miércoles, 20 de mayo de 2015

El oficio y el homenaje

Gabo con todas las letras 

Gabriel García Márquez que estás en los cielos de los homenajes./elpais.com,lainformacion.com
Medellín y la Casa de América son, en Colombia y en España, escenarios de un homenaje simultáneo al más importante periodista del siglo XX en nuestra lengua, Gabriel García Márquez, a quienes todos llamaron Gabo. En Medellín entregan el premio que lleva su nombre y aquí leen en público algunos de sus cuentos, como si así en un lugar y otro, y por tanto en el ancho mar y en la vida ancha de Hispanoamérica, el Gabo siguiera respirando periodismo y escritura.

    Periodista. Él decía que era fundamentalmente un periodista; si se rastrea su obra (toda su obra), desde la más ambiciosa metafóricamente, Cien años de soledad, hasta la más ínfima de sus crónicas, las que escribió siendo un principiante, Gabo se basó siempre en la realidad que lo circundaba, la que tenía delante de su mirada a veces cansada de nocherniego y la que le contaban los numerosos amigos que llenaron  su cabeza de leyenda.

    Varió la fórmula, narrativa o ensoñada, periodística o diabólicamente inventada, pero siempre fue periodista. En el libro que Jaime Abello y Héctor Feliciano hicieron para gloria del resumen histórico de sus crónicas, hay una espectacular y sencilla demostración de su capacidad para mirar desde detrás de la ventanilla de los géneros para romperlos, manteniendo al fondo la obligación del periodista: contar. Esa crónica, que está entre mis preferidas, es la que hizo para El Espectador de Bogotá, a las órdenes de José Salgar, sobre la estancia del presidente norteameriocano Eisenhower en Ginebra. Allí había una reunión imponente, mundial, de la Sociedad de Naciones; durante tres horas el más importante de los mandatarios se escapó de la reunión y estuvo missing, perdido, por la ciudad en la que treinta años más tarde sería enterrado Jorge Luis Borges. A Gabo y a los demás periodistas les extrañó esa ausencia, pero fue tan solo Gabo el que se puso a indagar. Al final supo que el militar y político estadounidense, que ya era abuelo, se había entretenido todo ese tiempo en una célebre juguetería de la ciuidad, donde terminó comprando un avioncito para su nieto y una muñeca para su nieta.

    Periodista con punto de vista. Eso fue lo que distinguió el periodismo de Gabo; ante una situación dada, simple o compleja, procuraba centrar su mirada distraída, hasta que llegaba al cogollo de la situación; leer ahora sus novelas (como Crónica de una muerte anunciada, especialmente, o como El coronel no tiene quien le escriba) advertirá que esa presencia veloz del periodismo le permite a Gabo recorrer la trama de lo que cuenta con un punto que no se pone jamás en fuga. Esas novelas, pues, están escritas desde la precisión, desde el numeroso dato hasta la innumerable sugerencia que no está en los datos. Lo que él hace, burlando los géneros, es el género mayor: la crónica de lo que pasa sin quedarse pasmado.

    ¿Cómo lo lograba? ¿Cómo lograba esa azoriniana disposición para contar el asombro como si no estuviera pasando nada? Él lo cuenta; se lo contó en 1981 al periodista norteamericano Peter Stone, que lo entrevistó para la Paris Review. Se lo debe a su abuela; y eso que le debe a su abuela para contar sin esparcirse, deteniéndose en lo verdaderamente importante, es el tono. Le dijo a Stone: "[Mi abuela] relataba cosas que sonaban sobrenaturales y fantásticas, pero las contaba con absoluta naturalidad. (...) Lo más importante era la expresión de su rostro. No cambiaba en absoluto de expresión cuando su relato sorprendía a todos. En mis primeros intentos de escribir Cien años de soledad intenté contar la historia sin creerla. Descubrí que lo que tenía que hacer era creerla yo mismo y escribirla con la misma expresión con que mi abuela contaba sus relatos: con cara de piedra".

    Así era él, como su abuela, ponía cara de piedra e indagaba; preguntaba; era el gran preguntón de la vida periodística mundial; le preguntaba a todo el mundo; y cuando tenía un interés determinado en algo que alguien contara su propio relato se hacía a un lado. Él escuchaba. Escuchaba tonos e historias. Esa fue la enseñanza que recibió para ser periodista, y esa es la lección que dejó.

    Me hubiera encantado estar en Medellín; no pudo ser; los amigos de la Fundación Nuevo Periodismo me habían pedido que fuera. Pero el hombre propone y todo lo demás dispone. Este es mi homenaje a Gabo hoy; esta tarde, en la Casa de América, lo prolongaremos leyendo su obra en público desde las 17.30.

Homenaje a Gabriel García Márquez con una lectura continuada en la fachada de la Casa de América

Esta tarde, a partir de las 18 h, la obra del Nobel García Márquez inundará la Plaza de Cibeles, con una lectura continuada de dos de sus cuentos en la fachada del Palacio de Linares. “Espantos de agosto” y “El verano feliz de la señora Forbes” serán los dos cuentos a los que se dará lectura. El público que desee participar, podrá inscribirse y sumarse así a este homenaje.
Casa de América ha preparado una programación especial de actividades con motivo del Día de la Hispanidad, bajo el título de “América Nos Une”. Un programa que estará dedicado a la figura de Gabriel García Márquez. De este modo, diferentes actividades analizarán su obra y le rendirán homenaje.
El lunes 6 de octubre, una mesa redonda analizará la obra de García Márquez junto con la de otro genio de la literatura, William Faulkner. “De Yoknapatawpha  a Macondo: Faulkner y García Márquez en perspectiva” es el título de esta sesión, que contará con la participación de Carmen Méndez García, profesora de la Universidad Complutense de Madrid; Pedro Sorela, escritor y periodista; y la editora María Pizarro Prada. Completará la programación dedicada al escritor colombiano una muestra de cine con cuatro largometrajes inspirados en sus textos o que contaron con su participación. Además, el programa “América Nos Une” acogerá otras actividades literarias como el “ Festival Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil” o una mesa redonda para analizar el presente y el futuro de la literatura hispana en los Estados Unidos con la participación de Laurie Callahan, editora de New Directions.

martes, 19 de mayo de 2015

Gabo sigue arropando al periodismo

La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano entrega la segunda edición de los premios Gabriel García Márquez

 
Una imagen de Gabriel García Márquez, en Medellín. / Luis Eduardo Noriega ./elpais.com
La Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) ha entregado la noche de este miércoles la segunda edición de los Premios Gabriel García Márquez en la ciudad de Medellín. El Nobel que “se negaba a morir”, como recordó el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, acompañó el acto desde las imágenes que se proyectaron, las palabras que se escucharon, los recuerdos que se evocaron y el vallenato que cerró la celebración. “Sobrevuela esta sala ese espíritu de alas enormes que es Gabriel García Márquez”, dijo Javier Darío Restrepo, periodista colombiano galardonado con el premio a la Excelencia junto a la mexicana Marcela Turati.
Cuatro trabajos periodísticos de los 1.400 presentados se llevaron uno de los premios. El de mejor cobertura viajó a la Venezuela que el pasado mes de febrero captó la atención de todo el mundo a través de las protestas de los estudiantes en las calles de las principales ciudadades del país. El equipo de Últimas Noticias fue premiado por su trabajo durante esos días de violencia, detenciones y muerte. “Gracias por poner los ojos en el periodismo venezolano. Vivimos una situación sumamente complicada por la compra de medios y la censura, pero nosotros no vamos a claudicar y como decimos en Venezuela: la pelea es peleando”, dijo una portavoz al recoger el premio.

En la categoría de Texto ganó el periodista español Eduardo Suárez, por su reportaje publicado en El Mundo sobre los 25 años de la catástrofe del petrolero Exxon Valdez en Alaska. El periodista, excorresponsal del diario español en Nueva York, anunció al recoger el premio su decisión de dejar de trabajar en El Mundo.

El documental La muerte de Jaime Roldós, de los ecuatorianos Manolo Sarmiento y Lisandra Rivera se llevó el premio en la categoría de Imagen. La cinta, sobre la muerte del presidente ecuatoriano y su esposa, hizo que la fiscalía ordenara la reapertura del caso. En la categoría de Innovación, el galardonado fue el proyecto Radio Ambulante de Perú.

El presidente colombiano, presente en la celebración, recordó en su discurso varias anécdotas con el escritor, como aquella vez en la que el que es hoy su ministro del Interior, Juan Fernando Cristo, trató de “tumbarle” al intentar demostrar que Santos, entonces ministro de Defensa, había conspirado contra el Gobierno del entonces presidente Álvaro Uribe. “En medio del debate yo saqué una cartita firmada por Gabo y por Felipe González (expresidente de España) en la que decían que había conspirado por la paz, no contra ningún Gobierno. Gracias a ellos hoy soy presidente”, aseguró.

En esta primera edición del premio sin el Nobel, el escritor estuvo más presente que nunca. Su viuda Mercedes Barcha envió una carta que leyó el director general de la FNPI, Jaime Abello Banfi, para lamentar su ausencia: “No me siento con ánimos de ir a homenajes cuando aún no han pasado seis meses de su muerte”. En Medellín esta noche volvieron a escucharse frases como “uno solo se va cuando se desarraiga”. Palabra del Nobel que se negaba a morir.

lunes, 18 de mayo de 2015

El periodismo en torno a Gabo

Por primera vez, sin la figura densa y patriarcal de Gabriel García Márquez, omnipresente en la Colombia periodística y literaria como un padre fundador, la Fundación que lleva su nombre reúne en Medellín, tierra en resurrección, un racimo de narradores con el que homenajear a Gabo

Jaime García Márquez, Gerald Martin, Julio Sánchez Cristo y Juan Gabriel Vásquez en el reciente homenaje a Gabriel García Márquez en el Parlamento Europeo./elmundo.es
Se abordará a Gabo y el lenguaje, Gabo y el cine, Gabo y la política, Gabo y la música y hasta una conferencia de Juan Villoro en la que hablar de verdad e imaginación en Gabo con un título evocador: Lo que pesa un muerto.
Por Medellín pasarán íntimos del Nobel, deudores de su estilo y cronistas de renombre como Salcedo Ramos, Sergio Ramírez o Alberto Arce. Sólo un español aspira a un premio: Eduardo Suárez, de EL MUNDO, por un trabajo sobre el Exxon Valdez. Se quedaron a las puertas dos trabajos de los profesores y alumnos del Máster de Investigación de este diario, dirigido por Antonio Rubio, que intervendrá en una mesa para abordar el reporterismo de investigación en la era del espionaje total y las operaciones encubiertas.
El alcalde de Medellín, Aníbal Gaviria, y el director de la Fundación Nuevo Periodismo, Jaime Abello, darán paso hoy, tras inaugurar la semana del Premio García Márquez -fundamental en el periodismo iberoamericano- a la presentación de todos los trabajos aspirantes en cuatro categorías: Cobertura, Imagen, Texto e Innovación.
Una más, la de la excelencia, ya tiene ganadores: el colombiano Javier Darío Restrepo y la mexicana Marcela Turati, que ha abordado en diversas publicaciones latinoamericanas y estadounidenses el horror de las masacres en México, y creó en 2007 junto a otros colegas la organización Periodistas de a Pie para profundizar en la defensa de los derechos humanos.
Como informó Efe hace unos días, ambos periodistas son un reflejo de la tendencia registrada por los finalistas que optan a las cuatro categorías de los García Márquez, en los que son protagonistas los medios independientes y alternativos, como Etiqueta Negra, de Perú; Canal Capital, de Colombia, o la Revista Anfibia, de Argentina, entre otros.

domingo, 17 de mayo de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
El mar del tiempo perdido
Hacia el final de enero el mar se iba volviendo áspero, empezaba a vaciar sobre el pueblo una basura espesa, y pocas semanas después todo estaba contaminado de su humor insoportable. Desde entonces el mundo no valía la pena, al menos hasta el otro diciembre, y nadie se quedaba despierto después de las ocho. Pero el año en que vino el señor Herbert el mar no se alteró, ni siquiera en febrero. Al contrario, se hizo cada vez más liso y fosforescente, y en las primeras noches de marzo exhaló una fragancia de rosas.

Tobías la sintió. Tenía la sangre dulce para los cangrejos y se pasaba la mayor parte de la noche espantándolos de la cama, hasta que volteaba la brisa y conseguía dormir. En sus largos insomnios había aprendido a distinguir todo cambio del aire. De modo que cuando sintió un olor de rosas no tuvo que abrir la puerta para saber que era un olor del mar.

Se levantó tarde. Clotilde estaba prendiendo fuego en el patio. La brisa era fresca y todas las estrellas estaban en su puesto, pero costaba trabajo contarlas hasta el horizonte a causa de las luces del mar. Después de tomar café, Tobías sintió un rastro de la noche en el paladar.

—Anoche —recordó— sucedió algo muy raro.

Clotilde, por supuesto, no lo había sentido. Dormía de un modo tan pesado que ni siquiera recordaba los sueños.

—Era un olor de rosas —dijo Tobías—, y estoy seguro que venía del mar.
—No sé a qué huelen las rosas —dijo Clotilde.

Tal vez fuera cierto. El pueblo era árido, con un suelo duro, cuarteado por el salitre, y sólo de vez en cuando alguien traía de otra parte un ramo de flores para arrojarlo al mar en el sitio donde se echaban los muertos.

—Es el mismo olor que tenía el ahogado de Guacamayal —dijo Tobías.
—Bueno —sonrió Clotilde—, pues si era un buen olor, puedes estar seguro que no venía de este mar.

Era, en efecto, un mar cruel. En ciertas épocas, mientras las redes no arrastraban sino basura en suspensión, las calles del pueblo quedaban llenas de pescados muertos cuando se retiraba la marea. La dinamita sólo sacaba a flote los restos de antiguos naufragios.

Las escasas mujeres que quedaban en el pueblo, como Clotilde, se cocinaban en el rencor. Y como ella, la esposa del viejo Jacob, que aquella mañana se levantó más temprano que de costumbre, puso la casa en orden, y llegó al desayuno con una expresión de adversidad.

—Mi última voluntad —dijo a su esposo— es que me entierren viva.

Lo dijo como si estuviera en su lecho de agonizante, pero estaba sentada al extremo de la mesa, en un comedor con grandes ventanas por donde entraba a chorros y se metía por toda la casa la claridad de marzo. Frente a ella, apacentando su hambre reposada, estaba el viejo Jacob, un hombre que la quería tanto y desde hacía tanto tiempo, que ya no podía concebir ningún sufrimiento que no tuviera origen en su mujer.

—Quiero morirme con la seguridad que me pondrán bajo tierra, como a la gente decente—prosiguió ella—. Y la única manera de saberlo es yéndome a otra parte a rogar la caridad para que me entierren viva.
—No tienes que rogárselo a nadie —dijo con mucha calma el viejo Jacob—. Te llevaré yo mismo.
—Entonces nos vamos —dijo ella—, porque voy a morirme muy pronto.

El viejo Jacob la examinó a fondo. Sólo sus ojos permanecían jóvenes. Los huesos se le habían hecho nudos en las articulaciones y tenía el mismo aspecto de tierra arrasada que al fin y al cabo había tenido siempre.

—Estás mejor que nunca —le dijo.
—Anoche —suspiró ella— sentí un olor de rosas.
—No te preocupes —la tranquilizó el viejo Jacob—. Esas son cosas que nos suceden a los pobres.
—Nada de eso —dijo ella—. Siempre he rogado que se me anuncie la muerte con la debida anticipación, para morirme lejos de este mar. Un olor de rosas, en este pueblo, no puede ser sino un aviso de Dios.

Al viejo Jacob no se le ocurrió nada más que pedirle un poco de tiempo para arreglar las cosas. Había oído decir que la gente no se muere cuando debe, sino cuando quiere, y estaba seriamente preocupado por la premonición de su mujer. Hasta se preguntó si llegado el momento tendría valor para enterrarla viva.

A las nueve abrió el local donde hubo antes una tienda. Puso en la puerta dos sillas y una mesita con el tablero de damas, y estuvo toda la mañana jugando con adversarios ocasionales. Desde su puesto veía el pueblo en ruinas, las casas desportilladas con rastros de antiguos colores carcomidos por el sol, y un pedazo de mar al final de la calle.

Antes del almuerzo, como siempre, jugó con don Máximo Gómez. El viejo Jacob no podía imaginar un adversario más humano que un hombre que había sobrevivido intacto a dos guerras civiles y sólo había dejado un ojo en la tercera. Después de perder adrede una partida, lo retuvo para otra.

—Dígame una cosa, don Máximo —le preguntó entonces—: ¿Usted sería capaz de enterrar viva a su esposa?
—Seguro —dijo don Máximo Gómez—. Créame usted que no me temblaría la mano.

El viejo Jacob hizo un silencio asombrado. Luego, habiéndose dejado despojar de sus mejores fichas, suspiró:

—Es que, según parece, Petra se va a morir.

Don Máximo Gómez no se inmutó. «En ese caso —dijo— no tiene necesidad de enterrarla viva». Comió dos fichas y coronó una dama. Después fijó en su adversario un ojo humedecido por un agua triste.
— ¿Qué le pasa?—Anoche —explicó el viejo Jacob— sintió un olor de rosas.
—Entonces se va a morir medio pueblo —dijo don Máximo Gómez—. Esta mañana no se oyó hablar de otra cosa.

El viejo Jacob tuvo que hacer un grande esfuerzo para perder de nuevo sin ofenderlo. Guardó la mesa y las sillas, cerró la tienda, y anduvo por todas partes en busca de alguien que hubiera sentido el olor. Al final, sólo Tobías estaba seguro. De modo que le pidió el favor de pasar por su casa, como haciéndose el encontradizo, y de contarle todo a su mujer.

Tobías cumplió. A las cuatro, arreglado como para hacer una visita, apareció en el corredor donde la esposa había pasado la tarde componiéndole al viejo Jacob su ropa de viudo.

Hizo una entrada tan sigilosa que la mujer se sobresaltó.

—Dios Santo —exclamó—, creí que era el arcángel Gabriel.
—Pues fíjese que no —dijo Tobías—. Soy yo, y vengo a contarle una cosa.

Ella se acomodó los lentes y volvió al trabajo.

—Ya sé que es —dijo.
—A que no —dijo Tobías.
—Que anoche sentiste un olor de rosas.
— ¿Cómo lo supo? —preguntó Tobías, desolado.
—A mi edad —dijo la mujer— se tiene tanto tiempo para pensar, que uno termina por volverse adivino.

El viejo Jacob, que tenía la oreja puesta contra el tabique de la trastienda, se enderezó avergonzado.

—Cómo te parece, mujer —gritó a través del tabique. Dio la vuelta y apareció en el corredor—. Entonces no era lo que tú creías.

—Son mentiras de este muchacho —dijo ella sin levantar la cabeza—. No sintió nada.
—Fue como a las once —dijo Tobías—, y yo estaba espantando cangrejos.

La mujer terminó de remendar un cuello.

—Mentiras —insistió—. Todo el mundo sabe que eres un embustero. —Cortó el hilo con los dientes y miró a Tobías por encima de los anteojos.—Lo que no entiendo es que te hayas tomado el trabajo de untarte vaselina en el pelo, y de lustrar los zapatos, nada más que para venir a faltarme al respeto.

Desde entonces empezó Tobías a vigilar el mar. Colgaba la hamaca en el corredor del patio y se pasaba la noche esperando, asombrado de las cosas que ocurren en el mundo mientras la gente duerme. Durante muchas noches oyó el garrapateo desesperado de los cangrejos tratando de subirse por los horcones, hasta que pasaron tantas noches que se cansaron de insistir. Conoció el modo de dormir de Clotilde. Descubrió cómo sus ronquidos de flauta se fueron haciendo más agudos a medida que aumentaba el calor, hasta convertirse en una sola nota lánguida en el sopor de julio.

Al principio Tobías vigiló el mar como lo hacen quienes lo conocen bien, con la mirada fija en un solo punto del horizonte. Lo vio cambiar de color. Lo vio apagarse y volverse espumoso y sucio, y lanzar sus eructos cargados de desperdicios cuando las grandes lluvias revolvieron su digestión tormentosa. Poco a poco fue aprendiendo a vigilarlo como lo hacen quienes lo conocen mejor, sin mirarlo siquiera pero sin poder olvidarlo ni siquiera en el sueño.

En agosto murió la esposa del viejo Jacob. Amaneció muerta en la cama y tuvieron que echarla como a todo el mundo en un mar sin flores. Tobías siguió esperando. Había esperado tanto, que aquello se convirtió en su manera de ser. Una noche, mientras dormitaba en la hamaca, se dio cuenta que algo había cambiado en el aire. Fue una ráfaga intermitente, como en los tiempos en que el barco japonés vació a la entrada del puerto un cargamento de cebollas podridas. Luego el olor se consolidó y no volvió a moverse hasta el amanecer. Sólo cuando tuvo la impresión que podría asirlo con las manos para mostrarlo, Tobías saltó de la hamaca y entró en el cuarto de Clotilde. La sacudió varias veces.

—Ahí está —le dijo.

Clotilde tuvo que apartar el olor con los dedos como una telaraña para poder incorporarse. Luego volvió a derrumbarse en el lienzo templado.

—Maldita sea —dijo.

Tobías dio un salto hasta la puerta, salió a la mitad de la calle y empezó a gritar. Gritó con todas sus fuerzas, respiró hondo y volvió a gritar, y luego hizo un silencio y respiró más hondo, y todavía el olor estaba en el mar. Pero nadie respondió. Entonces se fue golpeando de casa en casa, inclusive en las casas de nadie, hasta que su alboroto se enredó con el delos perros y despertó a todo el mundo.

Muchos no lo sintieron. Pero otros, y en especial los viejos, bajaron a gozarlo en la playa. Era una fragancia compacta que no dejaba resquicio para ningún olor del pasado. Algunos, agotados de tanto sentir, regresaron a casa. La mayoría se quedó a terminar el sueño en la playa. Al amanecer el olor era tan puro que daba lástima respirar.

Tobías durmió casi todo el día. Clotilde lo alcanzó en la siesta y pasaron la tarde retozando en la cama sin cerrar la puerta del patio. Hicieron primero como las lombrices, después como los conejos y por último como las tortugas, hasta que el mundo se puso triste y volvió a oscurecer. Todavía quedaban rastros de rosas en el aire. A veces llegaba hasta el cuarto una onda de música.

—Es donde Catarino —dijo Clotilde—. Debe haber venido alguien.

Habían venido tres hombres y una mujer. Catarino pensó que más tarde podían venir otros y trató de componer la ortofónica. Como no pudo, le pidió el favor a Pancho Aparecido, que hacía toda clase de cosas porque nunca tenía nada que hacer y además tenía una caja de herramientas y unas manos inteligentes.

La tienda de Catarino era una apartada casa de madera frente al mar. Tenía un salón grande con asientos y mesitas, y varios cuartos al fondo. Mientras observaban el trabajo de Pancho Aparecido, los tres hombres y la mujer bebían en silencio sentados en el mostrador, y bostezaban por turnos.

La ortofónica funcionó bien después de muchas pruebas.

Al oír la música, remota pero definida, la gente dejó de conversar. Se miraron unos a otros y por un momento no tuvieron nada que decir, porque sólo entonces se dieron cuenta de cuánto habían envejecido desde la última vez en que oyeron música.

Tobías encontró a todo el mundo despierto después de las nueve. Estaban sentados a la puerta, escuchando los viejos discos de Catarino, en la misma actitud de fatalismo pueril con que se contempla un eclipse. Cada disco les recordaba a alguien que había muerto, el sabor que tenían los alimentos después de una larga enfermedad, o algo que debían hacer al día siguiente, muchos años antes, y que nunca hicieron por olvido.

La música se acabó hacia las once. Muchos se acostaron, creyendo que iba a llover, porque había una nube oscura sobre el mar. Pero la nube bajó, estuvo flotando un rato en la superficie, y luego se hundió en el agua. Arriba sólo quedaron las estrellas. Poco después, la brisa del pueblo fue hasta el centro del mar y trajo de regreso una fragancia de rosas.

—Yo se lo dije, Jacob —exclamó don Máximo Gómez—. Aquí lo tenemos otra vez. Estoy seguro que ahora lo sentiremos todas las noches.
—Ni Dios lo quiera —dijo el viejo Jacob—. Este olor es la única cosa en la vida que me ha llegado demasiado tarde.

Habían jugado a las damas en la tienda vacía sin prestar atención a los discos. Sus recuerdos eran tan antiguos, que no existían discos suficientemente viejos para removerlos.

—Yo, por mi parte, no creo mucho en nada de esto —dijo don Máximo Gómez—.Después de tantos años comiendo tierra, con tantas mujeres deseando un patiecito donde sembrar sus flores, no es raro que uno termine por sentir estas cosas, y hasta por creer que son ciertas.
—Pero lo estamos sintiendo con nuestras propias narices —dijo el viejo Jacob.
—No importa —dijo don Máximo Gómez—. Durante la guerra, cuando ya la revolución estaba perdida, habíamos deseado tanto un general, que vimos aparecer al duque de Marlborough, en carne y hueso. Yo lo vi con mis propios ojos, Jacob.

Eran más de las doce. Cuando quedó solo, el viejo Jacob cerró la tienda y llevó la luz al dormitorio. A través de la ventana, recortada en la fosforescencia del mar, veía la roca desde donde botaban los muertos.

—Petra —llamó en voz baja.

Ella no pudo oírlo. En aquel momento navegaba casi a flor de agua en un mediodía radiante del Golfo de Bengala. Había levantado la cabeza para ver a través del agua, como en una vidriera iluminada, un trasatlántico enorme. Pero no podía ver a su esposo, que en ese instante empezaba a oír de nuevo la ortofónica de Catarino, al otro lado del mundo.

—Date cuenta —dijo el viejo Jacob—. Hace apenas seis meses te creyeron loca, y ahora ellos mismos hacen fiesta con el olor que te causó la muerte.

Apagó la luz y se metió en la cama. Lloró despacio, con el llantito sin gracia de los viejos, pero muy pronto se quedó dormido.

—Me largaría de este pueblo si pudiera —sollozó entre sueños—. Me iría al puro carajo si por lo menos tuviera veinte pesos juntos.

Desde aquella noche, y por varias semanas, el olor permaneció en el mar. Impregnó la madera de las casas, los alimentos y el agua de beber, y ya no hubo dónde estar sin sentirlo. Muchos se asustaron de encontrarlo en el vapor de su propia cagada. Los hombres y la mujer que vinieron en la tienda de Catarino se fueron un viernes, pero regresaron el sábado con un tumulto. El domingo vinieron más. Hormiguearon por todas partes, buscando qué comer y dónde dormir, hasta que no se pudo caminar por la calle.

Vinieron más. Las mujeres que se habían ido cuando se murió el pueblo, volvieron a la tienda de Catarino. Estaban más gordas y más pintadas, y trajeron discos de moda que no le recordaban nada a nadie. Vinieron algunos de los antiguos habitantes del pueblo. Habían ido a pudrirse de plata en otra parte, y regresaban hablando de su fortuna, pero con la misma ropa que se llevaron puesta. Vinieron músicas y tómbolas, mesas de lotería, adivinas y pistoleros y hombres con una culebra enrollada en el cuello que vendían el elixir de la vida eterna. Siguieron viniendo durante varias semanas, aún después que cayeron las primeras lluvias y el mar se volvió turbio y desapareció el olor.

Entre los últimos llegó un cura. Andaba por todas partes, comiendo pan mojado en un tazón de café con leche, y poco a poco iba prohibiendo todo lo que le había precedido: los juegos de lotería, la música nueva y el modo de bailarla, y hasta la reciente costumbre de dormir en la playa. Una tarde, en casa de Melchor, pronunció un sermón sobre el olor del mar.

—Dad gracias al cielo, hijos míos —dijo—, porque éste es el olor de Dios.

Alguien lo interrumpió.

—Cómo puede saberlo, padre, si todavía no lo ha sentido.
—Las Sagradas Escrituras —dijo él— son explícitas respecto a este olor. Estamos en un pueblo elegido.

Tobías andaba como un sonámbulo, de un lado a otro, en medio de la fiesta. Llevó a Clotilde a conocer el dinero. Imaginaron que jugaban sumas enormes en la ruleta, y luego hicieron las cuentas y se sintieron inmensamente ricos con la plata que hubieran podido ganar. Pero una noche, no sólo ellos, sino la muchedumbre que ocupaba el pueblo, vieron mucho más dinero junto del que hubiera podido caberles en la imaginación.

Ésa fue la noche en que vino el señor Herbert. Apareció de pronto, puso una mesa en la mitad de la calle, y encima de la mesa dos grandes baúles llenos de billetes hasta los bordes. Había tanto dinero, que al principio nadie lo advirtió, porque no podían creer que fuera cierto. Pero como el señor Herbert se puso a tocar una campanilla, la gente terminó por creerle, y se acercó a escuchar.

—Soy el hombre más rico de la Tierra —dijo—. Tengo tanto dinero que ya no encuentro dónde meterlo. Y como además tengo un corazón tan grande que ya no me cabe dentro del pecho, he tomado la determinación de recorrer el mundo resolviendo los problemas del género humano.

Era grande y colorado. Hablaba alto y sin pausas, y movía al mismo tiempo unas manos tibias y lánguidas que siempre parecían acabadas de afeitar. Habló durante un cuarto de hora, y descansó. Luego volvió a sacudir la campanilla y empezó a hablar de nuevo. A mitad del discurso, alguien agitó un sombrero entre la muchedumbre y lo interrumpió.

—Bueno, mister, no hable tanto y empiece a repartir la plata.
—Así no —replicó el señor Herbert—. Repartir el dinero, sin son ni ton, además de ser unmétodo injusto, no tendría ningún sentido.

Localizó con la vista al que lo había interrumpido y le indicó que se acercara. La multitud le abrió paso.

—En cambio —prosiguió el señor Herbert—, este impaciente amigo nos va a permitir ahora que expliquemos el más equitativo sistema de distribución de la riqueza.

Extendió una mano y lo ayudó a subir.

— ¿Cómo te llamas?
—Patricio.
—Muy bien Patricio —dijo el señor Herbert—. Como todo el mundo, tú tienes desde hacetiempo un problema que no puedes resolver.

Patricio se quitó el sombrero y confirmó con la cabeza.

— ¿Cuál es?
—Pues mi problema es ése —dijo Patricio—: que no tengo plata.
— ¿Y cuánto necesitas?
—Cuarenta y ocho pesos.

El señor Herbert lanzó una exclamación de triunfo. «Cuarenta y ocho pesos», repitió. La multitud lo acompañó en un aplauso.

—Muy bien Patricio —prosiguió el señor Herbert—. Ahora dinos una cosa: ¿qué sabes hacer?
—Muchas cosas.
—Decídete por una —dijo el señor Herbert—. La que hagas mejor.
—Bueno —dijo Patricio—. Sé hacer como los pájaros.

Otra vez aplaudiendo, el señor Herbert se dirigió a la multitud.

—Entonces, señoras y señores, nuestro amigo Patricio, que imita extraordinariamente bien a los pájaros, va a imitar a cuarenta y ocho pájaros diferentes, y a resolver en esa forma el gran problema de su vida.

En medio del silencio asombrado de la multitud, Patricio hizo entonces como los pájaros. A veces silbando, a veces con la garganta, hizo como todos los pájaros conocidos, y completó la cifra con otros que nadie logró identificar. Al final, el señor Herbert pidió un aplauso y le entregó cuarenta y ocho pesos.

—Y ahora —dijo— vayan pasando uno por uno. Hasta mañana a esta misma hora estoy aquí para resolver problemas.

El viejo Jacob estuvo enterado del revuelo por los comentarios de la gente que pasaba frente su casa. A cada nueva noticia el corazón se le iba poniendo grande, cada vez más grande, hasta que lo sintió reventar.

— ¿Qué opina usted de este gringo? —preguntó.

Don Máximo Gómez se encogió de hombros.

—Debe ser un filántropo.
—Si yo supiera hacer algo —dijo el viejo Jacob— ahora podría resolver mi problemita. Es cosa de poca monta: veinte pesos.
—Usted juega muy bien a las damas —dijo don Máximo Gómez.

El viejo Jacob no pareció prestarle atención. Pero cuando quedó solo, envolvió el tablero y la caja de fichas en un periódico, y se fue a desafiar al señor Herbert. Esperó su turno hasta la media noche. Por último, el señor Herbert hizo cargar los baúles, y se despidió hasta la mañana siguiente.

No fue a acostarse. Apareció en la tienda de Catarino, con los hombres que llevaban los baúles, y hasta allá lo persiguió la multitud con sus problemas. Poco a poco los fue resolviendo, y resolvió tantos que por fin sólo quedaron en la tienda las mujeres y algunos hombres con sus problemas resueltos. Y al fondo del salón, una mujer solitaria que se abanicaba muy despacio con un cartón de propaganda.

—Y tú —le gritó el señor Herbert—, ¿cuál es tu problema?

La mujer dejó de abanicarse.

—A mí no me meta en su fiesta, mister —gritó a través del salón—. Yo no tengo problemas de ninguna clase, y soy puta porque me sale de los cojones.

El señor Herbert se encogió de hombros. Siguió bebiendo cerveza helada, junto a losbaúles abiertos, en espera de otros problemas. Sudaba. Poco después, una mujer se separódel grupo que la acompañaba en la mesa, y le habló en voz muy baja. Tenía un problemade quinientos pesos.

— ¿A cómo estás? —le preguntó el señor Herbert.
—A cinco.
—Imagínate —dijo el señor Herbert—. Son cien hombres.
—No importa —dijo ella—. Si consigo toda esa plata junta, éstos serán los últimos cien hombres de mi vida.

La examinó. Era muy joven, de huesos frágiles, pero sus ojos expresaban una decisión simple.

—Está bien —dijo el señor Herbert—. Vete para el cuarto, que allá te los voy mandando, cada uno con sus cinco pesos.

Salió a la puerta de la calle y agitó la campanilla. A las siete de la mañana, Tobías encontró abierta la tienda de Catarino. Todo estaba apagado. Medio dormido, e hinchado de cerveza, el señor Herbert controlaba el ingreso de hombres al cuarto de la muchacha.

Tobías también entró. La muchacha lo conocía y se sorprendió de verlo en su cuarto.

— ¿Tú también?
—Me dijeron que entrara —dijo Tobías—. Me dieron cinco pesos y me dijeron: no te demores.

Ella quitó de la cama la sábana empapada y le pidió a Tobías que la tuviera de un lado. Pesaba como un lienzo. La exprimieron, torciéndola por los extremos, hasta que recobró su peso natural. Voltearon el colchón, y el sudor salía del otro lado. Tobías hizo las cosas de cualquier modo. Antes de salir puso los cinco pesos en el montón de billetes que iba creciendo junto a la cama.

—Manda toda la gente que puedas —le recomendó el señor Herbert—, a ver si salimos de esto antes del mediodía.

La muchacha entreabrió la puerta y pidió una cerveza helada. Había varios hombres esperando.

— ¿Cuántos faltan? —preguntó.
—Sesenta y tres —contestó el señor Herbert.

El viejo Jacob pasó todo el día persiguiéndolo con el tablero. Al anochecer alcanzó su turno, planteó su problema, y el señor Herbert aceptó. Pusieron dos sillas y la mesita sobre la mesa grande, en plena calle, y el viejo Jacob abrió la partida. Fue la última jugada que logró premeditar. Perdió.

—Cuarenta pesos —dijo el señor Herbert—, y le doy dos fichas de ventaja.

Volvió a ganar. Sus manos apenas tocaban las fichas. Jugó vendado, adivinando la posición del adversario, y siempre ganó. La multitud se cansó de verlos. Cuando el viejo Jacob decidió rendirse, estaba debiendo cinco mil setecientos cuarenta y dos pesos con veintitrés centavos.

No se alteró. Apuntó la cifra en un papel que se guardó en el bolsillo. Luego dobló el tablero, metió las fichas en la caja, y envolvió todo en el periódico.

—Haga de mí lo que quiera —dijo—, pero déjeme estas cosas. Le prometo que pasaré jugando el resto de mi vida hasta reunirle esta plata.

El señor Herbert miró el reloj.

—Lo siento en el alma —dijo—. El plazo vence dentro de veinte minutos. —Esperó hasta convencerse del hecho que el adversario no encontraría la solución—. ¿No tiene nada más?
—El honor.
—Quiero decir —explicó el señor Herbert— algo que cambie de color cuando se le pase por encima una brocha sucia de pintura.
—La casa —dijo el viejo Jacob como si descifrara una adivinanza—. No vale nada, pero es una casa.

Fue así como el señor Herbert se quedó con la casa del viejo Jacob. Se quedó, además, con las casas y propiedades de otros que tampoco pudieron cumplir, pero ordenó una semana de músicas, cohetes y maromeros y él mismo dirigió la fiesta.

Fue una semana memorable. El señor Herbert habló del maravilloso destino del pueblo, y hasta dibujó la ciudad del futuro, con inmensos edificios de vidrio y pistas de baile en las azoteas. La mostró a la multitud. Miraron asombrados, tratando de encontrarse en los transeúntes de colores pintados por el señor Herbert, pero estaban tan bien vestidos que no lograron reconocerse. Les dolió el corazón de tanto usarlo. Se rieron de las ganas de llorar que sentían en octubre, y vivieron en las nebulosas de la esperanza, hasta que el señor Herbert sacudió la campanilla y proclamó el término de la fiesta.

Sólo entonces descansó.

—Se va a morir con esa vida que lleva —dijo el viejo Jacob.
—Tengo tanto dinero —dijo el señor Herbert— que no hay ninguna razón para que me muera.

Se derrumbó en la cama. Durmió días y días, roncando como un león, y pasaron tantos días que la gente se cansó de esperarlo. Tuvieron que desenterrar cangrejos para comer. Los nuevos discos de Catarino se volvieron tan viejos, que ya nadie pudo escucharlos sin lágrimas, y hubo que cerrar la tienda.

Mucho tiempo después que el señor Herbert empezó a dormir, el padre llamó a la puerta del viejo Jacob. La casa estaba cerrada por dentro. A medida que la respiración del dormido había ido gastando el aire, las cosas habían ido perdiendo su peso, y algunas empezaban a flotar.

—Quiero hablar con él —dijo el padre.
—Hay que esperar —dijo el viejo Jacob.
—No dispongo de mucho tiempo.
—Siéntese, padre, y espere —insistió el viejo Jacob—. Y mientras tanto, hágame el favor de hablar conmigo. Hace mucho que no sé nada del mundo.
—La gente está en desbandada —dijo el padre—. Dentro de poco, el pueblo será el mismo de antes. Eso es lo único nuevo.
—Volverán —dijo el viejo Jacob— cuando el mar vuelva a oler a rosas.
—Pero mientras tanto, hay que sostener con algo la ilusión de los que se quedan —dijo el padre—. Es urgente empezar la construcción del templo.
—Por eso ha venido a buscar a Mr. Herbert —dijo el viejo Jacob.
—Eso es —dijo el padre—. Los gringos son muy caritativos.
—Entonces, espere, padre —dijo el viejo Jacob—. Puede que despierte.

Jugaron a las damas. Fue una partida larga y difícil, de muchos días, pero el señor Herbert no despertó.

El padre se dejó confundir por la desesperación. Anduvo por todas partes, con un platillo de cobre, pidiendo limosnas para construir el templo, pero fue muy poco lo que consiguió. De tanto suplicar se fue haciendo cada vez más diáfano, sus huesos empezaron a llenarse de ruidos, y un domingo se elevó a dos cuartas sobre el nivel del suelo, pero nadie lo supo. Entonces puso la ropa en una maleta, y en otra el dinero recogido y se despidió para siempre.

—No volverá el olor —dijo a quienes trataron de disuadirlo—. Hay que afrontar la evidencia del hecho que el pueblo ha caído en pecado mortal.

Cuando el señor Herbert despertó, el pueblo era el mismo de antes. La lluvia había fermentado la basura que dejó la muchedumbre en las calles, y el suelo era otra vez árido y duro como un ladrillo.

—He dormido mucho —bostezó el señor Herbert.
—Siglos —dijo el viejo Jacob.
—Estoy muerto de hambre.
—Todo el mundo está así —dijo el viejo Jacob—. No tiene otro remedio que ir a la playa a desenterrar cangrejos.

Tobías lo encontró escarbando en la arena, con la boca llena de espuma, y se asombró porque los ricos con hambre se parecieran tanto a los pobres. El señor Herbert no encontró suficientes cangrejos. Al atardecer, invitó a Tobías a buscar algo que comer en el fondo del mar.

—Oiga —lo previno Tobías—. Sólo los muertos saben lo que hay allá adentro.
—También lo saben los científicos —dijo el señor Herbert—. Más abajo del mar de los naufragios hay tortugas de carne exquisita. Desvístase y vámonos.

Fueron. Nadaron primero en línea recta, y luego hacia abajo, muy hondo, hasta donde se acabó la luz del sol, y luego la del mar, y las cosas eran sólo visibles por su propia luz. Pasaron frente a un pueblo sumergido, con hombres y mujeres de a caballo, que giraban en torno al quiosco de la música. Era un día espléndido y había flores de colores vivos en las terrazas.

—Se hundió un domingo, como a las once de la mañana —dijo el señor Herbert—. Debió ser un cataclismo.

Tobías se desvió hacia el pueblo, pero el señor Herbert le hizo señas de seguirlo hasta el fondo.

—Allí hay rosas —dijo Tobías—. Quiero que Clotilde las conozca.
—Otro día vuelves con calma —dijo el señor Herbert—. Ahora estoy muerto de hambre.

Descendía como un pulpo, con brazadas largas y sigilosas. Tobías, que hacía esfuerzos por no perderlo de vista, pensó que aquel debía ser el modo de nadar de los ricos. Poco a poco fueron dejando el mar de las catástrofes comunes, y entraron en el mar de los muertos.

Había tantos, que Tobías no creyó haber visto nunca tanta gente en el mundo. Flotaban inmóviles, bocarriba, a diferentes niveles, y todos tenían la expresión de los seres olvidados.

—Son muertos muy antiguos —dijo el señor Herbert—. Han necesitado siglos para alcanzar este estado de reposo.

Más abajo, en aguas de muertos recientes, el señor Herbert se detuvo. Tobías lo alcanzó en el instante en que pasaba frente a ellos una mujer muy joven. Flotaba de costado, con los ojos abiertos, perseguida por una corriente de flores.

El señor Herbert se puso el índice en la boca y permaneció así hasta que pasaron las últimas flores.

—Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida —dijo.
—Es la esposa del viejo Jacob —dijo Tobías—. Está como cincuenta años más joven, pero es ella. Seguro.
—Ha viajado mucho —dijo el señor Herbert—. Lleva detrás la flora de todos los mares del mundo.

Llegaron al fondo. El señor Herbert dio varias vueltas sobre un suelo que parecía de pizarra labrada. Tobías lo siguió. Sólo cuando se acostumbró a la penumbra de la profundidad, descubrió que allí estaban las tortugas. Había millares, aplanadas en el fondo, y tan inmóviles que parecían petrificadas.

—Están vivas —dijo el señor Herbert—, pero duermen desde hace millones de años.

Volteó una. Con un impulso suave la empujó hacia arriba, y el animal dormido se le escapó de las manos y siguió subiendo a la deriva. Tobías la dejó pasar. Entonces miró hacia la superficie y vio todo el mar al revés.

—Parece un sueño —dijo.
—Por tu propio bien —le dijo el señor Herbert— no se lo cuentes a nadie. Imagínate el desorden que habría en el mundo si la gente se enterara de estas cosas.

Era casi media noche cuando volvieron al pueblo. Despertaron a Clotilde para que calentara el agua. El señor Herbert degolló la tortuga, pero entre los tres tuvieron que perseguir y matar otra vez el corazón, que salió dando saltos por el patio cuando la descuartizaron. Comieron hasta no poder respirar.

—Bueno, Tobías —dijo entonces el señor Herbert—, hay que afrontar la realidad.
—Por supuesto.
—Y la realidad —prosiguió el señor Herbert— es que ese olor no volverá nunca.
—Volverá.
—No volverá —intervino Clotilde—, entre otras cosas porque no ha venido nunca. Fuiste tú el que embulló a todo el mundo.
—Tú misma lo sentiste —dijo Tobías.
—Aquella noche estaba medio atarantada —dijo Clotilde—. Pero ahora no estoy segura de nada que tenga que ver con este mar.
—De modo que me voy —dijo el señor Herbert. Y agregó, dirigiéndose a ambos—: También ustedes deberían irse. Hay muchas cosas que hacer en el mundo para que se queden pasando hambre en este pueblo.

Se fue. Tobías permaneció en el patio, contando las estrellas hasta el horizonte, y descubrió que había tres más desde el diciembre anterior. Clotilde lo llamó al cuarto, pero él no le puso atención.

—Ven para acá, bruto —insistió Clotilde—. Hace siglos que no hacemos como los conejitos.

Tobías esperó un largo rato. Cuando por fin entró, ella había vuelto a dormirse. La despertó a medias, pero estaba tan cansado, que ambos confundieron las cosas y en últimas sólo pudieron hacer como las lombrices.

—Estás embobado —dijo Clotilde de mal humor—. Trata de pensar en otra cosa.
—Estoy pensando en otra cosa.

Ella quiso saber qué era, y él decidió contarle a condición que no lo repitiera. Clotilde lo prometió.

—En el fondo del mar —dijo Tobías— hay un pueblo de casitas blancas con millones de flores en las terrazas.

Clotilde se llevó las manos a la cabeza.

—Ay, Tobías —exclamó—. Ay Tobías, por el amor de Dios, no vayas a empezar ahora otra vez con estas cosas.

Tobías no volvió a hablar. Se rodó hasta la orilla de la cama y trató de dormir. No pudo hacerlo hasta el amanecer, cuando cambió la brisa y lo dejaron tranquilo los cangrejos.