miércoles, 19 de noviembre de 2014
martes, 18 de noviembre de 2014
Gabo: 'Bateman: misterio sin final'
Gabo que estás en los cielos
Este primer gran reportaje de Gabriel García Márquez después de haber ganado el Nobel de Literatura, tiene su origen en una reunión informal con la redacción de esta revista
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| Gabriel García Márquez enseña cómo se hace un reportaje verdadero, y sin los sindromes del sensacionalismo/semana.com |
Durante una discusión sobre la
desaparición de Bateman, García Márquez manifestó su extrañeza ante el
hecho de que semanas después del accidente, los medios de comunicación
no hubieran realizado la obvia investigación que imponía un suceso de
esta naturaleza.
Criticó el "síndrome de la chiva" que, según él, vive el periodismo colombiano y apostó que podía demostrar que un tema bien investigado podía ser más interesante que cualquier "chiva", aun cuando apareciera con retraso. La apuesta, como verán nuestros lectores, la ganó García Márquez y aquí está el resultado. El reportaje fue publicado en la edición del 6 de agosto de 1983.
BATEMAN: MISTERIO SIN FINAL
La avioneta monomotor Piper PA 28 con matrícula colombiana HK 2139P y piloteada por el político conservador Antonio Escobar Bravo, salió del aeropuerto "Simón Bolívar" de Santa Marta a las 7:45 de la mañana del pasado 28 de abril con un plan de vuelo visual cuyo destino final era el aeropuerto civil de Paitilla en la ciudad de Panamá. Sin embargo, 7 minutos después aterrizó a pocos kilómetros de la población de Ciénaga, en una antigua pista comercial fuera de servicio, donde la esperaba un grupo de 10 personas. Tres subieron a bordo: dos hombres y una mujer. El más alto de ellos, flaco y un poco escuálido, con una camisa de mezclilla azul y una gorra de capitán de barco, era el hombre más buscado de Colombia desde hacía 5 años: Jaime Bateman Cayón comandante máximo del M-19 .
Sólo ellos y unos pocos miembros de la organización sabían que la avioneta debía hacer una escala clandestina en otro aeropuerto fuera de servicio cerca de Montería, donde estaba prevista una reunión con delegados del Ejército Popular de Liberación (EPL), para discutir los pormenores de un programa de acciones conjuntas. Después debía proseguir hacía Panamá, donde se suponía que iba a llegar un emisario personal del presidente Belisario Betancur, para entablar conversaciones de paz. La avioneta hizo un último contacto con el control aéreo de Panamá 2 horas y 17 minutos después de decolar de Santa Marta, y cuando se encontraba a 55 millas náuticas del aeropuerto de Paitilla, pero no aterrizó nunca. Esto es todo cuanto se sabe con seguridad absoluta cuatro meses después de la desaparición de Jaime Bateman, y al cabo de una búsqueda intensa por tierra, mar y aire durante 70 días. Todo lo demás son suposiciones.
RECOGIENDO SUS PASOS
La suposición más arraigada --contra toda evidencia- es que no ha muerto. Cada quien tiene un argumento propio y una esperanza distinta para seguir en el engaño, como ocurre con Emiliano Zapata en México, como ocurrió durante tantos años en el mundo con Adolfo Hitler, y como ha ocurrido desde siempre con otros tantos que han sido devorados por la leyenda. En cambio, los únicos que creen que en efecto está muerto sin ninguna duda son algunos amigos de la infancia de Bateman que estuvieron con él en Santa Marta en los días previos a su desaparición. Pero su certidumbre tampoco se funda en ningún análisis racional, sino todo lo contrario, en la creencia caribe de que hay seres con el privilegio sobrenatural de volver a los sitios de sus afectos y repetir los mismos actos de sus mejores recuerdos en los días anteriores a su muerte. Se dice entonces que esa persona está "recogiendo sus pasos". Bateman, en efecto, se comportó en la última semana de su vida como si lo estuviera haciendo.
Había llegado a la costa caribe el 19 de abril, cuando concedió la que había de ser su penúltima conferencia de prensa en algún lugar cercano a Cartagena, con motivo del decimotercer aniversario de su movimiento. Si bien trataba siempre de darle algún contenido histórico a aquella fecha, nunca fue muy cuidadoso con su propio cumpleaños --cinco días después--, y muchas veces, inclusive, lo olvidaba.
Este 24 de abril sería diferente. A pesa de los riesgos enormes que corría permaneciendo en una región donde todos los servicios oficiales de seguridad debían saber que se encontraba, se empeñó en celebrar su cumpleaños en la ciudad de su nacimiento --Santa Marta--, a donde no iba por razones de prudencia elemental desde hacía 7 años. Allí estaban las querencias de su juventud: nombres y lugares que le revolvían la nostalgia. Las relaciones con su padre eran más bien inciertas, y las que mantuvo con sus hermanos eran buenas pero ocasionales. En cambio, las que mantuvo con su madre --la brava Clementina Cayón-- tenían la misma esencia pasional de las que tuvieron con las suyas el padre Camilo Torres y el Che Guevara, que parecían condicionadas por una dependencia umbilical al mismo tiempo entrañable y conflictiva. Algunos compañeros cercanos de Bateman han contado que en las noches de peligro de la clandestinidad, o en las erráticas y solitarias de la selva, soltaba un largo suspiro que le salía del alma: "¡Ay, Clementma Cayón, qué será de tu vida!".
Se veían con frecuencia, siempre en lugares distintos y secretos, porque la casa de ella estuvo sometida durante mucho tiempo a una vigilancia constante. Una vigilancia que tenía la misma carga de humanidad de quien la soportaba y de la ciudad donde se ejercía, que es tal vez la más doméstica del país. Clementina Cayón --no se sabe si por indulgencia o por astucia- veía al pobre vigilante parado en la esquina bajo el tremendo sol de las doce, y le ofrecía una silla para sentarse, le mandaba un jugo de guanábana, o un plato de sancocho, o un cigarrillo, y al poco tiempo tenían que cambiarlo porque ya se había vuelto como si fuera de la familia. Con todo, el riesgo del cumpleaños en Santa Marta era enorme, pero Bateman lo decidió de un modo tan terminante, que hasta sus servicios de seguridad, tan contrarios a esta clase de complacencias sentimentales, tuvieron que doblegarse.
El grupo completo que había asistido a la conferencia de prensa viajó de Cartagena a Santa Marta por carretera al amanecer del 20 de abril. La costa Caribe estaba en tiempo de sequía y el olor de la guayaba era más intenso en el aire ardiente. Bateman se convirtió en un guía nostálgico, en especial de los dos compañeros del comando superior --Alvaro Fayad y Carlos Toledo Plata--, que viajaban en el mismo automóvil, y que eran de otros mundos de nostalgias distintas.
En cada sitio del camino hizo una evocación. Después del estrecho puente que separa el mar y la Ciénaga Grande --muy cerca de donde había de abordar una semana después la avioneta de su mal destino-- ordenó una parada para desayunar con mojarras fritas y tajadas de plátano en una de las fondas de la carretera. Luego no pudo resistir la tentación de volver a su tierra cómo había vuelto tantas veces en su juventud, y le quitó el volante al conductor y siguió manejando él hasta Santa Marta, con una parada más para tomarse una cerveza matinal en el Rodadero. Días antes, Bateman había visto en Panamá la película española "Volver a empezar", que este año obtuvo el Oscar de la mejor película extranjera, y que cuenta la historia de un hombre que vuelve, ya maduro y famoso, a su pueblo natal de Oviedo. Aquella mañana tuvo de pronto la revelación --y así lo dijo a sus compañeros- de estar protagonizando una versión viva de aquella película.
Ni en ese momento, ni en ninguno de los días siguientes, Bateman hizo nada por ocultarse ni por disimular su identidad. Visitó en Santa Marta todos los lugares que habían dejado algún rastro en su memoria, y tal vez lo único que no volvió a hacer como en su juventud fue jugar fútbol con bolas de trapo en la playa. Se vio varias veces con su madre, por supuesto, pero nunca en la casa de ella, y le pidió noticias de los amigos más remotos y de varias novias olvidadas. Recordaba de un modo especial a sus condiscípulos del Liceo Celedón, donde no pudo terminar el bachillerato por su conducta revoltosa. Todos, hasta donde fue posible, recibieron una invitación verbal para la fiesta de sus 44 años.
TIEMPO DE MANGOS
Cómo no fue descubierto en una ciudad donde todo el mundo se conoce y donde andan por todas partes los agentes secretos de la guarnición militar, de la policía y de la Dirección Administrativa de Seguridad, es algo que cuesta trabajo creer. Una razón, sin duda, es que Bateman era muy popular en su tierra, y había muy pocas probabilidades de encontrar a alguien que quisiera denunciarlo, aun si estuviera en desacuerdo con él. Pero había otra razón real y además divertida. Uno de los varios hermanos de Bateman se parecía a él como si fuera su gemelo, y al igual que él era un mamador de gallo de los grandes. Desde que aparecieron en la prensa las primeras fotografías del comandante clandestino, el hermano hizo todo lo posible por aumentar el parecido: un peinado afro, un escuálido bigote de lampiño, una camisa azul, unas botas de monte. Durante un tiempo se burló de los policías amigos, sembró el desconcierto en los lugares públicos de Santa Marta, se divirtió y divirtió cuanto quiso, hasta que todo el mundo se acostumbró a la suplantación. Pero cuando el que apareció fue el Jaime Bateman de verdad, muchos que lo vieron en los mismos sitios de siempre debieron pensar que no era él sino el otro, que había resuelto seguir mamando gallo con una gorra de lobo de mar. En todo caso, ni el detective más perspicaz se hubiera atrevido a creer que el Bateman real fuera capaz de andar por la calle con su propia cara.
No es posible concebir una fiesta más rara que la de aquel cumpleaños. Bateman había alquilado una casa en una de las tantas playas cercanas a Santa Marta, cuyo acceso en automóvil era posible pero difícil. Abril es tiempo de mangos, que era su fruta favorita, y no sólo se hizo llevar varias cajas para él y sus invitados, sino que algunos de ellos le llevaron otras de regalo. Había ron blanco a pasto, y whisky para quien quisiera, pero la bebida oficial era la favorita de Bateman desde mucho antes de que se pusiera de moda: piña colada.
Las rígidas normas de seguridad enrarecieron mucho más la fiesta. Por lo menos cien invitados estuvieron en ella a lo largo del día, pero nunca hubo más de 10 al mismo tiempo. En efecto, el único modo de llegar eran los botes del alquiler al otro lado de la bahía, y sólo cabían ocho personas en cada viaje. Un bote iba y otro venía para evitar aglomeraciones en la fiesta. De todos modos, cerca de la casa había dos lanchas rápidas, dos automóviles, y toda una columna guerrillera de seguridad que hubiera podido enfrentarse a cualquier ataque sorpresivo.
Bateman era un hombre de parranda, pero a su modo. Bailaba bien la salsa y el vallenato, y le gustaba hacerlo, pero era un bebedor moderado. Como buen caribe, era tímido y triste, pero disimulaba esa doble condición con su simpatía natural explosiva. Su comportamiento de cumpleaños fue lo menos convencional que pueda imaginarse. Recibía a sus invitados en pantalón de baño, brindaba con ellos, conversaba entre grandes carcajadas, bailaba un poco con un conjunto de vallenatos contratado, y comía mangos. De pronto se echaba al agua y nadaba por un largo rato mientras sus invitados seguían la fiesta, y tal vez era ese su momento más feliz, pues desde niño era un nadador rápido y ágil. Clementina Cayón llegó hacia el medio día con un cargamento de refuerzo de piña colada, y su presencia alborotó la parranda. Alguien grito, en la pausa de un vallenato: "Clementina Cayón: tienes una matriz de oro". Los servicios de seguridad, en todo caso, estuvieron pendientes de que a nadie se le fuera la mano con la piña colada.
MENSAJE INTEMPESTIVO
Hasta ese momento, Bateman no pensaba ir a Panamá. Su proyecto era atravesar por tierra todo el país para entrevistarse con el segundo comandante del M-19, Ivan Marino Ospina, quien dirigía las guerrillas del Caquetá. Por su parte, Alvaro Fayad iría a Bogotá y Toledo Plata a Cali, y todos volverían a encontrarse tres meses más tarde en las selvas del Putumayo para una reunión plenaria del comando superior. Estos planes cambiaron de pronto porque Bateman recibió un mensaje intempestivo de Panamá, según el cual se esperaba allí un emisario personal del presidente Betancur que deseaba entrevistarse con él. Al parecer, el mensaje no era muy explícito, pero hacia suponer que se trataba de una personalidad de alto rango y Bateman esperaba una ocasión como esa desde que se frustró la posibilidad de entrevistarse con el presidente de Colombia en Nueva Delhi durante la conferencia de los No Alineados. De modo que en menos de 24 horas cambió todos sus planes inmediatos y decidió el viaje imprevisto que lo condujo al desastre.
El interés que tenía Bateman de entrevistarse con Betancur para entablar un diálogo de paz sin intermediarios se había convertido en una obsesión. Pero en aquel momento estaba convencido, por numerosos indicios, de que el gobierno no quería dialogar con él. El último de esos indicios --el 3 de abril- parecía demasiado evidente. De regreso de Cancún, donde se entrevistó con los otros presidentes del grupo de Contadora, Betancur había hecho una escala breve en Panamá. Bateman lo había esperado ahí con la ilusión de verlo, y durante todo el día se mantuvo a la expectativa a muy pocas cuadras del lugar en que Betancur conversó por más de una hora con el entonces coronel Manuel Antonio Noriega, jefe de los servicios de seguridad de la Guardia Nacional de Panamá, y su comandante actual. Betancur y Noriega trataron entre otras muchas cosas sobre las actividades del M-19 en Panamá, pero en ningún momento se planteó la posibilidad de una entrevista con Bateman.
Desilusionado una vez más, éste le escribió al presidente una carta en la cual insistía en la urgencia de una tregua para entablar un diálogo de paz. La carta fue entregada al presidente de Panamá, Ricardo de la Espriella, quien se la leyó por teléfono a Betancur el 21 de abril, cuando Bateman estaba en Santa Marta. Tal vez éste pensó que el envío de un emisario presidencial a Panamá fuera el resultado de esa carta, y por eso resolvió viajar a Panamá con tanta urgencia. Sin embargo, ninguna fuente colombiana ha podido confirmar que en realidad existiera la disposición presidencial de mandar un emisario a Panamá por aquellos días. Lo único que ocurrió fue una diligencia de sondeo que hizo el presidente de la Comisión de Paz, Otto Morales Benítez, --poco antes de su renuncia-- pero era una tentativa tan vaga que el presidente Betancur no estaba enterado de ella ni merecía un viaje tan apresurado de Bateman a Panamá.
PILOTO DE CONFIANZA
Durante su semana en Santa Marta, Bateman se vio varias veces con un viejo amigo: el político conservador Antonio Escobar Bravo a quien había conocido muy joven, y con quien había vuelto a hacer contacto a través de Toledo Plata, cuando ambos eran representantes a la Cámara. Muy pocos sabían entonces que Escobar era un piloto con la experiencia necesaria para andar por cualquier parte del país en su avioneta monomotor. Había hecho su curso completo en el Aeroclub del Atlántico, en Barranquilla, donde había obtenido la licencia de piloto privado número 767 por resolución número 3550 de la Dirección Aeronáutica Civil en 1976. Esa licencia le permitía pilotear una nave con un peso máximo de 5.670 kilos, y su avioneta sólo pesaba 1.156. De acuerdo con su hoja de vida, su conducta como aprendiz había sido buena, su aptitud también buena, y además entusiasta y constante. Su chequeo de vuelo el 15 de febrero de 1983 --dos meses antes del accidente-- había sido satisfactorio, y su examen médico fue calificado como perfecto para volar. Sin embargo, en términos profesionales estrictos, no podía considerarse un piloto experto, pues esta calificación requiere entre 3 mil y 4 mil horas de vuelo, y Escobar sólo tenía 800, incluidas las de la escuela.
Su avioneta estaba bien equipada con un sistema doble de radio VHF, un sistema doble de navegación VOR que permite determinar desde tierra la posición de la nave, un sistema de radioayuda (ADF) y un sistema ILS para aterrizar por instrumentos. Sin embargo, por su nivel de experiencia, Escobar no estaba autorizado para servirse de este último sistema. La única falla grande de ese equipo era la falta de un radar, que hubiera sido lo más útil de todo en la emergencia de Panamá.
Pero muy pocas avionetas como la de Escobar lo tienen instalado de origen, y su instalación posterior es de un costo muy elevado. En todo caso, Bateman le tenía confianza. De modo que cuando se planteó en Santa Marta la urgencia de viajar a Panamá lo llamó a la playa donde vivía, y se pusieron de acuerdo para irse al día siguiente.
La diez personas que esperaban la avioneta en el aeropuerto fuera de servicio cerca de Ciénaga, eran las siguientes: Bateman, Toledo Plata, Nelly Vivas, Conrado Marín, dos miembros de la dirección nacional y cuatro miembros de la seguridad del movimiento. Llegaron en varios automóviles antes del amanecer, y esperaron la avioneta en un rincón discreto. Aterrizó a las 7:52, que era más o menos la hora prevista. Los tres que la abordaron de inmediato eran Jaime Bateman, Nelly Vivas y Conrado Marín, que iban hacia el frente del Caquetá por la vía de Panamá. Nelly Vivas era una bióloga caleña, especializada en París durante ocho años, y profesora en el colegio Santiago de Cali. Había ingresado al M-19 unos 6 años antes, formaba parte en la actualidad del comando superior, y había sido la encargada de hacer los primeros contactos con el ex presidente Carlos Lleras Restrepo, cuando éste dirigía la Comisión de Paz bajo el gobierno de Turbay Ayala. Conrado Marín era un campesino de Florencia que había ganado el grado de mayor en las guerrillas del Caquetá. Fue uno de los primeros que se acogieron a la ley de amnistía del presidente Betancur, pero cuatro compañeros suyos amnistiados junto con él fueron asesinados por desconocidos en el curso de pocos meses en las calles de Florencia.
Temiendo correr igual suerte, Marín se reincorporó al movimiento después de entrevistarse con Bateman en Santa Marta. Fayad no estaba en el aeropuerto porque había viajado a Bogotá por carretera la noche anterior.
Entre el aterrizaje y el decolaje de la avioneta no debían transcurrir tres minutos, pero hubo un retraso imprevisto, cuando Bateman apareció en la puerta y pidió una cajetilla de cigarrillos a los compañeros que se quedaban. Estaba satisfaciendo sin duda un deseo de última hora de alguno de los pasajeros, o tal vez del piloto, porque él había dejado de fumar desde hacía 8 años. Fue una demora suplementaria de 4 minutos.
Bateman ocupó el asiento en que viajaba siempre: el del copiloto. Había viajado tanto allí, que estaba seguro de poder improvisar un aterrizaje de emergencia, sólo por lo que había visto en tantas horas de vuelo. Viajaba tranquilo, con su buen humor de siempre, pero había declarado alguna vez que era capaz de todo en la vida menos de lanzarse en paracaídas. Cuando se movía en automóvil llevaba una pistola Browning metida en el cinturón debajo de la camisa, una metralleta, y por lo menos una granada al alcance de la mano. Pero antes de aquel último vuelo le había dejado la metralleta a Alvaro Fayad, y llevaba sólo la pistola y dos granadas.
Su único equipaje era un maletín de mano con una muda de ropa, dos mil dólares en efectivo, un cassette con las canciones de Celina y Reutilio, y la edición en español de "Doña Flor y sus dos maridos", del brasilero George Amado, que había querido leer después de ver la película. Llevaba un walky talky VHF con un alcance de 18 kilómetros, con el cual solía comunicarse desde el aire con algunos comandos de tierra del M-19, como pensaba hacerlo antes de aterrizar cerca de Montería para estar seguro de que no lo esperaba ninguna sorpresa en el aeropuerto secreto. Llevaba también un pasaporte colombiano con una foto auténtica pero con un nombre distinto. Pero el objeto más insólito que llevaba era un equipo emisor de señales luminosas, capaz de lanzar bengalas rojas y azules a grandes alturas. Estaba diseñado para casos de pérdidas en el mar o en la selva, y Bateman lo había comprado en su último viaje a Panamá.
No era extraño, pues su afición por los juguetes electrónicos fue siempre objeto de burlas cordiales de sus compañeros, pero sus amigos caribes lo habrían interpretado sin duda como un acto premonitorio. Más tarde, durante las búsquedas inútiles en la selva, la certidumbre de que Bateman llevaba aquella máquina de salvación fue una de las esperanzas más firmes de las comisiones de rescate. Pero cuando la avioneta partió del viejo aeropuerto de Ciénaga nadie debió pensar en eso. El cielo era diáfano y sin una sola nube, como para un viaje feliz. Sin embargo, a esa hora exacta, el satélite meteorológico de los Estados Unidos estaba fotografiando la vasta extensión desde Urabá hasta Nicaragua, que empezaba a cubrirse de espesas nubes e malos presagios.
OTRO TIPO DE CONTRABANDO
Alvaro Fayad llegó a Bogotá esa misma tarde, después de una larga noche de carretera, y pensó que a esa hora Bateman debía estar tranquilo en Panamá. Se alegró de que no lo hubiera acompañado en el largo viaje por tierra, como estaba previsto, porque su automóvil había sido detenido seis veces por patrullas del ejército, de la policía de aduanas y del control de tráfico de drogas. En todos los casos, los ocupantes habían tenido que identificarse, por lo menos en tres les iluminaron las caras para compararlas con los retratos de las cédulas de identidad, y los sometieron a rápidos cacheos. Tal vez Bateman no hubiera podido pasar por tantos filtros, no sólo por su estatura inconfundible y porque ya había sido visto muchas veces en la televisión, sino porque tenía una seña de identidad más reveladora que las mismas huellas digitales: su pierna derecha.
En efecto, a los 9 años de edad, Bateman fue atropellado por un camión cuando jugaba fútbol con una bola de trapo en una calle de Santa Marta. La pierna le fue enyesada sobre la herida y con el hueso astillado, y aquella chapucería le causó una gangrena cuyos estragos no sanaron jamás. Fueron inútiles incontables tratamientos y varios injertos de hueso. Su tibia sin carne estaba apenas cubierta por una piel tensa y apergaminada que volvía a ulcerarse al menor tropiezo. Las largas marchas en la selva eran un martirio perpetuo, y en muchas ocasiones tuvo que retirarse de la lucha para someterse a nuevos tratamientos. Era una marca imborrable que todos los servicios secretos conocían, y siempre que encontraban a alguien que pudiera ser Bateman le levantaban la bota del pantalón para ver el estado de su pierna. En la única ocasión en que era él en realidad, tuvo la suerte inconcebible de que el soldado le levantó la bota de la pierna sana, y lo dejó seguir.
Fayad durmió aquella noche sin recibir ninguna noticia de Bateman. Al día siguiente muy temprano, dos miembros del equipo de comunicación de Bogotá le avisaron que la avioneta de Escobar no había llegado a su destino, pero él pensó que tal vez había aplazado el vuelo. Sin embargo, poco después le confirmaron que en efecto la avioneta había salido de Santa Marta a la hora prevista, pero no había hecho la escala en Montería ni había llegado a Panamá. Entonces llamó a Toledo Plata, que aún estaba en Santa Marta, y éste le confirmó la verdad: la avioneta había sido declarada en emergencia el día anterior a las 12.28 por la Aeronáutica Civil de Panamá, y la búsqueda aérea había empezado de inmediato. Hasta el momento, 24 horas después, no se había encontrado el menor rastro. Fayad sólo dijo una palabra cuando colgó el teléfono: "¡Mierda!". Días después, hablando con unos amigos, resumió el impacto de aquel día con una frase: "Se me apagó la luz ".
El 30 de abril, "El Tiempo" publicó en su página 9 una foto de Escobar, con la noticia de que se había perdido en su avioneta sobre territorio panameño. No eran más de 20 personas que sabían, al leer aquella noticia, que detrás de ella había otra mucho más espectacular. Lo sabían, por supuesto, Fayad y Toledo Plata, los miembros de la seguridad que estaban en el aeropuerto de Santa Marta, y los dos miembros del equipo de comunicaciones que habían manejado la noticia en Bogotá. Lo sabían además otros seis miembros del equipo de seguridad, los dos miembros de la dirección nacional que seguían con Toledo Plata, el representante del M-19 en Panamá y el encargado de la seguridad de Bateman en ese país que se habían quedado esperando en el aeropuerto, y por último los seis que se quedaron esperando en Montería. Aunque Santa Marta es una ciudad donde resulta casi imposible guardar un secreto tan grande, lo cierto es que éste logro controlarse durante 22 días, hasta que el jefe de redacción de "El Universal" de Cartagena, Angel Romero, lo descubrió por una casualidad que parece inverosímil. Poco antes, sin embargo, la base Howard del Canal de Panamá --a la que la Aeronáutica Civil de Colombia había pedido ayuda para buscar la avioneta de Escobar-- contestó con un cable que hace pensar sin ninguna duda que allí sabían quiénes iban en ese vuelo. "Esa nave no llevaba droga --decía el cable--sino otro tipo de contrabando".
LOS MINUTOS QUE FALTAN
Lo que ocurrió en realidad desde que la avioneta salió del aeropuerto de Ciénaga, sólo ha sido posible vislumbrarlo por la grabación de los distintos contactos que hizo Escobar con el control aéreo de Panamá. Gracias a la Dirección de Aeronáutica Civil de Colombia, y de sus técnicos mejor calificados, que nos ayudaron a descifrarla, se puede decir que el primer contacto fue hecho a las 9:52. Después de identificarse, le preguntaron a qué hora había salido de Santa Marta, y Escobar contestó que a las 7:51. El dato era falso: en realidad había salido 6 minutos antes, pero el piloto acumuló los seis que había necesitado para recoger a sus pasajeros en el aeropuerto secreto, de modo que no quedara ninguna pista de ese aterrizaje clandestino. Fue su único dato falso. Nunca dijo que viajaba solo --como se publicaría más tarde--, aunque es probable que lo hubiera dicho si se lo hubieran preguntado, para no entrar en contradicción con su plan de vuelo de Santa Marta. En cuanto a la escala en Montería, no se sabrá nunca por qué no la hizo ni cómo la habría justificado si la hubiera hecho, pero la foto del satélite demuestra que las condiciones del tiempo no eran propicias para un aterrizaje visual.
En su primer contacto informó que estaba ascendiendo de 6 mil pies --que era la altura autorizada sobre el mar- para alcanzar la de 9 mil pies. La maniobra era normal, porque en frente debía estar viendo la serranía de El Darién, que es la más alta de Panamá.
El rumbo que llevaba era correcto para llegar al aeropuerto de Paitilla. A las 9.57, volando ya a 9 mil pies, volvió a hacer contacto para decir que tenía mal tiempo en frente. El controlador de vuelo le sugirió que subiera a 10.500 pies, donde el tiempo era mejor, y que se mantuviera allí mientras consultaba con el control de radar cuál era la ruta con mejor tiempo. El controlador de radar se la comunicó a través del controlador de radio. El problema en ese momento era que la avioneta de Escobar no podía ser identificada en el radar, porque no disponía del equipo adecuado para darse a conocer. En cambio, era posible localizarla en el DF (Direction Finder), mediante una señal de radio emitida desde la avioneta.
Escobar hizo un nuevo contacto a las 10.04 para informar que volaba a 10.500 pies de altura, y que tenía mal tiempo adelante, pero que veía algunos huecos en las nubes por donde podía pasar. Su voz era tranquila, y sus cálculos y decisiones eran las de un buen navegante. Entonces el control de radio le pidió que oprimiera el botón de radio para localizarlo en el DF, y Escobar lo hizo por un instante, antes de que su señal se interrumpiera para siempre. En ese momento se encontraba a 55 millas al noroeste del cerro de Ancón, que está en el límite de la ciudad de Panamá con la zona del Canal. Esto quiere decir que aún tenía combustible para volar 2 horas y 40 minutos más, pero aún estaba sobre el Atlántico y a 30 millas de distancia de la serranía del Darién. Si el percance ocurrió en el momento en que se interrumpió la señal de radio, no hay ninguna duda de que cayó en el mar.
Pero no hay ninguna prueba de esto. Pudo haber volado todavía todo el trayecto marino sin hacer un nuevo contacto radial --que tal vez ya no fuera necesario-- y encontrarse con el mal tiempo insalvable cuando ya volaba sobre la serranía del Darién. Entonces no es probable que hubiera podido intentar un nuevo contacto, pues cuando una nave como esa penetra en una mala turbulencia es como si atravesara una batidora inmensa: el piloto más experto tiene que concentrar sus cinco sentidos en mantener a toda costa la estabilidad del avión, y no tiene ni manos ni alma para ocuparse del radio. Una sacudida demasiado violenta puede arrancarle un ala de cuajo. Pero si penetra por error en un cumulo nimbus, se destroza en pedazos, y sus escombros pueden dispersarse a muchas millas a la redonda.
PALMO A PALMO
La Aeronáutica Civil de Panamá hizo la exploración aérea de rutina durante 8 días. La familia de Escobar, con toda clase de colaboraciones oficiales y privadas, insistió varias semanas más. Las patrullas del M-19 cuadricularon un inmenso territorio de casi 50 mil kilómetros cuadrados durante 70 días. Exploraron palmo a palmo el universo deshabitado de la selva de Urabá, desde Montería hasta el Tapón del Darién, por el lado de Colombia. Y del otro lado, desde la frontera con el Chocó hasta la misma capital de Panamá. Sólo en esta última zona --según dato de las comisiones de rescate-- han caído entre 20 y 30 aviones desde la Segunda Guerra Mundial, de los cuales se han encontrado cuatro.
Una de las patmllas que buscaban la avioneta de Escobar encontró los escombros de un avión desaparecido en 1963, y estaban enredados entre la maleza, a sólo 20 metros de un camino muy transitado. Otras encontraron equipos de comunicaciones de la defensa de los Estados Unidos, perdidos desde quién sabe cuánto tiempo. Es un reino sin limites de frondas y pantanos donde apenas si penetran unas gotas de sol, y que se cierran de inmediato tan pronto como alguna nave cae en el fondo de sus entrañas.
La única manera de orientarse, cuando no se tiene una brújula, es observar la dirección de las hojas, que se inclinan siempre hacia el oriente. No es probable que Escobar hubiera podido salir solo, pero Bateman y Marín sabían como hacerlo. Este último era campesino del Caquetá y lo sabía desde la infancia. Bateman lo había aprendido, y había demostrado saberlo cuando se perdió con seis de sus hombres en la selva del Caquetá, el año pasado. Lo curioso es que el M-19 no supo en aquella ocasión que estaba perdido, hasta que no aparecieron todos sanos y salvos al cabo de un mes y medio.
En los métodos de orientación hay discrepancias entre los guerrilleros urbanos y los campesinos. Aquellos se sienten perdidos si no tiene una brújula. Los campesinos, en cambio, se orientan más por el instinto, y creen que las brújulas pueden ser alteradas por distintos fenómenos. Los cálculos que hizo el M-19 desde el principio indicaban que si Bateman o Marin estaban sanos después del accidente, podían salir por sus propios medios al cabo de 15 días, que es el tiempo en que podían cruzar completa la selva de Panamá. Si quedaban vivos, pero heridos como para no poder moverse, hubieran podido hacer campamento y esperar hasta un mes y medio. Después de ese tiempo, aun un hombre con la fuerza física y psicológica de Bateman no hubiera podido sobrevivir.
La circunstancia de que Escobar fuera un político conocido facilitó al M-19 la consecución de medios para la búsqueda. Trazaron dos planes: uno para la exploración aérea, y otro para la terrestre. Para la primera alquilaron, a precios desorbitados helicópteros y aviones particulares que sobrevolaron las selvas durante 25 días continuos. Un piloto colombiano que participó en aquella empresa descomunal ha dicho que habría sido imposible practicar una exploración más técnica y meticulosa en condiciones tan adversas. Para la búsqueda por tierra, que se inició a los 10 días del accidente, se organizaron cuadrillas de 15 hombres al mando de un jefe. Sólo éste sabía a quién buscaban, no sólo para impedir una posible desmoralización, sino para mantener al máximo la reserva de la noticia. Fue una búsqueda clandestina, con sistemas guerrilleros, que consisten en dejar señales que sólo ellos saben interpretar, y en golpear las raíces de los árboles más altos. Este es un sistema de comunicación más eficaz que un tiro al aire, o que las bengalas azules y rojas del equipo de Bateman, que no se vieron nunca. A distancias determinadas dejaban signos convencionales para que los perdidos conocieran su rumbo, dejaban campamentos con equipos de comunicación, leña seca, comida para los tres primeros días, y botiquines de primeros auxilios. Al cabo del primer mes, la búsqueda continuaba con la misma pasión que el primer día.
LOS BRUJOS
Por esa época --el 20 de mayo-- el jefe de redacción de "El Universal" de Cartagena, Angel Romero, descolgó el teléfono de su jaula de vidrio para hacer una llamada de rutina a las 7 de la noche, y su línea se cruzó con la conversación de una mujer y un hombre. Hablaban sin reservas de la angustia que sentían por la desaparición de Bateman, que según ellos había sido víctima de un accidente de una avioneta en Panamá. Romero voló a Bogotá al día siguiente y trató de establecer algún contacto con el M-19, pero no logró la información. Sin embargo, una fuente militar le conto que, en efecto, Bateman estaba desaparecido, pero que la historia de la avioneta era una simple cortina de humo del M-19 para ocultar la verdad. Al parecer, el servicio de inteligencia de las Fuerzas Armadas estaba convencido en ese tiempo de que Bateman había muerto en el asalto a la población del Pajuil (Caquetá), el 9 de mayo, y que el movimiento había inventado la patraña de la avioneta para no admitir su pérdida en combate. Tal vez esta sea la razón por la cual, aún hoy, las Fuerzas Armadas siguen observando en este caso una discreción que se parece mucho a la incredulidad.
Sin embargo, con un criterio certero, Angel Romero prefirió la hipótesis de la casualidad telefónica, y dio por primera vez la noticia de la muerte de Bateman en la primera página de su periódico el 30 de mayo. A pesar de la indiferencia con que fue recibida por los otros medios del país --sobre todo por los más grandes-- aquella información fue sin duda la primicia más importante y bien concebida en lo que va del año. Nadie la creyó. Sin embargo, los mismos periódicos que la rechazaron como una simple especulación, cayeron meses después en la trampa de una noticia sin origen, según la cual Bateman se había fugado del país con los fondos de su movimiento.
Mucho tiempo después de que la noticia era ya de dominio público, en el interior del M-19 continuaba la discrepancia de cómo emitir la confirmación oficial. Los partidarios de salir al paso de las especulaciones inevitables opinaban que debía darse después de la primera semana de búsqueda infructuosa. Sin embargo prevaleció el criterio de continuarla dentro del secreto más estricto, entre otras cosas para impedir que detrás de las patrullas de exploración aparecieran en la selva las patrullas del ejército. De modo que la búsqueda continuó, aún más allá de toda esperanza, y cuando ya empezaba a invadir las arenas movedizas de la magia.
En efecto, las últimas ilusiones se fundaron en la visiones de dos brujos. El primero fue uno de Panamá, a cuya revelación espontánea nadie le dio ningún crédito. Pero cuando otro brujo de Colombia que no tenía ningún contacto con el primero reveló haber tenido una visión idéntica, el racionalismo de los revolucionarios, aún el de los más duros, sufrió el estremecimiento de la duda. Las dos visiones decían que tres personas estaban en el corazón de la selva. Dos eran muy débiles y la otra era muy fuerte, pero ésta no se atrevía a caminar por el temor de ser descubierta. Aquella coincidencia inexplicable por medio de la razón occidental hizo reverdecer las esperanzas en los corazones menos crédulos, y la búsqueda continuó, sin pausas ni fatiga, hasta que aun los más temerarios tuvieron que mirar de frente a la realidad. Sólo entonces, nueve semanas después del accidente, tomaron la determinación unánime de hacer el anuncio oficial de la muerte de Bateman. Lo único que faltaba era la opinión de su sucesor, Iván Marino Ospina, que fue uno de los últimos en conocer la noticia en el corazón de la selva del Caquetá. Esa opinión llegó en el último instante, en un papel escrito de su puño y letra y macerado por el sudor, que alguien llevó hasta Bogotá escondido dentro del zapato. Marino Ospina aprobaba la divulgación de la noticia, y mandaba su primera orden: "Insistan en el diálogo"
Criticó el "síndrome de la chiva" que, según él, vive el periodismo colombiano y apostó que podía demostrar que un tema bien investigado podía ser más interesante que cualquier "chiva", aun cuando apareciera con retraso. La apuesta, como verán nuestros lectores, la ganó García Márquez y aquí está el resultado. El reportaje fue publicado en la edición del 6 de agosto de 1983.
BATEMAN: MISTERIO SIN FINAL
La avioneta monomotor Piper PA 28 con matrícula colombiana HK 2139P y piloteada por el político conservador Antonio Escobar Bravo, salió del aeropuerto "Simón Bolívar" de Santa Marta a las 7:45 de la mañana del pasado 28 de abril con un plan de vuelo visual cuyo destino final era el aeropuerto civil de Paitilla en la ciudad de Panamá. Sin embargo, 7 minutos después aterrizó a pocos kilómetros de la población de Ciénaga, en una antigua pista comercial fuera de servicio, donde la esperaba un grupo de 10 personas. Tres subieron a bordo: dos hombres y una mujer. El más alto de ellos, flaco y un poco escuálido, con una camisa de mezclilla azul y una gorra de capitán de barco, era el hombre más buscado de Colombia desde hacía 5 años: Jaime Bateman Cayón comandante máximo del M-19 .
Sólo ellos y unos pocos miembros de la organización sabían que la avioneta debía hacer una escala clandestina en otro aeropuerto fuera de servicio cerca de Montería, donde estaba prevista una reunión con delegados del Ejército Popular de Liberación (EPL), para discutir los pormenores de un programa de acciones conjuntas. Después debía proseguir hacía Panamá, donde se suponía que iba a llegar un emisario personal del presidente Belisario Betancur, para entablar conversaciones de paz. La avioneta hizo un último contacto con el control aéreo de Panamá 2 horas y 17 minutos después de decolar de Santa Marta, y cuando se encontraba a 55 millas náuticas del aeropuerto de Paitilla, pero no aterrizó nunca. Esto es todo cuanto se sabe con seguridad absoluta cuatro meses después de la desaparición de Jaime Bateman, y al cabo de una búsqueda intensa por tierra, mar y aire durante 70 días. Todo lo demás son suposiciones.
RECOGIENDO SUS PASOS
La suposición más arraigada --contra toda evidencia- es que no ha muerto. Cada quien tiene un argumento propio y una esperanza distinta para seguir en el engaño, como ocurre con Emiliano Zapata en México, como ocurrió durante tantos años en el mundo con Adolfo Hitler, y como ha ocurrido desde siempre con otros tantos que han sido devorados por la leyenda. En cambio, los únicos que creen que en efecto está muerto sin ninguna duda son algunos amigos de la infancia de Bateman que estuvieron con él en Santa Marta en los días previos a su desaparición. Pero su certidumbre tampoco se funda en ningún análisis racional, sino todo lo contrario, en la creencia caribe de que hay seres con el privilegio sobrenatural de volver a los sitios de sus afectos y repetir los mismos actos de sus mejores recuerdos en los días anteriores a su muerte. Se dice entonces que esa persona está "recogiendo sus pasos". Bateman, en efecto, se comportó en la última semana de su vida como si lo estuviera haciendo.
Había llegado a la costa caribe el 19 de abril, cuando concedió la que había de ser su penúltima conferencia de prensa en algún lugar cercano a Cartagena, con motivo del decimotercer aniversario de su movimiento. Si bien trataba siempre de darle algún contenido histórico a aquella fecha, nunca fue muy cuidadoso con su propio cumpleaños --cinco días después--, y muchas veces, inclusive, lo olvidaba.
Este 24 de abril sería diferente. A pesa de los riesgos enormes que corría permaneciendo en una región donde todos los servicios oficiales de seguridad debían saber que se encontraba, se empeñó en celebrar su cumpleaños en la ciudad de su nacimiento --Santa Marta--, a donde no iba por razones de prudencia elemental desde hacía 7 años. Allí estaban las querencias de su juventud: nombres y lugares que le revolvían la nostalgia. Las relaciones con su padre eran más bien inciertas, y las que mantuvo con sus hermanos eran buenas pero ocasionales. En cambio, las que mantuvo con su madre --la brava Clementina Cayón-- tenían la misma esencia pasional de las que tuvieron con las suyas el padre Camilo Torres y el Che Guevara, que parecían condicionadas por una dependencia umbilical al mismo tiempo entrañable y conflictiva. Algunos compañeros cercanos de Bateman han contado que en las noches de peligro de la clandestinidad, o en las erráticas y solitarias de la selva, soltaba un largo suspiro que le salía del alma: "¡Ay, Clementma Cayón, qué será de tu vida!".
Se veían con frecuencia, siempre en lugares distintos y secretos, porque la casa de ella estuvo sometida durante mucho tiempo a una vigilancia constante. Una vigilancia que tenía la misma carga de humanidad de quien la soportaba y de la ciudad donde se ejercía, que es tal vez la más doméstica del país. Clementina Cayón --no se sabe si por indulgencia o por astucia- veía al pobre vigilante parado en la esquina bajo el tremendo sol de las doce, y le ofrecía una silla para sentarse, le mandaba un jugo de guanábana, o un plato de sancocho, o un cigarrillo, y al poco tiempo tenían que cambiarlo porque ya se había vuelto como si fuera de la familia. Con todo, el riesgo del cumpleaños en Santa Marta era enorme, pero Bateman lo decidió de un modo tan terminante, que hasta sus servicios de seguridad, tan contrarios a esta clase de complacencias sentimentales, tuvieron que doblegarse.
El grupo completo que había asistido a la conferencia de prensa viajó de Cartagena a Santa Marta por carretera al amanecer del 20 de abril. La costa Caribe estaba en tiempo de sequía y el olor de la guayaba era más intenso en el aire ardiente. Bateman se convirtió en un guía nostálgico, en especial de los dos compañeros del comando superior --Alvaro Fayad y Carlos Toledo Plata--, que viajaban en el mismo automóvil, y que eran de otros mundos de nostalgias distintas.
En cada sitio del camino hizo una evocación. Después del estrecho puente que separa el mar y la Ciénaga Grande --muy cerca de donde había de abordar una semana después la avioneta de su mal destino-- ordenó una parada para desayunar con mojarras fritas y tajadas de plátano en una de las fondas de la carretera. Luego no pudo resistir la tentación de volver a su tierra cómo había vuelto tantas veces en su juventud, y le quitó el volante al conductor y siguió manejando él hasta Santa Marta, con una parada más para tomarse una cerveza matinal en el Rodadero. Días antes, Bateman había visto en Panamá la película española "Volver a empezar", que este año obtuvo el Oscar de la mejor película extranjera, y que cuenta la historia de un hombre que vuelve, ya maduro y famoso, a su pueblo natal de Oviedo. Aquella mañana tuvo de pronto la revelación --y así lo dijo a sus compañeros- de estar protagonizando una versión viva de aquella película.
Ni en ese momento, ni en ninguno de los días siguientes, Bateman hizo nada por ocultarse ni por disimular su identidad. Visitó en Santa Marta todos los lugares que habían dejado algún rastro en su memoria, y tal vez lo único que no volvió a hacer como en su juventud fue jugar fútbol con bolas de trapo en la playa. Se vio varias veces con su madre, por supuesto, pero nunca en la casa de ella, y le pidió noticias de los amigos más remotos y de varias novias olvidadas. Recordaba de un modo especial a sus condiscípulos del Liceo Celedón, donde no pudo terminar el bachillerato por su conducta revoltosa. Todos, hasta donde fue posible, recibieron una invitación verbal para la fiesta de sus 44 años.
TIEMPO DE MANGOS
Cómo no fue descubierto en una ciudad donde todo el mundo se conoce y donde andan por todas partes los agentes secretos de la guarnición militar, de la policía y de la Dirección Administrativa de Seguridad, es algo que cuesta trabajo creer. Una razón, sin duda, es que Bateman era muy popular en su tierra, y había muy pocas probabilidades de encontrar a alguien que quisiera denunciarlo, aun si estuviera en desacuerdo con él. Pero había otra razón real y además divertida. Uno de los varios hermanos de Bateman se parecía a él como si fuera su gemelo, y al igual que él era un mamador de gallo de los grandes. Desde que aparecieron en la prensa las primeras fotografías del comandante clandestino, el hermano hizo todo lo posible por aumentar el parecido: un peinado afro, un escuálido bigote de lampiño, una camisa azul, unas botas de monte. Durante un tiempo se burló de los policías amigos, sembró el desconcierto en los lugares públicos de Santa Marta, se divirtió y divirtió cuanto quiso, hasta que todo el mundo se acostumbró a la suplantación. Pero cuando el que apareció fue el Jaime Bateman de verdad, muchos que lo vieron en los mismos sitios de siempre debieron pensar que no era él sino el otro, que había resuelto seguir mamando gallo con una gorra de lobo de mar. En todo caso, ni el detective más perspicaz se hubiera atrevido a creer que el Bateman real fuera capaz de andar por la calle con su propia cara.
No es posible concebir una fiesta más rara que la de aquel cumpleaños. Bateman había alquilado una casa en una de las tantas playas cercanas a Santa Marta, cuyo acceso en automóvil era posible pero difícil. Abril es tiempo de mangos, que era su fruta favorita, y no sólo se hizo llevar varias cajas para él y sus invitados, sino que algunos de ellos le llevaron otras de regalo. Había ron blanco a pasto, y whisky para quien quisiera, pero la bebida oficial era la favorita de Bateman desde mucho antes de que se pusiera de moda: piña colada.
Las rígidas normas de seguridad enrarecieron mucho más la fiesta. Por lo menos cien invitados estuvieron en ella a lo largo del día, pero nunca hubo más de 10 al mismo tiempo. En efecto, el único modo de llegar eran los botes del alquiler al otro lado de la bahía, y sólo cabían ocho personas en cada viaje. Un bote iba y otro venía para evitar aglomeraciones en la fiesta. De todos modos, cerca de la casa había dos lanchas rápidas, dos automóviles, y toda una columna guerrillera de seguridad que hubiera podido enfrentarse a cualquier ataque sorpresivo.
Bateman era un hombre de parranda, pero a su modo. Bailaba bien la salsa y el vallenato, y le gustaba hacerlo, pero era un bebedor moderado. Como buen caribe, era tímido y triste, pero disimulaba esa doble condición con su simpatía natural explosiva. Su comportamiento de cumpleaños fue lo menos convencional que pueda imaginarse. Recibía a sus invitados en pantalón de baño, brindaba con ellos, conversaba entre grandes carcajadas, bailaba un poco con un conjunto de vallenatos contratado, y comía mangos. De pronto se echaba al agua y nadaba por un largo rato mientras sus invitados seguían la fiesta, y tal vez era ese su momento más feliz, pues desde niño era un nadador rápido y ágil. Clementina Cayón llegó hacia el medio día con un cargamento de refuerzo de piña colada, y su presencia alborotó la parranda. Alguien grito, en la pausa de un vallenato: "Clementina Cayón: tienes una matriz de oro". Los servicios de seguridad, en todo caso, estuvieron pendientes de que a nadie se le fuera la mano con la piña colada.
MENSAJE INTEMPESTIVO
Hasta ese momento, Bateman no pensaba ir a Panamá. Su proyecto era atravesar por tierra todo el país para entrevistarse con el segundo comandante del M-19, Ivan Marino Ospina, quien dirigía las guerrillas del Caquetá. Por su parte, Alvaro Fayad iría a Bogotá y Toledo Plata a Cali, y todos volverían a encontrarse tres meses más tarde en las selvas del Putumayo para una reunión plenaria del comando superior. Estos planes cambiaron de pronto porque Bateman recibió un mensaje intempestivo de Panamá, según el cual se esperaba allí un emisario personal del presidente Betancur que deseaba entrevistarse con él. Al parecer, el mensaje no era muy explícito, pero hacia suponer que se trataba de una personalidad de alto rango y Bateman esperaba una ocasión como esa desde que se frustró la posibilidad de entrevistarse con el presidente de Colombia en Nueva Delhi durante la conferencia de los No Alineados. De modo que en menos de 24 horas cambió todos sus planes inmediatos y decidió el viaje imprevisto que lo condujo al desastre.
El interés que tenía Bateman de entrevistarse con Betancur para entablar un diálogo de paz sin intermediarios se había convertido en una obsesión. Pero en aquel momento estaba convencido, por numerosos indicios, de que el gobierno no quería dialogar con él. El último de esos indicios --el 3 de abril- parecía demasiado evidente. De regreso de Cancún, donde se entrevistó con los otros presidentes del grupo de Contadora, Betancur había hecho una escala breve en Panamá. Bateman lo había esperado ahí con la ilusión de verlo, y durante todo el día se mantuvo a la expectativa a muy pocas cuadras del lugar en que Betancur conversó por más de una hora con el entonces coronel Manuel Antonio Noriega, jefe de los servicios de seguridad de la Guardia Nacional de Panamá, y su comandante actual. Betancur y Noriega trataron entre otras muchas cosas sobre las actividades del M-19 en Panamá, pero en ningún momento se planteó la posibilidad de una entrevista con Bateman.
Desilusionado una vez más, éste le escribió al presidente una carta en la cual insistía en la urgencia de una tregua para entablar un diálogo de paz. La carta fue entregada al presidente de Panamá, Ricardo de la Espriella, quien se la leyó por teléfono a Betancur el 21 de abril, cuando Bateman estaba en Santa Marta. Tal vez éste pensó que el envío de un emisario presidencial a Panamá fuera el resultado de esa carta, y por eso resolvió viajar a Panamá con tanta urgencia. Sin embargo, ninguna fuente colombiana ha podido confirmar que en realidad existiera la disposición presidencial de mandar un emisario a Panamá por aquellos días. Lo único que ocurrió fue una diligencia de sondeo que hizo el presidente de la Comisión de Paz, Otto Morales Benítez, --poco antes de su renuncia-- pero era una tentativa tan vaga que el presidente Betancur no estaba enterado de ella ni merecía un viaje tan apresurado de Bateman a Panamá.
PILOTO DE CONFIANZA
Durante su semana en Santa Marta, Bateman se vio varias veces con un viejo amigo: el político conservador Antonio Escobar Bravo a quien había conocido muy joven, y con quien había vuelto a hacer contacto a través de Toledo Plata, cuando ambos eran representantes a la Cámara. Muy pocos sabían entonces que Escobar era un piloto con la experiencia necesaria para andar por cualquier parte del país en su avioneta monomotor. Había hecho su curso completo en el Aeroclub del Atlántico, en Barranquilla, donde había obtenido la licencia de piloto privado número 767 por resolución número 3550 de la Dirección Aeronáutica Civil en 1976. Esa licencia le permitía pilotear una nave con un peso máximo de 5.670 kilos, y su avioneta sólo pesaba 1.156. De acuerdo con su hoja de vida, su conducta como aprendiz había sido buena, su aptitud también buena, y además entusiasta y constante. Su chequeo de vuelo el 15 de febrero de 1983 --dos meses antes del accidente-- había sido satisfactorio, y su examen médico fue calificado como perfecto para volar. Sin embargo, en términos profesionales estrictos, no podía considerarse un piloto experto, pues esta calificación requiere entre 3 mil y 4 mil horas de vuelo, y Escobar sólo tenía 800, incluidas las de la escuela.
Su avioneta estaba bien equipada con un sistema doble de radio VHF, un sistema doble de navegación VOR que permite determinar desde tierra la posición de la nave, un sistema de radioayuda (ADF) y un sistema ILS para aterrizar por instrumentos. Sin embargo, por su nivel de experiencia, Escobar no estaba autorizado para servirse de este último sistema. La única falla grande de ese equipo era la falta de un radar, que hubiera sido lo más útil de todo en la emergencia de Panamá.
Pero muy pocas avionetas como la de Escobar lo tienen instalado de origen, y su instalación posterior es de un costo muy elevado. En todo caso, Bateman le tenía confianza. De modo que cuando se planteó en Santa Marta la urgencia de viajar a Panamá lo llamó a la playa donde vivía, y se pusieron de acuerdo para irse al día siguiente.
La diez personas que esperaban la avioneta en el aeropuerto fuera de servicio cerca de Ciénaga, eran las siguientes: Bateman, Toledo Plata, Nelly Vivas, Conrado Marín, dos miembros de la dirección nacional y cuatro miembros de la seguridad del movimiento. Llegaron en varios automóviles antes del amanecer, y esperaron la avioneta en un rincón discreto. Aterrizó a las 7:52, que era más o menos la hora prevista. Los tres que la abordaron de inmediato eran Jaime Bateman, Nelly Vivas y Conrado Marín, que iban hacia el frente del Caquetá por la vía de Panamá. Nelly Vivas era una bióloga caleña, especializada en París durante ocho años, y profesora en el colegio Santiago de Cali. Había ingresado al M-19 unos 6 años antes, formaba parte en la actualidad del comando superior, y había sido la encargada de hacer los primeros contactos con el ex presidente Carlos Lleras Restrepo, cuando éste dirigía la Comisión de Paz bajo el gobierno de Turbay Ayala. Conrado Marín era un campesino de Florencia que había ganado el grado de mayor en las guerrillas del Caquetá. Fue uno de los primeros que se acogieron a la ley de amnistía del presidente Betancur, pero cuatro compañeros suyos amnistiados junto con él fueron asesinados por desconocidos en el curso de pocos meses en las calles de Florencia.
Temiendo correr igual suerte, Marín se reincorporó al movimiento después de entrevistarse con Bateman en Santa Marta. Fayad no estaba en el aeropuerto porque había viajado a Bogotá por carretera la noche anterior.
Entre el aterrizaje y el decolaje de la avioneta no debían transcurrir tres minutos, pero hubo un retraso imprevisto, cuando Bateman apareció en la puerta y pidió una cajetilla de cigarrillos a los compañeros que se quedaban. Estaba satisfaciendo sin duda un deseo de última hora de alguno de los pasajeros, o tal vez del piloto, porque él había dejado de fumar desde hacía 8 años. Fue una demora suplementaria de 4 minutos.
Bateman ocupó el asiento en que viajaba siempre: el del copiloto. Había viajado tanto allí, que estaba seguro de poder improvisar un aterrizaje de emergencia, sólo por lo que había visto en tantas horas de vuelo. Viajaba tranquilo, con su buen humor de siempre, pero había declarado alguna vez que era capaz de todo en la vida menos de lanzarse en paracaídas. Cuando se movía en automóvil llevaba una pistola Browning metida en el cinturón debajo de la camisa, una metralleta, y por lo menos una granada al alcance de la mano. Pero antes de aquel último vuelo le había dejado la metralleta a Alvaro Fayad, y llevaba sólo la pistola y dos granadas.
Su único equipaje era un maletín de mano con una muda de ropa, dos mil dólares en efectivo, un cassette con las canciones de Celina y Reutilio, y la edición en español de "Doña Flor y sus dos maridos", del brasilero George Amado, que había querido leer después de ver la película. Llevaba un walky talky VHF con un alcance de 18 kilómetros, con el cual solía comunicarse desde el aire con algunos comandos de tierra del M-19, como pensaba hacerlo antes de aterrizar cerca de Montería para estar seguro de que no lo esperaba ninguna sorpresa en el aeropuerto secreto. Llevaba también un pasaporte colombiano con una foto auténtica pero con un nombre distinto. Pero el objeto más insólito que llevaba era un equipo emisor de señales luminosas, capaz de lanzar bengalas rojas y azules a grandes alturas. Estaba diseñado para casos de pérdidas en el mar o en la selva, y Bateman lo había comprado en su último viaje a Panamá.
No era extraño, pues su afición por los juguetes electrónicos fue siempre objeto de burlas cordiales de sus compañeros, pero sus amigos caribes lo habrían interpretado sin duda como un acto premonitorio. Más tarde, durante las búsquedas inútiles en la selva, la certidumbre de que Bateman llevaba aquella máquina de salvación fue una de las esperanzas más firmes de las comisiones de rescate. Pero cuando la avioneta partió del viejo aeropuerto de Ciénaga nadie debió pensar en eso. El cielo era diáfano y sin una sola nube, como para un viaje feliz. Sin embargo, a esa hora exacta, el satélite meteorológico de los Estados Unidos estaba fotografiando la vasta extensión desde Urabá hasta Nicaragua, que empezaba a cubrirse de espesas nubes e malos presagios.
OTRO TIPO DE CONTRABANDO
Alvaro Fayad llegó a Bogotá esa misma tarde, después de una larga noche de carretera, y pensó que a esa hora Bateman debía estar tranquilo en Panamá. Se alegró de que no lo hubiera acompañado en el largo viaje por tierra, como estaba previsto, porque su automóvil había sido detenido seis veces por patrullas del ejército, de la policía de aduanas y del control de tráfico de drogas. En todos los casos, los ocupantes habían tenido que identificarse, por lo menos en tres les iluminaron las caras para compararlas con los retratos de las cédulas de identidad, y los sometieron a rápidos cacheos. Tal vez Bateman no hubiera podido pasar por tantos filtros, no sólo por su estatura inconfundible y porque ya había sido visto muchas veces en la televisión, sino porque tenía una seña de identidad más reveladora que las mismas huellas digitales: su pierna derecha.
En efecto, a los 9 años de edad, Bateman fue atropellado por un camión cuando jugaba fútbol con una bola de trapo en una calle de Santa Marta. La pierna le fue enyesada sobre la herida y con el hueso astillado, y aquella chapucería le causó una gangrena cuyos estragos no sanaron jamás. Fueron inútiles incontables tratamientos y varios injertos de hueso. Su tibia sin carne estaba apenas cubierta por una piel tensa y apergaminada que volvía a ulcerarse al menor tropiezo. Las largas marchas en la selva eran un martirio perpetuo, y en muchas ocasiones tuvo que retirarse de la lucha para someterse a nuevos tratamientos. Era una marca imborrable que todos los servicios secretos conocían, y siempre que encontraban a alguien que pudiera ser Bateman le levantaban la bota del pantalón para ver el estado de su pierna. En la única ocasión en que era él en realidad, tuvo la suerte inconcebible de que el soldado le levantó la bota de la pierna sana, y lo dejó seguir.
Fayad durmió aquella noche sin recibir ninguna noticia de Bateman. Al día siguiente muy temprano, dos miembros del equipo de comunicación de Bogotá le avisaron que la avioneta de Escobar no había llegado a su destino, pero él pensó que tal vez había aplazado el vuelo. Sin embargo, poco después le confirmaron que en efecto la avioneta había salido de Santa Marta a la hora prevista, pero no había hecho la escala en Montería ni había llegado a Panamá. Entonces llamó a Toledo Plata, que aún estaba en Santa Marta, y éste le confirmó la verdad: la avioneta había sido declarada en emergencia el día anterior a las 12.28 por la Aeronáutica Civil de Panamá, y la búsqueda aérea había empezado de inmediato. Hasta el momento, 24 horas después, no se había encontrado el menor rastro. Fayad sólo dijo una palabra cuando colgó el teléfono: "¡Mierda!". Días después, hablando con unos amigos, resumió el impacto de aquel día con una frase: "Se me apagó la luz ".
El 30 de abril, "El Tiempo" publicó en su página 9 una foto de Escobar, con la noticia de que se había perdido en su avioneta sobre territorio panameño. No eran más de 20 personas que sabían, al leer aquella noticia, que detrás de ella había otra mucho más espectacular. Lo sabían, por supuesto, Fayad y Toledo Plata, los miembros de la seguridad que estaban en el aeropuerto de Santa Marta, y los dos miembros del equipo de comunicaciones que habían manejado la noticia en Bogotá. Lo sabían además otros seis miembros del equipo de seguridad, los dos miembros de la dirección nacional que seguían con Toledo Plata, el representante del M-19 en Panamá y el encargado de la seguridad de Bateman en ese país que se habían quedado esperando en el aeropuerto, y por último los seis que se quedaron esperando en Montería. Aunque Santa Marta es una ciudad donde resulta casi imposible guardar un secreto tan grande, lo cierto es que éste logro controlarse durante 22 días, hasta que el jefe de redacción de "El Universal" de Cartagena, Angel Romero, lo descubrió por una casualidad que parece inverosímil. Poco antes, sin embargo, la base Howard del Canal de Panamá --a la que la Aeronáutica Civil de Colombia había pedido ayuda para buscar la avioneta de Escobar-- contestó con un cable que hace pensar sin ninguna duda que allí sabían quiénes iban en ese vuelo. "Esa nave no llevaba droga --decía el cable--sino otro tipo de contrabando".
LOS MINUTOS QUE FALTAN
Lo que ocurrió en realidad desde que la avioneta salió del aeropuerto de Ciénaga, sólo ha sido posible vislumbrarlo por la grabación de los distintos contactos que hizo Escobar con el control aéreo de Panamá. Gracias a la Dirección de Aeronáutica Civil de Colombia, y de sus técnicos mejor calificados, que nos ayudaron a descifrarla, se puede decir que el primer contacto fue hecho a las 9:52. Después de identificarse, le preguntaron a qué hora había salido de Santa Marta, y Escobar contestó que a las 7:51. El dato era falso: en realidad había salido 6 minutos antes, pero el piloto acumuló los seis que había necesitado para recoger a sus pasajeros en el aeropuerto secreto, de modo que no quedara ninguna pista de ese aterrizaje clandestino. Fue su único dato falso. Nunca dijo que viajaba solo --como se publicaría más tarde--, aunque es probable que lo hubiera dicho si se lo hubieran preguntado, para no entrar en contradicción con su plan de vuelo de Santa Marta. En cuanto a la escala en Montería, no se sabrá nunca por qué no la hizo ni cómo la habría justificado si la hubiera hecho, pero la foto del satélite demuestra que las condiciones del tiempo no eran propicias para un aterrizaje visual.
En su primer contacto informó que estaba ascendiendo de 6 mil pies --que era la altura autorizada sobre el mar- para alcanzar la de 9 mil pies. La maniobra era normal, porque en frente debía estar viendo la serranía de El Darién, que es la más alta de Panamá.
El rumbo que llevaba era correcto para llegar al aeropuerto de Paitilla. A las 9.57, volando ya a 9 mil pies, volvió a hacer contacto para decir que tenía mal tiempo en frente. El controlador de vuelo le sugirió que subiera a 10.500 pies, donde el tiempo era mejor, y que se mantuviera allí mientras consultaba con el control de radar cuál era la ruta con mejor tiempo. El controlador de radar se la comunicó a través del controlador de radio. El problema en ese momento era que la avioneta de Escobar no podía ser identificada en el radar, porque no disponía del equipo adecuado para darse a conocer. En cambio, era posible localizarla en el DF (Direction Finder), mediante una señal de radio emitida desde la avioneta.
Escobar hizo un nuevo contacto a las 10.04 para informar que volaba a 10.500 pies de altura, y que tenía mal tiempo adelante, pero que veía algunos huecos en las nubes por donde podía pasar. Su voz era tranquila, y sus cálculos y decisiones eran las de un buen navegante. Entonces el control de radio le pidió que oprimiera el botón de radio para localizarlo en el DF, y Escobar lo hizo por un instante, antes de que su señal se interrumpiera para siempre. En ese momento se encontraba a 55 millas al noroeste del cerro de Ancón, que está en el límite de la ciudad de Panamá con la zona del Canal. Esto quiere decir que aún tenía combustible para volar 2 horas y 40 minutos más, pero aún estaba sobre el Atlántico y a 30 millas de distancia de la serranía del Darién. Si el percance ocurrió en el momento en que se interrumpió la señal de radio, no hay ninguna duda de que cayó en el mar.
Pero no hay ninguna prueba de esto. Pudo haber volado todavía todo el trayecto marino sin hacer un nuevo contacto radial --que tal vez ya no fuera necesario-- y encontrarse con el mal tiempo insalvable cuando ya volaba sobre la serranía del Darién. Entonces no es probable que hubiera podido intentar un nuevo contacto, pues cuando una nave como esa penetra en una mala turbulencia es como si atravesara una batidora inmensa: el piloto más experto tiene que concentrar sus cinco sentidos en mantener a toda costa la estabilidad del avión, y no tiene ni manos ni alma para ocuparse del radio. Una sacudida demasiado violenta puede arrancarle un ala de cuajo. Pero si penetra por error en un cumulo nimbus, se destroza en pedazos, y sus escombros pueden dispersarse a muchas millas a la redonda.
PALMO A PALMO
La Aeronáutica Civil de Panamá hizo la exploración aérea de rutina durante 8 días. La familia de Escobar, con toda clase de colaboraciones oficiales y privadas, insistió varias semanas más. Las patrullas del M-19 cuadricularon un inmenso territorio de casi 50 mil kilómetros cuadrados durante 70 días. Exploraron palmo a palmo el universo deshabitado de la selva de Urabá, desde Montería hasta el Tapón del Darién, por el lado de Colombia. Y del otro lado, desde la frontera con el Chocó hasta la misma capital de Panamá. Sólo en esta última zona --según dato de las comisiones de rescate-- han caído entre 20 y 30 aviones desde la Segunda Guerra Mundial, de los cuales se han encontrado cuatro.
Una de las patmllas que buscaban la avioneta de Escobar encontró los escombros de un avión desaparecido en 1963, y estaban enredados entre la maleza, a sólo 20 metros de un camino muy transitado. Otras encontraron equipos de comunicaciones de la defensa de los Estados Unidos, perdidos desde quién sabe cuánto tiempo. Es un reino sin limites de frondas y pantanos donde apenas si penetran unas gotas de sol, y que se cierran de inmediato tan pronto como alguna nave cae en el fondo de sus entrañas.
La única manera de orientarse, cuando no se tiene una brújula, es observar la dirección de las hojas, que se inclinan siempre hacia el oriente. No es probable que Escobar hubiera podido salir solo, pero Bateman y Marín sabían como hacerlo. Este último era campesino del Caquetá y lo sabía desde la infancia. Bateman lo había aprendido, y había demostrado saberlo cuando se perdió con seis de sus hombres en la selva del Caquetá, el año pasado. Lo curioso es que el M-19 no supo en aquella ocasión que estaba perdido, hasta que no aparecieron todos sanos y salvos al cabo de un mes y medio.
En los métodos de orientación hay discrepancias entre los guerrilleros urbanos y los campesinos. Aquellos se sienten perdidos si no tiene una brújula. Los campesinos, en cambio, se orientan más por el instinto, y creen que las brújulas pueden ser alteradas por distintos fenómenos. Los cálculos que hizo el M-19 desde el principio indicaban que si Bateman o Marin estaban sanos después del accidente, podían salir por sus propios medios al cabo de 15 días, que es el tiempo en que podían cruzar completa la selva de Panamá. Si quedaban vivos, pero heridos como para no poder moverse, hubieran podido hacer campamento y esperar hasta un mes y medio. Después de ese tiempo, aun un hombre con la fuerza física y psicológica de Bateman no hubiera podido sobrevivir.
La circunstancia de que Escobar fuera un político conocido facilitó al M-19 la consecución de medios para la búsqueda. Trazaron dos planes: uno para la exploración aérea, y otro para la terrestre. Para la primera alquilaron, a precios desorbitados helicópteros y aviones particulares que sobrevolaron las selvas durante 25 días continuos. Un piloto colombiano que participó en aquella empresa descomunal ha dicho que habría sido imposible practicar una exploración más técnica y meticulosa en condiciones tan adversas. Para la búsqueda por tierra, que se inició a los 10 días del accidente, se organizaron cuadrillas de 15 hombres al mando de un jefe. Sólo éste sabía a quién buscaban, no sólo para impedir una posible desmoralización, sino para mantener al máximo la reserva de la noticia. Fue una búsqueda clandestina, con sistemas guerrilleros, que consisten en dejar señales que sólo ellos saben interpretar, y en golpear las raíces de los árboles más altos. Este es un sistema de comunicación más eficaz que un tiro al aire, o que las bengalas azules y rojas del equipo de Bateman, que no se vieron nunca. A distancias determinadas dejaban signos convencionales para que los perdidos conocieran su rumbo, dejaban campamentos con equipos de comunicación, leña seca, comida para los tres primeros días, y botiquines de primeros auxilios. Al cabo del primer mes, la búsqueda continuaba con la misma pasión que el primer día.
LOS BRUJOS
Por esa época --el 20 de mayo-- el jefe de redacción de "El Universal" de Cartagena, Angel Romero, descolgó el teléfono de su jaula de vidrio para hacer una llamada de rutina a las 7 de la noche, y su línea se cruzó con la conversación de una mujer y un hombre. Hablaban sin reservas de la angustia que sentían por la desaparición de Bateman, que según ellos había sido víctima de un accidente de una avioneta en Panamá. Romero voló a Bogotá al día siguiente y trató de establecer algún contacto con el M-19, pero no logró la información. Sin embargo, una fuente militar le conto que, en efecto, Bateman estaba desaparecido, pero que la historia de la avioneta era una simple cortina de humo del M-19 para ocultar la verdad. Al parecer, el servicio de inteligencia de las Fuerzas Armadas estaba convencido en ese tiempo de que Bateman había muerto en el asalto a la población del Pajuil (Caquetá), el 9 de mayo, y que el movimiento había inventado la patraña de la avioneta para no admitir su pérdida en combate. Tal vez esta sea la razón por la cual, aún hoy, las Fuerzas Armadas siguen observando en este caso una discreción que se parece mucho a la incredulidad.
Sin embargo, con un criterio certero, Angel Romero prefirió la hipótesis de la casualidad telefónica, y dio por primera vez la noticia de la muerte de Bateman en la primera página de su periódico el 30 de mayo. A pesar de la indiferencia con que fue recibida por los otros medios del país --sobre todo por los más grandes-- aquella información fue sin duda la primicia más importante y bien concebida en lo que va del año. Nadie la creyó. Sin embargo, los mismos periódicos que la rechazaron como una simple especulación, cayeron meses después en la trampa de una noticia sin origen, según la cual Bateman se había fugado del país con los fondos de su movimiento.
Mucho tiempo después de que la noticia era ya de dominio público, en el interior del M-19 continuaba la discrepancia de cómo emitir la confirmación oficial. Los partidarios de salir al paso de las especulaciones inevitables opinaban que debía darse después de la primera semana de búsqueda infructuosa. Sin embargo prevaleció el criterio de continuarla dentro del secreto más estricto, entre otras cosas para impedir que detrás de las patrullas de exploración aparecieran en la selva las patrullas del ejército. De modo que la búsqueda continuó, aún más allá de toda esperanza, y cuando ya empezaba a invadir las arenas movedizas de la magia.
En efecto, las últimas ilusiones se fundaron en la visiones de dos brujos. El primero fue uno de Panamá, a cuya revelación espontánea nadie le dio ningún crédito. Pero cuando otro brujo de Colombia que no tenía ningún contacto con el primero reveló haber tenido una visión idéntica, el racionalismo de los revolucionarios, aún el de los más duros, sufrió el estremecimiento de la duda. Las dos visiones decían que tres personas estaban en el corazón de la selva. Dos eran muy débiles y la otra era muy fuerte, pero ésta no se atrevía a caminar por el temor de ser descubierta. Aquella coincidencia inexplicable por medio de la razón occidental hizo reverdecer las esperanzas en los corazones menos crédulos, y la búsqueda continuó, sin pausas ni fatiga, hasta que aun los más temerarios tuvieron que mirar de frente a la realidad. Sólo entonces, nueve semanas después del accidente, tomaron la determinación unánime de hacer el anuncio oficial de la muerte de Bateman. Lo único que faltaba era la opinión de su sucesor, Iván Marino Ospina, que fue uno de los últimos en conocer la noticia en el corazón de la selva del Caquetá. Esa opinión llegó en el último instante, en un papel escrito de su puño y letra y macerado por el sudor, que alguien llevó hasta Bogotá escondido dentro del zapato. Marino Ospina aprobaba la divulgación de la noticia, y mandaba su primera orden: "Insistan en el diálogo"
lunes, 17 de noviembre de 2014
Punto final a un incidente ingrato
Gabo que estás en los cielos
El Tiempo abre su página web con un gigantesco ¡Gabo, inmortal!, lo proclama "genio de la literatura" y anuncia para este fin de semana una apoteósica edición sobre nuestro Nobel
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| La portada hipócrita de El Tiempo. |
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| Gabriel García Márquez firma autógrafos de sus fans colombianas/cromos.com.co |
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| Cuando se refugió en la embajada de México en Bogotá, en 1981, por acusarlo de que estaba envuelto con el grupo guerrillero M19./cromos.com.co |
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| La salida intempestiva hacia México, después del incidente donde El Tiempo tuvo TODO que ver./cromos.com.co |
Me pregunto si será parte del homenaje pedirle excusas extemporáneas a
Gabriel García Márquez. En 1981, en sus páginas editoriales y con
seudónimo (ni siquiera tuvieron la hombría de usar el nombre propio), el
periódico le hizo unas acusaciones tan graves que unas horas después
García Márquez y su esposa tuvieron que pedir asilo político en la
Embajada de México. No tienen que creerme porque yo lo diga; lean aquí
abajo la columna que García Márquez publicó en El País de Madrid el
miércoles 8 de abril de 1981 y verán que no exagero. La pieza no sólo es
un soberbio trozo de gran literatura; también pudiera darle algunas
ideas a tantos periodistas que desde ayer no han hecho más que repetir
pendejadas.
La única desdicha grande que he conocido en mi vida es el asedio de la publicidad. Esto, al contrario de lo que creo merecer, me ha condenado a vivir como un fugitivo. No asisto nunca a actos públicos ni a reuniones multitudinarias, no he dictado nunca una conferencia, no he participado ni pienso participar jamás en el lanzamiento de un libro, les tengo tanto miedo a los micrófonos y a las cámaras de televisión como a los aviones, y a los periodistas les consta que cuando concedo una entrevista es porque respeto tanto su oficio que no tengo corazón para decirles que no.
Esta determinación de no convertirme en un espectáculo público me ha permitido conquistar la única gloria que no tiene precio: la preservación de mi vida privada. A toda hora, en cualquier parte del mundo, mientras la fantasía pública me atribuye compromisos fabulosos, estoy siempre en el único ambiente en que me siento ser yo mismo: con un grupo de amigos. Mi mérito mayor no es haber escrito mis libros, sino haber defendido mi tiempo para ayudar a Mercedes a criar bien a nuestros hijos. Mi mayor satisfacción no es haber ganado tantos y tan maravillosos amigos nuevos, sino haber conservado, contra los vientos más bravos, el afecto de los más antiguos. Nunca he faltado a un compromiso, ni he revelado un secreto que me fuera confiado para guardar, ni me he ganado un centavo que no sea con la máquina de escribir. Tengo convicciones políticas claras y firmes, sustentadas, por encima de todo, en mi propio sentido de la realidad, y siempre las he dicho en público para que pueda oírlas el que las quiera oír. He pasado por casi todo en el mundo. Desde ser arrestado y escupido por la policía francesa, que me confundió con un rebelde argelino, hasta quedarme encerrado con el papa Juan Pablo II en su biblioteca privada, porque él mismo no lograba girar la llave en la cerradura. Desde haber comido las sobras de un cajón de basuras en París, hasta dormir en la cama romana donde murió el rey don Alfonso XIII. Pero nunca, ni en las verdes ni en las maduras, me he permitido la soberbia de olvidar que no soy nadie más que uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca. De esa lealtad a mi origen se deriva todo lo demás: mi condición humana, mi suerte literaria y mi honradez política.
He dicho alguna vez que todo honor se paga, que toda subvención compromete y que toda invitación se queda debiendo. Por eso he sido siempre tan cuidadoso en mi vida social. Nunca he aceptado más almuerzos que los de mis amigos probados. Hace muchos años, cuando era crítico de cine y estaba sometido a la presión de los exhibidores, conservaba siempre el pase de favor para demostrar que no había sido usado, y pagaba la entrada. No acepto invitaciones de viajes con gastos pagados.
El boleto de nuestro vuelo a México de la semana pasada --a pesar de la gentil resistencia de la embajadora de aquel país en Colombia-- lo compramos con nuestro dinero. Pocos días antes, sin consultarlo conmigo, un amigo servicial le había pedido al alcalde de Bogotá que hiciera cambiar el horario del racionamiento eléctrico en mi casa, pues coincidía con mi tiempo de trabajo, y tengo un estudio sin luz natural y una máquina de escribir eléctrica. El alcalde le contestó, con toda la razón, que Balzac era mejor escritor que yo y, sin embargo, escribía con velas. Al amigo que me lo contó indignado le repliqué que el señor alcalde cumplió con su deber, y que contestó lo que debía contestar.
La gente que me conoce sabe que esta es mi personalidad real, más allá de la leyenda y la perfidia, y que si quedé mal hecho de fábrica ya es demasiado tarde para volverme a hacer nuevo. De modo que no, ilustres oligarcas de pacotilla: nadie se construye una vida así, con las puras uñas, y con tanto rigor minuto a minuto, para salir de pronto con el chorro de babas de asilarse y exiliarse sólo para vender un millón de libros, que además ya estaban vendidos.
El segundo cargo, que me fui de Colombia con el único propósito de desprestigiar al país, es todavía menos consistente. Pero tiene el mérito de ser una creación personal del presidente de la República, aturdido por la imagen cada vez más deplorable de su Gobierno en el exterior. Lo malo es que me lo haya atribuido a mí, pues tengo la buena suerte de disponer de dos argumentos para sacarlo de su error.
El primero es muy simple, pero quiero suplicar que lo lean con la mayor atención, porque puede resultar sorprendente. Es este: en ninguna de mis ya incontables entrevistas a través del mundo entero --hasta ahora-- no había hecho nunca ninguna declaración sobre la situación interna de Colombia, ni había escrito una palabra que pudiera ser utilizada contra ella. Era una norma moral que me había impuesto desde que tuve conciencia del poder indeseable que tenía entre manos, y logré mantenerla, contra viento y marea, durante casi treinta años de vida errante. Cada vez que quise hacer un comentario sobre la situación interna de Colombia lo vine a hacer dentro de ella o a través de nuestra prensa. El que tenga una evidencia contra esta afirmación le suplico que la haga conocer de inmediato, de un modo serio e inequívoco y con pruebas terminantes. Pues también suplico a mis lectores que si esas pruebas no aparecen, o no son convincentes, lo consideren y proclamen desde ahora y para siempre como un reconocimiento público de mi razón.
El segundo argumento es todavía más simple, y no ha dependido tanto de mí como de la fatalidad. Es este: tengo el inmenso honor de haberle dado más prestigio a mi país en el mundo entero que ningún otro colombiano en toda su historia, aun los más ilustres, y sin excluir, uno por uno, a todos los presidentes sucesivos de la República. De modo que cualquier daño que le pueda hacer mi forzosa decisión lo habría derrotado yo mismo de antemano, y también a mucha honra.
En realidad, el Gobierno se ha atrincherado en esas dos acusaciones pueriles, porque en el fondo sabe que mi sentido de la responsabilidad me impedirá revelar los nombres de quienes me previnieron a tiempo. Sé que la trampa estaba puesta y que mi condición de escritor no me iba a servir de nada, porque se trataba precisamente de demostrar que para las fuerzas de represión de Colombia no hay valores intocables. O como dijo el general Camacho cuando apresaron a Luis Vidales: «Aquí no hay poeta que valga». Mauro Huertas Rengifo, presidente de la Asamblea del Tolima, declaró a los periodistas y se publicó en el mundo entero que el Ejército me buscaba desde hacía diez días para interrogarme sobre supuestos vínculos con el M-19. El único comentario que conozco sobre esa declaración lo hizo un alto funcionario en privado: «Es un loquito». En cambio, el primer guerrillero que se declaró entrenado en Cuba provocó, de inmediato, la ruptura de relaciones con ese país. Pero hay algo no menos inquietante: a la medianoche del miércoles pasado, cuando mi esposa y yo teníamos más de seis horas de estar en la Embajada de México en Bogotá, el Gobierno colombiano fue informado de nuestra decisión, y de un modo oficial, a través del secretario general de la cancillería colombiana, el coronel Julio Londoño. A la mañana siguiente, cuando la noticia se divulgó contra nuestra voluntad, los periodistas de radio entrevistaron por teléfono al canciller Lemos Simonds y éste no sabía nada. Es decir: casi ocho horas después aún no había sido informado por su subalterno. El ministro de Gobierno, aún más despalomado, llegó hasta el extremo de desmentir la noticia. La verdad es que las voces de que me iban a arrestar eran de dominio público en Bogotá desde hacía varios días y --al contrario de los esposos cornudos-- no fui el último en conocerlas. Alguien me dijo: «No hay mejor servicio de inteligencia que la amistad». Pero lo que me convenció por fin de que no era un simple rumor de altiplano fue que el martes 24 de marzo, en la noche, después de una cena en el palacio presidencial, un alto oficial del Ejército la comentó con más detalles. Entre otras cosas dijo: «El general Forero Delgadillo tendrá el gusto de ver a García Márquez en su oficina, pues tiene algunas preguntas que hacerle en relación con el M-19». En otra reunión diferente, esa misma noche, se comentó como una evidencia comprometedora un viaje que Mercedes y yo hicimos de Bogotá a La Habana, con escala en Panamá, del 28 de enero al 11 de febrero. El viaje fue cierto y público, como los tres o cuatro que hacemos todos los años a Cuba, y el motivo fue una reunión de escritores en la Casa de las Américas, a la cual asistieron también otros colombianos. Aunque sólo hubiera sido por la suposición escandalosa de que ese viaje tuvo alguna relación con el posterior desembarco de guerrilleros, habría tomado precauciones para no dejarme manosear por los militares. Pero hay más, y estoy seguro de que el tiempo lo irá sacando a flote.
La forma en que la prensa oficial ha tratado el incidente está ya sacando algunas, y más de lo que parece.
Ha habido de todo para escoger. Jaime Soto --a quien siempre tuve como un buen periodista y un viejo amigo a quien no veo hace muchos años-- explicó mi viaje en la forma más boba: «El que la debe la teme». Sin embargo, el comentario más revelador se publicó en la página editorial de El Tiempo, el domingo pasado firmado con el seudónimo de Ayatolá. No sé a ciencia cierta quién es, pero el estilo y la concepción de su nota lo delatan como un retrasado mental que carece por completo del sentido de las palabras, que deshonra el oficio más noble del mundo con su lógica de oligofrénico, que revela una absoluta falta de compasión por el pellejo ajeno y razona como alguien que no tiene ni la menor idea de cuán arduo y comprometedor es el trabajo de hacerse hombre.
A pesar de su propósito criminal, es una nota importante, pues en ella aparece por primera vez, en una tribuna respetable de la prensa oficial, la pretensión de establecer una relación precisa, incluso cronológica, entre mi reciente viaje a La Habana y el desembarco guerrillero en el sur de Colombia. Es el mismo cargo que los militares pretendían hacerme, el mismo que me dio la mayoría de mis informantes, y del cual yo no había hablado hasta entonces en mis numerosas declaraciones de estos días. Es una acusación formal. La que el propio Gobierno trató de ocultar, y que echa por tierra, de una vez por todas, la patraña de la publicidad de mis libros y la campaña de desprestigio internacional. Ahora se sabe por qué me buscaban, por qué tuve que irme y por qué tendré que seguir viviendo fuera de Colombia, quién sabe hasta cuándo, contra mi voluntad.
No puedo terminar sin hacer una precisión de honestidad. Desde hace muchos años, El Tiempo ha hecho constantes esfuerzos por dividir mi personalidad: de un lado, el escritor que ellos no vacilan en calificar de genial, y del otro lado, el comunista feroz que está dispuesto a destruir a su patria. Cometen un error de principio: soy un hombre indivisible, y mi posición política obedece a la misma ideología con que escribo mis libros. Sin embargo, El Tiempo me ha consagrado con todos los elogios como escritor, inclusive exagerados, y al mismo tiempo me ha hecho víctima de todas las diatribas, aun las más infames, como animal político.
En ambos extremos, El Tiempo ha hecho su oficio sin que yo haya intentado nunca ninguna réplica de ninguna clase, ni para dar las gracias ni para protestar. Desde hace más de treinta años, cuando todos éramos jóvenes y creíamos --como yo lo sigo creyendo-- que nada hay más hermoso que vivir, he mantenido una amistad fiel y afectuosa con Hernando y Enrique Santos Castillo --a quienes quiero bien a pesar de nuestra distancia, porque he aprendido entenderlos bien-- y con Roberto García Peña, a quien tengo por uno de los hombres más decentes de nuestro tiempo. Quiero suplicarles que digan a sus lectores si alguna vez les he hecho un reclamo por las injurias de su periódico, si alguna vez he rectificado en público o en privado cualquiera de sus excesos, o si éstos han alterado de algún modo mi sentido de la amistad. No; he tenido la buena salud mental de tratarlos como si ellos no tuvieran nada que ver con un periódico que siempre he visto como un engendro sin control que se envenena con sus propios hígados. Sin embargo, está vez el engendro ha ido más allá de todo límite permisible y ha entrado en el ámbito sombrío de la delincuencia. Me pregunto, al cabo de tantos años, si yo también no me equivoqué al tratar de dividir la personalidad de sus domadores.
De modo que todo este ingrato incidente queda planteado, en definitiva, como una confrontación de credibilidades. De un lado está un Gobierno arrogante, resquebrajado y sin rumbo, respaldado por un periódico demente cuyo raro destino, desde hace muchos años, es jugárselas todas por presidentes que detesta. Del otro lado estoy yo, con mis amigos incontables, preparándome para iniciar una vejez inmerecida, pero meritoria. La opinión pública, no tiene más que una alternativa: ¿A quién creer? Yo, con mi paciencia sin término, no tengo ninguna prisa por su decisión. Espero.
Punto final a un incidente ingrato
Por Gabriel García Márquez
Nunca, desde que tengo memoria, he dado las gracias por un elogio escrito ni me he contrariado por una injuria de prensa. Es justo, cuando uno se expone a la contemplación pública a través de sus libros y sus actos, como yo lo he hecho, que los lectores puedan disfrutar del privilegio de decir lo que piensan, aunque sean pensamientos infames. Por eso renuncié hace mucho tiempo al derecho de réplica y rectificación --que debía considerarse como uno de los derechos humanos-- y, desde entonces, en ningún caso y ni una sola vez en ninguna parte del mundo he respondido a ninguno de los tantos agravios que se me han hecho, y de un modo especial en Colombia. Me veo obligado a permitirme ahora una sola excepción, para comentar los dos argumentos únicos con que el Gobierno ha querido explicar mi intempestiva salida de Colombia la semana pasada. Distintos funcionarios, en todos los tonos y en todas las formas, han coincidido en dos cargos concretos. El primero es que me fui de Colombia para darle una mayor resonancia publicitaria a mi próximo libro. El segundo es que lo hice en apoyo de una campaña internacional para desprestigiar al país. Ambas acusaciones son tan frívolas, además de contradictorias, que uno se pregunta escandalizado si de veras habrá alguien con dos dedos de frente en el timón de nuestros destinos.La única desdicha grande que he conocido en mi vida es el asedio de la publicidad. Esto, al contrario de lo que creo merecer, me ha condenado a vivir como un fugitivo. No asisto nunca a actos públicos ni a reuniones multitudinarias, no he dictado nunca una conferencia, no he participado ni pienso participar jamás en el lanzamiento de un libro, les tengo tanto miedo a los micrófonos y a las cámaras de televisión como a los aviones, y a los periodistas les consta que cuando concedo una entrevista es porque respeto tanto su oficio que no tengo corazón para decirles que no.
Esta determinación de no convertirme en un espectáculo público me ha permitido conquistar la única gloria que no tiene precio: la preservación de mi vida privada. A toda hora, en cualquier parte del mundo, mientras la fantasía pública me atribuye compromisos fabulosos, estoy siempre en el único ambiente en que me siento ser yo mismo: con un grupo de amigos. Mi mérito mayor no es haber escrito mis libros, sino haber defendido mi tiempo para ayudar a Mercedes a criar bien a nuestros hijos. Mi mayor satisfacción no es haber ganado tantos y tan maravillosos amigos nuevos, sino haber conservado, contra los vientos más bravos, el afecto de los más antiguos. Nunca he faltado a un compromiso, ni he revelado un secreto que me fuera confiado para guardar, ni me he ganado un centavo que no sea con la máquina de escribir. Tengo convicciones políticas claras y firmes, sustentadas, por encima de todo, en mi propio sentido de la realidad, y siempre las he dicho en público para que pueda oírlas el que las quiera oír. He pasado por casi todo en el mundo. Desde ser arrestado y escupido por la policía francesa, que me confundió con un rebelde argelino, hasta quedarme encerrado con el papa Juan Pablo II en su biblioteca privada, porque él mismo no lograba girar la llave en la cerradura. Desde haber comido las sobras de un cajón de basuras en París, hasta dormir en la cama romana donde murió el rey don Alfonso XIII. Pero nunca, ni en las verdes ni en las maduras, me he permitido la soberbia de olvidar que no soy nadie más que uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca. De esa lealtad a mi origen se deriva todo lo demás: mi condición humana, mi suerte literaria y mi honradez política.
He dicho alguna vez que todo honor se paga, que toda subvención compromete y que toda invitación se queda debiendo. Por eso he sido siempre tan cuidadoso en mi vida social. Nunca he aceptado más almuerzos que los de mis amigos probados. Hace muchos años, cuando era crítico de cine y estaba sometido a la presión de los exhibidores, conservaba siempre el pase de favor para demostrar que no había sido usado, y pagaba la entrada. No acepto invitaciones de viajes con gastos pagados.
El boleto de nuestro vuelo a México de la semana pasada --a pesar de la gentil resistencia de la embajadora de aquel país en Colombia-- lo compramos con nuestro dinero. Pocos días antes, sin consultarlo conmigo, un amigo servicial le había pedido al alcalde de Bogotá que hiciera cambiar el horario del racionamiento eléctrico en mi casa, pues coincidía con mi tiempo de trabajo, y tengo un estudio sin luz natural y una máquina de escribir eléctrica. El alcalde le contestó, con toda la razón, que Balzac era mejor escritor que yo y, sin embargo, escribía con velas. Al amigo que me lo contó indignado le repliqué que el señor alcalde cumplió con su deber, y que contestó lo que debía contestar.
La gente que me conoce sabe que esta es mi personalidad real, más allá de la leyenda y la perfidia, y que si quedé mal hecho de fábrica ya es demasiado tarde para volverme a hacer nuevo. De modo que no, ilustres oligarcas de pacotilla: nadie se construye una vida así, con las puras uñas, y con tanto rigor minuto a minuto, para salir de pronto con el chorro de babas de asilarse y exiliarse sólo para vender un millón de libros, que además ya estaban vendidos.
El segundo cargo, que me fui de Colombia con el único propósito de desprestigiar al país, es todavía menos consistente. Pero tiene el mérito de ser una creación personal del presidente de la República, aturdido por la imagen cada vez más deplorable de su Gobierno en el exterior. Lo malo es que me lo haya atribuido a mí, pues tengo la buena suerte de disponer de dos argumentos para sacarlo de su error.
El primero es muy simple, pero quiero suplicar que lo lean con la mayor atención, porque puede resultar sorprendente. Es este: en ninguna de mis ya incontables entrevistas a través del mundo entero --hasta ahora-- no había hecho nunca ninguna declaración sobre la situación interna de Colombia, ni había escrito una palabra que pudiera ser utilizada contra ella. Era una norma moral que me había impuesto desde que tuve conciencia del poder indeseable que tenía entre manos, y logré mantenerla, contra viento y marea, durante casi treinta años de vida errante. Cada vez que quise hacer un comentario sobre la situación interna de Colombia lo vine a hacer dentro de ella o a través de nuestra prensa. El que tenga una evidencia contra esta afirmación le suplico que la haga conocer de inmediato, de un modo serio e inequívoco y con pruebas terminantes. Pues también suplico a mis lectores que si esas pruebas no aparecen, o no son convincentes, lo consideren y proclamen desde ahora y para siempre como un reconocimiento público de mi razón.
El segundo argumento es todavía más simple, y no ha dependido tanto de mí como de la fatalidad. Es este: tengo el inmenso honor de haberle dado más prestigio a mi país en el mundo entero que ningún otro colombiano en toda su historia, aun los más ilustres, y sin excluir, uno por uno, a todos los presidentes sucesivos de la República. De modo que cualquier daño que le pueda hacer mi forzosa decisión lo habría derrotado yo mismo de antemano, y también a mucha honra.
En realidad, el Gobierno se ha atrincherado en esas dos acusaciones pueriles, porque en el fondo sabe que mi sentido de la responsabilidad me impedirá revelar los nombres de quienes me previnieron a tiempo. Sé que la trampa estaba puesta y que mi condición de escritor no me iba a servir de nada, porque se trataba precisamente de demostrar que para las fuerzas de represión de Colombia no hay valores intocables. O como dijo el general Camacho cuando apresaron a Luis Vidales: «Aquí no hay poeta que valga». Mauro Huertas Rengifo, presidente de la Asamblea del Tolima, declaró a los periodistas y se publicó en el mundo entero que el Ejército me buscaba desde hacía diez días para interrogarme sobre supuestos vínculos con el M-19. El único comentario que conozco sobre esa declaración lo hizo un alto funcionario en privado: «Es un loquito». En cambio, el primer guerrillero que se declaró entrenado en Cuba provocó, de inmediato, la ruptura de relaciones con ese país. Pero hay algo no menos inquietante: a la medianoche del miércoles pasado, cuando mi esposa y yo teníamos más de seis horas de estar en la Embajada de México en Bogotá, el Gobierno colombiano fue informado de nuestra decisión, y de un modo oficial, a través del secretario general de la cancillería colombiana, el coronel Julio Londoño. A la mañana siguiente, cuando la noticia se divulgó contra nuestra voluntad, los periodistas de radio entrevistaron por teléfono al canciller Lemos Simonds y éste no sabía nada. Es decir: casi ocho horas después aún no había sido informado por su subalterno. El ministro de Gobierno, aún más despalomado, llegó hasta el extremo de desmentir la noticia. La verdad es que las voces de que me iban a arrestar eran de dominio público en Bogotá desde hacía varios días y --al contrario de los esposos cornudos-- no fui el último en conocerlas. Alguien me dijo: «No hay mejor servicio de inteligencia que la amistad». Pero lo que me convenció por fin de que no era un simple rumor de altiplano fue que el martes 24 de marzo, en la noche, después de una cena en el palacio presidencial, un alto oficial del Ejército la comentó con más detalles. Entre otras cosas dijo: «El general Forero Delgadillo tendrá el gusto de ver a García Márquez en su oficina, pues tiene algunas preguntas que hacerle en relación con el M-19». En otra reunión diferente, esa misma noche, se comentó como una evidencia comprometedora un viaje que Mercedes y yo hicimos de Bogotá a La Habana, con escala en Panamá, del 28 de enero al 11 de febrero. El viaje fue cierto y público, como los tres o cuatro que hacemos todos los años a Cuba, y el motivo fue una reunión de escritores en la Casa de las Américas, a la cual asistieron también otros colombianos. Aunque sólo hubiera sido por la suposición escandalosa de que ese viaje tuvo alguna relación con el posterior desembarco de guerrilleros, habría tomado precauciones para no dejarme manosear por los militares. Pero hay más, y estoy seguro de que el tiempo lo irá sacando a flote.
La forma en que la prensa oficial ha tratado el incidente está ya sacando algunas, y más de lo que parece.
Ha habido de todo para escoger. Jaime Soto --a quien siempre tuve como un buen periodista y un viejo amigo a quien no veo hace muchos años-- explicó mi viaje en la forma más boba: «El que la debe la teme». Sin embargo, el comentario más revelador se publicó en la página editorial de El Tiempo, el domingo pasado firmado con el seudónimo de Ayatolá. No sé a ciencia cierta quién es, pero el estilo y la concepción de su nota lo delatan como un retrasado mental que carece por completo del sentido de las palabras, que deshonra el oficio más noble del mundo con su lógica de oligofrénico, que revela una absoluta falta de compasión por el pellejo ajeno y razona como alguien que no tiene ni la menor idea de cuán arduo y comprometedor es el trabajo de hacerse hombre.
A pesar de su propósito criminal, es una nota importante, pues en ella aparece por primera vez, en una tribuna respetable de la prensa oficial, la pretensión de establecer una relación precisa, incluso cronológica, entre mi reciente viaje a La Habana y el desembarco guerrillero en el sur de Colombia. Es el mismo cargo que los militares pretendían hacerme, el mismo que me dio la mayoría de mis informantes, y del cual yo no había hablado hasta entonces en mis numerosas declaraciones de estos días. Es una acusación formal. La que el propio Gobierno trató de ocultar, y que echa por tierra, de una vez por todas, la patraña de la publicidad de mis libros y la campaña de desprestigio internacional. Ahora se sabe por qué me buscaban, por qué tuve que irme y por qué tendré que seguir viviendo fuera de Colombia, quién sabe hasta cuándo, contra mi voluntad.
No puedo terminar sin hacer una precisión de honestidad. Desde hace muchos años, El Tiempo ha hecho constantes esfuerzos por dividir mi personalidad: de un lado, el escritor que ellos no vacilan en calificar de genial, y del otro lado, el comunista feroz que está dispuesto a destruir a su patria. Cometen un error de principio: soy un hombre indivisible, y mi posición política obedece a la misma ideología con que escribo mis libros. Sin embargo, El Tiempo me ha consagrado con todos los elogios como escritor, inclusive exagerados, y al mismo tiempo me ha hecho víctima de todas las diatribas, aun las más infames, como animal político.
En ambos extremos, El Tiempo ha hecho su oficio sin que yo haya intentado nunca ninguna réplica de ninguna clase, ni para dar las gracias ni para protestar. Desde hace más de treinta años, cuando todos éramos jóvenes y creíamos --como yo lo sigo creyendo-- que nada hay más hermoso que vivir, he mantenido una amistad fiel y afectuosa con Hernando y Enrique Santos Castillo --a quienes quiero bien a pesar de nuestra distancia, porque he aprendido entenderlos bien-- y con Roberto García Peña, a quien tengo por uno de los hombres más decentes de nuestro tiempo. Quiero suplicarles que digan a sus lectores si alguna vez les he hecho un reclamo por las injurias de su periódico, si alguna vez he rectificado en público o en privado cualquiera de sus excesos, o si éstos han alterado de algún modo mi sentido de la amistad. No; he tenido la buena salud mental de tratarlos como si ellos no tuvieran nada que ver con un periódico que siempre he visto como un engendro sin control que se envenena con sus propios hígados. Sin embargo, está vez el engendro ha ido más allá de todo límite permisible y ha entrado en el ámbito sombrío de la delincuencia. Me pregunto, al cabo de tantos años, si yo también no me equivoqué al tratar de dividir la personalidad de sus domadores.
De modo que todo este ingrato incidente queda planteado, en definitiva, como una confrontación de credibilidades. De un lado está un Gobierno arrogante, resquebrajado y sin rumbo, respaldado por un periódico demente cuyo raro destino, desde hace muchos años, es jugárselas todas por presidentes que detesta. Del otro lado estoy yo, con mis amigos incontables, preparándome para iniciar una vejez inmerecida, pero meritoria. La opinión pública, no tiene más que una alternativa: ¿A quién creer? Yo, con mi paciencia sin término, no tengo ninguna prisa por su decisión. Espero.
Viaje gratis a México
En 1981, 21 de marzo, El Tiempo publicó una columna firmada por Ayatollah (Rafael Santos Calderón) que calificaba de “cantinflesco y ridículo” el asilo que pidió el Nobel colombiano a la embajada mexicana por supuestos vínculos con el M-19.
La
forma como se produjo el cantinflesco y ridículo «asilo» del famoso
escritor Gabriel García Márquez fácilmente hubiera podido presentarse
ampliamente en las páginas sociales con un titular como este: «Conocido
escritor viaja gratis a México». Eso sí, debe admitirse que el
montaje del señor García Márquez y su grupillo de amigos quedó muy bien y
que si el objetivo era el de que la prensa y la radio registraran el
hecho con espectacular bombo, definitivamente lo lograron.
Así
como el respetadísimo escritor es una de las más importantes figuras
literarias que en su historia ha producido el país, también hay que
abonarle su enorme capacidad para explotar el nombre que tiene y
convertirse en uno de los tantos enemigos que tiene Colombia, en uno de
los detractores internacionalizados que aprovechan, cuando están en el
exterior, para asumir una posición moralizadora, la más cómoda, y
despotricar de nuestra nación.
Dejando
a un lado los exquisitos productos de su magistral pluma, creo que la
gente ya está cansada de que el señor García Márquez predique desde
fuera la revolución. ¿Por qué no viene al país, se instala en él y nos dice cuál es la revolución que quiere?
Creo que el pueblo tiene derecho a que se le presenten varias
alternativas políticas, que obviamente serán poco efectivas si se lanzan
en el exterior desde sofisticados semanarios franceses o diarios
mexicanos o dentro de exclusivísimos círculos sociales en el país.
La
desconcertante actitud de Gabriel García Márquez sólo tiene un
calificativo: se quiso burlar de Colombia y lo logró. De eso se ocupa el
novelista cuando no está escribiendo. Invierte su tiempo urdiendo la próxima maniobra para desprestigiar a su patria.
Sé muy bien que el país está para barrer pero no tiene sentido que uno
forme parte de la basura. Afortunadamente los colombianos, que no son
brutos, entendieron los oscuros fines que perseguía García Márquez y no
se demoraron en calificarlos de farsa y engaño.
Vale la pena que reconstruyamos rápidamente cómo se montó el ridículo «asilo» que estoy seguro hoy lamenta Gabito.
Primer episodio.
Llega hace un mes al país el escritor Gabriel García Márquez y se
dedica a concurrir a elegantísimas reuniones sociales en los más
exclusivos círculos a los que asistieron en algunas ocasiones militares,
políticos de todo tipo e intelectuales. En una de esas ocasiones
pareció, riendo a carcajadas, en las páginas de la revista Cromos, que
registra los actos sociales más oligárquicos. Durante todo ese tiempo
anduvo tranquilamente por todas partes. Nadie lo molestó.
Segundo episodio. Desembarca
en la costa pacífica un contingente guerrillero de más de 100 hombres,
completamente entrenado en Cuba y armado hasta los dientes.
Tercer episodio.
Colombia suspende relaciones con la isla de Fidel Castro y asesta uno
de los más duros golpes al movimiento M-19, acogido fraternalmente por
el gobierno cubano.
Cuarto episodio.
Un grupillo de amigos de García Márquez, socios de la editora que
publicará su última obra, Crónica de una muerte anunciada, se van a
decirle al escritor que es mejor hacer planes pues al parecer el
Ejército quiere llevárselo a conocer las caballerizas de Usaquén. En el
país se va a lanzar un millón de ejemplares de su obra.
Quinto episodio.
Gabo hace maletas y se asila en la embajada de México. Sin embargo, la
figura de asilo no se configurará porque el señor García Márquez no lo
requiere, ni la justicia, ni nadie. Como dijo el canciller Lemos
Simmons, el novelista hubiera podido salir del país tan tranquilamente
como lo hace la reina de belleza Nini Johanna.
Sexto episodio.
El escritor viaja a México, donde con seguridad manipula la prensa
nacional e internacional, y dice que esto es Uruguay o Chile. El mundo
entero, obviamente, le cree y comienzan a llegar cartas en inglés,
francés y alemán, escritas por las mismas personas, en las que piden que
se respeten los derechos humanos y se deje volver a García Márquez a su
tierra. Epílogo. El que nada debe, nada teme.
Si
las intenciones de García Márquez eran montar un lanzamiento de
película para su último libro, hay que admitir que nadie se quedará sin
leerlo. Pero si lo que pretendía era desprestigiar al país y al
Gobierno, también lo logró. Nadie le dijo al señor García Márquez que se
fuera. ¿Sería el olor a la guayaba el que lo ahuyentó?
Por Ayatollah
viernes, 14 de noviembre de 2014
Títulares de los periódicos del mundo
Gabo que estás en los cielos
Asi registró el periodismo del mundo, la muerte de Gabriel García Márquez portada a portada
![]() |
| El País de España. |
![]() |
| Correio Braziliense de Brasil. |
![]() |
| A B C de Madri, España. |
![]() |
| Gazeta de Serbia. |
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| Pagina 12 de Buenos Aires, Argentina. |
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| El Público de Lisboa, Portugal. |
![]() |
| Corrieri del Ticino de Italia. |
![]() |
| La Razón de México. |
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| La Gasceta de Israel. |
![]() |
| El Telégrafo de Guayaquil, Ecuador. |
![]() |
| La Vanguardia de Barcelona, España. |
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| The Independent de Inglaterra. |
![]() | |
| The New York Times de Estados Unidos. |
jueves, 13 de noviembre de 2014
En la Barcelona de las Indias
Gabo que estás en los cielos
Los recuerdos del sabio catalán y la presencia de su agente llevaron a Gabo a vivir siete años en la ciudad
![]() |
| Plaza Cataluña, 1970. Un joven y aún no tan exitoso García Márquez en sus años barceloneses. /elpais.com |
“¿Sabe de alguien a quien puedan interesarle dos pieles de caimán?”.
Al entonces responsable de las páginas literarias de la seria revista Destino, Joaquim Marco, le pareció una pregunta de realismo mágico, como entresacada de ese Cien años de soledad,
cuya primerísima reseña acababa de publicar Pere Gimferrer en 1967 en
el semanario. La agente Carmen Balcells les había dejado leer en un
mecanoscrito “con un centenar de correcciones del propio autor; nada
trascendente”, recordaba ayer el ya retirado catedrático de literatura
de la Universidad de Barcelona.
Marco fue de los primeros en España en hablar de las novelas de García Márquez y ello explica que el escritor, un poco perdido, le convocara apenas llegó el 4 de noviembre de 1967 con su mujer y sus dos hijos pequeños. “Era un piso provisional, de alquiler, por la zona de la plaza Lesseps, en el barrio de Gràcia, con muebles tronados”, recuerda Marco. Sería algún otro más así: Gabo llegó sin blanca porque no había podido sacar dinero de su país y sus Cien años de soledad, publicado hacía poco más de cinco meses en Argentina, si bien había vendido en 15 días los 8.000 ejemplares de su primera edición y se había iniciado una reimpresión de 10.000 más, aún no había estallado.
A Barcelona lo había dirigido un cóctel extraño de circunstancias, como todo en la vida del niño marcado de historias de Aracataca: por un lado, el recuerdo del escritor Ramón Vinyes, el famoso “sabio catalán” de su novela, que le llenó de lecturas y de la imagen de una ciudad cargada de una burguesía supuestamente culta que apoyaba a genios como Gaudí mientras los anarquistas lideraban el movimiento obrero. También estaba la idea de intentar arrancar una nueva novela sobre un viejo dictador sudamericano y qué mejor que vivir de cerca el espectáculo de un sátrapa, al parecer, al final de su vida y de su poder como Franco. La tercera razón era la más poderosa: Balcells, que había olido el talento de Gabo, quería dar a su pupilo el caldo de cultivo material idóneo para que el colombiano hiciera lo que tenía y sabía hacer: escribir.
Le acabó encontrando acomodo en uno de los mejores barrios de Barcelona, el tranquilo Sarrià, en un espacioso piso de la calle Caponata, 6. Casi en la esquina, en Osi, 50, aterrizarían los Vargas Llosa. Los dos hijos de Gabo, que estudiarán en el inglés Kensington School, se harán muy amigos de los dos de Vargas Llosa y, cuando también bajan desde más arriba de la ciudad, con Pilarcita Donoso, fiel reflejo de la gran amistad de las tres familias, que con cualquier pretexto quedan a comer o a cenar.
Cuando no está encerrado escribiendo enfundado en un terrible mono azul de mecánico, Gabo suele dar paseos eternos por la ciudad con Vargas Llosa y hasta comentan juntos las noticias de Le Monde, muchas veces en la cercana de casa y famosísima Pastelería Foix, regentada por el ínclito poeta catalán.
Barcelona parece un imán de autores sudamericanos: si no vienen solos es el mismo Gabo, quien convoca a los “primos de París”: Julio Cortázar y Carlos Fuentes, que suele llegar con su hija Cecilia. El anfitrión primero, Gabo, les lleva al cercano bar Tomás, especialista en tapas, pero a la que puede se va al centro, a la Barcelona un poco más canallesca de los locales de Los caracoles o Los tarantos.
Vinculados a esa Barcelona más abierta y cosmopolita de la burguesía de la Gauche Divine vía el editor Carlos Barral se dejará caer, aunque menos, en locales como la discoteca Boccaccio y la tortillería Flash Flash, ambientes que les darán para cruzarse con, entre otros, Juan Marsé, dos bellas “musas”, como las define, como Rosa Regás y Beatriz de Moura y los hermanos Goytisolo. En casa de uno de estos, de Luis, pasarán la Nochevieja de 1970, con los Vargas Llosa obsequiando con un valsecito peruano y los García Márquez correspondiendo con un merengue tropical.
De Cien años de soledad se han vendido ya 600.000 ejemplares, gracias a las gestiones de Balcells, que en 34 meses había colocado la obra de aquel semidesconocido en 20 países. También ella se encargará de lo más prosaico: desde pagar cuentas a encargarse de facturas domésticas a organizar las vacaciones familiares de todos, pasando por “asistir a los partos o tapar y censurar amoríos, consolar a cónyuges e indemnizar amantes”, como escribiría Vargas Llosa.
Se notaba ya en el estatus de Gabo y su familia la eclosión internacional del escritor, que se permitían el lujo de encargar la redecoración de su piso al reputado arquitecto Alfonso Milà; la mujer de Donoso recibía trato preferencial en la clínica Dexeus por ser la esposa del autor de Coronación pero también por ir acompañada de la mujer del autor de Cien años de soledad, libros ambos leídos por el reputadísimo ginecólogo Santiago Dexeus. Los niños, Rodrigo y Gonzalo, lucen jerséis de buena lana inglesa y como sea que les quedan pequeños y hay buen rollo, va a parar muchas veces a la hija de Donoso. García Márquez adquiere un notable aparato de alta fidelidad con el que el escritor se relaja escuchando a Béla Bartók y corre a las cuatro de la tarde las cortinas de la sala “porque es demasiado temprano para tomar güisquis y a mí me gusta tomarlo cuando comienza a estar oscuro”, como recordaría José Donoso. Gabo y su familia estaban bien en Barcelona. “Siempre nos decía que cogiéramos un avión y nos plantáramos en Barcelona, que la ciudad era lo más parecida a nuestra Cartagena y la gente, de lo más amable”, reveló su padre cuando Gabo ganó el premio Nobel en 1982.
Si la vida cotidiana le era placentera, no lo fue tanto la literaria. El futuro El otoño del patriarca se le resistía y temía haberse secado tras escribir la gran novela. “Mi nuevo libro es una mierda... y tampoco logro que haga calor en él”, decía agobiado también por los golondrinos que le provocaban la humedad veraniega de la ciudad. Pero, trabajador infatigable, la acabó, justo para la fiesta de despedida a los Vargas Llosa que acogió Balcells el 12 de junio de 1974. No tardarían mucho en marchar ellos, solo para volver para algún libro, visitar de incógnito su agente y, en 2005 para una reunión del Foro Iberoamericano.
Barcelona hizo mella: ahí dejó de fumar los 40 cigarrillos diarios y, con los años, se compraría un piso en el exclusivo paseo de Gràcia, cerca de la maravilla gaudiniana de La Pedrera. Quizá como homenaje a las historias (siempre los recuerdos), del sabio catalán.
Marco fue de los primeros en España en hablar de las novelas de García Márquez y ello explica que el escritor, un poco perdido, le convocara apenas llegó el 4 de noviembre de 1967 con su mujer y sus dos hijos pequeños. “Era un piso provisional, de alquiler, por la zona de la plaza Lesseps, en el barrio de Gràcia, con muebles tronados”, recuerda Marco. Sería algún otro más así: Gabo llegó sin blanca porque no había podido sacar dinero de su país y sus Cien años de soledad, publicado hacía poco más de cinco meses en Argentina, si bien había vendido en 15 días los 8.000 ejemplares de su primera edición y se había iniciado una reimpresión de 10.000 más, aún no había estallado.
A Barcelona lo había dirigido un cóctel extraño de circunstancias, como todo en la vida del niño marcado de historias de Aracataca: por un lado, el recuerdo del escritor Ramón Vinyes, el famoso “sabio catalán” de su novela, que le llenó de lecturas y de la imagen de una ciudad cargada de una burguesía supuestamente culta que apoyaba a genios como Gaudí mientras los anarquistas lideraban el movimiento obrero. También estaba la idea de intentar arrancar una nueva novela sobre un viejo dictador sudamericano y qué mejor que vivir de cerca el espectáculo de un sátrapa, al parecer, al final de su vida y de su poder como Franco. La tercera razón era la más poderosa: Balcells, que había olido el talento de Gabo, quería dar a su pupilo el caldo de cultivo material idóneo para que el colombiano hiciera lo que tenía y sabía hacer: escribir.
Le acabó encontrando acomodo en uno de los mejores barrios de Barcelona, el tranquilo Sarrià, en un espacioso piso de la calle Caponata, 6. Casi en la esquina, en Osi, 50, aterrizarían los Vargas Llosa. Los dos hijos de Gabo, que estudiarán en el inglés Kensington School, se harán muy amigos de los dos de Vargas Llosa y, cuando también bajan desde más arriba de la ciudad, con Pilarcita Donoso, fiel reflejo de la gran amistad de las tres familias, que con cualquier pretexto quedan a comer o a cenar.
Cuando no está encerrado escribiendo enfundado en un terrible mono azul de mecánico, Gabo suele dar paseos eternos por la ciudad con Vargas Llosa y hasta comentan juntos las noticias de Le Monde, muchas veces en la cercana de casa y famosísima Pastelería Foix, regentada por el ínclito poeta catalán.
Barcelona parece un imán de autores sudamericanos: si no vienen solos es el mismo Gabo, quien convoca a los “primos de París”: Julio Cortázar y Carlos Fuentes, que suele llegar con su hija Cecilia. El anfitrión primero, Gabo, les lleva al cercano bar Tomás, especialista en tapas, pero a la que puede se va al centro, a la Barcelona un poco más canallesca de los locales de Los caracoles o Los tarantos.
Vinculados a esa Barcelona más abierta y cosmopolita de la burguesía de la Gauche Divine vía el editor Carlos Barral se dejará caer, aunque menos, en locales como la discoteca Boccaccio y la tortillería Flash Flash, ambientes que les darán para cruzarse con, entre otros, Juan Marsé, dos bellas “musas”, como las define, como Rosa Regás y Beatriz de Moura y los hermanos Goytisolo. En casa de uno de estos, de Luis, pasarán la Nochevieja de 1970, con los Vargas Llosa obsequiando con un valsecito peruano y los García Márquez correspondiendo con un merengue tropical.
De Cien años de soledad se han vendido ya 600.000 ejemplares, gracias a las gestiones de Balcells, que en 34 meses había colocado la obra de aquel semidesconocido en 20 países. También ella se encargará de lo más prosaico: desde pagar cuentas a encargarse de facturas domésticas a organizar las vacaciones familiares de todos, pasando por “asistir a los partos o tapar y censurar amoríos, consolar a cónyuges e indemnizar amantes”, como escribiría Vargas Llosa.
Se notaba ya en el estatus de Gabo y su familia la eclosión internacional del escritor, que se permitían el lujo de encargar la redecoración de su piso al reputado arquitecto Alfonso Milà; la mujer de Donoso recibía trato preferencial en la clínica Dexeus por ser la esposa del autor de Coronación pero también por ir acompañada de la mujer del autor de Cien años de soledad, libros ambos leídos por el reputadísimo ginecólogo Santiago Dexeus. Los niños, Rodrigo y Gonzalo, lucen jerséis de buena lana inglesa y como sea que les quedan pequeños y hay buen rollo, va a parar muchas veces a la hija de Donoso. García Márquez adquiere un notable aparato de alta fidelidad con el que el escritor se relaja escuchando a Béla Bartók y corre a las cuatro de la tarde las cortinas de la sala “porque es demasiado temprano para tomar güisquis y a mí me gusta tomarlo cuando comienza a estar oscuro”, como recordaría José Donoso. Gabo y su familia estaban bien en Barcelona. “Siempre nos decía que cogiéramos un avión y nos plantáramos en Barcelona, que la ciudad era lo más parecida a nuestra Cartagena y la gente, de lo más amable”, reveló su padre cuando Gabo ganó el premio Nobel en 1982.
Si la vida cotidiana le era placentera, no lo fue tanto la literaria. El futuro El otoño del patriarca se le resistía y temía haberse secado tras escribir la gran novela. “Mi nuevo libro es una mierda... y tampoco logro que haga calor en él”, decía agobiado también por los golondrinos que le provocaban la humedad veraniega de la ciudad. Pero, trabajador infatigable, la acabó, justo para la fiesta de despedida a los Vargas Llosa que acogió Balcells el 12 de junio de 1974. No tardarían mucho en marchar ellos, solo para volver para algún libro, visitar de incógnito su agente y, en 2005 para una reunión del Foro Iberoamericano.
Barcelona hizo mella: ahí dejó de fumar los 40 cigarrillos diarios y, con los años, se compraría un piso en el exclusivo paseo de Gràcia, cerca de la maravilla gaudiniana de La Pedrera. Quizá como homenaje a las historias (siempre los recuerdos), del sabio catalán.
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