El Premio Nobel de Literatura que falleció el 17 de abril de 2014 en Ciudad de México
Gabriel García Márquez, escritor colombiano, se le rendirá homenaje durante trece días en la Filbo de Bogotá. Colombia./latercera.com La Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo) rendirá tributo en su edición número 28 al fallecido escritor colombiano Gabriel García Márquez y a Macondo, el mítico pueblo de la costa Caribe creado por él en su novela Cien años de soledad, informaron hoy organizadores del evento.
García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982, que falleció el 17 de abril de 2014 en Ciudad de México, fue elegido por "razones de peso que abundan" por los encargados de la Feria, que se celebrará entre el 21 de abril y el 4 de mayo.
"A un año del fallecimiento del Nobel, el mundo imaginario de Macondo se conoce hoy en todas las lenguas del mundo y su impacto en la literatura ha sido comparado por los expertos con el de 'El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha', de Miguel de Cervantes", dijo uno de los voceros de la Filbo en diálogo con el diario "El Espectador".
Durante 13 días, Macondo será recreado en un "espacio interactivo dedicado a la imaginación del más grande escritor colombiano de todos los tiempos, y del autor de Cien años de soledad, la novela más global de los últimos siglos", explicó.
La Filbo contará además con más de tres mil metros cuadrados llenos de experiencias multimedia. El realismo mágico creado por Gabo se podrá escuchar, ver y saborear a través de exposiciones visuales, conferencias con expertos en la obra del escritor, y platos y música típica del Caribe colombiano.
Dentro de los invitados especiales están su amigo y director de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, Jaime Abello Banfi; la escritora Piedad Bonnett y el crítico literario Ariel Castillo.
El evento se realizará en el Centro Internacional de Negocios y Exposiciones (Corferias), un espacio de cincuenta y un mil metros cuadrados, en los que además se exhibirán casi cien mil títulos y se presentarán escritores provenientes de todo el mundo.
jueves, 26 de febrero de 2015
Feria del Libro de Bogotá rendirá tributo a Gabriel García Márquez y a Macondo
Cuando Fidel encartó a Gabo con un destartalado Mercedes Benz
Un edecán de Castro advirtió el interés con el cual el Nobel miraba el carro que estaba botado en el jardín de la casa presidencial
Fidel encartó a Gabo con un destartalado Mercedes Benz./motor.com Fidel, queriendo darle una buena sorpresa y mejor regalo, le mandó el carro a Cartagena. Pero el auto necesitó los servicios del restaurador profesional Germán Ortega en Bogotá durante nueve años, cuyo mecenazgo Gabo no asumió en un paso en el cual la realidad se impuso sobre la magia.Septiembre 1º. de 1982. Por una rara coincidencia, ese día estaba casi embarcado en un viaje promocional a México cuando el presidente de ese país, José López Portillo, anunció:"He expedido dos decretos, uno que nacionaliza los bancos privados del país y otro que establece el control generalizado de cambios… Es ahora o nunca; ya nos saquearon. México no se ha acabado. No nos volverán a saquear".Ese anuncio conmocionó a la redacción y la posibilidad de que EL TIEMPO plantara un reportero en el sitio, aunque no tuviera idea de economía ni de lo que nacionalizar la banca de un país de ese tamaño representaba, salvo decir genéricamente que estaba quebrado, me puso en otras tareas. Y para ubicarme y obtener opiniones de fondo que reforzaran cualquier eventual artículo, Enrique Santos Calderón concertó una cita con Gabriel García Márquez, quien accedió a recibirme.Obviamente, viajé con el número telefónico de su casa apuntado como tesoro, el cual nunca atendió personalmente, pero al final de la persecución mandó un mensaje que fue más sorprendente: iría a verme al hotel, en pleno centro de la ciudad, al final de la tarde.Llegó un poco después de la hora anunciada y resultó que estaba atendiendo una cita a otros dos periodistas colombianos que lo persiguieron con el mismo propósito, lo cual diluyó mi supuesta exclusiva. Uno de ellos era Germán Hernández, de El Espectador, el diario eterno competidor, para completar la desilusión.Hablamos bastante tiempo. Horas. Fue en uno de los cuartos del hotel para eludir autógrafos y saludos, pues Gabo ya era un personaje mundial y ad portas de ser proclamado como ganador del premio Nobel de Literatura, cosa que sucedió un mes después, cuando ya habría sido imposible tenerlo enfrente en una charla de la cual recuerdo pocas frases y que, estúpidamente, dedicamos a la economía cuando estábamos en el momento del nacimiento de un premio Nobel.La historia viene a que cuando salía lo acompañé hasta el estacionamiento donde tenía parqueado un BMW de la serie 5, que en ese momento de restricciones en México era un contrasentido, como también que semejante personaje tan famoso manejara su propio carro cuando ya podía darse el lujo de usar un chofer, y más porque teníamos algunos whiskies en el tanque. Averiguando en estos días, supe que a Gabo le fascinaba manejar y que varios de los viajes por España en sus tiempos de levante los organizó en carro para poder llevar el timón. En ese orden de ideas, que tuviera ese BMW se explicaba.—Maestro –le dije– ¿por qué compró usted un carro en Francia pudiendo importarlo desde la fábrica en Alemania?La pregunta lo paró en seco y quedó sorprendido porque yo supiera esa minucia que a la vez era un rasguño en su vida privada.—¿Y tú por qué sabes? –me replicó con cierta severidad y preocupación, pues era probable que ese carro lo tuviera gracias a algunas concesiones especiales para su importación a ese país.—Maestro, porque su carro tiene lámparas amarillas, que solamente se venden en los autos franceses.Miró la evidencia y me dijo: "Tú de esto sí sabes".Le agradecí y quedé feliz por haberle dicho algo que me pareció importante y diferenciador. Pocos minutos después, Gabo se fue alumbrando con el pésimo tono ámbar de sus lámparas el denso tráfico del D. F. Yo quedé seguro de que el dato lo había impresionado y que de alguna manera cada vez que mirara su carro se acordaría del detalle y de aquel reportero de EL TIEMPO, cuyo nombre no olvidó, pues nos volvimos a encontrar en el tema.Un día de 1991, una llamada de Pedro Nel Quijano, entonces vicepresidente comercial de Mazda, sirvió de puente para volver a hablar con el Nobel. Estaba comprando un Miata para darse champú en Cartagena y pidió que me contactaran para que le diera un consejo al respecto. Obviamente me pareció una buena decisión y un honor que se acordara de aquella noche de México, nueve años antes.Claro que el asunto tuvo su reciprocidad.—¡Oye!, ¿y tú qué haces metido en la Casa Blanca escribiendo de política y esas cosas? Tu mundo son los carros.La razón del regaño fue porque en febrero de ese 1991, por otro accidente de la profesión y la reportería, EL TIEMPO y Enrique Santos Castillo en persona me encomendaron ir a Washington a cubrir la visita de Estado que le hizo el presidente César Gaviria a George Bush, padre. Gabo debió leer los artículos y no parece que hubiera disparates, pues no me censuró los textos que en su momento me agradeció telefónicamente el propio presidente Gaviria. Pero su frase me sonó como una advertencia profesional para marcar fronteras en el oficio, aunque no lo haya respetado a cabalidad en los siguientes 24 años al aviso.Por esos días, García quería tener un automóvil en Cartagena que fuera convertible, y pensó que el aparato adecuado podía ser un viejo Mercedes Benz 300 S Coupé que le había regalado un amigo que quiso tener con él una deferencia muy especial. El donante fue nada menos que Fidel Castro, quien supo que el Nobel había mirado con cierta curiosidad el abandonado cascarón que estaba en las pesebreras de la casa presidencial de La Habana y resolvió mandárselo de regalo a Cartagena, envuelto en óxido y polvo.El opulento convertible, que era un monumento al capitalismo y un sacrilegio en los garajes de Fidel, reservados ya a los carros rusos, llegó en estado comatoso a Colombia. Tenía injertado un motor diésel de una buseta Fiat rusa y todos sus lujos los habían carcomido el aire del Caribe y el desprecio de quienes debieron cuidarlo. En el baúl viajó afortunadamente el motor original, que fue el elemento que inclinó la decisión de recuperar lo que parecía ya un cadáver mecánico y evitó que las latas quedaran condenadas a cien años de soledad.Gabo recurrió –con el Mercedes ya en Bogotá y con placas de Turbaco, pues en Cartagena no tenía ninguna posibilidad de cura– al restaurador Germán Ortega, quien le hizo todas las cuentas y perspectivas para recuperarlo, cosa que no solamente representaba una factura cuantiosa e impredecible en dólares, sino también un tiempo indeterminado de trabajo.En ese momento, Gabo –con los pies en la tierra y un ojo en el banco– desistió de recuperarlo a cambio de un Mustang convertible del 66 que de inmediato le daba la posibilidad de pasearse con estilo por la vieja Cartagena.Hecho el trato, recibió de Ortega un primer carro que luego le cambiaron por otro recién restaurado de color naranja, que después de servir efímeramente en Cartagena terminó en poder de otro aficionado de Bogotá.El Mercedes pasó a manos de un importante coleccionista bogotano, cuyo nombre omitimos por su expresa voluntad, y tras nueve años de trabajos, búsqueda de piezas en todo el mundo, pero sobre todo en Venezuela donde en las épocas de opulencia hubo muchos de estos fastuosos carros, el Mercedes pintado en un color rojo más favorable que el desteñido y triste azul original, quedó en impecables condiciones y se encuentra en Miami como una de las piezas importantes de esa colección, un sitio totalmente acorde con su estirpe y donde funge como un refugiado más del régimen de Castro.Gabo recordaba muy bien toda la historia pues cuando le pidieron dedicar alguna frase en las páginas del catálogo en el cual está reseñado el automóvil, se tomó seis meses en poner su firma con una escueta frase que se lee en las fotografías.Ojalá Fidel algún día conociera el destino de su regalo y la forma como Gabo se desencartó de la pieza. Y también que quede en estas líneas la evidencia de que en la vida del Nobel, además de Mercedes su esposa, también hubo un Mercedes 300 S que se negó a formar parte del parque automotor de Macondo y que tal vez fue la única pieza que le hizo ver a García Márquez que no todas las realidades se arreglan por arte de magia.José ClopatofskyDATOS
El Mercedes 300 S es del año 53, del que se hicieron solo 241 unidades, por lo cual tiene un alto valor como pieza de colección, y más por el registro de sus dueños.El automóvil tuvo que haber llegado a cuba durante el régimen de Fulgencio Batista, depuesto en 1959 por Fidel, quien seguramente no habría comprado este auto, símbolo perfecto del capitalismo.Además de que le habían injertado un motor diésel de buseta, el Mercedes llegó de cuba con un sistema de dirección extraño, pues cuando giraba a derecha, las ruedas iban para la izquierda. Acorde con el régimen de Fidel.En Venezuela hubo una fábrica de ensamble de Mercedes Benz que se inauguró en el estado de Anzoátegui, en 1970. Tal la opulencia en que vivía ese país.
miércoles, 25 de febrero de 2015
Se necesita un escritor
Gabriel García Márquez retrata sus preocupaciones ante la máquina de escribir en uno de sus artículos de 1982
Las manos de Gabriel García Márquez, fotografiadas para el libro Rebeldía de Nobel, de Xavi Ayén. / Kim Manresa./elpais.com
Me preguntan con frecuencia qué es lo que me hace más falta en la vida, y siempre contesto la verdad: "Un escritor". El chiste no es tan bobo como parece. Si alguna vez me encontrara con el compromiso ineludible de escribir un cuento de quince cuartillas para esta noche, acudiría a mis incontables notas atrasadas y estoy seguro de que llegaría a tiempo a la imprenta. Tal vez sería un cuento muy malo, pero el compromiso quedaría cumplido, que al fin y al cabo es lo único que he querido decir con este ejemplo de pesadilla. En cambio, no sería capaz de escribir un telegrama de felicitación ni una carta de pésame sin reventarme el hígado durante una semana. Para estos deberes indeseables, como para tantos otros de la vida social, la mayoría de los escritores que conozco quisieron apelar a los buenos oficios de otros escritores. Una buena prueba del sentido casi bárbaro del honor profesional lo es sin duda esta nota que escribo todas las semanas, y que por estos días de octubre va a cumplir sus primeros dos años de sociedad. Sólo una vez ha faltado en este rincón, y no fue por culpa mía: por una falla de última hora en los sistemas de transmisión. La escribo todos los viernes, desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, con la misma voluntad, la misma conciencia, la misma alegría y muchas veces con la misma inspiración con que tendría que escribir una obra maestra. Cuando no tengo el tema bien definido me acuesto mal la noche del jueves, pero la experiencia me ha enseñado que el drama se resolverá por sí solo durante el sueño y que empezará a fluir por la mañana, desde el instante en que me siente ante la máquina de escribir. Sin embargo, casi siempre tengo varios temas pensados con anticipación, y poco a poco voy recogiendo y ordenando los datos de distintas fuentes y comprobándolos con mucho rigor, pues tengo la impresión de que los lectores no son tan indulgentes con mis metidas de pata como tal vez lo serían con el otro escritor que me hace falta. Mi primer propósito con estas notas es que cada semana les enseñen algo a los lectores comunes y corrientes, que son los que me interesan, aunque esas enseñanzas les parezcan obvias y tal vez pueriles a los sabios doctores que todo lo saben. El otro-propósito -el más difícil- es que siempre estén tan bien escritas como yo sea capaz de hacerlo sin la ayuda del otro, pues siempre he creído que la buena escritura es la única felicidad que se basta de sí misma.Esta servidumbre me la impuse porque sentía que entre una novela y otra me quedaba mucho tiempo sin escribir, y poco a poco -como los peloteros- iba perdiendo la calentura del brazo. Más tarde, esa decisión artesanal se convirtió en un compromiso con los lectores, y hoy es un laberinto de espejos del cual no consigo salir. A no ser que encontrara, por supuesto, al escritor providencial que saliera por mí. Pero me temo que ya sea demasiado tarde, pues las tres únicas veces en que tomé la determinación de no escribir más estas notas me lo impidió, con su autoritarismo implacable, el pequeño argentino que también yo llevo dentro.La primera vez que lo decidí fue cuando traté de escribir la primera, después de más de veinte años de no hacerlo, y necesité una semana de galeote para terminarla. La segunda vez fue hace más de un año, cuando pasaba unos días de descanso con el general Omar Torrijos en la base militar de Farallón, y estaba el día tan diáfano y tan pacífico el océano que daban más ganas de navegar que de escribir. "Le mando un telegrama al director diciendo que hoy no hay nota, y ya está", pensé, con un suspiro de alivio. Pero no pude almorzar por el peso de la mala conciencia y, a las seis de la tarde, me encerré en el cuarto, escribí en una hora y media lo primero que se me ocurrió y le entregué la nota a un edecán del general Torrijos para que la enviara por télex a Bogotá, con el ruego de que la mandaran desde allí a Madrid y a México. Sólo al día siguiente supe que el general Torrijos había tenido que ordenar el envío en un avión militar hasta el aeropuerto de Panamá, y, desde allí, en helicóptero, al palacio presidencial, desde donde me hicieron el favor de distribuir el texto por algún canal oficial.Escribo la novela todos los díasLa última vez, hace ahora seis meses, cuando descubrí al despertar que ya tenía madura en el corazón la novela de amor que tanto había anhelado escribir desde hacía tantos años, y que no tenía otra alternativa que no escribirla nunca o sumergirme en ella de inmediato y de tiempo completo. Sin embargo, a la hora de la verdad, no tuve suficientes riñones para renunciar a mi cautiverio semanal, y por primera vez estoy haciendo algo que siempre me pareció imposible: escribo la novela todos los días, letra por letra, con la misma paciencia, y ojalá con la misma suerte con que picotean las gallinas en los patios, y oyendo cada día más cerca los pasos temibles de animal grande del próximo viernes. Pero aquí estamos otra vez, como siempre, y ojalá para siempre.Ya sospechaba yo que no escaparía jamás de esta jaula desde la tarde en que empecé a escribir esta nota en mi casa de Bogotá y la terminé al día siguiente bajo la protección diplomática de la embajada de México; lo seguí sospechando en la oficina de Telégrafos de la isla de Creta, un viernes del pasado julio, cuando logré entenderme con el empleado de turno para que transmitiera el texto en castellano. Lo seguí sospechando en Montreal, cuando tuve que comprar una máquina de escribir de emergencia porque el voltaje de la mía no era el mismo del hotel. Acabé de sospecharlo para siempre hace apenas dos meses, en Cuba, cuando tuve que cambiar dos veces las máquinas de escribir porque se negaban a entenderse conmigo. Por último, me llevaron una electrónica de costumbres tan avanzadas que terminé escribiendo de mi puño y letra y en un cuaderno de hojas cuadriculadas, como en los tiempos remotos y felices de la escuela primaria de Aracataca. Cada vez que me ocurría uno de estos percances apelaba con más ansiedad a mis deseos de tener alguien que se hiciera cargo de mi buena suerte: un escritor.Con todo, nunca he sentido esa necesidad de un modo tan intenso como un día de hace muchos años en que llegué a la casa de Luis Alcoriza, en México, para trabajar con él en el guión de una película.Lo encontré consternado a las diez de la mañana, porque su cocinera le había pedido el favor de escribirle una carta para el director de la Seguridad Social. Alcoriza, que es un escritor excelente, con una práctica cotidiana de cajero de banco, que había sido el escritor más inteligente de los primeros guiones para Luis Buñuel y, más tarde, para sus propias películas, había pensando que la carta sería un asunto de media hora. Pero lo encontré, loco de furia, en medio de un montón de papeles rotos, en los cuales no había mucho más que todas las variaciones concebibles de la fórmula inicial: por medio de la presente, tengo el gusto de dirigirme a usted para... Traté de ayudarlo, y tres horas después seguíamos haciendo borradores y rompiendo papel, ya medio borrachos de ginebra con vermouth y atiborrados de chorizos españoles, pero sin haber podido ir más allá de las primeras letras convencionales. Nunca olvidaré la cara de misericordia de la buena cocinera cuando volvió por su carta a las tres de la tarde y le dijimos sin pudor que no habíamos podido escribirla. "Pero si es muy fácil", nos dijo, con toda su humildad. "Mire usted". Y entonces empezó a improvisar la carta con tanta precisión y tanto dominio que Luis Alcoriza se vio en apuros para copiarla en la máquina con la misma fluidez con que ella la dictaba. Aquel día -como todavía hoy- me quedé pensando que tal vez aquella mujer, que envejecía sin gloria en el limbo de la cocina, era el escritor secreto que me hacía falta en la vida para ser un hombre feliz.
García Márquez: "Yo soy el Vargas Vila de mi generación"
Escribía cuentos infantiles que luego les leía a sus hijos para matar el estilo de Cien años de soledad
Flor Romero de Nohra y Gabriel García Márquez./semana.com Gabriel García Márquez sonríe ampliamente debajo de esos bigotes estilo mexicano que cada vez son más largos y se le despelucan más. Está instalado nuevamente en Barcelona, después de regresar (por barco naturalmente, porque le tiene pánico al avión) de dos meses de vacaciones por Italia y Francia, con su esposa, Mercedes, y sus dos niños, Rodrigo (8) y Gonzalo (6) que ya han iniciado el año escolar, en un colegio de educación inglesa.
Fueron unas vacaciones relativas, pues estuvo corrigiendo la traducción al francés de Cien años de soledad y trabajando con la directora venezolana Margot Benacerraf en un guion para un largometraje en colores que se filmará en la Guajira. "Es un argumento de esos locos -dice Mercedes- con una gorda gorda, como personaje central".
"Espero terminar mi nueva novela en unos dos o tres años, para después sí irme a vivir ya del todo a Barranquilla y dedicarme a la pachanga. Ya estoy cansado de viajar. La cuestión es que no me dejan salir de Cien años de soledad porque no acabo de corregir la traducción francesa, cuando ya tengo que meterme a revisar la traducción inglesa". Además, pareja a la aceptación del libro (En España lleva varias semanas entre los diez libros más vendidos) viene el asedio publicitario. A todos los periodistas que lo visitan los atiende "porque yo soy periodista y me parece desleal decirles que no", pero la situación cambia cuando es, por ejemplo, un joven director de cine que dice: "Esta es la ocasión de mi vida, si me permite hacer una película sobre usted". Porque Gabriel García Márquez no quiere ni que hagan películas de su vida, ni de sus obras.
El mismo día en que Cien años de soledad ganó el premio de la Crítica en Italia, recibió una llamada del productor Francesco Rossi, pidiendo los derechos para hacer una película. "Sería una película muy larga y muy complicada. No es cierto, pues, que mi última novela va a ser filmada a corto plazo, como publicaron en Colombia. No sé de dónde sacaron esa noticia. Como no son ciertas tantas otras tonterías que publican sobre mí".
Gabriel termina el steak gótico, en el restaurante del barrio gótico de Barcelona. Enciende un cigarrillo negro y habla de su nueva novela: "Ya tengo casi todo estructurado. Lo más fácil es sentarme a escribir. Será una novela larga, como de mil páginas, con muchos personajes: chinos, holandeses, hindúes, ya me salgo de Macondo y me instalo en todo el Caribe". Le cuento que en Colombia están tan mareados con Cien años de soledad, que ya las reinas de belleza resuelven ser Pilar Ternera, la prostituta vieja de su novela, las cartas políticas se escriben desde Macondo, y todo así por el estilo.
Él comenta que en Venezuela más de 30 pintores participaron en la exposición de cuadros con temática de Cien años de soledad, y que la muestra fue con decoración de hojas e implemento costeños: "Aquí en España, el torero Paco Camino declaró que la novela que más le había gustado era la mía, y la cantante Massiel dijo que la novela que más le encantaba era "Mil años de soledad". Mercedes ha terminado la perdiz al vino, y ríe de buena gana. Ella es la que más lee los comentarios y colecciona los recortes de prensa que llegan de todas partes, a través de la agente literaria de Gabriel, la catalana Carmen Balcells, que se da golpes contra las paredes cuando él resuelve decir categóricamente "no quiero una película sobre Cien años de soledad, por lo que dijo Heminguay: "Cuando uno ve una película hecha con sus libros, es como ver a alguien haciendo caca sobre la tumba de su mamá".
Es un lector incansable, y tanto para leer como para escribir, se enfunda en un overol de camionero. Sabe que tiene un gran compromiso con los lectores, y por eso está haciendo despacio su nueva novela Cien años de soledad le abrió todas las puertas, y le ha dado experiencia para lidiar a los editores. "En un almuerzo reciente que le dio mi agente al editor norteamericano Cass Canfield, de Harper & Row, aumente cinco kilos de felicidad diciéndoles a todos los editores: "Lo tendré en cuenta a usted en mis planes futuros".
Es consciente de la inmensa alegría que da tener a los editores corriendo detrás del escritor, cuando lo usual es que los novelistas anden rogándoles a ellos que les publiquen. "Lo importante es escribir, seguir escribiendo, no importa lo que pase, hasta que un día se da una novela y ya se venden entonces todas las anteriores. Yo duré quince años escribiendo hasta que reventó. ¿Cuánto tiempo estuve con los originales de La hojarasca entre el bolsillo hasta que aquel editor colombiano, Lisman Banm, se decidió a publicarla?”.
Ahora Suramericana de Buenos Aires ha editado todos los anteriores libros de Gabriel García Márquez y están vendiéndose muy bien.
"No se debe firmar el contrato que le presentan a uno los editores, sino el que uno les presenta a él", es su recomendación experimentada para los jóvenes escritores.
Está enterado de toda la actualidad colombiana y sabe a veces más cosas que quienes vivimos del todo aquí: "Siempre que llegan recortes, yo leo por el respaldo las noticias que aparecen". De Venezuela, en donde hay grandes simpatías por él, desde el tiempo en que residió en Caracas también le llegan noticias. Y esta vez son de Adriano González León, el ganador del último premio Biblioteca Breve de Seix Barral, con País portátil, quien le comenta la actualidad, junto con su esposa, Mary, una argentina suave, pálida y sonriente.
Los percebes, esos mariscos increíbles, entre animales, vegetales y minerales con pezuña prehistórica, peludos y deliciosos, han invadido la mesa, "por recomendación de Mercedes: "Aquí en Barcelona, los mariscos son riquísimos. Ahora vendrá la temporada de las anguilas; son de maravilla". Gabriel reconoce que es un "gourmet" de marca mayor y cuenta que hace escándalo cuando el plato no está bueno o cuando anuncian algo que no tienen. Esto claro, en el restaurante Amaya no sucede porque todo es ele primera, la atención y el cocinero, que es amigo de Gabriel.
Sobre los porcebes, las gambas y las cigarras desfilan los golpes de estado últimos de Suramérica y las situaciones calientes que viven algunos países. Le cuento que Esmeralda Arboleda se va a casar con el embajador de México en la ONU y Gabriel da también noticias: "Esmeralda estuvo hace poco visitando Barcelona, por cierto que perdió un anillo con una esmeralda que dizque valía como cinco mil dólares y era un recuerdo sentimental. Pusimos hasta aviso en el periódico, pero fue imposible recuperarlo. Se le perdió en el barrio gótico".
"Vamos a caminar por las Ramblas porque si dices que viniste a Barcelona y no conocisteis las ramblas, no te van a creer".
Hay parada forzosa frente a cada puesto de libros y revistas para ver qué hay de nuevo. (Se respira un clima de seguridad completa). Hasta en el barrio chino, en donde se cruzan las gordas, las flacas, las rubias, los marineros cantando, los jovencitos tímidos.
Gabo prepara su próxima novela El otoño del patriarca. "Es el monólogo de un dictador que está a punto de ser juzgado por un tribunal popular. Un hombre que ha gobernado su país durante 120 años". Hace ya tiempo tenía la novela casi terminada, pero rompió las 230 páginas. Durante años he venido reuniendo anécdotas e historias de dictadores. Ahora debo olvidarlas todas antes de empezar a escribir. Será difícil crear el prototipo de este personaje mitológico v patológico de la historia latinoamericana", G.G.M. expresa su preocupación.
"Es difícil inventar algo monstruoso o fantástico que sea, que no haya sido ya hecho por algún dictador hispanoamericano: Rafael Leónidas Trujillo, Tiburcio..".
Carias, Henri Chistophe o Alexandre Petion; Manuel Estrada Cabrera. Juan Vicente Gómez, Belzú o Mengarejo... "Y sobre la acogida de sus futuras obras después del éxito de Cien años de soledad predice: "Tengo que seguir inflando el globo hasta que estalle. O hasta que yo reviente".
Gabriel García Márquez se siente ubicado en Barcelona y hasta allá van los periodistas de Madrid a buscarlo para entrevistarlo, a enterarse de que le tiene pánico al avión, que no dicta una conferencia ni de peligro, que fuma como una chimenea y que está loco por volverse a Colombia, porque ya está harto de viajar.
Flor Romero de Nhora es escritora colombiana. Autora de Tres kilates ocho puntos, novela que indaga sobre el mundo de las esmeraldas colombianas.
domingo, 22 de febrero de 2015
El cuento del domingo
Gabriel García Márquez
Amargura para tres sonámbulos
Ahora la teníamos allí,
abandonada en un rincón de la casa. Alguien nos dijo, antes de que
trajéramos sus cosas —su ropa olorosa a madera reciente, sus zapatos
sin peso para el barro— que no podía acostumbrarse a aquella vida
lenta, sin sabores dulces, sin otro atractivo que esa dura soledad de cal
y canto, siempre apretada a sus espaldas. Alguien nos dijo —y había
pasado mucho tiempo antes que lo recordáramos— que ella también había
tenido una infancia. Quizás no lo creímos, entonces. Pero ahora,
viéndola sentada en el rincón, con los ojos asombrados, y un dedo puesto
sobre los labios, tal vez aceptábamos que una vez tuvo una infancia, que
alguna vez tuvo el tacto sensible a la frescura anticipada de la lluvia, y
que soportó siempre de perfil a su cuerpo, una sombra inesperada.
Todo eso —y mucho más— lo habíamos creído aquella tarde en que nos dimos cuenta de que, por encima de su submundo tremendo, era completamente humana. Lo supimos, cuando de pronto, como si adentro se hubiera roto un cristal, empezó a dar gritos angustiados; empezó a llamarnos a cada uno por su nombre, hablando entre lágrimas hasta cuando nos sentamos junto a ella, nos pusimos a cantar y a batir palmas, como si nuestra gritería pudiera soldar los cristales esparcidos. Sólo entonces pudimos creer que alguna vez tuvo una infancia. Fue como si sus gritos se parecieran en algo a una revelación; como si tuvieran mucho de árbol recordado y río profundo, cuando se incorporó, se inclinó un poco hacia adelante, y todavía sin cubrirse la cara con el delantal, todavía sin sonarse la nariz y todavía con lágrimas, nos dijo:
“No volveré a sonreír”.
Salimos al patio, los tres, sin hablar, acaso creíamos llevar pensamientos comunes. Tal vez pensamos que no sería lo mejor encender las luces de la casa. Ella deseaba estar sola —quizás—, sentada en el rincón sombrío, tejiéndose la trenza final, que parecía ser lo único que sobreviviría de su tránsito hacia la bestia.
Afuera, en el patio, sumergidos en el profundo vaho de los insectos, nos sentamos a pensar en ella. Lo habíamos hecho otras veces. Podíamos haber dicho que estábamos haciendo lo que habíamos hecho todos los días de nuestras vidas.
sin embargo, aquella noche era distinto; ella había dicho que no volvería a sonreír, y nosotros que tanto la conocíamos, teníamos la certidumbre de que la pesadilla se había vuelto verdad. Sentados en un triángulo la imaginábamos allá adentro, abstracta, incapacitada, hasta para escuchar los innumerables relojes que medían el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba, convirtiendo en polvo: “Si por lo menos tuviéramos valor para desear su muerte”, pensábamos a coro.
Pero la queríamos así, fea y glacial como una mezquina contribución a nuestros ocultos defectos.
Éramos adultos desde antes, desde mucho tiempo atrás. Ella era, sin embargo, la mayor de la casa. Esa misma noche habría podido estar allí, sentada con nosotros, sintiendo el templado pulso de las estrellas, rodeada de hijos sanos. Habría sido la señora respetable de la casa si hubiera sido la esposa de un buen burgués o concubina de un hombre puntual. Pero se acostumbró a vivir en una sola dimensión, como la línea recta, acaso porque sus vicios o sus virtudes no pudieran conocerse de perfil. Desde varios años atrás ya lo sabíamos todo. Ni siquiera nos sorprendimos una mañana, después de levantados, cuando la encontramos boca abajo en el patio, mordiendo la tierra en una dura actitud estática. Entonces sonrió, volvió a mirarnos; había caído desde la ventana del segundo piso hasta la dura arcilla del patio y había quedado allí, tiesa y concreta, de bruces al barro húmedo. Pero después supimos que lo único que conservaba intacto era el miedo a las distancias, el natural espanto frente al vacío. La levantamos por los hombros. No estaba dura como nos pareció al principio. Al contrario, tenía los órganos sueltos, desasidos de la voluntad, como un muerto tibio que no hubiera empezado a endurecerse.
Tenía los ojos abiertos, sucia la boca de esa tierra que debía saberle ya a sedimento sepulcral, cuando la pusimos de cara al sol y fue como si la hubiéramos puesto frente a un espejo. nos miró a todos con una apagada expresión sin sexo, que nos dio —teniéndola ya entre mis brazos— la medida de su ausencia. Alguien nos dijo que estaba muerta; y se quedó después sonriendo con esa sonrisa fría y quieta que tenía durante las noches cuando transitaba despierta por la casa. Dijo que no sabía cómo llegó hasta el patio. Dijo que había sentido mucho calor, que estuvo oyendo un grillo penetrante, agudo, que parecía (así lo dijo) dispuesto a tumbar la pared de su cuarto, y que ella se había puesto a recordar las oraciones del domingo, con la mejilla apretada al piso de cemento.
Sabíamos sin embargo, que no podía recordar ninguna oración, como supimos después que había perdido la noción del tiempo cuando dijo que se había dormido sosteniendo por dentro la pared que el grillo estaba empujando desde afuera, y que estaba completamente dormida cuando alguien cogiéndola por los hombros, apartó la pared y la puso a ella de cara al sol.
Aquella noche sabíamos, sentados en el patio, que no volvería a sonreír. Quizá nos dolió anticipadamente su seriedad inexpresiva, su oscuro y voluntarioso vivir arrinconado. Nos dolía hondamente, como nos dolía el día que la vimos sentarse en el rincón adonde ahora estaba; y le oímos decir que no volvería a deambular por la casa. Al principio no pudimos creerle. La habíamos visto durante meses enteros transitando por los cuartos a cualquier hora, con la cabeza dura y los hombros caídos sin detenerse, sin fatigarse nunca. De noche oíamos su rumor corporal, denso, moviéndose entre dos oscuridades, y quizás nos quedamos muchas veces, despiertos en la cama, oyendo su sigiloso andar, siguiéndola con el oído por toda la casa. Una vez nos dijo que había visto el grillo dentro de la luna del espejo, hundido, sumergido en la sólida transparencia y que había atravesado la superficie de cristal para alcanzarlo. No supimos, en realidad, lo que quería decirnos, pero todos pudimos comprobar que tenía la ropa mojada, pegada al cuerpo, como si acabara de salir de un estanque. Sin pretender explicarnos el fenómeno resolvimos acabar con los insectos de la casa; destruir los objetos que la obsesionaban. Hicimos limpiar las paredes, ordenamos cortar los arbustos del patio, y fue como si hubiéramos limpiando de pequeñas basuras el silencio de la noche. Pero ya no la oíamos caminar, ni la oíamos hablar de grillos, hasta el día en que, después de la última comida, se quedó mirándonos, se sentó en el suelo de cemento todavía sin dejar de mirarnos, y nos dijo: “Me quedaré aquí, sentada”; y nos estremecimos, porque pudimos ver que había empezado a parecerse a algo que era ya casi completamente como la muerte.
De eso hacía ya mucho tiempo y hasta nos habíamos acostumbrado a verla allí, sentada con la trenza siempre a medio tejer, como si se hubiera disuelto en su soledad y hubiera perdido, aunque se le estuviera viendo, la facultad natural de estar presente. Por eso ahora sabíamos que no volvería a sonreír; porque lo había dicho en la misma forma convencida y seguro en que una vez nos dijo que no volvería a caminar. Era como si tuviéramos la certidumbre de que más tarde nos diría: “No volveré a ver” o quizá: “No volveré a oír” y supiéramos que era lo suficientemente humana para ir eliminando a voluntad sus funciones vitales, y que, espontáneamente, se iría acabando sentido a sentido, hasta el día en que la encontráramos recostada a la pared, como si se hubiera dormido por primera vez en su vida. Quizás faltaba mucho tiempo para eso, pero los tres, sentados en el patio, habríamos deseado aquella noche sentir su llanto afilado y repentino, de cristal roto, al menos para hacernos la ilusión de que habría nacido un (una) niña dentro de la casa. Para creer que había nacido nueva.
Todo eso —y mucho más— lo habíamos creído aquella tarde en que nos dimos cuenta de que, por encima de su submundo tremendo, era completamente humana. Lo supimos, cuando de pronto, como si adentro se hubiera roto un cristal, empezó a dar gritos angustiados; empezó a llamarnos a cada uno por su nombre, hablando entre lágrimas hasta cuando nos sentamos junto a ella, nos pusimos a cantar y a batir palmas, como si nuestra gritería pudiera soldar los cristales esparcidos. Sólo entonces pudimos creer que alguna vez tuvo una infancia. Fue como si sus gritos se parecieran en algo a una revelación; como si tuvieran mucho de árbol recordado y río profundo, cuando se incorporó, se inclinó un poco hacia adelante, y todavía sin cubrirse la cara con el delantal, todavía sin sonarse la nariz y todavía con lágrimas, nos dijo:
“No volveré a sonreír”.
Salimos al patio, los tres, sin hablar, acaso creíamos llevar pensamientos comunes. Tal vez pensamos que no sería lo mejor encender las luces de la casa. Ella deseaba estar sola —quizás—, sentada en el rincón sombrío, tejiéndose la trenza final, que parecía ser lo único que sobreviviría de su tránsito hacia la bestia.
Afuera, en el patio, sumergidos en el profundo vaho de los insectos, nos sentamos a pensar en ella. Lo habíamos hecho otras veces. Podíamos haber dicho que estábamos haciendo lo que habíamos hecho todos los días de nuestras vidas.
sin embargo, aquella noche era distinto; ella había dicho que no volvería a sonreír, y nosotros que tanto la conocíamos, teníamos la certidumbre de que la pesadilla se había vuelto verdad. Sentados en un triángulo la imaginábamos allá adentro, abstracta, incapacitada, hasta para escuchar los innumerables relojes que medían el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba, convirtiendo en polvo: “Si por lo menos tuviéramos valor para desear su muerte”, pensábamos a coro.
Pero la queríamos así, fea y glacial como una mezquina contribución a nuestros ocultos defectos.
Éramos adultos desde antes, desde mucho tiempo atrás. Ella era, sin embargo, la mayor de la casa. Esa misma noche habría podido estar allí, sentada con nosotros, sintiendo el templado pulso de las estrellas, rodeada de hijos sanos. Habría sido la señora respetable de la casa si hubiera sido la esposa de un buen burgués o concubina de un hombre puntual. Pero se acostumbró a vivir en una sola dimensión, como la línea recta, acaso porque sus vicios o sus virtudes no pudieran conocerse de perfil. Desde varios años atrás ya lo sabíamos todo. Ni siquiera nos sorprendimos una mañana, después de levantados, cuando la encontramos boca abajo en el patio, mordiendo la tierra en una dura actitud estática. Entonces sonrió, volvió a mirarnos; había caído desde la ventana del segundo piso hasta la dura arcilla del patio y había quedado allí, tiesa y concreta, de bruces al barro húmedo. Pero después supimos que lo único que conservaba intacto era el miedo a las distancias, el natural espanto frente al vacío. La levantamos por los hombros. No estaba dura como nos pareció al principio. Al contrario, tenía los órganos sueltos, desasidos de la voluntad, como un muerto tibio que no hubiera empezado a endurecerse.
Tenía los ojos abiertos, sucia la boca de esa tierra que debía saberle ya a sedimento sepulcral, cuando la pusimos de cara al sol y fue como si la hubiéramos puesto frente a un espejo. nos miró a todos con una apagada expresión sin sexo, que nos dio —teniéndola ya entre mis brazos— la medida de su ausencia. Alguien nos dijo que estaba muerta; y se quedó después sonriendo con esa sonrisa fría y quieta que tenía durante las noches cuando transitaba despierta por la casa. Dijo que no sabía cómo llegó hasta el patio. Dijo que había sentido mucho calor, que estuvo oyendo un grillo penetrante, agudo, que parecía (así lo dijo) dispuesto a tumbar la pared de su cuarto, y que ella se había puesto a recordar las oraciones del domingo, con la mejilla apretada al piso de cemento.
Sabíamos sin embargo, que no podía recordar ninguna oración, como supimos después que había perdido la noción del tiempo cuando dijo que se había dormido sosteniendo por dentro la pared que el grillo estaba empujando desde afuera, y que estaba completamente dormida cuando alguien cogiéndola por los hombros, apartó la pared y la puso a ella de cara al sol.
Aquella noche sabíamos, sentados en el patio, que no volvería a sonreír. Quizá nos dolió anticipadamente su seriedad inexpresiva, su oscuro y voluntarioso vivir arrinconado. Nos dolía hondamente, como nos dolía el día que la vimos sentarse en el rincón adonde ahora estaba; y le oímos decir que no volvería a deambular por la casa. Al principio no pudimos creerle. La habíamos visto durante meses enteros transitando por los cuartos a cualquier hora, con la cabeza dura y los hombros caídos sin detenerse, sin fatigarse nunca. De noche oíamos su rumor corporal, denso, moviéndose entre dos oscuridades, y quizás nos quedamos muchas veces, despiertos en la cama, oyendo su sigiloso andar, siguiéndola con el oído por toda la casa. Una vez nos dijo que había visto el grillo dentro de la luna del espejo, hundido, sumergido en la sólida transparencia y que había atravesado la superficie de cristal para alcanzarlo. No supimos, en realidad, lo que quería decirnos, pero todos pudimos comprobar que tenía la ropa mojada, pegada al cuerpo, como si acabara de salir de un estanque. Sin pretender explicarnos el fenómeno resolvimos acabar con los insectos de la casa; destruir los objetos que la obsesionaban. Hicimos limpiar las paredes, ordenamos cortar los arbustos del patio, y fue como si hubiéramos limpiando de pequeñas basuras el silencio de la noche. Pero ya no la oíamos caminar, ni la oíamos hablar de grillos, hasta el día en que, después de la última comida, se quedó mirándonos, se sentó en el suelo de cemento todavía sin dejar de mirarnos, y nos dijo: “Me quedaré aquí, sentada”; y nos estremecimos, porque pudimos ver que había empezado a parecerse a algo que era ya casi completamente como la muerte.
De eso hacía ya mucho tiempo y hasta nos habíamos acostumbrado a verla allí, sentada con la trenza siempre a medio tejer, como si se hubiera disuelto en su soledad y hubiera perdido, aunque se le estuviera viendo, la facultad natural de estar presente. Por eso ahora sabíamos que no volvería a sonreír; porque lo había dicho en la misma forma convencida y seguro en que una vez nos dijo que no volvería a caminar. Era como si tuviéramos la certidumbre de que más tarde nos diría: “No volveré a ver” o quizá: “No volveré a oír” y supiéramos que era lo suficientemente humana para ir eliminando a voluntad sus funciones vitales, y que, espontáneamente, se iría acabando sentido a sentido, hasta el día en que la encontráramos recostada a la pared, como si se hubiera dormido por primera vez en su vida. Quizás faltaba mucho tiempo para eso, pero los tres, sentados en el patio, habríamos deseado aquella noche sentir su llanto afilado y repentino, de cristal roto, al menos para hacernos la ilusión de que habría nacido un (una) niña dentro de la casa. Para creer que había nacido nueva.
viernes, 20 de febrero de 2015
Liquiliqui de Gabo estará expuesto en el Museo Nacional
Con esta prenda el escritor recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982
El liquiliqui de Gabo se podrá ver hasta el 22 de marzo en el Museo Nacional de Colombia./ José Muñiz./elespectador.com La prenda inmortalizada por Gabriel García Márquez, el liquiliqui con el cual recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982, estará expuesta en el Museo Nacional de Colombia hasta el 22 de marzo, informó la institución.El traje puede verse en la sala Modernidades junto a un retrato de Simón Bolívar hecho por el artista italiano Antonio Meucci y un fragmento de la novela "El general en su laberinto", en el que el nobel menciona el encuentro de este pintor con el Libertador, explicó el museo en un comunicado.El liquiliqui fue donado en 2003 por García Márquez y su esposa, Mercedes Barcha, al Museo Nacional que lo exhibió por primera vez entre 2005 y 2006 en el marco de la exposición temporal "Caribe espléndido, música, arte y letras de una región".
Adicionalmente el museo presenta el video "Gabo, Premio Nobel de Literatura", con el cual los visitantes pueden revivir el histórico momento en el que el escritor de Aracataca recibió el máximo galardón de las letras.El liquiliqui también fue expuesto en abril y mayo del año pasado en el Instituto Caro y Cuervo en Bogotá, con motivo del fallecimiento del Nobel, ocurrido el 17 abril de 2014 en Ciudad de México.
Mariposas amarillas se toman la Feria del Libro
filBo 2014
Homenaje a la memoria de nuestro premio Nobel Gabriel García Márquez
Miles de personas se han acercado a rendirle homenaje a Gabo en su altar de la Feria./Ana María García./eltiempo.com Frases coloridas salidas del corazón, otras eruditas y hasta unas con toques de humor escritas sobre mariposas amarillas autoadhesivas, son algunas de las más de 4.800 que han pegado los visitantes a la Feria Internacional del Libro de Bogotá, que este año ha montado una especie de altar, para honrar la memoria de nuestro premio nobel Gabriel García Márquez, quien les da la bienvenida con una gran imagen de él, del fotógrafo Mauricio Vélez, sosteniendo un ramo gigante de rosas amarillas.“Que sigas escribiendo en el cielo, muchos leeremos ese cielo. Tu realismo mágico seguirá adornando nuestros días grises” o “No soy una puta triste, pero me leí con sabor sus memorias” y hasta “Gabo, perdona a esta Patria Boba que no supo valorarte”, son algunas de los coloridos mensajes. Ha sido tal la acogida de la iniciativa, que los organizadores de la Feria le contaron a este diario que ya debieron mandar a imprimir un nuevo tiraje de mariposas amarillas para que los colombianos continúen dejando sus mensajes al autor de El coronel no tiene quien le escriba.Los homenajes continuarán el próximo viernes, en la ‘Noche de los libros’, cuando Corferias abre sus puertas de manera gratuita a todos los visitantes, de 6 a 10 de la noche. Ese día, se realizará una lectura en voz alta de Cien años de soledad.Y como si se tratara de alguno de esos mundos del realismo mágico creados por Gabo, la Feria del Libro es el fiel reflejo de la diversidad de gustos que tienen los más de 76.000 visitantes que han llegado en los primeros cinco días al recinto.Desde los compradores eruditos que van detrás de alguna obra clásica o de alguna de las presentaciones de firmas reconocidas como el nobel peruano Mario Vargas Llosa, el colombiano Fernando Vallejo, del ensayista español Antonio Escohotado o el filósofo francés Robert Redeker, hasta aquellos lectores ávidos de saber más del papa Francisco, uno de los fenómenos editoriales, y de temas relacionados con el fútbol, la cocina y hasta los tratamientos de belleza.Otro de los lugares más visitados, ha sido el pabellón de Perú, país invitado de honor. “Al cierre del sábado, se habían vendido 4.330 libros y 1.100 unidades de artesanías. El éxito ha sido tal que tan solo el primero de mayo vendimos 1.300 libros en la librería del pabellón”, anota Juan Camilo Sierra, gerente del Fondo de Cultura Económica, quien administra ese espacio, con más de 15.000 libros.Como en todo evento de asistencia masiva, la logística de los parqueaderos de vehículos para llegar a Corferias ha sido un problema para los visitantes. Uno de los afectados fue el periodista Gabriel Meluk, editor de Deportes de este diario, quien iba a participar ayer en un conversatorio sobre el libro Así volvimos al mundial, del que es coautor. Luego de darle vueltas al recinto ferial por espacio de 50 minutos, le fue imposible conseguir donde estacionar su vehículo, por lo que debió retirarse del lugar sin poder participar.EL TIEMPO consultó varias personas en las calles cercanas que, cansadas de darle vueltas, optaron por no ingresar a la Feria. “Llevo una hora tratando de parquear, a mi familia le tocó irse adelante mientras encuentro un lugar. Resulta tedioso esperar tanto tiempo por este asunto, ni siquiera hay espacio en cinco cuadras a la redonda”, comentó Josué Salazar.Al respecto, los organizadores de Corferias dijeron que son conscientes del problema y que dispusieron de otras áreas de parqueadero con rutas circulares gratuitas, espacios para parqueo de bicicletas, áreas disponibles para abordar taxis y rutas circulares gratuitas desde Corferias hasta TransMilenio del Centro Administrativo Distrital (CAD).
jueves, 19 de febrero de 2015
Gabriel García Márquez, La revolución del éxito
Esforcémonos en un ejercicio inútil. Tratemos de imaginar cuánta sería la reputación y cuál el relieve de Gabriel García Márquez en la literatura contemporánea si al conjunto de su obra le sustrajéramos Cien años de soledad
Gabriel García Márquez, el santo patrono del realismo mágico./elcultural.es Nadie duda que seguiría siendo un escritor muy destacado, autor de libros notabilísimos, algunos ciertamente portentosos. El arte narrativo de García Márquez apenas tiene parangones entre sus contemporáneos. Leyendo algunas de sus novelas o de sus relatos -leyendo, por ejemplo, Crónica de una muerte anunciada-, no es raro que uno se sienta embargado por un sentimiento casi físico de perfección. Pero ni siquiera la suma de todos sus títulos restantes -entre los que se cuentan algunos tan masivamente celebrados y preferidos como El amor en los tiempos del cólera- alcanza una cifra de prestigio y de popularidad comparable a la que por sí sola arroja Cien años de soledad, novela sin duda canónica que además ha batido todos lo récords de venta imaginables.
El éxito apabullante de esta novela tuvo un engañoso efecto de estandarización de lo que hasta el momento era un movimiento pluralParece imposible exagerar las repercusiones de este libro, que dejan muy atrás las de cualquier otro de los que contribuyeron a la expansión de lo que se conoce por el boom de la narrativa latinoamericana. De hecho, cabe sostener que, aun habiéndose publicado en 1967, es decir, cuando ya el boom era un fenómeno internacionalmente aplaudido, Cien años de soledad no solamente contribuyó a amplificar su impacto, sino también a encauzarlo en un rumbo determinado y, hasta cierto punto, a fosilizarlo. El éxito apabullante de esta novela y de las etiquetas empleadas para referirse a ella tuvieron un engañoso efecto de estandarización de lo que hasta el momento era un movimiento plural, que se nutría de múltiples corrientes, y que incorporaba a su onda expansiva el trabajo de al menos tres generaciones de escritores comprometidos en el proceso de modernización y de emancipación tanto política como cultural emprendido en toda América Latina desde décadas atrás, con coordenadas muy distintas en cada país.
Sin que ello socave los méritos de una novela sin duda excepcional, el éxito de Cien años de soledad, y por extensión de la narrativa entera de Gabriel García Márquez -de su fórmula, por así llamarla-, actuó como una losa sobre la diversidad de las tendencias a menudo divergentes que proliferaban en la nueva literatura latinoamericana. Y lo que es más grave: tipificó drásticamente la percepción que en el resto del mundo se empezaba a tener de un continente enorme y complejísimo, en el que por los años en que se produjo el boom operaban importantes fuerzas transformadoras cuyos horizontes de utopía fueron sin duda determinantes de la energía creadora que lo impulsó.
Hasta prácticamente ayer mismo -de hecho, hasta la irrupción de Roberto Bolaño-, varias promociones de escritores latinoamericanos han tenido que pechar con las consecuencias que se derivaron del éxito obtenido por Cien años de soledad y sus incontables secuelas. En un ensayo ya célebre (“Iguanas y dinosaurios: América Latina como utopía del atraso”, recogido en Efectos personales, 2000), Juan Villoro trató de reflejar “cierta visión de la literatura latinoamericana como un parque temático del atraso, donde son posibles excesos de la imaginación e incluso de la realidad que serían intolerables en otros países”. Se quejaba Villoro de que, “para poder circular internacionalmente en el mercado de la cultura”, el escritor latinoamericano tuviera que ostentar “un timbre de color local más marcado”, correspondiente a “cierta necesidad de exotismo impuesta desde fuera”.La responsabilidad de esta situación queda lejos de ser enteramente atribuible a García Márquez y a Cien años de soledad, pero les corresponde buena partePor supuesto que la responsabilidad de esta situación queda lejos de ser enteramente atribuible a García Márquez y a Cien años de soledad, pero no cabe duda de que a los dos les corresponde una buena parte. García Márquez comenzaba su discurso de recepción de Premio Nobel, año 1982, haciendo un sumario recuento de enormidades ocurridas en Latinoamérica desde el Descubrimiento, entre las que incluía cifras astronómicas de niños muertos por inanición, también de ciudadanos exterminados, desaparecidos o exiliados por las dictaduras que se impusieron en buena parte del continente en la década de 1970. “Me atrevo a pensar”, decía, “que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras”. Y añadía: “Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad”.
Hermosas palabras que contienen una cita implícita de la novela que señaló a García Márquez como representante caracterizado del boom, por entonces ya muy languideciente, y que reflejan muy a las claras de qué modo esa novela aportó las categorías (“descomunal”, “desaforada”) que se emplearon para reducir y estilizar esa realidad a la que remite.Macondo cifra una América criolla en la que ni la herencia del esclavismo ni los indígenas reciben apenas atenciónEl caso es que lo que tantas veces pasa por metáfora de Latinoamérica, esa saga de los Buendía en la que tiende a reconocerse un trasunto mítico de la peripecia histórica de todo el continente, se limita en definitiva a ilustrar los dramáticos derroteros de las elites que constituyen las castas terratenientes y militares. Macondo es la cifra legendaria de una América criolla, en la que ni la herencia del esclavismo ni las amplias capas indígenas reciben apenas atención, como tampoco la realidad convulsa de las grandes urbes. La “síntesis” histórica que postula no resiste el contraste de la compleja y fragmentada realidad de amplias zonas del continente, y aparece impregnada de la melancolía y del fatalismo que espontáneamente segrega la visión cíclica que de la Historia tiene el propio García Márquez.
En su discurso del Nobel, éste interpelaba a “los europeos” diciéndoles que podrían ayudar “mejor” a quienes en Latinoamérica luchan “por una patria grande más humana y más justa [.] si revisaran a fondo su manera de vernos”. Pero esa “manera de vernos” permanece aún hoy codificada en amplia medida por la idea de Latinoamérica que han transmitido relatos como los del propio García Márquez, a quien nadie regatea sus convicciones progresistas, pero cuya fascinación por las personalidades singulares y por los poderosos de la Tierra ha quedado ampliamente reflejada en los testimonios de todo tipo que han llovido durante las últimas semanas.
No deja de ser elocuente, en la línea de lo que se viene diciendo, que en un ya viejo Panorama de la actual latinoamericana, publicado en 1972, Josep Maria Castellet señalara como una de sus características “la fantasía como embellecedora de la realidad”. La observación transmite la severa suspicacia con que, por aquellos años de efervescencia revolucionaria, determinados sectores de la izquierda europea recibieron la oleada de “realismo mágico” proveniente de Latinoamérica, precedida de lo que un intelectual comprometido como Elio Vittorini tachaba desdeñosamente de “basura telúrica”.
Pero Elio Vittorini falleció en 1966, y Cien años de soledad se publicó, como ya va dicho, en 1967. Hacia ese año se registró, en el desarrollo del boom, lo que Ángel Rama describe como “un aparte de aguas rotundo”. Mientras algunos narradores ya conocidos (Carlos Fuentes, Julio Cortázar), secundados por otros aún emergentes (Guillermo Cabrera Infante, Salvador Elizondo, Héctor Libertella), extremaban sus apuestas experimentadoras, el éxito protagonizado por García Márquez daba un decisivo espaldarazo a los escritores que trabajaban en una línea menos vanguardista, que enseguida derivó hacia una literatura cada vez más comercial, en la que las modernas técnicas narrativas se ponían al servicio de viejos planteamientos.Puede decirse que Cien años de soledad supuso un boom dentro del boom, un estallido interno que lo desorbitó todo.Puede decirse que Cien años de soledad supuso un boom dentro del boom, un estallido interno que, dada su potencia, lo desorbitó todo. Sus ventas arrasaron las marcas alcanzadas hasta la fecha por best-sellers como Pedro Páramo (1955) y Rayuela (1963). No cabe duda de que el boom fue propiciado por la aparición de un nuevo público con ambiciones culturales cuya avidez lectora se orientaba espontáneamente al consumo de literatura de calidad. Pero la enorme ampliación del mercado editorial a que dio lugar este nuevo público terminó por subvertir la tendencia inicial: fueron las nuevas estructuras de ese mercado las que, para optimizar sus beneficios, interpelaron a una capa cada vez más extensa de lectores, con la consiguiente rebaja del nivel de exigencia. A un primer momento de floración múltiple y masiva de la oferta literaria, siguió la paulatina concentración de esa oferta en los productos que aseguraban mayor rentabilidad, quedando desplazados a las orillas del mercado los que se dirigían a las élites cultas. Se produjo de este modo una polarización, cuya dinámica repercutió en los propios escritores, cada vez más profesionalizados, y atentos, en consecuencia, a las demandas de un público crecientemente masificado.
La obra de García Márquez sirvió de catalizadora de estas dinámicas. Su triunfo se debió en buena medida a la oportuna y sabia combinación de técnicas modernas y procedimientos de la cultura popular, con el consiguiente obviamiento de las desmesuras vanguardistas. Sin perjuicio de su ambición y de sus logros, la narrativa de García Márquez ofrecía un alivio y una felicidad recobrada a una gran masa de lectores cada vez menos aptos para secundar según qué exploraciones. El modo que tenía de nutrirse de la narrativa oral, de los cuentos tradicionales, del folletín decimonónico, se traducía en una recuperación de la peripecia incesante, de la ligereza, de la ingenuidad, de la “novelería”, que actuaba a contrapelo de las tendencias que venía apuntando la novela moderna.
Muy tempranamente, en 1968, Emir Rodríguez Monegal se refirió a la “Novedad y anacronismo de Cien años de soledad”, admirándose de la “olímpica indiferencia” con que, “en momentos que hasta el menor plumífero se siente autorizado a componer complejas y/o precarias estructuras temporales”, García Márquez “se larga a narrar, con increíble velocidad y aparente inocencia, una historia absolutamente lineal y cronológica, con su principio, su medio y su fin”. Pese a lo cual, al decir de este crítico, el libro contenía “algunas de las novedades más audaces que se hayan ensayado en las letras de este siglo”.La fórmula del “realismo mágico” represtigiaba la categoría de “maravilloso”, avalando una concepción inestructurada del mundoLa principal de estas novedades habría sido la fórmula con que García Márquez supo dar carta literaria a eso que en 1949 Alejo Carpentier había bautizado como “lo real maravilloso”, en referencia a la especificidad del mundo americano. Esa fórmula, trivializada bajo la etiqueta de “realismo mágico”, venía a represtigiar aquella categoría, la de “maravilloso”, y venía a hacerlo avalando una concepción inestructurada del mundo que, propia de las sociedades arcaicas, empezaba a serlo también de una sociedad cada vez más tecnificada, enajenada por el sensacionalismo y el constante recurso a los “efectos especiales” de la cultura de masas. Así supo verlo con su característica lucidez el ya mencionado Ángel Rama, quien observó en su momento cómo los modos de percepción que atestiguaba la narrativa de García Márquez “son previos e históricamente anteriores a la visión que aportó la burguesía y que nos proveyó del florecimiento de la novela decimonónica” y sus desarrollos ulteriores. De lo que concluía Rama que “García Márquez volvió atrás y se situó adelante: esa fue su revolución, que, como la de los astros, implica un retroceso y un avance”.
Transcurrido cerca de medio siglo desde la publicación de la obra maestra de García Márquez, se dan las condiciones para evaluar tanto el avance como el retroceso. Y por muchos que sean los escrúpulos que suscite un planteamiento de este tipo, lo cierto es que el balance queda lejos de estar claro.
En uno de los escasos artículos disonantes en el coro de plantos y ditirambos a que ha dado lugar la muerte de García Márquez, Alan Pauls recordaba su paso en 1987 por la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, en Cuba, donde participó en un taller que impartía García Márquez. El taller, según Pauls (“Un fantasma latinoamericano”, en Página 12), carecía de programa alguno, pero se atenía a la siguiente consigna: “Temas latinoamericanos + relato hollywoodiense”. En las sesiones del taller, García Márquez “daba por sentado que las formas que había que elegir eran las formas del éxito, y en materia de cine las formas del éxito eran las formas narrativas de Hollywood”.
Esta decantación hacia “las formas del éxito” -que no hay por qué identificar mecánicamente con lo que se entiende por cultura de masas-, se cuenta entre las consecuencias más directas y perdurables que tuvo el éxito del propio García Márquez. Él mismo, con su renuencia a investirse como intelectual, se convirtió en icono y aval del decisivo cambio de rumbo que por los años setenta, y en virtud de sus méritos, redefinió la industria editorial y el sistema entero de la literatura contemporánea, que estos días ha llorado con buenos motivos a uno de sus santos patrones.
miércoles, 18 de febrero de 2015
Gabriel García Márquez, in memoriam
Me he pasado este jueves y este viernes, después de la noticia de la muerte del más grande escritor de nuestra historia, releyendo varios libros de García Márquez
Gabriel García Márquez produjo llantos y palpitaciones tristes en los corazones de sus millones de lectores en el mundo/elespectador.com Lo hice como quien lee los Evangelios: con devoción, con intensidad, emocionado. Y si en un primer momento recibí la noticia tranquilo y resignado (no hay muerte menos infeliz que la de morirse de viejo, rodeado de las personas queridas, según la receta de los versos de Jorge Manrique, que Gabo consideraba los mejores del castellano: “cercado de su mujer / y de sus hijos y hermanos”), a medida que iba releyendo pedazos de sus libros, y mientras me iba metiendo hora a hora en la fluidez hipnótica de su prosa, la tristeza iba creciendo en mí por oleadas, hasta llegar al llanto.Es triste que la mente de un genio semejante pueda apagarse para siempre; es triste que de su voz compasiva, de su humor leve y fresco como el aire, de sus profundos apuntes sobre la bondad y la maldad humana, ya no quede sino ese rastro de palabras. Y no porque sean poca cosa —son muchísimo, son lo único que siempre queda de un escritor— sino porque su genio prodigioso ya no podrá volver a regalarnos otras historias parecidas a esas con las que convirtió este territorio violento y desolado, en un país de ensueño, fabuloso, en el que los malos son malos a pesar de ellos y en el que la dignidad, la decencia y la poesía parecen siempre posibles.Del García Márquez que tuve la suerte de conocer quisiera recordar unos pocos episodios felices. La primera vez que lo vi en carne y hueso fue en Santiago de Cuba, a finales del siglo pasado. Yo acababa de hacer una reseña agria de Noticia de un secuestro, que había salido en El Espectador, y a él le habían enviado esa nota por fax. Yo quería esconderme de vergüenza porque en ese artículo (“La paja en el libro ajeno”) señalaba —con inútil pedantería— algunos errores de ortografía, como poner “haber”, en vez de “a ver”, al contestar el teléfono. Él me dijo: “tienes razón en eso, pero no comprendo por qué se dice “a ver” si por teléfono no se ve nada”. Un día más tarde, durante una comida, puso su mano en mi rodilla y dijo: “Esto no lo oigas tú: lo malo es que en Colombia no hay críticos, sino correctores de pruebas”. Una revancha dulce y acertada.Más tarde nos invitó a William Ospina y a mí a su casa, “para que conozcan al duro de Cuba”. Ese hombre duro nunca me ha gustado, y yo no quise ir, pero William me contó al día siguiente lo que Gabo mandó decir: “Hazle fieros a Héctor”. Nunca me arrepentí de no haber ido. García Márquez tuvo muchos amigos, algunos admirables, como Graham Greene; también se permitió uno impresentable, como Fidel Castro. Hay que perdonárselo, como se les perdona a otros escritores haber sido amigos de Bush o recibir condecoraciones de Pinochet. A veces el poder es irresistible y hay gente buena con malas compañías. Ser un escritor genial no incluye la obligación de ser un santo.Lo vi otras veces, en México y en Cartagena. Una vez, junto a Paco Porrúa y a Rubem Fonseca, recitamos poemas en Guadalajara, entre ellos las Coplas de don Jorge Manrique. Otra vez, sin chistar, me dedicó Historia de un deicidio, de Vargas Llosa, debajo de la misma dedicatoria del peruano. “Para Héctor, a pesar de todo”, puso con sorna. A una de mis esposas le dio los espaguetis con su propio tenedor, “porque estás muy flaquita”, y a otra le dedicó pacientemente todos los libros que quiso, para las niñas de la escuela donde es maestra. “Ahora voy a imitarte y en adelante seré monógamo, como tú con Mercedes”, le dije, y nos reímos.Como sé que a García Márquez le encantaban las hipérboles (exagerar es la mejor manera de que a uno le entiendan) quiero terminar con una exageración en la que creo: en estas repúblicas recientes, él fue nuestro Homero, el que escribió las sagas fundadoras de nuestra historia real e imaginaria. El corazón de Gabo ha dejado de latir, pero sus leyendas seguirán vivas en nosotros, mientras en el mundo palpiten corazones de lectores.
martes, 17 de febrero de 2015
De principio a fin
Lo mejor de los libros escritos en el español de América Latina eran sus comienzos asombrosos
Caja con las cenizas de Gabriel García Márquez, el pasado 21 de abril en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. / Rebecca Blackwell /elpais.com Casi lo mejor de aquellos libros escritos en el español de América eran sus comienzos asombrosos. Se leía la primera línea y ya se estaba en el interior de un mundo, en el desafío de un misterio, en la corriente de una historia. Eran principios que nos parecían tan poderosos como los de los grandes relatos originarios, el del Génesis o el del Quijote, el de En busca del tiempo perdido, la Ilíada. Delante del pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía se acuerda de la mañana remota en que su padre lo llevó a descubrir el hielo. Alguien vino a Comala porque le habían dicho que allí vivía su padre, Pedro Páramo. Durante tres días y tres noches del carnaval de 1927 la vida del Emilio Gauna de Bioy conoce su primera y misteriosa culminación. La candente mañana de febrero en la que Beatriz Viterbo murió un personaje que se llama Borges dice que notó que en los cartelones de la plaza Constitución habían cambiado un anuncio de cigarrillos. En una mañana gris de Lima un periodista joven encuentra por casualidad a un antiguo conocido y al mismo tiempo que se va desgranando el principio de una historia unas palabras actúan como un motivo musical: “Zavalita, ¿en qué momento se jodió el Perú?”. En un pueblo de una serranía punteada de sanatorios antituberculosos el dueño de un colmado ve llegar a un viajero y se fija en sus manos, y en esa figura alta y sombría de Los Adioses uno reconoce un autorretrato de Juan Carlos Onetti con la misma familiaridad con la que lee las primeras palabras definitivas de la historia: “Quisiera no haber visto del hombre nada más que las manos”…En cada arranque hay una interrogación y una búsqueda. Con mucha frecuencia también un viaje, una caminata. En el principio de la primera línea de Rayuela hay una pregunta que contiene cifrado en su brusca brevedad el hilo de la historia, del que habrá que ir tirando poco a poco hasta quedar envuelto en ella: “¿Encontraría a la Maga?”. No sabemos quién habla, si es hombre o mujer, ni sabemos si quiera si habla en primera o en tercera persona, y el nombre tan raro de la mujer que provoca esa búsqueda es un motivo nuevo de incertidumbre, porque además no es un nombre, sino un apodo, más alarmante visto ahora que cuando lo leíamos de muy jóvenes.Empieza la narración, pero ya está en marcha la novela: como si tropezáramos caemos en medio de ella, como quien entra a una sala oscura con la película empezada. De buenas a primeras nos encontramos, como los personajes, en el trance de un descubrimiento, y ya no podemos parar la lectura hasta que no lleguemos al fondo de todo. Cuál es la historia que trae consigo el enfermo alto de Onetti; cuál es la razón de esa atmósfera fantasma de Comala, con sus casas vacías y sus voces venidas de ninguna parte; qué estaba oculto en la vida de Beatriz Viterbo y en uno de los últimos escalones del sótano de su casa; adónde llevarán sus pasos a Horacio Oliveira, por París y por Buenos Aires; qué malla de corruptelas, crueldades y cobardías mantuvo sometido a Perú a una dictadura militar de ocho años; cuántas historias caben en la vida de un solo hombre, en el relámpago de despedida y rememoración antes de que los fusiles lo derriben, cuando le sobreviene ese recuerdo infantil que lo devuelve a la fundación del mundo.Mi amor por la literatura incluía un acopio de primeras frases. Y la emoción era mayor porque aquellos escritores estaban vivos y escribían en mi propio idioma, aunque en variantes que a mí me parecían más libres, dotadas de una flexibilidad y de un rumor de habla que no solía encontrar en la mayor parte de la literatura de mi propio país. Aquellas novelas, aquellos cuentos, no habrían sido tan buenos sin la contundencia irresistible de sus arranques. Era como leer el principio de ¡Absalom, Absalom! o el de Luz de agosto, con la muchacha negra sentada al costado del camino, embarazada, con los pies descalzos en el polvo, mirando venir una carreta lenta; o como empezar La metamorfosis o Por el camino de Swann. Había una exaltación física: las dos manos apretando el libro abierto y combando las hojas, la cabeza inclinada, el mundo exterior dejado en suspenso, aunque uno anduviera por la calle o en un autobús. Raymond Chandler también tenía el don de los comienzos suntuosos: en el de El largo adiós Philip Marlowe recuerda la primera vez que sus ojos vieron a Terry Lennox, desmoronándose borracho en un coche recién abierto, cayendo al suelo de un aparcamiento.De joven yo leía a García Márquez para aprender a hacerme escritor. Luego lo seguía admirando, pero ya había dejado de leerloLa muerte de Gabriel García Márquez es uno de los finales tristes de aquellos principios, y la tristeza no es solo la del apagarse de una vida y el paso del tiempo. De muy joven uno no sabe que hay arranques de historias tan demasiado brillantes que han de acabar forzosamente en finales sin lustre, en la decepción de las promesas que no podían cumplirse. La apoteosis póstuma del escritor elevado a monumento ahoga el rumor siempre en voz baja de la literatura. Guardias presidenciales, banderas, disputas sobre el destino de las cenizas, como sobre las reliquias milagrosas de un santo. Que se quiera exhibir una parte de las cenizas del escritor en una urna de vidrio, en el museo de su ciudad natal, quizás es una prueba de que las desmesuras del realismo mágico pueden ser tan perjudiciales en la vida cívica como en la novela. Gobiernos oligárquicos que niegan a la inmensa mayoría de sus ciudadanos el derecho a la educación y por lo tanto al disfrute de la literatura se condecoran a sí mismos con la pompa vacía de la glorificación del escritor y gastan en ella lo que no gastarán nunca en bibliotecas ni escuelas públicas ni becas de estudio. Personajes de rango económico y político nos informan en sus necrológicas de la amistad —entrañable— que los unía al difunto y hasta de la alta opinión que este tenía de ellos.De muy joven yo leía a Gabriel García Márquez para aprender a hacerme escritor. Luego, en algún momento, lo seguía admirando, pero ya había dejado de leerlo. Mi idea de la escritura se fue volviendo más austera, y la sobreabundancia verbal que antes me había, literalmente, encantado, ahora me fatigaba, con su monotonía de desmesuras y prodigios. García Márquez empezó a representar para mí una clase de escritor a la que me siento muy ajeno: el escritor Victor Hugo, que actúa ya en vida como un monumento de sí mismo, que proyecta sobre un país entero su sombra excesiva de caudillo. Me gusta más el escritor reservado, el escritor Onetti o Flaubert. Lo que más me queda de la obra de García Márquez es el recuerdo de los artículos que publicaba en EL PAÍS en los años ochenta y esa primera frase que sigo sabiéndome de memoria, seguida ahora por un gran espacio en blanco. Por curiosidad literaria, por lealtad a lo que me importó tanto, me hago el propósito de abrir de nuevo la novela y leerla de principio a fin.www.antoniomuñozmolina.es
lunes, 16 de febrero de 2015
La Feria del Libro dominicana rinde homenaje a Gabriel García Márquez
La XVII Feria Internacional del Libro Santo Domingo rinde homenaje al recién fallecido premio Nobel de Literatura, el colombiano Gabriel García Márquez, con lectura de sus obras y un concierto artístico
Gabriel García Márquez continúa en sus hoemanjes póstumos./lainformacion.com Los actos arrancaron al mediodía en el Café Bohemio, en la Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte, sede de la Feria del Libro, con un maratón de lectura de Cien años de soledad, obra cumbre de García Márquez y uno de los más vendidos en la FILRD2014.El homenaje continuará a las 18.00 hora local (22.00 GMT) el Bar del Teatro Nacional Eduardo Brito, ubicado en la Plaza de la Cultura, con el concierto "Deja que la feria te Márquez".También está programada una charla con la cubana Anna Lidia Vega Serova, quien hablará sobre la influencia del fallecido escritor colombiano en las letras cubanas.En los talleres literarios, recitales, coloquios y conferencias programados para hoy se leen fragmentos de las obras de Gabriel García Márquez, cuyos libros están entre los más buscados y vendidos de la Feria Internacional del Libro dominicana, según el Ministerio de Cultura local.Su reciente fallecimiento, sumado a la calidad de su producción bibliográfica, han disparado las ventas de sus obras, entre ellas, Cien años de soledad, según dicha cartera.García Márquez, quien nació en Aracataca, el 6 de marzo, Colombia en 1927, murió el pasado 17 de abril en su casa del sur de Ciudad de México.
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