domingo, 18 de enero de 2015

El cuento del domingo



Gabriel García Márquez

La siesta del martes


         El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, en intempestivos espacios sin sembrar, había oficinas con ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y todavía no había empezado el calor.
         —Es mejor que subas el vidrio —dijo la mujer—. El pelo se te va a llenar de carbón.
         La niña trató de hacerlo pero la ventana estaba bloqueada por el óxido.
         Eran los únicos pasajeros en el escueto vagón de tercera clase. Como el humo de la locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bolsa de material plástico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel de periódicos. Se sentó en el asiento opuesto, alejada de la ventanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riguroso y pobre.
         La niña tenía doce años y era la primera vez que viajaba. La mujer parecía demasiado vieja para ser su madre, a causa de las venas azules en los párpados y del cuerpo pequeño, blando y sin formas, en un traje cortado como una sotana. Viajaba con la columna vertebral firmemente apoyada contra el espaldar del asiento, sosteniendo en el regazo con ambas manos una cartera de charol desconchado. Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza.
         A las doce había empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin pueblo para abastecerse de agua. Afuera, en el misterioso silencio de las plantaciones, la sombra tenía un aspecto limpio. Pero el aire estancado dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren no volvió a acelerar. Se detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclinó la cabeza y se hundió en el sopor. La niña se quitó los zapatos. Después fue a los servicios sanitarios a poner en agua el ramo de flores muertas.
         Cuando volvió al asiento la madre le esperaba para comer. Le dio un pedazo de queso, medio bollo de maíz y una galleta dulce, y sacó para ella de la bolsa de material plástico una ración igual. Mientras comían, el tren atravesó muy despacio un puente de hierro y pasó de largo por un pueblo igual a los anteriores, sólo que en éste había una multitud en la plaza. Una banda de músicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo en una llanura cuarteada por la aridez, terminaban las plantaciones.
         La mujer dejó de comer.
         —Ponte los zapatos—dijo.
         La niña miró hacia el exterior. No vio nada más que la llanura desierta por donde el tren empezaba a correr de nuevo, pero metió en la bolsa el último pedazo de galleta y se puso rápidamente los zapatos. La mujer le dio la peineta.
         —Péinate —dijo.
         El tren empezó a pitar mientras la niña se peinaba. La mujer se secó el sudor del cuello y se limpió la grasa de la cara con los dedos. Cuando la niña acabó de peinarse el tren pasó frente a las primeras casas de un pueblo más grande pero más triste que los anteriores.
         —Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora —dijo la mujer—. Después, aunque te estés muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.
         La niña aprobó con la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el pito de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones. La mujer enrolló la bolsa con el resto de los alimentos y la metió en la cartera. Por un instante, la imagen total del pueblo, en el luminoso martes de agosto, resplandeció en la ventanilla. La niña envolvió las flores en los periódicos empapados, se apartó un poco más de la ventanilla y miró fijamente a su madre. Ella le devolvió una expresión apacible. El tren acabó de pitar y disminuyó la marcha. Un momento después se detuvo.
         No había nadie en la estación. Del otro lado de la calle, en la acera sombreada por los almendros, sólo estaba abierto el salón de billar. El pueblo flotaba en calor. La mujer e y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra.
         Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta. Los almacenes, las oficinas públicas, la escuela municipal, se cerraban desde las once y no volvían a abrirse hasta un poco antes de las cuatro, cuando pasaba el tren de regreso. Sólo permanecían abiertos el hotel frente a la estación, su cantina y su salón de billar, y la oficina del telégrafo al lado de la plaza. Las casas, en su mayoría construidas sobre el modelo de la compañía bananera, tenían las puertas cerradas por dentro y las persianas bajas. En algunas hacía tanto calor que sus habitantes almorzaban en el patio. Otros recostaban un asiento a la sombra de los almendros y hacían la siesta sentados en plena calle.
         Buscando siempre la protección de los almendros, la mujer y la niña penetraron en el pueblo sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural. La mujer raspó con la uña la red metálica de la puerta, esperó un instante y volvió a llamar.
         —Necesito al padre —dijo.
         —Ahora está durmiendo.
         —Es urgente —insistió la mujer.
         —Sigan —dijo, y acabó de abrir la puerta.
         La mujer de la casa las condujo hasta un escaño de madera y les hizo señas de que se sentaran. La puerta del fondo se abrió y esta vez apareció el sacerdote limpiando los lentes con un pañuelo.
         —¿Qué se les ofrece? —preguntó.
         —Las llaves del cementerio —dijo la mujer.
         —Con este calor —dijo—. Han podido esperar a que bajara el sol. La mujer movió la cabeza en silencio. El sacerdote pasó del otro lado de la baranda, extrajo del armario un cuaderno forrado de hule, un plumero de palo y un tintero, y se sentó a la mesa. El pelo que le faltaba en la cabeza le sobraba en las manos.
         —¿Qué tumba van a visitar? —preguntó.
         —La de Carlos Centeno —dijo la mujer.
         —¿Quién?
         —Carlos Centeno —repitió la mujer.
         El padre siguió sin entender.
         —Es el ladrón que mataron aquí la semana pasada —dijo la mujer en el mismo tono—. Yo soy su madre.
         —De manera que se llamaba Carlos Centeno —murmuró el padre cuando acabó de escribir.
         —Centeno Ayala —dijo la mujer—. Era el único varón.
         —Firme aquí.
         La mujer garabateó su nombre, sosteniendo la cartera bajo la axila. La niña recogió las flores, se dirigió a la baranda arrastrando los zapatos y observó atentamente a su madre.
         El párroco suspiró.
         —¿Nunca trató de hacerlo entrar por el buen camino?
         La mujer contestó cuando acabó de firmar.
         —Era un hombre muy bueno.
         El sacerdote miró alternativamente a la mujer y a la niña y comprobó con una especie de piadoso estupor que no estaban a punto de llorar.
         La mujer continuó inalterable:
         —Yo le decía que nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para comer, y él me hacía caso. En cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba tres días en la cama postrado por los golpes.
         —Se tuvo que sacar todos los dientes —intervino la niña.
         —Así es—confirmó la mujer—. Cada bocado que comía en ese tiempo me sabía a los porrazos que le daban a mi hijo los sábados  a la noche.
         —La voluntad de Dios es inescrutable —dijo el padre.
         Desde antes de abrir la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que había alguien mirando hacia adentro, las narices aplastadas contra la red metálica. Era un grupo de niños. Cuando la puerta se abrió por completo los niños se dispersaron. Suavemente volvió a cerrar la puerta.
         —Esperen un minuto —dijo, sin mirar a la mujer.
         Su hermana apareció en la puerta del fondo, con una chaqueta negra sobre la camisa de dormir y el cabello suelto en los hombros. Miró al padre en silencio.
         —¿Qué fue? —preguntó el.
         —La gente se ha dado cuenta —murmuró su hermana.
         —Es mejor que salgan por la puerta del patio —dijo el padre.
         —Es lo mismo —dijo su hermana—. Todo el mundo está en las ventanas.
         La mujer parecía no haber comprendido hasta entonces. Trató de ver la calle a través de la red metálica. Luego le quitó el ramo de flores a la niña y empezó a moverse hacia la puerta. La niña siguió.
         —Esperen a que baje el sol —dijo el padre.
         —Se van a derretir —dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala—. Espérense y les presto una sombrilla.
         —Gracias —replicó la mujer—. Así vamos bien.
         Tomó a la niña de la mano y salió a la calle.

viernes, 16 de enero de 2015

Vargas Llosa: "Moriré respetando el pacto que hice con García Márquez"

Gabo que estás en los cielos 

La enemistad comenzó en la década de los 70 

Portada de 'La Jornada' en la que aparece García Márquez con un ojo morado tras recibir un puñetazo de Vargas Llosa./elmundo.es
El escritor peruano Mario Vargas Llosa dijo hoy en Caracas que hizo un "pacto tácito" con el recién fallecido Gabriel García Márquez para no alentar la "chismografía sobre nuestra relación" y aseguró que morirá respetando el acuerdo.
"García Márquez y yo hicimos un pacto tácito de que no íbamos a alentar la chismografía sobre nuestra relación. Él se murió cumpliendo el pacto y yo me voy a morir cumpliendo ese pacto. Tenemos biógrafos, historiadores que investiguen y descubran la verdad, pero no va a salir de nuestras bocas", dijo el premio Nobel de Literatura.

Elogios para su antiguo amigo

Vargas Llosa participa en Caracas en un foro sobre libertad y en una rueda de prensa reiteró sus expresiones de lamento por la muerte de García Márquez, el otro Nobel de Literatura latinoamericano, ocurrida hace una semana en México. Dijo que García Márquez logró el sueño de todo escritor de que su obra lo sobreviva.
"Es digno destacar y agradecerle lo que hizo por la lengua y la literatura latinoamericana", señaló en una rueda de prensa.
Vargas Llosa y García Márquez protagonizaron una enemistad que duró más de tres décadas y que generó cientos de versiones sobre lo que inició el desencuentro.

El puñetazo que lo empezó todo

Tuvieron una de las peleas más recordadas entre intelectuales latinoamericanos. El origen público de la disputa es el famoso puñetazo que Vargas Llosa le dio a "Gabo" en febrero de 1976 en Ciudad de México, tras la proyección de la película "La odisea de los Andes".
La cinta, de Alvaro Covacevi, relataba con guión de Vargas Llosa la historia del accidente de los deportistas uruguayos en los Andes, que luego se retomó en la más reciente "Viven".
García Márquez se acercó con la intención de abrazar a su amigo, pero éste le respondió con un puñetazo en el ojo, del que en 2007 se conocieron por primera vez fotos, divulgadas por el fotógrafo Rodrigo Moya, quien las había tomado un par de días después de la agresión.

Desavenencias políticas

Una causa personal alejó desde entonces a los que habían sido buenos amigos, aunque el proceso también fue la culminación de sus desavenencias políticas, cada vez más profundas a medida de que el peruano se acercaba más a las posturas de derecha.
Por su parte, el escritor colombiano profundizaba su amistad con Fidel Castro y su simpatía por la revolución cubana.

jueves, 15 de enero de 2015

Gabriel García Márquez: una vida

Gabo que estás en los cielos




Reproducimos apartes de Una vida la biografía autorizada de Gerald Martin

Gabriel García Márquez durante la creación de El otoño del patriarca, en Barcelona, en los años 70, fotografiado por su hijo RodrigoFoto Tomadas del libro. Una vida/jornada.unam.mx

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El 10 de diciembre de 1982, Gabo se preparaba para la entrega del Premio Nobel de Literatura enfundado en ropa interior térmica y rodeado de amigos ya listos para la ocasiónFoto Tomadas del libro
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Minutos después, García Márquez apareció en la ceremonia de premiación vestido con el tradicional liquiliqui, tal como anunció desde que se supo galardonado, y horror, botas negras, relata Gerald MartinFoto Tomadas del libro
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Mercedes y Gabo, con Gonzalo y Rodrigo, sus hijos, en Barcelona, a finales de los años 70. Imagen de la familia García MárquezFoto Tomadas del libro.
 
En unos días llegará a las librerías de México la biografía Gabriel García Márquez: una vida, libro de 768 páginas fruto de la investigación que realizó durante 17 años el académico británico y experto en literatura hispanoamericana Gerald Martin.
El pasado 23 de septiembre La Jornada publicó una entrevista exclusiva con el autor, quien ofreció algunos pormenores del volumen que será presentado el próximo 26 de octubre en la sala Manuel M. Ponce y en la que participarán, además de Martin, Elena Poniatowska, José Agustín y Gonzalo Celorio, como se informó también en estas páginas. Otras actividades paralelas son la exposición Gabriel García Márquez: una vida, que se inaugura el jueves; la mesa de análisis El otoño del patriarca. Conversaciones sobre García Márquez, y el sábado 17 y el 24 un maratón de lectura.
La biografía se publicó primero en Gran Bretaña, Holanda y Estados Unidos, y su lanzamiento también se hará en octubre en América Latina, mientras en Europa saldrán a la venta las ediciones en italiano y francés. El tiraje para México es de 15 mil ejemplares editados por el sello Debate de Random House-Mondadori.
En esta investigación, como se adelantó aquí el lunes pasado, Gerald Martin parte del árbol genealógico del Nobel de Literatura y lo acompaña hasta 2007 con el homenaje en Cartagena; da cuenta no sólo del proceso de creación de sus libros, su entorno familiar, sus amores y desamores, sus amistades y enemistades, sino también de su acción política, su compromiso con los otros, con Cuba, con Chile frente a la dictadura de Pinochet, con el periodismo. Por ello ofrecemos, con autorización del sello Random House-Mondadori, dos fragmentos de la biografía que dejan ver la figura política de García Márquez y su pensamiento social y humanista más allá de la literatura.
19 Chile y Cuba: García Márquez opta por la Revolución 1973–1979
El 11 septiembre de 1973, al igual que millones de personas progresistas del mundo entero, García Márquez, sentado frente a un televisor en Colombia, contemplaba horrorizado cómo los bombarderos de las fuerzas aéreas chilenas atacaban el palacio de gobierno en Santiago. Horas después se confirmaba la muerte del presidente Salvador Allende, que había sido elegido democráticamente, aunque si lo habían asesinado o se había suicidado nadie lo sabía. Una junta asumió el poder e inició una redada de más de treinta mil supuestos activistas de izquierdas en el curso de las semanas siguientes, muchos de los cuales jamás salieron vivos de la detención. Pablo Neruda agonizaba víctima del cáncer en su casa de Isla Negra, en la costa chilena del Pacífico. La muerte de Allende y la destrucción de sus sueños políticos mientras Chile caía en manos de un régimen fascista ocuparon los últimos días de Neruda en este mundo, antes de que sucumbiera a la enfermedad que lo aquejaba desde hacía varios años.
El gobierno de Unidad Popular de Allende había estado en el punto de mira de comentaristas políticos y activistas de todo el mundo como un experimento con el que comprobar si podía alcanzarse una sociedad socialista por los cauces democráticos. Allende había nacionalizado el cobre, el acero, el carbón, la mayoría de los bancos privados y otros sectores clave de la economía, y sin embargo, a pesar de la propaganda y la subversión constantes por parte de la derecha, su gobierno aumentó el porcentaje de votos y alcanzó el 44 por ciento en las elecciones que se celebraron a mediados del mandato, en marzo de 1973. Esto no hizo más que alentar a la derecha a redoblar sus esfuerzos para minar el régimen. La CIA había estado trabajando contra Allende aun antes de su elección: Estados Unidos, asediado en el atolladero vietnamita y obsesionado ya con Cuba, trataba por todos los medios de que no proliferaran otros regímenes anticapitalistas en el hemisferio occidental. La destrucción salvaje del experimento chileno, ante los ojos del mundo entero, causaría en la izquierda un efecto parecido al revés de la derrota de los republicanos en la guerra civil española, casi cuarenta años atrás.
Aquella tarde, a las ocho, García Márquez dirigió un telegrama a los miembros de la nueva junta chilena:
Bogotá, 11 de septiembre de 1973.
Generales Augusto Pinochet, Gustavo Leigh, César Méndez Danyau y Almirante José Toribio Merino, miembros de la junta militar:
Ustedes son autores materiales de la muerte del presidente Salvador Allende y el pueblo chileno no permitirá nunca que lo gobierne una cuadrilla de criminales a sueldo del imperialismo norteamericano.
En el momento en que redactó estas líneas todavía se desconocía la suerte que había corrido Allende, pero García Márquez dirigía posteriormente que conocía a Allende lo suficiente para saber con toda seguridad que nunca saldría vivo del palacio de gobierno; y los militares también debieron de saberlo. Aunque algunos dijeron que este telegrama fue un gesto más propio de un estudiante universitario que de un gran escritor, resultó ser la primera acción política que llevaba a cabo un nuevo García Márquez, alguien que trataba de desempeñar un papel distinto pero cuya línea política acababa de concentrarse y endurecerse radicalmente con el violento zarpazo que puso fin al experimento histórico de Allende. Tiempo después diría en una entrevista: El golpe en Chile fue una catástrofe personal para mí.
El caso Padilla, como era de prever, había marcado la división de las aguas de la historia latinoamericana durante la Guerra Fría, y no tan sólo en el ámbito de los intelectuales, los artistas y los escritores. García Márquez, a pesar de las críticas de sus amigos –que iban desde acusaciones de oportunismo hasta entenderlo como una ingenuidad–, había sido el más coherente desde el punto de vista político de los autores latinoamericanos de primera fila. La Unión Soviética no ofrecía la clase de socialismo que él quería, pero, desde el punto de vista latinoamericano, consideraba que era esencial como baluarte contra la hegemonía y el imperialismo estadounidenses. Esto no era, en su opinión, ”partidismo”, sino una apreciación racional de la realidad. Cuba, aunque planteaba un caso problemático, era más progresista que la Unión Soviética, y había de recibir el apoyo de todos los latinoamericanos antiimperialistas que se preciaran de serlo, quienes en cualquier caso debían hacer todo lo posible por moderar cualquier aspecto represivo, no democrático o dictatorial del régimen. Personalmente optó por lo que le parecía la senda de la paz y la justicia para los pueblos del mundo: el socialismo internacional, en un sentido amplio del término.
Aunque sin lugar a dudas había deseado que el experimento chileno saliera adelante, lo cierto es que nunca creyó que se lo fueran a permitir. En respuesta a la pregunta de un periodista neoyorquino en 1971, había dicho:
Yo ambiciono que toda la América Latina sea socialista, pero ahora la gente está muy ilusionada con un socialismo pacífico, dentro de la constitución. Todo eso me parece muy bonito electoralmente, pero creo que es totalmente utópico. Chile está abocado a un proceso violento muy dramático. Si bien el Frente Popular va avanzando –con inteligencia y mucho tacto, a pasos bastante rápidos y firmes– llegará un momento en que encontrará un muro que se le opone seriamente. Los Estados Unidos por ahora no están interfiriendo, pero no van a cruzarse de brazos. No van a aceptar de verdad que sea un país socialista. No lo van a permitir, no nos hagamos ilusiones... No es que yo vea (la violencia) como una solución, pero creo que ese muro, en un momento, sólo se podrá franquear con violencia. Desgraciadamente creo que es inevitable, que será así. Pienso que lo que está sucediendo en Chile es muy bueno como reforma, pero no como revolución.
Pocos observadores habían visto el futuro con tanta nitidez. García Márquez se dio cuenta de que en aquel momento estaba viviendo una coyuntura crítica de la historia mundial. En el curso de los años inmediatamente posteriores, a pesar de su arraigado pesimismo político, llevaría a cabo una serie de declaraciones a propósito del compromiso que tal vez alcanzan su mejor expresión en una entrevista de 1978: El sentido de la solidaridad, que es lo mismo que los católicos llaman la comunión de los Santos, tiene para mí una significación muy clara. Quiere decir que en cada uno de nuestros actos, cada uno de nosotros e responsable por toda la Humanidad. Cuando uno descubre eso, es por que su conciencia política ha llegado a su nivel más alto. Modestamente, ése es mi caso. Para mí no hay un solo acto de mi vida que no sea un acto político.
Buscó un modo de actuar. Estaba más convencido que nunca de que la senda cubana era el único camino viable para que América Latina alcanzara la independencia política y económica; esto es, la dignidad. Sin embargo, una vez más, estaba distanciado de Cuba. Dadas las circunstancias, decidió que para volver allí había de pasar, en primer lugar, por Colombia. Llevaba un tiempo intercambiando impresiones con intelectuales colombianos jóvenes, en particular con Enrique Santos Calderón (de la dinastía de El Tiempo, a quien conocía desde hacía poco), Daniel Samper (con quien tenía relación desde hacía una década) y, más tarde, Antonio Caballero (hijo del novelista liberal de clase alta Eduardo Caballero Calderón), con la idea de cultivar en Colombia una nueva forma de periodismo, más concretamente con la fundación de una revista de izquierdas. García Márquez había llegado a la conclusión de que la única manera de reformar su país, profundamente conservador, era a través de la seducción y la perversión, como diría en tono de chanza, de la joven generación de las viejas familias dirigentes. Otros de los implicados fundamentales en el proyecto fueron el cronista más reputado de la Violencia, Orlando Fals Borda, sociólogo de talla internacional, y el empresario progresista José Vicente Kataraín, que posteriormente se convertiría en el editor de García Márquez en Colombia. La nueva revista se llamaría Alternativa, partía de la necesidad que imponía “el creciente monopolio de la información que padecía –y padece– la sociedad colombiana por parte de los mismos intereses que controlan la política y la economía nacional”, y su propósito era mostrar esa otra Colombia que nunca aparece en las páginas de la gran prensa ni en las pantallas de una televisión cada día más subordinada al control oficial.

miércoles, 14 de enero de 2015

Cien años de soledad: portadas por el mundo

Gabo que estás en los cielos

La novela más famosa de Gabriel García Márquez ha sido vestida de forma muy diferente en distintas partes del mundo y a lo largo de los años


Concentrar en una imagen una novela no es fácil, aunque dice el refrán que nunca hay que juzgar un libro por la portada. La primera que tuvo Cien años de soledad, novela con uno de los comienzos más famosos de la historia de la literatura, tiene el dibujo de un barco en la selva. Fue así comola lanzó la novela la Editorial Sudamericana de Buenos Aires en 1967. De los colores chillones a los diseños conceptuales, del chino al esperanto, en esta galería repasamos portadas de Cien años de soledad.
La primera Edición argentina de Editorial Suramericana.
La segunda Edición argentina de Editorial Suramericana.
Edición de El Círculo de Lectores de España. 1970.
Edición en España de 1983.

Edición en España de 2003.





Edición en Españ de 2004.
Edición conmemorativa RAE. 2007.
Edción en España 2002.
Edición en España de 1990.
Edición en España 1970.
Edición en España 2010.
Edición en España  2011.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en inglés.
Edición en polaco.
Edición en polaco.
Edición en polaco.
Edición en polaco.

Edición en francés.
Edición en francés.
Edición en francés.
Edición en alemán.
Edición en alemán.
Edición en italiano.

Edición en italiano.
Edición en esloveno.

Edición en chino.
Edición  en esperanto.
Edición en danés.
fuente:huffingtonpost.es

martes, 13 de enero de 2015

El tiempo se detuvo en un duelo íntimo sin ceremonias

 Gabo que estás en los cielos

Se me ocurre que Gabo era tan discreto, que se murió en jueves santo porque los periódicos no salen ese viernes

Un hombre brinda con flores ante un retrato de García Márquez, en Ciudad de México. /elpais.com
Este jueves santo 17 de marzo comenzó mal. A la madrugada había muerto el cantante puertorriqueño Cheo Feliciano. Pero el mazazo en la cabeza llegó como a las tres de la tarde, cuando se regó la noticia de la muerte de García Márquez. Me enteré por un periodista que me llamó a preguntarme por don Gabriel. Se me quebró la voz al hablar. Es el colombiano más importante de todos los tiempos y el más querido, creo que eso fue lo único que atiné a decir. Después, en los cuatro días siguientes, muchos han repetido esa frase que nadie se copió de nadie: cada uno la decía auscultando su propio corazón.
Se murió en jueves santo. El mismo día en que Úrsula Iguarán. Ahora se me ocurre que era tan discreto, había maldecido tanto la notoriedad y la fama que trataron de apoderarse de él desde 1967, que se murió en jueves santo porque los periódicos no salen el viernes santo. Así, desde el jueves, el tiempo se detuvo en un duelo sin ceremonias, íntimo, de cada uno, y en una asombrosa invasión de su imagen en todos los periódicos, en la red entera.
Hubo que esperar hasta la pascua para que la solemnidad pública hiciera su papel. Para ese momento, el mago de Aracataca ya se había adelantado a convertirse en cenizas. En la tarde del lunes fue en Bellas Artes, en Ciudad de México. Los de a pie esperaron hasta seis horas para entrar de treinta en treinta a decirle adiós a Gabo durante diez segundos. Llovieron mariposas amarillas, el recinto se adornó con flores amarillas. Tocó un cuarteto de cuerdas y, nadie es perfecto, también hubo vallenatos. Habló Rafael Tovar y de Teresa. Hablaron Peña Nieto y Santos. En Bogotá lo vimos porque lo trasmitieron no uno ni dos canales, sino seis. Y la radio emitía boletines de sus enviados especiales. En el centro cultural García Márquez se veía en directo; allí mismo, desde mediodía, durante siete horas, se leían fragmentos de sus libros. Esta lectura ponía eufórica a la gente, a la gente que estaba triste.
El martes a mediodía el presidente Santos celebró en la Catedral de Bogotá. Un magnífico coro cantó el Réquiem de Mozart. y habló el presidente. Se dirigió a los expresidentes, a los ministros, a los generales, a las altas cortes (yo me acordé del final de la Mama Grande pero no dije nada). Santos fue breve y dijo lo esencial. Se nos fue el más alto representante del alma colombiana, dijo. El mejor homenaje es volver a leer sus libros, dijo. Terminó pidiendo un aplauso para García Márquez. Cuando iban 46 segundo de aplauso, la orquesta sinfónica interrumpió la salva con un toque sabroso y se oyeron las notas de La casa en el aire; Te voy a hacer una casa en aire pa’ que no te moleste nadie. Pero seguimos tristes porque se fue.