lunes, 4 de mayo de 2015

Los secretos de García Márquez en Texas

Un año como cien de soledad

Macondo bate récords como país invitado de la feria del libro de Bogotá mientras empiezan a conocerse detalles de sus archivos, que podrán consultarse en octubre 

 La feria del libro de Bogotá está batiendo récords de asistencia tras haber designado al imaginario Macondo como país invitado /Fernando Vergara./lavanguardia.com

El pasado 24 de noviembre, el mundo se despertó con una sorprendente noticia en la portada de The New York Times: los archivos personales de Gabriel García Márquez, fallecido hacía unos meses, habían sido vendidos por 2.200.000 dólares a la Universidad de Texas, que los alojaría en su sede de Austin, en el centro Harry Ransom. Muchos colombianos entraron en cólera y, como explica Consuelo Gaitán, directora de la Biblioteca Nacional, “nos preguntábamos por qué esos papeles iban a estar en un país, los Estados Unidos, que le negó la entrada a Gabo durante tantos años”.
El mexicano José Montelongo es bibliotecario en la Universidad de Texas y fue la persona que viajó hasta el domicilio de la familia para ver el archivo. “Una de las cartas que más me llamó la atención –revela– fue una dirigida a un amigo, donde, mientras escribe El otoño del patriarca en Barcelona, a principios de los años setenta, le dice que se ha puesto a escribir unos cuentos para niños, no para publicarlos, sino con el objetivo de sacudirse de encima toda la atmósfera y el peso de Macondo. Tenía la cabeza colapsada tras haber creado todo aquel mundo”.
Un mundo que vive un momento álgido. La feria del libro de Bogotá, que se celebra hasta mañana lunes, está batiendo récords de asistencia tras haber designado a Macondo como país invitado en su edición de este año. “Es la primera vez, que sepamos, que un evento de este tipo invita a un país imaginario”, sonríe Jaime Abello, director de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y uno de los tres comisarios de la iniciativa, junto a Piedad Bonnett y Ariel Castillo. Los más de medio millón de visitantes previstos abarrotan cada día el pabellón estrella, el de Macondo, que alberga diversas instalaciones, una exposición sobre los viajes de García Márquez o muestra los objetos que vendían los gitanos de Cien años de soledad, desde imanes hasta gramófonos pasando por lupas o papiros. La voz del propio Gabo se oye de fondo al atravesar un pasillo con fotos recientes de lugares del Caribe. Todo pretende ser, en palabras de Abello, “un inventario de la sensibilidad: olores, paisajes, sonidos…
Quisimos evitar los lugares comunes y, por ejemplo, prohibimos que hubiera mariposas amarillas”. Toda esa sensorialidad abarca desde la gastronomía a la música y se complementa con los debates, que se celebran en una gallera, ese lugar tan caribeño y en el que, por ejemplo, llevados por el fragor del escenario, tuvieron una acalorada discusión los dos biógrafos del escritor, el colombiano Dasso Saldívar y el británico Gerald Martin, quienes, moderados por Juan Gabriel Vásquez, se acusaron de falta de rigor por la –discutida– fecha de un viaje de Gabo a Aracataca junto a su madre.
El objeto más codiciado por los visitantes es un mapa a gran escala de Macondo, que empieza a escasear, pese a que se han realizado 85.000 copias. Macondo, en realidad, aparece en solo cinco obras de García Márquez, sobre todo en Cien años de soledad. Era el nombre de una finca bananera que vio un día el escritor, que utilizó la palabra por primera vez en un cuento de 1954, Un día después del sábado, poniendo ese nombre a un hotel.
Volviendo a Austin, está por ver la naturaleza exacta de la correspondencia de Gabo, que se compone de un 90% de cartas recibidas y apenas un 10% de cartas escritas por él. En una de esas, explica, aún mientras escribe El otoño del patriarca, que “yo debí haber escrito esta novela en verso, pero no me atreví”, aludiendo a la musicalidad de la prosa de la obra. De hecho, dice que iba leyendo a clásicos españoles como Garcilaso o Quevedo, de los que extraía pautas de respiración.
La decisión de vender el archivo a la Universidad de Texas fue, según fuentes cercanas a la familia, de Mercedes Barcha y sus hijos Rodrigo y Gonzalo, sin que pudiera intervenir demasiado el propio escritor, afectado de senilidad. En las negociaciones no intervino tampoco la agente Carmen Balcells. La universidad y la familia afirman que toda la operación contó con “la anuencia” del propio escritor.
Son varios los motivos por los que se optó por Texas, una universidad que tiene en lo latinoamericano su seña de identidad. García Márquez estará acompañado en Austin por los papeles de Borges, el manuscrito de Rayuela o por los archivos de autores que él admiraba y que fueron decisivos en su formación, como Faulkner, Virginia Woolf o Hemingway. Además, la universidad se ha comprometido a fomentar la difusión y consulta del legado, con un programa de 80 becas para investigadores y poniendo a disposición de todo el público el archivo digitalizado en Internet a partir del año 2016. La naturaleza pública de esta institución –a diferencia, por ejemplo, de la Universidad de Princeton, que acoge los papeles de Vargas Llosa o Fuentes– fue otro factor valorado por la familia.
El precio de esos papeles, ligeramente superior a los dos millones de dólares, ha sido también objeto de polémica en Colombia, al compararse con lo que la misma universidad ha pagado por otros fondos: seis millones por los archivos del caso Watergate, y tres millones y medio por el del actor Robert de Niro.
El fondo contiene los manuscritos de diez novelas, cuarenta álbumes de fotos, varios recortes periodísticos, cartas con escritores e intelectuales, dos máquinas manuales de escribir, cinco ordenadores y otras pertenencias. Uno de sus principales atractivos es poder asistir al proceso creativo de García Márquez, a sus “pinceladas ocultas”. “En el manuscrito final de Cien años de soledad, en 1967 –explica Montelongo–, observamos cambios menores como la eliminación de varios puntos y aparte. Pero tenemos dos versiones distintas de El otoño del patriarca (1975), otras dos de Crónica de una muerte anunciada (1981), algunas más de El amor en los tiempos del cólera (1985) o Del amor y otros demonios (1994), es como un in crescendo hasta llegar a las diez versiones de En agosto nos vemos”, la novela inédita en la que trabajó durante sus últimos años de lucidez y que no quiso destruir. El fondo contiene, asimismo, varias versiones de sus memorias Vivir para contarla (2002). También están las fichas y los libros sobre Simón Bolívar que utilizó para escribir El general en su laberinto (1989).
Los expertos trabajan estos días en la catalogación de todo el material y en ­tareas como la desencriptación de los cinco discos duros –con la esperanza de recuperar incluso documentos que hubiera borrado el propio García Márquez– o desenganchando las fotos de los álbumes familiares y quitándoles el pegamento. Todo se abrirá, por fin, al público en octubre, tras un gran evento inaugural presentado por Salman Rushdie. “Somos una universidad pública, con 50.000 estudiantes, y tratamos igual al biógrafo más prestigioso que a un señor jubilado que sienta curiosidad por verlo, no pedimos acreditaciones ni nada parecido. Los papeles de Gabo son de todos y estarán al acceso de todos”, apunta Montelongo, junto a la gallera de Macondo.

El cronopio 'que se hizo querer de todos'

Queremos tanto a Julio

El mundo celebra los cien años del nacimiento del escritor argentino Julio Cortázar

Julio Cortázar y Gabriel García Márquez, en Roma, en 1974, durante una reunión del Tribunal Russell./eltiempo.com

Horas después del fallecimiento de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez tomó una máquina de escribir e hizo uno de los homenajes más sentidos al escritor, llamándolo “el argentino que se hizo querer de todos”. Tal denominación fue apoyada por quienes lo conocieron y lo leyeron, y por esto, como homenaje en los cien años de su natalicio (26 de agosto de 1914-12 de febrero de 1984), haremos un recorrido por uno de los pasajes más interesantes de la vida del escritor de Rayuela: su pasión por los amigos.
La historia de los amigos de Cortázar es la historia no solo de la literatura de nuestro continente, sino también de la revolución literaria y cultural que se vivía en ese momento y que tuvo su auge en París después de los años 60, ciudad mágica en la cual todos terminaron encontrándose, por razones que van más allá del simple azar. Además de su indiscutible valor como hombre de letras, destacado intelectual y excelente escritor, Cortázar era un hombre que se hacía querer por todos.

El argentino universal

El primer encuentro ocurre con un compatriota, en sus años de juventud. Errado sería decir que fueron amigos, pero sí puede afirmarse que su relación con él fue determinante para empezar su recorrido como escritor. Hacia 1946, Jorge Luis Borges, secretario de redacción de la revista Los anales de Buenos Aires, anota: “... una tarde como otras, un muchacho muy alto, cuyos rasgos no puedo recobrar, me trajo un cuento manuscrito. Le dije que volviera a los diez días y que le daría mi parecer. Volvió a la semana. Le dije que su cuento me gustaba y que ya había sido entregado a la imprenta”. Poco tiempo después, Cortázar encontró, en un ejemplar de la revista ilustrado por Nora, hermana de Borges, la que sería la primera publicación de su extraordinario cuento Casa tomada.
Esta publicación significó su arribo a las ligas mayores de la sociedad intelectual argentina. Cortázar recuerda años después lo importante que fue este gesto para su futuro literario: “El mismo Borges me hizo pedir otros textos para su revista, y así salieron Los reyes y Las puertas del cielo o Bestiario”. De hecho, se considera que estos escritos son los más importantes que publicó en Buenos Aires.
Luego viaja a París, en un exilio autoinfligido que durará hasta el día de su muerte. De sus primeros años en la capital francesa se destacan dos relaciones muy significativas para él: las que tuvo con Alejandra Pizarnik  y Octavio Paz.

La eterna suicida

Precisamente, cuando la poetisa argentina Alejandra Pizarnik conoció a Cortázar, a comienzos de los años sesenta, ambos huían de la misma ciudad: Buenos Aires. Hay muchas hipótesis sobre el tipo de relación que sostuvieron, pero ninguna de ellas tiene suficiente sustento; lo que sí es claro es que los unía un afecto enorme. Para aquella época, Cortázar estaba casado con Aurora Bernárdez, quien también era cercana a Pizarnik, y quien hoy tiene a cargo la custodia de la obra de su fallecido esposo.
El argentino recuerda: “Nos veíamos, ella venía con frecuencia a casa, donde Aurora y yo la recibíamos y la sermoneábamos por su peligrosa manera de abandonarse al azar de las circunstancias, con toda clase de riesgos que no le importaban, pero que los amigos conocíamos bien”. Cuando ella le regaló una edición de Árbol de Diana a la pareja, les dejó esta dedicatoria: “A mis queridos Aurora y Julio, este pequeño Árbol de Diana prisionera –esta promesa de portarme mejor a partir de hoy, 25 de febrero de 1963– y esta otra de hacer poemas más puros y hermosos –si me esperan–”.
Pero el alma atormentada de Alejandra, que la llevó a crear hermosos poemas, también la condujo al suicidio en 1972. Su personalidad era un imán para los intelectuales y en especial para Cortázar; por ello el escritor, como muestra de cariño, le regaló un manuscrito de Rayuela. Alejandra, luego de leerlo muchas veces, afirmó que ella era la Maga, el mítico personaje de la novela.
En 1964, la poetisa regresa a Buenos Aires, tras lo cual nace una gran producción epistolar que la acompañará hasta el día de su muerte. Él la apoyaba desde París repitiéndole frases como: “El poder poético es tuyo, lo sabés” o “Sólo te acepto viva, sólo te quiero, Alejandra”. Y ella le respondía cada vez más cerca de la muerte: “Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo salvo (ahora, oh Julio) de la locura y de la muerte. (Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio –que fracasó, hélas)”.

El diplomático amigo

Cortazarianos hay muchos, pero pocos como Juan Camilo Rincón, autor de esta nota. En la foto, con su colección de libros de y sobre Cortázar. Claudia Rubio /EL TIEMPO
Durante la misma época, en contraste con la establecida con Pizarnik, existió una relación más tranquila y profunda del ‘cronopio mayor’ con el nobel mexicano, Octavio Paz. Esta se dio cuando Paz llegó, en 1959, a la capital francesa. Allí estableció con Cortázar una relación de casi toda la vida, pese a tener algunas diferencias políticas. Luego se volvieron a ver en México y Nueva Delhi, donde Paz fue embajador.
Múltiples señales de complicidad se encuentran en sus obras, y su relación fue tan estrecha que hay reseñas y textos de Octavio Paz en la obra de Cortázar, como es el caso del capítulo 149 de Rayuela.
Paz reconoce que “Rayuela es el primer gran intento narrativo en lengua castellana de literatura combinatoria”; luego afirma: “No es que Cortázar tenga que expresar la realidad, sino que la realidad de Cortázar es la experiencia misma verbal, el acto mismo de crear”. En la dedicatoria de Viento entero, Octavio escribe: “A Julio –no César: ¡Cortázar!; no capitán general– solitario combatiente en las fronteras ilimitadas del lenguaje, su lector, su partidario, su amigo”.
En 1968, cuando estaba terminando su libro Último round, Julio fue a visitar a Paz en Nueva Delhi, ciudad que lo marcó. Inspirado en este encuentro, el autor argentino escribió los poemas 720 círculos y Jardín para Octavio Paz. Luego de un distanciamiento por razones ideológicas que, por fortuna, nunca llevó a la ruptura de la amistad, Cortázar escribió en 1971 el artículo Homenaje a una estrella de mar, donde afirmaba: “A lo largo de treinta años la obra de Octavio Paz ha sido para mí esa estrella de mar que condensa las razones de nuestra presencia en la Tierra”.

Los amigos y su devoción

En diciembre de 1968, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y García Márquez tomaron un tren nocturno de París a Praga para encontrarse con Milan Kundera. Querían recorrer la ciudad donde nació Kafka, y que poco tiempo antes había sido invadida por tanques rusos.
Antes de ir a dormir, Fuentes le preguntó a Cortázar dónde y en qué fecha “el piano fue introducido en la orquesta de jazz”. Como lo recuerda el nobel colombiano, la pregunta fue casual, pero “la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolongó hasta altas horas del amanecer”.
“Llegamos rendidos a Praga”, recuerda Carlos Fuentes. “En la estación helada nos esperaba Milan Kundera, quien sugirió que nos fuéramos a un sauna. Según Milan, todas la paredes en Praga tenían orejas, y solo el sauna estaba libre de las escuchas oficiales del gobierno comunista”.
Luego tuvieron otros encuentros, cada uno por su lado. García Márquez recuerda de Cortázar que “lograba seducir por su elocuencia, por su erudición árida, por su memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos”.
El escritor cataquero reconocía un sentimiento que nacía de todos los amigos del argentino: la devoción. Decidió que su partida eterna fuera vista con “el júbilo inmenso de que haya existido, con alegría entrañable de haberlo conocido y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa, pero tan bella e indestructible como su recuerdo”.
De los tres, Cortázar fue el primero en morir. Fuentes recuerda que, al enterarse García Márquez de la muerte del argentino, solo le dijo: “No es cierto. No se ha muerto. No creas todo lo que se dice en los periódicos. Porque existen complicidades amistosas que no se acaban nunca”. Ahora los tres ya están juntos.

El Nobel peruano

Otro personaje que estuvo hermanado con estos grandes maestros del Boom latinoamericano es Mario Vargas Llosa. El peruano y el argentino se conocieron en 1958 en París, en casa de un amigo en común, y se vieron por última vez en 1967 en Grecia, donde trabajaron como traductores en una conferencia internacional.
La relación entre ellos, junto con sus esposas, fue entrañable, especialmente con Aurora, la primera mujer de Cortázar, y quien lo cuidó hasta sus últimos días. Vargas Llosa recuerda lo hermoso que le resultaba hablar con ellos: “No pueden ser siempre así. Esas conversaciones las ensayan, en casa, para deslumbrar luego a los interlocutores con las anécdotas inusitadas, las citas brillantísimas, las bromas que, en el momento oportuno, descargan el clima intelectual”.
Para conmemorar a Cortázar, el nobel peruano escribió un sentido homenaje: “En Julio la literatura parecía disolverse en la experiencia cotidiana e impregnar toda la vida, animándola y enriqueciéndola con un fulgor particular sin privarla de savia, de instinto, de espontaneidad”.
Hoy, en el centenario de su natalicio, guardamos la esperanza de que su primera esposa encuentre más hojas escritas que alimenten nuestros sueños y den a todos sus seguidores algo más de esa infinita genialidad que tanta falta le hace a este siglo XXI.

domingo, 3 de mayo de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
La noche de los alcaravanes
Estábamos sentados, los tres, en torno a la mesa, cuando alguien introdujo una moneda en la ranura y el Wurlitzer volvió a iniciar el disco de toda la noche. Lo demás no tuvimos tiempo de pensarlo. Sucedió antes de que recordáramos dónde nos encontrábamos: antes de que hubiéramos recobrado el sentido de la orientación. Uno de nosotros extendió la mano por encima del mostrador, rastreando (nosotros no veíamos la mano. La oíamos), tropezó con un vaso y se quedó quieto después, con las dos manos descansando sobre la dura superficie. Entonces los tres nos buscamos en la sombra y nos encontramos allí, en las coyunturas de los treinta dedos que se amontonaban sobre el mostrador. Uno dijo:
—Vamos.
Y nos pusimos en pie, como si nada hubiera sucedido. Todavía no habíamos tenido tiempo para desconcertarnos.
En el corredor, al pasar, oímos la música cercana, girando contra nosotros. Sentimos el olor a mujeres tristes, sentadas y esperando. Sentimos el prolongado vacío del corredor delante de nosotros, mientras caminábamos hacia la puerta, antes de que saliera a recibirnos el otro olor agrio de la mujer que se sentaba junto a la puerta. Nosotros dijimos:
—Nos vamos.
La mujer no respondió nada. Sentimos el crujido de un mecedor, cediendo hacia arriba, cuando ella se puso en pie. Sentimos las pisadas en la madera suelta y otra vez el retorno de la mujer, cuando volvieron a crujir los goznes y la puerta se ajustó a nuestras espaldas.
Nos dimos vuelta. Allí mismo, detrás, había un duro aire cortante de madrugada invisible y una voz que decía:
—Apártense de ahí, voy a pasar con esto.
Nos echamos hacia atrás. Y la voz volvió a decir:
—Todavía están contra la puerta.
Y sólo entonces, cuando nos habíamos movido hacia todos lados y habíamos encontrado la voz por todas partes, dijimos:
—No podemos salir de aquí. Los alcaravanes nos sacaron los ojos.
Después oímos abrirse varias puertas. Uno de nosotros se soltó de las otras manos y lo oímos arrastrarse en la sombra, vacilando, tropezando con los objetos que nos rodeaban. Habló desde algún sitio de la oscuridad:
—Ya debemos estar cerca —dijo—. Por aquí hay un olor a baúles amontonados.
Sentimos otra vez el contacto de sus manos; nos recostamos contra la pared y otra voz pasó entonces pero en dirección contraria.
—Pueden ser ataúdes —dijo uno de nosotros.
El que se había arrastrado hasta el rincón y respiraba ahora a nuestro lado dijo:
—Son baúles. Desde pequeño aprendí a distinguir el olor de la ropa guardada.
Entonces nos movimos hacia allá. El suelo era blando y liso, como de tierra pisada. Alguien extendió una mano. Sentimos un contacto de piel larga y viva, pero ya no sentimos la pared del otro lado.
—Esto es una mujer —dijimos.
El otro, el que había hablado de los baúles, dijo:
—Creo que está durmiendo.
El cuerpo se sacudió bajo nuestras manos; tembló; lo sentimos escurrirse, pero no como si se hubiera puesto fuera de nuestro alcance, sino como si hubiera dejado de existir. Sin embargo, después de un instante en que permanecimos quietos, endurecidos, recostados hombro contra hombro, oímos su voz.
—¿Quién anda por ahí? —dijo.
—Somos nosotros —respondimos sin movernos.
Se oyó el movimiento en la cama; el crujir y el rastro de los pies buscando las pantuflas en la oscuridad. Entonces imaginamos a la mujer sentada, mirándonos cuando todavía no acababa de despertar.
—¿Qué hacen aquí? —dijo.
Y nosotros dijimos:
—No lo sabemos. Los alcaravanes nos sacaron los ojos.
La voz dijo que había oído algo de eso. Que los periódicos habían dicho que tres hombres estaban tomando cerveza en un patio donde había cinco o seis alcaravanes. Siete alcaravanes. Uno de los hombres se puso a cantar como un alcaraván, imitándolos.
—Lo malo fue que dio una hora retrasada —dijo—. Fue entonces cuando los pájaros saltaron a la mesa y les sacaron los ojos.
Dijo que eso habían dicho los periódicos, pero que nadie les había creído. Nosotros dijimos:
—Si la gente fue allá debieron ver los alca¬ravanes.
Y la mujer dijo:
—Fueron. El patio estaba lleno de gente, al otro día, pero la mujer ya se había llevado los alcaravanes a otra parte.
Cuando nos dimos la vuelta, la mujer dejó de hablar. Allí estaba otra vez la pared. Con sólo dar vueltas encontrábamos la pared. En torno a nosotros, cercándonos, estaba siempre una pared. Uno volvió a soltarse de nuestras manos. Lo oímos rastrear otra vez, olfateando el suelo, diciendo:
—Ahora no sé por dónde andan los baúles. Creo que ya andamos por otra parte.
Y nosotros dijimos:
—Ven acá. Alguien está aquí, junto a nosotros.
Lo oímos acercarse. Lo sentimos levantarse a nuestro lado y otra vez nos golpeó su aliento tibio en el rostro.
—Estira las manos hacia allá —le dijimos—. Allí hay alguien que nos conoce.
Él debió extender la mano; debió moverse hacia donde le indicamos, porque un instante después regresó para decirnos:
—Creo que es un muchacho.
Y le dijimos:
—Está bien, pregúntale si nos conoce.
Él hizo la pregunta. Oímos la voz apática y simple del muchacho que decía:
—Sí los conozco. Son los tres hombres a quienes los alcaravanes les sacaron los ojos.
Entonces habló una voz adulta. Una voz de mujer que parecía estar detrás de una puerta cerrada, diciendo:
—Ya estás hablando solo.
Y la voz infantil dijo despreocupadamente:
—No. Es que aquí están los hombres a quienes los alcaravanes les sacaron los ojos.
Se oyó un ruido de goznes y luego la voz adulta, más cercana que la primera vez.
—Llévalos a su casa —dijo.
Y el muchacho dijo:
—No sé dónde viven.
Y la voz adulta dijo:
—No seas de mala índole. Todo el mundo sabe dónde viven desde la noche en que los alcaravanes les sacaron los ojos.
Luego siguió hablando en otro tono, como si se dirigiera a nosotros:
—Lo que pasa es que nadie ha querido creerlo y dicen que fue una falsa noticia de los periódicos para aumentar las ventas. Nadie ha visto los alcaravanes.
Y nosotros dijimos:
—Pero nadie me creería si los llevo por la calle.
Nosotros no nos movíamos; estábamos quietos, recostados contra la pared, oyéndola. Y la mujer dijo:
—Si éste quiere llevarlos es distinto. Después de todo, nadie daría importancia a lo que dijera un muchacho.
La voz infantil intervino:
—Si salgo a la calle con ellos y digo que son los hombres a quienes los alcaravanes les sacaron los ojos, los muchachos me tirarían piedras. Todo el mundo dice por la calle que eso no puede suceder.
Hubo un instante de silencio. Luego la puerta volvió a cerrarse, y el muchacho volvió a hablar:
—Además, ahora estoy leyendo a Terry y los Piratas.
Alguien nos dijo al oído:
—Voy a convencerlo.
Se arrastró hacia donde estaba la voz.
—Eso me gusta —dijo—. Por lo menos, dinos qué le pasó a Terry esta semana.
Está tratando de hacerse a su confianza, pensamos. Pero el muchacho dijo:
—Eso no me interesa. Lo único que me gusta son los colores.
—Terry estaba en un laberinto —dijimos. Y el muchacho dijo:
—Eso fue el viernes. Hoy es domingo y lo que me interesa son los colores —y lo dijo con la voz fría, desapasionada, indiferente.
Cuando el otro regresó, dijimos:
—Llevamos como tres días de estar perdidos y no hemos descansado una sola vez.
Y uno dijo:
—Está bien. Vamos a descansar un rato, pero sin soltarnos de las manos.
Nos sentamos. Un invisible sol tibio empezó a calentarnos en los hombros. Pero ni siquiera la presencia del sol nos interesaba. La sentíamos ahí, en cualquier parte, habiendo perdido ya la noción de las distancias, de la hora, de las direcciones. Pasaron varias voces.
—Los alcaravanes nos sacaron los ojos —dijimos.
Y una de las voces dijo:
—Éstos tomaron en serio a los periódicos.
Las voces desaparecieron. Y seguimos sentados así, hombro contra hombro, esperando a que en aquel pasar de voces, en aquel de imágenes pasara un olor o una voz conocidos. El sol siguió calentando sobre nuestras cabezas. Entonces alguien dijo:
—Vamos otra vez hacia la pared.
Y los otros, inmóviles, con la cabeza levantada hacia la claridad invisible:
—Todavía no. Esperemos siquiera a que el sol empiece a ardernos en la cara.

jueves, 30 de abril de 2015

La orfebrería de ‘Cien años de soledad’

Un año como cien de soledad

Las pruebas de imprenta de la novela de García Márquez vuelven a buscar dueño

Las galeradas de Cien años de soledad, con correciones directas del más famoso escritor colombiano, Gabriel García Márquez./Carlos Rosillo./elpais.com

Fue un martes de 1965. Gabriel García Márquez acababa de regresar de un fin de semana en Acapulco con su esposa y sus dos hijos, cuando, fulminado por un “cataclismo del alma”, se sentó ante la máquina de escribir y, como él mismo recordaría años después, no se levantó hasta principios de 1967. En esos 18 meses, todos los días, de nueve de la mañana a tres de la tarde, el escritor colombiano gestó Cien años de soledad.
Mucho se ha escrito de la atmósfera mexicana en la que germinó su obra magna, de su obsesión creativa, de sus dificultades económicas, del apoyo inquebrantable de los amigos. Pero muy poco se sabe de su construcción. Las claves de su plasmación material, la ingeniería sobre la que edificó el universo de Macondo, siguen entre sombras. Y este misterio no fue casual. El propio autor, cuando en junio de 1967 recibió el primer ejemplar impreso, rompió el original para que “nadie pudiera descubrir los trucos ni la carpintería secreta”. De aquella destrucción histórica se salvaron contadísimos documentos. Uno de ellos, posiblemente el más importante, fue la primera copia de las pruebas de imprenta. Sobre las galeradas, García Márquez anotó de su puño y letra 1.026 correcciones, dejando a la luz cambios e inflexiones de enorme interés.
Esos papeles, a los que ha tenido acceso EL PAÍS, han seguido una azarosa existencia. El escritor los regaló al cineasta exiliado Luis Alcoriza y a su esposa Janet. Tras sus muertes, fueron subastados dos veces sin éxito y ahora, olvidados otra vez, buscan acomodo en una institución. “Prefiero que estén en una biblioteca o un museo que conmigo”, dice el mexicano Héctor Delgado, heredero de los Alcoriza.
Las galeradas, de editorial Sudamericana, suman 181 hojas de doble folio, numeradas a mano, con acotaciones del autor en bolígrafo o rotulador. Su recorrido muestra la orfebrería de García Márquez. En ellas el autor señala los inicios de capítulo, reordena párrafos, suprime y añade frases, sustituye o corrige más de 150 palabras y, en muchas ocasiones, alerta de erratas. En este ejercicio queda patente el agotador pulso que el autor mantenía consigo mismo. Los cambios no solo van destinados a purificar el texto o despejar la fronda de nombres de los Buendía, sino que ahondan en sus inextricables juegos de lenguaje. A veces, se trata de sutilezas: de “amedrentar” se pasa a “intimidar”, de “obstruir” a “cegar”, o de “completar” a “complementar”. Pero otras, la mano del escritor va mucho más lejos: las mariposas se vuelven “amarillas”, las sanguijuelas se sacan “achicharrándolas” con tizones, el troglodita queda convertido en un “atarván”, los niños andan como “zurumbáticos”, la Ópera Magna se transforma en “alquimia”, un san José de yeso descubre un interior “atiborrado de monedas de oro” o la descarga del máuser “desbarata”, que no “desarticula”, un cráneo.
También algunos personajes adquieren matices nuevos con los incisos. Amaranta, por ejemplo, “finge sensación de disgusto” al oír hablar de boda, y Aureliano ve su “antigua piedad” transformarse “en una animadversión virulenta”. Son alteraciones constantes. Una lluvia fina de mejoras que, sin generar cambios de fondo ni giros argumentales, sí que descubren la talla microscópica y tenaz de un texto de cuya grandeza el autor era consciente.
Posiblemente por ello, García Márquez nunca devolvió las pruebas de imprenta a la editorial, sino que envió las correcciones aparte. Y lejos de destruir el documento, como hubiera sido esperable, lo convirtió en un monumento a la amistad: lo regaló y dedicó al director de cine Luis Alcoriza y a su esposa, la actriz austriaca Janet Riesenfeld: “Para Luis y Janet, una dedicatoria repetida, pero que es la única verdadera: del amigo que más les quiere en este mundo. Gabo. 1967”.
Una de las galeradas de  Cien años de soledad, con la dedicatoria a Luis Alcoriza y su esposa, Janet Riesenfeld. / Carlos Rosillo
La pareja, afincada en México y muy próxima a Luis Buñuel, formaba parte del círculo íntimo del escritor colombiano. Aquel que le había mantenido en las épocas más negras y con quien, en los días buenos, había celebrado la alegría de vivir. El propio autor lo explicó años más tarde en un artículo en EL PAÍS: “Cuando la editorial me mandó la primera copia de las pruebas de imprenta, las llevé ya corregidas a una fiesta en casa de los Alcoriza, sobre todo para la curiosidad insaciable del invitado de honor, don Luis Buñuel, que tejió toda clase de especulaciones magistrales sobre el arte de corregir, no para mejorar, sino para esconder. Vi a Alcoriza tan fascinado por la conversación que tomé la buena determinación de dedicarle las pruebas”.
El matrimonio guardó las páginas como un objeto sagrado. Dieciocho años después, cuando Cien años de soledad ya era un tótem, García Márquez volvió a encontrárselas en casa de los Alcoriza: “Janet las sacó del baúl y las exhibió en la sala, hasta que se hicieron la broma de que con eso podían salir de pobres. Alcoriza hizo entonces una escena muy suya, dándose golpes con ambos puños en el pecho, y gritando con su vozarrón bien impostado y su determinación carpetovetónica: ‘Pues yo prefiero morirme que vender esa joya dedicada por un amigo”. García Márquez respondió escribiendo debajo de la dedicatoria, con el mismo bolígrafo que la primera vez: “Confirmado. Gabo. 1985”.
Luis Alcoriza, el exiliado, murió en 1992 en Cuernavaca. Su esposa le siguió seis años después. Las galeradas quedaron en manos de su heredero, el ingeniero y productor Héctor Delgado, el hombre que les había cuidado en los últimos días. En 2001, con el beneplácito del premio Nobel, los papeles fueron subastados sin éxito en Barcelona por un millón de dólares (897.500 euros, al cambio actual). Un año después, tampoco hubo suerte en Christie’s. Ahora, al año de la muerte de García Márquez, el heredero, de 73 años, busca quien los adquiera. La Universidad de Texas, que compró el archivo del Nobel, se ha interesado, pero poco más. Casi medio siglo después de su gestación, uno de los pocos documentos que se salvaron de la génesis de Cien años de soledad sigue buscando dueño.
La primera página de las pruebas de imprenta. / Carlos Rosillo

Saldívar destaca "coherencia" de García Márquez entre realidad y la ficción

El trabajo de Saldívar es "un caso particular de obstinado rigor" 


Portada El viaje a la semilla de Dasso Saldívar.
Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad./elespectador.com

El escritor colombiano Dasso Saldívar, biógrafo del Nobel Gabriel García Márquez, dijo en Bogotá que su gran hallazgo al escudriñar la vida del escritor fue la "coherencia" entre la realidad del autor y la magia de sus relatos.
"La sustancia de la vida de Gabo pasa transpuesta a su ficción", explicó el autor en la presentación esta noche de la nueva edición de la biografía García Márquez. El viaje a la semilla, con prólogo del también escritor colombiano William Ospina y editada por Planeta.
Saldívar recordó que el propio nobel decía que su obra se había basado en su propia realidad en la que tuvieron gran influencia sus abuelos maternos en Aracataca, su pueblo natal.
"La coherencia maravillosa entre su vida, su realidad y sus libros y sus cuentos, ese fue el gran hallazgo" dijo Saldívar sobre su trabajo de investigación que durante 20 años escarbó en las raíces familiares y en las amistades de García Márquez para escribir la biografía, publicada por primera vez en 1997.
Esa "aventura" o "locura", como él mismo la llama, de querer saber y contar en un libro la fuente de inspiración de García Márquez le surgió siendo todavía un adolescente, estudiante de bachillerato, cuando leyó Cien años de soledad, la obra cumbre del Nobel fallecido el pasado 17 de abril en Ciudad de México.
"Fue un encantamiento", dijo Saldívar después de recitar de memoria el inicio de la novela a partir de la descripción de Macondo como "una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos".
"Esa primera frase me deslumbró, me causó mucha risa y a la vez me trajo una ráfaga de nostalgia", relató Saldívar, nacido en 1951 en San Julián, en el departamento de Antioquia (noroeste) y radicado en Madrid.
Según contó en la presentación del libro, que fue una animada conversación con Ospina, a partir de ese encantamiento, y como para esa época poco o nada se sabía de García Márquez, decidió comenzar a averiguar su vida y empezó por contactar a una hermana del escritor que para entonces era monja en Copacabana, un pueblo de Antioquia, y así fue conociendo al resto de familiares y amigos.
"Decidí no buscar a Gabo sino a sus familiares, amigos, colegas, y cada uno me iba dando una visión distinta de él, y es así como yo tengo una visión caleidosópica de Gabo", agregó.
El resultado fue "García Márquez. El viaje a la semilla", la biografía, de la cual el propio nobel leyó partes cuando escribió "Vivir para contarla", su libro de memorias.
"Si hubiera leído antes 'El viaje a la semilla', no habría escrito mis memorias", le dijo Gabo a Saldívar en 2008, ocasión en la que le confesó que era un "entusiasta lector" de su libro y que no sabía cómo había sido capaz de reconstruir su vida para hacer esa biografía.
En la presentación del libro, William Ospina destacó que el trabajo de Saldívar es "un caso particular de obstinado rigor" que descifra al lector la figura de García Márquez, un trabajo fundamental para ahondar en la vida del nobel.
"El hecho de que lo conozcamos por su literatura no significa que lo conozcamos a él, a García Márquez", dijo Ospina, quien a renglón seguido anotó que con su obra, Saldivar "nos permitió ver el mundo previo del que Gabo nació y del que se nutrió".

miércoles, 29 de abril de 2015

Viaje a la olvidada Aracataca del recordado Gabriel García Márquez

Nos adentramos en el mítico pueblo que fue escenario de  Cien años de soledad  con un primo de Gabo, que denuncia el abandono de la zona

Aracataca-Macondo con la peste del olvido.../elmundo.es

"No voy a Aracataca porque me da tristeza". Nicolás asegura que su primo jamás pronunció una frase que sentó mal en el pueblo. Fue un periodista el que se la inventó hace años, señala sin asomo de duda. Y el Nobel no se molestó en desmentirla. "Estaba en el Hotel El Pincho del Rodadero (Santa Marta) con su hermano Jaime, llegaron varios periodistas y le pidieron una entrevista. Invéntense algo porque yo estoy almorzando, les gritó Gabo. Uno le hizo caso y eso se quedó así".
Quizá sea cierto que nunca pensó decirlo, aunque razones no le faltaban, ni entonces ni hoy. Aracataca sigue empantanado en el pasado, incapaz de superar sus innumerables carencias. El 61% de la población, de 45.000 habitantes entre el casco urbano, corregimientos y veredas, no tiene satisfechas sus necesidades básicas, cifra que da el alcalde, Tufith Acuña. Pero más de un vecino sugiere que la realidad es infinitamente peor.
No hay más que observar el novelón del agua. El acueducto que el Gobierno prometió en honor al Nobel, resultó un fiasco. Como si se tratara de un cuento 'macondiano', la misma semana en que anunciaron, a bombo y platillo, que el Presidente lo inauguraría, tuvieron que abortar la ceremonia en el último suspiro. Un grupo de concejales se rebeló y las redes sociales secundaron la protesta. No aceptarían una farsa para estar en la foto.
Por los grifos sigue saliendo el agua del río sin tratamiento, color café con leche. Y ni siquiera les llega a todos, sólo a un tercio de la población, lo que da otra pista más de las dificultades que vive esta tierra mítica, convertida en territorio de peregrinación de admiradores de Gabo. "Hasta se cuelan pececitos. Y no es chiste", me cuenta un lugareño.
Decidieron, como Fuenteovejuna, que nadie cortará una cinta hasta que sea transparente, potable, y abastezca a la totalidad de los hogares las 24 horas. Supe después, aunque aún no es público, que eso no sucederá en un futuro cercano. Hicieron mal los estudios de presión y además deben cambiar todas las tuberías, en estado deplorable, amén de otros inconvenientes. En idioma local significa varios años más de espera.
Ya lo adivinó Nicolás, cuando se encontró con su primo en Cartagena de Indias, en los años 80, en una de las escasas ocasiones en que García Márquez visitó Colombia en aquellos años y que se convirtió, como todo lo del Nobel, en un acontecimiento nacional. Gabo atraía a las masas.
-¿El pueblito cómo está?, quiso saber el escritor.
-Abandonado como siempre, primo. Cien años de soledad, respondió Nicolás.
-Y el alcalde, ¿qué hace?, inquirió Gabo.
-¿Cuál alcalde?, contestó.
El cataquero más ilustre se echó a reír. Igual que Nicolás Arias, 78 años, que suelta una carcajada al recordar la conversación. Ninguno intuyó entonces que los 100 años se quedarían cortos. Se cumplen en abril del 2015, cuando Aracataca celebre su primer siglo de existencia, un lapso demasiado corto para que den algún paso efectivo hacia el progreso.
"Cuando Gabo recibió el Nobel (1982), el presidente Belisario Betancurt eligió tres gobernadores cataqueros seguidos (entonces eran por designación) para que hicieran algo por el pueblo, pero no hicieron nada. Todo quedó como estaba", indica Nicolás.
Por la diferencia de edad y porque los dos salieron de Aracataca siendo niños, uno para el centro del país y el otro hacia el norte, los primos no se conocieron hasta 1966. Nicolás había regresado de manera definitiva con su familia y Gabo estaba de visita por asistir al primer Festival Vallenato -la música que nace en las entrañas de la región Caribe colombiana- que acogió la localidad. Se saludaron-. "Soy el hijo de tu tío Rafael", se presentó Nicolás. Hablaron de familiares y conocidos, y pasaron otros 20 años hasta volverse a encontrar.
Nicolás Arias, primo de García Márquez.
Nicolás Arias, primo de García Márquez.
Le pregunto si no le reprochó nunca las largas ausencias, el que sólo pisara Aracataca, desde aquél Festival, dos veces más y por escasas horas antes de su muerte. Una en 1983 y la última en 2007, visita que fue ya no sólo un asunto nacional, sino internacional. Cientos de medios de comunicación de todo el mundo se hicieron eco de aquel 'regreso' que supuso la despedida definitiva de García Márquez de la tierra que le dio los ingredientes principales de su novela principal.
Nicolás, que fue vigilante en la Federación de Algodoneros y chófer de autobús, dibuja una sonrisa antes de hacer una confesión. "Vino mucho, pero en secreto y a la finca de un íntimo amigo suyo que fue alcalde", aduce, aunque no hay evidencias de que eso ocurriera. "Y aunque no tenía obligación, porque ya nos regaló un Nobel, sí que mandaba plata para el pueblo, pero se la daba a la Administración y ellos nunca dijeron que era de él", agrega, adelantándose a la acusación que se oye por los rincones de Aracataca: Gabo no movió un dedo por el pueblo, pese a su privilegiada posición.
Nicolás, que no ha leído ninguna novela del afamado primo, vive en una modesta casa del barrio de El Carmen, en una calle arbolada, sin pavimentar, donde suele nacer un riachuelo de aguas negras. Con los diluvios crece al desbordarse las alcantarillas. Pregunto cómo no ha conseguido que los sucesivos alcaldes le den una solución, si a su hogar llegan autoridades locales y foráneas en las conmemoraciones de cualquier acontecimiento relacionado con García Márquez.
"En la alcaldía nos dicen: en su calle hagan rifas, hagan actividades para conseguir plata y que les quiten con lo que recauden el agua de la alcantarilla que se rebosa. Yo pienso que es algo que deben hacer ellos. Y eso que hemos ofrecido poner nosotros el trabajo y que ellos nos den los materiales", señala Nicolás. "Pero vea qué mala suerte. Vino hace unas semanas el embajador mejicano y un ministro, y yo feliz porque les iba a mostrar lo que pasaba y así me ayudarían. Y preciso ese día no había agua", cuenta entre risas, resignado a convivir con la pestilencia.
La casa contigua a la suya es de Elvira, 85 años, la única de sus hermanos que también echó raíces en Aracataca. A diferencia de Nicolás, ella coincidió con Gabo de niño, pero no le gusta conversar con extraños y, encima, detestaba ir a la casa de su abuelo. "Me llevaba mi mamá, pero a mí no me gustaba ir, no soy de estar en casas ajenas", dice incómoda por revelar sus intimidades. Tampoco era de estudios, añade, pronto se cansó de la escuela y apenas aprendió a escribir su nombre.
Puesto que conoció el lugar donde vivían sus abuelos y conserva fresca en la memoria imágenes de su infancia, le pido que venga conmigo a la Casa Museo de García Márquez, la que perteneció a los abuelos, y haga de guía. "Casi no veo, perdí un ojo y en el otro tengo glaucoma, y no soy de salir de mi casa, sólo al médico", argumenta en tono amable, pero con la contundencia de quien rechaza una invitación que le resulta incómoda.
Me acompaña Nicolás, que no pisó aquél hogar, ahora reconstruido, pero conoció bien al coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía por el rastro de hijos que dejó en la región. "Mi abuelo fue loco, tenía una gran cantidad de hijos, al menos seis Nicolás. La mayor parte eran por fuera del matrimonio, nosotros, también. Él iba por pueblos y encontraba algunos. Yo también daba con hermanos míos", comenta divertido. "Mi tía Luisa, que no le gustó nada cuando mi primo escribió que su mamá se llamaba Luisa Santiaga, tuvo 14 hijos, y el papá de Gabo, cuatro por fuera del matrimonio". Gabo decía con sorna: "Soy uno de los 16 hijos del telegrafista, pero tenía 18. No sé de dónde sacaba el número".
Un tren llega a la estación de Aracataca el mismo día en que...
Un tren llega a la estación de Aracataca el mismo día en que falleció el Nobel.
En el inicio de su autobiografía, 'Vivir para contarla', Gabo escribió que "la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla". Tampoco las reconstrucciones son fieles reflejos de las obras originales, debió pensar cuando vio su Casa Museo.
"Es una casa rara, a ninguno (de los García Márquez) les gustó, pero aceptaron la cosa. Gabito dijo: déjenla así ya, no van a perder los 1.000 millones de pesos colombianos que costó arreglarla", le contaron a Nicolás que opinaron al conocer el resultado de la reforma de la casa de los abuelos.
Es una bella y amplia estructura blanca, con 14 dependencias, decoradas con muebles y objetos de la época para evocar el ambiente en que creció el futuro Nobel, ninguno perteneciente a los García Márquez. También conserva la casa de los sirvientes, indios wayúus.
"Es muy suntuosa para la época y ellos no eran personas adineradas, sino más bien eran pobres", comenta una cataquera septuagenaria. Al recorrerla con Nicolás y escuchar sus comentarios, en ocasiones sólo una subida de cejas o una sonrisa irónica, adquieren más sentido las palabras de Gabo en su autobiografía 'Vivir para contarla': "Durante toda mi infancia, la describían de tantos modos que eran por lo menos tres casas que cambiaban de forma y sentido según quien las contara".
A Nicolás le choca, sobre todo, el comedor, vestido con un fino mantel blanco y una vajilla de igual color. "Una mesa para 16 comensales previstos o inesperados que llegaban en el tren del mediodía", rememora García Márquez. Al primo se le antoja excesivo el número de invitados y los lujos. "Es moderno", murmura para que nadie le oiga, "no eran así". Le incomoda criticar el escenario que transitan sus ojos. "Las paredes eran de tabla rústica, montadas, no blancas como éstas, se utilizaban las cortinas en lugar de puertas". Ni los muebles, ni las mesillas, ni los adornos. Sólo la casa de los indios y el amplio patio, donde florecían los árboles frutales y las legumbres, le parecen fieles a los tiempos del coronel.
Pese a todo, le gusta que exista un lugar a donde puedan acudir los admiradores de Gabo y quienes sólo pretenden aprender algo de su pasado. Mira con cariño al grupo de escolares que ha formado la Casa Museo como guías infantiles, mientras recitan los detalles de cada sala. "La servidumbre eran indios de la Guajira. Ellos ayudaban en los oficios de la casa", indica una. "Estos indios le contaban historias a Gabo y le metían supersticiones".
De nuevo en la calle, Nicolás regala una de sus sonrisas bondadosas al despedirse.Es un hombre amable que habla con una cierta nostalgia cargada de ironía. Le parece que Aracataca le debe a Gabo existir en el mapa de medio mundo. En eso demuestra una gratitud y una lealtad que es extensiva a muchos de los habitantes de esta zona que un día reveló en una novela sus singularidades de carácter 'mágico'. Sólo querría que sus paisanos cuidaran mejor su legado para que los extranjeros llegaran por miles a caminar sus pasos. "Nos regaló un Nobel", repite orgulloso.

martes, 28 de abril de 2015

Leo Matiz y Macondo

Un año como cien de soledad

El biógrafo de Gabo traza un paralelo entre su obra y la del fotógrafo Leo Matiz

El fotógrafo Leo Matiz junto a Gabo./eltiempo.com

Macondo. Fue el nombre de una plantación de bananos en las afueras de Aracataca, departamento del Magdalena, en el norte de Colombia. Es Aracataca misma (nombre que rebosa de luz, sol, ritmo), convertida, bajo otro nombre más sombrío (oscuridad, lluvia, sopor), en el escenario de la novela más importante y más emblemática de la historia de América Latina, una novela que versa sobre la infancia de y en América Latina. A veces, en momentos de tristeza y desencanto, Macondo se convierte en la metáfora de la América Latina toda: oprimida, olvidada, subdesarrollada (su realidad histórica) y sin embargo llena, siempre, de dignidad, de valentía, de humor, de esperanza, y de belleza humana y artística (su magia intemporal).
Aracataca y Macondo. Guacharaca y tambor, con el acordeón –la voz– de Gabriel García Márquez.
El gran fotógrafo que fue Leo Matiz nació en ese pequeño pueblo de luces y sombras que fue Aracataca, en 1917. El gran escritor que fue Gabriel García Márquez nació en el mismo pueblo, en 1927. Siempre me ha parecido y me sigue pareciendo increíble y extraordinario que el gran maestro de la palabra de Latinoamérica y ese gran maestro de sus imágenes hayan sido dados a luz –sí, a luz– en esa minúscula población desconocida del Caribe colombiano.
Aracataca. Abracadabra. La magia de crear y creer –dádivas gemelas del gitano viajero Melquíades, avatar del trovador Gabriel–.
Es en el Caribe donde se inventó el Nuevo Mundo; es en el Caribe donde se sufrió más intensamente el impacto del colonialismo europeo; y es en el Caribe donde se concibió y se desarrolló, de una manera decisiva, el realismo mágico. En español, sobre todo, pero también en francés, en inglés, en holandés (Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Aimé Césaire et al.), a partir de los años veinte del siglo pasado, es decir, entre el año en que nació Matiz y el año en que nació García Márquez.
Portada de 'Macondo, visto por Leo Matiz'.
Los que exploren e investiguen este estilo y este movimiento encontrarán otra manera de concebir y comprender no solo el mundo en que hemos vivido desde 1917 sino el desarrollo de la cultura occidental durante los últimos quinientos años, desde que Colón llegó a las ‘Indias’, es decir, al Caribe. El realismo mágico estuvo implícito en el descubrimiento de América, y se hizo explícito entre 1917 y 1927.
Porque, como su nombre lo indica, el realismo mágico es un género artístico que mezcla la realidad diaria occidental –supuestamente histórica y científica– con otras dimensiones de la experiencia humana, como los mitos, las leyendas y –sin duda– la magia de las sociedades más tradicionales. Teórica y técnicamente es un fenómeno artístico muy complejo e inasible, pero su rasgo más importante, me parece, es que otorga igual validez –y dignidad– a la visión del mundo no occidental, preoccidental o incluso antioccidental, que a la propia visión occidental que domina, a fin de cuentas, el planeta en que vivimos.
Para hacerlo y comprenderlo hay que ser democrático y solidario y viajar mucho para volver provechosamente, en la realidad y en el arte, a la Ítaca –o Aracataca– original. En esto también coinciden Leo y Gabo, ambos hombres de muchos viajes y de una lucidez artística y una vitalidad extraordinarias: ambos vivieron muy intensamente no solo la infancia y adolescencia en su país de origen sino también sus estancias en dos países igualmente vitalistas: México y Venezuela. (En Colombia, Leo y Gabo habían viajado por el mismo río, habían contemplado el mismo mar; en Venezuela, incluso, trabajaron juntos; en Colombia y México ambos fueron amigos de ese gran colombiano y latinoamericano que fue Álvaro Mutis).
"Matizando" un poco, lo que yo veo en la obra de Leo –él vino primero– y en la de Gabo es la magia de la realidad latinoamericana –o macondiana– en fértil fusión con la magia del arte. Compárese por ejemplo una imagen descarnada como 'Bebiendo agua del charco' de Matiz con esa maravilla fotográfica que es 'Pavo real del mar'; o un texto clásico del realismo literario como 'El coronel no tiene quien le escriba' de García Márquez con esa novela pródiga en mitos y milagros que es la propia 'Cien años de soledad'.
Así veía a Macondo Leo Matiz.
Es claro que Aracataca fue la inspiración de Macondo, aunque naturalmente hay que recordar siempre que la literatura también tiene su estatuto autónomo o semiautónomo, y Macondo es, a final de cuentas, un lugar de la imaginación. Pero cuando vuelvo a las fotos de Leo Matiz siento una proximidad anímica muy fuerte entre sus imágenes y las palabras de García Márquez.
Esa experiencia me lleva a decir que el encuentro instantáneo entre las dos formas artísticas es, precisamente, una revelación. Son dos formas diferentes pero nos revelan un solo mundo: un mundo radiante, que los dos artistas conocen desde la infancia, con una luz interior que ellos logran recrear. Los grandes artistas siempre descubren y revelan la magia que hay en la realidad.
Estas fotos son un tesoro: constituyen, para empezar, un repositorio de imágenes indispensables para aproximarse a la existencia de los habitantes de la Costa colombiana en las décadas decisivas del siglo pasado; pero también son un punto de referencia fascinante para comparar la materialidad física del mundo caribeño con la recreación verbal llevada a cabo por García Márquez, el escritor costeño más famoso de aquella misma época. Extraordinarias, inolvidables, de una belleza evidente y autosuficiente, en ellas se captan no solamente la resistencia y dignidad de los habitantes de la Costa colombiana sino también cierto halo mágico que los relaciona con su entorno de una manera muy específica y especial.
En el famoso prólogo a su novela 'El reino de este mundo' (1949), el escritor cubano Alejo Carpentier, gran teórico de “lo real maravilloso” (o “realismo mágico”), exclamó: “¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real maravilloso?”. Sí: América es maravillosa, pero solo a través de sus artistas –poetas, novelistas, músicos, pintores, escultores, fotógrafos– puede convertir sus maravillas en obras duraderas, eternamente jóvenes: libres y presas en la jaula invisible del arte.

Dasso Saldívar en Manizales

Conversatorio con el autor de El viaje a la semilla, biografía no autorizada de Gabriel García Márquez


lunes, 27 de abril de 2015

Las novelas detrás de Gabriel García Márquez

Un año como cien de soledad

 "La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla"

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad./elespectador.com
El portal más confiable para entrar en la mente de alguien más es la biblioteca mental de los libros preferidos de esa otra persona, esos ladrillos que son ideas fundacionales mediante los que construimos el hogar de nuestras vidas interiores. Eso dice Maria Popova, autora del artículo “Gabriel García Márquez’s Formative Reading List: 24 Books That Shaped One of Humanity’s Greatest Writers”, publicado en Brain Pickings.
¿Quién no desearía conocer la biblioteca mental de las más robustas mentes de la historia de la humanidad para conocer sus preferencias literarias y adentrarse, un poco, en su vida y en su intimidad?
Ahora, en el portal Brain Pickings se añade uno más a la lista conformada por León Tolstoi, Susan Sontag, Alan Turing, Brian Eno, David Bowie, Stewart Brand, Carl Sagan y Neil deGrasse Tyson: Gabriel García Márquez.
Entre Vivir para contarla, la autobiografía que cuenta los inicios de García Márquez como escritor, se entretejen las lecturas que le dieron forma a su mente, a su escritura, a su destino creativo. “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Los libros memorables dejan huella en ese recuerdo y en la manera en que el recuerdo mismo se cuenta.
Para acercar al lector un poco más al mundo interior de García Márquez, y tal vez para entender de dónde vienen algunos rasgos de su escritura –ante el hecho de que el origen de las cosas siempre nos intriga–, Brain Pickings rastreó en las palabras del Nobel colombiano que, en su autobiografía, delatan sus influencias literarias, dando origen a esta lista de los libros más significativos para él, empezando con uno que otro que leyó cuando todavía estaba en el colegio. “Lo mejor del liceo eran los libros que se leían en voz alta antes de irse a dormir”.
1. La montaña mágica, de Thomas Mann.
2. El hombre de la máscara de hierro, de Alexandre Dumas.
3. Ulises, de James Joyce.
4. El sonido y la furia, de William Faulkner.
5. Mientras agonizo, de William Faulkner.
6. Las palmeras salvajes, de William Faulkner.
7. Edipo rey, de Sófocles.
8. La casa de los siete tejados, de Nathaniel Hawthorne.
9. La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe. 10. Moby Dick, de Herman Melville.
11. Hijos y amantes, de D.H. Lawrence.
12. Las mil y una noches.
13. La metamorfosis, de Franz Kafka
14. El Aleph, de Jorge Luis Borges
15. Cuentos, de Ernest Hemingway.
16. Contrapunto, de Aldous Huxley.
17. De hombres y ratones, de John Steinbeck.
18. Las uvas de la ira, de John Steinbeck.
19. El camino del tabaco, de Erskine Caldwell.
20. Cuentos, de Katherine Mansfield. 21. Manhattan Transfer, de John Dos Passos. 22. El retrato de Jennie (public library) by Robert Nathan. 23. Orlando, de Virginia Woolf 24. La señora Dalloway, de Virginia Woolf.

La estatua de cera de Gabriel García Márquez

La escultura está ubicada en el Museo de Cera de Cuba


Un meditabundo escritor colombiano Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura 1982, es desde este miércoles el nuevo huésped del Museo de Cera de Cuba.
En la escultura de tamaño natural el célebre autor de "Cien años de soledad" está vestido de blanco, "sentado, meditando, con el brazo izquierdo reclinado en un sillón, y los dedos índice y del medio de la mano derecha apoyados en su rostro".
La imagen de "Gabo", quien fue gran amigo de Fidel Castro, fue inaugurada este miércoles en el Museo de Cera situado en la ciudad de Bayamo, 760 km al este de La Habana, con motivo del 88 cumpleaños del líder cubano.
García Márquez, fallecido en abril a los 87 años, es el tercer huésped extranjero del museo, después del escritor estadounidense Ernest Hemingway (premio Nobel 1954 y quien vivió dos décadas en la isla) y del italiano Fabio Di Celmo, un turista muerto en un atentado con bomba a un hotel de La Habana en septiembre de 1997.
El museo, el único en su tipo en la isla, exhibe ahora 15 estatuas hechas por el escultor Rafael Barrios y sus hijos Leander y Rafael, quienes emplearon unos 40 kilos de cera policromada en la imagen de "Gabo", quien residió varios años en Cuba.
Escultura de tamaño natural de Gabriel García Márquez.
Fuente:elespectador.com