miércoles, 18 de marzo de 2015

El lado más humano de Gabriel García Márquez llena la ONU por un día

La ONU vivió un entrañable homenaje a Gabriel García Márquez, en el que autores, embajadores y responsables de la organización glosaron su figura y también su lado más humano, pero también el significado e impacto de sus obras para toda la humanidad

El lado más humano de Gabriel  García  Márquez llena la ONU por un día./lainformacion.com
Su personalidad, sus bromas o anécdotas, la influencias de sus obras o su vida como periodista y educador fueron recordados por algunos de sus conocidos y colaboradores ante cientos de asistentes, entre los que había setenta embajadores.
"Uno de los distintivos de su legado es toda una vida de lucha contra la injusticia y la opresión", afirmó el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, para quien las obras del premio Nobel colombiano "expresan la rica diversidad cultural de América Latina".
El homenaje fue organizado por el Grupo de Amigos del Español (GAE) en la ONU tras el fallecimiento del autor, el pasado 17 de abril, y celebrado en el salón del Consejo Económico y Social de la organización.
El acto tuvo lugar entre las notas de los vallenatos caribeños que interpretó un acordeonista Nicolás de los Ríos entre el color y aroma de miles de flores traídas de Colombia.
Además de Ban Ki-moon, el presidente de la Asamblea General, John Ashe; la embajadora de Argentina y presidenta del GAE, María Cristina Perceval, y la representante colombiana, María Emma Mejía, participaron en la parte institucional del homenaje.
Después, los escritores mexicanos Ángeles Mastretta y Héctor Aguilar, junto con el autor colombiano Juan Gabriel Vásquez, el periodista Jaime Abello y el biógrafo de Gabo, Gerald Martin, rememoraron su parte más humana y trataron de interpretar el significado profundo de su figura.
Martin señaló que García Márquez fue "un fenómeno absolutamente si precedentes en el ámbito latinoamericano" y "el escritor más famoso que ha dado el llamado Tercer Mundo", que destacó su "sencillez y ética", recordando por ejemplo que no quiso leer su biografía hasta que estuvo publicada.
Para Mastretta, también amiga del escritor, hay que "recordarlo con la alegría y la esperanza que fueron el sello de este hombre excepcional".
Vásquez, por su parte, resaltó "el descaro, el bellísimo descaro con el que se apropió de todas las historias, con que echó mano de todos los mitos y con que vindicó para siempre todo eso que tenemos en común por el simple hecho de ser humanos".
Para Abello, cofundador y director de la escuela de periodismo Gabriel García Márquez en Cartagena de Indias, "nada mejor que este recinto de las Naciones Unidas para celebrar la memoria de Gabo, que se nos ha ido".
Abello recordó la colaboración del García Márquez con la ONU, especialmente con la Unesco, y rememoró cómo el recientemente fallecido autor tocó todas las formas del periodismo, desde crítico de cine a empresario, esta última con escasa fortuna económica aunque mucho prestigio.
La curiosidad, la oportunidad de explorar el mundo y la posibilidad de contar historias
En declaraciones a Efe, Mastretta dijo que el homenaje fue "merecido, justo, lógico y conmovedor", ya que "el cariño era para él una cosa muy fácil de conseguir" y hoy "se ha visto aquí la naturalidad con que la gente lo hizo suyo".
La autora mexicana recordó que Gabo "era tímido, era vulnerable, era de una sencillez excepcional y era un lujo su alegría", y apuntó que como amigo "era lo más sencillo y lo más cercano del mundo".
La embajadora colombiana, María Emma Mejía, destacó a Efe que el homenaje fue "muy bonito, porque en Naciones Unidas no es usual poder comenzar con la música".
Mejía subrayó la "revelación de ese Gabo íntimo, humano, educador, poeta, con sus cuates", que se recordó, más allá del escritor de éxito ganador de un Nobel y famoso en todo el mundo.

martes, 17 de marzo de 2015

García Márquez vuelve a Barcelona

El Nobel colombiano recibe un homenaje póstumo en el Ayuntamiento

El hijo de Gabriel García Márquez, Gonzalo, recibe la medalla de manos del alcalde Trias / Consuelo Bautista./elpais.com

Barcelona fue la ciudad elegida por Gabriel García Márquez (1927-2014) para desembrujarse de sí mismo, tras el recién éxito planetario de Cien años de soledad, en 1967.
Y ayer una procesión de recuerdos sobre él lo trajo a la capital catalana que le rindió homenaje con la entrega de La Medalla de oro de la Ciudad, a título póstumo, por parte del Ayuntamiento. La recibió Gonzalo García Barcha, uno de los dos hijos del Nobel de literatura colombiano, en el Saló de Cent decorado con tres retratos de García Márquez sonriendo, durante sus años en la ciudad, y un ramo de rosas amarillas. Allí estaban muchos de sus amigos de entonces (como Carmen Balcells y la familia Feduchi) y amigos de después (como Claudio López de Lamadrid, encargado de glosar al escritor) y unos 200 admiradores. Entre los asistentes se contaba también Jorge Herralde,
Varios de los presentes hablaron, dando origen a una procesión de evocaciones sobre el autor en la ciudad y su importancia para la literatura. La medalla la concede el plenario por unanimidad, algo muy raro hoy en día, destacó el alcalde Xavier Trías. La recibe el Nobel por su “contribución a enriquecer el patrimonio literario de Barcelona y universal”. Se trata de uno de los autores que están en el imaginario universal y “es parte de la cultura de Cataluña”, dijo Ferran Mascarell, consejero de Cultura de la Generalitat de Cataluña.
Al final sonaron algunas de las canciones favoritas de García Márquez, como el bolero Franqueza, el vallenato La diosa coronada, y la cumbia Soledad
A esta ciudad llegó García Márquez a comienzos de noviembre de 1967, cinco meses después de la publicación de su obra maestra en Buenos Aires, ya en vísperas de que la historia de los Buendía, en Macondo, echara a andar por el mundo y se convirtiera en el detonante de un estallido histórico llamado "boom latinoamericano". Aquel otoño llegó, procedente de México DF, con su mujer, Mercedes Barcha, y sus dos niños, Rodrigo y Gonzalo, a un piso de alquiler junto a la plaza de Lesseps, y luego a uno de la calle Caponata, 6, en el barrio de Sarrià.
Allí empezó una nueva vida, se unió a la gran fiesta de la cultura que vivía la ciudad, hizo grandes amigos, afianzó lazos, guareció del éxito aturdidor de Cien años de soledad que por momentos parecía amenazar su inspiración, terminó de escribir el libro de relatos de Los funerales de la Mamá grande, y escribió, durante casi siete años, la novela con la cual quiso desembrujarse de sí mismo y de Macondo: El otoño del patriarca.
García Márquez llegó a Barcelona principalmente por el recuerdo del escritor Ramón Vinyes, más conocido como el “sabio catalán”, de su novela famosa; y por Carmen Balcells, su agente literaria que lo quería cerca y en un lugar seguro para que se dedicara a hacer sin problemas lo que hacía como nadie, escribir; y para crear su novela de los dictadores latinoamericanos, y qué mejor para ello que un país donde un dictador vivía su decadencia, en el tardofranquismo.
Esa misma ciudad por la que siempre preguntaba a todas las personas que lo visitaban y que él sabía que venían de allí. Como fue el caso de su último editor, durante 15 años, Claudio López de Lamadrid, de Penguin Random House. El editor recordó que cuando se veía con García Márquez y su mujer, lo primero que hacían era preguntarle: “¿Qué nos cuentas de Barcelona?”. El autor colombiano le pregunta por Toni “que fue buen amigo suyo y de Mercedes en sus años de Barcelona, y a quien yo siempre les recordaba. Hablar con ellos de Barcelona era hablar de Toni y Beatriz de Moura, era preguntarme por La Balsa, por sus amigos los Feduchi y por otros conocidos, era interesarse por la situación política, por los cambios en la ciudad. Era rememorar un tiempo privilegiado en un entorno oscuro, una época de felicidad a pesar de las circunstancias. Pero hablar de Barcelona era sobre todo hablar de Carmen Balcells”.
Fue ayer un atardecer de muchas estampas de García Márquez, evocadas por sus amigos: por su entusiasmo, de fiesta, de familia, escribiendo, pero hay dos que están congeladas en fotografías que lo condensan y lo trascienden: García Márquez, en 1970, bajo un cielo plomizo delante de la fuente de la plaza de Catalunya, rodeado de palomas y con el abrigo colgado del brazo izquierdo. Y la otra es de 1972, en su casa en una imagen inmortalizada por su hijo Rodrigo: el escritor sentado en una silla delante de una mesita de madera con los codos apoyados en ella, la mano derecha tocándose la cabeza de cabellos acaracolados delante de unos escritos, tal vez El otoño del patriarca, y las piernas cruzadas con los pies descalzos.
Su hijo Gonzalo dio las gracias en nombre de su madre también y quiso recordar a los amigos. “Un afecto que está documentado y que él mismo resumió en la frase ‘Escribo para que mis amigos me quieran más’. Algunos de ellos están aquí. Su obra no habría sido la misma sin su amor”, dijo Gonzalo García Barcha.
Al final sonaron algunas de las canciones favoritas de García Márquez, como el bolero Franqueza, el vallenato La diosa coronada, y la cumbia Soledad, a cargo del pianista y acordeonista Maurici Vilavecchia, el guitarrista Toti Soler y la cantante Gemma Humet. Músca y ritmos que lo acompañaron también allí, en Barcelona, donde vivió hasta 1975, y donde escribió una de sus novelas que con el tiempo ganará más prestigio y que empieza: “Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza…”.

Una pesquisa sobre la medicina en la obra de Gabo

En toda la literatura del Nobel es evidente la afición que el escritor tenía por la medicina

A finales de 1934, don Gabriel Eligio García montó una farmacia y ejercía la medicina como homeópata./eltiempo.com
Los temas relacionados con la medicina han sido motivo de inspiración para muchos escritores consagrados, sin que hubieran pertenecido a la cofradía médica. De seguro, buceando en el trasfondo de sus vidas se hallarán razones que expliquen esa afinidad.
En el caso de nuestro Nobel, Gabriel García Márquez, la temática médica circula en casi todas sus obras, en algunas de manera abundante, como en Cien años de soledad y en El amor en los tiempos del cólera. El hecho de que su producción literaria sea tan rica en asuntos médicos permite suponer que en el subconsciente de Gabo pudo haber un médico frustrado. De otra manera no se explican su inclinación por el tema y la propiedad con que campea en los dominios galénicos. Difícil aceptar que se trate de simple coincidencia.
En la vida real, Gabo se familiarizó desde niño con el quehacer médico, como que su padre incursionó en estas disciplinas. Gabriel Eligio García –que así se llamaba– trocó en Aracataca el oficio de telegrafista por el de médico empírico. Dasso Saldívar –buen biógrafo de Gabo–, en El viaje a la semilla, refiere que alguna vez había realizado estudios desordenados de homeopatía y farmacia en la Universidad de Cartagena.
Para mayor información registra que alcanzó prestigio a raíz de una epidemia de disentería, declarada en 1925. En Vivir para contarla, el escritor pone en boca de su madre que, antes de contraer matrimonio, quien iría a ser su padre había interrumpido los estudios de medicina y farmacia por falta de recursos.
A finales de 1934, don Gabriel Eligio montó una farmacia y ejercía la medicina. A más de ser buen lector de revistas y manuales médicos, tenía ínfulas de investigador. Inventó y patentó un “regulador menstrual”, denominado comercialmente ‘GG’ (Gabriel García), que se anunciaba igual de bondadoso a los que ofrecía la industria farmacéutica extranjera. Quizás fue por eso por lo que la Junta de Títulos Médicos del Departamento del Atlántico le concedió licencia para ejercer la medicina homeopática en su comarca.
Pero su jurisdicción profesional iría más allá. Habiendo incrementado sus conocimientos y comprobado su idoneidad en la materia, en 1938 el Ministerio de Educación le revalidó la licencia de médico homeópata, esta vez con alcance nacional, advirtiéndole, eso sí, que no podía tomar parte en operaciones quirúrgicas ni tampoco en ninguna otra actividad propia del ejercicio alopático.
Sin duda, la actividad médica de su progenitor, así fuera limitada, no podía pasar inadvertida para Gabo; debió dejar huella en su recuerdo, reforzada con la relación cercana que su familia tenía con el médico venezolano Alfredo Barboza, quien se había afincado en Aracataca desde tiempo atrás y también era dueño de una botica. Tenía fama por su acertado “ojo clínico” y por sus buenas maneras. Cuando Gabo tenía 5 o 6 años, le causaban temor paralizante su figura escuálida y “sus ojos amarillos como de perro del infierno”, pero sobre todo porque en una ocasión lo sorprendió robándose los mangos del solar de su casa.
En épocas pretéritas era costumbre que los padres aspiraran a que sus hijos fueran profesionales, ojalá en carreras similares a las suyas. Según Saldívar, a lo que aspiraba don Gabriel Eligio era a que Gabo fuera farmacéutico, para que más tarde lo remplazara en la botica. Sin embargo, en su autobiografía, el escritor recuerda que para sus padres él era el orgullo de la familia, y su mayor anhelo consistía en que fuera el médico eminente que su padre no pudo ser por incapacidad económica.
Explicable, entonces, que, con el transcurrir de los días, aflorara en el futuro nobel simpatía o afinidad por los asuntos médicos. En Crónica de una muerte anunciada confiesa que “en una época incierta en que trataba de entender algo de mí mismo vendiendo enciclopedias y libros de medicina por los pueblos de La Guajira…”. Dasso Saldívar refiere que en los pueblos Gabo visitaba a los médicos, jueces, notarios, alcaldes, para convencerlos de la bondad de los libros técnicos que ofrecía. De seguro, antes los había hojeado todos y leído algunos. Esta sospecha se vuelve evidencia al saber por el mismo Gabo: “En tiempos de hambruna llegué a leer desde tratados de cirugía hasta manuales de contabilidad, sin pensar que habían de servirme para mis aventuras de escritor”. Cuando cursaba su bachillerato en el Liceo Nacional de Zipaquirá, devoró todos los libros de literatura que reposaban en la biblioteca, como también las obras completas de Freud; no siendo propiamente literarias, debió leerlas por ser su autor un famoso médico.
Como lo señalé atrás, sus novelas, crónicas y cuentos son pródigos en la temática médica, lo que –insisto– debe aceptarse como una prueba fehaciente de que el escritor estaba contagiado de ella. Además de haber leído enciclopedias, tuvo también que documentarse en otras fuentes para poder escribir con tanta solvencia sobre aspectos galénicos.
En la década de los 60, residiendo en Ciudad de México, daba a conocer, en privado y a plazos, pasajes de la novela que sería más tarde Cien años de soledad. Entonces, sus amigos pudieron comprobar su obsesión documental, como que en su mesa de trabajo acumulaba montones de libros que hablaban de alquimia y de navegantes, “manuales de medicina casera, crónicas sobre pestes medioevales, manuales de venenos y antídotos, crónicas de Indias, estudios sobre escorbuto, el beriberi y la pelagra…” (El viaje a la semilla). No es de extrañar, pues, que en su obra cumbre mencione que Melquiades “era un fugitivo de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género humano. Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón, a la peste bubónica en Madagascar…”.
Entre los temas médicos utilizados por Gabo en sus escritos, el de las pestes o epidemias es el más socorrido. En efecto, en Cien años de soledad circulan la peste del insomnio y del olvido; el “cólera nostra” en Del amor y otros demonios, en El amor en los tiempos del cólera y en La mala hora; la blenorragia en Cien años de soledad, en Crónica de una muerte anunciada y en El general en su laberinto; en esta novela también aparecen la viruela y la rabia, que es la peste de fondo en Del amor y otros demonios.
Pero ¿por qué esa predilección por las pestes? Recordemos que grandes escritores se dejaron seducir por ese tema: Sófocles, Tucídides, Bocaccio, Camus, Defoe, Saramago… En alguna ocasión, Gabo confesó que Sófocles y Defoe lo habían dejado marcado para siempre.
Además de las pestes, el nobel echó mano de gran número de patologías médicas, de vocablos y decires propios de la jerga galénica, y puso a desfilar a cultores de la medicina como personajes centrales de sus narraciones, el más caracterizado de ellos el doctor Juvenal Urbino. Solo un médico –y poeta, además– podía describir de manera tan bella y detallada el transcurrir profesional de un colega tan peculiar como este. Pero lo más llamativo para el lector acucioso es que registra una serie de máximas, de consejos, de descripciones técnicas, de profundas reflexiones médicas, no encontradas antes en ningún autor, a tal punto que tiene que aceptarse que Gabo fue también un filósofo y un poeta en el ámbito de la medicina. Para sostener mi tesis, transcribo a continuación una muestra de ello.
A la grafía que utilizamos los médicos en las recetas la denomina “garabatos crípticos”.
A las vísceras las menciona por su nombre, añadiéndoles un calificativo exacto y expresivo: corazón “insomne”; hígado “misterioso”; páncreas “hermético”.
Siguiendo un concepto medioeval, manifiesta que “el bisturí es la prueba mayor del fracaso de la medicina”.
Respecto a la diabetes, afirma que “es demasiado lenta para acabar con los ricos”; que “la pobreza es el mejor remedio para acabar con la diabetes”, y que los edulcorantes artificiales son “azúcar pero sin azúcar, algo así como repicar pero sin campanas”.
De la vejez dice que “es un estado indecente que debía impedirse a tiempo”. Además, que “las enfermedades mortales tienen un olor propio, pero ninguno tan específico como el de la vejez”.
Refiriéndose a la ética, uno de sus personajes médicos socarronamente expresa: “La ética cree que los médicos somos de palo”.
Por lo comentado atrás, no es descabellado afirmar que el inmortal escritor Gabriel García Márquez fue un médico frustrado.


Fernando Sánchez Torres.Presidente de la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente. Galardonado con el Premio Nacional de Medicina Federico Lleras Acosta al título de Maestro de la Obstetricia y la Ginecología Latinoamericanas.

lunes, 16 de marzo de 2015

Fidel Castro fue el punto ciego de Gabriel García Márquez

Gobernante y escritor tuvieron relación muy estrecha. El ensayista e historiador mexicano Enrique Krauze critica los silencios de Gabo respecto del gobierno de Cuba

Cercanía. Fidel conversa con García Márquez. La actitud del escritor para con Cuba siempre estuvo en la mira./revista Ñ
El reciente funeral, en México, del gran novelista latinoamericano ofreció un asombroso despliegue. Durante horas, bajo la lluvia, cientos de miles desfilaron ante la urna que contenía las cenizas del autor contemporáneo más célebre y leído de la región. Gabriel García Márquez, muerto el 17 de abril, fue “el rey de Macondo”, ese pueblito colombiano imaginario donde transcurre Cien años de soledad.
Pero para mí y para muchos otros latinoamericanos, sus logros literarios se ven ensombrecidos por una tacha moral: su amistad larga e íntima con Fidel Castro y (peor aún) su aceptación inconmovible de los peores abusos del régimen cubano.
Escribió una vez que “todos los dictadores… son víctimas”. Es un sentimiento que recorre El otoño del patriarca, publicado en 1975, el año en que él comenzó a establecer un vínculo personal sólido con Castro. En tres famosos artículos (una serie titulada Cuba de la cabeza a los pies), García Marquez escribió sobre la “comunicación casi telepática” que percibía entre Castro y el pueblo cubano, y afirmó que “esta ha sobrevivido intacta a la corrosión insidiosa y feroz de las exigencias diarias del poder” y que Castro “estableció todo un sistema de defensa contra el culto a la personalidad”. Luego llamó a Fidel “un reportero genial”, cuyos “inmensos informes orales” convertían al pueblo cubano en “uno de los mejor informados del mundo sobre su propia realidad”. Poco después de esta serie, sin embargo, cuando Alan Riding, del diario The New York Times, le preguntó por qué no emigraba a Cuba, García Márquez respondió: “Sería muy difícil para mí... adaptarme a esas condiciones. Extrañaría muchas cosas. No podría vivir con esa falta de información”.
Cuando finalmente Gabo tuvo una casa en Cuba, comenzó a compartir aventuras gastronómicas con Castro. Así, el cocinero mayor del comandante bautizó un plato “Langosta a la Macondo”, en honor al premio Nobel, un entusiasta.
Cuando se le cuestionó su cercanía con Castro, García Márquez respondió que, para él, la amistad siempre fue un valor supremo. Habrá sido así, pero ciertamente era una amistad con jerarquías y Fidel estaba en la cima.
En 1989, mientras García Márquez vivía en su casa cubana, se desarrollaron los oscurísimos juicios contra el general Arnaldo Ochoa y los hermanos Tony y Patricio de la Guardia, que concluyeron con la pena de muerte para Ochoa y el coronel Tony de la Guardia, acusados de narcotráfico y de traicionar a la revolución. Existía una viva oposición interna a este castigo para Ochoa, un héroe de la victoria cubana en Angola sobre el ejército invasor de la Sudáfrica sumida aún en el apartheid. El coronel de la Guardia era un amigo muy íntimo de García Márquez. Su hija, Ileana, imploró al escritor que intercediera ante Castro para salvar la vida de su padre. Pero el colmbiano no hizo nada; Ileana contó que éste incluso llegó a observar, sin ser visto y junto a Fidel y Raúl Castro, una parte del proceso.
En marzo de 2003, Fidel ordenó intempestivamente unos juicios ejemplares contra 78 disidentes; fueron sentenciados a penas de entre 12 y 27 años. Algunos, por delitos como “tener un grabador Sony”. Poco después, Castro ordenó la ejecución de tres hombres por haber tratado de escapar a los Estados Unidos en una balsa.
En una feria del libro en Bogotá, la escritora Susan Sontag enfrentó a García Márquez; después de elogiar su obra, dijo que era imperdonable que no hubiera alzado la voz contra las acciones del régimen cubano. La respuesta pública de García Márquez siguió siendo el viejo argumento de la relación personal con Fidel: “No sabría calcular la cantidad de prisioneros, disidentes y conspiradores a quienes ayudé, en absoluto silencio, para que fueran liberados de prisión o pudieran emigrar de Cuba en los 20 últimos años. Pero si de verdad lo hizo, ¿por qué actuó “en absoluto silencio”? Habrá considerado que esos encarcelamientos eran injustos. En lugar de seguir respaldando al régimen que cometía esas injusticias, ¿no habría sido mucho más valioso hacer una denuncia pública y contribuir al cierre de las cárceles políticas cubanas?
García Márquez no era un escritor de torre de marfil. Estaba orgulloso de su profesión de periodista y apoyó una institución pedagógica en Colombia.
Traducción Matilde Sánchez

Fidel y Gabo: una amistad real

Rogelio García Lupo es periodista e historiador. En 1959 y junto a Gabriel García Márquez, entre otros, fundó Prensa Latina, la agencia de noticias oficial de la Revolución Cubana.
-¿Cómo era el vínculo entre Fidel Castro y García Márquez?
-Era una relación basada en una permanente preocupación por el mantenimiento del sistema. Consistía a veces en las palabras y a veces en los silencios de García Márquez sobre las decisiones del gobierno. Fue una amistad real.
-¿Qué opina de la afirmación que hizo E. Krauze respecto de que el Nobel no intervino en el juicio al General Arnaldo Ochoa, que lo condenó a muerte?
-Creo que García Márquez no estaba obligado a intervenir en favor de nadie, y a la vez gestionó el permiso para salir de la isla en cientos de casos. No conozco el pedido en favor de Ochoa, que había vuelto de Angola sospecho que cargado de secretos en cuanto a la relación entre mandos civiles y militares en Cuba. También los mellizos De la Guardia se llevaron secretos de Estado con ellos: tenían a su cargo las Operaciones Especiales del gobierno y estuvieron en maniobras extremadamente arriesgadas; podían situarse en un campo sin límites, siempre a favor del gobierno.

Un puñetazo al boom

Un libro revive la historia del fenómeno literario en Barcelona

Gabo y Vargas Llosa, en el premio Biblioteca Breve de 1970. / J.M. Castellet./elpais.com
“Como era un señor de América del Sur en aquella época era alguien sospechoso para mi padre, por lo que pedimos garantías y acabó avalándole Carmen Balcells en persona”, recuerda hoy Javier Canals, propietario del piso tercero segunda de la calle Osi, 50 de Barcelona e hijo de Miguel, que fue quien alquiló, por intermediación de la futura superagente literaria, el piso a Mario Vargas Llosa, donde el también futuro premio Nobel vivió con su familia entre 1972 y 1974. No escribió allí Pantaleón y las visitadoras sino, porque decía que no podía concentrarse por el ruido, en uno de los tres estudios blancos que había en el sobreático, gracias a las irregularidades urbanísticas de la época y que es bien visible aún desde la calle. “Igual una de las piezas literarias mayores hay que agradecérsela al alcalde Porcioles”, bromea uno de los periodistas que rodean al colega Xavi Ayén, de paseo por escenarios míticos de la Barcelona de los años 60 y 70 cuando convergieron lo mejor de las letras sudamericanas y que él ha reflejado en Aquellos años del boom (RBA).
Osi, 50 hace casi esquina con la también bastante silenciosa calle Caponata, 6 donde en los bajos escribía entonces Gabriel García Márquez El otoño del patriarca; había llegado pocos años antes, en 1967, con su familia. Esa confluencia de calles fue la capital del boom. Por ahí pasaron todos. “Mario golpeaba con los nudillos en el tabique y al cabo de un rato aparecía Gabo, con su mítico mono azul de mecánico que se ponía para escribir”, recuerda Ayén la broma con la que aquellos impresionaban a Juanjo Armas Marcelo en 1972. No eran pisos contiguos, pero ellos estaban muy unidos. “Comías en casa de uno y tomabas el café en la del otro”, cuenta el escritor Alfredo Bryce Echenique en el libro. La cercanía la había propiciado Balcells: “Los instalaba en Sarrià porque eso daba buena imagen; ella les hacía de cajero automático y les solucionaba desde problemas de liquidez a lo más doméstico, como las vacaciones familiares o la compra”, explica el periodista, que constata: “Siendo ambos de origen humilde los puso en la zona alta de la ciudad, y Sergio Pitol, que era de clase pudiente vivía en el Raval, en la calle Escudellers”.
Vargas Llosa golpeó a Gabo por desvelar un asunto de faldas a su mujer, mantiene el periodista Xavi Ayén
Ayén sabe centenares de detalles como ese que trufan su libro, nacido de quedarse con ganas de saber más sobre los escritores que se afincaron en la ciudad, coincidencia astral que hasta la fecha sólo tenía una biblia: las memorias de otro ilustre afincado, José Donoso. “Quería hacer una biografía colectiva centrándome sobre todo en Barcelona, pero no se podía explicar solo desde ahí y la cosa fue creciendo”. Tanto que al final le ha llevado 10 años de trabajo y, tras recortarlo, 876 páginas, con las que obtuvo el premio Gaziel de Biografías y Memorias. Ahora es ya un libro de referencia obligada.
“No, cualesquiera, no: los pedía de 120 gramos de grosor”, recita con voz cansina Jorge, el dueño de la papelería-quiosco de maderas verdes de una calle más abajo y a la que, dos veces por semana como mínimo, acudía Gabo a comprar paquetes de folios, que tenía que pedirle exprofeso por su grosor. Acabaron trabando cierta amistad: los hijos del escritor le ayudaron a montar estanterías en el local y él terminó escuchando música en el potente tocadiscos del escritor, que tenía insonorizado el piso.
Carlos Barral, Carlos Fuentes, Josep Maria Castellet, los hermanos Goytisolo, Guillermo Cabrera Infante, Julio Cortázar, Rosa Regàs… son algunos míticos nombres más que aparecen en el estudio de Ayén, que ha consultado más de 300 libros y archivos (“en el de Vargas Llosa no permiten el acceso a las carpetas de Julia Urquidi, la Tía Júlia”) y se ha entrevista con familiares, amigos y viudas. Muchos coincidían, en esa geografía barcelonesa (en el volumen hay tres planos detallando, residencias, lugares de ocio, editoriales y librerías), en la gauchedivinista Bocaccio: “Gabo fue algunas veces, pero no muchas y Vargas Llosa, solo una, eran muy disciplinados trabajando”, sostiene Ayén sobre los pilares de un grupo que “creó por vez primera un mercado global literario español y que no tenían una estética común pero sí actuaban colectivamente… y eso los editores se lo encontraron hecho”.
La cosa, para el estudioso, acabó por diversos motivos: “Dejaron de vivir juntos en 1974-1975, les dividió sus posturas ante la revolución cubana y el caso Padilla y unos empezaron a tener mucho éxito y otros siguieron siendo solo autores de culto”. Pero la razón más espectacular tiene fecha y escenario: el 12 de febrero de 1976, en el Palacio de Bellas Artes de México, en el preestreno del filme Supervivientes de los Andes: Gabo se dirige a Vargas Llosa y este le propina el famoso derechazo que lo tumba al grito de “Esto, por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona”. Son sólo 30 páginas del libro pero serán las más consultadas y las que han puesto en cierto aprieto la edición. Según la versión de Ayén, el origen está en una crisis matrimonial de Mario y Patricia Vargas Llosa, a causa de una aventura extramatrimonial de él. Patricia visitará Barcelona entre mayo y junio de 1975 para recoger cosas y ultimar gestiones. Una noche sale a cenar con Balcells, Edward y Gabo. Tomaron unas copas y Patricia tenía que coger el avión de regreso a Lima muy temprano. Gabo se ofreció a llevarla y, según Edwards, Patricia perdió el avión, porque Gabo se extravió. Según el chileno, Mario siempre pensó que fue porque quería llevársela a un hotel. Ayén se inclina, tácitamente, por el hecho de que, en el clima de gran amistad entre Gabo y Patricia, el coche se convirtió en una especie de confesionario y el autor de Cien años de soledad “cometió una indiscreción mayúscula, al revelarle a Patricia Llosa alguna correría de su marido, cometida en los años de Barcelona”. Vargas Llosa sintió que “Gabo había corrompido la amistad al irse de la lengua”. Puede pasarle a un gran narrador.

domingo, 15 de marzo de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
La otra costilla de la muerte
Sin saber por qué, despertó sobresaltado. Un acre olor a violeta y a formaldehído venía, robusto y ancho, desde la otra habitación a confundirse con el aroma de flores recién abiertas que mandaba el jardín amaneciente. Trató de serenarse, de recobrar ese ánimo que bruscamente había perdido en el sueño. Debía de ser ya la madrugada porque afuera, en el huerto, había empezado a cantar el chorro entre las legumbres y el cielo era azul por la ventana abierta. Repasó la sombría habitación tratando de explicarse aquel despertar brusco, inesperado. Tenía la impresión, la certidumbre física de que alguien había entrado mientras él dormía. Sin embargo estaba solo, y la puerta, cerrada por dentro, no daba muestra alguna de violencia. Sobre el aire de la ventana despertaba un lucero. Quedó quieto un momento como tratando de aflojar la tensión nerviosa que  lo había empujado hacia la superficie del sueño, y cerrando los ojos, bocarriba, empezó a buscar nuevamente el hilo de la serenidad. La sangre, arracimada, se le desgajó en la garganta en tanto que más allá, en el pecho, se le desesperaba el corazón robustamente marcando, marcando un ritmo acentuado y ligero como si viniera de una carrera desbocada. Repasó mentalmente los minutos anteriores. Tal vez tuvo un sueño extraño. Pudo ser una pesadilla. No. No había nada de particular, ningún motivo de sobresalto en “eso”.
Iba en un tren (ahora puedo recordarlo) a través de un paisaje (este sueño lo he tenido frecuentemente) de naturalezas muertas, sembrado de árboles artificiales, falsos, frutecidos de navajas, tijeras y otros diversos (ahora recuerdo que debo hacerme arreglar el cabello) instrumentos de barbería. Este sueño lo había tenido frecuentemente pero nunca le produjo ese sobresalto. Detrás de un árbol estaba su hermano, el otro, su gemelo, el que había sido enterrado aquella tarde, gesticulando (esto me ha sucedido alguna vez en la vida real) para que hiciera detener el tren. Convencido de la inutilidad de su mensaje comenzó a correr detrás del vagón hasta cuando se derrumbó, jadeante, con la boca llena de espuma. Ciertamente era su sueño absurdo, irracional, pero que no motivaba en modo alguno ese despertar desasosegado. Cerró los ojos nuevamente con las sienes golpeadas aún por la corriente de sangre que le subía firme como un puño cerrado. El tren penetró a una geografía árida, estéril, aburrida, y un dolor que sintió en la pierna izquierda le hizo desviar la atención del paisaje. Observó que tenía (no debo seguir usando estos zapatos apretados) un tumor en el dedo central del pie. De manera natural, y como si estuviera acostumbrado a ello, sacó del bolsillo un destornillador con el que extrajo la cabeza del tumor. La depositó cuidadosamente en una cajita azul (¿se ven los colores en el sueño?) y por la cicatriz vio asomarse el extremo de un cordón grasiento y amarillo. Sin alterarse, como si hubiera esperado la presencia de ese cordón, tiró de él lentamente, con cuidadosa exactitud. Fue una cinta larga, larguísima, que surgía espontáneamente, sin molestias ni dolor. Un segundo después levantó la vista y vio que el vagón había sido desocupado y que solo, en otro compartimiento del tren, estaba su hermano vestido de mujer frente a un espejo, tratando de extraerse el ojo izquierdo con unas tijeras.
En efecto, le disgustaba aquel sueño, pero no podía explicarse por qué le alteraba la circulación si las veces anteriores, cuando las pesadillas eran horripilantes, había logrado mantener la serenidad. Sintió las manos frías. El olor a violetas y formaldehído persistía y se tornaba desagradable, casi agresivo. Con los ojos cerrados, tratando de quebrar el tono alzado de la respiración, intentó buscar un tema trivial para hundirse otra vez en el sueño que se había interrumpido minutos antes. Podía pensar, por ejemplo, que dentro de tres horas tengo que ir a la agencia funeraria a cancelar los gastos. En el rincón un grillo trasnochado levantó su cascabel y llenó la habitación con su garganta aguda, cortante. La tensión nerviosa empezó a ceder lenta pero eficazmente y advirtió, otra vez, la flojedad, la laxitud de los músculos; se sintió tumbado sobre la colcha blanda y espesa mientras el cuerpo, liviano, ingrávido, traspasado por una dulce sensación de beatitud y cansancio iba perdiendo conciencia de su propia estructura material, de esa sustancia terrena, pesada, que lo definía, que lo situaba en una zona inconfundible y exacta de la escala zoológica, y soportaba en su difícil arquitectura toda una suma de sistemas, de órganos definidos geométricamente que le elevaban a la arbitraria jerarquía de los animales racionales. Los párpados, dóciles ahora, caían sobre la córnea con la          misma naturalidad con que los brazos y las piernas se confundían en un conjunto de miembros que, lentamente, fueron perdiendo independencia; como si todo el organismo se hubiera revuelto en un solo órgano grande, total, y él -el hombre- hubiera dejado sus raíces mortales para penetrar en otras raíces más hondas y firmes, en las raíces eternas de un sueño integral y definitivo. Oyó que afuera, del otro lado del mundo, el canto del grillo se iba debilitando hasta desaparecer de sus sentidos que se habían vuelto hacia adentro, sumergiéndolo a él en una nueva y descomplicada noción de tiempo y espacio; borrando la presencia de ese mundo material; físico y doloroso, lleno de insectos y de acres olores de violetas y formaldehídos.
Apaciblemente, envuelto en el tibio clima de serenidad codiciada sintió la liviandad de su muerte artificial y diaria. Se hundió en una amable geografía, en un mundo fácil, ideal; un mundo como diseñado por un niño, sin ecuaciones algebraicas, sin despedidas amorosas y sin fuerzas de gravedad.
No podía precisar cuánto tiempo estuvo así, entre esa noble superficie de sueños y realidades; pero sí recordaba que bruscamente, como si le hubiera sido cortada la garganta por una cuchillada, dio un salto en el lecho y sintió que su hermano gemelo, su hermano muerto, estaba sentado al borde de la cama.
Otra vez, como antes, el corazón fue un puño que le vino a la boca y lo empujó a saltar. La luz naciente, el grillo que seguía moliendo la soledad con su organillo destemplado, el aire fresco que subía del universo del jardín, todo contribuyó a hacerlo volver nuevamente al mundo real; pero esta vez podía comprender a qué se debía su sobresalto. Durante los breves minutos de somnolencia y (ahora me doy cuenta), durante toda la noche en que creyó tener un sueño apacible, sencillo, sin pensamientos, su memoria había estado fija en una sola imagen, constante, invariable; en una imagen autónoma que se imponía a su pensamiento a pesar de la voluntad y de la resistencia del pensamiento mismo. Sí. Casi sin que él lo advirtiera “ese” pensamiento se había ido apoderando de él, llenándolo, habitándolo entero, convirtiéndose en un telón de fondo que permanecía fijo detrás de los otros pensamientos, constituyendo el soporte, la vértebra definitiva en el drama mental de su día y de su noche. La idea del cadáver de su hermano gemelo se le había clavado en todo el centro de la vida. Y ahora, cuando ya lo había dejado allá, en su parcela de tierra, con los párpados estremecidos de lluvia, ahora tenía miedo de él.
Nunca creyó que el golpe sería tan fuerte. Por la ventana entreabierta volvió a entrar el olor confundido ya con otro olor a tierra húmeda, a huesos sumergidos, y su olfato le salió al encuentro regocijado, con una tre­menda alegría de hombre bestial. Habían pa­sado ya muchas horas desde el momento en que lo vio retorcerse como un perro malheri­do debajo de las sábanas, aullando, mordiendo ese grito último que le llenaba la garganta de sal; tratando de romper con las uñas el dolor que se le trepaba por la espalda hasta las raíces del tumor. No podía olvidar sus maceteros de animal agonizante, rebelde ante la verdad que se le había parado enfrente, que se había amarrado a su cuerpo con tenacidad, con una constancia imperturbable, definitivamente como la muerte misma. Él lo vio como en los últimos momentos de su ago­nía bárbara. Cuando se rompió las uñas con­tra las paredes, rasguñando ese último peda­zo de vida que se le iba por entre los dedos, que se le desangraba, mientras la gangrena se le metía por el costado como una mujer implacable. Después lo vio tumbarse sobre el lecho revuelto, con un mínimo de cansancio resignado, sudoroso, cuando los dientes llenos de espuma le tiraron al mundo una sonrisa horrible, monstruosa, y la muerte empezó a correrle por los huesos como un río de cenizas.
Fue entonces cuando pensé en el tumor que había dejado de dolerle en el vientre. Lo imaginé redondo (ahora sintió él la misma sensación), hinchado como un sol interior, insoportable como un insecto amarillo que alargaba sus filamentos viciosos hacia el fondo de los intestinos. (Sintió que las vísceras se le desajustaron como ante la inminencia de una necesidad fisiológica.) Tal vez yo tenga alguna vez un tumor como el suyo. Al principio será una esfera pequeña pero creciente que se irá ramificando, agrandándose dentro de mi vientre como un feto. Probablemente lo sienta cuando empiece a moverse, a desplazarse hacia adentro con una furia de niño sonámbulo, transitando por mis intestinos, ciego (se llevó las manos al estómago para contener el dolor agudo), con las manos ansiosas tendidas hacia la sombra, buscando la matriz tibia, el útero hospitalario que no ha de encontrar nunca; en tanto que sus cien patas de animal fantástico se irán enredando en un largo y amarillo cordón umbilical. Sí. Quizás yo (¡el estómago!), como este hermano que acaba de morir, tenga un tumor en la raíz de las vísceras. El olor que había mandado el jardín regresaba ahora fuerte, repugnante, envuelto en una tufarada nauseabunda. El tiempo parecía haberse detenido al borde de la madrugada. Contra el cristal el lucero estaba cuajado, en tanto que la pieza vecina, en donde toda la noche anterior estuvo el cadáver, seguía empujando su fuerte mensaje de formaldehído. Era, ciertamente, un olor distinto al del jardín. Éste era un olor más angustioso, más específico que ese confundido olor de las flores desiguales. Un olor que siempre, después de conocido, relacionó con los cadáveres. Era el olor glacial y exuberante  que le dejó el aldehído fórmico de los anfiteatros. Pensó en el laboratorio. Recordó las vísceras conservadas en alcohol absoluto; en las aves disecadas. A un conejo saturado de formol se le vuelve dura la carne, se deshidrata y pierde su dócil elasticidad hasta convertirse en un conejo perpetuo, eternizado. For­maldehído. ¿De dónde saldrá ese olor? La única manera de contener la podredumbre. Si los hombres tuviéramos formol entre las venas seríamos como las piezas anatómicas sumergidas en alcohol absoluto.
Oyó, allá afuera, el golpeteo de la lluvia creciente que se venía martillando los cristales de la ventana entreabierta. Un aire fresco, regocijado y nuevo entró cargado de humedad. El frío de las manos se intensificó haciéndole sentir la presencia del formol en las arterias; como si la humedad del patio hubiese entrado hasta sus huesos. Humedad. “Allá” hay mucha humedad. Pensó con cierto disgusto en las noches de invierno en que la lluvia traspasará la hierba y la humedad irá a dormir sobre el costado de su hermano, a circularle por el cuerpo como una corriente concreta. Le parecía que los muertos tuvieran necesidad de otro sistema circulatorio que los fuera precipitando hacia otra muerte irremediable y última. En ese momento deseaba que no lloviera más, que el verano fuera una estación eterna y dominante. Por lo que estaba pensando le disgustaba la persistencia de ese tableteo húmedo sobre los cristales. Quería que la arcilla de los cementerios fuera seca, siempre seca, porque lo inquietaba pensar que pasados quince días, cuando la humedad empiece a correrle por el tuétano, ya no habrá otro hombre igual, exactamente igual a él debajo de la tierra.
Sí. Ellos eran dos hermanos gemelos, exactos, que a primera vista nadie podía diferenciar. Antes, cuando estuvieron los dos viviendo sus vidas separadas no eran sino dos hermanos gemelos, simples y apartados como dos hombres diferentes. Espiritualmente no había ningún factor común entre ellos. Pero ahora, cuando la rigidez, la terrible rea­lidad que se le trepaba por la espalda como un animal invertebrado: algo se había disuelto en su atmósfera integral, algo que se pronunciaba como un vacío, como si a su costado se hubiera abierto un precipicio, o como si, bruscamente, le hubiera sido cercenada de un hachazo la mitad de su cuerpo; no de ese cuerpo exacto, anatómico, sometido a una perfecta definición geométrica; no de ese cuerpo físico que ahora sentía miedo, sino de otro cuerpo que venía más allá del suyo, que había estado con él hundido en la noche líquida del vientre materno y se remontaba con él por las ramas de una genealogía antigua; que estuvo con él en la sangre de sus cuatro pares de bisabuelos y vino desde el atrás, desde el principio del mundo, sosteniendo con su peso, con su misteriosa presencia, todo el equilibrio universal. Podía ser que él estuviera con la sangre de Isaac y Rebeca, que fuera su otro hermano el que nació trabado en su calcañal y que vino dando tumbos de generación en generación, noche a noche, de beso en beso, de amor en amor, descendiendo por arterias y testículos hasta llegar, como en un viaje nocturno, a la matriz de su madre reciente. El misterioso itinerario ancestral se le presentaba ahora doloroso y verdadero, ahora que había sido roto el equilibrio y la ecuación resuelta definitivamente. Sabía que algo faltaba a su armonía personal, a su integridad formal y cotidiana: ¡Jacob se había libertado irremediablemente de sus tobillos!
Durante los días en que su hermano estuvo enfermo no tuvo esta sensación porque el rostro demacrado, transfigurado por la fiebre y el dolor, con la barba crecida, se había diferenciado altamente del suyo.
Pero una vez que estuvo inmóvil, tendido sobre su muerte total se llamó a un barbero para que “arreglara” el cadáver. Él estuvo presente, pegado contra el muro, cuando llegó el hombre vestido de blanco y armado con el limpio instrumental de su profesión… Con la precisión de un maestro cubrió de espuma la barba del muerto (la boca espumosa. Así lo vi antes de morir) y, lentamente, como quien va revelando un secreto tremendo, em­pezó a rasurarlo. Fue entonces cuando lo asal­tó “esa” idea horrible. A medida que, al paso de la navaja, iba surgiendo el rostro pálido y terroso del hermano gemelo, él iba sintiendo que aquel cadáver no era una cosa extraña a él, sino que estaba fabricado de su misma sustancia terrena, que era su propia repetición… Sentía la extraña sensación de que sus parientes habían extraído del espejo la imagen suya, la que él veía reflejada en el cristal cuando se afeitaba. Ahora que esa imagen respondía a cada uno de sus movimientos había tomado independencia. Él la había vis­to afeitarse otras veces, todas las mañanas. Pero asistía a la dramática experiencia de que otro hombre estuviera quitándole la barba a la imagen de su espejo, prescindiendo de su propia presencia física. Tuvo la certeza, la seguridad de que si en aquel momento se hu­biera acercado a un cristal lo habría encon­trado en blanco aunque la física no tuviera una explicación exacta para aquel fenómeno. ¡Era la conciencia del desdoblamiento! ¡Su doble era un cadáver! Desesperado, tratando de reaccionar, palpó el muro firme que le subió por el tacto como una corriente de seguridad. El barbero terminó su labor y con la punta de las tijeras cerró los párpados del cadáver. La noche le quedó temblando adentro, en la irrevocable soledad del cuerpo desgajado. Así eran exactos. Dos hermanos idénticos, inquietamente repetidos.
Fue entonces, al observar lo íntimamente ligadas que estaban esas dos naturalezas, cuando se le ocurrió que algo extraordinario, inesperado, iba a acontecer. Imaginó que la separación de los dos cuerpos en el espacio no era más que aparente cuando, en realidad, ambos tenían una naturaleza única, total. Tal vez cuando llegue hasta el muerto la descomposición orgánica, él, el vivo, empiece a podrirse también dentro del mundo animado.
Oyó que la lluvia empezó a gotear con mayor fuerza sobre los cristales y que el grillo reventó su cuerda de repente. Sus manos estaban ahora intensamente frías con una larga frialdad deshumanizada. El olor a formaldehído, acentuado, le hizo pensar en la posibilidad de traerse a la podredumbre que le estaba comunicando su hermano gemelo desde allá, desde su helado hueco de tierra. ¡Eso es absurdo! Tal vez el fenómeno sea inverso: la influencia debía ejercerla él que permanecía con vida, con su energía, con su célula vital. Quizás -en este plano- tanto él como su hermano permanezcan intactos, sosteniendo un equilibrio entre la vida y la muerte para defenderse de la putrefacción. ¿Pero quién podía asegurarlo? ¿No era posible asimismo que el hermano sepultado continuara incorruptible en tanto que la podredumbre invadía al vivo con sus pulpos azules?
Pensó que la última hipótesis era la más probable y se resignó a esperar la llegada de su hora tremenda. La carne se le había puesto suave, adiposa, y creyó sentir que una sustancia azul lo cubría por entero. Olfateó hacia abajo la llegada de sus propios olores corporales, pero sólo el formol de la pieza vecina le agitó las membranas olfativas con un estremecimiento helado, inconfundible. Nada le preocupó después. En su rincón el grillo trató de reiniciar la cantilena mientras una gota gruesa y exacta empezó a colarse por el cielo raso en todo el centro de la habitación. La oyó caer sin sorpresa porque sabía que en ese sitio la madera estaba envejecida, pero se imaginó aquella gota formada por una agua fresca, buena y amiga que venía del cielo, de una vida mejor, más ancha y menos llena de fenómenos idiotas como el amor o como la digestión y la gemelidad. Tal vez esa gota iba a llenar la habitación dentro de una hora o dentro de mil años y a disolver esa armadura mortal, esa sustancia vana que tal vez -¿por qué no?- dentro de breves instantes no sería ya sino una pastosa mezcla de albúmina y de suero. Ahora todo era igual. Entre él y su tumba sólo se interponía su propia muerte. Resignado, oyó la gota, gruesa, pesada, exacta, que golpeaba en el otro mundo, en el mundo equivocado y absurdo de los animales racionales.

viernes, 13 de marzo de 2015

Informe de censura de Cien años de soledad

La obra es AUTORIZABLE. Como novela, muy buena

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad./elmalpensante.com
En 1969, cuando se publicó por primera vez Cien años de soledad en España, todos los libros debían pasar por una oficina de censura. Si hoy en día uno va al Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares, y pide que le dejen ver la caja 66/2529, puede leer en el expediente 1184-69 lo que escribió el (arrebatado) censor franquista sobre la obra máxima de nuestro Nobel.

[…] el autor trata de proporcionar una idea lo más exacta posible de la baja y media sociedad hispanoamericana, concretamente de la sociedad colombiana, con sus infidelidades matrimoniales, sus rencores familiares, sus trapicheos, sus aspiraciones, sus pequeños y ruinosos negocios, su elevada natalidad y mortandad infantil, su hacinamiento doméstico, etc, etc. / Políticamente, la obra no presenta problema ninguno. Ideológicamente, tampoco, porque no defiende tesis sino que describe situaciones. Moralmente, presenta un ambiente en el que predomina la inmoralidad como cosa de todos los días y sin ulteriores preocupaciones éticas, aunque no falten personajes que se planteen problemas de conciencia. Sin embargo, no se incurre en descripciones escabrosas ni inmorales: simplemente se describen situaciones inconvenientes sin aprobarlas ni condenarlas pero produciendo una impresión desfavorable hacia tales situaciones. La obra es AUTORIZABLE. Como novela, muy buena. 

Madrid pondrá el nombre de Gabriel García Márquez a una biblioteca municipal

El Ayuntamiento de Madrid dará el nombre del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, fallecido el pasado 17 de abril, a una de sus bibliotecas municipales y un homenaje en la Feria del Libro que se inicia hoy

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad, sera homenajeado durante la Feria del Libro de Madrid./lainformacion.com
El Pleno del Ayuntamiento ha acordado hoy por unanimidad dar el nombre del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, fallecido el pasado 17 de abril, a una vía, espacio urbano o edificio de titularidad municipal de la ciudad.
En una intervención previa a la votación, el delegado madrileño de Las Artes, Deportes y Turismo, Pedro Corral, ha anunciado que el espacio elegido finalmente es la biblioteca municipal de Orcasur, en el distrito de Usera, al sur de la ciudad, que actualmente está en obras para multiplicar por cinco su superficie y será reabierta a final de año.
Corral ha recordado que Madrid, "capital cultural de una comunidad de 500 millones de hispanohablantes y puente entre Europa y América", quiere "perpetuar" así su "gratitud" a García Márquez por su obra y por "su admiración hacia Madrid".
La concejala socialista Ana García D'Atri, que se ha referido a García Márquez como "el mejor escritor en español del siglo XX" y un "constructor de mundos mágicos", ha opinado que el premio Nobel "merece un lugar en Madrid igual que lo tiene en el corazón de los madrileños. Lo contrario -ha apuntado- seria condenar a Madrid a cien años de soledad".
Por Izquierda Unida, Milagros Hernández ha intervenido para destacar que su obra es hoy "vida, alegría y gozo" y valorar su "marcado compromiso con la revolución cubana", a la que "nunca retiró su apoyo" y "nunca escatimó apoyos a Fidel Castro".
La edil de UPyD Patricia García ha dicho que Madrid rinde así un "justo homenaje" a "un grande entre los grandes", al que ha dicho que personalmente le debe "el inmenso placer de la lectura". 

La Feria del Libro regresa con un homenaje a García Márquez y recuperando 'El Micro'

La 73 edición de la Feria del Libro regresa al Paseo de Coches del parque del Retiro del 30 de mayo al 15 de junio con un homenaje a Gabriel García Márquez con una lectura continuada de 'Cien años de soledad', un homenaje a Quino, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, al cumplirse el 50 aniversario de 'Mafalda', encuentros en torno al centenario de la Primera Guerra Mundial y con la recuperación de 'El Micro'.
Situado frente a la iglesia de San Pascual, en el Paseo de Recoletos, recogió en 1933 las palabras del presidente del Gobierno, Manuel Azaña. Ahora hasta 16 novelistas, poetas, libreros y periodistas contarán con un minuto desde el 31 de mayo y a las 12 horas para escuchar sus palabras, por medio de la megafonía del Paseo de Coches.
El homenaje a García Márquez tendrá lugar el domingo 8 de junio en la caseta 0. Organizado por Penguin Random House, en la lectura participarán personalidades del mundo cultural y todo aquel lector que se quiera sumar. También se habilitará un libro de condolencias, que después se hará llegar a la familia del escritor.
El espacio dedicado a la inmortal Mafalda se centrará en 'Los viernes de Quino', que tendrán lugar en la caseta 0, desde donde distintos dibujantes trasladarán a los asistentes al universo de esta inconformista inmortal. Y también habrá hueco para los 20 aniversario. Es el caso de 'Tranvía a la Malvarrosa', libro en torno al cual conversarán Manuel Vicent, José Luis García Sánchez, Manuel Gutiérrez Aragón y Ángel S. Hanguindet, y de 'Manolito Gafotas'.
La reflexión llegarán, entre otros, de la mano de la literatura social de Javier Díez Moro, autor de 'La asesina que gritó justicia'. Estará acompañado por Rosa María Calaf, Lolo Rico y representantes de PAH-Madrid. Quien tampoco faltará a su cita en el Retiro será la novela negra. A destacar la mesa redonda sobre el 'boom' de los escritores nórdicos.
La feria será el evento también elegido para presentar el libro 'La Real Academia Española. Vida e historia', del académico y director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha, dedicado al tricentenario de la RAE.
El programa incluye dos lecturas de poesía: 'Palabras que son flores que son frutos que son actos', que reunirá a autores mexicanos y españoles en torno a la figura de Octavio Paz, y 'Dos universos poéticos a los 30 años de su muerte', dedicado a Vicente Aleixandre y Jorge Guillén. Además, el primer día de la feria es el elegido para entregar el XVII Premio Alfagura de Novela, que este año ha recaído en Jorge Franco por 'El mundo de afuera'.

Menos casetas, más expositores

En esta edición habrá 364 casetas, "algunas menos que el año pasado", según el director, Teodoro Sacristán, aunque con más expositores, hasta 508, entre los que se encuentran 20 organismos oficiales, 10 distribuidores, 60 libreros especializados, otros tantos generales, 218 editores de Madrid y 134 de fuera de la ciudad.
Por segundo año consecutivo, las bibliotecas municipales colaborarán mano a mano con la Feria del Libro. Así, la Eugenio Trías, en la Casa de Fieras del Retiro, acogerá debates, mesas redondas, y presentación de novedades. En Casa de Vacas, también en el Retiro, el Ayuntamiento ha programado tres lecturas dramatizadas. Una se dedicará a Antonio Machado, la segunda al ambiente de los cafetines madrileños del siglo XIX y la última a Luis Alberto de Cuenca.
Todo ello sin olvidar las tradicionales propuestas para los más pequeños, con talleres y cuentacuentos. Otra opción es el concurso de fotoletras, que propone a los niños dar con letras inesperadas en el parque, como la 'J' en el perfil de una farola o la 'O' en las nubes.
La Feria está patrocinada por el Ayuntamiento, la Comunidad, la Real Casa de Correos y Banco Sabadell. El presupuesto es similar al del año pasado, algo más de un millón de euros, y se presenta este año bajo el lema 'Deletrear el mundo'. El cartel de esta edición es obra del sevillano Santiago Miranda, premio Nacional de Diseño en 1989. Plasma el momento en el que un lector despliega un mapa para orientarse en el viaje de los libros.

La muerte del patriarca

Homenaje. Con García Márquez se ha ido también el boom  narrativo latinoamericano

Gabriel García Márquez, Gabo que estás en los cielos./elpais.com
"Ni siquiera entonces nos atrevimos a creer en su muerte porque era la segunda vez que lo encontraban en aquella oficina, solo y vestido, y muerto al parecer de muerte natural durante el sueño, como estaba anunciado desde hacía muchos años en las aguas premonitorias de los lebrillos de las pitonisas" (El otoño del patriarca, Gabriel García Márquez).

Así fallece el patriarca otoñal de esa novela. Y así —como si se muriera en uno de sus libros— falleció García Márquez: tras varias falsas alarmas, poderoso y remoto, y anunciado su deceso por presagios funestos. La noche del 15 de abril pasado, dos días antes de su muerte, ocurrió un eclipse de luna roja, voceado con alardes de Apocalipsis. Aquella luna sangrienta imitó a sus ficciones, donde los desastres siempre vienen precedidos de malos augurios (¿y qué mayor desastre que la muerte propia, ese apocalipsis personal?).

Quedamos aquí sus lectores. Tal como les ocurre a los asombrados ciudadanos de aquella novela, que entran al palacio vacío y ruinoso para encontrar al patriarca muerto, nosotros, ni siquiera viendo su catafalco escoltado de presidentes, nos atrevimos a creerlo. ¿Se habrá muerto, realmente, García Márquez?

La respuesta es sí y no. Por la negativa se pronuncian sus obras. Pocos escritores recientes, en nuestro idioma, han dejado una obra más viva. Cien años de soledad, releído casi medio siglo después, no envejece. Y la razón es sencilla: ya era viejo ese libro cuando su autor lo escribió. Anacrónico su lenguaje, extemporáneos sus personajes, eternos sus mitos. Sacando bien las cuentas, Cien años de soledad tiene la edad del tiempo, o sea, es atemporal.

Posteriormente, varias generaciones de escritores más jóvenes que nuevos, apurados por matar al patriarca, han querido enterrar ese libro (con su autor, en lo posible). Confieso que yo también lo deseé, ocasionalmente, cuando en aulas o cafés europeos o estadounidenses, algún latinoamericanista experto me salía con la monserga de esta “realidad mágica” que explicaría, sin razonarlos, nuestro atraso y sus utopías. Pero ocurre cada vez menos. Y, en todo caso, ese estereotipo no fue culpa de García Márquez; más bien al contrario, fue consecuencia de su genio. Si sus tres o cuatro novelas magistrales engañan a incautos, que las toman por espejos en lugar de espejismos, es porque él creó con ellas un universo paralelo, donde el tiempo circula en vez de pasar. En ese tiempo viven sus obras, sin recibir lesión apreciable con los años. Y él vive en ellas.

En las calles de nuestra literatura hay hoy más libertad… y también más caos

Pero otras cosas sí han muerto con el patriarca. Con García Márquez ha fallecido, finalmente, el boom narrativo latinoamericano. Una revolución literaria cuya muerte anunciada venía dilatándose tanto, que ya parecía una de esas eternas transiciones a la democracia de nuestros países. Es cierto, quedan Mario Vargas Llosa y Jorge Edwards, plenamente vigentes. Pero ambos evolucionaron, alejándose de las estéticas y las políticas que mantuvieron en los sesenta del siglo pasado. Mientras, García Márquez no evolucionó. Parió su cosmos realista mágico y lo habitó durante el resto de su vida creativa (con pocas excepciones). Igualmente se domicilió en sus ideas: detenido en la arcadia de la revolución cubana, fue fiel a Fidel hasta el ataúd. Cultivó esa anacronía como si fuera otro arcaísmo de su lenguaje. Por esta política y por aquella poética, García Márquez representó como nadie lo que fue el boom. Y por eso este muere con su patriarca.

Comparar la larga agonía del boom con una transición a la democracia, quizás no sea una licencia poética. Bendición para la narrativa latinoamericana, que de pronto apareció en el mapa literario mundial, la revolución del boom acabó —como tantas— prohijando una oligarquía. Lo que ha venido después se parece más a una democracia de masas, donde no hay un puñado de escritores excelsos, sino miles, revueltos. Y cada uno tiene un solo voto, y nadie tiene veto. Y predomina una estética populista, donde pesan menos los méritos literarios de las obras que los pesos —o los euros, o los dólares— de sus ventas. Es una democracia del gusto, además, sin jerarquías claras, sin cánones indudables (como ese que constituyó el boom). Lo dicho: con el patriarca murió un sistema de poder literario. Ahora, en los palacios arruinados de su estética, sus seguidores rutinarios mercadean una demagogia novelesca que ofrece oropeles de color local, en vez del oro real que José Arcadio Buendía buscó en Macondo.

Pero no todo es demagogia en esta narrativa democrática. También escriben quienes aprendieron la lección del patriarca para superarla. Ante la facundia del estilo garcíamarquiano (que voy parodiando, indudablemente sin éxito, en este artículo), algunos autores reaccionaron como Beckett lo hiciera ante el desafío de Joyce: optando por una lengua parca y por una mirada comprimida. Y otros guardaron sus novelas bajo las siete llaves de la pura literatura. Y otros las dejaron correr por pistas globales, que ya no pueden llamarse latinoamericanas. Y otros… En fin, que reina una algarabía narrativa. El patriarca ha muerto y con él su régimen. En las calles de nuestra literatura hay más libertad… y también más caos.

García Márquez conoció esa cumbre y abismo de los grandes artistas: fue mayor que él mismo. Y así se le habrá venido encima la muerte, como al patriarca de su invención: “Que estaba condenado a no conocer la vida sino por el revés, condenado a descifrar las costuras y a corregir los hilos de la trama y los nudos de la urdimbre del gobelino de ilusiones de la realidad”.

Carlos Franz es escritor chileno.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Gabo: sus 88 años sin él

La semana pasada, el 6 de marzo, se celebró el primer cumpleaños de García Márquez sin estar él presente


Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982./elpais.com.co
En Ciudad de México un grupo de personas se reunió en la calle Fuego 144, frente a su casa, y cantaron a todo pulmón las mañanitas. Es la suerte de los mexicanos: tener un lugar donde recordarlo y homenajearlo, donde recogerse un momento en silencio, para pensar en él y en sus libros. Lo que tenemos acá en Colombia, su casa de Cartagena e incluso un apartamento en Bogotá, en el Parque de las Flores, no tiene ese halo de casa habitada y vivida por él que sí se respira en la del DF. La casa de Bogotá, desde que la abandonó a principios de los años ochenta, cuando se exilió para evitar un peligroso arresto en épocas de Turbay Ayala, fue después una residencia muy ocasional, casi de paso. Y la de Cartagena es muy posterior. Nos queda la de Aracataca, claro, pero aún estando en el origen de su obra el propio García Márquez la fue dejando atrás y, salvo en un par de ocasiones especiales, todos dicen que no iba nunca. Yo lo comprendo. Debía de ser difícil enfrentarse con la realidad de su más poderoso fantasma literario. Tampoco Bolaño quiso nunca regresar a México, a pesar de que fue invitado una y otra vez. Siempre decía: “El día que vuelva a México ya no tendré de qué escribir”.
Es raro un mundo sin García Márquez. A pesar de que fue fundamental para mí y de que me ayudó en muchas ocasiones (por un empeño suyo fui diplomático) no podría considerarme su amigo del modo en que lo fueron otros. Pero lo quise mucho y la verdad es que no me acostumbro a su ausencia. Ya sé que llevaba varios años retirado, pero al estar vivo, aún sumergido en la desmemoria, seguía diciendo cosas extraordinarias. Se hará famoso eso que le dijo a Roberto Pombo: “Sé que te quiero mucho, pero no sé por qué”. O lo que le dijo a Héctor Abad, refiriéndose a su casa cartagenera: “No sé de quién sea, pero nosotros sembramos árboles y nos quedamos”.
Uno de los momentos que más me intriga de su vida es su periodo de formación. El enorme carisma que debía tener. Increíble que siendo tan pobre y de un pueblo insignificante como Aracataca haya seducido nada menos que a un aristócrata como Álvaro Cepeda Samudio y a un joven rico y del jet set como Julio Mario Santo Domingo. ¡La crema de la burguesía barranquillera rendida ante un pobre y descamisado de Aracataca que aún no era García Márquez! Algo parecido le pasó en México una década más tarde. Al poco de llegar se hizo amigo íntimo nada menos que de Carlos Fuentes, el novelista más famoso de México, rico, elegante y guapo, políglota, casado con la actriz Rita Macedo, cosmopolita, en fin. Yo que he sido inmigrante y que viví las dificultades de esa situación, he pensado siempre en la irresistible atracción que debía emanar de García Márquez para que las puertas se le abrieran de ese modo, teniendo en principio tanto en contra. Esa fuerza estaba en su pluma, claro. Estas personas tan selectas lo aceptaban y admiraban porque lo habían leído, y sabían que era sólo cuestión de tiempo antes de que ese joven flaco y humilde pasara al comando del pelotón. La suya es una historia humana emocionante y por eso lo sigo extrañando. Ahora todo concluyó y nos queda el mundo sin él pero con sus libros. Un mundo que, por ellos, es mejor del que él encontró al llegar.

La Asamblea General de la ONU rendirá mañana homenaje a Gabriel García Márquez

Homenaje.La Asamblea General de la ONU celebrará mañana, jueves, una sesión en la que rendirá homenaje al Premio Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez, fallecido el pasado mes de abril

Gabriel García Márquez, autor colombiano de Cien años de soledad./lainformacion.com
La conmemoración se realizará a solicitud del Grupo de Amigos del Español en las Naciones Unidas (GAE), constituido el 16 de septiembre de 2013, cuando todos los Estados miembros de habla hispana suscribieron su carta constitutiva.
El español es el idioma oficial de 20 países del mundo, 19 de los cuales son Estados miembros de la ONU. El Instituto Cervantes calcula que más de 495 millones de personas lo hablan y que para 2030 solo el chino superará al español como idioma nativo

La historia detrás de la última foto de Gabo

Hace un año fue tomada una de las fotos más representativas del Nobel. Su autor cuenta cómo la logró

Gabo y su última foto de estudio/Mauricio Ángel./eltiempo.com



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