miércoles, 21 de enero de 2015

Silvana Paternostro: la reportera que incomodó a García Márquez

Silvana Paternostro apostó por investigar sobre el Nobel colombiano hasta encontrar nuevas pistas sobre su obra y su personalidad. El resultado es Soledad & Compañía, biografía oral que recoge decenas de testimonios sobre el padre de Macondo

Silvana Paternostro, periodista barranquillera./Marcela García /elpais.com.co

En 2001, Tina Brown, por entonces editora de la revista Talk, le encargó a la reportera Silvana Paternostro escribir una ‘historia oral’ sobre Gabriel García Márquez. Se trataba de un género periodístico creado por George Plimpton, célebre periodista neuyorquino, que había escrito un libro sobre Truman Capote a partir de distintas voces de quienes habían seguido de cerca su obra literaria y su vida misma.
Con la misión bien clara, la barranquillera pasó varios meses entre Colombia y México recogiendo de manera acuciosa los aportes que le iban entregando personas que habían conocido a Gabo antes de que se convirtiera en uno de los autores más leídos del planeta.
Pero el proyecto se quedó sin combustible. Talk cerró prematuramente y Silvana se quedó con 24 cintas grabadas. Eran oro en polvo. Tiempo después, el propio Plimpton se encargó de publicar una parte de este material en el Paris Review.
Sin embargo, la reportera sabía que tenía material suficiente para algo más ambicioso: un libro. Y fue hasta 2010, después de divisar a García Márquez en una tarima durante la inauguración del Museo Soumaya, del D.F. que había llegado el momento de comenzar.
Cuatro años más tarde vio la luz ‘Soledad & Compañía: Un retrato compartido de Gabriel García Márquez’ en el que aparecen voces como las de Ramón Illán Bacca, Margot García Márquez, Eduardo Márceles Daconte, Quique Scopell, Héctor Rojas Herazo, Nereo López, Heriberto Fiorillo, Carmen Balcells y José Salgar. Hoy su autora piensa si acaso estas páginas fueron una manera de pedir perdón: después de haber sido su alumna en un taller con Gabo en 1995, el hijo del telegrafista cortó toda comunicación con ella.
Silvana nunca supo las razones. Y ya es muy tarde: Gabo murió y con él se llevó el único testimonio que, quizás, le falta a este libro.

Silvana, después de tantos libros sobre García Márquez, entre ellos las extensas biografías de Gerald Martin y Dasso Saldívar), en qué momento sintió que había que aventurarse con un nuevo libro sobre el Nobel...

Fue una cosa paulatina y totalmente desprendida del número de libros que se han escrito. En mi caso descubrí, cuando fui su alumna en 1995, que el maestro se me había convertido en un personaje que debía contar. Y en 2010, cuando lo volví a ver por casualidad montado en una tarima en Ciudad de México, sentí que era la hora de sentarme a escribir esa historia.

Cómo fue eso de entregarse durante más de 15 años a seguirle los pasos a Gabo. ¿Cómo aparecieron en el camino todas esas voces de las que da cuenta este libro?

Fueron dos etapas de entrevistas. Las primeras las hice cuando la revista Talk me pidió un artículo sobre Gabo y les dije que como barranquillera me dedicaría a recoger las voces de los que estuvieron cerca de él antes de ‘Cien años de soledad’. Llegué a Barranquilla primero y un tío me presentó con Juancho Jinete, que había hecho parte del grupo La Cueva. Jinete me presentó a otro de los integrantes y desde ahí empezó una cadena de generosidad. La gente me llamaba a presentarme a los que habían tenido contacto con Gabo, con sus parientes. En la Costa Caribe esas conversaciones duraban horas. Y así también pasó en Bogotá y luego en México. Cuando en 2010 empecé a montar el libro fui buscando más voces e invitados a mi ‘fiesta’. Porque ‘Soledad & Compañía’ es una fiesta donde el lector entra a escuchar a muchos invitados a hablar sobre García Márquez. En estas páginas también aparece su biógrafo inglés, Gerald Martin, y su agente española, Carmen Balcells. Es una fiesta internacional y muy divertida.

¿Cómo lograr buenos testimonios cuando Gabo mismo les tenía prohibido a sus amigos hablar sobre él?

Sabía eso por Tomás Eloy Martínez, uno de sus amigos, y por la experiencia misma de Plinio Apuleyo, que sí habló mucho sobre el Nobel, y por lo mismo fue trasladado a lo que García Márquez llamaba el departamento de rencores. Entonces no intenté hablar con los que sabía no iban a hacerlo. A esos no los invité. No quería aburridos ni censurados en la fiesta.

Este libro implicó también releer la obra de Gabo. ¿Cómo fue eso de reemprender ese camino?

Es algo que recomiendo. Entendiendo su vida, después te diviertes más con sus maravillosos libros, cualquiera que escojas. Por ejemplo, si es ‘El amor en el tiempo del cólera’ después de leer ‘Soledad & Compañía’, aprendes por qué aparece el apellido Daconte en uno de los personajes o que Gabo le robó a Juancho Jinete un dicho del abuelo y lo usó en un libro. O que Gabo les mandaba cuestionarios a sus amigos para que lo ayudaran en sus obras. Por ejemplo, para entender mejor cómo eran las peleas de gallo en ‘El coronel no tiene quien le escriba’ le mandó preguntas a Quique Scopell, amigo gallero.

Pasa también con ‘Vivir para contarla’, sus memorias...

Sí. Es muy divertido leer ‘Vivir para contarla’ y ‘Soledad & Compañía’ de la mano pues aparecen muchos de los personajes que Gabo menciona. Esto fue una gran sorpresa para mí pues mientras yo hacía entrevistas, Gabo escribía sus memorias; estaba en sintonía con él. Es divertido y es la otra cara de la historia. En sus memorias Gabo cuenta su historia y en ‘Soledad y Compañía’ quienes le conocieron dan su versión. Te puedes divertir mucho y aprendes a ver cómo cada historia tiene muchas versiones.

En el transcurso de su investigación se fijó en detalles que parecerían triviales, pero que sin duda permiten conocer más sobre una persona: como la manía de García Márquez por lucir siempre bien combinado y la forma en cuidaba de su bigote...

Sí, con una investigación en la que entrevistas a tanta gente uno descubre cosas como que a Gabo le encantaban los sacos a cuadros. Me fijé en todos los detalles que podían sobretodo humanizar al ídolo. Quería retratar a un García Márquez de carne y hueso. Al García Márquez que vieron los otros. No el Nobel oficial o el Gabo que se volvió carnada política.

En este libro usted rescata lo que ha denominado ‘historia oral’, en la que los testimonios de personajes son los que van tejiendo cada página. ¿Cómo surge la idea de apostar por este género?

Es que escribir quiere decir innovar, buscar la mejor manera de contar la historia. Y este género de ‘historia oral’ era el que necesitaba mi personaje, el Gabriel García Márquez que a mí me interesaba narrar. Me topé con este género en Nueva York mientras era colaboradora de la revista literaria The Paris Review. Su fundador, George Plimpton, es el padre del este género y escribió un par de libros sobre Edie Sedgwick y Truman Capote en los que se interponen las voces de los entrevistados y se les deja hablar como si estuvieran conversando sobre alguien en una fiesta.

Silvana usted manifestó su ‘temor’, si acaso cabe la expresión, de no saber si a García Márquez le iba a gustar su libro. ¿Por qué pensar que no?

Porque no sé si a alguien le gustaría leer un libro sobre lo que piensan los otros de uno mismo. Por eso la gente calla cuando están hablando de alguien y esa persona entra al recinto. Imagínese que usted fuera invisible y pudiera asistir a una fiesta donde más de 50 personas están hablando sin tapujos de lo que piensan de usted.

Gabo murió y usted se quedó sin saber qué fue lo que lo molestó realmente. ¿Serían acaso lo que escribió en The Paris Review o el World Policy Journal? ¿Intentó alguna vez averiguarlo?

Nunca con él, pero sí me pasé horas y horas analizando el tema. Que si fue porque dije que usaba zapatos blancos o porque mencioné a Fidel Castro o porque lo dejé mal ante un amigo comentando que no quería saludarlo.

Lo curioso es que la única oportunidad en que usted compartió con Gabo fue cuando tuvo el privilegio, en 1995, de participar durante tres días en uno de los talleres dictados por él en la naciente Fnpi...

Sí, pero tres días con Gabo me costaron 19 años sin él. Más curioso aún es que no fui la única alumna de ese taller que después escribió sobre esa experiencia, pero sí la única que parece que escribió algo que lo molestó. Exactamente qué, nunca lo supe. Si Gabo, el profesor, me pidió que me sentara junto a él durante todo el taller, me alejó luego como periodista independiente.

En algún momento usted confiesa con mucha valentía que siendo joven no se sintió atraída por la obra de García Márquez, que le producía algo de desdén. ¿En qué momento cambió su percepción?

Seguramente cuando salí del extraño entorno donde crecí, en una Barranquilla donde solo nos gustaba lo que fuera de Miami. Cuando maduré como lectora me hipnotizaba con cada uno de sus libros. Una noche, leyendo un pasaje de ‘Noticia de un secuestro’ me caí de la cama del susto. Pero, sí, no siempre amé los libros de García Márquez, pese a que él dijo alguna vez que Barranquilla era Macondo hecha ciudad. Pero en mi mundo de adolescente barranquillera de finales de los años 70 vivía más en Miami que en los pueblos llenos de abuelos, soldados y gitanos. En nuestras fiestas bailábamos el ‘hustle’, no vallenato. Lo que llaman realismo mágico para nosotras, princesitas que nos creíamos gringas, era corroncho

Usted dice preguntarse a veces si ‘Soledad & Compañía’ lo escribió con la intención de pedir perdón... ¿ya encontró la respuesta?

Bueno, hoy solo me queda pensar que escribí ‘Soledad & Compañía’ porque no quería apartarme de Gabo.

Cercanía y lejanías con García Márquez

Gabo que estás en los cielos



Un hombre que vivió para crear belleza


Gabriel García Márquez fue arrollador y definitivo para Padura Fuentes./ipscuba.net



Treinta y siete años después todavía soy capaz de evocar aquella rutilante tarde dominical en que, con la persistencia de un corredor de fondo, devoré las 150 páginas finales de Cien años de soledad para llegar a entender por qué en el mundo existen estirpes condenadas a tal destino. Mi primer encuentro con la literatura de Gabriel García Márquez fue arrollador y definitivo, como la llegada del apocalipsis que borra a Macondo de la faz de la tierra, y me impulsó en la lectura deslumbrada de toda su obra hasta entonces existente y hallable en Cuba. Con su literatura García Márquez hizo una muesca indeleble en mis gustos estéticos y, como sabría varios años después, en mi propia búsqueda de un estilo literario y periodístico en el cual el rey de la lengua es el adjetivo, esa capacidad de calificación que nadie como él dominó en el arte mayor que es la escritura en castellano.

De la muerte de Gabo, recién acaecida, no voy a hablar. No del vacío que deja. Más bien del espacio que llenó para siempre y de la relación que, sin él saberlo, en la lejanía, tuve con su obra y con su persona –similar a la que tuvimos la mayoría de sus lectores.

Porque solo en una ocasión hablé con él y apenas fueron unas palabras. El encuentro ocurrió en el año 1982 o principios de 1983, durante una de sus muchas visitas a Cuba. Por ese entonces Gabo compartía una animada amistad con el poeta Eliseo Diego –uno de los pocos escritores cubanos que pasó del saludo afectuoso a la relación personal con el Premio Nobel colombiano-. De esa relación se benefició Eliseo Alberto, Lichi, el hijo de Eliseo, que fue el propiciador de ese único encuentro con García Márquez. Por algún motivo que no recuerdo, Gabo le había pedido a Lichi que quería conocer a algunas jóvenes “promesas” de la narrativa cubana, y Lichi preparó una conversación en la que participaríamos Senel Paz, Luis Manuel García, el propio Lichi y yo. El lugar fijado fue el hotel Riviera, donde se alojaba el maestro, y el encuentro ocurriría durante un almuerzo. Para desesperación de nuestros jóvenes estómagos de entonces, Gabo llegó dos casi dos horas de retraso a la cita, dijo estar apurado, y le pidió al camarero “una sopita”, con lo que nos cortó la posibilidad de lanzarnos sobre el menú. Media hora después, terminada su sopa, también había concluido el encuentro de García Márquez con las jóvenes “promesas” de la literatura cubana… por cuya literatura no preguntó una sola vez.

Quizás sin que Gabo nunca lo supiera, por esos mismos tiempos una crónica periodística suya había sido causa de un debate que terminó con la censura del texto escrito por el Premio Nobel. La crónica en cuestión fue la que el colombiano redactó a raíz del asesinato de John Lennon, y que había publicado en México, creo que en la revista Proceso, con la cual colaboraba por ese entonces. Sé que en alguno de mis archivos está guardada esa crónica, en la que Gabo rendía homenaje al sentido ético y civil de Lennon y a su grandeza artística y capacidad para crear belleza… Y el problema surgió cuando a los que por entonces trabajábamos como redactores de El Caimán Barbudo se nos ocurrió que reproducir aquel texto sería, por supuesto, el mejor modo de rendir homenaje al ex Beatle asesinado por un fanático enloquecido. Pero una cosa pensábamos las jóvenes “promesas” del periodismo cubano y otra quienes nos dirigían, que no sé por qué motivo (es intrincado a veces entender los motivos de los censores), consideraron inapropiada la crónica y, de paso, una muestra de nuestros problemas ideológicos el hecho de proponer su publicación en el mensuario cultural.

Unos pocos años después, ya expulsado de El Caimán por mis patentes problemas ideológicos, tuve la fortuna de compartir varias veces una página dominical de Juventud Rebelde con García Márquez. Fue la época dorada del diario, cuando se preparaban esmeradas ediciones dominicales y uno de los platos fuertes era la reproducción de una crónica de Gabo en la página 3 del periódico, acompañada por la de un autor cubano, que me tocó ser a mí en varias ocasiones. Aquella competencia terrible, fue sin embargo un acicate, creo que el más apropiado para que me esforzara por esos años en escribir un periodismo diferente, en el que la literatura, el uso de técnicas narrativas y el cuidado del lenguaje tuvieran el mismo protagonismo que la historia escogida como tema periodístico.

Creo que por fortuna mi relación literaria con Gabo terminó con esas influencias controlables y benéficas. A muchos otros escritores la literatura de García Márquez los marcó de un modo tal que con mucha dificultad o nunca, supieron o pudieron superar el estadio avasallante de la imitación, al que con tanta facilidad arrastraban el estilo, la estética y los delirantes universos garciamarquianos. Pienso, en cambio, que mucho me habría gustado establecer una relación de cercanía personal con él, de quien tantas agudezas y chistes se contaban, nacidos del carácter caribeño que siempre lo acompañó. Pero, quizás por preservar su privacidad o tal vez por otros motivos, García Márquez no fue especialmente abierto a establecer nexos personales con los escritores cubanos, a pesar de sus frecuentes estancias en Cuba. Su círculo de amistades fue cerrado y selecto.

    La última vez que lo vi en público sentí también de modo avasallante la certeza de las crueldades de la vida. Fue hace quizás dos o tres años, durante un concierto de Ernán López-Nussa en La Habana, al que el novelista asistió con su esposa Mercedes y la escritora Wendy Guerra, que insistió en que me acercara y lo saludara. Vi entonces ante mí a un anciano con una sonrisa vacía y una mirada sin brillo, que mantenía un aletargado contacto con la realidad, como casi todos los Aurelianos de su gran novela. Tuve la certeza de que García Márquez ya no solo era el creador de Macondo, sino un habitante vivo del pueblo perdido, sin memoria ni posibilidades de retorno a la realidad de este mundo, del que el escritor ahora se ha ido, provocando una conmoción similar a la que él alabó en John Lennon: porque García Márquez vivió para crear belleza, y eso es lo importante, lo trascendente, lo respetable, más allá de cercanías o lejanías personales, de encuentros cercanos o distancias invencibles.

lunes, 19 de enero de 2015

¿Cuáles eran las películas favoritas de García Márquez?

El Festival Internacional de Cine de Cartagena presentará las películas que marcaron la vida y obra de Gabriel García Márquez

 Gabriel García Márquez."El cine y yo somos como un matrimonio mal llevado; no puedo vivir ni con él ni sin él "./fnpi.org
Junto al periodismo y la literatura, la otra gran pasión de Gabriel García Márquez fue el cine. Estudió cine en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma, escribió varios guiones y críticas, fue el principal gestor de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños en Cuba e incluso participó como actor en algunos filmes. Todo esto sin contar las decenas de adaptaciones cinematográficas que se han hecho de sus obras literarias.
García Márquez también fue uno de los principales impulsores del Festival Internacional de Cine de Cartagena y asiduo espectador de sus proyecciones, por eso, el FICCI 55 le rinde homenaje con la retrospectiva “Gabo: Las películas de mi vida”, que incluye 10 filmes que lo marcaron entre 1948 y 1981. Estas películas influyeron en su obra narrativa, a partir de conceptos estéticos que aparecen citados en sus biografías, entrevistas, columnas y artículos periodísticos.
Toda la vida de Gabo estuvo marcada por el cine, como él mismo lo dijo en alguna ocasión: “El cine y yo somos como un matrimonio mal llevado, no puedo vivir con él ni si él”.
La muestra de las películas favoritas de Gabo que ha organizado el FICCI 55 la conforman:
-  El ladrón de bicicletas de Vittorio De Sica (Italia, 1948)
- Rashomon de Akira Kurosawa (Japón, 1950)
- 2001, Odisea del espacio de Stanley Kubrick (EE.UU., Reino Unido, 1968)
- El General de La Rovere de Roberto Rossellini (Italia, Francia, 1959)
- Manos peligrosas de Samuel Fuller (EE.UU., 1953)
- Una historia inmortal de Orson Welles (Francia, 1968)
- El hombre en la Torre Eiffel de Burgess Meredith (EE.UU., Francia, 1949)
- Jules et Jim de Francois Truffaut (Francia, 1962)
- Barbarroja de Akira Kurosawa (Japón, 1965)
- Jennie de William Dieterle (EE.UU., 1948)
El 55 Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias tendrá lugar del 11 al 17 de marzo de 2015. Toda la programación de películas y demás actividades del Festival está disponible aquí.

.¿Por qué los niños no saben nada de Gabo?

Gabo que estás en los cielos

Un profesor destapa la mala enseñanza del español

Institución Educativa Distrital Gabriel García Márquez./las2orillas.co

A todos nos tocó de alguna forma la muerte del escritor Gabriel García Márquez. Desde los literatos acérrimos, pasando por sus no pocos detractores, hasta los indiferentes a su obra. No cabe duda tampoco que los medios han sabido aprovechar esta exquisita gama de reacciones a su favor, y no es reprochable, están haciendo lo que les toca. De cuando en cuando surge una polémica, una reacción encontrada, una opinión poco usual o previsible, a partir de la cual la masa se pronuncia, el pueblo reclama, los medios facturan. Caso es el de la representante María Fernanda Cabal, y su deseo de ver a nuestro Nobel en el infierno, caso en el que no ahondaré porque usted, como buen usuario de las redes sociales, ya debe conocerlo de cabo a rabo.
Lo que sí es una infamia, una cobardía, una vileza de la más baja calaña, es esta nota que se muestra en el video relacionado al inicio de esta carta y realizada por el canal RCN, quienes como chacales hambrientos se acercaron a la Institución Educativa Gabriel García Márquez en la localidad de Usme, y atacaron con preguntas, en manada y sin previo aviso a los estudiantes, a sabiendas de lo que encontrarían: total ignorancia con respecto a Gabo, a su vida y por supuesto a su obra.
¿Cómo es esto posible? Se preguntará usted, asiduo lector del realismo mágico desde que aprendió a leer. ¿Dónde está el profesor de español de estos jóvenes? ¿A dónde vamos a parar? Y es probable que tenga razón, es en algún modo reprochable que estos niños no sepan nada de uno de nuestros mayores orgullos literarios; no obstante, ¿no van precisamente a eso al colegio? ¿Acaso usted llegó a primero de bachillerato con Vargas Llosa en una Mano y Camilo José Cela en la otra? ¿Ha leído usted toda la obra de García Márquez, y de ser así, esto lo justifica para juzgar a aquél que no ha leído ninguna? No amigos, no. La sociedad juzga a un joven que no sabe nada, pero que está en un colegio precisamente con ese fin, con el fin de aprender, pero no para ser deslegitimados, violentados y sometidos al escarnio público por un medio que no se caracteriza precisamente por su promoción de productos literarios.
Y los muy queridos tuiteros, como de esperarse, se abalanzaron como buitres sobre la presa, ellos tan entendidos de la literatura. ¡Cómo si ellos hubieran logrado su bachillerato con maestría en literatura! ¡Cómo si nunca hubieran dicho una burrada monumental, frente a todos sus compañeros, solo que sin un canal de cobertura nacional allí para documentarlo¡ ¡CÓMO SI LEER A GARCÍA MÁRQUEZ LOS HICIERA CONOCEDORES DE LA LITERATURA UNIVERSAL!
Y es que yo, educador de castellano, debo confesar que no leí a Gabo en el colegio. Leí los Cien Años de Soledad hasta la universidad. No me interesaba, siempre creí que era el libro favorito de los que no leen libros. Descubrí lo maravilloso de su obra casi que por accidente, y así fue mucho mejor leerlo, mejor que obligado por mi maestra de castellano. Estos jóvenes estudiantes, hoy repudiados por el sorprendentemente alto número de eruditos y literatos de Colombia, tienen derecho a encontrarse con la lectura sin grilletes, sin cadenas, sin ataduras. Desconocerlo no es un crimen, es la oportunidad de encontrar algo hermoso y que nos pertenece. Pero con este reproche nacional, ¿tendrá esta niña, la que confundió a Gabo con Pombo, algún deseo de acercarse por iniciativa propia a la lectura? No creo que tenga deseos ni de ir al colegio, a ser insultada y humillada por desconocer algo, como si aquellos que la señalan lo supieran todo.
La negligencia del profesor de castellano de la I.E.D. García Márquez no fue sólo no enseñar a apreciar a nuestro adorado escritor; más que eso fue permitir que se sometiera a este castigo público a sus estudiantes (y por consiguiente a él) y permanecer incólume ante la injusticia y la infamia. Hasta la representante Cabal, con todo y sus títulos y cargos, necesitó y tuvo quién le defendiera. ¿Quién aboga por estos estudiantes y por su proceso? Claramente no su institución, no su ministerio. Escribo esto para abogar por ellos, para defenderlos y decirles que no están solos, que aún hay educadores en Colombia que creemos en ellos y que sabemos lo injusta que es esta malversación de los medios con el indefenso. ¡Fuerza muchachos! No han cometido ningún crimen. A la escuela se asiste para aprender.
Ignacio Garnica Laverde Licenciado en Lengua Castellana y educador indignado.
fuente:las2orillas.co

domingo, 18 de enero de 2015

El cuento del domingo



Gabriel García Márquez

La siesta del martes


         El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, en intempestivos espacios sin sembrar, había oficinas con ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y todavía no había empezado el calor.
         —Es mejor que subas el vidrio —dijo la mujer—. El pelo se te va a llenar de carbón.
         La niña trató de hacerlo pero la ventana estaba bloqueada por el óxido.
         Eran los únicos pasajeros en el escueto vagón de tercera clase. Como el humo de la locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bolsa de material plástico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel de periódicos. Se sentó en el asiento opuesto, alejada de la ventanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riguroso y pobre.
         La niña tenía doce años y era la primera vez que viajaba. La mujer parecía demasiado vieja para ser su madre, a causa de las venas azules en los párpados y del cuerpo pequeño, blando y sin formas, en un traje cortado como una sotana. Viajaba con la columna vertebral firmemente apoyada contra el espaldar del asiento, sosteniendo en el regazo con ambas manos una cartera de charol desconchado. Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza.
         A las doce había empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin pueblo para abastecerse de agua. Afuera, en el misterioso silencio de las plantaciones, la sombra tenía un aspecto limpio. Pero el aire estancado dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren no volvió a acelerar. Se detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclinó la cabeza y se hundió en el sopor. La niña se quitó los zapatos. Después fue a los servicios sanitarios a poner en agua el ramo de flores muertas.
         Cuando volvió al asiento la madre le esperaba para comer. Le dio un pedazo de queso, medio bollo de maíz y una galleta dulce, y sacó para ella de la bolsa de material plástico una ración igual. Mientras comían, el tren atravesó muy despacio un puente de hierro y pasó de largo por un pueblo igual a los anteriores, sólo que en éste había una multitud en la plaza. Una banda de músicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo en una llanura cuarteada por la aridez, terminaban las plantaciones.
         La mujer dejó de comer.
         —Ponte los zapatos—dijo.
         La niña miró hacia el exterior. No vio nada más que la llanura desierta por donde el tren empezaba a correr de nuevo, pero metió en la bolsa el último pedazo de galleta y se puso rápidamente los zapatos. La mujer le dio la peineta.
         —Péinate —dijo.
         El tren empezó a pitar mientras la niña se peinaba. La mujer se secó el sudor del cuello y se limpió la grasa de la cara con los dedos. Cuando la niña acabó de peinarse el tren pasó frente a las primeras casas de un pueblo más grande pero más triste que los anteriores.
         —Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora —dijo la mujer—. Después, aunque te estés muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.
         La niña aprobó con la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el pito de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones. La mujer enrolló la bolsa con el resto de los alimentos y la metió en la cartera. Por un instante, la imagen total del pueblo, en el luminoso martes de agosto, resplandeció en la ventanilla. La niña envolvió las flores en los periódicos empapados, se apartó un poco más de la ventanilla y miró fijamente a su madre. Ella le devolvió una expresión apacible. El tren acabó de pitar y disminuyó la marcha. Un momento después se detuvo.
         No había nadie en la estación. Del otro lado de la calle, en la acera sombreada por los almendros, sólo estaba abierto el salón de billar. El pueblo flotaba en calor. La mujer e y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra.
         Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta. Los almacenes, las oficinas públicas, la escuela municipal, se cerraban desde las once y no volvían a abrirse hasta un poco antes de las cuatro, cuando pasaba el tren de regreso. Sólo permanecían abiertos el hotel frente a la estación, su cantina y su salón de billar, y la oficina del telégrafo al lado de la plaza. Las casas, en su mayoría construidas sobre el modelo de la compañía bananera, tenían las puertas cerradas por dentro y las persianas bajas. En algunas hacía tanto calor que sus habitantes almorzaban en el patio. Otros recostaban un asiento a la sombra de los almendros y hacían la siesta sentados en plena calle.
         Buscando siempre la protección de los almendros, la mujer y la niña penetraron en el pueblo sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural. La mujer raspó con la uña la red metálica de la puerta, esperó un instante y volvió a llamar.
         —Necesito al padre —dijo.
         —Ahora está durmiendo.
         —Es urgente —insistió la mujer.
         —Sigan —dijo, y acabó de abrir la puerta.
         La mujer de la casa las condujo hasta un escaño de madera y les hizo señas de que se sentaran. La puerta del fondo se abrió y esta vez apareció el sacerdote limpiando los lentes con un pañuelo.
         —¿Qué se les ofrece? —preguntó.
         —Las llaves del cementerio —dijo la mujer.
         —Con este calor —dijo—. Han podido esperar a que bajara el sol. La mujer movió la cabeza en silencio. El sacerdote pasó del otro lado de la baranda, extrajo del armario un cuaderno forrado de hule, un plumero de palo y un tintero, y se sentó a la mesa. El pelo que le faltaba en la cabeza le sobraba en las manos.
         —¿Qué tumba van a visitar? —preguntó.
         —La de Carlos Centeno —dijo la mujer.
         —¿Quién?
         —Carlos Centeno —repitió la mujer.
         El padre siguió sin entender.
         —Es el ladrón que mataron aquí la semana pasada —dijo la mujer en el mismo tono—. Yo soy su madre.
         —De manera que se llamaba Carlos Centeno —murmuró el padre cuando acabó de escribir.
         —Centeno Ayala —dijo la mujer—. Era el único varón.
         —Firme aquí.
         La mujer garabateó su nombre, sosteniendo la cartera bajo la axila. La niña recogió las flores, se dirigió a la baranda arrastrando los zapatos y observó atentamente a su madre.
         El párroco suspiró.
         —¿Nunca trató de hacerlo entrar por el buen camino?
         La mujer contestó cuando acabó de firmar.
         —Era un hombre muy bueno.
         El sacerdote miró alternativamente a la mujer y a la niña y comprobó con una especie de piadoso estupor que no estaban a punto de llorar.
         La mujer continuó inalterable:
         —Yo le decía que nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para comer, y él me hacía caso. En cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba tres días en la cama postrado por los golpes.
         —Se tuvo que sacar todos los dientes —intervino la niña.
         —Así es—confirmó la mujer—. Cada bocado que comía en ese tiempo me sabía a los porrazos que le daban a mi hijo los sábados  a la noche.
         —La voluntad de Dios es inescrutable —dijo el padre.
         Desde antes de abrir la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que había alguien mirando hacia adentro, las narices aplastadas contra la red metálica. Era un grupo de niños. Cuando la puerta se abrió por completo los niños se dispersaron. Suavemente volvió a cerrar la puerta.
         —Esperen un minuto —dijo, sin mirar a la mujer.
         Su hermana apareció en la puerta del fondo, con una chaqueta negra sobre la camisa de dormir y el cabello suelto en los hombros. Miró al padre en silencio.
         —¿Qué fue? —preguntó el.
         —La gente se ha dado cuenta —murmuró su hermana.
         —Es mejor que salgan por la puerta del patio —dijo el padre.
         —Es lo mismo —dijo su hermana—. Todo el mundo está en las ventanas.
         La mujer parecía no haber comprendido hasta entonces. Trató de ver la calle a través de la red metálica. Luego le quitó el ramo de flores a la niña y empezó a moverse hacia la puerta. La niña siguió.
         —Esperen a que baje el sol —dijo el padre.
         —Se van a derretir —dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala—. Espérense y les presto una sombrilla.
         —Gracias —replicó la mujer—. Así vamos bien.
         Tomó a la niña de la mano y salió a la calle.

viernes, 16 de enero de 2015

Vargas Llosa: "Moriré respetando el pacto que hice con García Márquez"

Gabo que estás en los cielos 

La enemistad comenzó en la década de los 70 

Portada de 'La Jornada' en la que aparece García Márquez con un ojo morado tras recibir un puñetazo de Vargas Llosa./elmundo.es
El escritor peruano Mario Vargas Llosa dijo hoy en Caracas que hizo un "pacto tácito" con el recién fallecido Gabriel García Márquez para no alentar la "chismografía sobre nuestra relación" y aseguró que morirá respetando el acuerdo.
"García Márquez y yo hicimos un pacto tácito de que no íbamos a alentar la chismografía sobre nuestra relación. Él se murió cumpliendo el pacto y yo me voy a morir cumpliendo ese pacto. Tenemos biógrafos, historiadores que investiguen y descubran la verdad, pero no va a salir de nuestras bocas", dijo el premio Nobel de Literatura.

Elogios para su antiguo amigo

Vargas Llosa participa en Caracas en un foro sobre libertad y en una rueda de prensa reiteró sus expresiones de lamento por la muerte de García Márquez, el otro Nobel de Literatura latinoamericano, ocurrida hace una semana en México. Dijo que García Márquez logró el sueño de todo escritor de que su obra lo sobreviva.
"Es digno destacar y agradecerle lo que hizo por la lengua y la literatura latinoamericana", señaló en una rueda de prensa.
Vargas Llosa y García Márquez protagonizaron una enemistad que duró más de tres décadas y que generó cientos de versiones sobre lo que inició el desencuentro.

El puñetazo que lo empezó todo

Tuvieron una de las peleas más recordadas entre intelectuales latinoamericanos. El origen público de la disputa es el famoso puñetazo que Vargas Llosa le dio a "Gabo" en febrero de 1976 en Ciudad de México, tras la proyección de la película "La odisea de los Andes".
La cinta, de Alvaro Covacevi, relataba con guión de Vargas Llosa la historia del accidente de los deportistas uruguayos en los Andes, que luego se retomó en la más reciente "Viven".
García Márquez se acercó con la intención de abrazar a su amigo, pero éste le respondió con un puñetazo en el ojo, del que en 2007 se conocieron por primera vez fotos, divulgadas por el fotógrafo Rodrigo Moya, quien las había tomado un par de días después de la agresión.

Desavenencias políticas

Una causa personal alejó desde entonces a los que habían sido buenos amigos, aunque el proceso también fue la culminación de sus desavenencias políticas, cada vez más profundas a medida de que el peruano se acercaba más a las posturas de derecha.
Por su parte, el escritor colombiano profundizaba su amistad con Fidel Castro y su simpatía por la revolución cubana.

jueves, 15 de enero de 2015

Gabriel García Márquez: una vida

Gabo que estás en los cielos




Reproducimos apartes de Una vida la biografía autorizada de Gerald Martin

Gabriel García Márquez durante la creación de El otoño del patriarca, en Barcelona, en los años 70, fotografiado por su hijo RodrigoFoto Tomadas del libro. Una vida/jornada.unam.mx

Foto
El 10 de diciembre de 1982, Gabo se preparaba para la entrega del Premio Nobel de Literatura enfundado en ropa interior térmica y rodeado de amigos ya listos para la ocasiónFoto Tomadas del libro
Foto
Minutos después, García Márquez apareció en la ceremonia de premiación vestido con el tradicional liquiliqui, tal como anunció desde que se supo galardonado, y horror, botas negras, relata Gerald MartinFoto Tomadas del libro
Foto
Mercedes y Gabo, con Gonzalo y Rodrigo, sus hijos, en Barcelona, a finales de los años 70. Imagen de la familia García MárquezFoto Tomadas del libro.
 
En unos días llegará a las librerías de México la biografía Gabriel García Márquez: una vida, libro de 768 páginas fruto de la investigación que realizó durante 17 años el académico británico y experto en literatura hispanoamericana Gerald Martin.
El pasado 23 de septiembre La Jornada publicó una entrevista exclusiva con el autor, quien ofreció algunos pormenores del volumen que será presentado el próximo 26 de octubre en la sala Manuel M. Ponce y en la que participarán, además de Martin, Elena Poniatowska, José Agustín y Gonzalo Celorio, como se informó también en estas páginas. Otras actividades paralelas son la exposición Gabriel García Márquez: una vida, que se inaugura el jueves; la mesa de análisis El otoño del patriarca. Conversaciones sobre García Márquez, y el sábado 17 y el 24 un maratón de lectura.
La biografía se publicó primero en Gran Bretaña, Holanda y Estados Unidos, y su lanzamiento también se hará en octubre en América Latina, mientras en Europa saldrán a la venta las ediciones en italiano y francés. El tiraje para México es de 15 mil ejemplares editados por el sello Debate de Random House-Mondadori.
En esta investigación, como se adelantó aquí el lunes pasado, Gerald Martin parte del árbol genealógico del Nobel de Literatura y lo acompaña hasta 2007 con el homenaje en Cartagena; da cuenta no sólo del proceso de creación de sus libros, su entorno familiar, sus amores y desamores, sus amistades y enemistades, sino también de su acción política, su compromiso con los otros, con Cuba, con Chile frente a la dictadura de Pinochet, con el periodismo. Por ello ofrecemos, con autorización del sello Random House-Mondadori, dos fragmentos de la biografía que dejan ver la figura política de García Márquez y su pensamiento social y humanista más allá de la literatura.
19 Chile y Cuba: García Márquez opta por la Revolución 1973–1979
El 11 septiembre de 1973, al igual que millones de personas progresistas del mundo entero, García Márquez, sentado frente a un televisor en Colombia, contemplaba horrorizado cómo los bombarderos de las fuerzas aéreas chilenas atacaban el palacio de gobierno en Santiago. Horas después se confirmaba la muerte del presidente Salvador Allende, que había sido elegido democráticamente, aunque si lo habían asesinado o se había suicidado nadie lo sabía. Una junta asumió el poder e inició una redada de más de treinta mil supuestos activistas de izquierdas en el curso de las semanas siguientes, muchos de los cuales jamás salieron vivos de la detención. Pablo Neruda agonizaba víctima del cáncer en su casa de Isla Negra, en la costa chilena del Pacífico. La muerte de Allende y la destrucción de sus sueños políticos mientras Chile caía en manos de un régimen fascista ocuparon los últimos días de Neruda en este mundo, antes de que sucumbiera a la enfermedad que lo aquejaba desde hacía varios años.
El gobierno de Unidad Popular de Allende había estado en el punto de mira de comentaristas políticos y activistas de todo el mundo como un experimento con el que comprobar si podía alcanzarse una sociedad socialista por los cauces democráticos. Allende había nacionalizado el cobre, el acero, el carbón, la mayoría de los bancos privados y otros sectores clave de la economía, y sin embargo, a pesar de la propaganda y la subversión constantes por parte de la derecha, su gobierno aumentó el porcentaje de votos y alcanzó el 44 por ciento en las elecciones que se celebraron a mediados del mandato, en marzo de 1973. Esto no hizo más que alentar a la derecha a redoblar sus esfuerzos para minar el régimen. La CIA había estado trabajando contra Allende aun antes de su elección: Estados Unidos, asediado en el atolladero vietnamita y obsesionado ya con Cuba, trataba por todos los medios de que no proliferaran otros regímenes anticapitalistas en el hemisferio occidental. La destrucción salvaje del experimento chileno, ante los ojos del mundo entero, causaría en la izquierda un efecto parecido al revés de la derrota de los republicanos en la guerra civil española, casi cuarenta años atrás.
Aquella tarde, a las ocho, García Márquez dirigió un telegrama a los miembros de la nueva junta chilena:
Bogotá, 11 de septiembre de 1973.
Generales Augusto Pinochet, Gustavo Leigh, César Méndez Danyau y Almirante José Toribio Merino, miembros de la junta militar:
Ustedes son autores materiales de la muerte del presidente Salvador Allende y el pueblo chileno no permitirá nunca que lo gobierne una cuadrilla de criminales a sueldo del imperialismo norteamericano.
En el momento en que redactó estas líneas todavía se desconocía la suerte que había corrido Allende, pero García Márquez dirigía posteriormente que conocía a Allende lo suficiente para saber con toda seguridad que nunca saldría vivo del palacio de gobierno; y los militares también debieron de saberlo. Aunque algunos dijeron que este telegrama fue un gesto más propio de un estudiante universitario que de un gran escritor, resultó ser la primera acción política que llevaba a cabo un nuevo García Márquez, alguien que trataba de desempeñar un papel distinto pero cuya línea política acababa de concentrarse y endurecerse radicalmente con el violento zarpazo que puso fin al experimento histórico de Allende. Tiempo después diría en una entrevista: El golpe en Chile fue una catástrofe personal para mí.
El caso Padilla, como era de prever, había marcado la división de las aguas de la historia latinoamericana durante la Guerra Fría, y no tan sólo en el ámbito de los intelectuales, los artistas y los escritores. García Márquez, a pesar de las críticas de sus amigos –que iban desde acusaciones de oportunismo hasta entenderlo como una ingenuidad–, había sido el más coherente desde el punto de vista político de los autores latinoamericanos de primera fila. La Unión Soviética no ofrecía la clase de socialismo que él quería, pero, desde el punto de vista latinoamericano, consideraba que era esencial como baluarte contra la hegemonía y el imperialismo estadounidenses. Esto no era, en su opinión, ”partidismo”, sino una apreciación racional de la realidad. Cuba, aunque planteaba un caso problemático, era más progresista que la Unión Soviética, y había de recibir el apoyo de todos los latinoamericanos antiimperialistas que se preciaran de serlo, quienes en cualquier caso debían hacer todo lo posible por moderar cualquier aspecto represivo, no democrático o dictatorial del régimen. Personalmente optó por lo que le parecía la senda de la paz y la justicia para los pueblos del mundo: el socialismo internacional, en un sentido amplio del término.
Aunque sin lugar a dudas había deseado que el experimento chileno saliera adelante, lo cierto es que nunca creyó que se lo fueran a permitir. En respuesta a la pregunta de un periodista neoyorquino en 1971, había dicho:
Yo ambiciono que toda la América Latina sea socialista, pero ahora la gente está muy ilusionada con un socialismo pacífico, dentro de la constitución. Todo eso me parece muy bonito electoralmente, pero creo que es totalmente utópico. Chile está abocado a un proceso violento muy dramático. Si bien el Frente Popular va avanzando –con inteligencia y mucho tacto, a pasos bastante rápidos y firmes– llegará un momento en que encontrará un muro que se le opone seriamente. Los Estados Unidos por ahora no están interfiriendo, pero no van a cruzarse de brazos. No van a aceptar de verdad que sea un país socialista. No lo van a permitir, no nos hagamos ilusiones... No es que yo vea (la violencia) como una solución, pero creo que ese muro, en un momento, sólo se podrá franquear con violencia. Desgraciadamente creo que es inevitable, que será así. Pienso que lo que está sucediendo en Chile es muy bueno como reforma, pero no como revolución.
Pocos observadores habían visto el futuro con tanta nitidez. García Márquez se dio cuenta de que en aquel momento estaba viviendo una coyuntura crítica de la historia mundial. En el curso de los años inmediatamente posteriores, a pesar de su arraigado pesimismo político, llevaría a cabo una serie de declaraciones a propósito del compromiso que tal vez alcanzan su mejor expresión en una entrevista de 1978: El sentido de la solidaridad, que es lo mismo que los católicos llaman la comunión de los Santos, tiene para mí una significación muy clara. Quiere decir que en cada uno de nuestros actos, cada uno de nosotros e responsable por toda la Humanidad. Cuando uno descubre eso, es por que su conciencia política ha llegado a su nivel más alto. Modestamente, ése es mi caso. Para mí no hay un solo acto de mi vida que no sea un acto político.
Buscó un modo de actuar. Estaba más convencido que nunca de que la senda cubana era el único camino viable para que América Latina alcanzara la independencia política y económica; esto es, la dignidad. Sin embargo, una vez más, estaba distanciado de Cuba. Dadas las circunstancias, decidió que para volver allí había de pasar, en primer lugar, por Colombia. Llevaba un tiempo intercambiando impresiones con intelectuales colombianos jóvenes, en particular con Enrique Santos Calderón (de la dinastía de El Tiempo, a quien conocía desde hacía poco), Daniel Samper (con quien tenía relación desde hacía una década) y, más tarde, Antonio Caballero (hijo del novelista liberal de clase alta Eduardo Caballero Calderón), con la idea de cultivar en Colombia una nueva forma de periodismo, más concretamente con la fundación de una revista de izquierdas. García Márquez había llegado a la conclusión de que la única manera de reformar su país, profundamente conservador, era a través de la seducción y la perversión, como diría en tono de chanza, de la joven generación de las viejas familias dirigentes. Otros de los implicados fundamentales en el proyecto fueron el cronista más reputado de la Violencia, Orlando Fals Borda, sociólogo de talla internacional, y el empresario progresista José Vicente Kataraín, que posteriormente se convertiría en el editor de García Márquez en Colombia. La nueva revista se llamaría Alternativa, partía de la necesidad que imponía “el creciente monopolio de la información que padecía –y padece– la sociedad colombiana por parte de los mismos intereses que controlan la política y la economía nacional”, y su propósito era mostrar esa otra Colombia que nunca aparece en las páginas de la gran prensa ni en las pantallas de una televisión cada día más subordinada al control oficial.

miércoles, 14 de enero de 2015

Cien años de soledad: portadas por el mundo

Gabo que estás en los cielos

La novela más famosa de Gabriel García Márquez ha sido vestida de forma muy diferente en distintas partes del mundo y a lo largo de los años


Concentrar en una imagen una novela no es fácil, aunque dice el refrán que nunca hay que juzgar un libro por la portada. La primera que tuvo Cien años de soledad, novela con uno de los comienzos más famosos de la historia de la literatura, tiene el dibujo de un barco en la selva. Fue así comola lanzó la novela la Editorial Sudamericana de Buenos Aires en 1967. De los colores chillones a los diseños conceptuales, del chino al esperanto, en esta galería repasamos portadas de Cien años de soledad.
La primera Edición argentina de Editorial Suramericana.
La segunda Edición argentina de Editorial Suramericana.
Edición de El Círculo de Lectores de España. 1970.
Edición en España de 1983.

Edición en España de 2003.





Edición en Españ de 2004.
Edición conmemorativa RAE. 2007.
Edción en España 2002.
Edición en España de 1990.
Edición en España 1970.
Edición en España 2010.
Edición en España  2011.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en polaco.
Edición en polaco.
Edición en polaco.
Edición en polaco.

Edición en francés.
Edición en francés.
Edición en francés.
Edición en alemán.
Edición en alemán.
Edición en italiano.

Edición en italiano.
Edición en esloveno.

Edición en chino.
Edición  en esperanto.
Edición en danés.
fuente:huffingtonpost.es