El documental Gabo recorre la vida del escritor colombiano que falleció en abril de 2014
Tres momentos de Gabo./elespectador.com Un documental que recorre la vida "de un escritor nacido en la pobreza y cuyo amor por la vida y sensibilidad mágica y sensual, lo impulsaron a tomar el camino que le permitiría posicionarse como uno de los escritores más importantes de todos los tiempos" preparan los canales Caracol y Discovery para rendir homenaje a Gabriel García Márquez.El especial de una hora, dirigido por el británico Justin Webster, producido por Caracol Televisión y narrado por el novelista colombiano Juan Gabriel Vásquez, recorre los sucesos más importantes de la vida de García Márquez resaltando su inclinación constante por la escritura, pasando por su oficio como periodista de dos importantes diarios de Colombia, hasta alcanzar el Premio Nobel que lo puso en la cima del mundo literario en 1982, gracias a su obra maestra 'Cien años de soledad'."¿Por qué Gabo? Porque -sorprendentemente- no existe un documental sobre él creado para una audiencia internacional. Digo sorprendentemente, porque no solo es un autor universal, con 50 millones de libros vendidos, sino porque su vida es una historia apasionante y reveladora que abarca casi todo el siglo 20. Y porque todos hemos experimentado la magia de leer un libro de él por primera vez", afirma Webster, director británico, periodista y escritor independiente, reconocido internacionalmente por documentales premiados como Seré Asesinado y FC Barcelona Confidential."Gabo" se estrena el próximo 12 de abril a las 8 de la noche en Discovery, casi un año después del fallecimiento del escritor.Para la realización del documental, el equipo de Caracol Televisión realizó un recorrido por los sitios frecuentados por el escritor y tomó como referencia los testimonios y anécdotas de personajes que hicieron parte de su vida. La inclusión de imágenes de archivo en el especial permitirá a la audiencia conocer algunos momentos registrados en cámara y revivir la época en que el escritor alcanzó la fama y el éxito."Con este especial Discovery quiere rendir homenaje a una de las figuras más importantes de la cultura latinoamericana, uno de los escritores más universales de nuestros tiempos. Tener testimonios del expresidente de los EE.UU. Bill Clinton, y poder conversar con los hermanos de 'Gabo' sobre él, hacen que este programa se convierta en un documento que refleja su visión mágica del mundo", explica Michella Giorelli, VP de Producción y Desarrollo de Discovery Networks Latin America/USH.Entrevistas inéditas a familiares, amigos y allegados hacen parte de la reconstrucción de la historia relatada en "Gabo", esa misma que a lo largo de los años ha inspirado a varios escritores alrededor del mundo. Personajes como Bill Clinton, expresidente de los Estados Unidos; Gerald Martin, biógrafo principal del escritor; Jaime García Márquez, hermano de García Márquez; Plinio Apuleyo Mendoza, escritor y mejor amigo; César Gaviria, expresidente de Colombia; entre otros, hacen parte de los personajes que con sus testimonios reviven la historia de uno de los íconos literarios más importantes del mundo.Locaciones significativas que marcaron la vida de García Márquez en países como Colombia, Francia, México, Cuba y España permitieron que el equipo de producción retratara de la manera más fiel los pasos más importantes en la vida de "Gabo". El viaje de Juan Gabriel Vásquez a través de la historia del escritor, permitirá a la audiencia entender porqué el nobel colombiano marcó un hito en el mundo de la literatura de su país, latinoamericana y mundial."Este es, sin duda, un especial que todos los colombianos debemos ver en familia, llenos de orgullo y admiración por nuestro Gabo", dice Felipe Cabrales, gerente general de Discovery Communications en Colombia."Gabo" es producido por JW Productions, Ronachan Films, y Horne Productions en coproducción con Discovery Latin America y Caracol Televisión. Este especial contó con el apoyo de Canal + España y GebruederBeetz Filmproduktion.
viernes, 10 de abril de 2015
Homenaje a Gabriel García Márquez en televisión
Un búlgaro influido por el universo de Gabo
El ilustrador Penko Gelev dibujó una colección de obras clásicas en formato de novela gráfica
Gelev nació en Assenovgrad, Bulgaria, en 1968./eltiempo.com La lectura siempre ha sido para el ilustrador búlgaro Penko Gelev su tabla de salvación. Y uno de los autores que más lo marcaron fue nuestro premio nobel Gabriel García Márquez.
En 1987, cuando tenía 19 años, el artista debió partir a prestar el servicio militar que era obligatorio en su natal Bulgaria. Sin saber en dónde se encontraba, entró en una gran depresión el primer día, luego de que le entregaron su cama y el gabinete para que guardara sus objetos personales.
Cuál sería su sorpresa, cuando al abrir uno de los cajones de este mueble, se encontró con un ejemplar olvidado de Cien años de soledad, el libro que él había leído en su adolescencia. “De hecho, sigue siendo mi preferido. Creo que no existe otro libro como este”, comentó desde su residencia en Sofía, adonde lo contactó EL TIEMPO para hablar, precisamente, de la colección juvenil sobre los clásicos que él ilustró y que Panamericana Editorial trae al país.
En las librerías ya se consiguen 4 de los 22 libros que Gelev ha ilustrado: Drácula, de Bram Stoker; Viaje al centro de la tierra, de Julio Verne; Dr. Jekyll & Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson, y El diario secreto de Víctor Frankenstein, inspirado en el personaje de Mary Shelley. Sin embargo, el artista también ha abordado las obras de Víctor Hugo, Charles Dickens, Herman Melville, Alejandro Dumas, Mark Twain, Shakespeare, Charlotte Brontë, Jonathan Swift y Jack London.
“El objetivo principal es dar a conocer estas novelas en una forma atractiva para los niños y jóvenes, que los motive a leerlas”, anota Gelev, al destacar que durante su juventud también fue un gran lector de algunos de estos clásicos, que ha tenido que releer otra vez.
A partir de ahí, el ilustrador inicia una investigación detallada sobre la época, la arquitectura, los muebles, la ropa, los peinados de los personajes, los instrumentos que utilizan, las armas y hasta los aparejos de los caballos. “Trato de llegar hasta el más mínimo detalle, antes de iniciar la gran cantidad de dibujos preparatorios de los propios personajes; así sean personajes insignificantes que aparecerán una o dos veces en la historia”, explica.
Así va logrando los gestos de los protagonistas, la característica que suele enfatizar. “Esta es una de mis principales preocupaciones. Intento hacer cada personaje convincente, y de alguna manera único. Nada trae más vida a la ilustración que la expresión en el rostro del personaje. También trato de expresar las principales cualidades de los personajes en sus rostros”, comenta.
Ahora Gelev espera que así como estos grandes autores de la literaria universal lo han salvado a él en más de una oportunidad, lo hagan también con los jóvenes de hoy, que quizás tenga la oportunidad de encontrar perdido en algún cajón, como le ocurrió a él, algún autor de su preferencia.
Por eso, hace una invitación para hacer lo mismo que él, cuando estuvo en el ejército. “Cuando terminé, también dejé olvidado en el cajón ese ejemplar de Cien años de soledad, que quizás ayudó otra persona”, concluye el ilustrador.
Entre la ilustración y la animación
Gelev comenta que uno de sus últimos trabajos fue la ilustración para un cuento sobre ‘La flauta mágica’, la ópera de Mozart, para niños. Además, viene trabajando, junto con su hermano Sotir, en una serie de cortos animados, que en el futuro conformarán una película de siete historias. “Muy pronto, saldrá acá en Bulgaria mi cómic ‘Elias and August’, que cuenta la historia de un niño y una bestia que vive debajo de su cama”, comenta
jueves, 9 de abril de 2015
Gabo entrará en el museo de cera de Cuba en el cumpleaños de Fidel Castro
La pieza fue elaborada por los hermanos Rafael y Leander Barrios, también autores de la figura del célebre escritor estadounidense Ernest Hemingway
Fidel Castro conversando en La Habana con el escritor Gabriel García Márquez durante la cena de gala del II Festival Internacional del Habano./elespectador.com El fallecido Premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez entrará en el Museo de Cera de Cuba el próximo 13 de agosto, día en que su amigo Fidel Castro cumplirá 88 años. La figura de García Márquez, quien murió en abril en México, "será develada el próximo 13 de agosto en el museo", en la oriental ciudad de Bayamo, señaló la agencia cubana Prensa Latina, sin precisar detalles de la escultura. La pieza fue elaborada por los hermanos Rafael y Leander Barrios, también autores de la figura del célebre escritor estadounidense Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura 1954, que exhibe el museo, único de su tipo en la isla. García Márquez, Premio Nobel 1982, residió en Cuba por varios años, en los cuales entabló una cercana amistad con Fidel Castro, retirado del poder desde 2006 por razones de salud. El escritor colombiano, quien ofició como emisario secreto entre Fidel Castro y el presidente norteamericano Bill Clinton, presidió en La Habana la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y fue uno de los impulsores del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, que cada año se celebra en La Habana. En su colección el museo incluye figuras de algunas estrellas de la música cubana como Benny Moré (el Bárbaro del Ritmo), Francisco Repilado (Compay Segundo) e Ignacio Villa (Bola de Nieve), Carlos Puebla (el cantor del pueblo), y Sindo Garay (uno de los grandes de la trova tradicional).
martes, 7 de abril de 2015
Abierta convocatoria Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2015
Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez presenta su segunda edición
Gabriel García Márquez, en la época del impacto mundial de Cien años de soledad./bibliotecanacional.gov.co Por segundo año consecutivo, el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia premiarán el quehacer de los cuentistas en lengua española.Con el objetivo de contribuir a la consolidación del género del cuento y de la industria editorial en Hispanoamérica, el Gobierno nacional anuncia la apertura de la segunda edición del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, un galardón destinado a honrar la memoria del colombiano más universal y uno de los escritores más populares y leídos del mundo.Esta iniciativa, que contó con el aval del Nobel de Literatura y de su familia, y que tendrá una vigencia de 20 años, busca estimular la apuesta de cientos de escritores dedicados a este género y motivar la lectura y la escritura de los colombianos y proyectarlos al ámbito hispanoamericano.En la primera versión del Premio Hispanoamericano de Cuento, celebrada en 2014, participaron 123 libros de cuentos publicados en 2013 a lo largo y ancho de Hispanoamérica. El ganador fue el escritor argentino, Guillermo Martínez, con su libro de cuentos Una felicidad repulsiva.El libro ganador y el de los cuatro escritores finalistas, Carolina Bruck (Argentina, 1971); Héctor Manjarrez (México, 1945);Oscar Sipán (España, 1974) y Alejandro Zambra (Chile, 1975) hacen parte hoy de la Biblioteca del Premio Hispanoamericano de Cuento y circulan en las 1.404 Bibliotecas que conforman la Red Nacional de Bibliotecas Públicas de Colombia.El Premio se otorgará anualmente a un libro de cuentos de un escritor, con la condición de que su obra haya sido originalmente escrita en español y editada por primera vez el año inmediatamente anterior al de la convocatoria. Ver bases del Premio 2015.En la ceremonia de entrega de la primera versión del Premio, realizada el pasado 21 de noviembre en el Teatro Colón de Bogotá, el Presidente Juan Manuel Santos, afirmó que “Colombia se enorgullece de ser la promotora del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, por varios motivos. Primero: porque es un justo homenaje al mayor escritor de nuestra historia, que empezó como cuentista y que desarrolló este género con maestría, como lo haría también con la novela y la crónica. Los funerales de la mamá grande, Ojos de perro azul, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, y Doce Cuentos Peregrinos son libros que contienen relatos que dan cuenta del mejor García Márquez y que reflejan –como pocos– el espíritu de un pueblo que, como el colombiano, jamás se cansa de soñar e imaginar. Segundo: porque Colombia –además de Gabo– ha contado con excelentes cultores del género, como Tomás Carrasquilla, Manuel Mejía Vallejo, Eduardo Caballero Calderón, Pedro Gómez Valderrama, Luis Fayad, Mario Mendoza, Tomás González o Evelio Rosero, entre muchos otros. Tercero: porque el cuento ha sido una tradición mayor en Hispanoamérica y queremos reavivarla desde Colombia”.Consuelo Gaitán, Directora de la Biblioteca Nacional de Colombia, señaló por su parte que “el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez está directamente ligado a los esfuerzos de este gobierno por cautivar más y más lectores. Sabedores de que la mayor parte de los seres humanos entramos al mundo de la lectura a través de los cuentos, el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia buscan dirigir la atención sobre este género ligado a quien nos ha regalado historias perturbadoras de ahogados, de amores inverosímiles, de atmósferas caribeñas suspendidas en el tiempo. Consideramos que esta es una buena táctica para atrapar lectores”.Gabriel García Márquez, quien falleció el 17 de abril de 2014, en Ciudad de México, escribió alrededor de cuarenta y cuatro cuentos, entre los que se destacan: “El ahogado más hermoso del mundo”, “Ojos de perro azul”, “La mujer que llegaba a las seis”, “En este pueblo no hay ladrones”, “Un señor muy viejo con unas alas enormes” y “La luz es como el agua”, relatos que ocupan un destacado lugar en la historia de la literatura universal.El cierre de la convocatoria para participar en la segunda edición del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez será el próximo 15 de mayo.
Gabriel García Márquez y su amor por el neorrealismo italiano, homenajeado en Roma
El amor de Gabriel García Márquez por el neorrealismo italiano, del que la literatura del realismo mágico es hija, fue recordado hoy en Roma, ciudad a la que el Nobel viajó para estudiar esa corriente cinematográfica
Gabriel García Márquez y su amor por el neorrealismo italiano, homenajeado en Roma./lainformacion.com "Nostalgia de Gabo y su Amor por el Cine Neorrealista" fue el título del homenaje, celebrado en la Casa del Cine de Roma por la Embajada de Colombia en Italia, que constituyó "un interesante recuerdo no solo a sus obras sino también a su relación con el cine", señaló el embajador Juan Sebastián Betancur."Gabo amó siempre el mundo del neorrealismo. Él decía: no he estudiado cine, sino el neorrealismo. Amaba el cine casi tanto como a la literatura", dijo a Efe el periodista y escritor Gianni Miná, que participó en el homenaje junto a los directores Francesco Rosi y Fernando Birri, y a la profesora de literatura hispano-americana Alessandra Riccio.En la década de 1950, García Márquez viajó a Roma "fascinado por la figura" del guionista y escritor Cesare Zavattini, uno de los principales teóricos del neorrealismo, e ingresó en el Centro Experimental de Cinematografía de Cinecittà, que vivía en aquellos momentos una de sus épocas más esplendorosas.Durante el tributo al ganador del Premio Nobel de Literatura, se presentó una película inédita en la que García Márquez, junto al resto de cofundadores de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de Cuba, explican "cómo la literatura del realismo mágico es hija del neorrealismo italiano", señaló Miná.El periodista y director de la revista Latinoamericana recordó que había conocido a García Márquez durante un viaje a México del entonces presidente italiano Sandro Pertini."A partir de ahí comenzó una profunda amistad con Gabo. Más tarde lo volví a ver en Roma y en Cannes, cuando se presentó alguna adaptación al cine de sus obras", comentó.Buena parte de las obras literarias de García Márquez han sido llevadas al cine por diversos autores, entre ellos Rosi, quien en 1987 dirigió "Crónica de una muerte anunciada".No obstante, la obra más reconocida y universal de García Márquez, Cien años de Soledad, nunca ha sido trasladada a la gran pantalla por expreso deseo del escritor de Aracataca."Gabo dio permiso para adaptar al cine casi todas sus novelas, pero con Cien años de soledad resistió incluso a la presión de sus amigos más íntimos. Sería demasiado difícil -opinó- escribir el guión de esta obra y plasmarlo en la pantalla".Durante el homenaje se pudo contemplar una exposición de retratos del escritor colombiano realizados por el pintor italiano Franco Azzinari.
jueves, 26 de marzo de 2015
Gabo y su gran lección
Este es el texto que leyó el escritor colombiano, Juan Gabriel Vásquez en el homenaje que le rindió la ONU a Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez dijo que el deber de todo revolucionario es escribir bien./eltiempo.com En 1949, poco después de cumplir los 22 años, el joven Gabriel García Márquez recibió por correo un paquete de libros que le enviaba su amigo Álvaro Cepeda Samudio. Entre ellos estaba Orlando, de Virginia Woolf, en la traducción que Borges hizo para la editorial argentina Sur. Muchos años después, frente al actual propietario de ese libro, el periodista Gustavo Arango encontró la nota que aquel joven lector había dejado en la primera página. García Márquez apenas estaba escribiendo por entonces sus primeros cuentos y le faltaba todavía un lustro para publicar su primera novela, pero eso no le impidió comentar a Virginia Woolf con esta frase lapidaria: “Imita mucho a Gabriel García Márquez”.
Siempre me ha parecido que en esta línea burlona se condensa la que ha sido, en mi opinión, la gran lección de García Márquez: su relación con sus influencias. No está de más repetir lo que ya he dicho otras veces: para mí, que nací siete años después de la publicación de Cien años de soledad, que publiqué mi primer libro quince años después de que García Márquez hablara en Estocolmo sobre la soledad de América Latina, leer la obra del más grande novelista colombiano ha sido leer a un clásico, un clásico que fue esencial para mi vocación, y no, como suele creerse, una amenaza o una sombra. Cuando se me pregunta sobre la presencia de García Márquez en la nueva literatura colombiana, suelo sorprenderme de que la misma pregunta no se le haga con tanto ahínco a Salman Rushdie, a Toni Morrison o a Mo Yan, cuyos libros la delatan (orgullosamente) mucho más que los nuestros.En el fondo, se trata de un gran malentendido: la idea de que la influencia literaria es territorial. Es decir: si yo soy colombiano y novelista, la influencia del gran novelista colombiano me resultará inevitablemente contagiosa. Más que hablar de influencias, como he dicho en otra parte, parece que habláramos de infuenza. La mejor prueba en contra de esta idea recibida (la mejor vacuna, si me permiten ustedes la expresión) es la obra misma de García Márquez, cuyo desarrollo está lleno de pequeñas pero invaluables epifanías sobre ese proceso aterrorizador que es la búsqueda de la identidad literaria. Pues lo interesante y lo iluminador, en el caso de García Márquez, es que ese proceso se basó, por completo o casi por completo, en tradiciones que no eran las de su país, ni siquiera las de su lengua.“Todavía no se ha escrito en Colombia la novela que esté indudable y afortunadamente influida por Joyce, por Faulkner o Virginia Woolf”, escribe García Márquez en un artículo de 1950. Y luego: “Si los colombianos hemos de decidirnos acertadamente, tendríamos que caer irremediablemente en esa corriente”. El joven García Márquez ha advertido que los caminos de la novela colombiana serán híbridos o no serán. Enfrentado a las hordas de nacionalistas literarios que durante décadas habían defendido a ultranza la pureza de la retórica hispana, García Márquez se atreve a sugerir que la vida está en otra parte; enseguida entra a saco en esos novelistas, robándoles todo lo que era capaz de llevar en sus bolsillos. Ha descubierto, por ejemplo, que el mundo de William Faulkner, con sus plantaciones de algodón y su guerra civil –la de Secesión– flotando en el pasado, es extraordinariamente parecido al mundo de su infancia, con sus plantaciones de banano y una guerra civil –la de los Mil días– flotando en el pasado. Con esto en mente inventa La hojarasca. Luego descubre que la historia que cuenta Hemingway en El viejo y el mar, con esa especie de héroe trágico luchando contra los tiburones por conservar el pez que acaba de picar, se puede transformar en una historia caribeña de otro tipo de heroísmo, y que el gobierno colombiano puede tomar el lugar de los tiburones, y un gallo, el lugar del pez. Con esto en mente inventa El coronel no tiene quien le escriba. Podría seguir dando ejemplos (recordando, por decir algo, los pájaros que en Orlando se mueren de frío en pleno vuelo y aquellos otros pájaros que también mueren en pleno vuelo, pero no de frío, sino de calor, en un cuento de Los funerales de la Mamá Grande); pero lo que me interesa es notar que estos libros fueron escritos años después de que aquel joven inédito vaticinara los nuevos derroteros de la ficción colombiana. En otras palabras: García Márquez escogió sus modelos deliberada y conscientemente, y a lo largo de sus primeros libros se dio a la tarea de convertirlos en sus influencias. “Imita mucho a García Márquez”, había escrito. Y tenía razón: cuando el futuro novelista escribe su nota irónica en la primera página de un Orlando prestado, no está haciendo nada distinto de cumplir el mandato de Borges: crear a sus precursores.De manera que hoy, cuando nos reunimos para celebrar la obra y la memoria de Gabriel García Márquez, me da gusto señalar, entre las muchas lecciones que nos ha dejado, esta libertad para tomarse por asalto la tradición entera de la gran literatura. Esa libertad abrió para siempre las ventanas de la casa hermética de la literatura colombiana, y nos liberó a los que vinimos después para buscar nuestras influencias –nuestros maestros– en donde mejor nos pareciera. Pero no es sólo eso: esa libertad es la que sale a la superficie entre las líneas de Cien años de soledad, de Crónica de una muerte anunciada, de El amor en los tiempos del cólera, y yo tengo para mí que es esta libertad lo que está en nuestra mente cuando decimos que García Márquez era un novelista universal. Leer sus libros con destornillador en la mano, como solía decir él, es encontrar ciertamente a Faulkner y Joyce y Hemingway y Virginia Woolf y Albert Camus, pero también los rastros milenarios de la Biblia y Las mil y una noches, de las tragedias de Sófocles y en particular Edipo Rey, de las novelas de caballería y en particular Amadís de Gaula, de Daniel Defoe y el Diario del año de la peste. La universalidad de García Márquez, que se ha vuelto una frase armada, un cliché bueno para despistados, no es sólo el hecho sobrenatural de que eso que llamamos realismo mágico esté hoy presente en novelas de los cinco continentes. No es sólo la maravilla literaria de que aquella manera de ver el mundo y contarlo les haya servido para escribir sus propios libros a escritores tan distantes y dispares como Peter Carey en Australia, Patrick Chamoiseau en Martinica y Louis de Bernières en Inglaterra. No: cuando hablamos de la universalidad de García Márquez hablamos del descaro, el bellísimo descaro con que se apropió de todas las historias, echó mano de todos los mitos y vindicó para siempre todo eso que tenemos en común por el hecho simple de ser humanos. Somos, se repite constantemente, el animal que cuenta historias; pero pocos escritores en la historia de la novela han sabido como García Márquez cavar en el fondo moral, emocional, mítico y aun religioso de nuestra naturaleza humana para encontrar lo que nos es común a todos. En García Márquez se hizo visible, más que ningún otro novelista del siglo pasado, esa alianza que pedía Nabokov: contador de historias, maestro y hechicero.Y ya que he mencionado al gran Nabokov, que murió, para nuestra sensación de injusticia, sin haber leído Cien años de soledad, permítanme cerrar estas palabras recordando un pasaje de su novela Fuego pálido, que tiene para mí una curiosa pertinencia cuando se habla, como hablamos hoy, de Gabriel García Márquez. Escribe Nabokov:We are absurdly accustomed to the miracle of a few written signs being able to contain immortal imagery, involutions of thought, new worlds with live people, speaking, weeping, laughing. We take it for granted so simply that in a sense, by the very act of brutish routine acceptance, we undo the work of the ages, the history of the gradual elaboration of poetical description and construction, from the treeman to Browning, from the caveman to Keats.O bien, en mi traducción:Estamos absurdamente acostumbrados al milagro de que unos cuantos signos sean capaces de contener imágenes inmortales, la complejidad del pensamiento, nuevos mundos con gente viviente que habla, llora, ríe. Lo damos por sentado con tanta facilidad que en cierto sentido, por el acto mismo de nuestra aceptación tosca y rutinaria, deshacemos la obra del tiempo, la historia de la elaboración gradual de la descripción y la construcción poética, del habitante de los árboles a Browning, del hombre de las cavernas a Keats.Gabriel García Márquez nunca se acostumbró a ese milagro. Hasta el final siguió viendo el oficio de narrador con una mezcla afortunada e irrepetible de sofisticación e inocencia, de dominio técnico de novelista moderno e ingenuidad de viejo narrador o chamán junto al fuego, esa mezcla que a nosotros, lectores de sus novelas y a sus cuentos, nos provoca la impresión imposible de que sus libros nos han esperado siempre, de que nos vinculan con lo más profundo de nuestra especie y al mismo tiempo, por arte de magia, de que han sido escritos solamente, exclusivamente, para cada uno de nosotros.
miércoles, 25 de marzo de 2015
En la madriguera del genio
A partir de la fotografía de García Márquez en plena escritura de El otoño del patriarca, este artículo se adentra en pormenores del largo proceso creativo que le exigió al novelista la producción de esta obra de la que se cumplen 40 años
El patriarca creando al Patriarca. Una lucha de titanes. El absoluto poder de una imaginación que hace uso de todas sus facultades para modelar un personaje de poder absoluto. El artista verbal empeñado en su propósito de imponer su dominio sobre el lenguaje, de demostrar que él no es un simple instrumento o sirviente de éste –según la pretensión de los logócratas–, sino, por el contrario, su amo y señor, y que, por tanto, puede ejercer un gobierno total sobre las palabras hasta lograr que produzcan un texto original, distinto y autónomo respecto de cualquier otro, pues es el único modo posible de conseguir que cobre plena existencia en el papel ese ser paralelo a él que ahora bulle en su cabeza, ese otro amo y señor que él quiere que gobierne con facultades ilimitadas y despóticas en su país imaginario, en el “vasto reino de pesadumbre” que le está creando para ese propósito.Pero no es fácil someter a las palabras, ni siquiera para él a quien ellas parecieron siempre mostrar la más sumisa obediencia, y no es fácil someterlas sobre todo cuando se busca que se pongan por completo, todas a una, al servicio de un proyecto tan descomunal como ése que él está ejecutando en ese momento.De ahí el gesto que capturó la foto, que es el característico de quien está inmerso en un arduo empeño intelectual, el característico del escritor que está convocando y reuniendo todas las energías de su mente para que, realizando una suerte de arrolladora prueba olímpica, ésta supere todos los obstáculos que la separan de su ambiciosa meta literaria: la cabeza inclinada hacia la derecha, ligeramente apoyada sobre la palma de la mano ídem, mientras hunde los dedos entre la frondosa pelambre indómita para rascarse mecánicamente el cuero cabelludo, en un ademán que parece dirigido a incrementar el nivel de actividad de su cerebro, a desencadenar potencias secretas y hasta entonces no usadas de su don creativo.
Correcciones de la novela sobre borradores, que ahora pertenecen al Centro Ramson, de la Universidad de Texas.La expresión del rostro es, en efecto, la de alguien cuyo cerebro está buscando en sus más profundos recovecos la solución a un problema, pero sin reflejar angustia o una marcada tensión. Revela una intensa indagación, pero al mismo tiempo una como firme serenidad. Pese a que era de algún modo un escritor de estirpe flaubertiana –por la dedicación espartana al oficio y la busca de la palabra precisa en función de la absoluta armonía musical de la prosa–, lejos está, pues, de las reacciones histéricas que, durante el proceso de la escritura, solían ser propias del autor de Madame Bovary.Sin embargo, hay un detalle que parece no encajar con esta imagen del escritor batiéndose a brazo partido con las palabras: situada a su derecha, la papelera, salvo por una sola bola de papel, está vacía. La lógica indica que, a la situación arriba descrita (y que es la que la actitud del autor sedente evidencia a todas luces), debería corresponder una papelera atiborrada de borradores que, desechados uno tras otro, reflejarían esa búsqueda implacable de la forma deseada. ¿Habría vaciado Mercedes la papelera de su rebosante contenido un momento antes del disparo del obturador?En el instante preciso congelado por la cámara, García Márquez no se halla escribiendo; no hay hoja alguna en el rodillo de la máquina de escribir. Lo que está haciendo en ese instante es revisar lo que, al parecer, acaba de escribir. La manera de trabajar que, según manifestaría en Vivir para contarla, él practicaba desde que se había convertido en un escritor profesional, era la siguiente: “Rompía cada párrafo hasta dejarlo a gusto”; o, como le contó a Rita Guibert en entrevista realizada en 1971 (época que corresponde justamente a la composición de El otoño del patriarca), y planteando un rigor todavía mayor que el anterior: “Voy corrigiendo línea por línea a medida que voy trabajando, de manera que cuando termino una hoja ya está casi lista para el editor”. ¿Significa entonces que, en el momento de la foto, está corrigiendo una sola página en la que se halla escrito un solo párrafo, o, incluso, apenas una sola línea? Bueno, esto último no tendría nada de raro, no sólo por lo que le dijo a Rita Guibert, sino por la declaración que le daría años después a Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba, en referencia a El otoño del patriarca: “Lo escribí como se escriben los versos, palabra por palabra. Hubo, al principio, semanas en las que apenas había escrito una línea”.El atuendo que viste es de diario (de fatiga, digamos), si bien la camisa es de manga larga y está cerrada hasta los puños (tal vez haga frío), pero los pies puestos fuera de los zapatos, con todo y que se trata de unas cómodas zapatillas de goma, corroboran la intención de que el cuerpo esté lo más descansado y relajado posible a fin de que la cabeza, al no recibir de aquél ninguna mínima molestia que le distraiga, pueda hacer mejor su trabajo. La mesa en que escribe es pequeña, y es tan sencilla y modesta que tiene unas cuñas hechas de papel que corrigen el desequilibrio de las patas: pero, ¿por qué tendríamos que suponer que las grandes obras maestras de la literatura deben de haberse escrito en formidables escritorios que ostenten el mismo nivel de grandeza que ellas?No hay una taza de café, no hay cigarrillos (había dejado el hábito de fumarlos hacía muy poco tiempo): el escritor optó por que su solo y natural genio creador, sin el auxilio de estimulante alguno, ejecutara toda la labor.La fotografía fue tomada por su hijo Rodrigo en el interior de una casa tradicional pero remodelada por la familia: el número 6 de la calle Caponata, del elegante y tranquilo barrio de Sarriá, en Barcelona, en un momento que la mayoría de los pies de foto sitúan “hacia 1972”; yo no me atrevo a ser tan vagamente preciso: creo que debe situarse en el período comprendido entre finales de 1971 y los primeros meses de 1974, cuando le puso el punto final definitivo a la novela. Me atrevo a datar la fotografía en ese lapso (acerca del lugar, desde luego, no hay la más mínima duda) porque la única otra posibilidad es que haya sido tomada en una etapa anterior del proceso de escritura de El otoño del patriarca en la capital catalana, que fue entre comienzos de 1968 y enero de 1971, pero dicho período corresponde al tiempo en que la edad del fotógrafo anduvo de los ocho a los once años, lo que hace menos probable esta segunda opción.De modo que, en el instante de la foto, el autor lleva ya por lo menos casi cuatro años de estar trabajando en la novela. Y, sin embargo, la imagen nos muestra que la novela se resiste todavía a rendirse al castigo continuado que su mano lenta pero firme ha venido ejerciendo sobre ella. En realidad, se trata de un trabajo que le ha planteado una larga batalla que supera el límite de esos cuatro años y que, en rigor, tiene por lo menos 13 años de estar librando, pues la novela fue concebida en Caracas (exactamente en el Palacio de Miraflores), unos dos o tres días después de la caída del dictador de Venezuela Marcos Pérez Jiménez (que tuvo lugar el 23 de enero de 1958), y fue allí mismo, en esa ciudad y en ese mismo año, cuando empezó a escribirla. Se sabe que, desde entonces, la continuaría escribiendo, si bien con frecuentes y a veces largas interrupciones, de modo que en abril de 1962, ya residiendo en México, llevaba redactadas 300 cuartillas de ella, pero entonces la suspendió de nuevo y esta vez sería por unos seis años, ya que fue ésta la época en que tuvo lugar la irrupción y toma de su vida por parte de Cien años de soledad. De esas 300 cuartillas no sobrevivió casi nada a sus exigencias y tuvo, pues, que refundir la obra a partir de 1968 en Barcelona, ciudad donde se había instalado el 4 de noviembre de 1967.El patriarca creando al Patriarca, una lucha entre iguales, el gran novelista valiéndose de su imaginación de taumaturgo para imponer un tirano con poderes de taumaturgo, el poderoso dictador de las palabras modelando el libro del dictador, en la secreta intimidad de su estudio, absorbido por completo por su colosal tarea, “solo, con una soledad absoluta”, frente a la hoja de papel, frente al gran poema en marcha sobre la soledad del poder, en una escena natural, espontánea y privada de la que el público no habría tenido jamás manera de ser testigo, a menos que alguien perteneciente a su espacio doméstico, a su familia (por ejemplo un hijo, por ejemplo su hijo Rodrigo), hubiera decidido tomar una fotografía que hiciera posible que todos los lectores del mundo nos asomáramos maravillados a ese momento íntimo y excepcional.Por eso me gusta tanto esta fotografía, que es (y pocas veces el término periodístico puede ser usado con tanta exactitud) una fotografía exclusiva: una que ningún otro hubiera podido captar, sino justo el que la captó, quien supo aprovechar bien su posición privilegiada, su posición de paparazzo encubierto bajo la identidad inocente de un chico hijo del novelista: nuestro ojo en la madriguera del genio.
Australia rindió tributo a Gabriel García Márquez
Académicos de ese país hablaron de la obra del escritor, en una jornada de la embajada colombiana
Fotografías y primeras páginas de periódicos informando su muerte hicieron parte de la muestra./eltiempo.com
Con una exposición de fotografías, la gran mayoría del archivo del diario El Tiempo, además de una serie de charlas y otras actividades, la embajada de Colombia en Australia compartió con locales y nacionales residentes en ese país un reconocimiento al legado del fallecido Nobel de Literatura Gabriel García Márquez.El evento se realizó el pasado 18 de junio en el teatro Manning Clark, de la Universidad Nacional de Australia, con la participación de John Minns, director del Centro Nacional Australiano para los Estudios Latinoamericanos (Anclas).Del mismo modo, se hizo presente el académico Roy Boland, quien ha estudiado la obra del laureado escritor colombiano, así como la del también nobel Mario Vargas Llosa, de Perú. Por su parte, la embajadora Clemencia Forero Ucrós dio una ponencia sobre uno de sus ensayos personales.Boland, profesor emérito de la Universidad de Sídney, especializado en Ensayos de Crítica Literaria, compartió con los asistentes su visión del Macondo que creó García Márquez, a través de un análisis de todas sus obras, y concluyó que el escritor, nacido en Aracataca (Magdalena) el 6 de marzo de 1927, fue “el mago del sur”.La embajadora, cuya carrera también se ha centrado en la academia, presentó su ensayo ‘Unfulfilled expectations in No one writes to the Colonel’, un trabajo que es una mirada al concepto de la espera como el eje principal en que se sostiene en el libro El coronel no tiene quien le escriba, una novela corta de García Márquez publicada en 1961.La muestra fotográfica presentó imágenes de diferentes momentos en la vida y en la carrera del escritor, así como las primeras páginas de los diarios colombianos con el registro de su muerte, ocurrida el 17 de abril pasado, en Ciudad de México, donde residía con su familia desde la década de los años 80.También hicieron parte de la muestra imágenes del archivo del Fondo Fotográfico Nereo López.Al teatro de la universidad llegaron no solo colombianos, sino también un buen número de estudiantes y académicos. Igualmente, se hicieron presentes miembros de delegaciones diplomáticas acreditadas en ese país, como los embajadores de Bulgaria, Brasil, Ecuador, Portugal y Venezuela, y delegados de Chile, Bosnia y Paraguay.
martes, 24 de marzo de 2015
El camino para llegar a Macondo
El País de España inaugura mañana la Biblioteca Gabriel García Márquez con Cien años de soledad
Mecanoescrito de Cien años de soledad./elpais.com
Después de haber estado bromeando durante años sobre la obra de los “muchachos” del boom y de haber estado haciendo irónicos juegos de palabras con los títulos de algunos libros de Gabriel García Márquez, Borges confesó por fin un día su admiración por Cien años de soledad, y declaró: “No hay duda que se trata de un libro original y que no procede de ninguna escuela”. Tal vez se refería a que no procede de ninguna escuela en particular, pues la verdad es que esta novela se alimenta de las grandes escuelas de la literatura universal, empezando por la Biblia, Las mil y una noches, Homero, Sófocles, Cervantes, y terminando en Rulfo y en el mismo Borges. Es pues una suma de la gran tradición literaria, a la vez que se erige en suma de la obra anterior y en génesis de buena parte de la obra posterior de su autor.Cuando García Márquez (Aracataca, 1927-Ciudad de México, 2014) la empezó a escribir tenía 21 años y era un aprendiz de periodista en El Universal, de Cartagena de Indias (Colombia). Su regreso al Caribe después del bogotazo, el 9 de abril de 1948, y sus lecturas de Kafka, Joyce, Woolf, Faulkner, Borges, le permitieron un primer vislumbre del mundo de Macondo a partir de Aracataca, de sus abuelos y de las experiencias de su niñez, y estuvo trabajando durante un año en el primer borrador con más voluntad que conocimientos en el arte de narrar y de imaginar. Pero la honestidad lo salvó: se dio cuenta enseguida que debía aprender primero a contar la novela que quería escribir, cuyo título original era La casa. Entonces fue haciendo el aprendizaje a lo largo de 17 años en La hojarasca, Isabel viendo llover en Macondo, Relato de un náufrago (y una vasta obra periodística), El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora, Los funerales de la Mamá grande y el relato El mar del tiempo perdido.Pero una feliz interrupción tuvo lugar durante los años en que escribió El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y la mayoría de los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande. El cine neorrealista italiano, el nuevo periodismo norteamericano, las lecturas de Defoe, Camus, Hemingway, Capote, Dos Passos, así como el contexto de la violencia colombiana, lo llevaron en las obras citadas a adoptar una mirada y un estilo más comprometidos con la realidad inmediata. Salir de este feliz extravío, que produjo nada menos que El coronel no tiene quien le escriba, le llevó una década. Hasta que en 1965, en un viaje a Acapulco con su familia, después de haber asimilado a Rulfo, de haber conocido las limitaciones del cine para lo que él quería expresar y de haber reparado en que la irrealidad de los mitos, leyendas, sueño y supersticiones era también parte esencial de toda la realidad, retomó el cabo suelto de La hojarasca, regresó de prisa a su casa de Ciudad de México, habló con Álvaro Mutis y, antes de encerrarse durante 14 meses en su estudio, le dijo: “Maestro, voy a escribir una novela. ¿Se acuerda de aquel mamotreto llamado La casa que le entregué en el aeropuerto de Bogotá, en enero de 1954, para que me lo guardara en la cajuela del coche? Pues es ésa, pero de otra manera”.Y cuando salió de la Cueva de la Mafia, el apodo de su estudio, pudo entregarle al mundo el “largo poema de la vida cotidiana”, publicado en junio de 1967, donde estaban cifradas las claves no sólo de su vida, de su familia y de su pueblo, sino las del destino de todos los hombres, con sus luchas, sus sueños, sus amores, sus esperanzas y sus derrotas.
Cuando Gabriel García Márquez empezó a escribir
Cien años de soledad, este domingo, por 9,95 euros. Es la obra que inaugura en EL PAÍS la Biblioteca Gabriel García Márquez
Una risa triste
Hace unos cuatro años, un gran lector de García Márquez me dijo una frase hermética: “El único tema de Cien años de soledad es el de los amigos que se van”
Gabriel García Márquez, o la nostalgización de la amistad./elespectador.com
En estos días, releyendo la novela por primera vez tras la muerte de su autor, recordé esa conversación a propósito del último capítulo, y me sorprendió sentir algo que no había sentido antes: nostalgia. Ustedes recordarán el momento en que Aureliano Babilonia se queda solo en Macondo porque todo el mundo se ha ido, y lo único que puede hacer es gritar ese grito de guerra: “¡Los amigos son unos hijos de puta!”. El episodio es de una curiosa tristeza, y esa tristeza, en lecturas pasadas, había formado buena pareja con la ironía y el mamagallismo generalizados del resto del capítulo. Pero ahora el mamagallismo y la ironía me parecieron la forma visible de un miedo profundo a la soledad y a la muerte, unas ganas de no irse nunca y de nunca quedarse solo. El último capítulo es, entre muchas otras cosas, una canción: García Márquez la escribió para los amigos y para un mundo que ya se había ido en 1967. Tal vez ésa es la nostalgia que se siente.Todos ustedes conocen la historia. En 1913, un catalán llamado Ramón Vinyes vio el anuncio de una empresa que requería un contable para sus oficinas de Barranquilla; marchó de inmediato, con tan mala suerte que la Primera guerra estalló, la empresa cerró y él se quedó extraviado en la costa Caribe de Colombia. Vinyes se mudó a Barranquilla para buscar suerte; nada lo describe mejor que su idea de lo que podía sacarlo de aprietos: una librería. En ella, y alrededor de la literatura y de la orientación de Vinyes, se formó un grupo de amigos que cambiaron la literatura colombiana para siempre: Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y un tal Gabriel García Márquez que un día vino a preguntar qué podía leer y se fue con un libro de un tal William Faulkner. “Cuando lo hayas leído”, le dijo Vinyes, “vuelve y te lo cambio por otro”.El narrador de Cien años de soledad describe así al sabio catalán: “Su fervor por la palabra escrita era una urdimbre de respeto solemne e irreverencia comadrera”. Las palabras no están lejos de ser una suerte de poética de García Márquez, que achacó al Álvaro de la novela una opinión que él hubiera firmado de buena gana: “La literatura es el mejor invento para burlarse de la gente”. En estos días he pensado también que el último capítulo es triste también por eso: porque es una gran máquina irreverente y burlona hecha de alusiones y guiños que han hecho correr ríos de tinta, pero que sólo quieren sentirse más cerca de los amigos. Y así la crítica más ceñuda se ha desgastado durante medio siglo tratando de averiguar qué significa el hecho de que Aureliano Babilonia conozca a Lorenzo Gavilán (personaje de La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes), o el viaje a París durante el cual Gabriel ocupa la habitación donde moriría Rocamadour (que es, por supuesto, el bebé de la Maga en Rayuela). Si ponemos atención, tal vez alcancemos a oír las carcajadas de García Márquez. Pero son carcajadas tristes, porque la gran tragedia de Cien años de soledad no es que las estirpes condenadas no tengan segundas oportunidades: es la tristeza más simple de que el mundo sea un lugar del cual se van los amigos.
lunes, 23 de marzo de 2015
Premio Gabriel García Márquez de Periodismo recibe 1.400 trabajos de 35 países
La segunda convocatoria del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo recibió la postulación de 1.400 trabajos de 35 países de habla hispana y portuguesa, informó hoy la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI)
Gabriel García Márquez dejó una obra periodística que definió como el mejor oficio del mundo./lainformacion.com El galardón se inspira en los ideales y la obra periodística del Nobel colombiano de literatura Gabriel García Márquez, fallecido el pasado 17 de abril en Ciudad de México a la edad de 87 años.La convocatoria de esta segunda edición, que estuvo abierta entre el 6 de marzo y el 3 de junio, recibió 1.321 piezas periodísticas, que corresponden a trabajos individuales o en grupos, además de 79 "sugerencias de personas o equipos periodísticos" para la categoría Premio a la Excelencia.Colombia es el país que más trabajos presentó, con 448 inscripciones, seguido de México (196), Argentina (171), Brasil (111) y España (83), según un comunicado de la FNPI.Entre los diez países que más trabajos presentaron están también Venezuela (52), Perú (46), Chile (44), Ecuador (27) y El Salvador (26).Para esta segunda edición se realizaron cambios en las categorías del galardón, que se dividen en cinco: texto (734 inscritos), imagen (183), cobertura (265), innovación (139) y reconocimiento a la excelencia (79).El ganador de cada categoría recibirá un diploma y la suma de 30 millones de pesos colombianos (unos 15.000 dólares), mientras que los dos finalistas recibirán un diploma y cinco millones de pesos (aproximadamente 2.500 dólares).Los trabajos inscritos se publicaron por primera vez entre el 1 de abril de 2013 y el 31 de marzo de 2014 principalmente en diarios (32 %), Internet (30 %), revistas (17 %), televisión (10 %) y radio (5 %).La FNPI aspira a que estos premios, auspiciados por el grupo colombiano Sura, la alcaldía de la ciudad de Medellín y Bancocolombia, se conviertan en los más importantes de su tipo en Hispanoamérica.En 2013, la primera edición del premio, se recibieron un total de 1.379 postulaciones de 30 países.En esa ocasión los ganadores fueron el mexicano Alejandro Almazán en la categoría crónica y reportaje, el peruano Esteban Félix (imagen periodística), el brasileño Lucio de Castro (cobertura noticiosa), la colombiana Olga Lucía Lozano (innovación) y la costarricense Giannina Segnini en la categoría de excelencia.
domingo, 22 de marzo de 2015
El cuento del domingo
Gabriel García Márquez
Eva está dentro de su gato
De pronto notó que se le había derrumbado su belleza que llegó a dolerle
físicamente como un tumor o como un cáncer. Todavía recordaba el peso
de ese privilegio que llevó sobre su cuerpo durante la adolescencia y
que ahora había dejado caer —¡quién sabe dónde!— con un cansancio
resignado, con un último gesto de animal decadente. Era imposible seguir
soportando esa carga por más tiempo. Había que dejar en cualquier parte
ese inútil adjetivo de su personalidad; ese pedazo de su propio nombre
que a la fuerza de acentuarse había llegado a sobrar. Sí; había que
abandonar la belleza en cualquier parte; a la vuelta de una esquina, en
un rincón suburbano. O dejarla olvidada en el ropero de un restaurante
de segunda clase como un viejo abrigo inservible. Estaba cansada de ser
el centro de todas las atenciones, de vivir asediada por los ojos largos
de los hombres. En la noche, cuando clavaba en sus párpados los
alfileres del insomnio, hubiera deseado ser mujer ordinaria, sin
atractivos. Dentro de las cuatro paredes de su habitación todo le era
hostil. Desesperada, sentía prolongarse la vigilia por debajo de su
piel, por su cabeza, empujando la fiebre hacia arriba, hacia la raíz de
su cabello. Era como si sus arterias se hubieran poblado de unos
insectos diminutos y calientes que con la cercanía de la madrugada,
diariamente, se despertaban y recorrían con sus patas movedizas, en una
desgarradora aventura subcutánea, ese pedazo de barro frutecido donde se
había localizado su belleza anatómica. En vano luchaba por ahuyentar
aquellos animales terribles. No podía. Eran parte de su propio
organismo. Habían estado allí, vivos, desde mucho antes de su existencia
física. Venían desde el corazón de su padre que los había alimentado
dolorosamente en sus noches de soledad desesperada.
O tal vez habían desembocado a sus arterias por el cordón que la llevó atada a su madre desde el principio del mundo. Era indudable que esos insectos no habían nacido espontáneamente dentro de su cuerpo. Ella sabía que venían de atrás, que todos los que llevaron su apellido tuvieron que soportarlos, que tuvieron que sufrirlos como ella cuando el insomnio se hacía invencible hasta la madrugada. Eran esos insectos los mismos que pintaban ese gesto amargo, esa tristeza inconsolable en el rostro de sus antepasados. Ella los había visto mirar desde su apagada existencia, desde su retrato, antiguo, víctimas de esa misma angustia. Todavía recordaba el rostro inquietante de la bisabuela que desde su lienzo envejecido pedía un minuto de descanso, un segundo de paz a esos insectos que allá, en los canales de su sangre, seguían martirizándola y embelleciéndola despiadadamente. No; esos insectos no eran suyos. Venían transmitiéndose de generación a generación sosteniendo con su diminuta armadura todo el prestigio de una casta selecta; dolorosamente selecta. Esos insectos habían nacido en el vientre de la primera madre que tuvo una hija bella. Pero era necesario, urgente, detener esa herencia. Alguien tenía que renunciar a seguir transmitiendo esa belleza artificial. De nada valía a las mujeres de su estirpe admirarse de sí mismas al regresar del espejo, si durante las noches esos animales hacían su labor lenta y eficaz, sin descanso, con una constancia de siglos. Ya no era una belleza, era una enfermedad que había que detener, que había que cortar en forma enérgica y radical.
Todavía recordaba las horas interminables en aquel lecho sembrado de agujas calientes. Aquellas noches en que ella trataba de empujar el tiempo para que con la llegada del día esas bestias dejaran de doler. ¿De qué servía una belleza así? Noche a noche, hundida en su desesperación, pensaba que más le hubiera valido ser una mujer vulgar, o ser hombre; pero no tener esa virtud inútil, alimentada por insectos de remotos orígenes que le estaban precipitando la llegada irrevocable de la muerte. Tal vez sería feliz si tuviera el mismo desgarbo, esa misma fealdad desolada de su amiga checoslovaca que tenía nombre de perro. Más le hubiera valido ser fea, para tener un sueño apacible como el de cualquier cristiano.
Maldijo a sus antepasados. Ellos tenían la culpa de su vigilia. Ellos, que habían transmitido esa belleza invariable, exacta, como si después de muertas las madres sacudieran y renovaran las cabezas para injertarlas en los troncos de las hijas. Era como si la misma cabeza, una cabeza sola, hubiera venido transmitiéndose, con unas mismas orejas, con igual nariz, con idéntica boca, con su pesada inteligencia, en todas las mujeres, quienes tenían que recibirla irremediablemente como un doloroso patrimonio de belleza. Era allí, en la transmisión de la cabeza, donde venía ese microbio eterno que a través de las generaciones se había acentuado, había tomado personalidad, fuerza, hasta convertirse en un ser invencible, en una enfermedad incurable que al llegar a ella, después de haber pasado por un complicado proceso de censuración, ya ni podía soportarse y era amarga y dolorosa... Exactamente como un tumor o como un cáncer.
En esas horas de desvelo era cuando se acordaba de las cosas desagradables a su fina sensibilidad. Recordaba esos objetos que constituían el universo sentimental donde se habían cultivado, como en un caldo químico, aquellos microbios desesperantes. En esas noches, con los redondos ojos abiertos y asombrados, soportaba el peso de la oscuridad que caía sobre sus sienes como un plomo derretido. En derredor suyo dormían todas las cosas. Y desde su rincón, ella trataba de repasar, para distraer su sueño, sus recuerdos infantiles.
Pero siempre esa recordación terminaba con un terror por lo desconocido. Siempre su pensamiento, después de vagar por los oscuros rincones de la casa, se encontraba frente a frente con el miedo. Entonces empezaba la lucha. La verdadera lucha contra tres enemigos inconmovibles. No podría —no, no podría jamás— sacudir el miedo de su cabeza. Tenía que soportarlo apretado a su garganta. Y todo por vivir en ese caserón antiguo, por dormir sola en aquel rincón, apartada del resto del mundo.
Siempre su pensamiento se iba por los húmedos pasadizos oscuros sacudiendo de los retratos el polvo seco cubierto de telarañas. Ese polvo inquietante y tremendo que caía de arriba, desde ese sitio en que se estaban deshaciendo los huesos de sus antepasados. Invariablemente se acordaba de “el niño”. Allá lo imaginaba, sonámbulo, debajo de la hierba, en el patio, junto al naranjo con un puñado de tierra mojada dentro de la boca. Le parecía verlo en su fondo arcilloso, cavando hacia arriba con las uñas, con los dientes, huyéndole al frío que le mordía la espalda; buscando la salida al patio por ese pequeño túnel donde lo habían metido con los caracoles. En el invierno lo oía llorar con su llanto chiquito, sucio de barro, traspasado por la lluvia. Lo imaginaba completo. Tal como lo habían dejado cinco años atrás, en aquel hueco lleno de agua. No podía pensar que se hubiera descompuesto. Al contrario, debía de ser bellísimo navegando en esa agua espesa como en un viaje sin salida. O lo veía vivo pero asustado, miedoso de sentirse solo, enterrado en un patio tan sombrío. Ella misma se había opuesto a que lo dejaran allí, debajo del naranjo, tan cercano a la casa. Le tenía miedo. Sabía que en las noches en que la persiguiera la vigilia él lo adivinaría. Regresaría por los anchos corredores a pedirle que lo acompañara, a pedirle que lo defendiera de esos otros insectos que se estaban comiendo la raíz de sus violetas. Volvería a que lo dejara dormir a su lado como cuando era vivo. Ella tenía miedo de sentirlo de nuevo a su lado después de haber saltado el muro de la muerte. Tenía miedo de robar esas manos que “el niño” traería siempre cerradas para calentar su pedacito de hielo. Ella quería, después de que lo vio convertido en cemento como la estatua del miedo tumbada sobre el lino, quería que se lo llevaran lejos para no recordarlo en la noche. Y sin embargo lo habían dejado allí donde ahora estaba imperturbable, astroso, alimentando su sangre con el barro de las lombrices. Y ella tenía que resignarse a verlo regresar desde su fondo de tinieblas. Porque siempre invariablemente, cuando se desvelaba se ponía a pensar en “el niño” que debía estar llamándola desde su pedazo de tierra para que lo ayudara a fugarse de esa muerte absurda.
Pero ahora, en su nueva vida intemporal, inespacial, estaba más tranquila. Sabía que allá, fuera de su mundo, todo seguía marchando con el mismo ritmo de antes; que su habitación debía de estar aún sumida en la madrugada y que sus cosas, sus muebles, sus trece libros favoritos, permanecían en su puesto. Y que en su lecho, desocupado, apenas empezaba a desvanecerse el aroma corpóreo que ocupaba ahora su vacío de mujer entera. Pero, ¿cómo pudo suceder “eso”? ¿Cómo ella, después de ser una mujer bella, con la sangre poblada de insectos, perseguida por el miedo en la noche total, había dejado la pesadilla inmensa, insomne, para ingresar ahora a un mundo extraño,desconocido, en donde habían sido eliminadas todas las dimensiones? Recordó. Aquella noche —la de su tránsito— hacía más frío que de costumbre y ella estaba sola en la casa, martirizada por el insomnio. Nadie perturbaba el silencio, y el olor que subía del jardín, era un olor a miedo. El sudor brotaba de su cuerpo como si la sangre de sus arterias se estuviera derramando con su carga de insectos. Deseaba que alguien pasara por la calle, alguien que gritara, que rompiera aquella atmósfera detenida. Que se moviera algo en la naturaleza, que volviera la tierra a girar alrededor del sol. Pero fue inútil. Ni siquiera despertarían esos hombres imbéciles que se habían quedado dormidos debajo de su oreja, dentro de la almohada. Ella también estaba inmóvil. Las paredes manaban un fuerte olor a pintura fresca, ese olor espeso, grande, que no se siente con el olfato sino con el estómago. Y sobre la mesa el reloj único, golpeando el silencio con su máquina mortal. “¡El tiempo... oh, el tiempo...!”, suspiró ella recordando a la muerte. Y allá, en el patio, debajo del naranjo, seguía llorando “el niño” con su llanto chiquito desde el otro mundo.
Acudió a todas sus creencias. ¿Por qué no amanecía en aquel momento o se moría de una vez? Nunca creyó que la belleza fuera a costarle tantos sacrificios. En aquel momento —como de costumbre— seguía doliéndole por encima del miedo. Y por debajo del miedo seguían martirizándola esos implacables insectos. La muerte se le había apretado a la vida como una araña que la mordía rabiosamente, dispuesta a hacerla sucumbir. Pero estaba de-morando el último instante. Sus manos, esas manos que los hombres apretaban imbécilmente, con manifiesta nerviosidad animal, estaban inmóviles, paralizadas por el miedo, por ese terror irracional que venía de adentro, sin ningún motivo, sólo por saberse abandonada en aquella casa antigua. Trató de reaccionar y no pudo. El miedo la había absorbido totalmente y continuaba allí, fijo, tenaz, casi corpóreo; como si fuera una persona invisible que se había propuesto no salir de su habitación. Y lo que más la intranquilizaba era que ese miedo no tuviera justificación alguna, que fuera un miedo único, sin razón; un miedo porque sí.
La saliva se había vuelto espesa en su lengua. Era mortificante entre sus dientes esa goma dura que se le pegaba al paladar y fluía sin que ella pudiera contenerla. Era un deseo distinto a la sed. Un deseo superior que estaba experimentando por primera vez en su vida. Por un momento se olvidó de su belleza, de su insomnio y de su miedo irracional. Se desconoció a sí misma. Por un instante creyó que habían salido los microbios de su cuerpo. Sentía que se habían venido pegados a su saliva. Sí; todo eso estaba muy bien. Bien que los insectos la hubieran despoblado y que ahora pudiera dormir. Pero era necesario encontrar un medio para disolver aquella resina que le embotaba la lengua. Si pudiera llegar hasta la despensa y... ¿Pero en qué estaba pensando? Tuvo un golpe de sorpresa. Nunca había sentido “ese deseo”. La urgencia de la acidez la había debilitado, volviendo inútil la disciplina que había seguido fielmente durante tantos años, desde el día en que sepultaron a “el niño”. Era una tontería, pero sentía asco de comerse una naranja. Sabía que “el niño” había subido hasta los azahares y que las frutas del próximo otoño estarían hinchadas de su carne, refrescadas con la tremenda frescura de su muerte. No. No podía comerlas. Sabía que debajo de cada naranjo, en todo el mundo, había un niño enterrado que endulzaba las frutas con la cal de sus huesos. Sin embargo ahora tenía que comerse una naranja. Era el único remedio para esa goma que la estaba ahogando. Era una tontería pensar que “el niño” estaba dentro de una fruta. Aprovecharía ese momento en que la belleza había dejado de dolerle para llegar hasta la despensa. Pero... ¿no era raro aquello? Era la primera vez en su vida que sentía verdaderos deseos de comerse una naranja. Se puso alegre, alegre. ¡Ah, qué placer! ¡Comerse una naranja! No sabía por qué, pero nunca tuvo un deseo más imperativo. Se levantaría. feliz de ser otra vez una mujer normal; cantando alegremente llegaría hasta la despensa; cantando alegremente, como una mujer nueva, recién nacida. Llegaría inclusive hasta el patio y...
Su recuerdo se tronchaba de pronto. Recordaba que había tratado de levantarse y que ya no estaba en su cama, que había desaparecido su cuerpo, que no estaban allí sus trece libros favoritos y que ella no era ya ella. Ahora estaba incorpórea, flotando, vagando sobre una nada absoluta, convertida en un punto amorfo, pequeñísimo, sin dirección. No podía precisar lo sucedido. Estaba confundida. Sólo tenía la sensación de que alguien la había empujado al vacío desde lo alto de un precipicio. Y nada más. Pero ahora no sentía ninguna reacción. Se sentía convertida en un ser abstracto, imaginario. Se sentía convertida en una mujer incorpórea; algo como si de pronto hubiera ingresado en ese alto y desconocido mundo de los espíritus puros.
Volvió a tener miedo. Pero era un miedo distinto al del momento anterior. Ya no era el miedo al llanto de “el niño”. Era un terror por lo extraño, por lo misterioso y desconocido de su nuevo mundo. ¡Y pensar que después todo eso había sucedido tan inocentemente, con tanta ingenuidad de su parte! ¿Qué iba a decir a su madre cuando al llegar a la casa se iba a enterar de lo acontecido? Empezó a pensar en la alarma que se produciría en los vecinos cuando abrieran la puerta de su habitación y descubrieran que el lecho estaba vacío, que las cerraduras no habían sido tocadas, que nadie había podido entrar o salir y que sin embargo ella no estaba allí. Imaginó el gesto desesperado de su madre buscándola por toda la habitación, haciendo conjeturas, preguntándose a sí misma “qué habría sido de esa niña”. La escena se le presentaba clara. Acudirían los vecinos y empezarían a tejer comentarios —algunos maliciosos— sobre su desaparición. Cada cual pensaría según su propio y particular modo de pensar. Cada cual trataría de dar la explicación más lógica, la más aceptable al menos, en tanto que su madre correría por los pasadizos del caserón, desesperada, llamándola por su nombre.
Y ella estaría allí. Contemplaría el momento detalle a detalle desde su rincón, desde el techo, desde las hendiduras del muro, desde cualquier parte; desde el ángulo más propicio, escudada en su estado incorpóreo, en su inespacialidad. La intranquilizaba pensarlo. Ahora se daba cuenta de su error. No podría dar ninguna explicación, aclarar nada, consolar a nadie. Ningún ser vivo podría ser informado de su transformación. Ahora —quizás la única vez que los necesitaba— no tendría una boca, unos brazos, para que todos supieran que ella estaba allí, en su rincón, separada del mundo tridimensional por una distancia insalvable. En su nueva vida estaba aislada, totalmente impedida de captar sensaciones. Pero a cada momento algo vibraba en ella, un estremecimiento que la recorría, inundándola, la hacía saber de ese otro universo físico que se movía fuera de su mundo. No oía, no veía, pero sabía de ese sonido y de esa visión. Y allá, en la altura de su mundo superior, empezó a saber que un ambiente de angustia la rodeaba.
Hacía apenas un segundo —de acuerdo con nuestro mundo temporal— que se había realizado el tránsito, de manera que sólo ahora empezaba ella a conocer las modalidades, las características de su nuevo mundo. En torno suyo giraba una oscuridad absoluta, radical. ¿Hasta cuándo durarían esas tinieblas? ¿Tendría que acostumbrarse a ellas eternamente? Su angustia aumentó de concentración al saberse hundida en esa niebla espesa, impenetrable: ¿estaría en el limbo? Se estremeció. Recordó todo lo que había oído decir alguna vez sobre el limbo. Si en verdad estaba allí, a su lado flotaban otros espíritus puros de niños que murieron sin bautismo, que habían estado muriendo durante mil años. Trató de buscar en la sombra la vecindad de esos seres que debían de ser mucho más puros, mucho más simples que ella. Aislados por completo del mundo físico, condenados a una vida sonámbula y eterna. Tal vez estaba “el niño” persiguiendo una salida para llegar hasta su cuerpo.
Pero no. ¿Por qué tendría que estar en el limbo? ¿Acaso había muerto? No. Simplemente fue un cambio de estado, un tránsito normal del mundo físico a un mundo más fácil, descomplicado, en el que habían sido eliminadas todas las dimensiones.
Ahora no tenía que sufrir esos insectos subcutáneos. Su belleza se había derrumbado. Ahora, en esa situación elemental, podía ser feliz. Aunque... —¡oh!— no completamente feliz porque ahora su más grande deseo, el deseo de comerse una naranja, se había hecho irrealizable. Era por lo único que hubiera querido estar todavía en su primera vida. Para poder satisfacer la urgencia de la acidez que persistía aún después del tránsito. Trató de orientarse a fin de llegar hasta la despensa y sentir, siquiera, la fresca y agria compañía de las naranjas. Fue entonces cuando descubrió una nueva modalidad de su mundo: estaba en todas partes de la casa, en el patio, en el techo, hasta en el propio naranjo de “el niño”. Estaba en todo el mundo físico más allá. ¡Y sin embargo no estaba en ninguna parte! De nuevo se intranquilizó. Había perdido el control sobre sí misma. Ahora estaba sometida a una voluntad superior, era un ser inútil, absurdo, inservible. Sin saber por qué empezó a ponerse triste. Casi comenzó a sentir nostalgia por su belleza: por esa belleza que ella había desperdiciado tontamente.
Pero una idea suprema la reanimó. ¿No había oído decir acaso que los espíritus puros pueden penetrar a voluntad en cualquier cuerpo? Después de todo, ¿qué perdía con intentarlo? Trató de recordar cuál de los habitantes de la casa podría ser sometido a la prueba. Si lograba realizar su propósito quedaría satisfecha: podría comerse la naranja. Recordó. A esa hora la gente del servicio no acostumbraba estar allí. Su madre no había llegado todavía. Pero la necesidad de comerse una naranja unida ahora a la curiosidad de verse encarnada en un cuerpo distinto al suyo, la obligaba a actuar cuanto antes. Pero no había allí nadie en quien encarnarse. Era una razón desoladora: no había nadie en la casa. Tendría que vivir eternamente aislada del mundo exterior, en su mundo adimensional, sin poder comerse la primera naranja. Y todo por una tontería. Hubiera sido mejor seguir soportando unos años más esa belleza hostil y no anularse para siempre, inutilizarse como una bestia vencida. Pero ya era demasiado tarde.
Iba a retirarse, decepcionada, a una región distante del universo, a una comarca donde pudiera olvidarse de todos sus pasados deseos terrenos. Pero algo la hizo desistir bruscamente. En su comarca desconocida se abrió la promesa de un futuro mejor. Sí: había alguien en la casa en quien podría reencarnarse: ¡en el gato! Vaciló luego. Era difícil resignarse a vivir dentro de un animal. Tendría una piel suave, blanca, y habría en sus músculos concentrada una gran energía para el salto. En la noche sentiría brillar sus ojos en la sombra como dos brasas verdes. Y tendría unos dientes blancos, agudos, para sonreírle a su madre desde su corazón felino con una ancha y buena sonrisa animal. ¡Pero no...! No podía ser. Se imaginó de pronto metida dentro del cuerpo del gato, recorriendo otra vez los pasadizos de la casa, manejando cuatro patas incómodas y aquella cola se movería suelta, sin ritmo, ajena a su voluntad. ¿Cómo sería la vida desde esos ojos verdes y luminosos? En la noche se iría a maullarle al cielo para que no derramara su cemento enlunado sobre el rostro de “el niño” que estaría bocarriba bebiéndose el rocío. Tal vez en su situación de gato también sienta miedo. Y tal vez, al fin de todo no podría comerse la naranja con esa boca carnívora. Un frío venido de allí mismo, nacido en la propia raíz de su espíritu tembló en su recuerdo. No. No era posible encarnarse en el gato. Tenía miedo de sentir un día en su paladar, en su garganta, en todo su organismo cuadrúpedo, el deseo irrevocable de comerse un ratón. Probablemente cuando su espíritu empiece a poblar el cuerpo del gato ya no sentiría deseos de comerse una naranja sino el repugnante y vivo deseo de comerse un ratón. Se estremeció al imaginarlo preso entre sus dientes después de la cacería. Lo sintió debatirse en sus últimos intentos de fuga, tratando de liberarse para llegar otra vez hasta su cueva. No. Todo menos eso. Era preferible seguir allí eternamente, en ese mundo lejano y misterioso de los espíritus puros.
Pero era difícil resignarse a vivir olvidada para siempre. ¿Por qué tenía que sentir deseos de comerse un ratón? ¿Quién primaría en esa síntesis de mujer y gato? ¿Primaría el instinto animal, primitivo, del cuerpo, o la voluntad pura de mujer? La respuesta fue clara, cristalina. Nada había que temer. Se encarnaría en el gato y se comería su deseada naranja. Además sería un ser extraño, un gato con inteligencia de mujer bella. Volvería a ser el centro de todas las atenciones... Fue entonces, por primera vez, cuando comprendió que por sobre todas sus virtudes estaba imperando su vanidad de mujer metafísica.
Como un insecto cuando pone en guardia sus antenas así orientó ella su energía por toda la casa en busca del gato. A esa hora debía de estar aún sobre la estufa soñando que despertará con un tallo de valeriana entre los dientes. Pero no estaba allí. Volvió a buscarlo, pero ya no encontró la estufa. La cocina no era la misma. Los rincones de la casa le eran extraños; ya no eran aquellos oscuros rincones llenos de telaraña. El gato no estaba en ninguna parte. Buscó por los tejados, en los árboles, en los canales, debajo de la cama, en la despensa. Todo lo encontró confundido. Donde creyó encontrar, otra vez, los retratos de sus antepasados, no encontró sino un frasco con arsénico. De allí en adelante encontró arsénico en toda la casa, pero el gato había desaparecido. La casa no era ya la misma de antes. ¿Qué había sido de sus cosas? ¿Por qué sus trece libros favoritos estaban cubiertos ahora de una espesa capa de arsénico? Recordó el naranjo del patio. Lo buscó y trató de encontrar otra vez “el niño’’ en su hueco de agua. Pero no estaba el naranjo en su sitio y “el niño” no era ya sino un puño de arsénico con ceniza bajo una pesada plataforma de concreto. Ahora sí dormía definitivamente. Todo era distinto. Y la casa tenía un fuerte olor arsenical que golpeaba el olfato como desde el fondo de una droguería.
Sólo entonces comprendió ella que habían pasado ya tres mil años desde el día en que tuvo deseos de comerse la primer naranja.
O tal vez habían desembocado a sus arterias por el cordón que la llevó atada a su madre desde el principio del mundo. Era indudable que esos insectos no habían nacido espontáneamente dentro de su cuerpo. Ella sabía que venían de atrás, que todos los que llevaron su apellido tuvieron que soportarlos, que tuvieron que sufrirlos como ella cuando el insomnio se hacía invencible hasta la madrugada. Eran esos insectos los mismos que pintaban ese gesto amargo, esa tristeza inconsolable en el rostro de sus antepasados. Ella los había visto mirar desde su apagada existencia, desde su retrato, antiguo, víctimas de esa misma angustia. Todavía recordaba el rostro inquietante de la bisabuela que desde su lienzo envejecido pedía un minuto de descanso, un segundo de paz a esos insectos que allá, en los canales de su sangre, seguían martirizándola y embelleciéndola despiadadamente. No; esos insectos no eran suyos. Venían transmitiéndose de generación a generación sosteniendo con su diminuta armadura todo el prestigio de una casta selecta; dolorosamente selecta. Esos insectos habían nacido en el vientre de la primera madre que tuvo una hija bella. Pero era necesario, urgente, detener esa herencia. Alguien tenía que renunciar a seguir transmitiendo esa belleza artificial. De nada valía a las mujeres de su estirpe admirarse de sí mismas al regresar del espejo, si durante las noches esos animales hacían su labor lenta y eficaz, sin descanso, con una constancia de siglos. Ya no era una belleza, era una enfermedad que había que detener, que había que cortar en forma enérgica y radical.
Todavía recordaba las horas interminables en aquel lecho sembrado de agujas calientes. Aquellas noches en que ella trataba de empujar el tiempo para que con la llegada del día esas bestias dejaran de doler. ¿De qué servía una belleza así? Noche a noche, hundida en su desesperación, pensaba que más le hubiera valido ser una mujer vulgar, o ser hombre; pero no tener esa virtud inútil, alimentada por insectos de remotos orígenes que le estaban precipitando la llegada irrevocable de la muerte. Tal vez sería feliz si tuviera el mismo desgarbo, esa misma fealdad desolada de su amiga checoslovaca que tenía nombre de perro. Más le hubiera valido ser fea, para tener un sueño apacible como el de cualquier cristiano.
Maldijo a sus antepasados. Ellos tenían la culpa de su vigilia. Ellos, que habían transmitido esa belleza invariable, exacta, como si después de muertas las madres sacudieran y renovaran las cabezas para injertarlas en los troncos de las hijas. Era como si la misma cabeza, una cabeza sola, hubiera venido transmitiéndose, con unas mismas orejas, con igual nariz, con idéntica boca, con su pesada inteligencia, en todas las mujeres, quienes tenían que recibirla irremediablemente como un doloroso patrimonio de belleza. Era allí, en la transmisión de la cabeza, donde venía ese microbio eterno que a través de las generaciones se había acentuado, había tomado personalidad, fuerza, hasta convertirse en un ser invencible, en una enfermedad incurable que al llegar a ella, después de haber pasado por un complicado proceso de censuración, ya ni podía soportarse y era amarga y dolorosa... Exactamente como un tumor o como un cáncer.
En esas horas de desvelo era cuando se acordaba de las cosas desagradables a su fina sensibilidad. Recordaba esos objetos que constituían el universo sentimental donde se habían cultivado, como en un caldo químico, aquellos microbios desesperantes. En esas noches, con los redondos ojos abiertos y asombrados, soportaba el peso de la oscuridad que caía sobre sus sienes como un plomo derretido. En derredor suyo dormían todas las cosas. Y desde su rincón, ella trataba de repasar, para distraer su sueño, sus recuerdos infantiles.
Pero siempre esa recordación terminaba con un terror por lo desconocido. Siempre su pensamiento, después de vagar por los oscuros rincones de la casa, se encontraba frente a frente con el miedo. Entonces empezaba la lucha. La verdadera lucha contra tres enemigos inconmovibles. No podría —no, no podría jamás— sacudir el miedo de su cabeza. Tenía que soportarlo apretado a su garganta. Y todo por vivir en ese caserón antiguo, por dormir sola en aquel rincón, apartada del resto del mundo.
Siempre su pensamiento se iba por los húmedos pasadizos oscuros sacudiendo de los retratos el polvo seco cubierto de telarañas. Ese polvo inquietante y tremendo que caía de arriba, desde ese sitio en que se estaban deshaciendo los huesos de sus antepasados. Invariablemente se acordaba de “el niño”. Allá lo imaginaba, sonámbulo, debajo de la hierba, en el patio, junto al naranjo con un puñado de tierra mojada dentro de la boca. Le parecía verlo en su fondo arcilloso, cavando hacia arriba con las uñas, con los dientes, huyéndole al frío que le mordía la espalda; buscando la salida al patio por ese pequeño túnel donde lo habían metido con los caracoles. En el invierno lo oía llorar con su llanto chiquito, sucio de barro, traspasado por la lluvia. Lo imaginaba completo. Tal como lo habían dejado cinco años atrás, en aquel hueco lleno de agua. No podía pensar que se hubiera descompuesto. Al contrario, debía de ser bellísimo navegando en esa agua espesa como en un viaje sin salida. O lo veía vivo pero asustado, miedoso de sentirse solo, enterrado en un patio tan sombrío. Ella misma se había opuesto a que lo dejaran allí, debajo del naranjo, tan cercano a la casa. Le tenía miedo. Sabía que en las noches en que la persiguiera la vigilia él lo adivinaría. Regresaría por los anchos corredores a pedirle que lo acompañara, a pedirle que lo defendiera de esos otros insectos que se estaban comiendo la raíz de sus violetas. Volvería a que lo dejara dormir a su lado como cuando era vivo. Ella tenía miedo de sentirlo de nuevo a su lado después de haber saltado el muro de la muerte. Tenía miedo de robar esas manos que “el niño” traería siempre cerradas para calentar su pedacito de hielo. Ella quería, después de que lo vio convertido en cemento como la estatua del miedo tumbada sobre el lino, quería que se lo llevaran lejos para no recordarlo en la noche. Y sin embargo lo habían dejado allí donde ahora estaba imperturbable, astroso, alimentando su sangre con el barro de las lombrices. Y ella tenía que resignarse a verlo regresar desde su fondo de tinieblas. Porque siempre invariablemente, cuando se desvelaba se ponía a pensar en “el niño” que debía estar llamándola desde su pedazo de tierra para que lo ayudara a fugarse de esa muerte absurda.
Pero ahora, en su nueva vida intemporal, inespacial, estaba más tranquila. Sabía que allá, fuera de su mundo, todo seguía marchando con el mismo ritmo de antes; que su habitación debía de estar aún sumida en la madrugada y que sus cosas, sus muebles, sus trece libros favoritos, permanecían en su puesto. Y que en su lecho, desocupado, apenas empezaba a desvanecerse el aroma corpóreo que ocupaba ahora su vacío de mujer entera. Pero, ¿cómo pudo suceder “eso”? ¿Cómo ella, después de ser una mujer bella, con la sangre poblada de insectos, perseguida por el miedo en la noche total, había dejado la pesadilla inmensa, insomne, para ingresar ahora a un mundo extraño,desconocido, en donde habían sido eliminadas todas las dimensiones? Recordó. Aquella noche —la de su tránsito— hacía más frío que de costumbre y ella estaba sola en la casa, martirizada por el insomnio. Nadie perturbaba el silencio, y el olor que subía del jardín, era un olor a miedo. El sudor brotaba de su cuerpo como si la sangre de sus arterias se estuviera derramando con su carga de insectos. Deseaba que alguien pasara por la calle, alguien que gritara, que rompiera aquella atmósfera detenida. Que se moviera algo en la naturaleza, que volviera la tierra a girar alrededor del sol. Pero fue inútil. Ni siquiera despertarían esos hombres imbéciles que se habían quedado dormidos debajo de su oreja, dentro de la almohada. Ella también estaba inmóvil. Las paredes manaban un fuerte olor a pintura fresca, ese olor espeso, grande, que no se siente con el olfato sino con el estómago. Y sobre la mesa el reloj único, golpeando el silencio con su máquina mortal. “¡El tiempo... oh, el tiempo...!”, suspiró ella recordando a la muerte. Y allá, en el patio, debajo del naranjo, seguía llorando “el niño” con su llanto chiquito desde el otro mundo.
Acudió a todas sus creencias. ¿Por qué no amanecía en aquel momento o se moría de una vez? Nunca creyó que la belleza fuera a costarle tantos sacrificios. En aquel momento —como de costumbre— seguía doliéndole por encima del miedo. Y por debajo del miedo seguían martirizándola esos implacables insectos. La muerte se le había apretado a la vida como una araña que la mordía rabiosamente, dispuesta a hacerla sucumbir. Pero estaba de-morando el último instante. Sus manos, esas manos que los hombres apretaban imbécilmente, con manifiesta nerviosidad animal, estaban inmóviles, paralizadas por el miedo, por ese terror irracional que venía de adentro, sin ningún motivo, sólo por saberse abandonada en aquella casa antigua. Trató de reaccionar y no pudo. El miedo la había absorbido totalmente y continuaba allí, fijo, tenaz, casi corpóreo; como si fuera una persona invisible que se había propuesto no salir de su habitación. Y lo que más la intranquilizaba era que ese miedo no tuviera justificación alguna, que fuera un miedo único, sin razón; un miedo porque sí.
La saliva se había vuelto espesa en su lengua. Era mortificante entre sus dientes esa goma dura que se le pegaba al paladar y fluía sin que ella pudiera contenerla. Era un deseo distinto a la sed. Un deseo superior que estaba experimentando por primera vez en su vida. Por un momento se olvidó de su belleza, de su insomnio y de su miedo irracional. Se desconoció a sí misma. Por un instante creyó que habían salido los microbios de su cuerpo. Sentía que se habían venido pegados a su saliva. Sí; todo eso estaba muy bien. Bien que los insectos la hubieran despoblado y que ahora pudiera dormir. Pero era necesario encontrar un medio para disolver aquella resina que le embotaba la lengua. Si pudiera llegar hasta la despensa y... ¿Pero en qué estaba pensando? Tuvo un golpe de sorpresa. Nunca había sentido “ese deseo”. La urgencia de la acidez la había debilitado, volviendo inútil la disciplina que había seguido fielmente durante tantos años, desde el día en que sepultaron a “el niño”. Era una tontería, pero sentía asco de comerse una naranja. Sabía que “el niño” había subido hasta los azahares y que las frutas del próximo otoño estarían hinchadas de su carne, refrescadas con la tremenda frescura de su muerte. No. No podía comerlas. Sabía que debajo de cada naranjo, en todo el mundo, había un niño enterrado que endulzaba las frutas con la cal de sus huesos. Sin embargo ahora tenía que comerse una naranja. Era el único remedio para esa goma que la estaba ahogando. Era una tontería pensar que “el niño” estaba dentro de una fruta. Aprovecharía ese momento en que la belleza había dejado de dolerle para llegar hasta la despensa. Pero... ¿no era raro aquello? Era la primera vez en su vida que sentía verdaderos deseos de comerse una naranja. Se puso alegre, alegre. ¡Ah, qué placer! ¡Comerse una naranja! No sabía por qué, pero nunca tuvo un deseo más imperativo. Se levantaría. feliz de ser otra vez una mujer normal; cantando alegremente llegaría hasta la despensa; cantando alegremente, como una mujer nueva, recién nacida. Llegaría inclusive hasta el patio y...
Su recuerdo se tronchaba de pronto. Recordaba que había tratado de levantarse y que ya no estaba en su cama, que había desaparecido su cuerpo, que no estaban allí sus trece libros favoritos y que ella no era ya ella. Ahora estaba incorpórea, flotando, vagando sobre una nada absoluta, convertida en un punto amorfo, pequeñísimo, sin dirección. No podía precisar lo sucedido. Estaba confundida. Sólo tenía la sensación de que alguien la había empujado al vacío desde lo alto de un precipicio. Y nada más. Pero ahora no sentía ninguna reacción. Se sentía convertida en un ser abstracto, imaginario. Se sentía convertida en una mujer incorpórea; algo como si de pronto hubiera ingresado en ese alto y desconocido mundo de los espíritus puros.
Volvió a tener miedo. Pero era un miedo distinto al del momento anterior. Ya no era el miedo al llanto de “el niño”. Era un terror por lo extraño, por lo misterioso y desconocido de su nuevo mundo. ¡Y pensar que después todo eso había sucedido tan inocentemente, con tanta ingenuidad de su parte! ¿Qué iba a decir a su madre cuando al llegar a la casa se iba a enterar de lo acontecido? Empezó a pensar en la alarma que se produciría en los vecinos cuando abrieran la puerta de su habitación y descubrieran que el lecho estaba vacío, que las cerraduras no habían sido tocadas, que nadie había podido entrar o salir y que sin embargo ella no estaba allí. Imaginó el gesto desesperado de su madre buscándola por toda la habitación, haciendo conjeturas, preguntándose a sí misma “qué habría sido de esa niña”. La escena se le presentaba clara. Acudirían los vecinos y empezarían a tejer comentarios —algunos maliciosos— sobre su desaparición. Cada cual pensaría según su propio y particular modo de pensar. Cada cual trataría de dar la explicación más lógica, la más aceptable al menos, en tanto que su madre correría por los pasadizos del caserón, desesperada, llamándola por su nombre.
Y ella estaría allí. Contemplaría el momento detalle a detalle desde su rincón, desde el techo, desde las hendiduras del muro, desde cualquier parte; desde el ángulo más propicio, escudada en su estado incorpóreo, en su inespacialidad. La intranquilizaba pensarlo. Ahora se daba cuenta de su error. No podría dar ninguna explicación, aclarar nada, consolar a nadie. Ningún ser vivo podría ser informado de su transformación. Ahora —quizás la única vez que los necesitaba— no tendría una boca, unos brazos, para que todos supieran que ella estaba allí, en su rincón, separada del mundo tridimensional por una distancia insalvable. En su nueva vida estaba aislada, totalmente impedida de captar sensaciones. Pero a cada momento algo vibraba en ella, un estremecimiento que la recorría, inundándola, la hacía saber de ese otro universo físico que se movía fuera de su mundo. No oía, no veía, pero sabía de ese sonido y de esa visión. Y allá, en la altura de su mundo superior, empezó a saber que un ambiente de angustia la rodeaba.
Hacía apenas un segundo —de acuerdo con nuestro mundo temporal— que se había realizado el tránsito, de manera que sólo ahora empezaba ella a conocer las modalidades, las características de su nuevo mundo. En torno suyo giraba una oscuridad absoluta, radical. ¿Hasta cuándo durarían esas tinieblas? ¿Tendría que acostumbrarse a ellas eternamente? Su angustia aumentó de concentración al saberse hundida en esa niebla espesa, impenetrable: ¿estaría en el limbo? Se estremeció. Recordó todo lo que había oído decir alguna vez sobre el limbo. Si en verdad estaba allí, a su lado flotaban otros espíritus puros de niños que murieron sin bautismo, que habían estado muriendo durante mil años. Trató de buscar en la sombra la vecindad de esos seres que debían de ser mucho más puros, mucho más simples que ella. Aislados por completo del mundo físico, condenados a una vida sonámbula y eterna. Tal vez estaba “el niño” persiguiendo una salida para llegar hasta su cuerpo.
Pero no. ¿Por qué tendría que estar en el limbo? ¿Acaso había muerto? No. Simplemente fue un cambio de estado, un tránsito normal del mundo físico a un mundo más fácil, descomplicado, en el que habían sido eliminadas todas las dimensiones.
Ahora no tenía que sufrir esos insectos subcutáneos. Su belleza se había derrumbado. Ahora, en esa situación elemental, podía ser feliz. Aunque... —¡oh!— no completamente feliz porque ahora su más grande deseo, el deseo de comerse una naranja, se había hecho irrealizable. Era por lo único que hubiera querido estar todavía en su primera vida. Para poder satisfacer la urgencia de la acidez que persistía aún después del tránsito. Trató de orientarse a fin de llegar hasta la despensa y sentir, siquiera, la fresca y agria compañía de las naranjas. Fue entonces cuando descubrió una nueva modalidad de su mundo: estaba en todas partes de la casa, en el patio, en el techo, hasta en el propio naranjo de “el niño”. Estaba en todo el mundo físico más allá. ¡Y sin embargo no estaba en ninguna parte! De nuevo se intranquilizó. Había perdido el control sobre sí misma. Ahora estaba sometida a una voluntad superior, era un ser inútil, absurdo, inservible. Sin saber por qué empezó a ponerse triste. Casi comenzó a sentir nostalgia por su belleza: por esa belleza que ella había desperdiciado tontamente.
Pero una idea suprema la reanimó. ¿No había oído decir acaso que los espíritus puros pueden penetrar a voluntad en cualquier cuerpo? Después de todo, ¿qué perdía con intentarlo? Trató de recordar cuál de los habitantes de la casa podría ser sometido a la prueba. Si lograba realizar su propósito quedaría satisfecha: podría comerse la naranja. Recordó. A esa hora la gente del servicio no acostumbraba estar allí. Su madre no había llegado todavía. Pero la necesidad de comerse una naranja unida ahora a la curiosidad de verse encarnada en un cuerpo distinto al suyo, la obligaba a actuar cuanto antes. Pero no había allí nadie en quien encarnarse. Era una razón desoladora: no había nadie en la casa. Tendría que vivir eternamente aislada del mundo exterior, en su mundo adimensional, sin poder comerse la primera naranja. Y todo por una tontería. Hubiera sido mejor seguir soportando unos años más esa belleza hostil y no anularse para siempre, inutilizarse como una bestia vencida. Pero ya era demasiado tarde.
Iba a retirarse, decepcionada, a una región distante del universo, a una comarca donde pudiera olvidarse de todos sus pasados deseos terrenos. Pero algo la hizo desistir bruscamente. En su comarca desconocida se abrió la promesa de un futuro mejor. Sí: había alguien en la casa en quien podría reencarnarse: ¡en el gato! Vaciló luego. Era difícil resignarse a vivir dentro de un animal. Tendría una piel suave, blanca, y habría en sus músculos concentrada una gran energía para el salto. En la noche sentiría brillar sus ojos en la sombra como dos brasas verdes. Y tendría unos dientes blancos, agudos, para sonreírle a su madre desde su corazón felino con una ancha y buena sonrisa animal. ¡Pero no...! No podía ser. Se imaginó de pronto metida dentro del cuerpo del gato, recorriendo otra vez los pasadizos de la casa, manejando cuatro patas incómodas y aquella cola se movería suelta, sin ritmo, ajena a su voluntad. ¿Cómo sería la vida desde esos ojos verdes y luminosos? En la noche se iría a maullarle al cielo para que no derramara su cemento enlunado sobre el rostro de “el niño” que estaría bocarriba bebiéndose el rocío. Tal vez en su situación de gato también sienta miedo. Y tal vez, al fin de todo no podría comerse la naranja con esa boca carnívora. Un frío venido de allí mismo, nacido en la propia raíz de su espíritu tembló en su recuerdo. No. No era posible encarnarse en el gato. Tenía miedo de sentir un día en su paladar, en su garganta, en todo su organismo cuadrúpedo, el deseo irrevocable de comerse un ratón. Probablemente cuando su espíritu empiece a poblar el cuerpo del gato ya no sentiría deseos de comerse una naranja sino el repugnante y vivo deseo de comerse un ratón. Se estremeció al imaginarlo preso entre sus dientes después de la cacería. Lo sintió debatirse en sus últimos intentos de fuga, tratando de liberarse para llegar otra vez hasta su cueva. No. Todo menos eso. Era preferible seguir allí eternamente, en ese mundo lejano y misterioso de los espíritus puros.
Pero era difícil resignarse a vivir olvidada para siempre. ¿Por qué tenía que sentir deseos de comerse un ratón? ¿Quién primaría en esa síntesis de mujer y gato? ¿Primaría el instinto animal, primitivo, del cuerpo, o la voluntad pura de mujer? La respuesta fue clara, cristalina. Nada había que temer. Se encarnaría en el gato y se comería su deseada naranja. Además sería un ser extraño, un gato con inteligencia de mujer bella. Volvería a ser el centro de todas las atenciones... Fue entonces, por primera vez, cuando comprendió que por sobre todas sus virtudes estaba imperando su vanidad de mujer metafísica.
Como un insecto cuando pone en guardia sus antenas así orientó ella su energía por toda la casa en busca del gato. A esa hora debía de estar aún sobre la estufa soñando que despertará con un tallo de valeriana entre los dientes. Pero no estaba allí. Volvió a buscarlo, pero ya no encontró la estufa. La cocina no era la misma. Los rincones de la casa le eran extraños; ya no eran aquellos oscuros rincones llenos de telaraña. El gato no estaba en ninguna parte. Buscó por los tejados, en los árboles, en los canales, debajo de la cama, en la despensa. Todo lo encontró confundido. Donde creyó encontrar, otra vez, los retratos de sus antepasados, no encontró sino un frasco con arsénico. De allí en adelante encontró arsénico en toda la casa, pero el gato había desaparecido. La casa no era ya la misma de antes. ¿Qué había sido de sus cosas? ¿Por qué sus trece libros favoritos estaban cubiertos ahora de una espesa capa de arsénico? Recordó el naranjo del patio. Lo buscó y trató de encontrar otra vez “el niño’’ en su hueco de agua. Pero no estaba el naranjo en su sitio y “el niño” no era ya sino un puño de arsénico con ceniza bajo una pesada plataforma de concreto. Ahora sí dormía definitivamente. Todo era distinto. Y la casa tenía un fuerte olor arsenical que golpeaba el olfato como desde el fondo de una droguería.
Sólo entonces comprendió ella que habían pasado ya tres mil años desde el día en que tuvo deseos de comerse la primer naranja.
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