lunes, 20 de abril de 2015

Abello Banfi: "No somos la iglesia de Gabo"

Un año como cien de soledad

Desafiante. Esa fue la actitud que al Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, le hizo interesarse en Jaime Abello Banfi

Jaime Abello Banfi, director de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, Fnpi.
/elpais.com.co

Ocurrió en 1983, en una reunión donde se decidía si el Municipio debía tomar la administración del Teatro de Barranquilla, entonces en manos del Banco de la República. Gabo era defensor de la idea de entregarlo y Jaime, representante del comité intergremial del Atlántico, de no recibirlo, por todos los problemas que entonces tenía su ciudad.
De esa confrontación de ideas, que esa noche terminó en una charla cálida, en la casa de la ‘Tita’, la viuda de Álvaro Cepeda Zamudio, surgieron una serie de encuentros que 12 años después se cristalizaron en uno de los mayores anhelos de García Márquez: constituir una escuela de periodismo, inspirada también en aquella que fundó para el cine en San Antonio de los Baños, en Cuba.
El 18 de marzo de 1995, con un seminario de libertad de expresión y protección al trabajo periodístico en Colombia, comenzó el periplo académico de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, Fnpi, que desde entonces dirige Jaime, uno de los ‘Gabólogos’ más reconocidos del mundo, por la amistad que durante años de trabajo los unió.
En vísperas de cumplirse un año de la partida del Nobel, el 17 de abril, Jaime evoca su legado, habla sobre los retos de la fundación y responde a las críticas sobre el cuestionado apoyo de  Gabo a Aracataca, entre otros, en esta entrevista que le concedió a El País.

Un año después de su muerte ¿cuál cree que es el legado más grande que nos deja García Márquez?

Claramente su obra literaria, que es el gran motor de esa fama y reconocimiento universal. Pero cuando uno entra un poco más allá empieza a darse cuenta de las dimensiones de García Márquez en su amor y dedicación al periodismo. Y con su decisión de crear una institución que se dedicara a la formación de periodistas.
En lo ideológico, el haber decidido no anteponer su tendencia, sus ideas, al relacionarse con personas de cualquier posición ideológica. Fue capaz de ser amigo de Fidel Castro y de Bill Clinton a la vez. De reconciliarse con Turbay Ayala, en cuyo gobierno le tocó salir del país. Era una persona tolerante, que se dedicó  también al tema de los Derechos Humanos.
Y en lo humano, ese sentido del humor, esa mamadera de gallo pero con seriedad, que refleja que fue un hombre que se la gozó pero que trabajó duro. Esa es la lección que nos deja: que fue un hombre que basó sus historias en nuestra cultura.

Usted estaba en México, por casualidad, cuando murió Gabo. ¿Cómo fue esa última vez que lo vio?
Yo había estado unos meses atrás almorzando con Gabo, Mercedes, su hijo Gonzalo y su nieto Mateo. Regresé en abril de 2014 con intención de saludarlo y me tocó  despedirlo. Ese día, 17 de abril, entró una llamada para anunciarme que Mercedes me estaba buscando, porque Gabo había muerto. Cuando llegué a su casa, estaban  subiéndolo al vehículo de la funeraria. Me tocó ver sus restos, fugazmente.

Pero en ese último almuerzo que tuvieron, a finales de 2013, ¿cómo lo encontró? 
Ya todos sabemos que al final Gabo tenía una disminución de facultades, que no tenía la misma memoria de antes, aunque jamás perdió la consciencia. Tenía un problema de audición,  debía usar audífono y eso lo ensimismaba. Pero  mantenía la ternura, la mamadera de gallo, la capacidad de contar cuentos. Lo último que recuerdo es esa mirada cristalina, la sonrisa y la mano sobre Mercedes,  diciéndole ‘Mechas’. Se nos fue despidiendo poco a poco, se fue apagando. Se fue yendo con elegancia y eso nos hizo más llevadera su desaparición.

Los méritos de Gabo no se discuten, su valor como periodista y escritor. Sin embargo hay voces que dicen que Gabo no le dejó nada a su pueblo, que no fue generoso con Colombia…
Tengo absoluta claridad de que Gabo le dio lo más importante a una comunidad: sentido de orgullo y pertenencia. Un gran potencial  que ojalá sea bien manejado, porque el significado que tiene Aracataca a nivel mundial es muy importante y está llamada a ser un destino turístico cultural.
Es injusto que no se les reclame a otros autores que resuelvan problemas de acueducto y alcantarillado. Le echan la culpa a Gabo y  es responsabilidad  de la colectividad exigir sus derechos como contribuyentes y en segundo  lugar, es culpa de los políticos, de sus líderes.

También se le critica el haberse alejado de su país, de su gente
Eso no es cierto. Siempre tuvo una casa en Colombia. Nunca se sintió exiliado. Él tuvo que salir por una situación de emergencia, porque tenía información de que le iban a complicar la vida. Pero volvió un año después y con proyectos importantes, con la intención de hacer un periódico, hizo una fundación importante, le dejó al país una literatura con la qué sentirse representado. Fue un hombre viajero e internacional, pero su trabajo, sus preocupaciones ciudadanas y políticas estaban con Colombia. Jamás cambió de pasaporte, ni siquiera de acento. Tuvo siempre casa en Bogotá, Cartagena, México, Barcelona, La Habana, Los Ángeles donde rompió otro mito sobre su lejanía al gobierno de Estados Unidos por estar cerca de Cuba. Sobre García Márquez había muchos mitos. Y es mucho más rica la realidad que nos deja.

Otro hecho que ha causado controversia es la decisión de la familia de venderle a la Universidad de Texas algunos documentos de la vida de Gabo, porque se  esperaba que los donara a su nación...
La gente no esperaba nada. El debate surge después de que las decisiones se toman. Este es un patrimonio documental al que el mundo entero le interesa. Hay muchos autores  que a sus herederos les han entregado sus archivos y los han vendido. La Universidad de Texas va a digitalizar el material, lo va a poner al servicio de los investigadores y lo acercará a Colombia. A la Feria del libro de Bogotá vendrán dos especialistas de la universidad para hablar de los planes que tienen. Francamente creo que es una falsa discusión, porque el investigador de Colombia que tiene interés va a poder usas esos archivos, más allá del fetichismo de tenerlos aquí o allá.

Uno de los propósitos de la Fundación Nuevo Periodismo, en sus 20 años, es impulsar el centro internacional de estudios de García Márquez. ¿Cómo va ese proyecto?
Se promulgó una ley en diciembre, que contempla una serie de proyectos, actividades y políticas públicas para reconocer y preservar la memoria de García Márquez. En esa ley se promueve que en Cartagena exista un centro para su legado, que convoque el apoyo público y privado, con los ministerios de Cultura y de las TIC y con el acompañamiento de la fundación.
Este centro debe tener, por lo menos, una exposición interactiva dedicada a la vida y obra de Gabo. En segundo lugar, la escuela taller de periodismo y tercero, un centro cultural para desarrollar los temas que le interesaron a García Márquez. Además de un proyecto de memoria, de recopilación de documentos e imágenes del Nobel.

¿Usted cree que Colombia entendió lo que significó Gabo para la literatura universal?
Yo sí creo. La prueba está en la manera en que distintas instituciones lo han acogido, los eventos que se han hecho. Tuve la oportunidad de ver el especial de El País sobre la muerte de Gabo y quedé impresionado con la calidad, el amor y los datos interesantes reseñados. Nos estamos ocupando de que Gabo no se olvide y se convierta en un pretexto de cosas buenas. La Feria del libro de Bogotá tiene este año como país invitado a Macondo, campañas de lectura, salen nuevas ediciones de la obra de García Márquez y vendrán más cosas.

Frente a voces como la de María Fernanda Cabal y el controvertido trino donde aparecía una foto de Gabo y Fidel Castro con la leyenda “pronto estarán juntos en el infierno”, ¿qué impresión tiene usted?
Yo creo que tienen derecho a expresar lo que quieran, pero la verdad no incide en nada ni lo que dicen María Fernanda Cabal, ni Fernando Vallejo. García Márquez en vida nunca les respondió a sus detractores. Tampoco a nosotros nos corresponde responderles.  A María Fernanda le  sirvió el trino para posicionarse,  porque nadie la conocía hasta que empezó a hablar mal de Gabo. Entonces a ella le ha ido bien con eso, pero no tiene mucha importancia.

Tras la muerte de Gabo han surgido un montón de expertos, de amigos íntimos y uno se pregunta, ¿en realidad eran tantas las personas cercanas al Nobel?
Es una mezcla de todo. Sí fue una persona que impresionó mucho a quienes lo conocieron. Para mucha gente, un solo encuentro con Gabo fue una experiencia. García Márquez era una persona que encantaba. De alguna manera todos tenemos derecho a hablar de él, porque somos sus lectores y por eso hay muchas voces. Pero claro, también hay voces que inventan  cosas, que me dan risa. Hay una especie de mitificación de personajes que se hace con cariño y a veces de mala fe.

Por la Fundación Nuevo Periodismo han pasado más de 35.000 estudiantes y se han realizado más de 700 talleres. ¿Cómo han logrado mantenerse vigentes y con financiación en tiempos de crisis?
Con la capacidad de generar alianzas. Aliados magníficos, como la organización Ardila Lulle, Cementos Cemex, la Alcaldía de Medellín, Sura, Bancolombia, los medios de comunicación. Construimos un nodo de alianzas que nos financian y respetan nuestra independencia. También, con los maestros que nos dan su visión y con unos equipos que nos han permitido estar sintonizados con decenas de periodistas en el continente. La idea es que los jóvenes encuentren un estímulo para dar un salto cualitativo en su carrera y que los veteranos se fortalezcan, para que después de los talleres salgan  recargados al combate.

Hay quienes piensan que los periodistas de la Fundación son como una especie de intelectuales y que siempre están los mismos, mientras que muchos periodistas de a pie difícilmente pueden clasificar a un taller
Tenemos que cuidar que no sea así. No niego que es posible que haya habido gente muy talentosa que haya repetido, pero no es el interés de la Fundación crear grupos ni élites. Vamos a hacer esfuerzos para que no sea así, porque sí he oído esa crítica. Se han destacado algunos por su talento, pero no es nuestro interés que esa percepción trascienda, porque nuestra política es otra: vocación, talento.

A pesar de todos los reconocimientos que hay para la Fundación, algunas voces señalan que es como funciona como una logia de culto a Gabo. Y hay de quien ose decir algo en contra...
Nooo. Queremos mucho a Gabo pero él mismo no hubiera querido que alrededor suyo se construyera una iglesia o un fanatismo. No somos esa iglesia. Somos su Fundación, pero no su Iglesia.

Las casas de Gabo, todas idénticas

Así recuerda Jaime Abello los lugares donde residía el Premio Nobel de Literatura.

“Las casas de Gabo eran todas iguales. Caribes, con el sofá grande blanco. Conocí el apartamento de Barcelona, de Los Ángeles, la casa en La Habana, que era prestada, las de México, Cartagena y Bogotá guardaban todas los mismos elementos de decoración. En Barranquilla, en marzo del 98, lo acompañó a comprar los muebles la arquitecta Katia González, en el Prado. Y entonces eligió una casa con balcón muy grande y compraron el sofá blanco. Luego puso la misma foto de las otras, en que aparece recibiendo el Nobel, la música que prefería y el computador Macintosh.
Pareciera que además de necesitar comodidad, buscaba dónde sentirse siempre en casa, dónde envolverse. Nada pretencioso, simple pero delicioso. Son casas bonitas y muy caribes, muy de lo que se refleja en sus obras tan colombianas”.

García Márquez y las memorias de una vida bien contada

Un año como cien de soledad

Se cumple  un año de la muerte del gran escritor colombiano, cuyo legado se mantiene vivo en libros, películas y debates; su particular relación con Buenos Aires, la ciudad a la que no quiso volver

Mariposas amarillas para Gabo, en México, durante las primeras actividades en su honor. /adncultura.com

Mientras vivió cumplió su promesa de no volver nunca a Buenos Aires, la ciudad en la que se publicó Cien años de soledad y en la que en 1967 fue feliz. Quizá, como dijo con otras palabras él mismo, no quería romper el hechizo. Al cumplirse un año de la muerte de Gabriel García Márquez, sus admiradores argentinos lo traerán al país por la fuerza de la magia de la literatura y de la memoria.
En los próximos días, una serie de actividades harán que Gabo vuelva a Buenos Aires. Estará en el Festival Internacional de Poesía y en la Feria del Libro, a través de la lectura de sus obras y de los relatos de amigos y conocidos.
Pero los homenajes por el primer aniversario de su muerte ya comenzaron en Colombia y en México. La Red Nacional de Bibliotecas Públicas de Colombia comenzó ayer la jornada "Gabo vive en las bibliotecas", durante la que el público podrá participar de lecturas en voz alta de su obra. En México, ciudad donde murió el escritor, varias instituciones y librerías iniciaron actividades diversas para recordarlo. El factor común: las rosas y las mariposas amarillas que tanto gustaban a García Márquez.
Hoy la Biblioteca Nacional de Colombia abrirá una exposición con objetos personales, entre los que están la máquina de escribir con la que escribió Cien años de soledad y unas 400 ediciones de sus libros en diferentes idiomas.
Mañana, a las 21, Discovery Channel proyectará el documental Gabo, que hace un recorrido por la vida del escritor que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982.
"Gabo vuelve a Buenos Aires", el programa de actividades organizado por la embajada de Colombia en la Argentina que se desarrollará en la Feria del Libro y en el Festival Internacional de Poesía, incluye una maratón de lecturas de obras de García Márquez y mesas redondas.
En una de ellas, "Conversatorio y homenaje del Nobel colombiano", que se hará el domingo 3 de mayo en la Sala José Hernández, participará Jaime Abello Banfi, director general y cofundador, junto con García Márquez, de la Fundación Nueva Periodismo.
En diálogo con LA NACION, ayer, Banfi contó que esa Fundación prepara gran cantidad de eventos y contenidos especiales a propósito de este aniversario. "Uno de las más importantes es la participación de la FNPI en la Feria Internacional del Libro de Bogotá [Filbo]", dijo Banfi, quien integra el comité curatorial de ese programa de homenajes. En consonancia con el universo mágico creado por García Márquez, la ciudad invitada de honor de esa Feria es Macondo, la imaginada por el escritor. Banfi también anticipó que este año el anuncio de los ganadores del Premio Internacional García Márquez de Periodismo se dará a conocer el 29 y 30 de septiembre en el marco de un festival con características especiales.
El programa del Festival Internacional de Poesía incluye varias mesas por realizarse en la Usina del Arte referidas a la figura del escritor colombiano. ¿Por qué? Responde Graciela Aráoz, poeta y directora de ese festival. "A la embajada de Colombia le interesó que los poetas dijeran algo sobre la obra de García Márquez. Nosotros solemos invitar narradores para que hablen de poesía. Aquí es al revés." Y agregó: "García Márquez vivía en un mundo completamente poético. Su cabeza y su imaginación eran poéticas".
El primer año desde la desaparición de Gabo dio lugar a Gabo siempre, un libro del fotógrafo argentino Daniel Mordzinsky y el periodista mexicano Santiago Gamboa, que llegará a Colombia en mayo. Aún no tiene fecha de publicación en la Argentina. Así lo informó Penguin Random House, editorial que tiene los derechos de la obra de García Márquez y que hasta su muerte vendía unos 200.0000 ejemplares anuales de sus títulos. En 2014, luego de su fallecimiento, las ventas crecieron cerca del 30 por ciento.
"Yo soy sumamente supersticioso y hago interpretaciones de mis propios sueños", se dice que dijo alguna vez el premio Nobel colombiano. Lo cierto es que las explicaciones que dio por su decisión de no volver a la Argentina fueron varias. Las supersticiones en las que creía García Márquez darán que hablar en los encuentros que se hagan en su memoria.
El periodista Ezequiel Martínez, hijo de Tomás Eloy Martínez, amigo de Gabo, le preguntó en 1995 por qué no volvía a la Argentina. "Hasta que no se vaya Menem no pienso volver", le respondió García Márquez. "Pero después empecé a escuchar que a otros les daba otras explicaciones", dijo Martínez ayer a LA NACION. Y recordó que la última vez que vio a Gabo, en 2010, comprobó que el escritor seguía fielmente sus cábalas. "Fuimos a cenar a un restaurante y pidió que nos cambiaran de mesa cuando notó que estaba frente a un espejo", contó Martínez.
En 1999, cuando otro periodista argentino, Claudio Jacquelin, actual prosecretario de Redacción de LA NACION, le preguntó por qué no volvía al país, la respuesta fue: "Porque no hay que volver a los lugares donde lo pasaste bien".
Jacquelin, que compartió varios almuerzos con García Márquez durante un curso de la FNPI, recuerda la avidez que tenía el escritor por saber cómo estaba Buenos Aires. "Nos hacía preguntas precisas sobre cómo estaba la costanera y si todavía existían los carritos, la zona del Teatro Colón, la avenida 9 de Julio y la calle Corrientes", recordó Jacquelin. Y agregó: "También dijo que no volvía porque él tenía en la memoria una Buenos Aires que quizá no había existido nunca o quizás ya no existía de esa forma. Y no quería decepcionarse".
Sea cual fuere su motivación, lo cierto es que nunca volvió a Buenos Aires. Y quedó sin respuesta la pregunta de muchos: ¿Buenos Aires la habría decepcionado o quizá lo hubiese vuelto a seducir como en 1967?

Sus legados y reconocimientos

Un año como cien de soledad

Gabo con  Cien años de soledad  escribió el poema épico de los colombianos

Gabriel García Márquez, escribió el largo poema de la cotidianidad colombiana./semana.com

Come, my friends, ‘Tis not too late to seek a newer world. Tennyson, Ulysses
Ya lo dijo Hernando Valencia: la literatura latinoamericana alcanzó su mayoría de edad con los novelistas del boom. Antes, claro, estuvieron los poetas modernistas, pero durante el modernismo “las demás formas quedaron sumidas en una indigencia casi total”. Antes, un poco antes que los modernistas, estuvieron los viejos humanistas –con Reyes a la cabeza–, cuyo loable empeño consistió en empezar a pensar las nuevas repúblicas al tiempo que nos insertaban en la tradición clásica occidental. El paso siguiente era inevitable: ¿es esta la tradición de la cual queremos formar parte? ¿Es esta la tradición que queremos seguir alimentando? Los novelistas del boom, cómodamente instalados tras las briegas de sus antecesores en pos del reconocimiento, insistieron en seguirle dando vueltas al tema –gracias sin duda a Borges, que “nos liberó del embeleco de la autenticidad temática”. Y en el proceso de hacerlo, aprendieron por fin a escribir con la mente libre de obstáculos, incandescente, para usar los términos muy apropiados de Virginia Woolf. En el caso de los novelistas latinoamericanos en general, y de García Márquez en particular, este proceso de aprendizaje supuso abrir un boquete en la pared que nuestros conquistadores habían construido con la esperanza de borrar todo rastro de los antiguos pobladores de las Indias. Y al hacerlo, dejaron al descubierto la voz de las antípodas, que hasta entonces había permanecido ignorada: ... se dio a averiguar qué había ocurrido en el mundo mientras él dormía para que la gente de su casa y los habitantes de la ciudad anduvieran luciendo bonetes colorados y arrastrando por todas partes una ristra de cascabeles, y por fin encontró quién le contara la verdad mi general, que habían llegado unos forasteros que parloteaban en lengua ladina.... García Márquez redescubrió la posibilidad de la tradición americana. Como José Arcadio, “echó en una mochila sus instrumentos de orientación y sus mapas, y emprendió la temeraria aventura”. El corolario era ineludible: “Quizás este sea el lugar”, como escribió Bloom en el epílogo de La ansiedad de la influencia. Y quizá siempre estuvo ahí. En la introducción de su deslumbrante traducción de la Ilíada, Richard Lattimore explicó que la guerra de Troya era, para quienes lo recitaban y lo leían en tiempos de Homero, una parte de la historia, y no había desacuerdos esenciales entre ellos a la hora de narrar el curso principal de los acontecimientos. Otro tanto se puede decir de Cien años de soledad: quizás haya quien discuta los detalles, pero el grueso de la historia que cuenta sucedió así. García Márquez escribió el poema épico de los colombianos y al hacerlo creó para nosotros un pasado mítico. Lograrlo supuso además desaprender y aprender de nuevo la lengua. José Arcadio: “Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza... que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita”. Patricio Aragonés: “Estoy rogando que lo maten para que me pague esta vida de huérfano... poniéndome a beber trementina para que se me olvidara leer y escribir, con tanto trabajo como le costó a mi madre enseñarme”. La incomodidad que produjo (que produjeron) se refleja en el término acuñado para describir su trabajo: realismo mágico; lo suyo, escribió Uslar Pietri, es una negación poética de la realidad: “Lo que a falta de otra palabra podrá llamarse un realismo mágico”. Pero para Franz Roh, el crítico de arte alemán que acuñó el término en 1925, se trataba más bien de una percepción plena del mundo, una que incluyera el universo racional y el mundo invisible. Un legado así tenía que convertirse en una manzana envenenada: a partir de 1967, año de publicación de Cien años de soledad en Editorial Sudamericana, aparecieron uno tras otro textos enterrados en el barro de un ritmo impuesto, incapaces de hacer otra cosa que repetir, dando vueltas en el mismo lugar. Pero es evidente que ya llegó el momento del reconocimiento literario, cuando el padre deja de ser un tirano y se convierte en un punto de partida. Ya llegó el momento de hacer las paces, de llegar un acuerdo con el antecesor. Un buen ejemplo es La carroza de Bolívar, en la cual Evelio Rosero saluda a García Márquez al pasar y le hace guiños, a sabiendas de que va para otro lado. Uno de esos guiños es la pareja de la abuela y la nieta: pero lo que en La cándida Eréndira es tragicomedia, en Rosero es pavor puro. El otro es, por supuesto, la figura de Bolívar. Pero mientras que el uno escribió una declaración de amor al Libertador, el otro está contando una historia de amor que pasa por la figura patética de Bolívar. No contento con eso, Rosero incluso cita textualmente El general en su laberinto y lo contradice sin que le tiemble la voz. Pero tampoco la tiembla la voz con la invocación épica de la primera página: Rosero es dueño de sus tradiciones, no su esclavo. Los grandes escritores reconocen su legado, y siguen desbrozando su propio camino. Margarita Valencia.Editora, traductora y crítica literaria, además de docente e investigadora. Ha sido gerente y editora de Carlos Valencia Editores y directora de la editorial de la Universidad Nacional.

Zambra: "Todas las novelas son políticas"

Alejandro Zambra, recientemente galardonado con el premio Príncipe Claus en Holanda, habla de su trabajo literario, su apuesta por el cuento y su relación con el trabajo de Gabriel García Márquez

 
Alejandro Zambra, escritor chileno. /elespectador.com
Alejadro Zambra es uno de los escritores chilenos más jóvenes y talentosos de América Latina. Desde la publicación del libro Bonsái, en 2006, irrumpió en el campo literario occidental logrando reconocimientos de gran talla como el Premio de la Crítica en Chile (2007), el Premio Altazor (2012), el Premio del Consejo Nacional del libro a la mejor novela del año 2007 y 2012, el English Pen Award -por la edición inglesa de su libro Formas de volver a casa- y el renombrado Premio Príncipe Claus, en Holanda, por el compendio total de su obra.
Estudió literatura en la Universidad de Chile y actualmente es profesor de la Universidad Diego Portales de ese país. En entrevista con el El Espectador habló de la relación entre literatura y política, su proceso creativo y lo que opina sobre la llegada de su su libro Bonsái a la pantalla grande.
Si bien Formas de volver a casa no es una novela autobiográfica, su trabajo reconstruye la vida cotidiana de Santiago de Chile durante la dictadura desde una mirada más incisiva. ¿Cuáles fueron las motivaciones para escribir esta obra?
La motivación inicial fue principalmente dar cuenta de ciertos espacios, sobre todo Maipú (en la periferia de Santiago), y recuperar algunas imágenes, buscarlas. La novela fue saliendo de ahí. Quería hablar de la infancia, porque para las personas chilenas de mi edad hablar de la infancia es lo mismo que hablar de la dictadura. Siempre me ha interesado hurgar en el vínculo entre lo público y lo íntimo: cómo ninguna experiencia, por personal que sea, es completamente tuya. Motivaciones, en todo caso, hay muchas más. Y quizás una de las más importantes era describir esa vacilación dolorosa entre el “yo” y el “nosotros”, la diferencia entre el silencio y el silenciamiento.
Esa novela está ambientada en un contexto doloroso dentro de la historia latinoamericana como lo es la dictadura de Pinochet. ¿Cuál cree que es la relación entre política y literatura?
Todas las novelas son políticas, aunque no hablen de política. Creo que en este punto se exagera la literalidad, se le pide a las novelas que sean explícitas, no entiendo para qué. Una novela muestra complejidades, entramados, intersticios. No creo en esa idea de “mensaje”, que sigue primando entre algunos lectores, como expectativa.

Usted comezó su carrera en el mundo de la poesía y terminó en la literatura ¿Que lo llevó a la escritura de esa primera novela, Bonsái?
Los poemas no me salían bien. Mis mejores amigos escribían tan evidentemente mejor que yo que había que buscar por otro lado, a esa altura de la vida ya era evidente que no iba a ser rockero ni futbolista profesional. Pero realmente no sé qué pasó ahí. Me obsesioné con esa idea de los bonsáis, a lo mejor porque en ese tiempo sonaba mucho por acá Florecita rockera.

¿Cómo fue esa experiencia de ver una versión de Bonsai en cine?
Creo que Bonsái era una novela muy poco apta para ser convertida en película y me impresionó que Cristián Jiménez quisiera hacerla. Yo no lo conocía, pero teníamos la misma edad, y él vio algo en el libro que compartía. Pero su propósito no era “referencial”, él quería hacer algo con mi libro, algo de él. Eso me gustó: que hiciera lo que quisiera con mi libro. Mis impresiones al ver la película fueron muy complejas. Sentí que la había perdido y que eso estaba bien. Pensé que ahora el libro empezaba a pertenecerme de otra manera. Me gustó mucho la película, en todo caso. Son obras muy distintas, pero comparten el espíritu. Además, es raro que una película sea más larga que el libro. A lo mejor, para ahorrar tiempo, hay gente que prefiere leer el libro (risas).
¿Cómo es su proceso creativo? Es bastante desordenado. Más que metódico o disciplinado, soy obsesivo. Cuando estoy en algo puedo pasar horas errando, buscando y corrigiendo. Pero hay días en que escribo poco, apenas unos párrafos de un diario que llevo hace algunos años.

Una de sus obras recientes es Mis documentos, ¿qué hay detrás a la apuesta por el cuento?
Nunca tengo tan claros los porqués, pero disfruté mucho esta escritura, la forma en la que se fue armando, bastante natural. Son once relatos, ninguno demasiado parecido al otro, como los once hijos de Kafka, aunque de algún modo todos hablan sobre el deseo de pertenecer, de encontrar un lugar en el mundo.
¿Cómo ha sido su relación con el trabajo de Gabriel García Márquéz?
Para mí leerlo fue siempre importante. Me gustan todas sus obras, salvo la última, que como kawabatiano acérrimo incluso me molestó. Una de las mejores novelas que he leído en la vida es El coronel no tiene quien le escriba. No creo que haya un final más demoledor y desesperanzado que el de esa novela.

¿Cuál sería su consejo para los jóvenes poetas y novelistas latinoamericanos que aún no logran el despegue de sus carrera?
Quizás no creer demasiado ni en la palabra “despegue” ni en la palabra “carrera”. Luchar contra la claustrofobia y contra la claustrofilia con el mismo ímpetu. Y mostrar los textos a los amigos, compartirlos.
¿Y qué obras les recomendaría por considerarlas claves en la formación de un escritor?
Eso es muy subjetivo. Podrían ser Mis amigos, de Emmanuel Bove; Spoon River Anthology, de Edgar Lee Masters (que no es una novela); El libro de la almohada, de Sei Shonagon (que tampoco es exactamente una novela); los diarios de Julio Ramón Ribeyro; y la obra completa de Kafka, pero sobre todo el relato Once hijos.
¿Cuáles son las cinco novelas que no pueden faltar en la biblioteca de Alejandro Zambra?
Es difícil elegir... quizás El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati; Auto de fe, de Elias Canetti; Autobiografía de mi madre, de Jamaica Kincaid; En busca del tiempo perdido,de Marcel Proust y La montaña mágica.

domingo, 19 de abril de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles
Nabo estaba de bruces sobre la hierba muerta. Sentía el olor a establo orinado estregándose en el cuerpo. Sentía en la piel gris y brillante el rescoldo tibio de los últimos caballos, pero no sentía la piel. Nabo no sentía nada. Era como si se hubiera quedado dormido con el último golpe de la herradura en la frente y ahora no tuviera más que ese solo sentido. Un doble sentido que le indicaba a la vez el olor a establo húmedo y el innumerable cositeo de los insectos invisibles en la hierba. Abrió los párpados. Volvió a cerrarlos y permaneció quieto después, estirado, duro, como había estado toda la tarde, sintiéndose crecer sin tiempo, hasta cuando alguien dijo a sus espaldas: “Anda, Nabo. Ya dormiste bastante”. Se volteó y no vio los caballos, pero la puerta estaba cerrada. Nabo debió imaginar que las bestias estaban en algún lugar de la oscuridad, a pesar de que no oía su impaciente cocear. Imaginaba que quien le hablaba lo hacía desde afuera de la caballeriza, porque la puerta estaba cerrada por dentro y la tranca corrida. Otra vez dijo la voz a sus espaldas: “Es cierto, Nabo, ya dormiste bastante. Tienes como tres días de estar durmiendo…” Sólo entonces Nabo abrió los ojos por completo y recordó: “Estoy aquí porque me pateó un caballo”.
No sabía en qué hora estaba viviendo. Ahora los días habían quedado atrás. Era como si alguien hubiera pasado una esponja húmeda sobre aquellos remotos sábados en la noche en que iba a la plaza del pueblo. Se olvidó de la camisa blanca. Se olvidó de que tenía un sombrero verde, de paja verde, y un pantalón oscuro. Se olvidó de que no tenía zapatos. Nabo iba a la plaza los sábados en la noche, se sentaba en un rincón, callado, pero no para oír la música sino para ver al negro. Todos los sábados lo veía. El negro usaba anteojos de carey amarrados a las orejas y tocaba el saxofón en uno de los atriles posteriores. Nabo veía al negro, pero el negro no veía a Nabo. Por lo menos, si alguien hubiera visto seguido que Nabo iba a la plaza los sábados por la noche para ver al negro y le hubiera preguntado (no ahora porque no podría recordarlo) si el negro lo había visto alguna vez, Nabo habría dicho que no. Era lo único que hacía después de cepillar los caballos: ver al negro.
Un sábado el negro no estuvo en su puesto de la banda. Nabo debió pensar al principio que no volvería a tocar en los conciertos populares, a pesar de que el atril estaba allí. Aunque precisamente por eso, porque el atril estaba allí, fue por lo que más tarde pensó que el negro volvería el sábado siguiente. Pero el sábado siguiente no volvió ni estaba el atril en su puesto.
Nabo se volteó sobre un costado y vio al hombre que le hablaba. Al principio no lo reconoció, borrado por la oscuridad de la caballeriza. El hombre estaba sentado en una saliente del entablado, hablando y dándose golpecitos en las rodillas. “Me pateó un caballo”, volvió a decir Nabo, tratando de reconocer al hombre. “Es verdad”, dijo el hombre. “Ahora los caballos no están aquí y te estamos esperando en el coro.” Nabo sacudió la cabeza. Todavía no había empezado a pensar. Pero ya creía haber visto al hombre en alguna parte. El hombre decía que a Nabo lo estaban esperando en el coro. Nabo no entendía, pero tampoco extrañaba que alguien le dijera eso, porque todos los días, mientras cepillaba los caballos, inventaba canciones para distraerlos. Después cantaba en la sala para distraer a la niña muda, con las mismas canciones de los caballos. Pero la niña estaba en otro mundo, en el mundo de la sala, sentada, con los ojos fijos en la pared. Si cuando cantaba alguien le hubiera dicho que lo llevaría a un coro, no se habría sorprendido. Ahora se sorprendía menos porque no entendía. Estaba fatigado, embotado, bruto. “Quiero saber dónde están los caballos”, dijo. Y el hombre dijo: “Ya te dije que los caballos no están aquí. Sólo nos interesaba traer una voz como la tuya”. Y quizás, boca abajo sobre la hierba, Nabo oía, pero no podía diferenciar el dolor que había dejado la herradura en la frente, de las otras sensaciones desordenadas. Volvió la cabeza en la hierba y se quedó dormido.

Nabo fue todavía durante dos o tres semanas a la plaza, a pesar de que el negro ya no estaba en la banda. Tal vez alguien le habría respondido si Nabo hubiera preguntado qué había sucedido con el negro. Pero no lo preguntó, sino que siguió asistiendo a los conciertos hasta cuando otro hombre, con otro saxófono, vino a ocupar el puesto del negro. Entonces Nabo se convenció de que el negro no volvería más y resolvió no volver él mismo a la plaza. Cuando despertó creía haber dormido muy poco tiempo. Todavía le ardía en la nariz el olor a hierba húmeda. Todavía permanecía la oscuridad, delante de sus ojos, rodeándolo. Pero todavía el hombre estaba en el rincón. La voz oscura y pacífica del hombre que se golpeaba las rodillas, diciendo: “Te estamos esperando, Nabo. Tienes como dos años de estar durmiendo y no has querido levantarte”. Entonces Nabo volvió a cerrar los ojos. Los abrió luego. Se quedó mirando hacia el rincón y vio otra vez al hombre, desorientado, perplejo. Sólo entonces lo reconoció.
Si los de la casa hubiéramos sabido qué hacía Nabo en la plaza los sábados en la no- che habríamos pensado que cuando dejó de ir lo hizo porque ya tenía música en la casa. Esto fue cuando llevamos la ortofónica para distraer a la niña. Cuando se necesitaba una persona que le diera cuerda durante todo el día, parecía lo más natural que esa persona fuera Nabo. Podría hacerlo cuando no tuviera que atender a los caballos. La niña perma- necía sentada, oyendo los discos. A veces, cuando la música estaba sonando, la niña ba- jaba del asiento, todavía sin dejar de mirar la pared, babeando, y se arrastraba hasta el comedor. Nabo levantaba la aguja y empezaba a cantar. Al principio, cuando llegó a la casa y le preguntamos qué sabía hacer, Nabo dijo que sabía cantar. Pero eso no le interesaba a nadie. Lo que se necesitaba era un muchacho que cepillara los caballos. Nabo se quedó, pero siguió cantando, como si lo hubiéramos aceptado para que cantara y eso de cepillar los caballos no fuera sino una distracción que hacía más liviano el trabajo. Eso duró más de un año, hasta cuando los dos de la casa nos acostumbramos a la idea de que la niña no podría caminar, no reconocería a nadie, no dejaría de ser la niña muerta y sola que oía la ortofónica, mirando la pared fríamente, hasta cuando la levantábamos del asiento y la conducíamos al cuarto. Entonces dejó de dolernos, pero Nabo siguió fiel, puntual, dándole cuerda a la ortofónica. Eso fue por los días en que Nabo no había dejado de asistir a la plaza los sábados en la noche. Un día, cuando el muchacho estaba en la caballeriza, alguien dijo junto a la ortofónica: “Nabo”. Estábamos en el corredor, sin preocuparnos de lo que nadie hubiera podido decir. Pero cuando oímos por segunda vez “Nabo”, levantamos la cabeza y preguntamos: ¿Quién está con la niña? Y alguien dijo: “No he visto entrar a nadie”. Y otro dijo: “Estoy seguro de haber oído una voz que dijo: ¡Nabo!” Pero cuando fuimos a ver sólo encontramos a la niña en el suelo, recostada contra la pared.
Nabo regresó temprano y se acostó. Fue el sábado siguiente que no volvió a la plaza porque el negro ya había sido reemplazado y tres semanas después, un lunes, la ortofónica empezó a sonar mientras Nabo se encontraba en la caballeriza. Nadie se preocupó al principio. Sólo después, cuando vimos venir al negrito, cantando y chorreando todavía el agua de los caballos, le dijimos: “¿Por dónde saliste?” Él dijo: “Por la puerta. Estaba en la caballeriza desde el mediodía”. “La ortofónica está sonando. ¿No la oyes?”, le dijimos. Y Nabo dijo que sí. Y nosotros le dijimos: “¿Quién le dio cuerda?” Y él, encogiéndose de hombros: “La niña. Hace tiempo es ella la que le da cuerda”.
Así estuvieron las cosas hasta el día en que lo encontramos de bruces en la hierba, encerrado en la caballeriza y con la orilla de la herradura incrustada en la frente. Cuando lo levantamos por los hombros, Nabo dijo: “Estoy aquí porque me pateó un caballo”. Pero nadie se interesó por lo que él pudiera decir. Nos interesaban los ojos fríos y muertos y la boca llena de espumarajos verdes. Pasó toda la noche llorando, ardido por la fiebre, delirando, hablando del peine que se perdió en los yerbales de la caballeriza. Esto fue el primer día. Al siguiente, cuando abrió los ojos y dijo: “Tengo sed” y le llevamos agua y se la bebió toda de un sorbo y pidió un poco más dos veces, le preguntamos cómo se sentía y él dijo: “Me siento como si me hubiera pateado un caballo”. Y siguió hablando durante todo el día y toda la noche. Y finalmente se sentó en la cama, señaló hacia arriba, con el índice, y dijo que el galope de los caballos no lo había dejado dormir en toda la noche. Pero desde la noche anterior no tenía fiebre. Ya no deliraba, pero siguió hablando hasta cuando le introdujeron un pañuelo en la boca. Entonces Nabo empezó a cantar por detrás del pañuelo: a decir que oía, junto a la oreja, la respiración de los caballos, buscando el agua por encima de la puerta cerrada. Cuando le quitamos el pañuelo para que comiera algo, se volteó contra la pared y todos creímos que se había dormido y hasta es posible que hubiera dormido un poco. Pero cuando despertó ya no estaba en la cama. Tenía los pies atados y las manos atadas a un horcón del cuarto. Amarrado, Nabo empezó a cantar.
Cuando lo reconoció Nabo le dijo al hombre: “Yo lo he visto antes”. Y el hombre dijo: “Todos los sábados me veías en la plaza”, y Nabo dijo: “Es verdad, pero yo creía que yo lo veía a usted y usted no me veía”. Y el hombre dijo: “Nunca te vi, pero después, cuando dejé de ir, sentí como si alguien hubiera dejado de verme los sábados”. Y Nabo dijo: “Usted no volvió más pero yo seguí yendo durante tres o cuatro semanas”. Y el hombre, todavía sin moverse, dándose golpecitos en las rodillas, “Yo no podía volver a la plaza, a pesar de que era lo único que valía la pena”. Nabo trató de incorporarse, sacudió la cabeza en la hierba y siguió oyendo la fría voz obstinada, hasta cuando ya no tuvo tiempo ni siquiera para saber que otra vez se estaba quedando dormido. Siempre, desde cuando lo pateó el caballo, le sucedía eso. Y siempre oía la voz “Te estamos esperando, Nabo. Ya no hay manera de medir el tiempo que llevas de estar dormido”.
Cuatro semanas después de que el negro volvió a la banda, Nabo le estaba peinando la cola a uno de los caballos. Nunca lo había hecho. Simplemente los cepillaba y se ponía a cantar mientras tanto. Pero el miércoles había ido al mercado y había visto un peine y se había dicho: “Este peine para peinarle la cola a los caballos”. Entonces fue cuando sucedió lo del caballo que le dio la patada y lo dejó atolondrado para toda la vida, diez o quince años antes. Alguien dijo en la casa: “Era preferible que se hubiera muerto aquel día y no que siguiera así, rematado, hablando disparates para toda la vida”. Pero nadie había vuelto a verlo desde el día en que lo encerramos. Sólo sabíamos que estaba allí, encerrado en el cuarto, y que desde entonces la niña no había vuelto a mover la ortofónica. Pero en la casa apenas teníamos interés en saberlo. Lo habíamos encerrado como si fuera un caballo, como si la patada le hubiera comunicado la torpeza y se le hubiera incrustado en la frente toda la estupidez de los caballos; la animalidad. Y lo dejamos aislado en cuatro paredes, como si hubiéramos resuelto que se muriera de encierro porque no habíamos tenido la suficiente sangre fría para matarlo de otra manera. Así pasaron catorce años, hasta cuando uno de los niños creció y dijo que tenía deseos de verle la cara. Y abrió la puerta.
Nabo volvió a mirar al hombre. “Me pateó un caballo”, dijo. Y el hombre dijo: “Hace siglos que estás diciendo eso y mientras tanto, te estamos aguardando en el coro”. Nabo volvió a sacudir la cabeza, volvió a hundir la frente herida en la hierba y creyó recordar, de pronto, cómo habían sucedido las cosas. “Era la primera vez que le peinaba la cola a un caballo”, dijo. Y el hombre dijo: “Nosotros lo quisimos así, para que vinieras a cantar en el coro”. Y Nabo dijo: “No he debido comprar el peine”. Y el hombre dijo: “De todos modos lo habrías encontrado. Nosotros habíamos resuelto que encontraras el peine y le peinaras la cola a los caballos”. Y Nabo dijo: “Nunca me había parado detrás”. Y el hombre, todavía tranquilo, todavía sin parecer impaciente: “Pero te paraste y el caballo te pateó. Era la única manera de que vinieras al coro”. Y la conversación, implacable, diaria, continuó hasta cuando alguien dijo en la casa: “Hacía como quince años que nadie abría esa puerta”. La niña (no había crecido. Había pasado de los treinta años y empezaba a entristecer en los párpados) estaba sentada, mirando la pared, cuando abrieron la puerta. Ella volteó el rostro, olfateando, hacia el otro lado. Y cuando cerraron la puerta, volvieron a decir: “Nabo está tranquilo. Ya no se mueve adentro. Un día de esos se morirá y no lo sabremos sino por el olor”. Y alguien dijo: “Lo sabremos por la comida. Nunca ha dejado de comer. Está bien así, encerrado, sin que nadie lo moleste. Por el lado de atrás le entra buena luz”. Y las cosas se quedaron de ese modo; sólo que la niña siguió mirando hacia la puerta, olfateando el vaho caliente que se filtraba por la hendidura. Estuvo así hasta la madrugada, cuando oímos un ruido metálico en la sala y recordamos que era el mismo ruido que se oía quince años atrás, cuando Nabo le daba cuerda a la ortofónica. Nos levantamos, encendimos la lámpara y oímos los primeros compases de la canción olvidada; de la canción triste que se había muerto en los discos desde hacía tanto tiempo. El ruido siguió sonando cada vez más forzado, hasta cuando se oyó un golpe seco, en el instante en que llegamos a la sala y sentimos que todavía el disco seguía sonando y vimos a la niña en el rincón junto a la ortofónica, mirando a la pared y con la manivela levantada, desprendida de la caja sonora. No nos movimos. La niña no se movió sino que siguió allí, quieta, endurecida, mirando la pared y con la manivela levantada. Nosotros no dijimos nada, sino que regresamos al cuarto, recordando que alguien nos había dicho alguna vez que la niña sabía darle cuerda a la ortofónica. Pensándolo nos quedamos sin dormir, oyendo la musiquita gastada del disco que seguía girando con el exceso de la cuerda rota.
El día anterior, cuando abrieron la puerta, olía adentro a desperdicios biológicos, a cuerpo muerto. El que había abierto gritó: “¡Nabo! ¡Nabo!” Pero nadie respondió desde adentro. Junto a la hendija estaba el plato vacío. Tres veces al día se introducía el plato por debajo de la puerta y tres veces el plato volvía a salir, sin comida. Por eso sabíamos que Nabo estaba vivo. Pero nada más que por eso.
Ya no se movía adentro, ya no cantaba. Y debió ser después que cerraron la puerta cuando Nabo dijo al hombre: “No puedo ir al coro”. Y el hombre preguntó: “¿Por qué?” Y Nabo dijo: “Porque no tengo zapatos”. Y el hombre, levantando los pies, dijo: “Eso no importa. Aquí nadie usa zapatos”. Y Nabo vio la planta amarilla y dura de los pies des- calzos que el hombre tenía levantados. “Hace una eternidad que estoy aquí”, dijo el hombre. “Hace apenas un momento que me pateó el caballo”, dijo Nabo. “Ahora me echaré un poco de agua en la cabeza y los llevaré a dar una vuelta.” Y el hombre dijo: “Ya los caballos no necesitan de ti. Ya no hay caballos. Eres tú quien debe venir con nosotros”. Y Nabo dijo: “Los caballos deberían de estar aquí”. Se incorporó un poco, hundió las manos entre la hierba mientras el hombre decía: “Hace quince años que no tienen quien los cuide”. Pero Nabo rasguñaba el suelo debajo de la hierba, diciendo: “Todavía debe estar el peine por aquí”. Y el hombre decía: “La caballeriza la clausuraron hace quince años. Ahora está llena de escombros”. Y Nabo decía: “No hay escombros que se formen en una tarde. Hasta que no encuentre el peine no me moveré de aquí”.
Al día siguiente, después de que volvieron a asegurar la puerta, fue cuando volvieron a oírse los trabajosos movimientos interiores. Nadie se movió después. Nadie volvió a decir nada cuando se oyeron los primeros crujidos y la puerta empezó a ceder, presionada por una fuerza descomunal. Se oía, adentro, como el jadeo de  una bestia acorralada.
Finalmente se oyó el chasquido de los goznes oxidados al romperse, cuando Nabo volvió a sacudir la cabeza. “Mientras no encuentre el peine no iré al coro”, dijo. “Debe estar por aquí.” Y escarbó la hierba, rompiéndola, arañando el suelo, hasta cuando el hombre dijo: “Está bien, Nabo. Si lo único que esperas para venir al coro es encontrar el peine, anda a buscarlo”. Se inclinó hacia adelante, oscurecido el rostro por una paciente soberbia. Apoyó las manos contra la talanquera y dijo: “Anda, Nabo. Yo me encargaré de que nadie pueda detenerte”.
Y entonces la puerta cedió y el enorme negro bestial, con la áspera cicatriz marcada en la frente (a pesar de que habían transcurrido quince años) salió atropellándose por encima de los muebles, tropezando con las cosas, levantados y amenazantes los puños, que aún tenían la cuerda con que lo amarraron quince años antes (cuando era un muchachito negro que cuidaba los caballos) ; vociferando por los corredores, después de haber empujado con el hombro la puerta de una tempestad, y pasó (antes de llegar al patio) junto a la niña, que permanecía sentada todavía con la manivela de la ortofónica en la mano desde la noche anterior (ella al ver la negra fuerza desencadenada, recordó algo que en un tiempo debió ser palabra) y llegó al patio (antes de encontrar la caballeriza), después de haberse llevado con el hombro el espejo de la sala, pero sin ver a la niña (ni junto a la ortofónica ni el espejo) y se puso de cara al sol, con los ojos cerrados, ciego (cuando todavía no cesaba adentro el estrépito de los espejos rotos) y corrió sin dirección como un caballo vendado, buscando instintivamente la puerta de la caballeriza que quince años de encierro habían borrado de su memoria pero no de sus instintos (desde aquel remoto día en que le peinó la cola al caballo y quedó atolondrado para toda la vida) y dejando atrás la catástrofe, la disolución, el caos, como un toro vendado en un cuarto lleno de lámparas, hasta cuando llegó al patio de atrás (todavía sin encontrar la caballeriza) y escarbó el suelo con esa furiosa tempestuosidad con que se había llevado el espejo, pensando quizás que al escarbar la hierba se levantaría de nuevo el olor a orín de yegua, antes de llegar por completo a las puertas de la caballeriza (y ahora más fuerte él mismo que su propia fuerza turbulenta) y empujarla antes de tiempo y caer adentro, de bruces, agonizante quizás, pero todavía ofuscado por esa feroz animalidad que medio segundo antes no le permitió oír a la niña que levantó la manivela, cuando lo vio pasar, y recordó babeando, pero sin moverse de la silla, sin mover la boca sino haciendo girar la manivela de la ortofónica en el aire, recordó la única palabra que había aprendido a decir en su vida y la gritó desde la sala: “¡Nabo! ¡Nabo!”

sábado, 18 de abril de 2015

8° Encuentro de Cafés Literarios y Talleres de Creación Literaria - BibloRed

Un año como cien de soledad

Biblioteca Pública

Gabriel García Márquez 

Parque El Tunal

4:00pm


Para quienes deseen acompañarnos, hay transporte desde la Biblioteca Pública Virgilio Barco, a partir de las 2:00 pm de ida y regreso.

Leer a Macondo

Un año como cien de soledad

El director del programa de Literatura de la Universidad de Los Andes resalta aquí la importancia del mundo creado por el autor y los ecos cervantinos que se encuentran en su obra


Un ejemplar en inglés de  El amor en los tiempos del cólera, una de las principales obras de García Márquez./elespectador.com
Conmemorar el primer aniversario de la muerte de Gabriel García Márquez es la ocasión para hablar del orgullo colombiano al ganar el Nobel de literatura, para ojear y hojear volúmenes con precios obscenos o ejemplares baratos plagados de erratas y para que la feria del libro de Bogotá invite a un país sin territorio y sin paisaje, sin habitantes y sin mapa. Casi nadie recuerda que en el 82 “el orgullo colombiano” vivía en el exilio, que hace un año estábamos en la polémica de porqué los libros de García Márquez no se vendían en nuestras escasas librerías y casi nadie toma en serio que sólo podemos “visitar Macondo” al leer las novelas o los cuentos de García Márquez, cosa que se hace cada vez menos en escuelas y universidades.
 
Al “visitar Macondo” más que revitalizar la etiqueta del “realismo mágico”, deberíamos cuestionar hasta qué punto esa etiqueta sólo es útil para turistas y publicistas que aun consideran que “América del Sur es un hombre de bigotes, con una guitarra y un revolver” o útil para críticos cicateros que no se arriesgan a poner a Gabriel García Márquez al lado de Shakespeare, de Dante o de Miguel de Cervantes.
 
Poner en la misma línea a Cervantes y a García Márquez, por ejemplo, en realidad no es nuevo, de hecho, poco antes de que se publicara Cien años de soledad, Carlos Fuentes le decía a Julio Cortázar: “Acabo de leer Cien años de soledad: una crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayos, una imaginación liberadora. Me siento nuevo después de leer este libro, como si les hubiese dado la mano a todos mis amigos. He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar el mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas. ¡Qué  maravillosa recreación del universo inventado y reinventado! ¡Qué prodigiosa imagen cervantina de la existencia convertida en discurso literario, en pasaje continuo e imperceptible de lo real a lo divino y a lo imaginario!”.
 
No exageraba el autor mexicano; cuando se lee Cien años de soledad desde la perspectiva de Cervantes a cada paso encontramos pasajes en donde las formas áureas son reelaboradas con unos propósitos estéticos similares a los que inspiraban a los poetas del XVII. Así, en el más detallado nivel textual es posible encontrar en Cien años de soledad ecos del Quijote como sucede en un pasaje en donde el nombre de Remedios es enunciado repetidamente por Aureliano: “La casa se llenó de amor. Aureliano lo expresó en versos que no tenían principio ni fin. Los escribía en los ásperos pergaminos que le regalaba Melquíades, en las paredes del baño, en la piel de sus brazos, y en todos aparecía Remedios transfigurada: Remedios en el aire soporífero de las dos de la tarde, Remedios en la callada respiración de las rosas, Remedios en la clepsidra secreta de las polillas, Remedios en el vapor del pan al amanecer, Remedios en todas partes y Remedios para siempre”. 
 
La forma en que es evocado el nombre de Remedios tiene una clara vinculación con el pasaje del Quijote en donde el nombre de la pastora Leandra se repite sin cesar en el contexto de un cuento pastoril intercalado en el capítulo 61 de la primera parte de la novela de Cervantes: “No hay hueco de peña, ni margen de arroyo, ni sombra de árbol que no esté ocupada de algún pastor que sus desventuras a los aires cuente; el eco repite el nombre de Leandra dondequiera que pueda formarse: “Leandra” resuenan los montes, “Leandra” murmuran los arroyos, y Leandra nos tiene a todos suspensos y encantados, esperando sin esperanza y temiendo sin saber de qué tememos.” No es que García Márquez refiera directamente el pasaje de Cervantes, lo que refiere es la forma de enunciación que del nombre de la amada hace un amado adolorido, forma de enunciación poética que tiene también un referente pastoril y antiguo en donde el mundo hace eco al nombre de la amada, tópico literario que encontramos por ejemplo en la “Égloga tercera” de Garcilaso: “Elisa soy, en cuyo nombre suena / y se lamenta el monte cavernoso, / testigo del dolor y grave pena / en que por mí se aflige Nemoroso / y llama “Elisa”; “Elisa” a boca llena / responde el Tajo, y lleva presuroso / al mar de Lusitania el nombre mío, / donde será escuchado, yo lo fío”.
 
También en los cuentos de García Márquez encontramos ecos cervantinos; así, por ejemplo, el relato “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada” puede también ser leído desde la perspectiva de “La Gitanilla” de Cervantes. Se trata de textos que superan por su extensión la longitud que tradicionalmente se le atribuye al cuento, pero no alcanzan la dimensión de lo que llamaríamos una novela en términos modernos. La extensión de “La Gitanilla” y la de “La Cándida Eréndira” parecen obedecer a la idea de novella en términos italianos del siglo XVI y tematizan la sensualidad de muchachas criadas por una pariente mayor que se presenta como abuela y que directa o indirectamente saca provecho económico de la joven. Cervantes dice que la vieja era “una, pues, desta nación, gitana vieja, que podía ser jubilada en la ciencia de Caco, crió una muchacha en nombre de nieta suya, a quien puso nombre Preciosa, y a quien enseñó todas sus gitanerías y modos de embelecos y trazas de hurtar.” La vieja de García Márquez plantea un orden que ella supone debe ser restablecido y la joven se encamina en la construcción de una vida propia y en una permanente búsqueda de la libertad que no se supedita a las contingencias del mundo material que busca la vieja y menos aún al mundo de la fantasía amorosa que le propone el enamorado Ulises. 
 
En la vieja hay una nostalgia de un tiempo mejor, un tiempo feliz que ya se ha ido, en tanto la joven sigue pensando en la libertad del futuro que sabe un día llegará. Para el caso de la vieja, el pasado feliz se asocia con el recuerdo de Amadís el hombre que la liberó del trabajo de prostituta en las Antillas y de Amadís el padre de Eréndira que un día abandonó a la niña en su casa. En el recuerdo de los Amadises la vieja encuentra la imagen de amor y solidaridad, de hecho los recuerda en sueños, carga sus restos en un baúl y se le aparecen en el momento de la muerte.
 
Otro punto en el que los textos de Cervantes y García Márquez pueden ser comparados es el que tiene que ver con la imagen del enamorado. Si en Cervantes encontramos a un Andrés preocupado por Preciosa, en la obra del colombiano será Ulises quien busca sacar a la muchacha de la explotación a la que está sometida. Ulises y Andrés son muchachos que pertenecen a familias que podría llamar hidalga en un caso o burguesa en el otro, y en ambos casos están decididos a sacrificar su condición social para alcanzar el amor. En la novela de Cervantes, Andrés asume la condición de gitano, en el texto de García Márquez, Ulises no duda en robar a sus padres, llevarse una pistola inservible, escapar en una camioneta llena de pájaros, matar para defender el nombre de la muchacha; el Ulises de García Márquez es imagen de joven enamorado y aventurero que de nuevo recuerda al Andrés cervantino que en un momento advierte: “Mira cuándo quieres que mude el traje, que yo querría que fuese luego; que, con ocasión de ir a Flandes engañaré a mis padres y sacaré dineros para gastar algunos días, y serán hasta ocho los que podré tardar en acomodar mi partida”. 
 
La vieja piensa en Amadís, la joven en Ulises. La vieja piensa en las versiones idealizadas del amor pero regenta y explota a una joven prostituta, la joven se dedica a proporcionar servicios amorosos, es objeto amoroso del joven Ulises pero no sede su aspiración a la libertad a algo tan elemental como enamorarse. Ninguna de las dos ve la situación presente como una condición permanente sino como un estado pasajero que se supera “exprimiendo las sábanas” en el caso de Eréndira, o que se supera organizando mejor la relación entre ingresos-egresos en el caso de la vieja.
 
Uno podría seguir hallando puntos de encuentro entre los dos textos: los gitanos de un lado serán guajiros en el otro, el corregidor de un lado será senador en el otro, en los dos casos se alude a una joya robada, en los dos casos los muchachos piden ocho días de plazo, en los dos casos las protagonistas tienen los ojos claros, en los dos casos triunfa la libertad de la muchacha sobre la ingenuidad del joven, en los dos casos el idealismo del joven se enfrente con una muchacha que no duda en decir “Estos señores bien pueden entregarte mi cuerpo; pero no mi alma, que es libre y nació libre, y ha de ser libre en tanto que yo quisiere”, frase de Preciosa que bien podría aplicarse a Eréndira, al menos en el sentido en que el tema cervantino de la libertad individual de la mujer pareciera ser evocado por las decisiones que toma Eréndira al final de su relato.
 
Sacar la narrativa de García Márquez de los tópicos del realismo mágico, “desmacondizar” esta narrativa, ponerla a dialogar con la literatura universal es uno de los objetivos del curso abierto, masivo y en línea (MOOC por sus siglas en inglés) “Leer a Macondo” que está organizando la Universidad de los Andes y que será presentado en el marco de la 28ª Feria Internacional del Libro de Bogotá el próximo 23 de abril a las 6pm en la sala Manuel Zapata Olivella.
 
 
Hugo Hernán Ramírez es doctor en Literatura Hispánica de El Colegio de México e hizo su posdoctorado en la Universidad de Tubinga estudiando tradiciones discursivas de los siglos XVI y XVII; en la actualidad dirige el Departamento de Humanidades y Literatura de la Universidad de los Andes.

El primer reportaje de Gabriel García Márquez

Un año como cien de soledad

El 12 de julio de 1954, un alud de tierra sepultó a más de sesenta personas en Media Luna, una vereda de las montañas que rodean a Medellín

 
Gabriel García Márquez dijo que el periodismo es el mejor oficio del mundo./elcolombiano.com
La tragedia ocasionó una movilización popular nunca antes vista para tratar de rescatar hasta el último de los cadáveres. Dos semanas después, Gabriel García Márquez fue enviado a esta ciudad por El Espectador a reconstruir la historia de la catástrofe,
Según cuenta Jacques Gilard, el reportero intentó ir hasta el sitio del derrumbe, pero en el camino se enteró de que allí no vivía nadie y por lo tanto no podría realizar ninguna entrevista. Luego, sintió desaliento y pensó en abandonar su trabajo y regresar a Barranquilla.
Sin embargo, al final, decidió ir hasta algunos barrios donde vivían la mayoría de las víctimas. Estas habían caminado varios kilómetros en busca de su propia muerte, para presenciar el rescate de los muertos de la primera avalancha. Allí, la suerte lo salvó del que podría haber sido el primer gran fracaso de su carrera como periodista: en uno de esos barrios halló algunas personas que accedieron a contarle la historia, entre ellos el ciclista Ramón Hoyos Vallejo. Basándose en esos testimonios, escribió el primer gran reportaje de su vida.
El primer párrafo era distinto a casi todo lo que había escrito antes: “El lunes 12 de julio, un poco antes de las siete de la mañana, los niños Jorge Alirio y Licirio Caro, de once y ocho años, salieron a cortar leña. Era un trabajo que realizaban tres veces por semana, con un pequeño machete de cachas de cuerno, gastado por el uso, después de tomar el desayuno con su padre, el arenero Guillermo Caro Gallego, de 45 años. Vivían con su madre y cuatro hermanos más, en una casa situada junto a la quebrada de El Espadero, que se despeña a siete kilómetros de Medellín por la carretera de Rionegro…”.
Hasta ese día, García Márquez había trabajado durante seis años en El Universal, El Heraldo y otros periódicos de la costa Caribe escribiendo notas editoriales y una que otra crónica con historias y personajes inventados. Cuando llegó a El Espectador empezó a escribir noticias y entrevistas. “Doy fe: a los diecinueve años -siendo el peor estudiante de Derecho- empecé mi carrera como redactor de notas editoriales, y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso” dijo en una conferencia.
Cuando se encontró ante la obligación de escribir sobre la realidad pura y dura y las víctimas reales que habían muerto sepultadas por el derrumbe, se acordó de las palabras de su amigo Álvaro Cepeda Samudio: El periodismo es literatura de urgencia. El reportaje necesita un narrador esclavizado a la realidad.
Escribiendo su relato, García Márquez empleó a fondo todos los recursos que había aprendido sobre el arte de narrar. Pero el reto principal que debió enfrentar fue verse obligado a escribir sobre hechos y personajes concretos de su propia época, pues como él mismo decía, “el periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad”. Fue una despedida atroz con la retórica falsa de sus crónicas más tempranas, como la de la Marquesita de la Sierpe. Esa experiencia transformó su escritura. Después de eso, pocos escritores documentaron tanto sus ficciones como él.
Desde estas montañas donde escribió el primer reportaje de su vida, escribo estas palabras para decirle adiós al reportero raso que siempre fue Gabriel García Márquez.

Hablan los biógrafos de Gabo

Un año como cien de soledad

Dasso Saldívar y Gerald Martin conocen como nadie la vida y obra de Gabriel García Márquez. Los dos hablaron sobre el legado del escritor

 
Dasso Saldívar, Gabriel García Márquez y Gerald Martin./semana.com
Gerald Martin, de 71 años, es inglés y autor de la biografía Una vida.

 ¿Cree que la muerte de Gabo lo encumbró a la condición de mito?

Gerald Martin: Yo creo que ya era mito (‘Cien años de soledad’ y ‘Macondo' eran otros tantos). Pero indudable su muerte ha confirmado lo que ya sabíamos y su mito ha seguido creciendo.

¿Existe un Gabo antes y después de su muerte?

G.M.: Bueno, Gabo estuvo en un limbo bastante misterioso y triste en los años precedentes a su muerte. En ese sentido, como dije cuando se murió, su muerte significó más bien una resurrección. Ahora, se está convirtiendo en lo que va a ser para siempre, allí en su Olimpo literario y en el corazón de la humanidad.

¿Tras un año de su muerte qué es lo más importante que ha ocurrido alrededor de Gabo?

G.M.:
Innumerables homenajes: yo mismo he participado en homenajes en Naciones Unidas, con Ban Ki-moon, en la Unión Europea, con Martin Schulz, y en la Unesco, y si hubiera aceptado todas las invitaciones podría haber pasado el año entero viajando a diferentes homenajes en diferentes países. En París hemos montado con el Instituto Cervantes, la ‘Ruta García Márquez’ en la capital francesa (pueden buscarlo en internet). Su archivo histórico y literario ha sido depositado en Texas.

¿Se le ha reconocido como se debe?

G.M.: Indudablemente. Sin embargo, pienso que en Colombia tendrán que morir también otros miembros de su generación y la siguiente antes de que Gabo ocupe, finalmente, y totalmente, el lugar que merece en su propio país, antes de que, como su patriarca, ocupe ‘todo su poder’. Contra lo que siguen repitiendo algunos ‘trolls’, no fue traidor a su patria, no fue mexicano, no fue lacayo de Fidel Castro, no fue un multimillonario olvidadizo del país que le dio su origen y que fue el tema y el escenario exclusivo de su obra literaria. Estos son mitos falsos. Y la única dañada es Colombia.


Un columnista decía que a Gabo no lo están leyendo en las universidades. ¿Qué hacer para que los colombianos lean a Gabo?

G.M.:
Dejar que pase el tiempo. Lo leerán, siempre. Y las generaciones jóvenes del futuro lo harán de otra manera, a su propia manera. Y con un poquito de suerte, en vez de repetir todos los clisés que nosotros hemos repetido hasta la saciedad, empezarán a hacer investigaciones nuevas, serias, originales y descubrirán que Gabo no solo es un gran clásico y un gran novelista universal, sino también un gran escritor local, un escritor detalladamente e interminablemente colombiano.

¿Qué detalles del último año incluiría en un libro sobre Gabo?


G.M.: Incluiría todo. El último año, un fenómeno cultural totalmente sin precedentes (en lo que a la literatura se refiere), merece ser, todo él, el tema de un libro: 'Gabo, 17 de abril de 2014 a 17 de abril der 2015'. ¿Quién lo escribirá?


Dasso Saldivar, 64 años, colombiano, autor de la biografía Viaje a la semilla.

¿Cree que la muerte de Gabo lo encumbró a la condición de mito?

Dasso Saldívar:
No lo creo. Ni siquiera el Premio Nobel le dio esa categoría. Fue su obra y su proyección gigantesca en los principales idiomas del mundo. Pero fue sobre todo Cien años de Soledad. Desde la publicación y traducción de esta novela, García Márquez empezó a convertirse en un mito vivo creciente. Otras obras, como El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera y el general en su laberinto consolidaron la perdurabilidad del mito. El principal papel de la muerte, aparte del biológico, claro está, fue llevar a los focos mediáticos la evidencia planetaria del mito. Cuando éstos se apaguen, que más que alumbrar enceguecen, García Márquez quedará en estado literario puro, y el gran clásico entre los clásicos continuará a través de los siglos

¿Existe un Gabo antes y uno después de su muerte?

D.S: Solo existió un Gabo en vida, por lo tanto, no hay Gabo después de la vida, pero, y esto no es un consuelo, hay un García Márquez que existió en vida y sigue existiendo después de la muerte.

Tras un año de su muerte, ¿qué es lo más importante que ha ocurrido alrededor de Gabo?

D.S: Como es evidente, si Gabo no está nada pudo ocurrir a su alrededor. Todo lo que ha ocurrido en este año es pues alrededor del García Márquez intemporal, de ese alquimista de la imaginación que ha cruzado las fronteras entre la vida y la muerte para perdurar entre sus lectores. De modo que lo más importante, para mí, sigue siendo la presencia y difusión de sus libros.

¿Se le ha reconocido como se debe?

D.S: Si ha sido leído y sigue siendo leído por millones de lectores en todos los idiomas cultos de la tierra, García Márquez ha tenido el mayor de los reconocimientos que puede tener un escritor, que es justamente el que conceden los lectores. Los reconocimientos oficiales son mera hojarasca.

Un columnista decía que a Gabo no lo están leyendo en las Universidades. ¿Qué hacer para que los colombianos lean a Gabo?

D.S:
Nada. Ya lo leerán en otro momento de sus vidas. A los de mi generación nadie nos dijo que había que leerlo. Apenas algunos medios de comunicación hablaban de él recién publicado Cien años de soledad. Es más, los gobiernos y las instituciones oficiales lo silenciaban porque lo detestaban. Como se sabe, una de las primeras críticas que se hicieron de la novela en Colombia fue la de Fernando Garavito, que ha pasado por ser la primera crítica negativa, y una entre las pocas, de la obra magna de García Márquez.

¿Qué detalles del último año incluiría en un libro sobre Gabo?

D.S:
Nada menos que el “detalle” de su ausencia personal, aunque ya nos había ido dejando poco a poco. Cuando nos dejó del todo, pensé en él recordando aquellas palabras que Margarite Yourcenar pronuncio a la muerte del otro grande de nuestras letras: “Sin Borges el mundo es más pobre.”