jueves, 23 de abril de 2015

¿Por qué no lee Macondo?

Un año como cien de soledad

A pesar de los ingentes esfuerzos desde lo público, Colombia es un país que no ha podido despegar en el tema de la lectura. ¿Cuál es el estado del sector editorial?¿Qué opinan libreros, editores y expertos de que en el país aún no se supere la cifra de dos libros leídos por habitante? Un reportaje al mundo del libro en la actualidad


Gabriel García Márquez, si leía biografías./revistaarcadia.com
Gabriel García Márquez no se equivocó cuando lo llamó un milagro. A sus 38 años el cataquero se sentó frente a su máquina de escribir y durante 18 meses ininterrumpidos redactó las 590 cuartillas a doble espacio de Cien años de soledad. Sus cuatros libros entonces publicados no habían vendido gran cosa y, aquejado por la pobreza, se había visto obligado a empeñar, entre otras cosas, las joyas de poca monta que había heredado su esposa. Sin sospechar el éxito que tendría su nueva obra, envió el manuscrito a Francisco Porrúa, director literario de la editorial Sudamericana en Argentina.
“El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales y dijo: ‘Son 82 pesos’. Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera y se enfrentó a la realidad: ‘Solo tenemos 53’. Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto”, contó el nobel de literatura en un discurso que dio en Cartagena hacia 2007 para conmemorar el millón de ejemplares de Cien años de soledad. Emocionado por el tiraje, García Márquez afirmó en su arenga: “Este milagro es la demostración irrefutable de que hay una cantidad enorme de personas dispuestas a leer historias en lengua castellana”.
Hoy, sin embargo, el panorama de la lectura en Colombia pareciera indicar lo contrario. No solo se trata de un país en el que, según cifras de la más reciente Encuesta de Consumo Cultural, menos de la mitad de la población mayor de 12 años (48,4 %) afirma haber leído un libro en 2014, sino que, según la misma encuesta, en los últimos cuatro años la lectura de libros decreció en un 7 %. Los colombianos leen en promedio entre 1,9 y 2,2 libros anualmente. Y si bien se trata de un índice quizás anquilosado porque se centra exclusivamente en el objeto libro, y no toma en cuenta la lectura digital, no deja de sorprender cuando se compara con otros países: en España se leen por habitante 10,3 libros al año, en Chile 5,3 y en Argentina 4,6.
Pero más allá del índice de lectura, si se traza la evolución del mercado editorial en los últimos años, la decisión de García Márquez de llamar un milagro al fenómeno de Cien años de soledad parece cada vez más acertada. Según las Memorias y Estados Financieros 2014 de la Cámara Colombiana del Libro, entre 2012 y 2013 el sector editorial registró una reducción del 21,4 % en la producción nacional de libros (aunque aumentó en número de títulos registrados), por primera vez en el último lustro las importaciones superaron a las exportaciones, que pasaron de 177 millones de dólares en 2008 a 64 millones en 2013, y en ese mismo periodo más de 700 trabajadores de editoriales e importadoras perdieron su puesto (el empelo generado por el sector pasó de 5.599 a 4.828).
Hay, sin embargo, un resquicio de luz. Pues, aunque parezca paradójico, siguen en aumento las ventas de ejemplares en el país, aunque a un ritmo bajo. Y lo que es más, tanto el Ministerio de Cultura como la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte del Distrito Capital, así como iniciativas privadas al estilo de las editoriales independientes le han apostado en los últimos años a la lectura como nunca antes. Entonces, como se cuestiona en un reciente artículo Diana Cifuentes, la coordinadora del Observatorio de Cultura y Economía, la pregunta en boca de todos es: ¿por qué, a pesar de las campañas de lectura y demás iniciativas, no se lee más en Colombia? La respuesta no se conoce. Pero un repaso del mercado editorial permite, así sea en parte, entrever algunas de sus grietas.

La producción

En el país, al igual que en la mayoría de América Latina, cada vez se registran más títulos. “Esos registros son conocidos como isbn y funcionan como la cédula del libro mostrando el origen de su producción editorial”, dice Juliana Barrero, de la consultora en economía de la cultura Lado B. Según cifras de la Cámara Colombiana del Libro, en los últimos 12 años ha habido en promedio un crecimiento anual de 4,8 % en el número de isbn en el país, con un total de 16.035 registros en 2014, incluidos libros digitales. Pero hay un problema: un gran número de esos no son 100 % colombianos, y en ese sentido no reflejan necesariamente un crecimiento en la industria local.
Barrero explica: “Hay muchas casas editoriales transnacionales, muchas de origen español, que se nacionalizan y registran títulos en el país porque imprimen sus libros acá. Pero entonces, ¿qué porcentaje del mercado es de contenido colombiano?”. La cifra no se conoce. Sin embargo, María Osorio, fundadora de la editorial Babel Libros, desmenuzó esos mismos números en el mercado de literatura infantil y encontró que apenas un 2 % de los isbn eran de editoriales colombianas. Para Enrique González, presidente de la Cámara Colombiana del Libro, no vale la pena hacer esa distinción pues “las editoriales extranjeras que se montan acá se vuelven colombianas por ley y además editan a algunos de los autores colombianos más reconocidos como Tomás González y Juan Gabriel Vásquez”.
El mercado editorial colombiano nunca ha sido muy grande y, de hecho, es bastante joven. “Solo hasta los años ochenta hubo un desarrollo de esa industria con editoriales como Oveja Negra y Plaza y Janés. Antes de  eso había editoriales escolares y de derecho, pero no de literatura”, explica Felipe Ossa, gerente y librero por más de medio siglo de la Librería Nacional. En los años sesenta, por ejemplo, todos los libros se importaban. Hoy el mercado está compuesto por el sector didáctico, el de interés general, el universitario y el religioso. Si bien no es una industria muy grande, se trata de un sector que se ha sabido mantener a pesar de recibir golpes duros, como la clausura en 2011 de las líneas de ficción, no ficción, autoayuda e interés general de Norma, editorial que llegó a estar presente en 13 países. También hay que tener en cuenta que la piratería se lleva una cuarta parte de las ganancias del sector.

A pesar de los retos que ha tenido que sortear la industria, no todas las noticias son malas. En lo más recientes años, y a la sombra de los grandes jugadores, se empezó a gestar un fenómeno que hoy ya se ha posicionado en el mercado: las editoriales independientes, un nicho cada vez más fuerte que según Pilar Gutiérrez, directora editorial de Tragaluz Editores, “surgió de una necesidad de ver propuestas distintas, voces más arriesgadas, y de una nueva valoración del libro objeto frente a lo digital”. Para Federico Torres, editor de Destiempo Libros, “el fenómeno de la edición independiente está relacionado con una búsqueda de identidad, de la mano de un aspecto técnico: la facilidad de diseñar un libro a través de herramientas digitales”.
Esa facilidad para crear libros, sin embargo, hace parte de un suceso que intuitivamente pareciera positivo pero que para algunos carga una connotación negativa: la sobreproducción. Según el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc), en la región se registran 53 títulos diarios o 2,2 cada hora. “A la sobreproducción ni siquiera la podemos llamar sobreoferta porque para llamarla así hay que tenerla exhibida en alguna parte y no hay librería capaz de hacerlo”, opina Bernardo Jaramillo, subdirector del Cerlalc. En eso concuerda Ossa, quien afirma que el exceso de obras abruma a los lectores y que es el resultado “de un mercantilismo y un afán por parte de las editoriales que sacan cualquier libro esperando que tenga éxito”.
Gabriel Iriarte, director editorial de Penguin Random House en Colombia, lo ve como la respuesta natural a lo que pide el mercado: “El mercado mundial del libro se ha vuelto de novedades. Nosotros producimos 350 al año entre las locales y las que importamos. Si nos llegan cinco buenos libros de periodistas los publicamos todos. No los puedo dejar parqueados porque el autor se va a otra editorial y los publica allá. El público demanda novedad”. Todos los expertos consultados por Arcadia concuerdan que la producción masiva de títulos es un hecho del mercado que no se puede regular y que, en últimas, es un síntoma de que por lo menos el mercado está vivo.
En cunto a si hay o no una crisis en el sector, muchos se concentran en el crecimiento en ventas para argumentar que no existe. Pero algunos, como María Osorio, sí lo ven en apuros: “Hay sobre todo un desorden enorme en la manera en cómo se distribuyen los libros, como llegan al público. Hay cientos de distribuidores, que deben disputar el espacio en poquísimas librerías y que por lo tanto deben estar siempre a la caza de negocios directos. En la lucha por sobrevivir en un mercado con pocos lectores, con mínimos sitios de exhibición de los libros, sin ninguna divulgación sobre lo que circula y lo que se produce, y por supuesto sin ninguna crítica, esta cadena no tiene idea del valor de cada una de sus partes y se autodestruye”.

Los puntos de venta

En un estudio encargado por la mesa de competitividad del libro del Ministerio de Cultura a la consultora Lado B, y que aún no se ha publicado, Arcadia pudo conocer una cifra preocupante: entre librerías pequeñas, papelerías y grandes superficies, como el Éxito y la Panamericana, en Colombia solo hay 604 puntos de venta de libros. Lo que es más, la situación ha empeorado. Según el Cerlalc, en el último lustro esos puntos disminuyeron en un 5 %. En otras palabras, en el territorio nacional hay apenas un punto de venta por cada 80.000 personas, muy lejos de los niveles de cobertura óptimos (entre 10.000 y 20.000 habitantes por punto). En ciudades como Quibdó, Maicao y Buenaventura no hay librerías y solo cuentan con una papelería.
“El canal natural para la venta de libros son las librerías y las grandes superficies pero como no hay en varias ciudades, las editoriales no podemos llegar allá. Y como no podemos llegar, no podemos vender”, dice Iriarte. En el estudio de Lado B, nueve departamentos, la mayoría concentrados en los Llanos Orientales, no reportan la existencia de puntos de venta. Para David Roa, de la librería La Madriguera del Conejo, y vocero de la Asociación Colombiana de Libreros Independientes (acli), esa falta de puntos de venta explica en parte la falta de lectura en Colombia. “El hecho de que el 50 % del país no lea es normal porque en más de la mitad no hay oferta editorial”.
Esos índices tan pobres corresponden a la realidad de una industria que no despega. Nada que perder 2, un libro de autoayuda, fue con apenas 15.997 ejemplares el libro más vendido en 2014 por la Librería Nacional, negocio que representa una parte importante del mercado de libros de interés general. Las recetas de Sascha Fitness, una guía para llevar una vida saludable, se llevó el segundo lugar con 9.222. Comparado con otros países, esos números preocupan. En España, por ejemplo, la novela El tiempo entre costuras alcanzó a vender más de 500.000 copias. Eso no quiere decir, sin embargo, que en Colombia no haya habido tirajes en los cientos de miles, como algunas de las primeras crónicas de Germán Castro Caycedo, las novelas de García Márquez y El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. Pero son excepciones. Algunos distribuidores a veces importan apenas 50 copias de un título, y en muchos casos no los venden todos.

Para algunos libreros, tanto pequeños como grandes, sus bajas ventas tienen que ver con los descuentos que dan las editoriales. “Las editoriales hacen competencia desleal porque les ofrecen a las entidades públicas el mismo descuento que a las librerías y entonces no podemos competir –argumenta Ossa, quien cree que internet también es responsable, sobre todo en cuanto a los libros didácticos–: “Hoy los estudiantes descargan la mayoría de sus textos. Antes en un mes vendíamos 1.500 ejemplares de uno de física y ahora vendemos diez”. Entre 2012 y 2013, el sector didáctico registró según la Cámara Colombiana del Libro una disminución de 32,6 % en la producción nacional.
Roa, como muchos otros libreros, cree que el Estado debería comprar sus libros a través de las librerías. “Hay países en donde cada vez que una entidad pública va a hacer una dotación a una biblioteca, esa compra se realiza en una librería de la zona”. Para Roa se trata de un incentivo importante pues posiblemente generaría más puntos de venta, sobre todo en las regiones apartadas. “Así, las librerías podrían garantizar su existencia, habría oferta para la población local y se podría hacer mayor gestión cultural”. En la Nueva agenda por el libro y la lectura, publicada por el Cerlalc en 2013, se recomienda en materia de compras públicas “velar por la inclusión directa o indirecta de las librerías en las compras estatales” Iriarte no considera que sea tan fácil. “Sería, en últimas, agregar un intermediario más a la cadena de distribución. El libro saldría más caro y las ventas al Estado tienen que ser muy baratas”.
El gobierno siempre ha sido el gran comprador de libros en Colombia. De los 618.000 millones de pesos que generó en ventas el mercado del libro en 2013, las compras públicas representaron una quinta parte. Guiomar Acevedo, directora de artes del Ministerio de Cultura, recuerda que la compra de libros sin las librerías de por medio empezó hace unos diez años. En su opinión, el ministerio no puede reglamentar ese mercado, aunque si considera que “se deben de buscar formulas para que las librerías se fortalezcan pues son el canal natural del libro”. Y esa búsqueda se está empezando a hacer desde la mesa de competitividad del Ministerio de Cultura, donde tienen representación todos los eslabones de la cadena del libro en Colombia.
Pero, más allá de la importancia de las librerías, está la lectura. “¿Para qué se hacen libros? Pues para que le lleguen a un lector. El libro tiene una finalidad y es ser leído. Un libro que no se lee no sirve de nada”, afirma el promotor de políticas culturales Gonzalo Castellanos, quien cree que “ya se han hecho varios incentivos para la oferta”. Entre ellos cabe destacar la Ley del Libro de 1993, que le quitó el iva al libro y el impuesto de renta a las editoriales. “Ahora en lo que hay que trabajar –dice Castellanos– es en un modelo de beneficios al acceso al libro”. Y es ahí donde entra el juego el papel del Estado.

Las bibliotecas y el acceso al libro

En el último cuatrienio (2010-2014), una de las grandes apuestas del Ministerio de Cultura fue la construcción de bibliotecas públicas. En ese periodo, se inauguraron un total de 104, más que en cualquier otro gobierno, para llegar a un total de 1.404. Gracias a ese esfuerzo, y al del gobierno de Álvaro Uribe, la Red Nacional de Bibliotecas Públicas (rnbp) pasó de estar presente en 73 % de los municipios del país en 2002 al 96 % en 2013. El ministerio también construyó 20 centros culturales y 7 casas de cultura, entre otra infraestructura. Y si bien se trata de una apuesta importante, el número de bibliotecas aun puede mejorar. Según El libro en cifras, publicado hace seis meses por el Cerlalc, hoy en Colombia hay 2,8 bibliotecas por cada 100.000 habitantes, un indicador mucho más cercano al de Panamá y Honduras que al de México y España.
Además de la construcción de bibliotecas, el Ministerio de Cultura produjo y adquirió un total de 10.224.556 libros que repartió entre Hogares icbf, la Asociación Nacional Contra la Pobreza Extrema (anspe), varios programas de fomento a la lectura y la rnbp. De esos libros, en su gran mayoría apuntados a la primera infancia, casi dos millones fueron destinados a las bibliotecas públicas. Su adquisición fue un paso grande para cumplir una de las metas del ministerio: acercarse al índice sugerido por la Unesco de dos libros en bibliotecas públicas por persona. Una meta que, de todas formas, todavía se siente lejana. Pues de acuerdo al más reciente diagnóstico de la rnbp, en su red hay 5.740.600 libros.

“En Colombia tenemos más o menos ocho habitantes por libro y todavía tenemos un camino muy largo que recorrer en cuanto a la dotación de bibliotecas. Por eso donde el ministerio hizo un esfuerzo gigantesco fue en la dotación de libros para niños menores de ocho años, pensando en que cuando uno aprende a leer por placer, en familia, hace que se llegue más preparado al sistema escolar para enfrentar los retos de la lectura”, asegura Acevedo. Para los próximos tres años y medio, la meta del ministerio es continuar con la dotación y darle más relevancia a la actualización de títulos. Algunos de sus retos son reducir la alta rotación de bibliotecarios, terminar de implementar el servicio de internet (hoy solo hay en 60,5 % de las bibliotecas) y subir los niveles de compromiso de las autoridades municipales.
El ministerio también ha desarrollado varias iniciativas para fomentar la lectura. Cabe destacar, por ejemplo, la fundación Secretos para Contar, a través de la que dotó con tres libros a 75 % de las familias del Chocó que tienen niños en el sistema público escolar; o las ferias regionales, un esfuerzo mancomunado con las librerías independientes que ya se ha realizado en más de seis ciudades. La Secretaría de Cultura del Distrito Capital, por su parte, ha impulsado varios programas como la Lectura bajo los Árboles, los Picnic Literarios y, más recientemente, los Espacios Concertados, un estímulo que busca financiar con una bolsa de 500 millones de pesos la programación artística de espacios culturales y librerías. También cuenta con el Libro al Viento, su proyecto de libre circulación de libros que ya cumplió diez años y que es responsable por más de cuatro millones de ejemplares.
*
 En Colombia, y a pesar de las iniciativas tanto públicas como privadas, aún se lee poco. Ahí radica el principal problema del mercado editorial. Se trata, de todas formas, de una industria que se ha sabido mantener de pie a pesar de la indiferencia de gran parte del público. Ante todo, no se ha dejado amedrentar por un panorama no muy alentador. El libro digital, su próximo reto, quizá sea el mayor. Por ahora, se trata de un fenómeno que en el país ha crecido despacio, al ritmo del libro impreso. De todas formas, llegará el día en que ingrese Amazon al mercado, con sus servicios de autoedición, distribución y plataforma de lectura (Kindle).
Cuando le pregunto a María Osorio sobre cómo cambiará el mundo digital el panorama del libro, su respuesta parece resumir el sentir de la industria. Desafiante –y pragmática–, responde: “Creo que es un lugar común, se ve en las ferias internacionales, todavía la influencia del libro digital en nuestra región es mínima y no se ve su crecimiento. Otra cosa sucede en el mundo anglosajón, pero en ese mundo se ve cómo conviven ambas tecnologías. Por ahora no es una preocupación para mí, supongo que tenemos que tener buenos editores, distribuidores, libreros y lectores, luego que venga el cambio, cualquiera que este sea, así estaremos preparados”.
  ***

¿Por qué leer ficción?
El 30 de enero de 2006, durante la lección inaugural de su cátedra en el Collège de France, el historiador de la literatura Antoine Compagnon leyó “¿Para qué sirve la literatura?”, un discurso en el que definió, de manera simple, la importancia de la lectura. ¿Por qué, entonces, necesitamos leer? A continuación algunos extractos.
La primera es la definición clásica que permite a Aristóteles, oponiéndose a Platón, rehabilitar la poesía a título de vida buena. Gracias a la mimesis –traducida hoy en día por representación o por ficción más que por imitación– el hombre aprende… Más adelante en la Poética (de Aristóteles), la catarsis misma, purificación o depuración de las pasiones mediante la representación, tiene como resultado una mejoría de la vida tanto privada como pública. Una segunda definición del poder de la literatura, aparecida con la Ilustración y profundizada por el Romanticismo, hace de ella, no ya un medio para instruir divirtiendo, sino un remedio. Libera al individuo de su sometimiento a las autoridades, pensaban los filósofos; y en particular es un remedio contra el oscurantismo religioso. La literatura, instrumento de justicia y de tolerancia, y la lectura, experiencia de la autonomía, contribuyen a la libertad y a la responsabilidad del individuo.   Según una tercera versión del poder de la literatura, esta suple los defectos del lenguaje. La literatura habla a todo el mundo, recurre al lenguaje corriente, pero hace de este un lenguaje propio –poético o literario–. A partir de Mallarmé y de Bergson, la poesía se concibe como un remedio, no ya contra los males de la sociedad, sino, más concretamente, contra la inadecuación del lenguaje. “Dar un sentido más puro a las palabras de la tribu”, según La tumba de Edgar Poe, será la ambición de la poesía.
Proporciona placer e instruye
Es un remedio
Restaura la lengua

Gabriel García Márquez, la ausencia más presente en la Feria del Libro

Un año como cien de soledad

Presentaron actividades en la Feria del LIbro y en la ciudad de Buenos Aires


Gabo. Actividades sobre el escritor llenarán la Feria del LIbro de Buenos Aires./revista Ñ.
Gabriel García Márquez, el ungido del Parnaso literario, a quien "la gloria le cayó como un rayo", según lo expresó Tomás Eloy Martínez hace más de más de medio siglo, tendrá un vasto homenaje en la próxima Feria del Libro. El acto central y más emotivo será el 3 de mayo, a las 19.30, en la Sala José Hernández en La Rural, con la presencia de escritores y editores que harán un recorrido por las estampas salientes de una vida de novela.
La embajada de Colombia, la Fundación El Libro, la Dirección General del Libro de Buenos Aires, el ministerio de Cultura porteño, la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y la Fundación TEM (Tomás Eloy Martínez) unieron fuerzas para desplegar un programa donde habrá una maratón de lectura por Radio Mitre, un tributo durante el Festival Internacional de Poesía, actos en centros culturales y bibliotecas de la Ciudad y la presentación de autores de Colombia, de profunda vinculación con el autor de Cien años de soledad.
El acto del 3 de mayo contará con el director ejecutivo de la FNPI, Jaime Abello Banfi, la editora Gloria Rodrigué (que lo fue en Editorial Sudamericana, la que descubrió la obra cumbre del narrador colombiano), el escritor Héctor Abad Faciolince y Ezequiel Martínez, presidente de la Fundación TEM. Al día siguiente, Gabo se hará presente en el Encuentro de Escritores Latinoamericanos, a través de su compatriota Jorge Franco (bendecido por Gabo hace años), Adelina Cobo y Abad Faciolince.
Hubo, durante la presentación del programa garciamarquiano en la Embajada colombiana, anécdotas divertidas y recuerdos originales. La directora general del Libro, Alejandra Ramírez, dijo que "la relación de Gabo con Buenos Aires fue como un tango. Reina (en alusión a la ciudad) te dejo lo mejor pero sólo una vez. Será solo un beso". Y el director de la Feria del Libro, Oche Califa, agregó: "Sólo un beso es más un bolero que un tango" y señaló que no hay deuda entre García Márquez y la Argentina. "Gracias a su obra los argentinos aprendimos a descubrir América". Ezequiel Martínez dijo que su padre, Tomás Eloy, decía que el autor de El otoño del patriarca no volvió nunca más a nuestro país "a propósito, para alentar momentos inverosímiles, anécdotas e historias que nos permiten jugar con el realismo mágico".
En el stand de la Ciudad en la Feria, los visitantes podrán participar del juego "La Rueda de Melquiades" (el gitano de Cien años de soledad). Al girar la rueda de la fortuna se inicia el juego que dirá qué libro de Gabriel García Márquez el visitante leerá en el futuro y le permitirá ganar posters, señaladores y un cuadernillo con una entrevista inédita. Se proyectará, además, un compilado de las escasas entrevistas que Gabo concedió en su vida.

Las raíces reales y literarias de Macondo

Un año como cien de soledad

Gabriel García Márquez creó su lugar mítico mucho antes de Cien años de soledad. La Feria del Libro de Bogotá, Filbo 2015 le dedica su edición

Macondo, territorio mítico de García Márquez, recreado por Fernando Vicente. /elpais.com

Un día, el niño Gabriel García Márquez (1927-2014) iba asomado a la ventana en un tren amarillo, que no paraba de soltar serpientes de humo con cada pitido, y leyó en la entrada de una finca un letrero metálico azul que en letras blancas decía: Macondo. Y la palabra voló a esconderse en algún refugio de su memoria.
Macondo no nació el día que todos creen. Macondo tiene siete actas de fundación: tres tienen que ver con la aparición de este territorio de ficción en sendos libros; dos son citadas por primera vez por el autor sin que sus libros hayan sido publicados, y las otras dos provienen de sus vivencias que darán origen a ese pueblo mítico. Para dar con sus raíces hay que desandar la ruta de la imaginación de la gente a lo real.
En el imaginario universal ese territorio nace en el arranque de Cien años de soledad (1967): “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”.
La primera vez real que la gente lee la palabra macondo es en el relato Un día después del sábado, con el que en 1954 gana el Premio Nacional de Cuento.
Aunque la primera presencia para los lectores estaría en el propio título de un relato de 1955: Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, en origen titulado El invierno. Otra pista falsa, porque la primera vez real que la gente lo lee es en el relato Un día después del sábado, con el que en 1954 gana el Premio Nacional de Cuento, donde se narra: “Pero ese sábado llegó alguien. Cuando el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar se alejó de la estación, un muchacho apacible, con nada de particular aparte de su hambre, lo vio desde la ventana del último vagón en el preciso instante en que se acordó de que no comía desde el día anterior. Pensó: ‘Si hay un cura debe haber un hotel’. Y descendió del vagón y atravesó la calle abrasada por el metálico sol de agosto y penetró en la fresca penumbra de una casa situada frente a la estación donde sonaba el disco gastado en el gramófono. (...) Y ahí penetró, sin ver la tablilla: Hotel Macondo; un letrero que él no había de leer en su vida”.
La realidad es que García Márquez incorpora la palabra Macondo por primera vez entre 1948 y 1949, cuando escribe la que habría de ser su primera novela: La hojarasca, publicada en 1955. Y lo hace en la narración introductoria: “De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. (…) hasta los desperdicios del amor triste de las ciudades nos llegaron en la hojarasca. (…) Después de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabíamos que la hojarasca había de venir alguna vez. (…) Entonces pitó el tren por primera vez. La hojarasca volteó y salió a verlo y con la vuelta perdió el impulso, pero logró unidad y solidez; y sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra”. Y es una línea más abajo cuando el escritor deja constancia de la fecha más antigua de ese pueblo en la tierra, al fechar ese informe así: “Macondo, 1909”.
La realidad es que García Márquez incorpora la palabra Macondo por primera vez entre 1948 y 1949, cuando escribe la que habría de ser su primera novela: La hojarasca, publicada en 1955
Ficciones que hunden sus raíces en la realidad. En este desandar la estación inaugural está a comienzos de los años 50 cuando acompaña a su madre, Luisa Santiaga Márquez, a vender la casa de los abuelos maternos, con los que él vivió sus primeros años, en Aracataca. En ese viaje de reencuentro el mundo que quería contar empieza a tomar cuerpo. García Márquez arranca sus memorias Vivir para contarla, de 2002, evocando aquel viaje. Los dos se alejan del mar de Barranquilla para tomar una lancha motor que los lleve al otro lado de la ciénaga, tierra adentro, allí toman el tren que los cruzará por platanales, pueblos refundidos en la memoria. Llegan a la hora de la siesta. Madre e hijo caminan bajo un sol inclemente por las calles polvorientas rumbo a la Casa. Fue. Fue. Fue. Eso es Aracataca mientras avanzan. La madre se encuentra con su comadre, se abrazan, lloran, a su lado el joven periodista con sueños de escritor mira, y, poco a poco, tras un largo viaje por calles pavimentadas, ciénagas, un tren que se adentró en el calor y los pasos en un pueblo sonámbulo, ve cómo las ideas literarias que le revoloteaban empiezan a armar el rompecabezas: “Cuando el tren arrancó, con una pitada instantánea y desgarradora, mi madre y yo nos quedamos desamparados bajo el sol infernal y toda la pesadumbre del pueblo se nos vino encima. (…) Todo era idéntico a los recuerdos, pero más reducido y pobre, y arrasado por un ventarrón de fatalidad”.
Ficciones que hunden sus raíces en la realidad. En este desandar la estación inaugural está a comienzos de los años 50 cuando acompaña a su madre, Luisa Santiaga Márquez, a vender la casa de los abuelos maternos, con los que él vivió sus primeros años, en Aracataca
En realidad, el Nobel colombiano ya había plasmado este episodio en un cuento en 1962. Fue en La siesta del martes, pero mezclado con un acontecimiento que de niño le impactó: la muerte de un ladrón a manos de la dueña de la casa y la visita que hicieron la madre del difunto y su hermana pequeña para llevarle flores a la tumba, tras un largo viaje en tren en medio de platanales y pueblos sin nombre hasta apearse y caminar silenciosas a la hora de la siesta: “El pueblo flotaba en el calor. La mujer y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra”.
Y la verdad se remonta a aquellos años infantiles cuando él ve que una finca junto a la vía del tren se llama Macondo. En Vivir para contarla escribe: “Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni pregunté siquiera qué significaba. La había usado ya en tres libros míos como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyka existe la etnia errante de los makondos y pensé que aquel podría ser el origen de la palabra”.
Lo cierto es que vendieron esa casa donde nace el verdadero Macondo. Los años que vivió con su abuela Tranquilina Iguarán Cotés y su abuelo el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía. Lo cierto es, también, que Macondo tiene una vida circular porque es hasta Cien años de soledad, en 1967, donde se cuenta su origen. Y ahí se juntan la realidad geográfica e histórica de Aracataca y de su lugar mítico. La única vía de llegar a Aracataca desde Barranquilla coincide con el viaje que hizo con su madre en los 50: “En su juventud él (José Arcadio Buendía) y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida al mar, y al cabo de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a Macondo para no tener que emprender el viaje de regreso. Era, pues, una ruta que no le interesaba, porque solo podía conducir al pasado”.
Así, Macondo quedó lindando al oriente con una sierra impenetrable, al sur por los pantanos y una ciénaga sin límites, al occidente con una “extensión acuática sin horizontes, donde había cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer, que perdían a los navegantes con el hechizo de sus tetas descomunales, y al norte la salida inencontrada al mar”. Se quedaron allí porque a medida que avanzaban la naturaleza se cerraba detrás de ellos. “Un espacio de soledad y olvido, vedado a los vicios del tiempo”.

Un vallenato de trescientas páginas

Cien Años de Soledad tuvo un inmenso y profundo influjo del vallenato que García Márquez desentrañó a comienzos de los 50, acompañado de Rafael Escalona

Gabriel García Márquez y Leandro Díaz en un Festival de la Leyenda Vallenata. / Archivo/elespectador.com

La tarde era una de aquellas tardes de sol y de humedad, de cerveza, de fiestas por llegar. Gabriel García Márquez acababa de comprender que su obra, su gran obra, tendría que surgir del pasado, de sus raíces, e incluso, de las raíces de sus ancestros. Y aquella tarde, en La Paz, conoció a Lisandro Pacheco, el nieto de Medardo Pacheco Romero, aquel muchacho que combatió con su abuelo Nicolás Márquez en la Guerra de los Mil Días, y a quien el abuelo mató en un duelo, pues por aquellos tiempos las afrentas contra el honor se dilucidaban en un duelo, a bala. El 19 de octubre de 1908, el coronel Márquez Iguarán citó a su retador en un oscuro callejón y le pegó un tiro. La muerte lo persiguió por años y años. “Tú no sabes lo que pesa un muerto”, le diría a su nieto años más tarde, mientras lo llevaba de la mano por las calles de Aracataca para referirle sus historias y las historias del pueblo y las del país.
Las historias que esa tarde de 1952 García Márquez buscaba por La Guajira y el Magdalena, llevado por Rafael Escalona y sus cantos vallenatos. “De tal manera que el interés de García Márquez por la música vallenata iba a estar ligado a la concepción y a las fuentes de sus libros, lo que a su vez estaría ligado de modo especial a su amistad con el compositor Rafael Escalona, pues con éste continuó las discusiones en profundidad sobre estos cantos y empezaron los viajes hacia abril de 1950, para terminar hacia mediados de 1953”, escribiría 50 años más tarde Dasso Saldívar en su libro El viaje a la semilla. El viaje a la semilla fue ese, y comenzó en marzo del 52, cuando García Márquez acompañó a su madre, Luisa Santiaga, a vender la vieja casa de Aracataca, donde él había vivido su infancia, donde había visto llegar todos los días a las once en punto el tren amarillo que pasaba por la finca de Macondo, y donde había conversado con los muertos.
Mientras recorría las calles de antes, que de niño le habían parecido infinitas, y veía las casas y la iglesia y la escuela Montessori, donde aprendió a leer y se sumergió en Las mil y una noches y se enamoró de su maestra, Rosa Elena Fergusson, García Márquez comprendió que para escribir su gran obra debía recorrer, ya como adulto, la tierra de antes. La recorrió con una maleta repleta de libros y enciclopedias que debía vender para sobrevivir. Y la recorrió con Escalona y sus cantos, con el espíritu y el mito de Francisco el hombre y sus cuentos, con las rimas de Leandro Díaz y sus versos. Fue hasta Barrancas, donde nació su abuelo, y a Riohacha, y allá, cantando sin cantar, relató cerveza tras cerveza que en esa ciudad se habían casado sus padres, que su madre había llegado tarde a la cita en la catedral pues se había quedado dormida, y que se prendó de Gabriel Eligio García cuando él le dijo que sólo muerto no se casaba con ella.
Con Escalona, García Márquez se aprendió El hambre del liceo, La vieja Sara, La patillalera y demás, y con él las cantó una y mil veces, como había cantado otros sones en sus épocas de bachiller en Zipaquirá con sus compañeros del Liceo Nacional, acompañado de una improvisada guitarra y una dulzaina. García Márquez había comenzado a interesarse por el vallenato a finales de los 40, “con un fervor no sólo artístico sino casi científico —como escribiría Saldívar—, bajo la influencia de Clemente Manuel Zabala y Manuel Zapata Olivella (…). Al estudiar sus textos, el entonces novel escritor constató que no sólo contenían una gran sabiduría y poesía, sino que narraban anécdotas e historias con naturalidad, con la misma ‘cara de palo’ de su abuela, de Las mil y una noches y del Romancero.
“Profundizando más, vio que estas historias tenían sus fuentes reales en el entorno personal, familiar y social de los mismos juglares, que eran un repertorio no sólo artístico, sino cultural y moral de las regiones de Valledupar y La Guajira, las mismas de sus abuelos. Esto le dio una de las claves fundamentales para concebir sus libros, sobre todo Cien años de soledad; este debía ser, como lo confesaría treinta años después, un vallenato en versión novela, es decir, una larga, poética y fluida historia construida sobre la infancia, los abuelos y la casa natal, Aracataca, la zona bananera y el Caribe en general”. Cien años de soledad fue un vallenato de 300 páginas, como diría García Márquez. Un vallenato que llevó bajo el brazo desde los 20 años y que construyó y destruyó día tras día, desde sus tiempos de periodista en El Universal de Cartagena, pasando por sus épocas en El Heraldo de Barranquilla, por sus años en El Espectador de Bogotá y por sus viajes por Europa, Venezuela, Cuba y México.
Para escribirlo pasó hambre, trabajó en revistas de farándula, vendió libros, sufrió el síndrome de la hoja en blanco y el dolor de la vanidad herida cuando le devolvieron de varias editoriales sus primeras obras, como La hojarasca. Sus angustias, sus vivencias, los personajes que fue conociendo, sus lecturas de Faulkner, Hemingway, Virginia Woolf y Juan Rulfo, sus esporádicas amantes, y las canciones que escuchaba por ahí, fueron formando sus Cien años de soledad, o la historia de Cien años de soledad. La escritura, el tono, fueron otro cuento del cuento, como él mismo decía, porque García Márquez necesitaba que las ánimas de Macondo, la levitación de los curas, la ascensión de Remedios, el aguacero de mil años y demás, fueran creíbles, tan creíbles como los vallenatos de Escalona, como los fantasmas de Pedro Páramo. Y para ello necesitaba encerrarse, como se encerró, 14 meses con sus días y sus noches.
Se aisló del mundo para enclaustrarse con su máquina Olivetti, y desde ahí surgieron el tono, las imágenes, la trama y los personajes de su obra más importante, aquella que comenzó titulando La casa, y que era y fue La casa, el pueblo, el pasado, el país, la magia, el dolor y, entre líneas, los legendarios cantos de los juglares vallenatos. Cuando la terminó, le regaló un ejemplar a Escalona. “A Rafael Escalona, la persona que más admiro en el mundo”.

lunes, 20 de abril de 2015

Abello Banfi: "No somos la iglesia de Gabo"

Un año como cien de soledad

Desafiante. Esa fue la actitud que al Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, le hizo interesarse en Jaime Abello Banfi

Jaime Abello Banfi, director de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, Fnpi.
/elpais.com.co

Ocurrió en 1983, en una reunión donde se decidía si el Municipio debía tomar la administración del Teatro de Barranquilla, entonces en manos del Banco de la República. Gabo era defensor de la idea de entregarlo y Jaime, representante del comité intergremial del Atlántico, de no recibirlo, por todos los problemas que entonces tenía su ciudad.
De esa confrontación de ideas, que esa noche terminó en una charla cálida, en la casa de la ‘Tita’, la viuda de Álvaro Cepeda Zamudio, surgieron una serie de encuentros que 12 años después se cristalizaron en uno de los mayores anhelos de García Márquez: constituir una escuela de periodismo, inspirada también en aquella que fundó para el cine en San Antonio de los Baños, en Cuba.
El 18 de marzo de 1995, con un seminario de libertad de expresión y protección al trabajo periodístico en Colombia, comenzó el periplo académico de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, Fnpi, que desde entonces dirige Jaime, uno de los ‘Gabólogos’ más reconocidos del mundo, por la amistad que durante años de trabajo los unió.
En vísperas de cumplirse un año de la partida del Nobel, el 17 de abril, Jaime evoca su legado, habla sobre los retos de la fundación y responde a las críticas sobre el cuestionado apoyo de  Gabo a Aracataca, entre otros, en esta entrevista que le concedió a El País.

Un año después de su muerte ¿cuál cree que es el legado más grande que nos deja García Márquez?

Claramente su obra literaria, que es el gran motor de esa fama y reconocimiento universal. Pero cuando uno entra un poco más allá empieza a darse cuenta de las dimensiones de García Márquez en su amor y dedicación al periodismo. Y con su decisión de crear una institución que se dedicara a la formación de periodistas.
En lo ideológico, el haber decidido no anteponer su tendencia, sus ideas, al relacionarse con personas de cualquier posición ideológica. Fue capaz de ser amigo de Fidel Castro y de Bill Clinton a la vez. De reconciliarse con Turbay Ayala, en cuyo gobierno le tocó salir del país. Era una persona tolerante, que se dedicó  también al tema de los Derechos Humanos.
Y en lo humano, ese sentido del humor, esa mamadera de gallo pero con seriedad, que refleja que fue un hombre que se la gozó pero que trabajó duro. Esa es la lección que nos deja: que fue un hombre que basó sus historias en nuestra cultura.

Usted estaba en México, por casualidad, cuando murió Gabo. ¿Cómo fue esa última vez que lo vio?
Yo había estado unos meses atrás almorzando con Gabo, Mercedes, su hijo Gonzalo y su nieto Mateo. Regresé en abril de 2014 con intención de saludarlo y me tocó  despedirlo. Ese día, 17 de abril, entró una llamada para anunciarme que Mercedes me estaba buscando, porque Gabo había muerto. Cuando llegué a su casa, estaban  subiéndolo al vehículo de la funeraria. Me tocó ver sus restos, fugazmente.

Pero en ese último almuerzo que tuvieron, a finales de 2013, ¿cómo lo encontró? 
Ya todos sabemos que al final Gabo tenía una disminución de facultades, que no tenía la misma memoria de antes, aunque jamás perdió la consciencia. Tenía un problema de audición,  debía usar audífono y eso lo ensimismaba. Pero  mantenía la ternura, la mamadera de gallo, la capacidad de contar cuentos. Lo último que recuerdo es esa mirada cristalina, la sonrisa y la mano sobre Mercedes,  diciéndole ‘Mechas’. Se nos fue despidiendo poco a poco, se fue apagando. Se fue yendo con elegancia y eso nos hizo más llevadera su desaparición.

Los méritos de Gabo no se discuten, su valor como periodista y escritor. Sin embargo hay voces que dicen que Gabo no le dejó nada a su pueblo, que no fue generoso con Colombia…
Tengo absoluta claridad de que Gabo le dio lo más importante a una comunidad: sentido de orgullo y pertenencia. Un gran potencial  que ojalá sea bien manejado, porque el significado que tiene Aracataca a nivel mundial es muy importante y está llamada a ser un destino turístico cultural.
Es injusto que no se les reclame a otros autores que resuelvan problemas de acueducto y alcantarillado. Le echan la culpa a Gabo y  es responsabilidad  de la colectividad exigir sus derechos como contribuyentes y en segundo  lugar, es culpa de los políticos, de sus líderes.

También se le critica el haberse alejado de su país, de su gente
Eso no es cierto. Siempre tuvo una casa en Colombia. Nunca se sintió exiliado. Él tuvo que salir por una situación de emergencia, porque tenía información de que le iban a complicar la vida. Pero volvió un año después y con proyectos importantes, con la intención de hacer un periódico, hizo una fundación importante, le dejó al país una literatura con la qué sentirse representado. Fue un hombre viajero e internacional, pero su trabajo, sus preocupaciones ciudadanas y políticas estaban con Colombia. Jamás cambió de pasaporte, ni siquiera de acento. Tuvo siempre casa en Bogotá, Cartagena, México, Barcelona, La Habana, Los Ángeles donde rompió otro mito sobre su lejanía al gobierno de Estados Unidos por estar cerca de Cuba. Sobre García Márquez había muchos mitos. Y es mucho más rica la realidad que nos deja.

Otro hecho que ha causado controversia es la decisión de la familia de venderle a la Universidad de Texas algunos documentos de la vida de Gabo, porque se  esperaba que los donara a su nación...
La gente no esperaba nada. El debate surge después de que las decisiones se toman. Este es un patrimonio documental al que el mundo entero le interesa. Hay muchos autores  que a sus herederos les han entregado sus archivos y los han vendido. La Universidad de Texas va a digitalizar el material, lo va a poner al servicio de los investigadores y lo acercará a Colombia. A la Feria del libro de Bogotá vendrán dos especialistas de la universidad para hablar de los planes que tienen. Francamente creo que es una falsa discusión, porque el investigador de Colombia que tiene interés va a poder usas esos archivos, más allá del fetichismo de tenerlos aquí o allá.

Uno de los propósitos de la Fundación Nuevo Periodismo, en sus 20 años, es impulsar el centro internacional de estudios de García Márquez. ¿Cómo va ese proyecto?
Se promulgó una ley en diciembre, que contempla una serie de proyectos, actividades y políticas públicas para reconocer y preservar la memoria de García Márquez. En esa ley se promueve que en Cartagena exista un centro para su legado, que convoque el apoyo público y privado, con los ministerios de Cultura y de las TIC y con el acompañamiento de la fundación.
Este centro debe tener, por lo menos, una exposición interactiva dedicada a la vida y obra de Gabo. En segundo lugar, la escuela taller de periodismo y tercero, un centro cultural para desarrollar los temas que le interesaron a García Márquez. Además de un proyecto de memoria, de recopilación de documentos e imágenes del Nobel.

¿Usted cree que Colombia entendió lo que significó Gabo para la literatura universal?
Yo sí creo. La prueba está en la manera en que distintas instituciones lo han acogido, los eventos que se han hecho. Tuve la oportunidad de ver el especial de El País sobre la muerte de Gabo y quedé impresionado con la calidad, el amor y los datos interesantes reseñados. Nos estamos ocupando de que Gabo no se olvide y se convierta en un pretexto de cosas buenas. La Feria del libro de Bogotá tiene este año como país invitado a Macondo, campañas de lectura, salen nuevas ediciones de la obra de García Márquez y vendrán más cosas.

Frente a voces como la de María Fernanda Cabal y el controvertido trino donde aparecía una foto de Gabo y Fidel Castro con la leyenda “pronto estarán juntos en el infierno”, ¿qué impresión tiene usted?
Yo creo que tienen derecho a expresar lo que quieran, pero la verdad no incide en nada ni lo que dicen María Fernanda Cabal, ni Fernando Vallejo. García Márquez en vida nunca les respondió a sus detractores. Tampoco a nosotros nos corresponde responderles.  A María Fernanda le  sirvió el trino para posicionarse,  porque nadie la conocía hasta que empezó a hablar mal de Gabo. Entonces a ella le ha ido bien con eso, pero no tiene mucha importancia.

Tras la muerte de Gabo han surgido un montón de expertos, de amigos íntimos y uno se pregunta, ¿en realidad eran tantas las personas cercanas al Nobel?
Es una mezcla de todo. Sí fue una persona que impresionó mucho a quienes lo conocieron. Para mucha gente, un solo encuentro con Gabo fue una experiencia. García Márquez era una persona que encantaba. De alguna manera todos tenemos derecho a hablar de él, porque somos sus lectores y por eso hay muchas voces. Pero claro, también hay voces que inventan  cosas, que me dan risa. Hay una especie de mitificación de personajes que se hace con cariño y a veces de mala fe.

Por la Fundación Nuevo Periodismo han pasado más de 35.000 estudiantes y se han realizado más de 700 talleres. ¿Cómo han logrado mantenerse vigentes y con financiación en tiempos de crisis?
Con la capacidad de generar alianzas. Aliados magníficos, como la organización Ardila Lulle, Cementos Cemex, la Alcaldía de Medellín, Sura, Bancolombia, los medios de comunicación. Construimos un nodo de alianzas que nos financian y respetan nuestra independencia. También, con los maestros que nos dan su visión y con unos equipos que nos han permitido estar sintonizados con decenas de periodistas en el continente. La idea es que los jóvenes encuentren un estímulo para dar un salto cualitativo en su carrera y que los veteranos se fortalezcan, para que después de los talleres salgan  recargados al combate.

Hay quienes piensan que los periodistas de la Fundación son como una especie de intelectuales y que siempre están los mismos, mientras que muchos periodistas de a pie difícilmente pueden clasificar a un taller
Tenemos que cuidar que no sea así. No niego que es posible que haya habido gente muy talentosa que haya repetido, pero no es el interés de la Fundación crear grupos ni élites. Vamos a hacer esfuerzos para que no sea así, porque sí he oído esa crítica. Se han destacado algunos por su talento, pero no es nuestro interés que esa percepción trascienda, porque nuestra política es otra: vocación, talento.

A pesar de todos los reconocimientos que hay para la Fundación, algunas voces señalan que es como funciona como una logia de culto a Gabo. Y hay de quien ose decir algo en contra...
Nooo. Queremos mucho a Gabo pero él mismo no hubiera querido que alrededor suyo se construyera una iglesia o un fanatismo. No somos esa iglesia. Somos su Fundación, pero no su Iglesia.

Las casas de Gabo, todas idénticas

Así recuerda Jaime Abello los lugares donde residía el Premio Nobel de Literatura.

“Las casas de Gabo eran todas iguales. Caribes, con el sofá grande blanco. Conocí el apartamento de Barcelona, de Los Ángeles, la casa en La Habana, que era prestada, las de México, Cartagena y Bogotá guardaban todas los mismos elementos de decoración. En Barranquilla, en marzo del 98, lo acompañó a comprar los muebles la arquitecta Katia González, en el Prado. Y entonces eligió una casa con balcón muy grande y compraron el sofá blanco. Luego puso la misma foto de las otras, en que aparece recibiendo el Nobel, la música que prefería y el computador Macintosh.
Pareciera que además de necesitar comodidad, buscaba dónde sentirse siempre en casa, dónde envolverse. Nada pretencioso, simple pero delicioso. Son casas bonitas y muy caribes, muy de lo que se refleja en sus obras tan colombianas”.

García Márquez y las memorias de una vida bien contada

Un año como cien de soledad

Se cumple  un año de la muerte del gran escritor colombiano, cuyo legado se mantiene vivo en libros, películas y debates; su particular relación con Buenos Aires, la ciudad a la que no quiso volver

Mariposas amarillas para Gabo, en México, durante las primeras actividades en su honor. /adncultura.com

Mientras vivió cumplió su promesa de no volver nunca a Buenos Aires, la ciudad en la que se publicó Cien años de soledad y en la que en 1967 fue feliz. Quizá, como dijo con otras palabras él mismo, no quería romper el hechizo. Al cumplirse un año de la muerte de Gabriel García Márquez, sus admiradores argentinos lo traerán al país por la fuerza de la magia de la literatura y de la memoria.
En los próximos días, una serie de actividades harán que Gabo vuelva a Buenos Aires. Estará en el Festival Internacional de Poesía y en la Feria del Libro, a través de la lectura de sus obras y de los relatos de amigos y conocidos.
Pero los homenajes por el primer aniversario de su muerte ya comenzaron en Colombia y en México. La Red Nacional de Bibliotecas Públicas de Colombia comenzó ayer la jornada "Gabo vive en las bibliotecas", durante la que el público podrá participar de lecturas en voz alta de su obra. En México, ciudad donde murió el escritor, varias instituciones y librerías iniciaron actividades diversas para recordarlo. El factor común: las rosas y las mariposas amarillas que tanto gustaban a García Márquez.
Hoy la Biblioteca Nacional de Colombia abrirá una exposición con objetos personales, entre los que están la máquina de escribir con la que escribió Cien años de soledad y unas 400 ediciones de sus libros en diferentes idiomas.
Mañana, a las 21, Discovery Channel proyectará el documental Gabo, que hace un recorrido por la vida del escritor que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982.
"Gabo vuelve a Buenos Aires", el programa de actividades organizado por la embajada de Colombia en la Argentina que se desarrollará en la Feria del Libro y en el Festival Internacional de Poesía, incluye una maratón de lecturas de obras de García Márquez y mesas redondas.
En una de ellas, "Conversatorio y homenaje del Nobel colombiano", que se hará el domingo 3 de mayo en la Sala José Hernández, participará Jaime Abello Banfi, director general y cofundador, junto con García Márquez, de la Fundación Nueva Periodismo.
En diálogo con LA NACION, ayer, Banfi contó que esa Fundación prepara gran cantidad de eventos y contenidos especiales a propósito de este aniversario. "Uno de las más importantes es la participación de la FNPI en la Feria Internacional del Libro de Bogotá [Filbo]", dijo Banfi, quien integra el comité curatorial de ese programa de homenajes. En consonancia con el universo mágico creado por García Márquez, la ciudad invitada de honor de esa Feria es Macondo, la imaginada por el escritor. Banfi también anticipó que este año el anuncio de los ganadores del Premio Internacional García Márquez de Periodismo se dará a conocer el 29 y 30 de septiembre en el marco de un festival con características especiales.
El programa del Festival Internacional de Poesía incluye varias mesas por realizarse en la Usina del Arte referidas a la figura del escritor colombiano. ¿Por qué? Responde Graciela Aráoz, poeta y directora de ese festival. "A la embajada de Colombia le interesó que los poetas dijeran algo sobre la obra de García Márquez. Nosotros solemos invitar narradores para que hablen de poesía. Aquí es al revés." Y agregó: "García Márquez vivía en un mundo completamente poético. Su cabeza y su imaginación eran poéticas".
El primer año desde la desaparición de Gabo dio lugar a Gabo siempre, un libro del fotógrafo argentino Daniel Mordzinsky y el periodista mexicano Santiago Gamboa, que llegará a Colombia en mayo. Aún no tiene fecha de publicación en la Argentina. Así lo informó Penguin Random House, editorial que tiene los derechos de la obra de García Márquez y que hasta su muerte vendía unos 200.0000 ejemplares anuales de sus títulos. En 2014, luego de su fallecimiento, las ventas crecieron cerca del 30 por ciento.
"Yo soy sumamente supersticioso y hago interpretaciones de mis propios sueños", se dice que dijo alguna vez el premio Nobel colombiano. Lo cierto es que las explicaciones que dio por su decisión de no volver a la Argentina fueron varias. Las supersticiones en las que creía García Márquez darán que hablar en los encuentros que se hagan en su memoria.
El periodista Ezequiel Martínez, hijo de Tomás Eloy Martínez, amigo de Gabo, le preguntó en 1995 por qué no volvía a la Argentina. "Hasta que no se vaya Menem no pienso volver", le respondió García Márquez. "Pero después empecé a escuchar que a otros les daba otras explicaciones", dijo Martínez ayer a LA NACION. Y recordó que la última vez que vio a Gabo, en 2010, comprobó que el escritor seguía fielmente sus cábalas. "Fuimos a cenar a un restaurante y pidió que nos cambiaran de mesa cuando notó que estaba frente a un espejo", contó Martínez.
En 1999, cuando otro periodista argentino, Claudio Jacquelin, actual prosecretario de Redacción de LA NACION, le preguntó por qué no volvía al país, la respuesta fue: "Porque no hay que volver a los lugares donde lo pasaste bien".
Jacquelin, que compartió varios almuerzos con García Márquez durante un curso de la FNPI, recuerda la avidez que tenía el escritor por saber cómo estaba Buenos Aires. "Nos hacía preguntas precisas sobre cómo estaba la costanera y si todavía existían los carritos, la zona del Teatro Colón, la avenida 9 de Julio y la calle Corrientes", recordó Jacquelin. Y agregó: "También dijo que no volvía porque él tenía en la memoria una Buenos Aires que quizá no había existido nunca o quizás ya no existía de esa forma. Y no quería decepcionarse".
Sea cual fuere su motivación, lo cierto es que nunca volvió a Buenos Aires. Y quedó sin respuesta la pregunta de muchos: ¿Buenos Aires la habría decepcionado o quizá lo hubiese vuelto a seducir como en 1967?

Sus legados y reconocimientos

Un año como cien de soledad

Gabo con  Cien años de soledad  escribió el poema épico de los colombianos

Gabriel García Márquez, escribió el largo poema de la cotidianidad colombiana./semana.com

Come, my friends, ‘Tis not too late to seek a newer world. Tennyson, Ulysses
Ya lo dijo Hernando Valencia: la literatura latinoamericana alcanzó su mayoría de edad con los novelistas del boom. Antes, claro, estuvieron los poetas modernistas, pero durante el modernismo “las demás formas quedaron sumidas en una indigencia casi total”. Antes, un poco antes que los modernistas, estuvieron los viejos humanistas –con Reyes a la cabeza–, cuyo loable empeño consistió en empezar a pensar las nuevas repúblicas al tiempo que nos insertaban en la tradición clásica occidental. El paso siguiente era inevitable: ¿es esta la tradición de la cual queremos formar parte? ¿Es esta la tradición que queremos seguir alimentando? Los novelistas del boom, cómodamente instalados tras las briegas de sus antecesores en pos del reconocimiento, insistieron en seguirle dando vueltas al tema –gracias sin duda a Borges, que “nos liberó del embeleco de la autenticidad temática”. Y en el proceso de hacerlo, aprendieron por fin a escribir con la mente libre de obstáculos, incandescente, para usar los términos muy apropiados de Virginia Woolf. En el caso de los novelistas latinoamericanos en general, y de García Márquez en particular, este proceso de aprendizaje supuso abrir un boquete en la pared que nuestros conquistadores habían construido con la esperanza de borrar todo rastro de los antiguos pobladores de las Indias. Y al hacerlo, dejaron al descubierto la voz de las antípodas, que hasta entonces había permanecido ignorada: ... se dio a averiguar qué había ocurrido en el mundo mientras él dormía para que la gente de su casa y los habitantes de la ciudad anduvieran luciendo bonetes colorados y arrastrando por todas partes una ristra de cascabeles, y por fin encontró quién le contara la verdad mi general, que habían llegado unos forasteros que parloteaban en lengua ladina.... García Márquez redescubrió la posibilidad de la tradición americana. Como José Arcadio, “echó en una mochila sus instrumentos de orientación y sus mapas, y emprendió la temeraria aventura”. El corolario era ineludible: “Quizás este sea el lugar”, como escribió Bloom en el epílogo de La ansiedad de la influencia. Y quizá siempre estuvo ahí. En la introducción de su deslumbrante traducción de la Ilíada, Richard Lattimore explicó que la guerra de Troya era, para quienes lo recitaban y lo leían en tiempos de Homero, una parte de la historia, y no había desacuerdos esenciales entre ellos a la hora de narrar el curso principal de los acontecimientos. Otro tanto se puede decir de Cien años de soledad: quizás haya quien discuta los detalles, pero el grueso de la historia que cuenta sucedió así. García Márquez escribió el poema épico de los colombianos y al hacerlo creó para nosotros un pasado mítico. Lograrlo supuso además desaprender y aprender de nuevo la lengua. José Arcadio: “Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza... que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita”. Patricio Aragonés: “Estoy rogando que lo maten para que me pague esta vida de huérfano... poniéndome a beber trementina para que se me olvidara leer y escribir, con tanto trabajo como le costó a mi madre enseñarme”. La incomodidad que produjo (que produjeron) se refleja en el término acuñado para describir su trabajo: realismo mágico; lo suyo, escribió Uslar Pietri, es una negación poética de la realidad: “Lo que a falta de otra palabra podrá llamarse un realismo mágico”. Pero para Franz Roh, el crítico de arte alemán que acuñó el término en 1925, se trataba más bien de una percepción plena del mundo, una que incluyera el universo racional y el mundo invisible. Un legado así tenía que convertirse en una manzana envenenada: a partir de 1967, año de publicación de Cien años de soledad en Editorial Sudamericana, aparecieron uno tras otro textos enterrados en el barro de un ritmo impuesto, incapaces de hacer otra cosa que repetir, dando vueltas en el mismo lugar. Pero es evidente que ya llegó el momento del reconocimiento literario, cuando el padre deja de ser un tirano y se convierte en un punto de partida. Ya llegó el momento de hacer las paces, de llegar un acuerdo con el antecesor. Un buen ejemplo es La carroza de Bolívar, en la cual Evelio Rosero saluda a García Márquez al pasar y le hace guiños, a sabiendas de que va para otro lado. Uno de esos guiños es la pareja de la abuela y la nieta: pero lo que en La cándida Eréndira es tragicomedia, en Rosero es pavor puro. El otro es, por supuesto, la figura de Bolívar. Pero mientras que el uno escribió una declaración de amor al Libertador, el otro está contando una historia de amor que pasa por la figura patética de Bolívar. No contento con eso, Rosero incluso cita textualmente El general en su laberinto y lo contradice sin que le tiemble la voz. Pero tampoco la tiembla la voz con la invocación épica de la primera página: Rosero es dueño de sus tradiciones, no su esclavo. Los grandes escritores reconocen su legado, y siguen desbrozando su propio camino. Margarita Valencia.Editora, traductora y crítica literaria, además de docente e investigadora. Ha sido gerente y editora de Carlos Valencia Editores y directora de la editorial de la Universidad Nacional.