lunes, 2 de marzo de 2015

Gabo periodista

En aquella época, los periodistas se hacían escribiendo en los periódicos. Quienes tenían vocación de escritores empleaban el tiempo libre a la escritura de poemas, cuentos o novelas


 
García Márquez en una visita a la RAE, entre Juan Luis Cebrián y Víctor García de la Concha./elcultural.es
La “carrera” periodística de García Márquez empezó el día en que, expulsado de Bogotá por la violencia que siguió al asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, decidió probar suerte en Cartagena de Indias. Gabito -como le llamaban sus íntimos y familiares- había publicado en El Espectador, en 1947, el primero de sus cuentos: “La tercera resignación”.

Ésta fue su tarjeta de presentación ante el editor jefe de El Universal, de Cartagena, Clemente Manuel Zabala. Las oficinas del periódico se encontraban en la calle San Juan de Dios del centro amurallado, donde hoy tiene su sede la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, fundada por García Márquez en 1994. En aquella época, los periodistas se hacían escribiendo en los periódicos. Quienes tenían vocación de escritores empleaban el tiempo libre a la escritura de poemas, cuentos o novelas.

Aquel día, Zabala le dio al joven García Márquez su primera oportunidad en un periódico. Había leído sus cuentos de El Espectador y eso le bastó para pedirle que se sentara donde encontrara una máquina de escribir libre y redactara una nota. “Ese día me volví periodista”, diría Gabo mucho después. Se convirtió entonces en un explorador de hechos extraordinarios, abundantes en el Caribe colombiano. El trabajo periodístico no devoró al devorador de libros escritor de cuentos que, ataba los cabos sueltos de una primera novela.

Las columnas de opinión y reseña de hechos insólitos pulieron su estilo, influenciado por las “greguerías” de Gómez de la Serna y las viñetas del colombiano Luis Tejada, un gran cronista muerto a la edad de 26 años. Gaboles imprimió un sello de ironía e hipérbole a sus columnas de El Universal y a sus colaboraciones de El Heraldo de Barranquilla, donde empezaría a escribir en 1950 con el seudónimo de Septimus, un personaje de Mrs Dalloway, la novela de Virginia Woolf.

García Márquez hizo su aprendizaje de periodista y narrador entre 1948 y1953. Es probable que la censura, impuesta por el régimen conservador de esa época, en lugar de hacer aprisionar la visión de la realidad, adiestró al periodista en el uso del eufemismo y la salida ingeniosa. De esta actividad da cuenta cuenta el primer volumen de su Obra Periodística: Textos costeños, recopilado por el crítico francés Jacques Gilard. En enero de 1954, Gabo regresó a Bogotá con los originales de La hojarasca, su primera novela. A finales de ese mes, El Espectador le ofreció trabajo de planta.

García Márquez probó que la realidad no era una camisa de fuerza impuesta al periodismo sino un punto de partida para buscar las corrientes ocultas de los hechos y sus protagonistas. Una de sus crónicas más celebradas fue publicada por entregas en 1955. Fue el resultado de una larga entrevista con el marino Luis Alejandro Velasco, recogida años después en un libro: Relato de un náufrago. Velasco había sobrevivido durante 10 días en el mar Caribe, después de un temporal que arrojó al mar a ocho tripulantes de un barco de la armada nacional de Colombia cargado de contrabando.

Si Relato de un náufrago vincula a García Márquez con el cronista de la vida cotidiana, Noticia de un secuestro (1996), da cuenta del analista político que dirige la mirada hacia la guerra de los cárteles de la droga contra la sociedad y el Estado colombiano. Sus Notas de prensa 1980-1984, recogidas en 1991, suman 668 páginas. Combinan lo mejor del periodismo garciamarqueano: la experiencia vivida, el análisis político de los hechos y esa indeclinable predilección por el humor y las paradojas.

Por la libre (1999) es, en cambio, lo más polémico y más políticamente comprometido de su obra. Recoge sus escritos de 1974 y 1993. Es el militante de izquierdas que no renuncia a la fabulación cuando, por ejemplo, describe el bloqueo económico a Cuba o la participación de los cubanos en la guerra deAngola. De 1948 a 1996, alumbra y declina su obra periodística, aunque parece no existir una demarcación clara entre el lenguaje de sus novelas más “desnudas”(El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Crónica de una muerte anunciada) y el uso metafórico del lenguaje periodístico.

Calle 13 revela que la literatura de García Márquez es su fuente de inspiración

El cantante puertorriqueño René Pérez, más conocido como  Residente  y líder de Calle 13, confesó hoy que la literatura del recién fallecido Nobel colombiano Gabriel García Márquez es una de sus fuentes de inspiración, por lo que le rendirán homenaje durante su concierto del 14 de mayo en Bogotá
Réne Pérez conocido más como Residente se inspira en Gabo./lainformacion.com
"El realismo mágico a mí me encanta, dentro de la canción lo utilizo un montón, Macondo es Puerto Rico, además de muchos lugares", dijo "Residente" en una entrevista a Canal Capital, la televisión pública de Bogotá, en referencia al lugar que inventó García Márquez en "Cien años de soledad".
René Pérez y su hermano, Eduardo Cabrera, actuarán en la Plaza de Bolívar de la capital colombiana en el llamado "Concierto de la Esperanza", organizado por ese canal de televisión.
"Brindaremos por él y por todos sus escritos", adelantó el artista sobre el Nobel, al detallar que lo harán cuando interpreten el tema "El aguante", perteneciente a su último trabajo, "Multiviral".
García Márquez, junto al escritor uruguayo Eduardo Galeano y el compositor panameño Rubén Blades, han sido y son una de las principales influencias en las letras de Calle 13, según confesó "Residente".

domingo, 1 de marzo de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
La prodigiosa tarde de Baltazar
La jaula estaba terminada. Baltazar la colgó en el alero, por la fuerza de la costumbre, y cuando acabó de almorzar ya se decía por todos lados que era la jaula más bella del mundo. Tanta gente vino a verla, que se for­mó un tumulto frente a la casa, y Baltazar tuvo que descolgarla y cerrar la carpintería.
—Tienes que afeitarte —le dijo Úrsula, su mujer—. Pareces un capuchino.
—Es malo afeitarse después del almuerzo —dijo Baltazar.
Tenía una barba de dos semanas, un ca­bello corto, duro y parado como las crines de un mulo, y una expresión general de mucha­cho Pero era una expresión falsa. En febrero había cumplido 30 años, vivía con Úrsula desde hacía cuatro, sin casarse y sin tener hijos, y la vida le había dado muchos motivos para estar alerta, pero ninguno para estar asustado. Ni siquiera sabía que para al­gunas personas, la jaula que acababa de hacer era la más bella del mundo. Para él, acostum­brado a hacer jaulas desde niño, aquél había sido apenas un trabajo más arduo que los otros.
—Entonces repósate un rato —dijo la mu­jer—. Con esa barba no puedes presentarte en ninguna parte.
Mientras reposaba tuvo que abandonar la hamaca varías veces para mostrar la jaula a los vecinos. Úrsula no le había prestado aten­ción hasta entonces. Estaba disgustada por­que su marido había descuidado el trabajo de la carpintería para dedicarse por entero a la jaula, y durante dos semanas había dormido mal, dando tumbos y hablando disparates, y no había vuelto a pensar en afeitarse. Pero el disgusto se disipó ante la jaula terminada. Cuando Baltazar despertó de la siesta, ella le había planchado los pantalones y una camisa, los había puesto en un asiento junto a la ha­maca, y había llevado la jaula a la mesa del comedor. La contemplaba en silencio.
—¿Cuánto vas a cobrar? —preguntó.
—No sé —contestó Baltazar—. Voy a pedir treinta pesos para ver sí me dan veinte.
—Pide cincuenta —dijo Úrsula—. Te has trasnochado mucho en estos quince días. Ade­más, es bien grande. Creo que es la jaula más grande que he visto en mi vida.
Baltazar empezó a afeitarse.
—¿Crees que me darán los cincuenta pe­sos?
—Eso no es nada para don Chepe Mon­tíel, y la jaula los vale —dijo Úrsula—. De­bías pedir sesenta.
La casa yacía en una penumbra sofocante. Era la primera semana de abril y el calor pa­recía menos soportable por el pito de las chi­charras. Cuando acabó de vestirse, Baltazar abrió la puerta del patio para refrescar la casa, y un grupo de niños entró en el co­medor.
La noticia se había extendido. El doctor Octavio Gíraldo, un médico viejo, contento de la vida pero cansado de la profesión, pen­saba en la jaula de Baltazar mientras almor­zaba con su esposa inválida. En la terraza interior donde ponían la mesa en los días de calor, había muchas macetas con flores y dos jaulas con canarios. A su esposa le gus­taban los pájaros, y le gustaban tanto que odíaba a los gatos porque eran capaces de corriérselos. Pensando en ella, el doctor Gi­raldo fue esa tarde a visitar a un enfermo, y al regreso pasó por la casa de Baltazar a co­nocer la jaula.
Había mucha gente en el comedor. Puesta en exhibición sobre la mesa, la enorme cú­pula de alambre con tres pisos interiores, con pasadizos y compartimientos especiales para comer y dormir, y trapecios en el espacio re­servado al recreo de los pájaros, parecía el modelo reducido de una gigantesca fábrica de hielo. El médico la examinó cuidadosa­mente, sin tocarla, pensando que en efecto aquella jaula era superior a su propio pres­tigio, y mucho más bella de lo que había so­ñado jamás para su mujer.
—Esto es una aventura de la imaginación —dijo. Buscó a Baltazar en el grupo, y agre­gó, fijos en él sus ojos maternales—: Hubie­ras sido un extraordinario arquitecto.
Baltazar se ruborizó.
—Gracias —dijo.
—Es verdad —dijo el médico. Tenía una gordura lisa y tierna como la de una mujer que fue hermosa en su juventud, y unas ma­nos delicadas. Su voz parecía la de un cura hablando en latín—. Ni siquiera será nece­sario ponerle pájaros —dijo, haciendo girar la jaula frente a los ojos del público, como si la estuviera vendiendo—. Bastará con col­garla entre los árboles para que cante sola. —Volvió a ponerla en la mesa, pensó un mo­mento, mirando la jaula, y dijo:— Bueno, pues me la llevo.
—Está vendida —dijo Úrsula.
—Es del hijo de don Chopo Montiel —dijo Baltazar—. La mandó a hacer expresamente.
El médico asumió una actitud respetable.
—¿Te dio el modelo?
—No —dijo Baltazar—. Dijo que quería una jaula grande, como ésa, para una pareja de turpiales.
El médico miró la jaula.
—Pero ésta no es para turpiales.
—Claro que sí, doctor —dijo Baltazar, acercándose a la mesa. Los niños lo rodea­ron—. Las medidas están bien calculadas —dijo, señalando con el índice los diferen­tes compartimientos. Luego golpeó la cúpula con los nudillos, y la jaula se llenó de acor­des profundos—. Es el alambre más resistente que se puede encontrar, y cada juntura está soldada por dentro y por fuera —dijo.
—Sirve hasta para un loro —intervino uno de los niños.
—Así es —dijo Baltazar.
El médico movió la cabeza.
—Bueno, pero no te dio el modelo —dijo—. No te hizo ningún encargo preciso, aparte de que fuera una jaula grande para turpiales. ¿No es así?
—Así es —dijo Baltazar.
—Entonces no hay problema —dijo el mé­dico—. Una cosa es una jaula grande para turpiales y otra cosa es esta jaula. No hay pruebas de que sea ésta la que te mandaron hacer.
—Es esta misma —dijo Baltazar, ofusca­do—. Por eso la hice.
El médico hizo un gesto de impaciencia.
—Podrías hacer otra —dijo Úrsula, mirando a su marido. Y después, hacia el médico—: Usted no tiene apuro.
—Se la prometí a mi mujer para esta tarde —dijo el médico.
—Lo siento mucho, doctor —dijo Balta­zar—, pero no se puede vender una cosa que ya está vendida.
El médico se encogió de hombros. Secán­dose el sudor del cuello con un pañuelo, con­templó la jaula en silencio, sin mover la mi­rada de un mismo punto indefinido, como se mira un barco que se va.
—¿Cuánto te dieron por ella?
Baltazar buscó a Úrsula sin responder.
—Sesenta pesos —dijo ella.
El médico siguió mirando la jaula.
—Es muy bonita —suspiró—. Sumamen­te bonita. —Luego, moviéndose hacia la puer­ta, empezó a abanicarse con energía, sonrien­te, y el recuerdo de aquel episodio desapa­reció para siempre de su memoria.
—Montiel es muy rico —dijo.
En verdad, José Montiel no era tan rico co­mo parecía, pero había sido capaz de todo por llegar a serlo. A pocas cuadras de allí, en una casa atiborrada de arneses donde nunca se había sentido un olor que no se pudiera vender, permanecía indiferente a la novedad de la jaula. Su esposa, torturada por la obse­sión de la muerte, cerró puertas. y ventanas después del almuerzo y yació dos horas con los ojos abiertos en la penumbra del cuarto, mientras José Montiel hacía la siesta. Así la sorprendió un alboroto de muchas voces. En­tonces abrió la puerta de la sala y vio un tu­multo frente a la casa, y a Baltazar con la jaula en medio del tumulto, vestido de blan­co y acabado de afeitar, con esa expresión de decoroso candor con que los pobres llegan a la casa de los ricos.
—Qué cosa tan maravillosa —exclamó la esposa de José Montiel, con una expresión radiante, conduciendo a Baltazar hacia el interior—. No había visto nada igual en mi vida —dijo, y agregó, indignada con la multitud que se agolpaba en la puerta—: Pero llévesela para adentro que nos van a convertir la sala en una gallera.
Baltazar no era un extraño en la casa de José Montiel. En distintas ocasiones, por su eficacia y buen cumplimiento, había sido lla­mado para hacer trabajos de carpintería me­nor. Pero nunca se sintió bien entre los ricos. Solía pensar en ellos, en sus mujeres feas y conflictivas, en sus tremendas operaciones qui­rúrgicas, y experimentaba siempre un senti­miento de piedad. Cuando entraba en sus ca­sas no podía moverse sin arrastrar los pies.
—¿Está Pepe? —preguntó.
Había puesto la jaula en la mesa del co­medir.
—Está en la escuela —dijo la mujer de José Montiel—. Pero ya no debe demorar. —Y agregó:— Montiel se está bañando.
En realidad José Montiel no había tenido tiempo de bañarse. Se estaba dando una ur­gente fricción de alcohol alcanforado para sa­lir a ver lo que pasaba. Era un hombre tan prevenido, que dormía sin ventilador eléctrico para vigilar durante el sueño los rumores de la casa.
—Adelaida —gritó—. ¿Qué es lo que pasa?
—Ven a ver qué cosa maravillosa —gritó su mujer.
José Montiel —corpulento y peludo, la toalla colgada en la nuca— se asomó por la ventana del dormitorio.
—¿Qué es eso?
—La jaula de Pepe —dijo Baltazar.
La mujer lo miró perpleja.
—¿De quién?
—De Pepe —confirmó Baltazar. Y después dirigiéndose a José Montiel—: Pepe me la mandó a hacer.
Nada ocurrió en aquel instante, pero Bal­tazar se sintió como si le hubieran abierto la puerta del baño. José Montiel salió en cal­zoncillos del dormitorio.
—Pepe —gritó.
—No ha llegado —murmuró su esposa, inmóvil.
Pepe apareció en el vano de la puerta. Te­nía unos doce años y las mismas pestañas rizadas y el quieto patetismo de su madre.
—Ven acá —le dijo José Montiel—. ¿Tú mandaste a hacer esto?
El niño bajó la cabeza. Agarrándolo por el cabello, José Montiel lo obligó a mirarlo a los ojos.
—Contesta.
El niño se mordió los labios sin responder.
—Montiel —susurró la esposa.
José Montiel soltó al niño y se volvió hacia Baltazar con una expresión exaltada.
—Lo siento mucho, Baltazar —dijo—. Pe­ro has debido consultarlo conmigo antes de proceder. Sólo a ti se te ocurre contratar con un menor. —A medida que hablaba, su ros­tro fue recobrando la serenidad. Levantó la jaula sin mirarla y se la dio a Baltazar—. ­Llévatela en seguida y trata de vendérsela a quien puedas —dijo—. Sobre todo, te ruego que no me discutas. —Le dio una palmadita en la espalda, y explicó:— El médico me ha prohibido coger rabia.
El niño había permanecido inmóvil, sin parpadear, hasta que Baltazar lo miró perple­jo con la jaula en la mano. Entonces emitió un sonido gutural, como el ronquido de un perro, y se lanzó al suelo dando gritos.
José Montiel lo miraba impasible, mientras la madre trataba de apaciguarlo.
—No lo levantes —dijo—. Déjalo que se rompa la cabeza contra el suelo y después le echas sal y limón para que rabie con gusto.
El niño chillaba sin lágrimas, mientras su madre lo sostenía por las muñecas.
—Déjalo —insistió José Montiel.
Baltazar observó al niño como hubiera ob­servado la agonía de un animal contagioso. Eran casi las cuatro. A esa hora, en su casa, Úrsula cantaba una canción muy antigua, mientras cortaba rebanadas de cebolla.
—Pepe —dijo Baltazar.
Se acercó al niño, sonriendo, y le tendió la jaula. El niño se incorporó de un salto, abra­zó la jaula, que era casi tan grande como él, y se quedó mirando a Baltazar a través del tejido metálico, sin saber qué decir. No había derramado una lágrima.
—Baltazar —dijo Montiel, suavemente—. Ya te dije que te la lleves.
—Devuélvela —ordenó la mujer al niño.
—Quédate con ella —dijo Baltazar. Y lue­go, a José Montiel—: Al fin y al cabo, para eso la hice.
José Montiel lo persiguió hasta la sala.
—No seas tonto, Baltazar —decía, cerrán­dole el paso—. Llévate tu trasto para la casa y no hagas más tonterías. No pienso pagarte ni un centavo.
—No importa —dijo Baltazar—. La hice expresamente para regalársela a Pepe. No pen­saba cobrar nada.
Cuando Baltazar se abrió paso a través de los curiosos que bloqueaban la puerta, José Montiel daba gritos en el centro de la sala. Estaba muy pálido y sus ojos empezaban a enrojecer.
—Estúpido —gritaba—. Llévate tu ca­charro. Lo último que faltaba es que un cual­quiera venga a dar órdenes en mi casa. ¡Ca­rajo!
En el salón de billar recibieron a Baltazar con una ovación. Hasta ese momento, pen­saba que había hecho una jaula mejor que las otras, que había tenido que regalársela al hijo de José Montiel para que no siguiera llorando, y que ninguna de esas cosas tenía nada de particular. Pero luego se dio cuenta de que todo eso tenía una cierta importancia para muchas personas, y se sintió un poco excitado.
—De manera que te dieron cincuenta pe­sos por la jaula.
—Sesenta —dijo Baltazar.
—Hay que hacer una raya en el cielo —di­jo alguien—. Eres el único que ha logrado sacarle ese montón de plata a don Chepe Mon­tiel. Esto hay que celebrarlo.
Le ofrecieron una cerveza, y Baltazar co­rrespondió con una tanda para todos. Como era la primera vez que bebía, al anochecer es­ taba completamente borracho, y hablaba de un fabuloso proyecto de mil jaulas de a se­senta pesos, y después de un millón de jaulas hasta completar sesenta millones de pesos.
—Hay que hacer muchas cosas para ven­dérselas a los ricos antes que se mueran —de­cía, ciego de la borrachera—. Todos están enfermos y se van a morir. Cómo estarán de jodidos que ya ni siquiera pueden coger bien.
Durante dos horas el tocadiscos automático estuvo por su cuenta tocando sin parar. To­dos brindaron por la salud de Baltazar, por su suerte y su fortuna, y por la muerte de los ricos, pero a la hora de la comida lo de­jaron solo en el salón.
Úrsula lo había esperado hasta las ocho, con un plato de carne frita cubierto de re­banadas de cebolla. Alguien le dijo que su marido estaba en el salón de billar, loco de felicidad, brindando cerveza a todo el mundo, pero no lo creyó porque Baltazar no se había emborrachado jamás. Cuando se acostó, casi a la medianoche, Baltazar estaba en un salón iluminado, donde había mesitas de cuatro puestos con sillas alrededor, y una pista de baile al aire libre, por donde se paseaban los alcaravanes. Tenía la cara embadurnada de colorete, y como no podía dar un paso más, pensaba que quería acostarse con dos mujeres en la misma cama. Había gastado tanto, que tuvo que dejar el reloj como garantía, con el compromiso de pagar al día siguiente. Un mo­mento después, despatarrado por la calle, se dio cuenta de que le estaban quitando los za­patos, pero no quiso abandonar el sueño más feliz de su vida. Las mujeres que pasaron para la misa de cinco no se atrevieron a mirarlo, creyendo que estaba muerto.

viernes, 27 de febrero de 2015

Texas pagó 2,2 millones de dólares por archivo de Gabriel García Márquez

La universidad quería mantener en reserva el precio pero un procurador obligó a hacer público el contrato

Gabriel García Márquez, escritor colombiano, autor de un país imaginario llamado Macondo./semana.com

El archivo literario de la Universidad de Texas pagó 2,2 millones de dólares por la obra del Nobel colombiano Gabriel García Márquez, un precio que la escuela quería mantener en secreto hasta que la procuraduría estatal ordenó que se publicara. Autoridades del Centro Harry Ransom de la universidad se negaron en noviembre a revelar el precio a The Associated Press, bajo el argumento de que dañaría las negociaciones para futuras compras. Pero el procurador decretó el 19 de febrero que la escuela no pudo demostrar que sufriría un perjuicio al dar a conocer la cifra y ordenó que el contrato se hiciera público. La vocera del Centro Ransom, Jen Tisdale, reveló la cifra de 2,2 millones de dólares a la AP, pero la universidad no dio a conocer el contrato de inmediato. El archivo abarca más de 50 años y 10 libros, e incluye un manuscrito de Cien años de soledad.

El padre de las exageraciones

En García Márquez conviven el cronista de hechos y el creador de maravillosas mentiras literarias. Su procedimiento narrativo lo aprendió de la naturalidad con la que en su casa oía referir las historias más sorprendentes: "Había que contar el cuento como lo contaban los abuelos"

Gabriel García Márquez le gustaba la exageración./adncultura.com

Gabriel García Márquez es un clásico que no tardó en entrar en las barberías, en las galleras y en los billares, sitios donde se suele consagrar la literatura mejor que en los recintos de las academias y en las aulas de las universidades.
Desde que apareció Cien años de soledad, y su fama se extendió por América Latina como un reguero de pólvora encendido en alegres chisporroteos, más de algún barbero, mientras triscaba con las tijeras encima de la cabeza del cliente, hablaba de los médicos invisibles que lo habían operado con éxito, dando entera razón al novelista; lo mismo que al rodear la mesa de carambola en busca del mejor tiro, el jugador diestro recordaba a Mauricio Babilonia entrando al cine de la esquina seguido por el enjambre de mariposas amarillas; y los galleros que cazaban las apuestas en los palenques encendidos de gritos se regodeaban en el recuerdo de las parrandas ruidosas y las comilonas desaforadas en casa de Petra Cotes, donde habían amanecido no pocas veces en compañía de Aureliano Segundo; y quién no había visto en los pueblos abrasados por la resolana a Remedios la bella subir a los cielos llevándose consigo las sábanas del tendedero.
Esta magia de la literatura que hace al lector compartir el mundo de mentiras de una novela como si viviera en ella, y como si todo lo que se le cuenta lo hubiera experimentado ya en su propia vida, es la que ilumina la escritura de ficciones de García Márquez, un procedimiento de narrar aprendido, según relata él mismo, de la naturalidad con que en su casa oía contar las historias más sorprendentes como si fueran asunto de todos los días: "Había que contar el cuento, simplemente, como lo contaban los abuelos. Es decir, en un tono impertérrito, con una seriedad a toda prueba que no se alteraba aunque se les estuviera cayendo el mundo encima, y sin poner en duda en ningún momento lo que estaban contando".
En la literatura la soberanía de la mentira es la herencia de Cervantes, y es de esta manera como el mundo de La Mancha tiene su continuidad en el Caribe de García Márquez. Contar con naturalidad, contar con naturaleza. "Él es la vida y la naturaleza", dice de Cervantes Rubén Darío.
En cuanto a la manera de contar, García Márquez hace lo mismo como periodista, impertérrito frente a los hechos más desaforados, aquellos que la realidad saca de madre y que no necesitan de exageración alguna, tal como en Relato de un náufrago cuenta la historia del tripulante de un barco de la Marina de Guerra de Colombia que cayó al agua y se pasó diez días en alta mar, sin agua ni alimentos. Es la misma manera en que relata Bernal Díaz del Castillo los hechos de la conquista de México, en una magistral crónica que escribió para oponerla a la de López de Gómara, que nunca estuvo en el teatro de los acontecimientos, sino que los reconstruía desde lejos, en sus cómodos aposentos de Valladolid.
En García Márquez conviven el cronista de hechos y el narrador de mentiras, y es la misma mano la que escribe en ambas instancias, que pueden parecer hermanas siamesas pero entran en disputa, nada menos que la disputa por separar la verdad de la mentira, mientras tanto esa mano busca mantener a raya la tentación de adornar y trastocar a mejor conveniencia literaria las verdades cuando escribe el periodista.
En Bernal no existe sombra de imaginación que lo aturda, y quiere ser fiel a los hechos que recuerda, tal como los recuerda. Es sólo un soldado convertido en cronista por la fuerza de la necesidad. Su procedimiento es alejarse de la mentira para parecer real, y no un impostor como juzga a López de Gómara: "Y aquí dice el cronista Gómara en su historia que, por venir el río tinto en sangre, los nuestros pasaron sed, por culpa de la sangre", se burla. El procedimiento de construir la realidad no admite exageraciones gratuitas ni imposiciones mentirosas. Para parecer real, la realidad tiene que copiarse a sí misma. Y menos, volverla mítica. Las heridas, los sufrimientos, las marchas agotadoras se bastan a sí mismas. Por el contrario, López de Gómara quiere que su historia se vea "tan apacible cuanto nueva por su variedad de cosas, y tan notable como deleitosa por sus muchas extrañezas", y no vacila en entrometer a los santos en las batallas, como los dioses de Homero que espada en mano favorecen siempre a sus héroes preferidos, su parentela terrena.
En Noticia de un secuestro el recurso narrativo clave de García Márquez es el de asumir el papel de testigo presencial en nombre del lector. Un testigo presencial veraz, y éste es un ardid literario que no busca falsear, sino atraer al que lee hacia las interioridades de un hecho de violencia de los que América Latina sigue presenciando cada día.
El 7 de noviembre de 1990, la periodista Maruja Pachón fue secuestrada en Bogotá junto con su cuñada Beatriz, por órdenes de una alianza de jefes narcos conocidos como "Los Extraditables". Los narcos, que ya tenían a otros rehenes importantes en su poder, sólo aceptarían liberarlos a todos cuando el gobierno de Colombia se comprometiera a no extraditarlos a ellos a Estados Unidos. El narrador no se propone explicar el contexto de los hechos, sino los hechos mismos con precisión de detalles. Lo sabremos desde el principio, cuando nos informa dónde se sentaba Maruja y dónde Beatriz en el coche, al momento en que éste es detenido por la fuerza; la hora del secuestro, el paraje de Bogotá donde ocurre, el detalle de que los árboles del Parque Nacional no tengan hojas en esa época del año.
Nada depende de los vuelos de la imaginación, sino del reporte de los datos reunidos que asumen una forma literaria simple, escueta, de párrafos cortos y cortantes alejados de las hipérboles tan conocidas de García Márquez. Oculta esa mano, aunque a veces no deje de enseñarla; cuando habla de la casa donde las secuestradas han sido llevadas, nos dice que se darían cuenta de que daba a un potrero apacible donde pacían corderos pascuales y gallinas desperdigadas. Esta prosa enseña su marca, como un sello de agua. Pero no pierde nunca el hilo que debe hilvanar, el de los hechos desnudos, contados sin distorsiones, dilaciones ni desvíos, para mostrarnos que estamos frente a la realidad. Igual nos parece que lo estamos al leer Cien años de soledad, pero la dimensión literaria en que penetramos es diferente. En una novela, de antemano sabemos que seremos engañados; en un relato periodístico, rechazamos ser engañados.
Apenas el lector percibiera que el periodista escribe encerrado en su cubículo de la redacción y que basándose en unos cuantos datos a mano inventa el resto de los hechos, concediéndose las licencias naturales a un novelista, el relato perdería crédito. En la escritura, todo debajo del cielo tiene su tiempo: tiempo de mentir, tiempo de ser verídico. En el relato periodístico, la mentira graciosa de la novela se convierte en falsedad. Pero ese mismo lector le dará todo ese mismo crédito al cronista si está seguro de que, comprometido a contar hechos verídicos, es capaz de hacerlo con el estilo y la garra de un buen novelista, usando ganchos y ardides que sirvan para atrapar su atención. Es sobre la base de esa habilidad como el relato resulta compuesto de acuerdo a una tensión constante y un ritmo que no pierde aliento, y es así como el cronista prepara sus sorpresas, oculta datos y sabe revelarlos en el momento preciso, según las técnicas que la narración de hechos literarios le presta a la narración de hechos periodísticos. Así ocurre en otra crónica maestra, "Asalto al Palacio".
García Márquez no había estado nunca en Nicaragua cuando escribió esta crónica acerca de la toma del Palacio Nacional en Managua, ejecutada un 22 de agosto de 1978 por un comando guerrillero del Frente Sandinista. Lo único que sabía del país era que lo dominaba una dictadura dinástica de medio siglo, fundada por Anastasio Somoza, el asesino del general Sandino que se había alzado contra las tropas de intervención de Estados Unidos; que allí había nacido Rubén Darío, un poeta del que sabía no pocos poemas de memoria, y que tenía un lago de diez mil kilómetros cuadrados, poblado por feroces tiburones que no temían al agua dulce.
Un nuevo asalto. Porque las espectaculares acciones de guerra de los sandinistas conquistaron desde antes su atención entusiasta; años atrás había entrevistado en La Habana a los miembros del comando que el 22 de diciembre de 1974 asaltó la casa de un prominente somocista, José María Castillo, en el curso de una recepción navideña en honor del embajador de Estados Unidos, Turner B. Shelton, quien se había retirado poco antes, y no era intención del comando apresarlo para no meterse en líos mayores. Esa vez también Somoza fue doblegado y consintió en la liberación de los presos políticos, en la divulgación por prensa, radio y televisión de un manifiesto de los rebeldes, y en la entrega de un millón de dólares. Fruto de esas entrevistas fue su guión cinematográfico El asalto o El secuestro, para una película que nunca se filmó.
Esto de no haber estado nunca antes en Nicaragua tiene relevancia, porque "Asalto al Palacio" parece el relato no sólo de un testigo presencial de aquel acontecimiento que desbordó los pobres límites de lo creíble para entrar en el reino de la imaginación, sino también el de alguien que tiene estrecha familiaridad con un país del traspatio imperial donde los jóvenes pugnaban por su liberación, sin importarles su propia vida.
Que un grupo improvisado de 25 guerrilleros disfrazados de soldados de las tropas de elite de la Guardia Nacional de Somoza tomara el Palacio Nacional para dar aquel golpe maestro que cimbró los cimientos de la dictadura parece una exageración propia de García Márquez, que es el padre de las exageraciones. Huésped frecuente como era del general Omar Torrijos, igual que lo era Graham Greene, se había traslado a Panamá ante la inminencia de la llegada del comando, una vez cumplidas sus demandas por Somoza, porque Torrijos tenía listo un avión para transportarlos.
Apenas aterrizaron junto con los prisioneros rescatados de las cárceles somocistas, Gabo, con la complicidad de Torrijos, los buscó en el cuartel de Tinajita, una instalación militar adonde eran llevados, mientras se tramitaba su asilo político, toda suerte de guerrilleros, perseguidos y exiliados de la América de los años setenta, ensombrecida por la más formidable colección de dictaduras militares que había visto nunca el continente.
Fueron dos sesiones de entrevistas, la primera llena de relatos entusiastas y atropellados, pero la segunda vez logró aplacar el desorden y se dispuso a escucharlos en serio, ya con la libreta de cronista en la mano, de modo que pudo entrevistar, sobre la base de preguntas exhaustivas, al jefe del operativo, el comandante Edén Pastora, el número Cero; al comandante Hugo Torres, el número Uno; y a la comandante Dora María Téllez, la número Dos, quienes habían dirigido la increíble operación. Todos los miembros del comando se identificaban con un número. El comandante Hugo Torres, el que a falta de sueño había oído pasar trenes por su cabeza mientras duraban las negociaciones con Somoza, sostenidas a través del arzobispo de Managua, se durmió durante esa segunda sesión, la cabeza sobre la mesa, mientras la voz de Gabo le llegaba como un susurro que poco a poco se fue apagando.
Cuando terminaron, la libreta de Gabo llena de datos, porque el uso de una grabadora siempre ha estado prohibido en su práctica de periodista, no había nada que inventar, ni que exagerar. La historia, madre de hazañas, de invenciones y exageraciones, lo había hecho todo. Ahora había que contarlo.

jueves, 26 de febrero de 2015

Feria del Libro de Bogotá rendirá tributo a Gabriel García Márquez y a Macondo

El Premio Nobel de Literatura que falleció el 17 de abril de 2014 en Ciudad de México

Gabriel García Márquez, escritor colombiano, se le rendirá homenaje durante trece días en la Filbo  de Bogotá. Colombia./latercera.com

La Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo) rendirá tributo en su edición número 28 al fallecido escritor colombiano Gabriel García Márquez y a Macondo, el mítico pueblo de la costa Caribe creado por él en su novela Cien años de soledad, informaron hoy organizadores del evento. 

 García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982, que falleció el 17 de abril de 2014 en Ciudad de México, fue elegido por "razones de peso que abundan" por los encargados de la Feria, que se celebrará entre el 21 de abril y el 4 de mayo. 

 "A un año del fallecimiento del Nobel, el mundo imaginario de Macondo se conoce hoy en todas las lenguas del mundo y su impacto en la literatura ha sido comparado por los expertos con el de 'El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha', de Miguel de Cervantes", dijo uno de los voceros de la Filbo en diálogo con el diario "El Espectador". 

 Durante 13 días, Macondo será recreado en un "espacio interactivo dedicado a la imaginación del más grande escritor colombiano de todos los tiempos, y del autor de Cien años de soledad, la novela más global de los últimos siglos", explicó. 

 La Filbo contará además con más de tres mil metros cuadrados llenos de experiencias multimedia. El realismo mágico creado por Gabo se podrá escuchar, ver y saborear a través de exposiciones visuales, conferencias con expertos en la obra del escritor, y platos y música típica del Caribe colombiano. 

 Dentro de los invitados especiales están su amigo y director de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, Jaime Abello Banfi; la escritora Piedad Bonnett y el crítico literario Ariel Castillo. 

 El evento se realizará en el Centro Internacional de Negocios y Exposiciones (Corferias), un espacio de cincuenta y un mil metros cuadrados, en los que además se exhibirán casi cien mil títulos y se presentarán escritores provenientes de todo el mundo. 

Cuando Fidel encartó a Gabo con un destartalado Mercedes Benz

Un edecán de Castro advirtió el interés con el cual el Nobel miraba el carro que estaba botado en el jardín de la casa presidencial

Fidel encartó a Gabo con un destartalado Mercedes Benz./motor.com

Fidel, queriendo darle una buena sorpresa y mejor regalo, le mandó el carro a Cartagena. Pero el auto necesitó los servicios del restaurador profesional Germán Ortega en Bogotá durante nueve años, cuyo mecenazgo Gabo no asumió en un paso en el cual la realidad se impuso sobre la magia.
Septiembre 1º. de 1982. Por una rara coincidencia, ese día estaba casi embarcado en un viaje promocional a México cuando el pre­sidente de ese país, José López Porti­llo, anunció:
"He expedido dos decretos, uno que nacionaliza los bancos privados del país y otro que establece el con­trol generalizado de cambios… Es ahora o nunca; ya nos saquearon. México no se ha acabado. No nos vol­verán a saquear".
Ese anuncio conmocionó a la re­dacción y la posibilidad de que EL TIEMPO plantara un reportero en el sitio, aunque no tuviera idea de economía ni de lo que nacionalizar la banca de un país de ese tamaño representaba, salvo decir genérica­mente que estaba quebrado, me puso en otras tareas. Y para ubicarme y obtener opiniones de fondo que re­forzaran cualquier eventual artículo, Enrique Santos Calderón concertó una cita con Gabriel García Márquez, quien accedió a recibirme.
Obviamente, viajé con el número telefónico de su casa apuntado como tesoro, el cual nunca atendió perso­nalmente, pero al final de la persecu­ción mandó un mensaje que fue más sorprendente: iría a verme al hotel, en pleno centro de la ciudad, al final de la tarde.
Llegó un poco después de la hora anunciada y resultó que estaba aten­diendo una cita a otros dos periodistas colombianos que lo persiguieron con el mismo propósito, lo cual diluyó mi supuesta exclusiva. Uno de ellos era Germán Hernández, de El Espectador, el diario eterno competidor, para com­pletar la desilusión.
Hablamos bastante tiempo. Horas. Fue en uno de los cuartos del hotel para eludir autógrafos y saludos, pues Gabo ya era un personaje mundial y ad portas de ser proclamado como ga­nador del premio Nobel de Literatu­ra, cosa que sucedió un mes después, cuando ya habría sido imposible te­nerlo enfrente en una charla de la cual recuerdo pocas frases y que, estúpi­damente, dedicamos a la economía cuando estábamos en el momento del nacimiento de un premio Nobel.
La historia viene a que cuando salía lo acompañé hasta el estacionamien­to donde tenía parqueado un BMW de la serie 5, que en ese momento de restricciones en México era un contra­sentido, como también que semejan­te personaje tan famoso manejara su propio carro cuando ya podía darse el lujo de usar un chofer, y más porque teníamos algunos whiskies en el tan­que. Averiguando en estos días, supe que a Gabo le fascinaba manejar y que varios de los viajes por España en sus tiempos de levante los organizó en ca­rro para poder llevar el timón. En ese orden de ideas, que tuviera ese BMW se explicaba.
—Maestro –le dije– ¿por qué com­pró usted un carro en Francia pudien­do importarlo desde la fábrica en Ale­mania?
La pregunta lo paró en seco y quedó sorprendido porque yo supiera esa mi­nucia que a la vez era un rasguño en su vida privada.
—¿Y tú por qué sabes? –me replicó con cierta severidad y preocupación, pues era probable que ese carro lo tu­viera gracias a algunas concesiones especiales para su importación a ese país.
—Maestro, porque su carro tiene lámparas amarillas, que solamente se venden en los autos franceses.
Miró la evidencia y me dijo: "Tú de esto sí sabes".
Le agradecí y quedé feliz por haber­le dicho algo que me pareció impor­tante y diferenciador. Pocos minutos después, Gabo se fue alumbrando con el pésimo tono ámbar de sus lámpa­ras el denso tráfico del D. F. Yo quedé seguro de que el dato lo había impre­sionado y que de alguna manera cada vez que mirara su carro se acordaría del detalle y de aquel reportero de EL TIEMPO, cuyo nombre no olvidó, pues nos volvimos a encontrar en el tema.
Un día de 1991, una llamada de Pe­dro Nel Quijano, entonces vicepresi­dente comercial de Mazda, sirvió de puente para volver a hablar con el No­bel. Estaba comprando un Miata para darse champú en Cartagena y pidió que me contactaran para que le diera un consejo al respecto. Obviamente me pareció una buena decisión y un honor que se acordara de aquella no­che de México, nueve años antes.
Claro que el asunto tuvo su recipro­cidad.
—¡Oye!, ¿y tú qué haces metido en la Casa Blanca escribiendo de política y esas cosas? Tu mundo son los carros.
La razón del regaño fue porque en febrero de ese 1991, por otro accidente de la profesión y la repor­tería, EL TIEMPO y Enrique Santos Castillo en persona me encomen­daron ir a Washington a cubrir la visita de Estado que le hizo el presi­dente César Gaviria a George Bush, padre. Gabo debió leer los artículos y no parece que hubiera dispara­tes, pues no me censuró los textos que en su momento me agradeció telefónicamente el propio presiden­te Gaviria. Pero su frase me sonó como una advertencia profesio­nal para marcar fronteras en el oficio, aunque no lo haya res­petado a cabalidad en los si­guientes 24 años al aviso.
Por esos días, García quería tener un automóvil en Cartagena que fuera convertible, y pensó que el aparato adecuado podía ser un viejo Mercedes Benz 300 S Coupé que le había regalado un amigo que quiso tener con él una deferencia muy especial. El donante fue nada menos que Fidel Castro, quien supo que el Nobel había mirado con cier­ta curiosidad el abandonado casca­rón que estaba en las pesebreras de la casa presidencial de La Habana y resolvió mandárselo de regalo a Car­tagena, envuelto en óxido y polvo.
El opulento convertible, que era un monumento al capitalismo y un sacrilegio en los garajes de Fidel, re­servados ya a los carros rusos, llegó en estado comatoso a Colombia. Te­nía injertado un motor diésel de una buseta Fiat rusa y todos sus lujos los habían carcomido el aire del Caribe y el desprecio de quienes debieron cuidarlo. En el baúl viajó afortuna­damente el motor original, que fue el elemento que inclinó la decisión de recuperar lo que parecía ya un cadáver mecánico y evitó que las latas quedaran condenadas a cien años de soledad.
Gabo recurrió –con el Mercedes ya en Bogotá y con placas de Turba­co, pues en Cartagena no tenía nin­guna posibilidad de cura– al restau­rador Germán Ortega, quien le hizo todas las cuentas y perspectivas para recuperarlo, cosa que no solamente representaba una factura cuantiosa e impredecible en dólares, sino tam­bién un tiempo indeterminado de trabajo.
En ese momento, Gabo –con los pies en la tierra y un ojo en el ban­co– desistió de recuperarlo a cam­bio de un Mustang convertible del 66 que de inmediato le daba la posi­bilidad de pasearse con estilo por la vieja Cartagena.
Hecho el trato, recibió de Ortega un primer carro que luego le cam­biaron por otro recién restaurado de color naranja, que después de servir efímeramente en Cartagena terminó en poder de otro afi­cionado de Bogotá.
El Mercedes pasó a manos de un importante coleccionista bo­gotano, cuyo nombre omitimos por su expresa voluntad, y tras nueve años de trabajos, búsqueda de pie­zas en todo el mundo, pero sobre todo en Venezuela donde en las épocas de opulencia hubo muchos de estos fastuosos carros, el Mer­cedes pintado en un color rojo más favorable que el desteñido y triste azul original, quedó en impecables condiciones y se encuentra en Mia­mi como una de las piezas impor­tantes de esa colección, un sitio totalmente acorde con su estirpe y donde funge como un refugiado más del régimen de Castro.
Gabo recordaba muy bien toda la historia pues cuando le pidieron dedicar alguna frase en las páginas del catálogo en el cual está reseña­do el automóvil, se tomó seis meses en poner su firma con una escueta frase que se lee en las fotografías.
Ojalá Fidel algún día conocie­ra el destino de su regalo y la for­ma como Gabo se desencartó de la pieza. Y también que quede en estas líneas la evidencia de que en la vida del Nobel, además de Mer­cedes su esposa, también hubo un Mercedes 300 S que se negó a for­mar parte del parque automotor de Macondo y que tal vez fue la única pieza que le hizo ver a García Már­quez que no todas las realidades se arreglan por arte de magia.
José Clopatofsky
DATOS
El Mercedes 300 S es del año 53, del que se hicieron solo 241 unidades, por lo cual tiene un alto valor como pieza de colección, y más por el registro de sus dueños.
El automóvil tuvo que haber llegado a cuba durante el régimen de Fulgencio Batista, depuesto en 1959 por Fidel, quien seguramente no habría comprado este auto, símbolo perfecto del capitalismo.
Además de que le habían injertado un motor diésel de buseta, el Mercedes llegó de cuba con un sistema de dirección extraño, pues cuando giraba a derecha, las ruedas iban para la izquierda. Acorde con el régimen de Fidel.
En Venezuela hubo una fábrica de ensamble de Mercedes Benz que se inauguró en el estado de Anzoátegui, en 1970. Tal la opulencia en que vivía ese país.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Se necesita un escritor

Gabriel García Márquez retrata sus preocupaciones ante la máquina de escribir en uno de sus artículos de 1982

Las manos de Gabriel García Márquez, fotografiadas para el libro Rebeldía de Nobel, de Xavi Ayén. / Kim Manresa./elpais.com
Me preguntan con frecuencia qué es lo que me hace más falta en la vida, y siempre contesto la verdad: "Un escritor". El chiste no es tan bobo como parece. Si alguna vez me encontrara con el compromiso ineludible de escribir un cuento de quince cuartillas para esta noche, acudiría a mis incontables notas atrasadas y estoy seguro de que llegaría a tiempo a la imprenta. Tal vez sería un cuento muy malo, pero el compromiso quedaría cumplido, que al fin y al cabo es lo único que he querido decir con este ejemplo de pesadilla. En cambio, no sería capaz de escribir un telegrama de felicitación ni una carta de pésame sin reventarme el hígado durante una semana. Para estos deberes indeseables, como para tantos otros de la vida social, la mayoría de los escritores que conozco quisieron apelar a los buenos oficios de otros escritores. Una buena prueba del sentido casi bárbaro del honor profesional lo es sin duda esta nota que escribo todas las semanas, y que por estos días de octubre va a cumplir sus primeros dos años de sociedad. Sólo una vez ha faltado en este rincón, y no fue por culpa mía: por una falla de última hora en los sistemas de transmisión. La escribo todos los viernes, desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, con la misma voluntad, la misma conciencia, la misma alegría y muchas veces con la misma inspiración con que tendría que escribir una obra maestra. Cuando no tengo el tema bien definido me acuesto mal la noche del jueves, pero la experiencia me ha enseñado que el drama se resolverá por sí solo durante el sueño y que empezará a fluir por la mañana, desde el instante en que me siente ante la máquina de escribir. Sin embargo, casi siempre tengo varios temas pensados con anticipación, y poco a poco voy recogiendo y ordenando los datos de distintas fuentes y comprobándolos con mucho rigor, pues tengo la impresión de que los lectores no son tan indulgentes con mis metidas de pata como tal vez lo serían con el otro escritor que me hace falta. Mi primer propósito con estas notas es que cada semana les enseñen algo a los lectores comunes y corrientes, que son los que me interesan, aunque esas enseñanzas les parezcan obvias y tal vez pueriles a los sabios doctores que todo lo saben. El otro-propósito -el más difícil- es que siempre estén tan bien escritas como yo sea capaz de hacerlo sin la ayuda del otro, pues siempre he creído que la buena escritura es la única felicidad que se basta de sí misma.
Cuando no tengo el tema bien definido me acuesto mal
Esta servidumbre me la impuse porque sentía que entre una novela y otra me quedaba mucho tiempo sin escribir, y poco a poco -como los peloteros- iba perdiendo la calentura del brazo. Más tarde, esa decisión artesanal se convirtió en un compromiso con los lectores, y hoy es un laberinto de espejos del cual no consigo salir. A no ser que encontrara, por supuesto, al escritor providencial que saliera por mí. Pero me temo que ya sea demasiado tarde, pues las tres únicas veces en que tomé la determinación de no escribir más estas notas me lo impidió, con su autoritarismo implacable, el pequeño argentino que también yo llevo dentro.
Los lectores comunes y corrientes son los que más me interesan
La primera vez que lo decidí fue cuando traté de escribir la primera, después de más de veinte años de no hacerlo, y necesité una semana de galeote para terminarla. La segunda vez fue hace más de un año, cuando pasaba unos días de descanso con el general Omar Torrijos en la base militar de Farallón, y estaba el día tan diáfano y tan pacífico el océano que daban más ganas de navegar que de escribir. "Le mando un telegrama al director diciendo que hoy no hay nota, y ya está", pensé, con un suspiro de alivio. Pero no pude almorzar por el peso de la mala conciencia y, a las seis de la tarde, me encerré en el cuarto, escribí en una hora y media lo primero que se me ocurrió y le entregué la nota a un edecán del general Torrijos para que la enviara por télex a Bogotá, con el ruego de que la mandaran desde allí a Madrid y a México. Sólo al día siguiente supe que el general Torrijos había tenido que ordenar el envío en un avión militar hasta el aeropuerto de Panamá, y, desde allí, en helicóptero, al palacio presidencial, desde donde me hicieron el favor de distribuir el texto por algún canal oficial.
Escribo la novela todos los días
La última vez, hace ahora seis meses, cuando descubrí al despertar que ya tenía madura en el corazón la novela de amor que tanto había anhelado escribir desde hacía tantos años, y que no tenía otra alternativa que no escribirla nunca o sumergirme en ella de inmediato y de tiempo completo. Sin embargo, a la hora de la verdad, no tuve suficientes riñones para renunciar a mi cautiverio semanal, y por primera vez estoy haciendo algo que siempre me pareció imposible: escribo la novela todos los días, letra por letra, con la misma paciencia, y ojalá con la misma suerte con que picotean las gallinas en los patios, y oyendo cada día más cerca los pasos temibles de animal grande del próximo viernes. Pero aquí estamos otra vez, como siempre, y ojalá para siempre.
Ya sospechaba yo que no escaparía jamás de esta jaula desde la tarde en que empecé a escribir esta nota en mi casa de Bogotá y la terminé al día siguiente bajo la protección diplomática de la embajada de México; lo seguí sospechando en la oficina de Telégrafos de la isla de Creta, un viernes del pasado julio, cuando logré entenderme con el empleado de turno para que transmitiera el texto en castellano. Lo seguí sospechando en Montreal, cuando tuve que comprar una máquina de escribir de emergencia porque el voltaje de la mía no era el mismo del hotel. Acabé de sospecharlo para siempre hace apenas dos meses, en Cuba, cuando tuve que cambiar dos veces las máquinas de escribir porque se negaban a entenderse conmigo. Por último, me llevaron una electrónica de costumbres tan avanzadas que terminé escribiendo de mi puño y letra y en un cuaderno de hojas cuadriculadas, como en los tiempos remotos y felices de la escuela primaria de Aracataca. Cada vez que me ocurría uno de estos percances apelaba con más ansiedad a mis deseos de tener alguien que se hiciera cargo de mi buena suerte: un escritor.
La buena escritura es la única felicidad que se basta de sí misma
Con todo, nunca he sentido esa necesidad de un modo tan intenso como un día de hace muchos años en que llegué a la casa de Luis Alcoriza, en México, para trabajar con él en el guión de una película.
No sería capaz de escribir una carta de pésame sin reventarme el hígado
Lo encontré consternado a las diez de la mañana, porque su cocinera le había pedido el favor de escribirle una carta para el director de la Seguridad Social. Alcoriza, que es un escritor excelente, con una práctica cotidiana de cajero de banco, que había sido el escritor más inteligente de los primeros guiones para Luis Buñuel y, más tarde, para sus propias películas, había pensando que la carta sería un asunto de media hora. Pero lo encontré, loco de furia, en medio de un montón de papeles rotos, en los cuales no había mucho más que todas las variaciones concebibles de la fórmula inicial: por medio de la presente, tengo el gusto de dirigirme a usted para... Traté de ayudarlo, y tres horas después seguíamos haciendo borradores y rompiendo papel, ya medio borrachos de ginebra con vermouth y atiborrados de chorizos españoles, pero sin haber podido ir más allá de las primeras letras convencionales. Nunca olvidaré la cara de misericordia de la buena cocinera cuando volvió por su carta a las tres de la tarde y le dijimos sin pudor que no habíamos podido escribirla. "Pero si es muy fácil", nos dijo, con toda su humildad. "Mire usted". Y entonces empezó a improvisar la carta con tanta precisión y tanto dominio que Luis Alcoriza se vio en apuros para copiarla en la máquina con la misma fluidez con que ella la dictaba. Aquel día -como todavía hoy- me quedé pensando que tal vez aquella mujer, que envejecía sin gloria en el limbo de la cocina, era el escritor secreto que me hacía falta en la vida para ser un hombre feliz.

García Márquez: "Yo soy el Vargas Vila de mi generación"

Escribía cuentos infantiles que luego les leía a sus hijos para  matar  el estilo de Cien años de soledad

Flor Romero de Nohra y Gabriel García Márquez./semana.com
Gabriel García Márquez sonríe ampliamente debajo de esos bigotes estilo mexicano que cada vez son más largos y se le despelucan más. Está instalado nuevamente en Barcelona, después de regresar (por barco naturalmente, porque le tiene pánico al avión) de dos meses de vacaciones por Italia y Francia, con su esposa, Mercedes, y sus dos niños, Rodrigo (8) y Gonzalo (6) que ya han iniciado el año escolar, en un colegio de educación inglesa.
Fueron unas vacaciones relativas, pues estuvo corrigiendo la traducción al francés de Cien años de soledad y trabajando con la directora venezolana Margot Benacerraf en un guion para un largometraje en colores que se filmará en la Guajira. "Es un argumento de esos locos -dice Mercedes- con una gorda gorda, como personaje central".
"Espero terminar mi nueva novela en unos dos o tres años, para después sí irme a vivir ya del todo a Barranquilla y dedicarme a la pachanga. Ya estoy cansado de viajar. La cuestión es que no me dejan salir de Cien años de soledad porque no acabo de corregir la traducción francesa, cuando ya tengo que meterme a revisar la traducción inglesa". Además, pareja a la aceptación del libro (En España lleva varias semanas entre los diez libros más vendidos) viene el asedio publicitario. A todos los periodistas que lo visitan los atiende "porque yo soy periodista y me parece desleal decirles que no", pero la situación cambia cuando es, por ejemplo, un joven director de cine que dice: "Esta es la ocasión de mi vida, si me permite hacer una película sobre usted". Porque Gabriel García Márquez no quiere ni que hagan películas de su vida, ni de sus obras.
El mismo día en que Cien años de soledad ganó el premio de la Crítica en Italia, recibió una llamada del productor Francesco Rossi, pidiendo los derechos para hacer una película. "Sería una película muy larga y muy complicada. No es cierto, pues, que mi última novela va a ser filmada a corto plazo, como publicaron en Colombia. No sé de dónde sacaron esa noticia. Como no son ciertas tantas otras tonterías que publican sobre mí".
Gabriel termina el steak gótico, en el restaurante del barrio gótico de Barcelona. Enciende un cigarrillo negro y habla de su nueva novela: "Ya tengo casi todo estructurado. Lo más fácil es sentarme a escribir. Será una novela larga, como de mil páginas, con muchos personajes: chinos, holandeses, hindúes, ya me salgo de Macondo y me instalo en todo el Caribe". Le cuento que en Colombia están tan mareados con Cien años de soledad, que ya las reinas de belleza resuelven ser Pilar Ternera, la prostituta vieja de su novela, las cartas políticas se escriben desde Macondo, y todo así por el estilo.
Él comenta que en Venezuela más de 30 pintores participaron en la exposición de cuadros con temática de Cien años de soledad, y que la muestra fue con decoración de hojas e implemento costeños: "Aquí en España, el torero Paco Camino declaró que la novela que más le había gustado era la mía, y la cantante Massiel dijo que la novela que más le encantaba era "Mil años de soledad". Mercedes ha terminado la perdiz al vino, y ríe de buena gana. Ella es la que más lee los comentarios y colecciona los recortes de prensa que llegan de todas partes, a través de la agente literaria de Gabriel, la catalana Carmen Balcells, que se da golpes contra las paredes cuando él resuelve decir categóricamente "no quiero una película sobre Cien años de soledad, por lo que dijo Heminguay: "Cuando uno ve una película hecha con sus libros, es como ver a alguien haciendo caca sobre la tumba de su mamá".
Es un lector incansable, y tanto para leer como para escribir, se enfunda en un overol de camionero. Sabe que tiene un gran compromiso con los lectores, y por eso está haciendo despacio su nueva novela  Cien años de soledad le abrió todas las puertas, y le ha dado experiencia para lidiar a los editores. "En un almuerzo reciente que le dio mi agente al editor norteamericano Cass Canfield, de Harper & Row, aumente cinco kilos de felicidad diciéndoles a todos los editores: "Lo tendré en cuenta a usted en mis planes futuros".
Es consciente de la inmensa alegría que da tener a los editores corriendo detrás del escritor, cuando lo usual es que los novelistas anden rogándoles a ellos que les publiquen. "Lo importante es escribir, seguir escribiendo, no importa lo que pase, hasta que un día se da una novela y ya se venden entonces todas las anteriores. Yo duré quince años escribiendo hasta que reventó. ¿Cuánto tiempo estuve con los originales de La hojarasca entre el bolsillo hasta que aquel editor colombiano, Lisman Banm, se decidió a publicarla?”.
Ahora Suramericana de Buenos Aires ha editado todos los anteriores libros de Gabriel García Márquez y están vendiéndose muy bien.
"No se debe firmar el contrato que le presentan a uno los editores, sino el que uno les presenta a él", es su recomendación experimentada para los jóvenes escritores.
Está enterado de toda la actualidad colombiana y sabe a veces más cosas que quienes vivimos del todo aquí: "Siempre que llegan recortes, yo leo por el respaldo las noticias que aparecen". De Venezuela, en donde hay grandes simpatías por él, desde el tiempo en que residió en Caracas también le llegan noticias. Y esta vez son de Adriano González León, el ganador del último premio Biblioteca Breve de Seix Barral, con País portátil, quien le comenta la actualidad, junto con su esposa, Mary, una argentina suave, pálida y sonriente.
Los percebes, esos mariscos increíbles, entre animales, vegetales y minerales con pezuña prehistórica, peludos y deliciosos, han invadido la mesa, "por recomendación de Mercedes: "Aquí en Barcelona, los mariscos son riquísimos. Ahora vendrá la temporada de las anguilas; son de maravilla". Gabriel reconoce que es un "gourmet" de marca mayor y cuenta que hace escándalo cuando el plato no está bueno o cuando anuncian algo que no tienen. Esto claro, en el restaurante Amaya no sucede porque todo es ele primera, la atención y el cocinero, que es amigo de Gabriel.
Sobre los porcebes, las gambas y las cigarras desfilan los golpes de estado últimos de Suramérica y las situaciones calientes que viven algunos países. Le cuento que Esmeralda Arboleda se va a casar con el embajador de México en la ONU y Gabriel da también noticias: "Esmeralda estuvo hace poco visitando Barcelona, por cierto que perdió un anillo con una esmeralda que dizque valía como cinco mil dólares y era un recuerdo sentimental. Pusimos hasta aviso en el periódico, pero fue imposible recuperarlo. Se le perdió en el barrio gótico".
"Vamos a caminar por las Ramblas porque si dices que viniste a Barcelona y no conocisteis las ramblas, no te van a creer".
Hay parada forzosa frente a cada puesto de libros y revistas para ver qué hay de nuevo. (Se respira un clima de seguridad completa). Hasta en el barrio chino, en donde se cruzan las gordas, las flacas, las rubias, los marineros cantando, los jovencitos tímidos.
Gabo prepara su próxima novela El otoño del patriarca. "Es el monólogo de un dictador que está a punto de ser juzgado por un tribunal popular. Un hombre que ha gobernado su país durante 120 años". Hace ya tiempo tenía la novela casi terminada, pero rompió las 230 páginas. Durante años he venido reuniendo anécdotas e historias de dictadores. Ahora debo olvidarlas todas antes de empezar a escribir. Será difícil crear el prototipo de este personaje mitológico v patológico de la historia latinoamericana", G.G.M. expresa su preocupación.
"Es difícil inventar algo monstruoso o fantástico que sea, que no haya sido ya hecho por algún dictador hispanoamericano: Rafael Leónidas Trujillo, Tiburcio..".
Carias, Henri Chistophe o Alexandre Petion; Manuel Estrada Cabrera. Juan Vicente Gómez, Belzú o Mengarejo... "Y sobre la acogida de sus futuras obras después del éxito de Cien años de soledad predice: "Tengo que seguir inflando el globo hasta que estalle. O hasta que yo reviente".
Gabriel García Márquez se siente ubicado en Barcelona y hasta allá van los periodistas de Madrid a buscarlo para entrevistarlo, a enterarse de que le tiene pánico al avión, que no dicta una conferencia ni de peligro, que fuma como una chimenea y que está loco por volverse a Colombia, porque ya está harto de viajar. 
Flor Romero de Nhora es escritora colombiana.  Autora de Tres kilates ocho puntos, novela que indaga sobre el mundo de las esmeraldas colombianas.

domingo, 22 de febrero de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
Amargura para tres sonámbulos 
Ahora la teníamos  allí, abandonada en un rincón de la casa. Alguien nos dijo, antes de que trajéramos sus cosas —su ropa olorosa a madera reciente, sus zapatos sin peso para el barro— que no podía acostumbrarse a aquella vida lenta, sin sabores dulces, sin otro atractivo que esa dura soledad de cal y canto, siempre apretada a sus espaldas. Alguien nos dijo —y había pasado mucho tiempo antes que lo recordáramos— que ella también había tenido una infancia. Quizás no lo creímos, entonces. Pero ahora, viéndola sentada en el rincón, con los ojos asombrados, y un dedo puesto sobre los labios, tal vez aceptábamos que una vez tuvo una infancia, que alguna vez tuvo el tacto sensible a la frescura anticipada de la lluvia, y que soportó siempre de perfil a su cuerpo, una sombra inesperada.
          Todo eso —y mucho más— lo habíamos creído aquella tarde en que nos dimos cuenta de que, por encima de su submundo tremendo, era completamente humana. Lo supimos, cuando de pronto, como si adentro se hubiera roto un cristal, empezó a dar gritos angustiados; empezó a llamarnos a cada uno por su nombre, hablando entre lágrimas hasta cuando nos sentamos junto a ella, nos pusimos a cantar y a batir palmas, como si nuestra gritería pudiera soldar los cristales esparcidos. Sólo entonces pudimos creer que alguna vez tuvo una infancia. Fue como si sus gritos se parecieran en algo a una revelación; como si tuvieran mucho de árbol recordado y río profundo, cuando se incorporó, se inclinó un poco hacia adelante, y todavía sin cubrirse la cara con el delantal, todavía sin sonarse la nariz y todavía con lágrimas, nos dijo:
         “No volveré a sonreír”.
          Salimos al patio, los tres, sin hablar, acaso creíamos llevar pensamientos comunes. Tal vez pensamos que no sería lo mejor encender las luces de la casa. Ella deseaba estar sola —quizás—, sentada en el rincón sombrío, tejiéndose la trenza final, que parecía ser lo único que sobreviviría de su tránsito hacia la bestia.
          Afuera, en el patio, sumergidos en el profundo vaho de los insectos, nos sentamos a pensar en ella. Lo habíamos hecho otras veces. Podíamos haber dicho que estábamos haciendo lo que habíamos hecho todos los días de nuestras vidas.
          sin embargo, aquella noche era distinto; ella había dicho que no volvería a sonreír, y nosotros que tanto la conocíamos, teníamos la certidumbre de que la pesadilla se había vuelto verdad. Sentados en un triángulo la imaginábamos allá adentro, abstracta, incapacitada, hasta para escuchar los innumerables relojes que medían el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba, convirtiendo en polvo: “Si por lo menos tuviéramos valor para desear su muerte”, pensábamos a coro.
          Pero la queríamos así, fea y glacial como una mezquina contribución a nuestros ocultos defectos.
          Éramos adultos desde antes, desde mucho tiempo atrás. Ella era, sin embargo, la mayor de la casa. Esa misma noche habría podido estar allí, sentada con nosotros, sintiendo el templado pulso de las estrellas, rodeada de hijos sanos. Habría sido la señora respetable de la casa si hubiera sido la esposa de un buen burgués o concubina de un hombre puntual. Pero se acostumbró a vivir en una sola dimensión, como la línea recta, acaso porque sus vicios o sus virtudes no pudieran conocerse de perfil. Desde varios años atrás ya lo sabíamos todo. Ni siquiera nos sorprendimos una mañana, después de levantados, cuando la encontramos boca abajo en el patio, mordiendo la tierra en una dura actitud estática. Entonces sonrió, volvió a mirarnos; había caído desde la ventana del segundo piso hasta la dura arcilla del patio y había quedado allí, tiesa y concreta, de bruces al barro húmedo. Pero después supimos que lo único que conservaba intacto era el miedo a las distancias, el natural espanto frente al vacío. La levantamos por los hombros. No estaba dura como nos pareció al principio. Al contrario, tenía los órganos sueltos, desasidos de la voluntad, como un muerto tibio que no hubiera empezado a endurecerse.
          Tenía los ojos abiertos, sucia la boca de esa tierra que debía saberle ya a sedimento sepulcral, cuando la pusimos de cara al sol y fue como si la hubiéramos puesto frente a un espejo. nos miró a todos con una apagada expresión sin sexo, que nos dio —teniéndola ya entre mis brazos— la medida de su ausencia. Alguien nos dijo que estaba muerta; y se quedó después sonriendo con esa sonrisa fría y quieta que tenía durante las noches cuando transitaba despierta por la casa. Dijo que no sabía cómo llegó hasta el patio. Dijo que había sentido mucho calor, que estuvo oyendo un grillo penetrante, agudo, que parecía (así lo dijo) dispuesto a tumbar la pared de su cuarto, y que ella se había puesto a recordar las oraciones del domingo, con la mejilla apretada al piso de cemento.
          Sabíamos sin embargo, que no podía recordar ninguna oración, como supimos después que había perdido la noción del tiempo cuando dijo que se había dormido sosteniendo por dentro la pared que el grillo estaba empujando desde afuera, y que estaba completamente dormida cuando alguien cogiéndola por los hombros, apartó la pared y la puso a ella de cara al sol.
          Aquella noche sabíamos, sentados en el patio, que no volvería a sonreír. Quizá nos dolió anticipadamente su seriedad inexpresiva, su oscuro y voluntarioso vivir arrinconado. Nos dolía hondamente, como nos dolía el día que la vimos sentarse en el rincón adonde ahora estaba; y le oímos decir que no volvería a deambular por la casa. Al principio no pudimos creerle. La habíamos visto durante meses enteros transitando por los cuartos a cualquier hora, con la cabeza dura y los hombros caídos sin detenerse, sin fatigarse nunca. De noche oíamos su rumor corporal, denso, moviéndose entre dos oscuridades, y quizás nos quedamos muchas veces, despiertos en la cama, oyendo su sigiloso andar, siguiéndola con el oído por toda la casa. Una vez nos dijo que había visto el grillo dentro de la luna del espejo, hundido, sumergido en la sólida transparencia y que había atravesado la superficie de cristal para alcanzarlo. No supimos, en realidad, lo que quería decirnos, pero todos pudimos comprobar que tenía la ropa mojada, pegada al cuerpo, como si acabara de salir de un estanque. Sin pretender explicarnos el fenómeno resolvimos acabar con los insectos de la casa; destruir los objetos que la obsesionaban. Hicimos limpiar las paredes, ordenamos cortar los arbustos del patio, y fue como si hubiéramos limpiando de pequeñas basuras el silencio de la noche. Pero ya no la oíamos caminar, ni la oíamos hablar de grillos, hasta el día en que, después de la última comida, se quedó mirándonos, se sentó en el suelo de cemento todavía sin dejar de mirarnos, y nos dijo: “Me quedaré aquí, sentada”; y nos estremecimos, porque pudimos ver que había empezado a parecerse a algo que era ya casi completamente como la muerte.
          De eso hacía ya mucho tiempo y hasta nos habíamos acostumbrado a verla allí, sentada con la trenza siempre a medio tejer, como si se hubiera disuelto en su soledad y hubiera perdido, aunque se le estuviera viendo, la facultad natural de estar presente. Por eso ahora sabíamos que no volvería a sonreír; porque lo había dicho en la misma forma convencida y seguro en que una vez nos dijo que no volvería a caminar. Era como si tuviéramos la certidumbre de que más tarde nos diría: “No volveré a ver” o quizá: “No volveré a oír” y supiéramos que era lo suficientemente humana para ir eliminando a voluntad sus funciones vitales, y que, espontáneamente, se iría acabando sentido a sentido, hasta el día en que la encontráramos recostada a la pared, como si se hubiera dormido por primera vez en su vida. Quizás faltaba mucho tiempo para eso, pero los tres, sentados en el patio, habríamos deseado aquella noche sentir su llanto afilado y repentino, de cristal roto, al menos para hacernos la ilusión de que habría nacido un (una) niña dentro de la casa. Para creer que había nacido nueva.