquiera los microbios de la peste son definitivamente malos, ni sus víctimas necesariamente buenas. Quienes vuelvan sobre el tema de la violencia en Colombia, tendrán que reconocer que el drama de ese tiempo no era sólo el del perseguido, sino también el del perseguidor. Que por lo menos una vez, frente al cadáver destrozado del pobre campesino, debió coincidir el pobre policía de a ochenta pesos, sintiendo miedo de matar, pero matando para evitar que lo mataran. Porque no hay drama humano que pueda ser definitivamente unilateral.

Con todo, un valioso servicio nos han prestado los testigos de la violencia, al imprimir sus testimonios en bruto. Hay que confiar en que ellos prestarán buena ayuda a quienes sobrevivieron a la violencia y se están tomando el tiempo para aprender a escribirla, y en todo caso a los numerosos niños que la padecieron como una pesadilla de la infancia y ahora están creciendo en silencio sin olvidarla. La aparición de esa gran novela es inevitable en una segunda vuelta de ganadores. Aunque ciertos amigos impacientes consideren que entonces será demasiado tarde para que sirva de algo el contenido político que tendrá sin remedio, en cualquier tiempo.
La Calle, Bogotá, Año 2, No. 103, pgs. 12-13, 9 de octubre de 1959
Tomado de “De Europa y América” (1955-1960), Obra periodística Vol. 4.

Gabriel García Márquez, pags. 763-767. Barcelona: Brugera, 1983.

“De Europa y América” (1955–1960), Obra periodística 3, Barcelona: Mondadori, 1992, pp

miércoles, 3 de diciembre de 2014

García Márquez y la historia de Colombia

Gabo que estás en los cielos
Lejos del error común de atribuir a la literatura la responsabilidad de recrear fielmente los hechos reales, un investigador propone nuevas perspectivas para abordar la relación entre la obra de García Márquez y la reconstrucción de nuestra historia
Gabriel García Márquez, quizo, en vida, crear otra academia de historia no oficial./Ulf Andersen./elmalpensante.com

En las entrevistas que concedió en 1989 con motivo de la publicación de El general en su laberinto, Gabriel García Márquez repitió insistentemente que uno de sus proyectos futuros era el establecimiento de una academia que reescribiera la historia nacional. “Voy a organizar un grupo de historiadores jóvenes, no contaminados”, dijo entonces, “para tratar de escribir la verdadera historia de Colombia (no la historia oficial), para que nos cuenten en un solo tomo cómo es este país y para que el resultado se lea como una novela”.
Por desgracia, ese proyecto nunca llegó a materializarse, pero hubiera sido un excelente complemento a las dos fundaciones que alcanzó a crear durante su vida, una para enseñar cine en Cuba, y la otra para enseñar periodismo en Cartagena. Sin embargo, esas palabras sirven para poner en evidencia el profundo interés que tuvo García Márquez por la historia colombiana, y para reiterar una de sus principales preocupaciones: que todo lo que nos habían dicho sobre nuestro pasado era mentira o, en el mejor de los casos, estaba manipulado.
Después de pasar años en pugna con los historiadores, García Márquez se enfrentó finalmente a las dificultades del trabajo investigativo cuando escribió El general en su laberinto,  pero su opinión sobre este oficio no mejoró. En 1994, en el discurso de entrega de recomendaciones de la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, de la que hizo parte, seguía asegurando: “Nos han escrito y oficializado una versión complaciente de la historia, hecha más para esconder que para clarificar, en la cual se perpetúan vicios originales, se ganan batallas que nunca se dieron y se sacralizan glorias que nunca merecimos”. 
Por su parte, los historiadores también criticarían con dureza su reconstrucción novelada de los últimos meses de Simón Bolívar y su interpretación del proceso de la Independencia. El Bolívar de García Márquez deliraba, soltaba improperios y ventosidades, y despotricaba contra el general Santander y la ciudad de Bogotá en varios apartados de la novela. Por eso, la Academia Colombiana de Historia y los muchos historiadores que llevaban décadas construyendo la imagen marmórea del Libertador se fueron lanza en ristre contra su ligereza investigativa, su libérrima fabulación histórica y sus imprecisiones  cronológicas. García Márquez respondió con su única y poderosa arma: la soberanía del novelista para acomodar la historia a su narración.
Pocos años después, Eduardo Posada Carbó también se unió a los detractores del García Márquez con ínfulas de historiador y publicó un ensayo en el que intentaba demostrar que la versión de la masacre de las bananeras contada en Cien años de soledad    no se ajusta a lo que realmente había sucedido en el Magdalena en 1928, y que la famosa cifra de 3.000 muertos divulgada en las páginas de la novela no era sino el delirio de un echador de cuentos.
Aunque desde el punto de vista fáctico Posada Carbó tiene razón, lo que él y otros académicos no entendieron fue que las fabulaciones literarias de García Márquez no pueden refutarse con un ejercicio positivista que intente definir qué tanto es cierto o qué tanto es falso en su reconstrucción artística de episodios históricos. Esto sería tan inútil y risible como decir que las pinturas de Botero no sirven para entender a Colombia porque las estadísticas demuestran que la obesidad es menos frecuente de lo que el artista antioqueño pinta.
Para poder valorar el legado de García Márquez a la historia de Colombia debe entenderse que su propósito no fue presentar un relato minucioso sobre nuestro pasado, preciso en los detalles históricos comprobables, sino reordenar literariamente nuestra historia (que sin duda conoció muy bien) con la libertad que permite la creación artística, para presentar una versión valorativa muy propia, que nos sirve para entenderla mejor.
García Márquez perteneció a una generación que aprendió la historia de Colombia en la escuela con el famoso manual de Jesús María Henao y Gerardo Arrubla, libro que desde 1910 se había constituido como “biblia” de la enseñanza de la historia en los colegios, y en el que estaban consignados los hitos de la epopeya nacional con una intención edificante y una orientación conservadora. Y no sería sino hasta la década de los sesenta que la historia, como disciplina investigativa científicamente orientada, habría de empezar a desarrollarse en Colombia.
Además, García Márquez había escuchado desde niño las historias de su abuelo sobre la masacre de las bananeras y las guerras civiles en las que había participado, y la distancia que encontró entre estas y lo que decían los libros de textos era abismal. La incoherencia entre la historia escrita y la real se hizo más evidente para él durante sus años de bachillerato en el internado de Zipaquirá, donde descubriría el marxismo justamente de la mano de sus profesores de historia.
Por todo esto, es comprensible que García Márquez tuviera la historiografía nacional en tan baja estima y que dedicara buena parte de su creación literaria a intentar una reescritura de esta a través de los poderes evocadores de la imaginación literaria. O, como diría el narrador de “Los funerales de la Mamá Grande”, que se decidiera a contar nuestra historia “antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores”.

 1. Una nueva versión de las bananeras
Desde su primera novela, La hojarasca, de 1955, García Márquez trató los temas del pasado que le habían intrigado desde niño, y el primer “demonio histórico” al que habría de enfrentarse no podía ser otro que el de las bananeras, ese mundo que lo rodeó desde su nacimiento y en medio del cual vivió sus experiencias infantiles, que para él fueron las definitivas de su vida como escritor. Al abordar las bananeras, García Márquez no se concentró únicamente en la huelga y la masacre que ocurrieron en 1928 cerca de su natal Aracataca, sino en todo lo que significó para el Caribe colombiano la presencia de la compañía estadounidense United Fruit desde comienzos del siglo xx en nuestro territorio. 
Si bien lo que más se ha resaltado sobre García Márquez y las bananeras ha sido el episodio de la huelga y la masacre en Cien años de soledad, lo cierto es que en esta novela, así como en La hojarasca, se encuentra una descripción completa de lo que significó para la sociedad caribeña vivir bajo el imperio de la “Mamita Yunai”. Por eso es que el trabajo de García Márquez sobre las bananeras no puede reducirse a un ejercicio de crónica roja que reporta el número de muertos de la masacre; su visión es la de un sociólogo y un historiador que busca entender lo que significó para sus coterráneos vivir bajo la bonanza del oro verde y morir bajo la metralla del ejército nacional.
Al estudiar su reescritura literaria de la historia bananera, es evidente que García Márquez se distancia claramente de la visión que atribuye a la llegada de la United Fruit un carácter modernizador que posibilitó la creación de riqueza tanto para los extranjeros como para los nacionales. Por el contrario, en sus novelas lo más parecido a la compañía no es el progreso, sino la peste. En sus novelas, los gringos no solo alteran el curso de los ríos, el ciclo de las lluvias y la estabilidad de las familias, sino que traen a los pueblos una ética facilista y derrochadora que es la verdadera tragedia de su legado.
En La hojarasca, el coronel lo pone en términos claros: “A la hojarasca la habían enseñado a ser impaciente; a no creer en el pasado ni en el futuro. Le habían enseñado a creer en el momento actual y a saciar en él la voracidad de sus apetitos”.
Pese a que la producción bananera en el Caribe colombiano alcanzó a ser fuente de ingreso para muchos trabajadores que migraron hacia la región durante la primera mitad del siglo xx, y a que todavía hoy se encuentran en Ciénaga y Santa Marta nostálgicos descendientes de las familias que se enriquecieron con los auxilios de la United, la valoración de García Márquez sobre el legado de la compañía siempre fue negativa. En su literatura, el esplendor de las bananeras es el mismo esplendor de las bonanzas que ha tenido el continente desde la llegada de los españoles: el oro, la plata, el caucho, el azúcar; y cuya historia siempre es la misma: con el auge de la producción viene el sentimiento de prosperidad y el derroche de las riquezas, pero después solo quedan los cascarones abandonados que deja el ventarrón engañoso del progreso capitalista.
En Cien años de soledad  únicamente el coronel Aureliano Buendía es capaz de darse cuenta de las consecuencias que puede tener “invitar un gringo a comer guineo”, mientras que el resto del pueblo no dejaba de asombrarse por “tantas y tan maravillosas invenciones” que llegan con los norteamericanos. En la misma línea del pensamiento antimperialista desarrollado por muchos escritores de los años sesenta, García Márquez –un devoto seguidor de la revolución cubana y un creyente en el socialismo a la vuelta de la esquina– solo podía ver en la “inversión” norteamericana la explotación destructora y una riqueza momentánea cuyo reverso perdurable era la miseria.
De ahí que, tal como lo enuncia el marxismo clásico, los únicos que para él podían cambiar ese estado de cosas eran los trabajadores, quienes se van a la huelga en Macondo con una claridad política y una conciencia de lucha de las que carecen todos los demás habitantes del pueblo. No obstante, la huelga es reprimida de manera brutal porque la compañía está asociada con el gobierno y el ejército para acabar con cualquier indicio de revolución, y el resultado de este episodio es un tren de 120 vagones cargados de muertos que serán arrojados al mar como banano de rechazo.
Para García Márquez, la masacre de las bananeras constituye el punto de no retorno en la historia colombiana. Si se sigue la historia de Macondo como una alegoría de la propia Colombia es muy diciente que no hayan sido las guerras civiles ni la violencia política las que acabaran con el pueblo alguna vez paradisíaco, sino la masacre bananera. En la versión de García Márquez el punto de inflexión, el momento en que realmente se jodió todo, fue cuando el poder económico norteamericano se impuso a sangre y fuego sobre Macondo y sobre Colombia. Después de esto, solo podía venir una larga decadencia hasta la extinción final.
Si bien la recreación literaria que hace García Márquez de las bananeras deja muchas cosas al margen y está orientada ideológicamente hacia una interpretación particular (lo mismo que el trabajo de muchos historiadores), sin duda influenció la historiografía colombiana como ninguna obra literaria lo ha hecho. Tras la publicación de Cien años de soledad en 1967 (apenas dos años después de que se fundara el Departamento de Historia de la Universidad Nacional), el episodio de la huelga y la masacre de las bananeras salió de un mutismo de décadas y se convirtió en un tema de interés para nuevos investigadores. Hoy tenemos una visión mucho más clara de la historia bananera de nuestro país en gran parte gracias al impulso que le dio a la investigación la inolvidable novela de García Márquez. 

2. Las guerras de la memoria 
Otro gran tema histórico abordado por García Márquez en varias de sus obras es el de las guerras civiles entre conservadores y liberales que sacudieron a Colombia durante buena parte del siglo XIX. Las narraciones de estos episodios las escuchó el joven Gabito desde su más temprana infancia ya que su abuelo materno, el coronel Nicolás Márquez, había hecho parte de las tropas liberales que pelearon la Guerra de los Mil Días entre 1899 y 1902.
En los comienzos del Macondo de Cien años de soledad, la vida política no parece tener mayores contratiempos durante el lapso en que reina en el pueblo la organización comunitaria dirigida por el patriarca juvenil José Arcadio Buendía. En la visión de García Márquez la Arcadia feliz parece ser el producto de la dirección de un hombre fuerte que la encamina hacia un régimen igualitario y humanista. Por eso no es de extrañar que García Márquez hubiera sentido tanta simpatía por regímenes dictatoriales, pero socialmente incluyentes, como los de Omar Torrijos en Panamá o Fidel Castro en Cuba.
Pero este equilibrio social se rompe por la llegada del poder estatal a Macondo y por la aparición de una de las peores pestes de la novela: la política. Es con ella que llegan las disposiciones arbitrarias sobre cómo se deben pintar las casas, así como los fraudes en las elecciones. Justamente del fraude orquestado por Apolinar Moscote, el corregidor de Macondo, nace la semilla de rebelión que comandará el coronel Aureliano Buendía.


En la obra de García Márquez esta rebelión no parece estar fundamentada en las grandes aspiraciones ideológicas de los bandos conservadores o liberales, sino en las pasiones humanas más básicas. Después de ser víctimas del tradicional fraude electoral que aseguraba el mantenimiento del régimen conservador en Macondo, los habitantes del pueblo parecen más preocupados porque no les restituyeron los cuchillos de cocina incautados para garantizar la paz que por la trampa a la que habían sido sometidos. De igual modo, se hace evidente para el lector que Aureliano Buendía se va a la guerra sin saber muy bien por qué lo hace, impulsado vagamente por la rabia ante la muerte de su esposa Remedios y porque “los conservadores son unos tramposos”. Él mismo reconoce, después de muchos años combatiendo el régimen conservador, que no había peleado más que por orgullo y no por la gloria de ningún partido político.
Alejándose de la tradicional interpretación histórica que ha mostrado las guerras civiles del siglo xix colombiano como una confrontación ideológica entre dos partidos y sus seguidores por asuntos como el gobierno centralista o federalista, la educación laica o confesional, y el proteccionismo comercial o el libre cambio, Cien años de soledad  presenta las guerras civiles con una perspectiva que podría llamarse “microhistórica”, desde el punto de vista de los protagonistas de provincia que se ven atrapados en ellas. Para estos, no existen grandes postulados filosóficos ni mucho menos comunicación con los ideólogos de la capital, y solo parece existir la afiliación inmediata a alguno de los bandos dependiendo de los vaivenes de la política local y una justificación tan incierta como el deseo de implantar el “amor libre” del lado liberal o la defensa de la fe del lado conservador.
A diferencia de lo que se podría pensar por haber sido nieto de un dirigente liberal, en García Márquez no se percibe una simpatía particular por este partido. En Cien años de soledad  el gobierno de Arcadio, el sobrino del coronel, es tan despótico y tiránico como el del conservador Moscote. Al final, García Márquez borra el engaño legendario de las diferencias entre los partidos colombianos con la lapidaria sentencia del coronel Buendía: “La única diferencia actual entre liberales y conservadores es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho”.
Por eso, una vez la guerra le ha escarmentado, el coronel Aureliano Buendía entiende que el enemigo a vencer para alcanzar sus íntimas aspiraciones de justicia es el propio sistema bipartidista. Para ello encuentra un aliado perteneciente justamente al bando contrario, el general conservador José Raquel Moncada, con el que llega incluso a “pensar en la posibilidad de coordinar a los elementos populares de ambos partidos para liquidar la influencia de los militares y los políticos profesionales, e instaurar un régimen humanitario que aprovechara lo mejor de cada doctrina”.
En las guerras civiles garciamarqueanas no se cuenta la historia de una revolución fallida o de un oprobioso gobierno conservador que se tomó al país para sumirlo en la miseria. Más bien, se percibe en ellas un sentimiento de inutilidad sin límites y de profunda degradación humana. Para García Márquez nuestros errores históricos no han sido producto de la victoria de tal o cual partido, sino de la misma terquedad política que nos ha enfrentado inveteradamente y nos ha impedido construir un país cimentado en un sentimiento tan básico como la solidaridad.

3. En los terrenos de los historiadores 
En las últimas décadas de su producción novelesca, García Márquez volvió a tratar temas históricos, y esta vez lo hizo de un modo mucho más cercano al tradicional modelo de la novela histórica decimonónica. Es decir, se alejó de las herramientas narrativas propias del “realismo mágico” y contó historias ambientadas en el pasado con el respaldo de una investigación historiográfica minuciosa. Y los temas que escogió no podían ser más controversiales para la mentalidad pacata y retardataria del país: por un lado, la organización jerárquica en la Cartagena colonial, en Del amor y otros demonios, de 1994, y por otro, la Independencia y la vida de Simón Bolívar, en El general en su laberinto, de 1989.
En Del amor y otros demonios, García Márquez narró la Cartagena del siglo XVIII a través de la historia de una niña condenada a ser exorcizada por la mordedura de un perro rabioso. La que después se convierte en una historia de amor imposible entre el sacerdote encargado de realizar el exorcismo y la niña es al mismo tiempo una novela que esconde una crítica feroz contra la rígida estructura social cartagenera y, de paso, contra la versión de las jerarquías sociales durante la Colonia que nos ha mostrado la historiografía tradicional.
En lugar de presentar la vida cartagenera como una férrea estructura diferenciada racialmente y controlada por la Iglesia y el gobierno virreinal, García Márquez muestra en esta novela los constantes conflictos entre los poderes políticos y religiosos del virreinato, y una sociedad poderosamente permeada por la influencia de los esclavos africanos. En efecto, la sociedad en Del amor y otros demonios se parece menos a la tradicional pirámide social de los libros de texto, con los españoles en la cúspide y los esclavos en la base, y más a un crisol en el que blancos, criollos y negros mezclan sus cuerpos y sus creencias en una sociedad que tiene tanto de cristiana como de hereje.  
Pocos años antes, en El general en su laberinto, García Márquez también se había ido contra la interpretación tradicional de la historia del Libertador y el proceso de Independencia de Colombia. En primer término, el novelista buscó en este libro restituir a Bolívar su carácter caribe y alejarlo definitivamente de la imagen de facciones romanas con que los niños de toda América lo han conocido. Para hacerlo, puso en su boca palabras propias de las costas venezolanas y en sus cabellos y piel las características de aquel que ha nacido junto al mar. Es decir, para escándalo de los bienintencionados historiadores andinos, García Márquez presentó un Bolívar costeño, como a pocos de ellos se les había ocurrido imaginarlo.
En El general en su laberinto el tema recurrente es la obsesión de Bolívar por la unidad de la América española; y, de cierta manera, la novela fue una apuesta política de García Márquez por demostrar la validez de ese propósito. Por esa razón, aunque en todos los demás aspectos de su vida el Bolívar de García Márquez parece un perro apaleado camino a la muerte segura, su voz y sus fuerzas vuelven a resonar como en sus días de gloria cuando habla del nunca abandonado propósito de unión continental.
Pero en la novela también se pone en evidencia por qué este sueño no fue cumplido: la ceguera de los caudillos locales para entender la trascendencia de apostarle a una patria más grande que la de sus mezquinos intereses impidió que América entrara con fuerza al concierto de las nuevas naciones. Y uno de los que más hizo para destruir este sueño fue precisamente el general Francisco de Paula Santander, a quien el narrador de El general en su laberinto reconoce como segundo hombre de la Independencia, pero a quien se le llama en varios momentos de la novela “cruel”, “formalista”, “avaro”, “cicatero” y hasta “truchimán”. Al parecer, García Márquez quiso concentrar en Santander todas las características que le parecían más propias de la Colombia ceremoniosa y leguleya que él ha criticado y a la que, según se dice en la novela, Santander “impuso para siempre el sello de su espíritu formalista y conservador”.
También la novela sirvió para replantear un extendido lugar común de las academias según el cual Santander fue el padre del partido liberal colombiano, mientras que fueron los allegados a Simón Bolívar los encargados de transmitir el espíritu que habría de resultar en la fundación del partido conservador, casi veinte años después de la muerte del Libertador. Además de espetarle sin miramientos el calificativo de “conservador” a Santander en el fragmento antes citado, García Márquez muestra en El general en su laberinto a un Bolívar indignado por la ligereza con la que sus oponentes se autodenominan liberales: “No sé de dónde se arrogaron los demagogos el derecho de llamarse liberales”, dijo. “Se robaron la palabra, ni más ni menos, como se roban todo lo que les cae en las manos... La verdad es que aquí no hay más partidos que el de los que están conmigo y el de los que están contra mí, y usted lo sabe mejor que nadie. Y aunque no lo crean, nadie es más liberal que yo”.  
Al igual que su abuelo, para García Márquez el liberal era el único partido en Colombia que había estado cerca de ser realmente revolucionario, y por tal motivo su único padre fundador solo hubiera podido ser el “más liberal de todos”, el revolucionario por excelencia: ese Simón Bolívar de El general en su laberinto, nacionalista fervoroso, enemigo de los Estados Unidos y luchador incansable por la unión latinoamericana.

4. Una nueva geografía, una nueva cronología  
Sin duda, uno de los aspectos en que García Márquez más hizo por repensar la historia del país fue en la manera en que reorganizó en sus novelas la geografía y la cronología del país. Para el colombiano típico que estudió geografía en el colegio, con aquellos mapas amarillentos en los que la mitad de los niños de Colombia no podían encontrar su pueblo, el país que aparece en las novelas de García Márquez representa todo un reto.
Para empezar, en García Márquez el Caribe es el lugar por excelencia donde se desarrollan sus historias, y la fría y distante capital suele aparecer solamente como una brumosa ciudad perdida entre páramos amarillos, en la que solo existen fantasmagóricas apariciones. Es decir, en sus novelas el Caribe es el centro y Bogotá es la periferia, justamente lo contrario a lo que enseñó la geografía colombiana durante siglos.
En ese reordenamiento del país, lo que está más cerca de Colombia no es la capital sino los otros países del Caribe, hasta donde se va el mismísimo coronel Aureliano Buendía a promover levantamientos que acaben con los regímenes conservadores en todo el continente. La Colombia de García Márquez es un país caribeño, más volcado a lo que pasa en la inmensa extensión del mar que a lo que se decide en las frías calles capitalinas, y con una costa gigantesca por la que entra la variedad ilimitada del ancho mundo que los Andes desconocen.
Tal vez la organización espacial que mejor resume la visión geográfica de Colombia que se encuentra en la literatura de García Márquez es el país de fábula de El otoño del patriarca. Ese país se debate entre una dura región montañosa (de allí dicen que viene el dictador de la novela, de quien “se pensaba que era un hombre de los páramos por su apetito desmesurado de poder, [y] por la naturaleza de su gobierno”) y una ciudad capital que está al lado del mar y desde la cual se ve la inmensidad del Caribe, en donde acechan al mismo tiempo las carabelas españolas de Cristóbal Colón y los navíos estadounidenses que termina por llevarse el mar.
Precisamente esta imagen es un ejemplo perfecto de cómo García Márquez también reordenó la cronología histórica para hacer simultáneos tiempos que tradicionalmente se habían pensado como sucesivos. Así como los manuscritos de Melquíades, en Cien años de soledad, están escritos de tal manera que cuentan los muchos episodios de la historia de la familia Buendía y Macondo coexistiendo en un mismo instante, así también el tiempo histórico en las narraciones de García Márquez sufre las más extrañas mutaciones para presentar sucesos históricos distantes condensados en un mismo tiempo reconcentrado.
Así como su denuncia del imperialismo en El otoño del patriarca lo lleva a escenificar la invasión española como contemporánea de la invasión estadounidense hasta volverlas casi una sola, así mismo sus narraciones de las guerras civiles en El amor en los tiempos del cólera se combinan hasta crear la impresión de una sola guerra, siempre la misma, que se extiende indefinidamente y sirve de telón de fondo al resto de la historia.
En García Márquez el tiempo se dobla y se astilla, se hace más lento o circular, como si se tratara de un experimento mental de Albert Einstein. Por eso pueden quedar cuartos en la mansión de los Buendía en los que el tiempo no transcurre y por ende no hay desgaste ni ruina, o pueden repetirse nombres y sucesos en la misma familia como si la historia no fuera más que una inagotable rueda de repeticiones exasperantes.
La idea de una historia circular o de tiempos simultáneos no es extraña para nosotros pues desde los griegos hasta Nietzsche se ha especulado sobre la posibilidad de un eterno retorno. Además, en la posmodernidad se ha cuestionado con fuerza la idea de un progreso lineal y sostenido del tiempo como única opción del desarrollo de la historia.
En García Márquez, así como en otros escritores de la generación del Boom, este reordenamiento del tiempo fue la manera de inscribir a la propia Latinoamérica dentro de una historia universal que todavía la veía como una hermana menor que había llegado tarde al proceso de la modernidad. Por el contrario, las libertades de la nueva narrativa latinoamericana lo que hicieron fue tratar de demostrar que todos los tiempos podían convivir en este continente, y que éramos más que ciclistas rezagados en la carrera de la historia.
Pero en la lectura que hace García Márquez de la historia colombiana esta relativización del tiempo también tiene un carácter negativo, porque sirve como denuncia del quietismo que ha caracterizado el proceso histórico de nuestro país. En el país de las novelas de García Márquez el tiempo no parece transcurrir, y si lo hace, gira en círculo y los protagonistas son recurrentemente víctimas de las mismas tentativas imperialistas o vuelven a caer en las mismas ingenuidades históricas. Por eso Juvenal Urbino, de El amor en los tiempos del cólera, puede decir al momento del cambio de siglo: “El siglo xix termina para todos menos para nosotros”. El Simón Bolívar de El general en su laberinto le puede pedir a un francés que lo importuna en una cena: “Déjenos hacer en paz nuestra Edad Media”. O la Úrsula Iguarán de Cien años de soledad  llega a gritar: “Esto ya me lo sé de memoria, es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio”.
Para García Márquez el tiempo que no avanza y parece devolverse o estancarse es una de las tragedias más grandes de nuestra historia. Por eso, la única solución posible para esta eterna repetición de lo mismo, para esta delirante espiral de violencia, inconsciencia y trágicos errores, solo puede ser el revolucionario viento que arranca de cuajo las anquilosadas estructuras de Macondo. Solo entonces el viejo universo de ciclos sucesivos terminaría y una nueva historia podría comenzar.

Gabriel García Márquez: un escritor indigno

Gabo que estás en los cielos

Parece ser un lugar común considerar  Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez, libro recientemente publicado, como una obra maestra

Pier Paolo Pasolini es quien lo considera, un escritor indigno/internet


Este hecho me parece absolutamente ridículo. Se trata de la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y derroche de tradicional manierismo barroco latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana (si es que todavía existen). Los personajes son todos mecanismos inventados- a veces con espléndida maestría- por un guionista: tienen todos los "tics" demagógicos destinados al éxito espectacular.
El autor- mucho más inteligente que sus críticos- parece saberlo muy bien: "No se le había ocurrido hasta entonces- dice él en la única consideración metalinguística de su novela- pensar en la literatura como en el único juego que se había inventado para burlarse de la gente..." Márquez es sin duda un fascinante burlón, y tan cierto es ello que los tontos han caído todos. Pero le faltan las cualidades de la gran mistificación, las cualidades que posee, como para dar un ejemplo, Borges ( o en menor escala Tomasi di Lampedusa, si "Cien Años de Soledad" recuerda un poco al "Gattopardo" aún en los equívocos que ha despertado en el pantano del mundo que decreta los éxitos literarios).
Los críticos literarios deben tomar nota de un nuevo "género" o técnica, que ya pertenece históricamente a la literatura: el guión cinematográfico, y también el denominado "tratamiento". En el guión y el tratamiento, el autor tiene conciencia de que su obra no es literaria ya que se trata de estructuras provisionalmente linguísticas, que en realidad "quieren" ser otras estructuras: estructuras, puntualmente, cinematográficas. El autor de un guión o de un tratamiento es tanto más hábil literato cuanto más consigue obtener la colaboración del lector en la visualización de lo que está escrito provisionalmente. El asumir tal provisionalidad (esa voluntad de la estructura de ser "otra estructura") forma parte de la técnica literaria del guionista y, potencialmente, de su estilo.
Sin embargo, la mayor parte de los guiones y de los tratamientos son pésima literatura- como es el caso de este libro-. Literatura indigna. Por qué?
El primer acto del escritor de guiones consiste en identificar al lector con el productor. El que debe colaborar con el autor en la "transformación" de la estructura linguística en estructura cinematográfica, es justamente el que paga. El destinatario de la obra es, una vez más, el patrón. Ahora bien: la mayoría de los escritores cinematográficos provienen de una élite cultural: son entonces personas que tienen la obligación, diría social, de considerar al patrón un idiota, un semianalfabeto, un hombre despreciable. Pero al mismo tiempo, deben hacer que su obra le guste. Y en el momento en que el guionista identifica al productor con un destinatario "idiota, semianalfabeto y despreciable", tiene un solo modo de convencerlo: la degradación de su propia obra. Entonces, la inocente "captatio benevolantiae" que todo autor, en distintas medidas, utiliza para obtener la colaboración del lector, termina convirtiéndose en una operación inmoral, que envuelve al autor en la degradación por él planificada con bajeza.
La colaboración del autor con el lector- productor, tiene por lo tanto los carácteres de una abyecta complicidad: tiende a hacer de él un compañero y cómplice, degradándose a su supuesto nivel de estúpido, vulgar, conformista, cínico conocimiento de las cosas humanas.
Tal esfuerzo por simplificar, por reducir, por desdramatizar, por hacerlo todo comunicable y sin problemas reales, termina volviéndose una atroz forma de adulación del patrón: así, y para decirlo con sus propias palabras, el guionista, aún despreciando al patrón, y hasta por el hecho de verse obligado por él a un comportamiento miserable, se hace "rufián" a la par suya.
Pero ningún hombre es apriorísticamente tal como el guionista supone que es el productor: ningún hombre es apriorísticamente inferior a nosotros mismos. Y la primera regla moral de un autor consiste en considerar como su igual al lector: y si luego él identifica a ese lector como un productor, también dicho productor no puede sino ser considerado como su igual. Actuar de modo contrario a esta primera y elemental regla moral vuelve a un autor indigno de su profesión.

Publicado en la revista "Tempo" el 22 de julio de 1973
Traducción de Roberto Raschella

martes, 2 de diciembre de 2014

Los últimos días de García Márquez

Gabo que estás en los cielos

 El escritor será despedido hoy en el Palacio de Bellas Artes de México, un honor reservado a los más grandes

Gabriel Garcia Marquez saluda a los periodistas el día de su cumpleaños 87 el pasado 6 de marzo. /Edgard Garrido/elpais.com
Gabriel García Márquez murió a las 12.08 del mediodía del último jueves en su casa de México, un día antes de que un terremoto escala 7,2 sacudiera la ciudad en la que él escribió Cien años de soledad y donde transcurrió medio siglo de su vida.
La causa inmediata de su muerte fue un paro cardíaco, pero no es aventurado decir que en el desenlace fatal tuvo que ver el deterioro general de su salud. Una semana antes había sido ingresado para cuidarle una afección pulmonar. Una vez que se alivió esa bronquitis, los médicos aconsejaron a la familia que sometieran al paciente a un proceso de cuidados paliativos. En esa situación estuvo atendido por un médico que le visitaba tres veces al día. Murió en paz, sedado, sin dolores, rodeado de su mujer, Mercedes Barcha, de sus dos hijos varones, Gonzalo y Rodrigo, y de sus cinco nietos.
En Cien años de soledad escribió: “Morirse es mucho más difícil de lo que uno cree”. Alrededor el estupor que causa cualquier muerte fue atenuado por una lenta espera en la que ni la familia ni los amigos, y ni siquiera los medios, hicieron aspavientos. Había en éstos una pugna por saber si en efecto fue el cáncer que padeció el que había acabado con la vida de Gabo. En realidad fue el tiempo el que acopió todas las causas y las hizo desembocar en una sola: Gabo está muerto, el autor de Cien años de soledad dejó esta vida sintiendo que se iba yendo. Alrededor tuvo una atmósfera de serenidad, a la que contribuyeron Mercedes y el resto de la casa. Algunos medios reclamaron más información de lo que había sucedido, o que ésta se facilitara con más prontitud. No está en la tradición de Gabo, que también debe ser de su mujer avisar de lo que les resulta propio. Si ya lo saben, ¿qué más han de saber? Murió, no hay parte.
A veces se ponía a leer sus propias obras y preguntaba: '¿y cuándo yo escribí esto estaba drogado o qué?”
García Márquez tenía 87 años, que cumplió el 6 de marzo pasado, cuando el público lo pudo ver por última vez. El Nobel de Literatura de 1982 había sufrido un cáncer del que se trató con éxito en Los Ángeles, donde vive su hijo el cineasta Rodrigo. A lo largo del tiempo esa enfermedad acompañó las especulaciones, de modo que en torno a las circunstancias en que vivía se construyó un oscuro árbol mitológico que luego enlazó con la diatriba pegajosa sobre lo que le ocurría a su memoria; si sus lagunas eran consecuencia de esa importante afección o si advertían de un alzheimer o una demencia senil. Ante la corriente de rumores la familia actuó como ahora ante la más importante noticia de la muerte: naturalidad y exposición. García Márquez ha seguido estando presente en saraos literarios e incluso en bodas (recientemente inauguró la bolera que construyó un amigo), ha ido con Mercedes Barcha a actuaciones públicas de músicos caribes y cada año, desde 2006, cuando cumplió ochenta años y se empezó a decir que se le iban las cosas de la cabeza, salió todas las veces de su casa, con la rosa amarilla en el ojal para celebrar con sus vecinos un año más de su vida y para ahuyentar, con ese color los malos farios, pues “mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme”.
En todo ese tiempo, cuando tuvo encima admiradores y también fisgones, el Nobel caribeño multiplicó su capacidad para integrarse en los ambientes más festivos de Cartagena y de México y desarrolló una facultad que quizá tenía atenuada: la de sonreír. También se acercó a los otros, recuperó una simpatía de la que hizo gozar a a los demás. Para él mismo se reservaba la coña marinera, que los colombianos llaman mamadera de gallo. A veces se ponía a leer sus propias obras, como si las estuviera reconstruyendo. Y preguntaba a los que tenía alrededor: “Ven acá, ¿y cuándo yo escribí esto estaba drogado o qué?”. Y luego se arrancaba a sí mismo una carcajada. Ya en este periodo no tuvo tan en cuenta las frialdades de la fama; después de Cien años de soledad “la fama”, le dijo un día a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba, “estuvo a punto de desbaratarme la vida (…), perturba el sentido de la realidad, tal vez tanto como el poder, y además es una amenaza constante a la vida privada. Por desgracia, esto no lo cree nadie mientras no lo padece”.
Algunos medios reclamaron más información. Pero no está en la tradición de Gabo, que también debe ser de su mujer, avisar de lo que les resulta propio
Como lo padecieron, se blindaron contra ello en la casa más grande que han tenido, esta de la calle Fuego 144. El blindaje fue una cura de espanto que los confabuló a padres, a hijos y a otros parientes, que ahí dentro, en esa casa sólida de dos pisos, han vivido estos últimos tiempos con Gabo manteniendo el silencio para el que fueron entrenados desde la madre al último nieto, sin dar otra explicación de lo que ocurría que lo que se presentaba cada vez como un rumor más plausible. El agravamiento fue ratificado pocos días antes de la muerte por una gran amiga de la familia con estas palabras que parecían un parte poético y no la desgarrada consecuencia de una noticia imparable:
-Hubiera querido que no me sobreviviera.
En sus mejores tiempos una conversación sobre esas circunstancias hubiera sido un ruido para Gabo, y lo que lo animó en las últimas semanas, dicen quienes saben, ese entrenamiento para el silencio, que es en definitiva una resignación radical de la palabra, funcionó en la casa con la precisión de los discos que le gustaba escuchar, los de Béla Bartok, los de Bach. No sólo se habían entrenado desde hacía décadas para que el silencio fuera una parte de la casa, pues el padre estaba trabajando, sino que en este periodo final de la vida les sirvió para evitar alharacas callejeras o periodísticas, búsqueda de noticias donde se estaba produciendo una sola noticia: el regreso de la ambulancia, la precisión de los médicos: cuidados paliativos. El resto era esperar, con la misma ansiedad rabiosa con la que esperaron algunos personas de sus ficciones, como el coronel que siempre esperó hasta que gritó “¡Mierda” en El coronel no tiene quien le escriba, una novela que él tuvo entre sus grandes obras, como tuvo El otoño del patriarca.
Por otra parte, la enfermedad y sus secuelas, así como el extravío recurrente de su memoria, fue preparando poco a poco al propio Gabo para su paulatina despedida, de los compromisos que más quiso (la escritura, la Fundación Nuevo Periodismo que fundó y que ha vivido veinte años decisivos para la historia del futuro del periodismo en español); y de hecho se jubiló a su manera.
La asunción de esa nueva vida se basó, desde hace un lustro, más o menos, en la aceptación de la vejez; desde que se anunció, hace esos años, que había dejado de escribir, que ya no habría más memorias ni más cuentos, él se fue recogiendo a la intimidad, apartándose de lo público, llegando a creer que eso lo iba a apartar de la fama que todos los días a todas horas tocaba a su puerta gritando mercancías averiadas que él no quería comprar ya nunca más.
A esa zona de silencio en la que ha vivido estos últimos tiempos “ha contribuido”, decían ayer quienes los conocen en esa intimidad, “los hijos, las nueras, los nietos, y sobre todo Mercedes”. Constituyen, explicaba este informante, “una familia muy linda que le ha dado a Gabo un entorno amabilísimo tanto en Los Ángeles, donde vive su hijo Rodrigo y donde se trató del cáncer desde 1999, en Cartagena de Indias y aquí”.
En estos tiempos con Gabo, el autor de Cien años de soledad es cierto que perdió memoria; atendía a las realidades más esenciales, interactuaba con los suyos, y para salvar cuestiones que le ponían en un brete (no reconocer a alguien, no recordar caras o hechos), García Márquez recurrió a su rapidez mental; se notaba que calibraba la salida que tenía ante cualquier circunstancia de esas y preguntaba por nombres propios o se reía de sus propios olvidos una vez que éstos no parecían tener solución posible. Pero, que se sepa, nunca se produjo ningún diagnóstico que asegurara que Gabriel padeciera alzheimer. Al mismo tiempo que se producían esas evidencias, quizá de demencia senil, el escritor desarrolló un carácter bondadoso y humorístico. En su vida pública anterior podía ser hosco (“más bien defensivo”), pero en esta época “rebajó sus prevenciones” y atendió de esa nueva manera, abierta, risueña, a todos aquellos que llegaban a él.
Todo este proceso de la enfermedad de Gabo y el posterior agravamiento ha contado con el acuerdo de la familia. La sociedad mexicana, donde ha desarrollado medio siglo de vida, se ha comportado cumpliendo, decía ayer Héctor Aguilar Camín, “el hecho cierto de que es el escritor mejor y más querido de las letras. ¡Los lectores y las musas lo adoran! Los adoran sus colegas más grandes (¡y eso que somos especialistas en la envidia!) y sus colegas más chicos le rinden pleitesía… Ahora lees Cien años de soledad, veinte años después de no haberla tocado, y sales de ella alucinado por su frescura, por su humor, por su transparencia”.
Hoy lo despiden mexicanos y colombianos, en una ceremonia insólita, pues jamás dos presidentes se habían juntado en el homenaje a un ciudadano que sólo tiene una de las dos nacionalidades. La urna que se disputan los aires de ambos países será el objeto que concitara la luz del Palacio de Bellas Artes, pero más acá se queda la luz verdadera de la obra insólita del hijo del telegrafista. Estarán los hijos, los nietos, la madre. Mercedes Barcha ha sido la que ha organizado la conversación de esa tribu en la que todos, en la salud y en la enfermedad, se han comportado con una sensatez inconmovible. Decía ayer un amiga de ellos: “Gabo es el de la familia que salió más chistoso”.
Él dijo: “Lo malo de la muerte es que es para siempre”. Como siempre ocurre, parece que no está ocurriendo.
Pero esta noticia que él no dio se produjo a las 12.08 del Jueves Santo, Día del Amor Fraterno, y preside desde entonces una vida inmortal.