jueves, 18 de diciembre de 2014

Puerto Rico homenajea a García Márquez en el Día del Libro

Gabo que estás en los cielos

 Reconocidos escritores puertorriqueños participaron en el homenaje a Gabriel García Márquez que el Gobierno de Puerto Rico organizó en memoria de un escritor que contribuyó, a su manera, a unir la isla caribeña con el resto de América Latina

Gabriel García Márquez de Fernando Maldonado/lainformacion.com
"Al leerlo de joven aprendí a ubicar la realidad puertorriqueña en el contesto latinoamericano", reconoció este miércoles el propio secretario de Estado puertorriqueño, David Bernier, quien encabezó el homenaje.
Bernier relató que, siendo niño, un profesor suyo, el español Papo Borges -que acudió también al homenaje-, le "obligó", al igual que a sus compañeros, a leer "Cien años de soledad", al tiempo que "creó el drama necesario en el aula para despertar interés entre todos nosotros".
"Cuando un escritor consigue que todo el que lo lee se identifique con su obra es que se ha convertido en universal", resumió Bernier durante una ceremonia en la que estudiantes de la escuela local José Julián Acosta leyeron fragmentos de sus escritos.
Como él, muchos de los escritores que participaron en el homenaje coincidieron en destacar que leer la obra de García Márquez ayudó a muchos puertorriqueños (cuyo estatus favorece que tengan muy asimilados algunos aspectos de la cultura estadounidense) a estrechar sus lazos emocionales con América Latina.
Puerto Rico tiene el estatus de Estado Libre Asociado a Estados Unidos.
Los escritores Juan López Bauzá, Yolanda Izquierdo, Carlos Pabón, Francisco Pons, Ricardo Cobián y Carmen Gilbert asistieron al homenaje, así como Héctor Feliciano, que conoció de cerca al escritor colombiano, colaboraron juntos en la publicación de su último trabajo y lleva años implicado en la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).
"Él se sentía muy periodista", explicó a Efe Feliciano, que también ejerce esa profesión, tras su intervención en un homenaje en el que dijo la lapidaria frase de que "García Márquez escribió el Antiguo Testamento de América Latina".
Además, Bernier hizo entrega de una proclama conmemorativa al cónsul de Colombia en Puerto Rico, Alejandro Cobo, en la que se recuerda que, en el momento de su muerte, García Márquez era "el escritor más conocido del mundo entero".
"Ningún escritor ha tenido en vida mayor difusión y pocos han logrado como él ser comprendidos tan profundamente por un público tan variado y en tantas lenguas", añade la proclama.
Igualmente, apunta que "el mundo hispanoparlante lamenta la muerte de este gigante de la cultura y las letras", sobre todo porque "quienes compartimos la lengua que ya antes alcanzó una cúspide con Cervantes, nos sentimos afortunados de que Gabriel García Márquez lo hiciera de nuevo en nuestra lengua materna".
Para el Gobierno de Puerto Rico, la obra de García Márquez es "una hazaña del lenguaje, una renovación esencial de la lengua castellana de suma importancia para todos los hispanohablantes del planeta", según afirma la proclama.
Entre los asistentes también se encontraban María Luisa Lugo, directora interina del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico; Gabriel López, director de la Oficina de Asuntos de la Juventud, y Miguel Rodríguez López, rector del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Memorias tropicales

Gabo que estás en los cielos
Amigos entrañables hasta que los separó para siempre un célebre puñetazo, Vargas Llosa y García Márquez le sirven al autor para reflexionar sobre los límites de la autobiografía y para trazar un inquietante paralelo entre los dos premios Nobel
Gabriel García Marquez, según Juan Pablo Gaviria./elmalpensante.com

Mario Vargas LLosa, según Juan Pablo Gaviria.

Como maneras de escribir acerca del pasado, las memorias y las autobiografías, aunque en la práctica se confunden con frecuencia, son diferentes empresas literarias. Unas memorias pueden recrear un mundo profusamente poblado por otros y, al mismo tiempo, decir muy poco acerca de su autor. Una autobiografía, por otra parte, puede adquirir la forma de un retrato del yo en el que el mundo y los otros figuran solo como mise-en-scène de la aventura interior del narrador. Al contar sus vidas, los novelistas han producido excelentes manifestaciones de talento en ambos géneros. Entre los escritores modernos, To Keep the Ball Rolling, de Anthony Powell, constituye una obra maestra de la primera forma. Las breves Palabras de Sartre son tal vez el ejemplo más notable de la segunda. Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez, es considerado por sus editores un libro de memorias, y no hay duda de que en su conjunto cae de ese lado de la línea. Desde luego, estamos delante de los recuerdos de un legendario contador de historias. No obstante, como lo demuestra un simple vistazo a El olor de la guayaba, sus conversaciones biográficas de hace veinte años con Plinio Apuleyo Mendoza, García Márquez tiene también una inteligencia agudamente incisiva a la hora de reflexionar sobre sí mismo.
En Vivir para contarla, el símbolo por excelencia del “realismo mágico” ejercita este lado de sus dotes de manera muy frugal, y por escogencia artística, supone uno, ha construido unas memorias tan cercanas en su forma a una novela como tal vez nunca han sido escritas. Se inician con la llegada de su madre a Barranquilla, donde recoge a su hijo, entonces de veintitrés años, y se lo lleva a vender la casa familiar de Aracataca, en el viaje que hizo de él aquel novelista en que después se convirtió, y terminan con el ultimátum escrito a bordo de un avión rumbo a Ginebra, cinco años después, que hizo de la novia evasiva de su adolescencia su futura esposa. Entre estos dos coups de théâtre paralelos, el autor recuerda su vida hasta que salió de Colombia en 1955, en un relato que no obedece a los patrones desordenados de la experiencia o la memoria, con todas sus irregularidades, sino a las reglas de una composición perfectamente simétrica. El libro está dividido en ocho capítulos de longitud casi idéntica –un arreglo que no corresponde para nada a la manera como cualquier vida puede ser vivida en realidad–, lo que sugiere que el autor desea subrayar que estamos en presencia de otro de sus artificios supremos.
Desde el principio, García Márquez ha practicado dos estilos de escritura relativamente distintos: la prosa figurativamente recargada cuyo brillante despliegue ya se nota en las primeras páginas de La hojarasca –obra que fue rechazada por los editores de la época, aunque concediendo que tenía algo de “poético”–, y la concisión objetiva de narraciones como El coronel no tiene quien le escriba o reportajes del rango de Noticia de un secuestro. Si desde el punto de vista técnico Vivir para contarla se encuentra en algún lugar situado entre los dos extremos, el tono y el efecto del conjunto tienen la grandeza fresca y suntuosa de sus principales novelas. Estamos en el mundo de Cien años de soledad y de El general en su laberinto, con su densidad metafórica y sus diálogos característicos: renglones altivos, a veces de una sola línea, que funcionan como epigramas de una mordacidad inimitable y llenos de ironía y de sentido del humor.
A simple vista, lo que se nos cuenta es el cuento de la juventud de García Márquez en Colombia. Vívidos retratos de sus antepasados establecen el más extraño de los escenarios familiares. El autor nos habla luego de su infancia, hasta los ocho años, al lado de su abuelo en la zona bananera de la Costa Caribe; de sus primeros días de estudiante pobre en Barranquilla y de las vacaciones que pasaba en su edénica provincia natal; de la travesía que hizo por el río Magdalena para subir después la cordillera de los Andes hasta un liceo en Zipaquirá; de su paso por la universidad en Bogotá; de los apocalípticos disturbios ocurridos en la capital tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el político populista más destacado del país en ese entonces; de cómo huyó de la conflagración hacia la costa; de sus primeras incursiones periodísticas en Cartagena; del entusiasmo literario y la disipación bohemia al volver de nuevo a Barranquilla; de su trabajo como reportero regular en Bogotá y, finalmente, de su viaje al exterior para cubrir la Conferencia de Ginebra en 1955. Todo ello adobado con su acostumbrada riqueza de incidentes impactantes, de detalles intrigantes y de azares coloridos, riqueza que pocas obras de ficción podrían igualar.
 Y sin embargo, la suma de todos estos elementos no es un Bildungsroman del autor, cuya personalidad aparece raras veces en primer plano, sino la recreación de un universo sorprendente: el de la Costa Caribe colombiana en la primera mitad del siglo pasado. Quien crea que la contraparte fáctica de las ficciones de García Márquez no es más que su pálido reflejo puede estar tranquilo. Escenas tras escenas llamativas, personajes tras personajes memorables, cascadas de gestos más allá de la lógica y de coincidencias más allá de la razón hacen de Vivir para contarla un pariente muy cercano de las grandes novelas. Se trata, en todo caso, de un imponente y meditado edificio de imaginación literaria. De ahí que sea tentador leerlo como una simple y llana obra de arte, independientemente de su condición de documento biográfico.
Lo anterior disminuiría, no obstante, su interés. Una manera de ver por qué esto es así resulta de considerar su relación con las memorias del escritor latinoamericano que con mayor frecuencia se asocia a García Márquez y cuya fama solo es comparable, aún cuando en un segundo plano, a la suya. El pez en el agua de Mario Vargas Llosa, publicado hace más de una década, tiene una estructura menos convencional. Escrito en las postrimerías de la derrota de su candidatura presidencial en las elecciones peruanas de 1991, el libro está dividido en capítulos que alternan entre la niñez y juventud del escritor en su país de origen y la campaña con que pretendía llegar a gobernarlo cuando ya era un hombre de cincuenta y pico de años, un mecanismo de contraste que había utilizado más de una vez en sus obras de ficción, desde La tía Julia y el escribidor hasta El Paraíso en la otra esquina. Dentro de esta forma, los tres años de su campaña presidencial ocupan más espacio que los veintidós años de su tránsito a la mayoría de edad, lo que hace de El pez en el agua unas memorias muy distintas a las de García Márquez. Todavía más impactantes, por lo tanto, son las semejanzas entre sus experiencias tempranas, en muchos sentidos extrañamente parecidas.
Ambos escritores, en efecto, pasaron los años cruciales de su niñez a la sombra de un abuelo venerable, el patriarca de la familia: un veterano de las guerras civiles en Colombia, un plantador y prefecto en Bolivia y Perú. Sus respectivos padres, que tenían trabajos casi iguales (un operador de telégrafo, un operador de radio) y que habían contraído matrimonios muy similares (contra la resistencia de la familia política en un caso, contra la resistencia del estatus social en el otro), eran figuras ausentes: posiciones vacías en las estructuras emocionales de la infancia, en las que incluso las madres desempeñaban un papel secundario. La iniciación sexual les llegó temprano, en burdeles de los cuales cada uno escribe con un afecto inocultable. Más tarde, los dos se casaron con una muchacha de su vecindario. De adolescentes, ambos fueron enviados por sus padres, en contra de su voluntad, a internados de los que no conservarían buenos recuerdos. Cada cual se formó más o menos felizmente en la provincia de su respectiva nación, y uno y otro experimentaron su llegada a la capital como una desgracia.
Durante sus estudios universitarios, ambos se sumergieron en la vida paralela del periodismo y la bohemia. Los dos echaron mano de las radionovelas seriales de la época, inspirándose incluso en el mismo surtidor de lágrimas: El derecho de nacer de Félix B. Caignet. En uno y otro caso, el gran descubrimiento literario de su juventud fue Faulkner, cuyas novelas, según sus propios testimonios, los marcaron más profundamente que las de cualquier otro autor. Cada cual termina sus reminiscencias en el mismo punto crucial: cuando el escritor, habiendo apenas aprendido algo acerca del desconocido interior de su país (el Chocó, el Amazonas), viaja a Europa para nunca volver a residir en él de nuevo.
Una serie de paralelos como estos constituye toda una invitación a algún futuro Plutarco de las letras latinoamericanas. Sin embargo, lo que sirve para poner de relieve son finalmente los contrastes entre los dos novelistas. Porque a pesar de todas las similitudes que pueda haber en sus constelaciones familiares, Vargas Llosa provenía –por parte de su madre– de un medio social más privilegiado: un clan de la élite de Arequipa que produjo al primer presidente peruano posterior a la Segunda Guerra Mundial, José Luis Bustamante y Rivero. Su extracción de clase y el color de su piel lo situaban en un escalafón social más alto, en la que era también una sociedad más rígidamente racista, que el de un modesto muchacho mestizo en Colombia. La educación formal, así mismo, los separaba. García Márquez explica en Vivir para contarla lo profundamente desagradables que le resultaban sus estudios en la universidad, donde su padre había insistido en que se matriculara en la facultad de derecho, y cómo terminó por abandonar la carrera luego de seguir sin demasiado entusiasmo algunos cursos esporádicos. Vargas Llosa, por su parte, tuvo un brillante currículo estudiantil, hasta el punto de haberse convertido en asistente de un notable historiador local de Lima incluso antes de graduarse. La universidad, en otras palabras, fue una experiencia central para él, mientras que para García Márquez no significó mayor cosa. Esta diferencia explica también por qué el primero llegó a Europa, con una beca para estudiar en Madrid, antes que el segundo. Una vez en Europa, nunca la dejó realmente, viviendo por turnos en París, Londres y Madrid, con cortas estadías en Lima, al tiempo que García Márquez, como periodista, regresó pronto a América Latina y acabó estableciéndose en México.
Estas trayectorias divergentes tienen sus correspondencias atmosféricas en la obra de cada uno. Durante el tiempo que han durado sus vidas, y si las medimos en términos de masacres, represiones, frustraciones y corrupciones, la historia de sus respectivos países no ha podido ser más siniestra, y tales elementos salen a la superficie, como era de esperarse, en sus novelas. Pero las descripciones que de su tierra y sus gentes hace García Márquez, incluso en sus páginas más pesimistas, están imbuidas de una cierta calidez lírica, de una especie de amor inmutable que no tiene paralelo en el mundo de Vargas Llosa, donde la relación del escritor con su entorno es siempre tensa y ambigua.
Parte de la razón de esta diferencia puede ser encontrada en sus respectivas situaciones individuales, ya que si la configuración de las dos familias de las que provienen era sorprendentemente similar, su voltaje emocional era muy distinto. La madre de García Márquez, de quien pinta un retrato encantador, era sin duda una mujer de gran fortaleza de carácter, capaz de manejar a su fogoso pero díscolo marido y a sus once hijos tanto en tiempos de penuria como de prosperidad precaria. El padre de Vargas Llosa, quien abandonó a su mujer cuando tenía cinco meses de embarazo, sin decirle una palabra, y quien al cabo de diez años apareció de la nada y quiso volver a tomar posesión de sus dominios matrimoniales, era en contraste algo así como una pesadilla traumática: temido por su esposa y odiado por su hijo. Sin mayores vínculos con el medio que lo vio nacer, terminó emigrando a Estados Unidos y murió siendo el portero de un edificio en Pasadena.
 Incluso los melodramas de la precoz experiencia sexual de ambos escritores, tan característicos del honor y del ultraje latinos, reflejan este contraste. Cuando Vargas Llosa se casó con su tía, quien no por simple coincidencia era boliviana, su padre, luego de amenazarlo con un revólver, lo denunció ante la policía de Lima y juró que lo iba a matar de cinco balazos, como a cualquier perro rabioso. García Márquez, sorprendido in flagranti con la esposa de un agente departamental del orden, también tuvo que enfrentarse a una pistola (“las vainas de cama se arreglan con plomo”), pero el marido de los cuernos puestos permite que el aterrorizado muchacho se vaya con una simple reprimenda, en señal de agradecimiento por los servicios médicos que le había prestado su padre, y la última vez que aparece en las páginas del libro está tomando trago con el autor. Las dos escenas, que tanto dicen acerca del machismo teatral de ambos personajes, nos hablan a su modo de dos sociedades diferentes. La poesía y la humanidad del episodio colombiano captan el espíritu general de Vivir para contarla, así como los vínculos de su autor con la comunidad en la cual creció, mientras que el título de El pez en el agua invierte la historia que realmente cuenta, lo que puede apreciarse con mayor nitidez en su primera versión, publicada como “El pez fuera del agua”, un reversazo que no constituye la única rareza en las memorias de Mario Vargas Llosa. Escritas en un momento de aguda desilusión política –y de manera inevitable algo descoloridas por ella–, están marcadas por un odio tal hacia la vida cultural, política y social peruana que expresan claramente un sentimiento de larga duración.
Las consecuencias literarias de esta diferencia no son las que cabría esperar. La ya demasiado gastada y comercializada etiqueta del “realismo mágico” se aplica por lo general a las novelas de García Márquez, pero nunca se ha ajustado del todo a las de Vargas Llosa, quien desautoriza el adjetivo. “Tengo una invencible debilidad por el llamado realismo”, anota en El pez en el agua. Uno de los contrastes más significativos entre las literaturas de ambos escritores se deriva, por lo tanto, de estas distintas opciones. La mayor parte de la obra de Vargas Llosa se sitúa en el presente peruano, contemporáneo de su propia experiencia. Las principales excepciones son desplazamientos de tiempo y de lugar: el Brasil de La guerra del fin del mundo o la Francia –y los Mares del Sur– de El Paraíso en la otra esquina. Dentro de su propio país ha estado siempre, invariablemente, à la page. Ninguna de las grandes novelas de García Márquez, por el contrario, representa la época en que él mismo se volvió escritor. Macondo se desvanece en las brumas de la Gran Depresión. El patriarca pertenece al mundo rústico de Juan Vicente Gómez, quien gobernó a Venezuela entre 1908 y 1935. Los tiempos del cólera son decididamente victorianos. El general en su laberinto expira al terminar la Restauración. La modernidad es alérgica a la magia y los poderes de García Márquez, para ser ejercidos con plena libertad, siempre han necesitado un cierto retroceso hacia el pasado.
Ante la opinión pública, por supuesto, lo que más distingue al dúo de escritores es la imagen convencional de sus respectivas preferencias políticas: García Márquez como el amigo de Fidel Castro, Vargas Llosa como el devoto discípulo de Margaret Thatcher, dos figuras muy representativas, a su turno, de la izquierda ecuménica, por una parte, y de la derecha liberal, por la otra. Dicha polaridad, naturalmente, existe. Pero si uno se fija más en sus escritos que en sus etiquetas, el contraste que salta a la vista es aún más sorprendente. Vargas Llosa fue desde el principio, y lo ha seguido siendo a lo largo de los años, un animal político. En sus tiempos de estudiante en Lima, bajo la dictadura de Odría, fue un miembro activo del Partido Comunista que entró a sus filas bajo la influencia de Héctor Béjar, quien más tarde dirigiría la primera guerrilla peruana de la década de 1960, y luego de llegar a Europa siguió estudiando la teoría marxista y se volvió un entusiasta de la revolución cubana. Cuando rompió con ella, a principios de los años setenta, no se retiró a la torre de marfil de la literatura, como hicieron otros, sino que se convirtió en un apasionado admirador de Friedrich von Hayek y de Milton Friedman, y en uno de los principales defensores del capitalismo de libre mercado en América Latina. Su intento de llegar a la presidencia del Perú, con el apoyo de la derecha tradicional, no fue por lo tanto un capricho repentino sino el resultado de toda una década de consistente actividad pública. De ahí también que el tema organizador de muchas de sus novelas –desde la academia militar de La ciudad y los perros hasta las conspiraciones revolucionarias de Conversación en La Catedral, de Historia de Mayta y de La fiesta del Chivo– sean los conflictos políticos contemporáneos.
Este nunca ha sido el caso de García Márquez, y Vivir para contarla ayuda a explicar por qué, aunque desde luego quedan parches de misterio. Sus memorias describen a un joven que viene de la Costa Caribe al interior andino cuando estaba por cumplir los veinte años, y que se deja absorber por la literatura –y ante todo por la poesía– hasta el punto de que apenas le interesan los asuntos públicos. Colombia ya se encontraba en un estado de alta tensión política durante sus últimos años de estudiante de colegio, y cuando el futuro Premio Nobel llegó a la universidad, el país se hundía en el infierno de la guerra civil. En uno de sus capítulos más impactantes, Vivir para contarla dibuja un panorama goyesco del terremoto social que sepultó a Bogotá cuando Gaitán, el dirigente político más popular de aquella época, fue asesinado en 1948. Desde su pensión, ubicada a tres cuadras de distancia, García Márquez corrió a la escena del crimen y alcanzó a presenciar el linchamiento del asesino y el inicio de la oleada de disturbios, incendios y saqueos que por poco arrasa la ciudad. Su reacción, sin embargo, tal como él mismo nos la cuenta, se limitó a volver a la pensión a terminar su almuerzo. Un pariente suyo a quien se había encontrado en la calle –y que luego sería uno de los líderes de la junta revolucionaria que trató de encauzar los disturbios hacia un levantamiento popular contra el gobierno conservador– lo urgió a participar en las protestas contra el magnicidio. En vano. Aterrorizado ante la destrucción y las matanzas de los días siguientes, cuando el ejército se apoderó de la ciudad y restauró el orden, su único deseo era escapar.
Algunos analistas han estimado que la Violencia, con mayúscula, que asoló a Colombia durante la década siguiente, y que enfrentó a los liberales contra los conservadores en el poder, costó la vida de 200.000 personas, una catástrofe peor que todas las catástrofes sufridas por Perú en aquel entonces. Este fue el trasfondo histórico de los primeros años de García Márquez como periodista y escritor, un trasfondo que, sin embargo, no parece haberlo tocado muy de cerca. Aunque ya era un columnista regular de un periódico de Cartagena, en sus memorias nos recuerda que “en mi ofuscación política de esos días no me enteré siquiera de que el estado de sitio se había implantado de nuevo en el país por el deterioro del orden público”. En Barranquilla, un poco más tarde, nos dice que “la verdad de mi alma era que el drama de Colombia me llegaba como un eco remoto y solo me conmovía cuando se desbordaba en ríos de sangre”. La confesión es sobrecogedora, mas la distinción es insostenible: el drama de Colombia era, precisamente, el que se desbordaba en ríos de sangre. La realidad parece haber sido que el joven littérateur, totalmente inmerso en los descubrimientos y experimentos de su imaginación, en aquellos años ignoró la suerte del país.
Ignorar la suerte del país era más fácil en las ciudades costeras, ya que el litoral caribe, aunque no fue inmune al sectarismo político, no tuvo que pasar por lo peor de la Violencia, que se ensañó sobre todo en las fronteras cafeteras de los altiplanos andinos. Es indudable que el hecho de que García Márquez se identifique tanto con su región –“el único lugar del mundo donde me siento realmente en casa”– les ha dado a sus escritos esa luminosa intensidad que los caracteriza, pero también es cierto que el apego a sus raíces provincianas lo ha protegido, y hasta cierto punto enceguecido, frente a los más amplios patrones y fuerzas nacionales que forjaron la historia de su tiempo. “Colombia –escribe– fue desde siempre un país de identidad caribe abierto al mundo por el cordón umbilical de Panamá. La amputación forzosa nos condenó a ser lo que hoy somos: un país de mentalidad andina con las condiciones propicias para que el canal entre los dos océanos no fuera nuestro sino de los Estados Unidos”.
El sentimiento de pesar es palpable y consecuente, pero no incurriríamos en una exageración muy grande si dijéramos que el altiplano andino, que conforma la médula de la sociedad colombiana, sigue siendo para García Márquez un libro cerrado. De ahí que en Vivir para contarla nos hable tan poco de la guerra civil en que se desenvuelve buena parte de la obra. Su única incursión en la historia contemporánea, Noticia de un secuestro, a pesar de todo lo humana que es como relato de los episodios finales de la saga de Pablo Escobar, confirma la existencia de una cierta aversión intelectual del novelista hacia las alturas montañosas, lo que en inglés podría denominarse mountainsickness. El libro, en efecto, ni le da mucho sentido al contexto social de la guerra contra las drogas en Colombia, ni se distingue por tener una visión crítica del papel que ha desempeñado la oligarquía colombiana en dicha guerra, una guerra que, al igual que la de la Violencia, también se ha desbordado en “ríos de sangre”. Al terminar de leerlo, cualquiera siente la tentación de pensar que García Márquez sigue siendo en el fondo tan poco político como lo era cuando comenzó su carrera de escritor.
Pensar de esa manera, no obstante, sería un error, como muy seguramente se verá en el próximo tomo –o en los próximos tomos– de Vivir para contarla. Sin embargo, tanto sus memorias como sus ficciones sugieren que en el célebre autor de Cien años de soledad hay una mente de una maravillosa sensibilidad intuitiva para captar el temperamento, el color y los detalles del mundo en que creció, pero incapaz de gastarle demasiadas energías a la labor de conceptualizar sus relaciones y estructuras. Si uno se atiene a sus recuerdos autobiográficos, resulta muy difícil determinar con alguna precisión cuál era el lugar que ocupaba la familia de García Márquez en la escala social de su época. Su abuelo, a quien representa como un patriarca inolvidable, no era al parecer sino un modesto artesano con ínfulas de orfebre, y sin embargo, la base económica de la legendaria casona de Aracataca, donde su padre pidió la mano de la “hija de una familia rica”, continúa siendo una incógnita. Los altibajos de la suerte de su padre, que oscilaba entre la extrema pobreza y un pasar relativamente llevadero –y sin ninguna relación aparente con el hecho de haber engendrado once hijos–, son solo un poco menos evasivos. A su debido tiempo, las conexiones típicas del clan se revelan a sí mismas: un tío en la policía de Cartagena, capaz de dispensar favores; un profesor en Bogotá, dueño de una conocida librería. Cómo todo esto condujo a que el joven Gabito entrara a formar parte de una complicada jerarquía de clase y de raza es algo que el lector deberá tratar de averiguar por su cuenta.
¿Y qué ocurre, para terminar, con el autorretrato que emerge de estas memorias? Resulta, curiosamente, oblicuo. García Márquez nos ofrece un recuento pormenorizado del desarrollo de su vocación literaria, desde sus días de colegial hasta sus veinticinco años, y muchos incidentes y encuentros cautivantes a lo largo de su viaje hacia la madurez. No obstante, no queda para nada claro cómo fueron su infancia y, mucho menos, su adolescencia. La confianza en sí mismo que su abuelo trató de inculcarle desde niño no parece haberlo abandonado nunca, salvo durante el breve período de sus turbulencias juveniles, pero hay pocos signos de deliberada ambición. Una y otra vez nos habla de su timidez, aunque para nadie es un secreto que disfruta la compañía de sus admiradores y que jamás ha estado corto de amigos. Qué tanto los buscaba, o qué tanto lo consideraban ellos un bohemio atolondrado, tampoco lo sabemos. En sus transacciones con el sexo opuesto, la seducción provenía más de las mujeres que de él mismo. Aunque dice que al regresar a Barranquilla era “de una timidez de codorniz, que trataba de contrarrestar con una altanería insoportable y una franqueza brutal”, parece haber estado en buenos términos generales con sus mayores y con sus iguales en un escenario tras otro. Aparte del conflicto que tuvo con su padre alrededor de la escogencia de una carrera universitaria, ningún obstáculo importante se interpuso en su camino. Solo ocasionalmente alude a las facetas más volcánicas de su personalidad –aquellos “berrinches por cualquier motivo”, en momentos que no eran “mis mejores tiempos para pensar”–, pero no se detiene en ellas.
De modo que más que un análisis sostenido de sí mismo, García Márquez extiende delante de sus contemporáneos un espejo generoso. Vivir para contarla contiene una abigarrada galería de parientes, amantes, condiscípulos, mentores y confederados que el autor captura en un párrafo, en una página o en un par de ellas. Esto es más que suficiente para hacer que sus lectores anglosajones sientan una cierta impaciencia, pero demuestra una vez más su inveterado sentido de la lealtad hacia su tierra y sus gentes, que tanto diferencia sus memorias de las de su colega peruano. El pez en el agua, dirigido a un público internacional, es más delgado en este aspecto. Las memorias de García Márquez están diseñadas, ante todo, para los lectores colombianos.
Su principio de construcción se anuncia desde la primera página, desde el manifiesto mismo que sirve de epígrafe a la cabeza de la obra: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Tomadas literalmente, estas palabras constituyen una invitación a recordar de manera selectiva, con todas las facilidades de una amnesia muy conveniente. No hay motivos para suponer que García Márquez ha abusado de ellas. Sin embargo, sigue siendo legítimo que nos preguntemos qué tanto corresponden las memorias a los hechos, pues por más libertades que estemos dispuestos a concederle a un artista en la reconstrucción del pasado, no valoraríamos el resultado de la misma manera si todo fuera imaginario.
En este caso, la lectura atenta de Vivir para contarla nos induce a poner algunos signos de interrogación en los márgenes del libro. Sexo, política, literatura: cada campo deja una penumbra de incertidumbre alrededor de sus bordes. Comentando acerca de las “costumbres de cazador furtivo” que tenía su padre, García Márquez señala que hubo una época en la cual quiso seguir su ejemplo, pero que pronto descubrió que esta era “la forma más árida de la soledad”. Nada en su relato está relacionado con esta breve confesión. En El olor de la guayaba nos cuenta que, cuando estudiaba en la universidad, perteneció a una célula del Partido Comunista Colombiano. No hay rastro de ello en Vivir para contarla. De los autores que lo formaron, enfatiza únicamente a Faulkner, pero su norma de que “cada frase debería responder por toda la estructura” –junto con su uso celestial del adjetivo, que complementa con su manifiesta aversión por los adverbios, y que es como la marca de su prosa– proviene de Borges, a quien apenas menciona. Su rompimiento con el Grupo de Barranquilla, que publicaba la revista Crónica y que fue el crisol de sus primeros brotes literarios, lo presenta como una separación amistosa, sin problemas ni resentimientos. Y sin embargo, por debajo de la manga se le escapa que hacía un tiempo, en un ataque de furia, había renunciado al cargo de editor, por razones no especificadas. El rompimiento, por lo tanto, puede haber sido más doloroso de lo que sugiere.
¿Importan tales discrepancias? El epígrafe, de todos modos, las absuelve, aunque no sobra añadir que una vida y un relato nunca son la misma cosa, y que los intersticios –más o menos amplios o estrechos– que pueda haber entre la una y el otro hacen parte ineludible del interés de ambos. En la luz resplandeciente de estas memorias hay un débil brillo en la distancia, propio del género.

Este texto fue publicado originalmente en la edición 75 de El Malpensante, diciembre-enero de 2006.Traducido por Felipe Escobar.

Gabolectura: el mejor homenaje para el fallecido Nobel

Gabo que estás en los cielos

 La jornada busca que personas lean al escritor en plazas, bibliotecas públicas y colegios

Se repartieron quince mil ejemplares de El coronel no tiene quien le escriba./eltiempo.com
Este miércoles a las 9 de la mañana Gabriel García Márquez recibirá otro homenaje cuando en varios rincones del país comience en simultánea la lectura en voz alta de su obra 'El Coronel no tiene quien le escriba'.
La jornada llamada Gabolectura, promovida por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional, busca que estudiantes, escritores y personas del común lean al fallecido nobel en plazas, bibliotecas públicas y colegios.
En la Biblioteca Nacional, sede principal de este tributo a Gabo, comenzará a leer el presidente Juan Manuel Santos, junto a su esposa María Clemencia Rodríguez de Santos, la Ministra de Cultura, Mariana Garcés Córdoba, la Directora de Artes del Ministerio, Guiomar Acevedo, y la Directora de la Biblioteca, Consuelo Gaitán.
También están invitados varios escritores y periodistas como Piedad Bonett, Juan Esteban Costaín, William Ospina, Jose Luis Díaz-Granados, Roberto Burgos, Santiago Mutis, entre otros. Pero se espera que la lectura en voz alta de esta novela, se haga también en el exterior, donde las embajadas y diplomáticas de Colombia en el exterior, se sumarán al homenaje que terminaría a las 5 de la tarde.
Gaitán asegura que la Biblioteca Nacional era uno de los lugares más amados de Gabo en Bogotá.
"En esas tardes violentas cuando él estudiaba derecho y no tenía para pagar un café, venía a la sala de música de la Biblioteca. Aquí fue donde aprendió a escuchar música clásica", dice la directora del Biblioteca.
Para la Gabolectura, el Ministerio distribuyó 15 mil ejemplares de 'El Coronel no tiene quien le escriba' en las 1.404 bibliotecas públicas del país. La jornada será transmitida por Señal Colombia.
La idea de la Gabolectura es de los profesores Aura Ballesteros o Frank Domínguez, del Instituto Educativo Gabriel García Márquez (Indegama), que han hecho este tipo de jornadas desde hace varios años con alumnos de ese colegio. Pero ahora la experiencia será en todo el país.
Según Nahum Montt, coordinador del área del Libro del Ministerio de Cultura, esta es una de las novelas de Gabo que más atrae a los niños y jóvenes por su capacidad de producir imágenes imborrables.
También el jueves y viernes habrá programación especial en la Biblioteca Nacional de Colombia.
Entre las 6 y 8 de la noche, el público podrá ver entrevistas, documentales y otros archivo audiovisuales sobre Gabo, además de varias piezas musicales que se compusieron en su honor a lo largo de vida.
Y se repetirá la experiencia del taller con niños 'El coronel sí tiene quien le escriba', que se había hecho en Aracataca a comienzos de 2014 y en el que los estudiantes de colegio leen la obra del Nobel y escriben cartas al personaje principal de la novela.

martes, 16 de diciembre de 2014

El año en que se fue Gabriel García Márquez

Un día de abril de 2014 el cielo se llenó de mariposas amarillas para despedir a Gabriel García Márquez, el maestro del realismo mágico, el colombiano eterno que se marchó tras dejar un enorme legado que queda entre las joyas de la literatura

Gabriel García Márquez, 1927-2014, sudario./Rodrigo García Barcha. /lainformacion.com
Era el 17 de abril cuando se apagaba a los 87 años la vida de García Márquez en su domicilio de la capital mexicana, ubicado en la calle Fuego, tras no superar una infección pulmonar.
El novelista había llegado el 8 de abril a su casa en camilla, trasladado por una ambulancia del hospital donde estuvo internado unos días y, como pasó con su estado de salud en los últimos años, el hermetismo fue total sobre su evolución hasta el fallecimiento.
Fue precisamente junto a esa fachada de piedra y ladrillo donde el galardonado con el Nobel de Literatura en 1982 fue visto en público una de las últimas veces, el 6 de marzo, día de su cumpleaños, cuando salió a saludar a los periodistas que acudieron a felicitarlo.
Con una rosa amarilla en la solapa, su flor favorita, y una gran sonrisa, Gabo fue festejado por los comunicadores con "Las Mañanitas", la canción típica de cumpleaños en México.
Cada 6 de marzo decenas de periodistas acudían a su casa y eran testigos de la llegada de flores y regalos para celebrar cada cumpleaños del maestro del realismo mágico.
Aunque pasaba temporadas en su Colombia natal, sobre todo en Cartagena de Indias, García Márquez convirtió en su hogar hace más de medio siglo a México, donde escribió su novela más universal, "Cien años de soledad".
De su mudanza a México presumía su amigo y escritor Álvaro Mutis (1923-2013), pero lo cierto es que un viaje circunstancial, el 2 de julio de 1961 y que solo duraría una semana, se convirtió en definitivo y con el tiempo se fue vinculando al país.
Casi siempre sin avisar y cada vez con menos frecuencia, aparecía en eventos públicos de sus amigos, en conciertos de sus artistas favoritos, como Joaquín Sabina o Diego "El Cigala". Sigiloso, sin querer llamar la atención, pese a que movía multitudes.
En sus últimos años de vida corrieron rumores de que estaba perdiendo la memoria, que se estaba apagando poco a poco la mente brillante que enamoró al mundo con obras eternas como El amor en los tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba, La hojarasca, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada,  El general en su laberinto.
Sin embargo, estos últimos tiempos no quitaron un ápice de valor al legado que el escritor deja a la literatura universal.
García Márquez "se queda en sus libros, y se va a quedar no ahora, no para nosotros, porque dentro de 500 años y dentro de mil, si existimos, habrá quienes estén leyendo al Gabo", asegura su amiga y escritora Ángeles Mastretta.
La venta de su archivo personal, compuesto por manuscritos, notas, fotos y correspondencia, al Centro Harry Ransom de la Universidad de Texas (Estados Unidos) suscitó polémica hace unos días. Sin embargo, personas de su entorno defendieron la decisión de la familia.
Jaime Abello, director general de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), dijo a Efe que el "legado" más importante de Gabo no era otro sino "su propia obra literaria" y sus "ideas", aún por estudiar y evaluar.
Queda, además, el cine, en el que trabajó como guionista en la escuela de cinematografía de Cuba y el festival de cine de Cartagena, "con el que se comprometió tanto", comentó Abello.
Y otro gran legado, fruto de su gran pasión, es la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, ya que Gabo quería ser recordado como periodista antes que nada y como el creador del mejor periódico del mundo, un sueño que intentó en varias etapas de su vida, pero que no pudo realizar.
"No quiero que se me recuerde ni por  Cien años de soledad ni por lo del nobel, sino por el periódico", dijo en alguna ocasión García Márquez. "Nací periodista y hoy me siento más reportero que nunca, lo llevo en la sangre, me tira", decía.
A lo largo de su vida, trabajó en numerosos medios, sobre todo en Colombia, como El Heraldo, El Universal, El Espectador o la Agencia de Prensa Latina, entre otros.
Sin embargo, por diferentes motivos nunca pudo cumplir su sueño, dijo Abello, por lo que decidió crear la fundación para "entrenar a los jóvenes" y que algún día haya alguien que haga el mejor periódico del mundo y con ello cumpla en su nombre su sueño.

Solemne despedida de Gabo en Bogotá, del aguacero a la lluvia de mariposas amarillas

Gabo que estás en los cielos

Después del multitudinario homenaje en México, su país de acogida, la memoria de Gabriel García Márquez fue honrada en su Colombia natal con una muy solemne despedida en la Catedral de Bogotá en la que no faltó la música sacra ni la habitual lluvia que afeó el vuelo de las mariposas amarillas

Gabriel García Márquez fue despedido en la Catedral Primada de Bogotá, Colombia bajo un aguacero y una lluvia de mariposas amarillas./lainformacion.com
El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y su familia encabezaron la comitiva oficial integrada por ministros, congresistas y algunos personajes de la cultura, mientras que pocos centenares de ciudadanos terminaron de llenar el aforo del templo.
Aunque el Nobel de Literatura de 1982 era agnóstico, según sus biógrafos, los organizadores quisieron hacer un homenaje "muy solemne y sentido", según dijo a Efe la viceministra de Cultura, María Claudia López.
"Para la cultura colombiana no cabe la menor duda de que García Márquez es el personaje de mayor envergadura y más importante que ha tenido este país a nivel artístico y cultural y por eso estos homenajes tan sentidos, para honrar su cultura y despedirle", afirmó.
Bajo un cielo que amenazaba con lluvia y dejó ir algunas gotas, una fila de personas cruzaba la céntrica plaza de Bolívar, habitual púlpito de la sociedad colombiana, para poder ocupar algunos puestos en la Catedral Primada de Bogotá.
Los más madrugadores habían llegado dos horas antes del inicio del homenaje, convencidos de que como colombianos tenían que hacer acto de presencia en el acto central que se celebraba en el país, a pesar de que fuera convocado un martes en horas laborables.
Por eso, entre quienes pudieron acercarse a despedir al Nobel colombiano, cuyas cenizas permanecen en México en custodia de la familia afincada allí desde hace décadas, predominaban personas mayores y algunos turistas.
Pero entre ellos también se encontraba Yeiner, un niño de siete años que lucía su uniforme colegial y que mostraba orgulloso un afiche con un dibujo de la cara de García Márquez y sus libros que tardó en hacer dos días para "darle un adiós a Gabriel".
"Era un magnífico escritor y muy consciente de la situación en Colombia", dijo a Efe Álvaro José Restrepo, el primero de la fila, mientras que Liliana Guzmán, esperaba con un ramito de flores amarillas en honor a las mariposas amarillas que acompañaron el enamoramiento de Mauricio Babilonia en "Cien años de soledad".
"Considero que se nos murió el colombiano más grande de todos los tiempos", afirmó Guzmán al retratar a Gabo como "el colombiano por el que se conoce el país con legitimidad en el mundo, por encima de otras cosas malas que se identifican con el país", en una defensa de quienes consideran que abandonó su tierra a su suerte.
El arzobispo de Bogotá, el cardenal Rubén Salazar, abrió la ceremonia con una lectura de las bienaventuranzas de Jesús en el Sermón de la Montaña seguida por el Réquiem en Re Menor de Mozart interpretado por la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia y la Sociedad Coral Santa Cecilia.
En la plaza de Bolívar se dispusieron tres pantallas para seguir lo que sucedía dentro, y más viandantes curiosos que determinados seguidores aprovecharon cuatro rayos de sol de mediodía para escuchar atentamente una hora y cuarto de Réquiem.
Por último, justo cuando el presidente llamó a un aplauso en el interior de la Catedral, el cielo rompió a llorar en un fuerte aguacero que dificultó la salida de las autoridades y deslució la lluvia de mariposas amarillas que iban a salir de dos cañones a las puertas de la catedral.
Impertérrito y bajo la lluvia, el conjunto vallenato siguió tocando en la Plaza de Bolívar al finalizar el acto las canciones que sonaron cuando recibió el Nobel y que más habría disfrutado del homenaje: "La creciente", "La diosa coronada", "La patillalera" y "Jaime Molina".

lunes, 15 de diciembre de 2014

Un colombiano universal

La fama de Gabriel García Márquez no conocía fronteras. Sin embargo, pocos imaginaron que al día siguiente de su muerte -el 18 de abril- su imagen adornaría la portada de la mayoría de los periódicos del mundo
Un lector lee en su momento el diario El País de Cali. Colombia./semana.com
 
Las ediciones extraordinarias de El País de Cali, mientras una voceadora exhibe la edición extraordinaria de El Espectador de Bogotá, Colombia.
En un extenso artículo el diario  The New York Times lo llamó gigante del siglo XX;  Al Jazeera, el medio de los Emiratos Árabes, lo consideró una de las voces más importantes del siglo; la revista Time afirmó que era el autor de habla hispana más importante desde Miguel de Cervantes; The Guardian comparó el impacto de Cien años de soledad con el Ulises de James Joyce y El País de España anunció la muerte de un genio de la literatura con un gran especial compuesto de artículos y fotogalerías
Quedaba claro que García Márquez había logrado lo que pocos consiguen: que Macondo –un escenario auténticamente caribeño– hiciera parte del imaginario del mundo entero. En los metros de Europa y Estados Unidos es fácil encontrarse con gente absorta leyendo Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera, y en Berlín y Figueres (España), entre otras ciudades,  hay bares y restaurantes que llevan por nombre el del pueblo en el que García Márquez situó la mayoría de sus obras.
La hazaña no era fácil. El lenguaje garciamarquiano es marcadamente latinoamericano –al igual que los escenarios y las costumbres de los personajes-. Y los libros incorporan eventos históricos poco conocidos fuera de Colombia como la pelea entre el obispo y las monjas clarisas, que aparece en Del amor y otros demonios, y la masacre de las bananeras de Cien años de soledad. Pero el realismo mágico es un concepto universal. Todas las culturas tienen creencias inverosímiles que hacen parte de la cotidianidad y se convierten en verdades absolutas. Por ejemplo, muchos irlandeses no dudan de la existencia de duendes y hadas y los tibetanos y nepaleses son capaces de identificar la reencarnación de un monje en un niño de dos años.
Una y otra vez García Márquez dijo que él narraba la realidad, pero que a veces esta resultaba tan increíble que parecía inventada. Para muchos europeos y norteamericanos un pueblo como Macondo –en el que el calor ahoga, el tiempo se estanca y las cosas se ven como por entre un vidrio ondulado a causa de la temperatura- es una exageración del autor, y simplemente no hay coroneles que duren décadas esperando tener noticia del pago de su jubilación.
Sin embargo, Gabo supo ver que todo esto hace parte de la realidad de muchos colombianos. Es más, todavía hay quienes creen que tomar el agua en la que se han hervido un par de ratas es un fabuloso remedio para el asma y que el santo José Gregorio Hernández opera a los enfermos. Lo único que hay que hacer es acostarse en un cuarto absolutamente solo a la hora acordada con alguna de las personas que interviene por él, poner en una mesa un pedazo de algodón y poco de alcohol, y esperar. Entre esto y la famosa asunción de Remedios la Bella en Cien años de soledad no hay mucha diferencia.
Gabo era capaz de navegar magistralmente esa delgada línea entre la realidad y la imaginación, y el gran manejo que tenía del español era su mejor herramienta. Hay quienes suelen pensar que la clave de la buena escritura está en el dominio de los adjetivos, pero para el colombiano lo más importante era escoger los verbos correctamente pues ellos determinan la acción de la frase. Y los que más utilizó –según dijo en varias entrevistas- fueron los que expresan las diferentes facetas del poder.
Para Gabo, este no aparecía en hombres como Fidel Castro y Omar Torrijos, sino a todo lo largo y ancho de la pirámide social. En Macondo –por ejemplo- no había nadie más poderoso que la Mamá Grande. Ella era “soberana absoluta del reino de Macondo, que vivió en función de dominio durante 92 años y murió en olor de santidad  un martes de septiembre pasado, y a cuyos funerales vino el Sumo Pontífice”.
Pero tal vez la fascinación mundial por Gabo se deba a la dulzura con que supo describir el amor. Para él –según dijo en una entrevista con Televisión Española- ese es “el más poderoso, importante, grande y eterno de todos los poderes”, y lo dejó inmortalizado en la relación entre Florentino Ariza y Fermina Daza. Estos personajes –al igual que la familia Buendía, el doctor Juvenal Urbino, Sierva María de los Ángeles y el Coronel- hacen parte de la vida de millones de personas alrededor del mundo.

De cuando Gabo liberaba opositores cubanos

Gabo que estás en los cielos
La relación de García Márquez con el gobierno cubano se ha prestado para toda clase de polémicas ajenas a la literatura. Un escritor isleño narra su historia de persecución y exilio, similar a la de muchos intelectuales cubanos, en cuya liberación Gabo jugó todas las cartas
 
Gabriel García Márquez y Fidel Castro en versión de plastilinas de Karen Caldicott./elmalpensante.com
Son muchas las figuras reconocidas, extranjeros o del patio cubano, que han viajado por largo tiempo en el tren de la revolución cubana. Algunos descendieron del vagón de cola tan tarde como el año 1977; otros no han descendido aún. Sea como sea, y salvo mejor conocimiento de mi parte, debe ser casi imposible encontrar a uno de ellos que haya puesto nunca una mano amiga sobre la espalda de un intelectual en desgracia o de un cubano necesitado, hostigado, cuando pudieron, o al menos intentar ejercer influencia. Durante la invasión de Bahía de Cochinos, en 1961, el pueblo sufrió la detención de cientos de miles de ciudadanos que fueron concentrados y encerrados como sardinas en lata, sin derechos, en campos deportivos, teatros, escuelas y cuarteles. Cuba entera se convirtió en un país martirizado. En los años que precedieron a 1977, las prisiones cubanas estuvieron abarrotadas con más de 20.000 prisioneros políticos sometidos a brutales abusos, trabajos forzados y asesinatos; la ola masiva inicial de fusilamientos que siguió a la llegada de la revolución no había cesado. Sin embargo, repito, no hubo, durante estos años y por parte de estas personalidades que todavía estaban en el tren, ninguna intervención a favor de un ser humano perseguido, en desgracia, ni ninguna oposición firme a aquel sistema totalitario.
 Escribo estas líneas, por tanto, en forma de testimonio, porque creo justo y conveniente mostrar a los lectores no informados y a nuestra comunidad la faceta menos conocida de Gabo, la del amigo siempre dispuesto a intervenir para lograr resultados concretos en favor de causas nobles y, en particular, en beneficio de intelectuales, presos, ex presos políticos y otros ciudadanos.
Me referiré a dos facetas de un mismo tema: mi historia personal y la de amigos y compañeros de lucha y de presidio. En diciembre de 1977 salí de la prisión política después de 16 años y viajé a Madrid en compañía de Gabriel García Márquez, quien, a solicitud de mi esposa e hijos, acababa de lograr de Fidel Castro, no sin dificultades, mi libertad. Después de registrarme en el Hotel Suecia, llamé a mi esposa e hijos en Miami teniendo a Gabo y a Carmen Balcells como únicos testigos.
Entonces le pedí apoyo al escritor para lograr la liberación de todos los presos y ex presos políticos cubanos. Sin dudar, prometió dedicar todo el tiempo disponible a ese fin porque –y cito sus palabras textuales– “los presos en Cuba llevan demasiado tiempo encarcelados”. Creo que no me equivoco si afirmo que fui el primer preso político en salir de Cuba gracias a la gestión de un reconocido intelectual, y ese intelectual fue Gabriel García Márquez.
Mi esposa y yo viajamos de Madrid a Miami en enero de 1978. Días antes lo habían hecho nuestros hijos. Poco tiempo después de llegar, y para mi sorpresa y enorme satisfacción, Gabo me comunicó que había iniciado ya la gestión prometida para la liberación de los presos políticos y que estaba teniendo buena receptividad por parte del gobierno cubano. Me explicó que yo recibiría una invitación para viajar a Kingston, Jamaica, donde podría discutir con representantes del gobierno cubano las condiciones requeridas para la realización de ese viaje de liberación. Gabo sabía perfectamente que mi rechazo al sistema totalitario cubano no era obstáculo alguno para aceptar una conversación civilizada y necesaria con los representantes del régimen cuando se trataba, por ejemplo, del bien, de la liberación de hermanos compatriotas.
 El día 3 de septiembre de 1978 viajé a Kingston, acompañado, como siempre, de Teresita. Gabo había coordinado la fecha. La delegación de las autoridades cubanas estuvo integrada por el coronel Manuel Blanco Fernández –a quien ya conocía desde los tiempos de la clandestinidad en la dictadura de Batista–, Jesús Betancourt –ex diplomático de la Embajada cubana en Madrid– y Ramón de la Cruz –funcionario consular que más tarde sería nombrado fiscal general de la República de Cuba–. Tres días de conversaciones e intercambio de cables con La Habana dieron por resultado los siguientes compromisos por parte de las autoridades cubanas:
1) Garantizar que, al término de mi visita a Cuba, se concediese salida hacia Miami a un primer grupo de ex presos.
2) Recibir el permiso de las autoridades para convocar una reunión privada de consulta con ex presos que se encontrasen en libertad en Cuba, con el fin de compartir con ellos la viabilidad o no de la gestión, y otros detalles de la negociación con el gobierno.
3) Incluir en la delegación para viajar a La Habana a un sacerdote, el padre Guillermo Arias, joven jesuita que, con la aprobación previa desde Roma del superior general P. Pedro Arrupe S. J., yo había seleccionado para este fin.
4) Facilitar una visita de los miembros de la delegación del exilio a los presos de la cárcel del Combinado del Este.
5) Autorizar la realización de una entrevista privada, en el Combinado del Este y sin presencia de militares, entre Jorge Valls –reconocido intelectual preso, poeta y amigo– y yo.
La propuesta fue aceptada y cumplida por las autoridades cubanas. El viernes 20 de octubre de 1978 –que coincidía con el cumpleaños de mis hijos mellizos– viajé a La Habana y asistí, formando parte de la delegación exiliada, a la reunión inicial del “Diálogo 1978” con Fidel Castro. La delegación estuvo integrada por el banquero Bernardo Benes –principal promotor–, el empresario tabaquero Orlando Padrón, Bobby Maduro –ex propietario del histórico estadio de béisbol del Cerro en La Habana– y el arquitecto Rafael Huguet. El sacerdote jesuita Guillermo Arias y yo nos unimos a la delegación como unos “colados de última hora”, gracias a la intervención de Gabo, tal como se había determinado en la reunión de Jamaica. Al siguiente día nos encontramos frente a Fidel Castro en una pequeña terraza de la Casa de Protocolo.
Siguieron dos sesiones más, en meses posteriores, ampliadas con otras autoridades del gobierno cubano y con más invitados del exilio. Mientras duraron las reuniones, Gabo estuvo hospedado en el Hotel Habana Riviera, donde también nos hospedamos los invitados exiliados del segundo y el tercer viaje (20-21 de noviembre, y 8 de diciembre de 1978). Esta coincidencia facilitó la comunicación entre Gabo y yo. Cientos de ex presos políticos venidos de todo el país se mantenían día y noche en el vestíbulo y con todos ellos el escritor mantuvo, sin excepciones y con amistosa discreción, un alto nivel de comunicación y un agradable calor humano.
Entre las resoluciones del encuentro destacaron, por un lado, la decisión de liberar a más de 3.000 presos políticos y, por otro, el establecimiento de una normativa para las visitas a Cuba de los ciudadanos que vivían en el exterior. Para dichas resoluciones se contó con la presencia y la participación de Gabo. Pero hubo otras veces en que el escritor tendió una mano a los que la necesitaban.
En aras de la verdad histórica, no puedo dejar de consignar a continuación algunos de los casos emblemáticos, para mí y creo poder decir que también para sus protagonistas, los cuales mi amigo, nuestro amigo, consiguió resolver, en modesto silencio y con gran éxito.
• Hirán Rodríguez, ex preso del Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR), me pidió que intercediera por él ante Gabo. Sucedió cuando me lo encontré en el vestíbulo del hotel. Su rostro mostraba rasgos evidentes de angustia y desesperación. Me estaba esperando a mí. Me contó que su hija, de solamente unos meses, estaba grave, con diagnóstico de estado terminal. La familia vivía con la esperanza de que por lo menos la niña pudiera fallecer rodeada también de los parientes que se hallaban en Miami. En cuanto Gabo se enteró, se ocupó rápidamente de preparar el terreno para la salida de Hirán, consiguiendo la autorización correspondiente. Los asistentes del exilio a la reunión recolectamos el dinero para alquilar en Miami una avioneta y, de esta manera, padre e hija, acompañados por la familia de Cuba y por mí mismo, pudimos aterrizar en el aeropuerto de Miami; la prensa estuvo presente, pero respetó la solicitud de Hirán para mantener la privacidad de la familia.
 • Una vez en Miami, el ex preso político Rolando Pérez Cerezal me pidió que gestionara la salida de Cuba del también ex preso Sergio Cáceres, que se encontraba durmiendo en el piso del aeropuerto de La Habana mientras esperaba una oportunidad para salir del país. Cerezal tenía medios económicos para alquilar una avioneta, pero necesitaba conseguir el permiso de aterrizaje en La Habana. Llamé a Gabo, que se ocupó de este trámite. Luego encomendé a un amigo hacer el viaje y traer a Cáceres. La sorpresa fue que no llegó solo, sino con otros tres compañeros que habían estado a su lado en el aeropuerto esperando la ocasión para abandonar Cuba.
• El 22 de abril de 1980, el gobierno cubano anunció la autorización del puerto de Mariel como punto de llegada de las embarcaciones que, desde Estados Unidos, fueran a recoger a familiares y amigos. Esto permitió que en un tiempo récord, concretamente entre abril y septiembre de 1980, pudieran llegar a costas floridanas más de 125.000 cubanos. Fue entonces cuando recibí una llamada telefónica desde La Habana. Se trataba de Pablo Valdés, compañero con el que había compartido un tiempo en prisión, quien me explicaba que, invocando mi nombre, había visitado a Gabo en el Hotel Habana Riviera para tratar de encontrar apoyo para salir de Cuba hacia Miami en una embarcación segura. También me dijo que Gabo le había prometido hablar conmigo. Efectivamente, al poco recibí su llamada para verificar las referencias de Pablo, que en pocos días pudo llegar con su familia a Miami. Igual fortuna tuvieron, gracias a las intervenciones de Gabo, los familiares de mis grandes amigos Nelson y Georgina Díaz, que pudieron salir de Cuba y encontrarse en las aguas azules de Florida con el resto de su familia.
El 29 de abril de 2003, García Márquez declaraba al diario El Tiempo: “…yo mismo no podría calcular la cantidad de presos, de disidentes y de conspiradores que he ayudado, en absoluto silencio, a salir de la cárcel o a emigrar de Cuba en no menos de veinte años”. Añadía que “muchos de ellos no lo saben, y con los que lo saben me basta para la tranquilidad de mi conciencia. En cuanto a la pena de muerte, no tengo nada que añadir a lo que he dicho en privado y en público desde que tengo memoria: estoy en contra de ella en cualquier lugar, motivo o circunstancia”.
Prueba evidente, además, de las simpatías de Gabo por todo lo cubano es el entusiasmo por mantener contacto con la población de la isla y transmitirle información sobre sus compatriotas en Miami, corazón del largo exilio cubano. Es un intelectual no cubano que ha ayudado al pueblo que más ama después del suyo pero que, al hacerlo desde el más absoluto silencio, no ha recibido la gratitud pública y hasta la gloria que merece, aunque no las ha buscado y difícilmente las aceptaría.
Durante más de treinta años Teresita, mi esposa ya fallecida, y yo sellamos con el matrimonio de Gabo y Mercedes una amistad franca, espontánea y que ha perdurado en el tiempo por encima de las diferencias políticas reales, inocultables, pero que nunca han primado sobre aquella. Cuando viajaba a Nueva York, el matrimonio siempre hacía escala en Miami dos o tres días para visitarnos; querían estar con nosotros y conocer más de cerca la ciudad y los cubanos exiliados en ella, que llegaron a esta tierra en harapos y lograron convertirla en una de las más ricas y desarrolladas de Estados Unidos; querían saber sobre sus raíces, su historia, su cultura y su desarrollo; les encantaba el contacto con nuestro pueblo, con el de las dos orillas, sin distinción. Así lo manifestaban y lo hacían patente mediante el lenguaje corporal, ese lenguaje espontáneo que se expresa por cada poro y que nunca puede engañar.
Durante sus días de parada en Miami, mi mujer y yo servíamos de “cicerones” de la pareja. Nada escapaba a la curiosa mirada del periodista. Recuerdo una ocasión en que recorrimos el popular centro comercial Dadeland: un público variopinto de toda edad y nacionalidad identificó y rodeó a la pareja entre aplausos y felicitaciones; Gabo firmó autógrafos hasta el cansancio, en libros, libretas, camisetas, pañuelos, servilletas de restaurante y toallas de papel. Recorrimos la famosa Calle Ocho de un extremo a otro, la Pequeña Habana y los restaurantes más emblemáticos. Luego en nuestro hogar les brindamos una recepción familiar. Otro día, Gabo se reunió durante cuatro horas con el Secretariado Ejecutivo del exiliado Partido Demócrata Cristiano para intercambiar criterios e ideas sobre la problemática cubana; fue un encuentro interesante en el que disfrutaron luego las amenidades que ofrece Coconut Grove.
Gabo es amante del pescado. Recuerdo una noche en la que fuimos a cenar al restaurante Kawama, que ya no existe. En una mesa cercana, por pura casualidad, se encontraba Jorge Villalba, ex preso cubano y entonces presidente de la organización Ex Club. Al vernos, Villalba me pidió permiso para acercarse a nuestra mesa y saludar a Gabo. Así lo hizo. 
Quiero que usted sepa que la mayoría de los ex presos cubanos, entre los que me incluyo, no vemos con buenos ojos la amistad que usted tiene con Castro. Sin embargo, sí quiero aprovechar esta coincidencia extraordinaria para cumplir con el deber de declarar que damos las gracias a García Márquez, quien durante el diálogo de 1978 en La Habana estuvo todo el tiempo a nuestro lado, hospedado en el mismo hotel, brindando tiempo e influencia al servicio de los ex presos políticos y de los que en ese momento permanecían tras las rejas. Gracias a él muchos lograron la libertad y salida del país. Cumplo un deber. Muchas gracias, Gabo. No olvidaremos. 
No tenemos derecho a olvidar. Al recordar al escritor y Premio Nobel, al leer alguna de sus obras, al leer su biografía, no podemos olvidar al ser humano. Y nosotros los cubanos recibimos de nuestro apóstol, José Martí, un legado que es, al mismo tiempo, un ejemplo y un compromiso: “HONRAR HONRA”.

domingo, 14 de diciembre de 2014

El cuento del domingo




Gabriel García Márquez
Un día después del sábado
La inquietud empezó en julio, cuando la señora Rebeca, una viuda amargada que vivía en una inmensa casa de dos corredores y nueve alcobas, descubrió que sus alambreras estaban rotas como si hubieran sido apedreadas desde la calle. El primer descubrimiento lo hizo en su dormitorio y pensó que debía hablar de eso con Argénida, su sirviente y confidente desde que murió su esposo. Después, removiendo cachivaches (pues desde hacía tiempo la señora Rebeca no hacía nada distinto que remover cachivaches) advirtió que no sólo las alambreras de su dormitorio, sino todas las de la casa estaban deterioradas. La viuda tenía un sentido académico de la autoridad, heredado tal vez de su bisabuelo paterno, un criollo que en la guerra de Independencia peleó al lado de los realistas e hizo después un penoso viaje a España con el propósito exclusivo de visitar el palacio que construyó Carlos III en San Ildefonso. De manera que cuando descubrió el estado de las otras alambreras, no pensó ya en hablar con Argénida sino que se puso el sombrero de paja con minúsculas flores de terciopelo y se dirigió a la alcaldía a dar cuenta del atentado. Pero al llegar allí, vio que el mismo alcalde, sin camisa, peludo y con una solidez que a ella le pareció bestial, se ocupaba de reparar las alambradas municipales, deterioradas como las suyas.
La señora Rebeca irrumpió en la sórdida y revuelta oficina y lo primero que vio fue un montón de pájaros muertos sobre el escritorio. Pero estaba ofuscada, en parte por el calor y en parte por la indignación que le produjo la ruina de sus alambreras. De manera que no tuvo tiempo de estremecerse ante el inusitado espectáculo de los pájaros muertos sobre el escritorio. Ni siquiera le escandalizó la evidencia de la autoridad degradada a lo alto de una escalera, reparando las redes metálicas de la ventana con un rollo de alambre y un destornillador. Ella no pensaba ahora en otra dignidad que en la suya propia, escarnecida en sus alambreras, y su ofuscación le impidió incluso relacionar las ventanas de su casa con las de la alcaldía. Se plantó con discreta solemnidad a dos pasos de la puerta, en el interior de la oficina, y apoyada en el largo y guarnecido mango de su sombrilla, dijo:
—Necesito poner una queja.
Desde el tope de la escalera, el alcalde volvió el rostro congestionado por el calor. No manifestó emoción alguna ante la presencia insólita de la viuda en su despacho. Con sombría negligencia siguió desprendiendo la red estropeada y preguntó desde arriba:
—¿Qué es la cosa?
—Que los muchachos del vecindario rompieron las alambreras.
Entonces el alcalde volvió a mirarla. La examinó laboriosamente desde las primorosas florecillas de terciopelo hasta los zapatos color de plata antigua, y fue como si la hubiera visto por primera vez en su vida. Descendió parsimoniosamente, sin dejar de mirarla, y cuando pisó tierra firme apoyó una mano en la cintura y movió el destornillador hasta el escritorio. Dijo:
—No son los muchachos, señora. Son los pájaros.
Y entonces fue cuando ella relacionó los pájaros muertos sobre el escritorio con el hombre subido a la escalera y con las estropeadas redes de sus alcobas. Se estremeció, al imaginar que todos los dormitorios de su casa estaban llenos de pájaros muertos.
—Los pájaros —exclamó.
—Los pájaros —confirmó el alcalde—. Es extraño que no se haya dado cuenta si hace tres días que estamos con este problema de los pájaros rompiendo ventanas para morirse dentro de las casas.
Cuando abandonó la alcaldía, la señora Rebeca se sentía avergonzada. Y un poco resentida con Argénida que arrastraba hasta su casa todos los rumores del pueblo y que sin embargo no le había hablado de los pájaros. Desplegó la sombrilla, deslumbrada por el brillo de un agosto inminente, y mientras caminaba por la calle abrasante y desierta tuvo la impresión de que las alcobas de todas las casas exhalaban un fuerte y penetrante tufo de pájaros muertos.
Esto era en los últimos días de julio, y nunca en la vida del pueblo había hecho tanto calor. Pero sus habitantes no se dieron cuenta de eso, impresionados por la mortandad de los pájaros. Aunque el extraño fenómeno no había influido seriamente en las actividades del pueblo, la mayoría estaba pendiente de él a principios de agosto. Una mayoría en la que no se contaba su reverencia, Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar Castañeda y Montero, el manso pastor de la parroquia que a los noventa y cuatro años de edad aseguraba haber visto al diablo en tres ocasiones, y que sin embargo sólo había visto dos pájaros muertos sin atribuirles la menor importancia. El primero lo encontró un martes en la sacristía, después de la misa, y pensó que había llegado hasta ese lugar arrastrado por algún gato del vecindario. El otro lo encontró el miércoles en el corredor de la casa cural y lo empujó con la punta de la bota hasta la calle, pensando: No debían existir los gatos.
Pero el viernes, al llegar a la estación del ferrocarril, encontró un tercer pájaro muerto en el escaño que eligió para sentarse. Fue como un relámpago en su interior, cuando agarró el cadáver por las patitas, lo alzó hasta el nivel de sus ojos, lo volteó, lo examinó, y pensó sobresaltado: Caramba, es el tercero que encuentro en esta semana. Desde ese instante empezó a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo en el pueblo, pero de una manera muy imprecisa, pues el padre Antonio Isabel, en parte por la edad y en parte también porque aseguraba haber visto al diablo en tres ocasiones (cosa que al pueblo le parecía un tanto dislocada), era considerado por sus feligreses como un buen hombre, pacífico y servicial, pero que andaba habitualmente por las nebulosas. Pues se dio cuenta de que algo ocurría a los pájaros, pero incluso entonces no creyó que aquello fuera tan importante como para que mereciera un sermón. Él fue el primero que sintió el olor. Lo sintió en la noche del viernes, cuando despertó alarmado, interrumpido su liviano sueño por una tufarada nauseabunda, pero no supo si atribuirlo a una pesadilla o a un nuevo y original recurso satánico para perturbar su sueño. Olfateó a su alrededor y se dio vuelta en la cama, pensando que aquella experiencia podría servirle para un sermón. Podría ser, pensó, un dramático sermón sobre la habilidad de Satán para filtrarse en el corazón humano por cualquiera de los cinco sentidos.
Cuando se paseaba por el atrio al día siguiente antes de la misa, oyó hablar por primera vez de los pájaros muertos. Estaba pensando en el sermón, en Satanás y en los pecados que pueden cometerse por el sentido del olfato, cuando oyó decir que el mal olor nocturno era de los pájaros recolectados durante la semana; y se le formó en la cabeza un confuso revoltijo de prevenciones evangélicas, de malos olores y de pájaros muertos. De manera que el domingo tuvo que improvisar sobre la caridad una parrafada que él mismo no entendió muy a las claras, y se olvidó para siempre de las relaciones entre el diablo y los cinco sentidos.
Sin embargo, en algún sitio muy remoto de su pensamiento debieron de quedar agazapadas aquellas experiencias. Eso le ocurría siempre, no sólo en el seminario hacía ya más de 70 años, sino de manera muy particular después de que cumplió los 90. En el seminario, una tarde muy clara en que caía un fuerte aguacero sin tormenta, él leía un trozo de Sófocles en su idioma original. Cuando acabó de llover miró a través de la ventana el campo fatigado, la tarde lavada y nueva, y se olvidó enteramente del teatro griego y de los clásicos que él no diferenciaba sino que llamaba, de manera general, “los ancianitos de antes”. Una tarde sin lluvia, acaso treinta, cuarenta años después, atravesaba la plaza empedrada de un pueblo, al que había ido de visita, y sin proponérselo recitó la estrofa de Sófocles que leía en el seminario. Esa misma semana, conversó largamente sobre “los ancianitos de antes” con el vicario apostólico, un anciano locuaz e impresionable, aficionado a unos complejos acertijos para eruditos que él decía haber inventado y que se popularizaron años después con el nombre de crucigramas.
Aquella entrevista le permitió recoger de un golpe todo su viejo y entrañable amor por los clásicos griegos. En la Navidad de ese año recibió una carta. Y de no haber sido porque ya para esa época había adquirido el sólido prestigio de ser exageradamente imaginativo, intrépido para la interpretación y un poco disparatado en sus sermones, en esa ocasión lo habrían hecho obispo.
Pero se enterró en el pueblo, desde mucho antes de la guerra del 85, y en la época en que los pájaros venían a morir en los dormitorios, hacía años que habían pedido su reemplazo por un sacerdote más joven, especialmente cuando dijo haber visto al diablo. Desde entonces comenzaron a no tenerlo en cuenta, cosa que él no advirtió de una manera muy clara a pesar de que todavía podía descifrar los menudos caracteres de su breviario sin necesidad de anteojos.
Siempre había sido un hombre de costumbres regulares. Pequeño, insignificante, de huesos pronunciados y sólidos y ademanes reposados y una voz sedante para la conversación pero demasiado sedante para el púlpito. Permanecía hasta la hora del almuerzo echando globos en su alcoba, tirado a la bartola en una silla de lona y sin otras prendas de vestir que unos largos pantaloncillos de sarga con las bocapiernas amarradas a los tobillos.
No hacía nada, salvo decir la misa. Dos veces a la semana se sentaba en el confesionario, pero hacía años que no se confesaba nadie. Él creía sencillamente que sus feligreses estaban perdiendo la fe a causa de las costumbres modernas, de ahí que hubiera considerado como un acontecimiento muy oportuno haber visto al diablo en tres ocasiones, aunque sabía que la gente daba muy poco crédito a sus palabras a pesar de que tenía conciencia de no ser muy convincente cuando hablaba de esas experiencias. Para él mismo no habría sido una sorpresa descubrir que estaba muerto, no sólo a lo largo de los últimos cinco años, sino también en esos momentos extraordinarios en que encontró los dos primeros pájaros. Cuando encontró el tercero, sin embargo, se asomó un poco a la vida, de manera que en los últimos días estuvo pensando con apreciable frecuencia en el pájaro muerto sobre el escaño de la estación.
Vivía a diez pasos del templo, en una casa pequeña, sin alambreras, con un corredor hacia la calle y dos cuartos que le servían de despacho y dormitorio. Consideraba, tal vez en sus momentos de menor lucidez, que es posible lograr la felicidad en la tierra cuando no hace mucho calor, y esa idea le producía un poco de desconcierto. Le gustaba extraviarse por vericuetos metafísicos. Era eso lo que hacía cuando se sentaba en el corredor todas las mañanas, con la puerta entreabierta, cerrados los ojos y los músculos distendidos. Sin embargo, él mismo no cayó en la cuenta de que se había vuelto tan sutil en sus pensamientos, que hacía por lo menos tres años que en sus momentos de meditación ya no pensaba en nada.
A las doce en punto, un muchacho atravesaba el corredor con un portacomidas de cuatro secciones que contenía lo mismo todos los días: sopa de hueso con un pedazo de yuca, arroz blanco, carne guisada sin cebolla, plátano frito o bollo de maíz y un poco de lentejas que el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar no había probado jamás.
El muchacho ponía el portacomidas junto a la silla donde yacía el sacerdote, pero éste no abría los ojos mientras no escuchaba otra vez las pisadas en el corredor. Por eso en el pueblo creían que el padre dormía la siesta antes del almuerzo (cosa que parecía igualmente dislocada) cuando la verdad era que ni siquiera de noche dormía normalmente. Para esa época sus hábitos se habían descomplicado hasta el primitivismo. Almorzaba sin moverse de su silla de lona, sin sacar los alimentos del portacomidas, sin usar los platos ni el tenedor ni el cuchillo, sino apenas la misma cuchara con que tomaba la sopa. Después se levantaba, se echaba un poco de agua en la cabeza, se ponía la sotana blanca y averaguada con grandes remiendos cuadrados, y se dirigía a la estación del ferrocarril, precisamente a la hora en que el resto del pueblo se acostaba a dormir la siesta. Desde hacía varios meses recorría ese trayecto murmurando la oración que él mismo inventó la última vez que se le apareció el diablo.
Un sábado —nueve días después de que empezaron a caer pájaros muertos— el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar se dirigía a la estación cuando cayó un pájaro agonizante a sus pies, precisamente frente a la casa de la señora Rebeca. Un resplandor de lucidez estalló en su cabeza y se dio cuenta de que aquel pájaro, a diferencia de los otros, podía ser salvado. Lo tomó en sus manos y llamó a la puerta de la señora Rebeca, en el instante en que ella se desabrochaba el corpiño para dormir la siesta.
En su alcoba, la viuda oyó los golpes e instintivamente desvió la vista hacia las alambreras. No había penetrado ningún pájaro a esa alcoba desde hacía dos días. Pero la red continuaba desflecada. Había considerado un gasto inútil hacerla reparar mientras no cesara aquella invasión de pájaros que la mantenía con los nervios irritados. Por encima del zumbido del ventilador eléctrico, oyó los golpes a la puerta y recordó con impaciencia que Argénida hacía la siesta en la última al-coba del corredor. Ni siquiera se le ocurrió preguntarse quién podía importunarla a esas horas. Volvió a abotonarse el corpiño, traspuso la puerta alambrada, caminó derecho y afectada a lo largo del corredor, atravesó la sala recargada de muebles y objetos decorativos, y antes de abrir la puerta vio a través de la red metálica que allí estaba el padre Antonio Isabel, taciturno, con los ojos apagados y un pájaro en las manos (antes de que ella abriera la puerta) diciendo: “Si le echamos un poco de agua y después lo metemos debajo de una totuma, estoy seguro de que se pondrá bien”. Y al abrir la puerta, la señora Rebeca sintió que desfallecía de terror.
No permaneció allí más de cinco minutos. La señora Rebeca creía que era ella quien había abreviado el incidente. Pero en realidad había sido el padre. Si la viuda hubiera reflexionado en ese instante, se habría dado cuenta de que el sacerdote, en los treinta años que llevaba de vivir en el pueblo, no había permanecido nunca más de cinco minutos en su casa. Le parecía que en la profusa utilería de la sala se manifestaba claramente el espíritu concupiscente de la dueña, a pesar de su parentesco con el Obispo, muy remoto, pero reconocido. Además, había una leyenda (o una historia) sobre la familia de la señora Rebeca, que seguramente, pensaba el padre, no había llegado hasta el palacio episcopal, con todo y que el coronel Aureliano Buendía, primo hermano de la viuda a quien ella consideraba un descastado, aseguró alguna vez que el Obispo no había visitado el pueblo en el nuevo siglo por eludir la visita a su parienta. De cualquier modo, fuera aquello historia o leyenda, la verdad era que el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar no se sentía bien en esa casa, cuyo único habitante no había dado nunca muestras de piedad y sólo se confesaba una vez al año, pero respondiendo con evasivas cuando él trataba de concretarla acerca de la oscura muerte de su esposo. Si ahora había estado allí, aguardando a que ella trajera un vaso de agua para bañar un pájaro agonizante, era por determinación de una circunstancia que él no hubiera provocado jamás.
Mientras regresaba la viuda, el sacerdote, sentado en un suntuoso mecedor de madera labrada, sentía la extraña humedad de esa casa que no había vuelto a sosegarse desde cuando sonó un pistoletazo, hacía más de cuarenta años, y José Arcadio Buen-día, hermano del coronel, cayó de bruces entre un ruido de hebillas y espuelas sobre las polainas aún calientes que se acababa de quitar.
Cuando la señora Rebeca irrumpió de nuevo en la sala, vio al padre Antonio Isabel sentado en el mecedor y con ese aire de nebulosidad que a ella le producía terror.
—La vida de un animal —dijo el padre— es tan grata a Nuestro Señor como la de un hombre.
Al decirlo, no se acordó de José Arcadio Buendía. Tampoco lo recordó la viuda. Pero ella estaba acostumbrada a no dar crédito a las palabras del padre, desde cuando habló en el púlpito de las tres veces en que se le apareció el diablo. Sin prestarle atención tomó el pájaro entre las manos, lo sumergió en el vaso y lo sacudió después. El padre observó que había impiedad y negligencia en su manera de actuar, una absoluta falta de consideración por la vida del animal.
—No le gustan los pájaros —dijo, de manera suave pero afirmativa.
La viuda levantó los párpados en un gesto de impaciencia y hostilidad.
—Aunque me hubieran gustado alguna vez —dijo— los aborrecería ahora que les ha dado por morirse dentro de las casas.
—Han muerto muchos —dijo él, implacable. Habría podido pensarse que había mucho de astucia en la uniformidad de su voz.
—Todos —dijo la viuda. Y agregó, mientras exprimía el animal con repugnancia y lo colocaba debajo de una totuma—: Y eso no me importaría, si no me hubieran roto las alambreras.
Y a él le pareció que nunca había conocido tanta dureza de corazón. Un instante después, teniéndole en su propia mano, el sacerdote se dio cuenta de que aquel cuerpo minúsculo e indefenso había dejado de latir. Entonces se olvidó de todo: de la humedad de la casa, de la concupiscencia, del insoportable olor a pólvora en el cadáver de José Arcadio Buendía, y se dio cuenta de la prodigiosa verdad que lo rodeaba desde el principio de la semana. Allí mismo, mientras la viuda lo veía abandonar la casa con el pájaro muerto entre las manos y una expresión amenazante, él asistió a la maravillosa revelación de que sobre el pueblo estaba cayendo una lluvia de pájaros muertos y de que él, el ministro de Dios, el predestinado que había conocido la felicidad cuando no hacía calor, había olvidado enteramente el Apocalipsis.
Ese día fue a la estación, como siempre, pero no se dio cuenta cabal de sus actos. Sabía confusamente que algo estaba ocurriendo en el mundo, pero se sentía embotado, bruto, indigno del instante. Sentado en el escaño de la estación trataba de recordar si había lluvia de pájaros muertos en el Apocalipsis, pero lo había olvidado por completo. De pronto pensó que el retraso en casa de la señora Rebeca le había hecho perder el tren y estiró la cabeza por encima de los vidrios polvorientos y rotos y vio en el reloj de la administración que aún faltaban doce minutos para la una. Cuando regresó al escaño sintió que se asfixiaba. En ese momento se acordó de que era sábado. Movió por un instante su abanico de palma trenzada, perdido en sus oscuras nebulosas interiores. Y después se desesperó de los botones de su sotana y de los botones de sus botas y de sus largos y ajustados pantaloncillos de sarga y se dio cuenta, alarmado, de que nunca en su vida había sentido tanto calor.
Sin moverse del escaño se desabotonó el cuello de la sotana, extrajo de la manga el pañuelo y se enjugó el rostro congestionado, pensando en un instante de iluminado patetismo que tal vez estaba asistiendo a la elaboración de un terremoto. Había leído eso en alguna parte. Sin embargo, el cielo estaba despejado; un cielo transparente y azul del que misteriosamente habían desaparecido todos los pájaros. Él se dio cuenta del color y de la transparencia, pero momentáneamente se olvidó de los pájaros muertos. Ahora pensaba en otra cosa, en la posibilidad de que se desatara una tormenta. Sin embargo, el cielo estaba diáfano y tranquilo, como si fuera el cielo de otro pueblo remoto y diferente, donde nunca había sentido calor, y como si no fueran los suyos sino otros los ojos que estuvieran contemplándolo. Después miró hacia el norte, por encima de los techos de palma y cinc oxidado, y vio la lenta, la silenciosa, la equilibrada mancha de gallinazos sobre el muladar.
Por alguna razón misteriosa sintió que en ese instante revivían en él las emociones que experimentó un domingo en el seminario, poco antes de recibir las órdenes menores. El rector lo había autorizado para hacer uso de su biblioteca particular y él permanecía durante horas y horas (especialmente los do-mingos) sumergido en la lectura de unos libros amarillos, olorosos a madera envejecida, y con anotaciones en latín hechas con los garabatos minúsculos y erizados del rector. Un domingo, después de que había leído durante todo el día, entró el rector a la habitación y se apresuró, azorado, a recoger una tarjeta que evidentemente se había caído de entre las páginas del libro que él leía. Presenció la ofuscación de su superior con discreta indiferencia, pero alcanzó a leer la tarjeta. Sólo había una frase, escrita a tinta morada con letra nítida y recta: Madame Ivette est morte cette nuit. Más de medio siglo después, viendo una mancha de gallinazos sobre un pueblo olvidado, se acordó de la expresión taciturna del rector, sentado frente a él, malva al crepúsculo y con la respiración imperceptiblemente alterada.
Impresionado por aquella asociación, no sintió entonces calor sino precisamente todo lo contrario, un mordisco de hielo en las ingles y la planta de los pies. Sintió pavor, sin saber cuál era la causa precisa de ese pavor, enredado en una maraña de ideas confusas, entre las que era imposible diferenciar una sensación nauseabunda y la pezuña de Satanás atascada en el barro y un tropel de pájaros muertos cayendo sobre el mundo mientras él, Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar, permanecía indiferente a ese acontecimiento. Entonces se irguió, levantó una mano asombrada como para iniciar un saludo que se perdió en el vacío, y exclamó aterrorizado: “El Judío Errante”.
En ese momento pitó el tren. Por primera vez en muchos años él no lo oyó. Lo vio entrar en la estación, envuelto en una densa humareda, y oyó la granizada de cisco contra las láminas de cinc oxidado. Pero eso fue como un sueño remoto e indescifrable, del cual no despertó por completo hasta esa tarde, un poco después de las cuatro, cuando dio los últimos toques al formidable sermón que pronunciaría el domingo. Ocho horas después, fueron a buscarlo para que administrara la extremaunción a una mujer.
De manera que el padre no supo quién llegó esa tarde en el tren. Durante mucho tiempo había visto pasar los cuatro vagones desvencijados y descoloridos, y no recordaba que alguien hubiera descendido de ellos para quedarse, al menos en los últimos años. Antes era distinto, cuando podía estar una tarde entera viendo pasar un tren cargado de banano; ciento cuarenta vagones cargados de frutas, pasando sin pasar, hasta cuando pasaba, ya entrada la noche, el último vagón con un hombre colgando una lámpara verde. Entonces veía el pueblo al otro lado de la línea —ya encendidas las luces— y le parecía que, con sólo verlo pasar, el tren lo había llevado a otro pueblo. Tal vez de ahí vino su costumbre de asistir todos los días a la estación, incluso después de que ametrallaron a los trabajadores y se acabaron las plantaciones de bananos y con ellas los trenes de ciento cuarenta vagones, y quedó apenas ese tren amarillo y polvoriento que no traía ni se llevaba a nadie.
Pero ese sábado llegó alguien. Cuando el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar se alejó de la estación, un muchacho apacible, con nada de particular aparte de su hambre, lo vio desde la ventana del último vagón en el preciso instante en que se acordó de que no comía desde el día anterior. Pensó: Si hay un cura debe haber un hotel. Y descendió del vagón y atravesó la calle abrasada por el metálico sol de agosto y penetró en la fresca penumbra de una casa situada frente a la estación donde sonaba el disco gastado de un gramófono. El olfato agudizado por el hambre de dos días le indicó que ése era el hotel. Y ahí penetró, sin ver la tablilla: Hotel Macondo, un letrero que él no había de leer en su vida.
La propietaria estaba encinta con más de cinco meses. Tenía color de mostaza y la apariencia de ser idéntica a su madre cuando su madre estaba encinta de ella. Él pidió “un almuerzo lo más rápido que pueda” y ella, sin tratar de apresurarse, le sirvió un plato de sopa con un hueso pelado y picadillo de plátano verde. En ese instante pitó el tren. Envuelto en el vapor cálido y saludable de la sopa, él calculó la distancia que lo separaba de la estación e inmediatamente después se sintió invadido por esa confusa sensación de pánico que produce la pérdida de un tren.
Trató de correr. Llegó hasta la puerta, angustiado, pero aún no había dado un paso fuera del umbral cuando se dio cuenta de que no tenía tiempo de alcanzar el tren. Cuando volvió a la mesa se había olvidado de su hambre; vio, junto al gramófono, a una muchacha que lo miraba sin piedad, con una horrible expresión de perro meneando la cola. Por primera vez en todo el día se quitó entonces el sombrero que le había regalado su madre dos meses antes, y lo aprisionó entre las rodillas mientras acababa de comer. Cuando se levantó de la mesa no parecía preocupado por la pérdida del tren ni por la perspectiva de pasar un fin de semana en un pueblo cuyo nombre no se ocuparía de averiguar. Se sentó en un rincón de la sala, con los huesos de la espalda apoyados en una silla dura y recta, y permaneció allí largo rato sin escuchar los discos, hasta que la muchacha que los seleccionaba dijo:
—En el corredor hay más fresco.
Él se sintió mal. Le costaba trabajo iniciarse con los desconocidos. Le angustiaba mirar a la gente a la cara y cuando no le quedaba otro recurso que hablar, las palabras le salían diferentes a como las pensaba. “Sí”, respondió. Y sintió un ligero escalofrío. Trató de mecerse, olvidado de que no estaba en una mecedora.
—Los que vienen aquí ruedan una silla para el corredor que es más fresco —dijo la muchacha. Y él, oyéndola, se dio cuenta con angustia de que ella tenía deseos de conversar. Se arriesgó a mirarla, en el instante en que le daba cuerda al gramófono. Parecía estar sentada allí desde hacía meses, años quizás, y no manifestaba el menor interés en moverse de ese lugar. Le daba cuerda al gramófono, pero su vida estaba fija en él. Estaba sonriendo.
—Gracias —dijo él, tratando de levantarse, de dar espontaneidad a sus movimientos.
La muchacha no dejó de mirarlo; dijo: —También dejan el sombrero en el percherito.
Esta vez sintió una brasa en las orejas. Se estremeció pensando en aquella manera de sugerir las cosas. Se sentía incómodo, acorralado, y otra vez sintió el pánico por la pérdida del tren. Pero en ese instante penetró a la sala la propietaria.
—¿Qué hace? —preguntó.
—Está rodando la silla para el corredor, como lo hacen todos —dijo la muchacha.
Él creyó advertir un acento de burla en sus palabras.
—No se preocupe —dijo la propietaria—. Yo le traeré un taburete.
La muchacha se rió y él se sintió desconcertado. Hacía calor, un calor seco y plano. Y estaba sudando. La propietaria rodó hasta el corredor un taburete de madera con fondos de cuero. Se disponía a seguirla cuando la muchacha volvió a hablar.
—Lo malo es que lo van a asustar los pájaros —dijo.
Él alcanzó a ver la mirada dura cuando la propietaria volvió los ojos hacia la muchacha. Fue una mirada rápida pero intensa.
—Lo que debes hacer es callarte —dijo, y se volvió sonriente hacia él. Entonces se sintió menos solo y tuvo deseos de hablar.
—¿Qué es lo que dice? —preguntó.
—Que a esta hora caen pájaros muertos en el corredor —dijo la muchacha.
—Son cosas de ella —dijo la propietaria. Se inclinó a arreglar un ramo de flores artificiales en la mesita de centro. Había un temblor nervioso en sus dedos.
—Cosas mías, no —dijo la muchacha—. Tú misma barriste dos antier.
La propietaria la miró exasperada. Tenía una expresión lastimosa y evidentes deseos de explicarlo todo, hasta cuando no quedara el menor rastro de duda.
—Lo que ocurre, señor, es que antier los muchachos dejaron dos pájaros muertos en el corredor para molestarla, y después le dijeron que estaban cayendo pájaros muertos del cielo. Ella se traga todo lo que le dicen.
Él sonrió. Le parecía muy divertida aquella explicación: se frotó las manos y se volvió a mirar a la muchacha que lo contemplaba angustiada. El gramófono había dejado de sonar. La propietaria se retiró a la otra pieza y cuando él se dirigía al corredor la muchacha insistió en voz baja:
—Yo los he visto caer. Créamelo. Todo el mundo los ha visto.
Y él creyó comprender entonces su apego al gramófono y la exasperación de la propietaria.
—Sí —dijo compasivamente. Y después, moviéndose hacia el corredor—: Yo también los he visto.
Hacía menos calor afuera, a la sombra de los almendros. Recostó el taburete contra el marco de la puerta, echó la cabeza hacia atrás y pensó en su madre; su madre postrada en el mecedor, espantando las gallinas con un largo palo de escoba, mientras sentía que por primera vez él no estaba en la casa.
La semana anterior habría podido pensar que su vida era una cuerda lisa y recta, tendida desde la lluviosa madrugada de la última guerra civil en que vino al mundo entre las cuatro paredes de barro y cañabrava de una escuela rural, hasta esa mañana de junio en que cumplió 22 años y su madre llegó hasta su chinchorro para regalarle un sombrero con una tarjeta: “A mi querido hijo, en su día”. En ocasiones se sacudía la herrumbre de la ociosidad y sentía nostalgia de la escuela, del pizarrón y del mapa de un país superpoblado por los excrementos de las moscas, y de la larga fila de jarros colgados en la pared debajo del nombre de cada niño. Allí no hacía calor. Era un pueblo verde y plácido, con unas gallinas de largas patas cenicientas que atravesaban el salón de clases para echarse a poner debajo del tinajero. Su madre era entonces una mujer triste y hermética. Se sentaba al atardecer a recibir el viento acabado de filtrar en los cafetales, y decía: “Manaure es el pueblo más bello del mundo”; y luego, volviéndose hacia él, viéndolo crecer sordamente en el chinchorro: “Cuando estés grande te darás cuenta de eso”. Pero no se dio cuenta de nada. No se dio cuenta a los 15 años, siendo ya demasiado grande para su edad, rebosante de esa salud insolente y atolondrada que da la ociosidad. Hasta cuando cumplió los 20 años su vida no fue nada esencialmente distinta de unos cambios de posición en el chinchorro. Pero para esa época su madre, obligada por el reumatismo, abandonó la escuela que había atendido durante 18 años, de manera que se fueron a vivir a una casa de dos cuartos con un patio enorme, donde criaron gallinas de patas cenicientas como las que atravesaban el salón de clases.
El cuidado de las gallinas fue su primer contacto con la realidad. Y había sido el único hasta el mes de julio, en que su madre pensó en la jubilación y consideró que ya el hijo tenía suficiente sagacidad para gestionarla. Él colaboró de manera eficaz en la preparación de los documentos, y hasta tuvo el tacto necesario para convencer al párroco de que alterara en seis años la partida de bautismo de su madre, que aún no tenía edad para la jubilación. El jueves recibió las últimas instrucciones escrupulosa-mente pormenorizadas por la experiencia pedagógica de su madre, e inició el viaje hacia la ciudad con doce pesos, una muda de ropa, el legajo de documentos y una idea enteramente rudimentaria de la palabra “jubilación”, que él interpretaba en bruto como una determinada cantidad de dinero que debía entregarle el gobierno para poner una cría de cerdos.
Adormilado en el corredor del hotel, entorpecido por el bochorno, no se había detenido a pensar en la gravedad de su situación. Suponía que el percance quedaría resuelto al día siguiente con el regreso del tren, de suerte que ahora su única preocupación era esperar el domingo para reanudar el viaje y no acordarse jamás de ese pueblo donde hacía un calor insoportable. Un poco antes de las cuatro cayó en un sueño incómodo y pegajoso, pensando, mientras dormía, que era una lástima no haber traído el chinchorro. Entonces fue cuando se dio cuenta de que había olvidado en el tren el envoltorio de la ropa y los documentos de la jubilación. Despertó abruptamente, sobresaltado, pensando en su madre y otra vez acorralado por el pánico.
Cuando rodó el asiento hasta la sala se habían encendido las luces del pueblo. No conocía el alumbrado eléctrico, de manera que experimentó una fuerte impresión al ver las bombillas pobres y manchadas del hotel. Luego recordó que su madre le había hablado de eso y siguió rodando el asiento hasta el comedor tratando de evitar los moscardones que estrellaban como proyectiles en los espejos. Comió sin apetito, ofuscado por la clara evidencia de su situación, por el calor intenso, por la amargura de aquella soledad que padecía por primera vez en su vida. Después de las nueve fue conducido al fondo de la casa, a un cuarto de madera empapelado con periódicos y revistas. A la medianoche se hallaba sumergido en un sueño pantanoso y febril, mientras a cinco cuadras de allí el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar, tendido boca arriba en su catre, pensaba que las experiencias de esa noche reforzaban el sermón que tenía preparado para las siete de la mañana. El padre reposaba con sus largos y ajustados pantaloncillos de sarga, entre el denso rumor de los zancudos. Un poco antes de las doce había atravesado el pueblo para administrar la extremaunción a una mujer y se sentía exaltado y nervioso, de manera que puso los elementos sacramentales junto al catre y se acostó a repasar el sermón. Permaneció así varias horas, tendido boca arriba en el catre hasta cuando oyó el horario remoto de un alcaraván en la madrugada. Entonces trató de levantarse, se incorporó penosamente y pisó la campanilla y se fue de bruces contra el suelo áspero y sólido de la habitación.
Apenas se dio cuenta de sí mismo cuando experimentó la sensación terebrante que le subió por el costado. En ese momento tuvo conciencia de su peso total: juntos el peso de su cuerpo, de sus culpas y de su edad. Sintió contra la mejilla la solidez del suelo pedregoso que tantas veces, al preparar sus sermones, le había servido para formarse una idea precisa del camino que conduce al infierno. “Cristo”, murmuró asustado, pensando: “Seguro que nunca más podré ponerme en pie.”
No supo cuánto tiempo permaneció postrado en el suelo, sin pensar en nada, sin acordarse siquiera de implorar una buena muerte. Fue como si, en realidad, hubiera estado muerto por un instante. Pero cuando recobró el conocimiento ya no sentía dolor ni espanto. Vio la raya lívida debajo de la puerta; oyó, remoto y triste, el clamor de los gallos, y se dio cuenta de que estaba vivo y de que recordaba perfectamente las palabras del sermón.
Cuando descorrió la tranca de la puerta estaba amaneciendo. Había dejado de sentir dolor y hasta le parecía que el golpe lo había descargado de su ancianidad. Toda la bondad, los extravíos y los padecimientos del pueblo penetraron hasta su corazón cuando tragó la primera bocanada de aquel aire que era una humedad azul llena de gallos. Luego miró en torno suyo como para reconciliarse con la soledad, y vio a la tranquila penumbra del amanecer, uno, dos, tres pájaros muertos en el corredor.
Durante nueve minutos contempló los tres cadáveres, pensando, de acuerdo con el sermón previsto, que aquella muerte colectiva de los pájaros necesitaba una expiación. Luego caminó hasta el otro extremo del corredor, recogió los tres pájaros muertos y regresó a la tinaja y la destapó y uno tras otro echó los pájaros en el agua verde y dormida sin conocer exactamente el objetivo de aquella acción. Tres y tres hacen media docena en una semana, pensó, y un prodigioso relámpago de lucidez le indicó que había empezado a padecer el gran día de su vida.
A las siete había empezado el calor. En el hotel, el único comensal aguardaba el desayuno. La muchacha del gramófono no se había levantado aún. La propietaria se acercó y en ese instante parecía como si estuvieran sonando dentro de su vientre abultado las siete campanadas del reloj.
—Siempre fue que lo dejó el tren —dijo con un acento de tardía conmiseración. Y luego trajo el desayuno: café con leche, un huevo frito y tajadas de plátano verde.
Él trató de comer, pero no sentía hambre. Se sentía alarmado de que hubiera empezado el calor. Sudaba a chorros. Se asfixiaba. Había dormido mal, con la ropa puesta, y ahora tenía un poco de fiebre. Sentía otra vez el pánico y se acordaba de su madre, en el instante en que la propietaria se acercó a recoger los platos, radiante dentro de su traje nuevo de grandes flores verdes. El traje de la propietaria le hizo recordar que era domingo.
—¿Hay misa? —preguntó.         
—Sí hay —dijo la mujer—. Pero es como si no hubiera porque no va casi nadie. Es que no han querido mandar un padre nuevo.
—¿Y qué pasa con el de ahora?
—Que tiene como cien años y está medio chiflado —dijo la mujer, y permaneció inmóvil, pensativa, con todos los platos en una mano. Luego dijo:
—El otro día juró en el púlpito que había visto al diablo y desde entonces casi nadie volvió a la misa.
De manera que fue a la iglesia, en parte por su desesperación y en parte por la curiosidad de conocer a una persona de cien años. Advirtió que era un pueblo muerto, con calles interminables y polvorientas y sombrías casas de madera con techos de cinc, que parecían deshabitadas. Eso era el pueblo en domingo: calles sin hierba, casas con alambreras y un cielo profundo y maravilloso sobre un calor asfixiante. Pensó que no había ahí ninguna señal que permitiera distinguir el domingo de otro día cualquiera, y mientras caminaba por la calle desierta se acordó de su madre: “Todas las calles de todos los pueblos conducen inexorablemente a la iglesia o al cementerio.” En este instante desembocó en una pequeña plaza empedrada con un edificio de cal con una torre y un gallo de madera en la cúspide y un reloj parado en las cuatro y diez.
Sin apresurarse atravesó la plaza, subió por los tres escalones del atrio e inmediatamente sintió el olor del envejecido sudor humano revuelto con el olor del incienso, y penetró en la tibia penumbra de la iglesia casi vacía.
El padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar acababa de subir al púlpito. Iba a iniciar el sermón cuando vio entrar a un muchacho con el sombrero puesto. Lo vio examinar con sus grandes ojos serenos y transparentes el templo casi vacío. Lo vio sentarse en el último escaño, la cabeza ladeada y las manos sobre las rodillas. Se dio cuenta de que era un forastero. Tenía más de 20 años de estar en el pueblo y habría podido reconocer a cualquiera de sus habitantes hasta por el olor. Por eso sabía que el muchacho que acababa de llegar era un forastero. En una mirada breve e intensa observó que era un ser taciturno y un poco triste y que tenía la ropa sucia y arrugada. Es como si tuviera mucho tiempo de estar durmiendo con ella, pensó, con un sentimiento que era una mezcolanza de repugnancia y piedad. Pero después, viéndolo en el escaño, sintió que su alma desbordaba gratitud y se dispuso a pronunciar para él el gran sermón de su vida. Cristo —pensaba mientras tanto—, permite que recuerde el sombrero para que no tenga que echarlo del templo.
Y comenzó el sermón.
Al principio habló sin darse cuenta de sus palabras. Ni siquiera se escuchaba a sí mismo. Oía apenas la melodía definida y suelta que fluía de un manantial dormido en su alma desde el principio del mundo. Tenía la confusa certidumbre de que las palabras estaban brotando precisas, oportunas, exactas, en el orden y la ocasión previstos. Sentía que un vapor caliente le presionaba las entrañas. Pero sabía también que su espíritu estaba limpio de vanidad y que la sensación de placer que le embargaba los sentidos no era soberbia, ni rebeldía, ni vanidad, sino el puro regocijo de su espíritu en Nuestro Señor.
En su alcoba, la señora Rebeca se sentía desfallecer, comprendiendo que dentro de un momento el calor se volvería imposible. Si no se hubiera sentido arraigada al pueblo por un oscuro temor a la novedad, habría metido sus cachivaches en un baúl con naftalina y se hubiera ido a rodar por el mundo, como lo hizo su bisabuelo, según le habían contado. Pero íntimamente sabía que estaba destinada a morir en el pueblo, entre aquellos interminables corredores y las nueve alcobas cuyas alambreras, pensaba, haría reemplazar por vidrios erizados, cuando cesara el calor. De manera que se quedaría allí, decidió (y ésa era una decisión que tomaba siempre que ordenaba la ropa en el armario), y decidió también escribirle a “mi ilustrísimo primo” para que mandara un padre joven y poder asistir de nuevo a la iglesia con su sombrero de minúsculas flores de terciopelo y oír otra vez una misa ordenada y sermones sensatos y edificantes.
Mañana es lunes, pensó, empezando a pensar de una vez en el encabezamiento de la carta para el Obispo (encabezamiento que el coronel Buendía había calificado de frívolo e irrespetuoso), cuando Argénida abrió bruscamente la puerta alambrada y exclamó:
—Señora, dicen que el padre se volvió loco en el púlpito.
La viuda volvió hacia la puerta un rostro otoñal y amargo, enteramente suyo.
—Hace por lo menos cinco años que está loco —dijo. Y siguió aplicada a la clasificación de su ropa, diciendo—: Debe ser que volvió a ver al diablo.
—Ahora no fue el diablo —dijo Argénida.
—¿Y entonces a quién? —preguntó la señora Rebeca, estirada, indiferente.
—Ahora dice que vio al Judío Errante.
La viuda sintió que se le crispaba la piel. Un tropel de revueltas ideas entre las cuales no podía diferenciar sus alambreras rotas, el calor, los pájaros muertos y la peste, pasó por su cabeza al escuchar esas palabras que no recordaba desde las tardes de su infancia remota: “El Judío Errante.” Y entonces comenzó a moverse, lívida, helada, hacia donde Argénida la contemplaba con la boca abierta.
—Es verdad —dijo, con una voz que se le subió de las entrañas—. Ahora me explico por qué se están muriendo los pájaros.
Impulsada por el terror, se tocó con una negra mantilla bordada y atravesó como una exhalación el largo corredor y la sala recargada de objetos decorativos y la puerta de la calle y las dos cuadras que la separaban de  la iglesia, en donde el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar, transfigurado, decía: “…Os juro que lo vi. Os juro que se atravesó en mi camino esta madrugada, cuando regresaba de administrar los santos óleos a la mujer de Jonás, el carpintero. Os juro que tenía el rostro embetunado con la maldición del Señor y que dejaba a su paso una huella de ceniza ardiente.”
La palabra quedó trunca, flotando en el aire. Se dio cuenta de que no podía contener el temblor de las manos, de que todo su cuerpo temblaba y de que por su columna vertebral descendía lentamente un hilo de sudor helado. Se sentía mal, sintiendo el temblor y sintiendo la sed y una fuerte torcedura en las tripas y un rumor que resonó como la profunda nota de un órgano en         sus entrañas. Entonces se dio cuenta de la verdad.
Vio que había gente en la iglesia y que por la nave central avanzaba la señora Rebeca, patética, espectacular, con los brazos abiertos y el rostro amargo y frío vuelto hacia las alturas. Confusamente comprendió lo que estaba ocurriendo y hasta tuvo la lucidez suficiente para comprender que habría sido vanidad creer que estaba patrocinando un milagro. Humildemente apoyó las manos temblorosas en el borde de madera y reanudó el discurso.
—Entonces caminó hacia mí —dijo. Y esta vez escuchó su propia voz convincente, apasionada—. Caminó hacia mí y tenía los ojos de esmeralda y la áspera pelambre y el olor de un macho cabrío. Y yo levanté la mano para recriminarlo en el nombre de Nuestro Señor, y le dije: “Deténte. Nunca ha sido el domingo buen día para sacrificar un cordero.”
Cuando terminó había empezado el calor. Ese calor intenso, sólido y abrasante de aquel agosto inolvidable. Pero el padre Antonio Isabel ya no se daba cuenta del calor. Sabía que ahí, a sus espaldas, estaba el pueblo otra vez postrado, sobrecogido por el sermón, pero ni siquiera se alegraba de eso. Ni siquiera se alegraba con la perspectiva inmediata de que el vino le aliviara la garganta estragada. Se sentía incómodo y desadaptado. Se sentía aturdido y no pudo concentrarse en el momento supremo del sacrificio. Desde hacía algún tiempo le ocurría lo mismo, pero ahora fue una distracción diferente porque su pensamiento estaba colmado por una inquietud definida. Por primera vez en su vida conoció entonces la soberbia. Y tal como lo había imaginado y definido en sus sermones, sintió que la soberbia era un apremio igual a la sed. Cerró con energía el tabernáculo, y dijo:
—Pitágoras.
El acólito, un niño de cabeza rapada y lustrosa, ahijado del padre Antonio Isabel y a quien éste había puesto nombre, se acercó al altar.
—Recoge la limosna —dijo el sacerdote.
El niño pestañeó, dio una vuelta completa y luego dijo con una voz casi imperceptible:
—No sé dónde está el platillo.
Era cierto. Hacía meses que no se recogía la limosna.
—Entonces busca una bolsa grande en la sacristía y recoge lo más que puedas —dijo el padre.
—¿Y qué digo? —dijo el muchacho.
El padre contempló pensativo el cráneo pelado y azul, las articulaciones pronunciadas. Ahora fue él quien pestañeó:
—Di que es para desterrar al Judío Errante —dijo y sintió que al decirlo soportaba un gran peso en su corazón. Por un instante no escuchó nada más que el chisporroteo de los cirios en el templo silencioso, y su propia respiración excitada y difícil. Luego, poniendo la mano en el hombro del acólito que lo miraba con los redondos ojos espantados, dijo:
—Después coges la plata y se la llevas al muchacho que estaba solo al principio y le dices que ahí le manda el padre para que se compre un sombrero nuevo.