miércoles, 3 de diciembre de 2014

García Márquez y la historia de Colombia

Gabo que estás en los cielos
Lejos del error común de atribuir a la literatura la responsabilidad de recrear fielmente los hechos reales, un investigador propone nuevas perspectivas para abordar la relación entre la obra de García Márquez y la reconstrucción de nuestra historia
Gabriel García Márquez, quizo, en vida, crear otra academia de historia no oficial./Ulf Andersen./elmalpensante.com

En las entrevistas que concedió en 1989 con motivo de la publicación de El general en su laberinto, Gabriel García Márquez repitió insistentemente que uno de sus proyectos futuros era el establecimiento de una academia que reescribiera la historia nacional. “Voy a organizar un grupo de historiadores jóvenes, no contaminados”, dijo entonces, “para tratar de escribir la verdadera historia de Colombia (no la historia oficial), para que nos cuenten en un solo tomo cómo es este país y para que el resultado se lea como una novela”.
Por desgracia, ese proyecto nunca llegó a materializarse, pero hubiera sido un excelente complemento a las dos fundaciones que alcanzó a crear durante su vida, una para enseñar cine en Cuba, y la otra para enseñar periodismo en Cartagena. Sin embargo, esas palabras sirven para poner en evidencia el profundo interés que tuvo García Márquez por la historia colombiana, y para reiterar una de sus principales preocupaciones: que todo lo que nos habían dicho sobre nuestro pasado era mentira o, en el mejor de los casos, estaba manipulado.
Después de pasar años en pugna con los historiadores, García Márquez se enfrentó finalmente a las dificultades del trabajo investigativo cuando escribió El general en su laberinto,  pero su opinión sobre este oficio no mejoró. En 1994, en el discurso de entrega de recomendaciones de la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, de la que hizo parte, seguía asegurando: “Nos han escrito y oficializado una versión complaciente de la historia, hecha más para esconder que para clarificar, en la cual se perpetúan vicios originales, se ganan batallas que nunca se dieron y se sacralizan glorias que nunca merecimos”. 
Por su parte, los historiadores también criticarían con dureza su reconstrucción novelada de los últimos meses de Simón Bolívar y su interpretación del proceso de la Independencia. El Bolívar de García Márquez deliraba, soltaba improperios y ventosidades, y despotricaba contra el general Santander y la ciudad de Bogotá en varios apartados de la novela. Por eso, la Academia Colombiana de Historia y los muchos historiadores que llevaban décadas construyendo la imagen marmórea del Libertador se fueron lanza en ristre contra su ligereza investigativa, su libérrima fabulación histórica y sus imprecisiones  cronológicas. García Márquez respondió con su única y poderosa arma: la soberanía del novelista para acomodar la historia a su narración.
Pocos años después, Eduardo Posada Carbó también se unió a los detractores del García Márquez con ínfulas de historiador y publicó un ensayo en el que intentaba demostrar que la versión de la masacre de las bananeras contada en Cien años de soledad    no se ajusta a lo que realmente había sucedido en el Magdalena en 1928, y que la famosa cifra de 3.000 muertos divulgada en las páginas de la novela no era sino el delirio de un echador de cuentos.
Aunque desde el punto de vista fáctico Posada Carbó tiene razón, lo que él y otros académicos no entendieron fue que las fabulaciones literarias de García Márquez no pueden refutarse con un ejercicio positivista que intente definir qué tanto es cierto o qué tanto es falso en su reconstrucción artística de episodios históricos. Esto sería tan inútil y risible como decir que las pinturas de Botero no sirven para entender a Colombia porque las estadísticas demuestran que la obesidad es menos frecuente de lo que el artista antioqueño pinta.
Para poder valorar el legado de García Márquez a la historia de Colombia debe entenderse que su propósito no fue presentar un relato minucioso sobre nuestro pasado, preciso en los detalles históricos comprobables, sino reordenar literariamente nuestra historia (que sin duda conoció muy bien) con la libertad que permite la creación artística, para presentar una versión valorativa muy propia, que nos sirve para entenderla mejor.
García Márquez perteneció a una generación que aprendió la historia de Colombia en la escuela con el famoso manual de Jesús María Henao y Gerardo Arrubla, libro que desde 1910 se había constituido como “biblia” de la enseñanza de la historia en los colegios, y en el que estaban consignados los hitos de la epopeya nacional con una intención edificante y una orientación conservadora. Y no sería sino hasta la década de los sesenta que la historia, como disciplina investigativa científicamente orientada, habría de empezar a desarrollarse en Colombia.
Además, García Márquez había escuchado desde niño las historias de su abuelo sobre la masacre de las bananeras y las guerras civiles en las que había participado, y la distancia que encontró entre estas y lo que decían los libros de textos era abismal. La incoherencia entre la historia escrita y la real se hizo más evidente para él durante sus años de bachillerato en el internado de Zipaquirá, donde descubriría el marxismo justamente de la mano de sus profesores de historia.
Por todo esto, es comprensible que García Márquez tuviera la historiografía nacional en tan baja estima y que dedicara buena parte de su creación literaria a intentar una reescritura de esta a través de los poderes evocadores de la imaginación literaria. O, como diría el narrador de “Los funerales de la Mamá Grande”, que se decidiera a contar nuestra historia “antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores”.

 1. Una nueva versión de las bananeras
Desde su primera novela, La hojarasca, de 1955, García Márquez trató los temas del pasado que le habían intrigado desde niño, y el primer “demonio histórico” al que habría de enfrentarse no podía ser otro que el de las bananeras, ese mundo que lo rodeó desde su nacimiento y en medio del cual vivió sus experiencias infantiles, que para él fueron las definitivas de su vida como escritor. Al abordar las bananeras, García Márquez no se concentró únicamente en la huelga y la masacre que ocurrieron en 1928 cerca de su natal Aracataca, sino en todo lo que significó para el Caribe colombiano la presencia de la compañía estadounidense United Fruit desde comienzos del siglo xx en nuestro territorio. 
Si bien lo que más se ha resaltado sobre García Márquez y las bananeras ha sido el episodio de la huelga y la masacre en Cien años de soledad, lo cierto es que en esta novela, así como en La hojarasca, se encuentra una descripción completa de lo que significó para la sociedad caribeña vivir bajo el imperio de la “Mamita Yunai”. Por eso es que el trabajo de García Márquez sobre las bananeras no puede reducirse a un ejercicio de crónica roja que reporta el número de muertos de la masacre; su visión es la de un sociólogo y un historiador que busca entender lo que significó para sus coterráneos vivir bajo la bonanza del oro verde y morir bajo la metralla del ejército nacional.
Al estudiar su reescritura literaria de la historia bananera, es evidente que García Márquez se distancia claramente de la visión que atribuye a la llegada de la United Fruit un carácter modernizador que posibilitó la creación de riqueza tanto para los extranjeros como para los nacionales. Por el contrario, en sus novelas lo más parecido a la compañía no es el progreso, sino la peste. En sus novelas, los gringos no solo alteran el curso de los ríos, el ciclo de las lluvias y la estabilidad de las familias, sino que traen a los pueblos una ética facilista y derrochadora que es la verdadera tragedia de su legado.
En La hojarasca, el coronel lo pone en términos claros: “A la hojarasca la habían enseñado a ser impaciente; a no creer en el pasado ni en el futuro. Le habían enseñado a creer en el momento actual y a saciar en él la voracidad de sus apetitos”.
Pese a que la producción bananera en el Caribe colombiano alcanzó a ser fuente de ingreso para muchos trabajadores que migraron hacia la región durante la primera mitad del siglo xx, y a que todavía hoy se encuentran en Ciénaga y Santa Marta nostálgicos descendientes de las familias que se enriquecieron con los auxilios de la United, la valoración de García Márquez sobre el legado de la compañía siempre fue negativa. En su literatura, el esplendor de las bananeras es el mismo esplendor de las bonanzas que ha tenido el continente desde la llegada de los españoles: el oro, la plata, el caucho, el azúcar; y cuya historia siempre es la misma: con el auge de la producción viene el sentimiento de prosperidad y el derroche de las riquezas, pero después solo quedan los cascarones abandonados que deja el ventarrón engañoso del progreso capitalista.
En Cien años de soledad  únicamente el coronel Aureliano Buendía es capaz de darse cuenta de las consecuencias que puede tener “invitar un gringo a comer guineo”, mientras que el resto del pueblo no dejaba de asombrarse por “tantas y tan maravillosas invenciones” que llegan con los norteamericanos. En la misma línea del pensamiento antimperialista desarrollado por muchos escritores de los años sesenta, García Márquez –un devoto seguidor de la revolución cubana y un creyente en el socialismo a la vuelta de la esquina– solo podía ver en la “inversión” norteamericana la explotación destructora y una riqueza momentánea cuyo reverso perdurable era la miseria.
De ahí que, tal como lo enuncia el marxismo clásico, los únicos que para él podían cambiar ese estado de cosas eran los trabajadores, quienes se van a la huelga en Macondo con una claridad política y una conciencia de lucha de las que carecen todos los demás habitantes del pueblo. No obstante, la huelga es reprimida de manera brutal porque la compañía está asociada con el gobierno y el ejército para acabar con cualquier indicio de revolución, y el resultado de este episodio es un tren de 120 vagones cargados de muertos que serán arrojados al mar como banano de rechazo.
Para García Márquez, la masacre de las bananeras constituye el punto de no retorno en la historia colombiana. Si se sigue la historia de Macondo como una alegoría de la propia Colombia es muy diciente que no hayan sido las guerras civiles ni la violencia política las que acabaran con el pueblo alguna vez paradisíaco, sino la masacre bananera. En la versión de García Márquez el punto de inflexión, el momento en que realmente se jodió todo, fue cuando el poder económico norteamericano se impuso a sangre y fuego sobre Macondo y sobre Colombia. Después de esto, solo podía venir una larga decadencia hasta la extinción final.
Si bien la recreación literaria que hace García Márquez de las bananeras deja muchas cosas al margen y está orientada ideológicamente hacia una interpretación particular (lo mismo que el trabajo de muchos historiadores), sin duda influenció la historiografía colombiana como ninguna obra literaria lo ha hecho. Tras la publicación de Cien años de soledad en 1967 (apenas dos años después de que se fundara el Departamento de Historia de la Universidad Nacional), el episodio de la huelga y la masacre de las bananeras salió de un mutismo de décadas y se convirtió en un tema de interés para nuevos investigadores. Hoy tenemos una visión mucho más clara de la historia bananera de nuestro país en gran parte gracias al impulso que le dio a la investigación la inolvidable novela de García Márquez. 

2. Las guerras de la memoria 
Otro gran tema histórico abordado por García Márquez en varias de sus obras es el de las guerras civiles entre conservadores y liberales que sacudieron a Colombia durante buena parte del siglo XIX. Las narraciones de estos episodios las escuchó el joven Gabito desde su más temprana infancia ya que su abuelo materno, el coronel Nicolás Márquez, había hecho parte de las tropas liberales que pelearon la Guerra de los Mil Días entre 1899 y 1902.
En los comienzos del Macondo de Cien años de soledad, la vida política no parece tener mayores contratiempos durante el lapso en que reina en el pueblo la organización comunitaria dirigida por el patriarca juvenil José Arcadio Buendía. En la visión de García Márquez la Arcadia feliz parece ser el producto de la dirección de un hombre fuerte que la encamina hacia un régimen igualitario y humanista. Por eso no es de extrañar que García Márquez hubiera sentido tanta simpatía por regímenes dictatoriales, pero socialmente incluyentes, como los de Omar Torrijos en Panamá o Fidel Castro en Cuba.
Pero este equilibrio social se rompe por la llegada del poder estatal a Macondo y por la aparición de una de las peores pestes de la novela: la política. Es con ella que llegan las disposiciones arbitrarias sobre cómo se deben pintar las casas, así como los fraudes en las elecciones. Justamente del fraude orquestado por Apolinar Moscote, el corregidor de Macondo, nace la semilla de rebelión que comandará el coronel Aureliano Buendía.


En la obra de García Márquez esta rebelión no parece estar fundamentada en las grandes aspiraciones ideológicas de los bandos conservadores o liberales, sino en las pasiones humanas más básicas. Después de ser víctimas del tradicional fraude electoral que aseguraba el mantenimiento del régimen conservador en Macondo, los habitantes del pueblo parecen más preocupados porque no les restituyeron los cuchillos de cocina incautados para garantizar la paz que por la trampa a la que habían sido sometidos. De igual modo, se hace evidente para el lector que Aureliano Buendía se va a la guerra sin saber muy bien por qué lo hace, impulsado vagamente por la rabia ante la muerte de su esposa Remedios y porque “los conservadores son unos tramposos”. Él mismo reconoce, después de muchos años combatiendo el régimen conservador, que no había peleado más que por orgullo y no por la gloria de ningún partido político.
Alejándose de la tradicional interpretación histórica que ha mostrado las guerras civiles del siglo xix colombiano como una confrontación ideológica entre dos partidos y sus seguidores por asuntos como el gobierno centralista o federalista, la educación laica o confesional, y el proteccionismo comercial o el libre cambio, Cien años de soledad  presenta las guerras civiles con una perspectiva que podría llamarse “microhistórica”, desde el punto de vista de los protagonistas de provincia que se ven atrapados en ellas. Para estos, no existen grandes postulados filosóficos ni mucho menos comunicación con los ideólogos de la capital, y solo parece existir la afiliación inmediata a alguno de los bandos dependiendo de los vaivenes de la política local y una justificación tan incierta como el deseo de implantar el “amor libre” del lado liberal o la defensa de la fe del lado conservador.
A diferencia de lo que se podría pensar por haber sido nieto de un dirigente liberal, en García Márquez no se percibe una simpatía particular por este partido. En Cien años de soledad  el gobierno de Arcadio, el sobrino del coronel, es tan despótico y tiránico como el del conservador Moscote. Al final, García Márquez borra el engaño legendario de las diferencias entre los partidos colombianos con la lapidaria sentencia del coronel Buendía: “La única diferencia actual entre liberales y conservadores es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho”.
Por eso, una vez la guerra le ha escarmentado, el coronel Aureliano Buendía entiende que el enemigo a vencer para alcanzar sus íntimas aspiraciones de justicia es el propio sistema bipartidista. Para ello encuentra un aliado perteneciente justamente al bando contrario, el general conservador José Raquel Moncada, con el que llega incluso a “pensar en la posibilidad de coordinar a los elementos populares de ambos partidos para liquidar la influencia de los militares y los políticos profesionales, e instaurar un régimen humanitario que aprovechara lo mejor de cada doctrina”.
En las guerras civiles garciamarqueanas no se cuenta la historia de una revolución fallida o de un oprobioso gobierno conservador que se tomó al país para sumirlo en la miseria. Más bien, se percibe en ellas un sentimiento de inutilidad sin límites y de profunda degradación humana. Para García Márquez nuestros errores históricos no han sido producto de la victoria de tal o cual partido, sino de la misma terquedad política que nos ha enfrentado inveteradamente y nos ha impedido construir un país cimentado en un sentimiento tan básico como la solidaridad.

3. En los terrenos de los historiadores 
En las últimas décadas de su producción novelesca, García Márquez volvió a tratar temas históricos, y esta vez lo hizo de un modo mucho más cercano al tradicional modelo de la novela histórica decimonónica. Es decir, se alejó de las herramientas narrativas propias del “realismo mágico” y contó historias ambientadas en el pasado con el respaldo de una investigación historiográfica minuciosa. Y los temas que escogió no podían ser más controversiales para la mentalidad pacata y retardataria del país: por un lado, la organización jerárquica en la Cartagena colonial, en Del amor y otros demonios, de 1994, y por otro, la Independencia y la vida de Simón Bolívar, en El general en su laberinto, de 1989.
En Del amor y otros demonios, García Márquez narró la Cartagena del siglo XVIII a través de la historia de una niña condenada a ser exorcizada por la mordedura de un perro rabioso. La que después se convierte en una historia de amor imposible entre el sacerdote encargado de realizar el exorcismo y la niña es al mismo tiempo una novela que esconde una crítica feroz contra la rígida estructura social cartagenera y, de paso, contra la versión de las jerarquías sociales durante la Colonia que nos ha mostrado la historiografía tradicional.
En lugar de presentar la vida cartagenera como una férrea estructura diferenciada racialmente y controlada por la Iglesia y el gobierno virreinal, García Márquez muestra en esta novela los constantes conflictos entre los poderes políticos y religiosos del virreinato, y una sociedad poderosamente permeada por la influencia de los esclavos africanos. En efecto, la sociedad en Del amor y otros demonios se parece menos a la tradicional pirámide social de los libros de texto, con los españoles en la cúspide y los esclavos en la base, y más a un crisol en el que blancos, criollos y negros mezclan sus cuerpos y sus creencias en una sociedad que tiene tanto de cristiana como de hereje.  
Pocos años antes, en El general en su laberinto, García Márquez también se había ido contra la interpretación tradicional de la historia del Libertador y el proceso de Independencia de Colombia. En primer término, el novelista buscó en este libro restituir a Bolívar su carácter caribe y alejarlo definitivamente de la imagen de facciones romanas con que los niños de toda América lo han conocido. Para hacerlo, puso en su boca palabras propias de las costas venezolanas y en sus cabellos y piel las características de aquel que ha nacido junto al mar. Es decir, para escándalo de los bienintencionados historiadores andinos, García Márquez presentó un Bolívar costeño, como a pocos de ellos se les había ocurrido imaginarlo.
En El general en su laberinto el tema recurrente es la obsesión de Bolívar por la unidad de la América española; y, de cierta manera, la novela fue una apuesta política de García Márquez por demostrar la validez de ese propósito. Por esa razón, aunque en todos los demás aspectos de su vida el Bolívar de García Márquez parece un perro apaleado camino a la muerte segura, su voz y sus fuerzas vuelven a resonar como en sus días de gloria cuando habla del nunca abandonado propósito de unión continental.
Pero en la novela también se pone en evidencia por qué este sueño no fue cumplido: la ceguera de los caudillos locales para entender la trascendencia de apostarle a una patria más grande que la de sus mezquinos intereses impidió que América entrara con fuerza al concierto de las nuevas naciones. Y uno de los que más hizo para destruir este sueño fue precisamente el general Francisco de Paula Santander, a quien el narrador de El general en su laberinto reconoce como segundo hombre de la Independencia, pero a quien se le llama en varios momentos de la novela “cruel”, “formalista”, “avaro”, “cicatero” y hasta “truchimán”. Al parecer, García Márquez quiso concentrar en Santander todas las características que le parecían más propias de la Colombia ceremoniosa y leguleya que él ha criticado y a la que, según se dice en la novela, Santander “impuso para siempre el sello de su espíritu formalista y conservador”.
También la novela sirvió para replantear un extendido lugar común de las academias según el cual Santander fue el padre del partido liberal colombiano, mientras que fueron los allegados a Simón Bolívar los encargados de transmitir el espíritu que habría de resultar en la fundación del partido conservador, casi veinte años después de la muerte del Libertador. Además de espetarle sin miramientos el calificativo de “conservador” a Santander en el fragmento antes citado, García Márquez muestra en El general en su laberinto a un Bolívar indignado por la ligereza con la que sus oponentes se autodenominan liberales: “No sé de dónde se arrogaron los demagogos el derecho de llamarse liberales”, dijo. “Se robaron la palabra, ni más ni menos, como se roban todo lo que les cae en las manos... La verdad es que aquí no hay más partidos que el de los que están conmigo y el de los que están contra mí, y usted lo sabe mejor que nadie. Y aunque no lo crean, nadie es más liberal que yo”.  
Al igual que su abuelo, para García Márquez el liberal era el único partido en Colombia que había estado cerca de ser realmente revolucionario, y por tal motivo su único padre fundador solo hubiera podido ser el “más liberal de todos”, el revolucionario por excelencia: ese Simón Bolívar de El general en su laberinto, nacionalista fervoroso, enemigo de los Estados Unidos y luchador incansable por la unión latinoamericana.

4. Una nueva geografía, una nueva cronología  
Sin duda, uno de los aspectos en que García Márquez más hizo por repensar la historia del país fue en la manera en que reorganizó en sus novelas la geografía y la cronología del país. Para el colombiano típico que estudió geografía en el colegio, con aquellos mapas amarillentos en los que la mitad de los niños de Colombia no podían encontrar su pueblo, el país que aparece en las novelas de García Márquez representa todo un reto.
Para empezar, en García Márquez el Caribe es el lugar por excelencia donde se desarrollan sus historias, y la fría y distante capital suele aparecer solamente como una brumosa ciudad perdida entre páramos amarillos, en la que solo existen fantasmagóricas apariciones. Es decir, en sus novelas el Caribe es el centro y Bogotá es la periferia, justamente lo contrario a lo que enseñó la geografía colombiana durante siglos.
En ese reordenamiento del país, lo que está más cerca de Colombia no es la capital sino los otros países del Caribe, hasta donde se va el mismísimo coronel Aureliano Buendía a promover levantamientos que acaben con los regímenes conservadores en todo el continente. La Colombia de García Márquez es un país caribeño, más volcado a lo que pasa en la inmensa extensión del mar que a lo que se decide en las frías calles capitalinas, y con una costa gigantesca por la que entra la variedad ilimitada del ancho mundo que los Andes desconocen.
Tal vez la organización espacial que mejor resume la visión geográfica de Colombia que se encuentra en la literatura de García Márquez es el país de fábula de El otoño del patriarca. Ese país se debate entre una dura región montañosa (de allí dicen que viene el dictador de la novela, de quien “se pensaba que era un hombre de los páramos por su apetito desmesurado de poder, [y] por la naturaleza de su gobierno”) y una ciudad capital que está al lado del mar y desde la cual se ve la inmensidad del Caribe, en donde acechan al mismo tiempo las carabelas españolas de Cristóbal Colón y los navíos estadounidenses que termina por llevarse el mar.
Precisamente esta imagen es un ejemplo perfecto de cómo García Márquez también reordenó la cronología histórica para hacer simultáneos tiempos que tradicionalmente se habían pensado como sucesivos. Así como los manuscritos de Melquíades, en Cien años de soledad, están escritos de tal manera que cuentan los muchos episodios de la historia de la familia Buendía y Macondo coexistiendo en un mismo instante, así también el tiempo histórico en las narraciones de García Márquez sufre las más extrañas mutaciones para presentar sucesos históricos distantes condensados en un mismo tiempo reconcentrado.
Así como su denuncia del imperialismo en El otoño del patriarca lo lleva a escenificar la invasión española como contemporánea de la invasión estadounidense hasta volverlas casi una sola, así mismo sus narraciones de las guerras civiles en El amor en los tiempos del cólera se combinan hasta crear la impresión de una sola guerra, siempre la misma, que se extiende indefinidamente y sirve de telón de fondo al resto de la historia.
En García Márquez el tiempo se dobla y se astilla, se hace más lento o circular, como si se tratara de un experimento mental de Albert Einstein. Por eso pueden quedar cuartos en la mansión de los Buendía en los que el tiempo no transcurre y por ende no hay desgaste ni ruina, o pueden repetirse nombres y sucesos en la misma familia como si la historia no fuera más que una inagotable rueda de repeticiones exasperantes.
La idea de una historia circular o de tiempos simultáneos no es extraña para nosotros pues desde los griegos hasta Nietzsche se ha especulado sobre la posibilidad de un eterno retorno. Además, en la posmodernidad se ha cuestionado con fuerza la idea de un progreso lineal y sostenido del tiempo como única opción del desarrollo de la historia.
En García Márquez, así como en otros escritores de la generación del Boom, este reordenamiento del tiempo fue la manera de inscribir a la propia Latinoamérica dentro de una historia universal que todavía la veía como una hermana menor que había llegado tarde al proceso de la modernidad. Por el contrario, las libertades de la nueva narrativa latinoamericana lo que hicieron fue tratar de demostrar que todos los tiempos podían convivir en este continente, y que éramos más que ciclistas rezagados en la carrera de la historia.
Pero en la lectura que hace García Márquez de la historia colombiana esta relativización del tiempo también tiene un carácter negativo, porque sirve como denuncia del quietismo que ha caracterizado el proceso histórico de nuestro país. En el país de las novelas de García Márquez el tiempo no parece transcurrir, y si lo hace, gira en círculo y los protagonistas son recurrentemente víctimas de las mismas tentativas imperialistas o vuelven a caer en las mismas ingenuidades históricas. Por eso Juvenal Urbino, de El amor en los tiempos del cólera, puede decir al momento del cambio de siglo: “El siglo xix termina para todos menos para nosotros”. El Simón Bolívar de El general en su laberinto le puede pedir a un francés que lo importuna en una cena: “Déjenos hacer en paz nuestra Edad Media”. O la Úrsula Iguarán de Cien años de soledad  llega a gritar: “Esto ya me lo sé de memoria, es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio”.
Para García Márquez el tiempo que no avanza y parece devolverse o estancarse es una de las tragedias más grandes de nuestra historia. Por eso, la única solución posible para esta eterna repetición de lo mismo, para esta delirante espiral de violencia, inconsciencia y trágicos errores, solo puede ser el revolucionario viento que arranca de cuajo las anquilosadas estructuras de Macondo. Solo entonces el viejo universo de ciclos sucesivos terminaría y una nueva historia podría comenzar.

Gabriel García Márquez: un escritor indigno

Gabo que estás en los cielos

Parece ser un lugar común considerar  Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez, libro recientemente publicado, como una obra maestra

Pier Paolo Pasolini es quien lo considera, un escritor indigno/internet


Este hecho me parece absolutamente ridículo. Se trata de la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y derroche de tradicional manierismo barroco latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana (si es que todavía existen). Los personajes son todos mecanismos inventados- a veces con espléndida maestría- por un guionista: tienen todos los "tics" demagógicos destinados al éxito espectacular.
El autor- mucho más inteligente que sus críticos- parece saberlo muy bien: "No se le había ocurrido hasta entonces- dice él en la única consideración metalinguística de su novela- pensar en la literatura como en el único juego que se había inventado para burlarse de la gente..." Márquez es sin duda un fascinante burlón, y tan cierto es ello que los tontos han caído todos. Pero le faltan las cualidades de la gran mistificación, las cualidades que posee, como para dar un ejemplo, Borges ( o en menor escala Tomasi di Lampedusa, si "Cien Años de Soledad" recuerda un poco al "Gattopardo" aún en los equívocos que ha despertado en el pantano del mundo que decreta los éxitos literarios).
Los críticos literarios deben tomar nota de un nuevo "género" o técnica, que ya pertenece históricamente a la literatura: el guión cinematográfico, y también el denominado "tratamiento". En el guión y el tratamiento, el autor tiene conciencia de que su obra no es literaria ya que se trata de estructuras provisionalmente linguísticas, que en realidad "quieren" ser otras estructuras: estructuras, puntualmente, cinematográficas. El autor de un guión o de un tratamiento es tanto más hábil literato cuanto más consigue obtener la colaboración del lector en la visualización de lo que está escrito provisionalmente. El asumir tal provisionalidad (esa voluntad de la estructura de ser "otra estructura") forma parte de la técnica literaria del guionista y, potencialmente, de su estilo.
Sin embargo, la mayor parte de los guiones y de los tratamientos son pésima literatura- como es el caso de este libro-. Literatura indigna. Por qué?
El primer acto del escritor de guiones consiste en identificar al lector con el productor. El que debe colaborar con el autor en la "transformación" de la estructura linguística en estructura cinematográfica, es justamente el que paga. El destinatario de la obra es, una vez más, el patrón. Ahora bien: la mayoría de los escritores cinematográficos provienen de una élite cultural: son entonces personas que tienen la obligación, diría social, de considerar al patrón un idiota, un semianalfabeto, un hombre despreciable. Pero al mismo tiempo, deben hacer que su obra le guste. Y en el momento en que el guionista identifica al productor con un destinatario "idiota, semianalfabeto y despreciable", tiene un solo modo de convencerlo: la degradación de su propia obra. Entonces, la inocente "captatio benevolantiae" que todo autor, en distintas medidas, utiliza para obtener la colaboración del lector, termina convirtiéndose en una operación inmoral, que envuelve al autor en la degradación por él planificada con bajeza.
La colaboración del autor con el lector- productor, tiene por lo tanto los carácteres de una abyecta complicidad: tiende a hacer de él un compañero y cómplice, degradándose a su supuesto nivel de estúpido, vulgar, conformista, cínico conocimiento de las cosas humanas.
Tal esfuerzo por simplificar, por reducir, por desdramatizar, por hacerlo todo comunicable y sin problemas reales, termina volviéndose una atroz forma de adulación del patrón: así, y para decirlo con sus propias palabras, el guionista, aún despreciando al patrón, y hasta por el hecho de verse obligado por él a un comportamiento miserable, se hace "rufián" a la par suya.
Pero ningún hombre es apriorísticamente tal como el guionista supone que es el productor: ningún hombre es apriorísticamente inferior a nosotros mismos. Y la primera regla moral de un autor consiste en considerar como su igual al lector: y si luego él identifica a ese lector como un productor, también dicho productor no puede sino ser considerado como su igual. Actuar de modo contrario a esta primera y elemental regla moral vuelve a un autor indigno de su profesión.

Publicado en la revista "Tempo" el 22 de julio de 1973
Traducción de Roberto Raschella

martes, 2 de diciembre de 2014

Los últimos días de García Márquez

Gabo que estás en los cielos

 El escritor será despedido hoy en el Palacio de Bellas Artes de México, un honor reservado a los más grandes

Gabriel Garcia Marquez saluda a los periodistas el día de su cumpleaños 87 el pasado 6 de marzo. /Edgard Garrido/elpais.com
Gabriel García Márquez murió a las 12.08 del mediodía del último jueves en su casa de México, un día antes de que un terremoto escala 7,2 sacudiera la ciudad en la que él escribió Cien años de soledad y donde transcurrió medio siglo de su vida.
La causa inmediata de su muerte fue un paro cardíaco, pero no es aventurado decir que en el desenlace fatal tuvo que ver el deterioro general de su salud. Una semana antes había sido ingresado para cuidarle una afección pulmonar. Una vez que se alivió esa bronquitis, los médicos aconsejaron a la familia que sometieran al paciente a un proceso de cuidados paliativos. En esa situación estuvo atendido por un médico que le visitaba tres veces al día. Murió en paz, sedado, sin dolores, rodeado de su mujer, Mercedes Barcha, de sus dos hijos varones, Gonzalo y Rodrigo, y de sus cinco nietos.
En Cien años de soledad escribió: “Morirse es mucho más difícil de lo que uno cree”. Alrededor el estupor que causa cualquier muerte fue atenuado por una lenta espera en la que ni la familia ni los amigos, y ni siquiera los medios, hicieron aspavientos. Había en éstos una pugna por saber si en efecto fue el cáncer que padeció el que había acabado con la vida de Gabo. En realidad fue el tiempo el que acopió todas las causas y las hizo desembocar en una sola: Gabo está muerto, el autor de Cien años de soledad dejó esta vida sintiendo que se iba yendo. Alrededor tuvo una atmósfera de serenidad, a la que contribuyeron Mercedes y el resto de la casa. Algunos medios reclamaron más información de lo que había sucedido, o que ésta se facilitara con más prontitud. No está en la tradición de Gabo, que también debe ser de su mujer avisar de lo que les resulta propio. Si ya lo saben, ¿qué más han de saber? Murió, no hay parte.
A veces se ponía a leer sus propias obras y preguntaba: '¿y cuándo yo escribí esto estaba drogado o qué?”
García Márquez tenía 87 años, que cumplió el 6 de marzo pasado, cuando el público lo pudo ver por última vez. El Nobel de Literatura de 1982 había sufrido un cáncer del que se trató con éxito en Los Ángeles, donde vive su hijo el cineasta Rodrigo. A lo largo del tiempo esa enfermedad acompañó las especulaciones, de modo que en torno a las circunstancias en que vivía se construyó un oscuro árbol mitológico que luego enlazó con la diatriba pegajosa sobre lo que le ocurría a su memoria; si sus lagunas eran consecuencia de esa importante afección o si advertían de un alzheimer o una demencia senil. Ante la corriente de rumores la familia actuó como ahora ante la más importante noticia de la muerte: naturalidad y exposición. García Márquez ha seguido estando presente en saraos literarios e incluso en bodas (recientemente inauguró la bolera que construyó un amigo), ha ido con Mercedes Barcha a actuaciones públicas de músicos caribes y cada año, desde 2006, cuando cumplió ochenta años y se empezó a decir que se le iban las cosas de la cabeza, salió todas las veces de su casa, con la rosa amarilla en el ojal para celebrar con sus vecinos un año más de su vida y para ahuyentar, con ese color los malos farios, pues “mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme”.
En todo ese tiempo, cuando tuvo encima admiradores y también fisgones, el Nobel caribeño multiplicó su capacidad para integrarse en los ambientes más festivos de Cartagena y de México y desarrolló una facultad que quizá tenía atenuada: la de sonreír. También se acercó a los otros, recuperó una simpatía de la que hizo gozar a a los demás. Para él mismo se reservaba la coña marinera, que los colombianos llaman mamadera de gallo. A veces se ponía a leer sus propias obras, como si las estuviera reconstruyendo. Y preguntaba a los que tenía alrededor: “Ven acá, ¿y cuándo yo escribí esto estaba drogado o qué?”. Y luego se arrancaba a sí mismo una carcajada. Ya en este periodo no tuvo tan en cuenta las frialdades de la fama; después de Cien años de soledad “la fama”, le dijo un día a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba, “estuvo a punto de desbaratarme la vida (…), perturba el sentido de la realidad, tal vez tanto como el poder, y además es una amenaza constante a la vida privada. Por desgracia, esto no lo cree nadie mientras no lo padece”.
Algunos medios reclamaron más información. Pero no está en la tradición de Gabo, que también debe ser de su mujer, avisar de lo que les resulta propio
Como lo padecieron, se blindaron contra ello en la casa más grande que han tenido, esta de la calle Fuego 144. El blindaje fue una cura de espanto que los confabuló a padres, a hijos y a otros parientes, que ahí dentro, en esa casa sólida de dos pisos, han vivido estos últimos tiempos con Gabo manteniendo el silencio para el que fueron entrenados desde la madre al último nieto, sin dar otra explicación de lo que ocurría que lo que se presentaba cada vez como un rumor más plausible. El agravamiento fue ratificado pocos días antes de la muerte por una gran amiga de la familia con estas palabras que parecían un parte poético y no la desgarrada consecuencia de una noticia imparable:
-Hubiera querido que no me sobreviviera.
En sus mejores tiempos una conversación sobre esas circunstancias hubiera sido un ruido para Gabo, y lo que lo animó en las últimas semanas, dicen quienes saben, ese entrenamiento para el silencio, que es en definitiva una resignación radical de la palabra, funcionó en la casa con la precisión de los discos que le gustaba escuchar, los de Béla Bartok, los de Bach. No sólo se habían entrenado desde hacía décadas para que el silencio fuera una parte de la casa, pues el padre estaba trabajando, sino que en este periodo final de la vida les sirvió para evitar alharacas callejeras o periodísticas, búsqueda de noticias donde se estaba produciendo una sola noticia: el regreso de la ambulancia, la precisión de los médicos: cuidados paliativos. El resto era esperar, con la misma ansiedad rabiosa con la que esperaron algunos personas de sus ficciones, como el coronel que siempre esperó hasta que gritó “¡Mierda” en El coronel no tiene quien le escriba, una novela que él tuvo entre sus grandes obras, como tuvo El otoño del patriarca.
Por otra parte, la enfermedad y sus secuelas, así como el extravío recurrente de su memoria, fue preparando poco a poco al propio Gabo para su paulatina despedida, de los compromisos que más quiso (la escritura, la Fundación Nuevo Periodismo que fundó y que ha vivido veinte años decisivos para la historia del futuro del periodismo en español); y de hecho se jubiló a su manera.
La asunción de esa nueva vida se basó, desde hace un lustro, más o menos, en la aceptación de la vejez; desde que se anunció, hace esos años, que había dejado de escribir, que ya no habría más memorias ni más cuentos, él se fue recogiendo a la intimidad, apartándose de lo público, llegando a creer que eso lo iba a apartar de la fama que todos los días a todas horas tocaba a su puerta gritando mercancías averiadas que él no quería comprar ya nunca más.
A esa zona de silencio en la que ha vivido estos últimos tiempos “ha contribuido”, decían ayer quienes los conocen en esa intimidad, “los hijos, las nueras, los nietos, y sobre todo Mercedes”. Constituyen, explicaba este informante, “una familia muy linda que le ha dado a Gabo un entorno amabilísimo tanto en Los Ángeles, donde vive su hijo Rodrigo y donde se trató del cáncer desde 1999, en Cartagena de Indias y aquí”.
En estos tiempos con Gabo, el autor de Cien años de soledad es cierto que perdió memoria; atendía a las realidades más esenciales, interactuaba con los suyos, y para salvar cuestiones que le ponían en un brete (no reconocer a alguien, no recordar caras o hechos), García Márquez recurrió a su rapidez mental; se notaba que calibraba la salida que tenía ante cualquier circunstancia de esas y preguntaba por nombres propios o se reía de sus propios olvidos una vez que éstos no parecían tener solución posible. Pero, que se sepa, nunca se produjo ningún diagnóstico que asegurara que Gabriel padeciera alzheimer. Al mismo tiempo que se producían esas evidencias, quizá de demencia senil, el escritor desarrolló un carácter bondadoso y humorístico. En su vida pública anterior podía ser hosco (“más bien defensivo”), pero en esta época “rebajó sus prevenciones” y atendió de esa nueva manera, abierta, risueña, a todos aquellos que llegaban a él.
Todo este proceso de la enfermedad de Gabo y el posterior agravamiento ha contado con el acuerdo de la familia. La sociedad mexicana, donde ha desarrollado medio siglo de vida, se ha comportado cumpliendo, decía ayer Héctor Aguilar Camín, “el hecho cierto de que es el escritor mejor y más querido de las letras. ¡Los lectores y las musas lo adoran! Los adoran sus colegas más grandes (¡y eso que somos especialistas en la envidia!) y sus colegas más chicos le rinden pleitesía… Ahora lees Cien años de soledad, veinte años después de no haberla tocado, y sales de ella alucinado por su frescura, por su humor, por su transparencia”.
Hoy lo despiden mexicanos y colombianos, en una ceremonia insólita, pues jamás dos presidentes se habían juntado en el homenaje a un ciudadano que sólo tiene una de las dos nacionalidades. La urna que se disputan los aires de ambos países será el objeto que concitara la luz del Palacio de Bellas Artes, pero más acá se queda la luz verdadera de la obra insólita del hijo del telegrafista. Estarán los hijos, los nietos, la madre. Mercedes Barcha ha sido la que ha organizado la conversación de esa tribu en la que todos, en la salud y en la enfermedad, se han comportado con una sensatez inconmovible. Decía ayer un amiga de ellos: “Gabo es el de la familia que salió más chistoso”.
Él dijo: “Lo malo de la muerte es que es para siempre”. Como siempre ocurre, parece que no está ocurriendo.
Pero esta noticia que él no dio se produjo a las 12.08 del Jueves Santo, Día del Amor Fraterno, y preside desde entonces una vida inmortal.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Retrato del joven lector húngaro

Gabo que estás en los cielos
Breves encuentros y desencuentros
Desde una pataleta infantil por haber perdido un cumpleaños enfretado al Nobel, desde el cuestionamiento a sus desaciertos políticos, y desde la íntima lectura de un traductor que intenta acortar la distancia entre Hungría y Macondo, tres lectores narran distintas formas de acercarse a Gabriel García Márquez
Gabriel García Marquez, en una imagen de Guillermo Angulo./elmalpesante.com



En la Hungría de los años cincuenta y sesenta la lista de las lenguas extranjeras enseñadas en las escuelas era, para decirlo diplomáticamente, desproporcionada: el ruso era obligatorio para todos, en todos los niveles, sin dejar espacio suficiente al resto, o sea, a los idiomas “burgueses”, inglés, alemán, francés e italiano; el latín y el griego, huelga decir, quedaron desterrados por décadas, y sus profesores fueron reciclados para enseñar ruso. ¿Y el español? No había ninguna tradición de impartirlo en la enseñanza media: de hecho, salvo unas tentativas esporádicas, la cultura hispanohablante –en contraste con la alemana, la francesa y la italiana– nunca ejerció influencia mayor en tierras magiares. Mi deseo de aprender el castellano iba evidentemente en contravía y como tal carecía de los medios más elementales, entre ellos, de libros de texto y diccionarios apropiados. Guardo todavía mi primer manual de español de 1964 que traía lecciones con un contenido que hoy nos parece, al menos, ridículo (“Juan Vargas trabaja de obrero en una fábrica de papel. Juan es un obrero diligente y concienzudo. Los jefes de la fábrica están contentos con el trabajo de Juan”); con un vocabulario antediluviano que incluía palabras como “fosforera” o “fumista”. Ni en la biblioteca del liceo, ni en la municipal había libros en español, ni hablar de periódicos o revistas. La única persona con quien podía hablar en esta lengua era un compañero de clase en cuya mente había surgido primero el proyecto de aprenderla, y luego con nuestro profesor de inglés, quien parecía interesarse por otro idioma “burgués”. Nos reuníamos los sábados, después de clases, en su casa –un apartamento de las colmenas soviéticas de hormigón armado de los años sesenta–, y de la manera más quijotesca conversábamos los tres en castellano: “Señor, ¿tendría la amabilidad de decirme qué hora es?”. “A sus órdenes, caballero. Son las ocho y media”. “Dispénseme usted, caballero, ¿habla usted español?”. “¡Qué casualidad más dichosa! Aunque no hablo bien el castellano, lo chapuceo”.

Sea como fuera, un día gris de octubre de 1968 me llama un director del taller de traducción literaria porque necesita un cuento hispanoamericano para una antología; busco a mi profesora de literatura latinoamericana, quien me indica que hay un cuento reciente de García Márquez en una revista mexicana, y encuentro milagrosamente el texto en la biblioteca de la Academia de Ciencias, se llama “Blacamán el bueno, vendedor de milagros”, y me deja con la boca abierta, totalmente “noqueado”. Dijo Cortázar que el cuento gana por nocaut, no por puntos como la novela. Es magistral e irresistible, hasta hoy sigo oyendo la voz de su curandero en la feria caribeña, y aún siento el vértigo de esa primera lectura de “Blacamán”.

Hago una copia del texto (a mano, las revistas no se prestan a los estudiantes, ni hay, por supuesto, fotocopiadoras), llamo al editor con el entusiasmo de mis veinte años, diciendo que “he encontrado el mejor cuento del siglo”, y le muestro el texto de “Blacamán” a mi profesora, que me da una lección más declarando: “Ya ves, un genio nunca deja de serlo”. Y me pongo a traducir. Aún hoy, con más de cincuenta obras latinoamericanas traducidas al húngaro, pienso que “Blacamán”, mi primera publicación, es un desafío para cualquier traductor. Las dificultades léxicas son desalentadoras, en mis diccionarios no aparece “mapaná”, ni “pacotilla”, “tenderete de chanchullos”, “calanchín”; no tenía ni idea de cómo era La Guajira, ni una “glándula de los presagios” o las famosas “astromelias”; la sintaxis es enmarañada, barroca, espasmódica. En mi desesperación trato de encontrar en Budapest algún hispanohablante colombiano o caribeño que me ayude a descifrar unas frases y me topo con unos sindicalistas colombianos que asisten a un congreso, pero sus “explicaciones lingüísticas” me enseñan para toda la vida que el hablante nativo que no entiende de literatura es de más daño que de provecho para el traductor. Leo y releo el cuento, lo recito en voz alta y baja, lo trago, mastico, absorbo del todo. “Ningún problema tan consustancial a las letras y a su modesto misterio como el que propone una traducción”, dice Borges al hablar de Valéry, y la razón es que hay muy pocas lecturas tan profundas como la que se hace durante el proceso de la traducción, según lo afirma Subirat, traductor de Joyce: “Traducir es el modo más atento de leer”, o Gabo mismo al hablar de la traducción de Paradiso al italiano: “Entonces comprendí que, en efecto, traducir es la manera más profunda de leer”. Esta es en realidad la verdadera lectura a escondidas que no solo da la espalda al exterior, sino que también se aísla de gran parte del mundo interior; es abrumadora la soledad pero conlleva la posibilidad de un encuentro nunca sospechado.

Hasta Siempre, Gabo

Gabo que estás en los cielos

 
Preparativos en  el Palacio de Bellas Artes del  D.F, para el homenaje póstumo a nuestro Gabo/eluniversal.com.mx
Al lado de la Alameda Central, sobre la calle Juárez, se levanta imponente uno de los edificios históricos más significativos y hermosos de todo México. Cuatro pegasos negros cuidan su entrada y el peso de los bloques de mármol de Carrara con los que se construyó ha hundido un poco sus cimientos al punto de que su fachada luce levemente torcida. El Palacio de Bellas Artes es el gran punto de encuentro del centro de la ciudad. Jóvenes, turistas, artistas callejeros y vendedores ambulantes se reúnen frente a sus escalones a esperar a alguien, a descansar o simplemente a sentir el frío de la piedra blanca en una tarde de calor, como las que vive el D.F. en abril.
Desde el sábado cuelgan a ambos lados de la puerta principal dos grandes pendones que muestran a un Gabriel García Márquez sonriente y en blanco y negro. Debajo de su rostro están las fechas 1927-2014. Frente a la fachada se levantan carpas, previendo un posible chubasco, también típico y siempre inesperado durante la primavera en Ciudad de México. Aun así, el movimiento sigue igual que siempre. En la Alameda los niños comen algodón de azúcar y les piden globos de colores a sus papás; sobre la calle Madero, que lleva al Zócalo, siguen parados Batman, Depredador, Woody, Buzz Lightyear y una Mujer Maravilla con leve sobrepeso, esperando para cobrar por las fotos que se tomen con ellos los transeúntes.
Pero desde las cuatro de la tarde de este lunes, cuando se expongan en el interior del Palacio y a la sombra de los murales de Diego Rivera las cenizas del nobel durante un sentido homenaje, las calles del centro se sumirán en un luto perceptible por las masas de seguidores, amigos y familiares que se acerquen a dar un último adiós a su ídolo, a su compadre del alma. Junto a la urna con los restos de Gabriel García Márquez se hará una guardia de honor encabezada por Rafael Tovar y de Teresa, titular del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México (Conaculta), y José Gabriel Ortiz, embajador de Colombia en el país. La última guardia la harán el presidente de México, Enrique Peña Nieto, y su homólogo colombiano, Juan Manuel Santos, quien se espera arribe a la Ciudad de México el mismo lunes después del mediodía.
Ha habido gran especulación alrededor del descanso final de las cenizas de Gabo. El embajador Ortiz, en conversación con El Espectador, aclaró: “Yo lo que dije es que, interpretando el sentimiento de los colombianos, quisiéramos que parte de las cenizas fueran a Colombia para que reposaran allí. Eso es lo que yo pienso y pienso interpretar así al presidente, que también me lo dijo, y a todos los colombianos”. Pero recalcó que “eso no quiere decir, por ningún motivo, que esa sea la decisión final. ¿Quién toma la decisión final? Su señora y sus hijos. Ellos van a disponer qué quieren hacer con sus cenizas”. Advirtió que tanto el Gobierno como la Embajada se abstendrán de hacer cualquier declaración al respecto hasta que haya un comunicado oficial por parte de la familia.
Justo enfrente del histórico edificio se encuentra una sucursal de la famosa librería Gandhi. “Recuerdo una vez en que estaba yo en la librería Gandhi y él estaba ahí también, y me acerqué a pedirle un autógrafo. Esa fue la primera vez que lo vi”, recordó para El Espectador el escritor mexicano Jorge Volpi. El libro que lleva la firma en tinta de García Márquez es Cien años de soledad, el favorito de Volpi, aunque sienta que decirlo sea un lugar común. Ese primer encuentro se dio poco después de que el mexicano publicara su primera novela. “El hecho de que yo me lo encontrara en la Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo significaba que él también vivía en la Ciudad de México”, concluyó. Y es que es bien sabido que la librería, que en ese entonces tenía sólo la sucursal del encuentro, pero ahora cuenta con varias en todo el país, era la favorita de Gabo.
Varias librerías mexicanas han reportado un incremento significativo en la venta de títulos de Gabriel García Márquez. En la Rosario Castellanos, del Fondo de Cultura Económica, en la colonia Condesa, se registraban hasta el sábado 62 libros vendidos desde el deceso del colombiano. Mario Mendoza, vendedor de la Gandhi frente a Bellas Artes, estima que desde la muerte de Gabo se han vendido por lo menos un centenar. Sacaron todo lo que había en bodega y sólo quedan unos cuantos ejemplares. El que más se ha vendido es precisamente Cien años de soledad, hasta el punto de que las existencias de su edición en pasta dura de Diana ya estaba agotadas para el domingo. Pero todavía quedaban unas cuantas ediciones de bolsillo.
Sylvia Helena Alves, una profesora de español de Brasilia, llegó el jueves a la Ciudad de México, horas después de la muerte del nobel. Sin dudar, se acercó al anaquel adornado con una hoja amarilla impresa con la cara del escritor (el amarillo es el color de Gabo y curiosamente también el color institucional de la librería Gandhi) y agarró dos copias de Cien años de soledad. “Los libros en español en Brasil son muy costosos, y yo éste lo quiero leer en español”, dijo para El Espectador.
Las tapas amarillas de la primera edición de Oveja Negra de El amor en los tiempos del cólera saltaban a la vista. “Las trajeron el miércoles. Los que han venido y saben qué son se llevan esa. Los que no conocen mucho de Gabriel García Márquez agarran la de Diana”, explicó el vendedor con una sonrisa. La edición original estaba en promoción, a 118 pesos mexicanos, es decir, unos 18.000 pesos colombianos. Sylvia tomó uno de los libros amarillos y lo abrazó contra su pecho. “¿Este también es mágico?”, preguntó con cara de asombro. ¿Acaso no lo son todos?
El editor de las obras de Gabriel García Márquez, Cristóbal Pera, aseguró ayer que el nobel colombiano estuvo trabajando en los últimos años en un novela que se titula ‘En agosto nos vemos’. Sin embargo, advirtió que su publicación depende exclusivamente de la familia. “Es una novela que trabajó durante mucho tiempo. No sé si vaya a ser publicada, eso ya la familia lo decidirá”, dijo Pera. También contó que el escritor cataquero no estaba conforme con lo que estaba escribiendo y la corregía día a día.

viernes, 28 de noviembre de 2014

De la política como infortunio

Gabo que estás en los cielos
Breves encuentros y desencuentros 
Desde una pataleta infantil por haber perdido un cumpleaños enfretado al Nobel, desde el cuestionamiento a sus desaciertos políticos, y desde la íntima lectura de un traductor que intenta acortar la distancia entre Hungría y Macondo, tres lectores narran distintas formas de acercarse a Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez jamás claudicó de su pensamiento político al lado del corazón: la izquierda./Pedro Meyer./elmalpensante.com

En estricto orden de importancia, García Márquez fue uno de los mayores escritores del siglo xx, un periodista extraordinario y un político de izquierda controversial, desatinado las más de las veces. Este último aspecto de su vida tiene mucha menos trascendencia de la que él, sus áulicos y sus malquerientes pensaban que tenía, pero dada su estatura en las otras dos dimensiones, la política no se puede obviar a la hora de redondear y acotar su legado. Intentemos, pues, una mirada sin excesos de pasión.
En política –y esta elemental distinción no se señala con la debida frecuencia– no existe la perspectiva universal; existen las ópticas particulares. Si uno se pone en los zapatos de un cubano que haya padecido los maltratos y abusos del régimen castrista en el último medio siglo –y una proporción muy grande de la isla los ha padecido–, no tendrá ninguna razón para llorar la muerte de García Márquez. Antes al contrario, en el más suave de los casos deplorará su ingenuidad; otros, menos benévolos, insultarán su memoria.
Cabe poca duda, creo yo, de que los centenares de intelectuales internacionales prestigiosos que en un momento u otro apoyaron a Fidel Castro –vienen a la mente, entre los de indiscutible calidad literaria, Sartre, Julio Cortázar, Harold Pinter, José Saramago y los locales Alejo Carpentier y Nicolás Guillén– causaron un gran daño, pese a que la mayoría se fue bajando con mayor o menor estruendo de ese barco fantasma a medida que pasaba el tiempo y dejaba de ser discutible que aquello era una dictadura pura y dura. Sin estos apoyos, el régimen de seguro hubiera durado varios años menos, vaya uno a saber cuántos. García Márquez no solo fue el más famoso de todos los que apoyaron a Castro, sino el más incondicional. Argüía él que por su influencia fueron liberados muchos presos políticos en Cuba, lo que quizá sea cierto, aunque su actitud al mismo tiempo reforzaba el régimen que los apresaba. La relación entre el novelista y el dictador, un megalómano acostumbrado a manipular y descartar gente como quien bota a la caneca un kleenex usado, fue desproporcionada. Castro usó a Gabo cuando quiso y como quiso.
En los demás países esta misma historia resultó mucho menos dramática. En ellos, incluyendo a Colombia, su país de origen, el efecto de la actividad política de Gabo fue marginal o poco más. ¿A alguien se le ocurre, digamos, que Tirofijo haya tomado en cuenta, para bien o para mal, las opiniones de García Márquez en cualquier materia o que haya cambiado su estrategia política por sugerencia del escritor? Gabo era partidario de la paz, el jefe guerrillero no, y por lo tanto no hubo ninguna negociación de paz seria hasta que la perspectiva de un triunfo militar de las Farc no fue destruida. ¿Y existe el menor rastro de la influencia de Gabo en las acciones de Bateman y los iluminados del M-19? Ninguno: hicieron lo que quisieron dentro de sus posibilidades. Así mismo las relaciones del escritor con Omar Torrijos, François Mitterand, Felipe González, Carlos Salinas de Gortari, Alfonso López Michelsen o Bill Clinton fueron básicamente sociales. Busca uno y no encuentra evidencia de que ellos hayan cambiado una decisión política importante por lo que les haya dicho o dejado de decir el Nobel colombiano. Un detalle aquí, un discurso allá pueden haber sufrido variaciones mínimas, nada más. Un político de raza, después de definirse e insertarse en el espectro ideológico, hace lo que sus convicciones mezcladas con la realidad del poder le dictan. No hay lugar allí para ingenuidades, sino para relaciones de fuerza y de conveniencia.
García Márquez siempre se desentendió en forma expresa de las ideas abstractas, sin las cuales es imposible orientarse y, sobre todo, acertar en política. La democracia verdadera es justamente una armazón de ideas abstractas –pesos y contrapesos, división del poder con miras a limitarlo, prerrogativas de las mayorías, derecho de las minorías y un largo etcétera– y no un simple juego de personas más o menos carismáticas y bienintencionadas que vienen y van. La distinción esencial entre instituciones y personas, tan insulsa en materia de aventuras y emociones literarias, es conceptual. Los fanáticos de un líder, como se ve con tanta frecuencia, no entienden este marco conceptual y menos que se diga que las instituciones son más importantes que las personas que ellos tanto admiran. Los líderes de una democracia sana, en contraste, aceptan su subordinación.
El otoño del patriarca es un buen lugar para calibrar la relación entre Gabo y el poder. No es mera coincidencia que este libro sea la encarnación de la fascinación del escritor por los dictadores y no, distinción crucial, por los políticos más normales del espectro, que llegan al poder, hacen mucho o poco, y se van. Un político normal no suele ser interesante, mientras que un caudillo sí que lo es. La fascinación por los dictadores encarnada en esta novela está emparentada con la condición del autor, que podría describirse como un dictador de la imaginación. Pocos procesos menos democráticos y más autoritarios que el acto creativo. Sí, es posible que a la pregunta “¿qué horas son?”, un súbdito le responda a un dictador: “las que usted diga, mi general”, pero eso mismo es lo que le responden al dictador de la imaginación los personajes de una novela. Luego a veces se insubordinan y agarran por su lado, como lo hizo famosamente don Alonso Quijano con Cervantes, pero el autor, como su nombre lo indica, nunca deja de ser autoritario en la ficción. Tiene allí poderes de vida y muerte que envidiaría cualquier tirano.
Por todo lo anterior, la política fue un infortunio para García Márquez, como lo ha sido para tantos artistas grandes, inmensos, medianos o pequeños que han pretendido ilusamente que su fama y su talento los hacen inmunes a la manipulación de los profesionales. Sea de ello lo que haya sido, mi apuesta es que este aspecto de la realidad irá perdiendo importancia con el tiempo, a medida que los protagonistas políticos de esta época sean olvidados o bajados de los pedestales a los que muchos de ellos nunca debieron subir. La obra literaria de Gabo, en cambio, promete irse consolidando con el tiempo. Leamos, pues, los libros y olvidemos las ilusiones incautas que el escritor se hacía sobre la realidad de un poder que nunca tuvo en realidad.

La cábala de Melquíades

Gabo que estás en los cielos


García Márquez, quien en palabras de Ignacio Padilla, sufrió la muerte de cada uno de sus personajes./elespectador.com
Diecisiete años decía García Márquez que tenía cuando decidió escribir una novela que pensaba llamar La casa, cuyo arranque iba a tomarle diecisiete años más. Diecisiete como los hijos del coronel Aureliano Buendía, marcados para sus diecisiete muertes con sendas cruces de ceniza, recordados luego con diecisiete pececitos fundidos en oro ante el espectro vigilante de Melquíades, gitano grande de la estirpe del moro Cide Hamete Benengeli.
En ese lapso el colombiano se dedicó seguramente a soñar el sueño de las páginas infinitas, un laberinto de historias donde buscó la voz que le permitiese contar como su abuela lo que nunca le contó su abuela. Llegaba tal vez a la redacción de un diario bogotano o a su precaria casa mexicana, se sentaba frente a su máquina de escribir, redactaba una frase que en diecisiete años no acabó de convencerlo y pasaba a otra página que tampoco lo convencía y que acompañaba a su antecesora en el cesto de basura. Hubo hambre, hubo frío y quinientas hojas en blanco cada día. Y cada día la bifurcación de quinientos arranques frustrados. Le gustaba sin embargo aquel juego que había leído soñar también a Borges, le gustaba probarse y contarse como en un carnaval de espejos paralelos. Entraba en ellos hasta que Cervantes o Quevedo le tocaban el hombro. Entonces remontaba página tras página, recorriendo la ruta inversa, y encontraba a Cervantes o a Quevedo en su biblioteca real. Pero una mañana, después de un sueño intranquilo, la frase inicial de la Metamorfosis de Kafka le tocó el hombro en mitad del recuerdo del día en que su padre lo llevó a conocer el hielo, y él entonces se quedó allí y comenzó a escribir lo que venía pensando desde hacía diecisiete años.
En la tempestad de esos recuerdos dio vida García Márquez a los seres que llevaba incardinados desde que comenzó a ser el hijo mayor de un telegrafista de Aracataca. En esa página gestó y dio muerte, entre tantos, a José Arcadio Buendía, que consoló su propia soledad también jugando al sueño de los cuartos infinitos, donde soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual. También a él le gustaba ese juego que se bifurcaba en adjetivos jurásicos y oraciones subordinadas como ballenas y senderos que llevaban a más historias para acabar todos en una borrasca escrita nada menos que por el gitano Melquíades. Pero un día (escribió García Márquez que escribió el gitano cervantino) Prudencio Aguilar tocó el hombro a José Arcadio en un cuarto intermedio, y éste se quedó allí para siempre, creyendo que era el cuarto real.
No lloró García Márquez cuando escribió esta muerte para José Arcadio Buendía. Lo hizo, en cambio, cuando tuvo que matar al bueno de Aureliano. Puede que llorase las muchas veces que los gemelos Pedro y Pablo Vicario mataron por honor y sin justicia a Santiago Nasar. Nadie duda que fue dichoso con las dos muertes infames de su otoñal patriarca, y cuando Ulises y Eréndira asesinaron a la abuela desalmada. Ignoramos de todo punto qué pensó el colombiano cuando Bolívar se le murió en los brazos en la salida al mar del río Magdalena, pero podríamos jurar que fue dichoso cuando supo arrebatar del cólera a Fermina Daza y Florentino Ariza. Cualquiera juraría que no hubo un nacimiento ni una muerte ni un desamor en su literatura que no le doliera ni le importara: porque los quiso a todos y los sufrió de veras consiguió que los habitantes del mundo de acá, más pobres que los de sus libros, aprendiésemos a quererlo para siempre.
Muchas otras noches Gabriel García Márquez habrá soñado también el sueño de los cuartos infinitos que había soñado José Arcadio. Habrá creído que se levantaba de la cama, abría uno de sus libros y pasaba a otro libro igual de grande aunque distinto, cuyas páginas abría para pasar a otro exactamente igual de grande y no menos distinto. Se habría ido así de libro en libro, como en un universo construido sólo por él y para todos, hasta que José Arcadio Buendía o Isabel o el ahogado más hermoso del mundo le habrán tocado el hombro. Entonces él habrá regresado, despertando hacia atrás, recorriendo el camino inverso, y habrá encontrado a todos sus lectores en el mundo real. Pero ayer, mientras soplaba el viento de la desgracia, José Arcadio Buendía le tocó en el hombro en un cuarto intermedio, y él se ha quedado allí para siempre, escribiendo para que entendamos que hay mundos mejores más allá de lo que creemos que es el mundo de verdad.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Gabo, mi primer odio

Gabo que estás en los cielos

Breves encuentros y desencuentros

Desde una pataleta infantil por haber perdido un cumpleaños enfrentado al Nobel, desde el cuestionamiento a sus desaciertos políticos, y desde la íntima lectura de un traductor que intenta acortar la distancia entre Hungría y Macondo, tres lectores narran distintas formas de acercarse a Gabriel García Márquez 

Gabo frente a la casa de José Félix Fuenmayor, Barranquilla, 1971 © Cortesía Heriberto Fiorillo • Fundación La Cueva./elmalpensante.com
Gabriel García Márquez no fue mi primer amor, como lo ha sido para muchos otros escritores, sino mi primer odio. Por él experimenté ese sentimiento puro e implacable que, muchos años después, leí que había cultivado con disciplina y devoción Amaranta Buendía durante toda su vida.
Mi rencor nació el día en que aquel señor se ensañó conmigo como si yo fuera otro de sus trágicos personajes. Mucho tiempo después leería la forma atroz como despachó a Mauricio Babilonia en Cien años de soledad: “Murió de viejo en la soledad, sin un quejido, sin una protesta, sin una sola tentativa de infidencia, atormentado por los recuerdos y por las mariposas amarillas que no le concedieron un instante de paz, y públicamente repudiado como ladrón de gallinas”.
En mi caso también se había ingeniado la manera más cruel y certera para destrozarme: usurpó el único día del año que yo sentía totalmente mío, arremetió ferozmente contra mi cumpleaños número siete, que es el más importante de un niño y sin duda el más importante de un adulto, porque es el primero que uno recuerda en detalle por el resto de su vida.
Yo llevaba varios meses ansiando aquel jueves 21 de octubre de 1982, lo había marcado con un círculo feliz en el calendario que tenían todas las contraportadas de mis libretas escolares, y cuando por fin llegó el cielo de aquella irrepetible fecha, no se acercó nadie a felicitarme. Ni siquiera mi mamá entró a mi cuarto para despertarme, mucho menos me cantó “Las mañanitas” ni me regaló el Mazinger que había soñado intensamente todo el año. Por el contrario, me despertó un mal presagio: el bullicio de mis familiares reunidos en la sala.
Mis tíos, mis primos, mis padres, mi hermana y mi abuela, con quienes vivía en Barranquilla en una casa angosta pero profunda de la calle 74 con carrera 47, a una cuadra del Estadio Romelio Martínez, rodeaban un aparato de radio Sanyo donde Juan Gossaín celebraba la noticia de que Gabriel García Márquez era el nuevo Nobel de Literatura. Lo pregonaba con la emoción de un Edgar Perea cuando el Junior ganaba una nueva estrella. Y en efecto, como solo sucedía cuando Junior se coronaba campeón, los taxis de Barranquilla pasaban eufóricos haciendo sonar sus bocinas al unísono.
–Cuando eso pasa en Barranquilla –me dijo mi tío Miguel abriendo los ojos pero sin advertir que sus palabras me hundían más en la indiferencia y el olvido–, cuando eso pasa en Barranquilla –repitió solemnemente– es porque un acontecimiento realmente importante ha sucedido.
Pensé que iba a ser una cosa de momento, incluso pensaba que mi tío me estaba tomando el pelo y que acto seguido me abrazaría riéndose de su propia broma pesada, pero todos en la casa siguieron comentando la noticia, apropiándosela como si fuera el triunfo de un familiar, exprimiéndola como si fuera más apoteósica y trascendental que mi cumpleaños.
La noticia provocó que mi mamá y mis tías recordaran entusiasmadas sus noches de solteras, cuando vivían en una casa del barrio Boston en la calle 62 con carrera 45, donde yo habría de nacer, y por donde Álvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez pasaron varias veces. Recorrían la calle lentamente en el jeep destartalado de Cepeda fumando unos tabacos infinitos y luciendo unos afros patibularios que los vecinos de aquel barrio de bien no estaban acostumbrados a ver.
Mi mamá, mis tías y sus amigas solteras se reunían en la terraza de la casa para departir a la luz de la luna, cuando de pronto pasaban aquellos lobos acechantes en su jeep africano. Venían borrachos de La Cueva y, años más tarde, de La Tiendecita, una cuadra más arriba, en la calle 62 con 44, y se detenían a piropearlas. Ellas les respondían con un grito rotundo:
–¡Cojan juicio, marihuaneros!
Cepeda y Gabo se reían con unas carcajadas idénticas a las del diablo y seguían calle abajo mamándole gallo también a los niños que jugaban bola’e trapo en la calzada, entre ellos mis tíos que en ese tiempo eran unos muchachos. Hacían sonar el motor con el rugido ronco de un león, amagando con atropellarlos si no se apartaban.
Muchos años después, Gabo finalmente atropellaba a un niño.
Desayuné un café con leche que me supo tan amargo como un principio de vómito, cogí mi maletín con mis libros anónimos y esperé que llegara mi transporte. En el jeep que me llevaba todos los días al colegio, Libia de Dacunha (esposa del brasileño que jugó en el Junior) iba escuchando una emisora nacional que transmitía la primera entrevista al Nobel. En ella, Gabriel García Márquez afirmaba con voz aún adormecida que le parecía estar soñando todavía. Al mismo tiempo, a muchos kilómetros de México, yo me decía a mí mismo que aquello no podía ser sino una horrible pesadilla de la que habría de despertarme en cualquier momento.
Me asomé por la ventanilla para no escuchar la voz gangosa de mis propias penas, pero todo me recordaba mi drama. En todas las calles veía a la gente alborotada: en las terrazas, los parques, las esquinas, como nunca antes había visto. Todo el mundo parecía feliz menos yo.
En el salón de clases tampoco se acordaron de mi cumpleaños. La profesora Lourdes García, que siempre repasaba puntualmente la lista de cumpleaños, olvidó hacerlo y pasó enseguida a hablar de García Márquez, de la importancia del premio para Colombia y el Caribe, e incluso llegó a insinuar que era familiar de él.
De regreso a casa, la gente todavía seguía comentando la bendita noticia del Nobel. Me había enterado incluso de que la mamá de García Márquez le había dado mucha Emulsión de Scott de niño y que, según ella, por eso había ganado el galardón. Como una manera de ganarle al menos en eso, me dije que yo era más afortunado pues fui el único niño del mundo alimentado con compota de espinaca, igual que Popeye.
Almorcé con un nudo en la garganta escuchando los noticieros martillar una y otra vez la noticia del premio sueco. La soledad seguía rodeándome, como si estuviera aislado en un círculo vacío parecido al del intocable Santiago Nasar antes de ser asesinado, o dentro del círculo de tiza que muchos años después leería que trazaban los edecanes del coronel Aureliano Buendía dondequiera que él llegara para que ningún ser humano se le aproximara a menos de tres metros. Entonces me digné a mirar la pantalla y por primera vez aprecié el rostro de mi verdugo, el culpable absoluto de todos mis males, la verruga de brujo arriba del bigote. Se reía a sus anchas, como si se burlara de mí.
En ese momento lo odié con una fuerza ciclónica, con un poder cataclísmico, y con tanto rigor que esquivé por mucho tiempo todos los libros donde salía su infeliz rostro burlón; y con tanta fidelidad que el primer libro de García Márquez que leí fue apenas cuando cumplí 19 años y ya la herida había cicatrizado un poco. Me lo regaló mi madre en mi cumpleaños, como si el tiempo diera vueltas en redondo.
Entró temprano a mi cuarto cantándome “Las mañanitas” y me entregó el regalo sin envoltura, sabiendo que yo de todas formas me iba a dar cuenta de que era un libro, pues desde hacía poco tiempo había comenzado a interesarme seriamente en la literatura.
–Toma, con mucho amor –me dijo estampándome un beso en la mejilla y entregándome un billete–. Hoy seguro vienen tus tíos, tus tías, tus primos y tu abuela a cantarte el cumpleaños, así que córtate ese bendito afro que ya pareces un marihuanero.
Al terminar de leer esa misma mañana y de una sola sentada Crónica de una muerte anunciada, sentí que sus páginas gloriosas compensaban con creces aquella remota mañana gris en que no pude conocer la felicidad. Entonces entendí, como no lo había hecho ni siquiera con los amores movedizos de la adolescencia, y con la resignación del destino irrevocable que se aleja por caminos intrincados pero que siempre vuelve a su senda, aquel eterno cliché de que el amor y el odio están a un solo paso, separados apenas por una línea de tiza que el mismo pie termina borrando al cruzarla.

Buenos Aires, una amada fotografía en la vida de Gabo

Gabo que estás en los cielos



Gabriel García Márquez ,Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014. Cien años de soledad ,1967./ Sara Facio./revista Ñ


“En 1967 la fama lo alcanzó como un rayo y desde entonces no hay medida del tiempo para él. Todo lo que vive está suspendido en la pura eternidad”.  Lo escribió Tomás Eloy Martínez y, como tributo a la muerte de Gabriel García Márquez, la Fundación TEM reproduce hoy en su sitio web un bello texto del escritor argentino sobre su entrañable amigo colombiano, el padre de Cien años de soledad, la gran novela de América como la llamó la revista Primera Plana.
El hombre que reescribió el Génesis, tal como es considerada por algunos críticos su monumental historia de los Buendía, había enviado su manuscrito a la vieja Editorial Sudamericana con los pocos pesos que le quedaban en el bolsillo.

Había mandado las más de 500 páginas de su novela en dos tandas, siempre alentado por su mujer Mercedes Barcha que iba vendiendo alguno que otro artefacto doméstico para pagar los envíos. Los 500 dólares de anticipo que el legendario editor Paco Porrúa le había mandado por los derechos de su cuarta novela se habían esfumado en el pago de deudas. García Márquez se sentó a esperar, con ilusión, la respuesta Porrúa, que apenas comenzó a leer la novela quedó atrapado por completo.
Apenas terminó de leerla, sin saber todavía si Gabo era un genio o un loco, Porrúa decidió traerlo a Buenos Aires con una buena excusa: ser jurado de un  premio que se crearía con Primera Plana.
Gabo y Mercedes vivieron sus primeros días en Buenos Aires en el más completo anonimato. Sin embargo, la gloria comenzaba a aletear cerca: sentados en un café vieron pasar a un par de mujeres con la bolsa de la compra, y mezclados entre las verduras, allá iban los ejemplares de Cien años de soledad.
Fue al entrar a la Sala de Experimentación Audiovisual del Instituto Di Tella, donde se estrenaba “Los siameses”, de Griselda Gambaro, con la dirección de Jorge Petraglia, que alguien reconoció a García Márquez. Y un primer espectador le gritó: “¡Bravo! ¡Bravo!” y otro le agradeció la novela y todo el público se puso de pie y lo ovacionó. Así la fama le salió al encuentro al narrador que se atrevió a reescribir el Génesis. En sólo un mes “Cien años de soledad” agotó más de 11.000 ejemplares en el Río de la Plata.
Los siguientes días en Buenos Aires su vida fue una sucesión de pedidos de entrevistas, de autógrafos, gente que quería verlo, tocarlo, conocerlo….así empezó la construcción del mito. Tan conmovido y aturdido quedó que decidió atesorar aquellos momentos para siempre. Mientras su celebridad crecía en el mundo, las versiones sobre por qué nunca más volvió a Buenos Aires también se agigantaban. Incluso se llegó a hablar de algún enojo o temor del escritor por la efusividad del público argentino.
Nada de eso fue cierto. Como tampoco lo fue el cuento de la gitana que le vaticinó que su suerte cambiaría si regresaba a esta ciudad. Quizá la confusión provenga de las profecías de Melquíades y la gitana de Cien años de soledad.
Llegó con hambre y se fue con gloria. García Márquez tenía una pequeña superstición: decía que donde todo comenzó, podía acabar. Así de simple fue el motivo por el que nunca volvió a la Argentina, y congeló para siempre a Buenos Aires como una amada fotografía en su memoria.