lunes, 24 de noviembre de 2014

Regreso a Macondo

Gabo que estás en los cielos 

Fui el primer periodista colombiano que pudo entrevistar a García Márquez, con detenimiento y a pierna suelta, cuando él regresó triunfalmente al país, a su país, como un boxeador que acabara de coronarse campeón mundial, después del estropicio causado por Cien años de soledad

Gabriel García Márquez dijo a Juan Gossaín: “ni yo mismo sé quién soy”, en la entrevista que le concedió en 1971 al regresar a Colombia. /elespectador.com
 Recuerdo los pormenores de aquel episodio, y sucedieron tantas cosas insólitas y extravagantes que vale la pena dejarlas por escrito. Estábamos en el aeropuerto de Barranquilla, bajo un sol implacable, esperando que aterrizara la rutilante estrella literaria. En los muelles de bienvenida se amontonaban periodistas, viejos amigos suyos, curiosos y secretarias en busca de autógrafos del novelista para después cambiarlos por los del centro delantero del Júnior. Pero también estaban, y eso es lo importante, los grandes camaradas que Gabito había dejado en esta ciudad donde vivió tanto tiempo, donde escribió La hojarasca, donde disfrutó los mejores años de su vida, donde conoció a Mercedes Barcha —la hija del boticario de Magangué que luego sería su esposa—, donde fue feliz escribiendo para El Heraldo una columna de comentarios que se llamaba “La Jirafa” y bebiendo ron en los sardineles del Paseo Bolívar y en las mesas metálicas del Café Roma.
Allí estaban ellos, endomingados, con los zapatos nuevos y el vestido de lino irlandés que permanecía en el fondo del escaparate desde la época en que los buques de rueda remontaban el río Magdalena: los choferes de taxi, los mamadores de gallo de La Cueva, los vendedores de periódicos, los fotógrafos callejeros. Entre aquella multitud prevalecía el temor de que Gabito, el muchacho flaco y cabezón que ellos habían conocido, volviera ahora estirado por el éxito, estirado y espantajopos.
Pero se abre la puerta del avión y lo primero que se asoma es una estruendosa guayabera panameña, de todos los colores que Dios echó al mundo, que parecía un disfraz carnavalero del Congo grande. (Un taxista recordó, entonces, que veinte años atrás, y por esas mismas excentricidades, a García Márquez le decían Trapo Loco en Barranquilla).
Bajó por la escalinata. Vio los rostros de los viejos compañeros, los espejuelos de Fuenmayor, la barriga descomunal de Quipe Scopell, el diente de oro de Racedo, la cámara fotográfica del Mono Manjarrés, los señaló con un dedo —en la otra mano traía una caja de cartón que habría de perderse— y gritó a bocallena: —¡Mierda, otra vez los mismos camajanes!
Su carcajada de cataclismo ahogó las últimas palabras. Los del pintoresco comité de recepción se miraron satisfechos unos a otros: no cabía duda, ese era Gabito, aunque ya no estuviera tan flaco, y aunque ahora los críticos fascinados del New York Times Book Review insistieran en llamarlo “Mr. Márquez”. ¡Tan pendejos como siempre, los gringos!
Macondo es Macondo, para qué negarlo: García Márquez había ido a Barranquilla, más que todo, para visitar a ese amigo entrañable e inolvidable que era Álvaro Cepeda Samudio. Pero Cepeda estaba en Nueva York. De modo que el novelista tuvo que regresar por la tarde al aeropuerto a esperar al amigo que debía haberlo estado esperando a él por la mañana. ¿Hay acaso motivo para extrañarse después de que el coronel Aureliano Buendía encabezó treinta y seis guerras civiles, las perdió todas, y se sentó en la puerta de su casa a esperar que pasaran con su propio entierro?
La casa grande de voces y de imágenes.
Cuatro botellas de cerveza, un grupo de amigos, un patio de sol y de viento, el olor de las flores en el corredor, el rumor de una anciana que deambula por los pasillos: todo vuelve a ser igual.
El gitano ha regresado. Trajo su baúl de sortilegios y su carga de recuerdos y la instaló aquí, en el patio donde la luz reverbera sobre los tejados y en los muros de ladrillo.
La tarde se refresca a medida que se acercan las seis. García Márquez canta un vallenato: “Allá en La Guajira, arriba, donde nace el contrabando...”. Fuenmayor, Escopel y Angulo hacen coro y tamborilean con los dedos en la mesa o en los brazos de los taburetes. Los perros se espantan otra vez.
“No soy lo que quiero ser...”
“¿Sabes qué he aprendido en cuarenta años? Que todo es exactamente la misma vaina. Volvemos al punto de partida, reiniciamos, empezamos otra vez. Cuando yo escribía en los periódicos, el sueño de mi vida era ser un novelista célebre, afamado en todo el mundo, con libros que se conocieran en los confines del universo, traducidos a todos los idiomas, expuestos en las vitrinas de cuanta librería existiera en Europa, en Asia, en América, en todas partes. Y sobre todo, no tener nada más que hacer: sentarme a escribir novelas, buenas novelas, mis novelas. Ahora que lo he conseguido, que he realizado mis sueños uno a uno, me doy cuenta de lo que verdaderamente quiero ser: un gran reportero, un incansable buscador de noticias. Siempre quise ser lo que hora no soy...”.
“Me he vuelto rutinario”
¿Es una frustración?
Es más que eso: es un anhelo.
Acabo de comprender que yo —veinte años partiéndome el alma para llegar a la cumbre, a la que yo creía que era la cumbre— estoy empantuflado, rutinario, y lo peor es que esa rutina se la transmite uno a lo que escribe. En Barcelona escribí un día que mi última novela —El otoño del patriarca— es una novela de gabinete. Su esqueleto puede ser muy bueno, pero le falta algo... algo le falta a eso que te dije ayer: el olor de la guayaba, la sensación verídica de lo que estás diciendo, la seguridad de lo que estás pensando.
La búsqueda del mundo
¿Esa búsqueda es la razón de este viaje a América?
Eso, ni más ni menos. Al principio creí que sí, que yo podría trabajar como si fuera el empleado de un banco: horario, oficina, teléfono, máquina, portafolio. Se me estaba volviendo una obsesión, una angustia de todas las mañanas, hasta que un día agarré a mi mujer y a mis hijos y me agarré a mí mismo por dentro y dije: me voy a recorrer el mundo. Cuando salimos de Lisboa estaba lloviendo, y llovía también cuando llegamos a Paramaribo. Desde el momento en que saqué la cabeza por la portezuela del avión, sentí que estaba encontrando lo que buscaba: la lluvia de Paramaribo no era igual a la lluvia de Lisboa, y era la lluvia que yo necesitaba para mi novela, lo necesitaba para mi novela, lo que había estado buscando por todos los cuartos de mi casa sin encontrarla. No sé si era más fuerte o más húmeda o más cálida, no sé explicar qué tenía esa lluvia de Paramaribo, pero descubrí que era la mía, la que estaba necesitando para la lluvia de mi libro. Me sentí un poco feliz porque el viaje estaba produciendo los resultados que yo tanto anhelaba; encontrar, probar y comprobar mis elementos y mis seres... Después entramos en un bar del aeropuerto, con aire acondicionado y muchas comodidades, y yo me salí por una puertecita que comunicaba con un salón lleno de olores, de secreciones, de cosas extrañas. En un rincón había una negra gorda con una bayeta roja en la frente, vendiendo jengibre. Miré al techo y sentí ganas de llorar: allí estaban, yo los había olvidado ya en mi rutina de escritor profesional: los ventiladores de aspas... en ese momento supe que era capaz de regresar inmediatamente a Barcelona y escribir la novela que quiero, como yo la quiero escribir.
Entonces ‘El otoño del patriarca’...
“Es una novela sumamente difícil, porque yo mismo me la puse muy dura. Creo que más que una novela estoy haciendo un experimento poético. Si después de todo no ocurre así, la rompo tranquila y dulcemente. Pero de todas maneras me parece que saldrá. Es la novela que desde hace tanto tiempo quería escribir, pero no era posible sin haber resuelto antes todos mis problemas. Por eso digo que mi novela está lista y que sólo falta una cosa: escribirla. Mi vida está concentrada por completo en la novela.
“No leo novelas de actualidad”
Volviendo a sus lecturas, ¿cuáles son las favoritas?
Hace tiempo dejé de estar al día en asuntos literarios. Detesto los libros de moda, y si yo no hubiera escrito Cien años de soledad, tampoco la hubiera leído. Sigo leyendo los libros que me impresionan desde los primeros tiempos: selecciones de Joseph Conrad, algo de Faulkner —cada vez lo soporto menos— y mucho de Graham Greene, un verdadero maestro en cuanto enseña el oficio de escribir. Leo muchos libros que no se distinguen por su importancia literaria sino documental: memorias de secretarias y secretarios de personajes célebres, aunque sean mentiras, y, excepcionalmente, Papillon, un libro apasionante sin ningún valor literario. Debió ser reescrito por alguien que es muy buen escritor, según se observa por los trucos que emplea, pero a quien le interesaba crear la sensación de que el libro es de un principiante.
“Tengo una duda en el alma...”
La soledad es el elemento predominante en sus novelas. ¿Se siente usted solo?
Me siento infinitamente solo, pero creo que todos los hombres también. Además de que se sienten solos, todos los seres están realmente solos. Si aceptamos que yo he tenido éxito, que esto es el éxito, no se lo recomiendo a nadie. Le sucede a uno como a los alpinistas, que se matan por llegar a la cumbre, y después que llegan, ¿qué hacen? Bajarse, tratar de descender con la mayor dignidad posible. Yo no creo en amigos posteriores a Cien años de soledad.
Los negocios: libros y dinero 
¿Cuál es su horario de trabajo?
Me he impuesto un horario: levantarme a las siete de la mañana con mis hijos —hemos hecho un trato: el que se despierte primero llama enseguida a los demás—, nos metemos juntos a la ducha, desayunamos en compañía, ellos se van para el colegio y yo me siento a escribir hasta las dos y media de la tarde. Rodrigo y Gonzalo regresan a esa hora de la escuela y nos reunimos todos a almorzar con Meche (su esposa, Mercedes Barcha). Como generalmente me he acostado tarde la noche anterior, hago una pequeña siesta, después leo oyendo música, y por la noche veo siempre a mis amigos. Creo que es el horario ideal de todo escritor.
¿Y los negocios?
No me preocupo por el dinero. De eso se encarga un agente literario que tengo en Barcelona y que en este momento atiende las diecisiete cuentas de las diecisiete editoriales del mundo que tienen mis libros. Todos los días me veo con él: en la calle, en actos sociales en cualquier parte, pero hemos hecho un pacto inviolable de no hablar de negocios sino una vez al mes. Ese día nos reunimos cuatro o cinco horas en su oficina, miramos lo que haya que mirar y firmar y discutir y comentar. Y hasta el mes entrante. Esa es la única ocasión en que pienso en mis libros y el dinero que me producen.
Más literatura 
¿Alguno de sus personajes es autobiográfico?
No puedo explicar claramente por qué, pero todos mis personajes son autobiográficos en el sentido de que los hago con mis propias experiencias, con un pedazo mío a todos, absolutamente a todos. En cada uno de ellos, por lo menos el elemento fundamental es autobiográfico. 
¿Por qué, entonces, el extravagante médico francés de ‘La hojarasca’ comía yerba común y corriente, de la que comen los burros?
Ese no es el elemento fundamental de su personalidad, el que hemos calificado de autobiográfico. Es otro, que no puedo revelar. Pero fíjate en qué forma la soledad agobia y rodea a ese personaje, el más solo de todos los míos. Lo que pasa es que está tratado por un escritor todavía inexperto.
¿Y Blacamán el mago y Melquíades el gitano? ¿Usted, como ellos, también vende milagros?
De cuantos personajes he inventado, esos dos son los que menos se parecen a mí. No vendo milagros, como ellos, sino que los regalo. Si es que los míos pueden considerarse milagros. En todo caso, no tengo pecados de simonía...
¿Quién es, entonces, Gabriel García Márquez? ¿Cómo es?
He escrito cinco libros tratando de averiguarlo, de saberlo, de descifrar cómo soy yo, quién soy. Y todavía no lo tengo claro. Pero hay algo que sí sé: soy el mejor amigo de sus amigos, y ese primer puesto no me lo dejo quitar de nadie.
El olor de la guayaba
En la casa de otro escritor —el barranquillero Álvaro Cepeda Samudio— García Márquez aceptó que “en compañía de Mario Vargas Llosa firmamos en Barcelona un telegrama de respaldo a los intelectuales y artistas que se refugiaron en el convento de Monserrat, cerca de Barcelona, para protestar contra el juicio contra los nacionalistas vascos”. “Mi viaje a Colombia —agregó luego— estaba decidido desde hace mucho tiempo. Es que quiero recordar a qué huele una guayaba...”.
Respondiendo las llamadas telefónicas que le hicieron en Bogotá y Cartagena, el escritor recordó los viejos tiempos de la bohemia barranquillera, cuando surgió aquí el principal grupo literario y artístico de Colombia.
“Una noche —dijo— cuando volví la última vez del exterior, salimos con Alfonso (Fuenmayor) a recorrer la ‘Calle del Crimen’, donde tantas noches amanecimos de parranda, y al ver unas mujeres en la acera, comenté al oído de Alfonso: ‘Qué vaina, parecen cachacas...’, y una alcanzó a oírme, me gritó: ‘Cachaca será tu madre, desgraciado’. Es un recuerdo inolvidable de Barranquilla. Como el que tengo, también, del bar Happy, donde se congregaba nuestro grupo antes de que existiera La Cueva. Al Happy lo inauguramos nosotros, y lo quebramos. Cuando nos dijeron que la pila de vales era superior a las existencias de ron que quedaba, emigramos a La Cueva. Después fundamos una revista literaria en la cual publicábamos todo lo que se nos ocurría...”.
“Tengo en Pekín...”
Alguien le pregunta por teléfono a García Márquez en qué proporción económica le han ayudado sus novelas.
“Sí, claro —responde—. Tengo un apartamento de propiedad horizontal en Pekín, acciones en la bolsa de Nueva York, haciendas en Rusia, una casa de campo en los Urales...”.
En ese momento aparece un viejo pariente del escritor: Nicolás Márquez Gómez. Tiene veinte hijos, de los cuales conoce sólo a doce. “El vivo retrato del coronel Buendía. Ojalá un día de estos no te los marquen en la frente con una cruz de ceniza”, le dice García Márquez. Su primo segundo, por línea materna, recuerda las batallas de Fonseca y Carazúa, de la guerra civil colombiana, en las que participó el más reciente héroe nacional: el coronel Aureliano Buendía, promotor de treinta y seis alzamientos militares y derrotado en todos.
Aunque no quiso decir cuáles son sus planes inmediatos. García Márquez permanecerá por lo menos seis meses más en Colombia. Vivirá durante ese tiempo en Barranquilla. ¿Se queda? No desea revelarlo por lo pronto. Se limita a repetir: “Quiero recordar a qué huele una guayaba...”.
Hablemos de política
¿Cree usted que ocurre algo al sistema norteamericano?
Sí: los Estados Unidos, en cambio, van para atrás. Hace algún tiempo Nixon dijo que debe pensar un poco menos en Chile y un poco más en Chicago. Eso es más que una frase bonita: es la realidad. Los Estados Unidos han entrado en un proceso de descomposición social, profundo e irreversible, que los obligará a tener gobiernos cada vez más reaccionarios y brutales. La libertad de expresión, la tolerancia de la crítica, que han sido mantenidas hasta ahora por un régimen que se sentía muy seguro de sí mismo, se verán cada vez más restringidas.
¿Qué habrá de ocurrir en definitiva?
¿No lo notas, no lo sientes, no te das cuenta? El Vietnam está llegando a Manhattan...
¿No es usted de los que piensan que todo cuanto sucede en los Estados Unidos tiene que repercutir en Latinoamérica?
Los Estados Unidos reconocieron que 1970 fue para ellos el peor año en la América Latina. Los próximos serán peores. Es decir, mejores para la América Latina. En la actualidad, los Estados Unidos tienen aquí los problemas de Cuba, Chile y Perú, tres incordios, tres dolores de estómago, tres cólicos miserere sin yerbabuena a la mano. Y todos al mismo tiempo. No le demos más vueltas, no doremos más la píldora, no nos llamemos a engaño: la América Latina ha entrado en un proceso de cambios profundos. Y eso, viejo, no lo puede parar ya nadie.
Colombia
García Márquez se alista esta mañana de domingo para viajar a Puerto Colombia, un balneario próximo a Barranquilla. Mientras busca afanosamente entre las maletas que trajo de Barcelona su pantalón de baño, seguimos dialogando por toda la casa, uno detrás del otro.
¿Y Colombia, qué dice usted de Colombia?
Alguien me decía recientemente en Europa que Colombia será el único país que se quedará como está, para que el papa tenga donde refugiarse cuando el universo entero sea socialista. El chiste es bueno, pero tú sabes que la historia no tiene tanto sentido del humor...
¿Usted cree que todavía existe la persecución a la cultura en Colombia de la que habló hace tres años en El Espectador?
Colcultura fue un organismo creado para guardar ciertas apariencias. Nombraron director a mi querido amigo Jorge Rojas, que es uno de los grandes poetas de la lengua castellana, pero no creo que nadie haya sido tan ingenuo como para creer que con eso se iban a resolver los problemas de la cultura en Colombia, que son mucho más profundos, pues empiezan en las raíces mismas de nuestro sistema decrépito.
La Casa de las Américas. Borges
¿No le parece a usted que en concursos literarios como los de la Casa de las Américas, de La Habana, todo escritor no revolucionario o derechista, por muy bueno que sea, está eliminado de antemano?
No, en lo absoluto. En esos concursos los jurados son escogidos con un criterio muy amplio y actúan con completa independencia. Lo que ocurre, por factores extraliterarios, es que se nota una tendencia de izquierda en los libros premiados porque los autores de derecha generalmente no participan. Esto me hace pensar en un fenómeno curioso, una casualidad, si se quiere, pero, salvo las excepciones conocidas, es innegable que los buenos escritores son de izquierda. La excepción más grande es inmensa: Jorge Luis Borges.
Si a usted le otorgaran el Premio Nobel, ¿lo recibiría?
Me gustaría que me lo concedieran cuando ya mi trabajo me haya producido suficiente dinero como para rechazarlo sin remordimientos económicos. El Nobel se ha convertido en una monumental lagartería internacional.
Afuera, la mujer y los amigos estaban apurando. Gabriel García Márquez se marcha a Puerto Colombia, a reencontrarse con el mar del Caribe, único motivo de su viaje a América

viernes, 21 de noviembre de 2014

El escritor recuerda

Gabo que estás en los cielos
Antes de iniciar una travesía por el Magdalena, que desembocaría en el libro El ladrón de recuerdos, el cronista Michael Jacobs descubrió junto a García Márquez algunos rastros de la memoria del Nobel perdidos en el cauce de ese río
 
Gabriel García Márquez, según Daniel Stolle./elmalpensante.com
Todavía recuerdo como estaban sus ojos ya tarde aquella noche, chispeantes al principio, luego alternadamente pensativos, vacíos y cansados, mientras los músicos, ajenos a ellos, seguían con su música, en un agasajo sin fin al gran escritor con los vallenatos de su juventud caribeña. Por un rato estuve seguro de que se había quedado dormido. Hacía mucho que su cabeza había dejado de asentirle a la música, y sus pesados ??párpados se veían firmemente cerrados. Permanecí sentado delante de él como un acólito muy tímido, sudando a causa del entusiasmo y el calor. Entonces me di cuenta de que no estaba dormido en absoluto. Tenía los ojos medio abiertos y me miraba con curiosidad, quizás preguntándose quién era yo. Por un instante sentí que me había convertido en su yo más joven, mientras él se había convertido en un caimán que me observaba desde las orillas de un río tropical, soñoliento y casi invisible, pero con unos ojos que miraban por sobre las aguas turbias, captándolo todo.
Lo había visto por primera vez apenas la noche anterior. Estábamos en enero de 2010, y acababa de comenzar un festival literario en Cartagena de Indias. Algunas personas que yo había conocido en el círculo de los festivales internacionales se habían reunido con una gran sección transversal de la élite social incestuosa de Colombia. Cualquier pretensión de intercambio intelectual se había desvanecido al llegar la noche, cuando la ciudad colonial de colores vivos revelaba su núcleo hedonista en una ronda casi continua de fiestas. Los juerguistas más empedernidos solían terminar en el Bazurto Social Club, célebre albergue nocturno de un barrio lleno de expatriados, prostitutas, turistas de bajo presupuesto y amantes de la atmósfera desaliñada.
Había llegado allí poco antes de la medianoche. Los bebedores salían por montones a la calle, huyendo de los rápidos ritmos africanos de la champeta que retumbaba desde el interior de altos techos. Entré en el recinto. Me abrí paso entre las personas que bailaban apretaditas, me colé entre amontonados estudiantes que bebían cerveza y llegué a la barra del bar. Un grupo de jóvenes editores y periodistas estaba allí reunido, muy cerca los unos de los otros, riendo y bebiendo ron. Uno de ellos, un amigo inglés, me dijo que echara un vistazo al otro lado del bar.
–No vas a creer quién está allí –dijo, con su sonrisa de borracho.
Entre las caras de los que estaban sentados en una mesa larga en la parte posterior reconocí a un poeta granadino, su esposa, una novelista popular, y a un comentarista cultural radicado en Madrid, que acababa de publicar un libro de memorias literarias titulado Egos revueltos. Y entonces lo vi, sentado junto al poeta, pero sin hablar con nadie, completamente inmóvil, mirando fijamente el espacio lleno de humo. El legendario escritor colombiano.
Su bigote era inconfundible, al igual que su pelo grueso y rizado, de amplias entradas, sus grandes gafas y sus ojos oscuros, hundidos. Pero lo primero que pensé, al ver este rostro casi tan icónico para mí como el del Che Guevara, era que no se trataba de la persona que todos pensaban que era sino de alguien parecido, un imitador, una persona a quien habían contratado para dar un toque de parodia a este evento literario. Podría haber sido una de esas estatuas vivientes que posan inmóviles durante horas para atraer la atención de compradores y turistas, pues apenas si se movía, y solo lo hacía cuando comenzaban los infaltables admiradores a acercársele tímidamente, a pedirle un autógrafo para expresar su devoción. Entonces su brazo se activaba brevemente con una sacudida, y una sonrisa seca aparecía en el rostro, como si delante de él hubieran tirado una moneda en una coca.
Su presencia tarde en la noche en un bar popular no era, pensándolo bien, particularmente sorprendente. Él era un hombre del pueblo, amante de la vida de los bajos fondos, una persona con el atractivo elemental de una estrella del fútbol. Lo más notable era que por fin había vuelto a Cartagena y lo trataban casi como si el Mesías hubiera reaparecido. A pesar de que tenía una casa en la ciudad vieja, ahora apenas se alejaba de su hogar de adopción en Ciudad de México. Evitaba de frente los festivales literarios, y no había estado en Cartagena desde 2006, cuando su llegada había producido una severa congestión en las calles del casco antiguo. Ahora tenía más de ochenta años y había estado gravemente enfermo de cáncer. Yo había escuchado varios rumores sobre su muerte inminente.
Sin embargo, la persona sentada en el Bazurto Social Club mostraba pocos signos de mala salud física; solo de soledad y falta de conexión con los que estaban con él. La fama excesiva tal vez lo había aislado en su propio mundo, convirtiéndolo, a su edad avanzada, en lo que había predicho su ficción, el patriarca en el otoño, el coronel a quien nadie habla, el general en su laberinto, la encarnación de Cien años de soledad. Y entonces, mientras yo seguía observándolo con miradas furtivas desde el otro lado del bar atiborrado, me di cuenta de algo más. Tenía una mirada que yo había observado muchas veces en mis padres ancianos: una mirada con un poco de enojo y perplejidad, como si quisiera que se marcharan quienes lo rodeaban, como si se hubiera dado cuenta con temor de que no tenía idea de quiénes eran aquellas personas y qué hacía él en su compañía. Mi padre había muerto del mal de Alzheimer en 1998, sin ningún recuerdo de sus dos hijos, o de lo que había hecho en su vida. Mi madre, ahora a pocas semanas de su nonagésimo cumpleaños, se encontraba en una fase avanzada de demencia.
Mientras pensaba si el escritor iba por el mismo camino que mis padres, pensé en ir a saludarlo, como tantos otros lo estaban haciendo ahora en el bar. Sospechaba que conocerlo sería algo tan fugaz y carente de sentido como tocar una reliquia sagrada, pero al menos podría decir después que le había dado la mano a uno de los gigantes de la literatura moderna. Alguien a quien había conocido en el festival me pasó una botella de cerveza, así que abandoné mi plan y me reuní con los bebedores empedernidos en el bar. No creía que fuera a tener otra oportunidad de conocer al escritor.
Pero nuestros caminos se cruzarían de nuevo la noche siguiente, en una fiesta ofrecida por un millonario venezolano en un hotel boutique situado en el corazón turístico de la ciudad amurallada. La mayoría de los invitados estaban reunidos en una terraza en la azotea, trajeados con vistosas prendas de algodón, bebiendo cocteles, contemplando las cúpulas iluminadas. La escena tenía la irrealidad glamorosa de un anuncio de ron, con su cuota ordinaria de gente bronceada y hermosa. Transcurrido un par de horas, poco más o menos, casi todo el tiempo oyendo chistes del mundillo y oscuros chismes literarios, me sumí en mis pensamientos, marginado de la conversación general, hasta que una novelista marroquí, que había desaparecido por un rato de nuestro grupo, regresó a unirse con nosotros, temblando de emoción. Cuando iba a buscar un baño pasó por casualidad junto a un patiecito, donde había visto al escritor, a quien se refirió simplemente como “él”. Acababa de terminar de comer, y lo rodeaban familiares y amigos. Un grupo vallenato estaba a punto de comenzar a tocar. La habían llamado a su mesa y había hablado con el hombre mismo.
–No podía haber sido más asequible.
Pronto estábamos todos en la planta baja, incómodamente agrupados en una esquina del patio, hablando entre nosotros, escuchando los vallenatos, fingiendo que no lo mirábamos a él, pero esperando, aunque solo inconscientemente, algún signo o excusa para acercarnos a su círculo. Reconocí a su esposa, a uno de sus hermanos y a un amigo mío, corpulento, de rostro angelical, a cargo de una fundación para periodistas que el escritor había creado. Durante una pausa en la música, este amigo, un loco muy querido por los lugareños, con su risa franca, su manera contundente de actuar y la habilidad para salirse con la suya sin jamás perder su encanto, me alcanzó a ver, me hizo señas, rechazó mis protestas tímidas y me llevó ante el escritor.
–Michael –le dijo– es un inglés obsesionado por el río Magdalena.
Esta era una de las exageraciones extravagantes típicas de mi amigo, basada en que yo alguna vez le había confiado un vago plan de emprender camino en dirección al nacimiento del río más largo de Colombia. Mi conocimiento del Magdalena solo se derivaba de los libros. Desde la niñez había devorado cuentos infantiles sobre los primeros exploradores de Suramérica, para quienes el Magdalena era el principal punto de entrada en el misterioso interior del continente. Pero mi interés creciente en el río provenía esencialmente de la pasión por la misma Colombia. Apenas en 2007 había conocido el país, pero experimenté la sensación inmediata y extraña de conocerlo durante casi toda mi vida, en gran parte porque me recordaba la España de la que me había enamorado en los primeros años de mi adolescencia.
Desde entonces me embebí en la historia y la cultura colombianas, inseparables de aquellas del Magdalena. El río recorría el corazón del país y había sido, hasta la década de 1950, la gran arteria de Colombia, la principal vía para el comercio y los viajeros, el vínculo entre los mundos diametralmente opuestos de la Costa y los Andes. Y cuanto más leía sobre el río, tanto más pensaba en él como emblemático del espíritu de Colombia, y –por extensión– de todo lo que me parecía fascinante, seductor, extraño y perturbador de Suramérica en su conjunto.
El Magdalena era un río de contradicciones. Había inspirado estudios botánicos pioneros, ayudado a engendrar el realismo mágico y dado a luz una de las músicas más exuberantes del mundo latino. También había sido azote de los primeros viajeros, foco del período de agitación civil conocido como la Violencia, y escenario de tanta deforestación y contaminación que el río era ahora testimonio notable de la destrucción del planeta.
Cada vez que en Colombia surgía en la conversación el tema del Magdalena, la respuesta, muy diciente, tendía a oscilar entre intenso pesar, nostalgia y añoranza. Los habitantes soñaban con el período de su historia en el que la belleza del río no se encontraba manchada por la violencia y el abandono. Los ancianos se referían sin cesar al Magdalena de su juventud.
El anciano escritor, sentado en el patio del hotel boutique, reaccionó a la mención del río con una profundidad de sentimientos que yo no esperaba. Sonrió abiertamente, sus ojos brillaban y me agarró con fuerza por la muñeca, como sin querer soltarla. Miró a su hermano, como un niño que pide un favor, y sugirió que me invitaran a su casa, donde le encantaría hablar conmigo largo y tendido sobre el Magdalena, el río de su vida, el río que le daba la única razón para querer volver a ser joven. Para navegarlo una vez más.
 Los que habían venido conmigo al patio, sorprendidos por la atención que el escritor me estaba dispensando, avanzaban ahora hacia nosotros, impacientes por conocerlo también. Una le dijo que sus libros la habían hecho dedicar su vida a la literatura; otro se presentó como la persona que había hecho la primera traducción al catalán de Cien años de soledad. El escritor asentía solemnemente, sin responder, con mi muñeca agarrada, esperando el momento en que pudiera regresar a nuestra conversación.
–Me acuerdo de todo lo relacionado con el río, de absolutamente todo –dijo finalmente, comportándose como si no quedara nadie más en el patio–... los caimanes, los manatíes...
El grupo de vallenatos regresó, irrumpiendo en su ensueño con los sonidos del canto, los acordeones, las maracas y los tambores. Su presión sobre mi mano se hizo aún más fuerte mientras insistía en que me quedara con él para escuchar a los músicos, que leyendo sus pensamientos tocaron una famosa canción sobre un hombre que se transforma en caimán y se pone en marcha hacia el Carnaval de Barranquilla, en la desembocadura del Magdalena. “Se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla”, cantaban con un ritmo que iba acelerando y pronto hizo que el escritor se pusiera de pie y desafiara su vejez con un arrebato deslumbrante de danza y dicha.
Luego maniobró lentamente de nuevo hasta su asiento, intercambió apretones de manos y palabras cordiales con los músicos, hasta que se aisló de todos. El grupo con el que yo me encontraba decidió ir a un bar en otra parte de la ciudad, pero yo me quedé por el momento donde estaba, detenido por el deseo del escritor y por la esperanza de aprender algo más acerca de él, aunque solo fuera por mirarlo a los ojos. Permanecí dos horas más, hasta que la música finalmente se detuvo y el escritor y su familia se levantaron para irse. Ya en tono cansado, se despidió de mí, y reiteró la invitación de que fuera a hablar con él en su casa de Cartagena. El hermano me dio el número que yo debía marcar.
Recorrí, aturdido y eufórico, todo el amplio espacio abierto que separa la ciudad amurallada del sector, más pobre, de Getsemaní. Alcancé a mis amigos alrededor de las dos de la mañana, en un bar abarrotado, un cuchitril de ensordecedor ruido llamado Quiebra-Canto. Yo estaba loco por hablar con alguien sobre mi encuentro, sobre lo amable y humano que era el hombre, sobre cómo parecía capaz de ver a través de las pretensiones y absurdos de la gente, y cómo tenía aquella humildad y sencillez fundamentales que, según me gusta creer, eran señales de la verdadera grandeza.
Al final, logré atraer la atención de un grupo de jóvenes literatos bogotanos que se habían escapado del ruido y el humo a un balcón de madera al aire libre. Lo que les dije poco les impresionó.
–Es obvio que lo encontraste en uno de sus días lúcidos –dijo una periodista, conocida por sus relatos sin tapujos de su complicada vida amorosa–. De aquí a mañana probablemente habrá olvidado todo lo que te dijo. No tendrá la más remota idea de quién eres tú.
Sobre el tema de su pérdida de memoria, según ella, no se hablaba en Colombia, pues era simplemente inconcebible que el gran ícono nacional estuviera padeciendo un destino tan humillante.
–Olvida que te lo conté –añadió, con una de sus sonrisas burlonas.
Pero no lo he olvidado. Aunque nunca lo volví a ver (varias llamadas al número que me dio su hermano no fueron contestadas), no dejaba de pensar en aquella noche en Cartagena y en lo que había descubierto. A mi regreso a Europa, adonde una madre que perdía todo sentido de la realidad, al igual que le había ocurrido a mi padre quince años antes, decidí releer Cien años de soledad. La novela adquirió una resonancia más profunda, a la luz de lo que me había enterado ahora. Aquellas partes del libro que alguna vez había interpretado como las reflexiones sobre la capacidad de una nación para olvidar el pasado parecían ejemplos adicionales de una extraordinaria capacidad de premonición del autor: la enfermedad que lleva a los habitantes de la aldea imaginaria de Macondo a perder sus recuerdos, la guerra civil que se lucha por tanto tiempo que ninguna de las partes recuerda por qué lo hace.
Y encontré un significado nuevo en la célebre frase inicial del libro sobre un coronel, a punto de ser ejecutado, que recuerda la época remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Ahora imaginaba al coronel como al escritor mismo, que cerca del final de su vida, después de haber olvidado casi todo de ella, era capaz aún de rescatar, desde algún rincón oscuro, recuerdos llenos de magia, extrañeza y asombro. Lo recordé recordando el Magdalena. “Me acuerdo de todo lo relacionado con el río, absolutamente de todo...”. Y al pensar en estas palabras, recordé sus ojos, como estuvieron más tarde aquella noche, convertidos en los de un caimán, abriéndose de vez en cuando para mirarme, haciéndome imaginar que nada escapaba a su atención, que podían ver a través de mí y leer mis pensamientos, y que ofrecían su bendición a un viaje que ya había comenzado esa noche en mi mente, río arriba por una corriente que era también metáfora de la memoria, hacia un mundo exuberante, de maravillas y peligros, hacia zonas del pasado, brillantes y oscuras, hacia el alto y distante nacimiento del Magdalena, en el páramo andino, a orillas del olvido.
Traducción: Eva Zimerman

Bogotá sin el chico que tenía frío

Gabo que estás en los cielos

El recuerdo de García Márquez en la ciudad que le descubrió que no todo era calor en la vida

Una pareja hace una foto a un retrato de García Márquez colocado frente a la Casa de la Moneda en el centro de Bogotá Colombia. / Diana Sánchez./elpais.com
 
Era un barco de esos como de novela de Mark Twain, de los que tenían una paleta giratoria detrás y una chimenea de leña, de aquellos en los que había quienes colgaban sus hamacas para dormir durante el viaje. Pero este no navegaba por el Misisipi como en los cuentos de Twain sino por el río Magdalena de camino de la costa Caribe colombiana hacia Bogotá, y uno de los pasajeros que iba cantando vallenatos a bordo era un adolescente que se apellidaba García Márquez. Según el relato que cuenta en su casa de Bogotá el poeta Juan Gustavo Cobo, en el barco iba un señor que se puso a charlar con Gabriel y le pidió que le copiara alguna de las letras que iban cantando. Al final del viaje se despidieron y el hombre le regaló un libro de Dostoievski. Ya en Bogotá el joven fue a la oficina donde se solicitaban becas de estudio. Mientras hacía fila apareció por allí el señor del barco. Le preguntó qué hacía allí y el joven le respondió que había venido a pedir una beca.
 –Yo soy el que da las becas –le dijo el hombre–. Sube.
Cobo dice que la vida de Gabriel García Márquez siempre tuvo un componente extraño de magia, medio de brujo. El mismo hombre que venía escuchándolo cantar vallenatos en el barco fue quien decidió dónde terminaría el bachillerato: el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá, un municipio a las afueras de la capital. García Márquez entró interno en ese colegio en 1943 y padeció el clima de la altiplanicie andina. “Estaba tan triste de la lluvia y del frío que se refugió en la literatura”, cuenta su amigo Cobo, un erudito de 65 años que ha tenido que alquilar en su edificio un departamento extra para acumular los más de 25.000 libros que componen su biblioteca. Al acabar el internado el joven se pone a estudiar Derecho y se mete en la vida de literatura y periodismo de los cafés bogotanos. Un día de 1947 manda al diario El Espectador un cuento que había escrito bajo las influencias de Kafka. El cuento se titulaba La tercera resignación y fue publicado con una nota elogiosa del editor del magacín cultural del periódico. “Lo más conmovedor”, dice Cobo, “es que vio que alguien lo estaba leyendo en un café y él no tenía plata para comprarlo”.
Uno de sus cafés era el San Moritz. Es de los pocos lugares que quedan de los tiempos de bohemia cultural bogotana de mediados de siglo, y, según cuentan, conserva características como que las cucharas tengan un agujero en el centro para que nadie tenga interés en robárselas. Este Viernes Santo estaba cerrado. Afuera había un vagabundo echado a cada lado de la puerta y una pintada en la pared que decía Juventudes comunistas colombianas. El centro histórico tenía clima de día festivo. Delante de la biblioteca Luis Ángel Arango había un muro cronológico de la vida del escritor. Entre los que estaban parados allí había un hombre que lamentaba que Colombia se quedase sin su representante mundial.
–¿Y quién los representará ahora?
 –Quién… Pues qué le digo. Nos quedan Shakira y Juanes.
Al lado estaba una mujer con una sensación agridulce. “Me parece muy triste la muerte de García Márquez, pero también me parece bien interesante morirse en Jueves Santo, porque la gente está de vacaciones y tiene todo el tiempo del mundo para venir a mirar estas cosas y para leer bien los reportes de los diarios”. Se llama Magdalena Mikán, no sabe de dónde procede su apellido, tiene 50 años y se enteró del fallecimiento del escritor después de ver una película del Quijote protagonizada por Cantinflas. Con ella estaba un vecino que vive solo y que no sabe leer ni escribir. Ella le dijo: “Qué lástima que usted no lea, porque para que tenga una idea, si se ríe dos horas viendo la película del Quijote, para que le sirva de muestra, así de delicioso es leer a García Márquez”. Se lo dijo cuando terminó la película antes de cambiar de canal. Cuando cambió de canal, García Márquez estaba muerto.
La primera etapa del escritor en Bogotá terminó en 1948 con los disturbios provocados en la capital por el asesinato del líder liberal Jorge Eliecer Gaitán. La pensión de García Márquez se quemó. Él regresó a la costa. Volvería unos años después para trabajar de reportero en el diario El Espectador a mediados de los cincuenta. Su reportaje más exitoso, Relato de un náufrago, en el que se reveló que un barco de la armada había cargado contrabando, irritó al Gobierno y su periódico lo mandó a Europa. Volvió a la capital a finales de la década como periodista de la agencia cubana Prensa Latina. Y ahí es cuando lo conoció José Luis Díaz Granados, que este viernes habló en Bogotá sobre su amigo y primo segundo García Márquez. Díaz Granados, poeta de 67 años, describe cómo era por entonces: “Un hombre delgadito de bigote negro, pelo crespo, fumaba mucho, por Dios cómo fumaba, un cigarrillo y otro, dos cajetillas de cigarros Piel Roja diarias, y era tímido y nervioso y estaba todo el rato diciendo cosas”.
Él lo conoció cuando tenía 13 años y era “un niño existencialista” al que su primo mayor le recomendaba leer a Lorca y a Hemingway. Una vez el niño dijo que a él le interesaba mucho el filósofo francés Sartre. García Márquez, como si estuviese hablando con un adulto recién llegado de París, se le quedó mirando con la atención que merece una persona importante. “Él siempre trató a todo el mundo por igual, con mucho respeto”, dice el poeta mientras se toma un café en un centro comercial. Horas después volaría a la ciudad de México para estar el lunes en su funeral.
Este viernes día uno después de la muerte de Gabriel García Márquez el tiempo estuvo entre nubes y claros de sol, más optimista que cenizo, con mejor cara que la que le pintó el premio Nobel cuando recordó en un artículo de 1981 sus inicios en el lugar que lo despertó del calor de la costa. “Aquella ciudad de pecado”, escribió, “en la que casi todo era posible, menos hacer el amor. Por eso he dicho alguna vez que el único heroísmo de mi vida, y el de mis compañeros de generación, es haber sido jóvenes en la Bogotá de aquel tiempo”.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Informe de censura de Cien años de soledad

Gabo que estás en los cielos




En 1969, cuando se publicó por primera vez Cien años de soledad en España, todos los libros debían pasar por una oficina de censura
Cien años de soledad, la portada mágica de Vicente Rojo./elmalpensante.com

Si hoy en día uno va al Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares, y pide que le dejen ver la caja 66/2529, puede leer en el expediente 1184-69 lo que escribió el (arrebatado) censor franquista sobre la obra máxima de nuestro Nobel.
[…] el autor trata de proporcionar una idea lo más exacta posible de la baja y media sociedad hispanoamericana, concretamente de la sociedad colombiana, con sus infidelidades matrimoniales, sus rencores familiares, sus trapicheos, sus aspiraciones, sus pequeños y ruinosos negocios, su elevada natalidad y mortandad infantil, su hacinamiento doméstico, etc, etc. / Políticamente, la obra no presenta problema ninguno. Ideológicamente, tampoco, porque no defiende tesis sino que describe situaciones. Moralmente, presenta un ambiente en el que predomina la inmoralidad como cosa de todos los días y sin ulteriores preocupaciones éticas, aunque no falten personajes que se planteen problemas de conciencia. Sin embargo, no se incurre en descripciones escabrosas ni inmorales: simplemente se describen situaciones inconvenientes sin aprobarlas ni condenarlas pero produciendo una impresión desfavorable hacia tales situaciones. La obra es AUTORIZABLE. Como novela, muy buena. 

El alma de la escritura

Gabo que estas en los cielos

Si un hombre se muere cuando deja de latirle el corazón, Gabriel García Márquez acaba de morir; si un escritor se muere cuando deja de escribir, García Márquez murió a finales del año 2006, cuando invitó a comer al grupo más íntimo de sus amigos para contarles que no pensaba escribir ni una palabra más

Gabo durante el Foro Iberoamericano de 2005 en Barcelona, España./elespectador.com
Si una persona deja de ser cuando su mente y su conciencia lo abandonan, podemos decir que el alma de García Márquez venía escapándose de su cuerpo desde hace algunos años, poco a poco, como si hubiera querido despedirse de la vida con disimulo, sin que nos diéramos cuenta de que se iba yendo. Pero si un escritor se muere cuando ya no es leído, podemos decir que Gabriel García Márquez seguirá vivo mucho tiempo, y morirá del todo solamente cuando no haya nadie sobre la tierra que sepa leer. Y eso no va a ocurrir mientras siga habiendo gente que crea en la literatura, que encuentre sabiduría y felicidad en ella, en las historias bien contadas, en la maravilla de las palabras escritas. Hay genios a quienes las frases excesivas (por exageradas que parezcan) no les quedan grandes porque en su caso no son retórica sino la pura verdad: Gabriel García Márquez y su obra vivirán mientras haya lectores y mientras haya quienes sepan apreciar la mágica genialidad de su prosa. Una magia y una genialidad que él tuvo como nunca nadie en Colombia y como tuvieron muy pocos escritores en el siglo XX.
La última vez que lo vi, en enero del año 2010, García Márquez empezaba a vivir en los desérticos jardines de la desmemoria, pero todavía conservaba relámpagos luminosos de su alma poética, esa maravillosa anomalía de su inteligencia, que era la que lo había llevado a decir y a escribir cosas insólitas que tan sólo se le ocurrían a su mente prodigiosa. Estábamos en su casa de Cartagena, una casa moderna diseñada por el prestigioso arquitecto Rogelio Salmona, tomando el fresco de la tarde en una terraza abierta a los vientos alisios. Mercedes, la esposa del patriarca octogenario, acababa de contarnos que su intención inicial —veinte años antes— había sido comprar una casona antigua en el casco histórico de la ciudad vieja, para remodelarla, pero que al fin no lo habían hecho “por el miedo que Gabo les tiene a los fantasmas”. La palabra “fantasmas” pareció despertar a García Márquez de su mente abstraída, le devolvió la chispa a sus ojos ausentes, y entonces hizo un comentario que nos dio una vez más el escaso placer de la belleza verbal: “Cuando llegamos aquí yo no recordaba que esta casa era mía, pero entonces sembramos árboles y nos quedamos”. Todos nos miramos con una sonrisa que no era de incomprensión ni de compasión sino de estupor: el alma fugitiva del gran escritor no dejaba de pronunciar frases hermosas y poéticas aunque estuvieran reñidas con el orden lógico del pensamiento ordinario.
Eran esas dos características unidas (el comentario de Mercedes y la frase de Gabo) lo que habían hecho de su cerebro y de su obra algo extraordinario: su credulidad, su alma intacta de niño que cree por entero las cosas fantásticas que se inventan los grandes (historias de aparecidos, de fantasmas, de muertos que hablan, de huesos que se mueven y seres invisibles que sin quitarse el sombrero se sientan “a contemplar las cenizas del fogón apagado”), y su capacidad de transformar su experiencia cotidiana en algo fantástico, contándola con giros verbales que volvían verosímil y casi normal lo increíble y lo mágico. Su personalísima manera de explicar el mundo por imágenes de gran perfección poética es lo que siempre ha hecho que sus frases se queden, como él mismo decía, “encalladas en el corazón de los lectores”. Con sus dotes de adivino, en varias novelas de García Márquez asistimos a la vejez de patriarcas que se van quedando mudos y mustios, olvidándolo todo, a la sombra de los árboles de un patio real o de un patio imaginario. Parecen fantasmas, debajo de su sombrero y dentro de su ropa, porque ya han dejado de estar en ellos. El cuerpo sin alma es como una jaula sin pájaro.
Si la vida literaria de un escritor se mide por el arco de tiempo transcurrido entre sus libros publicados, García Márquez nos ha acompañado durante medio siglo. Pocas carreras literarias más ricas, maravillosas y prolíficas que esos cincuenta años de compañía que van desde La hojarasca, que apareció impresa en 1955, y la publicación de su última nouvelle, Memoria de mis putas tristes, que es de 2004. Fueron estos dos libros, precisamente —el primero y el último de su vida de escritor—, los que recibieron las críticas más agrias y despiadadas. Primeriza y fallida, se dijo de la primera obra; senil y prescindible, de la última.
Se sabe que García Márquez estuvo a punto de abandonar su carrera de escritor al recibir una carta de la editorial Losada de Buenos Aires, firmada por Guillermo de Torre, en la cual el director de esta prestigiosa editorial no sólo le informaba que no publicarían esa novela supuestamente fallida, La hojarasca, sino que le aconsejaba al joven escritor que cambiara de oficio. Borges habló muchas veces del pésimo gusto literario de su cuñado, pero García Márquez, en ese momento, no podía tener en mente ese consuelo, que sólo le llegaría tarde.
En cuanto a Memoria de mis putas tristes, salvo una crítica ponderada y elogiosa de J.M. Coetzee en el New York Review of Books (que lee la confesión del sabio como una especie de conversión religiosa y ve a la joven virgen, Delgadina, como a una nueva Dulcinea del Toboso), la nota predominante fue acusar a García Márquez de pedófilo y putañero, de proxeneta de las letras y otros insultos, que no críticas, de este calibre. En este ambiente de moralismo restaurado y neopuritanismo sexual, se pregunta uno si a principios del siglo XXI alguien hubiera protestado por la censura de un juez contra Lolita. De hecho, en Irán se recogió la edición del libro de García Márquez, y nadie dijo nada.
Recientemente hice el ejercicio de releer juntas estas dos novelas, la primera y la última, para escribir un ensayo. Tengo una teoría sobre las primeras obras de los grandes artistas: cuando ellos no saben aún lo importantes que llegarán a ser, escriben, en cierto sentido, con mucha más libertad y con extremo descuido, con un cierto candor inocente que desnuda, sin quererlo, aspectos de su ser más recóndito. Creo que la excesiva frecuencia con que muchos autores reniegan de sus primeras obras (según ellos por motivos estéticos), y su obsesión en prohibir que se reediten, no obedece en realidad a razones de estilo o a falencias literarias de los años de aprendizaje, sino a que no quieren ver expuestas algunas claves secretas de sus obras posteriores.
Si bien en La hojarasca se percibe un problema técnico, pues los tres monólogos no se justifican ni están tan bien imbricados como en otros libros de García Márquez, el libro está salpicado de los hallazgos poéticos que luego inundarán las mejores páginas de Gabo. Son apuntes certeros, comparaciones que dibujan lo que ocurre y nos lo ponen enfrente con la nitidez icástica de una pintura. Por ejemplo, un “muchachito que pasa silbando, transformado y desconocido, como si acabara de cortarse el cabello”. O una mujer que “se incorpora, babeando, con la flor de la almohada bordada en la mejilla”. O esta lucha interior: “igual que si en esas noches lo recibiera en el cuarto el fantasma del hombre que había sido hasta entonces, y ambos, el hombre pasado y el hombre presente, se empeñaran en una sorda batalla en la cual el pasado defendía su rabiosa soledad, su invulnerable aplomo, sus personalismos intransigentes, y el presente, su terrible e inmodificable voluntad de liberarse de su propio hombre anterior”.
En lo que respecta a las claves para los libros posteriores, baste decir que en esta primera novela, García Márquez nos presenta un Macondo todavía muy apegado a su modelo real, Aracataca, su pueblo natal, con una compañía bananera también más realista, que es la culpable de llevar al pueblo la hojarasca (un gentío de braceros foráneos sin destino que sólo piensa en el lucro inmediato y no se integra al tejido social de la población), y de barrer el pueblo entero con su partida, y dejar sólo el viento de desolación que su ausencia levanta. También sería interesante explorar la iniciación homoerótica del niño como la clave de obsesiones y expiaciones posteriores en la obra madura del escritor.
Por lo que se refiere a Memoria de mis putas tristes, el libro tiene, en efecto, pequeños descuidos e inconsistencias narrativas que el editor debió haber resuelto. No sé si estas serán ya distracciones de la edad, pero en todo caso las mismas no le quedan nada mal a un narrador que cumple noventa años. Pero al lado de esas pequeñas fallas, aparecen siempre, en cada página, los hallazgos y maravillas verbales del narrador consumado. Doy algunos ejemplos, y empiezo por la elegancia en que se describe una primigenia reacción fisiológica: “Una corriente cálida me subió por las venas y mi lento animal jubilado despertó de su largo sueño”. Cierta coquetería encantadora de su prosa está explicada así: “utilizaba palabras italianas sin comillas ni cursivas cuando me parecían más expresivas que en castellano, como debiera ser de uso legítimo entre lenguas siamesas”. Y esta teoría se aplica en el libro en cantidades perfectamente dosificadas, como lo revela el uso de palabras como “calamaio” en vez de tintero, “mutandas” en lugar de bragas y “gonfia” en vez de hinchada. Si en La hojarasca había aún titubeos (como insertar un “creo”, cuando se dice una exageración, lo que daña la cara dura de tahúr con que García Márquez aprendió a contar las cosas imposibles) en Memoria está siempre la presencia firme del narrador consumado y sin miedo.
Entre estas dos novelas breves que abren y cierran su obra, está el grueso de los libros de García Márquez que, con toda justicia, el mundo ha celebrado. Antes del Nobel hay por lo menos tres obras maestras en el género novelístico: El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad y El otoño del patriarca. Una nouvelle impecable, Crónica de una muerte anunciada, y dos libros de cuentos prodigiosos: Los funerales de la mamá grande y La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada. Después del Nobel, me parece, hay una sola obra del nivel de las anteriores: El amor en los tiempos del cólera. Pero con este núcleo duro de su obra narrativa (y dejo por fuera su extenso trabajo periodístico, que merece un estudio aparte, por su riqueza, frescura y complejidad, especialmente en su obra de articulista) creo que solamente gabofóbicos y malquerientes pueden dudar de la importancia central que tiene García Márquez para la narrativa universal en la segunda mitad del siglo XX.
El solo caso de Cien años de soledad, ese big bang de la novela contemporánea que estalló en Buenos Aires en 1967, bastaría para hacer de García Márquez un clásico del siglo XX. Por descabellado que sea hacer profecías, creo que hay pocas posibilidades de error cuando se dice que este solo libro —que es la épica necesaria a toda civilización y por lo tanto una obra que le hacía falta a toda América Latina— seguirá siendo leído con deleite y pasión en los siglos venideros. La fantasía y la violencia, la vida familiar y las hazañas de guerra, la magia casi mística y el encanto poético, todo está reunido ahí, en esas 350 páginas encantadoras, en las que incluso las imperfecciones son lunares que lucen, como los descuidos de Cervantes o las inevitables cabeceadas de Homero.
Tuve la fortuna de asistir, en la Feria del Libro de Guadalajara del año 2003, a una cena en la que García Márquez y Paco Porrúa (el editor que contrató aquella gran novela, Cien años de soledad, para editorial Sudamericana, traductor de Bradbury y “descubridor” de Cortázar) rememoraban esos meses frenéticos en que por primera vez un libro suramericano se convertía en un caso mundial. Lo que no contaron fue un chisme gracioso que cuenta Bioy Casares en su diario de Borges: “García Márquez pasó épocas de pobreza en las que decía a sus chicos que no se afligieran, que un día llegaría un señor con una valija llena de dinero. Cuando vendió tanto Cien años de soledad, la Sudamericana le previno que le pagarían una suma considerable. García Márquez dijo que bueno, pero que no le mandaran un cheque, que un señor llevara el dinero en efectivo, en una valija. Llegó el señor y García Márquez abrió la valija delante de sus hijos”. Lo que en la vida pública es una obra épica, en la vida privada se convierte en un cuento de Aladino.
Es posible que la sensibilidad actual soporte mal ciertos excesos e hipérboles del realismo mágico, así como nos parecen cursis ciertas frases de las novelas románticas, eternas las sagas realistas o desmesuradas las hazañas de los libros de caballería. Las modas pasan, las sensibilidades cambian. Pero hay que advertir que las exageraciones de esta escuela no se deben tanto a García Márquez como a sus imitadores, que son legión, tanto en el ámbito de nuestra lengua como en otras literaturas. Decía Lichtenberg que lo malo de los libros realmente buenos es que suelen dar origen a muchos otros libros malos y mediocres. Muchos de quienes se hastiaron del realismo mágico —un hastío que muchos hemos compartido— han sido muy injustos con el más grande exponente de este género literario. No han juzgado a García Márquez después de releer sus obras, grandiosas y convincentes en sí mismas, sino por esa sopa recalentada que han sido y siguen siendo los libros de sus epígonos. Que los imitadores hayan desgastado ciertos recursos estilísticos hasta llevarlos al límite de un empalago meloso, no quiere decir que estos, en manos de su creador original, no hayan sido magníficos. Lo que fue maravilla y descubrimiento, quedó arruinado por los plagiarios de pacotilla, pero esa moneda hoy falsificada por tantos, tuvo curso legal y era de oro de buena ley.
Como decía don Alfonso Reyes comentando la forma en que ciertos escritores y estilos caen en desgracia con el paso de las generaciones y las veleidades del gusto juvenil: “Cuando un sistema de expresiones se gasta por el simple curso del tiempo y no porque carezca en sí mismo de calidad intrínseca, lo más que podemos decir es: ‘Lo que emocionó a los hombres de ayer, porque para ellos fue invención y sorpresa, a mí ya no me dice nada. He absorbido de tal forma ese alimento, que se me confunde con las cosas obvias. Agradezco a los que me alimentaron y continúo mi camino en busca de nuevas conquistas’. Pero en manera alguna tendremos derecho de negar el valor real, ya inamovible en el tiempo y en la verdad poética, que tales obras o expresiones han representado y representan, puesto que en el orden del espíritu siempre es lo que ha sido”.
No puedo no tocar el tema más antipático y molesto en el que muchos se explayan cuando hacen su diatriba de García Márquez: la política y la triste cercanía del autor con presidentes y personas poderosas. Así como a Jorge Luis Borges no se le perdonará nunca que haya recibido una medalla del dictador Pinochet, a García Márquez tampoco le perdonarán que haya recibido una casa del dictador Fidel Castro, o aún peor, que se haya convertido con los años en un amigo suyo. Esta fascinación por el poder ha sido, sin duda, una de las debilidades del carácter de García Márquez. Gracias a este embeleso, sin embargo, y a su conocimiento directo de los dictadores, existe una novela grandiosa como El otoño del patriarca. Pero ese mismo embeleso lo llevó a cometer disimulos de sumisión ante salvajadas que no podían negarse. Muchos grandes escritores no han sido hombres perfectos, y sólo podría decirse, para evitar ensañarse con esta faceta suya, que quienes la recalcan son personas como Fernando Vallejo, que ha hecho elogios públicos de los paramilitares colombianos —asesinos en serie— sin que le tiemble la voz, o como intelectuales incondicionales con la política exterior de Estados Unidos. Un amigo o partidario de Bush, genocida en el Medio Oriente, no ha caído menos bajo que un partidario de Castro. Lo cual no justifica a ninguno de ellos.
Pero hay algo más, que es quizá el terreno que pisan los gabófobos cuando atacan a García Márquez ya no política, sino literariamente: para bien o para mal, nuestro subcontinente ha cambiado, y las nostalgias que han gobernado esa obra inmensa e inimitable, para las nuevas generaciones ya no tienen la misma resonancia mítica. El mundo es otro, nuestras infancias fueron otras, y algunas recetas del realismo mágico, como se explicó antes, se han desgastado. Así como a veces Borges parecía imitarse a sí mismo, también hay páginas de García Márquez (lo noto sobre todo en Noticia de un secuestro o en Del amor y otros demonios), que están hechas con su misma técnica impecable pero sin la sangre y la médula vital que las habitaba al principio. Él mismo lo notó, y creo que su silencio de los últimos años, además del cansancio de la edad, se debe a que ya estaba escribiendo con la inercia del oficio y no con el vigor de las entrañas.
García Márquez tuvo la dudosa suerte de convertirse en un clásico en vida, y de que sus libros ya no se prohibieran (como sucedía hace cuarenta años en algunos colegios colombianos) sino que se recetaran en las mismas cucharadas con que a los escolares les formulan comedias de Shakespeare y cantos de Dante. Así es fácil llegar a ser más venerado que leído, y más fácil aún levantar aplausos cuando los gabófobos toman impulso para la diatriba y el insulto. Pero si alguien abre al azar, por gusto y no por deber, una página cualquiera de Cien años de soledad, de El Coronel no tiene quien le escriba o de El otoño del patriarca descubrirá que su magia poética es real, y que esas historias maravillosas —de erotismo, de guerra, de intimidad y de violencia— conservan un encanto intacto y perdurable. Lo mismo ocurre con su mejores cuentos, con Noticia de un secuestro, o con esa hermosa historia amorosa de la madurez: El amor en los tiempos del cólera.
Cuando alguien tiene un instinto mucho más agudo que la suma de los cinco sentidos, y cuando a ese instinto se une una intuición poética pasmosa y un profundo conocimiento del corazón humano, no es raro que al dueño de tantos atributos se le asigne también el don de la adivinación y de la profecía. La abuela de García Márquez decía que su nieto, Gabito, era adivino. De adivino a divino hay sólo una vocal de distancia. No hay que dar ese paso: García Márquez fue un gran escritor de este mundo. Un escritor inmenso, y el más grande que ha habido en la historia de Colombia. Escribió novelas inmensas que, si el español sobrevive, se seguirán leyendo a través de los siglos. Pedir más es imposible, y decir más es pecar de idolatría.
Como ejemplo de vocación y disciplina, de amor a un oficio y al mismo tiempo como modelo de una vida plena y con sentido, los escritores latinoamericanos no podemos contar con uno mejor. Como narrador ha sido capaz de “hacer la realidad más divertida y comprensible”, lo que para nosotros sus lectores es una dicha y para sus colegas un gran reto. Más que un gran colombiano, es un gigante de la literatura de todos los tiempos, que le demostró al mundo que también en nuestro potrero florecido se pueden dar grandes obras de literatura. Ojalá sus coterráneos seamos capaces, no de insultarlo ni de convertirlo en un dios, no de subirnos sobre sus hombros para intentar ver más lejos (porque en la literatura no hay progreso), no de imitarlo usando como bastón sus invenciones, sino de seguir adelante por nuestro propio camino, sin emular su estilo sino su vitalidad, su amor por el arte y su confianza en que la literatura sigue siendo una herramienta maravillosa para “desembrujar los secretos del mundo”.