miércoles, 18 de febrero de 2015

Gabriel García Márquez, in memoriam

Me he pasado este jueves y este viernes, después de la noticia de la muerte del más grande escritor de nuestra historia, releyendo varios libros de García Márquez

Gabriel García Márquez produjo llantos y  palpitaciones tristes en los corazones de  sus millones de lectores en el mundo/elespectador.com
Lo hice como quien lee los Evangelios: con devoción, con intensidad, emocionado. Y si en un primer momento recibí la noticia tranquilo y resignado (no hay muerte menos infeliz que la de morirse de viejo, rodeado de las personas queridas, según la receta de los versos de Jorge Manrique, que Gabo consideraba los mejores del castellano: “cercado de su mujer / y de sus hijos y hermanos”), a medida que iba releyendo pedazos de sus libros, y mientras me iba metiendo hora a hora en la fluidez hipnótica de su prosa, la tristeza iba creciendo en mí por oleadas, hasta llegar al llanto.
Es triste que la mente de un genio semejante pueda apagarse para siempre; es triste que de su voz compasiva, de su humor leve y fresco como el aire, de sus profundos apuntes sobre la bondad y la maldad humana, ya no quede sino ese rastro de palabras. Y no porque sean poca cosa —son muchísimo, son lo único que siempre queda de un escritor— sino porque su genio prodigioso ya no podrá volver a regalarnos otras historias parecidas a esas con las que convirtió este territorio violento y desolado, en un país de ensueño, fabuloso, en el que los malos son malos a pesar de ellos y en el que la dignidad, la decencia y la poesía parecen siempre posibles.
Del García Márquez que tuve la suerte de conocer quisiera recordar unos pocos episodios felices. La primera vez que lo vi en carne y hueso fue en Santiago de Cuba, a finales del siglo pasado. Yo acababa de hacer una reseña agria de Noticia de un secuestro, que había salido en El Espectador, y a él le habían enviado esa nota por fax. Yo quería esconderme de vergüenza porque en ese artículo (“La paja en el libro ajeno”) señalaba —con inútil pedantería— algunos errores de ortografía, como poner “haber”, en vez de “a ver”, al contestar el teléfono. Él me dijo: “tienes razón en eso, pero no comprendo por qué se dice “a ver” si por teléfono no se ve nada”. Un día más tarde, durante una comida, puso su mano en mi rodilla y dijo: “Esto no lo oigas tú: lo malo es que en Colombia no hay críticos, sino correctores de pruebas”. Una revancha dulce y acertada.
Más tarde nos invitó a William Ospina y a mí a su casa, “para que conozcan al duro de Cuba”. Ese hombre duro nunca me ha gustado, y yo no quise ir, pero William me contó al día siguiente lo que Gabo mandó decir: “Hazle fieros a Héctor”. Nunca me arrepentí de no haber ido. García Márquez tuvo muchos amigos, algunos admirables, como Graham Greene; también se permitió uno impresentable, como Fidel Castro. Hay que perdonárselo, como se les perdona a otros escritores haber sido amigos de Bush o recibir condecoraciones de Pinochet. A veces el poder es irresistible y hay gente buena con malas compañías. Ser un escritor genial no incluye la obligación de ser un santo.
Lo vi otras veces, en México y en Cartagena. Una vez, junto a Paco Porrúa y a Rubem Fonseca, recitamos poemas en Guadalajara, entre ellos las Coplas de don Jorge Manrique. Otra vez, sin chistar, me dedicó Historia de un deicidio, de Vargas Llosa, debajo de la misma dedicatoria del peruano. “Para Héctor, a pesar de todo”, puso con sorna. A una de mis esposas le dio los espaguetis con su propio tenedor, “porque estás muy flaquita”, y a otra le dedicó pacientemente todos los libros que quiso, para las niñas de la escuela donde es maestra. “Ahora voy a imitarte y en adelante seré monógamo, como tú con Mercedes”, le dije, y nos reímos.
Como sé que a García Márquez le encantaban las hipérboles (exagerar es la mejor manera de que a uno le entiendan) quiero terminar con una exageración en la que creo: en estas repúblicas recientes, él fue nuestro Homero, el que escribió las sagas fundadoras de nuestra historia real e imaginaria. El corazón de Gabo ha dejado de latir, pero sus leyendas seguirán vivas en nosotros, mientras en el mundo palpiten corazones de lectores.

martes, 17 de febrero de 2015

De principio a fin

Lo mejor de los libros escritos en el español de América Latina eran sus comienzos asombrosos

Caja con las cenizas de Gabriel García Márquez, el pasado 21 de abril en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. / Rebecca Blackwell /elpais.com
Casi lo mejor de aquellos libros escritos en el español de América eran sus comienzos asombrosos. Se leía la primera línea y ya se estaba en el interior de un mundo, en el desafío de un misterio, en la corriente de una historia. Eran principios que nos parecían tan poderosos como los de los grandes relatos originarios, el del Génesis o el del Quijote, el de En busca del tiempo perdido, la Ilíada. Delante del pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía se acuerda de la mañana remota en que su padre lo llevó a descubrir el hielo. Alguien vino a Comala porque le habían dicho que allí vivía su padre, Pedro Páramo. Durante tres días y tres noches del carnaval de 1927 la vida del Emilio Gauna de Bioy conoce su primera y misteriosa culminación. La candente mañana de febrero en la que Beatriz Viterbo murió un personaje que se llama Borges dice que notó que en los cartelones de la plaza Constitución habían cambiado un anuncio de cigarrillos. En una mañana gris de Lima un periodista joven encuentra por casualidad a un antiguo conocido y al mismo tiempo que se va desgranando el principio de una historia unas palabras actúan como un motivo musical: “Zavalita, ¿en qué momento se jodió el Perú?”. En un pueblo de una serranía punteada de sanatorios antituberculosos el dueño de un colmado ve llegar a un viajero y se fija en sus manos, y en esa figura alta y sombría de Los Adioses uno reconoce un autorretrato de Juan Carlos Onetti con la misma familiaridad con la que lee las primeras palabras definitivas de la historia: “Quisiera no haber visto del hombre nada más que las manos”…En cada arranque hay una interrogación y una búsqueda. Con mucha frecuencia también un viaje, una caminata. En el principio de la primera línea de Rayuela hay una pregunta que contiene cifrado en su brusca brevedad el hilo de la historia, del que habrá que ir tirando poco a poco hasta quedar envuelto en ella: “¿Encontraría a la Maga?”. No sabemos quién habla, si es hombre o mujer, ni sabemos si quiera si habla en primera o en tercera persona, y el nombre tan raro de la mujer que provoca esa búsqueda es un motivo nuevo de incertidumbre, porque además no es un nombre, sino un apodo, más alarmante visto ahora que cuando lo leíamos de muy jóvenes.
Empieza la narración, pero ya está en marcha la novela: como si tropezáramos caemos en medio de ella, como quien entra a una sala oscura con la película empezada. De buenas a primeras nos encontramos, como los personajes, en el trance de un descubrimiento, y ya no podemos parar la lectura hasta que no lleguemos al fondo de todo. Cuál es la historia que trae consigo el enfermo alto de Onetti; cuál es la razón de esa atmósfera fantasma de Comala, con sus casas vacías y sus voces venidas de ninguna parte; qué estaba oculto en la vida de Beatriz Viterbo y en uno de los últimos escalones del sótano de su casa; adónde llevarán sus pasos a Horacio Oliveira, por París y por Buenos Aires; qué malla de corruptelas, crueldades y cobardías mantuvo sometido a Perú a una dictadura militar de ocho años; cuántas historias caben en la vida de un solo hombre, en el relámpago de despedida y rememoración antes de que los fusiles lo derriben, cuando le sobreviene ese recuerdo infantil que lo devuelve a la fundación del mundo.
Mi amor por la literatura incluía un acopio de primeras frases. Y la emoción era mayor porque aquellos escritores estaban vivos y escribían en mi propio idioma, aunque en variantes que a mí me parecían más libres, dotadas de una flexibilidad y de un rumor de habla que no solía encontrar en la mayor parte de la literatura de mi propio país. Aquellas novelas, aquellos cuentos, no habrían sido tan buenos sin la contundencia irresistible de sus arranques. Era como leer el principio de ¡Absalom, Absalom! o el de Luz de agosto, con la muchacha negra sentada al costado del camino, embarazada, con los pies descalzos en el polvo, mirando venir una carreta lenta; o como empezar La metamorfosis o Por el camino de Swann. Había una exaltación física: las dos manos apretando el libro abierto y combando las hojas, la cabeza inclinada, el mundo exterior dejado en suspenso, aunque uno anduviera por la calle o en un autobús. Raymond Chandler también tenía el don de los comienzos suntuosos: en el de El largo adiós Philip Marlowe recuerda la primera vez que sus ojos vieron a Terry Lennox, desmoronándose borracho en un coche recién abierto, cayendo al suelo de un aparcamiento.
De joven yo leía a García Márquez para aprender a hacerme escritor. Luego lo seguía admirando, pero ya había dejado de leerlo
La muerte de Gabriel García Márquez es uno de los finales tristes de aquellos principios, y la tristeza no es solo la del apagarse de una vida y el paso del tiempo. De muy joven uno no sabe que hay arranques de historias tan demasiado brillantes que han de acabar forzosamente en finales sin lustre, en la decepción de las promesas que no podían cumplirse. La apoteosis póstuma del escritor elevado a monumento ahoga el rumor siempre en voz baja de la literatura. Guardias presidenciales, banderas, disputas sobre el destino de las cenizas, como sobre las reliquias milagrosas de un santo. Que se quiera exhibir una parte de las cenizas del escritor en una urna de vidrio, en el museo de su ciudad natal, quizás es una prueba de que las desmesuras del realismo mágico pueden ser tan perjudiciales en la vida cívica como en la novela. Gobiernos oligárquicos que niegan a la inmensa mayoría de sus ciudadanos el derecho a la educación y por lo tanto al disfrute de la literatura se condecoran a sí mismos con la pompa vacía de la glorificación del escritor y gastan en ella lo que no gastarán nunca en bibliotecas ni escuelas públicas ni becas de estudio. Personajes de rango económico y político nos informan en sus necrológicas de la amistad —entrañable— que los unía al difunto y hasta de la alta opinión que este tenía de ellos.
De muy joven yo leía a Gabriel García Márquez para aprender a hacerme escritor. Luego, en algún momento, lo seguía admirando, pero ya había dejado de leerlo. Mi idea de la escritura se fue volviendo más austera, y la sobreabundancia verbal que antes me había, literalmente, encantado, ahora me fatigaba, con su monotonía de desmesuras y prodigios. García Márquez empezó a representar para mí una clase de escritor a la que me siento muy ajeno: el escritor Victor Hugo, que actúa ya en vida como un monumento de sí mismo, que proyecta sobre un país entero su sombra excesiva de caudillo. Me gusta más el escritor reservado, el escritor Onetti o Flaubert. Lo que más me queda de la obra de García Márquez es el recuerdo de los artículos que publicaba en EL PAÍS en los años ochenta y esa primera frase que sigo sabiéndome de memoria, seguida ahora por un gran espacio en blanco. Por curiosidad literaria, por lealtad a lo que me importó tanto, me hago el propósito de abrir de nuevo la novela y leerla de principio a fin.
www.antoniomuñozmolina.es

lunes, 16 de febrero de 2015

La Feria del Libro dominicana rinde homenaje a Gabriel García Márquez

La XVII Feria Internacional del Libro Santo Domingo rinde  homenaje al recién fallecido premio Nobel de Literatura, el colombiano Gabriel García Márquez, con lectura de sus obras y un concierto artístico

Gabriel García Márquez continúa en sus hoemanjes póstumos./lainformacion.com
Los actos arrancaron al mediodía en el Café Bohemio, en la Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte, sede de la Feria del Libro, con un maratón de lectura de Cien años de soledad, obra cumbre de García Márquez y uno de los más vendidos en la FILRD2014.
El homenaje continuará a las 18.00 hora local (22.00 GMT) el Bar del Teatro Nacional Eduardo Brito, ubicado en la Plaza de la Cultura, con el concierto "Deja que la feria te Márquez".
También está programada una charla con la cubana Anna Lidia Vega Serova, quien hablará sobre la influencia del fallecido escritor colombiano en las letras cubanas.
En los talleres literarios, recitales, coloquios y conferencias programados para hoy se leen fragmentos de las obras de Gabriel García Márquez, cuyos libros están entre los más buscados y vendidos de la Feria Internacional del Libro dominicana, según el Ministerio de Cultura local.
Su reciente fallecimiento, sumado a la calidad de su producción bibliográfica, han disparado las ventas de sus obras, entre ellas, Cien años de soledad, según dicha cartera.
García Márquez, quien nació en Aracataca, el 6 de marzo, Colombia en 1927, murió el pasado 17 de abril en su casa del sur de Ciudad de México.

domingo, 15 de febrero de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez  
La tercera resignación
          Allí estaba otra vez, ese ruido. Aquel ruido frío, cortante, vertical, que ya tanto conocía pero que ahora se le presentaba agudo y doloroso, como si de un día a otro se hubiera desacostumbrado a él.
         Le giraba dentro del cráneo vacío, sordo y punzante. Un panal se había levantado en las cuatro paredes de su calavera. Se agrandaba cada vez más en espirales sucesivos, y le golpeaba por dentro haciendo vibrar su tallo de vértebras con una vibración destemplada, desentonada, con el ritmo seguro de su cuerpo. Algo se había desadaptado en su estructura material de hombre firme; algo que “las otras veces” había funcionado normalmente y que ahora le estaba martillando de cabeza por dentro con un golpe seco y duro dado por unos huesos de mano descarnada, esquelética, y le hacía recordar todas las sensaciones amargas de la vida. Tuvo el impulso animal de cerrar los puños y apretarse la sien brotada de arterias azules, moradas, con la firme presión de su dolor desesperado. Hubiera querido localizar entre las palmas de sus dos manos sensitivas el ruido que le estaba a punta de diamante. Un gesto de gato doméstico contrajo sus músculos cuando lo imaginó perseguido por los rincones atormentados de su cabeza caliente, desgarrada por la fiebre. Ya iba a alcanzarlo. No.
         El ruido tenía la piel resbaladiza, intangible casi. Pero él estaba dispuesto a alcanzarlo con su estrategia bien aprendida y apretarlo larga y definitivamente con toda la fuerza de su desesperación. No permitiría que penetrara otra vez por su oído: que saliera por su boca, por cada uno de sus poros o por sus ojos que se desorbitarían a su paso y se quedarían ciegos mirando la huída del ruido desde el fondo de su desgarrada oscuridad. No permitiría que le estrujara más sus cristales molidos, sus estrellas de hielo, contra las paredes interiores del cráneo. Así era el ruido aquel:
         Pero le era imposible apretarse las sienes. Sus brazos se habían reducido y eran ahora los brazos de un enano; unos brazos pequeños, regordetes, adiposos. Trató de sacudir la cabeza. La sacudió. El ruido apareció entonces con mayor fuerza dentro del cráneo que se había endurecido, agrandado y que se sentía atraído con mayor fuerza por la gravedad. Estaba pesado y duro aquel ruido. Tan pesado y duro que de haberlo alcanzado y destruido había tenido habría tenido la impresión de estar deshojando una flor de plomo.
         Había sentido ese ruido “las otras veces”, con la misma insistencia. Lo había sentido, por ejemplo, el día en que murió por primera vez. Cuando –ante la vista de un cadáver– se dio cuenta de que era su propio cadáver. Lo miró y se palpó. Se sintió intangible, inespacial, inexistente. El era verdaderamente un cadáver y estaba sintiendo ya, sobre su cuerpo joven y enfermizo, el tránsito de la muerte. La atmósfera se había endurecido en toda la casa como si hubiera sido rellena de cemento, y en medio de aquel bosque –en el que había dejado los objetos como cuando era una atmósfera de aire– estaba él, cuidadosamente colocado dentro del ataúd de un cemento duro pero transparente. Aquella vez, en su cabeza estaba también “ese ruido”. Qué lejanas y qué frías sentía las plantas de sus pies; allá en el otro extremo del ataúd, donde habían puesto una almohada, porque la caja le quedaba aún demasiado grande y hubo que ajustarlo, adaptar el cuerpo muerto a su nuevo y último vestido. Lo cubrieron de blanco y alrededor de su mandíbula apretaron un pañuelo. Se sintió bello envuelto en su mortaja; mortalmente bello.
         Estaba en su ataúd, listo a ser enterrado, y sin embargo, él sabía que no estaba muerto. Que si hubiera tratado de levantarse lo hubiera hecho con toda facilidad. Al menos “espiritualmente”. Pero no valía la pena. Era mejor dejarse morir allí; morirse de “muerte”, que era su enfermedad. Hacía tiempo que el médico había dicho a su madre, secamente:
         –Señora, su niño tiene una enfermedad grave: está muerto. Sin embargo –prosiguió–, haremos todo lo posible por conservarle la vida más allá de su muerte. Lograremos que continúen sus funciones orgánicas por un complejo sistema de autonutrición. Sólo variarán las funciones motrices, los movimientos espontáneos. Sabremos de su vida por el crecimiento que continuará también normalmente. Es simplemente “una muerte viva”. Una real y verdadera muerte...
         Recordaba las palabras, pero confundidas. Tal vez no las oyó nunca y fue creación de su cerebro cuando subía la temperatura en las crisis de la fiebre tifoidea.
         Cuando se sumergía en el delirio. Cuando leía la historia de los faraones embalsamados. Al subir la fiebre, él mismo se sentía protagonista de ella. Allí había empezado una especie de vacío en su vida. Desde entonces no podía distinguir, recordar cuáles acontecimientos eran parte de su delirio y cuáles de su vida real. Por tanto, ahora dudaba. Tal vez el médico nunca habló de esa extraña “muerte viva”. Es ilógica, paradojal, sencillamente contradictoria. Y eso lo hacía sospechar ahora que, efectivamente, estaba muerto de verdad. Que hacía dieciocho años que lo estaba.
         Desde entonces –en el tiempo de su muerte tenía siete años– su madre le mandó hacer un ataúd pequeño, de madera verde; un ataúd para un niño. Pero el médico ordenó que le hicieran una caja más grande, una caja para un adulto normal, pues aquella, podría atrofiar el crecimiento y llegaría a ser un muerto deforme o un vivo anormal. O la detención del crecimiento impediría darse cuenta de la mejoría. En vista de aquella advertencia, su madre le hizo construir un ataúd grande, para un cadáver adulto, y le colocó tres almohadas a los pies, con el fin de ajustarlo.
         Pronto empezó a crecer dentro de la caja, de tal manera que cada año podían sacarle un poco de lana a la almohada extrema para darle margen al crecimiento. Había pasado así media vida. Dieciocho años (ahora tenía veinticinco). Y había llegado a su estatura definitiva, normal. El carpintero y el médico se equivocaron en el cálculo e hicieron el ataúd medio metro más grande. Supusieron que él tendría la estatura de su padre, que era un gigante semibárbaro. Pero no fue así. Lo único que de él heredó fue la barba poblada. Una barba azul, espesa, que su madre acostumbraba arreglar para verlo decentemente dentro de su ataúd. Esa barba le molestaba terriblemente en los días de calor.
         Pero había algo que le preocupaba más que “¡ese ruido!”. Eran los ratones. Precisamente, cuando niño, nada había en el mundo que le preocupara más, que le produjera más terror, que los ratones. Y eran precisamente esos animales asquerosos los que habían acudido al olor de las bujías que ardían a sus pies. Ya habían roído sus ropas y sabía que muy pronto empezarían a roerlo a él, a comerse su cuerpo. Un día pudo verlos: eran cinco ratones lucios, resbaladizos, que subían a la caja por la pata de la mesa y lo estaban devorando. Cuando su madre lo advirtiera, no quedaría ya de él sino los escombros, los huesos duros y fríos. Lo que más horror le producía no era exactamente que se lo comieran los ratones. Al fin y al cabo podría seguir viviendo con su esqueleto. Lo que lo atormentaba era el terror innato que sentía hacia esos animalitos. Se le erizaba la piel con sólo pensar en esos seres velludos que recorrían todo su cuerpo, que penetraban por los pliegues de su piel y le rozaban los labios con sus patas heladas. Uno de ellos subió hasta sus párpados y trató de roer su córnea. Le vio grande, monstruoso, en su lucha desesperada por taladrarle la retina. Creyó entonces una nueva muerte y se entregó, todo entero, a la inminencia del vértigo.
         Recordó que había llegado a mayor de edad. Tenía veinticinco años y eso significaba que no crecería ya más. Sus facciones se volverían firmes, serias. Pero cuando estuviera sano no podría hablar de su infancia. No la había tenido. La pasó muerto.
         Su madre había tenido rigurosos cuidados durante el tiempo que duró la transición de la infancia a la pubertad. Se preocupó pora higiene perfecta del ataúd y de la habitación en general. Cambiaba frecuentemente las flores de los jarrones y abría las ventanas todos los días para que penetrara el aire fresco. Con qué satisfacción miró la cinta métrica en aquel tiempo, cuando, después de medirlo, ¡comprobaba que había crecido varios centímetros!. Tenía la maternal satisfacción de verlo vivo. Cuidó, así mismo, de evitar la presencia de extraños en la casa. Al fin y al cabo era desagradable y misteriosa la existencia de un muerto por largos años en una habitación familiar. Fue una mujer abnegada. Pero muy pronto empezó a decaer su optimismo. En los últimos años, la vio mirar con tristeza la cinta métrica. Su niño no crecía ya más. En los meses pasados no progresó el crecimiento un milímetro siquiera. Su madre sabía que iba a ser difícil ahora encontrar la manera de advertir la presencia de la vida en su muerto querido. Tenía el temor de que una mañana amaneciera “realmente” muerto y tal vez por eso aquel día él pudo observar que se acercaba a su caja, discretamente, y olfateaba su cuerpo. Había caído en una crisis de pesimismo. Ultimamente descuidó las atenciones y ya ni siquiera tenía la precaución de llevar la cinta métrica. Sabía que ya no crecería más.
         Y él sabía que ahora estaba “realmente” muerto, Lo sabía por aquella apacible tranquilidad con que su organismo se dejaba llevar. Todo había cambiado intempestivamente. Los latidos imperceptibles que sólo él podía percibir se habían desvanecido ahora de su pulso. Se sentía pesado, atraído por una fuerza reclamadora y potente hacia la primitiva substancia de la tierra. La fuerza de gravedad parecía atraerlo ahora con un poder irrevocable. Estaba innegable. Pero estaba más descansado así. Ni siquiera tenía que respirar para vivir su muerte.
         Imaginariamente, sin tocarse, recorrió uno a uno cada uno de sus miembros. Allí, sobre una almohada dura, estaba su cabeza levemente v uelta hacia la izquierda. Imaginó su boca entreabierta por la delgada orilla de frío que le llenaba la garganta de granizo. Estaba tronchado como un árbol de veinticinco años. Quizá trató de cerrar la boca. El pañuelo que había apretado a su quijada estaba flojo. No pudo colocarse, componerse, tomar una “pose” siquiera para parecer un muerto decente. Ya los músculos, los miembros, no acudían como antes, puntuales al llamado de su sistema nervioso. Ya no era el de dieciocho años atrás, un niño normal que podía moverse a gusto. Sintió sus brazos caídos, tumbados para siempre, apretados contra las paredes acojinadas del ataúd. Su vientre duro, como una corteza de nogal. Y más allá las piernas íntegras, exactas, complementando su perfecta anatomía de adulto. Su cuerpo reposaba con pesadez, pero apaciblemente, sin malestar alguno, como si el mundo se hubiera detenido de repente, y nadie interrumpiera el silencio; como si todos los pulmones de la tierra hubieran dejado de respirar para no interrumpir la liviana quietud del aire. Se sentía feliz como un niño bocarriba sobre la hierba fresca y apretada, contemplando una nube alta que se aleja por el cielo de la tarde. Era feliz, aunque sabía que estaba muerto, que reposaba para siempre en la caja recubierta de seda artificial. Tenía una gran lucidez. No era como antes, después de su primera muerte, en que se sintió embotado, bruto. Las cuatro bujías que habían puesto en derredor suyo, y que eran renovadas cada tres meses, empezaban a agotarse nuevamente: precisamente cuando iban a ser indispensables. Sintió la vecindad de la frescura en las violetas húmedas que su madre había llevado aquella terrible mañana. La sintió en las azucenas, en las rosas. Pero toda aquella terrible realidad no le causaba ninguna inquietud; al contrario, era feliz allí, sólo con su soledad. ¿Sentirse miedo después?
         Quien sabe. Era duro pensar en el momento en que el martillo golpeara los clavos sobre la madera verde y crujiera el ataúd bajo la esperanza segura de volver a ser árbol. Su cuerpo atraído ahora con mayor fuerza por el imperativo de la tierra, quedaría ladeado en un fondo húmedo, arcilloso y blanco, y allá arriba, sobre cuatro metros cúbicos, se irían apagando los últimos golpes de los sepultureros. No. Allí tampoco sentiría miedo. Eso sería la prolongación de su muerte, la prolongación más natural de su nuevo estado.
         No quedaría ya ni un grado de calor en su cuerpo, su médula se habría enfriado para siempre, y unas estrellitas de hielo penetrarían hasta el tuétano de sus huesos. ¡Qué bien se acostumbraría a su nueva vida de muerto! Un día –sin embargo– sentirá que se derrumba su armadura sólida; y cuando trate de citar, de repasar cada uno de sus miembros, no los encontrará. Sentirá que no tiene forma exacta definida, y sabrá resignadamente que ha perdido su perfecta anatomía de 25 años y que se ha convertido en un puñado de polvo sin forma, sin definición geométrica.
         En el polvillo bíblico de la muerte. Acaso sienta entonces una ligera nostalgia: nostalgia de no ser un cadáver formal, anatómico, sino un cadáver imaginario, abstracto, armado únicamente en el recuerdo gorroso de sus parientes. Sabrá entonces, que va a subir por los vasos capilares de un manzano y al despertarse medido por el hambre de un niño en una mañana otoñal. Sabrá entonces –y eso sí le entristecía– que ha perdido su unidad: que ya no es –siquiera– un muerto ordinario, un cadáver común.
         La última noche la había pasado feliz, en la solitaria compañía de su propio cadáver.
         Pero al nuevo día, al penetrar los primeros rayos del sol tibio por la ventana, abierta, sintió que su piel se había reblandecido. Observó un momento. Quieto, rígido. Dejó que el aire corriera sobre su cuerpo. No pudo dudarlo: allí estaba el “olor” . Durante la noche la cadaverina había empezado a hacer sus efectos. Su organismo había empezado a descomponerse, a pudrirse, como el cuerpo de todos los muertos. El ”olor” era, indudablmente, un olor inconfundible a carne manida, que desaparecía y reaparecía después más penetrante. Su cuerpo se había descompuesto con el calor de la noche anterior. Sí. Se estaba pudriendo. Dentro de p ocas horas vendría su madre a cambiar las floresy desde el umbral la azotaría el tufo de la carne descompuesta. Entonces sí lo llevarían a dormir su segunda muerte entre los otros muertos.
         Pero de pronto el miedo le dio una puñalada por la espalda. ¡El miedo! ¡Qué pa labra tan honda, tan significativa! Ahora tenía miedo, un miedo “físico”, verdadero. ¿A qué se debía? El lo comprendía perfectamente y se le estremecía la carne: probablemente no estaba muerto. Lo habían metido allí, en esa caja que ahora sentía perfectamente, blanda, acolchada, terriblemente cómoda; y el fantasma del miedo le abrió la ventana de la realidad: ¡Lo iban a enterrar vivo!
         No podía estar muerto, porque se daba cuenta exacta de todo; de la vida que giraba en torno suyo, murmurante. Del olor tibio de los heliotropos que penetraba por la ventana abierta y se confundía con el otro “olor”. Se daba perfecta cuenta del lento caer del agua en el estanque. Del grillo que se había quedado en el rincón y seguía cantando, creyendo que aún duraba la madrugada.
         Todo le negaba su muerte. Todo menos el “olor”. Pero, ¿cómo podía saber que ese olor era suyo? Tal vez su madre había olvidado el día anterior cambiar el agua de los jarrones, y los tallos estaban pudriéndose. O tal vez el ratón, que el gato había arrstrado hasta su pieza, se descompuso con el calor. No. El “olor” no podías ser de su cuerpo.
         Hacía unos momentos estaba feliz con su muerte, porque creía estar muerto. Porque un muerto puede ser feliz con su situación irremediable. Pero un vivo no puede resignarse a ser enterrado vivo. Sin embargo, sus miembros no respondían a su llamada. No podía expresarse, y era eso lo que le causaba terror; el mayor terror de su vida y de su muerte. Lo enterrarían vivo. Sentiría el vacío del cuerpo suspendido en hombros de los amigos, mientras su angustia y su desesperación se irían agrandando a cada paso de la procesión.
         Inútilmente trataría de levantarse, de llamar con todas sus fuerzas desfallecidas, de golpear por dentro del ataúd oscuro y estrecho para que supieran que aún vivía, que iban a enterrarlo vivo. Sería inútil; allí tampoco responderían sus miembros al urgente y último llamado de su sis tema nervioso.
         Oyó ruidos en la pieza contigua. ¿Estaría dormido? ¿Habría sido una pesadilla toda esa vida de muerto? Pero el ruido de la vajilla no continuó. Se puso triste y quizá tuvo disgusto por ello. Hubiera querido que todas las vajillas de la tierra se quebraran de un sólo golpe allí a su lado, para despertar por una causa ex terior, ya que su voluntad había fracasado.
         Pero, no. No era un sueño. Estaba seguro de que de haber sido un sueño no habría fallado el último intento de volver a la realidad. El no despertaría ya más. Sentía la blandura del ataúd y el “olor” había vuelto ahora con mayor fuerza, con tanta fuerza, que ya dudaba de que era su propio olor. Hubiera querido ver allí a sus parientes, antes que comenzara a deshacerse, y el espectáculo de la carne putrefacta les produjera asco. Los vecinos huirían espantados del féretro con un pañuelo en la boca. Escupirían. No. Eso no. Era mejor que lo enterraran. Era preferible salir de “eso” cuanto antes. El mismo quería ahora deshacerse de su propio cadáver. Ahora sabía que estaba verdaderamente muer to, o al menos inapreciablemente vivo. Daba lo mismo. De todos modos persistía el “olor”.
         Resignado oiría las últimas oraciones, los últimos latinajos mal respondidos por los acólitos. El frío lleno de polvo y de huesos del cementerio penetrará hasta sus huesos y tal vez disipe un poco ese “olor”. Tal vez –¡quién sabe!— la inminencia del momento le haga salir de ese letargo. Cuando se sienta nadando en su propio sudor, en una agua viscosa, espesa, como estuvo nadando antes de nacer en el útero de su madre. Talvez entonces esté vivo.
         Pero estará ya tan resignado a morir, que acaso muera de resignación.

viernes, 13 de febrero de 2015

Gabriel García Márquez une Colombia y España con sus palabras

Varios artistas materializarán vocablos en Matadero Madrid

El escritor colombiano Gabriel García Márquez./elpais.com
Madrid recibe este mes una invasión de arte colombiano. En la feria Arco, que empezará el próximo 25 de febrero, el país latinoamericano es el invitado y protagonista. Y, para acompañar la visita de sus artistas, la Embajada de Colombia y Telefónica rendirán un homenaje interactivo al escritor Gabriel García Márquez (1927-2014) en Matadero Madrid, a través de la exposición Travesía por los estados de la palabra.
La muestra simboliza, según sus organizadores, un recorrido por la obra del autor colombiano, con una selección de fragmentos literarios que hacen referencia a los mares que unen a ambos países y que está presente en casi todas sus obras.
El concepto creativo de la muestra nace del discurso Botella al mar para el dios de las palabras, que García Márquez pronunció en el primer Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Zacatecas (México) en 1997. En su intervención, el autor de Cien años de soledad reflexionaba sobre el poder de la palabra en la era de la imagen y la necesidad de liberarla de sus hierros normativos.
Por eso, quienes se acerquen al montaje, empezarán por ver un vídeo realizado en Cartagena de Indias, en el que distintos colectivos artísticos y personalidades del panorama cultural colombiano leen fragmentos seleccionadas de los textos de su compatriota.
Para ellos, esta lectura simboliza la libertad de las palabras, que al ser leídas comienzan su viaje por los aires. Pero esta vez será diferente: un grupo de artistas las van a capturar e intervenir para que finalmente sean materializadas en 3D y expuestas en Matadero Madrid. Tienen preparadas 50 impresoras tridimensionales que producirán más de 10.000 vocablos.
Esa será la muestra física, pero también habrá una digital. En una página web (losestadosdelapalabra.com) se ha creado un mar paralelo por el que se podrá navegar con la ayuda del ratón y del teclado.
Los internautas tendrán también la posibilidad de escuchar las grabaciones de los fragmentos escogidos. De esta manera, los textos y las creaciones artísticas llegarán a usuarios en cualquier parte del mundo, que también podrán compartir sus opiniones en las redes sociales con el hashtag #EstadosDeLaPalabra.
Tras la exposición, las piezas resultantes realizarán una gira que recorrerá colegios tanto de España como de Colombia para desarrollar talleres con las impresoras 3D y las esculturas finales.
Con esto, los organizadores esperan estimular la programación web creativa en los artistas del futuro, especialmente en Latinoamérica, que ha venido a demostrar que puede estar a la cabeza del arte contemporáneo.

Ventaja residual de los prejuicios estéticos

Saturado por la popularidad de Cien años de soledad, el autor de El frasquito se acercó al escritor colombiano a través de dos libros significativos: El coronel no tiene quien le escriba y Vivir para contarla

Gabriel García Márquez, el creador de Macondo./adncultura.com
 
Es posible que el prejuicio, incluido el estético, imposibilite cualquier lectura. Nunca fui ajeno a los que mi tiempo imponía. Anotando esta forma de leer como reactiva, por lo tanto como obstáculo, paso a encontrar en ella lo que podría considerar una ventaja residual: la lectura a destiempo.
En los años setenta, Cien años de soledad dominaba el campo literario. Que lo dominaba quiere decir que a los lectores ese libro les cambiaba la vida. En los tiempos de nuestros padres y aun todavía años más atrás, a las jóvenes se les ponía el nombre de las heroínas literarias. Con el libro de García Márquez, a algunas criaturas nacidas en esa época las bautizaron Amaranta o Aureliano. Esa impronta tenía Cien años de soledad cuando me iniciaba en la literatura. Con otros escritores de mi generación, los que hacíamos la revista Literal, le oponíamos al realismo mágico el barroco de Lezama Lima. Por supuesto, el faro, un poco descentralizado del sistema del boom latinoamericano por estar escrito en portugués y que brillaba como una estrella solitaria, era Gran sertón veredas de João Guimarães Rosa. Es posible que en su universo estuviesen lo mágico, el mito, el hombre de estos tristes trópicos pero contado en un estilo sólo comparable al de Joyce.
En ese estado de lengua, con los años fui leyendo a García Márquez. Fundamentalmente, El coronel no tiene quien le escriba. En su brevedad, cada palabra se vuelve necesaria. Como otros escritores (Juan Carlos Onetti con Santa María, Edgar Lee Masters con Spoon River), García Márquez fundó un territorio, aunque la comparación más utilizada ha sido la de Macondo con el universo de Yoknapatawpha de William Faulkner. Creo que el personaje de García Márquez no tiene nada de sureño sino que es latinoamericano.
Lector de autobiografías, leí entonces Vivir para contarla, que remite a un lugar común, "vivió para contarla" indica desde su título, desde la lengua misma, que alguien sobrevivió para poder contar o porque contó sobrevivió la vida. Gide decía en su Diario: "Escribir es poner algo a salvo de la muerte". En esta ocasión, el título de la autobiografía de García Márquez, Vivir para contarla, permite el quiasmo: contarla para vivir. Es un libro que, como muchas obras de ese género (cartas, diarios, memorias, autobiografías), para decirlo kafkianamente, dispara el mecanismo de lo íntimo. El relato comienza con la persona de la madre. Es posible que en esa infancia perdida en la memoria, la madre aparezca como esa primera figura, ya sea por su presencia o su ausencia, su recuerdo o su olvido.
La autobiografía empieza en el momento en que la madre busca a su hijo, en este caso, Gabriel García Márquez. ¿Dónde lo busca? En una librería llamada Mundo y en los cafés. Es cierto: un mundo. Entonces madre e hijo comienzan un viaje y una conversación parca, tan bella como Conversación en Sicilia de Elio Vittorini.
En ese viaje, está en juego no sólo la venta de la casa paterna sino también la vocación del hijo, Gabito; vocación que es la descripción de una lucha con el padre que soñaba para su hijo un destino universitario. Las primeras páginas son una especie de bildungsroman donde el escritor reafirma su vocación en una frase de Bernard Shaw: "Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela". Fue en las matinés en el teatro Colombia, donde el que un día sería escritor aprendió qué era inventar una historia de suspenso:
Otra conquista de aquella época fue el permiso de mi padre para ir solo a la matiné de los domingos en el teatro Colombia. Por primera vez se pasaban seriales con un episodio cada domingo, y se creaba una tensión que no permitía tener un instante de sosiego durante la semana. La invasión de Mongo fue la primera epopeya interplanetaria que sólo pude reemplazar en mi corazón muchos años después con La odisea del espacio de Stanley Kubrick. Sin embargo, el cine argentino, con las películas de Carlos Gardel y Libertad Lamarque, terminó por derrotar a todos.
El título atraviesa toda la autobiografía: Vivir para contarla ya implica esa tensión desasosegada. El viaje está atravesado por las lecturas de García Márquez, cuando por ejemplo se acerca al mar, cita una frase de Conrad ("En el mar somos todos iguales"), que se mezcla con una frase de su abuelo: "Del otro lado no hay orilla". Pero también una vida no sólo para contar, sino también para leer. Los libros llegaban desde Buenos Aires y nos cuenta su primera biblioteca: "Así descubrí para mi suerte los ya descubiertos: Jorge Luis Borges, D. H. Lawrence, Aldous Huxley, Graham Greene, G. K. Chesterton, W. Iris, Katherine Mansfield y muchos más". También comienza a construir su propio territorio con una alusión a Faulkner: "Más tarde, cuando empecé a leer a Faulkner, también los pueblos de sus novelas se parecían a los nuestros: los trenes habían sido construidos por la misma compañía: United Fruit Company". Mientras tanto, en ese vagón faulkneriano se sumerge en el sopor de Luz de agosto. A su alrededor, el paisaje comienza a duplicarse y las lanchas son imitaciones reducidas de los vapores de Nueva Orleans. Ese viaje con la madre dura toda la noche:
Así se mantuvo hasta la medianoche, cuando me cansé de leer con un temor insoportable y las luces mezquinas del corredor, y me senté a fumar a su lado, tratando de salir a flote de las arenas movedizas de Yoknapatawpha.
Como suele suceder cuando un escritor cuenta su propia vida, termina ignorando lo que fue. Vivir para contarla no es una excepción. En una escena final entre el escritor y Lácides (el portero inolvidable del Rascacielos), el diálogo tiene lugar en Barranquilla:
-Lo que no entiendo, don Gabriel, es por qué no me dijo nunca quién era usted.
-Ay, mi querido Lácides -le contesté, más adolorido que él-, no podía decírselo porque todavía hoy ni yo mismo sé quién soy yo.
Es verdad, en esa invitación al yo que propone el género, a veces, felizmente, el autor logra que el yo se olvide de él. Lo contrario es una utopía como otras. Ese tren fantasmal hace una parada en una estación sin pueblo. Una finca bananera que tenía escrito el nombre en el portal: Macondo:
Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni me pregunté siquiera qué significaba. Lo había usado ya en tres libros como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual de que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganica existe una etnia errante de los makondos y pensé que aquél podía ser el origen de la palabra. Pero nunca lo averigüé ni conocí el árbol, pues muchas veces pregunté por él en la zona bananera y nadie supo decírmelo. Tal vez no existió nunca.
Es posible. Pero si un lector leyera una edición actualizada de la Enciclopedia Británica, seguramente en la entrada Macondo, se encontraría con esta definición: pueblo real del trópico, inventado por García Márquez...

jueves, 12 de febrero de 2015

La Feria del Libro de Bogotá revive lecturas y recuerdos de García Márquez

filBo 2014

En un estand lleno de mariposas amarillas, con murales dedicados a la obra de Gabriel García Márquez, su época de estudiante en Bogotá y las lecturas que influyeron en su formación, el Gobierno colombiano rinde un homenaje más al Nobel de Literatura de 1982 en la XXVII Feria Internacional del Libro de Bogotá

Gabriel García Márquez, el escritor colombiano más universal./lainformacion.com, eltiempo.com
El Ministerio de Cultura, en conjunto con la Biblioteca Nacional, dedica su estand al nobel fallecido el pasado 17 de abril en Ciudad de México para celebrar su vida, obra y memoria con una selección de los libros y autores que más influencia tuvieron en él.
"La idea es mostrar la faceta de García Márquez como lector y que la gente se pueda dar cuenta de la importancia de la lectura en su formación como escritor", dijo a Efe Sami Navarro, uno de los guías del Ministerio de Cultura en la Feria del Libro que comenzó el pasado martes y concluirá el 12 de mayo, con Perú como país invitado de honor.
La exposición incluye una selección de 148 comentarios de García Márquez en sus memorias, textos periodísticos o entrevistas que fueron escogidos entre el acervo de la Biblioteca Nacional.
García Márquez fue un lector voraz desde su infancia y la primera obra que leyó fue "Las mil y una noches", de la que encontró un ejemplar en casa de sus abuelos en Aracataca, su tierra natal.
"Leí esa noche incompletas de un libro viejo y sin pasta, una versión infantil y quedé maravillado. No hubiera sido el mismo si no encuentro esas páginas", reza un fragmento de un comentario del nobel colombiano sobre "Las mil y una noches" que forma parte de la exposición.
Junto a esa, otras obras que tuvieron influencia en Gabo están en la muestra, como "Edipo Rey", de Sófocles; "La metamorfosis", de Franz Kafka; "Ulises", de James Joyce; "La Peste", de Albert Camus; "Pedro Páramo", de Juan Rulfo, y "La montaña mágica", de Thomas Mann, entre otros.
"Su vida, de la que conocemos su escritura, estuvo llena de lecturas y de autores que dejaron una profunda marca en su manera de ver el mundo, el oficio de escribir y la literatura", según el Ministerio de Cultura.
La exposición incluye las portadas de las primeras ediciones de las obras de García Márquez y de las traducciones a diferentes idiomas, que van desde el inglés o el francés hasta el islandés o el euskera.
El estand ha reservado también un espacio para recordar los años de juventud del futuro nobel en Bogotá, a finales de la década del 40 y comienzos del 50, con el mural "Gabo, feliz y cachaco".
Cachacos suelen llamar en la costa caribe, de la que era originario el escritor, a los habitantes del interior del país, en especial los de Bogotá.
En ese mural se exhiben fotografías de la capital colombiana de mediados del siglo pasado que conoció Gabo, reproducciones de prensa, textos y frases del nobel, quien dijo alguna vez: "Tengo cinco mil anécdotas que contar de Bogotá, la ciudad donde me formé".
"Para nosotros, los aborígenes de todas las provincias, Bogotá era la capital del país y la sede del gobierno, pero sobre todo era la ciudad donde vivían los poetas", así recordaba el escritor a la gran urbe de los Andes y esa percepción está plasmada en grandes letras en la exposición que lo homenajea.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Para pan, para pan, pan Bimbo

El escritor trabajó, entre 1963 y 1965, como redactor creativo, primero para la agencia Walter Thompson y luego en Stanton 

Gabriel García Márquez en una plumilla de Oriol Malet./elmundo.es
En junio del 2005 Carmen Balcells me invitó a una comida con Gabriel García Márquez en su domicilio particular, que está un par de pisos por encima de la agencia, en un regio edificio de la Diagonal. Transcurría el Año del Libro y la Lectura de Barcelona, yo sabía que el Nobel pasaba una temporada en la ciudad y la había tanteado sobre si era posible implicarle en la celebración, a la que la propia Carmen contribuyó, muy generosamente, con una fiesta literaria en el Palau de la Música.
La legendaria agente del “boom” me dijo que el escritor no iba a participar de forma directa, pero me ofreció a cambio mantener un encuentro informal con él para darle el programa y hacernos juntos una foto que luego el Año del Libro podría emplear.
Era un día ya caluroso, pero García Márquez no se quitó durante toda la comida la cazadora de color crudo que vestía sobre su camisa a rayas azules y lilas. En un oído llevaba colocado un aparato para la sordera. Venía con su esposa Mercedes –mujer pletórica y fuerte, que firmó varios documentos que los de la agencia le iban dando durante el rato en que pasamos juntos-, y estaban presentes también el periodista y escritor Juan Cruz, la traductora al alemán Dagmar Plocte y el profesor catalano-mexicano Ramon Xirau con su esposa, viejos amigos de los García Márquez a quienes se habían encontrado casualmente por la calle.
Haciendo tiempo antes de sentarnos, le comenté al autor un lejano recuerdo que retrospectivamente me chocaba: cuando yo estaba en el colegio, mi libro de texto de literatura española ya incluía un párrafo –el célebre primero- de Cien años de soledad, que se valoraba allí muy positivamente. Algo sorprendente dado que ese libro –que he perdido- yo lo estudiaba hacia 1972 o 1973, y la obra maestra de Gabo había aparecido apenas cinco años antes, lo que hace pensar que los manuales escolares de esa época, al menos el que me cayó en gracia, eran más ágiles incorporando referencias de lo que son hoy día. “Hay que tener cuidado con éste, porque está fuerte en cronología”, le ironizó el escritor a Juan Cruz, señalándome.
En la comida, se mostró retraído, como si no le interesara demasiado registrar nueva información. (“Acepté venir a comer con la condición de que no me entrevisten ni me pidan nada, que no me hagan trabajar”, dijo cuando Cruz le solicitó entre plato y plato una entrevista). Una actitud que, según me pareció, contrastaba con la intensamente despierta y curiosa de Mario Vargas Llosa, mi gran mito de adolescencia, con quien también había tenido oportunidad de compartir mesa pocas semanas antes. Pero, aunque Gabo no parecía muy atento a lo que se estaba comentando, de cuando en cuando demostraba todo lo contrario con algún comentario rápido y agudo. Y a este respecto, Carmen Balcells señaló que cuando se le ocurría una frase ingeniosa, la soltaba y luego decía que se la había explicado García Márquez.
Registré algunas de las que lanzó el escritor aquel mediodía: “Soy muy rencoroso pero no sirve de nada, porque me olvido de todo lo malo que se dice sobre mí”.
“Me he cogido un año sabático. No escribo, pero tampoco leo. Como no tengo nada que hacer no me alcanza el tiempo para leer”. (Sin embargo, matizó con humor, “Carmen no me da plata hasta que no escriba”).
Y otra sentencia lapidaria. que más que ingeniosidad es una filosofía: “Me gusta más reunirme con periodistas que con escritores. (...) El que es periodista lo es siempre”.

De las ocurrencias, la conversación derivó hacia la publicidad. Como antes Scott Fitzgerald, y más tarde Fréderic Beigbeder o Carlos Ruiz Zafón, Gabriel García Márquez trabajó una época de su vida como redactor creativo. Fue en México, entre 1963 y 1965, primero para la agencia Walter Thompson y luego en Stanton. Según su biógrafo Gerald Martin, esa ocupación “le ayudó a entender la fama, a pensar en la representación de uno mismo, a crear una imagen personal con sello propio y a saber gestionarla”. Gabo era bueno para el oficio porque “se le ocurrían frases memorables” que luego derivaban en lucrativos slogans. Martin recoge una: “No se puede vivir sin kleenex”.
En aquella comida barcelonesa de junio del 2005 el propio narrador nos desveló otra. De todos los slogans que hizo en su etapa mexicana, el que mejor recordaba es el más parecido a un trabalenguas que ha dado la publicidad en lengua castellana: “Para pan, para pan, pan Bimbo”. Frase que dio pie a un famoso jingle que todos los de mi generación tarareamos (“para pan suavecito y fresco”). Y así supimos ese día de una autoría que evidentemente no es la de sus grandes textos, pero que tiene también (y perdonen la obviedad) su miga. La recogemos aquí para la posteridad en este momento triste de su despedida.

martes, 10 de febrero de 2015

En medio del luto por nuestro Nobel, arranca la fiesta del libro

filBo 2014

La memoria histórica, Gabriel García Márquez y la literatura peruana serán protagonistas

Juan Gabriel Vásquez, escritor colombiano, autor de  Las reputaciones y  Los informantes./eltiempo.com

La fragilidad del pasado
Qué frágil es el pasado. Ahora mismo, mientras usted lee este artículo, hay miles de personas en el mundo entero dedicadas a negar que el Holocausto judío haya sucedido jamás. Ningún acontecimiento de nuestra historia reciente, y pocos de nuestra historia a secas, ha hecho correr más tinta que el asesinato de seis millones de judíos como parte de la llamada ‘solución final’; hay al respecto kilómetros de videos y grabaciones de distinto tipo, así como las confesiones de varios perpetradores; y sin embargo el negacionismo, como el dinosaurio de Monterroso, sigue ahí. Hace apenas ocho años que Mahmud Ahmadineyad acogió en Irán una ‘Conferencia internacional para revisar la visión global del Holocausto’; hace seis años, el obispo católico Richard Williamson decía en televisión que ni un solo judío había muerto en cámaras de gas, y eso por una razón sencilla: las cámaras de gas nunca habían existido. Podemos tomar otros ejemplos. Stalin trató de borrar a Trotski de la memoria soviética: no solo asesinándolo, sino eliminando su imagen de las fotografías y su nombre de las enciclopedias. El photoshop de ahora es igual de útil: los revisionistas contemporáneos del estalinismo comienzan por corregir, en las fotos del líder, la piel dañada por cicatrices de viruela; a partir de ahí es más fácil sostener que Stalin, en realidad, no fue culpable del Gran Terror ni responsable de veinte millones de muertos. Y se pavimentan los caminos para que venga un culto como el que se le tiene en la Rusia de Putin.
Hubo un tiempo feliz en que la memoria era un asunto íntimo. Uno lee a Platón o a San Agustín, a Montaigne o a Proust y se da cuenta de eso con cierta nostalgia. Platón compara la memoria con un bloque de cera en el cual va quedando impreso lo que sabemos o experimentamos; Proust hace una suma de la condición humana en 3.000 páginas sacadas de la lectura de Bergson y de una magdalena mojada en té, y nos hace preocuparnos durante un buen rato por el hecho de que el lunar de Albertine cambie de ubicación en los recuerdos. En esos tiempos previos a los totalitarismos del siglo XX, la idea de memoria no era pública, no era política. Por supuesto que los poderosos reformulaban la historia cada vez que podían o necesitaban; por supuesto que cada civilización victoriosa tenía entre sus privilegios el de arrasar con la civilización precedente. Pero, como dice Todorov en 'Los abusos de la memoria', ni los emperadores aztecas ni los conquistadores españoles eran regímenes totalitarios. Los totalitarismos del siglo XX, en cambio, inventaron una nueva relación con el pasado. Trajeron o implementaron esta novedad: el control de la memoria. Hablaba yo de la ‘solución final’. En este mismo texto recuerda Todorov las palabras que cometió al respecto Himmler: “Se trata de una gloriosa página de nuestra historia que nunca ha sido escrita y nunca lo será”. Con esa idea tan simple –la guerra contra la memoria y la obliteración y reescritura del pasado– cambió para siempre nuestra manera de pensar en la historia. El pasado, para todos los efectos prácticos, dejó de ser lo que era antes.
Hace unos diez años, Salman Rushdie dijo en Barcelona unas palabras a las que vuelvo con frecuencia:
“¿Quién tiene el poder de contar las historias de nuestras vidas y de determinar no solo qué historias se pueden contar, sino también de qué forma se pueden contar, cómo se tienen que contar? Evidentemente hay historias en las que todos nosotros vivimos, la historia de la cultura y la lengua en las que vivimos, la Historia en la que vivimos y, de hecho, las estructuras éticas en las que vivimos, de las cuales una es la religión. ¿Quién debería tener poder sobre estas historias?”.
Se refería a la batalla que 'Los versos satánicos' seguía librando contra el fanatismo y la idiotez, pero sus preguntas pueden también trasladarse a los relatos que nos hacemos todos los días sobre lo que nos ha sucedido en el pasado. Ese conjunto de relatos, cuyo narrador nunca es objetivo y cuyo objetivo nunca es solo narrar, es lo que llamamos Historia. Y así pregunta Rushdie: ¿quién tiene el poder sobre ella? Algunas de las grandes batallas de nuestro tiempo se dan en el territorio que contiene esta pregunta. También podríamos preguntar: ¿quién debería tener el poder de moldear nuestra memoria colectiva, de imponernos su relato de nuestro pasado? 'La peste', esa alegoría de la ocupación nazi, es la crónica de un médico que escribe para que no se “pierda la memoria”, y es difícil no ver en esas páginas la misma preocupación que azotó a Camus toda su vida. Al final de la guerra, Camus escribe (tal vez con demasiado optimismo) en 'Actuelles': “No es el odio el que hablará mañana, sino la justicia misma, fundada en la memoria”. Hoy parece evidente que no hace falta hablar de totalitarismos: los mismos asuntos nos preocupan en nuestras imperfectas democracias modernas. Pues siempre hay alguien decidido a intentar la pérdida (o por lo menos la confusión) de la memoria, y en todo caso la modificación de lo que las generaciones futuras habrán de recordar. De eso se trataba aquel intento reciente de Hugo Chávez según el cual Bolívar no murió de tuberculosis, sino asesinado por oligarcas colombianos; de eso, en parte, se trata lo que está pasando en La Habana, donde las Farc negocian la paz con el Gobierno: las negociaciones son una batalla entre distintas versiones de la historia nacional. Y por eso son tan importantes los documentos que ha producido el Centro de Memoria Histórica: allí hay un relato certero que habremos de oponer, los que nos interesamos en la frágil verdad de lo que nos ha sucedido, a las distorsiones y las manipulaciones que ejercen tantos todos los días. En 1984 –uno siempre acaba citando a Orwell– leemos: “Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”.
Pero la amnesia voluntaria o impuesta no es el único enemigo de la memoria. Tan resbaladizo, aunque más astuto, es el recuerdo obligatorio. La memoria por obligación, por mandato estatal, por ritual ciudadano, se convierte tarde o temprano en un acto vacío: así nuestras fiestas patrias, nuestros himnos repetidos, nuestras mil conmemoraciones grises y automáticas. ¿Para qué recordamos? ¿Por qué recordamos? También estas preguntas deberíamos hacernos. David Rieff las lleva al extremo: el recuerdo de las grandes tragedias históricas, en su razonamiento, se convierte en carne predilecta de politiqueros y oportunistas, y en la mejor herramienta para atizar conflictos y alimentar odios pasados. La memoria, en manos de la gente equivocada, se convierte en algo peligroso: dice Rieff que las guerras yugoslavas se alimentaron, en parte, de recuerdos, y algunos tan remotos como la derrota serbia en Kosovo en 1389. “Con su apropiación de la historia –escribe enseguida–, la memoria colectiva hizo de la historia poco más que un arsenal lleno de todas las armas necesarias para mantener vivas las guerras”. A su manera, tiene razón: por supuesto que todos los fanáticos usarán el pasado como arma arrojadiza, y por supuesto que todos los conflictos cargan siempre, más o menos diluidos, los ingredientes eternos del rencor, el resentimiento, la humillación y el deseo de venganza. También a este secuestro de la memoria –o a su conversión en símbolo, paso previo al exacerbamiento de las peores pasiones nacionalistas, religiosas y comunitarias– habremos de enfrentarnos.
No me juzguen demasiado si defiendo, llegados a este punto, los talentos de la novela. Las mejores novelas sobre la historia –detesto el rótulo “novela histórica”, tan estrecho como artificial, y que además suele desechar la memoria como tema–, las mejores novelas dedicadas a la incómoda actividad de recordar son incapaces de chauvinismos fáciles. Desde 'Guerra y paz' hasta 'Austerlitz', desde 'El Gatopardo' hasta 'La guerra del fin del mundo', la libertad (la controvertida libertad del escritor de ficciones) las hace inmunes a la mera ilustración de un momento histórico y también a la politización barata, a la tesis, al mensaje predeterminado. En ellas no solo recordamos los hechos públicos, sino que sentimos, tan inmediatamente como es posible, su temperatura moral y emocional; y entendemos, de una forma que acaso les esté vedada a la crónica y a la historiografía, la relación entre el pequeño individuo humano y el mar de grandes acontecimientos en que se ha visto envuelto. En muchos casos, estas ficciones que recuerdan son el único puente que podemos tender hacia el pasado. Y tendría su lógica, pues el mundo del pasado es por definición un mundo desaparecido, y un porcentaje del acto del recuerdo será siempre un acto de imaginación.
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ*
* Escritor colombiano, autor de ‘Las reputaciones’, ‘Los informantes’ e ‘Historia secreta de Costaguana’, entre otros. Ha sido reconocido con los premios Alfaguara (2011), English Pen (2012) y Gregor von Rezzori-Città di Firenze (2013).

domingo, 8 de febrero de 2015

El cuento del domingo

Gabriel García Márquez
Ojos de perro azul
Entonces me miró. Yo creía que me miraba por primera vez. Pero luego, cuando dio la vuelta por detrás del velador y yo seguía sintiendo sobre el hombro, a mis espaldas, su resbaladiza y oleosa mirada, comprendí que era yo quien la miraba por primera vez. En­cendí un cigarrillo. Tragué el humo áspero y fuerte, antes de hacer girar el asiento, equili­brándolo sobre una de las patas posteriores. Después de eso la vi ahí, como había estado todas las noches, parada junto al velador, mirándome. Durante breves minutos estuvimos haciendo nada más que eso: mirándonos. Yo mirándola desde el asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas posteriores. Ella de pie, con una mano larga y quieta sobre el velador, mirándome. Le veía los párpados iluminados como todas las noches. Fue entonces cuando recordé lo de siempre, cuando le dije: “Ojos de perro azul”. Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: “Eso. Ya no lo olvidare­mos nunca”. Salió de la órbita, suspirando: “Ojos de perro azul. He escrito eso por todas partes”.
La vi caminar hacia el tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora al final de una ida y vuelta de luz ma­temática. La vi seguir mirándome con sus grandes ojos de ceniza encendida: mirándome mientras abría la cajita enchapada de nácar rosado. La vi empolvarse la nariz. Cuando acabó de hacerlo, cerró la cajita y volvió a ponerse en pie y caminó de nuevo hacia el velador, diciendo: “Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas”; y tendió sobre la llama la misma mano larga y trémula que había estado calentando antes de sentarse al espejo. Y dijo: “No sientes el frío”. Y yo le dije: “A veces”. Y ella me dijo: “Debes sentirlo ahora”. Y entonces compren­dí por qué no había podido estar solo en el asiento. Era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad. “Ahora lo siento”, dije. “Y es raro, porque la noche está quieta. Tal vez se me ha rodado la sábana.” Ella no respondió. Empezó otra vez a moverse hacia el espejo y volví a ella. Sin verla, sabía lo que estaba haciendo. Sabía que estaba otra vez sentada frente al espejo, viendo mis espaldas que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella que también había tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y re­gresar (antes de que la mano tuviera tiempo de iniciar la segunda vuelta) hasta los labios que estaban ahora untados de carmín, desde la primera vuelta de la mano frente al espejo. Yo veía, frente a mí, la pared lisa que era como otro espejo ciego donde yo no la veía a ella -sentada a mis espaldas- pero ima­ginándola dónde estaría si en lugar de la pared hubiera sido puesto un espejo. “Te veo”, le dije. Y vi en la pared como si ella hubiera­ levantado los ojos y me hubiera visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con la cara vuelta hacia la pared. Después la vi bajar los párpados, otra vez, y quedarse con los ojos quietos en su corpiño; sin hablar. Y yo volví a decirle: “Te veo”. Y ella volvió a levantar los ojos desde su corpiño. “Es imposible”, dijo. Yo pregunté por qué. Y ella, con los ojos otra vez quietos en el corpiño: “Porque tienes la cara vuelta hacia la pared”. Entonces yo hice girar el asiento. Tenía el ci­garrillo apretado en la boca. Cuando quedé frente al espejo ella estaba otra vez junto al velador. Ahora tenía las manos abiertas sobre la llama, como dos abiertas alas de gallina, asándose y con el rostro sombreado por sus propios dedos. “Creo que me voy a enfriar”, dijo. “Ésta debe ser una ciudad helada.” Vol­vió el rostro de perfil y su piel de cobre al rojo se volvió repentinamente triste. “Haz algo contra eso”, dije. Y ella empezó a des­vestirse, pieza por pieza, empezando por arri­ba; por el corpiño. Le dije: “Voy a voltearme contra la pared”. Ella dijo: “No. De todos modos me verás como me viste cuando estaba de espaldas”. Y no había acabado de decirlo cuando ya estaba desvestida casi por comple­to, con la llama lamiéndole la larga piel de cobre. “Siempre había querido verte así, con el cuero de la barriga lleno de hondos aguje­ros, como si te hubieran hecho a palos.” Y antes de que yo cayera en la cuenta de que mis palabras se habían vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó inmóvil, calentándose en la órbita del velador y dijo: “A veces creo que soy metálica”. Guardó silencio un instante. La posición de las manos sobre la llama varió levemente. Yo dije: “A veces, en otros sueños, he creído que no eres sino una estatuilla de bronce en el rincón de algún mu­seo. Tal vez por eso sientes frío”. Y ella dijo: “A veces, cuando me duermo sobre el corazón, siento que el cuerpo se me vuelve hueco y la piel como una lámina. Entonces, cuando la sangre me golpea por dentro, es como si al­guien me estuviera llamando con los nudillos en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama. Es como si fuera así como tú dices: de metal laminado”. Se acercó más al velador. “Me habría gustado oírte”, dije. Y ella dijo: “Si alguna vez nos encontramos pon el oído en mis costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y me oirás resonar. Siempre he deseado que lo hagas alguna vez”. La oí respirar hondo mientras hablaba. Y dijo que durante años no había hecho nada distin­to de eso. Su vida estaba dedicada a encon­trarme en la realidad, a través de esa frase identificadora: “Ojos de perro azul”. Y en la calle iba diciendo, en voz alta, que era una manera de decirle a la única persona que ha­bría podido entenderle:
“Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: Ojos de perro azul”. Y dijo que iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de ordenar el pedido: “Ojos de perro azul”. Pero los mozos le ha­cían una respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber dicho eso en sus sueños. Después escribía en las servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas: “Ojos de perro azul”. Y en los cristales em­pañados de los hoteles, de las estaciones, de todos los edificios públicos, escribía con el ín­dice: “Ojos de perro azul”. Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su habitación una noche, después de haber soñado conmigo. “Debe estar cerca”, pensó, viendo el embaldo­sado limpio y nuevo de la droguería. Entonces se acercó al dependiente y le dijo: “Siempre sueño con un hombre que me dice: ‘Ojos de perro azul’ ”. Y dijo que el vendedor le había mirado a los ojos y le dijo: “En realidad, señorita, usted tiene los ojos así”. Y ella le dijo: “Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo”. Y el vende­dor se echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador. Ella siguió viendo el em­baldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se arrodilló y escribió sobre el em­baldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín para labios: “Ojos de perro azul”. El vendedor regresó de donde estaba. Le dijo: “Señorita, usted ha manchado el embaldosado”. Le entregó un trapo húmedo, diciendo: “Límpielo”. Y ella dijo, todavía junto al velador, que pasó toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo “Ojos de perro azul” hasta cuando la gente se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.
Ahora, cuando acabó de hablar, yo seguía en el rincón, sentado, haciendo equilibrio en la silla. “Yo trato de acordarme todos los días la frase con que debo encontrarte”, dije. “Ahora creo que mañana no lo olvidaré. Sin embargo siempre he dicho lo mismo y siem­pre he olvidado al despertar cuáles son las palabras con que puedo encontrarte.” Y ella dijo: “Tú mismo las inventaste desde el primer día”. Y yo le dije: “Las inventé porque te vi los ojos de ceniza. Pero nunca las re­cuerdo a la mañana siguiente”. Y ella, con los puños cerrados junto al velador, respiró hondo: “Si por lo menos pudiera recordar ahora en qué ciudad lo he estado escribiendo”.
Sus dientes apretados relumbraron sobre la llama. “Me gustaría tocarte ahora”, dije. Ella levantó el rostro que había estado mirando la lumbre: levantó la mirada ardiendo, asán­dose también como ella, como sus manos; y yo sentí que me vio, en el rincón, donde se­guía sentado, meciéndome en el asiento. “Nun­ca me habías dicho eso”, dijo. “Ahora lo digo y es verdad”, dije. Al otro lado del velador ella pidió un cigarrillo. La colilla había des­aparecido de entre mis dedos. Había olvidado que estaba fumando. Dijo: “No sé por qué no puedo recordar dónde lo he escrito”. Y yo le dije: “Por lo mismo que yo no podré re­cordar mañana las palabras”. Y ella dijo, triste: “No. Es que a veces creo que eso tam­bién lo he soñado”. Me puse en pie y caminé hacia el velador. Ella estaba un poco más allá, y yo sabía caminando, con los cigarrillos y los fósforos en la mano, que no pasaría el velador. Le tendí el cigarrillo. Ella lo apretó entre los labios y se inclinó para alcanzar la llama, antes de que yo tuviera el tiempo de encender el fósforo: “En alguna ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar escritas esas palabras: ‘Ojos de perro azul’ ”, dije. “Si mañana las recordara iría a buscarte.” Ella levantó otra vez la cabeza y tenía ya la brasa encendida en los labios. “Ojos de perro azul”, sugirió, recordando, con el cigarrillo caído sobre la barba y un ojo a medio cerrar. Aspiró después el humo, con el cigarrillo entre los dedos, y exclamó: “Ya esto es otra cosa. Estoy entrando en calor”. Y lo dijo con la voz un poco tibia y huidiza, como si no lo hubiera dicho realmente sino como si lo hu­biera escrito en un papel y hubiera acercado el papel a la llama mientras yo leía: “Estoy en­trando”, y ella hubiera seguido con el pape­lito entre el pulgar y el índice, dándole vuel­tas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de leer: “… en calor”, antes de que el papelito se consumiera por completo y cayera al suelo arrugado, disminuido, convertido en un liviano polvo de ceniza: “Así es mejor”, dije. “A veces me da miedo verte así. Temblando junto al velador.”
Nos veíamos desde hacía varios años. A veces, cuando ya estábamos juntos, alguien dejaba caer afuera un cucharita y despertábamos. Poco a poco habíamos ido comprendiendo que nuestra amistad estaba subordinada a las co­sas, a los acontecimientos más simples. Nuestros encuentros terminaban siempre así, con el caer de una cucharita en la madrugada.
Ahora, junto al velador, me estaba miran­do. Yo recordaba que antes también me había mirado así, desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y quedé frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sueño en el que le pre­gunté por primera vez: “¿Quién es usted?” Y ella me dijo: “No lo recuerdo”. Yo le dije: “Pero creo que nos hemos visto antes”. Y ella dijo, indiferente: “Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto”. Y yo le dije: “Eso es. Ya empieza a recordarlo”. Y ella dijo: “Qué curioso. Es cierto que nos he­mos encontrado en otros sueños”.
Dio dos chupadas al cigarrillo. Yo estaba todavía parado frente al velador cuando me quedé mirándola de pronto. La miré de arriba abajo y todavía era de cobre; pero no ya de metal duro y frío, sino de cobre amarillo, blando, maleable. “Me gustaría tocarte”, vol­ví a decir. Y ella dijo: “Lo echarías todo a perder”. Yo dije: “Ahora no importa. Bas­tará con que demos vuelta a la almohada para que volvamos a encontrarnos”. Y tendí la mano por encima del velador. Ella no se mo­vió. “Lo echarías todo a perder”, volvió a decir, antes de que yo pudiera tocarla. “Tal vez, si das la vuelta por detrás del velador, despertaríamos sobresaltados quién sabe en qué parte del mundo”. Pero yo insistí: “No importa”. Y ella dijo: “Si diéramos vuelta a la almohada volveríamos a encontrarnos. Pero tú, cuando despiertes, lo habrás olvida­do”. Empecé a moverme hacia el rincón. Ella quedó atrás, calentándose las manos sobre la llama. Y todavía no estaba yo junto al asiento cuando le oí decir a mis espaldas: “Cuando despierto a media noche, me quedo dando vueltas en la cama, con los hilos de la almoha­da ardiéndome en la rodilla y repitiendo hasta el amanecer: Ojos de perro azul”.
Entonces yo me quedé con la cara contra la pared. “Ya está amaneciendo”, dije sin mi­rarla. “Cuando dieron las dos estaba despierto y de eso hace mucho rato.” Yo me di­rigí hacia la puerta. Cuando tenía agarrada la manivela, oí otra vez su voz igual, invaria­ble: “No abras esa puerta”, dijo. “El corre­dor está lleno de sueños difíciles”. Y yo le dije: “¿Cómo lo sabes?” Y ella me dijo: “Porque hace un momento estuve allí y tuve que regresar cuando descubrí que estaba dor­mida sobre el corazón”. Yo tenía la puerta entreabierta. Moví un poco la hoja y un airecillo frío y tenue me trajo un fresco olor a tierra vegetal, a campo húmedo. Ella habló otra vez. Yo di la vuelta, moviendo todavía la hoja montada en goznes silenciosos, y le dije: “Creo que no hay ningún corredor aquí afuera. Siento el olor del campo”. Y ella, un poco lejana ya, me dijo: “Conozco esto más que tú. Lo que pasa es que allá afuera está una mujer soñando con el campo”. Se cruzó de brazos sobre la llama. Siguió hablando: “Es esa mujer que siempre ha deseado tener una casa en el campo y nunca ha podido salir de la ciudad”. Yo recordaba haber visto la mujer en algún sueño anterior, pero sabía, ya con la puerta entreabierta, que dentro de media hora debía bajar al desayuno. Y dije: “De todos modos, tengo que salir de aquí para despertar”.
Afuera el viento aleteó un instante, se que­dó quieto después y se oyó la respiración de un durmiente que acababa de darse vuelta en la cama. El viento del campo se suspendió. Ya no hubo más olores. “Mañana te recono­ceré por eso”, dije. “Te reconoceré cuando vea en la calle una mujer que escriba en las pare­des: ‘Ojos de perro azul’ ”. Y ella, con una sonrisa triste -que era ya una sonrisa de en­trega a lo imposible, a lo inalcanzable-, dijo: “Sin embargo no recordarás nada durante el día”. Y volvió a poner las manos sobre el velador, con el semblante oscurecido por una niebla amarga: “Eres el único hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado”.