jueves, 5 de febrero de 2015

Colombia presenta el menú literario de García Márquez en Madrid Fusión

Alejandro Cuéllar fabrica en directo sus platos de  Cocina Silvestre 

 
Menú Literario de García Márquez./lainformación.com
Los ingredientes, platos y bebidas que los personajes del escritor Gabriel García Márquez degustan en El Amor en los Tiempos del Cólera,  Los Funerales de la Mamá Grande y  Doce Cuentos Peregrinos  aterrizan en Madrid Fusión a través de El menú literario de García Márquez.
Este comprende degustaciones, lecturas y un conversatorio, inspirados en la investigación que María Gutiérrez de Piñeres --directora de la oficina de experiencias gastronómicas Foodies y ganadora del Programa Nacional de Estímulos del Ministerio de Cultura de Colombia- realizó sobre la influencia de la cocina tradicional del Caribe colombiano en la literatura de García Márquez y que fue la base para la creación del paseo gastronómico que Foodies estrenó recientemente en Cartagena de Indias.
Las degustaciones se ofrecerán en el stand 'Colombia es Realismo Mágico', de Procolombia, de 9:00 a 11:00 horas durante los días de Madrid Fusión y estarán acompañadas de la lectura de aquellos pasajes que mencionan el gusto de Fermina y Florentino por ambos sabores.
El conversatorio  El menú literario de García Márquez  abre la programación literaria del GastroFestival 2015 que organiza el Ayuntamiento de Madrid, a través de la empresa municipal Madrid Destino, en colaboración con Madrid Fusión.
La conversación entre María Gutiérrez y la periodista gastronómica Mar Romero presentará en 3 tiempos una entrada de origen americano extraída de  Los Funerales de la Mamá Grande, un plato fuerte de influencia española de  Doce Cuentos Peregrinos  y un postre de origen mestizo tomado de El Amor en los Tiempos del Cólera, que funde a América, España y África en un mordisco. La cita es el 3 de Febrero en el Centro Cultural Conde Duque a las 20:00 horas.
Las raíces africanas
La chef colombiana Leo Espinosa cocinará el martes por la noche en el restaurante La 38 de Larumbe, dentro de la programación de Cocine con las estrellas. Allí ofrecerá un menú degustación de cinco pasos mezclando frutos del mar Mediterráneo con sabores colombianos.
El miércoles 4 de febrero, Espinosa hará una ponencia en el Palacio Municipal de Congresos de Madrid. Allí mostrará el documental de siete minutos, titulado  Fogón de Negros  en homenaje al gran investigador de la cocina del Pacífico y creador del Festival Petronio Álvarez, Germán Patiño, en el que mostrará un mundo de realismo mágico donde la vida está basada en el imborrable legado africano.
Luego, realizará su intervención en la que resaltará la labor de la mujer en la cultura afro con su cocina como el principal aporte al mestizaje culinario de Colombia. Posterior a ello, ofrecerá unas muestras de bebidas ancestrales como el  Arrechón y la 'Tomaseca  y un mojo de hierbas de azotea con coco que representa el sabor de la cocina del litoral Pacífico.
Además,
Espinosa cocinará dos platos representativos de la cocina del Pacífico: un  Encocao de piangua y un  Atollao de piacuil, moluscos típicos de la zona en una preparación tradicional.

Aquellos años del boom

En los últimos 10 años he vivido enfrascado en la realización de Aquellos años del boom, un libro editado recientemente por RBA, de unas 900 páginas de extensión, sobre el que, a mi juicio, ha sido el grupo de escritores más importante del siglo XX, incluso tal vez el último grupo literario que haya funcionado como tal

 
Portada Aquellos años del boom./eltiempo.com
He pasado ese tiempo –salvo distracciones mayores, como tener un par de hijos o acudir a la redacción del diario donde trabajo– entrevistando a más de 150 personas, muchas de ellas en mi ciudad, Barcelona, donde aún viven, por ejemplo, la superagente Carmen Balcells o Paco Porrúa, el editor que lanzó al mundo Cien años de soledad, y donde pasaba cada vez más largas temporadas Aurora Bernárdez, la primera esposa de Cortázar, recientemente fallecida.
Pero también he viajado a los archivos de la Universidad de Princeton, en EE. UU., donde dejaron sus papeles –o al menos buena parte de ellos– Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, José Donoso o Guillermo Cabrera Infante. He ido a Buenos Aires, Lima, México, Bogotá, París, Londres… entrevistando a testimonios, amigos, estudiosos y viudas, husmeando en archivos familiares, visitando lugares por los que ellos (principalmente Gabo, Vargas Llosa, Cortázar, Donoso y Fuentes) pasaron.
Ahora me he dado cuenta de que, cuando yo empezaba a proyectar este libro, nacía el Hay Festival en español y no puedo evitar contemplar su espectacular desarrollo con una ternura y afecto especiales, no solo porque su crecimiento se haya producido en paralelo al de mi libro, sino porque, echando un vistazo en la web a los videos que muestran charlas y debates celebrados en sus diversas ediciones, creo que aquellos estudiosos que, dentro de 20 años, se enfrenten al análisis de la literatura que se hacía en español a principios del siglo XXI no podrán eludir consultar estos archivos audiovisuales que recogen con dinamismo el diálogo entre autores.
¡Ojalá hubiera existido el Hay en los años setenta!, y así pudiéramos asistir, como si estuviéramos sentados entre el público, a una conversación entre el neurótico José Donoso y su amigo Vargas Llosa, como pudimos ver su diálogo con Herta Müller en el 2013.
Fue en el Hay de Cartagena, en el 2010, cuando estuvo a punto de producirse un encuentro entre García Márquez y Vargas Llosa que hubiera cambiado aspectos fundamentales de mi libro. Daniel Mordzinski –el mejor fotógrafo de escritores del mundo– estaba allí, como siempre está, y ambos, Gabo y Mario, Mario y Gabo, conocedores de su trabajo, accedieron a dejarse retratar, una vez más, por él.
Cuando Mordzinski acudió a la casa de García Márquez, el escritor y su esposa Mercedes le anunciaron su intención de asistir, aquella misma noche, a la inauguración de una exposición de sus fotos en el festival. A las pocas horas, Vargas Llosa le anunció a Mordzinski no solo su intención de acudir a la vernissage sino que le solicitó permiso para pronunciar en ella unas palabras laudatorias. Alarmado ante la probable colisión –que sí hubiera hecho boom–, el fotógrafo alertó a la organización y, sin que se sepa si la tan omnipresente como discreta Cristina Fuentes realizó alguna gestión al respecto, el caso es que aquella noche solamente Vargas Llosa asistió al acto, mientras que García Márquez se pasó también por la sala… pero unos días después.
A diferencia de Mordzinski, yo no he estado cerca de que se produzca el milagro de ese encuentro. Me he tenido que contentar con el placer de hablar con los dos. A finales del 2005, recibí una extraña invitación de la agente Carmen Balcells, que se compadeció de mis intentos infructuosos por conseguir una entrevista con García Márquez. Faltaban pocos días para Navidad y recuerdo esa conversación como si se hubiera producido ayer.
‘¿Qué haces este fin de semana?’ ‘He quedado con la familia’. ‘¿No quieres ver a Gabo?’ ‘¡Claro!’ ‘¿Por qué no le llevas mis regalos de Navidad a México? Así seguro que te abre la puerta’. Dicho y hecho, me embarqué cargado con una sospechosa maleta que, según la báscula del aeropuerto del Prat, pesaba más de 45 kilos. No me habían dado ninguna indicación: como en una película de espías, solamente sabía que debía alojarme una semana en un determinado hotel y que Gabo se pondría en contacto conmigo, como así sucedió.
Cinco años después, y tan solo unos meses después de aquel fallido encuentro cartagenero entre Gabo y Vargas Llosa, el azar quiso que me encontrara en el piso de Manhattan de Vargas Llosa, la mañana en que la Academia Sueca le comunicó que había ganado el Nobel. Los ilustres académicos del norte habían puesto, sin saberlo, un bonito final a mi historia.
Relaciono muchos de mis recuerdos del boom con diversos momentos del Hay Festival. El Hay es diferente al resto de festivales, y es diferente también a las ferias del libro, aunque tengan elementos en común. Con todas sus sedes, repartidas por cuatro continentes, y en continua expansión y transformación, la cita es el meeting point de la literatura mundial.
De izquierda a derecha: Javier Cercas, Almudena Grandes, Boris Pfeiffer, Laura Bates. Foto: Archivo particular.
Así, en Xalapa, uno se encuentra con, por ejemplo, el norteamericano David Rieff o el británico Salman Rushdie, y sus preguntas o sus anécdotas iniciales siempre son sobre los autores del boom u otros latinoamericanos. Pocas cosas ayudan más que estas citas a la interconexión no solo entre españoles y latinoamericanos, sino del mundo anglosajón con ese territorio que Carlos Fuentes bautizó como la Mancha.
El Hay es tal vez uno de los eventos que mejor ha entendido la globalización. A semejanza de lo que hace el festival musical Sónar que, desde Barcelona, expande su marca con nuevos eventos en Sudáfrica o ahora en Estocolmo, la tribu organizadora del Hay parece consciente de que, hoy día, hay un solo mundo literario y que debemos multiplicar los puntos de contacto entre ciudades, sin olvidar por ello lo local.
Afiche del Hay Festival 2015.

Por eso, y por sus extensiones en otras ciudades dentro de un mismo país, sus acciones en zonas desfavorecidas, y porque ha conectado con los jóvenes, sacando la literatura de las aulas y llevándola a las plazas, deseemos larga vida al Hay, dondequiera que se celebre, porque en él seguirán sucediendo cosas maravillosas.

Gabo en pixeles

Homenaje digital para el referente del realismo mágico: Gabriel García Márquez


Un visitante observa interesado en la muestra y homenaje a Gabriel García Márquez./msn.com




 













fuente:msn.com. Fotos: Juan Celi.

martes, 3 de febrero de 2015

Gabriel García Márquez : "He dejado de escribir"

La última entrevista que concedió el escritor al periodista Xavi Ayen
Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad. /Daniel Mordzinski./las2orillas.co

En febrero del 2006, el Magazine de La Vanguardia publicó la que iba a ser la última entrevista que concedería el premio Nobel. Centenares de medios de comunicación de todo el mundo se refirieron a ella, por su anuncio de que había dejado de escribir:
En ese inmenso hervidero humano y social que es la plaza mexicana del Zócalo —epicentro de los poderes del país y escaparate de las más diversas protestas—, entre acampadas y reivindicaciones de campesinos sin tierra, ciudadanos sin casa o mujeres víctimas de la violencia de sus maridos, varios grupos de indígenas desinfectan de malos espíritus a los viandantes, a cambio de unas monedas. Estamos tentados de solicitar sus servicios, pues faltan tan sólo unas horas para que acudamos a entrevistar a Gabriel García Márquez, un privilegio que pocos periodistas han disfrutado desde que le concedieron el premio Nobel de Literatura en 1982, y nos asalta el temor de que a última hora todo se desmorone por cualquier imprevisto.
El chofer conoce bien dónde se encuentra el Pedregal de San Angel, un barrio residencial construido sobre piedras volcánicas en el que se alojan estrellas de cine, ex presidentes y banqueros.
Tras franquear la puerta de entrada y un recogido patio exterior, llegamos a la sala de estar, casi sin resuello, cargando los pesados regalos de Navidad que nos han dado para él algunos amigos suyos de Barcelona. Gabo y su mujer, Mercedes Barcha, viven aquí desde 1975, cuando se fueron de España, aunque desde entonces han realizado sucesivas ampliaciones y reformas. Hay vigas de madera, y mil rendijas, ventanas, visillos y aperturas por las que entra el sol y se enseñorea de los interiores, iluminando, por ejemplo, las fotos de los cinco nietos del escritor, con edades que oscilan entre los 18 y los 7 años, o un enorme muñeco amarillo que parece una especie de conejo.
Mientras esperamos, curioseamos en la mesa donde reposan libros de fotografías de los premios Nobel, y otros de imágenes tomadas por Richard Avedon (poco después, Gabo nos comentará: “Ese Avedon… vino aquí, me hizo una foto y a los 15 días se murió, nunca la he visto”). Atravesamos un jardín repleto de flores —con unas esplendorosas orquídeas— para finalmente llegar al lugar donde Gabriel García Márquez se hizo construir un estudio aislado para trabajar. Le sorprendemos ante el ordenador, pero no en el momento mágico de la escritura, sino leyendo por Internet la prensa internacional. Amablemente, nos invita a tomar asiento y nos deja claro que hará una excepción sometiéndose con resignación a esta entrevista, porque no ha sido capaz de resistirse a la confabulación de su entorno familiar y afectivo; en ese momento, nos agarra del brazo y nos pregunta, en un susurro: “Y ahora, díganme, ¿cuánto le han pagado a mi mujer?”
Garcia-Marquerz
Gabriel García Márquez con su esposa, Mercedes Barcha, en su casa de México DF, en diciembre de 2005, durante la conversación con el Magazine de La Vanguardia, su última entrevista concedida a un medio de comunicación. Kim Manresa

El encuentro inicial, pues, tiene lugar en su estudio, y sólo será interrumpido por unas estentóreas frases en inglés que pronuncia, de vez en cuando, su ordenador, como si hubiera sido intervenido por la CIA. Gabo posee una máquina de última generación, con todos los avances multimedia, pues hace muchísimos años que abandonó su legendaria máquina de escribir eléctrica. “El primer ordenador que salió al mercado lo debí de usar yo —presume—. Cuando escribía a máquina, tenía un promedio de un libro cada siete años, y con el ordenador pasó a ser uno cada tres años, porque la computadora hace mucho trabajo por uno. Tengo varios equipos exactamente iguales, uno aquí, uno en Bogotá y otro en Barcelona, y llevo siempre un disquete en el bolsillo”.
Mientras habla, va bebiendo un refresco de cola, una adicción sólo superada por su necesidad de permanente contacto con las noticias e informaciones que le llegan por teléfono, Internet, fax y correo —a menudo, de fuentes de primera mano— sobre la actualidad del mundo y, en especial, de su país, Colombia.
Reticente a hablar de su vida privada (“para eso ya está mi biógrafo oficial, el norteamericano Gerald Martín, quien, por cierto, ya debería haber publicado el libro, yo creo que está esperando a que me pase algo…”), cuenta que “este año 2005 me lo he tomado sabático. No me he sentado ante la computadora. No he escrito una línea. Y, además, no tengo proyecto ni perspectivas de tenerlo. No había dejado nunca de escribir, este ha sido el primer año de mi vida en que no lo he hecho. Yo trabajaba cada día, desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, decía que era para mantener el brazo caliente…, pero en realidad era que no sabía qué hacer por la mañana”.
¿Y ahora ha encontrado algo mejor que hacer?
He encontrado una cosa fantástica: ¡quedarme en la cama leyendo! Leo todos aquellos libros que nunca tuve tiempo para leer… Recuerdo que antes sufría un gran desconcierto cuando, por lo que fuera, no escribía. Tenía que inventar alguna actividad para poder vivir hasta las tres de la tarde, para distraer la angustia. Pero ahora me resulta placentero.
¿Y el segundo volumen de memorias?
Creo que no voy a escribirlo. Tengo algunas notas escritas, pero no quiero que sea una mera mecánica profesional. Me doy cuenta de que, si publico un segundo tomo, voy a tener que decir en él cosas que no quiero decir, a causa de algunas relaciones personales que no son muy buenas. El primer tomo, Vivir para contarla, es exactamente lo que yo quería. En el segundo, me encontré una cantidad de gente que tenía que aparecer, y que, caramba, no quiero que estén en mis memorias. No sería honrado dejarles fuera, porque fueron importantes en mi vida, pero no me caen simpáticos.
Aunque Gabo no da nombres, no podemos evitar preguntarle por Mario Vargas Llosa, el escritor peruano cuya amistad quedó cortada de raíz tras el puñetazo en público que éste le propinó, aquí en México, en el año 1976, a causa de un incidente personal cuyo esclarecimiento ellos han delegado en “los biógrafos del futuro”. ¿No ve posible que, algún día, se produzca una reconciliación? En ese momento, su esposa, Mercedes Barcha, que ha entrado en el estudio hace unos minutos, responde con contundencia: “Para mí ya no es posible. Han pasado treinta años”.
“¿Tanto?”, pregunta Gabo, sorprendido. “Hemos vivido tan felices estos treinta años sin él que no lo necesitamos para nada”, asegura Mercedes, antes de matizar que “Gabo es más diplomático, así que esta frase pueden ponerla exclusivamente en mi boca”.
Volviendo a su inédito período de inactividad, el Nobel aclara que “se me ha acabado el año sabático, pero ya encuentro excusas para prorrogarlo durante todo el 2006. Ahora que he descubierto que puedo leer sin escribir, a ver hasta dónde llega. Yo creo que me lo gané. Con todo lo que he escrito, ¿no? Aunque si mañana se me ocurriera una novela, ¡qué maravilla sería! En verdad, con la práctica que tengo, podría hacer una sin más problemas: me siento ante la computadora y la saco…, pero la gente se da cuenta si no has puesto las tripas. Ahí detrás de mí están encendidos todos los aparatos informáticos, listos para entrar en acción el día que se me ocurra. Me encantaría encontrar un tema, pero no tengo necesidad de sentarme a inventarlo. La gente debe saber que, si publico algo más, será porque valga la pena”.
“De hecho —comenta—, ya tampoco me despierto por la noche asustado, tras haber soñado con los muertos de los que me hablaba mi abuela en Aracataca, cuando era niño, y creo que eso tiene que ver con lo mismo, con que se me acabó el tema”.
Su último “tema”, hasta el momento, ha sido Memoria de mis putas tristes, novela corta publicada en el 2004 que millones de lectores en todo el mundo esperan que no sea el último estallido de su fuerza creativa. “Tampoco estaba en el programa —revela ahora. En realidad, proviene de un programa anterior, había pensado en una serie de relatos en ambientes prostibularios, de ese tipo. Hace tiempo escribí cuatro o cinco historias, pero la única que me gustó fue la última, me di cuenta de que el tema no daba para tanto, de que lo que realmente andaba buscando era aquello, así que decidí prescindir de las primeras y publicar la última de manera independiente”.
Otro proyecto en el que andaba trabajando, y que quedó interrumpido, era la historia de un hombre que debía morir al escribir la última frase. “Pero pensé: a ver si te va a suceder a ti…”.
Gabo no parece vivir su parón creativo con ninguna congoja, sino con despreocupación típicamente caribeña. “Dejar de escribir no ha cambiado mi vida, ¡eso es lo mejor! Las horas que utilizaba para hacerlo no han quedado secuestradas por otras actividades enojosas”.
El escritor nos muestra el gran muñeco amarillo que vimos al entrar: “Es una artesanía mexicana, regalo de Felipe González, que viene mucho por aquí”. La conversación deriva entonces hacia su fascinación por el poder y los diferentes mandatarios y ex mandatarios que le visitan. “Como escritor, me interesa el poder, porque resume toda la grandeza y miseria del ser humano”.
Entre sus amistades, destaca a Clinton. “¿No le conocen ustedes? ¡Es un tipo estupendo! Yo no me lo he pasado tan bien como junto a él. El sida es el gran tema que le preocupa ahora, es un hombre sinceramente alarmado y angustiado por el poco interés que las autoridades prestan a la extensión alarmante de la enfermedad por nuevas zonas, en especial por el Caribe. No le hacen caso, pero nadie sabe más que él sobre ese tema”.
El Nobel nos señala la ubicación de la sala de cine privada que tiene en su casa. “Es muy difícil que yo pueda ir a las sesiones normales, me paso horas y horas firmando autógrafos en la puerta. Así que me envían aquí películas o, si no, me invitan a proyecciones restringidas”.
Su pasión por el séptimo arte no es nueva: de joven, incluso soñó con dirigir películas, lo que ha acabado realizando su hijo Rodrigo, habitual de prestigiosos festivales como Cannes, Locarno o San Sebastián. Rodrigo, además de haber dirigido episodios de “Los Soprano” y “A dos metros bajo tierra”, es el cineasta responsable de largometrajes como “Cosas que diría con solo mirarla”, “Diez pequeñas historias de amor” o “Nueve vidas”. “Menos mal que son excelentes —comenta su padre. ¡Lo horrible que hubiera sido para mí que no me parecieran buenas!”. Rodrigo vive en Hollywood, y su hermano Gonzalo, en París. Ambos están pasando estos días con sus padres, y entran y salen de la casa con la misma libertad con que lo hicieron de niños. Al día siguiente, Gonzalo, diseñador gráfico y pintor, nos explicará que “Gabo no era un padre de juegos, pero sí de muchos diálogos, de compartir con nosotros cosas de adulto. Las cosas que hacíamos con él de pequeños era hablar y escuchar música”.
García Márquez ha ido desarrollando sus mecanismos para preservar su vida privada, cada vez más eficaces, y parece haber conjurado el peligro de que su éxito le robara tiempo para los afectos de hijos, nietos y amigos. Antes, sin embargo, “la fama estuvo a punto de desbaratarme la vida, porque perturba el sentido de la realidad, tanto como el poder. Te condena a la soledad, genera un problema de incomunicación que te aísla”.
De repente, suena el teléfono, y el escritor pronostica: “Seguro que es Carmen Balcells…” Mercedes descuelga y, en efecto, al otro lado del aparato, habla la agente literaria más famosa de la tierra. El escritor se ríe con ganas: “¿Ven? No tiene sosiego. No se le escapa nada, sabía que estábamos hablando con ustedes… Nos tiene más controlados que nunca”.
La relación profesional de Carmen Balcells con García Márquez se remonta a 1961, cuando nadie creía todavía en aquel joven escritor, que no se convertiría en una celebridad mundial hasta Cien años de soledad (1967), obra en la que desgrana los avatares de varias generaciones de los Buendía y que, con sus personajes con colita de cerdo o sacerdotes que levitan, se considera la referencia del realismo mágico.
En vez de realizar un paseo físico por el DF, Gabo sugiere que nos traslademos mentalmente a otra ciudad, a la Barcelona de los a-os 60 y 70, donde él vivió y escribió El otoño del patriarca: “Llegamos en 1967, cargando una piel de caimán de dos metros que me regaló un amigo. Yo estaba dispuesto a venderla, porque necesitábamos el dinero, pero me lo pensé mejor y al final no lo hicimos. Ha viajado con nosotros por medio mundo, en funciones de amuleto. Todo fue muy rápido, en los años que viví en Barcelona pasé de no tener para comer —antes, en París, había llegado a pedir en el metro— a poder comprarme casas”.
“Tengo la impresión de que aquella ciudad no nos sorprendió mucho —explica. Era como si ya la hubiéramos visto antes. La razón por la cual no fui a ningún otro lugar es Ramón Vinyes, el ”sabio catalán” que hice aparecer como personaje en Cien años de soledad. En la Barranquilla de mi juventud, él me había ”vendido” hasta tal punto la Barcelona idealizada de sus recuerdos de exiliado, que no dudé en ningún momento”. Mercedes Barcha y Gabo, al trasladarse a España, dejaron atrás un México cosmopolita, culto y liberal, y unos círculos cinematográficos, artísticos y literarios repletos de personalidades y actividades que dejaban atrás a la pacata España del tardofranquismo. Barcha recuerda divertida que “era todo un poco snob, los barceloneses descubrían entonces el mundo de la discoteca, ¡cuando aquí en México había miles! ¡Se ponían incluso sombreros para ir a la disco!”
“Trataban de superar a París”, recuerda García Márquez.
“He visto la serie ”Cuéntame” y es exacta: Gabo y yo llegamos a aquel mundo”, remarca, divertida, Mercedes.
“Había como una especie de ”destape” clandestino, focalizado en la discoteca Bocaccio. Nos parecía una cosa anticuada”, refuerza Gabo.
Barcha apunta: “Ellos, los barceloneses, pensaban que éramos nosotros los atrasados, por latinoamericanos, pero era completamente al revés. Yo iba por la calle con mis pantalones y mis jeans y se me acercaba la gente a mirarme como una cosa rara. Un día, le dije a la mujer de Luis Goytisolo: ”Oye, María Antonia, me miran mucho, ¿por qué será?”. ”No te preocupes, a mí también”, me respondió”.
Los rigores de la dictadura franquista no apretaban tanto en Barcelona como en Madrid, centro del poder político, y los García disfrutaban de la proximidad con Francia. Gabo recuerda que “íbamos a Francia a ver películas, como ”El último tango en París”, que descubrimos en Perpiñán. A veces nos íbamos tres días a París, a ponernos al día de todo. Barcelona era la puerta a Europa: desde allí nos desplazábamos a Londres (donde aprendimos inglés), Milán… Asistíamos a conciertos, estrenos teatrales, calmé toda mi ansiedad cultural”.
Gabo y Mercedes vivieron la efervescencia de la gauche divine, las madrugadas infinitas de Bocaccio, el florecimiento de las nuevas editoriales, las conspiraciones ante la inminente muerte de Franco… Se juntaban con otros escritores atraídos a Barcelona por la “Mamá Grande” Balcells, como José Donoso o Mario Vargas Llosa, y recibían las visitas de Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Pablo Neruda…
“Ahora da casi vergüenza decirlo, pero nos la pasamos muy bien”, comenta Gabo. “En aquella Barcelona de los primeros setenta se vivía excelentemente, da pena admitirlo. Es ahora, al pensarlo un poco, cuando nos damos cuenta de lo triste que era todo”.
Paradójicamente, los García se fueron antes de que llegara la democracia: “Estábamos en Bogotá cuando murió Franco y, al conocer la noticia, nos volvimos a México. Pensamos que en España la cosa se iba a agitar mucho, que vendría una gran inestabilidad, tampoco sabíamos cómo iba a reaccionar el nuevo gobierno español ante la inminente El otoño del patriarca, que retrataba el ocaso de un dictador. Pensé que no se iban a creer que yo me había inspirado en modelos latinoamericanos, como el venezolano Juan Vicente Gómez o el haitiano ”Papá Doc”, que mandó exterminar todos los perros negros de su país porque creía que un enemigo suyo se había convertido en uno de ellos, o el salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez, que hizo forrar con papel rojo todo el alumbrado público del país para combatir una epidemia de sarampión. No sé cómo se va a entender esto, pero a mí Franco me resultaba un dictador demasiado moderno y civilizado para el que yo tenía en la cabeza o en el alma. De hecho, la mejor crítica a este libro me la hizo el panameño Omar Torrijos, cuarenta y ocho horas antes de morir, que me dijo: ”Es tu mejor libro, todos somos así como tú dices””.
Gabo tiene casa en Barcelona, y “sigo yendo a esa ciudad, con frecuencia casi anual, aunque mi visita del 2005 causó demasiado alboroto, porque esta vez llevaba cinco años sin ir. Cuando llegamos, siempre es como si no hubiéramos dejado de vivir allí. Nos levantamos como si fuera lo más normal del mundo, y vamos a comer con los amigos de siempre. Paseamos y nos vemos envejecer. Vamos a pie a todas partes. Le paran a uno, le gritan de un lado a otro de la calle, pero con esa distancia con que los catalanes se conducen, modulando sus muestras de afecto. Por ejemplo, fuimos también unos días a Madrid, donde tenemos muchos amigos, pero no nos quedamos porque hay más novelería, mientras que en Barcelona nos volvemos un caso diario. En Madrid corre la voz entre periodistas, cantantes, gente del cine… es la pachanga permanente”.
Gabo sigue huyendo de la luz de los focos públicos. Cree que la discreción es siempre más efectiva, incluso en política. Ha mantenido su amistad con Fidel Castro, pero se ha separado “en silencio” de las posturas dogmáticas, y a la vez su intervención personal ha sido decisiva para que el régimen cubano libere a algunos presos políticos o suavice algunas posturas. Sus intervenciones en varios países incluyen desde la liberación de banqueros secuestrados en El Salvador a conseguir que dictadores permitan abandonar su país a familiares de disidentes, entre otros muchos episodios dignos de una película de James Bond o de una novela de su amigo Graham Greene, como cuando, en 1995, los secuestradores de Juan Carlos Gaviria exigieron que Gabo asumiera la presidencia de Colombia (la respuesta del escritor fue: “Nadie puede esperar que asuma la irresponsabilidad de ser el peor presidente de la República (…) Liberen a Gaviria, quítense las máscaras y salgan a promover sus ideas de renovación al amparo del orden constitucional”). “Yo he sido siempre más conspirador que ”firmador” —apunta. He logrado siempre muchas más cosas mirando de arreglarlas por debajo que firmando manifiestos de protesta”
Dentro de esa “diplomacia secreta”, ahora, por ejemplo, realiza funciones de mediador por la paz en Colombia, acercando las posiciones del Gobierno del presidente Uribe con las de la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN). “Tal vez mejor no tratemos mucho eso, porque está todavía hablándose. No es bueno hacer declaraciones cuando se trabaja en ello. Desde que me concibieron, estoy oyendo hablar del proceso de paz de Colombia. Ahora, después de un largo tira y afloja, se pusieron de acuerdo para conversar. He participado en unas primeras conversaciones en La Habana, y fue muy bien. Tengo buenas relaciones con ambos lados. Estas gestiones, para un escritor como yo, acostumbrado a ganar, son siempre una cura de humildad, pues intervienen una conjunción de factores muy diversos”.
“La violencia ha existido siempre, tiene muchos años en Colombia —recuerda. El tema de fondo es una situación económica escindida entre los muy ricos y los muy pobres. Y el negocio de la coca es mucho dinero, ¡barriles de dinero! El día en que se acabe la droga, todo va a mejorar muchísimo, porque eso fue lo que lo exacerbó todo. Los grandes productores del mundo están allá. De manera que ya no pelean por la política, como antes, sino por el control de la droga. Y Estados Unidos también está totalmente metido en eso”.
Mientras posa para unas fotos en el jardín junto a su esposa, Gabo le comenta, bromeando: “Ya ves por qué nunca doy entrevistas, Mercedes. Llegan con esa mansedumbre, y no se van nunca. Ahora me dicen que te abrace, ¿y qué vendrá después? Son capaces de pedirme que diga que te quiero”. Una afirmación superflua, teniendo en cuenta que se conocieron cuando ella era una niña de 13 años y que siguen ahí, compartiendo sus vidas.
Antes de que abandonemos su casa, García Márquez se interesa por los premios Nobel que irán apareciendo en esta serie de entrevistas: “Ah, veo que escogen sólo a los buenos”. Seguro de sí mismo, próximo, agarra de vez en cuando a su interlocutor sin que sea posible percibir en él rasgo alguno de su legendaria timidez, aquella que en Barcelona le hacía enmudecer y le activaba mil temblores cuando tenía que hablar en público. “Yo creo que debo de tener fobia social, como la Nobel austríaca, Elfriede Jelinek, porque puedo mantener una conversación de tú a tú, pero me cuesta horrores dirigirme a un auditorio. ¿Mi timidez? Tengo la gran ventaja de que ahora la gente entra en esta casa ya intimidada… y así me va mejor”

La magia al servicio de la verdad

El impacto global del realismo mágico.Texto con el que el gran escritor británico lamentó la muerte del Nobel colombiano Gabriel García Márquez

Salman Rushdie en Madrid, España, donde se presentó con motivo de la IX edición de la Noche de los Libros. /elespectador.com
Gabo vive. La extraordinaria atención que recibió la muerte de Gabriel García Márquez alrededor del mundo, y la genuina tristeza que sienten sus lectores ante ella, nos indica que sus libros aún están vivos. En algún lugar un “patriarca” dictatorial está ordenando que cocinen a su rival y lo sirvan a sus invitados en una gran bandeja; un viejo coronel espera una carta que nunca llega; una hermosa joven está siendo prostituida por su desalmada abuela; y un más amable patriarca, José Arcadio Buendía, uno de los fundadores del nuevo pueblo de Macondo, un hombre a quien le interesa la ciencia y la alquimia, le declara a su horrorizada esposa que “la tierra es redonda, como una naranja”.
Vivimos en una edad de mundos imaginarios, de mundos alternos. La Tierra Media de Tolkien, el Hogwarts de Rowling, el universo distópico de Los Juegos del Hambre, lugares donde los vampiros y los zombis merodean. Estos lugares están en su mejor momento. Sin embargo, a pesar de la popularidad de la literatura fantástica, en los mejores microcosmos literarios hay más verdad que fantasía. En el Yoknapatawpha de William Faulkner, el Malgudi de R. K. Narayan, y en el Macondo de Gabriel García Márquez, la imaginación se utiliza para enriquecer la realidad, no escapar de ella.
Cien años de Soledad tiene 47 años, y a pesar de su colosal y duradera popularidad, su estilo, el realismo mágico, ha dado paso a otros tipos de narración, en parte debido a la enorme magnitud del logro alcanzado por García Márquez. Uno de los más reconocidos escritores de la siguiente generación, Roberto Bolaño, comentó pública y efusivamente que el realismo mágico “apesta” y se burló de la fama de García Márquez, llamándolo un “hombre terriblemente complacido de haberse codeado con tantos presidentes y arzobispos”. Fue una pataleta, pero demuestra cómo para muchos escritores latinoamericanos la presencia de semejante coloso era más que un poco molesta. (En algún momento Carlos Fuentes comentó, “tengo la sensación que los escritores latinoamericanos ya no pueden utilizar la palabra ‘soledad’, porque les preocupa que las personas crean que es una alusión a Gabo. Y creo que pronto tampoco podremos utilizar la frase ‘100 años’, continuó pícaramente. Ningún otro escritor ha generado un impacto comparable en los últimos cincuenta años. Ian McEwan ha comparado acertadamente su supremacía a la de Charles Dickens. Ningún escritor ha sido tan ampliamente leído ni tan profundamente amado desde Dickens, como Gabriel García Márquez.
La muerte de este gran hombre puede dar por terminada la preocupación de los escritores latinoamericanos sobre su influencia, y puede permitir que su obra se aprecie de manera no competitiva. En reconocimiento a la deuda de García Márquez con Faulkner, Fuentes llama a Macondo, su país, Yoknapatawpha, y este puede ser un mejor punto de entrada a esta obra. Estas son historias de gente real, no cuentos de hadas. Macondo existe, y esa es su magia.
El problema con el término “realismo mágico” es que cuando las personas lo dicen o lo escuchan, lo que están diciendo o escuchando es solo la parte de la ‘magia,’ sin prestar atención a la parte del ‘realismo.’ Si el realismo mágico solo fuera magia no sería importante. Sería un simple capricho, escribir porque todo puede pasar, pero nada tiene efecto. Es debido al hecho que la magia del realismo mágico está profundamente arraigado en la realidad, porque nace de la realidad, y la ilumina de maneras hermosas e inesperadas, que ésta funciona. Consideremos el famoso fragmento de Cien años de soledad:
“Tan pronto como José Arcadio cerró la puerta del dormitorio, el estampido de un pistoletazo retumbó la casa. Un hilo de sangre salió por debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió en un curso directo por los andenes disparejos, descendió escalinatas y subió pretiles, pasó de largo por la calle de los Turcos, dobló una esquina a la derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de visitas pegado a las paredes para no manchar los tapices, siguió por la otra sala, eludió en una curva amplia la mesa del comedor, avanzó por el corredor de las begonias y pasó sin ser visto por debajo de la silla de Amaranta que daba una lección de aritmética a Aureliano José, y se metió por el granero y apareció en la cocina donde Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para el pan.
-¡Ave María Purísima! -gritó Úrsula.”
Algo absolutamente fantástico sucede aquí. La sangre de un hombre muerto cobra propósito, casi que cobra vida propia, moviéndose metódicamente a través de las calles de Macondo hasta que descansa a los pies de su madre. El comportamiento de la sangre es “imposible,” sin embargo el fragmento se lee como verdadero, el viaje de la sangre como el viaje de la noticia de su muerte desde la habitación donde se pegó el tiro hasta la cocina de su madre, y su llegada a los pies de la matriarca Úrsula Iguarán, se lee como la máxima tragedia. Una madre recibe la noticia de la muerte de su hijo. La sangre vital de José Arcadio puede y debe continuar viviendo hasta que lleve a Úrsula la triste noticia. Lo real, en conjunto con lo mágico, gana dramatismo y fuerza emocional. Es más real, no menos.
El realismo mágico no es invento de García Márquez. El escritor brasilero Machado de Assis, el argentino Jorge Luis Borges, y el mejicano Juan Rulfo lo precedieron. García Márquez estudio detenidamente Pedro Páramo, la obra maestra de Rulfo, y comparó el impacto que le causó con la Metamorfosis de Kafka. (En el pueblo fantasma de Comala es fácil ver dónde nació el Macondo de García Márquez). La sensibilidad mágico-realista no se limita a América Latina. Aparece esporádicamente en mucha de la literatura universal, y García Márquez era un reconocido lector.
El interminable caso de Dickens, Jarndyce v. Jarndyce, en su obra Casa desolada, encuentra un reflejo en Cien Años de Soledad, en el tren que durante una semana pasa interminablemente a través de Macondo. Tanto Dickens como García Márquez son maestros de la exageración burlesca. La Oficina de Circunlocución de Dickens, un departamento gubernamental que existe para hacer nada, habita la misma realidad ficticia que todos los gobernadores y tiranos indolentes, corruptos y autoritarios de la obra de García Márquez.
El Gregor Samsa de Kafka, quien se convirtió en un enorme insecto, no se sentiría incómodo en Macondo, donde la metamorfosis es una situación del común. El Kovalyov de Gogol, cuya nariz se desprende de su cara y deambula alrededor de San Petersburgo, también se sentiría a gusto allí. Los surrealistas franceses y los fabulistas americanos también guardan esta compañía literaria, inspirada en la idea de lo novelesco de la ficción, su elemento de invención, una idea que desprende la literatura de los confines de lo naturalista y le permite aproximarse a la verdad a través de caminos más salvajes y tal vez más interesantes. García Márquez sabía que pertenecía a una familia extensa. William Kennedy afirma que dijo “en Méjico el surrealismo corre por las calles”, y luego que “la realidad latinoamericana es totalmente rabelasiana.”
Pero he de repetirlo: las ilusiones necesitan de suelo firme a sus pies. Cuando leí por primera vez a García Márquez yo no conocía ningún país de Centro o Sur América. Sin embargo, en las páginas de su obra encontré una realidad conocida a través de mi propia experiencia en la India y Pakistán. En ambos lugares existe el conflicto entre la ciudad y los pueblos, e igualmente hay una enorme disparidad entre los ricos y los pobres, entre quienes tienen poder y quienes no lo tienen, entre los grandes y los pequeños. Ambos son lugares con una fuerte historia colonial, lugares donde la religión cobra especial importancia, donde Dios está vivo, e infortunadamente también los piadosos.
Conocí los coroneles y generales de García Márquez, o al menos sus contrapartes indias y pakistanís; sus obispos son mis mullah, sus mercados mis bazares. Su mundo era el mío, traducido al español, No es de extrañar que me haya enamorado de él, no por su magia (aunque, como escritor criado con las maravillosas historias del oriente, también tenía su encanto) sino por su realismo. Sin embargo, mi mundo era más urbano que el suyo. Es esta sensibilidad del pueblo que le da un sabor especial al realismo de García Márquez, un pueblo en el cual se teme a la tecnología, pero una joven devota ascendiendo al cielo es perfectamente creíble; en donde, al igual que los pueblos de la India, los milagros están en todas partes y cohabitan con lo cotidiano.
Era un periodista que nunca perdió de vista los hechos. Un soñador que creía en la verdad de los sueños. También era un escritor capaz de producir momentos de belleza delirante y a veces cómica. Al comienzo de El amor en los tiempos del cólera, “el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”. En el Otoño del Patriarca, cuando el dictador vende el Caribe a los americanos, los ingenieros náuticos del embajador americano “se apoderaron de él en piezas numeradas para administrarlo lejos de los huracanes en las auroras de sangre de Arizona, con el reflejo de nuestras ciudades, nuestros ahogados tímidos, nuestros dragones dementes”. El primer tren llega a Macondo y una mujer enloquece de miedo: “-Ahí viene -alcanzó a explicar- un asunto espantoso como una cocina arrastrando un pueblo”. E indiscutiblemente la más inolvidable de todas: “El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Sobrevivió a una carga de estricnina en el café que habría bastado para matar un caballo”.
Ante tanta magnificencia, nuestra única reacción posible es la gratitud. Es el más grande de todos nosotros.
© 2014, Salman Rushdie

domingo, 1 de febrero de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
La viuda de Montiel
Cuando murió don José Montiel todo el mundo se sintió vengado, menos su viuda; pero se necesitaron varias horas para que todo el mundo creyera que en verdad había muerto. Muchos lo seguían poniendo en duda después de ver el cadáver en cámara ardiente, embutido con almohadas y sábanas de lino dentro de una caja amarilla y abombada como un melón. Estaba muy bien afeitado, vestido de blanco y con botas de charol, y tenía tan buen semblante que nunca pareció tan vivo como entonces. Era el mismo don Chepe Montiel de los domingos, oyendo misa de ocho, sólo que en lugar de la fusta tenía un crucifijo entre las manos. Fue preciso que atornillaran la tapa del ataúd y que lo emparedaran en el aparatoso mausoleo familiar, para que el pueblo entero se convenciera de que no se estaba haciendo el muerto.
Después del entierro, lo único que a todos pareció increíble, menos a su viuda, fue que José Montiel hubiera muerto de muerte natural. Mientras todo el mundo esperaba que lo acribillaran por la espalda en una emboscada, su viuda estaba segura de verlo morir de viejo en su cama, confesado y sin agonía, como un santo moderno. Se equivocó apenas en algunos detalles. José Montiel murió en su hamaca, un miércoles a las dos de la tarde, a consecuencia de la rabieta que el médico le había prohibido. Pero su esposa esperaba también que todo el pueblo asistiera al entierro y que la casa fuera pequeña para recibir tantas flores. Sin embargo, sólo asistieron sus copartidarios y las congregaciones religiosas, y no se recibieron más coronas que las de la administración municipal. Su hijo —desde su puesto consular de Alemania— y sus dos hijas, desde París, mandaron telegramas de tres páginas. Se veía que los habían redactado de pie, con la tinta multitudinaria de la oficina de correos, y que habían roto muchos formularios antes de encontrar 20 dólares de palabras. Ninguno prometía regresar. Aquella noche, a los 62 años, mientras lloraba contra la almohada en que recostó la cabeza el hombre que la había hecho feliz, la viuda de Montiel conoció por primera vez el sabor de un resentimiento. “Me encerraré para siempre —pensaba—. Para mí, es como si me hubieran metido en el mismo cajón de José Montiel. No quiero saber nada más de este mundo.” Era sincera.
Aquella mujer frágil, lacerada por la superstición, casada a los 20 años por voluntad de sus padres con el único pretendiente que le permitieron ver a menos de 10 metros de distancia, no había estado nunca en contacto directo con la realidad. Tres días después de que sacaron de la casa el cadáver de su marido, comprendió a través de las lágrimas que debía reaccionar, pero no pudo encontrar el rumbo de su nueva vida. Era necesario empezar por el principio.
Entre los innumerables secretos que José Montiel se había llevado a la tumba, se fue enredada la combinación de la caja fuerte. El alcalde se ocupó del problema. Hizo poner la caja en el patio, apoyada al paredón, y dos agentes de la policía dispararon sus fusiles contra la cerradura. Durante toda una mañana, la viuda oyó desde el dormitorio las descargas cerradas y sucesivas ordenadas a gritos por el alcalde. “Esto era lo último que faltaba —pensó—. Cinco años rogando a Dios que se acaben los tiros, y ahora tengo que agradecer que disparen dentro de mi casa.” Aquel día hizo un esfuerzo de concentración, llamando a la muerte, pero nadie le respondió. Empezaba a dormirse cuando una tremenda explosión sacudió los cimientos de la casa. Habían tenido que dinamitar la caja fuerte.
La viuda de Montiel lanzó un suspiro. Octubre se eternizaba con sus lluvias pantanosas y ella se sentía perdida, navegando sin rumbo en la desordenada y fabulosa hacienda de José Montiel. El señor Carmichael, antiguo y diligente servidor de la familia, se había encargado de la administración. Cuando por fin se enfrentó al hecho concreto de que su marido había muerto, la viuda de Montiel salió del dormitorio para ocuparse de la casa. La despojó de todo ornamento, hizo forrar los muebles en colores luctuosos, y puso lazos fúnebres en los retratos del muerto que colgaban de las paredes. En dos meses de encierro había adquirido la costumbre de morderse las uñas. Un día — los ojos enrojecidos e hinchados de tanto llorarse dio cuenta de que el señor Carmichael entraba a la casa con el paraguas abierto.
—Cierre ese paraguas, señor Carmichael —le dijo—. Después de todas las gracias que tenemos, sólo nos faltaba que usted entrara a la casa con el paraguas abierto.
El señor Carmichael puso el paraguas en el rincón. Era un negro viejo, de piel lustrosa, vestido de blanco y con pequeñas aberturas hechas a navaja en los zapatos para aliviar la presión de los callos.
—Es sólo mientras se seca.
Por primera vez desde que murió su esposo, la viuda abrió la ventana.
—Tantas desgracias, y además este invierno —murmuró, mordiéndose las uñas—. Parece que no va a escampar nunca.
—No escampará ni hoy ni mañana —dijo el administrador—. Anoche no me dejaron dormir los callos.
Ella confiaba en las predicciones atmosféricas de los callos del señor Carmichael. Contempló la placita desolada, las casas silenciosas cuyas puertas no se abrieron para ver el entierro de José Montiel, y entonces se sintió desesperada con sus uñas, con sus tierras sin límites, y con los infinitos compromisos que heredó de su esposo y que nunca lograría comprender.
—El mundo está mal hecho —sollozó.
Quienes la visitaron por esos días tuvieron motivos para pensar que había perdido el juicio. Pero nunca fue más lúcida que entonces. Desde antes de que empezara la matanza política ella pasaba las lúgubres mañanas de octubre frente a la ventana de su cuarto, compadeciendo a los muertos y pensando que si Dios no hubiera descansado el domingo habría tenido tiempo de terminar el mundo.
—Ha debido aprovechar ese día para que no le quedaran tantas cosas mal hechas —decía—. Al fin y al cabo, le quedaba toda la eternidad para descansar.
La única diferencia, después de la muerte de su esposo, era que entonces tenía un motivo concreto para concebir pensamientos.
Así, mientras la viuda de Montiel se consumía en la desesperación, el señor Carmichael trataba de impedir el naufragio. Las cosas no marchaban bien. Libre de la amenaza de José Montiel, que monopolizaba el comercio local por el terror, el pueblo tomaba represalias. En espera de clientes que no llegaron, la leche se cortó en los cántaros amontonados en el patio, y se fermentó la miel en sus cueros, y el queso engordó gusanos en los oscuros armarios del depósito. En su mausoleo adornado con bombillas eléctricas y arcángeles en imitación de mármol, José Montiel pagaba seis años de asesinatos y tropelías. Nadie en la historia del país se había enriquecido tanto en tan poco tiempo. Cuando llegó al pueblo el primer alcalde de la dictadura, José Montiel era un discreto partidario de todos los regímenes, que se había pasado la mitad de la vida en calzoncillos sentado a la puerta de su piladora de arroz. En un tiempo disfrutó de una cierta reputación de afortunado y buen creyente, porque prometió en voz alta regalar al templo un san José de tamaño natural si se ganaba la lotería, y dos semanas después se ganó seis fracciones y cumplió su promesa. La primera vez que se le vio usar zapatos fue cuando llegó el nuevo alcalde, un sargento de la policía, zurdo y montaraz, que tenía órdenes expresas de liquidar la oposición. José Montiel empezó por ser su informador confidencial. Aquel comerciante modesto cuyo tranquilo humor de hombre gordo no despertaba la menor inquietud, discriminó a sus adversarios políticos en ricos y pobres. A los pobres los acribilló la policía en la plaza pública. A los ricos les dieron un plazo de 24 horas para abandonar el pueblo. Planificando la masacre, José Montiel se encerraba días enteros con el alcalde en su oficina sofocante, Mientras su esposa se compadecía de los muertos. Cuando el alcalde abandonaba la oficina, ella le cerraba el paso a su marido.
—Ese hombre es un criminal —le decía—. Aprovecha tus influencias en el gobierno para que se lleven a esa bestia que no va a dejar un ser humano en el pueblo.
Y José Montiel, tan atareado en esos días, la apartaba sin mirarla, diciendo: “No seas pendeja.” En realidad, su negocio no era la muerte de los pobres sino la expulsión de los ricos. Después de que el alcalde les perforaba las puertas a tiros y les ponía el plazo para abandonar el pueblo, José Montiel les compraba sus tierras y ganados por un precio que él mismo se encargaba de fijar.
—No seas tonto —le decía su mujer—. Te arruinarás ayudándolos para que no se mueran de hambre en otra parte, y ellos no te lo agradecerán nunca.
Y José Montiel, que ya ni siquiera tenía tiempo de sonreír, la apartaba de su camino, diciendo:
—Vete para tu cocina y no me friegues tanto.
A ese ritmo, en menos de un año estaba liquidada la oposición, y José Montiel era el hombre más rico y poderoso del pueblo. Mandó a sus hijas para París, consiguió a su hijo un puesto consular en Alemania, y se dedicó a consolidar su imperio. Pero no alcanzó a disfrutar seis años de su desaforada riqueza.
Después de que se cumplió el primer aniversario de su muerte, la viuda no oyó crujir la escalera sino bajo el peso de una mala noticia. Alguien llegaba siempre al atardecer. “Otra vez los bandoleros — decían —. Ayer cargaron con un lote de 50 novillos.” Inmóvil en el mecedor, mordiéndose las uñas, la viuda de Montiel sólo se alimentaba de su resentimiento.
—Yo te lo decía, José Montiel —decía, hablando sola—. Éste es un pueblo desagradecido. Aún estás caliente en tu tumba y ya todo el mundo nos volteó la espalda.
Nadie volvió a la casa. El único ser humano que vio en aquellos meses interminables en que no dejó de llover, fue el perseverante señor Carmichael, que nunca entró a la casa con el paraguas cerrado. Las cosas no marchaban mejor. El señor Carmichael había escrito varias cartas al hijo de José Montiel. Le sugería la conveniencia de que viniera a ponerse al frente de los negocios, y hasta se permitió hacer algunas consideraciones personales sobre la salud de la viuda. Siempre recibió respuestas evasivas. Por último, el hijo de José Montiel contestó francamente que no se atrevía a regresar por temor de que le dieran un tiro. Entonces el señor Carmichael subió al dormitorio de la viuda y se vio precisado a confesarle que se estaba quedando en la ruina.
—Mejor —dijo ella—. Estoy hasta la coronilla de quesos y de moscas. Si usted quiere, llévese lo que le haga falta y déjeme morir tranquila.
Su único contacto con el mundo, a partir de entonces, fueron las cartas que escribía a sus hijas a fines de cada mes. “Éste es un pueblo maldito —les decía—. Quédense allá para siempre y no se preocupen por mí. Yo soy feliz sabiendo que ustedes son felices.” Sus hijas se turnaban para contestarle. Sus cartas eran siempre alegres, y se veía que habían sido escritas en lugares tibios y bien iluminados y que las muchachas se veían repetidas en muchos espejos cuando se detenían a pensar. Tampoco ellas querían volver. “Esto es la civilización —decían—. Allá, en cambio, no es un buen medio para nosotras. Es imposible vivir en un país tan salvaje donde asesinan a la gente por cuestiones políticas.” Leyendo las cartas, la viuda de Montiel se sentía mejor y aprobaba cada frase con la cabeza.
En cierta ocasión, sus hijas le hablaron de los mercados de carne de París. Le decían que mataban unos cerdos rosados y los colgaban enteros en la puerta adornados con coronas y guirnaldas de flores. Al final, una letra diferente a la de sus hijas había agregado: “Imagínate, que el clavel más grande y más bonito se lo ponen al cerdo en el culo.” Leyendo aquella frase, por primera vez en dos años, la viuda de Montiel sonrió. Subió a su dormitorio sin apagar las luces de la casa, y antes de acostarse volteó el ventilador eléctrico contra la pared. Después extrajo de la gaveta de la mesa de noche unas tijeras, un cilindro de esparadrapo y el rosario, y se vendó la uña del pulgar derecho, irritada por los mordiscos. Luego empezó a rezar, pero al segundo misterio cambió el rosario a la mano izquierda, pues no sentía las cuentas a través del esparadrapo. Por un momento oyó la trepidación de los truenos remotos. Luego se quedó dormida con la cabeza doblada en el pecho. La mano con el rosario rodó por su costado, y entonces vio a la Mamá Grande en el patio con una sábana blanca y un peine en el regazo, destripando piojos con los pulgares. Le preguntó:
—¿Cuándo me voy a morir?
La Mamá Grande levantó la cabeza.
—Cuando te empiece el cansancio del brazo.

viernes, 30 de enero de 2015

Macondo y sus mujeres extraordinarias

En un contexto de personajes masculinos desconcertados y vulnerables, las criaturas femeninas del novelista, con su profundo conocimiento de sí, son las que sostienen una obra que las inventa y, al mismo tiempo, las pone entre paréntesis

El registro de García Márquez es de un machismo al revés./adncultura.com
"Soy tu madre": Gabriel García Márquez abre sus memorias, Vivir para contarla, con la evocación de una mujer ante cuyos ojos él adquiere una identidad fuera de toda discusión. Con ella irá a la casa donde ha sido niño, para venderla. El hecho de que ella, a pesar de no tener mayores pistas sobre su paradero ni una cita precisa, se abra paso sin dudar quita dramatismo a la idea de deshacerse de una casa plena de recuerdos. Afirmar el parentesco fundamental que los une satisface la necesidad de saber quién es cada uno independientemente de las experiencias en un lugar concreto.
Entera y ágil después de los desafíos físicos de once partos, esta madre que se planta delante del hijo con una mirada segura aunque azorada debido a sus lentes bifocales está en el origen de los recuerdos personales y al final de una galería de mujeres portentosas. El registro de García Márquez es de un machismo al revés.
Úrsula, ciega, localiza objetos perdidos, Pilar Ternera ofrece una sexualidad prolífica y gozosa y Remedios la bella disemina mensajes amorosos y excrementales en Cien años de soledad. Esos ojos clarividentes y cuerpos dislocados de cualquier fisiología cotidiana nos señalan que el relato de coincidencias mágicas es también un lugar para lo íntimo. Las mujeres hiperbólicas de García Márquez, que incluyen a la protagonista de "Los funerales de la Mamá Grande", la abuela de "La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada" y la muchacha de Del amor y otros demonios, son heroínas al estilo de la historieta, recortadas del resto como visitantes de otro planeta en un contexto de personajes masculinos desconcertados, vulnerables, contradictorios.
Úrsula hace del distanciamiento de su ceguera una hipótesis que permite leer Cien años de soledad desde una perspectiva que le pertenece, desdoblándose así como personaje para dejar surgir a un autor implícito. Es ella quien da origen a Macondo, pueblo cuya entrada en la imaginación colectiva de las Américas da lugar a que se lo use para nombrar librerías, bares, generaciones literarias.
Con un gesto que no puede sino acercarnos a La casa de Bernarda Alba de García Lorca, Amaranta rechaza al cura en el momento de su muerte pero pide que Úrsula vaya a dar testimonio de que ha muerto virgen. La extraordinaria estatura de su capacidad de autopreservación se nos ofrece en clave de egoísmo, ya que habiéndole quitado el novio a Rebeca, se niega a consumar la relación con Pietro Crespi.
Amaranta es la otra, mujer mala pero también tímida virgen. Es un personaje cuya magnificación hiperrealista se logra en contraste con un choque con Pietro Crespi, maestro del anacronismo en la novela. Llega a Macondo con juguetes mecánicos, valses, poesía, instrumentos musicales. Por él irrumpen en el texto objetos que hablan de momentos culturales distantes de los rigores cotidianos de Macondo. Casi historia intercalada, este interludio, escrito en tono de representación teatral, pone a prueba la rusticidad y el carácter utópico de Macondo. Pietro muestra con orgullo las tarjetas postales que recibe de Italia, señalando los lugares que conoce, admirando las viñetas con corazones flechados y los paisajes familiares. El romance cursi entre Amaranta y él está animado por la ternura y el sentimentalismo de un personaje masculino que choca con la determinación de una mujer que ha decidido que su destino reside en una concepción del propio cuerpo que no admite a ningún hombre.
El amor de Pietro Crespi tiene la superficialidad de los muñecos mecánicos que trae de regalo en su equipaje. Irónicamente, el regalo más generoso de Crespi es su propia persona. El mundo que representa termina abruptamente con su suicidio, cuando el italiano simplemente para, deja de funcionar como uno de sus juguetes. Su suicidio cierra su participación en la novela con la eficiencia de un experimento llevado a cabo. Por él ha podido confirmarse que Amaranta es capaz de realizar su deseo de ser virgen y que el sentimiento que la une a Rebeca es más fuerte que la hipotética atracción que puede haber sentido por Pietro Crespi. El odio que une a Amaranta y Rebeca es tan sustancial, tan profundo, que Crespi es un mero pretexto para concretarlo. Decorativo y portátil, es la poesía de un romance que sirve para identificar la peculiar soltería de una mujer obsesionada con otra.
Los otros personajes no saben que el hecho que aguarda con mayor ansiedad es la muerte de Rebeca. Sólo los lectores participan del secreto que constituye su profundidad. En un presente perpetuo, Amaranta cose la mortaja para Rebeca. Lo único que escapará de su control es que la prenda, una vez terminada, le servirá a ella misma. Vigilante y controladora, Amaranta es incapaz de ver la forma de su propia despedida aunque termine organizándola a pesar suyo, hasta el detalle de su atavío final.
El desmesurado amor y la indiferencia que ocultan miedo y cobardía agigantan a Amaranta, caricatura prolija de las mujeres que manipulan y parecen seducir pero huyen rápidamente ante la posibilidad de abandonar el espacio natal. Novia eterna, deglutirá a quienes a ella se acerquen pero lo hará sin dramatismos, porque su arma más contundente es la paciencia.
El registro femenino encarnado por Úrsula es fundamentalmente responsable y se basa en una energía que pide una lectura de coherencia ética y psicológica. La clave interpretativa propuesta por Remedios la bella se basa en su peligrosa belleza. Es objeto de pasiones que culminan en la muerte, fulminadas por el encanto de su aspecto y una atracción tan instantánea como enigmática. Remedios tiene una relación literal con el lenguaje. Es un personaje puro cuerpo, sin abstracción, y articula un primer nivel de representación lingüística interpretable como lucidez o falta completa de inteligencia. Según esta perspectiva, su lenguaje es cifra, fruto de sabiduría, síntesis que elimina lo trivial. En lugar de ser retrasada mental, como creen algunos, posee el don de la brevedad; en vez de carecer de poder de abstracción y vocabulario, adquiere la elocuencia atribuida a las religiones, la poesía, la filosofía aforística. Encarna, así, la seducción de un camino equívoco para el conocimiento. Es simultáneamente meta, debido a su hermosura, y vehículo por su privilegiado uso de un lenguaje puro.
Amaranta, guardiana de su virginidad; Fernanda, prisionera de la religión y su imaginaria correspondencia médica; Remedios la bella, con su desembozada fisiología; Rebeca, que vuelve a comer tierra después de una vida diferente, y las prostitutas, fieles a su sexualidad, son personajes con un profundo conocimiento intutivo de sí.
¿Es, entonces, ésta otra instancia de lectores machos y lectores hembras? La pregunta misma ya suena a acusación. Sabemos que Cien años de soledad puede sobrevivir a la definición de realismo mágico y ser releída ahora con sus capacidades paródicas, admirada por la delicadeza de la cursilería de sus noviazgos, citas de lugares comunes y anestesiantes. El lector actual, menos interesado en las dicotomías entre machos y hembras, sigue pendiente de la inteligencia y el misterio de las hiperbólicas mujeres que sostienen una obra capaz de inventarlas y ponerlas entre paréntesis al mismo tiempo. Acaso García Márquez haya sentido desde siempre que su identidad dependería de ser visto por unos ojos magnificados por lentes bifocales, entre los espejismos de quienes son hijos y las misteriosas certidumbres de las mujeres que imaginó. Nada mejor así para él que comenzar a escribir sus memorias con la felicidad de que su madre lo reconozca, aunque sugiere que para ella el parentesco fundamental era con su propia madre, por quien guardaba un constante luto desde su muerte.
García Márquez dejó una ventana abierta para que contemplemos y seamos contemplados por cierto azoramiento que a veces es efecto de bifocales y otras, de algo escurridizo, exagerado, que siempre preserva nuestra capacidad de sorpresa.

jueves, 29 de enero de 2015

Furor por Gabo

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La Feria del libro de Bogotá será un gran homenaje al Nobel colombiano. Tras su muerte las ventas de sus libros se dispararon, el Congreso piensa en ponerle su imagen a un billete y hasta los artistas quieren componerle canciones

Gabriel García Márquez, el primer Nobel colombiano sigue haciendo furor, después de su desaparición./semana.com
Parece que no alcanzarán las horas ni los días para homenajear a Gabriel García Márquez. Y todos, a su manera, quieren rendirle un tributo. El gobierno nacional dio el primer paso a través del decreto 752 de 2014, que dispone que el legado del escritor debe ser parte fundamental de la cultura y la conciencia de todos los colombianos, y que el país entero debe exaltar y celebrar su obra.

Toda esta serie de conmemoraciones comenzaron el 21 de abril y se mantuvieron al ritmo del acordeón durante toda la semana con las lecturas de sus novelas y proyecciones de documentales sobre su vida. La muerte de Gabo alcanzó una cualidad digna de los más grandes: la omnipresencia. Noticieros y periódicos alrededor del mundo hablan de él, y la venta de sus libros aumentó significativamente.

En las próximas semanas, el afecto y la admiración por el colombiano no amainará. El 30 de abril la Feria del Libro de Bogotá abrirá sus puertas vestida de Macondo. Desde la Plaza de Banderas, a la entrada de Corferias, la imagen de un Gabo sonriente, rodeado de simbologías de sus cuentos y novelas, recibirá a los visitantes. En el recinto, con el apoyo de la Cámara Colombiana del Libro y de Corferias, se repartirán 10.000 ejemplares de la edición especial de la revista Arcadia sobre el escritor.

En el pabellón de la Biblioteca Nacional habrá una exposición con los autores y libros que marcaron la vida de Gabo. Y el Instituto Distrital de las Artes (Idartes) realizará una muestra sobre la relación del nobel con Bogotá. Con textos y fotografías contarán su vida en la capital y seguramente resaltarán los artículos que escribió en El Espectador.

El 3 de mayo, en el auditorio José Asunción Silva, sus amigos más cercanos contarán anécdotas que vivieron en diferentes momentos de su vida con Gabriel García Márquez. Además, todos los días que dure la feria, en La hora del cuento, se recordará a Gabo a través de la lectura de sus obras. El 9 de mayo, Día del Libro, el hijo del telegrafista será el gran homenajeado: en la Plaza de Banderas varias personalidades del país y el público asistente leerán Cien años de soledad en voz alta para dar vida a la mágica historia de los Buendía. Y quienes quieran seguir la lectura con el libro en sus manos pueden encontrarlo, junto con la mayoría de los títulos del nobel, en el pabellón de editorial Norma, que también lanzará el concurso Realismo mágico, que invita a los estudiantes de colegio a realizar videos de tres minutos sobre las obras del nobel.

Pero los homenajes no acaban con la feria. Una de sus obras estará en el ejemplar número 100 del Libro al Viento, de Idartes, un programa para fomentar la lectura y establecerla como un derecho que debe estar al alcance de todos. La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, inaugurada por García Márquez en 1995, le hará a finales de septiembre el gran homenaje durante la celebración del Premio de Periodismo Gabriel García Márquez. Y el festejo del cumpleaños número 20 de la FNPI será también una celebración de la vida y el legado del maestro. Hasta aquí, por ahora, va la cuenta de homenajes, de una lista que parece ser interminable. Gabo se merece eso y mucho más.

Otros homenajes a Gabo



El Ministerio de Cultura de Colombia creó un premio literario anual de 100.000 dólares que llevará el nombre de García Márquez y se dará al mejor cuento en español. Michelle Bachelet, la presidenta chilena, inauguró la Biblioteca Pública Gabriel García Márquez como homenaje al nobel. El edificio dispone de una colección bibliográfica de 7.000 ejemplares. El Congreso de la República tramitará una Ley de Honores para Gabriel García Márquez. Según esta iniciativa el Banco de la República emitirá un nuevo billete con el rostro del escritor. De aprobarse, el edificio nuevo del legislativo tendrá el nombre del autor de Cien años de soledad y un busto con su imagen. También promoverá que se realicen cátedras en los colegios con sus obras. Por su cercanía con la familia del nobel, la cantante mexicana Tania Libertad anunció que grabará un disco con varias de las canciones favoritas de Gabo, en especial el bolero Nube viajera.

La gabomanía

La muerte del escritor colombiano desencadenó una serie de acontecimientos que miden su valor para el mundo de las letras.  

  •  Tan solo a 24 horas de su fallecimiento, Cien Años de soledad se convirtió en la más vendida en Amazon.com. Esta y otras nueve obras figuran entre los 15 libros en español más vendidos en el mundo. 
  • Cien años de soledad aparece en el puesto 59 en el ranking mundial de iBooks, la otra gran librería online. Esto lo convierte en el libro en español más descargado del momento y el único entre el top 100 de los más exitosos comercialmente.  
  • Más allá de la web, Gabo también arrasa. Felipe Ossa, gerente de la Librería Nacional, estima que las ventas de sus obras se incrementaron en un 30 por ciento. Los compradores no solo buscan sus libros sino también la biografía de Gerald Martin y los libros de Plinio Apuleyo Mendoza. Todos sobre el nobel colombiano.  
  • En Colombia, la editorial Norma estaría preparando una edición especial de Cien años de soledad, su obra cumbre. “Cuando muere alguien, la gente sale a comprar sus libros al instante pensando en que luego no los va a conseguir”, explica Alba Inés Arias, de la librería Lerner–. Por eso las editoriales se preparan para responderle a los seguidores de siempre y a los nuevos lectores de Gabo que seguramente van a aparecer.  
  • Penguin Random House, que tiene los derechos en España, ya reeditó 200.000 ejemplares, principalmente de libros de bolsillo, con seis de las obras más emblemáticas del escritor: Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, Vivir para contarla y Memoria de mis putas tristes. En julio el sello lanzará otras seis novelas del autor.  
  • En 2012 la editorial Sudamericana, que tiene los derechos en el Cono Sur, publicó una antología de su narrativa titulada Todos los cuentos y ahora va a reeditar algunas de sus mejores obras: El amor en los tiempos del cólera, Cien años de soledad, Memorias de mis putas tristes, Crónica de una muerte anunciada, Relato de un náufrago y Vivir para contarla.  
  • Su biógrafo oficial, Gerald Martin, prepara una segunda parte de su libro sobre Gabriel García Márquez, a quien definió como “el más grande después de Miguel de Cervantes”. En más de 17 años de investigación recopiló 300 entrevistas y más de 2.000 páginas.  
  • Cristóbal Pera, editor de García Márquez en la editorial Penguin Random House, reveló que el nobel estaba trabajando en un libro llamado ‘En agosto nos vemos’. Según un fragmento de la que sería su obra póstuma, publicado por el diario español La Vanguardia, la protagonista de esta historia es Ana Magdalena Bach. Cada 16 de agosto esta mujer viaja a la misma isla para visitar la tumba de su madre y se hospeda en el mismo cuarto hasta que uno de esos días un hombre cambia su rutina. Federico Díaz-Granados, poeta allegado a García Márquez, asegura que el libro podría ser publicado en los próximos meses si así lo deciden los familiares del nobel.