Escribía cuentos infantiles que luego les leía a sus hijos para matar el estilo de Cien años de soledad
Flor Romero de Nohra y Gabriel García Márquez./semana.com Gabriel García Márquez sonríe ampliamente debajo de esos bigotes estilo mexicano que cada vez son más largos y se le despelucan más. Está instalado nuevamente en Barcelona, después de regresar (por barco naturalmente, porque le tiene pánico al avión) de dos meses de vacaciones por Italia y Francia, con su esposa, Mercedes, y sus dos niños, Rodrigo (8) y Gonzalo (6) que ya han iniciado el año escolar, en un colegio de educación inglesa.
Fueron unas vacaciones relativas, pues estuvo corrigiendo la traducción al francés de Cien años de soledad y trabajando con la directora venezolana Margot Benacerraf en un guion para un largometraje en colores que se filmará en la Guajira. "Es un argumento de esos locos -dice Mercedes- con una gorda gorda, como personaje central".
"Espero terminar mi nueva novela en unos dos o tres años, para después sí irme a vivir ya del todo a Barranquilla y dedicarme a la pachanga. Ya estoy cansado de viajar. La cuestión es que no me dejan salir de Cien años de soledad porque no acabo de corregir la traducción francesa, cuando ya tengo que meterme a revisar la traducción inglesa". Además, pareja a la aceptación del libro (En España lleva varias semanas entre los diez libros más vendidos) viene el asedio publicitario. A todos los periodistas que lo visitan los atiende "porque yo soy periodista y me parece desleal decirles que no", pero la situación cambia cuando es, por ejemplo, un joven director de cine que dice: "Esta es la ocasión de mi vida, si me permite hacer una película sobre usted". Porque Gabriel García Márquez no quiere ni que hagan películas de su vida, ni de sus obras.
El mismo día en que Cien años de soledad ganó el premio de la Crítica en Italia, recibió una llamada del productor Francesco Rossi, pidiendo los derechos para hacer una película. "Sería una película muy larga y muy complicada. No es cierto, pues, que mi última novela va a ser filmada a corto plazo, como publicaron en Colombia. No sé de dónde sacaron esa noticia. Como no son ciertas tantas otras tonterías que publican sobre mí".
Gabriel termina el steak gótico, en el restaurante del barrio gótico de Barcelona. Enciende un cigarrillo negro y habla de su nueva novela: "Ya tengo casi todo estructurado. Lo más fácil es sentarme a escribir. Será una novela larga, como de mil páginas, con muchos personajes: chinos, holandeses, hindúes, ya me salgo de Macondo y me instalo en todo el Caribe". Le cuento que en Colombia están tan mareados con Cien años de soledad, que ya las reinas de belleza resuelven ser Pilar Ternera, la prostituta vieja de su novela, las cartas políticas se escriben desde Macondo, y todo así por el estilo.
Él comenta que en Venezuela más de 30 pintores participaron en la exposición de cuadros con temática de Cien años de soledad, y que la muestra fue con decoración de hojas e implemento costeños: "Aquí en España, el torero Paco Camino declaró que la novela que más le había gustado era la mía, y la cantante Massiel dijo que la novela que más le encantaba era "Mil años de soledad". Mercedes ha terminado la perdiz al vino, y ríe de buena gana. Ella es la que más lee los comentarios y colecciona los recortes de prensa que llegan de todas partes, a través de la agente literaria de Gabriel, la catalana Carmen Balcells, que se da golpes contra las paredes cuando él resuelve decir categóricamente "no quiero una película sobre Cien años de soledad, por lo que dijo Heminguay: "Cuando uno ve una película hecha con sus libros, es como ver a alguien haciendo caca sobre la tumba de su mamá".
Es un lector incansable, y tanto para leer como para escribir, se enfunda en un overol de camionero. Sabe que tiene un gran compromiso con los lectores, y por eso está haciendo despacio su nueva novela Cien años de soledad le abrió todas las puertas, y le ha dado experiencia para lidiar a los editores. "En un almuerzo reciente que le dio mi agente al editor norteamericano Cass Canfield, de Harper & Row, aumente cinco kilos de felicidad diciéndoles a todos los editores: "Lo tendré en cuenta a usted en mis planes futuros".
Es consciente de la inmensa alegría que da tener a los editores corriendo detrás del escritor, cuando lo usual es que los novelistas anden rogándoles a ellos que les publiquen. "Lo importante es escribir, seguir escribiendo, no importa lo que pase, hasta que un día se da una novela y ya se venden entonces todas las anteriores. Yo duré quince años escribiendo hasta que reventó. ¿Cuánto tiempo estuve con los originales de La hojarasca entre el bolsillo hasta que aquel editor colombiano, Lisman Banm, se decidió a publicarla?”.
Ahora Suramericana de Buenos Aires ha editado todos los anteriores libros de Gabriel García Márquez y están vendiéndose muy bien.
"No se debe firmar el contrato que le presentan a uno los editores, sino el que uno les presenta a él", es su recomendación experimentada para los jóvenes escritores.
Está enterado de toda la actualidad colombiana y sabe a veces más cosas que quienes vivimos del todo aquí: "Siempre que llegan recortes, yo leo por el respaldo las noticias que aparecen". De Venezuela, en donde hay grandes simpatías por él, desde el tiempo en que residió en Caracas también le llegan noticias. Y esta vez son de Adriano González León, el ganador del último premio Biblioteca Breve de Seix Barral, con País portátil, quien le comenta la actualidad, junto con su esposa, Mary, una argentina suave, pálida y sonriente.
Los percebes, esos mariscos increíbles, entre animales, vegetales y minerales con pezuña prehistórica, peludos y deliciosos, han invadido la mesa, "por recomendación de Mercedes: "Aquí en Barcelona, los mariscos son riquísimos. Ahora vendrá la temporada de las anguilas; son de maravilla". Gabriel reconoce que es un "gourmet" de marca mayor y cuenta que hace escándalo cuando el plato no está bueno o cuando anuncian algo que no tienen. Esto claro, en el restaurante Amaya no sucede porque todo es ele primera, la atención y el cocinero, que es amigo de Gabriel.
Sobre los porcebes, las gambas y las cigarras desfilan los golpes de estado últimos de Suramérica y las situaciones calientes que viven algunos países. Le cuento que Esmeralda Arboleda se va a casar con el embajador de México en la ONU y Gabriel da también noticias: "Esmeralda estuvo hace poco visitando Barcelona, por cierto que perdió un anillo con una esmeralda que dizque valía como cinco mil dólares y era un recuerdo sentimental. Pusimos hasta aviso en el periódico, pero fue imposible recuperarlo. Se le perdió en el barrio gótico".
"Vamos a caminar por las Ramblas porque si dices que viniste a Barcelona y no conocisteis las ramblas, no te van a creer".
Hay parada forzosa frente a cada puesto de libros y revistas para ver qué hay de nuevo. (Se respira un clima de seguridad completa). Hasta en el barrio chino, en donde se cruzan las gordas, las flacas, las rubias, los marineros cantando, los jovencitos tímidos.
Gabo prepara su próxima novela El otoño del patriarca. "Es el monólogo de un dictador que está a punto de ser juzgado por un tribunal popular. Un hombre que ha gobernado su país durante 120 años". Hace ya tiempo tenía la novela casi terminada, pero rompió las 230 páginas. Durante años he venido reuniendo anécdotas e historias de dictadores. Ahora debo olvidarlas todas antes de empezar a escribir. Será difícil crear el prototipo de este personaje mitológico v patológico de la historia latinoamericana", G.G.M. expresa su preocupación.
"Es difícil inventar algo monstruoso o fantástico que sea, que no haya sido ya hecho por algún dictador hispanoamericano: Rafael Leónidas Trujillo, Tiburcio..".
Carias, Henri Chistophe o Alexandre Petion; Manuel Estrada Cabrera. Juan Vicente Gómez, Belzú o Mengarejo... "Y sobre la acogida de sus futuras obras después del éxito de Cien años de soledad predice: "Tengo que seguir inflando el globo hasta que estalle. O hasta que yo reviente".
Gabriel García Márquez se siente ubicado en Barcelona y hasta allá van los periodistas de Madrid a buscarlo para entrevistarlo, a enterarse de que le tiene pánico al avión, que no dicta una conferencia ni de peligro, que fuma como una chimenea y que está loco por volverse a Colombia, porque ya está harto de viajar.
Flor Romero de Nhora es escritora colombiana. Autora de Tres kilates ocho puntos, novela que indaga sobre el mundo de las esmeraldas colombianas.
miércoles, 25 de febrero de 2015
García Márquez: "Yo soy el Vargas Vila de mi generación"
domingo, 22 de febrero de 2015
El cuento del domingo
Gabriel García Márquez
Amargura para tres sonámbulos
Ahora la teníamos allí,
abandonada en un rincón de la casa. Alguien nos dijo, antes de que
trajéramos sus cosas —su ropa olorosa a madera reciente, sus zapatos
sin peso para el barro— que no podía acostumbrarse a aquella vida
lenta, sin sabores dulces, sin otro atractivo que esa dura soledad de cal
y canto, siempre apretada a sus espaldas. Alguien nos dijo —y había
pasado mucho tiempo antes que lo recordáramos— que ella también había
tenido una infancia. Quizás no lo creímos, entonces. Pero ahora,
viéndola sentada en el rincón, con los ojos asombrados, y un dedo puesto
sobre los labios, tal vez aceptábamos que una vez tuvo una infancia, que
alguna vez tuvo el tacto sensible a la frescura anticipada de la lluvia, y
que soportó siempre de perfil a su cuerpo, una sombra inesperada.
Todo eso —y mucho más— lo habíamos creído aquella tarde en que nos dimos cuenta de que, por encima de su submundo tremendo, era completamente humana. Lo supimos, cuando de pronto, como si adentro se hubiera roto un cristal, empezó a dar gritos angustiados; empezó a llamarnos a cada uno por su nombre, hablando entre lágrimas hasta cuando nos sentamos junto a ella, nos pusimos a cantar y a batir palmas, como si nuestra gritería pudiera soldar los cristales esparcidos. Sólo entonces pudimos creer que alguna vez tuvo una infancia. Fue como si sus gritos se parecieran en algo a una revelación; como si tuvieran mucho de árbol recordado y río profundo, cuando se incorporó, se inclinó un poco hacia adelante, y todavía sin cubrirse la cara con el delantal, todavía sin sonarse la nariz y todavía con lágrimas, nos dijo:
“No volveré a sonreír”.
Salimos al patio, los tres, sin hablar, acaso creíamos llevar pensamientos comunes. Tal vez pensamos que no sería lo mejor encender las luces de la casa. Ella deseaba estar sola —quizás—, sentada en el rincón sombrío, tejiéndose la trenza final, que parecía ser lo único que sobreviviría de su tránsito hacia la bestia.
Afuera, en el patio, sumergidos en el profundo vaho de los insectos, nos sentamos a pensar en ella. Lo habíamos hecho otras veces. Podíamos haber dicho que estábamos haciendo lo que habíamos hecho todos los días de nuestras vidas.
sin embargo, aquella noche era distinto; ella había dicho que no volvería a sonreír, y nosotros que tanto la conocíamos, teníamos la certidumbre de que la pesadilla se había vuelto verdad. Sentados en un triángulo la imaginábamos allá adentro, abstracta, incapacitada, hasta para escuchar los innumerables relojes que medían el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba, convirtiendo en polvo: “Si por lo menos tuviéramos valor para desear su muerte”, pensábamos a coro.
Pero la queríamos así, fea y glacial como una mezquina contribución a nuestros ocultos defectos.
Éramos adultos desde antes, desde mucho tiempo atrás. Ella era, sin embargo, la mayor de la casa. Esa misma noche habría podido estar allí, sentada con nosotros, sintiendo el templado pulso de las estrellas, rodeada de hijos sanos. Habría sido la señora respetable de la casa si hubiera sido la esposa de un buen burgués o concubina de un hombre puntual. Pero se acostumbró a vivir en una sola dimensión, como la línea recta, acaso porque sus vicios o sus virtudes no pudieran conocerse de perfil. Desde varios años atrás ya lo sabíamos todo. Ni siquiera nos sorprendimos una mañana, después de levantados, cuando la encontramos boca abajo en el patio, mordiendo la tierra en una dura actitud estática. Entonces sonrió, volvió a mirarnos; había caído desde la ventana del segundo piso hasta la dura arcilla del patio y había quedado allí, tiesa y concreta, de bruces al barro húmedo. Pero después supimos que lo único que conservaba intacto era el miedo a las distancias, el natural espanto frente al vacío. La levantamos por los hombros. No estaba dura como nos pareció al principio. Al contrario, tenía los órganos sueltos, desasidos de la voluntad, como un muerto tibio que no hubiera empezado a endurecerse.
Tenía los ojos abiertos, sucia la boca de esa tierra que debía saberle ya a sedimento sepulcral, cuando la pusimos de cara al sol y fue como si la hubiéramos puesto frente a un espejo. nos miró a todos con una apagada expresión sin sexo, que nos dio —teniéndola ya entre mis brazos— la medida de su ausencia. Alguien nos dijo que estaba muerta; y se quedó después sonriendo con esa sonrisa fría y quieta que tenía durante las noches cuando transitaba despierta por la casa. Dijo que no sabía cómo llegó hasta el patio. Dijo que había sentido mucho calor, que estuvo oyendo un grillo penetrante, agudo, que parecía (así lo dijo) dispuesto a tumbar la pared de su cuarto, y que ella se había puesto a recordar las oraciones del domingo, con la mejilla apretada al piso de cemento.
Sabíamos sin embargo, que no podía recordar ninguna oración, como supimos después que había perdido la noción del tiempo cuando dijo que se había dormido sosteniendo por dentro la pared que el grillo estaba empujando desde afuera, y que estaba completamente dormida cuando alguien cogiéndola por los hombros, apartó la pared y la puso a ella de cara al sol.
Aquella noche sabíamos, sentados en el patio, que no volvería a sonreír. Quizá nos dolió anticipadamente su seriedad inexpresiva, su oscuro y voluntarioso vivir arrinconado. Nos dolía hondamente, como nos dolía el día que la vimos sentarse en el rincón adonde ahora estaba; y le oímos decir que no volvería a deambular por la casa. Al principio no pudimos creerle. La habíamos visto durante meses enteros transitando por los cuartos a cualquier hora, con la cabeza dura y los hombros caídos sin detenerse, sin fatigarse nunca. De noche oíamos su rumor corporal, denso, moviéndose entre dos oscuridades, y quizás nos quedamos muchas veces, despiertos en la cama, oyendo su sigiloso andar, siguiéndola con el oído por toda la casa. Una vez nos dijo que había visto el grillo dentro de la luna del espejo, hundido, sumergido en la sólida transparencia y que había atravesado la superficie de cristal para alcanzarlo. No supimos, en realidad, lo que quería decirnos, pero todos pudimos comprobar que tenía la ropa mojada, pegada al cuerpo, como si acabara de salir de un estanque. Sin pretender explicarnos el fenómeno resolvimos acabar con los insectos de la casa; destruir los objetos que la obsesionaban. Hicimos limpiar las paredes, ordenamos cortar los arbustos del patio, y fue como si hubiéramos limpiando de pequeñas basuras el silencio de la noche. Pero ya no la oíamos caminar, ni la oíamos hablar de grillos, hasta el día en que, después de la última comida, se quedó mirándonos, se sentó en el suelo de cemento todavía sin dejar de mirarnos, y nos dijo: “Me quedaré aquí, sentada”; y nos estremecimos, porque pudimos ver que había empezado a parecerse a algo que era ya casi completamente como la muerte.
De eso hacía ya mucho tiempo y hasta nos habíamos acostumbrado a verla allí, sentada con la trenza siempre a medio tejer, como si se hubiera disuelto en su soledad y hubiera perdido, aunque se le estuviera viendo, la facultad natural de estar presente. Por eso ahora sabíamos que no volvería a sonreír; porque lo había dicho en la misma forma convencida y seguro en que una vez nos dijo que no volvería a caminar. Era como si tuviéramos la certidumbre de que más tarde nos diría: “No volveré a ver” o quizá: “No volveré a oír” y supiéramos que era lo suficientemente humana para ir eliminando a voluntad sus funciones vitales, y que, espontáneamente, se iría acabando sentido a sentido, hasta el día en que la encontráramos recostada a la pared, como si se hubiera dormido por primera vez en su vida. Quizás faltaba mucho tiempo para eso, pero los tres, sentados en el patio, habríamos deseado aquella noche sentir su llanto afilado y repentino, de cristal roto, al menos para hacernos la ilusión de que habría nacido un (una) niña dentro de la casa. Para creer que había nacido nueva.
Todo eso —y mucho más— lo habíamos creído aquella tarde en que nos dimos cuenta de que, por encima de su submundo tremendo, era completamente humana. Lo supimos, cuando de pronto, como si adentro se hubiera roto un cristal, empezó a dar gritos angustiados; empezó a llamarnos a cada uno por su nombre, hablando entre lágrimas hasta cuando nos sentamos junto a ella, nos pusimos a cantar y a batir palmas, como si nuestra gritería pudiera soldar los cristales esparcidos. Sólo entonces pudimos creer que alguna vez tuvo una infancia. Fue como si sus gritos se parecieran en algo a una revelación; como si tuvieran mucho de árbol recordado y río profundo, cuando se incorporó, se inclinó un poco hacia adelante, y todavía sin cubrirse la cara con el delantal, todavía sin sonarse la nariz y todavía con lágrimas, nos dijo:
“No volveré a sonreír”.
Salimos al patio, los tres, sin hablar, acaso creíamos llevar pensamientos comunes. Tal vez pensamos que no sería lo mejor encender las luces de la casa. Ella deseaba estar sola —quizás—, sentada en el rincón sombrío, tejiéndose la trenza final, que parecía ser lo único que sobreviviría de su tránsito hacia la bestia.
Afuera, en el patio, sumergidos en el profundo vaho de los insectos, nos sentamos a pensar en ella. Lo habíamos hecho otras veces. Podíamos haber dicho que estábamos haciendo lo que habíamos hecho todos los días de nuestras vidas.
sin embargo, aquella noche era distinto; ella había dicho que no volvería a sonreír, y nosotros que tanto la conocíamos, teníamos la certidumbre de que la pesadilla se había vuelto verdad. Sentados en un triángulo la imaginábamos allá adentro, abstracta, incapacitada, hasta para escuchar los innumerables relojes que medían el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba, convirtiendo en polvo: “Si por lo menos tuviéramos valor para desear su muerte”, pensábamos a coro.
Pero la queríamos así, fea y glacial como una mezquina contribución a nuestros ocultos defectos.
Éramos adultos desde antes, desde mucho tiempo atrás. Ella era, sin embargo, la mayor de la casa. Esa misma noche habría podido estar allí, sentada con nosotros, sintiendo el templado pulso de las estrellas, rodeada de hijos sanos. Habría sido la señora respetable de la casa si hubiera sido la esposa de un buen burgués o concubina de un hombre puntual. Pero se acostumbró a vivir en una sola dimensión, como la línea recta, acaso porque sus vicios o sus virtudes no pudieran conocerse de perfil. Desde varios años atrás ya lo sabíamos todo. Ni siquiera nos sorprendimos una mañana, después de levantados, cuando la encontramos boca abajo en el patio, mordiendo la tierra en una dura actitud estática. Entonces sonrió, volvió a mirarnos; había caído desde la ventana del segundo piso hasta la dura arcilla del patio y había quedado allí, tiesa y concreta, de bruces al barro húmedo. Pero después supimos que lo único que conservaba intacto era el miedo a las distancias, el natural espanto frente al vacío. La levantamos por los hombros. No estaba dura como nos pareció al principio. Al contrario, tenía los órganos sueltos, desasidos de la voluntad, como un muerto tibio que no hubiera empezado a endurecerse.
Tenía los ojos abiertos, sucia la boca de esa tierra que debía saberle ya a sedimento sepulcral, cuando la pusimos de cara al sol y fue como si la hubiéramos puesto frente a un espejo. nos miró a todos con una apagada expresión sin sexo, que nos dio —teniéndola ya entre mis brazos— la medida de su ausencia. Alguien nos dijo que estaba muerta; y se quedó después sonriendo con esa sonrisa fría y quieta que tenía durante las noches cuando transitaba despierta por la casa. Dijo que no sabía cómo llegó hasta el patio. Dijo que había sentido mucho calor, que estuvo oyendo un grillo penetrante, agudo, que parecía (así lo dijo) dispuesto a tumbar la pared de su cuarto, y que ella se había puesto a recordar las oraciones del domingo, con la mejilla apretada al piso de cemento.
Sabíamos sin embargo, que no podía recordar ninguna oración, como supimos después que había perdido la noción del tiempo cuando dijo que se había dormido sosteniendo por dentro la pared que el grillo estaba empujando desde afuera, y que estaba completamente dormida cuando alguien cogiéndola por los hombros, apartó la pared y la puso a ella de cara al sol.
Aquella noche sabíamos, sentados en el patio, que no volvería a sonreír. Quizá nos dolió anticipadamente su seriedad inexpresiva, su oscuro y voluntarioso vivir arrinconado. Nos dolía hondamente, como nos dolía el día que la vimos sentarse en el rincón adonde ahora estaba; y le oímos decir que no volvería a deambular por la casa. Al principio no pudimos creerle. La habíamos visto durante meses enteros transitando por los cuartos a cualquier hora, con la cabeza dura y los hombros caídos sin detenerse, sin fatigarse nunca. De noche oíamos su rumor corporal, denso, moviéndose entre dos oscuridades, y quizás nos quedamos muchas veces, despiertos en la cama, oyendo su sigiloso andar, siguiéndola con el oído por toda la casa. Una vez nos dijo que había visto el grillo dentro de la luna del espejo, hundido, sumergido en la sólida transparencia y que había atravesado la superficie de cristal para alcanzarlo. No supimos, en realidad, lo que quería decirnos, pero todos pudimos comprobar que tenía la ropa mojada, pegada al cuerpo, como si acabara de salir de un estanque. Sin pretender explicarnos el fenómeno resolvimos acabar con los insectos de la casa; destruir los objetos que la obsesionaban. Hicimos limpiar las paredes, ordenamos cortar los arbustos del patio, y fue como si hubiéramos limpiando de pequeñas basuras el silencio de la noche. Pero ya no la oíamos caminar, ni la oíamos hablar de grillos, hasta el día en que, después de la última comida, se quedó mirándonos, se sentó en el suelo de cemento todavía sin dejar de mirarnos, y nos dijo: “Me quedaré aquí, sentada”; y nos estremecimos, porque pudimos ver que había empezado a parecerse a algo que era ya casi completamente como la muerte.
De eso hacía ya mucho tiempo y hasta nos habíamos acostumbrado a verla allí, sentada con la trenza siempre a medio tejer, como si se hubiera disuelto en su soledad y hubiera perdido, aunque se le estuviera viendo, la facultad natural de estar presente. Por eso ahora sabíamos que no volvería a sonreír; porque lo había dicho en la misma forma convencida y seguro en que una vez nos dijo que no volvería a caminar. Era como si tuviéramos la certidumbre de que más tarde nos diría: “No volveré a ver” o quizá: “No volveré a oír” y supiéramos que era lo suficientemente humana para ir eliminando a voluntad sus funciones vitales, y que, espontáneamente, se iría acabando sentido a sentido, hasta el día en que la encontráramos recostada a la pared, como si se hubiera dormido por primera vez en su vida. Quizás faltaba mucho tiempo para eso, pero los tres, sentados en el patio, habríamos deseado aquella noche sentir su llanto afilado y repentino, de cristal roto, al menos para hacernos la ilusión de que habría nacido un (una) niña dentro de la casa. Para creer que había nacido nueva.
viernes, 20 de febrero de 2015
Liquiliqui de Gabo estará expuesto en el Museo Nacional
Con esta prenda el escritor recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982
El liquiliqui de Gabo se podrá ver hasta el 22 de marzo en el Museo Nacional de Colombia./ José Muñiz./elespectador.com La prenda inmortalizada por Gabriel García Márquez, el liquiliqui con el cual recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982, estará expuesta en el Museo Nacional de Colombia hasta el 22 de marzo, informó la institución.El traje puede verse en la sala Modernidades junto a un retrato de Simón Bolívar hecho por el artista italiano Antonio Meucci y un fragmento de la novela "El general en su laberinto", en el que el nobel menciona el encuentro de este pintor con el Libertador, explicó el museo en un comunicado.El liquiliqui fue donado en 2003 por García Márquez y su esposa, Mercedes Barcha, al Museo Nacional que lo exhibió por primera vez entre 2005 y 2006 en el marco de la exposición temporal "Caribe espléndido, música, arte y letras de una región".
Adicionalmente el museo presenta el video "Gabo, Premio Nobel de Literatura", con el cual los visitantes pueden revivir el histórico momento en el que el escritor de Aracataca recibió el máximo galardón de las letras.El liquiliqui también fue expuesto en abril y mayo del año pasado en el Instituto Caro y Cuervo en Bogotá, con motivo del fallecimiento del Nobel, ocurrido el 17 abril de 2014 en Ciudad de México.
Mariposas amarillas se toman la Feria del Libro
filBo 2014
Homenaje a la memoria de nuestro premio Nobel Gabriel García Márquez
Miles de personas se han acercado a rendirle homenaje a Gabo en su altar de la Feria./Ana María García./eltiempo.com Frases coloridas salidas del corazón, otras eruditas y hasta unas con toques de humor escritas sobre mariposas amarillas autoadhesivas, son algunas de las más de 4.800 que han pegado los visitantes a la Feria Internacional del Libro de Bogotá, que este año ha montado una especie de altar, para honrar la memoria de nuestro premio nobel Gabriel García Márquez, quien les da la bienvenida con una gran imagen de él, del fotógrafo Mauricio Vélez, sosteniendo un ramo gigante de rosas amarillas.“Que sigas escribiendo en el cielo, muchos leeremos ese cielo. Tu realismo mágico seguirá adornando nuestros días grises” o “No soy una puta triste, pero me leí con sabor sus memorias” y hasta “Gabo, perdona a esta Patria Boba que no supo valorarte”, son algunas de los coloridos mensajes. Ha sido tal la acogida de la iniciativa, que los organizadores de la Feria le contaron a este diario que ya debieron mandar a imprimir un nuevo tiraje de mariposas amarillas para que los colombianos continúen dejando sus mensajes al autor de El coronel no tiene quien le escriba.Los homenajes continuarán el próximo viernes, en la ‘Noche de los libros’, cuando Corferias abre sus puertas de manera gratuita a todos los visitantes, de 6 a 10 de la noche. Ese día, se realizará una lectura en voz alta de Cien años de soledad.Y como si se tratara de alguno de esos mundos del realismo mágico creados por Gabo, la Feria del Libro es el fiel reflejo de la diversidad de gustos que tienen los más de 76.000 visitantes que han llegado en los primeros cinco días al recinto.Desde los compradores eruditos que van detrás de alguna obra clásica o de alguna de las presentaciones de firmas reconocidas como el nobel peruano Mario Vargas Llosa, el colombiano Fernando Vallejo, del ensayista español Antonio Escohotado o el filósofo francés Robert Redeker, hasta aquellos lectores ávidos de saber más del papa Francisco, uno de los fenómenos editoriales, y de temas relacionados con el fútbol, la cocina y hasta los tratamientos de belleza.Otro de los lugares más visitados, ha sido el pabellón de Perú, país invitado de honor. “Al cierre del sábado, se habían vendido 4.330 libros y 1.100 unidades de artesanías. El éxito ha sido tal que tan solo el primero de mayo vendimos 1.300 libros en la librería del pabellón”, anota Juan Camilo Sierra, gerente del Fondo de Cultura Económica, quien administra ese espacio, con más de 15.000 libros.Como en todo evento de asistencia masiva, la logística de los parqueaderos de vehículos para llegar a Corferias ha sido un problema para los visitantes. Uno de los afectados fue el periodista Gabriel Meluk, editor de Deportes de este diario, quien iba a participar ayer en un conversatorio sobre el libro Así volvimos al mundial, del que es coautor. Luego de darle vueltas al recinto ferial por espacio de 50 minutos, le fue imposible conseguir donde estacionar su vehículo, por lo que debió retirarse del lugar sin poder participar.EL TIEMPO consultó varias personas en las calles cercanas que, cansadas de darle vueltas, optaron por no ingresar a la Feria. “Llevo una hora tratando de parquear, a mi familia le tocó irse adelante mientras encuentro un lugar. Resulta tedioso esperar tanto tiempo por este asunto, ni siquiera hay espacio en cinco cuadras a la redonda”, comentó Josué Salazar.Al respecto, los organizadores de Corferias dijeron que son conscientes del problema y que dispusieron de otras áreas de parqueadero con rutas circulares gratuitas, espacios para parqueo de bicicletas, áreas disponibles para abordar taxis y rutas circulares gratuitas desde Corferias hasta TransMilenio del Centro Administrativo Distrital (CAD).
jueves, 19 de febrero de 2015
Gabriel García Márquez, La revolución del éxito
Esforcémonos en un ejercicio inútil. Tratemos de imaginar cuánta sería la reputación y cuál el relieve de Gabriel García Márquez en la literatura contemporánea si al conjunto de su obra le sustrajéramos Cien años de soledad
Gabriel García Márquez, el santo patrono del realismo mágico./elcultural.es Nadie duda que seguiría siendo un escritor muy destacado, autor de libros notabilísimos, algunos ciertamente portentosos. El arte narrativo de García Márquez apenas tiene parangones entre sus contemporáneos. Leyendo algunas de sus novelas o de sus relatos -leyendo, por ejemplo, Crónica de una muerte anunciada-, no es raro que uno se sienta embargado por un sentimiento casi físico de perfección. Pero ni siquiera la suma de todos sus títulos restantes -entre los que se cuentan algunos tan masivamente celebrados y preferidos como El amor en los tiempos del cólera- alcanza una cifra de prestigio y de popularidad comparable a la que por sí sola arroja Cien años de soledad, novela sin duda canónica que además ha batido todos lo récords de venta imaginables.
El éxito apabullante de esta novela tuvo un engañoso efecto de estandarización de lo que hasta el momento era un movimiento pluralParece imposible exagerar las repercusiones de este libro, que dejan muy atrás las de cualquier otro de los que contribuyeron a la expansión de lo que se conoce por el boom de la narrativa latinoamericana. De hecho, cabe sostener que, aun habiéndose publicado en 1967, es decir, cuando ya el boom era un fenómeno internacionalmente aplaudido, Cien años de soledad no solamente contribuyó a amplificar su impacto, sino también a encauzarlo en un rumbo determinado y, hasta cierto punto, a fosilizarlo. El éxito apabullante de esta novela y de las etiquetas empleadas para referirse a ella tuvieron un engañoso efecto de estandarización de lo que hasta el momento era un movimiento plural, que se nutría de múltiples corrientes, y que incorporaba a su onda expansiva el trabajo de al menos tres generaciones de escritores comprometidos en el proceso de modernización y de emancipación tanto política como cultural emprendido en toda América Latina desde décadas atrás, con coordenadas muy distintas en cada país.
Sin que ello socave los méritos de una novela sin duda excepcional, el éxito de Cien años de soledad, y por extensión de la narrativa entera de Gabriel García Márquez -de su fórmula, por así llamarla-, actuó como una losa sobre la diversidad de las tendencias a menudo divergentes que proliferaban en la nueva literatura latinoamericana. Y lo que es más grave: tipificó drásticamente la percepción que en el resto del mundo se empezaba a tener de un continente enorme y complejísimo, en el que por los años en que se produjo el boom operaban importantes fuerzas transformadoras cuyos horizontes de utopía fueron sin duda determinantes de la energía creadora que lo impulsó.
Hasta prácticamente ayer mismo -de hecho, hasta la irrupción de Roberto Bolaño-, varias promociones de escritores latinoamericanos han tenido que pechar con las consecuencias que se derivaron del éxito obtenido por Cien años de soledad y sus incontables secuelas. En un ensayo ya célebre (“Iguanas y dinosaurios: América Latina como utopía del atraso”, recogido en Efectos personales, 2000), Juan Villoro trató de reflejar “cierta visión de la literatura latinoamericana como un parque temático del atraso, donde son posibles excesos de la imaginación e incluso de la realidad que serían intolerables en otros países”. Se quejaba Villoro de que, “para poder circular internacionalmente en el mercado de la cultura”, el escritor latinoamericano tuviera que ostentar “un timbre de color local más marcado”, correspondiente a “cierta necesidad de exotismo impuesta desde fuera”.La responsabilidad de esta situación queda lejos de ser enteramente atribuible a García Márquez y a Cien años de soledad, pero les corresponde buena partePor supuesto que la responsabilidad de esta situación queda lejos de ser enteramente atribuible a García Márquez y a Cien años de soledad, pero no cabe duda de que a los dos les corresponde una buena parte. García Márquez comenzaba su discurso de recepción de Premio Nobel, año 1982, haciendo un sumario recuento de enormidades ocurridas en Latinoamérica desde el Descubrimiento, entre las que incluía cifras astronómicas de niños muertos por inanición, también de ciudadanos exterminados, desaparecidos o exiliados por las dictaduras que se impusieron en buena parte del continente en la década de 1970. “Me atrevo a pensar”, decía, “que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras”. Y añadía: “Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad”.
Hermosas palabras que contienen una cita implícita de la novela que señaló a García Márquez como representante caracterizado del boom, por entonces ya muy languideciente, y que reflejan muy a las claras de qué modo esa novela aportó las categorías (“descomunal”, “desaforada”) que se emplearon para reducir y estilizar esa realidad a la que remite.Macondo cifra una América criolla en la que ni la herencia del esclavismo ni los indígenas reciben apenas atenciónEl caso es que lo que tantas veces pasa por metáfora de Latinoamérica, esa saga de los Buendía en la que tiende a reconocerse un trasunto mítico de la peripecia histórica de todo el continente, se limita en definitiva a ilustrar los dramáticos derroteros de las elites que constituyen las castas terratenientes y militares. Macondo es la cifra legendaria de una América criolla, en la que ni la herencia del esclavismo ni las amplias capas indígenas reciben apenas atención, como tampoco la realidad convulsa de las grandes urbes. La “síntesis” histórica que postula no resiste el contraste de la compleja y fragmentada realidad de amplias zonas del continente, y aparece impregnada de la melancolía y del fatalismo que espontáneamente segrega la visión cíclica que de la Historia tiene el propio García Márquez.
En su discurso del Nobel, éste interpelaba a “los europeos” diciéndoles que podrían ayudar “mejor” a quienes en Latinoamérica luchan “por una patria grande más humana y más justa [.] si revisaran a fondo su manera de vernos”. Pero esa “manera de vernos” permanece aún hoy codificada en amplia medida por la idea de Latinoamérica que han transmitido relatos como los del propio García Márquez, a quien nadie regatea sus convicciones progresistas, pero cuya fascinación por las personalidades singulares y por los poderosos de la Tierra ha quedado ampliamente reflejada en los testimonios de todo tipo que han llovido durante las últimas semanas.
No deja de ser elocuente, en la línea de lo que se viene diciendo, que en un ya viejo Panorama de la actual latinoamericana, publicado en 1972, Josep Maria Castellet señalara como una de sus características “la fantasía como embellecedora de la realidad”. La observación transmite la severa suspicacia con que, por aquellos años de efervescencia revolucionaria, determinados sectores de la izquierda europea recibieron la oleada de “realismo mágico” proveniente de Latinoamérica, precedida de lo que un intelectual comprometido como Elio Vittorini tachaba desdeñosamente de “basura telúrica”.
Pero Elio Vittorini falleció en 1966, y Cien años de soledad se publicó, como ya va dicho, en 1967. Hacia ese año se registró, en el desarrollo del boom, lo que Ángel Rama describe como “un aparte de aguas rotundo”. Mientras algunos narradores ya conocidos (Carlos Fuentes, Julio Cortázar), secundados por otros aún emergentes (Guillermo Cabrera Infante, Salvador Elizondo, Héctor Libertella), extremaban sus apuestas experimentadoras, el éxito protagonizado por García Márquez daba un decisivo espaldarazo a los escritores que trabajaban en una línea menos vanguardista, que enseguida derivó hacia una literatura cada vez más comercial, en la que las modernas técnicas narrativas se ponían al servicio de viejos planteamientos.Puede decirse que Cien años de soledad supuso un boom dentro del boom, un estallido interno que lo desorbitó todo.Puede decirse que Cien años de soledad supuso un boom dentro del boom, un estallido interno que, dada su potencia, lo desorbitó todo. Sus ventas arrasaron las marcas alcanzadas hasta la fecha por best-sellers como Pedro Páramo (1955) y Rayuela (1963). No cabe duda de que el boom fue propiciado por la aparición de un nuevo público con ambiciones culturales cuya avidez lectora se orientaba espontáneamente al consumo de literatura de calidad. Pero la enorme ampliación del mercado editorial a que dio lugar este nuevo público terminó por subvertir la tendencia inicial: fueron las nuevas estructuras de ese mercado las que, para optimizar sus beneficios, interpelaron a una capa cada vez más extensa de lectores, con la consiguiente rebaja del nivel de exigencia. A un primer momento de floración múltiple y masiva de la oferta literaria, siguió la paulatina concentración de esa oferta en los productos que aseguraban mayor rentabilidad, quedando desplazados a las orillas del mercado los que se dirigían a las élites cultas. Se produjo de este modo una polarización, cuya dinámica repercutió en los propios escritores, cada vez más profesionalizados, y atentos, en consecuencia, a las demandas de un público crecientemente masificado.
La obra de García Márquez sirvió de catalizadora de estas dinámicas. Su triunfo se debió en buena medida a la oportuna y sabia combinación de técnicas modernas y procedimientos de la cultura popular, con el consiguiente obviamiento de las desmesuras vanguardistas. Sin perjuicio de su ambición y de sus logros, la narrativa de García Márquez ofrecía un alivio y una felicidad recobrada a una gran masa de lectores cada vez menos aptos para secundar según qué exploraciones. El modo que tenía de nutrirse de la narrativa oral, de los cuentos tradicionales, del folletín decimonónico, se traducía en una recuperación de la peripecia incesante, de la ligereza, de la ingenuidad, de la “novelería”, que actuaba a contrapelo de las tendencias que venía apuntando la novela moderna.
Muy tempranamente, en 1968, Emir Rodríguez Monegal se refirió a la “Novedad y anacronismo de Cien años de soledad”, admirándose de la “olímpica indiferencia” con que, “en momentos que hasta el menor plumífero se siente autorizado a componer complejas y/o precarias estructuras temporales”, García Márquez “se larga a narrar, con increíble velocidad y aparente inocencia, una historia absolutamente lineal y cronológica, con su principio, su medio y su fin”. Pese a lo cual, al decir de este crítico, el libro contenía “algunas de las novedades más audaces que se hayan ensayado en las letras de este siglo”.La fórmula del “realismo mágico” represtigiaba la categoría de “maravilloso”, avalando una concepción inestructurada del mundoLa principal de estas novedades habría sido la fórmula con que García Márquez supo dar carta literaria a eso que en 1949 Alejo Carpentier había bautizado como “lo real maravilloso”, en referencia a la especificidad del mundo americano. Esa fórmula, trivializada bajo la etiqueta de “realismo mágico”, venía a represtigiar aquella categoría, la de “maravilloso”, y venía a hacerlo avalando una concepción inestructurada del mundo que, propia de las sociedades arcaicas, empezaba a serlo también de una sociedad cada vez más tecnificada, enajenada por el sensacionalismo y el constante recurso a los “efectos especiales” de la cultura de masas. Así supo verlo con su característica lucidez el ya mencionado Ángel Rama, quien observó en su momento cómo los modos de percepción que atestiguaba la narrativa de García Márquez “son previos e históricamente anteriores a la visión que aportó la burguesía y que nos proveyó del florecimiento de la novela decimonónica” y sus desarrollos ulteriores. De lo que concluía Rama que “García Márquez volvió atrás y se situó adelante: esa fue su revolución, que, como la de los astros, implica un retroceso y un avance”.
Transcurrido cerca de medio siglo desde la publicación de la obra maestra de García Márquez, se dan las condiciones para evaluar tanto el avance como el retroceso. Y por muchos que sean los escrúpulos que suscite un planteamiento de este tipo, lo cierto es que el balance queda lejos de estar claro.
En uno de los escasos artículos disonantes en el coro de plantos y ditirambos a que ha dado lugar la muerte de García Márquez, Alan Pauls recordaba su paso en 1987 por la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, en Cuba, donde participó en un taller que impartía García Márquez. El taller, según Pauls (“Un fantasma latinoamericano”, en Página 12), carecía de programa alguno, pero se atenía a la siguiente consigna: “Temas latinoamericanos + relato hollywoodiense”. En las sesiones del taller, García Márquez “daba por sentado que las formas que había que elegir eran las formas del éxito, y en materia de cine las formas del éxito eran las formas narrativas de Hollywood”.
Esta decantación hacia “las formas del éxito” -que no hay por qué identificar mecánicamente con lo que se entiende por cultura de masas-, se cuenta entre las consecuencias más directas y perdurables que tuvo el éxito del propio García Márquez. Él mismo, con su renuencia a investirse como intelectual, se convirtió en icono y aval del decisivo cambio de rumbo que por los años setenta, y en virtud de sus méritos, redefinió la industria editorial y el sistema entero de la literatura contemporánea, que estos días ha llorado con buenos motivos a uno de sus santos patrones.
miércoles, 18 de febrero de 2015
Gabriel García Márquez, in memoriam
Me he pasado este jueves y este viernes, después de la noticia de la muerte del más grande escritor de nuestra historia, releyendo varios libros de García Márquez
Gabriel García Márquez produjo llantos y palpitaciones tristes en los corazones de sus millones de lectores en el mundo/elespectador.com Lo hice como quien lee los Evangelios: con devoción, con intensidad, emocionado. Y si en un primer momento recibí la noticia tranquilo y resignado (no hay muerte menos infeliz que la de morirse de viejo, rodeado de las personas queridas, según la receta de los versos de Jorge Manrique, que Gabo consideraba los mejores del castellano: “cercado de su mujer / y de sus hijos y hermanos”), a medida que iba releyendo pedazos de sus libros, y mientras me iba metiendo hora a hora en la fluidez hipnótica de su prosa, la tristeza iba creciendo en mí por oleadas, hasta llegar al llanto.Es triste que la mente de un genio semejante pueda apagarse para siempre; es triste que de su voz compasiva, de su humor leve y fresco como el aire, de sus profundos apuntes sobre la bondad y la maldad humana, ya no quede sino ese rastro de palabras. Y no porque sean poca cosa —son muchísimo, son lo único que siempre queda de un escritor— sino porque su genio prodigioso ya no podrá volver a regalarnos otras historias parecidas a esas con las que convirtió este territorio violento y desolado, en un país de ensueño, fabuloso, en el que los malos son malos a pesar de ellos y en el que la dignidad, la decencia y la poesía parecen siempre posibles.Del García Márquez que tuve la suerte de conocer quisiera recordar unos pocos episodios felices. La primera vez que lo vi en carne y hueso fue en Santiago de Cuba, a finales del siglo pasado. Yo acababa de hacer una reseña agria de Noticia de un secuestro, que había salido en El Espectador, y a él le habían enviado esa nota por fax. Yo quería esconderme de vergüenza porque en ese artículo (“La paja en el libro ajeno”) señalaba —con inútil pedantería— algunos errores de ortografía, como poner “haber”, en vez de “a ver”, al contestar el teléfono. Él me dijo: “tienes razón en eso, pero no comprendo por qué se dice “a ver” si por teléfono no se ve nada”. Un día más tarde, durante una comida, puso su mano en mi rodilla y dijo: “Esto no lo oigas tú: lo malo es que en Colombia no hay críticos, sino correctores de pruebas”. Una revancha dulce y acertada.Más tarde nos invitó a William Ospina y a mí a su casa, “para que conozcan al duro de Cuba”. Ese hombre duro nunca me ha gustado, y yo no quise ir, pero William me contó al día siguiente lo que Gabo mandó decir: “Hazle fieros a Héctor”. Nunca me arrepentí de no haber ido. García Márquez tuvo muchos amigos, algunos admirables, como Graham Greene; también se permitió uno impresentable, como Fidel Castro. Hay que perdonárselo, como se les perdona a otros escritores haber sido amigos de Bush o recibir condecoraciones de Pinochet. A veces el poder es irresistible y hay gente buena con malas compañías. Ser un escritor genial no incluye la obligación de ser un santo.Lo vi otras veces, en México y en Cartagena. Una vez, junto a Paco Porrúa y a Rubem Fonseca, recitamos poemas en Guadalajara, entre ellos las Coplas de don Jorge Manrique. Otra vez, sin chistar, me dedicó Historia de un deicidio, de Vargas Llosa, debajo de la misma dedicatoria del peruano. “Para Héctor, a pesar de todo”, puso con sorna. A una de mis esposas le dio los espaguetis con su propio tenedor, “porque estás muy flaquita”, y a otra le dedicó pacientemente todos los libros que quiso, para las niñas de la escuela donde es maestra. “Ahora voy a imitarte y en adelante seré monógamo, como tú con Mercedes”, le dije, y nos reímos.Como sé que a García Márquez le encantaban las hipérboles (exagerar es la mejor manera de que a uno le entiendan) quiero terminar con una exageración en la que creo: en estas repúblicas recientes, él fue nuestro Homero, el que escribió las sagas fundadoras de nuestra historia real e imaginaria. El corazón de Gabo ha dejado de latir, pero sus leyendas seguirán vivas en nosotros, mientras en el mundo palpiten corazones de lectores.
martes, 17 de febrero de 2015
De principio a fin
Lo mejor de los libros escritos en el español de América Latina eran sus comienzos asombrosos
Caja con las cenizas de Gabriel García Márquez, el pasado 21 de abril en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. / Rebecca Blackwell /elpais.com Casi lo mejor de aquellos libros escritos en el español de América eran sus comienzos asombrosos. Se leía la primera línea y ya se estaba en el interior de un mundo, en el desafío de un misterio, en la corriente de una historia. Eran principios que nos parecían tan poderosos como los de los grandes relatos originarios, el del Génesis o el del Quijote, el de En busca del tiempo perdido, la Ilíada. Delante del pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía se acuerda de la mañana remota en que su padre lo llevó a descubrir el hielo. Alguien vino a Comala porque le habían dicho que allí vivía su padre, Pedro Páramo. Durante tres días y tres noches del carnaval de 1927 la vida del Emilio Gauna de Bioy conoce su primera y misteriosa culminación. La candente mañana de febrero en la que Beatriz Viterbo murió un personaje que se llama Borges dice que notó que en los cartelones de la plaza Constitución habían cambiado un anuncio de cigarrillos. En una mañana gris de Lima un periodista joven encuentra por casualidad a un antiguo conocido y al mismo tiempo que se va desgranando el principio de una historia unas palabras actúan como un motivo musical: “Zavalita, ¿en qué momento se jodió el Perú?”. En un pueblo de una serranía punteada de sanatorios antituberculosos el dueño de un colmado ve llegar a un viajero y se fija en sus manos, y en esa figura alta y sombría de Los Adioses uno reconoce un autorretrato de Juan Carlos Onetti con la misma familiaridad con la que lee las primeras palabras definitivas de la historia: “Quisiera no haber visto del hombre nada más que las manos”…En cada arranque hay una interrogación y una búsqueda. Con mucha frecuencia también un viaje, una caminata. En el principio de la primera línea de Rayuela hay una pregunta que contiene cifrado en su brusca brevedad el hilo de la historia, del que habrá que ir tirando poco a poco hasta quedar envuelto en ella: “¿Encontraría a la Maga?”. No sabemos quién habla, si es hombre o mujer, ni sabemos si quiera si habla en primera o en tercera persona, y el nombre tan raro de la mujer que provoca esa búsqueda es un motivo nuevo de incertidumbre, porque además no es un nombre, sino un apodo, más alarmante visto ahora que cuando lo leíamos de muy jóvenes.Empieza la narración, pero ya está en marcha la novela: como si tropezáramos caemos en medio de ella, como quien entra a una sala oscura con la película empezada. De buenas a primeras nos encontramos, como los personajes, en el trance de un descubrimiento, y ya no podemos parar la lectura hasta que no lleguemos al fondo de todo. Cuál es la historia que trae consigo el enfermo alto de Onetti; cuál es la razón de esa atmósfera fantasma de Comala, con sus casas vacías y sus voces venidas de ninguna parte; qué estaba oculto en la vida de Beatriz Viterbo y en uno de los últimos escalones del sótano de su casa; adónde llevarán sus pasos a Horacio Oliveira, por París y por Buenos Aires; qué malla de corruptelas, crueldades y cobardías mantuvo sometido a Perú a una dictadura militar de ocho años; cuántas historias caben en la vida de un solo hombre, en el relámpago de despedida y rememoración antes de que los fusiles lo derriben, cuando le sobreviene ese recuerdo infantil que lo devuelve a la fundación del mundo.Mi amor por la literatura incluía un acopio de primeras frases. Y la emoción era mayor porque aquellos escritores estaban vivos y escribían en mi propio idioma, aunque en variantes que a mí me parecían más libres, dotadas de una flexibilidad y de un rumor de habla que no solía encontrar en la mayor parte de la literatura de mi propio país. Aquellas novelas, aquellos cuentos, no habrían sido tan buenos sin la contundencia irresistible de sus arranques. Era como leer el principio de ¡Absalom, Absalom! o el de Luz de agosto, con la muchacha negra sentada al costado del camino, embarazada, con los pies descalzos en el polvo, mirando venir una carreta lenta; o como empezar La metamorfosis o Por el camino de Swann. Había una exaltación física: las dos manos apretando el libro abierto y combando las hojas, la cabeza inclinada, el mundo exterior dejado en suspenso, aunque uno anduviera por la calle o en un autobús. Raymond Chandler también tenía el don de los comienzos suntuosos: en el de El largo adiós Philip Marlowe recuerda la primera vez que sus ojos vieron a Terry Lennox, desmoronándose borracho en un coche recién abierto, cayendo al suelo de un aparcamiento.De joven yo leía a García Márquez para aprender a hacerme escritor. Luego lo seguía admirando, pero ya había dejado de leerloLa muerte de Gabriel García Márquez es uno de los finales tristes de aquellos principios, y la tristeza no es solo la del apagarse de una vida y el paso del tiempo. De muy joven uno no sabe que hay arranques de historias tan demasiado brillantes que han de acabar forzosamente en finales sin lustre, en la decepción de las promesas que no podían cumplirse. La apoteosis póstuma del escritor elevado a monumento ahoga el rumor siempre en voz baja de la literatura. Guardias presidenciales, banderas, disputas sobre el destino de las cenizas, como sobre las reliquias milagrosas de un santo. Que se quiera exhibir una parte de las cenizas del escritor en una urna de vidrio, en el museo de su ciudad natal, quizás es una prueba de que las desmesuras del realismo mágico pueden ser tan perjudiciales en la vida cívica como en la novela. Gobiernos oligárquicos que niegan a la inmensa mayoría de sus ciudadanos el derecho a la educación y por lo tanto al disfrute de la literatura se condecoran a sí mismos con la pompa vacía de la glorificación del escritor y gastan en ella lo que no gastarán nunca en bibliotecas ni escuelas públicas ni becas de estudio. Personajes de rango económico y político nos informan en sus necrológicas de la amistad —entrañable— que los unía al difunto y hasta de la alta opinión que este tenía de ellos.De muy joven yo leía a Gabriel García Márquez para aprender a hacerme escritor. Luego, en algún momento, lo seguía admirando, pero ya había dejado de leerlo. Mi idea de la escritura se fue volviendo más austera, y la sobreabundancia verbal que antes me había, literalmente, encantado, ahora me fatigaba, con su monotonía de desmesuras y prodigios. García Márquez empezó a representar para mí una clase de escritor a la que me siento muy ajeno: el escritor Victor Hugo, que actúa ya en vida como un monumento de sí mismo, que proyecta sobre un país entero su sombra excesiva de caudillo. Me gusta más el escritor reservado, el escritor Onetti o Flaubert. Lo que más me queda de la obra de García Márquez es el recuerdo de los artículos que publicaba en EL PAÍS en los años ochenta y esa primera frase que sigo sabiéndome de memoria, seguida ahora por un gran espacio en blanco. Por curiosidad literaria, por lealtad a lo que me importó tanto, me hago el propósito de abrir de nuevo la novela y leerla de principio a fin.www.antoniomuñozmolina.es
lunes, 16 de febrero de 2015
La Feria del Libro dominicana rinde homenaje a Gabriel García Márquez
La XVII Feria Internacional del Libro Santo Domingo rinde homenaje al recién fallecido premio Nobel de Literatura, el colombiano Gabriel García Márquez, con lectura de sus obras y un concierto artístico
Gabriel García Márquez continúa en sus hoemanjes póstumos./lainformacion.com Los actos arrancaron al mediodía en el Café Bohemio, en la Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte, sede de la Feria del Libro, con un maratón de lectura de Cien años de soledad, obra cumbre de García Márquez y uno de los más vendidos en la FILRD2014.El homenaje continuará a las 18.00 hora local (22.00 GMT) el Bar del Teatro Nacional Eduardo Brito, ubicado en la Plaza de la Cultura, con el concierto "Deja que la feria te Márquez".También está programada una charla con la cubana Anna Lidia Vega Serova, quien hablará sobre la influencia del fallecido escritor colombiano en las letras cubanas.En los talleres literarios, recitales, coloquios y conferencias programados para hoy se leen fragmentos de las obras de Gabriel García Márquez, cuyos libros están entre los más buscados y vendidos de la Feria Internacional del Libro dominicana, según el Ministerio de Cultura local.Su reciente fallecimiento, sumado a la calidad de su producción bibliográfica, han disparado las ventas de sus obras, entre ellas, Cien años de soledad, según dicha cartera.García Márquez, quien nació en Aracataca, el 6 de marzo, Colombia en 1927, murió el pasado 17 de abril en su casa del sur de Ciudad de México.
domingo, 15 de febrero de 2015
El cuento del domingo
Gabriel García Márquez
La tercera resignación
La tercera resignación
Allí estaba otra vez, ese ruido.
Aquel ruido frío, cortante, vertical, que ya tanto conocía pero que
ahora se le presentaba agudo y doloroso, como si de un día a otro se
hubiera desacostumbrado a él.
Le giraba dentro del cráneo vacío, sordo y punzante. Un panal se había levantado en las cuatro paredes de su calavera. Se agrandaba cada vez más en espirales sucesivos, y le golpeaba por dentro haciendo vibrar su tallo de vértebras con una vibración destemplada, desentonada, con el ritmo seguro de su cuerpo. Algo se había desadaptado en su estructura material de hombre firme; algo que “las otras veces” había funcionado normalmente y que ahora le estaba martillando de cabeza por dentro con un golpe seco y duro dado por unos huesos de mano descarnada, esquelética, y le hacía recordar todas las sensaciones amargas de la vida. Tuvo el impulso animal de cerrar los puños y apretarse la sien brotada de arterias azules, moradas, con la firme presión de su dolor desesperado. Hubiera querido localizar entre las palmas de sus dos manos sensitivas el ruido que le estaba a punta de diamante. Un gesto de gato doméstico contrajo sus músculos cuando lo imaginó perseguido por los rincones atormentados de su cabeza caliente, desgarrada por la fiebre. Ya iba a alcanzarlo. No.
El ruido tenía la piel resbaladiza, intangible casi. Pero él estaba dispuesto a alcanzarlo con su estrategia bien aprendida y apretarlo larga y definitivamente con toda la fuerza de su desesperación. No permitiría que penetrara otra vez por su oído: que saliera por su boca, por cada uno de sus poros o por sus ojos que se desorbitarían a su paso y se quedarían ciegos mirando la huída del ruido desde el fondo de su desgarrada oscuridad. No permitiría que le estrujara más sus cristales molidos, sus estrellas de hielo, contra las paredes interiores del cráneo. Así era el ruido aquel:
Pero le era imposible apretarse las sienes. Sus brazos se habían reducido y eran ahora los brazos de un enano; unos brazos pequeños, regordetes, adiposos. Trató de sacudir la cabeza. La sacudió. El ruido apareció entonces con mayor fuerza dentro del cráneo que se había endurecido, agrandado y que se sentía atraído con mayor fuerza por la gravedad. Estaba pesado y duro aquel ruido. Tan pesado y duro que de haberlo alcanzado y destruido había tenido habría tenido la impresión de estar deshojando una flor de plomo.
Había sentido ese ruido “las otras veces”, con la misma insistencia. Lo había sentido, por ejemplo, el día en que murió por primera vez. Cuando –ante la vista de un cadáver– se dio cuenta de que era su propio cadáver. Lo miró y se palpó. Se sintió intangible, inespacial, inexistente. El era verdaderamente un cadáver y estaba sintiendo ya, sobre su cuerpo joven y enfermizo, el tránsito de la muerte. La atmósfera se había endurecido en toda la casa como si hubiera sido rellena de cemento, y en medio de aquel bosque –en el que había dejado los objetos como cuando era una atmósfera de aire– estaba él, cuidadosamente colocado dentro del ataúd de un cemento duro pero transparente. Aquella vez, en su cabeza estaba también “ese ruido”. Qué lejanas y qué frías sentía las plantas de sus pies; allá en el otro extremo del ataúd, donde habían puesto una almohada, porque la caja le quedaba aún demasiado grande y hubo que ajustarlo, adaptar el cuerpo muerto a su nuevo y último vestido. Lo cubrieron de blanco y alrededor de su mandíbula apretaron un pañuelo. Se sintió bello envuelto en su mortaja; mortalmente bello.
Estaba en su ataúd, listo a ser enterrado, y sin embargo, él sabía que no estaba muerto. Que si hubiera tratado de levantarse lo hubiera hecho con toda facilidad. Al menos “espiritualmente”. Pero no valía la pena. Era mejor dejarse morir allí; morirse de “muerte”, que era su enfermedad. Hacía tiempo que el médico había dicho a su madre, secamente:
–Señora, su niño tiene una enfermedad grave: está muerto. Sin embargo –prosiguió–, haremos todo lo posible por conservarle la vida más allá de su muerte. Lograremos que continúen sus funciones orgánicas por un complejo sistema de autonutrición. Sólo variarán las funciones motrices, los movimientos espontáneos. Sabremos de su vida por el crecimiento que continuará también normalmente. Es simplemente “una muerte viva”. Una real y verdadera muerte...
Recordaba las palabras, pero confundidas. Tal vez no las oyó nunca y fue creación de su cerebro cuando subía la temperatura en las crisis de la fiebre tifoidea.
Cuando se sumergía en el delirio. Cuando leía la historia de los faraones embalsamados. Al subir la fiebre, él mismo se sentía protagonista de ella. Allí había empezado una especie de vacío en su vida. Desde entonces no podía distinguir, recordar cuáles acontecimientos eran parte de su delirio y cuáles de su vida real. Por tanto, ahora dudaba. Tal vez el médico nunca habló de esa extraña “muerte viva”. Es ilógica, paradojal, sencillamente contradictoria. Y eso lo hacía sospechar ahora que, efectivamente, estaba muerto de verdad. Que hacía dieciocho años que lo estaba.
Desde entonces –en el tiempo de su muerte tenía siete años– su madre le mandó hacer un ataúd pequeño, de madera verde; un ataúd para un niño. Pero el médico ordenó que le hicieran una caja más grande, una caja para un adulto normal, pues aquella, podría atrofiar el crecimiento y llegaría a ser un muerto deforme o un vivo anormal. O la detención del crecimiento impediría darse cuenta de la mejoría. En vista de aquella advertencia, su madre le hizo construir un ataúd grande, para un cadáver adulto, y le colocó tres almohadas a los pies, con el fin de ajustarlo.
Pronto empezó a crecer dentro de la caja, de tal manera que cada año podían sacarle un poco de lana a la almohada extrema para darle margen al crecimiento. Había pasado así media vida. Dieciocho años (ahora tenía veinticinco). Y había llegado a su estatura definitiva, normal. El carpintero y el médico se equivocaron en el cálculo e hicieron el ataúd medio metro más grande. Supusieron que él tendría la estatura de su padre, que era un gigante semibárbaro. Pero no fue así. Lo único que de él heredó fue la barba poblada. Una barba azul, espesa, que su madre acostumbraba arreglar para verlo decentemente dentro de su ataúd. Esa barba le molestaba terriblemente en los días de calor.
Pero había algo que le preocupaba más que “¡ese ruido!”. Eran los ratones. Precisamente, cuando niño, nada había en el mundo que le preocupara más, que le produjera más terror, que los ratones. Y eran precisamente esos animales asquerosos los que habían acudido al olor de las bujías que ardían a sus pies. Ya habían roído sus ropas y sabía que muy pronto empezarían a roerlo a él, a comerse su cuerpo. Un día pudo verlos: eran cinco ratones lucios, resbaladizos, que subían a la caja por la pata de la mesa y lo estaban devorando. Cuando su madre lo advirtiera, no quedaría ya de él sino los escombros, los huesos duros y fríos. Lo que más horror le producía no era exactamente que se lo comieran los ratones. Al fin y al cabo podría seguir viviendo con su esqueleto. Lo que lo atormentaba era el terror innato que sentía hacia esos animalitos. Se le erizaba la piel con sólo pensar en esos seres velludos que recorrían todo su cuerpo, que penetraban por los pliegues de su piel y le rozaban los labios con sus patas heladas. Uno de ellos subió hasta sus párpados y trató de roer su córnea. Le vio grande, monstruoso, en su lucha desesperada por taladrarle la retina. Creyó entonces una nueva muerte y se entregó, todo entero, a la inminencia del vértigo.
Recordó que había llegado a mayor de edad. Tenía veinticinco años y eso significaba que no crecería ya más. Sus facciones se volverían firmes, serias. Pero cuando estuviera sano no podría hablar de su infancia. No la había tenido. La pasó muerto.
Su madre había tenido rigurosos cuidados durante el tiempo que duró la transición de la infancia a la pubertad. Se preocupó pora higiene perfecta del ataúd y de la habitación en general. Cambiaba frecuentemente las flores de los jarrones y abría las ventanas todos los días para que penetrara el aire fresco. Con qué satisfacción miró la cinta métrica en aquel tiempo, cuando, después de medirlo, ¡comprobaba que había crecido varios centímetros!. Tenía la maternal satisfacción de verlo vivo. Cuidó, así mismo, de evitar la presencia de extraños en la casa. Al fin y al cabo era desagradable y misteriosa la existencia de un muerto por largos años en una habitación familiar. Fue una mujer abnegada. Pero muy pronto empezó a decaer su optimismo. En los últimos años, la vio mirar con tristeza la cinta métrica. Su niño no crecía ya más. En los meses pasados no progresó el crecimiento un milímetro siquiera. Su madre sabía que iba a ser difícil ahora encontrar la manera de advertir la presencia de la vida en su muerto querido. Tenía el temor de que una mañana amaneciera “realmente” muerto y tal vez por eso aquel día él pudo observar que se acercaba a su caja, discretamente, y olfateaba su cuerpo. Había caído en una crisis de pesimismo. Ultimamente descuidó las atenciones y ya ni siquiera tenía la precaución de llevar la cinta métrica. Sabía que ya no crecería más.
Y él sabía que ahora estaba “realmente” muerto, Lo sabía por aquella apacible tranquilidad con que su organismo se dejaba llevar. Todo había cambiado intempestivamente. Los latidos imperceptibles que sólo él podía percibir se habían desvanecido ahora de su pulso. Se sentía pesado, atraído por una fuerza reclamadora y potente hacia la primitiva substancia de la tierra. La fuerza de gravedad parecía atraerlo ahora con un poder irrevocable. Estaba innegable. Pero estaba más descansado así. Ni siquiera tenía que respirar para vivir su muerte.
Imaginariamente, sin tocarse, recorrió uno a uno cada uno de sus miembros. Allí, sobre una almohada dura, estaba su cabeza levemente v uelta hacia la izquierda. Imaginó su boca entreabierta por la delgada orilla de frío que le llenaba la garganta de granizo. Estaba tronchado como un árbol de veinticinco años. Quizá trató de cerrar la boca. El pañuelo que había apretado a su quijada estaba flojo. No pudo colocarse, componerse, tomar una “pose” siquiera para parecer un muerto decente. Ya los músculos, los miembros, no acudían como antes, puntuales al llamado de su sistema nervioso. Ya no era el de dieciocho años atrás, un niño normal que podía moverse a gusto. Sintió sus brazos caídos, tumbados para siempre, apretados contra las paredes acojinadas del ataúd. Su vientre duro, como una corteza de nogal. Y más allá las piernas íntegras, exactas, complementando su perfecta anatomía de adulto. Su cuerpo reposaba con pesadez, pero apaciblemente, sin malestar alguno, como si el mundo se hubiera detenido de repente, y nadie interrumpiera el silencio; como si todos los pulmones de la tierra hubieran dejado de respirar para no interrumpir la liviana quietud del aire. Se sentía feliz como un niño bocarriba sobre la hierba fresca y apretada, contemplando una nube alta que se aleja por el cielo de la tarde. Era feliz, aunque sabía que estaba muerto, que reposaba para siempre en la caja recubierta de seda artificial. Tenía una gran lucidez. No era como antes, después de su primera muerte, en que se sintió embotado, bruto. Las cuatro bujías que habían puesto en derredor suyo, y que eran renovadas cada tres meses, empezaban a agotarse nuevamente: precisamente cuando iban a ser indispensables. Sintió la vecindad de la frescura en las violetas húmedas que su madre había llevado aquella terrible mañana. La sintió en las azucenas, en las rosas. Pero toda aquella terrible realidad no le causaba ninguna inquietud; al contrario, era feliz allí, sólo con su soledad. ¿Sentirse miedo después?
Quien sabe. Era duro pensar en el momento en que el martillo golpeara los clavos sobre la madera verde y crujiera el ataúd bajo la esperanza segura de volver a ser árbol. Su cuerpo atraído ahora con mayor fuerza por el imperativo de la tierra, quedaría ladeado en un fondo húmedo, arcilloso y blanco, y allá arriba, sobre cuatro metros cúbicos, se irían apagando los últimos golpes de los sepultureros. No. Allí tampoco sentiría miedo. Eso sería la prolongación de su muerte, la prolongación más natural de su nuevo estado.
No quedaría ya ni un grado de calor en su cuerpo, su médula se habría enfriado para siempre, y unas estrellitas de hielo penetrarían hasta el tuétano de sus huesos. ¡Qué bien se acostumbraría a su nueva vida de muerto! Un día –sin embargo– sentirá que se derrumba su armadura sólida; y cuando trate de citar, de repasar cada uno de sus miembros, no los encontrará. Sentirá que no tiene forma exacta definida, y sabrá resignadamente que ha perdido su perfecta anatomía de 25 años y que se ha convertido en un puñado de polvo sin forma, sin definición geométrica.
En el polvillo bíblico de la muerte. Acaso sienta entonces una ligera nostalgia: nostalgia de no ser un cadáver formal, anatómico, sino un cadáver imaginario, abstracto, armado únicamente en el recuerdo gorroso de sus parientes. Sabrá entonces, que va a subir por los vasos capilares de un manzano y al despertarse medido por el hambre de un niño en una mañana otoñal. Sabrá entonces –y eso sí le entristecía– que ha perdido su unidad: que ya no es –siquiera– un muerto ordinario, un cadáver común.
La última noche la había pasado feliz, en la solitaria compañía de su propio cadáver.
Pero al nuevo día, al penetrar los primeros rayos del sol tibio por la ventana, abierta, sintió que su piel se había reblandecido. Observó un momento. Quieto, rígido. Dejó que el aire corriera sobre su cuerpo. No pudo dudarlo: allí estaba el “olor” . Durante la noche la cadaverina había empezado a hacer sus efectos. Su organismo había empezado a descomponerse, a pudrirse, como el cuerpo de todos los muertos. El ”olor” era, indudablmente, un olor inconfundible a carne manida, que desaparecía y reaparecía después más penetrante. Su cuerpo se había descompuesto con el calor de la noche anterior. Sí. Se estaba pudriendo. Dentro de p ocas horas vendría su madre a cambiar las floresy desde el umbral la azotaría el tufo de la carne descompuesta. Entonces sí lo llevarían a dormir su segunda muerte entre los otros muertos.
Pero de pronto el miedo le dio una puñalada por la espalda. ¡El miedo! ¡Qué pa labra tan honda, tan significativa! Ahora tenía miedo, un miedo “físico”, verdadero. ¿A qué se debía? El lo comprendía perfectamente y se le estremecía la carne: probablemente no estaba muerto. Lo habían metido allí, en esa caja que ahora sentía perfectamente, blanda, acolchada, terriblemente cómoda; y el fantasma del miedo le abrió la ventana de la realidad: ¡Lo iban a enterrar vivo!
No podía estar muerto, porque se daba cuenta exacta de todo; de la vida que giraba en torno suyo, murmurante. Del olor tibio de los heliotropos que penetraba por la ventana abierta y se confundía con el otro “olor”. Se daba perfecta cuenta del lento caer del agua en el estanque. Del grillo que se había quedado en el rincón y seguía cantando, creyendo que aún duraba la madrugada.
Todo le negaba su muerte. Todo menos el “olor”. Pero, ¿cómo podía saber que ese olor era suyo? Tal vez su madre había olvidado el día anterior cambiar el agua de los jarrones, y los tallos estaban pudriéndose. O tal vez el ratón, que el gato había arrstrado hasta su pieza, se descompuso con el calor. No. El “olor” no podías ser de su cuerpo.
Hacía unos momentos estaba feliz con su muerte, porque creía estar muerto. Porque un muerto puede ser feliz con su situación irremediable. Pero un vivo no puede resignarse a ser enterrado vivo. Sin embargo, sus miembros no respondían a su llamada. No podía expresarse, y era eso lo que le causaba terror; el mayor terror de su vida y de su muerte. Lo enterrarían vivo. Sentiría el vacío del cuerpo suspendido en hombros de los amigos, mientras su angustia y su desesperación se irían agrandando a cada paso de la procesión.
Inútilmente trataría de levantarse, de llamar con todas sus fuerzas desfallecidas, de golpear por dentro del ataúd oscuro y estrecho para que supieran que aún vivía, que iban a enterrarlo vivo. Sería inútil; allí tampoco responderían sus miembros al urgente y último llamado de su sis tema nervioso.
Oyó ruidos en la pieza contigua. ¿Estaría dormido? ¿Habría sido una pesadilla toda esa vida de muerto? Pero el ruido de la vajilla no continuó. Se puso triste y quizá tuvo disgusto por ello. Hubiera querido que todas las vajillas de la tierra se quebraran de un sólo golpe allí a su lado, para despertar por una causa ex terior, ya que su voluntad había fracasado.
Pero, no. No era un sueño. Estaba seguro de que de haber sido un sueño no habría fallado el último intento de volver a la realidad. El no despertaría ya más. Sentía la blandura del ataúd y el “olor” había vuelto ahora con mayor fuerza, con tanta fuerza, que ya dudaba de que era su propio olor. Hubiera querido ver allí a sus parientes, antes que comenzara a deshacerse, y el espectáculo de la carne putrefacta les produjera asco. Los vecinos huirían espantados del féretro con un pañuelo en la boca. Escupirían. No. Eso no. Era mejor que lo enterraran. Era preferible salir de “eso” cuanto antes. El mismo quería ahora deshacerse de su propio cadáver. Ahora sabía que estaba verdaderamente muer to, o al menos inapreciablemente vivo. Daba lo mismo. De todos modos persistía el “olor”.
Resignado oiría las últimas oraciones, los últimos latinajos mal respondidos por los acólitos. El frío lleno de polvo y de huesos del cementerio penetrará hasta sus huesos y tal vez disipe un poco ese “olor”. Tal vez –¡quién sabe!— la inminencia del momento le haga salir de ese letargo. Cuando se sienta nadando en su propio sudor, en una agua viscosa, espesa, como estuvo nadando antes de nacer en el útero de su madre. Talvez entonces esté vivo.
Pero estará ya tan resignado a morir, que acaso muera de resignación.
Le giraba dentro del cráneo vacío, sordo y punzante. Un panal se había levantado en las cuatro paredes de su calavera. Se agrandaba cada vez más en espirales sucesivos, y le golpeaba por dentro haciendo vibrar su tallo de vértebras con una vibración destemplada, desentonada, con el ritmo seguro de su cuerpo. Algo se había desadaptado en su estructura material de hombre firme; algo que “las otras veces” había funcionado normalmente y que ahora le estaba martillando de cabeza por dentro con un golpe seco y duro dado por unos huesos de mano descarnada, esquelética, y le hacía recordar todas las sensaciones amargas de la vida. Tuvo el impulso animal de cerrar los puños y apretarse la sien brotada de arterias azules, moradas, con la firme presión de su dolor desesperado. Hubiera querido localizar entre las palmas de sus dos manos sensitivas el ruido que le estaba a punta de diamante. Un gesto de gato doméstico contrajo sus músculos cuando lo imaginó perseguido por los rincones atormentados de su cabeza caliente, desgarrada por la fiebre. Ya iba a alcanzarlo. No.
El ruido tenía la piel resbaladiza, intangible casi. Pero él estaba dispuesto a alcanzarlo con su estrategia bien aprendida y apretarlo larga y definitivamente con toda la fuerza de su desesperación. No permitiría que penetrara otra vez por su oído: que saliera por su boca, por cada uno de sus poros o por sus ojos que se desorbitarían a su paso y se quedarían ciegos mirando la huída del ruido desde el fondo de su desgarrada oscuridad. No permitiría que le estrujara más sus cristales molidos, sus estrellas de hielo, contra las paredes interiores del cráneo. Así era el ruido aquel:
Pero le era imposible apretarse las sienes. Sus brazos se habían reducido y eran ahora los brazos de un enano; unos brazos pequeños, regordetes, adiposos. Trató de sacudir la cabeza. La sacudió. El ruido apareció entonces con mayor fuerza dentro del cráneo que se había endurecido, agrandado y que se sentía atraído con mayor fuerza por la gravedad. Estaba pesado y duro aquel ruido. Tan pesado y duro que de haberlo alcanzado y destruido había tenido habría tenido la impresión de estar deshojando una flor de plomo.
Había sentido ese ruido “las otras veces”, con la misma insistencia. Lo había sentido, por ejemplo, el día en que murió por primera vez. Cuando –ante la vista de un cadáver– se dio cuenta de que era su propio cadáver. Lo miró y se palpó. Se sintió intangible, inespacial, inexistente. El era verdaderamente un cadáver y estaba sintiendo ya, sobre su cuerpo joven y enfermizo, el tránsito de la muerte. La atmósfera se había endurecido en toda la casa como si hubiera sido rellena de cemento, y en medio de aquel bosque –en el que había dejado los objetos como cuando era una atmósfera de aire– estaba él, cuidadosamente colocado dentro del ataúd de un cemento duro pero transparente. Aquella vez, en su cabeza estaba también “ese ruido”. Qué lejanas y qué frías sentía las plantas de sus pies; allá en el otro extremo del ataúd, donde habían puesto una almohada, porque la caja le quedaba aún demasiado grande y hubo que ajustarlo, adaptar el cuerpo muerto a su nuevo y último vestido. Lo cubrieron de blanco y alrededor de su mandíbula apretaron un pañuelo. Se sintió bello envuelto en su mortaja; mortalmente bello.
Estaba en su ataúd, listo a ser enterrado, y sin embargo, él sabía que no estaba muerto. Que si hubiera tratado de levantarse lo hubiera hecho con toda facilidad. Al menos “espiritualmente”. Pero no valía la pena. Era mejor dejarse morir allí; morirse de “muerte”, que era su enfermedad. Hacía tiempo que el médico había dicho a su madre, secamente:
–Señora, su niño tiene una enfermedad grave: está muerto. Sin embargo –prosiguió–, haremos todo lo posible por conservarle la vida más allá de su muerte. Lograremos que continúen sus funciones orgánicas por un complejo sistema de autonutrición. Sólo variarán las funciones motrices, los movimientos espontáneos. Sabremos de su vida por el crecimiento que continuará también normalmente. Es simplemente “una muerte viva”. Una real y verdadera muerte...
Recordaba las palabras, pero confundidas. Tal vez no las oyó nunca y fue creación de su cerebro cuando subía la temperatura en las crisis de la fiebre tifoidea.
Cuando se sumergía en el delirio. Cuando leía la historia de los faraones embalsamados. Al subir la fiebre, él mismo se sentía protagonista de ella. Allí había empezado una especie de vacío en su vida. Desde entonces no podía distinguir, recordar cuáles acontecimientos eran parte de su delirio y cuáles de su vida real. Por tanto, ahora dudaba. Tal vez el médico nunca habló de esa extraña “muerte viva”. Es ilógica, paradojal, sencillamente contradictoria. Y eso lo hacía sospechar ahora que, efectivamente, estaba muerto de verdad. Que hacía dieciocho años que lo estaba.
Desde entonces –en el tiempo de su muerte tenía siete años– su madre le mandó hacer un ataúd pequeño, de madera verde; un ataúd para un niño. Pero el médico ordenó que le hicieran una caja más grande, una caja para un adulto normal, pues aquella, podría atrofiar el crecimiento y llegaría a ser un muerto deforme o un vivo anormal. O la detención del crecimiento impediría darse cuenta de la mejoría. En vista de aquella advertencia, su madre le hizo construir un ataúd grande, para un cadáver adulto, y le colocó tres almohadas a los pies, con el fin de ajustarlo.
Pronto empezó a crecer dentro de la caja, de tal manera que cada año podían sacarle un poco de lana a la almohada extrema para darle margen al crecimiento. Había pasado así media vida. Dieciocho años (ahora tenía veinticinco). Y había llegado a su estatura definitiva, normal. El carpintero y el médico se equivocaron en el cálculo e hicieron el ataúd medio metro más grande. Supusieron que él tendría la estatura de su padre, que era un gigante semibárbaro. Pero no fue así. Lo único que de él heredó fue la barba poblada. Una barba azul, espesa, que su madre acostumbraba arreglar para verlo decentemente dentro de su ataúd. Esa barba le molestaba terriblemente en los días de calor.
Pero había algo que le preocupaba más que “¡ese ruido!”. Eran los ratones. Precisamente, cuando niño, nada había en el mundo que le preocupara más, que le produjera más terror, que los ratones. Y eran precisamente esos animales asquerosos los que habían acudido al olor de las bujías que ardían a sus pies. Ya habían roído sus ropas y sabía que muy pronto empezarían a roerlo a él, a comerse su cuerpo. Un día pudo verlos: eran cinco ratones lucios, resbaladizos, que subían a la caja por la pata de la mesa y lo estaban devorando. Cuando su madre lo advirtiera, no quedaría ya de él sino los escombros, los huesos duros y fríos. Lo que más horror le producía no era exactamente que se lo comieran los ratones. Al fin y al cabo podría seguir viviendo con su esqueleto. Lo que lo atormentaba era el terror innato que sentía hacia esos animalitos. Se le erizaba la piel con sólo pensar en esos seres velludos que recorrían todo su cuerpo, que penetraban por los pliegues de su piel y le rozaban los labios con sus patas heladas. Uno de ellos subió hasta sus párpados y trató de roer su córnea. Le vio grande, monstruoso, en su lucha desesperada por taladrarle la retina. Creyó entonces una nueva muerte y se entregó, todo entero, a la inminencia del vértigo.
Recordó que había llegado a mayor de edad. Tenía veinticinco años y eso significaba que no crecería ya más. Sus facciones se volverían firmes, serias. Pero cuando estuviera sano no podría hablar de su infancia. No la había tenido. La pasó muerto.
Su madre había tenido rigurosos cuidados durante el tiempo que duró la transición de la infancia a la pubertad. Se preocupó pora higiene perfecta del ataúd y de la habitación en general. Cambiaba frecuentemente las flores de los jarrones y abría las ventanas todos los días para que penetrara el aire fresco. Con qué satisfacción miró la cinta métrica en aquel tiempo, cuando, después de medirlo, ¡comprobaba que había crecido varios centímetros!. Tenía la maternal satisfacción de verlo vivo. Cuidó, así mismo, de evitar la presencia de extraños en la casa. Al fin y al cabo era desagradable y misteriosa la existencia de un muerto por largos años en una habitación familiar. Fue una mujer abnegada. Pero muy pronto empezó a decaer su optimismo. En los últimos años, la vio mirar con tristeza la cinta métrica. Su niño no crecía ya más. En los meses pasados no progresó el crecimiento un milímetro siquiera. Su madre sabía que iba a ser difícil ahora encontrar la manera de advertir la presencia de la vida en su muerto querido. Tenía el temor de que una mañana amaneciera “realmente” muerto y tal vez por eso aquel día él pudo observar que se acercaba a su caja, discretamente, y olfateaba su cuerpo. Había caído en una crisis de pesimismo. Ultimamente descuidó las atenciones y ya ni siquiera tenía la precaución de llevar la cinta métrica. Sabía que ya no crecería más.
Y él sabía que ahora estaba “realmente” muerto, Lo sabía por aquella apacible tranquilidad con que su organismo se dejaba llevar. Todo había cambiado intempestivamente. Los latidos imperceptibles que sólo él podía percibir se habían desvanecido ahora de su pulso. Se sentía pesado, atraído por una fuerza reclamadora y potente hacia la primitiva substancia de la tierra. La fuerza de gravedad parecía atraerlo ahora con un poder irrevocable. Estaba innegable. Pero estaba más descansado así. Ni siquiera tenía que respirar para vivir su muerte.
Imaginariamente, sin tocarse, recorrió uno a uno cada uno de sus miembros. Allí, sobre una almohada dura, estaba su cabeza levemente v uelta hacia la izquierda. Imaginó su boca entreabierta por la delgada orilla de frío que le llenaba la garganta de granizo. Estaba tronchado como un árbol de veinticinco años. Quizá trató de cerrar la boca. El pañuelo que había apretado a su quijada estaba flojo. No pudo colocarse, componerse, tomar una “pose” siquiera para parecer un muerto decente. Ya los músculos, los miembros, no acudían como antes, puntuales al llamado de su sistema nervioso. Ya no era el de dieciocho años atrás, un niño normal que podía moverse a gusto. Sintió sus brazos caídos, tumbados para siempre, apretados contra las paredes acojinadas del ataúd. Su vientre duro, como una corteza de nogal. Y más allá las piernas íntegras, exactas, complementando su perfecta anatomía de adulto. Su cuerpo reposaba con pesadez, pero apaciblemente, sin malestar alguno, como si el mundo se hubiera detenido de repente, y nadie interrumpiera el silencio; como si todos los pulmones de la tierra hubieran dejado de respirar para no interrumpir la liviana quietud del aire. Se sentía feliz como un niño bocarriba sobre la hierba fresca y apretada, contemplando una nube alta que se aleja por el cielo de la tarde. Era feliz, aunque sabía que estaba muerto, que reposaba para siempre en la caja recubierta de seda artificial. Tenía una gran lucidez. No era como antes, después de su primera muerte, en que se sintió embotado, bruto. Las cuatro bujías que habían puesto en derredor suyo, y que eran renovadas cada tres meses, empezaban a agotarse nuevamente: precisamente cuando iban a ser indispensables. Sintió la vecindad de la frescura en las violetas húmedas que su madre había llevado aquella terrible mañana. La sintió en las azucenas, en las rosas. Pero toda aquella terrible realidad no le causaba ninguna inquietud; al contrario, era feliz allí, sólo con su soledad. ¿Sentirse miedo después?
Quien sabe. Era duro pensar en el momento en que el martillo golpeara los clavos sobre la madera verde y crujiera el ataúd bajo la esperanza segura de volver a ser árbol. Su cuerpo atraído ahora con mayor fuerza por el imperativo de la tierra, quedaría ladeado en un fondo húmedo, arcilloso y blanco, y allá arriba, sobre cuatro metros cúbicos, se irían apagando los últimos golpes de los sepultureros. No. Allí tampoco sentiría miedo. Eso sería la prolongación de su muerte, la prolongación más natural de su nuevo estado.
No quedaría ya ni un grado de calor en su cuerpo, su médula se habría enfriado para siempre, y unas estrellitas de hielo penetrarían hasta el tuétano de sus huesos. ¡Qué bien se acostumbraría a su nueva vida de muerto! Un día –sin embargo– sentirá que se derrumba su armadura sólida; y cuando trate de citar, de repasar cada uno de sus miembros, no los encontrará. Sentirá que no tiene forma exacta definida, y sabrá resignadamente que ha perdido su perfecta anatomía de 25 años y que se ha convertido en un puñado de polvo sin forma, sin definición geométrica.
En el polvillo bíblico de la muerte. Acaso sienta entonces una ligera nostalgia: nostalgia de no ser un cadáver formal, anatómico, sino un cadáver imaginario, abstracto, armado únicamente en el recuerdo gorroso de sus parientes. Sabrá entonces, que va a subir por los vasos capilares de un manzano y al despertarse medido por el hambre de un niño en una mañana otoñal. Sabrá entonces –y eso sí le entristecía– que ha perdido su unidad: que ya no es –siquiera– un muerto ordinario, un cadáver común.
La última noche la había pasado feliz, en la solitaria compañía de su propio cadáver.
Pero al nuevo día, al penetrar los primeros rayos del sol tibio por la ventana, abierta, sintió que su piel se había reblandecido. Observó un momento. Quieto, rígido. Dejó que el aire corriera sobre su cuerpo. No pudo dudarlo: allí estaba el “olor” . Durante la noche la cadaverina había empezado a hacer sus efectos. Su organismo había empezado a descomponerse, a pudrirse, como el cuerpo de todos los muertos. El ”olor” era, indudablmente, un olor inconfundible a carne manida, que desaparecía y reaparecía después más penetrante. Su cuerpo se había descompuesto con el calor de la noche anterior. Sí. Se estaba pudriendo. Dentro de p ocas horas vendría su madre a cambiar las floresy desde el umbral la azotaría el tufo de la carne descompuesta. Entonces sí lo llevarían a dormir su segunda muerte entre los otros muertos.
Pero de pronto el miedo le dio una puñalada por la espalda. ¡El miedo! ¡Qué pa labra tan honda, tan significativa! Ahora tenía miedo, un miedo “físico”, verdadero. ¿A qué se debía? El lo comprendía perfectamente y se le estremecía la carne: probablemente no estaba muerto. Lo habían metido allí, en esa caja que ahora sentía perfectamente, blanda, acolchada, terriblemente cómoda; y el fantasma del miedo le abrió la ventana de la realidad: ¡Lo iban a enterrar vivo!
No podía estar muerto, porque se daba cuenta exacta de todo; de la vida que giraba en torno suyo, murmurante. Del olor tibio de los heliotropos que penetraba por la ventana abierta y se confundía con el otro “olor”. Se daba perfecta cuenta del lento caer del agua en el estanque. Del grillo que se había quedado en el rincón y seguía cantando, creyendo que aún duraba la madrugada.
Todo le negaba su muerte. Todo menos el “olor”. Pero, ¿cómo podía saber que ese olor era suyo? Tal vez su madre había olvidado el día anterior cambiar el agua de los jarrones, y los tallos estaban pudriéndose. O tal vez el ratón, que el gato había arrstrado hasta su pieza, se descompuso con el calor. No. El “olor” no podías ser de su cuerpo.
Hacía unos momentos estaba feliz con su muerte, porque creía estar muerto. Porque un muerto puede ser feliz con su situación irremediable. Pero un vivo no puede resignarse a ser enterrado vivo. Sin embargo, sus miembros no respondían a su llamada. No podía expresarse, y era eso lo que le causaba terror; el mayor terror de su vida y de su muerte. Lo enterrarían vivo. Sentiría el vacío del cuerpo suspendido en hombros de los amigos, mientras su angustia y su desesperación se irían agrandando a cada paso de la procesión.
Inútilmente trataría de levantarse, de llamar con todas sus fuerzas desfallecidas, de golpear por dentro del ataúd oscuro y estrecho para que supieran que aún vivía, que iban a enterrarlo vivo. Sería inútil; allí tampoco responderían sus miembros al urgente y último llamado de su sis tema nervioso.
Oyó ruidos en la pieza contigua. ¿Estaría dormido? ¿Habría sido una pesadilla toda esa vida de muerto? Pero el ruido de la vajilla no continuó. Se puso triste y quizá tuvo disgusto por ello. Hubiera querido que todas las vajillas de la tierra se quebraran de un sólo golpe allí a su lado, para despertar por una causa ex terior, ya que su voluntad había fracasado.
Pero, no. No era un sueño. Estaba seguro de que de haber sido un sueño no habría fallado el último intento de volver a la realidad. El no despertaría ya más. Sentía la blandura del ataúd y el “olor” había vuelto ahora con mayor fuerza, con tanta fuerza, que ya dudaba de que era su propio olor. Hubiera querido ver allí a sus parientes, antes que comenzara a deshacerse, y el espectáculo de la carne putrefacta les produjera asco. Los vecinos huirían espantados del féretro con un pañuelo en la boca. Escupirían. No. Eso no. Era mejor que lo enterraran. Era preferible salir de “eso” cuanto antes. El mismo quería ahora deshacerse de su propio cadáver. Ahora sabía que estaba verdaderamente muer to, o al menos inapreciablemente vivo. Daba lo mismo. De todos modos persistía el “olor”.
Resignado oiría las últimas oraciones, los últimos latinajos mal respondidos por los acólitos. El frío lleno de polvo y de huesos del cementerio penetrará hasta sus huesos y tal vez disipe un poco ese “olor”. Tal vez –¡quién sabe!— la inminencia del momento le haga salir de ese letargo. Cuando se sienta nadando en su propio sudor, en una agua viscosa, espesa, como estuvo nadando antes de nacer en el útero de su madre. Talvez entonces esté vivo.
Pero estará ya tan resignado a morir, que acaso muera de resignación.
viernes, 13 de febrero de 2015
Gabriel García Márquez une Colombia y España con sus palabras
Varios artistas materializarán vocablos en Matadero Madrid
![]() |
| El escritor colombiano Gabriel García Márquez./elpais.com |
Madrid recibe este mes una invasión de arte colombiano. En la feria Arco, que empezará el próximo 25 de febrero, el país latinoamericano es el invitado y protagonista. Y, para acompañar la visita de sus artistas, la Embajada de Colombia y Telefónica rendirán un homenaje interactivo al escritor Gabriel García Márquez (1927-2014) en Matadero Madrid, a través de la exposición Travesía por los estados de la palabra.La muestra simboliza, según sus organizadores, un recorrido por la obra del autor colombiano, con una selección de fragmentos literarios que hacen referencia a los mares que unen a ambos países y que está presente en casi todas sus obras.El concepto creativo de la muestra nace del discurso Botella al mar para el dios de las palabras, que García Márquez pronunció en el primer Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Zacatecas (México) en 1997. En su intervención, el autor de Cien años de soledad reflexionaba sobre el poder de la palabra en la era de la imagen y la necesidad de liberarla de sus hierros normativos.Por eso, quienes se acerquen al montaje, empezarán por ver un vídeo realizado en Cartagena de Indias, en el que distintos colectivos artísticos y personalidades del panorama cultural colombiano leen fragmentos seleccionadas de los textos de su compatriota.Para ellos, esta lectura simboliza la libertad de las palabras, que al ser leídas comienzan su viaje por los aires. Pero esta vez será diferente: un grupo de artistas las van a capturar e intervenir para que finalmente sean materializadas en 3D y expuestas en Matadero Madrid. Tienen preparadas 50 impresoras tridimensionales que producirán más de 10.000 vocablos.Esa será la muestra física, pero también habrá una digital. En una página web (losestadosdelapalabra.com) se ha creado un mar paralelo por el que se podrá navegar con la ayuda del ratón y del teclado.Los internautas tendrán también la posibilidad de escuchar las grabaciones de los fragmentos escogidos. De esta manera, los textos y las creaciones artísticas llegarán a usuarios en cualquier parte del mundo, que también podrán compartir sus opiniones en las redes sociales con el hashtag #EstadosDeLaPalabra.Tras la exposición, las piezas resultantes realizarán una gira que recorrerá colegios tanto de España como de Colombia para desarrollar talleres con las impresoras 3D y las esculturas finales.Con esto, los organizadores esperan estimular la programación web creativa en los artistas del futuro, especialmente en Latinoamérica, que ha venido a demostrar que puede estar a la cabeza del arte contemporáneo.
Ventaja residual de los prejuicios estéticos
Saturado por la popularidad de Cien años de soledad, el autor de El frasquito se acercó al escritor colombiano a través de dos libros significativos: El coronel no tiene quien le escriba y Vivir para contarla
Gabriel García Márquez, el creador de Macondo./adncultura.com Es posible que el prejuicio, incluido el estético, imposibilite cualquier lectura. Nunca fui ajeno a los que mi tiempo imponía. Anotando esta forma de leer como reactiva, por lo tanto como obstáculo, paso a encontrar en ella lo que podría considerar una ventaja residual: la lectura a destiempo.En los años setenta, Cien años de soledad dominaba el campo literario. Que lo dominaba quiere decir que a los lectores ese libro les cambiaba la vida. En los tiempos de nuestros padres y aun todavía años más atrás, a las jóvenes se les ponía el nombre de las heroínas literarias. Con el libro de García Márquez, a algunas criaturas nacidas en esa época las bautizaron Amaranta o Aureliano. Esa impronta tenía Cien años de soledad cuando me iniciaba en la literatura. Con otros escritores de mi generación, los que hacíamos la revista Literal, le oponíamos al realismo mágico el barroco de Lezama Lima. Por supuesto, el faro, un poco descentralizado del sistema del boom latinoamericano por estar escrito en portugués y que brillaba como una estrella solitaria, era Gran sertón veredas de João Guimarães Rosa. Es posible que en su universo estuviesen lo mágico, el mito, el hombre de estos tristes trópicos pero contado en un estilo sólo comparable al de Joyce.En ese estado de lengua, con los años fui leyendo a García Márquez. Fundamentalmente, El coronel no tiene quien le escriba. En su brevedad, cada palabra se vuelve necesaria. Como otros escritores (Juan Carlos Onetti con Santa María, Edgar Lee Masters con Spoon River), García Márquez fundó un territorio, aunque la comparación más utilizada ha sido la de Macondo con el universo de Yoknapatawpha de William Faulkner. Creo que el personaje de García Márquez no tiene nada de sureño sino que es latinoamericano.Lector de autobiografías, leí entonces Vivir para contarla, que remite a un lugar común, "vivió para contarla" indica desde su título, desde la lengua misma, que alguien sobrevivió para poder contar o porque contó sobrevivió la vida. Gide decía en su Diario: "Escribir es poner algo a salvo de la muerte". En esta ocasión, el título de la autobiografía de García Márquez, Vivir para contarla, permite el quiasmo: contarla para vivir. Es un libro que, como muchas obras de ese género (cartas, diarios, memorias, autobiografías), para decirlo kafkianamente, dispara el mecanismo de lo íntimo. El relato comienza con la persona de la madre. Es posible que en esa infancia perdida en la memoria, la madre aparezca como esa primera figura, ya sea por su presencia o su ausencia, su recuerdo o su olvido.La autobiografía empieza en el momento en que la madre busca a su hijo, en este caso, Gabriel García Márquez. ¿Dónde lo busca? En una librería llamada Mundo y en los cafés. Es cierto: un mundo. Entonces madre e hijo comienzan un viaje y una conversación parca, tan bella como Conversación en Sicilia de Elio Vittorini.En ese viaje, está en juego no sólo la venta de la casa paterna sino también la vocación del hijo, Gabito; vocación que es la descripción de una lucha con el padre que soñaba para su hijo un destino universitario. Las primeras páginas son una especie de bildungsroman donde el escritor reafirma su vocación en una frase de Bernard Shaw: "Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela". Fue en las matinés en el teatro Colombia, donde el que un día sería escritor aprendió qué era inventar una historia de suspenso:Otra conquista de aquella época fue el permiso de mi padre para ir solo a la matiné de los domingos en el teatro Colombia. Por primera vez se pasaban seriales con un episodio cada domingo, y se creaba una tensión que no permitía tener un instante de sosiego durante la semana. La invasión de Mongo fue la primera epopeya interplanetaria que sólo pude reemplazar en mi corazón muchos años después con La odisea del espacio de Stanley Kubrick. Sin embargo, el cine argentino, con las películas de Carlos Gardel y Libertad Lamarque, terminó por derrotar a todos.El título atraviesa toda la autobiografía: Vivir para contarla ya implica esa tensión desasosegada. El viaje está atravesado por las lecturas de García Márquez, cuando por ejemplo se acerca al mar, cita una frase de Conrad ("En el mar somos todos iguales"), que se mezcla con una frase de su abuelo: "Del otro lado no hay orilla". Pero también una vida no sólo para contar, sino también para leer. Los libros llegaban desde Buenos Aires y nos cuenta su primera biblioteca: "Así descubrí para mi suerte los ya descubiertos: Jorge Luis Borges, D. H. Lawrence, Aldous Huxley, Graham Greene, G. K. Chesterton, W. Iris, Katherine Mansfield y muchos más". También comienza a construir su propio territorio con una alusión a Faulkner: "Más tarde, cuando empecé a leer a Faulkner, también los pueblos de sus novelas se parecían a los nuestros: los trenes habían sido construidos por la misma compañía: United Fruit Company". Mientras tanto, en ese vagón faulkneriano se sumerge en el sopor de Luz de agosto. A su alrededor, el paisaje comienza a duplicarse y las lanchas son imitaciones reducidas de los vapores de Nueva Orleans. Ese viaje con la madre dura toda la noche:Así se mantuvo hasta la medianoche, cuando me cansé de leer con un temor insoportable y las luces mezquinas del corredor, y me senté a fumar a su lado, tratando de salir a flote de las arenas movedizas de Yoknapatawpha.Como suele suceder cuando un escritor cuenta su propia vida, termina ignorando lo que fue. Vivir para contarla no es una excepción. En una escena final entre el escritor y Lácides (el portero inolvidable del Rascacielos), el diálogo tiene lugar en Barranquilla:-Lo que no entiendo, don Gabriel, es por qué no me dijo nunca quién era usted.-Ay, mi querido Lácides -le contesté, más adolorido que él-, no podía decírselo porque todavía hoy ni yo mismo sé quién soy yo.Es verdad, en esa invitación al yo que propone el género, a veces, felizmente, el autor logra que el yo se olvide de él. Lo contrario es una utopía como otras. Ese tren fantasmal hace una parada en una estación sin pueblo. Una finca bananera que tenía escrito el nombre en el portal: Macondo:Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni me pregunté siquiera qué significaba. Lo había usado ya en tres libros como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual de que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganica existe una etnia errante de los makondos y pensé que aquél podía ser el origen de la palabra. Pero nunca lo averigüé ni conocí el árbol, pues muchas veces pregunté por él en la zona bananera y nadie supo decírmelo. Tal vez no existió nunca.Es posible. Pero si un lector leyera una edición actualizada de la Enciclopedia Británica, seguramente en la entrada Macondo, se encontraría con esta definición: pueblo real del trópico, inventado por García Márquez...
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