jueves, 20 de noviembre de 2014

El alma de la escritura

Gabo que estas en los cielos

Si un hombre se muere cuando deja de latirle el corazón, Gabriel García Márquez acaba de morir; si un escritor se muere cuando deja de escribir, García Márquez murió a finales del año 2006, cuando invitó a comer al grupo más íntimo de sus amigos para contarles que no pensaba escribir ni una palabra más

Gabo durante el Foro Iberoamericano de 2005 en Barcelona, España./elespectador.com
Si una persona deja de ser cuando su mente y su conciencia lo abandonan, podemos decir que el alma de García Márquez venía escapándose de su cuerpo desde hace algunos años, poco a poco, como si hubiera querido despedirse de la vida con disimulo, sin que nos diéramos cuenta de que se iba yendo. Pero si un escritor se muere cuando ya no es leído, podemos decir que Gabriel García Márquez seguirá vivo mucho tiempo, y morirá del todo solamente cuando no haya nadie sobre la tierra que sepa leer. Y eso no va a ocurrir mientras siga habiendo gente que crea en la literatura, que encuentre sabiduría y felicidad en ella, en las historias bien contadas, en la maravilla de las palabras escritas. Hay genios a quienes las frases excesivas (por exageradas que parezcan) no les quedan grandes porque en su caso no son retórica sino la pura verdad: Gabriel García Márquez y su obra vivirán mientras haya lectores y mientras haya quienes sepan apreciar la mágica genialidad de su prosa. Una magia y una genialidad que él tuvo como nunca nadie en Colombia y como tuvieron muy pocos escritores en el siglo XX.
La última vez que lo vi, en enero del año 2010, García Márquez empezaba a vivir en los desérticos jardines de la desmemoria, pero todavía conservaba relámpagos luminosos de su alma poética, esa maravillosa anomalía de su inteligencia, que era la que lo había llevado a decir y a escribir cosas insólitas que tan sólo se le ocurrían a su mente prodigiosa. Estábamos en su casa de Cartagena, una casa moderna diseñada por el prestigioso arquitecto Rogelio Salmona, tomando el fresco de la tarde en una terraza abierta a los vientos alisios. Mercedes, la esposa del patriarca octogenario, acababa de contarnos que su intención inicial —veinte años antes— había sido comprar una casona antigua en el casco histórico de la ciudad vieja, para remodelarla, pero que al fin no lo habían hecho “por el miedo que Gabo les tiene a los fantasmas”. La palabra “fantasmas” pareció despertar a García Márquez de su mente abstraída, le devolvió la chispa a sus ojos ausentes, y entonces hizo un comentario que nos dio una vez más el escaso placer de la belleza verbal: “Cuando llegamos aquí yo no recordaba que esta casa era mía, pero entonces sembramos árboles y nos quedamos”. Todos nos miramos con una sonrisa que no era de incomprensión ni de compasión sino de estupor: el alma fugitiva del gran escritor no dejaba de pronunciar frases hermosas y poéticas aunque estuvieran reñidas con el orden lógico del pensamiento ordinario.
Eran esas dos características unidas (el comentario de Mercedes y la frase de Gabo) lo que habían hecho de su cerebro y de su obra algo extraordinario: su credulidad, su alma intacta de niño que cree por entero las cosas fantásticas que se inventan los grandes (historias de aparecidos, de fantasmas, de muertos que hablan, de huesos que se mueven y seres invisibles que sin quitarse el sombrero se sientan “a contemplar las cenizas del fogón apagado”), y su capacidad de transformar su experiencia cotidiana en algo fantástico, contándola con giros verbales que volvían verosímil y casi normal lo increíble y lo mágico. Su personalísima manera de explicar el mundo por imágenes de gran perfección poética es lo que siempre ha hecho que sus frases se queden, como él mismo decía, “encalladas en el corazón de los lectores”. Con sus dotes de adivino, en varias novelas de García Márquez asistimos a la vejez de patriarcas que se van quedando mudos y mustios, olvidándolo todo, a la sombra de los árboles de un patio real o de un patio imaginario. Parecen fantasmas, debajo de su sombrero y dentro de su ropa, porque ya han dejado de estar en ellos. El cuerpo sin alma es como una jaula sin pájaro.
Si la vida literaria de un escritor se mide por el arco de tiempo transcurrido entre sus libros publicados, García Márquez nos ha acompañado durante medio siglo. Pocas carreras literarias más ricas, maravillosas y prolíficas que esos cincuenta años de compañía que van desde La hojarasca, que apareció impresa en 1955, y la publicación de su última nouvelle, Memoria de mis putas tristes, que es de 2004. Fueron estos dos libros, precisamente —el primero y el último de su vida de escritor—, los que recibieron las críticas más agrias y despiadadas. Primeriza y fallida, se dijo de la primera obra; senil y prescindible, de la última.
Se sabe que García Márquez estuvo a punto de abandonar su carrera de escritor al recibir una carta de la editorial Losada de Buenos Aires, firmada por Guillermo de Torre, en la cual el director de esta prestigiosa editorial no sólo le informaba que no publicarían esa novela supuestamente fallida, La hojarasca, sino que le aconsejaba al joven escritor que cambiara de oficio. Borges habló muchas veces del pésimo gusto literario de su cuñado, pero García Márquez, en ese momento, no podía tener en mente ese consuelo, que sólo le llegaría tarde.
En cuanto a Memoria de mis putas tristes, salvo una crítica ponderada y elogiosa de J.M. Coetzee en el New York Review of Books (que lee la confesión del sabio como una especie de conversión religiosa y ve a la joven virgen, Delgadina, como a una nueva Dulcinea del Toboso), la nota predominante fue acusar a García Márquez de pedófilo y putañero, de proxeneta de las letras y otros insultos, que no críticas, de este calibre. En este ambiente de moralismo restaurado y neopuritanismo sexual, se pregunta uno si a principios del siglo XXI alguien hubiera protestado por la censura de un juez contra Lolita. De hecho, en Irán se recogió la edición del libro de García Márquez, y nadie dijo nada.
Recientemente hice el ejercicio de releer juntas estas dos novelas, la primera y la última, para escribir un ensayo. Tengo una teoría sobre las primeras obras de los grandes artistas: cuando ellos no saben aún lo importantes que llegarán a ser, escriben, en cierto sentido, con mucha más libertad y con extremo descuido, con un cierto candor inocente que desnuda, sin quererlo, aspectos de su ser más recóndito. Creo que la excesiva frecuencia con que muchos autores reniegan de sus primeras obras (según ellos por motivos estéticos), y su obsesión en prohibir que se reediten, no obedece en realidad a razones de estilo o a falencias literarias de los años de aprendizaje, sino a que no quieren ver expuestas algunas claves secretas de sus obras posteriores.
Si bien en La hojarasca se percibe un problema técnico, pues los tres monólogos no se justifican ni están tan bien imbricados como en otros libros de García Márquez, el libro está salpicado de los hallazgos poéticos que luego inundarán las mejores páginas de Gabo. Son apuntes certeros, comparaciones que dibujan lo que ocurre y nos lo ponen enfrente con la nitidez icástica de una pintura. Por ejemplo, un “muchachito que pasa silbando, transformado y desconocido, como si acabara de cortarse el cabello”. O una mujer que “se incorpora, babeando, con la flor de la almohada bordada en la mejilla”. O esta lucha interior: “igual que si en esas noches lo recibiera en el cuarto el fantasma del hombre que había sido hasta entonces, y ambos, el hombre pasado y el hombre presente, se empeñaran en una sorda batalla en la cual el pasado defendía su rabiosa soledad, su invulnerable aplomo, sus personalismos intransigentes, y el presente, su terrible e inmodificable voluntad de liberarse de su propio hombre anterior”.
En lo que respecta a las claves para los libros posteriores, baste decir que en esta primera novela, García Márquez nos presenta un Macondo todavía muy apegado a su modelo real, Aracataca, su pueblo natal, con una compañía bananera también más realista, que es la culpable de llevar al pueblo la hojarasca (un gentío de braceros foráneos sin destino que sólo piensa en el lucro inmediato y no se integra al tejido social de la población), y de barrer el pueblo entero con su partida, y dejar sólo el viento de desolación que su ausencia levanta. También sería interesante explorar la iniciación homoerótica del niño como la clave de obsesiones y expiaciones posteriores en la obra madura del escritor.
Por lo que se refiere a Memoria de mis putas tristes, el libro tiene, en efecto, pequeños descuidos e inconsistencias narrativas que el editor debió haber resuelto. No sé si estas serán ya distracciones de la edad, pero en todo caso las mismas no le quedan nada mal a un narrador que cumple noventa años. Pero al lado de esas pequeñas fallas, aparecen siempre, en cada página, los hallazgos y maravillas verbales del narrador consumado. Doy algunos ejemplos, y empiezo por la elegancia en que se describe una primigenia reacción fisiológica: “Una corriente cálida me subió por las venas y mi lento animal jubilado despertó de su largo sueño”. Cierta coquetería encantadora de su prosa está explicada así: “utilizaba palabras italianas sin comillas ni cursivas cuando me parecían más expresivas que en castellano, como debiera ser de uso legítimo entre lenguas siamesas”. Y esta teoría se aplica en el libro en cantidades perfectamente dosificadas, como lo revela el uso de palabras como “calamaio” en vez de tintero, “mutandas” en lugar de bragas y “gonfia” en vez de hinchada. Si en La hojarasca había aún titubeos (como insertar un “creo”, cuando se dice una exageración, lo que daña la cara dura de tahúr con que García Márquez aprendió a contar las cosas imposibles) en Memoria está siempre la presencia firme del narrador consumado y sin miedo.
Entre estas dos novelas breves que abren y cierran su obra, está el grueso de los libros de García Márquez que, con toda justicia, el mundo ha celebrado. Antes del Nobel hay por lo menos tres obras maestras en el género novelístico: El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad y El otoño del patriarca. Una nouvelle impecable, Crónica de una muerte anunciada, y dos libros de cuentos prodigiosos: Los funerales de la mamá grande y La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada. Después del Nobel, me parece, hay una sola obra del nivel de las anteriores: El amor en los tiempos del cólera. Pero con este núcleo duro de su obra narrativa (y dejo por fuera su extenso trabajo periodístico, que merece un estudio aparte, por su riqueza, frescura y complejidad, especialmente en su obra de articulista) creo que solamente gabofóbicos y malquerientes pueden dudar de la importancia central que tiene García Márquez para la narrativa universal en la segunda mitad del siglo XX.
El solo caso de Cien años de soledad, ese big bang de la novela contemporánea que estalló en Buenos Aires en 1967, bastaría para hacer de García Márquez un clásico del siglo XX. Por descabellado que sea hacer profecías, creo que hay pocas posibilidades de error cuando se dice que este solo libro —que es la épica necesaria a toda civilización y por lo tanto una obra que le hacía falta a toda América Latina— seguirá siendo leído con deleite y pasión en los siglos venideros. La fantasía y la violencia, la vida familiar y las hazañas de guerra, la magia casi mística y el encanto poético, todo está reunido ahí, en esas 350 páginas encantadoras, en las que incluso las imperfecciones son lunares que lucen, como los descuidos de Cervantes o las inevitables cabeceadas de Homero.
Tuve la fortuna de asistir, en la Feria del Libro de Guadalajara del año 2003, a una cena en la que García Márquez y Paco Porrúa (el editor que contrató aquella gran novela, Cien años de soledad, para editorial Sudamericana, traductor de Bradbury y “descubridor” de Cortázar) rememoraban esos meses frenéticos en que por primera vez un libro suramericano se convertía en un caso mundial. Lo que no contaron fue un chisme gracioso que cuenta Bioy Casares en su diario de Borges: “García Márquez pasó épocas de pobreza en las que decía a sus chicos que no se afligieran, que un día llegaría un señor con una valija llena de dinero. Cuando vendió tanto Cien años de soledad, la Sudamericana le previno que le pagarían una suma considerable. García Márquez dijo que bueno, pero que no le mandaran un cheque, que un señor llevara el dinero en efectivo, en una valija. Llegó el señor y García Márquez abrió la valija delante de sus hijos”. Lo que en la vida pública es una obra épica, en la vida privada se convierte en un cuento de Aladino.
Es posible que la sensibilidad actual soporte mal ciertos excesos e hipérboles del realismo mágico, así como nos parecen cursis ciertas frases de las novelas románticas, eternas las sagas realistas o desmesuradas las hazañas de los libros de caballería. Las modas pasan, las sensibilidades cambian. Pero hay que advertir que las exageraciones de esta escuela no se deben tanto a García Márquez como a sus imitadores, que son legión, tanto en el ámbito de nuestra lengua como en otras literaturas. Decía Lichtenberg que lo malo de los libros realmente buenos es que suelen dar origen a muchos otros libros malos y mediocres. Muchos de quienes se hastiaron del realismo mágico —un hastío que muchos hemos compartido— han sido muy injustos con el más grande exponente de este género literario. No han juzgado a García Márquez después de releer sus obras, grandiosas y convincentes en sí mismas, sino por esa sopa recalentada que han sido y siguen siendo los libros de sus epígonos. Que los imitadores hayan desgastado ciertos recursos estilísticos hasta llevarlos al límite de un empalago meloso, no quiere decir que estos, en manos de su creador original, no hayan sido magníficos. Lo que fue maravilla y descubrimiento, quedó arruinado por los plagiarios de pacotilla, pero esa moneda hoy falsificada por tantos, tuvo curso legal y era de oro de buena ley.
Como decía don Alfonso Reyes comentando la forma en que ciertos escritores y estilos caen en desgracia con el paso de las generaciones y las veleidades del gusto juvenil: “Cuando un sistema de expresiones se gasta por el simple curso del tiempo y no porque carezca en sí mismo de calidad intrínseca, lo más que podemos decir es: ‘Lo que emocionó a los hombres de ayer, porque para ellos fue invención y sorpresa, a mí ya no me dice nada. He absorbido de tal forma ese alimento, que se me confunde con las cosas obvias. Agradezco a los que me alimentaron y continúo mi camino en busca de nuevas conquistas’. Pero en manera alguna tendremos derecho de negar el valor real, ya inamovible en el tiempo y en la verdad poética, que tales obras o expresiones han representado y representan, puesto que en el orden del espíritu siempre es lo que ha sido”.
No puedo no tocar el tema más antipático y molesto en el que muchos se explayan cuando hacen su diatriba de García Márquez: la política y la triste cercanía del autor con presidentes y personas poderosas. Así como a Jorge Luis Borges no se le perdonará nunca que haya recibido una medalla del dictador Pinochet, a García Márquez tampoco le perdonarán que haya recibido una casa del dictador Fidel Castro, o aún peor, que se haya convertido con los años en un amigo suyo. Esta fascinación por el poder ha sido, sin duda, una de las debilidades del carácter de García Márquez. Gracias a este embeleso, sin embargo, y a su conocimiento directo de los dictadores, existe una novela grandiosa como El otoño del patriarca. Pero ese mismo embeleso lo llevó a cometer disimulos de sumisión ante salvajadas que no podían negarse. Muchos grandes escritores no han sido hombres perfectos, y sólo podría decirse, para evitar ensañarse con esta faceta suya, que quienes la recalcan son personas como Fernando Vallejo, que ha hecho elogios públicos de los paramilitares colombianos —asesinos en serie— sin que le tiemble la voz, o como intelectuales incondicionales con la política exterior de Estados Unidos. Un amigo o partidario de Bush, genocida en el Medio Oriente, no ha caído menos bajo que un partidario de Castro. Lo cual no justifica a ninguno de ellos.
Pero hay algo más, que es quizá el terreno que pisan los gabófobos cuando atacan a García Márquez ya no política, sino literariamente: para bien o para mal, nuestro subcontinente ha cambiado, y las nostalgias que han gobernado esa obra inmensa e inimitable, para las nuevas generaciones ya no tienen la misma resonancia mítica. El mundo es otro, nuestras infancias fueron otras, y algunas recetas del realismo mágico, como se explicó antes, se han desgastado. Así como a veces Borges parecía imitarse a sí mismo, también hay páginas de García Márquez (lo noto sobre todo en Noticia de un secuestro o en Del amor y otros demonios), que están hechas con su misma técnica impecable pero sin la sangre y la médula vital que las habitaba al principio. Él mismo lo notó, y creo que su silencio de los últimos años, además del cansancio de la edad, se debe a que ya estaba escribiendo con la inercia del oficio y no con el vigor de las entrañas.
García Márquez tuvo la dudosa suerte de convertirse en un clásico en vida, y de que sus libros ya no se prohibieran (como sucedía hace cuarenta años en algunos colegios colombianos) sino que se recetaran en las mismas cucharadas con que a los escolares les formulan comedias de Shakespeare y cantos de Dante. Así es fácil llegar a ser más venerado que leído, y más fácil aún levantar aplausos cuando los gabófobos toman impulso para la diatriba y el insulto. Pero si alguien abre al azar, por gusto y no por deber, una página cualquiera de Cien años de soledad, de El Coronel no tiene quien le escriba o de El otoño del patriarca descubrirá que su magia poética es real, y que esas historias maravillosas —de erotismo, de guerra, de intimidad y de violencia— conservan un encanto intacto y perdurable. Lo mismo ocurre con su mejores cuentos, con Noticia de un secuestro, o con esa hermosa historia amorosa de la madurez: El amor en los tiempos del cólera.
Cuando alguien tiene un instinto mucho más agudo que la suma de los cinco sentidos, y cuando a ese instinto se une una intuición poética pasmosa y un profundo conocimiento del corazón humano, no es raro que al dueño de tantos atributos se le asigne también el don de la adivinación y de la profecía. La abuela de García Márquez decía que su nieto, Gabito, era adivino. De adivino a divino hay sólo una vocal de distancia. No hay que dar ese paso: García Márquez fue un gran escritor de este mundo. Un escritor inmenso, y el más grande que ha habido en la historia de Colombia. Escribió novelas inmensas que, si el español sobrevive, se seguirán leyendo a través de los siglos. Pedir más es imposible, y decir más es pecar de idolatría.
Como ejemplo de vocación y disciplina, de amor a un oficio y al mismo tiempo como modelo de una vida plena y con sentido, los escritores latinoamericanos no podemos contar con uno mejor. Como narrador ha sido capaz de “hacer la realidad más divertida y comprensible”, lo que para nosotros sus lectores es una dicha y para sus colegas un gran reto. Más que un gran colombiano, es un gigante de la literatura de todos los tiempos, que le demostró al mundo que también en nuestro potrero florecido se pueden dar grandes obras de literatura. Ojalá sus coterráneos seamos capaces, no de insultarlo ni de convertirlo en un dios, no de subirnos sobre sus hombros para intentar ver más lejos (porque en la literatura no hay progreso), no de imitarlo usando como bastón sus invenciones, sino de seguir adelante por nuestro propio camino, sin emular su estilo sino su vitalidad, su amor por el arte y su confianza en que la literatura sigue siendo una herramienta maravillosa para “desembrujar los secretos del mundo”.

martes, 18 de noviembre de 2014

Gabo: 'Bateman: misterio sin final'

Gabo que estás en los cielos

Este primer gran reportaje de Gabriel García Márquez después de haber ganado el Nobel de Literatura, tiene su origen en una reunión informal con la redacción de esta revista

Gabriel García Márquez enseña cómo se hace un reportaje verdadero, y sin los sindromes del sensacionalismo/semana.com
Durante una discusión sobre la desaparición de Bateman, García Márquez manifestó su extrañeza ante el hecho de que semanas después del accidente, los medios de comunicación no hubieran realizado la obvia investigación que imponía un suceso de esta naturaleza.

Criticó el "síndrome de la chiva" que, según él, vive el periodismo colombiano y apostó que podía demostrar que un tema bien investigado podía ser más interesante que cualquier "chiva", aun cuando apareciera con retraso. La apuesta, como verán nuestros lectores, la ganó García Márquez y aquí está el resultado. El reportaje fue publicado en la edición del 6 de agosto de 1983.


BATEMAN: MISTERIO SIN FINAL
La avioneta monomotor Piper PA 28 con matrícula colombiana HK 2139P y piloteada por el político conservador Antonio Escobar Bravo, salió del aeropuerto "Simón Bolívar" de Santa Marta a las 7:45 de la mañana del pasado 28 de abril con un plan de vuelo visual cuyo destino final era el aeropuerto civil de Paitilla en la ciudad de Panamá. Sin embargo, 7 minutos después aterrizó a pocos kilómetros de la población de Ciénaga, en una antigua pista comercial fuera de servicio, donde la esperaba un grupo de 10 personas. Tres subieron a bordo: dos hombres y una mujer. El más alto de ellos, flaco y un poco escuálido, con una camisa de mezclilla azul y una gorra de capitán de barco, era el hombre más buscado de Colombia desde hacía 5 años: Jaime Bateman Cayón comandante máximo del M-19 .

Sólo ellos y unos pocos miembros de la organización sabían que la avioneta debía hacer una escala clandestina en otro aeropuerto fuera de servicio cerca de Montería, donde estaba prevista una reunión con delegados del Ejército Popular de Liberación (EPL), para discutir los pormenores de un programa de acciones conjuntas. Después debía proseguir hacía Panamá, donde se suponía que iba a llegar un emisario personal del presidente Belisario Betancur, para entablar conversaciones de paz. La avioneta hizo un último contacto con el control aéreo de Panamá 2 horas y 17 minutos después de decolar de Santa Marta, y cuando se encontraba a 55 millas náuticas del aeropuerto de Paitilla, pero no aterrizó nunca. Esto es todo cuanto se sabe con seguridad absoluta cuatro meses después de la desaparición de Jaime Bateman, y al cabo de una búsqueda intensa por tierra, mar y aire durante 70 días. Todo lo demás son suposiciones.

RECOGIENDO SUS PASOS

La suposición más arraigada --contra toda evidencia- es que no ha muerto. Cada quien tiene un argumento propio y una esperanza distinta para seguir en el engaño, como ocurre con Emiliano Zapata en México, como ocurrió durante tantos años en el mundo con Adolfo Hitler, y como ha ocurrido desde siempre con otros tantos que han sido devorados por la leyenda. En cambio, los únicos que creen que en efecto está muerto sin ninguna duda son algunos amigos de la infancia de Bateman que estuvieron con él en Santa Marta en los días previos a su desaparición. Pero su certidumbre tampoco se funda en ningún análisis racional, sino todo lo contrario, en la creencia caribe de que hay seres con el privilegio sobrenatural de volver a los sitios de sus afectos y repetir los mismos actos de sus mejores recuerdos en los días anteriores a su muerte. Se dice entonces que esa persona está "recogiendo sus pasos". Bateman, en efecto, se comportó en la última semana de su vida como si lo estuviera haciendo.

Había llegado a la costa caribe el 19 de abril, cuando concedió la que había de ser su penúltima conferencia de prensa en algún lugar cercano a Cartagena, con motivo del decimotercer aniversario de su movimiento. Si bien trataba siempre de darle algún contenido histórico a aquella fecha, nunca fue muy cuidadoso con su propio cumpleaños --cinco días después--, y muchas veces, inclusive, lo olvidaba.

Este 24 de abril sería diferente. A pesa de los riesgos enormes que corría permaneciendo en una región donde todos los servicios oficiales de seguridad debían saber que se encontraba, se empeñó en celebrar su cumpleaños en la ciudad de su nacimiento --Santa Marta--, a donde no iba por razones de prudencia elemental desde hacía 7 años. Allí estaban las querencias de su juventud: nombres y lugares que le revolvían la nostalgia. Las relaciones con su padre eran más bien inciertas, y las que mantuvo con sus hermanos eran buenas pero ocasionales. En cambio, las que mantuvo con su madre --la brava Clementina Cayón-- tenían la misma esencia pasional de las que tuvieron con las suyas el padre Camilo Torres y el Che Guevara, que parecían condicionadas por una dependencia umbilical al mismo tiempo entrañable y conflictiva. Algunos compañeros cercanos de Bateman han contado que en las noches de peligro de la clandestinidad, o en las erráticas y solitarias de la selva, soltaba un largo suspiro que le salía del alma: "¡Ay, Clementma Cayón, qué será de tu vida!".

Se veían con frecuencia, siempre en lugares distintos y secretos, porque la casa de ella estuvo sometida durante mucho tiempo a una vigilancia constante. Una vigilancia que tenía la misma carga de humanidad de quien la soportaba y de la ciudad donde se ejercía, que es tal vez la más doméstica del país. Clementina Cayón --no se sabe si por indulgencia o por astucia- veía al pobre vigilante parado en la esquina bajo el tremendo sol de las doce, y le ofrecía una silla para sentarse, le mandaba un jugo de guanábana, o un plato de sancocho, o un cigarrillo, y al poco tiempo tenían que cambiarlo porque ya se había vuelto como si fuera de la familia. Con todo, el riesgo del cumpleaños en Santa Marta era enorme, pero Bateman lo decidió de un modo tan terminante, que hasta sus servicios de seguridad, tan contrarios a esta clase de complacencias sentimentales, tuvieron que doblegarse.

El grupo completo que había asistido a la conferencia de prensa viajó de Cartagena a Santa Marta por carretera al amanecer del 20 de abril. La costa Caribe estaba en tiempo de sequía y el olor de la guayaba era más intenso en el aire ardiente. Bateman se convirtió en un guía nostálgico, en especial de los dos compañeros del comando superior --Alvaro Fayad y Carlos Toledo Plata--, que viajaban en el mismo automóvil, y que eran de otros mundos de nostalgias distintas.

En cada sitio del camino hizo una evocación. Después del estrecho puente que separa el mar y la Ciénaga Grande --muy cerca de donde había de abordar una semana después la avioneta de su mal destino-- ordenó una parada para desayunar con mojarras fritas y tajadas de plátano en una de las fondas de la carretera. Luego no pudo resistir la tentación de volver a su tierra cómo había vuelto tantas veces en su juventud, y le quitó el volante al conductor y siguió manejando él hasta Santa Marta, con una parada más para tomarse una cerveza matinal en el Rodadero. Días antes, Bateman había visto en Panamá la película española "Volver a empezar", que este año obtuvo el Oscar de la mejor película extranjera, y que cuenta la historia de un hombre que vuelve, ya maduro y famoso, a su pueblo natal de Oviedo. Aquella mañana tuvo de pronto la revelación --y así lo dijo a sus compañeros- de estar protagonizando una versión viva de aquella película.

Ni en ese momento, ni en ninguno de los días siguientes, Bateman hizo nada por ocultarse ni por disimular su identidad. Visitó en Santa Marta todos los lugares que habían dejado algún rastro en su memoria, y tal vez lo único que no volvió a hacer como en su juventud fue jugar fútbol con bolas de trapo en la playa. Se vio varias veces con su madre, por supuesto, pero nunca en la casa de ella, y le pidió noticias de los amigos más remotos y de varias novias olvidadas. Recordaba de un modo especial a sus condiscípulos del Liceo Celedón, donde no pudo terminar el bachillerato por su conducta revoltosa. Todos, hasta donde fue posible, recibieron una invitación verbal para la fiesta de sus 44 años.

TIEMPO DE MANGOS

Cómo no fue descubierto en una ciudad donde todo el mundo se conoce y donde andan por todas partes los agentes secretos de la guarnición militar, de la policía y de la Dirección Administrativa de Seguridad, es algo que cuesta trabajo creer. Una razón, sin duda, es que Bateman era muy popular en su tierra, y había muy pocas probabilidades de encontrar a alguien que quisiera denunciarlo, aun si estuviera en desacuerdo con él. Pero había otra razón real y además divertida. Uno de los varios hermanos de Bateman se parecía a él como si fuera su gemelo, y al igual que él era un mamador de gallo de los grandes. Desde que aparecieron en la prensa las primeras fotografías del comandante clandestino, el hermano hizo todo lo posible por aumentar el parecido: un peinado afro, un escuálido bigote de lampiño, una camisa azul, unas botas de monte. Durante un tiempo se burló de los policías amigos, sembró el desconcierto en los lugares públicos de Santa Marta, se divirtió y divirtió cuanto quiso, hasta que todo el mundo se acostumbró a la suplantación. Pero cuando el que apareció fue el Jaime Bateman de verdad, muchos que lo vieron en los mismos sitios de siempre debieron pensar que no era él sino el otro, que había resuelto seguir mamando gallo con una gorra de lobo de mar. En todo caso, ni el detective más perspicaz se hubiera atrevido a creer que el Bateman real fuera capaz de andar por la calle con su propia cara.

No es posible concebir una fiesta más rara que la de aquel cumpleaños. Bateman había alquilado una casa en una de las tantas playas cercanas a Santa Marta, cuyo acceso en automóvil era posible pero difícil. Abril es tiempo de mangos, que era su fruta favorita, y no sólo se hizo llevar varias cajas para él y sus invitados, sino que algunos de ellos le llevaron otras de regalo. Había ron blanco a pasto, y whisky para quien quisiera, pero la bebida oficial era la favorita de Bateman desde mucho antes de que se pusiera de moda: piña colada.

Las rígidas normas de seguridad enrarecieron mucho más la fiesta. Por lo menos cien invitados estuvieron en ella a lo largo del día, pero nunca hubo más de 10 al mismo tiempo. En efecto, el único modo de llegar eran los botes del alquiler al otro lado de la bahía, y sólo cabían ocho personas en cada viaje. Un bote iba y otro venía para evitar aglomeraciones en la fiesta. De todos modos, cerca de la casa había dos lanchas rápidas, dos automóviles, y toda una columna guerrillera de seguridad que hubiera podido enfrentarse a cualquier ataque sorpresivo.

Bateman era un hombre de parranda, pero a su modo. Bailaba bien la salsa y el vallenato, y le gustaba hacerlo, pero era un bebedor moderado. Como buen caribe, era tímido y triste, pero disimulaba esa doble condición con su simpatía natural explosiva. Su comportamiento de cumpleaños fue lo menos convencional que pueda imaginarse. Recibía a sus invitados en pantalón de baño, brindaba con ellos, conversaba entre grandes carcajadas, bailaba un poco con un conjunto de vallenatos contratado, y comía mangos. De pronto se echaba al agua y nadaba por un largo rato mientras sus invitados seguían la fiesta, y tal vez era ese su momento más feliz, pues desde niño era un nadador rápido y ágil. Clementina Cayón llegó hacia el medio día con un cargamento de refuerzo de piña colada, y su presencia alborotó la parranda. Alguien grito, en la pausa de un vallenato: "Clementina Cayón: tienes una matriz de oro". Los servicios de seguridad, en todo caso, estuvieron pendientes de que a nadie se le fuera la mano con la piña colada.

MENSAJE INTEMPESTIVO

Hasta ese momento, Bateman no pensaba ir a Panamá. Su proyecto era atravesar por tierra todo el país para entrevistarse con el segundo comandante del M-19, Ivan Marino Ospina, quien dirigía las guerrillas del Caquetá. Por su parte, Alvaro Fayad iría a Bogotá y Toledo Plata a Cali, y todos volverían a encontrarse tres meses más tarde en las selvas del Putumayo para una reunión plenaria del comando superior. Estos planes cambiaron de pronto porque Bateman recibió un mensaje intempestivo de Panamá, según el cual se esperaba allí un emisario personal del presidente Betancur que deseaba entrevistarse con él. Al parecer, el mensaje no era muy explícito, pero hacia suponer que se trataba de una personalidad de alto rango y Bateman esperaba una ocasión como esa desde que se frustró la posibilidad de entrevistarse con el presidente de Colombia en Nueva Delhi durante la conferencia de los No Alineados. De modo que en menos de 24 horas cambió todos sus planes inmediatos y decidió el viaje imprevisto que lo condujo al desastre.

El interés que tenía Bateman de entrevistarse con Betancur para entablar un diálogo de paz sin intermediarios se había convertido en una obsesión. Pero en aquel momento estaba convencido, por numerosos indicios, de que el gobierno no quería dialogar con él. El último de esos indicios --el 3 de abril- parecía demasiado evidente. De regreso de Cancún, donde se entrevistó con los otros presidentes del grupo de Contadora, Betancur había hecho una escala breve en Panamá. Bateman lo había esperado ahí con la ilusión de verlo, y durante todo el día se mantuvo a la expectativa a muy pocas cuadras del lugar en que Betancur conversó por más de una hora con el entonces coronel Manuel Antonio Noriega, jefe de los servicios de seguridad de la Guardia Nacional de Panamá, y su comandante actual. Betancur y Noriega trataron entre otras muchas cosas sobre las actividades del M-19 en Panamá, pero en ningún momento se planteó la posibilidad de una entrevista con Bateman.

Desilusionado una vez más, éste le escribió al presidente una carta en la cual insistía en la urgencia de una tregua para entablar un diálogo de paz. La carta fue entregada al presidente de Panamá, Ricardo de la Espriella, quien se la leyó por teléfono a Betancur el 21 de abril, cuando Bateman estaba en Santa Marta. Tal vez éste pensó que el envío de un emisario presidencial a Panamá fuera el resultado de esa carta, y por eso resolvió viajar a Panamá con tanta urgencia. Sin embargo, ninguna fuente colombiana ha podido confirmar que en realidad existiera la disposición presidencial de mandar un emisario a Panamá por aquellos días. Lo único que ocurrió fue una diligencia de sondeo que hizo el presidente de la Comisión de Paz, Otto Morales Benítez, --poco antes de su renuncia-- pero era una tentativa tan vaga que el presidente Betancur no estaba enterado de ella ni merecía un viaje tan apresurado de Bateman a Panamá.

PILOTO DE CONFIANZA

Durante su semana en Santa Marta, Bateman se vio varias veces con un viejo amigo: el político conservador Antonio Escobar Bravo a quien había conocido muy joven, y con quien había vuelto a hacer contacto a través de Toledo Plata, cuando ambos eran representantes a la Cámara. Muy pocos sabían entonces que Escobar era un piloto con la experiencia necesaria para andar por cualquier parte del país en su avioneta monomotor. Había hecho su curso completo en el Aeroclub del Atlántico, en Barranquilla, donde había obtenido la licencia de piloto privado número 767 por resolución número 3550 de la Dirección Aeronáutica Civil en 1976. Esa licencia le permitía pilotear una nave con un peso máximo de 5.670 kilos, y su avioneta sólo pesaba 1.156. De acuerdo con su hoja de vida, su conducta como aprendiz había sido buena, su aptitud también buena, y además entusiasta y constante. Su chequeo de vuelo el 15 de febrero de 1983 --dos meses antes del accidente-- había sido satisfactorio, y su examen médico fue calificado como perfecto para volar. Sin embargo, en términos profesionales estrictos, no podía considerarse un piloto experto, pues esta calificación requiere entre 3 mil y 4 mil horas de vuelo, y Escobar sólo tenía 800, incluidas las de la escuela.

Su avioneta estaba bien equipada con un sistema doble de radio VHF, un sistema doble de navegación VOR que permite determinar desde tierra la posición de la nave, un sistema de radioayuda (ADF) y un sistema ILS para aterrizar por instrumentos. Sin embargo, por su nivel de experiencia, Escobar no estaba autorizado para servirse de este último sistema. La única falla grande de ese equipo era la falta de un radar, que hubiera sido lo más útil de todo en la emergencia de Panamá.

Pero muy pocas avionetas como la de Escobar lo tienen instalado de origen, y su instalación posterior es de un costo muy elevado. En todo caso, Bateman le tenía confianza. De modo que cuando se planteó en Santa Marta la urgencia de viajar a Panamá lo llamó a la playa donde vivía, y se pusieron de acuerdo para irse al día siguiente.

La diez personas que esperaban la avioneta en el aeropuerto fuera de servicio cerca de Ciénaga, eran las siguientes: Bateman, Toledo Plata, Nelly Vivas, Conrado Marín, dos miembros de la dirección nacional y cuatro miembros de la seguridad del movimiento. Llegaron en varios automóviles antes del amanecer, y esperaron la avioneta en un rincón discreto. Aterrizó a las 7:52, que era más o menos la hora prevista. Los tres que la abordaron de inmediato eran Jaime Bateman, Nelly Vivas y Conrado Marín, que iban hacia el frente del Caquetá por la vía de Panamá. Nelly Vivas era una bióloga caleña, especializada en París durante ocho años, y profesora en el colegio Santiago de Cali. Había ingresado al M-19 unos 6 años antes, formaba parte en la actualidad del comando superior, y había sido la encargada de hacer los primeros contactos con el ex presidente Carlos Lleras Restrepo, cuando éste dirigía la Comisión de Paz bajo el gobierno de Turbay Ayala. Conrado Marín era un campesino de Florencia que había ganado el grado de mayor en las guerrillas del Caquetá. Fue uno de los primeros que se acogieron a la ley de amnistía del presidente Betancur, pero cuatro compañeros suyos amnistiados junto con él fueron asesinados por desconocidos en el curso de pocos meses en las calles de Florencia.

Temiendo correr igual suerte, Marín se reincorporó al movimiento después de entrevistarse con Bateman en Santa Marta. Fayad no estaba en el aeropuerto porque había viajado a Bogotá por carretera la noche anterior.

Entre el aterrizaje y el decolaje de la avioneta no debían transcurrir tres minutos, pero hubo un retraso imprevisto, cuando Bateman apareció en la puerta y pidió una cajetilla de cigarrillos a los compañeros que se quedaban. Estaba satisfaciendo sin duda un deseo de última hora de alguno de los pasajeros, o tal vez del piloto, porque él había dejado de fumar desde hacía 8 años. Fue una demora suplementaria de 4 minutos.

Bateman ocupó el asiento en que viajaba siempre: el del copiloto. Había viajado tanto allí, que estaba seguro de poder improvisar un aterrizaje de emergencia, sólo por lo que había visto en tantas horas de vuelo. Viajaba tranquilo, con su buen humor de siempre, pero había declarado alguna vez que era capaz de todo en la vida menos de lanzarse en paracaídas. Cuando se movía en automóvil llevaba una pistola Browning metida en el cinturón debajo de la camisa, una metralleta, y por lo menos una granada al alcance de la mano. Pero antes de aquel último vuelo le había dejado la metralleta a Alvaro Fayad, y llevaba sólo la pistola y dos granadas.

Su único equipaje era un maletín de mano con una muda de ropa, dos mil dólares en efectivo, un cassette con las canciones de Celina y Reutilio, y la edición en español de "Doña Flor y sus dos maridos", del brasilero George Amado, que había querido leer después de ver la película. Llevaba un walky talky VHF con un alcance de 18 kilómetros, con el cual solía comunicarse desde el aire con algunos comandos de tierra del M-19, como pensaba hacerlo antes de aterrizar cerca de Montería para estar seguro de que no lo esperaba ninguna sorpresa en el aeropuerto secreto. Llevaba también un pasaporte colombiano con una foto auténtica pero con un nombre distinto. Pero el objeto más insólito que llevaba era un equipo emisor de señales luminosas, capaz de lanzar bengalas rojas y azules a grandes alturas. Estaba diseñado para casos de pérdidas en el mar o en la selva, y Bateman lo había comprado en su último viaje a Panamá.

No era extraño, pues su afición por los juguetes electrónicos fue siempre objeto de burlas cordiales de sus compañeros, pero sus amigos caribes lo habrían interpretado sin duda como un acto premonitorio. Más tarde, durante las búsquedas inútiles en la selva, la certidumbre de que Bateman llevaba aquella máquina de salvación fue una de las esperanzas más firmes de las comisiones de rescate. Pero cuando la avioneta partió del viejo aeropuerto de Ciénaga nadie debió pensar en eso. El cielo era diáfano y sin una sola nube, como para un viaje feliz. Sin embargo, a esa hora exacta, el satélite meteorológico de los Estados Unidos estaba fotografiando la vasta extensión desde Urabá hasta Nicaragua, que empezaba a cubrirse de espesas nubes e malos presagios.

OTRO TIPO DE CONTRABANDO

Alvaro Fayad llegó a Bogotá esa misma tarde, después de una larga noche de carretera, y pensó que a esa hora Bateman debía estar tranquilo en Panamá. Se alegró de que no lo hubiera acompañado en el largo viaje por tierra, como estaba previsto, porque su automóvil había sido detenido seis veces por patrullas del ejército, de la policía de aduanas y del control de tráfico de drogas. En todos los casos, los ocupantes habían tenido que identificarse, por lo menos en tres les iluminaron las caras para compararlas con los retratos de las cédulas de identidad, y los sometieron a rápidos cacheos. Tal vez Bateman no hubiera podido pasar por tantos filtros, no sólo por su estatura inconfundible y porque ya había sido visto muchas veces en la televisión, sino porque tenía una seña de identidad más reveladora que las mismas huellas digitales: su pierna derecha.

En efecto, a los 9 años de edad, Bateman fue atropellado por un camión cuando jugaba fútbol con una bola de trapo en una calle de Santa Marta. La pierna le fue enyesada sobre la herida y con el hueso astillado, y aquella chapucería le causó una gangrena cuyos estragos no sanaron jamás. Fueron inútiles incontables tratamientos y varios injertos de hueso. Su tibia sin carne estaba apenas cubierta por una piel tensa y apergaminada que volvía a ulcerarse al menor tropiezo. Las largas marchas en la selva eran un martirio perpetuo, y en muchas ocasiones tuvo que retirarse de la lucha para someterse a nuevos tratamientos. Era una marca imborrable que todos los servicios secretos conocían, y siempre que encontraban a alguien que pudiera ser Bateman le levantaban la bota del pantalón para ver el estado de su pierna. En la única ocasión en que era él en realidad, tuvo la suerte inconcebible de que el soldado le levantó la bota de la pierna sana, y lo dejó seguir.

Fayad durmió aquella noche sin recibir ninguna noticia de Bateman. Al día siguiente muy temprano, dos miembros del equipo de comunicación de Bogotá le avisaron que la avioneta de Escobar no había llegado a su destino, pero él pensó que tal vez había aplazado el vuelo. Sin embargo, poco después le confirmaron que en efecto la avioneta había salido de Santa Marta a la hora prevista, pero no había hecho la escala en Montería ni había llegado a Panamá. Entonces llamó a Toledo Plata, que aún estaba en Santa Marta, y éste le confirmó la verdad: la avioneta había sido declarada en emergencia el día anterior a las 12.28 por la Aeronáutica Civil de Panamá, y la búsqueda aérea había empezado de inmediato. Hasta el momento, 24 horas después, no se había encontrado el menor rastro. Fayad sólo dijo una palabra cuando colgó el teléfono: "¡Mierda!". Días después, hablando con unos amigos, resumió el impacto de aquel día con una frase: "Se me apagó la luz ".

El 30 de abril, "El Tiempo" publicó en su página 9 una foto de Escobar, con la noticia de que se había perdido en su avioneta sobre territorio panameño. No eran más de 20 personas que sabían, al leer aquella noticia, que detrás de ella había otra mucho más espectacular. Lo sabían, por supuesto, Fayad y Toledo Plata, los miembros de la seguridad que estaban en el aeropuerto de Santa Marta, y los dos miembros del equipo de comunicaciones que habían manejado la noticia en Bogotá. Lo sabían además otros seis miembros del equipo de seguridad, los dos miembros de la dirección nacional que seguían con Toledo Plata, el representante del M-19 en Panamá y el encargado de la seguridad de Bateman en ese país que se habían quedado esperando en el aeropuerto, y por último los seis que se quedaron esperando en Montería. Aunque Santa Marta es una ciudad donde resulta casi imposible guardar un secreto tan grande, lo cierto es que éste logro controlarse durante 22 días, hasta que el jefe de redacción de "El Universal" de Cartagena, Angel Romero, lo descubrió por una casualidad que parece inverosímil. Poco antes, sin embargo, la base Howard del Canal de Panamá --a la que la Aeronáutica Civil de Colombia había pedido ayuda para buscar la avioneta de Escobar-- contestó con un cable que hace pensar sin ninguna duda que allí sabían quiénes iban en ese vuelo. "Esa nave no llevaba droga --decía el cable--sino otro tipo de contrabando".

LOS MINUTOS QUE FALTAN

Lo que ocurrió en realidad desde que la avioneta salió del aeropuerto de Ciénaga, sólo ha sido posible vislumbrarlo por la grabación de los distintos contactos que hizo Escobar con el control aéreo de Panamá. Gracias a la Dirección de Aeronáutica Civil de Colombia, y de sus técnicos mejor calificados, que nos ayudaron a descifrarla, se puede decir que el primer contacto fue hecho a las 9:52. Después de identificarse, le preguntaron a qué hora había salido de Santa Marta, y Escobar contestó que a las 7:51. El dato era falso: en realidad había salido 6 minutos antes, pero el piloto acumuló los seis que había necesitado para recoger a sus pasajeros en el aeropuerto secreto, de modo que no quedara ninguna pista de ese aterrizaje clandestino. Fue su único dato falso. Nunca dijo que viajaba solo --como se publicaría más tarde--, aunque es probable que lo hubiera dicho si se lo hubieran preguntado, para no entrar en contradicción con su plan de vuelo de Santa Marta. En cuanto a la escala en Montería, no se sabrá nunca por qué no la hizo ni cómo la habría justificado si la hubiera hecho, pero la foto del satélite demuestra que las condiciones del tiempo no eran propicias para un aterrizaje visual.

En su primer contacto informó que estaba ascendiendo de 6 mil pies --que era la altura autorizada sobre el mar- para alcanzar la de 9 mil pies. La maniobra era normal, porque en frente debía estar viendo la serranía de El Darién, que es la más alta de Panamá.

El rumbo que llevaba era correcto para llegar al aeropuerto de Paitilla. A las 9.57, volando ya a 9 mil pies, volvió a hacer contacto para decir que tenía mal tiempo en frente. El controlador de vuelo le sugirió que subiera a 10.500 pies, donde el tiempo era mejor, y que se mantuviera allí mientras consultaba con el control de radar cuál era la ruta con mejor tiempo. El controlador de radar se la comunicó a través del controlador de radio. El problema en ese momento era que la avioneta de Escobar no podía ser identificada en el radar, porque no disponía del equipo adecuado para darse a conocer. En cambio, era posible localizarla en el DF (Direction Finder), mediante una señal de radio emitida desde la avioneta.

Escobar hizo un nuevo contacto a las 10.04 para informar que volaba a 10.500 pies de altura, y que tenía mal tiempo adelante, pero que veía algunos huecos en las nubes por donde podía pasar. Su voz era tranquila, y sus cálculos y decisiones eran las de un buen navegante. Entonces el control de radio le pidió que oprimiera el botón de radio para localizarlo en el DF, y Escobar lo hizo por un instante, antes de que su señal se interrumpiera para siempre. En ese momento se encontraba a 55 millas al noroeste del cerro de Ancón, que está en el límite de la ciudad de Panamá con la zona del Canal. Esto quiere decir que aún tenía combustible para volar 2 horas y 40 minutos más, pero aún estaba sobre el Atlántico y a 30 millas de distancia de la serranía del Darién. Si el percance ocurrió en el momento en que se interrumpió la señal de radio, no hay ninguna duda de que cayó en el mar.

Pero no hay ninguna prueba de esto. Pudo haber volado todavía todo el trayecto marino sin hacer un nuevo contacto radial --que tal vez ya no fuera necesario-- y encontrarse con el mal tiempo insalvable cuando ya volaba sobre la serranía del Darién. Entonces no es probable que hubiera podido intentar un nuevo contacto, pues cuando una nave como esa penetra en una mala turbulencia es como si atravesara una batidora inmensa: el piloto más experto tiene que concentrar sus cinco sentidos en mantener a toda costa la estabilidad del avión, y no tiene ni manos ni alma para ocuparse del radio. Una sacudida demasiado violenta puede arrancarle un ala de cuajo. Pero si penetra por error en un cumulo nimbus, se destroza en pedazos, y sus escombros pueden dispersarse a muchas millas a la redonda.

PALMO A PALMO

La Aeronáutica Civil de Panamá hizo la exploración aérea de rutina durante 8 días. La familia de Escobar, con toda clase de colaboraciones oficiales y privadas, insistió varias semanas más. Las patrullas del M-19 cuadricularon un inmenso territorio de casi 50 mil kilómetros cuadrados durante 70 días. Exploraron palmo a palmo el universo deshabitado de la selva de Urabá, desde Montería hasta el Tapón del Darién, por el lado de Colombia. Y del otro lado, desde la frontera con el Chocó hasta la misma capital de Panamá. Sólo en esta última zona --según dato de las comisiones de rescate-- han caído entre 20 y 30 aviones desde la Segunda Guerra Mundial, de los cuales se han encontrado cuatro.

Una de las patmllas que buscaban la avioneta de Escobar encontró los escombros de un avión desaparecido en 1963, y estaban enredados entre la maleza, a sólo 20 metros de un camino muy transitado. Otras encontraron equipos de comunicaciones de la defensa de los Estados Unidos, perdidos desde quién sabe cuánto tiempo. Es un reino sin limites de frondas y pantanos donde apenas si penetran unas gotas de sol, y que se cierran de inmediato tan pronto como alguna nave cae en el fondo de sus entrañas.

La única manera de orientarse, cuando no se tiene una brújula, es observar la dirección de las hojas, que se inclinan siempre hacia el oriente. No es probable que Escobar hubiera podido salir solo, pero Bateman y Marín sabían como hacerlo. Este último era campesino del Caquetá y lo sabía desde la infancia. Bateman lo había aprendido, y había demostrado saberlo cuando se perdió con seis de sus hombres en la selva del Caquetá, el año pasado. Lo curioso es que el M-19 no supo en aquella ocasión que estaba perdido, hasta que no aparecieron todos sanos y salvos al cabo de un mes y medio.

En los métodos de orientación hay discrepancias entre los guerrilleros urbanos y los campesinos. Aquellos se sienten perdidos si no tiene una brújula. Los campesinos, en cambio, se orientan más por el instinto, y creen que las brújulas pueden ser alteradas por distintos fenómenos. Los cálculos que hizo el M-19 desde el principio indicaban que si Bateman o Marin estaban sanos después del accidente, podían salir por sus propios medios al cabo de 15 días, que es el tiempo en que podían cruzar completa la selva de Panamá. Si quedaban vivos, pero heridos como para no poder moverse, hubieran podido hacer campamento y esperar hasta un mes y medio. Después de ese tiempo, aun un hombre con la fuerza física y psicológica de Bateman no hubiera podido sobrevivir.

La circunstancia de que Escobar fuera un político conocido facilitó al M-19 la consecución de medios para la búsqueda. Trazaron dos planes: uno para la exploración aérea, y otro para la terrestre. Para la primera alquilaron, a precios desorbitados helicópteros y aviones particulares que sobrevolaron las selvas durante 25 días continuos. Un piloto colombiano que participó en aquella empresa descomunal ha dicho que habría sido imposible practicar una exploración más técnica y meticulosa en condiciones tan adversas. Para la búsqueda por tierra, que se inició a los 10 días del accidente, se organizaron cuadrillas de 15 hombres al mando de un jefe. Sólo éste sabía a quién buscaban, no sólo para impedir una posible desmoralización, sino para mantener al máximo la reserva de la noticia. Fue una búsqueda clandestina, con sistemas guerrilleros, que consisten en dejar señales que sólo ellos saben interpretar, y en golpear las raíces de los árboles más altos. Este es un sistema de comunicación más eficaz que un tiro al aire, o que las bengalas azules y rojas del equipo de Bateman, que no se vieron nunca. A distancias determinadas dejaban signos convencionales para que los perdidos conocieran su rumbo, dejaban campamentos con equipos de comunicación, leña seca, comida para los tres primeros días, y botiquines de primeros auxilios. Al cabo del primer mes, la búsqueda continuaba con la misma pasión que el primer día.

LOS BRUJOS

Por esa época --el 20 de mayo-- el jefe de redacción de "El Universal" de Cartagena, Angel Romero, descolgó el teléfono de su jaula de vidrio para hacer una llamada de rutina a las 7 de la noche, y su línea se cruzó con la conversación de una mujer y un hombre. Hablaban sin reservas de la angustia que sentían por la desaparición de Bateman, que según ellos había sido víctima de un accidente de una avioneta en Panamá. Romero voló a Bogotá al día siguiente y trató de establecer algún contacto con el M-19, pero no logró la información. Sin embargo, una fuente militar le conto que, en efecto, Bateman estaba desaparecido, pero que la historia de la avioneta era una simple cortina de humo del M-19 para ocultar la verdad. Al parecer, el servicio de inteligencia de las Fuerzas Armadas estaba convencido en ese tiempo de que Bateman había muerto en el asalto a la población del Pajuil (Caquetá), el 9 de mayo, y que el movimiento había inventado la patraña de la avioneta para no admitir su pérdida en combate. Tal vez esta sea la razón por la cual, aún hoy, las Fuerzas Armadas siguen observando en este caso una discreción que se parece mucho a la incredulidad.

Sin embargo, con un criterio certero, Angel Romero prefirió la hipótesis de la casualidad telefónica, y dio por primera vez la noticia de la muerte de Bateman en la primera página de su periódico el 30 de mayo. A pesar de la indiferencia con que fue recibida por los otros medios del país --sobre todo por los más grandes-- aquella información fue sin duda la primicia más importante y bien concebida en lo que va del año. Nadie la creyó. Sin embargo, los mismos periódicos que la rechazaron como una simple especulación, cayeron meses después en la trampa de una noticia sin origen, según la cual Bateman se había fugado del país con los fondos de su movimiento.

Mucho tiempo después de que la noticia era ya de dominio público, en el interior del M-19 continuaba la discrepancia de cómo emitir la confirmación oficial. Los partidarios de salir al paso de las especulaciones inevitables opinaban que debía darse después de la primera semana de búsqueda infructuosa. Sin embargo prevaleció el criterio de continuarla dentro del secreto más estricto, entre otras cosas para impedir que detrás de las patrullas de exploración aparecieran en la selva las patrullas del ejército. De modo que la búsqueda continuó, aún más allá de toda esperanza, y cuando ya empezaba a invadir las arenas movedizas de la magia.

En efecto, las últimas ilusiones se fundaron en la visiones de dos brujos. El primero fue uno de Panamá, a cuya revelación espontánea nadie le dio ningún crédito. Pero cuando otro brujo de Colombia que no tenía ningún contacto con el primero reveló haber tenido una visión idéntica, el racionalismo de los revolucionarios, aún el de los más duros, sufrió el estremecimiento de la duda. Las dos visiones decían que tres personas estaban en el corazón de la selva. Dos eran muy débiles y la otra era muy fuerte, pero ésta no se atrevía a caminar por el temor de ser descubierta. Aquella coincidencia inexplicable por medio de la razón occidental hizo reverdecer las esperanzas en los corazones menos crédulos, y la búsqueda continuó, sin pausas ni fatiga, hasta que aun los más temerarios tuvieron que mirar de frente a la realidad. Sólo entonces, nueve semanas después del accidente, tomaron la determinación unánime de hacer el anuncio oficial de la muerte de Bateman. Lo único que faltaba era la opinión de su sucesor, Iván Marino Ospina, que fue uno de los últimos en conocer la noticia en el corazón de la selva del Caquetá. Esa opinión llegó en el último instante, en un papel escrito de su puño y letra y macerado por el sudor, que alguien llevó hasta Bogotá escondido dentro del zapato. Marino Ospina aprobaba la divulgación de la noticia, y mandaba su primera orden: "Insistan en el diálogo"

lunes, 17 de noviembre de 2014

Punto final a un incidente ingrato

 Gabo que estás en los cielos



El Tiempo abre su página web con un gigantesco ¡Gabo, inmortal!, lo proclama "genio de la literatura" y anuncia para este fin de semana una apoteósica edición sobre nuestro Nobel


La portada hipócrita de El Tiempo.



Gabriel García Márquez es protegido por la Fuerza Disponible/cromos.com.co

Gabriel García Márquez firma autógrafos de sus fans colombianas/cromos.com.co


La vispera de su salida intempestiva hacia México./cromos.com.co

Cuando se refugió en la embajada de México en Bogotá, en 1981, por acusarlo de que estaba envuelto con el grupo guerrillero M19./cromos.com.co

La salida intempestiva hacia México, después del incidente donde El Tiempo tuvo TODO que ver./cromos.com.co

Me pregunto si será parte del homenaje pedirle excusas extemporáneas a Gabriel García Márquez. En 1981, en sus páginas editoriales y con seudónimo (ni siquiera tuvieron la hombría de usar el nombre propio), el periódico le hizo unas acusaciones tan graves que unas horas después García Márquez y su esposa tuvieron que pedir asilo político en la Embajada de México. No tienen que creerme porque yo lo diga; lean aquí abajo la columna que García Márquez publicó en El País de Madrid el miércoles 8 de abril de 1981 y verán que no exagero. La pieza no sólo es un soberbio trozo de gran literatura; también pudiera darle algunas ideas a tantos periodistas que desde ayer no han hecho más que repetir pendejadas.

Punto final a un incidente ingrato

Por Gabriel García Márquez

Nunca, desde que tengo memoria, he dado las gracias por un elogio escrito ni me he contrariado por una injuria de prensa. Es justo, cuando uno se expone a la contemplación pública a través de sus libros y sus actos, como yo lo he hecho, que los lectores puedan disfrutar del privilegio de decir lo que piensan, aunque sean pensamientos infames. Por eso renuncié hace mucho tiempo al derecho de réplica y rectificación --que debía considerarse como uno de los derechos humanos-- y, desde entonces, en ningún caso y ni una sola vez en ninguna parte del mundo he respondido a ninguno de los tantos agravios que se me han hecho, y de un modo especial en Colombia. Me veo obligado a permitirme ahora una sola excepción, para comentar los dos argumentos únicos con que el Gobierno ha querido explicar mi intempestiva salida de Colombia la semana pasada. Distintos funcionarios, en todos los tonos y en todas las formas, han coincidido en dos cargos concretos. El primero es que me fui de Colombia para darle una mayor resonancia publicitaria a mi próximo libro. El segundo es que lo hice en apoyo de una campaña internacional para desprestigiar al país. Ambas acusaciones son tan frívolas, además de contradictorias, que uno se pregunta escandalizado si de veras habrá alguien con dos dedos de frente en el timón de nuestros destinos.
La única desdicha grande que he conocido en mi vida es el asedio de la publicidad. Esto, al contrario de lo que creo merecer, me ha condenado a vivir como un fugitivo. No asisto nunca a actos públicos ni a reuniones multitudinarias, no he dictado nunca una conferencia, no he participado ni pienso participar jamás en el lanzamiento de un libro, les tengo tanto miedo a los micrófonos y a las cámaras de televisión como a los aviones, y a los periodistas les consta que cuando concedo una entrevista es porque respeto tanto su oficio que no tengo corazón para decirles que no.

Esta determinación de no convertirme en un espectáculo público me ha permitido conquistar la única gloria que no tiene precio: la preservación de mi vida privada. A toda hora, en cualquier parte del mundo, mientras la fantasía pública me atribuye compromisos fabulosos, estoy siempre en el único ambiente en que me siento ser yo mismo: con un grupo de amigos. Mi mérito mayor no es haber escrito mis libros, sino haber defendido mi tiempo para ayudar a Mercedes a criar bien a nuestros hijos. Mi mayor satisfacción no es haber ganado tantos y tan maravillosos amigos nuevos, sino haber conservado, contra los vientos más bravos, el afecto de los más antiguos. Nunca he faltado a un compromiso, ni he revelado un secreto que me fuera confiado para guardar, ni me he ganado un centavo que no sea con la máquina de escribir. Tengo convicciones políticas claras y firmes, sustentadas, por encima de todo, en mi propio sentido de la realidad, y siempre las he dicho en público para que pueda oírlas el que las quiera oír. He pasado por casi todo en el mundo. Desde ser arrestado y escupido por la policía francesa, que me confundió con un rebelde argelino, hasta quedarme encerrado con el papa Juan Pablo II en su biblioteca privada, porque él mismo no lograba girar la llave en la cerradura. Desde haber comido las sobras de un cajón de basuras en París, hasta dormir en la cama romana donde murió el rey don Alfonso XIII. Pero nunca, ni en las verdes ni en las maduras, me he permitido la soberbia de olvidar que no soy nadie más que uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca. De esa lealtad a mi origen se deriva todo lo demás: mi condición humana, mi suerte literaria y mi honradez política.

He dicho alguna vez que todo honor se paga, que toda subvención compromete y que toda invitación se queda debiendo. Por eso he sido siempre tan cuidadoso en mi vida social. Nunca he aceptado más almuerzos que los de mis amigos probados. Hace muchos años, cuando era crítico de cine y estaba sometido a la presión de los exhibidores, conservaba siempre el pase de favor para demostrar que no había sido usado, y pagaba la entrada. No acepto invitaciones de viajes con gastos pagados.

El boleto de nuestro vuelo a México de la semana pasada --a pesar de la gentil resistencia de la embajadora de aquel país en Colombia-- lo compramos con nuestro dinero. Pocos días antes, sin consultarlo conmigo, un amigo servicial le había pedido al alcalde de Bogotá que hiciera cambiar el horario del racionamiento eléctrico en mi casa, pues coincidía con mi tiempo de trabajo, y tengo un estudio sin luz natural y una máquina de escribir eléctrica. El alcalde le contestó, con toda la razón, que Balzac era mejor escritor que yo y, sin embargo, escribía con velas. Al amigo que me lo contó indignado le repliqué que el señor alcalde cumplió con su deber, y que contestó lo que debía contestar.

La gente que me conoce sabe que esta es mi personalidad real, más allá de la leyenda y la perfidia, y que si quedé mal hecho de fábrica ya es demasiado tarde para volverme a hacer nuevo. De modo que no, ilustres oligarcas de pacotilla: nadie se construye una vida así, con las puras uñas, y con tanto rigor minuto a minuto, para salir de pronto con el chorro de babas de asilarse y exiliarse sólo para vender un millón de libros, que además ya estaban vendidos.

El segundo cargo, que me fui de Colombia con el único propósito de desprestigiar al país, es todavía menos consistente. Pero tiene el mérito de ser una creación personal del presidente de la República, aturdido por la imagen cada vez más deplorable de su Gobierno en el exterior. Lo malo es que me lo haya atribuido a mí, pues tengo la buena suerte de disponer de dos argumentos para sacarlo de su error.

El primero es muy simple, pero quiero suplicar que lo lean con la mayor atención, porque puede resultar sorprendente. Es este: en ninguna de mis ya incontables entrevistas a través del mundo entero --hasta ahora-- no había hecho nunca ninguna declaración sobre la situación interna de Colombia, ni había escrito una palabra que pudiera ser utilizada contra ella. Era una norma moral que me había impuesto desde que tuve conciencia del poder indeseable que tenía entre manos, y logré mantenerla, contra viento y marea, durante casi treinta años de vida errante. Cada vez que quise hacer un comentario sobre la situación interna de Colombia lo vine a hacer dentro de ella o a través de nuestra prensa. El que tenga una evidencia contra esta afirmación le suplico que la haga conocer de inmediato, de un modo serio e inequívoco y con pruebas terminantes. Pues también suplico a mis lectores que si esas pruebas no aparecen, o no son convincentes, lo consideren y proclamen desde ahora y para siempre como un reconocimiento público de mi razón.

El segundo argumento es todavía más simple, y no ha dependido tanto de mí como de la fatalidad. Es este: tengo el inmenso honor de haberle dado más prestigio a mi país en el mundo entero que ningún otro colombiano en toda su historia, aun los más ilustres, y sin excluir, uno por uno, a todos los presidentes sucesivos de la República. De modo que cualquier daño que le pueda hacer mi forzosa decisión lo habría derrotado yo mismo de antemano, y también a mucha honra.

En realidad, el Gobierno se ha atrincherado en esas dos acusaciones pueriles, porque en el fondo sabe que mi sentido de la responsabilidad me impedirá revelar los nombres de quienes me previnieron a tiempo. Sé que la trampa estaba puesta y que mi condición de escritor no me iba a servir de nada, porque se trataba precisamente de demostrar que para las fuerzas de represión de Colombia no hay valores intocables. O como dijo el general Camacho cuando apresaron a Luis Vidales: «Aquí no hay poeta que valga». Mauro Huertas Rengifo, presidente de la Asamblea del Tolima, declaró a los periodistas y se publicó en el mundo entero que el Ejército me buscaba desde hacía diez días para interrogarme sobre supuestos vínculos con el M-19. El único comentario que conozco sobre esa declaración lo hizo un alto funcionario en privado: «Es un loquito». En cambio, el primer guerrillero que se declaró entrenado en Cuba provocó, de inmediato, la ruptura de relaciones con ese país. Pero hay algo no menos inquietante: a la medianoche del miércoles pasado, cuando mi esposa y yo teníamos más de seis horas de estar en la Embajada de México en Bogotá, el Gobierno colombiano fue informado de nuestra decisión, y de un modo oficial, a través del secretario general de la cancillería colombiana, el coronel Julio Londoño. A la mañana siguiente, cuando la noticia se divulgó contra nuestra voluntad, los periodistas de radio entrevistaron por teléfono al canciller Lemos Simonds y éste no sabía nada. Es decir: casi ocho horas después aún no había sido informado por su subalterno. El ministro de Gobierno, aún más despalomado, llegó hasta el extremo de desmentir la noticia. La verdad es que las voces de que me iban a arrestar eran de dominio público en Bogotá desde hacía varios días y --al contrario de los esposos cornudos-- no fui el último en conocerlas. Alguien me dijo: «No hay mejor servicio de inteligencia que la amistad». Pero lo que me convenció por fin de que no era un simple rumor de altiplano fue que el martes 24 de marzo, en la noche, después de una cena en el palacio presidencial, un alto oficial del Ejército la comentó con más detalles. Entre otras cosas dijo: «El general Forero Delgadillo tendrá el gusto de ver a García Márquez en su oficina, pues tiene algunas preguntas que hacerle en relación con el M-19». En otra reunión diferente, esa misma noche, se comentó como una evidencia comprometedora un viaje que Mercedes y yo hicimos de Bogotá a La Habana, con escala en Panamá, del 28 de enero al 11 de febrero. El viaje fue cierto y público, como los tres o cuatro que hacemos todos los años a Cuba, y el motivo fue una reunión de escritores en la Casa de las Américas, a la cual asistieron también otros colombianos. Aunque sólo hubiera sido por la suposición escandalosa de que ese viaje tuvo alguna relación con el posterior desembarco de guerrilleros, habría tomado precauciones para no dejarme manosear por los militares. Pero hay más, y estoy seguro de que el tiempo lo irá sacando a flote.

La forma en que la prensa oficial ha tratado el incidente está ya sacando algunas, y más de lo que parece.

Ha habido de todo para escoger. Jaime Soto --a quien siempre tuve como un buen periodista y un viejo amigo a quien no veo hace muchos años-- explicó mi viaje en la forma más boba: «El que la debe la teme». Sin embargo, el comentario más revelador se publicó en la página editorial de El Tiempo, el domingo pasado firmado con el seudónimo de Ayatolá. No sé a ciencia cierta quién es, pero el estilo y la concepción de su nota lo delatan como un retrasado mental que carece por completo del sentido de las palabras, que deshonra el oficio más noble del mundo con su lógica de oligofrénico, que revela una absoluta falta de compasión por el pellejo ajeno y razona como alguien que no tiene ni la menor idea de cuán arduo y comprometedor es el trabajo de hacerse hombre.

A pesar de su propósito criminal, es una nota importante, pues en ella aparece por primera vez, en una tribuna respetable de la prensa oficial, la pretensión de establecer una relación precisa, incluso cronológica, entre mi reciente viaje a La Habana y el desembarco guerrillero en el sur de Colombia. Es el mismo cargo que los militares pretendían hacerme, el mismo que me dio la mayoría de mis informantes, y del cual yo no había hablado hasta entonces en mis numerosas declaraciones de estos días. Es una acusación formal. La que el propio Gobierno trató de ocultar, y que echa por tierra, de una vez por todas, la patraña de la publicidad de mis libros y la campaña de desprestigio internacional. Ahora se sabe por qué me buscaban, por qué tuve que irme y por qué tendré que seguir viviendo fuera de Colombia, quién sabe hasta cuándo, contra mi voluntad.

No puedo terminar sin hacer una precisión de honestidad. Desde hace muchos años, El Tiempo ha hecho constantes esfuerzos por dividir mi personalidad: de un lado, el escritor que ellos no vacilan en calificar de genial, y del otro lado, el comunista feroz que está dispuesto a destruir a su patria. Cometen un error de principio: soy un hombre indivisible, y mi posición política obedece a la misma ideología con que escribo mis libros. Sin embargo, El Tiempo me ha consagrado con todos los elogios como escritor, inclusive exagerados, y al mismo tiempo me ha hecho víctima de todas las diatribas, aun las más infames, como animal político.

En ambos extremos, El Tiempo ha hecho su oficio sin que yo haya intentado nunca ninguna réplica de ninguna clase, ni para dar las gracias ni para protestar. Desde hace más de treinta años, cuando todos éramos jóvenes y creíamos --como yo lo sigo creyendo-- que nada hay más hermoso que vivir, he mantenido una amistad fiel y afectuosa con Hernando y Enrique Santos Castillo --a quienes quiero bien a pesar de nuestra distancia, porque he aprendido entenderlos bien-- y con Roberto García Peña, a quien tengo por uno de los hombres más decentes de nuestro tiempo. Quiero suplicarles que digan a sus lectores si alguna vez les he hecho un reclamo por las injurias de su periódico, si alguna vez he rectificado en público o en privado cualquiera de sus excesos, o si éstos han alterado de algún modo mi sentido de la amistad. No; he tenido la buena salud mental de tratarlos como si ellos no tuvieran nada que ver con un periódico que siempre he visto como un engendro sin control que se envenena con sus propios hígados. Sin embargo, está vez el engendro ha ido más allá de todo límite permisible y ha entrado en el ámbito sombrío de la delincuencia. Me pregunto, al cabo de tantos años, si yo también no me equivoqué al tratar de dividir la personalidad de sus domadores.

De modo que todo este ingrato incidente queda planteado, en definitiva, como una confrontación de credibilidades. De un lado está un Gobierno arrogante, resquebrajado y sin rumbo, respaldado por un periódico demente cuyo raro destino, desde hace muchos años, es jugárselas todas por presidentes que detesta. Del otro lado estoy yo, con mis amigos incontables, preparándome para iniciar una vejez inmerecida, pero meritoria. La opinión pública, no tiene más que una alternativa: ¿A quién creer? Yo, con mi paciencia sin término, no tengo ninguna prisa por su decisión. Espero.


Viaje gratis a México

 En 1981, 21 de marzo, El Tiempo publicó una columna firmada por Ayatollah (Rafael Santos Calderón) que calificaba de “cantinflesco y ridículo” el asilo que pidió el Nobel colombiano a la embajada mexicana por supuestos vínculos con el M-19.
La forma como se produjo el cantinflesco y ridículo «asilo» del famoso escritor Gabriel García Márquez fácilmente hubiera podido presentarse ampliamente en las páginas sociales con un titular como este: «Conocido escritor viaja gratis a México». Eso sí, debe admitirse que el montaje del señor García Márquez y su grupillo de amigos quedó muy bien y que si el objetivo era el de que la prensa y la radio registraran el hecho con espectacular bombo, definitivamente lo lograron.
Así como el respetadísimo escritor es una de las más importantes figuras literarias que en su historia ha producido el país, también hay que abonarle su enorme capacidad para explotar el nombre que tiene y convertirse en uno de los tantos enemigos que tiene Colombia, en uno de los detractores internacionalizados que aprovechan, cuando están en el exterior, para asumir una posición moralizadora, la más cómoda, y despotricar de nuestra nación.
Dejando a un lado los exquisitos productos de su magistral pluma, creo que la gente ya está cansada de que el señor García Márquez predique desde fuera la revolución. ¿Por qué no viene al país, se instala en él y nos dice cuál es la revolución que quiere? Creo que el pueblo tiene derecho a que se le presenten varias alternativas políticas, que obviamente serán poco efectivas si se lanzan en el exterior desde sofisticados semanarios franceses o diarios mexicanos o dentro de exclusivísimos círculos sociales en el país.
La desconcertante actitud de Gabriel García Márquez sólo tiene un calificativo: se quiso burlar de Colombia y lo logró. De eso se ocupa el novelista cuando no está escribiendo. Invierte su tiempo urdiendo la próxima maniobra para desprestigiar a su patria. Sé muy bien que el país está para barrer pero no tiene sentido que uno forme parte de la basura. Afortunadamente los colombianos, que no son brutos, entendieron los oscuros fines que perseguía García Márquez y no se demoraron en calificarlos de farsa y engaño.
Vale la pena que reconstruyamos rápidamente cómo se montó el ridículo «asilo» que estoy seguro hoy lamenta Gabito.
Primer episodio. Llega hace un mes al país el escritor Gabriel García Márquez y se dedica a concurrir a elegantísimas reuniones sociales en los más exclusivos círculos a los que asistieron en algunas ocasiones militares, políticos de todo tipo e intelectuales. En una de esas ocasiones pareció, riendo a carcajadas, en las páginas de la revista Cromos, que registra los actos sociales más oligárquicos. Durante todo ese tiempo anduvo tranquilamente por todas partes. Nadie lo molestó.
Segundo episodio. Desembarca en la costa pacífica un contingente guerrillero de más de 100 hombres, completamente entrenado en Cuba y armado hasta los dientes.
Tercer episodio. Colombia suspende relaciones con la isla de Fidel Castro y asesta uno de los más duros golpes al movimiento M-19, acogido fraternalmente por el gobierno cubano.
Cuarto episodio. Un grupillo de amigos de García Márquez, socios de la editora que publicará su última obra, Crónica de una muerte anunciada, se van a decirle al escritor que es mejor hacer planes pues al parecer el Ejército quiere llevárselo a conocer las caballerizas de Usaquén. En el país se va a lanzar un millón de ejemplares de su obra.
 Quinto episodio. Gabo hace maletas y se asila en la embajada de México. Sin embargo, la figura de asilo no se configurará porque el señor García Márquez no lo requiere, ni la justicia, ni nadie. Como dijo el canciller Lemos Simmons, el novelista hubiera podido salir del país tan tranquilamente como lo hace la reina de belleza Nini Johanna.
Sexto episodio. El escritor viaja a México, donde con seguridad manipula la prensa nacional e internacional, y dice que esto es Uruguay o Chile. El mundo entero, obviamente, le cree y comienzan a llegar cartas en inglés, francés y alemán, escritas por las mismas personas, en las que piden que se respeten los derechos humanos y se deje volver a García Márquez a su tierra. Epílogo. El que nada debe, nada teme.
Si las intenciones de García Márquez eran montar un lanzamiento de película para su último libro, hay que admitir que nadie se quedará sin leerlo. Pero si lo que pretendía era desprestigiar al país y al Gobierno, también lo logró. Nadie le dijo al señor García Márquez que se fuera. ¿Sería el olor a la guayaba el que lo ahuyentó?
Por Ayatollah