domingo, 10 de mayo de 2015

El cuento del domingo


Gabriel García Márquez
Los funerales de la Mamá Grande
Ésta es, incrédulos del mundo entero, la verídica historia de la Mamá Grande, soberana absoluta del reino de Macondo, que vivió en función de dominio durante 92 años y murió en olor de santidad un martes del setiembre pasado, y a cuyos funerales vino el Sumo Pontífice.
Ahora que la nación sacudida en sus entrañas ha recobrado el equilibrio; ahora que los gaiteros de San Jacinto, los contrabandistas de la Guajira, los arroceros del Sinú, las prostitutas de Guacamayal, los hechiceros de la Sierpe y los bananeros de Aracataca han colgado sus toldos para restablecerse de la extenuante vigilia, y que han recuperado la serenidad y vuelto a tomar posesión de sus estados el presidente de la república y sus ministros y todos aquellos que representaron al poder público y a las potencias sobrenaturales en la más espléndida ocasión funeraria que registren los anales históricos; ahora que el Sumo Pontífice ha subido a los Cielos en cuerpo y alma, y que es imposible transitar en Macondo a causa de las botellas vacías, las colillas de cigarrillos, los huesos roídos, las latas y trapos y excrementos que dejó la muchedumbre que vino al entierro, ahora es la hora de recostar un taburete a la puerta de la calle y empezar a contar desde el principio los pormenores de esta conmoción nacional, antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores.
Hace catorce semanas, después de interminables noches de cataplasmas, sinapismos y ventosas, demolida por la delirante agonía, la Mamá Grande ordenó que la sentaran en su viejo mecedor de bejuco para expresar su última voluntad. Era el único requisito que le hacía falta para morir. Aquella mañana, por intermedio del padre Antonio Isabel, había arreglado los negocios de su alma, y sólo le faltaba arreglar los de sus arcas con los nueve sobrinos, sus herederos universales, que velaban en torno al lecho. El párroco, hablando solo y a punto de cumplir cien años, permanecía en el cuarto. Se habían necesitado diez hombres para subirlo hasta la alcoba de la Mamá Grande, y se había decidido que allí permaneciera para no tener que bajarlo y volverlo a subir en el minuto final.
Nicanor, el sobrino mayor, titánico y montaraz, vestido de caqui, botas con espuelas y un revólver calibre 38, cañón largo, ajustado bajo la camisa, fue en busca del notario. La enorme mansión de dos plantas, olorosa a melaza y a orégano, con sus oscuros aposentos atiborrados de arcones y cachivaches de cuatro generaciones convertidas en polvo, se había paralizado desde la semana anterior a la expectativa de aquel momento. En el profundo corredor central, con garfios en las paredes donde en otro tiempo se colgaron cerdos desollados y se desangraban venados en los soñolientos domingos de agosto, los peones dormían amontonados sobre sacos de sal y útiles de labranza, esperando la orden de ensillar las bestias para divulgar la mala noticia en el ámbito de la hacienda desmedida. El resto de la familia estaba en la sala. Las mujeres lívidas, desangradas por la herencia y la vigilia, guardaban un luto cerrado que era una suma de incontables lutos superpuestos. La rigidez matriarcal de la Mamá Grande había cercado su fortuna y su apellido con una alambrada sacramental, dentro de la cual los tíos se casaban con las hijas de las sobrinas, y los primos con las tías, y los hermanos con las cuñadas, hasta formar una intrincada maraña de consanguinidad que convirtió la procreación en un círculo vicioso. Sólo Magdalena, la menor de las sobrinas, logró escapar al cerco; aterrorizada por las alucinaciones se hizo exorcizar por el padre Antonio Isabel, se rapó la cabeza y renunció a las glorias y vanidades del mundo en el noviciado de la Prefectura Apostólica. Al margen de la familia oficial y en ejercicio del derecho de pernada, los varones habían fecundado hatos, veredas y caseríos con toda una descendencia bastarda, que circulaba entre la servidumbre sin apellidos a título de ahijados, dependientes, favoritos y protegidos de la Mamá Grande.
La inminencia de la muerte removió la extenuante expectativa. La voz de la moribunda, acostumbrada al homenaje y a la obediencia, no fue más sonora que un bajo de órgano en la pieza cerrada, pero resonó en los más apartados rincones de la hacienda. Nadie era indiferente a esa muerte. Durante el presente siglo, la Mamá Grande había sido el centro de gravedad de Macondo, como sus hermanos, sus padres y los padres de sus padres lo fueron en el pasado, en una hegemonía que colmaba dos siglos. La aldea se fundó alrededor de su apellido. Nadie conocía el origen, ni los límites ni el valor real del patrimonio, pero todo el mundo se había acostumbrado a creer que la Mamá Grande era dueña de las aguas corrientes y estancadas, llovidas y por llover, y de los caminos vecinales, los postes del telégrafo, los años bisiestos y el calor, y que tenía además un derecho heredado sobre vida y haciendas. Cuando se sentaba a tomar el fresco de la tarde en el balcón de su casa, con todo el peso de sus vísceras y su autoridad aplastado en su viejo mecedor de bejuco, parecía en verdad infinitamente rica y poderosa, la matrona más rica y poderosa del mundo.
A nadie se le había ocurrido pensar que la Mamá Grande fuera mortal, salvo a los miembros de su tribu, y a ella misma, aguijoneada por las premoniciones seniles del padre Antonio Isabel. Pero ella confiaba en que viviría más de 100 años, como su abuela materna, que en la guerra de 1875 se enfrentó a una patrulla del coronel Aureliano Buendía, atrincherada en la cocina de la hacienda. Sólo en abril de este año comprendió la Mamá Grande que Dios no le concedería el privilegio de liquidar personalmente, en franca refriega, a una horda de masones federalistas.
En la primera semana de dolores el médico de la familia la entretuvo con cataplasmas de mostaza y calcetines de lana. Era un médico hereditario, laureado en Montpellier, contrario por convicción filosófica a los progresos de su ciencia, a quien la Mamá Grande había concedido la prebenda de que se impidiera en Macondo el establecimiento de otros médicos. En un tiempo recorría el pueblo a caballo, visitando a los lúgubres enfermos del atardecer, y la naturaleza le concedió el privilegio de ser padre de numerosos hijos ajenos. Pero la artritis le anquilosó en un chinchorro, y terminó por atender a sus pacientes sin visitarlos, por medio de suposiciones, correveidiles y recados. Requerido por la Mamá Grande atravesó la plaza en pijama, apoyado en dos bastones, y se instaló en la alcoba de la enferma. Sólo cuando comprendió que la Mamá Grande agonizaba, hizo llevar un arca con pomos de porcelana marcados en latín y durante tres semanas embadurnó a la moribunda por dentro y por fuera con toda suerte de emplastos académicos, julepes magníficos y supositorios magistrales. Después le aplicó sapos ahumados en el sitio del dolor y sanguijuelas en los riñones, hasta la madrugada de ese día en que tuvo que enfrentarse a la disyuntiva de hacerla sangrar por el barbero o exorcizar por el padre Antonio Isabel.
Nicanor mandó a buscar al párroco. Sus diez hombres mejores lo llevaron desde la casa cural hasta el dormitorio de la Mamá Grande, sentado en su crujiente mecedor de mimbre bajo el mohoso palio de las grandes ocasiones. La campanilla del Viático en el tibio amanecer de setiembre fue la primera notificación a los habitantes de Macondo. Cuando salió el sol, la placita frente a la casa de la Mamá Grande parecía una feria rural.
Era como el recuerdo de otra época. Hasta cuando cumplió los 70, la Mamá Grande celebró su cumpleaños con las ferias más prolongadas y tumultuosas de que se tenga memoria. Se ponían damajuanas de aguardiente a disposición del pueblo, se sacrificaban reses en la plaza pública, y una banda de músicos instalada sobre una mesa tocaba sin tregua durante tres días. Bajo los almendros polvorientos donde la primera semana del siglo acamparon las legiones del coronel Aureliano Buendía, se ponían ventas de masato, bollos, morcillas, chicharrones, empanadas, butifarras, caribañolas, pandeyuca, almojábanas, buñuelos, arepuelas, hojaldres, longanizas, mondongos, cocadas, guarapo, entre todo género de menudencias, chucherías, baratijas y cacharros, y peleas de gallos y juegos de lotería. En medio de la confusión de la muchedumbre alborotada, se vendían estampas y escapularios con la imagen de la Mamá Grande.
Las festividades comenzaban la antevíspera y terminaban el día del cumpleaños, con un estruendo de fuegos artificiales y un baile familiar en la casa de la Mamá Grande. Los selectos invitados y los miembros legítimos de la familia, generosamente servidos por la bastardía, bailaban al compás de la vieja pianola equipada con rollos de moda. La Mamá Grande presidía la fiesta desde el fondo del salón, en una poltrona con almohadas de lino, impartiendo discretas instrucciones con su diestra adornada de anillos en todos los dedos. A veces en complicidad con los enamorados pero casi siempre aconsejada por su propia inspiración, aquella noche concertaba los matrimonios del año entrante. Para clausurar el jubileo, la Mamá Grande salía al balcón adornado con diademas y faroles de papel, y arrojaba monedas a la muchedumbre.
Aquella tradición se había interrumpido, en parte por los duelos sucesivos de la familia, y en parte por la incertidumbre política de los últimos tiempos. Las nuevas generaciones no asistieron sino de oídas a aquellas manifestaciones de esplendor. No alcanzaron a ver a la Mamá Grande en la misa mayor, abanicada por algún miembro de la autoridad civil, disfrutando del privilegio de no arrodillarse ni en el instante de la elevación para no estropear su saya de volantes holandeses y sus almidonados pollerines de olán. Los ancianos recordaban como una alucinación de la juventud los doscientos metros de esteras que se tendieron desde la casa solariega hasta el altar mayor, la tarde en que María del Rosario Castañeda y Montero asistió a los funerales de su padre, y regresó por la calle esterada investida de su nueva e irradiante dignidad, a los 22 años, convertida en la Mamá Grande. Aquella visión medieval pertenecía entonces no sólo al pasado de la familia, sino al pasado de la nación. Cada vez más imprecisa y remota, visible apenas en su balcón sofocado entonces por los geranios en las tardes de calor, la Mamá Grande se esfumaba en su propia leyenda. Su autoridad se ejercía a través de Nicanor. Existía la promesa tácita, formulada por la tradición, de que el día en que la Mamá Grande lacrara su testamento, los herederos decretarían tres noches de jolgorios públicos. Pero se sabía asimismo que ella había decidido no expresar su voluntad última hasta pocas horas antes de morir, y nadie pensaba seriamente en la posibilidad de que la Mamá Grande fuera mortal. Sólo esa madrugada, despertados por los cencerros del Viático, los habitantes de Macondo se convencieron de que la Mamá Grande no sólo era mortal, sino que se estaba muriendo.
Su hora era llegada. En su cama de lienzo, embadurnada de áloes hasta las orejas, bajo la marquesina de polvorienta espumilla, apenas se adivinaba la vida en la tenue respiración de sus tetas matriarcales. La Mamá Grande, que hasta los cincuenta años rechazó a los más apasionados pretendientes, y que fue dotada por la naturaleza para amamantar ella sola a toda su especie, agonizaba virgen y sin hijos. En el momento de la extremaunción, el padre Antonio Isabel tuvo que pedir ayuda para aplicarle los óleos en la palma de las manos, pues desde el principio de su agonía la Mamá Grande tenía los puños cerrados. De nada valió el concurso de las sobrinas. En el forcejeo, por primera vez en una semana, la moribunda apretó contra su pecho la mano constelada de piedras preciosas, y fijó en las sobrinas su mirada sin color, diciendo: “Salteadoras.” Luego vio al padre Antonio Isabel en indumentaria litúrgica y al monaguillo con los instrumentos sacramentales, y murmuró con una convicción apacible: “Me estoy muriendo.” Entonces se quitó el anillo con el Diamante Mayor y se lo dio a Magdalena, la novicia, a quien correspondía por ser la heredera menor. Aquél era el final de una tradición: Magdalena había renunciado a su herencia en favor de la Iglesia.
Al amanecer, la Mamá Grande pidió que la dejaran a solas con Nicanor para impartir sus últimas instrucciones. Durante media hora, con perfecto dominio de sus facultades, se informó de la marcha de los negocios. Hizo formulaciones especiales sobre el destino de su cadáver, y se ocupó por último de las velaciones. “Tienes que estar con los ojos abiertos”, dijo. “Guarda bajo llave todas las cosas de valor, pues mucha gente no viene a los velorios sino a robar.” Un momento después, a solas con el párroco, hizo una confesión dispendiosa, sincera y detallada, y comulgó más tarde en presencia de los sobrinos. Entonces fue cuando pidió que la sentaran en el mecedor de bejuco para expresar su última voluntad.
Nicanor había preparado, en veinticuatro folios escritos con letra muy clara, una escrupulosa relación de sus bienes. Respirando apaciblemente, con el médico y el padre Antonio Isabel por testigos, la Mamá Grande dictó al notario la lista de sus propiedades, fuente suprema y única de su grandeza y autoridad. Reducido a sus proporciones reales, el patrimonio físico se reducía a tres encomiendas adjudicadas por Cédula Real durante la Colonia, y que con el transcurso del tiempo, en virtud de intrincados matrimonios de conveniencia, se habían acumulado bajo el dominio de la Mamá Grande. En ese territorio ocioso, sin límites definidos, que abarcaba cinco municipios y en el cual no se sembró nunca un solo grano por cuenta de los propietarios, vivían a título de arrendatarias 352 familias. Todos los años, en vísperas de su onomástico, la Mamá Grande ejercía el único acto de dominio que había impedido el regreso de las tierras al estado: el cobro de los arrendamientos. Sentada en el corredor interior de su casa, ella recibía personalmente el pago del derecho de habitar en sus tierras, como durante más de un siglo lo recibieron sus antepasados de los antepasados de los arrendatarios. Pasados los tres días de la recolección, el patio estaba atiborrado de cerdos, pavos y gallinas, y de los diezmos y primicias sobre los frutos de la tierra que se depositaban allí en calidad de regalo. En realidad, ésa era la única cosecha que jamás recogió la familia de un territorio muerto desde sus orígenes, calculado a primera vista en 100.000 hectáreas. Pero las circunstancias históricas habían dispuesto que dentro de esos límites crecieran y prosperaran las seis poblaciones del distrito de Macondo, incluso la cabecera del municipio, de manera que todo el que habitara una casa no tenía más derecho de propiedad del que le correspondía sobre los materiales, pues la tierra pertenecía a la Mamá Grande y a ella se pagaba el alquiler, como tenía que pagarlo el gobierno por el uso que los ciudadanos hacían en las calles.
En los alrededores de los caseríos, merodeaba un número nunca contado y menos atendido de animales herrados en los cuartos traseros con la forma de un candado. Ese hierro hereditario, que más por el desorden que por la cantidad se había hecho familiar en remotos departamentos donde llegaban en verano, muertas de sed, las reses desperdigadas, era uno de los más sólidos soportes de la leyenda. Por razones que nadie se había detenido a explicar, las extensas caballerizas de la casa se habían vaciado progresivamente desde la última guerra civil, y en los últimos tiempos se habían instalado en ellas trapiches de caña, corrales de ordeño, y una piladora de arroz.
Aparte de lo enumerado, se hacía constar en el testamento la existencia de tres vasijas de morrocotas enterradas en algún lugar de la casa durante la guerra de Independencia, que no habían sido halladas en periódicas y laboriosas excavaciones. Con el derecho de continuar la explotación de la tierra arrendada y de percibir los diezmos y primicias y toda clase de dádivas extraordinarias, los herederos recibían un plano levantado de generación en generación, y por cada generación perfeccionado, que facilitaba el hallazgo del tesoro enterrado.
La Mamá Grande necesitó tres horas para enumerar sus asuntos terrenales. En la sofocación de la alcoba, la voz de la moribunda parecía dignificar en su sitio cada cosa enumerada. Cuando estampó su firma, balbuciente, y debajo estamparon la suya los testigos, un temblor secreto sacudió el corazón de las muchedumbres que empezaban a concentrarse frente a la casa, a la sombra de los almendros polvorientos.
Sólo faltaba entonces la enumeración minuciosa de los bienes morales. Haciendo un esfuerzo supremo -el mismo que hicieron sus antepasados antes de morir para asegurar el predominio de su especie- la Mamá Grande se irguió sobre sus nalgas monumentales, y con voz dominante y sincera, abandonada a su memoria, dictó al notario la lista de su patrimonio invisible:
La riqueza del subsuelo, las aguas territoriales, los colores de la bandera, la soberanía nacional, los partidos tradicionales, los derechos del hombre, las libertades ciudadanas, el primer magistrado, la segunda instancia, el tercer debate, las cartas de recomendación, las constancias históricas, las elecciones libres, las reinas de la belleza, los discursos trascendentales, las grandiosas manifestaciones, las distinguidas señoritas, los correctos caballeros, los pundonorosos militares, su señoría ilustrísima, la corte suprema de justicia, los artículos de prohibida importación, las damas liberales, el problema de la carne, la pureza del lenguaje, los ejemplos para el mundo, el orden jurídico, la prensa libre pero responsable, la Atenas sudamericana, la opinión pública, las lecciones democráticas, la moral cristiana, la escasez de divisas, el derecho de asilo, el peligro comunista, la nave del estado, la carestía de la vida, las tradiciones republicanas, las clases desfavorecidas, los mensajes de adhesión.
No alcanzó a terminar. La laboriosa enumeración tronchó su último viaje. Ahogándose en el maremagnum de fórmulas abstractas que durante dos siglos constituyeron la justificación moral del poderío de la familia, la Mamá Grande emitió un sonoro eructo, y expiró.
Los habitantes de la capital remota y sombría vieron esa tarde el retrato de una mujer de veinte años en la primera página de las ediciones extraordinarias, y pensaron que era una nueva reina de la belleza. La Mamá Grande vivía otra vez la momentánea juventud de su fotografía, ampliada a cuatro columnas y con retoques urgentes, su abundante cabellera recogida a lo alto del cráneo con un peine de marfil, y una diadema sobre la gola de encajes. Aquella imagen, captada por un fotógrafo ambulante que pasó por Macondo a principios de siglo y archivada por los periódicos durante muchos años en la división de personajes desconocidos, estaba destinada a perdurar en la memoria de las generaciones futuras. En los autobuses decrépitos, en los ascensores de los ministerios, en los lúgubres salones de té forrados de pálidas colgaduras, se susurró con veneración y respeto de la autoridad muerta en su distrito de calor y malaria, cuyo nombre se ignoraba en el resto del país hacía pocas horas, antes de ser consagrado por la palabra impresa. Una llovizna menuda cubría de recelo y de verdín a los transeúntes. Las campanas de todas las iglesias tocaban a muerto. El presidente de la república, sorprendido por la noticia cuando se dirigía al acto de graduación de los nuevos cadetes, sugirió al ministro de la guerra, en una nota escrita de su puño y letra en el revés del telegrama, que concluyera su discurso con un minuto de silencio en homenaje a la Mamá Grande.
El orden social había sido rozado por la muerte. El propio presidente de la república, a quien los sentimientos urbanos llegaban como a través de un filtro de purificación, alcanzó a percibir desde su automóvil en una visión instantánea pero hasta un cierto punto brutal, la silenciosa consternación de la ciudad. Sólo permanecían abiertos algunos cafetines de mala muerte, y la Catedral Metropolitana, dispuesta para nueve días de honras fúnebres. En el Capitolio Nacional, donde los mendigos envueltos en papeles dormían al amparo de columnas dóricas y taciturnas estatuas de presidentes muertos, las luces del Congreso estaban encendidas. Cuando el primer mandatario entró a su despacho, conmovido por la visión de la capital enlutada, sus ministros lo esperaban vestidos de tafetán funerario, de pie, más solemnes y pálidos que de costumbre.
Los acontecimientos de aquella noche y las siguientes serían más tarde definidos como una lección histórica. No sólo por el espíritu cristiano que inspiró a los más elevados personeros del poder público, sino por la abnegación con que se conciliaron intereses disímiles y criterios contrapuestos, en el propósito común de enterrar un cadáver ilustre. Durante muchos años la Mamá Grande había garantizado la paz social y la concordia política de su imperio, en virtud de los tres baúles de cédulas electorales falsas que formaban parte de su patrimonio secreto. Los varones de la servidumbre, sus protegidos y arrendatarios, mayores y menores de edad, ejercitaban no sólo su propio derecho de sufragio, sino también el de los electores muertos en un siglo. Ella era la prioridad del poder tradicional sobre la autoridad transitoria, el predominio de la clase sobre la plebe, la trascendencia de la sabiduría divina sobre la improvisación mortal. En tiempos pacíficos, su voluntad hegemónica acordaba y desacordaba canonjías, prebendas y sinecuras, y velaba por el bienestar de los asociados así tuviera para lograrlo que recurrir a la trapisonda o al fraude electoral. En tiempos tormentosos, la Mamá Grande contribuyó en secreto para armar a sus partidarios, y socorrió en público a sus víctimas. Aquel celo patriótico la acreditaba para los más altos honores.
El presidente de la república no había tenido necesidad de recurrir a sus consejeros para medir el peso de su responsabilidad. Entre la sala de audiencias de Palacio y el patiecito adoquinado que sirvió de cochera a los virreyes, mediaba un jardín interior de cipreses oscuros donde un fraile portugués se ahorcó por amor en las postrimerías de la Colonia. A pesar de su ruidoso aparato de oficiales condecorados, el presidente no podía reprimir un ligero temblor de incertidumbre cuando pasaba por ese lugar después del crepúsculo. Pero aquella noche, el estremecimiento tuvo la fuerza de una premonición. Entonces adquirió plena conciencia de su destino histórico, y decretó nueve días de duelo nacional, y honores póstumos a la Mamá Grande en la categoría de heroína muerta por la patria en el campo de batalla. Como lo expresó en la dramática alocución que aquella madrugada dirigió a sus compatriotas a través de la cadena nacional de radio y televisión, el primer magistrado de la nación confiaba en que los funerales de la Mamá Grande constituyeran un nuevo ejemplo para el mundo.
Tan altos propósitos debían tropezar sin embargo con graves inconvenientes. La estructura jurídica del país, construida por remotos ascendientes de la Mamá Grande, no estaba preparada para acontecimientos como los que empezaban a producirse. Sabios doctores de la ley, probados alquimistas del derecho ahondaron en hermenéuticas y silogismos, en busca de la fórmula que permitiera al presidente de la república asistir a los funerales. Se vivieron días de sobresalto en las altas esferas de la política, el clero y las finanzas. En el vasto hemiciclo del Congreso, enrarecido por un siglo de legislación abstracta, entre óleos de próceres nacionales y bustos de pensadores griegos, la evocación de la Mamá Grande alcanzó proporciones insospechables, mientras su cadáver se llenaba de burbujas en el duro setiembre de Macondo. Por primera vez se habló de ella y se la concibió sin su mecedor de bejuco, sus sopores a las dos de la tarde y sus cataplasmas de mostaza, y se la vio pura y sin edad, destilada por la leyenda.
Horas interminables se llenaron de palabras, palabras, palabras que repercutían en el ámbito de la república, aprestigiadas por los altavoces de la letra impresa. Hasta que alguien dotado de sentido de la realidad en aquella asamblea de jurisconsultos asépticos, interrumpió el blablablá histórico para recordar que el cadáver de la Mamá Grande esperaba la decisión a 40 grados a la sombra. Nadie se inmutó frente a aquella irrupción del sentido común en la atmósfera pura de la ley escrita. Se impartieron órdenes para que fuera embalsamado el cadáver, mientras se encontraban fórmulas, se conciliaban pareceres o se hacían enmiendas constitucionales que permitieran al presidente de la república asistir al entierro.
Tanto se había parlado, que los parloteos transpusieron las fronteras, transpasaron el océano y atravesaron como un presentimiento las habitaciones pontificias de Castelgandolfo. Repuesto de la modorra del ferragosto reciente, el Sumo Pontífice estaba en la ventana, viendo en el lago sumergirse los buzos que buscaban la cabeza de la doncella decapitada. En las últimas semanas los periódicos de la tarde no se habían ocupado de otra cosa, y el Sumo Pontífice no podía ser indiferente a un enigma planteado a tan corta distancia de su residencia de verano. Pero aquella tarde, en una sustitución imprevista, los periódicos cambiaron las fotografías de las posibles víctimas, por la de una sola mujer de veinte años, señalada con una blonda de luto. “La Mamá Grande”, exclamó el Sumo Pontífice, reconociendo al instante el borroso daguerrotipo que muchos años antes le había sido ofrendado con ocasión de su ascenso a la Silla de San Pedro. “La Mamá Grande”, exclamaron a coro en sus habitaciones privadas los miembros del Colegio Cardenalicio, y por tercera vez en veinte siglos hubo una hora de desconciertos, sofoquines y correndillas en el imperio sin límites de la cristiandad, hasta que el Sumo Pontífice estuvo instalado en su larga góndola negra, rumbo a los fantásticos y remotos funerales de la Mamá Grande.
Detrás quedaron los luminosos sembrados de melocotones, la Vía Apia Antica con tibias actrices de cine dorándose en las terrazas sin todavía tener noticias de la conmoción, y después el sombrío promontorio del Castelsantangelo en el horizonte del Tíber. Al crepúsculo los profundos dobles de la Basílica de San Pedro se entreveraron con los bronces cuarteados de Macondo. Desde su toldo sofocante, a través de los caños intrincados y las ciénagas sigilosas que marcaban el límite del Imperio Romano y los hatos de la Mamá Grande, el Sumo Pontífice oyó toda la noche la bullaranga de los monos alborotados por el paso de las muchedumbres. En su itinerario nocturno la canoa pontificia se había ido llenando de costales de yuca, racimos de plátanos verdes y huacales de gallina, y de hombres y mujeres que abandonaban sus ocupaciones habituales para tentar fortuna con cosas de vender en los funerales de la Mamá Grande. Su Santidad padeció esa noche, por primera vez en la historia de la Iglesia, la fiebre de la vigilia y el tormento de los zancudos. Pero el prodigioso amanecer sobre los dominios de la Gran Vieja, la visión primigenia del reino de la balsamina y de la iguana, borraron de su memoria los padecimientos del viaje y lo compensaron del sacrificio.
Nicanor había sido despertado por tres golpes en la puerta que anunciaban el arribo inminente de Su Santidad. La muerte había tomado posesión de la casa. Inspirados por sucesivas y apremiantes alocuciones presidenciales, por las febriles controversias de los parlamentarios que habían perdido la voz y continuaban entendiéndose por medio de signos convencionales, hombres y congregaciones de todo el mundo se desentendieron de sus asuntos y colmaron con su presencia los oscuros corredores, los atiborrados pasadizos, las asfixiantes buhardas, y quienes llegaron con retardo se treparon y acomodaron del mejor modo en barbacanas, palenques, atalayas, maderámenes y matacanes. En el salón central, momificándose en espera de las grandes decisiones, yacía el cadáver de la Mamá Grande, bajo un estremecido promontorio de telegramas. Extenuados por las lágrimas, los nueve sobrinos velaban el cuerpo en un éxtasis de vigilancia recíproca.
Aún debió el universo prolongar el acecho durante muchos días. En el salón del consejo municipal, acondicionado con cuatro taburetes de cuero, una tinaja de agua filtrada y una hamaca de lampazo, el Sumo Pontífice padeció un insomnio sudoroso, entreteniéndose con la lectura de memoriales y disposiciones administrativas en las dilatadas noches sofocantes. Durante el día, repartía caramelos italianos a los niños que se acercaban a verlo por la ventana, y almorzaba bajo la pérgola de astromelias con el padre Antonio Isabel, y ocasionalmente con Nicanor. Así vivió semanas interminables y meses alargados por la expectativa y el calor, hasta que Pastor Pastrana se plantó con su redoblante en el centro de la plaza y leyó el bando de la decisión. Se declaraba turbado el orden público, tarrataplán, y el presidente de la república, tarrataplán, disponía de las facultades extraordinarias, tarrataplán, que le permitían asistir a los funerales de la Mamá Grande, tarrataplán, rataplán, plan, plan.
El gran día era venido. En las calles congestionadas de ruletas, fritangas y mesas de lotería, y hombres con culebras enrolladas en el cuello que pregonaban el bálsamo definitivo para curar la erisipela y asegurar la vida eterna; en la placita abigarrada donde las muchedumbres habían colgado sus toldos y desenrollado sus petates, apuestos ballesteros despejaron el paso a la autoridad. Allí estaban, en espera del momento supremo, las lavanderas del San Jorge, los pescadores de perla del Cabo de Vela, los atarrayeros de Ciénega, los camaroneros de Tasajera, los brujos de la Mojana, los salineros de Manaure, los acordeoneros de Valledupar, los chalanes de Ayapel, los papayeros de San Pelayo, los mamadores de gallo de La Cueva, los improvisadores de las Sabanas de Bolívar, los camajanes de Rebolo, los bogas del Magdalena, los tinterillos de Mompox, además de los que se enumeran al principio de esta crónica, y muchos otros. Hasta los veteranos del coronel Aureliano Buendía -el duque de Marlborough a la cabeza, con su atuendo de pieles y uñas y dientes de tigre- se sobrepusieron a su rencor centenario por la Mamá Grande y los de su especie, y vinieron a los funerales, para solicitar del presidente de la república el pago de las pensiones de guerra que esperaban desde hacía sesenta años.
Poco antes de las once, la muchedumbre delirante que se asfixiaba al sol, contenida por una élite imperturbable de guerreros uniformados de dormanes guarnecidos y espumosos morriones, lanzó un poderoso rugido de júbilo. Dignos, solemnes en sus sacolevas y chisteras, el presidente de la república y sus ministros, las comisiones del parlamento, la corte suprema de justicia, el consejo de estado, los partidos tradicionales y el clero, y los representantes de la banca, el comercio y la industria, hicieron su aparición por la esquina de la telegrafía. Calvo y rechoncho, el anciano y enfermo presidente de la república desfiló frente a los ojos atónitos de las muchedumbres que lo habían investido sin conocerlo y que sólo ahora podían dar un testimonio verídico de su existencia. Entre los arzobispos extenuados por la gravedad de su ministerio y los militares de robusto tórax acorazado de insignias, el primer magistrado de la nación transpiraba el hálito inconfundible del poder.
En segundo término, en un sereno transcurso de crespones luctuosos, desfilaban las reinas nacionales de todas las cosas habidas y por haber. Por primera vez desprovistas del esplendor terrenal, allí pasaron, precedidas de la reina universal, la reina del mango de hilacha, la reina de la ahuyama verde, la reina del guineo manzano, la reina de la yuca harinosa, la reina de la guayaba perulera, la reina del coco de agua, la reina del frijol de cabecita negra, la reina de 426 kilómetros de sartales de huevos de iguana, y todas las que se omiten por no hacer interminables estas crónicas.
En su féretro con vueltas de púrpura, separada de la realidad por ocho torniquetes de cobre, la Mamá Grande estaba entonces demasiado embebida en su eternidad de formaldehído para darse cuenta de la magnitud de su grandeza. Todo el esplendor con que ella había soñado en el balcón de su casa durante las vigilias del calor, se cumplió con aquellas cuarenta y ocho gloriosas en que todos los símbolos de la época rindieron homenaje a su memoria. El propio Sumo Pontífice, a quien ella imaginó en sus delirios suspendido en una carroza resplandeciente sobre los jardines del Vaticano, se sobrepuso al calor con un abanico de palma trenzada y honró con su dignidad suprema los funerales más grandes del mundo.
Obnubilado por el espectáculo del poder, el populacho no determinó el ávido aleteo que ocurrió en el caballete de la casa cuando se impuso el acuerdo en la disputa de los ilustres, y se sacó el catafalco a la calle en hombros de los más ilustres. Nadie vio la vigilante sombra de gallinazos que siguió al cortejo por las ardientes callecitas de Macondo, ni reparó que al paso de los ilustres éstas se iban cubriendo de un pestilente rastro de desperdicios. Nadie advirtió que los sobrinos, ahijados, sirvientes y protegidos de la Mamá Grande cerraron las puertas tan pronto como sacaron el cadáver, y desmontaron las puertas, desenclavaron las tablas y desenterraron los cimientos para repartirse la casa. Lo único que para nadie pasó inadvertido en el fragor de aquel entierro, fue el estruendoso suspiro de descanso que exhalaron las muchedumbres cuando se cumplieron los catorce días de plegarias, exaltaciones y ditirambos, y la tumba fue sellada con una plataforma de plomo. Algunos de los allí presentes dispusieron de la suficiente clarividencia para comprender que estaban asistiendo al nacimiento de una nueva época. Ahora podía el Sumo Pontífice subir al Cielo en cuerpo y alma, cumplida su misión en la tierra, y podía el presidente de la república sentarse a gobernar según su buen criterio, y podían las reinas de todo lo habido y por haber casarse y ser felices y engendrar y parir muchos hijos, y podían las muchedumbres colgar sus toldos según su leal modo de saber y entender en los desmesurados dominios de la Mamá Grande, porque la única que podía oponerse a ello y tenía suficiente poder para hacerlo había empezado a pudrirse bajo una plataforma de plomo. Sólo faltaba entonces que alguien recostara un taburete en la puerta para contar esta historia, lección y escarmiento de las generaciones futuras, y que ninguno de los incrédulos del mundo se quedara sin conocer la noticia de la Mamá Grande, que mañana miércoles vendrán los barrenderos y barrerán la basura de sus funerales, por todos los siglos de los siglos.

jueves, 7 de mayo de 2015

Veinte hitos de García Márquez en Bogotá

Como cierre de la Feria del Libro, el director del Archivo de Bogotá, Gustavo Adolfo Ramírez Ariza, gabólogo por excelencia y experto en el capítulo cachaco del Nobel, se le midió a la tarea de revisar la relación del escritor con la ciudad

Gabriel García Márquez junto a Gustavo Adolfo Ramírez Ariza, gabólogo por excelencia y experto en el capítulo cachaco del Nobel colombiano./elespectador.com
Desde 1943 hasta hoy, los lazos de Gabriel García Márquez con Bogotá han sido entrañables y, sin duda, marcaron su vida.  Entre algunos de ellos podrían destacarse su condición de alumno de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional, su vida bohemia y literaria en los cafés de la ciudad, su militancia en el piedracelismo, su amistad con Camilo Torres Restrepo, Álvaro Mutis, Gonzalo Mallarino, Álvaro Castaño y Gloria Valencia , entre tantos otros, así como el ejercicio del periodismo de choque y su consagración en El Espectador, el haber ganado aquí sus únicos concursos de su carrera literaria, la publicación de sus primeros cuentos y poemas, de sus primeras novelas y el nacimiento de su primogénito. Todo ello explica porqué el mismo se confesó como un “viejo santafereño”.
 
Como muestra de la importancia del capítulo cachaco en su vida, destaco algunos de esos hitos.
 
El primero sería, cómo no, la publicación de su primer texto literario, el poema “Canción”, aparecido el 31 de diciembre de 1944, con el seudónimo de Javier Garcés.
 
El segundo, el que la primera noticia en que se menciona su nombre haya aparecido en la prensa bogotana con motivo de su participación en el evento inaugural de la Segunda Feria del Libro de Zipaquirá, en 1945. 
 
El tercero, el que su grado de bachiller fuera reseñado en el diario El Tiempo en diciembre de 1946, en el que se destaca su condición como mejor alumno de la promoción del Liceo Nacional de Varones. 
 
Como cuarto hito, el que aparezca como colaborador en la bandera de la página universitaria del periódico La Razón, en lo que bien pudiera definirse como su primera práctica periodística,  en 1947. 
 
En julio de ese mismo año, en una pensión de estudiantes costeños, en la calle de Florián, le sucede la gran epifanía de su vida: la lectura de La metamorfosis, de Kafka, que lo transforma de poeta a narrador. 
 
En septiembre de ese mismo año, en El Espectador, aparece su primer texto narrativo; el cuento La tercera resignación. Sexto hito.
 
El séptimo hito:  en 1947, Eduardo Zalamea Borda, “Ulises”, publica en su habitual columna del periódico El Espectador la primera nota crítica sobre García Márquez, en el que ya lo anuncia como la más promisoria figura de la literatura colombiana. 
 
Octavo, el que se convierta en el pionero de la crítica cinematográfica en el país con una columna permanente en El Espectador, a principios de 1954.
 
Noveno, el que empiece aquí su larga y brillante carrera de escritor laureado con el primer puesto del Concurso Nacional de Cuentos, en 1954.
 
Décimo. Se publica en la ciudad el primer libro que contiene un texto suyo, Un día después del sábado, en “Tres cuentos colombianos”, publicación del Ministerio de Educación Nacional, en 1954. 
 
Onceavo.  El poeta Arturo Camacho Ramírez le hace su primera entrevista para el programa radial “Cuál es su hobby”, que se emitía por la HJCK, en 1954.
 
Doceavo. A partir de 1954, García Márquez forma parte activa del primer cine club fundado en América Latina: el Cine Club de Colombia.
 
Trece. Inicia su larga y prodigiosa carrera como reportero en El Espectador, y en un año, con  El relato de un náufrago, ya es un maestro del género, en 1955.
 
Catorceavo hito. Publica, “por fin”, como escribió en la dedicatoria  a Álvaro Cepeda Zamudio, su primera novela: La hojarasca. Es 1955.
 
Quince. Por primera vez, un medio colombiano envía un corresponsal al exterior:  Gabriel García Márquez viaja a Europa, en primera clase, y vive allí tres años .
 
Dieciséis. En agosto de 1959  nace en la Clínica Palermo, su primogénito, Rodrigo.  Los padrinos: Plinio Apuleyo y Sussy de Vargas. El padre que lo bautiza es Camilo Torres Restrepo.
 
Diecisiete. Gana en 1961 su segundo y último concurso literario: el Premio de Novela Esso, con La mala hora. Con este premio compra su primer carro, el que luego vende para sentarse a escribir Cien años de soledad. 
 
Dieciocho. El Espectador publica, como primicia mundial, un capítulo de Cién años de soledad, el 1 de mayo de 1966.
 
Diecinueve. En 1967, en el Teatro Colón, se presenta la primera obra de teatro basada en sus textos. Pero al autor no lo dejan entrar porque “no tiene corbata”.
Veinte. Por primera vez, este año, la Feria Internacional del Libro de Bogotá tiene como invitado de honor no a un país sino a un mundo, al ámbito de ficción de un escritor: Macondo. 

Gabo periodista: la última etapa

Prólogo del nuevo libro con el que le rinden un homenaje al Nobel

 
En la oficina de la reportera gráfica Claudia Rubio, en las épocas de  Cambio, un día en que Gabo revisaba una foto./Claudia Rubio./eltiempo.com
“¡Bandido!”, cuenta en sus memorias Gabriel García Márquez que le gritó una noche cartagenera, quizás la del 18 de mayo de 1948, Manuel Zapata Olivella. Ambos se abrazaron felices no solo de encontrarse allí en el barrio Getsemaní, donde solían alborear al acecho de algún ron y alguna caricia, sino porque la última vez que se habían visto había sido en Bogotá, el 9 de abril de ese mismo año terrible, cuando la ciudad ardió por todas sus costuras.
Así que ese abrazo era el de dos sobrevivientes que no podían creer que lo fueran de verdad; dos náufragos en tierra firme, dos fugitivos de la muerte. “Manuel, además de médico de caridad, era novelista, activista político y promotor de la música caribe, pero su vocación más dominante era tratar de resolverle los problemas a todo el mundo...”, escribió García Márquez en Vivir para contarla, y a renglón seguido: “No bien habíamos intercambiado nuestras experiencias del viernes aciago y nuestros planes para el porvenir, cuando me propuso que probara suerte en el periodismo...”.
Al otro día los dos trasnochados compinches estaban en la oficina de Clemente Manuel Zabala, quien era el jefe de redacción de El Universal, el periódico liberal recién fundado por Domingo López Escauriaza. Zapata no tuvo que excederse en el encomio de su amigo, pues Zabala ya sabía de él por los cuentos que en Bogotá le había publicado, con un generoso espaldarazo de Eduardo Zalamea Borda, El Espectador. Así que hablaron más de literatura que de otra cosa, y casi sin darse cuenta, con gran escepticismo de su parte, Gabriel García Márquez entró a la primera sala de redacción de su vida.
El 21 de mayo de 1948 se publicó su primera columna en El Universal: una nota sobre la derogación del toque de queda en Cartagena, con un comienzo que era también un presagio del estilo y la maestría que luego harían inmortal a su autor: “Los habitantes de la ciudad nos habíamos acostumbrado a la garganta metálica que anunciaba el toque de queda. El reloj de la Boca del Puente, empinado otra vez sobre la ciudad, con su limpia, con su blanqueada convalecencia, había perdido su categoría de cosa familiar, su irreemplazable sitio de animal doméstico...”.
Fue así como Gabriel García Márquez se inició en el periodismo, un mes después de haber sobrevivido al ‘bogotazo’ y a sus cursos de derecho en la Universidad Nacional; fue así como empezó a ejercer ese oficio al que luego llamaría “el mejor oficio del mundo”, y del que no pudieron alejarlo nunca ni la fama ni la gloria ni la literatura.
Porque, estuviera donde estuviera, y como estuviera, García Márquez era sobre todo un periodista: un cronista y un reportero del alma más profunda de las cosas. Desde el principio tuvo clarísimo que su vocación y su destino estaban en la literatura, sí, pero gracias a esa intervención providencial de Zapata Olivella descubrió que quizás no había mejor lugar para cultivarlos y esperar sus frutos que la sala de redacción de un periódico.
El periodismo fue para García Márquez un laboratorio y un refugio: el cernidor en el que iba decantando muchas de sus obsesiones, y la forja en que fue puliendo y castigando, con paciencia y disciplina, su estilo insuperable y sonoro, esa urdimbre de palabras como pescaditos de oro. Se lo dice el maestro a Roberto Pombo en una entrevista que está en este libro: “Lo importante es que hace muchos años que yo vengo con la nostalgia del periodismo, que es un oficio que siempre considero que fue mi oficio original, y que ha sido muy útil para mí en la literatura porque gracias a él yo puedo divagar, fantasear, hacer todo lo que quiero, pero siempre mantengo los pies sobre la tierra...”.
De El Universal pasó García Márquez a El Heraldo de Barranquilla, y de allí, gracias a la orden perentoria de Álvaro Mutis, que le dijo que si se quedaba con esos borrachos de La Cueva nunca escribiría ninguna de las novelas magistrales que tenía que escribir, pasó a El Espectador, de Bogotá, donde muy pronto fue el cronista estrella. Y aun cuando esas novelas magistrales empezaron a salir por fin de su sombrero de mago, Gabriel siguió siendo eso, un periodista, aunque cada vez tuviera menos tiempo y cada vez la gloria fuera más posesiva con él y con sus libros. Pero siempre dejaba un pie en el cercado vecino para no perder el contacto con la realidad.
Siempre: en Prensa Latina, en Alternativa, en ese sueño fallido después del Nobel que fue el periódico El Otro, o en la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano, que recoge muchas de sus preocupaciones éticas y filosóficas y narrativas, y prácticas, sobre cómo formar bien a quienes hoy se dedican al mejor y más difícil oficio del mundo. “Pues el periodismo es una pasión insaciable que solo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”, dijo en un discurso de 1996.
Dos años después, en 1998, García Márquez se dejó tentar por su amigo y casi sobrino Mauricio Vargas, quien había logrado convencer en Bogotá a algunos de los mejores periodistas de Colombia para hacer una revista, un semanario de opinión y de investigación. Allí, en ese proyecto, estaban María Elvira Samper, Pilar Calderón, Roberto Pombo, Ricardo Ávila, Édgar Téllez y el propio Mauricio: una selección de lujo de la historia reciente del periodismo colombiano. Pero el sueño de todos era que Gabo, como le decían sus amigos, estuviera también. Y ante el asombro de todos, Gabo aceptó.
Vino entonces una febril y festiva andanada de reuniones, cabildeos, especulaciones, vueltas de tuerca, trámites, debates, discusiones, arreglos, desarreglos, hasta que la nueva sociedad se lanzó al ambicioso proyecto de comprar la revista Cambio (antes Cambio 16), que ya existía con un importante capital histórico y periodístico tanto en España como en América. A finales del año se concretó el negocio, y a principios de 1999 los nuevos dueños se hicieron cargo de la nave, dándole desde el primer número su sello y su puntal. Fue así como nació la Cambio de Gabo y sus amigos, la última de sus grandes aventuras en el periodismo. Cambio era publicada ahora por una empresa que se llamaba como el médico en Del amor y otros demonios: Abrenuncio S. A., y en lo más alto de la bandera se leía: ‘Presidente del Consejo Editorial, Gabriel García Márquez’. Pero su presencia allí no iba a ser solo la de un oráculo o la de una sombra tutelar, ni la de un abuelo benefactor y providente, sino también, y sobre todo, la de un maestro que estaba pendiente de cada detalle, y cuyo criterio implacable y siempre original, siempre, excedía los problemas del lenguaje y del estilo y lo cubría todo: el contenido, la diagramación, la titulación, los anuncios, todo.
La idea era que García Márquez, como gran firma y gancho de la revista, escribiera cada tanto textos largos que harían las delicias de los lectores: perfiles, crónicas, entrevistas, reportajes. Inauguró además una sección que era un puro divertimento, ‘Gabo contesta’, en la que sus lectores del mundo le mandaban cartas como si de un consultorio sentimental se tratara, y acaso sí, y él las respondía en un tono relajado y confidencial, lleno de guiños y picardía. Allí quedaron esparcidas, como verdaderas perlas, algunas de sus mejores revelaciones sobre el oficio de escribir y sobre su propia obra.
Y cada semana llegaban desde México, en carta o por fax, sus notas sobre cómo veía él la revista: cómo pensaba que podían mejorarse los textos y su presentación, los colores de la armada, el lead de las columnas. Ni siquiera con sus propias cosas tenía la menor piedad, diseccionándolas con un bisturí de tinta roja que no dejaba piedra sobre piedra. Sobre el número en que apareció su perfil de Hugo Chávez, ‘El enigma de los dos Chávez’, escribió una glosa feroz y brillante:
El texto del reportaje tiene toda clase de tropiezos: un adverbio de modo terminado en mente que cayó del cielo, una línea completa que desapareció, y otros varios accidentes tipográficos que se explican por la premura. Entre ellos, me falta un espacio respiratorio antes del último párrafo. Por lo demás, el texto es “lo que pudo haber sido y no fue”. Le falta más tensión interna, limpieza de estilo, algunas ráfagas de la vida familiar de Chávez, y algo de Colombia en relación con su vida y su política. Indigno de un premio Rómulo Gallegos.
Este libro recoge los mejores textos de Gabriel García Márquez en Cambio: su última gran época como periodista y una de las más prolíficas que vivió. Aquí están sus perfiles y sus crónicas; y están también sus respuestas a los lectores. Hemos incluido además tres entrevistas al maestro publicadas en el periódico EL TIEMPO: una muy antigua, hecha por Daniel Samper Pizano en Barcelona en 1968; y otra, también de ellos dos, en 1990, en Madrid, cuando parecía que GGM iba a ser candidato a la Constituyente; la otra es una conversación con Roberto Pombo en 1996, cuando la publicación de Noticia de un secuestro.
Este libro es un homenaje al talento del colombiano más grande de todos los tiempos: el que mejor supo descifrar, con sus palabras y sus intuiciones, el misterio de lo que somos. Pero es también un homenaje a sus lectores, para que renueven con él, aunque sea un poco, la nostalgia de las almendras amargas y el olor de la guayaba. El milagro de un estilo que morirá con el mundo, no antes ni después.
La nostalgia de las almendras amargas
Este libro reúne una serie de textos de Gabriel García Márquez publicados en la revista ‘Cambio’ entre 1999 y el 2002. Incluye perfiles, crónicas y reportajes de su autoría, además de las respuestas que dio a sus lectores en la sección ‘Gabo contesta’, acerca de sus libros y personajes. ‘La nostalgia de las almendras amargas’ trae también tres entrevistas al nobel publicadas en este diario.
Juan Esteban Constaín es escritor, historiador y columnista de EL TIEMPO

miércoles, 6 de mayo de 2015

Robada la primera edición de 'Cien años de soledad' en Bogotá

El libro de Gabriel García Márquez fue sustraído en la Feria Internacional del Libro de Bogotá 

Vista nocturna de Macondo, país invitado a la Filbo 2015.

Fascimil del ejemplar robado de una vitrina del pabellón Macondo./revistaarcadia.com
Dedicatoria del libro robado de Macondo, en el más puro realismo mágico.

Un ejemplar de la primera edición de Cien años de soledad con dedicatoria del nobel Gabriel García Márquez fue robado del pabellón de Macondo de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo), confirmaron hoy los organizadores.
El robo fue detectado la noche del sábado, dijo a Efe una fuente cercana a la Cámara Colombiana del Libro.
El ejemplar robado pertenece al librero Álvaro Castillo, que lo había prestado para la feria que concluye mañana y que ha estado dedicada a Macondo, la aldea imaginaria creada por García Márquez. "Lamentablemente tenemos que confirmar el robo", dijo la fuente.
Posteriormente el pabellón de exposiciones Corferias y la Cámara Colombiana del Libro divulgaron un comunicado en el que "lamentan el incidente sucedido dentro del pabellón de Macondo".
Cien años de soledad fue publicado por primera vez en 1967 por la Editorial Sudamericana de Buenos Aires y desde entonces se convirtió en todo un fenómeno de la literatura mundial. Según el comunicado, el ejemplar que fue sustraído forma parte de los 8.000 impresos hace 48 años por la Editorial Sudamericana.
"Corferias, la Cámara Colombiana del Libro y la Policía Metropolitana de Bogotá han prestado toda la colaboración desde el momento en que se conoció el incidente del robo del libro a la Asociación de Libreros, que tenía bajo su custodia y control el mencionado libro", añade el comunicado.
Según la información, "las investigaciones correspondientes se han iniciado y las autoridades han recibido el material de seguridad, los vídeos y la información pertinente para esclarecer los hechos".

Colombia dona libros de Gabriel García Márquez a bibliotecas de Honduras

Colombia donó una colección de obras del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez para bibliotecas públicas de Honduras, informó hoy una fuente oficial en Tegucigalpa

 
Cien años de soledad hace parte de la extensa donación a las bibliotecas públicas de Honduras./elespectador.com
El donativo fue entregado por el embajador de Colombia en Tegucigalpa, Francisco Canossa, a la canciller hondureña, Mireya Agüero.
"La entrega forma parte de los acuerdos estipulados en el cálido y sentido homenaje al escritor Gabriel García Márquez ofrecido en la VI Cumbre de Jefes de Estados y de Gobiernos de la Asociación de Estados del Caribe-AEC", indicó la Cancillería hondureña en un comunicado.
Las colecciones de García Márquez serán donadas a todos los países miembros de la AEC con el fin de acercar a los pueblos a la literatura colombiana y a la gran diversidad y riqueza cultural del Caribe, añade la nota de prensa.
La donación recibida por Agüero es de unos 128 libros del Nobel de Literatura 1982 colombiano, entre los que figuran Cien años de soledad, Del amor y otros demonios, La Hojarasca, Noticia de un secuestro, El amor en los tiempos del cólera y Crónica de una muerte anunciada, entre otros.
García Márquez murió el 17 de abril pasado en México, a los 87 años.

lunes, 4 de mayo de 2015

Los secretos de García Márquez en Texas

Un año como cien de soledad

Macondo bate récords como país invitado de la feria del libro de Bogotá mientras empiezan a conocerse detalles de sus archivos, que podrán consultarse en octubre 

 La feria del libro de Bogotá está batiendo récords de asistencia tras haber designado al imaginario Macondo como país invitado /Fernando Vergara./lavanguardia.com

El pasado 24 de noviembre, el mundo se despertó con una sorprendente noticia en la portada de The New York Times: los archivos personales de Gabriel García Márquez, fallecido hacía unos meses, habían sido vendidos por 2.200.000 dólares a la Universidad de Texas, que los alojaría en su sede de Austin, en el centro Harry Ransom. Muchos colombianos entraron en cólera y, como explica Consuelo Gaitán, directora de la Biblioteca Nacional, “nos preguntábamos por qué esos papeles iban a estar en un país, los Estados Unidos, que le negó la entrada a Gabo durante tantos años”.
El mexicano José Montelongo es bibliotecario en la Universidad de Texas y fue la persona que viajó hasta el domicilio de la familia para ver el archivo. “Una de las cartas que más me llamó la atención –revela– fue una dirigida a un amigo, donde, mientras escribe El otoño del patriarca en Barcelona, a principios de los años setenta, le dice que se ha puesto a escribir unos cuentos para niños, no para publicarlos, sino con el objetivo de sacudirse de encima toda la atmósfera y el peso de Macondo. Tenía la cabeza colapsada tras haber creado todo aquel mundo”.
Un mundo que vive un momento álgido. La feria del libro de Bogotá, que se celebra hasta mañana lunes, está batiendo récords de asistencia tras haber designado a Macondo como país invitado en su edición de este año. “Es la primera vez, que sepamos, que un evento de este tipo invita a un país imaginario”, sonríe Jaime Abello, director de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y uno de los tres comisarios de la iniciativa, junto a Piedad Bonnett y Ariel Castillo. Los más de medio millón de visitantes previstos abarrotan cada día el pabellón estrella, el de Macondo, que alberga diversas instalaciones, una exposición sobre los viajes de García Márquez o muestra los objetos que vendían los gitanos de Cien años de soledad, desde imanes hasta gramófonos pasando por lupas o papiros. La voz del propio Gabo se oye de fondo al atravesar un pasillo con fotos recientes de lugares del Caribe. Todo pretende ser, en palabras de Abello, “un inventario de la sensibilidad: olores, paisajes, sonidos…
Quisimos evitar los lugares comunes y, por ejemplo, prohibimos que hubiera mariposas amarillas”. Toda esa sensorialidad abarca desde la gastronomía a la música y se complementa con los debates, que se celebran en una gallera, ese lugar tan caribeño y en el que, por ejemplo, llevados por el fragor del escenario, tuvieron una acalorada discusión los dos biógrafos del escritor, el colombiano Dasso Saldívar y el británico Gerald Martin, quienes, moderados por Juan Gabriel Vásquez, se acusaron de falta de rigor por la –discutida– fecha de un viaje de Gabo a Aracataca junto a su madre.
El objeto más codiciado por los visitantes es un mapa a gran escala de Macondo, que empieza a escasear, pese a que se han realizado 85.000 copias. Macondo, en realidad, aparece en solo cinco obras de García Márquez, sobre todo en Cien años de soledad. Era el nombre de una finca bananera que vio un día el escritor, que utilizó la palabra por primera vez en un cuento de 1954, Un día después del sábado, poniendo ese nombre a un hotel.
Volviendo a Austin, está por ver la naturaleza exacta de la correspondencia de Gabo, que se compone de un 90% de cartas recibidas y apenas un 10% de cartas escritas por él. En una de esas, explica, aún mientras escribe El otoño del patriarca, que “yo debí haber escrito esta novela en verso, pero no me atreví”, aludiendo a la musicalidad de la prosa de la obra. De hecho, dice que iba leyendo a clásicos españoles como Garcilaso o Quevedo, de los que extraía pautas de respiración.
La decisión de vender el archivo a la Universidad de Texas fue, según fuentes cercanas a la familia, de Mercedes Barcha y sus hijos Rodrigo y Gonzalo, sin que pudiera intervenir demasiado el propio escritor, afectado de senilidad. En las negociaciones no intervino tampoco la agente Carmen Balcells. La universidad y la familia afirman que toda la operación contó con “la anuencia” del propio escritor.
Son varios los motivos por los que se optó por Texas, una universidad que tiene en lo latinoamericano su seña de identidad. García Márquez estará acompañado en Austin por los papeles de Borges, el manuscrito de Rayuela o por los archivos de autores que él admiraba y que fueron decisivos en su formación, como Faulkner, Virginia Woolf o Hemingway. Además, la universidad se ha comprometido a fomentar la difusión y consulta del legado, con un programa de 80 becas para investigadores y poniendo a disposición de todo el público el archivo digitalizado en Internet a partir del año 2016. La naturaleza pública de esta institución –a diferencia, por ejemplo, de la Universidad de Princeton, que acoge los papeles de Vargas Llosa o Fuentes– fue otro factor valorado por la familia.
El precio de esos papeles, ligeramente superior a los dos millones de dólares, ha sido también objeto de polémica en Colombia, al compararse con lo que la misma universidad ha pagado por otros fondos: seis millones por los archivos del caso Watergate, y tres millones y medio por el del actor Robert de Niro.
El fondo contiene los manuscritos de diez novelas, cuarenta álbumes de fotos, varios recortes periodísticos, cartas con escritores e intelectuales, dos máquinas manuales de escribir, cinco ordenadores y otras pertenencias. Uno de sus principales atractivos es poder asistir al proceso creativo de García Márquez, a sus “pinceladas ocultas”. “En el manuscrito final de Cien años de soledad, en 1967 –explica Montelongo–, observamos cambios menores como la eliminación de varios puntos y aparte. Pero tenemos dos versiones distintas de El otoño del patriarca (1975), otras dos de Crónica de una muerte anunciada (1981), algunas más de El amor en los tiempos del cólera (1985) o Del amor y otros demonios (1994), es como un in crescendo hasta llegar a las diez versiones de En agosto nos vemos”, la novela inédita en la que trabajó durante sus últimos años de lucidez y que no quiso destruir. El fondo contiene, asimismo, varias versiones de sus memorias Vivir para contarla (2002). También están las fichas y los libros sobre Simón Bolívar que utilizó para escribir El general en su laberinto (1989).
Los expertos trabajan estos días en la catalogación de todo el material y en ­tareas como la desencriptación de los cinco discos duros –con la esperanza de recuperar incluso documentos que hubiera borrado el propio García Márquez– o desenganchando las fotos de los álbumes familiares y quitándoles el pegamento. Todo se abrirá, por fin, al público en octubre, tras un gran evento inaugural presentado por Salman Rushdie. “Somos una universidad pública, con 50.000 estudiantes, y tratamos igual al biógrafo más prestigioso que a un señor jubilado que sienta curiosidad por verlo, no pedimos acreditaciones ni nada parecido. Los papeles de Gabo son de todos y estarán al acceso de todos”, apunta Montelongo, junto a la gallera de Macondo.

El cronopio 'que se hizo querer de todos'

Queremos tanto a Julio

El mundo celebra los cien años del nacimiento del escritor argentino Julio Cortázar

Julio Cortázar y Gabriel García Márquez, en Roma, en 1974, durante una reunión del Tribunal Russell./eltiempo.com

Horas después del fallecimiento de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez tomó una máquina de escribir e hizo uno de los homenajes más sentidos al escritor, llamándolo “el argentino que se hizo querer de todos”. Tal denominación fue apoyada por quienes lo conocieron y lo leyeron, y por esto, como homenaje en los cien años de su natalicio (26 de agosto de 1914-12 de febrero de 1984), haremos un recorrido por uno de los pasajes más interesantes de la vida del escritor de Rayuela: su pasión por los amigos.
La historia de los amigos de Cortázar es la historia no solo de la literatura de nuestro continente, sino también de la revolución literaria y cultural que se vivía en ese momento y que tuvo su auge en París después de los años 60, ciudad mágica en la cual todos terminaron encontrándose, por razones que van más allá del simple azar. Además de su indiscutible valor como hombre de letras, destacado intelectual y excelente escritor, Cortázar era un hombre que se hacía querer por todos.

El argentino universal

El primer encuentro ocurre con un compatriota, en sus años de juventud. Errado sería decir que fueron amigos, pero sí puede afirmarse que su relación con él fue determinante para empezar su recorrido como escritor. Hacia 1946, Jorge Luis Borges, secretario de redacción de la revista Los anales de Buenos Aires, anota: “... una tarde como otras, un muchacho muy alto, cuyos rasgos no puedo recobrar, me trajo un cuento manuscrito. Le dije que volviera a los diez días y que le daría mi parecer. Volvió a la semana. Le dije que su cuento me gustaba y que ya había sido entregado a la imprenta”. Poco tiempo después, Cortázar encontró, en un ejemplar de la revista ilustrado por Nora, hermana de Borges, la que sería la primera publicación de su extraordinario cuento Casa tomada.
Esta publicación significó su arribo a las ligas mayores de la sociedad intelectual argentina. Cortázar recuerda años después lo importante que fue este gesto para su futuro literario: “El mismo Borges me hizo pedir otros textos para su revista, y así salieron Los reyes y Las puertas del cielo o Bestiario”. De hecho, se considera que estos escritos son los más importantes que publicó en Buenos Aires.
Luego viaja a París, en un exilio autoinfligido que durará hasta el día de su muerte. De sus primeros años en la capital francesa se destacan dos relaciones muy significativas para él: las que tuvo con Alejandra Pizarnik  y Octavio Paz.

La eterna suicida

Precisamente, cuando la poetisa argentina Alejandra Pizarnik conoció a Cortázar, a comienzos de los años sesenta, ambos huían de la misma ciudad: Buenos Aires. Hay muchas hipótesis sobre el tipo de relación que sostuvieron, pero ninguna de ellas tiene suficiente sustento; lo que sí es claro es que los unía un afecto enorme. Para aquella época, Cortázar estaba casado con Aurora Bernárdez, quien también era cercana a Pizarnik, y quien hoy tiene a cargo la custodia de la obra de su fallecido esposo.
El argentino recuerda: “Nos veíamos, ella venía con frecuencia a casa, donde Aurora y yo la recibíamos y la sermoneábamos por su peligrosa manera de abandonarse al azar de las circunstancias, con toda clase de riesgos que no le importaban, pero que los amigos conocíamos bien”. Cuando ella le regaló una edición de Árbol de Diana a la pareja, les dejó esta dedicatoria: “A mis queridos Aurora y Julio, este pequeño Árbol de Diana prisionera –esta promesa de portarme mejor a partir de hoy, 25 de febrero de 1963– y esta otra de hacer poemas más puros y hermosos –si me esperan–”.
Pero el alma atormentada de Alejandra, que la llevó a crear hermosos poemas, también la condujo al suicidio en 1972. Su personalidad era un imán para los intelectuales y en especial para Cortázar; por ello el escritor, como muestra de cariño, le regaló un manuscrito de Rayuela. Alejandra, luego de leerlo muchas veces, afirmó que ella era la Maga, el mítico personaje de la novela.
En 1964, la poetisa regresa a Buenos Aires, tras lo cual nace una gran producción epistolar que la acompañará hasta el día de su muerte. Él la apoyaba desde París repitiéndole frases como: “El poder poético es tuyo, lo sabés” o “Sólo te acepto viva, sólo te quiero, Alejandra”. Y ella le respondía cada vez más cerca de la muerte: “Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo salvo (ahora, oh Julio) de la locura y de la muerte. (Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio –que fracasó, hélas)”.

El diplomático amigo

Cortazarianos hay muchos, pero pocos como Juan Camilo Rincón, autor de esta nota. En la foto, con su colección de libros de y sobre Cortázar. Claudia Rubio /EL TIEMPO
Durante la misma época, en contraste con la establecida con Pizarnik, existió una relación más tranquila y profunda del ‘cronopio mayor’ con el nobel mexicano, Octavio Paz. Esta se dio cuando Paz llegó, en 1959, a la capital francesa. Allí estableció con Cortázar una relación de casi toda la vida, pese a tener algunas diferencias políticas. Luego se volvieron a ver en México y Nueva Delhi, donde Paz fue embajador.
Múltiples señales de complicidad se encuentran en sus obras, y su relación fue tan estrecha que hay reseñas y textos de Octavio Paz en la obra de Cortázar, como es el caso del capítulo 149 de Rayuela.
Paz reconoce que “Rayuela es el primer gran intento narrativo en lengua castellana de literatura combinatoria”; luego afirma: “No es que Cortázar tenga que expresar la realidad, sino que la realidad de Cortázar es la experiencia misma verbal, el acto mismo de crear”. En la dedicatoria de Viento entero, Octavio escribe: “A Julio –no César: ¡Cortázar!; no capitán general– solitario combatiente en las fronteras ilimitadas del lenguaje, su lector, su partidario, su amigo”.
En 1968, cuando estaba terminando su libro Último round, Julio fue a visitar a Paz en Nueva Delhi, ciudad que lo marcó. Inspirado en este encuentro, el autor argentino escribió los poemas 720 círculos y Jardín para Octavio Paz. Luego de un distanciamiento por razones ideológicas que, por fortuna, nunca llevó a la ruptura de la amistad, Cortázar escribió en 1971 el artículo Homenaje a una estrella de mar, donde afirmaba: “A lo largo de treinta años la obra de Octavio Paz ha sido para mí esa estrella de mar que condensa las razones de nuestra presencia en la Tierra”.

Los amigos y su devoción

En diciembre de 1968, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y García Márquez tomaron un tren nocturno de París a Praga para encontrarse con Milan Kundera. Querían recorrer la ciudad donde nació Kafka, y que poco tiempo antes había sido invadida por tanques rusos.
Antes de ir a dormir, Fuentes le preguntó a Cortázar dónde y en qué fecha “el piano fue introducido en la orquesta de jazz”. Como lo recuerda el nobel colombiano, la pregunta fue casual, pero “la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolongó hasta altas horas del amanecer”.
“Llegamos rendidos a Praga”, recuerda Carlos Fuentes. “En la estación helada nos esperaba Milan Kundera, quien sugirió que nos fuéramos a un sauna. Según Milan, todas la paredes en Praga tenían orejas, y solo el sauna estaba libre de las escuchas oficiales del gobierno comunista”.
Luego tuvieron otros encuentros, cada uno por su lado. García Márquez recuerda de Cortázar que “lograba seducir por su elocuencia, por su erudición árida, por su memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos”.
El escritor cataquero reconocía un sentimiento que nacía de todos los amigos del argentino: la devoción. Decidió que su partida eterna fuera vista con “el júbilo inmenso de que haya existido, con alegría entrañable de haberlo conocido y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa, pero tan bella e indestructible como su recuerdo”.
De los tres, Cortázar fue el primero en morir. Fuentes recuerda que, al enterarse García Márquez de la muerte del argentino, solo le dijo: “No es cierto. No se ha muerto. No creas todo lo que se dice en los periódicos. Porque existen complicidades amistosas que no se acaban nunca”. Ahora los tres ya están juntos.

El Nobel peruano

Otro personaje que estuvo hermanado con estos grandes maestros del Boom latinoamericano es Mario Vargas Llosa. El peruano y el argentino se conocieron en 1958 en París, en casa de un amigo en común, y se vieron por última vez en 1967 en Grecia, donde trabajaron como traductores en una conferencia internacional.
La relación entre ellos, junto con sus esposas, fue entrañable, especialmente con Aurora, la primera mujer de Cortázar, y quien lo cuidó hasta sus últimos días. Vargas Llosa recuerda lo hermoso que le resultaba hablar con ellos: “No pueden ser siempre así. Esas conversaciones las ensayan, en casa, para deslumbrar luego a los interlocutores con las anécdotas inusitadas, las citas brillantísimas, las bromas que, en el momento oportuno, descargan el clima intelectual”.
Para conmemorar a Cortázar, el nobel peruano escribió un sentido homenaje: “En Julio la literatura parecía disolverse en la experiencia cotidiana e impregnar toda la vida, animándola y enriqueciéndola con un fulgor particular sin privarla de savia, de instinto, de espontaneidad”.
Hoy, en el centenario de su natalicio, guardamos la esperanza de que su primera esposa encuentre más hojas escritas que alimenten nuestros sueños y den a todos sus seguidores algo más de esa infinita genialidad que tanta falta le hace a este siglo XXI.

domingo, 3 de mayo de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
La noche de los alcaravanes
Estábamos sentados, los tres, en torno a la mesa, cuando alguien introdujo una moneda en la ranura y el Wurlitzer volvió a iniciar el disco de toda la noche. Lo demás no tuvimos tiempo de pensarlo. Sucedió antes de que recordáramos dónde nos encontrábamos: antes de que hubiéramos recobrado el sentido de la orientación. Uno de nosotros extendió la mano por encima del mostrador, rastreando (nosotros no veíamos la mano. La oíamos), tropezó con un vaso y se quedó quieto después, con las dos manos descansando sobre la dura superficie. Entonces los tres nos buscamos en la sombra y nos encontramos allí, en las coyunturas de los treinta dedos que se amontonaban sobre el mostrador. Uno dijo:
—Vamos.
Y nos pusimos en pie, como si nada hubiera sucedido. Todavía no habíamos tenido tiempo para desconcertarnos.
En el corredor, al pasar, oímos la música cercana, girando contra nosotros. Sentimos el olor a mujeres tristes, sentadas y esperando. Sentimos el prolongado vacío del corredor delante de nosotros, mientras caminábamos hacia la puerta, antes de que saliera a recibirnos el otro olor agrio de la mujer que se sentaba junto a la puerta. Nosotros dijimos:
—Nos vamos.
La mujer no respondió nada. Sentimos el crujido de un mecedor, cediendo hacia arriba, cuando ella se puso en pie. Sentimos las pisadas en la madera suelta y otra vez el retorno de la mujer, cuando volvieron a crujir los goznes y la puerta se ajustó a nuestras espaldas.
Nos dimos vuelta. Allí mismo, detrás, había un duro aire cortante de madrugada invisible y una voz que decía:
—Apártense de ahí, voy a pasar con esto.
Nos echamos hacia atrás. Y la voz volvió a decir:
—Todavía están contra la puerta.
Y sólo entonces, cuando nos habíamos movido hacia todos lados y habíamos encontrado la voz por todas partes, dijimos:
—No podemos salir de aquí. Los alcaravanes nos sacaron los ojos.
Después oímos abrirse varias puertas. Uno de nosotros se soltó de las otras manos y lo oímos arrastrarse en la sombra, vacilando, tropezando con los objetos que nos rodeaban. Habló desde algún sitio de la oscuridad:
—Ya debemos estar cerca —dijo—. Por aquí hay un olor a baúles amontonados.
Sentimos otra vez el contacto de sus manos; nos recostamos contra la pared y otra voz pasó entonces pero en dirección contraria.
—Pueden ser ataúdes —dijo uno de nosotros.
El que se había arrastrado hasta el rincón y respiraba ahora a nuestro lado dijo:
—Son baúles. Desde pequeño aprendí a distinguir el olor de la ropa guardada.
Entonces nos movimos hacia allá. El suelo era blando y liso, como de tierra pisada. Alguien extendió una mano. Sentimos un contacto de piel larga y viva, pero ya no sentimos la pared del otro lado.
—Esto es una mujer —dijimos.
El otro, el que había hablado de los baúles, dijo:
—Creo que está durmiendo.
El cuerpo se sacudió bajo nuestras manos; tembló; lo sentimos escurrirse, pero no como si se hubiera puesto fuera de nuestro alcance, sino como si hubiera dejado de existir. Sin embargo, después de un instante en que permanecimos quietos, endurecidos, recostados hombro contra hombro, oímos su voz.
—¿Quién anda por ahí? —dijo.
—Somos nosotros —respondimos sin movernos.
Se oyó el movimiento en la cama; el crujir y el rastro de los pies buscando las pantuflas en la oscuridad. Entonces imaginamos a la mujer sentada, mirándonos cuando todavía no acababa de despertar.
—¿Qué hacen aquí? —dijo.
Y nosotros dijimos:
—No lo sabemos. Los alcaravanes nos sacaron los ojos.
La voz dijo que había oído algo de eso. Que los periódicos habían dicho que tres hombres estaban tomando cerveza en un patio donde había cinco o seis alcaravanes. Siete alcaravanes. Uno de los hombres se puso a cantar como un alcaraván, imitándolos.
—Lo malo fue que dio una hora retrasada —dijo—. Fue entonces cuando los pájaros saltaron a la mesa y les sacaron los ojos.
Dijo que eso habían dicho los periódicos, pero que nadie les había creído. Nosotros dijimos:
—Si la gente fue allá debieron ver los alca¬ravanes.
Y la mujer dijo:
—Fueron. El patio estaba lleno de gente, al otro día, pero la mujer ya se había llevado los alcaravanes a otra parte.
Cuando nos dimos la vuelta, la mujer dejó de hablar. Allí estaba otra vez la pared. Con sólo dar vueltas encontrábamos la pared. En torno a nosotros, cercándonos, estaba siempre una pared. Uno volvió a soltarse de nuestras manos. Lo oímos rastrear otra vez, olfateando el suelo, diciendo:
—Ahora no sé por dónde andan los baúles. Creo que ya andamos por otra parte.
Y nosotros dijimos:
—Ven acá. Alguien está aquí, junto a nosotros.
Lo oímos acercarse. Lo sentimos levantarse a nuestro lado y otra vez nos golpeó su aliento tibio en el rostro.
—Estira las manos hacia allá —le dijimos—. Allí hay alguien que nos conoce.
Él debió extender la mano; debió moverse hacia donde le indicamos, porque un instante después regresó para decirnos:
—Creo que es un muchacho.
Y le dijimos:
—Está bien, pregúntale si nos conoce.
Él hizo la pregunta. Oímos la voz apática y simple del muchacho que decía:
—Sí los conozco. Son los tres hombres a quienes los alcaravanes les sacaron los ojos.
Entonces habló una voz adulta. Una voz de mujer que parecía estar detrás de una puerta cerrada, diciendo:
—Ya estás hablando solo.
Y la voz infantil dijo despreocupadamente:
—No. Es que aquí están los hombres a quienes los alcaravanes les sacaron los ojos.
Se oyó un ruido de goznes y luego la voz adulta, más cercana que la primera vez.
—Llévalos a su casa —dijo.
Y el muchacho dijo:
—No sé dónde viven.
Y la voz adulta dijo:
—No seas de mala índole. Todo el mundo sabe dónde viven desde la noche en que los alcaravanes les sacaron los ojos.
Luego siguió hablando en otro tono, como si se dirigiera a nosotros:
—Lo que pasa es que nadie ha querido creerlo y dicen que fue una falsa noticia de los periódicos para aumentar las ventas. Nadie ha visto los alcaravanes.
Y nosotros dijimos:
—Pero nadie me creería si los llevo por la calle.
Nosotros no nos movíamos; estábamos quietos, recostados contra la pared, oyéndola. Y la mujer dijo:
—Si éste quiere llevarlos es distinto. Después de todo, nadie daría importancia a lo que dijera un muchacho.
La voz infantil intervino:
—Si salgo a la calle con ellos y digo que son los hombres a quienes los alcaravanes les sacaron los ojos, los muchachos me tirarían piedras. Todo el mundo dice por la calle que eso no puede suceder.
Hubo un instante de silencio. Luego la puerta volvió a cerrarse, y el muchacho volvió a hablar:
—Además, ahora estoy leyendo a Terry y los Piratas.
Alguien nos dijo al oído:
—Voy a convencerlo.
Se arrastró hacia donde estaba la voz.
—Eso me gusta —dijo—. Por lo menos, dinos qué le pasó a Terry esta semana.
Está tratando de hacerse a su confianza, pensamos. Pero el muchacho dijo:
—Eso no me interesa. Lo único que me gusta son los colores.
—Terry estaba en un laberinto —dijimos. Y el muchacho dijo:
—Eso fue el viernes. Hoy es domingo y lo que me interesa son los colores —y lo dijo con la voz fría, desapasionada, indiferente.
Cuando el otro regresó, dijimos:
—Llevamos como tres días de estar perdidos y no hemos descansado una sola vez.
Y uno dijo:
—Está bien. Vamos a descansar un rato, pero sin soltarnos de las manos.
Nos sentamos. Un invisible sol tibio empezó a calentarnos en los hombros. Pero ni siquiera la presencia del sol nos interesaba. La sentíamos ahí, en cualquier parte, habiendo perdido ya la noción de las distancias, de la hora, de las direcciones. Pasaron varias voces.
—Los alcaravanes nos sacaron los ojos —dijimos.
Y una de las voces dijo:
—Éstos tomaron en serio a los periódicos.
Las voces desaparecieron. Y seguimos sentados así, hombro contra hombro, esperando a que en aquel pasar de voces, en aquel de imágenes pasara un olor o una voz conocidos. El sol siguió calentando sobre nuestras cabezas. Entonces alguien dijo:
—Vamos otra vez hacia la pared.
Y los otros, inmóviles, con la cabeza levantada hacia la claridad invisible:
—Todavía no. Esperemos siquiera a que el sol empiece a ardernos en la cara.