Una nota imperdible de Aracataca, el Macondo donde nació García Márquez
"José Arcadio Buendía enterró la lanza en el patio y degolló uno tras otro sus magníficos gallos de pelea".Cien años de soledad.
"Un patio con un castaño gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían en comunidad pacífica los chivo, los cerdos y las gallinas". Cien años de soledad
"No vio las doncellas que saltaban cómo sábalos en los ríos transparentes para dejarles a los pasajeros del tren la amargura de sus senos espléndidos" Cien años de soledad.
Toda la obra de Gabriel García Márquez./lanacion.com A cien kilómetros de Santa Marta, en la costa Caribe colombiana, existe un Caribe interior. Allí está Aracataca, el pueblo donde nació Gabriel García Márquez, en 1927. Desde entonces, el pueblo que dio origen a su imaginario Macondo, poco ha cambiado: la acequia, construida por una empresa norteamericana en aquellos tiempos para desviar el curso del agua hacia sus plantaciones de banano sigue allí. Y ahora es peor, porque los niños se bañan en el agua contaminada. Hoy Aracataca no tiene servicio de agua potable y sufre, con temperaturas que superan los 40° C, cortes de luz de más de seis horas diarias.Al olvido de Aracataca se suma otra peste: el tren. Cada tres minutos veinte segundos el pueblo queda dividido en dos: eso tarda en pasar el tren de carbón que tiene 120 vagones que rajan los cimientos de las casas. Los lugareños la saben una batalla perdida: Colombia es el primer productor de carbón de América latina. Los cataqueros sueñan con que, al menos, regrese el tren de pasajeros y así su estación abandonada vuelva a vivir.Salvo en las tres cuadras de la calle principal, donde motociclistas, conductores de bicitaxis y motocarros -allí los autos son excepcionales- son los dueños del ruido, en las calles interiores, a sólo unos metros, a cualquier hora se escuchan los propios pasos. No hay música. Hay gente en la puerta de sus casas, jugando al póquer, al dominó o simplemente mirando vacío. Soportando. A la espera.Este domingo, en La Nación Revista, no te pierdas la crónica de nuestros enviados especiales Daniel Pessah y Emilse Pizarro a Aracataca, el Macondo de Gabriel García Márquez.
miércoles, 27 de mayo de 2015
Una crónica del lugar donde Gabriel García Márquez conoció el hielo
Puertorriqueño reúne en libro anécdotas de encuentros con García Márquez
Cuando se cumplen seis meses de la muerte de Gabriel García Márquez, Josean Ramos publica Así habló el Gabo, un libro en el que relata anécdotas de sus encuentros con el escritor
Gabriel García Márquez en grafiti para el homenaje del Parlamento Europeo/Embajada de Colombia en Bruselas, Bélgica./wradio.com.co
Ramos contó que la primera vez que se encontró cara a cara con el Premio Nobel de Literatura de 1982 fue a mediados de 1985 cuando viajó de Puerto Rico a México para visitar la residencia del escritor colombiano en El Pedregal de San Ángel, en Ciudad de México, y pedirle que le concediera una entrevista.'Mi mayor dificultad y miedo era qué le iba a preguntar, porque yo sabía ya muchísimo de su vida', dijo Ramos sobre el autor de Crónica de una muerte anunciada y El coronel no tiene quien le escriba.El comunicador boricua, quien en aquel entonces tenía 30 años, relata que cuando llegó a la residencia de García Márquez, fijó en la entrada un aviso que decía: 'Te lo juro, Gabo, no me doy por vencido'.Un rato más tarde y escondido entre los arbustos fuera de la vivienda, avistó un vehículo que llegaba, conducido por García Márquez, quien iba acompañado de su esposa, Mercedes Barcha.Ramos se acercó al auto y le pidió al escritor que bajara el cristal. El entonces joven periodista pidió al novelista que le concediera una entrevista e incluso aprovechó para tomarle algunas fotos.García Márquez le dijo a Ramos que no podía concederle la entrevista en ese momento pero le preguntó cúanto tiempo iba a estar en México, a lo que éste contestó que se quedaría hasta que tuviera la entrevista.Varias semanas después, concretamente el 26 de agosto de 1985, a las dos de la tarde ambos se encontraron, recuerda Ramos, quien reconoce entre risas que llegó tres horas antes de la cita pautada para hacer la esperada entrevista.Cuando llegó la hora, una empleada abrió la puerta a Ramos. García Márquez, luciendo un mahón y una chaqueta de este mismo tipo de tela, le invitó a su rincón de escritura, lleno de libros, discos de música y una flor amarilla, sobre la que luego explicaría que era su color predilecto y le daba suerte.Aunque al autor colombiano de Cien años de soledad no le gustaba que lo entrevistaran con grabadora de casete, sí se lo permitió al boricua, pero con la condición de que él también lo hiciera.'Yo, que vivo de las palabras, que trabajo con las palabras, tengo que andar con un gran cuidado porque mi peor enemigo también son las palabras', explicó entonces García Márquez a Ramos.Ambos hablaron de diversos temas, desde el por qué de los títulos de las obras de García Márquez, hasta sus 'indirectos viajes' a Puerto Rico, pasando por su afán por la música caribeña, que incluía canciones de los boricuas Daniel Santos, Héctor Lavoe y Ruth Fernández.También conversaron sobre El amor en los tiempos del cólera, ya que 'en ese momento, el Gabo le estaba dando la primera lectura a su nueva obra. Vi los manuscritos, tenía una letra bien bonita, ondulada y bien nítida', relató Ramos.García Márquez también le contó que en varias ocasiones había viajado a San Juan, pero que en todas ellas solo se puedo quedar en un cuartito del aeropuerto de la capital puertorriqueña, bajo vigilancia de las autoridades, debido a que no poseía visa para entrar a EEUU, país del que Puerto Rico es un Estado Libre Asociado.Al terminar la entrevista, García Márquez le entregó a Ramos el casete donde había grabado la conversación por si a éste no le había funcionado el suyo.'Esa gentileza me dejó reconocer quién era Gabriel García Márquez', puntualizó el periodista puertorriqueño, que coincidió por tercera vez con el escritor en el Festival del Caribe de 1994 en Cartagena de Indias cuando le otorgaron la Medalla de la Hermandad del Caribe.'Cuando nos vimos, le dice a su esposa: 'mira, éste fue el que nos asaltó en México'', recordó hoy con nostalgia.
martes, 26 de mayo de 2015
Por ley emitirán billetes con imagen de Gabriel García Márquez
La iniciativa que va para su último debate crea además un programa de becas para futuros periodistas y cineastas
Gabriel García Márquez, irá en los nuevos billetes, si prospera el proyecto de ley./elespectador.com En el Congreso de la República fue aprobado en tercer debate por la comisión segunda de la Cámara el proyecto de ley que busca honrar la memoria del premio nobel de literatura Gabriel García Márquez.El proyecto establece que la próxima emisión de uno de los billetes o monedas del Banco de la República tendrá en una de sus caras la figura del escritor colombiano, quien falleció en Ciudad México el pasado 17 de abril.El ponente del proyecto, el representante Antenor Durán Carrillo, dijo que los ministerios de Educación, Cultura y Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, y Coldeportes coordinarán la creación de una política de Estado, la cual se materializará a través de un documento Conpes, (Consejo Nacional de Política Social y Económica) dentro de los 12 meses siguientes a la promulgación de la ley.“Esto con el fin de promover vocaciones tempranas y talentos de niños, y jóvenes en artes, deportes, ciencia y tecnología”, explicó.Manifestó que defiende este proyecto “porque además de exaltar la memoria de un colombiano grande, honra una de las profesiones más difíciles y hermosas del mundo como lo es el periodismo”.Ordena, igualmente, que se adelante un programa de conservación de bienes y espacios de interés cultural con valor simbólico para la geografía vital de Gabriel García Márquez.
lunes, 25 de mayo de 2015
Los problemas de dinero de Gabriel García Márquez
Al cumplir un año en mi primer trabajo y con apenas 20 de edad, el audaz editor Jorge Álvarez, para quien yo trabajaba, me envió de viaje para vender libros por ahí, y de paso contratar algunos escritores latinoamericanos para la editorial
Portada Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez./elblogdeguillermoschavelzon.blogspot.com
Siguiendo los consejos de Ángel Rama, crítico del influyente semanario Marcha del Uruguay, salí de Buenos Aires con los datos de dos escritores jóvenes que, según Rama, serían los mejores de los siguientes años: un peruano llamado Mario Vargas Llosa, y Gabriel García Márquez, un periodista colombiano que vivía en México. Rama acababa de publicar, en su editorial Arca, en Uruguay, la primera novela del colombiano, La Hojarasca, de la que apenas vendió 500 ejemplares.
Años después, en julio de 2001 García Márquez publicó un texto sobre Cien años de soledad (“La odisea literaria de un manuscrito”, El País, 15.7.2001), que dio un nuevo sentido para mí a lo que había sucedido en aquella visita a García Márquez, cuando me propuso “cedernos todos los derechos” de un libro, a cambio de 500 dólares.
Visitando libreros de Lima y Bogotá para venderles libros de la editorial, llegué a México en enero de 1966. Dos o tres días fueron suficientes para levantar pedidos en las librerías más importantes de la ciudad. Alojado en el hotel Gilow del centro de la ciudad de México, que todavía sigue allí aunque espantosamente modernizado, llamé al tal García Márquez a su casa, diciéndole que era un editor argentino que lo quería publicar. De inmediaro me invitó a desayunar a la mañana siguiente en su casa. No era habitual para él recibir propuestas, ya que –me contó al día siguiente—, le costaba publicar y había tenido que pagar de su bolsillo las primeras ediciones de sus libros.
Llegar desde el centro de México a la dirección indicada fue una aventura que consumió más de una hora arriba de un destartalado taxi. No recuerdo el nombre de la calle, pero sí que la única referencia que tenía era el distrito postal México 21 DF, dato que me daba mucha seguridad, pero al taxista no le decía nada, ya que sólo el correo utilizaba esos códigos para de todos modos no entregar la correspondencia. Cuando llegamos después de veinte vueltas, el taxista me reclamó: “híjole ¡me hubiera dicho que era en San Ángel Inn!”.
Recuerdo un portón metálico tipo garaje, probablemente verde oscuro, adentro un jardín y en el centro una sencilla casa de piedra con ventanas de hierro, y una cara sonriente cubierta por un gran bigote negro, que me abrió la puerta. A mí me pareció un hombre mayor, aunque ahora sé que apenas tenía treinta y algo. Yo era un chico de 20, que encima aparentaba mucho menos, lo que provocó caras de desconcierto al verme llegar.
García Márquez vivía de escribir guiones para cine, y había encontrado en México un caudal regular de trabajo. “Los tiempos libres entre un guion y otro, son para mí literatura”, dicho lo cual pasamos directamente al tema de la visita: la editorial Jorge Alvarez quería publicarlo en Argentina. No la conocía, pero si sabía quién era Ángel Rama.
Me dijo que estaba trabajando en un proyecto de largo aliento (del que no contó nada), pero que podría darme una recopilación de cuentos, Los funerales de la mama grande, recién publicada en México por la Universidad Veracruzana. Me contó que durante más de un año había recorrido todas las editoriales de México sin éxito, hasta que finalmente la veracruzana lo aceptó, con la condición de que no cobrara derechos. No tenía ningún ejemplar, por lo que me propuso que fuéramos a una librería a comprar uno. Se había hecho casi el mediodía, habíamos terminado el desayuno, y ante la mirada firme de Mercedes llegó el momento de hablar de dinero. Él tomó la iniciativa, y me hizo una propuesta insólita: me ofrecía los derechos de edición “para siempre”, a cambio de un pago de 500 dólares, pero con una condición: tenía que recibir el dinero antes de dos semanas.
Si bien hoy parece una cifra menor, entonces era una cantidad respetable de dinero, mucho más de lo que un viajero llevaba encima. En esa época no existían tarjetas de crédito, ni posibilidades de enviar dinero rápido de un país a otro. En un acto de arrojo que excedía mis atribuciones acepté las condiciones, y allí mismo me escribió una autorización para publicarlo.
Cuando unos días después regresé a Buenos Aires, a Jorge Alvarez no le pareció demasiado importante que yo trajera un libro de ese escritor colombiano, aunque no me reprochó por haber aceptado pagar los 500 dólares. Tampoco se sorprendió de que unos días antes, en Lima, “el chico peruano” me hubiera entregado Los jefes para publicar. No hay reproches en este comentario, nadie sabia entonces quiénes eran estos dos.
Luego sucedió lo previsible en el caos en que vivía esa editorial: no se le envió el dinero, aunque el libro ya se había comenzado a trabajar. Un par de meses después, estando Los funerales de la mamá grande en pruebas de galera y con la tapa ya diseñada por Jorge Sarudiansky, llegó un telegrama del autor pidiendo que suspendiéramos la publicación del libro, con un intrigante “va carta”, algo usual en esa época, en que una llamada internacional era impensable por el costo y por las horas de demora para conseguirla.
Cuando la carta llegó, García Márquez pedía que canceláramos el acuerdo porque había recibido una propuesta de Paco Porrúa, el editor de Sudamericana, “tan importante que podría cambiar mi vida de escritor”. Jorge Alvarez canceló la edición sin insistir ni responder la carta, probablemente por no complicarse la vida con otro de esos escritores que apenas vendían 500 ejemplares.
Un año y medio después, en Junio de 1967, aparecía en las librerías la primera edición de Cien años de soledad, y García Márquez era nota de portada del semanario Primera Plana, donde el jefe de redacción, un joven Tomás Eloy Martínez, lo señalaba como la gran revelación de la literatura latinoamericana.
No es necesario contar lo que siguió después. Cuando leí el artículo de García Márquez contando que en aquella época en que escribía Cien años de soledad debía varios meses de alquiler y estaba por perder la casa, entendí de golpe porqué me pidió aquellos 500 dólares. Cuenta en su artículo de 2001, que Mercedes tuvo que empeñar los anillos de oro del compromiso para resolver la deuda, cuando ya debían nueve meses de alquiler.
Escribí una primera versión de esta misma historia en 2001, apenas leí el artículo de García Márquez, y se la envié por fax preguntándole si no le molestaba que la publicara. Una secretaria me respondió diciendo que él no lo recordaba, pero que le gustaba. Por eso aquí está, aunque muchos años después.
domingo, 24 de mayo de 2015
El cuento del domingo
Gabriel García Márquez
Un señor muy viejo con unas alas enormes
Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas.
Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él les contestó en un dialecto incomprensible pero con una buena voz de navegante. Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.
— Es un ángel –les dijo—. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la lluvia.
Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde la cocina, armado con un garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alumbrado. A media noche, cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda seguían matando cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer. Entonces se sintieron magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y provisiones para tres días, y abandonarlo a su suerte en altamar. Pero cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo.
El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo. Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la tierra una estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó un instante su catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca de aquel varón de lástima que más parecía una enorme gallina decrépita entre las gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras de fruta y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. Entonces abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos.
Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada para ver al ángel.
Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó zumbando varias veces por encima de la muchedumbre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de ángel sino de murciélago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de peregrinos que esperaban su turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.
El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba buscando acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las alambradas. Al principio trataron de que comiera cristales de alcanfor, que, de acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. Pero él los despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por ángel o por viejo que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. Su única virtud sobrenatural parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando le picoteaban las gallinas en busca de los parásitos estelares que proliferaban en sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando de que se levantara para verlo de cuerpo entero. La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto. Despertó sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo. Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en reposo.
El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma había perdido la noción de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto tenía algo que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no sería simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas de parsimonia habrían ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco.
Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no sólo costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés, de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la convirtió en araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas quisieran echarle en la boca. Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un ángel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. Además los escasos milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y el del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolación que más bien parecían entretenimientos de burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la mujer convertida en araña terminó de aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los dormitorios.
Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo estableció además un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo único que no mereció atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron de que no estuviera cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y antes de que el niño mudara los dientes se había metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. El ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que atendió al niño no resistió la tentación de auscultar al ángel, y encontró tantos soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no podía entender por qué no las tenían también los otros hombres.
Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el gallinero. El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin dueño. Lo sacaban a escobazos de un dormitorio y un momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles. Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con los horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas. Pelayo le echó encima una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y sólo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas delirantes en trabalenguas de noruego viejo. Fue esa una de las pocas veces en que se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia había podido decirles qué se hacía con los ángeles muertos.
Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor con los primeros soles. Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de estos cambios, porque se cuidaba muy bien de que nadie los notara, y de que nadie oyera las canciones de navegantes que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó por la ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas del vuelo. Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.
Un señor muy viejo con unas alas enormes
Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas.
Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él les contestó en un dialecto incomprensible pero con una buena voz de navegante. Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.
— Es un ángel –les dijo—. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la lluvia.
Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde la cocina, armado con un garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alumbrado. A media noche, cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda seguían matando cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer. Entonces se sintieron magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y provisiones para tres días, y abandonarlo a su suerte en altamar. Pero cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo.
El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo. Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la tierra una estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó un instante su catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca de aquel varón de lástima que más parecía una enorme gallina decrépita entre las gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras de fruta y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. Entonces abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos.
Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada para ver al ángel.
Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó zumbando varias veces por encima de la muchedumbre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de ángel sino de murciélago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de peregrinos que esperaban su turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.
El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba buscando acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las alambradas. Al principio trataron de que comiera cristales de alcanfor, que, de acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. Pero él los despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por ángel o por viejo que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. Su única virtud sobrenatural parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando le picoteaban las gallinas en busca de los parásitos estelares que proliferaban en sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando de que se levantara para verlo de cuerpo entero. La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto. Despertó sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo. Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en reposo.
El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma había perdido la noción de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto tenía algo que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no sería simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas de parsimonia habrían ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco.
Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no sólo costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés, de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la convirtió en araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas quisieran echarle en la boca. Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un ángel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. Además los escasos milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y el del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolación que más bien parecían entretenimientos de burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la mujer convertida en araña terminó de aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los dormitorios.
Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo estableció además un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo único que no mereció atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron de que no estuviera cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y antes de que el niño mudara los dientes se había metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. El ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que atendió al niño no resistió la tentación de auscultar al ángel, y encontró tantos soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no podía entender por qué no las tenían también los otros hombres.
Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el gallinero. El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin dueño. Lo sacaban a escobazos de un dormitorio y un momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles. Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con los horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas. Pelayo le echó encima una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y sólo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas delirantes en trabalenguas de noruego viejo. Fue esa una de las pocas veces en que se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia había podido decirles qué se hacía con los ángeles muertos.
Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor con los primeros soles. Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de estos cambios, porque se cuidaba muy bien de que nadie los notara, y de que nadie oyera las canciones de navegantes que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó por la ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas del vuelo. Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.
viernes, 22 de mayo de 2015
La mejor novela de espías de García Márquez
El Nobel colombiano medió en la crisis de los balseros y propició la colaboración antiterrorista entre el FBI y La Habana, según un libro recién editado en EE UU
Fidel Castro y Gabriel García Márquez, hacia 1985, portada del libro Gabo y Fidel. El paisaje de una amistad, de Ángel Esteban y Stéphanie Panichelli./elpais.com Historia de un amor imposible en tiempos de cólera podría ser, con permiso del fallecido Nobel, el título de Gabriel García Márquez para una novela sobre los casi 60 años de desencuentro entre Estados Unidos y Cuba. Un largo y mágico relato en el que el escritor colombiano sería uno de los protagonistas. De hecho, lo fue, al lado de otros como los ex presidentes Jimmy Carter o Carlos Salinas de Gortari, el dictador Francisco Franco o el mítico y fallecido presidente de Coca Cola, Paul Austin, el hombre que llevó la bebida a China después de 30 años de prohibición comunista. Así lo cuenta el libro Back Channel to Cuba, de los investigadores William M. Leogrande y Peter Kornbluh, que narra, con documentos secretos y conversaciones con losprotagonistas, las negociaciones entre Cuba y EE UU desde la revolución de Fidel Castro en 1959.En agosto de 1994, miles de cubanos cansados de restricciones se lanzaron al mar sobre cualquier cosa que flotara para alcanzar Florida. Comenzó una pesadilla para Castro y Bill Clinton, llegado a la Casa Blanca un año antes. El comandante pidió la mediación de Jimmy Carter, pero Clinton desconfiaba de la neutralidad del ex presidente. Washington acudió entonces al presidente de México, Carlos Salinas de Gortari. “Necesitaba a alguien discreto y con acceso a Castro”, recordó el mexicano. El elegido fue García Márquez, que se presentó en su despacho de Los Pinos en 30 minutos. Al rato, Salinas y Castro ya hablaban por teléfono.Clinton estaba dispuesto a negociar la crisis sólo si se ceñía a una cuestión migratoria y no se abordaba el bloqueo de la isla. Ese fue el mensaje que García Márquez llevó a Cuba el 24 de agosto a bordo del avión del presidente mexicano. Cinco días después, el escritor pudo entregar la respuesta de Castro a Clinton durante una cena encasa del escritor William Styron y su esposa Rose en Martha’s Vineyard. Además del Nobel, Clinton y su esposa Hillary, acudieron el autor mexicano Carlos Fuentes y el ex ministro de Exteriores del mismo país Bernardo Sepúlveda.García Márquez y Clinton se sentaron juntos. El escritor intentó seducir a su interlocutor. Le habló de la psicología de Castro, de cómo acercarse a él y de las muchas concesiones que había hecho (tibias medidas de apertura, retirada de Angola…). Los latinoamericanos presentes destacaron que un acercamiento entre EE UU y Cuba mermaría la influencia de Castro. “Intenta entenderte con Fidel, él tiene muy buena opinión de ti”, le aconsejó le escritor."Intenta entenderte con Fidel, él tiene muy buena opinión de ti”, le aconsejó el escritor. Pero Clinton no picó.Clinton no picó. “Al principio fue educado, pero al ver que estaba en una emboscada, dejó de escuchar”, recordó Williams Luers, secretario de Estado adjunto para Latinoamerica, presente en la cena. “Clinton simplemente se giró”, recordó Rose Styron. “Cambiemos de tema”, le dijo en español Luers a Gabo en medio de una gran tensión. El escritor preguntó a Clinton qué estaba leyendo, y este comenzó a hablar de William Faulkner.Un rato después, a solas, García Márquez trasladó a Clinton la disposición de Castro a negociar sólo sobre migración. El presidente le pidió que advirtiera a su amigo Fidel que Cuba recibiría un respuesta muy distinta en la crisis de los balseros de la que recibió de Jimmy Carter con los marielitos (el éxodo de cubanos a Florida desde el puerto de Mariel en 1980). Clinton le recordó que aquello le perjudicó cuando aspiraba a la reelección como Gobernador de Arkansas. “Castro ya me ha costado unas elecciones. No me va a costar dos”, le advirtió. Al día siguiente, Gabo voló a La Habana con el mensaje.García Márquez tuvo un papel decisivo en otra cuestión: los atentados contra instalaciones turísticas cubanas entre 1992 y 1997, que provocaron una interesante colaboración antiterrorista entre La Habana y Washington. En este asunto, Castro pidió a su amigo que llevara un mensaje urgente a Clinton. El escritor se presentó el 1 de mayo de 1998 en Washington con el documento Sumario de los asuntos que Gabriel García Márquez puede transmitir confidencialmente al presidente Clinton. En él, Castro desvelaba una supuesta trama terrorista para derribar un avión con destino u origen en La Habana, sobre cuyos responsables Estados Unidos “tenía información suficiente” para su desmanelamiento.Clinton, de viaje, no le pudo recibir, pero una cena en casa del expresidente colombiano César Gaviria hizo que el Nobel coincidiera con uno de los principales consejeros del presidente ,Thomas McLarty, al que transmitió sus intenciones.Dos días después, Gabo fue invitado al ala oeste de la Casa Blanca. “Esta no es una visita oficial”, dijo García Márquez para alivio de sus interlocutores. Acto seguido, les entregó un escrito, que todos leyeron. “¿Es posible que el FBI contacte con sus homólogos cubanos para luchar juntos contra el terrorismo”, preguntó el escritor. El zar antiterrorista Richard Clark, presente en la reunión, lo consideró una “buena idea”. La reunión fue un éxito. Antes de despedirse, McLarty tuvo un cumplido con Gabo: “Tu misión era muy importante. Lo has hecho muy bien”.El exceso de celo de Franco
“Es la conexión ibérica”, explica Peter Kornbluh, coautor de Back Channel to Cuba, sobre un capítulo de la historia reciente de España: las gestiones de Franco para intentar mejorar las relaciones entre la isla y Estados Unidos. En la primavera de 1964, la diplomacia española propició un encuentro en un café de París entre agentes de la CIA y el embajador cubano en Francia, Antonio Carrillo. La CIA tenía interés en Carrillo como un posible desertor y no tanto como medidador para un restablecimiento de relaciones. La intentona se frustró porque The New York Times reventó la noticia. “Cuba tantea el terreno para un acuerdo con Estados Unidos”, contó el periódico. El diario ABC contribuyó con la revelación de una supuesta hoja de ruta para el acercamiento entre los dos países.Tres años después, en 1967, Washingto planteó al ministro de Exteriores Fernando María Castiella la posibilidad de hacer llegar un mensaje a Castro, dejando claro que había dos temas innegociables (la ayuda de La Habana a movimientos guerrilleros en América Latina y la presencia de armamento soviético en Cuba). La diplomacia española interpretó la sugerencia de Washington como una petición oficial de intermediación.En Noviembre, Franco envió a La Habana al diplomático Adolfo Martín-Gamero para entregar un “mensaje especial” a Fidel Castro. “El mensaje ha sido aceptado con interés y ha tenido un indudable efecto”, escribió Martín-Gamero. El 22 de diciembre, el informe español llegó a manos del presidente Johnson. El asesor presidencial Walt Rostow montó en cólera. En su opinión, según un memorando de una reunión, Madrid había incurrido en un exceso de celo. "Los españoles han tomado lo que pretendía ser un recordatorio discreto sobre nuestra posición por un mensaje emitido por un enviado especial", se quejó. “Si se filtra, tendremos problemas”, añadió. El 16 de julio de 1968, Washington comunicó a Madrid que sus buenos oficios debían concluir.Sobre el mensaje, Kornbluh cree que tiene que ver con el asesinato de Che Guevara un año antes a manos de la CIA y el Ejército de Bolivia. Washington estaba convencido de que esa muerte obligaría a a Castro a replantear su papel en el continente. “Esos que hacen el signo de la victoria por haber matado al Che se equivocan si creen que con él mueren sus ideas”, proclamó el cubano. Lo cierto es que hasta una década después, con la revolución sandinista en Nicaragua, La Habana no volvió a apoyar a ningún movimiento guerrillero.
jueves, 21 de mayo de 2015
Rubén Blades y Gabo, dos 'mamadores de gallo' irredimibles
El salsero se sentó con el cronista Alberto Salcedo para recordar las carcajadas junto al Nobel
En charla con Alberto Salcedo (izq.), el salsero Rubén Blades recordó las anécdotas vividas con Gabo./Diana Sánchez./eltiempo.com Cinco fragmentos de la charla con la que el ídolo de la salsa Rubén Blades cautivó al público asistente a la celebración del premio Gabriel García Márquez de periodismo, en Medellín el jueves pasado, en diálogo con el cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos.Así se conoció con GaboNo me acuerdo del nombre de la persona, pero había alguien que me decía que él era muy amigo de García Márquez. Eso fue antes del Nobel. Y este señor quería congraciarse conmigo por alguna razón. Así que le dije que sí, que me interesaría mucho conocerlo. Pero siempre era la amenaza de que un día íbamos a conocerlo y nada. Un día llegué al estudio y el tipo estaba allí. Me dijo: ‘Aquí te tengo a Gabriel, lo vamos a llamar a tal hora, él está en París o en México’, no recuerdo. Y yo al tipo no le creía mucho, porque no lo conocía muy bien, pensaba que me estaba ‘mamando gallo’, como dicen ustedes. Vino y me trajo el teléfono: ‘Mira, Gabriel está al otro lado’. Yo cojo el teléfono y digo: “Aló”. Y me responden: “Aló”.- Este es Rubén.
- Este es Gabo.
- Qué bien.
- Igual.
- ¿Y cómo estás?
- Bastante bien. ¿Cómo estás tú?
- Bien.Y en esa vaina nos quedamos. La conversación fue la vaina más monosilábica y más corta del mundo. Porque después a Gabo le dije que yo creía que el tipo me estaba jodiendo. Y él pensaba que lo estaban vacilando también. No nos conocíamos la voz, así que no había forma para mí de entender si ese era Gabriel o no. Como había un intermediario, los dos fuimos sumamente cuidadosos.¿Cuándo lo vi en persona? Tampoco me acuerdo, pero es que es la naturalidad del encuentro la que hace que uno olvide los detalles. Y eran encuentros naturales, no eran encuentros con una estrella, y por eso se me olvidaron muchas cosas. Yo creo que fue en México donde nos vimos por primera vez (…)Yo le dije: ‘Déjame hacer un disco de tus cuentos cortos iniciales. No voy a hacer adaptaciones, voy a hacer una interpretación del cuento’. Y eso le interesó. ‘Voy a escribir lo que yo siento del cuento, no lo que tú escribiste’. Y me dijo: ‘Dale y hazlo’. Me hizo todas las cartas de autorización y las mandó a todas partes donde tenía que mandarlas.El disco salió y en mi vida nunca me han dado tanto palo como con él. La gente a la que le caía bien García Márquez y su obra me cayeron encima y me dieron la peor paliza de mi vida porque “había destruido y desvirtuado los cuentos del pobre Gabriel”. Los salseros tradicionales me cayeron encima y me apalearon porque “¿qué era esa necedad de cangrejos plateados a la luna robada y no la quieren devolver? ¿Qué carajo es eso? Pretencioso, idiota, destruyendo la salsa con esta porquería”.Y al único que le gustó fue a Gabriel. Él me llamaba y me decía ‘Te he tenido que defender hoy, estoy agotado, te querían inmolar y te he defendido a capa y espada’. Así que a los dos únicos que les gustó el disco fue a él y a mí. Y un día llega un tipo que me está atacando y yo le digo ‘A Gabriel García Márquez le gustó’ y me suelta: ‘¡¿Y qué sabe Gabriel de eso?!’Humor de Blades, humor de GaboEl humor es una muestra también de inteligencia emocional, sin el humor yo no veo vida, no veo cómo pueda funcionar la cosa, sin humor y sin música. En Panamá no necesariamente nos reímos de nosotros mismos, en Estados Unidos tienen lo que llaman stand-up comediants, que hacen sus rutinas y se burlan de la gente, yo no creo que eso pueda hacerse en Latinoamérica. Tú te burlas de alguien y te meten un tiro. No hemos desarrollado todavía la capacidad de reírnos de nosotros mismos. Por eso, los chistes siempre son sobre los mismos temas y de las minorías. Tú no te puedes imaginar un stand-up comediant en una dictadura. Digo: el tipo termina, sale y no lo vuelves a ver más.Gabriel tenía un sentido del humor muy desarrollado, tenía unas ocurrencias jocosas o inesperadas, de cosas que tú conoces pero él las planteaba de otra forma. Una vez me llamó a la casa cuando no podía entrar a Estados Unidos porque era subversivo y no sé qué. Entonces, llamaba desde el aeropuerto a los amigos. No podía entrar tres millas más allá. Era el tiempo de Reagan.
Entonces, me llama a la casa y yo estaba allá:
- Rubén, es Gabo
- ¡Hey! ¿dónde estás?
- Aquí en Nueva York
- Vente a la casa
- No, no puedo salir del aeropuerto
- ¿Y eso qué te pasó?
- No, por los problemas de la visa y tal. Mira, te quiero decir una cosa: Tú eres el desconocido más popular que yo conozco
- Espérame un momentito.
Y salí corriendo a buscar un lápiz y volví a pedirle:
- A ver, dime otra vez eso.
- Sí, que estoy en el aeropuerto.
- No, no, lo que me dijiste del desconocido.
- Ah, sí, que tú eres el desconocido más popular que yo conozco.
- Voy a escribir esa vaina y si alguna vez escribo un libro sobre mi vida, así se va a titular. Pero ¿por qué dices eso?
- Porque estoy hablando aquí con gente y le pregunto ‘¿Tú conoces a Rubén Blades?’ y me dicen ‘No’. Y les digo: ‘¿Y Pedro Navajas?’ ‘Ah, sí’. Y si hablo con un gringo, le pregunto: ¿Conoce a Rubén Blades? Y me dice: Sí, el actor. Pero ¿sabe que él canta?. ‘Ah, ¿si?’El rostro inescrutable de MercedesUna vez Gabriel fue a visitarme a mi casa en Los Ángeles, vino con Mercedes y yo estaba grabando casi todos los instrumentos de un disco. Me acuerdo que Gabriel y Mercedes se sentaron en el sofá y yo estaba parado. Tenía un tocadiscos malísimo y mientras esperaba que funcionara le conté: ‘Esto es lo que estoy escribiendo, el álbum se titula ‘Cantares del subdesarrollo’. Y le encantó el título. Y le mostré una canción y le dije: ‘Esta vaina se titula Tú te lo pipí’. Y se quedó pensando…Estaba Mercedes, que tiene un rostro completamente inescrutable –cosa que siempre me ha preocupado, yo nunca sé si lo que estoy diciendo está bien o mal. Es como una jugadora de Poker–. Te está mirando (y Blades pone una cara de piedra)… Yo siempre le quise caer bien a Mercedes. Siempre me preocupaba mucho de decir las cosas correctas, pero nunca sabía por dónde iban los tiros con Mercedes.Así que empecé con ‘Tú te lo pipí’. Y empecé a cantar: “Por una calle que lleva el nombre de un líder histórico / que de noche se llena de putas histéricas / de nombres bíblicos / se apareció un desempleado tartamudo, optimista olímpico / sin un centavo en su bolsillo / pero con una erección magnífica”.Y Gabriel se empezó a reír hasta que se le acabó el cachete. Pero creo, me atrevo a afirmar, que me parece… ¡que vi pasar una sonrisa por los ojos de Mercedes!Sobre sus canciones como crónicasSin falsas modestias, yo me sorprendo cuando escucho cosas como que Gabo afirmó que nada le hubiera gustado más que haber escrito Pedro Navajas. Nunca me atreví a repetirlo, porque me pareció una exageración. Pero creo que lo que estaba diciendo es que yo soy un periodista, me definí como un cronista de la música.Resultaba difícil en el contexto de lo que es la música popular porque cuando yo comienzo a grabar era más bien música de escape. El argumento de una canción no interesaba, porque iba dirigido a la planta de los pies. Yo tenía una canción que decía “Co-Co, Co-Co, Cocoseco”. Y ya. No importa qué decía porque lo que importa es que estás bailando con la tipa que está al frente.Cuando yo empiezo a escribir canciones que tienen que ver con una observación de la calle, de la vida, ya sea como testigo o como protagonista, las canciones comienzan a alargarse. Y las radios comienzan a decirnos que son muy largas, pero lo que nos están diciendo es que esas canciones atentan contra el ciclo de su publicidad. En ese tiempo, la canción básica duraba dos minutos y medio, y te daban un minuto de comerciales. Y tenían tres o cuatro canciones por cada diez minutos. Cuando yo salgo con mis cosas, ‘Pedro Navaja’ duraba siete minutos. Destruía el argumento de la publicidad, entonces los tipos no la tocaban porque era muy larga.Básicamente, eran crónicas y en ese momento, la crónica no tenía espacio dentro de lo que era conceptualmente un medio para entretener, no para informar ni enfrentar ni proponer. Los que hacíamos eso éramos unas personas que atentábamos contra un sistema que funcionaba como empresa comercial.“Vamos a hacer algo juntos…”Hay una discusión de si la música popular tiene que ver con la cultura nacional. Se trata de diferenciar, como si una cosa fuera la cultura y otra la cultura popular. Es la cultura, y punto. El argumento entonces se ve sesgado por el prejuicio. Gente que dice: “Tú eres un artista y estás aquí para entretenerme no para opinar y el argumento no lo dije yo. Lo dijo Pablo Casals, en su momento, cuando dijo que el artista no estaba encapsulado en una torre de marfil desde la cual de vez en cuando saludaba, sino que es una persona. Y lo dijo después de pasar por la Guerra Civil Española (…).Con Gabo, a pesar de que lo tuviéramos muy claro, siempre terminábamos hablando sobre este punto de la cultura popular. Yo le dije a él un día ‘Vamos a escribir algo juntos’. Y me decía ‘No, yo no voy a escribir nada juntos porque no vamos a terminar nunca’. Entonces, yo pensé: ‘Bueno, qué hago rápido? Y fíjate que es la primera vez que hablo de esto en público: le dije a Gabriel ‘Voy a escribir un cuento corto y lo voy a cantar’. Él se me queda mirando y me dice: ‘¿Cómo carajos vas a hacer eso?’. Él estaba leyendo un periódico y vi que decía cualquier frase y yo comencé a cantarla. Y él me pregunta ‘¿Cómo vas a hacer el arreglo?’ Le respondí: ‘No va a haber arreglo, es muy complicado. Voy a inventar una melodía. Lo voy a cantar una sola vez, porque es importante que sea honesto, yo no sé dónde va a ir, pero voy a hacerlo de esa forma’. Entonces me dice: ‘Hazlo a ver qué pasa’. Ese fue el origen de la canción ‘GDBD’, que es Gente Despertando Bajo Dictadura (…).En esa canción, el ruido que se oye por debajo es lo que me da el tono a mí. Y se trata de una ‘escultura sonora’ de un loco de Dinamarca, que estaba en el subterráneo, ubicado en la 46 y Broadway, en Nueva York. ¿Por qué me di cuenta de que eso existía? Porque un día, salí del estudio como a las 3 y media de la mañana, después de estar grabando un disco. Había caído una nevada horrorosa, y cuando yo caminaba por las calles hacia la estación del tren, escuché eso: “Bommmmm”, un ruido de fondo, y me puse a buscar de dónde salía el ruido, a esa hora, y con esa nieve, que me daba como por los muslos. Y me di cuenta que venía de abajo. Pensé: Debe de ser un generador, y se me ocurrió que eso me iba a dar el tono para hacer la canción. Yo necesitaba un tono para empezar.Al día siguiente fui, y me di cuenta de que no había generador, y alguien me dijo que era una escultura sonora. ¿Qué? ¿Escultura sonora? Y fui con una grabadora pequeña y grabé eso. Fui al estudio y le dije al ingeniero: “Hazme un loop (cinta que se repite infinitamente) de esto. Solamente te digo que lo vamos a hacer, ponme un loop largo’. Se me quedó mirando y me dijo: ‘¿Tú estás loco?’ Pero como estaba acostumbrado a las locuras mías, me hizo caso. Y yo lo canté una vez y ya (…)No lo podía hacer dos veces, primero porque sería deshonesto. Corregir ya habría sido un ejercicio de vanidad. El argumento no era ser perfecto. Yo desafino un par de veces, hay cosas que yo, como el músico que le gusta hacer las cosas perfectas, no haría. Se hizo de esa forma, no hay segunda toma ni nada.
miércoles, 20 de mayo de 2015
El oficio y el homenaje
Gabo con todas las letras
Gabriel García Márquez que estás en los cielos de los homenajes./elpais.com,lainformacion.com Medellín y la Casa de América son, en Colombia y en España, escenarios de un homenaje simultáneo al más importante periodista del siglo XX en nuestra lengua, Gabriel García Márquez, a quienes todos llamaron Gabo. En Medellín entregan el premio que lleva su nombre y aquí leen en público algunos de sus cuentos, como si así en un lugar y otro, y por tanto en el ancho mar y en la vida ancha de Hispanoamérica, el Gabo siguiera respirando periodismo y escritura.
Periodista. Él decía que era fundamentalmente un periodista; si se rastrea su obra (toda su obra), desde la más ambiciosa metafóricamente, Cien años de soledad, hasta la más ínfima de sus crónicas, las que escribió siendo un principiante, Gabo se basó siempre en la realidad que lo circundaba, la que tenía delante de su mirada a veces cansada de nocherniego y la que le contaban los numerosos amigos que llenaron su cabeza de leyenda.
Varió la fórmula, narrativa o ensoñada, periodística o diabólicamente inventada, pero siempre fue periodista. En el libro que Jaime Abello y Héctor Feliciano hicieron para gloria del resumen histórico de sus crónicas, hay una espectacular y sencilla demostración de su capacidad para mirar desde detrás de la ventanilla de los géneros para romperlos, manteniendo al fondo la obligación del periodista: contar. Esa crónica, que está entre mis preferidas, es la que hizo para El Espectador de Bogotá, a las órdenes de José Salgar, sobre la estancia del presidente norteameriocano Eisenhower en Ginebra. Allí había una reunión imponente, mundial, de la Sociedad de Naciones; durante tres horas el más importante de los mandatarios se escapó de la reunión y estuvo missing, perdido, por la ciudad en la que treinta años más tarde sería enterrado Jorge Luis Borges. A Gabo y a los demás periodistas les extrañó esa ausencia, pero fue tan solo Gabo el que se puso a indagar. Al final supo que el militar y político estadounidense, que ya era abuelo, se había entretenido todo ese tiempo en una célebre juguetería de la ciuidad, donde terminó comprando un avioncito para su nieto y una muñeca para su nieta.
Periodista con punto de vista. Eso fue lo que distinguió el periodismo de Gabo; ante una situación dada, simple o compleja, procuraba centrar su mirada distraída, hasta que llegaba al cogollo de la situación; leer ahora sus novelas (como Crónica de una muerte anunciada, especialmente, o como El coronel no tiene quien le escriba) advertirá que esa presencia veloz del periodismo le permite a Gabo recorrer la trama de lo que cuenta con un punto que no se pone jamás en fuga. Esas novelas, pues, están escritas desde la precisión, desde el numeroso dato hasta la innumerable sugerencia que no está en los datos. Lo que él hace, burlando los géneros, es el género mayor: la crónica de lo que pasa sin quedarse pasmado.
¿Cómo lo lograba? ¿Cómo lograba esa azoriniana disposición para contar el asombro como si no estuviera pasando nada? Él lo cuenta; se lo contó en 1981 al periodista norteamericano Peter Stone, que lo entrevistó para la Paris Review. Se lo debe a su abuela; y eso que le debe a su abuela para contar sin esparcirse, deteniéndose en lo verdaderamente importante, es el tono. Le dijo a Stone: "[Mi abuela] relataba cosas que sonaban sobrenaturales y fantásticas, pero las contaba con absoluta naturalidad. (...) Lo más importante era la expresión de su rostro. No cambiaba en absoluto de expresión cuando su relato sorprendía a todos. En mis primeros intentos de escribir Cien años de soledad intenté contar la historia sin creerla. Descubrí que lo que tenía que hacer era creerla yo mismo y escribirla con la misma expresión con que mi abuela contaba sus relatos: con cara de piedra".
Así era él, como su abuela, ponía cara de piedra e indagaba; preguntaba; era el gran preguntón de la vida periodística mundial; le preguntaba a todo el mundo; y cuando tenía un interés determinado en algo que alguien contara su propio relato se hacía a un lado. Él escuchaba. Escuchaba tonos e historias. Esa fue la enseñanza que recibió para ser periodista, y esa es la lección que dejó.
Me hubiera encantado estar en Medellín; no pudo ser; los amigos de la Fundación Nuevo Periodismo me habían pedido que fuera. Pero el hombre propone y todo lo demás dispone. Este es mi homenaje a Gabo hoy; esta tarde, en la Casa de América, lo prolongaremos leyendo su obra en público desde las 17.30.Homenaje a Gabriel García Márquez con una lectura continuada en la fachada de la Casa de América
Esta tarde, a partir de las 18 h, la obra del Nobel García Márquez inundará la Plaza de Cibeles, con una lectura continuada de dos de sus cuentos en la fachada del Palacio de Linares. “Espantos de agosto” y “El verano feliz de la señora Forbes” serán los dos cuentos a los que se dará lectura. El público que desee participar, podrá inscribirse y sumarse así a este homenaje.Casa de América ha preparado una programación especial de actividades con motivo del Día de la Hispanidad, bajo el título de “América Nos Une”. Un programa que estará dedicado a la figura de Gabriel García Márquez. De este modo, diferentes actividades analizarán su obra y le rendirán homenaje.El lunes 6 de octubre, una mesa redonda analizará la obra de García Márquez junto con la de otro genio de la literatura, William Faulkner. “De Yoknapatawpha a Macondo: Faulkner y García Márquez en perspectiva” es el título de esta sesión, que contará con la participación de Carmen Méndez García, profesora de la Universidad Complutense de Madrid; Pedro Sorela, escritor y periodista; y la editora María Pizarro Prada. Completará la programación dedicada al escritor colombiano una muestra de cine con cuatro largometrajes inspirados en sus textos o que contaron con su participación. Además, el programa “América Nos Une” acogerá otras actividades literarias como el “ Festival Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil” o una mesa redonda para analizar el presente y el futuro de la literatura hispana en los Estados Unidos con la participación de Laurie Callahan, editora de New Directions.
martes, 19 de mayo de 2015
Gabo sigue arropando al periodismo
La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano entrega la segunda edición de los premios Gabriel García Márquez
La Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) ha entregado la noche de este miércoles la segunda edición de los Premios Gabriel García Márquez en la ciudad de Medellín. El Nobel que “se negaba a morir”, como recordó el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, acompañó el acto desde las imágenes que se proyectaron, las palabras que se escucharon, los recuerdos que se evocaron y el vallenato que cerró la celebración. “Sobrevuela esta sala ese espíritu de alas enormes que es Gabriel García Márquez”, dijo Javier Darío Restrepo, periodista colombiano galardonado con el premio a la Excelencia junto a la mexicana Marcela Turati.Cuatro trabajos periodísticos de los 1.400 presentados se llevaron uno de los premios. El de mejor cobertura viajó a la Venezuela que el pasado mes de febrero captó la atención de todo el mundo a través de las protestas de los estudiantes en las calles de las principales ciudadades del país. El equipo de Últimas Noticias fue premiado por su trabajo durante esos días de violencia, detenciones y muerte. “Gracias por poner los ojos en el periodismo venezolano. Vivimos una situación sumamente complicada por la compra de medios y la censura, pero nosotros no vamos a claudicar y como decimos en Venezuela: la pelea es peleando”, dijo una portavoz al recoger el premio.
En la categoría de Texto ganó el periodista español Eduardo Suárez, por su reportaje publicado en El Mundo sobre los 25 años de la catástrofe del petrolero Exxon Valdez en Alaska. El periodista, excorresponsal del diario español en Nueva York, anunció al recoger el premio su decisión de dejar de trabajar en El Mundo.
El documental La muerte de Jaime Roldós, de los ecuatorianos Manolo Sarmiento y Lisandra Rivera se llevó el premio en la categoría de Imagen. La cinta, sobre la muerte del presidente ecuatoriano y su esposa, hizo que la fiscalía ordenara la reapertura del caso. En la categoría de Innovación, el galardonado fue el proyecto Radio Ambulante de Perú.
El presidente colombiano, presente en la celebración, recordó en su discurso varias anécdotas con el escritor, como aquella vez en la que el que es hoy su ministro del Interior, Juan Fernando Cristo, trató de “tumbarle” al intentar demostrar que Santos, entonces ministro de Defensa, había conspirado contra el Gobierno del entonces presidente Álvaro Uribe. “En medio del debate yo saqué una cartita firmada por Gabo y por Felipe González (expresidente de España) en la que decían que había conspirado por la paz, no contra ningún Gobierno. Gracias a ellos hoy soy presidente”, aseguró.
En esta primera edición del premio sin el Nobel, el escritor estuvo más presente que nunca. Su viuda Mercedes Barcha envió una carta que leyó el director general de la FNPI, Jaime Abello Banfi, para lamentar su ausencia: “No me siento con ánimos de ir a homenajes cuando aún no han pasado seis meses de su muerte”. En Medellín esta noche volvieron a escucharse frases como “uno solo se va cuando se desarraiga”. Palabra del Nobel que se negaba a morir.
lunes, 18 de mayo de 2015
El periodismo en torno a Gabo
Por primera vez, sin la figura densa y patriarcal de Gabriel García Márquez, omnipresente en la Colombia periodística y literaria como un padre fundador, la Fundación que lleva su nombre reúne en Medellín, tierra en resurrección, un racimo de narradores con el que homenajear a Gabo
Jaime García Márquez, Gerald Martin, Julio Sánchez Cristo y Juan Gabriel Vásquez en el reciente homenaje a Gabriel García Márquez en el Parlamento Europeo./elmundo.es Se abordará a Gabo y el lenguaje, Gabo y el cine, Gabo y la política, Gabo y la música y hasta una conferencia de Juan Villoro en la que hablar de verdad e imaginación en Gabo con un título evocador: Lo que pesa un muerto.Por Medellín pasarán íntimos del Nobel, deudores de su estilo y cronistas de renombre como Salcedo Ramos, Sergio Ramírez o Alberto Arce. Sólo un español aspira a un premio: Eduardo Suárez, de EL MUNDO, por un trabajo sobre el Exxon Valdez. Se quedaron a las puertas dos trabajos de los profesores y alumnos del Máster de Investigación de este diario, dirigido por Antonio Rubio, que intervendrá en una mesa para abordar el reporterismo de investigación en la era del espionaje total y las operaciones encubiertas.El alcalde de Medellín, Aníbal Gaviria, y el director de la Fundación Nuevo Periodismo, Jaime Abello, darán paso hoy, tras inaugurar la semana del Premio García Márquez -fundamental en el periodismo iberoamericano- a la presentación de todos los trabajos aspirantes en cuatro categorías: Cobertura, Imagen, Texto e Innovación.Una más, la de la excelencia, ya tiene ganadores: el colombiano Javier Darío Restrepo y la mexicana Marcela Turati, que ha abordado en diversas publicaciones latinoamericanas y estadounidenses el horror de las masacres en México, y creó en 2007 junto a otros colegas la organización Periodistas de a Pie para profundizar en la defensa de los derechos humanos.Como informó Efe hace unos días, ambos periodistas son un reflejo de la tendencia registrada por los finalistas que optan a las cuatro categorías de los García Márquez, en los que son protagonistas los medios independientes y alternativos, como Etiqueta Negra, de Perú; Canal Capital, de Colombia, o la Revista Anfibia, de Argentina, entre otros.
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