filBo 2014
En un estand lleno de mariposas amarillas, con murales dedicados a la obra de Gabriel García Márquez, su época de estudiante en Bogotá y las lecturas que influyeron en su formación, el Gobierno colombiano rinde un homenaje más al Nobel de Literatura de 1982 en la XXVII Feria Internacional del Libro de Bogotá
Gabriel García Márquez, el escritor colombiano más universal./lainformacion.com, eltiempo.com El Ministerio de Cultura, en conjunto con la Biblioteca Nacional, dedica su estand al nobel fallecido el pasado 17 de abril en Ciudad de México para celebrar su vida, obra y memoria con una selección de los libros y autores que más influencia tuvieron en él."La idea es mostrar la faceta de García Márquez como lector y que la gente se pueda dar cuenta de la importancia de la lectura en su formación como escritor", dijo a Efe Sami Navarro, uno de los guías del Ministerio de Cultura en la Feria del Libro que comenzó el pasado martes y concluirá el 12 de mayo, con Perú como país invitado de honor.La exposición incluye una selección de 148 comentarios de García Márquez en sus memorias, textos periodísticos o entrevistas que fueron escogidos entre el acervo de la Biblioteca Nacional.García Márquez fue un lector voraz desde su infancia y la primera obra que leyó fue "Las mil y una noches", de la que encontró un ejemplar en casa de sus abuelos en Aracataca, su tierra natal."Leí esa noche incompletas de un libro viejo y sin pasta, una versión infantil y quedé maravillado. No hubiera sido el mismo si no encuentro esas páginas", reza un fragmento de un comentario del nobel colombiano sobre "Las mil y una noches" que forma parte de la exposición.Junto a esa, otras obras que tuvieron influencia en Gabo están en la muestra, como "Edipo Rey", de Sófocles; "La metamorfosis", de Franz Kafka; "Ulises", de James Joyce; "La Peste", de Albert Camus; "Pedro Páramo", de Juan Rulfo, y "La montaña mágica", de Thomas Mann, entre otros."Su vida, de la que conocemos su escritura, estuvo llena de lecturas y de autores que dejaron una profunda marca en su manera de ver el mundo, el oficio de escribir y la literatura", según el Ministerio de Cultura.La exposición incluye las portadas de las primeras ediciones de las obras de García Márquez y de las traducciones a diferentes idiomas, que van desde el inglés o el francés hasta el islandés o el euskera.El estand ha reservado también un espacio para recordar los años de juventud del futuro nobel en Bogotá, a finales de la década del 40 y comienzos del 50, con el mural "Gabo, feliz y cachaco".Cachacos suelen llamar en la costa caribe, de la que era originario el escritor, a los habitantes del interior del país, en especial los de Bogotá.En ese mural se exhiben fotografías de la capital colombiana de mediados del siglo pasado que conoció Gabo, reproducciones de prensa, textos y frases del nobel, quien dijo alguna vez: "Tengo cinco mil anécdotas que contar de Bogotá, la ciudad donde me formé"."Para nosotros, los aborígenes de todas las provincias, Bogotá era la capital del país y la sede del gobierno, pero sobre todo era la ciudad donde vivían los poetas", así recordaba el escritor a la gran urbe de los Andes y esa percepción está plasmada en grandes letras en la exposición que lo homenajea.
jueves, 12 de febrero de 2015
La Feria del Libro de Bogotá revive lecturas y recuerdos de García Márquez
miércoles, 11 de febrero de 2015
Para pan, para pan, pan Bimbo
El escritor trabajó, entre 1963 y 1965, como redactor creativo, primero para la agencia Walter Thompson y luego en Stanton
Gabriel García Márquez en una plumilla de Oriol Malet./elmundo.es En junio del 2005 Carmen Balcells me invitó a una comida con Gabriel García Márquez en su domicilio particular, que está un par de pisos por encima de la agencia, en un regio edificio de la Diagonal. Transcurría el Año del Libro y la Lectura de Barcelona, yo sabía que el Nobel pasaba una temporada en la ciudad y la había tanteado sobre si era posible implicarle en la celebración, a la que la propia Carmen contribuyó, muy generosamente, con una fiesta literaria en el Palau de la Música.La legendaria agente del “boom” me dijo que el escritor no iba a participar de forma directa, pero me ofreció a cambio mantener un encuentro informal con él para darle el programa y hacernos juntos una foto que luego el Año del Libro podría emplear.Era un día ya caluroso, pero García Márquez no se quitó durante toda la comida la cazadora de color crudo que vestía sobre su camisa a rayas azules y lilas. En un oído llevaba colocado un aparato para la sordera. Venía con su esposa Mercedes –mujer pletórica y fuerte, que firmó varios documentos que los de la agencia le iban dando durante el rato en que pasamos juntos-, y estaban presentes también el periodista y escritor Juan Cruz, la traductora al alemán Dagmar Plocte y el profesor catalano-mexicano Ramon Xirau con su esposa, viejos amigos de los García Márquez a quienes se habían encontrado casualmente por la calle.Haciendo tiempo antes de sentarnos, le comenté al autor un lejano recuerdo que retrospectivamente me chocaba: cuando yo estaba en el colegio, mi libro de texto de literatura española ya incluía un párrafo –el célebre primero- de Cien años de soledad, que se valoraba allí muy positivamente. Algo sorprendente dado que ese libro –que he perdido- yo lo estudiaba hacia 1972 o 1973, y la obra maestra de Gabo había aparecido apenas cinco años antes, lo que hace pensar que los manuales escolares de esa época, al menos el que me cayó en gracia, eran más ágiles incorporando referencias de lo que son hoy día. “Hay que tener cuidado con éste, porque está fuerte en cronología”, le ironizó el escritor a Juan Cruz, señalándome.En la comida, se mostró retraído, como si no le interesara demasiado registrar nueva información. (“Acepté venir a comer con la condición de que no me entrevisten ni me pidan nada, que no me hagan trabajar”, dijo cuando Cruz le solicitó entre plato y plato una entrevista). Una actitud que, según me pareció, contrastaba con la intensamente despierta y curiosa de Mario Vargas Llosa, mi gran mito de adolescencia, con quien también había tenido oportunidad de compartir mesa pocas semanas antes. Pero, aunque Gabo no parecía muy atento a lo que se estaba comentando, de cuando en cuando demostraba todo lo contrario con algún comentario rápido y agudo. Y a este respecto, Carmen Balcells señaló que cuando se le ocurría una frase ingeniosa, la soltaba y luego decía que se la había explicado García Márquez.Registré algunas de las que lanzó el escritor aquel mediodía: “Soy muy rencoroso pero no sirve de nada, porque me olvido de todo lo malo que se dice sobre mí”.
“Me he cogido un año sabático. No escribo, pero tampoco leo. Como no tengo nada que hacer no me alcanza el tiempo para leer”. (Sin embargo, matizó con humor, “Carmen no me da plata hasta que no escriba”).Y otra sentencia lapidaria. que más que ingeniosidad es una filosofía: “Me gusta más reunirme con periodistas que con escritores. (...) El que es periodista lo es siempre”.
De las ocurrencias, la conversación derivó hacia la publicidad. Como antes Scott Fitzgerald, y más tarde Fréderic Beigbeder o Carlos Ruiz Zafón, Gabriel García Márquez trabajó una época de su vida como redactor creativo. Fue en México, entre 1963 y 1965, primero para la agencia Walter Thompson y luego en Stanton. Según su biógrafo Gerald Martin, esa ocupación “le ayudó a entender la fama, a pensar en la representación de uno mismo, a crear una imagen personal con sello propio y a saber gestionarla”. Gabo era bueno para el oficio porque “se le ocurrían frases memorables” que luego derivaban en lucrativos slogans. Martin recoge una: “No se puede vivir sin kleenex”.En aquella comida barcelonesa de junio del 2005 el propio narrador nos desveló otra. De todos los slogans que hizo en su etapa mexicana, el que mejor recordaba es el más parecido a un trabalenguas que ha dado la publicidad en lengua castellana: “Para pan, para pan, pan Bimbo”. Frase que dio pie a un famoso jingle que todos los de mi generación tarareamos (“para pan suavecito y fresco”). Y así supimos ese día de una autoría que evidentemente no es la de sus grandes textos, pero que tiene también (y perdonen la obviedad) su miga. La recogemos aquí para la posteridad en este momento triste de su despedida.
martes, 10 de febrero de 2015
En medio del luto por nuestro Nobel, arranca la fiesta del libro
filBo 2014
La memoria histórica, Gabriel García Márquez y la literatura peruana serán protagonistas
Juan Gabriel Vásquez, escritor colombiano, autor de Las reputaciones y Los informantes./eltiempo.com
La fragilidad del pasadoQué frágil es el pasado. Ahora mismo, mientras usted lee este artículo, hay miles de personas en el mundo entero dedicadas a negar que el Holocausto judío haya sucedido jamás. Ningún acontecimiento de nuestra historia reciente, y pocos de nuestra historia a secas, ha hecho correr más tinta que el asesinato de seis millones de judíos como parte de la llamada ‘solución final’; hay al respecto kilómetros de videos y grabaciones de distinto tipo, así como las confesiones de varios perpetradores; y sin embargo el negacionismo, como el dinosaurio de Monterroso, sigue ahí. Hace apenas ocho años que Mahmud Ahmadineyad acogió en Irán una ‘Conferencia internacional para revisar la visión global del Holocausto’; hace seis años, el obispo católico Richard Williamson decía en televisión que ni un solo judío había muerto en cámaras de gas, y eso por una razón sencilla: las cámaras de gas nunca habían existido. Podemos tomar otros ejemplos. Stalin trató de borrar a Trotski de la memoria soviética: no solo asesinándolo, sino eliminando su imagen de las fotografías y su nombre de las enciclopedias. El photoshop de ahora es igual de útil: los revisionistas contemporáneos del estalinismo comienzan por corregir, en las fotos del líder, la piel dañada por cicatrices de viruela; a partir de ahí es más fácil sostener que Stalin, en realidad, no fue culpable del Gran Terror ni responsable de veinte millones de muertos. Y se pavimentan los caminos para que venga un culto como el que se le tiene en la Rusia de Putin.Hubo un tiempo feliz en que la memoria era un asunto íntimo. Uno lee a Platón o a San Agustín, a Montaigne o a Proust y se da cuenta de eso con cierta nostalgia. Platón compara la memoria con un bloque de cera en el cual va quedando impreso lo que sabemos o experimentamos; Proust hace una suma de la condición humana en 3.000 páginas sacadas de la lectura de Bergson y de una magdalena mojada en té, y nos hace preocuparnos durante un buen rato por el hecho de que el lunar de Albertine cambie de ubicación en los recuerdos. En esos tiempos previos a los totalitarismos del siglo XX, la idea de memoria no era pública, no era política. Por supuesto que los poderosos reformulaban la historia cada vez que podían o necesitaban; por supuesto que cada civilización victoriosa tenía entre sus privilegios el de arrasar con la civilización precedente. Pero, como dice Todorov en 'Los abusos de la memoria', ni los emperadores aztecas ni los conquistadores españoles eran regímenes totalitarios. Los totalitarismos del siglo XX, en cambio, inventaron una nueva relación con el pasado. Trajeron o implementaron esta novedad: el control de la memoria. Hablaba yo de la ‘solución final’. En este mismo texto recuerda Todorov las palabras que cometió al respecto Himmler: “Se trata de una gloriosa página de nuestra historia que nunca ha sido escrita y nunca lo será”. Con esa idea tan simple –la guerra contra la memoria y la obliteración y reescritura del pasado– cambió para siempre nuestra manera de pensar en la historia. El pasado, para todos los efectos prácticos, dejó de ser lo que era antes.Hace unos diez años, Salman Rushdie dijo en Barcelona unas palabras a las que vuelvo con frecuencia:“¿Quién tiene el poder de contar las historias de nuestras vidas y de determinar no solo qué historias se pueden contar, sino también de qué forma se pueden contar, cómo se tienen que contar? Evidentemente hay historias en las que todos nosotros vivimos, la historia de la cultura y la lengua en las que vivimos, la Historia en la que vivimos y, de hecho, las estructuras éticas en las que vivimos, de las cuales una es la religión. ¿Quién debería tener poder sobre estas historias?”.Se refería a la batalla que 'Los versos satánicos' seguía librando contra el fanatismo y la idiotez, pero sus preguntas pueden también trasladarse a los relatos que nos hacemos todos los días sobre lo que nos ha sucedido en el pasado. Ese conjunto de relatos, cuyo narrador nunca es objetivo y cuyo objetivo nunca es solo narrar, es lo que llamamos Historia. Y así pregunta Rushdie: ¿quién tiene el poder sobre ella? Algunas de las grandes batallas de nuestro tiempo se dan en el territorio que contiene esta pregunta. También podríamos preguntar: ¿quién debería tener el poder de moldear nuestra memoria colectiva, de imponernos su relato de nuestro pasado? 'La peste', esa alegoría de la ocupación nazi, es la crónica de un médico que escribe para que no se “pierda la memoria”, y es difícil no ver en esas páginas la misma preocupación que azotó a Camus toda su vida. Al final de la guerra, Camus escribe (tal vez con demasiado optimismo) en 'Actuelles': “No es el odio el que hablará mañana, sino la justicia misma, fundada en la memoria”. Hoy parece evidente que no hace falta hablar de totalitarismos: los mismos asuntos nos preocupan en nuestras imperfectas democracias modernas. Pues siempre hay alguien decidido a intentar la pérdida (o por lo menos la confusión) de la memoria, y en todo caso la modificación de lo que las generaciones futuras habrán de recordar. De eso se trataba aquel intento reciente de Hugo Chávez según el cual Bolívar no murió de tuberculosis, sino asesinado por oligarcas colombianos; de eso, en parte, se trata lo que está pasando en La Habana, donde las Farc negocian la paz con el Gobierno: las negociaciones son una batalla entre distintas versiones de la historia nacional. Y por eso son tan importantes los documentos que ha producido el Centro de Memoria Histórica: allí hay un relato certero que habremos de oponer, los que nos interesamos en la frágil verdad de lo que nos ha sucedido, a las distorsiones y las manipulaciones que ejercen tantos todos los días. En 1984 –uno siempre acaba citando a Orwell– leemos: “Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”.Pero la amnesia voluntaria o impuesta no es el único enemigo de la memoria. Tan resbaladizo, aunque más astuto, es el recuerdo obligatorio. La memoria por obligación, por mandato estatal, por ritual ciudadano, se convierte tarde o temprano en un acto vacío: así nuestras fiestas patrias, nuestros himnos repetidos, nuestras mil conmemoraciones grises y automáticas. ¿Para qué recordamos? ¿Por qué recordamos? También estas preguntas deberíamos hacernos. David Rieff las lleva al extremo: el recuerdo de las grandes tragedias históricas, en su razonamiento, se convierte en carne predilecta de politiqueros y oportunistas, y en la mejor herramienta para atizar conflictos y alimentar odios pasados. La memoria, en manos de la gente equivocada, se convierte en algo peligroso: dice Rieff que las guerras yugoslavas se alimentaron, en parte, de recuerdos, y algunos tan remotos como la derrota serbia en Kosovo en 1389. “Con su apropiación de la historia –escribe enseguida–, la memoria colectiva hizo de la historia poco más que un arsenal lleno de todas las armas necesarias para mantener vivas las guerras”. A su manera, tiene razón: por supuesto que todos los fanáticos usarán el pasado como arma arrojadiza, y por supuesto que todos los conflictos cargan siempre, más o menos diluidos, los ingredientes eternos del rencor, el resentimiento, la humillación y el deseo de venganza. También a este secuestro de la memoria –o a su conversión en símbolo, paso previo al exacerbamiento de las peores pasiones nacionalistas, religiosas y comunitarias– habremos de enfrentarnos.No me juzguen demasiado si defiendo, llegados a este punto, los talentos de la novela. Las mejores novelas sobre la historia –detesto el rótulo “novela histórica”, tan estrecho como artificial, y que además suele desechar la memoria como tema–, las mejores novelas dedicadas a la incómoda actividad de recordar son incapaces de chauvinismos fáciles. Desde 'Guerra y paz' hasta 'Austerlitz', desde 'El Gatopardo' hasta 'La guerra del fin del mundo', la libertad (la controvertida libertad del escritor de ficciones) las hace inmunes a la mera ilustración de un momento histórico y también a la politización barata, a la tesis, al mensaje predeterminado. En ellas no solo recordamos los hechos públicos, sino que sentimos, tan inmediatamente como es posible, su temperatura moral y emocional; y entendemos, de una forma que acaso les esté vedada a la crónica y a la historiografía, la relación entre el pequeño individuo humano y el mar de grandes acontecimientos en que se ha visto envuelto. En muchos casos, estas ficciones que recuerdan son el único puente que podemos tender hacia el pasado. Y tendría su lógica, pues el mundo del pasado es por definición un mundo desaparecido, y un porcentaje del acto del recuerdo será siempre un acto de imaginación.JUAN GABRIEL VÁSQUEZ** Escritor colombiano, autor de ‘Las reputaciones’, ‘Los informantes’ e ‘Historia secreta de Costaguana’, entre otros. Ha sido reconocido con los premios Alfaguara (2011), English Pen (2012) y Gregor von Rezzori-Città di Firenze (2013).
domingo, 8 de febrero de 2015
El cuento del domingo
Gabriel García Márquez
Ojos de perro azul
Entonces me miró. Yo creía que me miraba por primera vez. Pero luego,
cuando dio la vuelta por detrás del velador y yo seguía sintiendo sobre
el hombro, a mis espaldas, su resbaladiza y oleosa mirada, comprendí que
era yo quien la miraba por primera vez. Encendí un cigarrillo. Tragué
el humo áspero y fuerte, antes de hacer girar el asiento,
equilibrándolo sobre una de las patas posteriores. Después de eso la vi
ahí, como había estado todas las noches, parada junto al velador,
mirándome. Durante breves minutos estuvimos haciendo nada más que eso:
mirándonos. Yo mirándola desde el asiento, haciendo equilibrio en una de
sus patas posteriores. Ella de pie, con una mano larga y quieta sobre
el velador, mirándome. Le veía los párpados iluminados como todas las
noches. Fue entonces cuando recordé lo de siempre, cuando le dije: “Ojos
de perro azul”. Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: “Eso. Ya
no lo olvidaremos nunca”. Salió de la órbita, suspirando: “Ojos de
perro azul. He escrito eso por todas partes”.
La vi caminar hacia el tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora al final de una ida y vuelta de luz matemática. La vi seguir mirándome con sus grandes ojos de ceniza encendida: mirándome mientras abría la cajita enchapada de nácar rosado. La vi empolvarse la nariz. Cuando acabó de hacerlo, cerró la cajita y volvió a ponerse en pie y caminó de nuevo hacia el velador, diciendo: “Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas”; y tendió sobre la llama la misma mano larga y trémula que había estado calentando antes de sentarse al espejo. Y dijo: “No sientes el frío”. Y yo le dije: “A veces”. Y ella me dijo: “Debes sentirlo ahora”. Y entonces comprendí por qué no había podido estar solo en el asiento. Era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad. “Ahora lo siento”, dije. “Y es raro, porque la noche está quieta. Tal vez se me ha rodado la sábana.” Ella no respondió. Empezó otra vez a moverse hacia el espejo y volví a ella. Sin verla, sabía lo que estaba haciendo. Sabía que estaba otra vez sentada frente al espejo, viendo mis espaldas que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella que también había tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y regresar (antes de que la mano tuviera tiempo de iniciar la segunda vuelta) hasta los labios que estaban ahora untados de carmín, desde la primera vuelta de la mano frente al espejo. Yo veía, frente a mí, la pared lisa que era como otro espejo ciego donde yo no la veía a ella -sentada a mis espaldas- pero imaginándola dónde estaría si en lugar de la pared hubiera sido puesto un espejo. “Te veo”, le dije. Y vi en la pared como si ella hubiera levantado los ojos y me hubiera visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con la cara vuelta hacia la pared. Después la vi bajar los párpados, otra vez, y quedarse con los ojos quietos en su corpiño; sin hablar. Y yo volví a decirle: “Te veo”. Y ella volvió a levantar los ojos desde su corpiño. “Es imposible”, dijo. Yo pregunté por qué. Y ella, con los ojos otra vez quietos en el corpiño: “Porque tienes la cara vuelta hacia la pared”. Entonces yo hice girar el asiento. Tenía el cigarrillo apretado en la boca. Cuando quedé frente al espejo ella estaba otra vez junto al velador. Ahora tenía las manos abiertas sobre la llama, como dos abiertas alas de gallina, asándose y con el rostro sombreado por sus propios dedos. “Creo que me voy a enfriar”, dijo. “Ésta debe ser una ciudad helada.” Volvió el rostro de perfil y su piel de cobre al rojo se volvió repentinamente triste. “Haz algo contra eso”, dije. Y ella empezó a desvestirse, pieza por pieza, empezando por arriba; por el corpiño. Le dije: “Voy a voltearme contra la pared”. Ella dijo: “No. De todos modos me verás como me viste cuando estaba de espaldas”. Y no había acabado de decirlo cuando ya estaba desvestida casi por completo, con la llama lamiéndole la larga piel de cobre. “Siempre había querido verte así, con el cuero de la barriga lleno de hondos agujeros, como si te hubieran hecho a palos.” Y antes de que yo cayera en la cuenta de que mis palabras se habían vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó inmóvil, calentándose en la órbita del velador y dijo: “A veces creo que soy metálica”. Guardó silencio un instante. La posición de las manos sobre la llama varió levemente. Yo dije: “A veces, en otros sueños, he creído que no eres sino una estatuilla de bronce en el rincón de algún museo. Tal vez por eso sientes frío”. Y ella dijo: “A veces, cuando me duermo sobre el corazón, siento que el cuerpo se me vuelve hueco y la piel como una lámina. Entonces, cuando la sangre me golpea por dentro, es como si alguien me estuviera llamando con los nudillos en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama. Es como si fuera así como tú dices: de metal laminado”. Se acercó más al velador. “Me habría gustado oírte”, dije. Y ella dijo: “Si alguna vez nos encontramos pon el oído en mis costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y me oirás resonar. Siempre he deseado que lo hagas alguna vez”. La oí respirar hondo mientras hablaba. Y dijo que durante años no había hecho nada distinto de eso. Su vida estaba dedicada a encontrarme en la realidad, a través de esa frase identificadora: “Ojos de perro azul”. Y en la calle iba diciendo, en voz alta, que era una manera de decirle a la única persona que habría podido entenderle:
“Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: Ojos de perro azul”. Y dijo que iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de ordenar el pedido: “Ojos de perro azul”. Pero los mozos le hacían una respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber dicho eso en sus sueños. Después escribía en las servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas: “Ojos de perro azul”. Y en los cristales empañados de los hoteles, de las estaciones, de todos los edificios públicos, escribía con el índice: “Ojos de perro azul”. Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su habitación una noche, después de haber soñado conmigo. “Debe estar cerca”, pensó, viendo el embaldosado limpio y nuevo de la droguería. Entonces se acercó al dependiente y le dijo: “Siempre sueño con un hombre que me dice: ‘Ojos de perro azul’ ”. Y dijo que el vendedor le había mirado a los ojos y le dijo: “En realidad, señorita, usted tiene los ojos así”. Y ella le dijo: “Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo”. Y el vendedor se echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador. Ella siguió viendo el embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se arrodilló y escribió sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín para labios: “Ojos de perro azul”. El vendedor regresó de donde estaba. Le dijo: “Señorita, usted ha manchado el embaldosado”. Le entregó un trapo húmedo, diciendo: “Límpielo”. Y ella dijo, todavía junto al velador, que pasó toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo “Ojos de perro azul” hasta cuando la gente se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.
Ahora, cuando acabó de hablar, yo seguía en el rincón, sentado, haciendo equilibrio en la silla. “Yo trato de acordarme todos los días la frase con que debo encontrarte”, dije. “Ahora creo que mañana no lo olvidaré. Sin embargo siempre he dicho lo mismo y siempre he olvidado al despertar cuáles son las palabras con que puedo encontrarte.” Y ella dijo: “Tú mismo las inventaste desde el primer día”. Y yo le dije: “Las inventé porque te vi los ojos de ceniza. Pero nunca las recuerdo a la mañana siguiente”. Y ella, con los puños cerrados junto al velador, respiró hondo: “Si por lo menos pudiera recordar ahora en qué ciudad lo he estado escribiendo”.
Sus dientes apretados relumbraron sobre la llama. “Me gustaría tocarte ahora”, dije. Ella levantó el rostro que había estado mirando la lumbre: levantó la mirada ardiendo, asándose también como ella, como sus manos; y yo sentí que me vio, en el rincón, donde seguía sentado, meciéndome en el asiento. “Nunca me habías dicho eso”, dijo. “Ahora lo digo y es verdad”, dije. Al otro lado del velador ella pidió un cigarrillo. La colilla había desaparecido de entre mis dedos. Había olvidado que estaba fumando. Dijo: “No sé por qué no puedo recordar dónde lo he escrito”. Y yo le dije: “Por lo mismo que yo no podré recordar mañana las palabras”. Y ella dijo, triste: “No. Es que a veces creo que eso también lo he soñado”. Me puse en pie y caminé hacia el velador. Ella estaba un poco más allá, y yo sabía caminando, con los cigarrillos y los fósforos en la mano, que no pasaría el velador. Le tendí el cigarrillo. Ella lo apretó entre los labios y se inclinó para alcanzar la llama, antes de que yo tuviera el tiempo de encender el fósforo: “En alguna ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar escritas esas palabras: ‘Ojos de perro azul’ ”, dije. “Si mañana las recordara iría a buscarte.” Ella levantó otra vez la cabeza y tenía ya la brasa encendida en los labios. “Ojos de perro azul”, sugirió, recordando, con el cigarrillo caído sobre la barba y un ojo a medio cerrar. Aspiró después el humo, con el cigarrillo entre los dedos, y exclamó: “Ya esto es otra cosa. Estoy entrando en calor”. Y lo dijo con la voz un poco tibia y huidiza, como si no lo hubiera dicho realmente sino como si lo hubiera escrito en un papel y hubiera acercado el papel a la llama mientras yo leía: “Estoy entrando”, y ella hubiera seguido con el papelito entre el pulgar y el índice, dándole vueltas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de leer: “… en calor”, antes de que el papelito se consumiera por completo y cayera al suelo arrugado, disminuido, convertido en un liviano polvo de ceniza: “Así es mejor”, dije. “A veces me da miedo verte así. Temblando junto al velador.”
Nos veíamos desde hacía varios años. A veces, cuando ya estábamos juntos, alguien dejaba caer afuera un cucharita y despertábamos. Poco a poco habíamos ido comprendiendo que nuestra amistad estaba subordinada a las cosas, a los acontecimientos más simples. Nuestros encuentros terminaban siempre así, con el caer de una cucharita en la madrugada.
Ahora, junto al velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había mirado así, desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y quedé frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sueño en el que le pregunté por primera vez: “¿Quién es usted?” Y ella me dijo: “No lo recuerdo”. Yo le dije: “Pero creo que nos hemos visto antes”. Y ella dijo, indiferente: “Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto”. Y yo le dije: “Eso es. Ya empieza a recordarlo”. Y ella dijo: “Qué curioso. Es cierto que nos hemos encontrado en otros sueños”.
Dio dos chupadas al cigarrillo. Yo estaba todavía parado frente al velador cuando me quedé mirándola de pronto. La miré de arriba abajo y todavía era de cobre; pero no ya de metal duro y frío, sino de cobre amarillo, blando, maleable. “Me gustaría tocarte”, volví a decir. Y ella dijo: “Lo echarías todo a perder”. Yo dije: “Ahora no importa. Bastará con que demos vuelta a la almohada para que volvamos a encontrarnos”. Y tendí la mano por encima del velador. Ella no se movió. “Lo echarías todo a perder”, volvió a decir, antes de que yo pudiera tocarla. “Tal vez, si das la vuelta por detrás del velador, despertaríamos sobresaltados quién sabe en qué parte del mundo”. Pero yo insistí: “No importa”. Y ella dijo: “Si diéramos vuelta a la almohada volveríamos a encontrarnos. Pero tú, cuando despiertes, lo habrás olvidado”. Empecé a moverme hacia el rincón. Ella quedó atrás, calentándose las manos sobre la llama. Y todavía no estaba yo junto al asiento cuando le oí decir a mis espaldas: “Cuando despierto a media noche, me quedo dando vueltas en la cama, con los hilos de la almohada ardiéndome en la rodilla y repitiendo hasta el amanecer: Ojos de perro azul”.
Entonces yo me quedé con la cara contra la pared. “Ya está amaneciendo”, dije sin mirarla. “Cuando dieron las dos estaba despierto y de eso hace mucho rato.” Yo me dirigí hacia la puerta. Cuando tenía agarrada la manivela, oí otra vez su voz igual, invariable: “No abras esa puerta”, dijo. “El corredor está lleno de sueños difíciles”. Y yo le dije: “¿Cómo lo sabes?” Y ella me dijo: “Porque hace un momento estuve allí y tuve que regresar cuando descubrí que estaba dormida sobre el corazón”. Yo tenía la puerta entreabierta. Moví un poco la hoja y un airecillo frío y tenue me trajo un fresco olor a tierra vegetal, a campo húmedo. Ella habló otra vez. Yo di la vuelta, moviendo todavía la hoja montada en goznes silenciosos, y le dije: “Creo que no hay ningún corredor aquí afuera. Siento el olor del campo”. Y ella, un poco lejana ya, me dijo: “Conozco esto más que tú. Lo que pasa es que allá afuera está una mujer soñando con el campo”. Se cruzó de brazos sobre la llama. Siguió hablando: “Es esa mujer que siempre ha deseado tener una casa en el campo y nunca ha podido salir de la ciudad”. Yo recordaba haber visto la mujer en algún sueño anterior, pero sabía, ya con la puerta entreabierta, que dentro de media hora debía bajar al desayuno. Y dije: “De todos modos, tengo que salir de aquí para despertar”.
Afuera el viento aleteó un instante, se quedó quieto después y se oyó la respiración de un durmiente que acababa de darse vuelta en la cama. El viento del campo se suspendió. Ya no hubo más olores. “Mañana te reconoceré por eso”, dije. “Te reconoceré cuando vea en la calle una mujer que escriba en las paredes: ‘Ojos de perro azul’ ”. Y ella, con una sonrisa triste -que era ya una sonrisa de entrega a lo imposible, a lo inalcanzable-, dijo: “Sin embargo no recordarás nada durante el día”. Y volvió a poner las manos sobre el velador, con el semblante oscurecido por una niebla amarga: “Eres el único hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado”.
La vi caminar hacia el tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora al final de una ida y vuelta de luz matemática. La vi seguir mirándome con sus grandes ojos de ceniza encendida: mirándome mientras abría la cajita enchapada de nácar rosado. La vi empolvarse la nariz. Cuando acabó de hacerlo, cerró la cajita y volvió a ponerse en pie y caminó de nuevo hacia el velador, diciendo: “Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas”; y tendió sobre la llama la misma mano larga y trémula que había estado calentando antes de sentarse al espejo. Y dijo: “No sientes el frío”. Y yo le dije: “A veces”. Y ella me dijo: “Debes sentirlo ahora”. Y entonces comprendí por qué no había podido estar solo en el asiento. Era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad. “Ahora lo siento”, dije. “Y es raro, porque la noche está quieta. Tal vez se me ha rodado la sábana.” Ella no respondió. Empezó otra vez a moverse hacia el espejo y volví a ella. Sin verla, sabía lo que estaba haciendo. Sabía que estaba otra vez sentada frente al espejo, viendo mis espaldas que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella que también había tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y regresar (antes de que la mano tuviera tiempo de iniciar la segunda vuelta) hasta los labios que estaban ahora untados de carmín, desde la primera vuelta de la mano frente al espejo. Yo veía, frente a mí, la pared lisa que era como otro espejo ciego donde yo no la veía a ella -sentada a mis espaldas- pero imaginándola dónde estaría si en lugar de la pared hubiera sido puesto un espejo. “Te veo”, le dije. Y vi en la pared como si ella hubiera levantado los ojos y me hubiera visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con la cara vuelta hacia la pared. Después la vi bajar los párpados, otra vez, y quedarse con los ojos quietos en su corpiño; sin hablar. Y yo volví a decirle: “Te veo”. Y ella volvió a levantar los ojos desde su corpiño. “Es imposible”, dijo. Yo pregunté por qué. Y ella, con los ojos otra vez quietos en el corpiño: “Porque tienes la cara vuelta hacia la pared”. Entonces yo hice girar el asiento. Tenía el cigarrillo apretado en la boca. Cuando quedé frente al espejo ella estaba otra vez junto al velador. Ahora tenía las manos abiertas sobre la llama, como dos abiertas alas de gallina, asándose y con el rostro sombreado por sus propios dedos. “Creo que me voy a enfriar”, dijo. “Ésta debe ser una ciudad helada.” Volvió el rostro de perfil y su piel de cobre al rojo se volvió repentinamente triste. “Haz algo contra eso”, dije. Y ella empezó a desvestirse, pieza por pieza, empezando por arriba; por el corpiño. Le dije: “Voy a voltearme contra la pared”. Ella dijo: “No. De todos modos me verás como me viste cuando estaba de espaldas”. Y no había acabado de decirlo cuando ya estaba desvestida casi por completo, con la llama lamiéndole la larga piel de cobre. “Siempre había querido verte así, con el cuero de la barriga lleno de hondos agujeros, como si te hubieran hecho a palos.” Y antes de que yo cayera en la cuenta de que mis palabras se habían vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó inmóvil, calentándose en la órbita del velador y dijo: “A veces creo que soy metálica”. Guardó silencio un instante. La posición de las manos sobre la llama varió levemente. Yo dije: “A veces, en otros sueños, he creído que no eres sino una estatuilla de bronce en el rincón de algún museo. Tal vez por eso sientes frío”. Y ella dijo: “A veces, cuando me duermo sobre el corazón, siento que el cuerpo se me vuelve hueco y la piel como una lámina. Entonces, cuando la sangre me golpea por dentro, es como si alguien me estuviera llamando con los nudillos en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama. Es como si fuera así como tú dices: de metal laminado”. Se acercó más al velador. “Me habría gustado oírte”, dije. Y ella dijo: “Si alguna vez nos encontramos pon el oído en mis costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y me oirás resonar. Siempre he deseado que lo hagas alguna vez”. La oí respirar hondo mientras hablaba. Y dijo que durante años no había hecho nada distinto de eso. Su vida estaba dedicada a encontrarme en la realidad, a través de esa frase identificadora: “Ojos de perro azul”. Y en la calle iba diciendo, en voz alta, que era una manera de decirle a la única persona que habría podido entenderle:
“Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: Ojos de perro azul”. Y dijo que iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de ordenar el pedido: “Ojos de perro azul”. Pero los mozos le hacían una respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber dicho eso en sus sueños. Después escribía en las servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas: “Ojos de perro azul”. Y en los cristales empañados de los hoteles, de las estaciones, de todos los edificios públicos, escribía con el índice: “Ojos de perro azul”. Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su habitación una noche, después de haber soñado conmigo. “Debe estar cerca”, pensó, viendo el embaldosado limpio y nuevo de la droguería. Entonces se acercó al dependiente y le dijo: “Siempre sueño con un hombre que me dice: ‘Ojos de perro azul’ ”. Y dijo que el vendedor le había mirado a los ojos y le dijo: “En realidad, señorita, usted tiene los ojos así”. Y ella le dijo: “Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo”. Y el vendedor se echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador. Ella siguió viendo el embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se arrodilló y escribió sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín para labios: “Ojos de perro azul”. El vendedor regresó de donde estaba. Le dijo: “Señorita, usted ha manchado el embaldosado”. Le entregó un trapo húmedo, diciendo: “Límpielo”. Y ella dijo, todavía junto al velador, que pasó toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo “Ojos de perro azul” hasta cuando la gente se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.
Ahora, cuando acabó de hablar, yo seguía en el rincón, sentado, haciendo equilibrio en la silla. “Yo trato de acordarme todos los días la frase con que debo encontrarte”, dije. “Ahora creo que mañana no lo olvidaré. Sin embargo siempre he dicho lo mismo y siempre he olvidado al despertar cuáles son las palabras con que puedo encontrarte.” Y ella dijo: “Tú mismo las inventaste desde el primer día”. Y yo le dije: “Las inventé porque te vi los ojos de ceniza. Pero nunca las recuerdo a la mañana siguiente”. Y ella, con los puños cerrados junto al velador, respiró hondo: “Si por lo menos pudiera recordar ahora en qué ciudad lo he estado escribiendo”.
Sus dientes apretados relumbraron sobre la llama. “Me gustaría tocarte ahora”, dije. Ella levantó el rostro que había estado mirando la lumbre: levantó la mirada ardiendo, asándose también como ella, como sus manos; y yo sentí que me vio, en el rincón, donde seguía sentado, meciéndome en el asiento. “Nunca me habías dicho eso”, dijo. “Ahora lo digo y es verdad”, dije. Al otro lado del velador ella pidió un cigarrillo. La colilla había desaparecido de entre mis dedos. Había olvidado que estaba fumando. Dijo: “No sé por qué no puedo recordar dónde lo he escrito”. Y yo le dije: “Por lo mismo que yo no podré recordar mañana las palabras”. Y ella dijo, triste: “No. Es que a veces creo que eso también lo he soñado”. Me puse en pie y caminé hacia el velador. Ella estaba un poco más allá, y yo sabía caminando, con los cigarrillos y los fósforos en la mano, que no pasaría el velador. Le tendí el cigarrillo. Ella lo apretó entre los labios y se inclinó para alcanzar la llama, antes de que yo tuviera el tiempo de encender el fósforo: “En alguna ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar escritas esas palabras: ‘Ojos de perro azul’ ”, dije. “Si mañana las recordara iría a buscarte.” Ella levantó otra vez la cabeza y tenía ya la brasa encendida en los labios. “Ojos de perro azul”, sugirió, recordando, con el cigarrillo caído sobre la barba y un ojo a medio cerrar. Aspiró después el humo, con el cigarrillo entre los dedos, y exclamó: “Ya esto es otra cosa. Estoy entrando en calor”. Y lo dijo con la voz un poco tibia y huidiza, como si no lo hubiera dicho realmente sino como si lo hubiera escrito en un papel y hubiera acercado el papel a la llama mientras yo leía: “Estoy entrando”, y ella hubiera seguido con el papelito entre el pulgar y el índice, dándole vueltas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de leer: “… en calor”, antes de que el papelito se consumiera por completo y cayera al suelo arrugado, disminuido, convertido en un liviano polvo de ceniza: “Así es mejor”, dije. “A veces me da miedo verte así. Temblando junto al velador.”
Nos veíamos desde hacía varios años. A veces, cuando ya estábamos juntos, alguien dejaba caer afuera un cucharita y despertábamos. Poco a poco habíamos ido comprendiendo que nuestra amistad estaba subordinada a las cosas, a los acontecimientos más simples. Nuestros encuentros terminaban siempre así, con el caer de una cucharita en la madrugada.
Ahora, junto al velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había mirado así, desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y quedé frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sueño en el que le pregunté por primera vez: “¿Quién es usted?” Y ella me dijo: “No lo recuerdo”. Yo le dije: “Pero creo que nos hemos visto antes”. Y ella dijo, indiferente: “Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto”. Y yo le dije: “Eso es. Ya empieza a recordarlo”. Y ella dijo: “Qué curioso. Es cierto que nos hemos encontrado en otros sueños”.
Dio dos chupadas al cigarrillo. Yo estaba todavía parado frente al velador cuando me quedé mirándola de pronto. La miré de arriba abajo y todavía era de cobre; pero no ya de metal duro y frío, sino de cobre amarillo, blando, maleable. “Me gustaría tocarte”, volví a decir. Y ella dijo: “Lo echarías todo a perder”. Yo dije: “Ahora no importa. Bastará con que demos vuelta a la almohada para que volvamos a encontrarnos”. Y tendí la mano por encima del velador. Ella no se movió. “Lo echarías todo a perder”, volvió a decir, antes de que yo pudiera tocarla. “Tal vez, si das la vuelta por detrás del velador, despertaríamos sobresaltados quién sabe en qué parte del mundo”. Pero yo insistí: “No importa”. Y ella dijo: “Si diéramos vuelta a la almohada volveríamos a encontrarnos. Pero tú, cuando despiertes, lo habrás olvidado”. Empecé a moverme hacia el rincón. Ella quedó atrás, calentándose las manos sobre la llama. Y todavía no estaba yo junto al asiento cuando le oí decir a mis espaldas: “Cuando despierto a media noche, me quedo dando vueltas en la cama, con los hilos de la almohada ardiéndome en la rodilla y repitiendo hasta el amanecer: Ojos de perro azul”.
Entonces yo me quedé con la cara contra la pared. “Ya está amaneciendo”, dije sin mirarla. “Cuando dieron las dos estaba despierto y de eso hace mucho rato.” Yo me dirigí hacia la puerta. Cuando tenía agarrada la manivela, oí otra vez su voz igual, invariable: “No abras esa puerta”, dijo. “El corredor está lleno de sueños difíciles”. Y yo le dije: “¿Cómo lo sabes?” Y ella me dijo: “Porque hace un momento estuve allí y tuve que regresar cuando descubrí que estaba dormida sobre el corazón”. Yo tenía la puerta entreabierta. Moví un poco la hoja y un airecillo frío y tenue me trajo un fresco olor a tierra vegetal, a campo húmedo. Ella habló otra vez. Yo di la vuelta, moviendo todavía la hoja montada en goznes silenciosos, y le dije: “Creo que no hay ningún corredor aquí afuera. Siento el olor del campo”. Y ella, un poco lejana ya, me dijo: “Conozco esto más que tú. Lo que pasa es que allá afuera está una mujer soñando con el campo”. Se cruzó de brazos sobre la llama. Siguió hablando: “Es esa mujer que siempre ha deseado tener una casa en el campo y nunca ha podido salir de la ciudad”. Yo recordaba haber visto la mujer en algún sueño anterior, pero sabía, ya con la puerta entreabierta, que dentro de media hora debía bajar al desayuno. Y dije: “De todos modos, tengo que salir de aquí para despertar”.
Afuera el viento aleteó un instante, se quedó quieto después y se oyó la respiración de un durmiente que acababa de darse vuelta en la cama. El viento del campo se suspendió. Ya no hubo más olores. “Mañana te reconoceré por eso”, dije. “Te reconoceré cuando vea en la calle una mujer que escriba en las paredes: ‘Ojos de perro azul’ ”. Y ella, con una sonrisa triste -que era ya una sonrisa de entrega a lo imposible, a lo inalcanzable-, dijo: “Sin embargo no recordarás nada durante el día”. Y volvió a poner las manos sobre el velador, con el semblante oscurecido por una niebla amarga: “Eres el único hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado”.
jueves, 5 de febrero de 2015
Colombia presenta el menú literario de García Márquez en Madrid Fusión
Alejandro Cuéllar fabrica en directo sus platos de Cocina Silvestre
Los ingredientes, platos y bebidas que los personajes del escritor Gabriel García Márquez degustan en El Amor en los Tiempos del Cólera, Los Funerales de la Mamá Grande y Doce Cuentos Peregrinos aterrizan en Madrid Fusión a través de El menú literario de García Márquez.Este comprende degustaciones, lecturas y un conversatorio, inspirados en la investigación que María Gutiérrez de Piñeres --directora de la oficina de experiencias gastronómicas Foodies y ganadora del Programa Nacional de Estímulos del Ministerio de Cultura de Colombia- realizó sobre la influencia de la cocina tradicional del Caribe colombiano en la literatura de García Márquez y que fue la base para la creación del paseo gastronómico que Foodies estrenó recientemente en Cartagena de Indias.Las degustaciones se ofrecerán en el stand 'Colombia es Realismo Mágico', de Procolombia, de 9:00 a 11:00 horas durante los días de Madrid Fusión y estarán acompañadas de la lectura de aquellos pasajes que mencionan el gusto de Fermina y Florentino por ambos sabores.El conversatorio El menú literario de García Márquez abre la programación literaria del GastroFestival 2015 que organiza el Ayuntamiento de Madrid, a través de la empresa municipal Madrid Destino, en colaboración con Madrid Fusión.La conversación entre María Gutiérrez y la periodista gastronómica Mar Romero presentará en 3 tiempos una entrada de origen americano extraída de Los Funerales de la Mamá Grande, un plato fuerte de influencia española de Doce Cuentos Peregrinos y un postre de origen mestizo tomado de El Amor en los Tiempos del Cólera, que funde a América, España y África en un mordisco. La cita es el 3 de Febrero en el Centro Cultural Conde Duque a las 20:00 horas.Las raíces africanasLa chef colombiana Leo Espinosa cocinará el martes por la noche en el restaurante La 38 de Larumbe, dentro de la programación de Cocine con las estrellas. Allí ofrecerá un menú degustación de cinco pasos mezclando frutos del mar Mediterráneo con sabores colombianos.El miércoles 4 de febrero, Espinosa hará una ponencia en el Palacio Municipal de Congresos de Madrid. Allí mostrará el documental de siete minutos, titulado Fogón de Negros en homenaje al gran investigador de la cocina del Pacífico y creador del Festival Petronio Álvarez, Germán Patiño, en el que mostrará un mundo de realismo mágico donde la vida está basada en el imborrable legado africano.Luego, realizará su intervención en la que resaltará la labor de la mujer en la cultura afro con su cocina como el principal aporte al mestizaje culinario de Colombia. Posterior a ello, ofrecerá unas muestras de bebidas ancestrales como el Arrechón y la 'Tomaseca y un mojo de hierbas de azotea con coco que representa el sabor de la cocina del litoral Pacífico.Además,
Espinosa cocinará dos platos representativos de la cocina del Pacífico: un Encocao de piangua y un Atollao de piacuil, moluscos típicos de la zona en una preparación tradicional.
Aquellos años del boom
En los últimos 10 años he vivido enfrascado en la realización de Aquellos años del boom, un libro editado recientemente por RBA, de unas 900 páginas de extensión, sobre el que, a mi juicio, ha sido el grupo de escritores más importante del siglo XX, incluso tal vez el último grupo literario que haya funcionado como tal
He pasado ese tiempo –salvo distracciones mayores, como tener un par de hijos o acudir a la redacción del diario donde trabajo– entrevistando a más de 150 personas, muchas de ellas en mi ciudad, Barcelona, donde aún viven, por ejemplo, la superagente Carmen Balcells o Paco Porrúa, el editor que lanzó al mundo Cien años de soledad, y donde pasaba cada vez más largas temporadas Aurora Bernárdez, la primera esposa de Cortázar, recientemente fallecida.Pero también he viajado a los archivos de la Universidad de Princeton, en EE. UU., donde dejaron sus papeles –o al menos buena parte de ellos– Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, José Donoso o Guillermo Cabrera Infante. He ido a Buenos Aires, Lima, México, Bogotá, París, Londres… entrevistando a testimonios, amigos, estudiosos y viudas, husmeando en archivos familiares, visitando lugares por los que ellos (principalmente Gabo, Vargas Llosa, Cortázar, Donoso y Fuentes) pasaron.Ahora me he dado cuenta de que, cuando yo empezaba a proyectar este libro, nacía el Hay Festival en español y no puedo evitar contemplar su espectacular desarrollo con una ternura y afecto especiales, no solo porque su crecimiento se haya producido en paralelo al de mi libro, sino porque, echando un vistazo en la web a los videos que muestran charlas y debates celebrados en sus diversas ediciones, creo que aquellos estudiosos que, dentro de 20 años, se enfrenten al análisis de la literatura que se hacía en español a principios del siglo XXI no podrán eludir consultar estos archivos audiovisuales que recogen con dinamismo el diálogo entre autores.¡Ojalá hubiera existido el Hay en los años setenta!, y así pudiéramos asistir, como si estuviéramos sentados entre el público, a una conversación entre el neurótico José Donoso y su amigo Vargas Llosa, como pudimos ver su diálogo con Herta Müller en el 2013.Fue en el Hay de Cartagena, en el 2010, cuando estuvo a punto de producirse un encuentro entre García Márquez y Vargas Llosa que hubiera cambiado aspectos fundamentales de mi libro. Daniel Mordzinski –el mejor fotógrafo de escritores del mundo– estaba allí, como siempre está, y ambos, Gabo y Mario, Mario y Gabo, conocedores de su trabajo, accedieron a dejarse retratar, una vez más, por él.Cuando Mordzinski acudió a la casa de García Márquez, el escritor y su esposa Mercedes le anunciaron su intención de asistir, aquella misma noche, a la inauguración de una exposición de sus fotos en el festival. A las pocas horas, Vargas Llosa le anunció a Mordzinski no solo su intención de acudir a la vernissage sino que le solicitó permiso para pronunciar en ella unas palabras laudatorias. Alarmado ante la probable colisión –que sí hubiera hecho boom–, el fotógrafo alertó a la organización y, sin que se sepa si la tan omnipresente como discreta Cristina Fuentes realizó alguna gestión al respecto, el caso es que aquella noche solamente Vargas Llosa asistió al acto, mientras que García Márquez se pasó también por la sala… pero unos días después.A diferencia de Mordzinski, yo no he estado cerca de que se produzca el milagro de ese encuentro. Me he tenido que contentar con el placer de hablar con los dos. A finales del 2005, recibí una extraña invitación de la agente Carmen Balcells, que se compadeció de mis intentos infructuosos por conseguir una entrevista con García Márquez. Faltaban pocos días para Navidad y recuerdo esa conversación como si se hubiera producido ayer.‘¿Qué haces este fin de semana?’ ‘He quedado con la familia’. ‘¿No quieres ver a Gabo?’ ‘¡Claro!’ ‘¿Por qué no le llevas mis regalos de Navidad a México? Así seguro que te abre la puerta’. Dicho y hecho, me embarqué cargado con una sospechosa maleta que, según la báscula del aeropuerto del Prat, pesaba más de 45 kilos. No me habían dado ninguna indicación: como en una película de espías, solamente sabía que debía alojarme una semana en un determinado hotel y que Gabo se pondría en contacto conmigo, como así sucedió.Cinco años después, y tan solo unos meses después de aquel fallido encuentro cartagenero entre Gabo y Vargas Llosa, el azar quiso que me encontrara en el piso de Manhattan de Vargas Llosa, la mañana en que la Academia Sueca le comunicó que había ganado el Nobel. Los ilustres académicos del norte habían puesto, sin saberlo, un bonito final a mi historia.Relaciono muchos de mis recuerdos del boom con diversos momentos del Hay Festival. El Hay es diferente al resto de festivales, y es diferente también a las ferias del libro, aunque tengan elementos en común. Con todas sus sedes, repartidas por cuatro continentes, y en continua expansión y transformación, la cita es el meeting point de la literatura mundial.
De izquierda a derecha: Javier Cercas, Almudena Grandes, Boris Pfeiffer, Laura Bates. Foto: Archivo particular.Así, en Xalapa, uno se encuentra con, por ejemplo, el norteamericano David Rieff o el británico Salman Rushdie, y sus preguntas o sus anécdotas iniciales siempre son sobre los autores del boom u otros latinoamericanos. Pocas cosas ayudan más que estas citas a la interconexión no solo entre españoles y latinoamericanos, sino del mundo anglosajón con ese territorio que Carlos Fuentes bautizó como la Mancha.El Hay es tal vez uno de los eventos que mejor ha entendido la globalización. A semejanza de lo que hace el festival musical Sónar que, desde Barcelona, expande su marca con nuevos eventos en Sudáfrica o ahora en Estocolmo, la tribu organizadora del Hay parece consciente de que, hoy día, hay un solo mundo literario y que debemos multiplicar los puntos de contacto entre ciudades, sin olvidar por ello lo local.
Afiche del Hay Festival 2015.
Por eso, y por sus extensiones en otras ciudades dentro de un mismo país, sus acciones en zonas desfavorecidas, y porque ha conectado con los jóvenes, sacando la literatura de las aulas y llevándola a las plazas, deseemos larga vida al Hay, dondequiera que se celebre, porque en él seguirán sucediendo cosas maravillosas.
martes, 3 de febrero de 2015
Gabriel García Márquez : "He dejado de escribir"
La última entrevista que concedió el escritor al periodista Xavi Ayen
Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad. /Daniel Mordzinski./las2orillas.co En febrero del 2006, el Magazine de La Vanguardia publicó la que iba a ser la última entrevista que concedería el premio Nobel. Centenares de medios de comunicación de todo el mundo se refirieron a ella, por su anuncio de que había dejado de escribir:En ese inmenso hervidero humano y social que es la plaza mexicana del Zócalo —epicentro de los poderes del país y escaparate de las más diversas protestas—, entre acampadas y reivindicaciones de campesinos sin tierra, ciudadanos sin casa o mujeres víctimas de la violencia de sus maridos, varios grupos de indígenas desinfectan de malos espíritus a los viandantes, a cambio de unas monedas. Estamos tentados de solicitar sus servicios, pues faltan tan sólo unas horas para que acudamos a entrevistar a Gabriel García Márquez, un privilegio que pocos periodistas han disfrutado desde que le concedieron el premio Nobel de Literatura en 1982, y nos asalta el temor de que a última hora todo se desmorone por cualquier imprevisto.El chofer conoce bien dónde se encuentra el Pedregal de San Angel, un barrio residencial construido sobre piedras volcánicas en el que se alojan estrellas de cine, ex presidentes y banqueros.Tras franquear la puerta de entrada y un recogido patio exterior, llegamos a la sala de estar, casi sin resuello, cargando los pesados regalos de Navidad que nos han dado para él algunos amigos suyos de Barcelona. Gabo y su mujer, Mercedes Barcha, viven aquí desde 1975, cuando se fueron de España, aunque desde entonces han realizado sucesivas ampliaciones y reformas. Hay vigas de madera, y mil rendijas, ventanas, visillos y aperturas por las que entra el sol y se enseñorea de los interiores, iluminando, por ejemplo, las fotos de los cinco nietos del escritor, con edades que oscilan entre los 18 y los 7 años, o un enorme muñeco amarillo que parece una especie de conejo.Mientras esperamos, curioseamos en la mesa donde reposan libros de fotografías de los premios Nobel, y otros de imágenes tomadas por Richard Avedon (poco después, Gabo nos comentará: “Ese Avedon… vino aquí, me hizo una foto y a los 15 días se murió, nunca la he visto”). Atravesamos un jardín repleto de flores —con unas esplendorosas orquídeas— para finalmente llegar al lugar donde Gabriel García Márquez se hizo construir un estudio aislado para trabajar. Le sorprendemos ante el ordenador, pero no en el momento mágico de la escritura, sino leyendo por Internet la prensa internacional. Amablemente, nos invita a tomar asiento y nos deja claro que hará una excepción sometiéndose con resignación a esta entrevista, porque no ha sido capaz de resistirse a la confabulación de su entorno familiar y afectivo; en ese momento, nos agarra del brazo y nos pregunta, en un susurro: “Y ahora, díganme, ¿cuánto le han pagado a mi mujer?”Gabriel García Márquez con su esposa, Mercedes Barcha, en su casa de México DF, en diciembre de 2005, durante la conversación con el Magazine de La Vanguardia, su última entrevista concedida a un medio de comunicación. Kim ManresaEl encuentro inicial, pues, tiene lugar en su estudio, y sólo será interrumpido por unas estentóreas frases en inglés que pronuncia, de vez en cuando, su ordenador, como si hubiera sido intervenido por la CIA. Gabo posee una máquina de última generación, con todos los avances multimedia, pues hace muchísimos años que abandonó su legendaria máquina de escribir eléctrica. “El primer ordenador que salió al mercado lo debí de usar yo —presume—. Cuando escribía a máquina, tenía un promedio de un libro cada siete años, y con el ordenador pasó a ser uno cada tres años, porque la computadora hace mucho trabajo por uno. Tengo varios equipos exactamente iguales, uno aquí, uno en Bogotá y otro en Barcelona, y llevo siempre un disquete en el bolsillo”.Mientras habla, va bebiendo un refresco de cola, una adicción sólo superada por su necesidad de permanente contacto con las noticias e informaciones que le llegan por teléfono, Internet, fax y correo —a menudo, de fuentes de primera mano— sobre la actualidad del mundo y, en especial, de su país, Colombia.Reticente a hablar de su vida privada (“para eso ya está mi biógrafo oficial, el norteamericano Gerald Martín, quien, por cierto, ya debería haber publicado el libro, yo creo que está esperando a que me pase algo…”), cuenta que “este año 2005 me lo he tomado sabático. No me he sentado ante la computadora. No he escrito una línea. Y, además, no tengo proyecto ni perspectivas de tenerlo. No había dejado nunca de escribir, este ha sido el primer año de mi vida en que no lo he hecho. Yo trabajaba cada día, desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, decía que era para mantener el brazo caliente…, pero en realidad era que no sabía qué hacer por la mañana”.¿Y ahora ha encontrado algo mejor que hacer?He encontrado una cosa fantástica: ¡quedarme en la cama leyendo! Leo todos aquellos libros que nunca tuve tiempo para leer… Recuerdo que antes sufría un gran desconcierto cuando, por lo que fuera, no escribía. Tenía que inventar alguna actividad para poder vivir hasta las tres de la tarde, para distraer la angustia. Pero ahora me resulta placentero.¿Y el segundo volumen de memorias?Creo que no voy a escribirlo. Tengo algunas notas escritas, pero no quiero que sea una mera mecánica profesional. Me doy cuenta de que, si publico un segundo tomo, voy a tener que decir en él cosas que no quiero decir, a causa de algunas relaciones personales que no son muy buenas. El primer tomo, Vivir para contarla, es exactamente lo que yo quería. En el segundo, me encontré una cantidad de gente que tenía que aparecer, y que, caramba, no quiero que estén en mis memorias. No sería honrado dejarles fuera, porque fueron importantes en mi vida, pero no me caen simpáticos.Aunque Gabo no da nombres, no podemos evitar preguntarle por Mario Vargas Llosa, el escritor peruano cuya amistad quedó cortada de raíz tras el puñetazo en público que éste le propinó, aquí en México, en el año 1976, a causa de un incidente personal cuyo esclarecimiento ellos han delegado en “los biógrafos del futuro”. ¿No ve posible que, algún día, se produzca una reconciliación? En ese momento, su esposa, Mercedes Barcha, que ha entrado en el estudio hace unos minutos, responde con contundencia: “Para mí ya no es posible. Han pasado treinta años”.“¿Tanto?”, pregunta Gabo, sorprendido. “Hemos vivido tan felices estos treinta años sin él que no lo necesitamos para nada”, asegura Mercedes, antes de matizar que “Gabo es más diplomático, así que esta frase pueden ponerla exclusivamente en mi boca”.Volviendo a su inédito período de inactividad, el Nobel aclara que “se me ha acabado el año sabático, pero ya encuentro excusas para prorrogarlo durante todo el 2006. Ahora que he descubierto que puedo leer sin escribir, a ver hasta dónde llega. Yo creo que me lo gané. Con todo lo que he escrito, ¿no? Aunque si mañana se me ocurriera una novela, ¡qué maravilla sería! En verdad, con la práctica que tengo, podría hacer una sin más problemas: me siento ante la computadora y la saco…, pero la gente se da cuenta si no has puesto las tripas. Ahí detrás de mí están encendidos todos los aparatos informáticos, listos para entrar en acción el día que se me ocurra. Me encantaría encontrar un tema, pero no tengo necesidad de sentarme a inventarlo. La gente debe saber que, si publico algo más, será porque valga la pena”.“De hecho —comenta—, ya tampoco me despierto por la noche asustado, tras haber soñado con los muertos de los que me hablaba mi abuela en Aracataca, cuando era niño, y creo que eso tiene que ver con lo mismo, con que se me acabó el tema”.Su último “tema”, hasta el momento, ha sido Memoria de mis putas tristes, novela corta publicada en el 2004 que millones de lectores en todo el mundo esperan que no sea el último estallido de su fuerza creativa. “Tampoco estaba en el programa —revela ahora. En realidad, proviene de un programa anterior, había pensado en una serie de relatos en ambientes prostibularios, de ese tipo. Hace tiempo escribí cuatro o cinco historias, pero la única que me gustó fue la última, me di cuenta de que el tema no daba para tanto, de que lo que realmente andaba buscando era aquello, así que decidí prescindir de las primeras y publicar la última de manera independiente”.Otro proyecto en el que andaba trabajando, y que quedó interrumpido, era la historia de un hombre que debía morir al escribir la última frase. “Pero pensé: a ver si te va a suceder a ti…”.Gabo no parece vivir su parón creativo con ninguna congoja, sino con despreocupación típicamente caribeña. “Dejar de escribir no ha cambiado mi vida, ¡eso es lo mejor! Las horas que utilizaba para hacerlo no han quedado secuestradas por otras actividades enojosas”.El escritor nos muestra el gran muñeco amarillo que vimos al entrar: “Es una artesanía mexicana, regalo de Felipe González, que viene mucho por aquí”. La conversación deriva entonces hacia su fascinación por el poder y los diferentes mandatarios y ex mandatarios que le visitan. “Como escritor, me interesa el poder, porque resume toda la grandeza y miseria del ser humano”.Entre sus amistades, destaca a Clinton. “¿No le conocen ustedes? ¡Es un tipo estupendo! Yo no me lo he pasado tan bien como junto a él. El sida es el gran tema que le preocupa ahora, es un hombre sinceramente alarmado y angustiado por el poco interés que las autoridades prestan a la extensión alarmante de la enfermedad por nuevas zonas, en especial por el Caribe. No le hacen caso, pero nadie sabe más que él sobre ese tema”.El Nobel nos señala la ubicación de la sala de cine privada que tiene en su casa. “Es muy difícil que yo pueda ir a las sesiones normales, me paso horas y horas firmando autógrafos en la puerta. Así que me envían aquí películas o, si no, me invitan a proyecciones restringidas”.Su pasión por el séptimo arte no es nueva: de joven, incluso soñó con dirigir películas, lo que ha acabado realizando su hijo Rodrigo, habitual de prestigiosos festivales como Cannes, Locarno o San Sebastián. Rodrigo, además de haber dirigido episodios de “Los Soprano” y “A dos metros bajo tierra”, es el cineasta responsable de largometrajes como “Cosas que diría con solo mirarla”, “Diez pequeñas historias de amor” o “Nueve vidas”. “Menos mal que son excelentes —comenta su padre. ¡Lo horrible que hubiera sido para mí que no me parecieran buenas!”. Rodrigo vive en Hollywood, y su hermano Gonzalo, en París. Ambos están pasando estos días con sus padres, y entran y salen de la casa con la misma libertad con que lo hicieron de niños. Al día siguiente, Gonzalo, diseñador gráfico y pintor, nos explicará que “Gabo no era un padre de juegos, pero sí de muchos diálogos, de compartir con nosotros cosas de adulto. Las cosas que hacíamos con él de pequeños era hablar y escuchar música”.García Márquez ha ido desarrollando sus mecanismos para preservar su vida privada, cada vez más eficaces, y parece haber conjurado el peligro de que su éxito le robara tiempo para los afectos de hijos, nietos y amigos. Antes, sin embargo, “la fama estuvo a punto de desbaratarme la vida, porque perturba el sentido de la realidad, tanto como el poder. Te condena a la soledad, genera un problema de incomunicación que te aísla”.De repente, suena el teléfono, y el escritor pronostica: “Seguro que es Carmen Balcells…” Mercedes descuelga y, en efecto, al otro lado del aparato, habla la agente literaria más famosa de la tierra. El escritor se ríe con ganas: “¿Ven? No tiene sosiego. No se le escapa nada, sabía que estábamos hablando con ustedes… Nos tiene más controlados que nunca”.La relación profesional de Carmen Balcells con García Márquez se remonta a 1961, cuando nadie creía todavía en aquel joven escritor, que no se convertiría en una celebridad mundial hasta Cien años de soledad (1967), obra en la que desgrana los avatares de varias generaciones de los Buendía y que, con sus personajes con colita de cerdo o sacerdotes que levitan, se considera la referencia del realismo mágico.En vez de realizar un paseo físico por el DF, Gabo sugiere que nos traslademos mentalmente a otra ciudad, a la Barcelona de los a-os 60 y 70, donde él vivió y escribió El otoño del patriarca: “Llegamos en 1967, cargando una piel de caimán de dos metros que me regaló un amigo. Yo estaba dispuesto a venderla, porque necesitábamos el dinero, pero me lo pensé mejor y al final no lo hicimos. Ha viajado con nosotros por medio mundo, en funciones de amuleto. Todo fue muy rápido, en los años que viví en Barcelona pasé de no tener para comer —antes, en París, había llegado a pedir en el metro— a poder comprarme casas”.“Tengo la impresión de que aquella ciudad no nos sorprendió mucho —explica. Era como si ya la hubiéramos visto antes. La razón por la cual no fui a ningún otro lugar es Ramón Vinyes, el ”sabio catalán” que hice aparecer como personaje en Cien años de soledad. En la Barranquilla de mi juventud, él me había ”vendido” hasta tal punto la Barcelona idealizada de sus recuerdos de exiliado, que no dudé en ningún momento”. Mercedes Barcha y Gabo, al trasladarse a España, dejaron atrás un México cosmopolita, culto y liberal, y unos círculos cinematográficos, artísticos y literarios repletos de personalidades y actividades que dejaban atrás a la pacata España del tardofranquismo. Barcha recuerda divertida que “era todo un poco snob, los barceloneses descubrían entonces el mundo de la discoteca, ¡cuando aquí en México había miles! ¡Se ponían incluso sombreros para ir a la disco!”“Trataban de superar a París”, recuerda García Márquez.“He visto la serie ”Cuéntame” y es exacta: Gabo y yo llegamos a aquel mundo”, remarca, divertida, Mercedes.“Había como una especie de ”destape” clandestino, focalizado en la discoteca Bocaccio. Nos parecía una cosa anticuada”, refuerza Gabo.Barcha apunta: “Ellos, los barceloneses, pensaban que éramos nosotros los atrasados, por latinoamericanos, pero era completamente al revés. Yo iba por la calle con mis pantalones y mis jeans y se me acercaba la gente a mirarme como una cosa rara. Un día, le dije a la mujer de Luis Goytisolo: ”Oye, María Antonia, me miran mucho, ¿por qué será?”. ”No te preocupes, a mí también”, me respondió”.Los rigores de la dictadura franquista no apretaban tanto en Barcelona como en Madrid, centro del poder político, y los García disfrutaban de la proximidad con Francia. Gabo recuerda que “íbamos a Francia a ver películas, como ”El último tango en París”, que descubrimos en Perpiñán. A veces nos íbamos tres días a París, a ponernos al día de todo. Barcelona era la puerta a Europa: desde allí nos desplazábamos a Londres (donde aprendimos inglés), Milán… Asistíamos a conciertos, estrenos teatrales, calmé toda mi ansiedad cultural”.Gabo y Mercedes vivieron la efervescencia de la gauche divine, las madrugadas infinitas de Bocaccio, el florecimiento de las nuevas editoriales, las conspiraciones ante la inminente muerte de Franco… Se juntaban con otros escritores atraídos a Barcelona por la “Mamá Grande” Balcells, como José Donoso o Mario Vargas Llosa, y recibían las visitas de Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Pablo Neruda…“Ahora da casi vergüenza decirlo, pero nos la pasamos muy bien”, comenta Gabo. “En aquella Barcelona de los primeros setenta se vivía excelentemente, da pena admitirlo. Es ahora, al pensarlo un poco, cuando nos damos cuenta de lo triste que era todo”.Paradójicamente, los García se fueron antes de que llegara la democracia: “Estábamos en Bogotá cuando murió Franco y, al conocer la noticia, nos volvimos a México. Pensamos que en España la cosa se iba a agitar mucho, que vendría una gran inestabilidad, tampoco sabíamos cómo iba a reaccionar el nuevo gobierno español ante la inminente El otoño del patriarca, que retrataba el ocaso de un dictador. Pensé que no se iban a creer que yo me había inspirado en modelos latinoamericanos, como el venezolano Juan Vicente Gómez o el haitiano ”Papá Doc”, que mandó exterminar todos los perros negros de su país porque creía que un enemigo suyo se había convertido en uno de ellos, o el salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez, que hizo forrar con papel rojo todo el alumbrado público del país para combatir una epidemia de sarampión. No sé cómo se va a entender esto, pero a mí Franco me resultaba un dictador demasiado moderno y civilizado para el que yo tenía en la cabeza o en el alma. De hecho, la mejor crítica a este libro me la hizo el panameño Omar Torrijos, cuarenta y ocho horas antes de morir, que me dijo: ”Es tu mejor libro, todos somos así como tú dices””.Gabo tiene casa en Barcelona, y “sigo yendo a esa ciudad, con frecuencia casi anual, aunque mi visita del 2005 causó demasiado alboroto, porque esta vez llevaba cinco años sin ir. Cuando llegamos, siempre es como si no hubiéramos dejado de vivir allí. Nos levantamos como si fuera lo más normal del mundo, y vamos a comer con los amigos de siempre. Paseamos y nos vemos envejecer. Vamos a pie a todas partes. Le paran a uno, le gritan de un lado a otro de la calle, pero con esa distancia con que los catalanes se conducen, modulando sus muestras de afecto. Por ejemplo, fuimos también unos días a Madrid, donde tenemos muchos amigos, pero no nos quedamos porque hay más novelería, mientras que en Barcelona nos volvemos un caso diario. En Madrid corre la voz entre periodistas, cantantes, gente del cine… es la pachanga permanente”.Gabo sigue huyendo de la luz de los focos públicos. Cree que la discreción es siempre más efectiva, incluso en política. Ha mantenido su amistad con Fidel Castro, pero se ha separado “en silencio” de las posturas dogmáticas, y a la vez su intervención personal ha sido decisiva para que el régimen cubano libere a algunos presos políticos o suavice algunas posturas. Sus intervenciones en varios países incluyen desde la liberación de banqueros secuestrados en El Salvador a conseguir que dictadores permitan abandonar su país a familiares de disidentes, entre otros muchos episodios dignos de una película de James Bond o de una novela de su amigo Graham Greene, como cuando, en 1995, los secuestradores de Juan Carlos Gaviria exigieron que Gabo asumiera la presidencia de Colombia (la respuesta del escritor fue: “Nadie puede esperar que asuma la irresponsabilidad de ser el peor presidente de la República (…) Liberen a Gaviria, quítense las máscaras y salgan a promover sus ideas de renovación al amparo del orden constitucional”). “Yo he sido siempre más conspirador que ”firmador” —apunta. He logrado siempre muchas más cosas mirando de arreglarlas por debajo que firmando manifiestos de protesta”Dentro de esa “diplomacia secreta”, ahora, por ejemplo, realiza funciones de mediador por la paz en Colombia, acercando las posiciones del Gobierno del presidente Uribe con las de la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN). “Tal vez mejor no tratemos mucho eso, porque está todavía hablándose. No es bueno hacer declaraciones cuando se trabaja en ello. Desde que me concibieron, estoy oyendo hablar del proceso de paz de Colombia. Ahora, después de un largo tira y afloja, se pusieron de acuerdo para conversar. He participado en unas primeras conversaciones en La Habana, y fue muy bien. Tengo buenas relaciones con ambos lados. Estas gestiones, para un escritor como yo, acostumbrado a ganar, son siempre una cura de humildad, pues intervienen una conjunción de factores muy diversos”.“La violencia ha existido siempre, tiene muchos años en Colombia —recuerda. El tema de fondo es una situación económica escindida entre los muy ricos y los muy pobres. Y el negocio de la coca es mucho dinero, ¡barriles de dinero! El día en que se acabe la droga, todo va a mejorar muchísimo, porque eso fue lo que lo exacerbó todo. Los grandes productores del mundo están allá. De manera que ya no pelean por la política, como antes, sino por el control de la droga. Y Estados Unidos también está totalmente metido en eso”.Mientras posa para unas fotos en el jardín junto a su esposa, Gabo le comenta, bromeando: “Ya ves por qué nunca doy entrevistas, Mercedes. Llegan con esa mansedumbre, y no se van nunca. Ahora me dicen que te abrace, ¿y qué vendrá después? Son capaces de pedirme que diga que te quiero”. Una afirmación superflua, teniendo en cuenta que se conocieron cuando ella era una niña de 13 años y que siguen ahí, compartiendo sus vidas.Antes de que abandonemos su casa, García Márquez se interesa por los premios Nobel que irán apareciendo en esta serie de entrevistas: “Ah, veo que escogen sólo a los buenos”. Seguro de sí mismo, próximo, agarra de vez en cuando a su interlocutor sin que sea posible percibir en él rasgo alguno de su legendaria timidez, aquella que en Barcelona le hacía enmudecer y le activaba mil temblores cuando tenía que hablar en público. “Yo creo que debo de tener fobia social, como la Nobel austríaca, Elfriede Jelinek, porque puedo mantener una conversación de tú a tú, pero me cuesta horrores dirigirme a un auditorio. ¿Mi timidez? Tengo la gran ventaja de que ahora la gente entra en esta casa ya intimidada… y así me va mejor”
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